Guerra de Coto
On junio 21, 2017 | 0 Comments

Por Carlos H. Cuestas G.

 

Introducción

Al amanecer del 21 de febrero de 1921, un destacamento del ejército costarricense compuesto de veintiocho soldados al mando del coronel Héctor Zúñiga Mora, ocupó militarmente el caserío panameño de Pueblo Nuevo, corregimiento de Coto, jurisdicción del distrito de Alanje, Provincia de Chiriquí y, tras izar el pendón costarricense, se instaló en el humilde rancho que servía de corregiduría en ese apartado lugar. Este incidente fue la chispa de un conflicto armado entre Panamá y Costa Rica, que habría de culminar con la pérdida para Panamá por imposición norteamericana, de unos 3 000 kilómetros cuadrados de territorio hasta entonces bajo su jurisdicción.

La ocupación de Coto, fue en ese momento, sólo el último acto en el escenario de un viejo conflicto fronterizo que arrancaba sus orígenes desde la época colonial.

Por muchos años, los territorios de Costa Rica y Panamá vinieron a constituir la frontera Sur y Norte, respectivamente, de la Capitanía General de Guatemala y del Virreinato de Santa Fe, de las Provincia Unidas del Centro de América y de la Gran Colombia, (con todas sus posteriores denominaciones oficiales) y más tarde, de la República de Costa Rica con la República de Colombia, y luego con su sucesora, la República de Panamá.

Durante más de cien años, la delimitación de la línea fronteriza constituyó un espinoso problema entre dos naciones vecinas y naturalmente amigas, no exento de peligrosas tensiones que en ciclo casi interminable, enfrentó complicadas negociaciones seguidas de movilizaciones de tropas, tanto en el Atlántico, como en el Pacífico.

Entre 1825 y 1944, año en que se fijó definitivamente la actual línea fronteriza, gobernantes, diplomáticos, negociadores, y militares de ambas naciones, lo intentaron casi todo. Entre 1825 y 1880, celebraron cinco convenios en que por medio de la negociación directa se intentó poner fin al diferendo, pero ninguno de ellos llegó a perfeccionarse jurídicamente. Entre 1880 y 1896, buscaron la solución del arbitraje internacional y suscribieron tres compromisos, sólo el último de los cuales, ya en los albores del siglo pasado, culminó con un laudo, dictado por el Presidente de Francia Émile Loubet, que nunca llegó a ser ejecutado. En 1870, 1875, 1879 y 1880, la tensión aumentó cuando ambos países decididos a ejercer y no ceder jurisdicción en la zona del Pacífico, movilizaron tropas hacia la frontera, que casi desató una confrontación armada. En 1916, se repitió cíclicamente la situación en la misma zona y las armas estuvieron a punto de desatar su secuela de muerte y destrucción. En 1910, los intereses hegemónicos de Estados Unidos impusieron nuevas negociaciones directas entre Panamá y Costa Rica, que culminaron con un ulterior compromiso arbitral, cuyo resultado, el laudo del Chief Justice norteamericano Edward W. White, dictado en 1914, fue rechazado por la entera Nación panameña por sus innegables vicios de nulidad.

A la negociación fallida siguió la movilización militar que de- sembocó en el primer conflicto armado internacional de la República de Panamá, que tras una breve duración, abrió un nuevo ciclo de negociaciones, hasta que en los años cuarenta, se puso fin al viejo litigio de fronteras.

En este trabajo, focalizamos nuestra atención sobre los aspectos militares del conflicto, algunos poco conocidos por la ciudadanía, pues la parte diplomática ha sido ampliamente analizada por diplomáticos e historiadores, entre otros, Ricardo J. Alfaro, Ernesto Castillero Pimentel y Bonifacio Pereira Jiménez, a cuyas importantes obras remitimos al lector. Partimos, entonces, desde los primeros actos de ocupación costarricense en Pueblo Nuevo de Coto el 21 de febrero de 1921 hasta el 7 de marzo del mismo año, cuando por vía marítima, las fuerzas costarricenses se retiraron de la bahía de Almirante, en la provincia de Bocas del Toro.

Los primeros actos de ocupación costarricense En la mañana del lunes 21 de febrero de 1921, un contingente del ejército costarricense al mando del coronel Héctor Zúñiga Mora, luego de remontar en la lancha de gasolina La Estrella, el río Coto desde su desembocadura en el golfo Dulce, desembarcó en el caserío de Pueblo Nuevo de Coto. El coronel Zúñiga Mora, inspector general del Ejército, acababa de ser designado comandante militar de la Zona del Golfo Dulce y, como segundo comandante, tenía al coronel Daniel González Soto.

Su armamento consistía principalmente en rifles Mauser, revólveres y alguna que otra carabina. Al desembarcar en Coto, los militares ticos enfrentaron a la autoridad panameña del lugar: el corregidor Manuel Salvador Pinzón y al único policía de todo el corregimiento, Vicente Cozzarelli. La primera medida que ordenó Zúñiga Mora fue la de retirar la placa de zinc con la leyenda Corregiduría de Coto, que distinguía la humilde sede de la autoridad panameña. El jefe militar costarricense remitiría la mencionada placa al secretario de Guerra, Aquiles Acosta García, quien la recibió el día 26 de febrero, junto a un informe de la ocupación. Seguidamente, ordenó izar el pendón costarricense en la plaza del lugar, como símbolo de la soberanía de su país en el territorio apenas ocupado.

Otra de las medidas del coronel Zúñiga Mora fue la de escribir una comunicación al gobernador de la provincia de Chiriquí, don Nicolás Delgado poniéndole en conocimiento de lo acontecido. El mensaje era del tenor siguiente:

Comandancia Militar de Golfo Dulce –Pueblo Nuevo de Coto.- 21 de febrero de 1921.

Señor Gobernador de la Provincia de Chiriquí, República de Panamá.- E.S.D. en David

El Gobierno de Costa Rica en acatamiento del fallo arbitral dictado por el Jefe de la Justicia de los EE. UU. de América, nombrado por ambos Gobiernos para el arreglo definitivo de la cuestión de límites, me ha ordenado tomar posesión de la región de Coto, hasta hoy bajo la jurisdicción de Ud., lo que hago en este momento enarbolando el pabellón jurisdiccional costarricense y con todas las formalidades del caso.

Al ejercer Costa Rica su soberanía en esta región, queda nula por completo toda cesión otorgada por el Gobierno Nacional y local de ese País. En tal virtud, cesa desde hoy para nosotros el arrendamiento de los cocales de Burica, concedida por la Honorables Corporación Municipal de Alanje al Señor Tobías Pérez Uribe, a quienes usted hará saber lo anterior.

Con toda consideración me suscribo de usted muy respetuoso servidor, H. Zúñiga Mora.

 

Pero, el coronel Zúñiga Mora tenía dificultad para hacer llegar sus mensajes a sus destinatarios en David. Ni él, ni sus soldados eran prácticos en un territorio totalmente deshabitado de costarricenses; además no iba a correr el riesgo de introducirse en territorio panameño que podía resultarle hostil, ni eran esas las instrucciones recibidas de su secretario de Guerra y Marina, Don Aquiles Acosta García.

Pero más que todo esto, el mayor obstáculo lo constituían las difíciles comunicaciones entre Coto y el resto de la provincia de Chiriquí.

No existía comunicación telefónica, ni telegráfica, ni tampoco una línea regular de comunicación marítima que comunicase el aislado corregimiento con el puerto de Pedregal en David. El punto más cercano por tierra era Progreso, o Cuervo como también se llamaba a este otro corregimiento del distrito de Alanje, donde había establecido su campamento principal, la Panama Sugar Company, concesionaria de 11 456 hectáreas destinadas a la siembra de caña de azúcar y café.

Esta compañía, antecesora de la United Fruit Co. en Chiriquí, había construido un pequeño ramal ferroviario que unía Progreso con el poblado Rabo de Puerco, actual Puerto Armuelles, situado en la parte oriental de la península de Burica, donde había instalado un pequeño muelle para sus operaciones de exportación de azúcar y café. A inicios de 1921, los habitantes de Pueblo Nuevo de Coto continuaban casi aislados, como se afirmaba en un informe del gobernador de Chiriquí al secretario de Gobierno y Justicia.

La única vía entre Coto y Progreso era un angosto camino de herradura lleno de lodazales todo el año y de peligrosos despeñaderos que el más avezado de los exploradores no cubría en menos de diez horas. Para llegar de Coto a Progreso era necesario remontar la corriente del río Lagarto, un tributario del río Coto, atravesar el río Cangrejo hasta un sitio denominado Puerto de Barajas.

Luego, había que tomar caballo y atravesar los ríos Amoroso, Colorado y otras quebradas que aumentaban su caudal en la época lluviosa haciendo más difícil la travesía por el escabroso sendero. Finalmente, se llegaba al camino real que conduce a Bugaba hasta la intersección del río Chiriquí Viejo y de allí se descendía hasta el poblado de Cuervo.

Por estas poderosas razones, Zúñiga Mora aceptó la sugerencia del corregidor Manuel Salvador Pinzón de enviar un emisario panameño que conociese bien la región, para que llevase con seguridad los mensajes a sus destinatarios en la ciudad de David. A fin de cuentas, el corregidor quedaba retenido en Coto, y esto aseguraba al militar costarricense que los mensajes llegarían a su destino.

Zúñiga Mora consintió en que el mensajero fuese el propio agente Vicente Cozzarelli, viejo residente del lugar y gran conocedor de la región. Su carácter de funcionario policial, le daría más formalidad a la comunicación dirigida al gobernador Nicolás Delgado, por ser el acto oficial de notificación a la República de Panamá de la afirmación soberana de Costa Rica sobre el territorio otorgado por el Laudo Loubet en el sector Pacífico.

 

Las primeras reacciones en Chiriquí

A eso de las cinco de la tarde, llegó Cozzarelli al puesto de policía de Progreso.

El corregidor de Progreso era Néstor Bonilla y solo tres agentes de policía al mando del sargento Felipe Moreno servían en esa pequeña población. Puesto en conocimiento de lo ocurrido, Moreno comprendió la gravedad del incidente ocurrido en la frontera y dispuso llevar personalmente los mensajes al gobernador Delgado en David.

Al mismo tiempo ordenó a Cozzarelli que regresara a Coto. La distancia entre Progreso y David, vía Divalá, en una buena cabalgadura se cubría en unas cinco a siete horas. Antes de partir, Moreno decidió consultar a Félix Abadía Acevedo, entonces subgerente de la Panama Sugar Company, quien le aconsejó que llamara inmediatamente al gobernador Delgado, a través de la línea telefónica que unía Progreso a David.

Contactado el gobernador, éste pidió que le leyeran los mensajes que le enviaba el jefe militar costarricense. Luego de escuchar atentamente, Delgado pidió que se llevaran los mensajes enseguida, mientras que él, en compañía de otros funcionarios y ciudadanos, alertaría a la ciudadanía y tomarían las medidas necesarias para marchar hacia la frontera.

Luego de comunicarse telefónicamente con el presidente Belisario Porras, dio instrucciones al capitán Juan B. Grimaldo para que esa misma noche partiera con una comisión de agentes de policía y de voluntarios por tren hacia La Pita, para continuar luego por tierra hacia Progreso. Unos ciento cincuenta hombres al mando de Grimaldo y de su segundo, el capitán David Solís, partieron cerca de las siete de la noche. Emprendió entonces Felipe Moreno camino hacia David.

A las diez de la noche llegó a Divalá, y aquí acordó con el corregidor Gregorio Ortiz que lo acompañara uno de los policías de servicio en ese lugar, el agente Rafael Béliz. A las tres de la mañana del 22 de febrero, llegaron a David; encontraron al gobernador Nicolás Delgado, quien durante toda la noche había estado redactando mensajes urgentes para todos los puntos de la república. El más importante de esos mensajes fue el que envió al presidente Belisario Porras, y en el que transcribió la comunicación, que el día anterior le había hecho llegar el coronel jefe de las tropas de ocupación de Coto.

