La independencia: 3 de noviembre de 1903
On junio 21, 2017 | 0 Comments

Por Luis Burón Barahona y Miroslava Herrera Barsallo

 

Es pequeñita y delgada
y por su débil cintura
una daga de bravura
partio su garganta amada.
Carlos Francisco Changmarin, 1995

 

I

El doctor Manuel Amador Guerrero partió de Colón el 26 de agosto de 1903 rumbo a Nueva York, con un encargo que era mitad locura y mitad magia. Un grupo de hombres istmeños había trazado un plan para declarar la República de Panamá y lo escogieron como enviado para que consiguiera el apoyo todopoderoso de Estados Unidos. Para lograr la independencia tendrían que asegurar el apoyo de la potencia y así lograr la separación de Colombia.

El país entero estaba arruinado por la guerra de los Mil Días y el canal era una zanja colosal a medio hacer, un cementerio de obreros. A pesar de todas las calamidades, el sueño canalero y su prosperidad valían todos los esfuerzos, por desquiciados que fueran. Amador Guerrero, de setenta años, iba a darle la cara al imperio y pedirle ayuda financiera para su revolución. No sería su primer intento de sacudirse del miope control colombiano, pero podría ser el último. Por dolorosa experiencia ya sabía que sin el respaldo de los estadounidenses, no se podía enfrentar al Gobierno colombiano.

Bogotá, terca y desconectada como siempre, acababa de rechazar el tratado Herrán-Hay y Estados Unidos ahora miraba hacia su canal por Nicaragua. Así que Amador Guerrero se dirigió al norte, a encontrarse con William Nelson Cromwell, el peligroso abogado del Ferrocarril y de la Compagnie Nouvelle du Canal de Panamá. De Colón a Nueva York, el viaje en vapor duró siete días. Durante las horas de horizonte invariable, el hombre rumiaba sus pensamientos. Podrían fusilarlos a todos.

Apenas habían pasado algunos meses desde el fusilamiento del líder indígena Victoriano Lorenzo, y el recuerdo de su cuerpo arrastrado por la Plaza de Chiriquí estaba fresco en la mente de los panameños. Tan presente como la amenaza del paredón, en su memoria de galeno también se encontraban vívidas las inútiles muertes ocasionadas por la guerra, las explosiones y las fiebres. También pensó en la inminente ruina de Panamá si el canal no se completaba. Para distraerse, jugaba póquer con el empresario José Gabriel Duque, que premeditadamente viajaba en el mismo barco. Este Duque podía ser un ricachón, pero Amador Guerrero era un jugador taimado. Gracias a su buena suerte y su mejor habilidad, consiguió el dinero necesario para la prolongada estadía que le esperaba en Nueva York.


Ciudad de Panamá, 3 de noviembre de 1903

A las seis de la mañana sonó el teléfono de la oficina de Herbert Prescott, superintendente del ferrocarril en la ciudad de Panamá. Lo llamaba desde Colón, a ochenta kilómetros de distancia, su jefe, el coronel James Shaler, para avisarle de la llegada de un barco colombiano a las costas caribeñas. Sobre el mar Caribe fondeaba la nave colombiana Cartagena. A bordo venía el temible Batallón Tiradores III, quinientos diestros hombres bajo el mando de los generales Juan B. Tobar y Ramón Amaya, listos, armados y con órdenes de sofocar las sospechas de independencia del Istmo.

Era el 3 de noviembre de 1903, y en unas horas, Panamá no sería ya más un departamento de Colombia.

El próximo en saber de la noticia fue Amador Guerrero, quien ahora tenía la tarea de poner al tanto a sus compañeros separatistas. El médico llevaba meses planeando una revolución con otros miembros de la oligarquía panameña. En principio, el plan se había urdido para el 28 de noviembre, luego Bunau-Varilla aconsejó adelantarla para el 4 de noviembre, pero ante la llegada de la nave a Colón, era preciso ponerla en marcha durante las próximas horas. Sabían que Estados Unidos quería adueñarse del canal interoceánico que comenzó la compañía francesa, y querían participar de la jugada.

