Bosquejo del 9 de enero de 1964
On junio 21, 2017 | 0 Comments

Por Adolfo Ahumada

 

El 9 de enero de 1964 señaló el camino para que entre Panamá y los Estados Unidos se conviniera un acuerdo que resolviera las causas de conflicto que se mantenían por razón de la construcción del canal interoceánico en territorio panameño. Con anterioridad a esa fecha, los problemas resultantes de la existencia del canal y la zona adyacente fueron objeto de modificaciones al tratado vigente entre ambos países, pero sus avances no alcanzaban a sustituir plenamente ese convenio, con la consecuencia de que la solución no era integral, sino parcial.

Ya el tema de enero de 1964 ha sido profusamente estudiado y se han relatado los acontecimientos, en todo lo que tuvieron de tragedia y esplendor, con epicentro en la Escuela Secundaria de Balboa, y con la vanguardia por parte de los estudiantes del Instituto Nacional, en los momentos en los que declina el sol del mes de enero. Las causas se han podido dividir en objetivas y subjetivas, como siempre.

La objetiva y principal fue la honda contradicción entre la nación panameña y el estatuto que le imponía una colonia al centro de su territorio. Nacida la República el 3 de noviembre de 1903, a Panamá le quedó pendiente la tarea de completar sus atributos soberanos. La idea de crecer y desarrollarse según el modelo desequilibrado del tratado Hay–Bunau-Varilla del 18 de noviembre de ese año no terminó de cuajar nunca y, con mayor o menor grado de convicción, según los tiempos y sus variantes, el país sabía que, con la estructura heredada de esa reglamentación francamente unilateral, no había manera de consolidar el estatus republicano.

Gravitaba sobre Panamá la existencia de un enclave interno de diez millas a cada lado del canal, demasiado ostensible y absorbente como para hacerlo congruente con las crecientes perspectivas de la nación. La posición geográfica, que actuaba como el resorte útil para acercarse al progreso y a cierta esperanza de felicidad, estaba muy distante de la población panameña y de sus grupos dirigentes, así que la lucha, abierta o tímida, no desapareció nunca del escenario nacional.

La vigencia del tratado Hay–Bunau-Varilla y el sometimiento de Panamá a una condición semicolonial, consagraron un sistema según el cual los Estados Unidos podían ejercer funciones estatales como si fueran soberanos. En efecto, bajo la dirección de un gobernador, designado por el presidente de los Estados Unidos, y por la existencia de la Zona del Canal, dos sistemas de control de puertos, de aduanas, de correos, de educación, de policía y, en general, todos los concernientes al funcionamiento del Estado, trataron de convivir inútilmente, creando una contradicción insalvable entre la existencia de Panamá, según el ideal de que fuera un Estado independiente, y la existencia de la Zona del Canal.

Los Estados Unidos establecieron la Zona del Canal guiados por el criterio de que se requería para protegerlo de las debilidades estructurales de la sociedad panameña, a pesar de su capacidad interventora para restablecer el orden público en las ciudades terminales y de las proporciones desmesuradas de su tamaño en relación con Panamá, diezmada, además, por los estragos de la guerra de los Mil Días.

Se establecía el control, por parte y a favor de los Estados Unidos, del derecho de la comunicación interoceánica, lo que significa que las iniciativas de unificación por tierra o por mar entre una costa y otra de Panamá o entre los puertos principales, tenían que ser previamente autorizados por los Estados Unidos.

Este control del canal por parte del país del norte, con todo y la aplicación de políticas raciales de honda discriminación en su funcionamiento, llegó quizás a tener menos impacto que esta Zona del Canal que negaba la existencia de la República y que pugnaba con una nación que ya había manifestado, crecientemente, durante todo el siglo XIX su clara aspiración autonómica, en primera instancia y de independencia después.

A raíz de la existencia de esta contradicción insalvable, causas subjetivas se fueron concatenando con el transcurso de los años y las décadas. En primer lugar, y al señalar cuál es el vaso comunicante de las circunstancias que condujeron al 9 de enero de 1964, debemos señalar el fortalecimiento constante de la conciencia nacional, aunque, por décadas, estaba reservada, en sus expresiones mayores a sectores específicos de la sociedad.

Los estudiantes levantaron con entusiasmo la idea del rescate soberano del país y la mantuvieron en distintas épocas. Cada 18 de noviembre se ocupaba la plaza de Santa Ana para denunciar el tratado de 1903, y los oradores contagiaban el impulso patriótico, sobre todo contra quien firmó en nombre de Panamá, el empresario francés Philippe Bunau-Varilla. El 12 de diciembre de 1947 triunfó el movimiento de rechazo al convenio Filós-Hines, sobre instalaciones militares de los Estados Unidos en territorio panameño.

El 2 de mayo de 1958, los estudiantes universitarios, con la conducción de los destacados dirigentes Carlos Arellano Lennox y Ricardo Ríos Torres, sembraron banderas panameñas en la Zona del Canal. El 3 de noviembre de 1959 hubo atropello por parte de la policía de la zona canalera contra personalidades panameñas que trataron de colocar banderas en ese territorio.

Todas estas iniciativas se vinculaban al sostenimiento vivo del ideal de la integración soberana, con la bandera como símbolo y vehículo emocional de unidad. En la reflexión sobre las causas subjetivas del 9 de enero brilla con luz propia el rol del Instituto Nacional. Escenario cultural, ejemplo de calidad educativa, centro para la circulación y el examen del conocimiento y de las ideas, el tema de la soberanía no podía entenderse sin el influjo permanente del “Nido de Águilas”, como se le conocía.

Al fundarse como vértice de la educación tolerante, libre y laica, asombra la aguda audacia de las primeras generaciones de la República que concibieron al Instituto Nacional y al de Artes y Oficios, cada cual con su función, en una época tan temprana. En 1964 se respiraba esa atmósfera que le confería al colegio el aire limpio que no se podía respirar en los ambientes de la economía o de la política.

Se leía Luna verde, de Joaquín Beleño y Gamboa Road Gang, sobre la vida trepidante y azarosa de Lester Leon Greaves. En enero de 1964 se mantenía en el Instituto la tradición de crear, de expresar inquietudes, de discernir. Era uno de los pocos colegios de secundaria o educación media, donde los estudiantes, por su iniciativa y con escasísimos recursos, publicaban sus propios periódicos.