Luego de la transcripción, agregaba el gobernador Delgado en su telegrama a Porras:

EL PUEBLO CHIRICANO PROTESTA ENÉRGICAMENTE POR ESTE ATENTADO CONTRA LA SOBERANÍA NACIONAL, Y EN MASA ESPERA ÓRDENES PARA REPELER POR LA FUERZA TAMAÑO ULTRAJE. ÚRGEME INSTRUCCIONES PRONTAS, PRECISAS PARA PROCEDER.

 

Desde la noche anterior, había corrido la noticia por toda la ciudad de David que los ticos habían tomado militarmente posesión de Coto. Recuerda don Abel Candanedo, voluntario de Coto, que alrededor de las ocho de la noche del 21 de febrero, por las calles de David resonó el tambor que anunciaba un bando urgente del gobernador Nicolás Delgado convocando a la ciudadanía a reunirse en la plaza frente a la gobernación para hacer un anuncio importante.

Sin emisoras de radio o televisión, el único medio de dar noticias rápidas a la comunidad, era por medio de reuniones o mítines públicos, y se convocaba a la gente tocando tambores o cornetas por las calles.

Otro medio era el de páginas sueltas en los dos únicos periódicos de David, el Ecos del Valle y el Valle de la Luna, pero no había tiempo para redactarlos, imprimirlos, ni distribuirlos.

El gobernador Delgado comunicó a los ciudadanos que la Patria había sido invadida por los ticos y les pidió que al día siguiente se reunieran en el cuartel de policía ubicado en la plaza de la Catedral de San José, en el barrio de El Peligro, hoy barrio Bolívar, para organizar todas las compañías de voluntarios que se pudieran para marchar a Coto a defenderla.

El primer contingente de policías había partido ya siguiendo esta ruta: por tren hasta La Pita, puesto intermedio entre David y La Concepción, y de aquí tierra hasta Divalá donde continuarían hasta Progreso, para luego seguir por la difícil trocha hasta Coto.

Otro contingente integrado por voluntarios y policías de otros distritos de la provincia, integrado por unos cien individuos, no todos adecuadamente armados, ni equipados, se aprestaba a seguir la misma ruta.

 

Chiriquí se prepara para el combate

En toda la provincia cientos de voluntarios comenzaron a organizarse para formar las compañías y batallones necesarios para la defensa de la Patria.

Casi todos se agrupaban en torno a veteranos oficiales de la guerra de los Mil Días, panameños y colombianos, que luego de la última guerra civil se habían avecindado en Chiriquí. En David, refiere Abel Candanedo, se organizó rápidamente la 1ª. Compañía de Voluntarios de David, alrededor del capitán Alfonso Vásquez, veterano militar colombiano y de los oficiales, teniente Francisco Gallegos, subtenientes Ernesto Gutiérrez, Dióscoro Brugiatti y Juan Elías Armuelles, el sargento Miguel Ramírez contando con cuarenta y tres individuos de tropa, entre ellos, el mismo Candanedo.

En Boquete, el alcalde Fidel Hernández reclutó una compañía de unos ciento veinte hombres al mando de los capitanes Eudoro Watson y Esteban Ruiz Ordóñez. En Dolega, el alcalde José Natividad Miranda organizó la 2ª. Compañía de Voluntarios de Dolega, bajo el mando del capitán de Estado, Manuel del Rosario Miranda.

En San Félix, los hermanos Nicolás y Federico Sagel organizaron la Compañía de Voluntarios de Oriente. En Alanje, bajo las órdenes del veterano capitán Álvaro Contreras se organizó la Compañía de Voluntarios de Alanje. En la misma noche del 21 de febrero, en La Concepción, cabecera del distrito de Bugaba, trece ciudadanos se organizaron en un pequeño contingente al mando del veterano de los Mil Días, coronel Laureano Gasca, colombiano y del sargento mayor Ricardo Franceschi, davideño, veterano de los combates de San Pablo y de Aguadulce.

Contando con escasos recursos y aún más escasas armas, partieron estos voluntarios hacia Progreso donde llegaron el 23 de febrero. Por su destacada participación en los hechos de armas de Coto, la historia los recuerda como los 13 Voluntarios de Bugaba. Durante los breves días del conflicto, y los meses que siguieron a éste, los voluntarios chiricanos, que llegaron casi a mil, prestaron un gran servicio al país, aunque no todos fueron dados de alta en el ejército, y solo muy pocos combatieron en Coto.

Casi todos se sometieron a la rígida disciplina castrense mientras recibían entrenamiento militar y se adiestraban en el uso de las pocas armas existentes; unos sirvieron de postas, zapadores de trochas, exploradores, auxiliares de cocina; otros construyeron campamentos, letrinas y aseguraron las vías de aprovisionamiento. No todos combatieron, pero ayudaron cavando trincheras y sirviendo como espías para vigilar los movimientos de las tropas enemigas.

En las poblaciones sirvieron como guardia cívica manteniendo el orden público y cuidando las cárceles. La Patria les exigió mucho y les retribuyó muy poco a pesar de su ingente esfuerzo. A los pocos que se les dio de alta en el ejército, unos ciento cincuenta de más de mil, se les entregaron cincuenta centésimos de balboa (un peso plata) diarios para su alimentación y solo después de tres semanas de estrecheces y de soportar toda clase de enfermedades y penurias se les dio una muda de ropa nueva al tiempo que se les licenciaba.

En realidad, solo las compañías de David, Boquete y Dolega y los 13 voluntarios de Bugaba, agrupados más tarde, en el Batallón de Voluntarios de Chiriquí, combatieron junto a los policías-soldados del coronel Tomás Armuelles en ambas márgenes del rio Coto. Del resto, tampoco los batallones de voluntarios llegados de la ciudad de Panamá, a saber, el Batallón Patria y el Batallón 2° de Panamá tuvieron el privilegio de defender la Patria en el campo de batalla, pero, sin duda, sus integrantes estaban dispuestos a ofrendar sus vidas por Panamá.

En Chiriquí, los doctores Maximiliano Auerbach, Gustavo Ross y Rafael J. Henríquez, con la ayuda importante de doña Mercy Morgan, organizaron un cuerpo médico y de enfermería, el que fue la semilla de la primera Cruz Roja chiricana.

 

Las primeras medidas del presidente Porras

En la noche del 21 de febrero, el gobernador Nicolás Delgado telefoneó al presidente Porras y le informó de lo ocurrido en Coto, aunque esperó hasta el día siguiente para remitirle de manera oficial, el telegrama donde transcribía íntegramente la comunicación de Zúñiga Mora.

El día 22, el presidente Belisario Porras convocó con carácter de urgencia para horas de la tarde, al Consejo de Gabinete compuesto por los secretarios de Relaciones Exteriores, Narciso Garay, de Hacienda y Tesoro, Eusebio A. Morales, de Instrucción Pública, Jephta B. Duncan, de Fomento y Obras Públicas, Manuel Quintero Villarreal.

El secretario de Gobierno y Justicia, Ricardo J. Alfaro se encontraba en Washington, presidiendo la delegación panameña en la toma de posesión del presidente de Estados Unidos, Warren G. Harding. Porras también invitó a la reunión a Próspero Pinel, presidente de la Compañía Nacional de Navegación, principal concesionaria de las rutas marítimas de cabotaje en los puertos del Pacífico panameño. Careciendo la República de Panamá de una armada desde 1904, las naves de la Compañía Nacional de Navegación eran los únicos medios capaces de transportar tropas rápidamente a la zona de conflicto.

El presidente sugirió enviar cuanto antes una expedición policial suficientemente armada para hacer frente al invasor y manifestó que él iría personalmente al frente de la misma, que aunque se debía actuar rápidamente también, se debía guardar estricta reserva para sorprender al enemigo.

Se aconsejó que Porras no marchara al frente de los expedicionarios, porque su ausencia en la capital produciría comentarios y rumores, y el secretario Morales propuso que al mando de la misma, fuese el secretario de Fomento y Obras Publicas, general Manuel Quintero Villarreal, experimentado militar, compañero de armas de Porras durante las campañas de la guerra de los Mil Días, y de meritoria actuación en la gesta de Independencia del 3 de noviembre de 1903.

El Consejo de Gabinete acordó nombrar a Quintero Villarreal, jefe supremo del Ejército Expedicionario, responsabilidad que aceptó en el acto y sin reserva alguna. Nuevamente intervino el Secretario Morales, para formular una pregunta cuyo eco se repetiría durante las semanas siguientes a lo largo y ancho del país: ¿Cómo podía enviarse una expedición sin armas, obligado como había sido el Gobierno por los agentes del Gobierno americano a desarmar la Policía y vender sus armas en 1916?

El presidente Porras contestó que la expedición podía ser armada con carabinas, que sabía existían en venta en los almacenes de los señores Duque y Arias, con los rifles depositados en los cuarteles de la Policía en el interior de la República y con unos cincuenta rifles Remington reformados, que él mismo había ocultado en el cuarto posterior del patio bajo del Palacio Presidencial en 1916.

 

El general Quintero Villarreal parte para Coto

Después de muchos preparativos, como la selección de policías, adquisición de armas y aprovisionamiento de carbón para el viaje, el vapor Veraguas salió sigilosamente de la bahía de Panamá con destino a Coto, en la madrugada del 22 de febrero de 1921.

Al mando, el general Quintero Villarreal, con unos cincuenta agentes policiales, a los que se unirían los ciento cincuenta hombres, entre policías y voluntarios, que al mando del capitán Grimaldo, avanzaban en tren hacia La Pita, para continuar luego camino hacia Progreso. Cuarenta y tres horas de navegación tomó el Veraguas para llegar a Rabo de Puerco, por ser muy malo el vapor, como comunicó a Porras telegráficamente, Quintero Villarreal.

En ese mismo telegrama, el Jefe Expedicionario manifestaba que la gente en Progreso estaba mal organizada, con armas solamente para cien individuos y que el espionaje, completamente deficiente, debía ser organizado como uno de los aspectos primordiales. El día anterior, el gobernador Delgado había remitido un telegrama a Porras reiterándole la consabida solicitud de armas e informándole que tenía conocimiento que las tropas invasoras aumentaban a doscientos hombres, que continuaban llegando soldados, toda gente aguerrida y bien armada.

En realidad, los veintisiete soldados del coronel Zúñiga Mora no habían sido reforzados hasta ese momento y aunque no puede decirse que los soldados ticos estuviesen mal armados, su número nunca llegó a doscientos, por lo menos en el área de Coto. El espionaje, la carencia de armamento y de otros elementos de guerra eran solo algunas de las dificultades organizativas que debió enfrentar Quintero Villarreal.

 

La improvisación de un ejército en Chiriquí

A pesar de lo anterior, fue el enérgico activismo del gobernador Nicolás Delgado, quien tuvo desde el primer momento una intensa comunicación telefónica y telegráfica con Porras, lo que suplió las primeras medidas organizativas del improvisado ejército de policías y voluntarios panameños dispuestos a defender la integridad nacional.

En la misma noche del 21 de febrero envió el primer contingente de policías al mando del capitán Grimaldo y el 23 de febrero envió la primera expedición de voluntarios al mando del coronel Manuel de Jesús Jaén. Autorizó la formación del primer Cuerpo de Cruz Roja y gestionó su transporte hacia Progreso en el vapor Coclé surto en el puerto de Pedregal. Coordinó una segunda expedición de voluntarios de Alanje, Boquerón y Bugaba, que esperaría al contingente del coronel Jaén en La Pita, para continuar hacia Progreso.

El gobernador Delgado envió un telegrama-circular a los gobernadores de las otras provincias panameñas, informándoles sobre la invasión costarricense, sobre el envío del contingente chiricano a la frontera y la organización de los otros batallones y les excitaba al cumplimiento de su deber de patriotas, aprestando con actividad elementos que vinieran a engrosar las filas de voluntarios.