El plan incluía separar el Istmo de Colombia, luego de que esta se negara a someterse a las exigencias del tratado Herrán-Hay con los estadounidenses. Los notables del Istmo estaban preocupados. Colombia quería obtener una indemnización y una anualidad para alimentar sus pobres arcas, pero su definición de patriotismo obstaculizaba la firma del tratado. En Estados Unidos, las ideas del senador John Spooner eran la última oportunidad del canal panameño.

La coyuntura estaba en el precio de oferta que Estados Unidos pagaría a la empresa francesa por sus activos. Si Colombia no colaboraba, Estados Unidos contemplaría de nuevo la opción de negociar con Nicaragua. El viejo galeno salió asustado y nervioso de su casa. Vivía en la plaza de la Catedral, diagonal a la Compañía Universal del Canal, la sociedad francesa a cargo del proyecto interoceánico, que ahora estaba en bancarrota. Amador Guerrero fue primero donde su amigo y cómplice Tomás Arias, a una cuadra de distancia. Aunque era cerca, debido al calor húmedo, los nervios y sus vestidos solemnes, fue inevitable que sudara.

“Todo está perdido”, sentenció Arias, pusilánime y regordete. A un par de calles, en el paseo de Las Bóvedas, el general colombiano Esteban Huertas se enteraba también del arribo del Cartagena. Era el líder del Batallón Colombia y responsable del orden en la ciudad. Y como buen general, estaba al tanto de los movimientos separatistas, pues Amador Guerrero le había pedido su apoyo. Hasta ahora se había reservado la respuesta.

El médico seguía recorriendo la ciudad para difundir la alerta del fondeo del Cartagena entre sus compañeros. Sin embargo, la mayoría se asustó y Amador Guerrero regresó a su casa afligido. Allí lo esperaba su esposa María, que con un discurso combativo lo levantó de la hamaca: “Ya no es posible echarse para atrás”. Con ímpetu, los esposos armaron una estrategia junto a Prescott. Estaban decididos a librarse de Colombia.

Lo primero que hicieron fue llamar a Shaler, un veterano de la guerra civil estadounidense, de cabello blanco y barba espesa, que controlaba la oficina atlántica del ferrocarril. El plan era separar a los generales del resto de la tropa que se encontraba a bordo del Cartagena, quienes todavía no salían a tierra firme. Shaler aceptó. Contó con la ayuda del almirante estadounidense John Hubbard, jefe del barco Nashville, que también fondeaba aquel día en Colón.

Una flotilla lo acompañaba, pues Estados Unidos ya sabía del plan separatista y, a solicitud de los conjurados, mandaron sus barcos. La presencia de las naves de guerra se justificaba con el tratado Mallarino-Bidlack, que permitía batallones estadounidenses en el Istmo para proteger la zona del ferrocarril. Así, Shaler y Hubbard se inventaron que no tenían trenes disponibles para llevarlos a todos a la ciudad de Panamá; apenas les quedaba un vagón privado que, como un favor, ponían a disposición de los señores Tobar y Amaya, y de un grupo selecto de sus ayudantes. Después de varias preguntas, casi todas desconfiadas, los generales aceptaron el viaje y partieron hacia la ciudad a las nueve de la mañana. Iban suspicaces, pero con la promesa de que en cuatro horas les despacharían al resto de la tropa. Con esta maniobra, los subversivos tenían la hora y media que duraba esa travesía para planear una estrategia que no terminara con todos ahorcados.

 

II

DISAPPOINTED.

Con este corto telegrama que envió a sus compañeros en Panamá, Amador Guerrero resumía la profunda decepción que le dejó la segunda reunión con William Cromwell. El muy patán se negó a recibirlo, le gritó que se largara y hasta le tiró la puerta. Cuando se vieron por primera vez en las oficinas de Sullivan & Cromwell en 41st Wall Street, el abogado le aseguró que conseguiría que el Gobierno de Estados Unidos los apoyara en su revolución. Cromwell poseía una enorme cuota de poder en las altas esferas estadounidenses y se preciaba de su gran habilidad de negocios. Prometió ayudarlos a conseguir el dinero, y ahora… esto. Imbécil. Todo estaba perdido y sin explicación alguna. Amador Guerrero estaba varado en Nueva York.