En 1958 fue Cariátide y se mantenía una columna diaria en el periódico La Nación, bajo la responsabilidad de Pedro Rivera. En el Instituto de 1964 circulaba el periódico estudiantil Impacto. También El Paladín, que dirigía Leonardo Kam, quien, un par de años después, dirigió con éxito Voz Universitaria. De modo que la gesta de patriotismo de los institutores del 9 de enero respondía a la naturaleza del plantel, a su presencia social, a su raíz cultural, a su entrega patriótica de decenas de años, en una proyección que nace del hecho de su fundación, tan cercana a la formación de la nueva República a principios del siglo XX.

El sector universitario también constituye un elemento subjetivo que explica los acontecimientos del 9 de enero de 1964. La juventud universitaria de Panamá daba seguimiento a los acontecimientos nacionales más significativos y se incorporó a la lucha popular en horas de la noche del nueve.

Distintos relatos han mencionado este factor. Se han destacado circunstancias como la convicción universitaria de que la lucha por la recuperación de los atributos de la Nación y su aplicación en todo el territorio estaba directamente vinculada con la lucha interna. A las alturas de enero de 1964, y partiendo de un núcleo universitario que se expandió con rapidez de fuego por todo el centro de estudio superior y colegios secundarios, ya se había alcanzado un notorio grado de fortalecimiento de la conciencia patriótica.

En enero de 1964 había coincidencia, al menos en términos generales, entre los criterios y puntos de vista de los más distinguidos estudiantes de secundaria de los colegios de todo el país, y la vanguardia del quehacer estudiantil en la Universidad de Panamá, incluido el centro regional de Chiriquí.

Las discusiones llegaban a la conclusión de que, completar la soberanía nacional era imprescindible y ello imponía la necesidad de impulsar trabajos de unidad con distintos sectores nacionales que, por una u otra razón, estuviesen interesados en buscar soluciones frente a las injusticias del tratado del Canal. A pesar de estos y otros antecedentes, en las circunstancias de enero de 1964 era extremadamente difícil predecir la explosión política y social que sobrevendría.

El país se encontraba enfrascado en los preparativos de la campaña electoral, con comicios previstos para el mes de mayo. La prioridad nacional era la disputa por el poder, fundamentalmente entre los liberales y los seguidores del expresidente Arnulfo Arias. Diecinueve partidos se aprestaban a tomar parte en el esfuerzo, y el debate nacional giraba fundamentalmente alrededor de algunos problemas de carácter interno.

Siete candidatos aspiraban a la Presidencia de la República en seguimiento habitual de los dramas y las comedias que caracterizaban a los ejercicios electorales. Si esta fase del sistema ocupaba el espacio vital, y si los acontecimientos más significativos estaban vinculados a las tácticas y las estrategias para captar votos, entonces ¿por qué razón inmediata se produjo el estremecimiento que dio contenido al 9 de enero de 1964?

La cuestión de la bandera, que fue ganando espacio en los quehaceres diplomáticos, anidaba en la convicción nacional. En distintas etapas del desarrollo de la lucha, la bandera tuvo la virtud de constituir el centro de los sucesos. Por supuesto, la bandera era la expresión simbólica de la contradicción que venía del arrastre político, económico y social y también de la manera como la sociedad aspiraba a que se resolviera esa contradicción.

Sin embargo, el tema de la bandera reclamó su merecido lugar histórico. Por su carga emocional, una solución de la cuestión de la bandera panameña en la zona canalera habría ayudado mucho a la consolidación de las relaciones entre Panamá y Estados Unidos.

Quizás esta percepción sobre la naturaleza de la bandera en un contexto de reclamo constante para el ejercicio de la soberanía fue lo que dio lugar a frecuentes gestiones por parte de Panamá. Generalmente, los estudiosos del tema ubican el inicio de las propuestas de Panamá, con las consiguientes respuestas de los Estados Unidos, en los acuerdos que adoptaron los presidentes Roberto F. Chiari y John F. Kennedy en enero de 1963.Sin embargo, el intercambio comenzó a concretarse antes.

En efecto, desde la administración del presidente Eisenhower, las relaciones entre los dos países se concentraron, fundamentalmente, en el modelo de administración de la Zona del Canal y en las interpretaciones del tratado de 1903. La atención no se dirigía, en aquellos tiempos de fines de la década del cincuenta del siglo pasado, a la existencia misma de la Zona del Canal, sino a los aspectos correspondientes a su manejo, que las autoridades panameñas y parte de la población del país consideraban injustos o incorrectos.

Una de estas materias era el ejercicio de funciones aduanales por parte de los Estados Unidos en el territorio de la Zona del Canal y otra, más sensible quizás, hacía alusión a la aplicación de leyes de carácter penal a ciudadanos panameños sindicados de cometer delitos o simples faltas administrativas en ese territorio, a quienes se les aplicaban sanciones de mayor gravedad que las que hubieran recibido conforme al sistema panameño.

Hubo un campanazo que, de seguro, encendió las señales de alerta y fue la mencionada Operación de Siembra de Banderas u Operación Soberanía del 2 de mayo de 1958. De modo que ya, a las alturas de 1958, el presidente Ernesto de la Guardia decidió plantear el tema de la bandera a los Estados Unidos. Fue propicia la visita a Panamá de Milton Eisenhower, hermano del presidente norteño en julio de 1958.

 

El tema de la bandera pudo abrirse paso en el Gobierno estadounidense y generó la simpatía del propio presidente Eisenhower. Sin embargo, como era lógico suponer, el asunto dio lugar a distintas consideraciones. El Departamento de Estado, bajo la conducción del secretario Christian Herter, expresaba constantemente que Estados Unidos debía tener flexibilidad a favor de una interpretación del tratado de 1903 que fuera más acorde con las aspiraciones y las observaciones que había estado formulando Panamá, incluyendo el espinoso asunto del izamiento de la bandera.

No obstante, el secretario del Ejército y presidente de la Compañía del Canal, Wilber Brucker indicaba, contrario al criterio del Departamento de Estado, que Estados Unidos debía mantener rígidamente todo su control sobre la Zona del Canal, sin hacerle concesiones a Panamá.

El secretario Brucker se oponía firmemente a que se izara allí la bandera panameña. Señaló que ceder en esa materia sería una muestra de debilidad por parte de los Estados Unidos y una concesión que iría en dirección hacia un eventual control de Panamá sobre el canal. Señaló, igualmente, que su punto de vista era decididamente respaldado por el Senado. Los temas relacionados con Panamá y quizás, con mayor intensidad, el de la bandera, estimularon a la administración Eisenhower a considerar la posibilidad de construir un canal a nivel alternativo en otro país. Empero, el análisis condujo a la conclusión de que se trataría de un proyecto absolutamente impráctico, de modo que tendrían que continuar manejando las insistentes reclamaciones de Panamá.