Ordenó requisar armas en todos los distritos de la provincia. En la noche del 23 de febrero, envió un telegrama a Porras pidiéndole con urgencia doscientos rifles con su dotación, pues no contaba en absoluto con armas para el sostenimiento del orden y custodia de los presos del cuartel.

La organización de los voluntarios en verdaderos cuerpos militares fue uno de los mayores problemas, tanto para el gobernador Delgado, como para el general Quintero Villarreal. Casi sin recursos económicos no resultaba fácil seleccionar, entrenar, armar, equipar y alimentar a los casi mil voluntarios que en escasos días llegaron a la gobernación a enrolarse.

El 25 de febrero, pidió autorización al presidente Porras para racionar a las tropas voluntarias con un peso de plata en lugar de darles alimentos por ser esto más costoso que racionarlos en efectivo. Ese mismo día, recibió respuesta del presidente en dos telegramas remitidos a intervalos de pocas horas.

Con relación a los doscientos rifles solicitados, Porras le indicó que la principal dificultad con que se tropezaba para formar un ejército en debida forma, era la carencia de armamento, que se estaban recogiendo todas las armas que habían en el país, no para armar guardias de poblaciones, sino para poder armar tropas que vayan a la frontera.

Sobre la autorización del peso de plata diario para la alimentación de los voluntarios, el mandatario contestó con mucho juicio, que los servicios militares no (comenzaban) con la inscripción de voluntarios, sino con el servicio activo y solo entonces (comenzaba) el racionamiento. Concluía manifestando que la Nación no podía sufragar los gastos de subsistencia de los miles de ciudadanos que se inscribían en todas las poblaciones del país.

 

Quintero Villarreal asume  control del ejército en Chiriquí

Ese mismo y largo día 25 de febrero, Quintero Villarreal instaló su cuartel general en Progreso. Luego de desembarcar, dejó el grueso del contingente policial en Rabo de Puerco al mando del capitán Tomás Armuelles y se dirigió por tren al improvisado campamento organizado en las instalaciones de la Panama Sugar Company.

Al día siguiente, el presidente Porras legalizó la autoridad militar de Quintero Villarreal por medio del Decreto no. 51 que lo comisionaba a organizar en la provincia de Chiriquí, con el Cuerpo de Policía Nacional y los voluntarios, una división del Ejército de la república de la cual se le nombraba jefe.

El día 26, mediante Decreto no. 49 había convertido al Cuerpo de Policía Nacional en un cuerpo militar bajo el mando de los jefes que el Gobierno designase y sujeto a la disciplina estricta de las leyes militares. Apenas llegó a Progreso, Quintero Villarreal comprendió la necesidad de terminar con el entusiasta, voluntarioso, pero poco organizado, activismo del gobernador Nicolás Delgado, si aspiraba a asumir la defensa de la Nación con criterios estrictamente militares.

No era posible tener dos centros de mando, uno en Progreso y otro en la Gobernación en David. Era esencial que él, como máximo responsable de la expedición militar tuviese un canal de comunicación exclusivo con el comandante supremo de las Fuerzas Armadas, el presidente Belisario Porras en cuanto a la estrategia y las acciones militares que habrían de adoptarse para enfrentar la crisis de Coto.

 

Toda la Nación se prepara para la guerra

Dos días después de enviar la primera expedición policial a bordo del Veraguas, el presidente Porras preparaba otra expedición de por lo menos doscientos policías y otros voluntarios, esta vez a bordo del David, otro vapor de la Compañí Nacional de Navegación.

La segunda expedición era comandada por el inspector general del Cuerpo de Policía, Albert R. Lamb. Porras había discutido con su gabinete las próximas medidas que el Gobierno debía adoptar. Había que dictar varios decretos sobre medidas de guerra urgentes, había que adquirir armas cuanto antes y era imprescindible convocar a la Asamblea Nacional a sesiones extraordinarias para someter a su consideración la legislación que la actual situación imponía.

También los ciudadanos se movilizaban para formar batallones de voluntarios, organizar la instrucción militar y constituir el Cuerpo Médico y de la Cruz Roja. En la noche, muchas fueron las iniciativas de los grupos que comenzaban a organizarse para hacer frente a la emergencia nacional. Junto a los policías que integraban la totalidad de los agentes de la Primera y Segunda Secciones de Panamá y Colón en condiciones de combatir, se embarcaron en el David, el Cuerpo Médico al mando del coronel doctor Aurelio Dutari y numerosos voluntarios, que más tarde fueron organizados por el inspector Lamb en el Batallón Patria bajo el mando del capitán Alfredo Alemán.

Con relación a la organización de los voluntarios en la capital de la república varias fueron las iniciativas de los ciudadanos en este sentido. El 25 de febrero en la mañana, el presidente Porras, a solicitud de estos ciudadanos, autorizó a Julio Arjona Q. y al general Leonidas Pretelt por un lado, y a Domingo H. Turner, por otro, para que organizaran e instruyeran militarmente un batallón de voluntarios.

Pretelt, quien más tarde sería designado comandante militar de la Capital, pudo organizar de manera muy eficiente el Batallón Carlos A. Mendoza con la asistencia de sus colaboradores, el coronel Pedro J. De lcaza, el comandante Demetrio Arenas y los capitanes Dámaso Botello y Guillermo Carrasquilla.

Este cuerpo militar, integrado con dos compañías y una sección de jóvenes señaleros, comenzó a entrenar desde el 26 de febrero en el lugar que ocupaba la Carpintería Nacional en el número 16 de la avenida B y en el patio del Cuartel Central del Cuerpo de Bomberos. Egmidio Jiménez, inició por su cuenta la organización de un batallón, al que tempranamente bautizó Legión de Macheteros del Pacífico, cuyos miembros comenzaron a entrenarse militarmente en el patio del Colegio La Salle, en el barrio de San Felipe. Los señores J. D. Guardia, Daniel Salcedo, Manuel Alvarez y Manuel Ponce, reunidos en torno al veterano militar coronel Leoncio Tascón y a los capitanes Quesada y Guevara, anunciaron la formación de la Legión Amador Guerrero, cuyos miembros fueron convocados a ejercicios militares todas las noches, también en el patio del Colegio La Salle.

Hubo también ofrecimientos individuales de asistencia militar de parte de residentes extranjeros, como el del señor Morrell, subagente fiscal de Panamá, quien estaba dispuesto a formar un batallón de voluntarios americanos cada uno con su propio rifle; el de los veteranos aviadores de los Estados Unidos, que no solo ofrecían sus servicios, sino también material bélico, el de tres expertos de artillería, dos norteamericanos y uno colombiano que se ofrecían organizar un destacamento y marchar al frente con varios competentes mecánicos. Empresarios, obreros, comerciantes, periodistas, estudiantes de la Escuela de Farmacia, empleados públicos, jóvenes exploradores, profesionales de todas las ramas, ciudadanos y hasta los presos ofrecieron su concurso a la causa nacional.

Entre las colonias extranjeras, se recuerda el aporte hecho a la Cruz Roja por la colonia china, por la Sociedad Española de Beneficencia; los ofrecimientos que en materia de instrucción militar ofrecieron súbditos alemanes (profesor Richard Neumann), italianos (Silvio Menotti) y en materia sanitaria, médicos militares italianos (doctor Pedro Rognoni), norteamericanos (doctores Ernest Hoffmann, Chass G. Phillips, James E. Reeder, Alan Leroy) y ecuatorianos (doctor J. Moreno Ponce), amén de la oferta de residentes colombianos, venezolanos y ecuatorianos de integrar un batallón para ir a combatir al frente, el Batallón de Bolívar, compuesto de ochocientos hombres y tres compañías.

Los pueblos del interior de la República enviaron a través de los puertos de las provincias de Herrera, Veraguas, Los Santos, y Coclé, a bordo de los vapores de la Compañía Nacional de Navegación, los hombres y las armas de que pudieron disponer. En cuanto a la organización militar, todos los proyectos de batallones de voluntarios de la capital vinieron a fusionarse en un solo cuerpo militar, el Batallón Panamá, que constituyó parte del tercer contingente enviado a las zonas del conflicto en Chiriquí y Bocas del Toro, junto a miembros de la Policía Nacional.

De las cuatro compañías que componían el Batallón Panamá, la Primera fue enviada a Chiriquí al mando del capitán Domitilo Cabezas, veterano de la guerra de los Mil Días. La Segunda Compañía, al mando del capitán Esteban Tejada y la Tercera y parte de la Cuarta, al mando del comandante Demetrio Arenas fueron enviadas, junto al contingente militar comandado por el coronel Alejandro Mosquera, a la provincia de Bocas del Toro para reforzar el pequeño destacamento policial de esa provincia que apenas superaba los treinta hombres.

Ninguna de estas compañías de voluntarios capitalinos, ni los hombres del Batallón Patria embarcados en el David y puestos al mando del capitán Alfredo Alemán llegaron a tener acción militar durante el conflicto armado con Costa Rica.

La mayor parte de estos voluntarios enfrentaron un gran problema: no había armas adecuadas, ni suficientes para todos. Sólo las primeras victorias de los policías al mando del coronel Tomás Armuelles y de los voluntarios chiricanos al mando del coronel Laureano Gasca, permitieron que estos panameños pudiesen ir armándose paulatinamente con los propios fusiles tomados a los invasores costarricenses.

 

La estrategia militar de Porras

Apenas pudo comunicarse con Quintero Villarreal, Porras planteó la estrategia que debía seguirse para recuperar este corregimiento panameño tan lejano de las fuentes de suministro costarricenses. Había que impedir que las fuerzas del coronel Zúñiga Mora pudiesen recibir refuerzos por vía marítima a través de la desembocadura del río Coto en el golfo Dulce, mientras que fuerzas por tierra intentaban tomar la plaza, atravesando la trocha desde Progreso.

El 24 de febrero, apenas llegado Quintero Villarreal a Progreso, encontró dos telegramas del Presidente en los que le proponía el siguiente plan de acción, sin perjuicio de lo que al general le sugiriese su buen juicio y le impusiesen las circunstancias:

En el primero:

Me parece que Ud. debe salir esta misma noche para llegar temprano a Coto, donde debe situarse y esperar las señales que le hagan y en que estén convenidas las fuerzas de tierra. Éstas deben hostigar al enemigo durante las noches y las madrugadas con tiros de guerrilla y Usted debe impedir a todo trance toda comunicación de Costa Rica con las fuerzas enemigas y de éstas con su país, evitando reciban refuerzos y víveres. Si aparece alguna lancha enemiga, acósela con la ametralladora y con la proa de su propio buque de manera de hacerla encallar.

 

En el segundo:

Me parece que es una operación que puede intentarse la de incomunicar las fuerzas enemigas yendo Usted con el Veraguas esta misma noche a la entrada del Golfo e impedir la llegada de gasolinas o buques de vela con refuerzos o provisiones, y si estos buques se presentan hundirlos.

El presidente le anuncia a Quintero Villarreal la próxima salida del David, con nuevos contingentes, más setenta rifles y algunas carabinas de largo alcance. Con la prevista llegada de las nuevas tropas, siempre que tenga informes sobre el número y armamentos del enemigo, le sugiere:

resolver si pueden concertar un ataque combinado por mar y tierra o concentrar todas las fuerzas y hacer un solo ataque, o avanzar hasta donde sea posible y esperar la llegada de los nuevos contingentes.

Al día siguiente, Porras envía otros telegramas donde vuelve a sugerirle a Quintero Villarreal, situarse frente a Coto, fuera del alcance de las balas enemigas con el sólo fin de impedir que le lleguen al enemigo provisiones. Le reitera:

Ud. podrá hacer encallar o destruir toda lancha gasolina que se acerque a socorrer a los invasores. El enemigo hasta ahora no tiene mejores buques que nosotros para mantener sus comunicaciones.