En su afán de aprovechar los cabos sueltos, Cromwell había hecho una propuesta a José Gabriel Duque como primera opción. El empresario cubano podría ser el primer presidente del nuevo país si ponía cien mil dólares y firmaba un tratado para la construcción del canal que favorecía cien por ciento a los gringos. Duque, aunque tentado, hizo todo lo contrario. Tan pronto pudo, reveló a la diplomacia colombiana en Washington que las intenciones separatistas eran azuzadas por el abogado de la compañía del Canal. En consecuencia, Colombia activó sus recursos diplomáticos y ordenó a Tomás Herrán, ministro (hoy sería embajador) en Washington, tomar las medidas necesarias para poner fin a la conspiración. Herrán amenazó a la Compagnie Nouvelle y a la Panama Railroad Company con arrebatarles la concesión colombiana y puso un detective a seguir a Amador Guerrero.

Cromwell, como abogado de la compañía del Canal y representante de la empresa francesa ante Colombia, no podía quedar expuesto como el instigador de una secesión. Así que para lograr su objetivo de vender la Compagnie al Gobierno estadounidense —y de paso lucrarse— tuvo que cambiar de estrategia. Philippe Bunau-Varilla llegó a Nueva York procedente de París, el 22 de septiembre.

Era época de huracanes. Aunque el ingeniero afirmó siempre que fue por pura casualidad que se encontró con la conjura entre Amador Guerrero y Cromwell, su intervención lo llevaría ante el mismísimo presidente de Estados Unidos. Todo comenzó con una sutil conversación con Joshua Lindo, un banquero panameño radicado en Nueva York, que lo puso al tanto de la situación. Bunau-Varilla tenía mucho interés en esta maniobra.

Era dueño de acciones de la nueva compañía y había ganado mucho dinero con las excavaciones que hizo con Artigue, Sonderegger & Cie. Llegó a Panamá en 1885, siendo un ingeniero de 24 años egresado de la École Nationale des Ponts et Chaussées de Paris. Su genio y su destino lo llevaron a ser director de la Compagnie Nouvelle en apenas dos años. Desde 1879 Bunau-Varilla se enzarzó en una intensa campaña para promover la superioridad de la ruta por Panamá sobre cualquier otra región cercana para salvar el esfuerzo hecho hasta entonces por Francia: presionó al Gobierno colombiano; les propuso el canal a los rusos; envió postales a todos los senadores de Estados Unidos con estampillas de Nicaragua que denunciaban la actividad volcánica de ese país; dio charlas y discursos en escenarios universitarios y políticos, y publicó libros y artículos en revistas.

Era la hora de actuar. Si para lograr su objetivo tenía que promover la secesión del Istmo, por Panamá bien valía la pena hacerlo. Tendría que aprovechar el ánimo caldeado por la negativa ante el Herrán-Hay y utilizar toda su influencia con los estadounidenses y toda su astucia con los panameños.

Conocía muy bien a los panameños. Sabía que Panamá estaba harta de Colombia y su gente era claramente diferente. Los conocía por su sangre caliente, porque vivían de revolución en revolución. La inyección económica y cultural que recibió del Ferrocarril y del proyecto francés la hizo próspera y ambiciosa. Pero la realidad era que ahora todo era un mayúsculo desastre. Por medio de Lindo, el francés concertó una cita para el 24 de septiembre con Amador Guerrero en el hotel Waldorf Astoria, en la Quinta Avenida de Manhattan. Tenían años de conocerse. Amador Guerrero era el médico del Ferrocarril, que a su vez era propiedad de la Compagnie.