Herter y Brucker fueron acercando posiciones, y hubo consenso. Esta nueva situación, según los archivos del Departamento de Estado de los Estados Unidos, fue lo que abrió las puertas para que, en septiembre de 1960, el presidente Eisenhower emitiera la orden ejecutiva para que la bandera panameña ondeara en la Zona del Canal, lo cual produjo gran satisfacción en Panamá.

A pesar de estas nuevas condiciones, hubo resistencia por parte de los más radicales residentes estadounidenses en la Zona del Canal. Se instaló una comisión binacional, formada por el canciller Galileo Solís y el asesor Octavio Fábrega, por Panamá, y el gobernador Robert Flemming y el embajador Joseph Farland por parte de los Estados Unidos.

El grupo logró el acuerdo firmado por Roberto F. Chiari y John F. Kennedy, el 7 de enero de 1963, según el cual la bandera panameña debía ondear en la Zona del Canal al lado de la estadounidense en todos los sitios públicos donde se izara esta última. Fue un compromiso que se adoptó porque Panamá lo consideró un gran avance en la concreción de sus aspiraciones, a pesar de que no había podido lograr que la bandera panameña ondeara en las instalaciones militares de Estados Unidos existentes en Panamá ni en los barcos que transitaran por aguas del canal.

Chiari y Kennedy habían acordado que en las dependencias públicas de los Estados Unidos en Panamá, se izara la bandera estadounidense y, al lado, la panameña. Transcurrió un año sin que ese acuerdo entre los dos presidentes se cumpliera, a pesar de que no contenía todas las aspiraciones de Panamá.

En enero de 1964, el nuevo presidente de los Estados Unidos, Lyndon Johnson, ordenó que las banderas de Panamá y los Estados Unidos ondearan juntas en el territorio. Hubo rebeldía contra el cumplimiento del acuerdo, fundamentalmente de la población civil estadounidense residente en la Zona del Canal, apoyada por la actitud ambigua de los miembros de su policía.

El gobernador, general Robert Fleming, buscó mecanismos para enfrentar el problema. El que se le ocurrió fue evitar que se izara la bandera estadounidense en algunos sitios. Por ejemplo, retiró el asta de la bandera que estaba frente a su casa, así como la que estaba en la Capitanía de Puerto. De esa manera, al no estar izada la bandera estadounidense, como una especie de subterfugio, pensaba que suprimía también la obligación de izar la panameña. Esta ingenuidad no contaba con la resistencia de los propios residentes estadounidenses, quienes decidieron izar exclusivamente la de su país.

 

El sargento Carlton Bell, de la policía de la Zona del Canal decidió izar la bandera estadounidense en la Plaza de Balboa, en el sector de Balboa, sin izar la panameña. Esta situación de burla, de incumplimiento de las propias disposiciones del mismo presidente de los Estados Unidos, dio por resultado que se fueran caldeando los ánimos en Panamá y, obviamente, ratificó el interés de los panameños por expresar de algún modo, al menos simbólicamente, el afán de recuperación soberana del país, que había venido acumulándose durante todo el siglo XX.

El 9 de enero, los estudiantes salieron del Instituto Nacional a izar la bandera panameña en la Escuela Secundaria de Balboa. Lo hicieron como parte de una sensación o de una convicción colectiva, en el sentido de que Panamá tenía derecho a izar su bandera en todo el territorio nacional.

Cumplían un mandato que no estaba escrito en la ley ni en la Constitución, pero que era la representación de un anhelo de reivindicación. Partieron hacia la Escuela Secundaria de Balboa a izar la bandera panameña sin presagiar que los estaba esperando la gloria. Al llegar, conforme al relato de Guillermo Guevara Paz, se les fue estrechando un cerco que rebasaba a los que fueron designados para izar la bandera.

Los empujaron, los agredieron, se ensañaron contra la bandera. Se les aguaron los ojos, continúa el relato, y una rabia sorda les subía desde adentro. Les llovieron palos de la policía zoneíta, sin nada con qué defenderse. Fueron perseguidos por dos radiopatrullas. Se oyeron continuos disparos. Venían de las casas del vecindario zoneíta. Pudieron llegar ilesos al colegio a las 7:20 p. m. Se sabe que el principal responsable en la policía de la Zona del Canal había dado consentimiento para el acto de los institutores.

Sin embargo, luego revirtió su propia decisión, presionado por algunos padres de familia estadounidenses que se encontraban allí, por estudiantes y por otros estudiantes que habían estado manifestándose en los sitios en donde se suponía debían izarse, tanto la bandera de Estados Unidos como la de Panamá. Los estudiantes panameños fueron atacados sin previo aviso y en el enfrentamiento algunos estadounidenses desgarraron la bandera panameña. Los estudiantes del Instituto Nacional, abrumados ya por una presencia armada extraña, pudieron regresar a las aulas protegiendo con su propio cuerpo la integridad de la bandera nacional.

Y ese fue un gesto histórico que se recogió para esa y para las nuevas generaciones. ¿Cómo pudieron llegar a ese punto las cosas? En la Zona del Canal existía una situación especial. Algunos residentes tenían una actitud de autonomía o de independencia, incluso frente a sus propias autoridades. Habían desarrollado un sentimiento de nación especial, de grupo con caracteres específicos, distintos al resto de la sociedad estadounidense y, desde luego, distinto al resto de la sociedad panameña. Muchos de ellos estaban desarraigados de su país de origen, de su estado, de su región, tenían poco contacto con sus propios familiares.

Ya tenían consolidado un criterio, en el sentido de que ellos formaban en la práctica, y quizás casi sin saberlo conscientemente, una especie de país. Por eso, siempre mantenían una actitud de rebeldía frente a las decisiones de los presidentes de Estados Unidos y del resto de la institucionalidad de su país, cuando esas decisiones se referían a la Zona del Canal o al Canal. Para estos residentes, el canal nunca podía ser panameño. Casi ni siquiera era estadounidense.