Luego de evaluar el número de hombres disponibles en Progreso y su armamento y de contar con la llegada del contingente que venía a bordo del David, Quintero Villarreal acogió las sugerencias presidenciales del ataque con las siguientes variantes. El ataque sería combinado por tierra y mar involucrando un total de doscientos hombres.

El Veraguas blindado con sacos de arena y armado con la ametralladora, avanzaría por el río Coto aguas arriba hasta cierto punto no distante del campamento enemigo, donde desembarcarían cincuenta soldados, quienes tomarían posiciones para cubrir la salida del río. Estos soldados estarían en posición de enfrentar a la lanchas costarricenses que intentasen llegar al campamento y de bloquear la fuga de los soldados de Zúñiga Mora por el río hacia el golfo Dulce. El Veraguas continuaría hasta el campamento, mientras que ciento cincuenta hombres entre policías y voluntarios atacarían Coto por tierra. De estos hombres, cien atacarían por el camino real al sur del campamento y cincuenta por el noroeste en el margen derecho del río. En su respuesta a Porras, Quintero Villarreal le informa que las operaciones comenzarán ese mismo día 25 y que escasamente tendrá armas para equipar a los doscientos soldados.

 

Los panameños recuperan pueblo de Coto

A las diez de la mañana del 25 de febrero, en las playas de Rabo de Puerco, el capitán Tomás Armuelles, dirigía un simulacro de ataque en el que se encontraban empeñados los cincuenta policías llegados esa madrugada a bordo del Veraguas, luego de 43 horas de navegación. A este oficial, jefe de la Segunda Sección de la Policía Nacional de Colón, le acompañaban los subtenientes Justiniano Mejía, Moisés Vega, Olivier Herrera, Ramón Luna y el mayor Antonio Alvarado, veterano de la guerra de los Mil Días y ayudante del general Quintero Villarreal, quien también se había embarcado con el contingente policial. El general Quintero Villarreal tomó el tren hacia Progreso, casi inmediatamente después de su llegada a Rabo de Puerco y dejó a Armuelles al mando de la tropa.

A eso de las once de la mañana, volvió el tren de Progreso y de él descendió el señor Santiago Córdoba, otro ayudante de Quintero Villarreal con un mensaje urgente para Armuelles: debía partir de inmediato hacia Progreso en compañía del mayor Alvarado. Armuelles y Alvarado llegaron a Progreso y el general en jefe les ordenó marchar de inmediato hacia Coto con ocho policías de la fuerza del capitán Juan B. Grimaldo, quien estaba acantonado en Progreso desde el 22 de febrero. Quintero Villarreal entendía que debía enviar gente experimentada que conociese bien la casi impenetrable selva, que entre montañas y ríos, comunicaba por tierra a Progreso con el aislado corregimiento panameño de Coto.

Luego de enviar esta primera avanzada, la seguiría el resto de las tropas mientras se esperaba la llegada del David para concentrar con este contingente el ataque por mar. Armuelles, Alvarado y los ocho policías salieron de Progreso hacia Coto y llegaron a Lagarto once horas después, a las cinco de la madrugada. A las ocho de la mañana, partieron hacia Coto dejando dos policías en un retén que establecieron en ese lugar.

Estos dos agentes debían servir de enlace con el resto de las tropas que venían por la retaguardia y que habían salido de Progreso algunas horas después de la avanzada. Al mediodía, los panameños habían llegado a una milla aproximadamente del campamento de los costarricenses. Armuelles, luego de consultar con Alvarado, ordenó al agente Daniel Estribí avanzar discretamente hasta el caserío para informar al corregidor Manuel Pinzón, o en su defecto, a Natividad Quintero sobre la presencia de las fuerzas panameñas con la instrucción de que vinieran a entrevistarse con el jefe militar. Una hora después, se presentó el corregidor Pinzón y el agente de policía Cozzarelli, quienes informaron que el contingente de los militares costarricenses era de dos coroneles, un teniente y veinticinco soldados.

Luego de conocer el número de las fuerzas costarricenses, Armuelles decidió regresar a Lagarto con la idea de reconcentrar allí las tropas e iniciar un ataque masivo al día siguiente. En el camino hacia el campamento instalado en el río Lagarto encontró al capitán David Solís, quien avanzaba con una compañía de dieciocho policías y a quien, el general Quintero Villarreal había enviado el día anterior. Junto a Solís venia Tobías Pérez Uribe, concesionario de los cocales de Burica.

Solís le informó que en Lagarto estaba el capitán Juan B. Grimaldo con otros veinticuatro agentes y que no tardaría en sumárseles, el coronel Laureano Gasca con sus doce voluntarios bugabeños. Todas estas tropas quedaban a órdenes de Armuelles por disposiciones expresas del general Quintero Villarreal quien permanecía en Progreso. Armuelles envió al agente Estribí con órdenes escritas al capitán Grimaldo para que emprendiera marcha y se reuniera con él. A las tres de la madrugada del 27 de febrero, Armuelles recibió un mensaje expreso del capitán Grimaldo quien le comunicaba que lo esperaba en el retén establecido en la entrada del camino de Lagarto hacia Coto, que allí se encontraban ya Gasca y el resto de los policías llegados de Panamá.

Armuelles decidió entonces marchar hacia el retén y en este lugar se concentraron todas las fuerzas de tierra que totalizaban sesenta y cinco hombres, cincuenta y dos agentes de la Policía Nacional y los 13 voluntarios de Bugaba. Concentrados en el retén de Lagarto, el capitán Armuelles aprobó el plan de ataque propuesto por el mayor Antonio Alvarado. Las operaciones comenzaron aproximadamente a las ocho de la mañana y Antonio Alvarado las recuerda así:

Tomé personalmente la cabeza de la Primera y Segunda compañías y comencé a ponerlas en posición envolvente; yo retrocedí e hice avanzar la tercera y cuarta dándoles distinta dirección a fin de formar escuadra, avancé de nuevo y al ponerme de nuevo a la cabeza de la primera y segunda me advirtió el coronel Gasca, el capitán Gómez y el mayor Franceschi que flanqueáramos un retén del enemigo… al dar la vuelta a una piñuela nos encontramos a un metro de distancia el coronel Gasca, yo, Franceschi y Gómez, frente a frente con los coroneles Zúñiga y González, jefes de las fuerzas invasoras, quienes a carrera iban a sus puestos del pueblo gritándonos Zúñiga “qué instrucciones traen ustedes de su Gobierno”, a lo que les fue contestado de atacarlos poniendo el coronel Gasca la punta de su espada al cuello del coronel Zúñiga.

La captura de los coroneles Zúñiga Mora y González por la vanguardia de Gasca fue un hecho fortuito que facilitó la toma de la plaza de Coto. Los dos militares habían salido de cacería, hicieron algunos disparos de carabina y luego de percatarse de la presencia de los panameños, emprendieron rápidamente la retirada hacia el campamento cuando fueron interceptados por Gasca quien les intimó la rendición.

Zúñiga Mora trató de contemporizar manifestando a los jefes Alvarado y Gasca, que no tenía instrucciones de combatir, que ambas fuerzas podían estacionarse en Coto, mientras los dos Gobiernos decidían la cuestión. En ese momento, el capitán Solís dejó abandonaba su compañía y en forma unilateral entró en tratativas con las costarricenses, a pesar de que virtualmente eran ya prisioneros de guerra y dispuso acompañarlos hasta el campamento.

Al ver esto, Alvarado ordenó cerrar el cerco y establecer una segunda línea de corte entre los jefes enemigos y sus tropas y llamó de inmediato al capitán Armuelles quien había quedado en la retaguardia, para que se hiciera cargo de la situación. Cuando llegó Armuelles, Solís caminaba con los prisioneros casi a unos cien metros del campamento, sugestionado por el jefe costarricense quien le insistía que no tenía instrucciones de combatir.

Finalmente, los militares costarricenses se rindieron y entregaron sus armas a las fuerzas panameñas, pero antes, el coronel Zúñiga Mora pidió que el pabellón costarricense fuese arriado con honores militares a lo que accedió Armuelles, un tanto peligrosamente, pues la tropa costarricense permaneció con sus fusiles frente a la panameña durante los breves minutos que duró el acto militar.

Ya desarmados, al pasar revista los panameños se percataron que dos soldados costarricenses se habían fugado por lo que quedaron prisioneros dos coroneles, un teniente y veintitrés soldados de tropa con sus armas, municiones y una bandera. Ese 27 de febrero de 1921, la República de Panamá volvió a ejercer su soberanía sobre el Corregimiento de Coto, pero sus soldados tendrían aún que defender esa soberanía a sangre y fuego durante los siguientes días.

 

El bautizo de fuego: el combate con La Sultana

En compañía del mayor Alvarado, Armuelles procedió a reconocer el lugar con el propósito de que sus fuerzas tomaran las posiciones necesarias para la defensa de la plaza recuperada. Ordenó al capitán Solís, que con su compañía acampara en el margen izquierdo del río Conte, a la altura de su confluencia con el río Coto. De este modo prevenía que el enemigo pudiese desembarcar en este sitio y atacar el caserío por el suroeste.

Como no estaba seguro de las otras posiciones que debían ocupar sus hombres para reforzar las defensas, a las cuatro de la tarde, Armuelles en compañía de Alvarado y de dos policías, abordaron un cayuco y siguieron por el río Coto aguas abajo, dejando encargados de la plaza al coronel Gasca y al capitán Grimaldo.

Al llegar cerca de la desembocadura del río Conte en las aguas del Coto, casi frente al retén que debía cubrir Solís, oyeron el ruido de una lancha de gasolina que navegaba aguas arriba. Armuelles ordenó a los policías que desembarcaran rápidamente y éstos, con mucha agilidad forzaron los remos hasta llegar a la orilla. No habían aún desembarcado, cuando a unos 30 metros vieron pasar a La Sultana, que transportaba un total de veintinueve, entre soldados y policías y siete tripulantes, quienes al verlos, comenzaron a dar vivas a Costa Rica, sin detener su marcha.

Armuelles y sus hombres no contestaron y los dejaron pasar, pero inmediatamente llamaron infructuosamente a Solis, quien aún no había cubierto su posición por estar almorzando. Consciente de lo inminente del combate de los ticos con las fuerzas de Gasca y Grimaldo y de que la lancha podía cambiar su rumbo río abajo y escaparse, Armuelles comenzó a correr hasta llegar a la altura de la casa donde estaba Solís, a quién a gritos le ordenó que pasara inmediatamente a ocupar su posición informándole la novedad de la lancha enemiga.

Los hombres de Solís comenzaron a atravesar el río y correr hasta sus posiciones y en el mismo cayuco, Armuelles cruzó el río Conte y se entrevistó con Solís, a quien le dio algunas instrucciones. Comenzaron a oírse las detonaciones del combate que libraban los hombres de La Sultana con las fuerzas de Gasca y Grimaldo. Cuando Armuelles y Alvarado llegaron al lugar del combate, observaron que las fuerzas panameñas de Gasca y Grimaldo habían logrado hacer encallar a La Sultana, obteniendo un triunfo completo sobre los costarricenses.

Al pasar por el retén, los costarricenses dieron vivas a Costa Rica y los panameños contestaron con vivas a Panamá. Los costarricenses replicaron con una descarga de fusilería, la que fue contestada por los panameños desatándose un fiero combate, pero los más certeros disparos de los panameños hicieron que la lancha encallara. El combate duró casi una hora y dejó como resultado cinco costarricenses muertos, nueve heridos y otros veinte prisioneros. Fueron capturados además de La Sultana, veintiocho rifles Mauser con dotación de doscientos tiros en cada salveque, tres cajas cerradas de municiones, una ametralladora inglesa marca Maxim completamente nueva dotada de 6 000 tiros y algunos víveres. Por el lado panameño, sólo resultaron dos heridos.