A las nueve de la mañana, en la habitación 1162, Philippe escuchó a su antiguo conocido desahogarse. El médico volcó todo su pesar. Su débil intento conspirador había quedado en nada. —Dígame, ¿qué esperan ustedes? Amador Guerrero dijo que necesitaban seis millones de dólares. Ahora la apuesta era cuestión de fe en este (otro) hombre, pero, después de todo, el médico era también un arriesgado jugador de póquer. Sin prometer nada, el francés pidió tiempo para idear una solución. —Estudiaré el problema y veré qué se puede hacer. No hable con nadie. Usted será Jones y yo seré Smith. Amador Guerrero envió un nuevo telegrama a Panamá:

“HOPES”.

 

Ciudad de Panamá, 3 de noviembre

Con los generales en el tren rumbo a la ciudad, ya no había marcha atrás. “Ahora o nunca”, le advirtió Prescott en una visita a Amador Guerrero, quien partió a toda marcha a la plaza de Chiriquí a asegurar el apoyo de Huertas.

El general por fin confirmó su respaldo al movimiento separatista; una decisión que no fue improvisada. Sin que nadie lo supiese, y por puro presentimiento, el militar se desveló la madrugada de aquel día preparando el cuartel. Cuando llegara el momento, no habría cabos sueltos. Huertas, oriundo del frío Boyacá, tenía 21 años cuando llegó a la tropical la ciudad de Panamá. En el Istmo luchó, ascendió, se casó y tuvo un hijo que fue recibido por el propio doctor Amador Guerrero.

Quería ser agradecido. El médico, ahora más tranquilo, se dirigió adonde el general liberal Domingo Díaz en las afueras de la ciudad, decidido a convencerlo de reunir una muchedumbre en los arrabales para proteger un eventual pronunciamiento de independencia. En la reciente guerra de los Mil Días, en la que se batieron conservadores contra liberales, Díaz se había convertido en un caudillo popular. En Colón, mientras tanto, Shaler y Hubbard fraguaban un plan para que las tropas colombianas permanecieran separadas de sus generales. Si el pelotón presionaba para viajar a la ciudad, los despacharían sin problemas. A mitad de camino soltarían el vagón con las armas, y varios kilómetros después, en mitad de la selva panameña, famosa por sus extrañas fiebres mortales, los maquinistas detendrían la marcha y abandonarían el tren.

Para que Amador Guerrero se informara de esta trama, enviaron a la ciudad a Aminta Meléndez, hija adolescente del gobernador de Colón, Porfirio Meléndez. Amador Guerrero seguía su recorrido por las escasas y empolvadas calles de la ciudad de Panamá. La vecindad estaba furiosa por el abandono de Bogotá, que contrastaba con la prosperidad del ferrocarril y de la inversión del sueño canalero. El doctor, de frente amplia, bigote grueso y anteojos redondos, les rogaba a los atemorizados conjurados que no perdieran la fe.

En la estación del ferrocarril en Calidonia, Huertas ya esperaba la llegada de Tobar y Amaya. Lo acompañaba un puñado de hombres de su batallón. También había civiles y una banda de música que amenizaría el arribo. Una fiesta con banderas de Colombia por doquier. Y por fin llegaron. En la estación del ferrocarril estaban, además de Huertas y sus soldados, el gobernador del departamento, José Domingo de Obaldía; el jefe del Estado Mayor, General Francisco Castro; el comandante del vapor Bogotá, anclado a orillas del Pacífico, Luis Tobar; y algunos miembros distinguidos de la sociedad panameña. Entre sonrisas, bienvenidas y una llovizna, partieron en carruaje hacia la gobernación. Allí se hospedarían los visitantes durante su permanencia en el Istmo.

A las once y media, el generalísimo Tobar y el general Amaya llegaron al cuartel de Chiriquí. Querían una revisión de los cuarteles y la tropa, así que pidieron a Huertas que los acompañara. Tobar era minucioso, y recorrió la mayor parte del acantonamiento. Satisfechos, se despidieron de Huertas y regresaron a la gobernación a tomar una siesta. Despertaron una hora después. Mientras se arreglaban, les avisaron que en el Istmo se cocinaba una separación, y que posiblemente contaba con el apoyo de Huertas. Los prevenidos se reunieron de nuevo con Luis Tobar y el general Castro, y regresaron al cuartel a cerciorarse de la lealtad de Huertas. Iban dispuestos a arrestar o a colgar a quienes consideraran sospechosos de traicionar a Colombia.