Era prácticamente de ellos, porque les invadía siempre una especie de sentimiento nostálgico, en el sentido de que su abuelo había contribuido a la construcción de la vía, su padre, sus familiares más cercanos, y esta circunstancia los ponía en una situación de alerta y de resistencia cada vez que les llegaban noticias con respecto a algún cambio, aunque fuese menor, aunque hubiese sido no estructural ni de fondo, en las relaciones canaleras. De allí que, cuando les dijeron que la bandera de Estados Unidos podía izarse, pero que a su lado tenía que ir la de Panamá, les resultó difícil de asimilar la situación y de inmediato se presentó una reacción de rechazo.

La reacción de los zonians, o residentes estadounidenses de la Zona del Canal, es otra de las razones de fondo que dieron lugar al 9 de enero: actuaron por el impulso de una convicción colectiva. Veían la bandera panameña como un objeto diabólico que significaba el fin de su tranquilidad. Sentían que ni siquiera el Gobierno estadounidense tenía el derecho de cambiar las condiciones existentes; que ese territorio era soberano de los Estados Unidos, así que su bandera era la única que debía ondear; que impedirles izarla para evitar izar la panameña al lado, tampoco tenía sentido. Vivían en Panamá, pero separados, casi separados también de los propios Estados Unidos.

Cambiar las reglas de la existencia era una afrenta que no podía admitirse, así que la bandera, expresión de aspiraciones inaceptables, no pertenecía a ese territorio. Por eso actuaron con tanta agresividad. La versión zoneíta, explicada en el periódico Spillway del 20 de enero de 1964, recoge, en lo fundamental, las observaciones del capitán Goddis Wall en el sentido de que ningún policía de la Zona del Canal rasgó la bandera panameña.

Ningún estudiante de la Escuela de Balboa rasgó la bandera panameña. Había un cordón rígido de la policía de la Zona del Canal que rodeaba a los estudiantes panameños y los mantenía separados de los estudiantes norteamericanos. Como había empujadera o enfrentamiento físico entre la Policía de la Zona del Canal y los estudiantes panameños, los cuatro estudiantes panameños que sostenían la bandera, aparentemente la rasgaron ellos mismos durante la refriega.

Aclaran, sin embargo, que esta no es una versión oficial del Gobierno de los Estados Unidos. Ese día, quienes portaban la bandera eran los estudiantes panameños y, desde luego, su reacción fue protegerla de quienes querían destruirla por completo. El pueblo se incorporó, fue protagonista supremo. Puso los muertos. Empezó por Ascanio Arosemena, y por allí siguió la epopeya. Gente de los barrios, sobre todo.

Florecieron allí ese día, sin pretensiones, quizás con una guía intuitiva, pero, al fin y al cabo patriótica y decidida. Los estudiantes del Instituto Nacional estaban representando una convicción colectiva de todo el país, en el sentido de que la relación canalera tenía que sufrir cambios muy profundos, porque esa situación involucraba, naturalmente, una injusticia histórica imperdonable e inadmisible, en el sentido de que había, por virtud del tratado de 1903, un control a perpetuidad no solo del canal, sino también del monopolio de la construcción interoceánica en Panamá.

Es decir, que evitaba que Panamá pudiese aprovechar para su ventaja, para su beneficio, para su desarrollo, la condición geográfica, su situación geográfica envidiable, que es tan importante para el progreso nacional. El choque era inevitable desde el punto de vista histórico. Faltaba nada más una chispa para que se encendiera esa pradera. Y comenzó entonces la hecatombe. Los estudiantes fueron atropellados, la noticia se esparció por todo el país, el público empezó a congregarse en la acera de enfrente en el límite entre el territorio jurisdiccionalmente controlado por Panamá, en especial en la avenida 4 de Julio, llamada desde entonces avenida de Los Mártires.

Todo el mundo se incorporó a esa jornada, unos con más emoción que otros, pero todos intervinieron, y crecía minuto a minuto la participación ciudadana en solidaridad con el gesto patriótico de los estudiantes del Instituto Nacional. Por eso, cuando empezaba la noche del 9 de enero de 1964 y se conoció la noticia sobre el grave atropello ocurrido contra la bandera nacional, una concentración universitaria tomó forma en el restaurante que administraba el empresario Nicolás Angelkos, en la planta baja del edificio de la Facultad de Humanidades.

Desde allí, bajo la orientación de la Unión de Estudiantes Universitarios, conducida por su presidente, Eligio Salas, salió una manifestación estremecedoramente masiva, expectante, solemne y entusiasta, en la que cada uno sabía el significado de la lucha nacional y que, al llegar a la Zona del Canal, estaba muy consciente de que formaba parte de un momento histórico.

En la calle, esa noche, esta generación hizo un esfuerzo —fructífero, en gran parte— para tratar de que se definiera un rumbo, una orientación, un objetivo social y políticamente unificador y, a la vez, alcanzable, más allá de la petición constante de armas que muchos manifestantes en las calles hacían, para combatir al ejército de los Estados Unidos. La marcha no se detuvo en el área bajo la jurisdicción de la República de Panamá, sino que pasó directamente a la Zona del Canal.

Su virtud histórica consistió en que el pueblo que había salido de las barriadas aledañas a la Zona del Canal estaba en la acera del Instituto Nacional y toda la avenida Cuatro de Julio. Al ver a los universitarios, todos cruzaron la calle y se incorporaron en apoyo de la colocación de banderas.

El movimiento creció. Toda la ciudad quedó involucrada en los acontecimientos, y se tomó la decisión de plantar de todos modos la bandera en la Zona del Canal. Allí comenzaron los primeros enfrentamientos, los primeros disparos, donde estaba la terminal de la estación de ferrocarril, que fue ocupada por los manifestantes mientras algunas emisoras de radio, sobre todo Radio Tribuna, con la voz de Homero Velásquez, daba información de última hora sobre los sucesos. En alguna ocasión las autoridades estadounidenses señalaron que solo usaron perdigones. Falso. Quizá por inexperiencia en el manejo de estas situaciones, o por una evaluación incorrecta de los hechos, la reacción armada fue desproporcionada y carente de justificación.

Los soldados dispararon a mansalva y allí comenzaron a caer los primeros heridos por parte de Panamá. Había uno que otro panameño con un arma ligera de muy corto alcance sin ninguna posibilidad de llegar hasta un objetivo de soldados estadounidenses. Pero la reacción de esos soldados, en efecto, fue extraordinariamente dura, probablemente más allá de lo que hubiese sido necesario. Alrededor de las 10:30 p. m. ya había muertos, uno de ellos Ascanio Arosemena.