A consecuencia de las descargas de fusilería, La Sultana sufrió la rotura de dos de sus tanques, pero rápidamente fue reparada para transportar a los prisioneros hasta el campamento militar de Progreso, vía Rabo de Puerco. A las diez de la mañana del 28 de febrero, un total de sesenta y tres costarricenses militares y civiles, de los cuales nueve heridos, iban rumbo a Rabo de Puerco. La nave partió al mando del coronel Laureano Gasca, junto a los mayores Antonio Alvarado y Ricardo Franceschi y a doce individuos de tropa. Con ellos partían también los dos heridos panameños.

El segundo contingente parte en el David A bordo del vapor David partió el segundo contingente compuesto de soldados, voluntarios y Cuerpo Médico del Ejército Nacional, enviados por el presidente Porras hacia la frontera, bajo el mando del inspector general de la Policía Nacional, el ahora coronel del ejército, Albert R. Lamb. A las tres de la tarde del 25 de febrero, el David soltaba amarras en el muelle Inglés en la bahía de Panamá. A bordo venían unos doscientos hombres, más sus equipos y algunas cabalgaduras.

El David debía hacer una breve escala en el puerto de Aguadulce para recoger a la policía rural del interior y sus cabalgaduras. Aquí, mientras se embarcaban los caballos, aperos de montar y los pocos elementos de guerra de los policías y de los voluntarios del interior, Lamb ordenó hacer un inventario, examen y limpieza del armamento disponible y procedió a organizar el segundo contingente de las fuerzas expedicionarias, que debía ser aprobada por el general Quintero Villarreal.

Lamb convocó a una junta de jefes y oficiales y tras un fructífero intercambio de ideas y discusión, decidió que el pequeño ejército estuviera compuesto de dos batallones de infantería, un regimiento de caballería, un batallón de voluntarios y por el cuerpo médico. Estas unidades tendrían como jefes, respectivamente, a los mayores Salazar y Hernández, al coronel Zurita, a Alfredo Alemán y al doctor Aurelio Dutari.

A estos dos últimos se les reconoció el grado de capitán. Decidió implantarse el régimen disciplinario previsto en el Código Militar colombiano de 1887, creándose al efecto un Consejo de Guerra Permanente para juzgar las faltas de los miembros de la expedición. En Aguadulce, las fuerzas expedicionarias permanecieron casi doce horas perdiendo la marea para continuar el trayecto hacia Chiriquí, aumentando así la impaciencia de Quintero Villarreal. Además, el comportamiento de las tropas comenzó muy tempranamente a relajarse. Sobre la conducta de algunos de los expedicionarios del David, el presidente Porras recibió algunos informes desde Aguadulce que se apuró a transmitir a Quintero Villarreal.

Éste debía pasar revista a estas tropas, amonestarlas, hacerles reconocer a sus jefes y exigirles juramento de fidelidad a la bandera nacional. Finalmente, el David continuó su curso y llegaron a Rabo de Puerco a las once de la mañana del 27 de febrero. Allí les esperaba el general Quintero Villarreal, quien ordenó que abordaran el tren hacia Progreso donde llegaron a las ocho de la noche aproximadamente.

Eran las once de la noche, cuando recibieron órdenes de regresar por tren a Rabo de Puerco para seguir al día siguiente hacia Coto por vía marítima. Quintero Villarreal había decidido embarcar a sus tropas en el David y en La Sultana; rodear la península de Burica y llegar hasta la boca del rio Coto, donde permanecería el David debidamente blindado con sacos de arena y armado con la ametralladora.

Su misión era evitar que naves costarricenses provenientes del golfo Dulce penetrasen por la desembocadura y atacasen el campamento recuperado por las fuerzas panameñas. Cubierta la retaguardia, unos ochenta hombres a bordo de La Sultana debían avanzar hasta el caserío para relevar a los extenuados hombres del coronel Armuelles. En la tarde del 28 de febrero, trescientos hombres a bordo del David y de La Sultana, con el general Quintero Villarreal al frente se embarcaban hacia Coto.

Con ellos regresaban el coronel Gasca, el mayor Alvarado y los voluntarios de Bugaba. En esos momentos, otros cincuenta voluntarios chiricanos al mando del capitán Alfonso Vázquez avanzaban hacia Coto a través de la difícil trocha que unía este lugar con el campamento de Progreso.

 

Segundo combate, es capturada La Estrella

Las fuerzas panameñas en Coto continuaron reforzando los retenes que protegían la plaza recuperada de los costarricenses. Los soldados atrincherados en los puestos de defensa en ambos márgenes del río volvieron a escuchar el ruido de otra lancha de gasolina que se acercaba.

Se trataba de La Estrella que transportaba el Batallón Julio Acosta al mando del coronel Amadeo Vargas, veterano de la campaña de Sapoá de 1919 y del tercer contingente de fuerzas del Ejército costarricense enviado para reforzar su presencia militar en la disputada región fronteriza. Las tropas panameñas dejaron avanzar la lancha hasta el muelle. Al igual que en el combate anterior, los soldados ticos comenzaron a dar vivas a Costa Rica y los panameños a Panamá, rompiendo el fuego los primeros.

El coronel Armuelles ordenó a Mejía y Grimaldo defender el fuerte emplazado en el muelle y al teniente Benítez formar con sus hombres una retaguardia desplegada en guerrillas y acompañarle para reforzar el retén, que al otro margen del río, defendía el capitán Juan B. Cubilla. La Estrella seguía navegando sin rumbo ni gobierno y a pesar de que se había dado el alto al fuego y se le intimaba a rendirse, no echaba las anclas.

Armuelles pensó que los costarricenses intentaban escaparse y ordenó a Mejía que tomara el cayuco que estaba amarrado en el muelle y con un piquete de policías abordara la lancha con la orden de haberla anclar, mientras que él los protegía desde tierra. El subteniente Mejía, junto a los agentes Cecilio Morales y Leoncio Pardo, abordaron la embarcación y lograron conducirla hacia la orilla.

El combate duró hora y media y en él murieron el coronel Vargas, veinticuatro individuos de tropa, resultando doce heridos, entre ellos, el capitán de la nave y el maquinista. Así mismo, fueron capturados oficiales y tropas, rifles Mauser con buena dotación, cajas de parque y la propia La Estrella, de 60 toneladas y 7 caballos de fuerza con maquinaria doble para aceite crudo.

 

¿Se cometió un crimen de guerra en Coto?

En el combate con el Batallón Julio Acosta, se produjo un incidente en que pudo haberse cometido un crimen de guerra, si nos atenemos a algunas de las fuentes históricas que hemos podido consultar.

Al describir el abordaje de La Estrella por el subteniente Mejía y sus hombres, el coronel costarricense Arguedas dijo que una vez rendidos, un soldado panameño mató de un tiro al maquinista… por no atender la orden de pararse que se le hacía por ser aceite el combustible de la misma. El incidente lo relata también el capitán Juan B. Grimaldo, al referirse a la actuación del subteniente Justiniano Mejía:

Hago constar que si el Subteniente Mejía fue en el bote con su gente como él dice, fue porque Armuelles y Benítez, le gritaron que mandara un bote porque ellos no lo tenían en donde hicieron parar la lancha, pues ésta ya estaba anclada, hacía más de media hora cuando llegó Mejía en el bote, lo que sí fue cierto, que Mejía ultimó al maquinista de la lancha La Estrella ya rendido e indefenso, pues no fue cierto que esta víctima se empeñara en darle impulso a la nave después de haber tirado el ancla.

Esta versión, sin embargo, no es confirmada en el parte militar del coronel Tomás Armuelles, quien afirma que Mejía pudo saltar a la embarcación sin un tiro y cumplir (sus) órdenes que para el efecto llevaba. También se la contradice en el telegrama remitido por Quintero Villarreal a Porras, donde informa al jefe del Estado de los detalles de la captura de la embarcación enemiga.

En el mismo se dice, que después de hora y media de fuego, el enemigo se rindió después de haber muerto su jefe, el coronel Amadeo Vargas y veinticuatro individuos de tropa, quedando además doce heridos entre los cuales estaba el capitán de la nave y el maquinista. Tampoco en la detallada lista que el coronel Armuelles acompaña su parte militar en la que, al lado de cada nombre de los muertos, heridos y prisioneros costarricenses le asigna un número y el respectivo rango, no aparece mencionado, entre los muertos de La Estrella, el maquinista.

Resulta extraño que Arguedas no mencione el nombre de la supuesta víctima, habiendo sido su subalterno y que las otras fuentes históricas costarricenses tampoco hablen del incidente. ¿Realmente el subteniente Mejía ultimó a un hombre indefenso? ¿Encubrió esta acción criminal su jefe, el coronel Tomás Armuelles?

¿Tiene fundamento el señalamiento del capitán Grimaldo, quien no pudo ser testigo presencial por no estar a bordo en ese momento o solo fue testigo de referencia de lo que le contó Arguedas? Hasta el momento, las fuentes revisadas no permiten absolver estas interrogantes, no permiten afirmar, ni negar ninguna de las dos versiones, pero los historiadores tienen campo abierto para sus próximas investigaciones y quizá en el futuro podamos encontrar la inefable verdad histórica. A Mejía nunca se le imputó oficialmente ninguna responsabilidad; por el contrario, fue honrado como uno de los más destacados panameños en el conflicto fronterizo con Costa Rica y así lo recuerda nuestra historia nacional.

 

El último combate: se rinde La Esperanza

El 1° de marzo llegó a Coto el refuerzo de cincuenta voluntarios al mando del capitán Alfonso Vásquez, que animó a los combatientes, quienes después de varios días de cavar trincheras y de sostener dos fieros combates comenzaban a sentirse extenuados.

Cuando llegaron encontraron el panorama desolador de los muertos que yacían unos encima de otros, mientras que heridos y prisioneros eran custodiados por soldados panameños armados con fusiles Mauser. Los costarricenses comenzaban a enterrar a sus compañeros de armas en una fosa común y en fosas individuales a los oficiales caídos. Los heridos recibían la ayuda que se les podía brindar, pero como no había médicos o medicinas, algunos, en muy grave condición, morían irremediablemente.

Al entrar la noche, cuando se disponía a preparar los alimentos (carne de res sancochada en latas de 5 galones) oyeron el ruido de otra lancha; se ordenó apagar los fogones, tomar posiciones y disparar a la orden de fuego, que instantes después dio el teniente Francisco Gallegos. Después de la descarga, la lancha, que resultó ser La Esperanza una pequeña embarcación con provisiones para el contingente costarricense, quedó sin dirección y viró su rumbo aguas abajo. De parte panameña no hubo bajas que lamentar. Este fue el último combate que sostuvieron las fuerzas panameñas con las costarricenses, aunque no fue en absoluto el último acto bélico de la contienda.

El 4 de marzo de 1921, más de dos mil soldados costarricenses cruzaban la línea fronteriza a través del puente ferroviario de Guabito sobre el río Sixaola, sin resistencia de los treinta y tres policías panameños que tácticamente se retiraban hacia la isla de Bocas del Toro en espera de los refuerzos enviados por el presidente Porras para enfrentar a los invasores.

Los panameños al igual que en Coto, se atrincheraron en Bocas del Toro esperando la embestida costarricense, pero ésta nunca se produjo. Una serie de movimientos de tropas y amenazas de ataques en ambos lados de la frontera, fueron la tónica de los siguientes meses y mientras las armas enmudecían, las cancillerías de Panamá y San José afinaban nuevamente sus mejores argumentos para lograr que el poderoso mediador norteamericano favoreciera suspretensiones, sin que en este campo, los panameños pudiesen revalidar los triunfos que habían obtenido en el plano militar.