 

III

A finales del siglo XIX¸ Panamá era una diosa en harapos. Las ferias de Portobelo, la fiebre del oro y la construcción del Canal propiciaron el tránsito de grandes fortunas —y cazafortunas—, aunque pocas de esas riquezas se quedaban en el Istmo. En las fiestas, la ciudad era una pequeña Gomorra donde corrían galones de aguardiente y estallaban miles de petardos. Pero, con toda y esa famosa suerte, sus calles eran lodazales más o menos controlados, no había agua potable y el alumbrado nocturno consistía en una planta generadora y lámparas de cebo.

Panamá luchó casi sin parar por separarse del partidismo colombiano. Hubo revoluciones en 1840 y 1885. Estados Unidos invadió con el pretexto de proteger el ferrocarril en 1856, 1862, 1884 y 1898. Y finalmente, una guerra fratricida envió al el ejército conservador colombiano a sembrar el terror por el istmo en la sangrienta guerra de los Mil Días. Los horrores de la guerra y la quiebra francesa la tenían en un estado lastimero.

Todo se balanceaba ahora en la habilidad del ingeniero francés Philippe Bunau-Varilla. Este se citó con Francis Loomis, secretario de Estado adjunto, a quien conoció en París. Loomis, quien había sido periodista, lo presentó ante el presidente de los Estados Unidos como un accionista del periódico Le Matin.

Luego de las cortesías iniciales, el ingeniero aprovechó para introducir su agenda cuando surgió el tema de su desdichado compatriota Alfred Dreyfus, prisionero político víctima del antisemitismo. —No solo Dreyfus es víctima de la injusticia. Panamá también lo es. Bunau-Varilla describió entonces la situación inestable del Istmo por la intransigencia de Colombia. Con su imponente mirada, Roosevelt, el hombre del gran garrote, preguntó curioso: —Y, ¿qué cree usted que suceda ahora, Sr. Bunau-Varilla? El francés, tan frío como el gringo fuera arrasador, respondió:

—Una revolución.

 

Ciudad de Panamá, 3 de noviembre

Los generales Tobar y Amaya con el resto de su comitiva llegaron al cuartel a la una de la tarde para la segunda revisión del día. Pidieron ver la flotilla de guerra, y desde el paseo de Las Bóvedas observaron los barcos Bogotá, Boyacá, Almirante Padilla y Chucuito. Con este último, Huertas fortaleció su fama de aguerrido en el Istmo y en Colombia. Luego de cerciorarse de la presencia de las naves de guerra, los visitantes y Huertas siguieron conversando.

El general local estaba alerta de cada movimiento de sus paisanos, pues creía que Tobar y Amaya tenían sospechas de su papel en lo que estaba por ocurrir. Mientras platicaban, llegó una carta para Tobar en la que un anónimo le prevenía del movimiento en la ciudad y de la posibilidad de asesinar a Huertas.

El generalísimo la leyó y la pasó a los demás. Ante las miradas de juicio, solo, desarmado y desconfiado del contenido del papel, Huertas los invitó a bajar a la plaza. Allí, Tobar invitó a Huertas a una copa de champaña en el hotel Central. Tenía la intención de separarlo de sus hombres, cuestionarlo, arrestarlo y destituirlo. Huertas rechazó la oferta con la excusa de que no estaba vestido para semejante honor. Tobar insistió, pero Huertas por fin sorteó la invitación con la promesa de tomar esa y otras copas más en la noche, durante una gala de recibimiento oficial en la plaza de la Catedral.

Él y Amador Guerrero habían planeado apresar allí a los generales para entonces tomar el control de la ciudad. Tobar, Amaya y los otros regresaron entonces hacia la Casa de Gobernación. La carta que leyeron los tenía intranquilos y con la casi certeza que Huertas los traicionaría. Caminaban por la plaza de la Catedral, bajo la sombra de acacias frondosas. “Qué hermosos árboles. Se pueden colgar bastantes cabezas”, esbozó Amaya. “Este está bueno para la de Huertas”, propuso al señalar el árbol más robusto.