 

Las balas dispersaron el grueso de la manifestación, pero algunos lograron reagruparse. El objetivo inmediato era colocar la bandera panameña en la Zona del Canal y, a decir verdad, no hubo nadie, ni de los estudiantes ni del pueblo de los barrios de los extramuros de la ciudad, que se desviara de esa intención.

El límite, lo que hoy es la avenida de los Mártires, se convirtió en un frente de batalla. Nadie controlaba a nadie. Cuando la cerca que estaba allí —una enorme cerca que producía una sensación de rechazo en toda la nación panameña porque simbolizaba la existencia de dos mundos distintos— comenzó a caer, nadie dio instrucciones, ni línea ni órdenes para que eso ocurriera.

La gente, espontáneamente, se aferró a ella hasta tirarla abajo. Parecía imposible que una cerca de ese tamaño pudiese ser derribada, pero así fue. Algunas personas orientaron su disgusto, su frustración y su impotencia hacia propiedades estadounidenses. Se quemó la Goodyear, las oficinas de información de los Estados Unidos que estaban en frente de Novey, el edificio que estaba en la esquina de la 5 de Mayo, al lado del Hotel Internacional, el Chase Manhattan Bank, la Pan American Airways.

Todos esos edificios recibieron el embate del disgusto de la población panameña de manera espontánea. La dirigencia estudiantil se reunió en los alrededores del Palacio Legislativo, en medio de la balacera, a tomar decisiones. La primera de ellas fue tratar de influir para que la masacre no continuara, porque se estaba llenando de luto y de dolor a muchas familias panameñas, y con el método de enfrentamiento directo no había posibilidades de hacer avanzar los objetivos nacionales de un movimiento de esa naturaleza.

La gente se estaba inmolando en la práctica y se decidió entonces tratar de orientar el movimiento hacia la Presidencia de la República, con el fin de fijar con claridad los objetivos nacionales. Había poco interés —yo diría que ninguno— en esa gran muchedumbre que estaba en la calle en involucrar un movimiento espontáneo de esa clase con cuestiones de carácter político.

Entonces el movimiento estudiantil secundario y el universitario tenían cierta autoridad sobre quienes se encontraban manifestando. Solo a ese sector se le escuchaba, por lo que se aprovechó esa circunstancia para decirle a la gente, “vamos hacia la Presidencia”. En efecto, así se hizo.

En otras ocasiones se ha podido explicar que, a pesar de que las elecciones nacionales se iban a celebrar cuatro meses después, este tipo de expresiones de la ciudadanía, en las que no deja de influir algún grado importante de espontaneidad, no es dirigida ni orientada por los partidos políticos, sino que otros sectores, que no tienen presencia electoral, llenaron ese vacío en la conducción nacional, y así ocurrió el 9 de enero.

El contingente universitario tomó el relevo y fue el que dirigió al gran público que se agitaba de calle en calle en la ciudad de Panamá de aquel entonces y lo encaminó hacia la Presidencia de la República. Allí, el presidente Roberto F. Chiari recibió a una delegación de los manifestantes. Subieron entre otros Eligio Salas, presidente de la UEU; Federico Britton, presidente de la Unión de Estudiantes Secundarios; Augusto César Arosemena, que el año anterior había sido secretario general de la Federación de Estudiantes de Panamá.

Se explicaba a los concentrados en la avenida Eloy Alfaro, la profundidad de la lucha por la integridad del territorio y el significado de la colocación de la bandera en la Zona del Canal. La posición estudiantil universitaria no dejaba de ir al fondo del problema, en el sentido de que la colocación de la bandera era una acción simbólica y que algún tipo de acuerdo favorable a Panamá debía concretarse con Estados Unidos.

Tenía la ventaja de que la gente conocía y respetaba a la Unión de Estudiantes, pero también la desventaja de que ciertas autoridades de inteligencia también los conocían, así que cuando las autoridades militares estimaron que el movimiento se estaba extendiendo demasiado, empezó un periodo de represión. El rol del presidente Roberto F. Chiari fue encomiable.

Algunos pensaron que no era una conducta esperable, porque el presidente tenía vínculos económicos muy fuertes con Estados Unidos y él mismo no era personalidad dirigida a estos menesteres de tan grave riesgo político, sobre todo por sus consecuencias nacionales e internacionales. Chiari supo estar a la altura de la necesidad nacional en un momento tan crítico y tan sensible y tenía un antecedente importante.

En 1960, poco tiempo antes de su toma de posesión, recibió en el Palacio de las Garzas a una delegación de la Federación de Estudiantes y, a raíz de ese encuentro, revocó el Decreto 345 de 1958, por medio del cual se prohibían las asociaciones federadas en todos los colegios del país. Era un decreto sumamente represivo, que representaba una amenaza permanente para los estudiantes que se organizaban en los distintos colegios.

El presidente Chiari tomó de inmediato la decisión de revocarlo y así el movimiento estudiantil pudo reactivarse sin esa clase de obstáculos. En esa noche del 9 de enero, el presidente Chiari informó a la delegación que se habían roto las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos, hecho que, en efecto, se producía por primera vez, pero pidió que los estudiantes ayudaran a bajar los ánimos y calmar a la gente para que no se continuaran produciendo esos enfrentamientos y nuevos muertos.

Los representantes estudiantiles le solicitaron que para lograr eso, saliera al balcón él mismo e informara que se habían roto las relaciones diplomáticas. Chiari aceptó de muy buen grado, y lo hizo; el pueblo aceptó y fue bajando entonces el nivel de los enfrentamientos. A la mañana siguiente, la agresión se intensificó. Llegó un rumor preocupante al sector estudiantil, en el sentido de que dentro del Gobierno había voces que clamaban por que se revisara la decisión. En efecto, el ministro de Educación del Gobierno del presidente Chiari, Manuel Solís Palma, informó a los estudiantes que dentro del Gobierno había algunas dudas, con respecto a si era correcto o no haber tomado la decisión de romper las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos.

Eso produjo una gran alarma, y se convocó nuevamente a una asamblea general en el Paraninfo Universitario para dirigirse hacia el Palacio Presidencial. Nuevamente el presidente Chiari señaló que él había tomado una decisión y que él la mantenía; que algunos funcionarios tenían dudas sobre la conveniencia de esa medida, pero él no estaba de acuerdo con esas personas.