El general Quintero Villarreal llega a Coto

Al día siguiente, los soldados panameños atrincherados en Coto volvieron a oír el conocido ruido del motor de una lancha gasolina que en tres ocasiones anteriores los había puesto en guardia y prestos a combatir. Volvieron a atrincherarse en sus retenes y cargaron sus armas esperando la orden de disparar, pero esta vez pudieron distinguir el pabellón panameño en la proa de La Sultana que avanzaba hacia el muelle.

En ambas partes se cruzaban vivas a Panamá y al presidente Porras. Se trataba del contingente al mando del general Manuel Quintero Villarreal, acompañado del inspector general de la Policía, coronel Albert R. Lamb y de un numeroso cortejo de ayudantes. Esa misma tarde, el general Quintero Villarreal debidamente amparado en la nueva legislación de guerra, dictó la Orden General n° 1 mediante la cual confirió al inspector Albert R. Lamb el título de coronel jefe de las Fuerzas Acantonadas en la Frontera y para tal efecto reunió a los jefes, oficiales y tropa para que le reconocieran como tal.

En la mencionada Orden General, dispuso varios ascensos militares en atención a la honrosa campaña y acción distinguida de valor de varios oficiales.

Procedió también a fijar la organización definitiva de las tropas con criterios estrictamente militares, propios de las guerras modernas.

El coronel Zurita y el capitán Correa sugirieron que el pequeño ejército estuviese formado por un estado mayor, una plana mayor adjunta, tres batallones de infantería, uno de ellos con una sección de caballería y un cuerpo médico de Cruz Roja.

La propuesta fue aceptada y la organización del ejército quedó así:

El Estado Mayor al mando del coronel Jefe Albert R. Lamb.
La Plana Mayor Adjunta estaba formada por un teniente, dos subtenientes, dos sargentos, dos cabos y seis soldados.
El Batallón Primero de Infantería al mando del coronel Justiniano Mejía.
El Batallón Segundo de Infantería, al mando del teniente coronel David Solís.
El Batallón de Voluntarios de Chiriquí, al mando del coronel Antonio Alvarado.
El Cuerpo de Cruz Roja, al mando del mayor doctor Aurelio Dutari.

La mayoría de estos oficiales y soldados permanecieron en Coto hasta finales de abril de 1921 cuando regresaron a la ciudad de Panamá. A mediados de marzo, habían sido licenciados con una muda de ropa nueva y 5 pesos plata los ciento cincuenta voluntarios chiricanos alistados en el Ejército de la República para defender la integridad nacional.

Los soldados pasaron los siguientes meses defendiendo las posiciones, excavando letrinas y saneando el campamento, construyendo una línea telefónica que comunicara a Coto con Progreso y espiando los movimientos de las fuerzas costarricenses, los cuales se sabía deseaban vengar las sangrientas derrotas sufridas en los tres combates. En efecto, los costarricenses se preparaban para devolver el golpe a Panamá.

 

La campaña de Bocas del Toro

A fines de febrero de 1921, solo un pequeño contingente policial al mando del capitán Herminio Pinzón tenía la responsabilidad de defender en Bocas del Toro, la integridad territorial de la República de Panamá.

La mayoría de los policías servían en la ciudad de Bocas del Toro, cabecera de la provincia, ubicada en la isla Colón y unos pocos agentes estaban asignados en los pequeños destacamentos de Almirante, el principal puerto, y el puesto fronterizo de Guabito, a pocos pasos del puente internacional sobre el rio Sixaola que entonces, como hoy, separa las jurisdicciones de ambos países.

El gobernador de la provincia era Gonzalo Santos, viejo correligionario de Porras desde la guerra de los Mil Días y el alcalde del distrito cabecera, Fabio Bravo, otro liberal. Las comunicaciones entonces eran principalmente marítimas y ferroviarias. Casi en su totalidad incomunicada del resto del país, la provincia de Bocas del Toro se unía por vía marítima con la ciudad de Colón en la costa Atlántica, de la que prácticamente dependía en lo administrativo.

Algunas lanchas privadas y públicas unían a la cabecera de Bocas del Toro con el puerto de Almirante. El monopolio de la comunicación ferroviaria, la más importante, lo tenía la United Fruit Co., la multinacional que explotaba la producción y comercialización del banano desde la América Central hacia los Estados Unidos.

La Compañía era propietaria de todas las instalaciones, locomotoras, carros ferroviarios, líneas férreas y estaciones que, sirviendo sus plantaciones y campamentos, unían a las poblaciones panameñas desde Almirante hasta Guabito, pasando por los inmensos bananales de Changuinola; y aún más allá del rio Sixaola, porque sus ramales ferroviarios cumplían idéntica función en el territorio bajo jurisdicción costarricense.

Era también propietaria de una línea de vapores, la llamada flota blanca que recogía la fruta en Almirante para transportarla a los principales puertos del sur y del este de los Estados Unidos. En la provincia había una línea telefónica que unía a la cabecera con las principales poblaciones, inclusive con algunas fincas bananeras y una estación de comunicación inalámbrica, también manejada por la compañía frutera, que recibía y enviaba radiogramas desde y hacia el resto de las ciudades panameñas, principalmente Panamá, Colón y David.

Fue precisamente un radiograma enviado por el gobernador de Chiriquí, Nicolás Delgado al gobernador de Bocas del Toro, Gonzalo Santos, el 25 de febrero de 1921, el que informó a los bocatoreños de la invasión costarricense a Coto, a la vez que les solicitó recursos humanos y materiales para hacerle frente a la agresión extranjera.

A pesar de que los antecedentes históricos del conflicto y la propia lógica de los intereses geopolíticos de Costa Rica indicaba que era Bocas del Toro el territorio destinado a ser invadido, inexplicablemente el presidente Porras no fijó su atención a esa región con la misma energía que lo hizo en Coto, ni tomó a tiempo medidas defensivas oportunas, si consideramos el insignificante número de policías asignado a esta provincia y, peor aún su maltrecho armamento.

Hasta el 24 de febrero en la noche, tres días después de la invasión a Coto, las informaciones que provenían de Bocas del Toro no indicaban que los costarricenses estuviesen concentrando tropas en la frontera y menos que tuviesen intenciones de invadir el territorio panameño.

Se vivía una calma aparente, e incluso el jefe de la policía costarricense en el poblado fronterizo de Sixaola, comandante Guillermo Zeledón viajaba hasta la isla Colón y se entrevistaba amistosamente con su colega, el capitán Pinzón. Esta circunstancia llevó a algunos allegados de Porras en la provincia, a expresarle que los ticos no iban a invadir Bocas del Toro y que en todo caso, se iban a limitar a defender sus posiciones en la margen izquierda del Sixaola.

Fue sólo hasta el 31 de marzo, ocho días después de la invasión de Coto, que Porras envió la primera expedición armada a Bocas del Toro. Al mando del coronel Alejandro Mosquera y en el no muy confiable motovelero Arabia, con muchos problemas logísticos, partió de Colón hacia Bocas del Toro un contingente de policías y voluntarios de los Batallones Panamá no. 1 y Patria.

Días más tarde, partió un segundo contingente al mando del coronel Pedro J. de Icaza. Mientras tanto, los policías al mando del capitán Pinzón y cerca de doscientos cincuenta voluntarios bocatoreños, casi totalmente desarmados, se aprestaban a la defensa del territorio nacional.

 

Primeras medidas defensivas del capitán Pinzón

Apenas el gobernador Santos recibió el radiograma del gobernador Delgado que le informaba sobre la invasión a Coto, llamó a su despacho al capitán Herminio Pinzón y le puso al corriente de lo que acontecía en la frontera de Chiriquí. La primera idea del capitán Pinzón, fue reforzar el puesto policial de Guabito, que solo contaba con cinco policías y averiguar cuanto antes que estaba sucediendo en el lado tico, porque hasta ese momento no había señales alarmantes en el vecino país.

Decidió partir inmediatamente hacia Guabito a bordo de la lancha Changuinola en compañía del subteniente asimilado Miguel Morales, quien se encontraba en Bocas del Toro, donde encontró al comandante Guillermo Zeledón, con quien conversó amistosamente y quien aparentó no saber nada del conflicto desatado entre las dos naciones.

Llegado a Almirante, Pinzón decidió que tres policías de este destacamento lo acompañasen a Guabito para reforzar el resguardo de ese lugar y designó al subteniente Simeón Brown, como intérprete, pues seguramente iba a conversar con los directivos de la United Fruit Co., para coordinar el transporte del grueso del contingente policial desde la isla Colón. El comandante Guillermo Zeledón sabía perfectamente lo que estaba aconteciendo y esperaba también un refuerzo proveniente de Limón.

Esta información la vino a saber Pinzón por el panameño Fermín Sánchez, maquinista de la lancha costarricense Zarapiquí, a quien Zeledón le ordenó que en la noche del mismo 25, llevara la lancha hasta Gandoca para recoger a estos policías y los trajera hasta Sixaola. Al enterarse de los planes costarricenses, el jefe policial panameño, encontrándose ya en Guabito, llamó por teléfono al teniente Saturnino Córdoba Jr. y le ordenó que desde Bocas del Toro enviara el mayor número de policías posible, cincuenta rifles y dos terceras partes de las municiones. Debía gestionar el transporte con los directivos de la Compañía y comunicar al gobernador y al alcalde esta decisión. También los ciudadanos en Bocas del Toro se organizaron en grupos de voluntarios para la defensa nacional, apoyando con entusiasmo las medidas del capitán jefe Pinzón.

En las primeras horas de la noche del 26, con estos voluntarios el capitán Pinzón pudo organizar tres rondas nocturnas con la tarea de vigilar y defender algunos puntos estratégicos en la ruta Guabito-Almirante. Pinzón y su puñado de hombres permanecieron sin novedad en estas posiciones hasta el 28 de febrero, cuando comenzaron a recibir informaciones confirmadas, que los costarricenses movilizaban más de mil hombres para invadir a Panamá.

 

Espionaje, sabotajes y guerra sicológica

Pero si los panameños habían logrado infiltrar un informante en las filas costarricenses y conocer previamente sus movimientos, también Zeledón conocía de los planes de Pinzón. Siendo el mismo sistema telefónico el que servía a la zona bananera allende las dos fronteras, era razonable pensar que los ticos podían escuchar las conversaciones telefónicas e inalámbricas panameñas, como se comprobó más tarde.

En realidad, ticos y panameños interceptaron recíprocamente sus comunicaciones telefónicas por lo menos hasta el 28 de febrero, cuando el técnico panameño Diego Pardo consiguió desligar las líneas telefónicas panameñas de las costarricenses. En cuanto a la intervención de los radiogramas panameños, ésta continuó por lo menos hasta el final del conflicto, pues como informó a la prensa panameña el subgerente de la compañía E. C. McFarland, los ticos operaban una estación de radio en la desembocadura del río Colorado en la frontera con Nicaragua, por lo que se enteraban de las medidas dictadas por el Gobierno panameño con relación a la provincia de Bocas del Toro.

Pero esta ventaja no era del todo eficaz, pues sabiéndose esto en Panamá, se radiaban ex profeso informaciones falsas para desorientar al enemigo. Los costarricenses efectivamente creían que Panamá tenía un contingente militar considerable en la frontera; lo que motivó, a nuestro juicio, su petición de refuerzos y la decisión de San José de organizar una gran fuerza militar dotada de cañones y ametralladoras para invadir Bocas del Toro.

Pero al mismo tiempo, los ticos llegaron a engañar en cuanto a sus verdaderas intenciones; pues después de los reveses sufridos en Coto, éstas eran las de cobrarse con creces la afrenta que les había causado la desarmada Panamá.