Solo se reanudarían las relaciones diplomáticas cuando los Estados Unidos se comprometieran a una negociación con Panamá que resolviera las causas de conflictos entre los dos países. Hay un relato extraordinario, “La noche del 9 de enero en la Presidencia”, escrito por el distinguido profesor de Introducción al Estudio del Derecho y de Derecho Romano, Eloy Benedetti, quien el 9 de enero de 1964 era el asesor jurídico del Ministerio de Relaciones Exteriores. Se transcriben algunos párrafos:

Sin tener conocimiento de lo que ocurría en la Zona del Canal la tarde del 9 de enero, me retiré a mi residencia en Las Cumbres y al llegar recibí una llamada para que fuera a la Presidencia. Partí de regreso a la ciudad y en el sector de Calidonia escuché los disparos que provenían del área del Palacio Legislativo […]

Serían las 8 de la noche cuando localicé al Ministro Galileo Solís, mi superior jerárquico, quien me informó lo que hasta ese momento se sabía de la romería de los institutores; que habían llegado al asta de la bandera frente a la Escuela Superior de Balboa, donde se inició una refriega y fueron agredidos y rechazados por la policía y los zoneítas, quienes habían dado muerte y herido a varios panameños […] Me pidió que fuera pensando qué medidas podría tomar la Cancillería ante esta insólita situación. […]

Como a las nueve de la noche conversé de nuevo con el Canciller, quien me comunicó que según las últimas informaciones que se tenían, las fuerzas americanas no pretendían avanzar a territorio bajo jurisdicción panameña. Esta invasión habría sido una posibilidad que asustaba a muchos de los funcionarios que se encontraban en la Presidencia. La orden dada al Ejército era impedir, por cualquier medio, que elementos panameños ingresaran a la Zona, y me confirmó que los iniciadores e instigadores de los incidentes habían sido los zoneítas.

Enfadado y con dureza el Canciller me recalcó que el Gobierno no podría de ninguna manera tolerar pasivamente la forma como habían dado muerte y herido de bala a tantos panameños. Agregó que el presidente Chiari se sentía igualmente ofendido y con amargura a causa de los acontecimientos. Insistió en que había que actuar cuanto antes, entre otras razones, para que en los diarios de la mañana apareciera la noticia de la reacción del Gobierno conjuntamente con las descripciones de los ataques en la Zona.

Le manifesté al Canciller que desde nuestra última conversación había estado meditando sobre la endiablada coyuntura en que se encontraba el país, atacado por una fuerza abrumadora y con escasas posibilidades de reaccionar. Le señalé, que la medida más oportuna que se me había ocurrido era la ruptura de relaciones diplomáticas […] y que con habilidad diplomática se podría lograr que se condenara a los Estados Unidos por el delito internacional de agresión contra la población panameña y obligarlo a indemnizar los daños y perjuicios causados a Panamá y a los familiares de los muertos y a los heridos.

[…] Me pidió que preparara un proyecto de nota rompiendo relaciones, pero insistió en que deberíamos dejar una puerta abierta, y no meternos con indemnizaciones, que si algo le sobraba a Panamá eran opciones para exigir reparaciones.

Me dediqué de inmediato a trabajar en el proyecto. No obstante, mientras las acuciosas secretarias del Consejo de Relaciones Exteriores, Laura Kaled y Tota de Méndez pasaban en limpio las numerosas copias me asaltó el temor de que estuviéramos procediendo a la ligera en una cuestión que podría acarrear graves consecuencias para Panamá […] Por ello, cuando las secretarias me entregaron las copias en limpio del proyecto de nota busqué al ministro de Educación, Manuel Solís Palma, amigo de confianza con quien mantengo una relación que se remonta a los años juveniles del Frente Patriótico. Contra mi acostumbrada práctica de no revelar los asuntos de la Cancillería, le relaté aspectos del plan de romper relaciones con la nación más poderosa del mundo y de la cual dependía nuestra estabilidad económica. Para alivio de mis aprensiones Solís Palma leyó el proyecto de nota y le pareció el rompimiento de relaciones una muy buena reacción de Panamá.

Confortado por la reacción del Ministro de Educación me reuní con el Canciller a quien le presenté copia del proyecto de nota rompiendo relaciones. Lo revisó con cuidado, le efectuó un par de pequeñas modificaciones puliendo el punto de las indemnizaciones por daños y perjuicios y me dijo “vamos a mostrárselo a Nino”. Pasamos al despacho del Jefe del Ejecutivo a quien le entregué el proyecto de nota.

Mientras lo leía observaba al Presidente. Me impresionó su rostro adusto, y severo. No dudé que la decisión de romper relaciones diplomáticas con los Estados Unidos, ya la había tomado con anterioridad. Sin sugerir ningún cambio manifestó sencillamente que el proyecto de nota le parecía bien, que procediéramos a convocar una sesión conjunta del Consejo de Gabinete y del Consejo de Relaciones Exteriores, para que consideraran su adopción […]

La sesión conjunta del Gabinete y el Consejo de Relaciones Exteriores tuvo lugar en el comedor del Palacio, y fue presidida por el propio Jefe del Ejecutivo.

El acto se inició a las 11 de la noche revestido de grave solemnidad.

El Presidente Chiari anunció que había convocado la sesión conjunta para considerar la conveniencia de que Panamá rompiera relaciones diplomáticas con el Gobierno de los Estados Unidos de América. Acto seguido, le cedió la palabra al Canciller Solís para que explicara la coyuntura en que se encontraba el Gobierno y las consecuencias y peligros que implicaban el rompimiento de relaciones con esa poderosa nación […] El rompimiento de relaciones fue aprobado por unanimidad. (1994, 1995).

 

El día 11, aunque las movilizaciones habían amainado en intensidad, la confrontación física continuó y la lista de muertos y heridos fue en aumento. Durante esos días la Guardia Nacional estuvo confinada a los cuarteles. No había efectivos en las calles, de modo que no se reprimió el movimiento popular. Sin embargo, ya para el 11 de enero la actitud de tolerancia que había tenido la Guardia Nacional estaba agotándose. La Guardia Nacional intervino con el arresto de dirigentes en algunas provincias, incluyendo a los universitarios Ascanio Villalaz y Rolando Armuelles, quienes no pudieron asistir por este motivo al entierro de los mártires en el Jardín de Paz y al de Ascanio Arosemena en el Cementerio Amador.

El movimiento 9 de enero, con saldo trágico de 23 panameños muertos y cientos de heridos y tres estadounidenses fallecidos, tiene varios significados específicos. Por un lado, galvanizó la conciencia nacional. Le permitió a la población panameña convencerse a sí misma de que era posible obtener reivindicaciones importantes en su relación canalera con los Estados Unidos.

En ese tiempo, digamos en resumen, había de todo, pero la magnitud del movimiento no pudo ser previsto, no estaba en ningún cálculo, fue espontáneo y desbordado, quizás porque era un reflejo del acumulado resentimiento que el país tenía desde hacía mucho tiempo.

Ese movimiento propició un gran clima nacional por encima de las diferencias de carácter político. Casi todos los sectores quedaron involucrados. Muchas voluntades participaron en las decisiones que vinieron inmediatamente después de los actos de enero de 1964. Personalidades que venían de sectores típicamente políticos, de los sectores profesionales, del sector estudiantil, de grupos culturales y religiosos, todos participaron en el Comité de Rescate y Defensa de la Soberanía Nacional.

El 18 de enero se realizó una Asamblea Universitaria de Estudiantes en el Paraninfo. Entre otros temas se discutió cómo mantener una cierta dirección del público y aumentar la influencia del conglomerado estudiantil, hasta dónde llegar en esa lucha, qué pedir, qué exigir, cómo valorar la ruptura de relaciones diplomáticas, cómo tratar al presidente Chiari, ser radicales o no ser radicales, cuál era el grado de comprensión y militancia de la gente que, aunque tenía obviamente una posición nacionalista fortalecida con los acontecimientos y estimulada por el dolor de los muertos y los cientos de heridos, pensaba que el problema radicaba en la colocación de la bandera solamente o en una participación creciente de Panamá en la economía canalera.

¿Qué era lo que había que hacer para que el movimiento no decayera y que se entendiera que quizás después del 9 de enero no iba a existir otra oportunidad para que Panamá cumpliera sus anhelos? El Paraninfo de la Universidad de Panamá y el local del Sindicato de Periodistas se convirtieron en las sedes de esas grandes discusiones en las cuales cada uno aportaba su concepción filosófica sobre el problema.

Algunos insistían en que entre Panamá y los Estados Unidos la solución estaba en el reconocimiento de una justa indemnización por razón de los graves daños que se le había producido a la sociedad panameña con motivo de estos acontecimientos. En este sector, quizás por sus propias características, hubo de desarrollarse análisis y reflexiones sobre el impacto y las perspectivas de lo que se estaba viviendo.

El momento era endemoniadamente complejo. Otros señalaban de que ese no era el problema: que el problema era la Zona del Canal. Otros —sobre todo del sector estudiantil—, que era la presencia militar estadounidense. Pero la discusión, que incluso desembocó en un gran congreso sobre la soberanía, llevó a la conclusión de que ningún esfuerzo valía la pena si no se iba a la raíz del problema, que era la sustitución del tratado  Hay–Bunau-Varilla de 1903, de manera integral, total y absoluta.

El 9 de enero tuvo la virtud de lograr un consenso nacional, fenómeno que había sido muy difícil de estructurar durante todos los años y décadas anteriores. Ese consenso se ubicó en la conveniencia de sustituir, reemplazar toda la relación canalera anterior, tradicional, por una nueva que colocara en primer plano las medidas de justicia a favor de la República de Panamá.

El tema de la bandera, por supuesto, seguía siendo un tema simbólico, pero debajo de él estaba el sustrato fundamental que era la necesidad de que Panamá tuviese acceso al manejo del canal, pudiese controlar por sí misma su territorio y utilizarlo para su propio provecho.

Aunque en Panamá las reclamaciones frente a los Estados Unidos variaban según el origen de clase, formación cultural y experiencias personales o familiares, durante el 9 de enero se forjó un concepto de unidad nacional que fue parte del gran esfuerzo generacional del país. Se simbolizaba con la bandera, pero la coincidencia consistió en que no hubo una sola voz que no estuviese convencida de la necesidad de superar la etapa de las revisiones del tratado Hay–Bunau-Varilla de 1903 para dar paso al planteamiento básico: la abrogación total de ese tratado y su sustitución por uno enteramente nuevo que contemplara las aspiraciones nacionales.

Desde el día siguiente a la firma del tratado Hay–Bunau-Varilla el 18 de noviembre de 1903, comenzaron los planteamientos panameños, en el sentido de interpretar el tratado de manera restrictiva para que las facultades de los Estados Unidos se limitaran a los temas específicamente relacionados con el canal.

En 1936 la gran visión de Harmodio Arias en el lado panameño y de Franklin Roosevelt del lado estadounidense permitieron interpretar adecuadamente la condición histórica del momento y se logró la eliminación de la cláusula del tratado de 1903 que permitía a los Estados Unidos intervenir en los asuntos internos de Panamá cuando, a su juicio, el orden público estuviese alterado en las ciudades de Panamá y Colón.

Esta fue una gran conquista nacional, que puso al presidente Roosevelt, pero, sobre todo, al presidente Harmodio Arias, en un sitial especial de la historia nacional. El movimiento de 1947 de rechazo al Convenio Filos-Hines fue otro de los hitos históricos en ese esfuerzo generacional.

La concreción del tratado de 1955, que logró importantes reivindicaciones económicas para Panamá, también significó un avance. Cada generación a la que le toca tomar decisiones en un momento histórico determinado, ha cumplido en Panamá su papel adecuadamente. A veces los jóvenes son estrictos y rigurosos en el examen histórico del rol de los dirigentes en cada una de las épocas que ha vivido la nación, pero nadie hace más de lo que puede de acuerdo con las condiciones históricas que le toca vivir.

Dicho esto, estoy convencido de que en 1955 quienes estuvieron encabezando el esfuerzo de negociación de Panamá no pudieron lograr más. En 1967, apenas tres años después del 9 de enero, se intentó un tratado entre Panamá y los Estados Unidos, que no pudo concretarse. Tuvo que revertirse, porque no había en aquel momento comprensión ni madurez, por parte de las autoridades estadounidenses, de sus líderes, para entender que en el caso de Panamá había que darle una solución justa.

El 9 de enero de 1964 tiene que ser recordado como parte de la forja del destino y del espíritu nacional ya que llamó la atención y permitió que la sociedad panameña llegara a la conclusión de que ya las condiciones habían cambiado y que sí era probable entrar al fondo del problema. El 9 de enero es antecedente de lo que vino después y aunque en 1967 no hubo posibilidad de concretar esas conquistas de tal manera que debió esperarse diez años más para conseguirlas, el espíritu del 9 de enero estaba presente, no solamente en esa negociación, sino en los esfuerzos de desmantelamiento de la colonia que fueron viniendo después.