Todo esto nos hace pensar, que si los ticos hubiesen sabido que Panamá solo contaba con unos cincuenta hombres medianamente armados para enfrentarlos, quizá hubiesen adelantado la invasión, salvo que temiesen una intervención militar norteamericana en favor de Panamá, lo que parece más probable. Sobre esto último, son reveladoras las declaraciones del subgerente McFarland, quien manifestó que al cruzar el Sixaola las fuerzas de Costa Rica, él se entrevistó con sus jefes militares y algunos de éstos, extrañamente, le comunicaron que el tratado entre Panamá y los Estados Unidos terminaba a las doce de la noche del 3 (de marzo) por lo que ellos no entrarían a Almirante, sino después de esa hora.

Por otro lado, el espionaje panameño, al menos en un caso, se convirtió en efectiva labor de sabotaje pues logró retardar la llegada de los refuerzos costarricenses a Guabito. El maquinista Fermín Sánchez, a quien se le había ordenado traer a los policías ticos de Gandoca, se las ingenió para ocultar una pieza de la lancha inutilizándola completamente, por lo que este contingente que debía llegar el 25 de febrero en la noche solo pudo arribar a Sixaola, el 26 en la tarde.

 

Costa Rica invade nuevamente Panamá

Los policías enviados desde Limón para reforzar el cuartel de Sixaola fueron el primero de una serie de contingentes enviados por el presidente Acosta hacia la zona fronteriza del Atlántico, donde se desarrollaba ahora el conflicto en el plano militar. El 28 de febrero, el encargado de las investigaciones policiales de Bocas del Toro, telegrafiaba a su superior en Panamá, informándole que el día anterior, había salido un tren de Limón con trescientos hombres y tres cañones con destino a la frontera.

El 1° de marzo, el gobernador Santos refería al presidente Porras informes del capitán Pinzón, según los cuales en Sixaola, el enemigo tenía a la vista ciento sesenta hombres armados, dos cañones, una ametralladora y abundantes elementos de guerra y que esperaban para el día siguiente doscientos cincuenta hombres de refuerzo.

Dos días después, el gobernador volvía a informar que el enemigo seguía reforzando la línea de Guabito. Ese mismo 3 de marzo, el propio capitán Pinzón remitía un telegrama a Porras en el que informa que los costarricenses cuentan con ochocientos hombres. Informaba también, que el puente del Sixaola estaba defendido por los costarricenses con un cañón y dos ametralladoras.

En la tarde del 2 de marzo, se informó de la llegada de una lancha gasolina con médicos y enfermeras. Como todavía no llegaba el coronel Mosquera con los refuerzos prometidos, Pinzón anuncia que tendrá que retirarse con sus treinta hombres a Bocas del Toro para evitar un sacrificio inútil. Los jefes militares enviados por el presidente Julio Acosta a invadir Bocas del Toro fueron el general Ricardo Monge y el coronel Gerardo Zúñiga Montúfar, como directores de campaña.

Los servicios de inteligencia de la Policía panameña tenían información que los ticos pensaban desencadenar el ataque en horas de la noche del 3 de marzo, atravesando el puente y con un contingente de trescientos hombres. Sobre el número total de soldados costarricenses concentrados para el ataque hay divergencias en cuanto al número exacto de las tropas involucradas. Mientras que Ernesto Castillero Pimentel refiere que los costarricenses atacaron con mil hombres, diez cañones y dieciséis ametralladoras, el gobernador Gonzalo Santos comunicaba a Porras que los invasores pasaban de dos mil.

Creemos que la cifra más cercana a la realidad es ésta última, si nos atenemos a las declaraciones de alguien seguramente bien informado, el subgerente McFarland, ya que fue precisamente en un vapor de la United Fruit Co., el Turrialba, donde se embarcó la mayor parte de las fuerzas costarricenses invasoras para regresar a su país. Según McFarland, mil doscientos veintisiete hombres bien equipados con cañones y siete ametralladoras abordaron el Turrialba en Almirante, mientras que al otro lado del Sixaola, permanecían aproximadamente unos ochocientos hombres.

Llegados a Sixaola, los jefes militares Monge y Zúñiga Montúfar reunieron a su estado mayor en un edificio de la United Fruit Co. ubicado en el sector costarricense a fin de establecer el plan de invasión. Los directores de guerra buscaban evitar que las fuerzas panameñas, a las que creían mucho más numerosas de lo que en realidad eran, volviesen a emboscar a los batallones ticos desde posiciones más ventajosas, como había sucedido en las riberas del río Coto.

Rápidamente abandonaron la idea de que las tropas marchasen a pie a lo largo del puente internacional, ya que éste era muy angosto y no tenía siquiera piso, y fácilmente podía convertirse en una nueva trampa de muerte. También descartaron la idea de cruzar el río por lo profundo de sus aguas, lo que resultaba una maniobra en extremo peligrosa. Finalmente, el general Monge propuso que había que esperar la madrugada y a cierta distancia del puente capturar el primer tren que fuese hacia Almirante, artillarlo con las ametralladoras, y avanzar en él sorpresivamente hacia Guabito.

El jefe policial panameño se retiraría tácticamente, primero de Guabito y luego de Almirante, reclutando la mayor cantidad de hombres y de armas, mientras que en la ciudad de Bocas del Toro, policías y voluntarios levantaban trincheras y retenes defensivos, en espera de la batalla definitiva que de acuerdo a las previsiones de los panameños tendría lugar en la isla.

Mientras tanto, los bocatoreños aguardaban con ansia la llegada del coronel Mosquera y los refuerzos policiales y voluntarios embarcados en Colón en el motovelero Arabia, esperados desde el 1° de marzo y que todavía el 3 no llegaban. Capturada la locomotora por los ticos, ésta se puso en marcha y mientras el tren iniciaba su paso a lo largo del angosto puente, las ametralladoras ticas súbitamente abrieron fuego causando las primeras bajas de la acción militar, irónicamente, entre las propias filas costarricenses y afectando a civiles inocentes.

En su informe, el capitán Pinzón refiere que los soldados costarricenses hicieron varias descargas de ametralladoras sobre la casucha que servía de oficina al Resguardo y sobre el cuartel de Policía, resultando heridos en esta tropelía una mujer y un hombre, quien fue conducido al hospital donde murió horas más tarde. El tren llegó a la estación de Guabito y minutos más tarde, llegó la tropa de retaguardia que atravesó el puente.

Los costarricenses ocuparon el poblado de Guabito, casi completamente desolado y sin encontrar resistencia, porque desde la noche anterior las fuerzas panameñas habían evacuado la plaza rumbo a Almirante. Mientras que el capitán Pinzón regresó a Bocas del Toro, el subteniente Brown y Antonio Jované permanecían en Almirante con un pequeño destacamento policial.

Pinzón ordenó telefónicamente que evacuaran Almirante y se dirigieran inmediatamente a Bocas del Toro donde se iba a concentrar la defensa. En Guabito, el general Monge tomó posesión de las oficinas públicas panameñas, izó el pabellón costarricense en el edificio de la corregiduría y nombró gobernador militar de la zona ocupada a Arturo García Solano. Mediante un bando leído en los puntos céntricos de la población, hizo saber que desde el día 4 de marzo de 1921, el territorio quedaba sometido a la Constitución y leyes de Costa Rica.

El coronel Pinaud recibió orden de marchar hacia Almirante, donde llegó sin novedad a mitad de la tarde. Tampoco encontró resistencia, pues el pequeño contingente del subteniente Brown y de Antonio Jované, había partido en la mañana hacia Bocas del Toro, junto a algunas familias panameñas. Pinaud izó el batallón costarricense y tomó posesión de la corregiduría.

Entre las fuerzas ocupantes, hubo órdenes y contraórdenes que dejaron entrever falta de coordinación e indecisión entre los mandos militares, lo que habría podido resultarles fatal si los panameños hubiesen estado en condiciones materiales de contraatacarlos inmediatamente. Al llegar el coronel Pinaud a Almirante, llamó por teléfono a Sixaola para preguntar por la llegada de su retaguardia y al contestársele negativamente, se enfureció ya que sabía que los refuerzos del coronel Mosquera estaban en ese momento en Bocas del Toro.

La información recibida había sido nuevamente falseada en las radiocomunicaciones panameñas, seguramente interceptadas por los ticos, si nos atenemos a lo que refiere el historiador costarricense Eduardo Oconitrillo, de que Pinaud sabía de buena fuente, que las tropas panameñas concentradas en Bocas del Toro habían recibido hombres de refuerzo, además de ametralladoras y artillería.

La verdad es que el coronel Alejandro Mosquera había zarpado de Colón el 3 de marzo con apenas ciento diez hombres entre policías y voluntarios discretamente armados, pero sin ametralladoras ni artillería. Las órdenes originales de Pinaud eran las de sostener Almirante a toda costa, sin embargo, de manera inesperada se le dijo que regresara nuevamente a Guabito, adonde llegó en un tren en la madrugada del día 5 de marzo, lo que irritó a algunos de los altos oficiales del ejército. Concluye Oconitrillo, que el día transcurrió sin novedad, aunque entre los altos jefes surgieron algunos incidentes por la falta de claridad de las órdenes superiores, hasta que el oficial Jaime Rojas llegó con instrucciones terminantes de que el ejército debía mantenerse a toda costa en el territorio panameño invadido.

 

Mosquera llega a Bocas del Toro

Finalmente, más de 24 horas después de su zarpe en Colón, el motovelero Arabia atracaba en el muelle fiscal con los policías y voluntarios al mando del coronel Alejandro Mosquera, jefe expedicionario a la Provincia de Bocas del Toro. Apenas informado de la situación, Mosquera confirmó las órdenes impartidas por el capitán Pinzón de establecer retenes y trincheras en los puntos más importantes de la isla y evitar así un ataque sorpresivo de los costarricenses que ya habían llegado hasta Almirante al otro lado de la bahía del mismo nombre.

Pinzón había dictado las primeras providencias para la defensa de la isla, desplazando a policías y a voluntarios armados a otros sitios estratégicos de la ciudad. Había ordenado al subteniente Brown y a veinte voluntarios la construcción de trincheras en la isla Carenero, contigua a isla Colón e idéntica misión en Hallover al subteniente Drake y a otros voluntarios. Antonio Jované y los restantes voluntarios permanecían acuartelados, ejercitándose militarmente bajo las instrucciones de un veterano de la guerra de los Mil Días.

Temprano, ese mismo día, Pinzón había hecho imprimir y circular por toda la isla una proclama en una hoja volante en la que informaba a los pobladores la invasión costarricense en las dos provincias fronterizas y les instaba a la defensa de la Patria con honor. Les anunciaba también, que se esperaba al coronel Mosquera para enfrentar al enemigo y que si los pobladores no se presentaban voluntariamente a reclutarse, él aplicaría la ley marcial en la isla con sus treinta policías.

 

Cambian los planes militares

Las órdenes terminantes del secretario de Guerra Aquiles Acosta, de mantenerse a toda costa en el territorio panameño invadido, indicaban que el general Monge y sus hombres debían prepararse para defender sus posiciones, desde Guabito hasta Almirante, principalmente en este último puerto y a la altura del río Changuinola, donde se pensaba, iban a contraatacar los panameños.

Para reforzar sus posiciones, soldados atravesaron la frontera y todas las piezas de artillería y la mayor parte de las ametralladoras fueron enviadas a Almirante. Sin embargo, un hecho inesperado vino a cambiar los planes de los costarricenses. A mediodía del 5 de marzo, entró a la rada del puerto el buque de guerra norteamericano Sacramento, lo que provocó malestar entre la tropa, porque pensaban que Estados Unidos intervendrían en el conflicto a favor de Panamá, suposición ésta muy alejada de la realidad.

Este hecho provocó que los jefes y oficiales decidieran abandonar la táctica defensiva y atacar a los panameños en Bocas del Toro. El ataque, sin embargo, no se efectuó porque el Gobierno de Acosta atendió la solicitud norteamericana de retirar sus fuerzas hasta la línea fronteriza del status quo con la garantía de que Washington haría cumplir a la República de Panamá, las disposiciones del Laudo del Chief Justice Edward White.