¿Están cumplidos los ideales de los que cayeron? ¿O de los que no cayeron pero lucharon? ¿De los que fueron solidarios con ese movimiento? Desde distintas ópticas están casi cumplidos. En la medida en que ha transcurrido el tiempo, el 9 de enero adquiere mayor importancia.

Es una parte esencial de la lucha histórica del país por integrarse como merecía. Ya se sabe, pero debe continuar repitiéndose, que sin el 9 de enero no habría existido el progreso que se logró en las etapas subsiguientes. El período de negociación que se abrió entre Panamá y los Estados Unidos dio un paso en 1967, pero se concretó en 1977, cuando Jimmy Carter y Omar Torrijos firmaron en la Unión Panamericana, el 7 de septiembre de ese año, los documentos que establecieron la nueva relación canalera.

El 1 de octubre de 1979 se desplomó la Zona del Canal, las instalaciones militares fueron desapareciendo por etapas, hasta el 31 de diciembre de 1999, cuando al mediodía, Panamá después de dos décadas de preparación, asumió directamente el manejo del canal y potenció así el valor de su posición geográfica. En efecto, la Zona del Canal desapareció desde el 1 de octubre de 1979 y Panamá tiene desde el 31 de diciembre de 1999 la responsabilidad plena, total y absoluta de la administración del canal.

Se cumplió un calendario de desmantelamiento de todo el andamiaje que dio lugar a esos enfrentamientos del 9, 10 y 11 de enero de 1964 que hizo desaparecer la presencia militar de los Estados Unidos en nuestro país. En el simbólico edificio que albergaba a la Escuela Secundaria de Balboa, ahora Centro Ascanio Arosemena, ondea la bandera panameña.

No hay ya gobernador, no hay cortes con jurisdicción que no sean las que forman parte de Panamá, una nueva realidad nos rodea y la posición geográfica va rindiendo frutos, bajo el influjo del ideal de una sola bandera. No es posible pensar en ningún beneficio que se derive de la actividad canalera ni del uso de las áreas que revirtieron a su soberanía, sin reconocer la dimensión nacional e internacional del 9 de enero. De los que murieron y de los que iniciaron todo, de los que han estudiado el fenómeno, de los que dieron los primeros aldabonazos en la conciencia ciudadana, de los que consolidaron el espíritu nacional.

El 9 de enero es el país mismo, la base sobre la que emergieron las generaciones que vinieron después, el 9 de enero reivindica la parte más idealista de Panamá, lo que le da rumbo a su propio destino. La dimensión del tema de la bandera tuvo proyección en el curso de las relaciones entre los dos países.

El 31 de diciembre de 1999, en cumplimiento de los tratados Torrijos-Carter, Panamá recibió el canal, y se cerró el último vestigio de las instalaciones militares de los Estados Unidos en el país. Quedó finalmente resuelto el problema del izamiento de las banderas, hecho que evoca el sacrificio de los mártires de enero de 1964.

¿Qué ocurrió, sin embargo? Que Estados Unidos rechazó las ideas en relación a la arriada de su bandera en el acto protocolar final.

La primera consistía en que se arriara en el edificio de la Administración del Canal y, a renglón seguido, se izara la panameña. Al ser rechazada sobre la base de que la bandera de los Estados Unidos podía ser objeto de agravios o malos tratos verbales, entonces se propuso que se arriara la estadounidense y se izara la panameña de modo simultáneo, propuesta que también fue rechazada.

Finalmente, los Estados Unidos expresaron que no aceptarían jamás arriar su bandera en circunstancias de indignidad y tomaron unilateralmente la decisión de arriarla ese mismo día, 30 de diciembre de 1999, a las cinco de la tarde. La panameña se izó al día siguiente, a las doce del día.

Desde antes de ese 31 de diciembre de 1999, Panamá estaba plenamente preparada para cumplir su función. Pero hay un punto en el que hay que estar mejor preparado todavía, y es el de la conciencia. Toda la sociedad panameña tiene que insistir en que el canal es un patrimonio colectivo de la nación panameña.

Que merece ser manejado con pulcritud y seriedad, sin que forme parte de la pasión política que es natural y lógico que se produzca en cualquier país. El canal no puede ser objeto de la controversia diaria. Al canal no se le pueden aplicar exactamente las mismas reglas de funcionamiento de la administración pública.

El canal, para poder manejarse, tiene que estar sujeto a reglas distintas, a reglas especiales que le den más flexibilidad. El canal tiene que generar sus propios ingresos. No debe, como ocurre con otras dependencias públicas, ser beneficiado con asignaciones “presupuestarias” provenientes de los impuestos que pagan los contribuyentes. Tampoco debe esperarse que el canal resuelva todos los problemas nacionales ni que reemplace al resto de las instituciones del Estado.

Ese es el compromiso de la conciencia: cuidar el canal sabiendo que es un medio de transporte que tiene otros mecanismos que pueden competir con él. Saber que tiene que manejarse con un criterio de rigurosa eficiencia. Tiene que concebirse de acuerdo con el papel que a Panamá le corresponde como parte de su contribución a su propio desarrollo y —como es obvio— al desarrollo del comercio marítimo internacional, cuyos actores son los clientes del canal.

Es decir, debemos estar a la altura del reto que tenemos, pero con el recuerdo de los mártires del 9 de enero, con la vocación de los que se esforzaron en 1964 por solidificar la nación. Panamá le ha demostrado al mundo que el apoyo que se recibió en la negociación de los tratados Torrijos-Carter, el apoyo que pudo lograr Omar Torrijos en todas partes, haciendo del canal no solo la religión de Panamá si no la de mucha gente, que ese apoyo recibido fue merecido. Así como hubo capacidad militante para conseguir el canal, también se ha tenido profesionalismo, rigor y seriedad a la hora de manejarlo. Y es este cumplimiento de ese reto histórico, el mejor homenaje a los mártires de enero.

 

 

Referencias bibliográficas

Ahumada, A. (1999). 9 de enero: Testimonio y significado. Conferencia dictada en el auditorio de la Lotería Nacional de Beneficencia.

____________(2014, 8 de enero). El nueve de enero en el recuerdo. Declaraciones pronunciadas en la Biblioteca Nacional.

Benedetti, E. (1994, 1995). La noche del 9 de enero en la presidencia. Anuario de Derecho – Órgano de Información de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Panamá. 21 (23 y 24).

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