En el lado panameño, la llegada del contingente del coronel Mosquera lcaza, aunque no tan numeroso como se esperaba, mejoró en algo las condiciones de la defensa y llevó al capitán Pinzón a replantear el esquema defensivo, sin descartar el contraataque y acciones de sabotaje. Ninguno de estos grupos llegó a entrar en acción, porque también para los panameños cesaban las hostilidades al recibirse la orden presidencial de permitir la retirada de los invasores costarricenses.

 

Los costarricenses se retiran de Bocas

A medianoche del 3 de marzo, el Departamento de Estado envió un cablegrama al ministro norteamericano en Panamá, William Jennings Price con instrucciones en relación al conflicto armado entre Panamá y Costa Rica y con la explícita autorización de que el mismo fuese transmitido al secretario de Relaciones Exteriores panameño, don Narciso Garay. En resumen, eran estos los aspectos más importantes de la comunicación:

  1. Aún cuando el Gobierno panameño consultase previamente al Gobierno de los Estados Unidos sobre una eventual declaración de guerra contra Costa Rica, ésta era inadmisible para Washington.
  2. Las hostilidades entre las fuerzas armadas de ambos países eran vistas con gran pesar y aprensión por el Gobierno de Estados Unidos, pues sus intereses especiales en Panamá podrían verse afectados con una alteración de la paz y la tranquilidad en la América Central.
  3. De una manera amistosa y vehemente, el Gobierno de Estados Unidos solicitaba al Gobierno de Panamá retirar todas sus tropas estacionadas en la línea del status quo y situarlas en la línea Punta Burica-Cerro Pando e igualmente sugeriría al Gobierno de Costa Rica evitar cualquier nuevo avance de sus tropas hacia la línea Punta Burica-Cerro Pando si el Gobierno panameño consentía en la solicitud indicada.
  4. Para la solución definitiva del conflicto, siempre que lo aceptaran los Gobiernos de Panamá y Costa Rica, había que dar cumplimiento al fallo del Chief Justice White, aunque se consideraría detalladamente toda argumentación suscitada por cualquiera de los dos Gobiernos.

El 5 de marzo, en la ciudad de Panamá se celebró una conferencia en la que participaron el presidente Belisario Porras, el secretario de Relaciones Exteriores, Narciso Garay y el ministro americano William Jennings Price. Se acordó que Panamá retiraría sus tropas a la línea Punta Burica-Cerro Pando, siempre que sus autoridades civiles permanecieran donde estaban antes de la invasión y siempre que Costa Rica no volviera a avanzar sus tropas sobre esa región y se retirase donde estaban antes de la invasión del día 4 de marzo y sin perjuicio de sus derechos a la indemnización o reparación por posibles abusos o excesos de tropas invasoras contra la población civil.

El 8 de marzo, el ministro Price comunicó a Garay, que el Gobierno de Costa Rica había dado instrucciones para que las tropas que se encontraban en la costa del Pacífico no avanzaran hacia Panamá y aquellas que habían invadido Bocas del Toro se retirasen inmediatamente al margen izquierdo del río Sixaola. Virtualmente cesaban así las hostilidades entre los dos países beligerantes. A las siete de la noche del 7 de marzo, se recibió el telegrama de la Secretaría de Guerra en el cuartel general costarricense en Almirante.

El mayor Luis Acosta lo leyó a la oficialidad y tropa presente y les anunció que la paz había sido concertada con Panamá. Al día siguiente, se confirmó la noticia mediante un radiograma que ordenaba al ejército regresar a Costa Rica por tren hacia Sixaola. La noticia no agradó al general Monge, ni al coronel Zúñiga Montúfar, lo lógico era que la tropa regresara por mar a Limón, por lo que pronto gestionaron que uno de los vapores de la Compañía devolviera a Costa Rica, por lo menos a los soldados acantonados en Almirante, mientras que los otros diseminados a lo largo de la línea Guabito-Changuinola-Almirante regresarían en los trenes que los habían transportado hasta territorio panameño.

El único vapor disponible era el Turrialba, pero el mismo estaba surto en el muelle fiscal de Bocas del Toro y eran las autoridades panameñas las que debían autorizar el zarpe, pero éstas no estaban dispuestas a hacerlo. El viaje del Turrialba estuvo a punto romper la frágil tregua impuesta por la mediación norteamericana.

Al enterarse de que el general Monge había solicitado este vapor para el transporte de sus tropas hacia Limón pasando por aguas panameñas, la población bocatoreña reaccionó airada y manifestó su disconformidad ya que la Compañía previamente había negado el vapor Ulúa al Gobierno panameño para que transportase sus soldados a Bocas del Toro. Interpretando este sentimiento popular, el gobernador Gonzalo Santos envió al presidente Porras dos radiogramas el 7 de marzo, manifestando el descontento de los bocatoreños.

En el primero de ellos, le ponía en conocimiento de la petición costarricense a la United Fruit Co. y la consiguiente negativa de zarpe ordenada por el coronel Mosquera, en total acuerdo con las autoridades civiles de la provincia. Mosquera advirtió que no iba a permitir el paso de tropas costarricenses por aguas panameñas y que en caso contrario, ordenaría disparar contra el vapor, ya que las fuerzas costarricenses debían retirarse por donde habían entrado. En el segundo radiograma, el gobernador se hacía eco de la protesta del pueblo bocatoreño sobre el uso del vapor frutero por las tropas invasoras y anunciaba que estaban dispuestos a comprometer, si el caso lo (requiere) la integridad nacional, preparando lanchas y demás vehículos necesarios, si la Compañía (accedía) a tamaña pretensión, toda vez que la misma Compañía negóse a transportar fuerzas panameñas a este puerto, procedentes de Colón.

La seria advertencia del coronel Mosquera y la presión del pueblo bocatoreño, impidieron que el Turrialba zarpara del muelle fiscal; entonces los agentes de la United Fruit Co. en Limón y en Bocas del Toro, con la aprobación del comandante del Sacramento, convinieron que la única solución al impasse era solicitar autorización directa al presidente de la República de Panamá, para que el Turrialba pudiese zarpar de Bocas del Toro y retirar a las tropas costarricenses del suelo panameño.

El presidente Porras consideró que lo más prudente era facilitar la retirada del enemigo y autorizó el zarpe, pero condicionado a que los norteamericanos garantizasen que el Turrialba transportaría a los costarricenses de Almirante directamente a Limón, debidamente escoltado por el Sacramento y sin permitirle ningún otro movimiento. Estas instrucciones fueron despachadas inmediatamente al coronel Mosquera y al gobernador Santos y los dos funcionarios acataron inmediatamente la orden presidencial. El Turrialba zarpó entonces hacia Almirante escoltado por el Sacramento y por el Eagle, atracando cerca del mediodía en el muelle donde ya estaba concentrada la tropa costarricense.

Otro incidente, sin mayores consecuencias por la ausencia de elementos panameños, se produjo cuando los soldados ticos, al ver que en el Turrialba ondeaba la bandera panameña produjeron un alboroto pidiendo que fuera arriada y que en su lugar, fuese izada la costarricense a lo que accedió el capitán del vapor, seguramente temeroso de las reacciones de los militares ticos. A las seis de la tarde aproximadamente, el Turrialba soltó amarras y se hizo a la mar. A las seis de la mañana del 8 de marzo, mil doscientos veintisiete soldados costarricenses desembarcaban en el puerto de Limón, en Costa Rica. Otros soldados desplegados a lo largo de la línea ferroviaria y en los montes circunvecinos tenían órdenes precisas de volver al margen izquierdo del Sixaola.

Completada la total evacuación, las autoridades civiles panameñas volvieron a ocupar sus cargos en la frontera. El saldo de esta efímera invasión fue nuevamente desfavorable para los costarricenses: dos soldados muertos y ninguna baja entre las fuerzas panameñas. En cuanto a los civiles, un muerto costarricense y dos mujeres heridas de parte panameña.

 

La última batalla diplomática

Mucho antes de la salida de estas tropas costarricenses, la suerte del conflicto se había decidido a favor de Costa Rica. Así quedó expresamente consignado en la nota del 6 de marzo de 1921, que por instrucciones expresas del Departamento de Estado remitió el encargado de negocios en Costa Rica, Walter C. Thurston, al secretario de Relaciones Exteriores, don Alejandro Alvarado Quirós, solicitando el retiro de las fuerzas de Bocas del Toro.

Thurston le reiteraba que el Gobierno de Estados Unidos reconocía el hecho que la controversia relativa a la frontera entre las Repúblicas de Panamá y Costa Rica había sido finalmente resuelta por el Laudo del Chief Justice White y que de acuerdo al mismo ambas naciones debían poner fin a las hostilidades y llegar prontamente a un arreglo adecuado y de manera ordenada.

Desde la salida de los costarricenses, hasta el 5 de septiembre de 1921, cuando el Gobierno de Washington la obligó a entregar el territorio recuperado de Coto, la Nación panameña enfrentó sola una desesperada batalla diplomática, no tanto contra Costa Rica, sino contra Estados Unidos, que de amistosos mediadores se convertían ahora en ejecutores oficiosos del repudiado Laudo de su Chief Justice, Edward White. En esta última y desigual batalla, sólo el envío de una poderosa fuerza militar norteamericana pudo vencer a Panamá, aunque no a su determinación de no ceder un centímetro de su territorio.

Coto nunca fue entregado a Costa Rica, sino que ésta tomó posesión de la región con la protección de las armas norteamericanas. No es posible describir todas las gestiones de Panamá ante el Departamento de Estado, la Liga de Naciones, ni sus infructuosas misiones ante los Gobiernos de Argentina, Brasil, Chile y Perú, ni los intercambios de notas diplomáticas entre el secretario de Relaciones Exteriores, Narciso Garay y el secretario de Estado, Charles Hughes y su sempiterno ministro en Panamá, William Jennings Price, ni las misiones de Narciso Garay y Ricardo J. Alfaro en Washington, en defensa de la Nación panameña.

Tampoco podemos profundizar en el unánime repudio del Laudo White, no sólo por la Asamblea Nacional de Panamá, sino por todos los municipios de la república y por la nación entera, ni en los esclarecidos conceptos de eminentes juristas latinoamericanos, como el prestigioso internacionalista cubano doctor Antonio Sánchez de Bustamante, en favor de la causa panameña frente al diktat norteamericano.

Ya lo han hecho con singular maestría Ernesto Castillero Pimentel, Bonifacio Pereira Jiménez, Julio Linares, entre otros, cuyos libros constituyen obligado texto de consulta para los estudiosos de este período de nuestra historia, además, en la Parte XI de la Memoria de la Controversia de 1921 hablan por sí solos los documentos más relevantes de esta importante jornada de nuestra nacionalidad. Sólo queremos hacer énfasis en que los documentos allí contenidos, que resumen la crisis en su real dimensión, más que un diferendo territorial entre Panamá y Costa Rica, reflejan los signos de un profundo conflicto entre Panamá y los Estados Unidos de América.

Las agresivas advertencias del Departamento de Estado y el ultimátum del secretario de Estado, Hughes destinados a salvaguardar el prestigio de su más alto magistrado de justicia, aunque los panameños tuviéramos que permitir sumidos en la impotencia, el desmembramiento de nuestro territorio; encontraron en su momento una digna respuesta en la memorable Nota de Protesta de nuestro secretario de Relaciones Exteriores, Narciso Garay y en el histórico Manifiesto a la Nación, firmado por el presidente Belisario Porras y su gabinete, el día 24 de agosto de 1921.  En esa ocasión, Panamá ganó todas las batallas en el campo militar, pero desafortunadamente perdió la guerra en Washington y esa herida no es fácil de olvidar, a pesar del tiempo transcurrido.

 

Referencia bibliográfica

Cuestas G, Carlos H. (1999). Panamá y Costa Rica entre la diplomacia y la guerra. Litho Editorial Chen.

 

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