Huertas era astuto y sabía que si no actuaba pronto, terminaría preso o, peor aún, muerto. Bajó a los cuarteles y reunió a todos los oficiales del Batallón Colombia. Les pidió lealtad y luego los dejó para que almorzaran. Eran las dos y cuarenta y cinco de la tarde.

Amador Guerrero presenció la mayor parte de este intenso momento desde el balcón de la casa de Chale Zachrisson, otro de los conjurados. Tenía que cerciorarse del apoyo de Huertas. Ya en la Casa de Gobernación, Tobar recibió otro anónimo, en el que le advertían que no confiara en nadie. Cada vez más preocupado, mandó a preguntar al gobernador De Obaldía por qué todavía no veía a su tropa, pues tendrían que haber llegado desde Colón hacía treinta minutos. La respuesta de Shaler a De Obaldía fue que faltaba dinero, por lo que no había enviado aún a las tropas. Tobar, con angustia, le aseguró que no había de qué preocuparse, que arreglarían cuando tuviera su batallón completo. Volvieron los mensajeros.

De Obaldía le telegrafió el arreglo de pago a Shaler, pero este seguía sin mandar a la tropa. Nadie sabía el porqué. Tobar mandó entonces a su fiel Amaya a verificar el dichoso intercambio de telegramas. Tobar ya sabía que en las afueras de la ciudad el ambiente se calentaba. Allá el fogoso Domingo Díaz arengaba a una muchedumbre en el parque de Santa Ana, todos ansiosos por la batalla separatista, que prometía fiesta. Amador Guerrero regresó a la casa de Zachrisson. Su intento por reunirse con el resto de los conspiradores se truncó, y quería hablar con Huertas, quien reflexionaba sobre su futuro en el paseo de Las Bóvedas.

Zachrisson fue el mensajero. —Huertas, no hay movimientos. Estamos perdidos. Si nos quitan la cabeza, que nos las quiten a los dos, pero no condenemos a los demás —le dijo el portavoz, a eso de las tres y cuarenta y cinco de la tarde. Era casi una condena de muerte, a la que Huertas respondió que él no solo estaba dispuesto a enfrentar a los generales colombianos, sino también a Amador Guerrero… —“…si fuere necesario, y a los acobardados que ya deben estar escondidos”.

 

IV

Seguro de su plan, el 13 de octubre Philippe citó a Amador Guerrero de nuevo en el Waldorf Astoria. Estaba convencido de que si todo ocurría como lo había planeado, la independencia de Panamá se daría como la caída de una hilera de dominós. La garantía de que no pasaría a mayores la apostaba en el tratado Mallarino-Bidlack de 1846.

Si la operación se convertía en una batalla, los estadounidenses intervendrían para “proteger” la ruta del tren interoceánico. El truco era que los conjurados lograran hacer su declaración, neutralizaran al ejército colombiano que estaba en el cuartel de Chiriquí y lo demás sería pan comido con el apoyo de la marina de Estados Unidos.

Los muy astutos estadounidenses habían estado de acuerdo, pero sin darlo como posición oficial. Tendrían una posición oportunista, ya que negociar el canal con la nueva Panamá resultaría mucho más sencillo que volver a negociar con los tercos colombianos. Con la separación, se haría un tratado nuevo y se firmaría de inmediato. Bunau-Varilla se encargaría de esto personalmente.

Amador Guerrero tocó la puerta de la habitación 1162 con el corazón en la boca. Golpeó con los nudillos en la clave acordada. —Ellos nos apoyarán. Sí, Amador Guerrero se alegró de que fuera así, pero ¿por qué no podía hablar directamente con el presidente? ¿O al menos con Hay? El francés bloqueaba todo lo que quería pedir. ¡Y sin ningún documento escrito! —Necesitamos seis millones de dólares para comprar armas y barcos, y pagar sobornos. —Con cien mil bastará. Yo mismo los pondré El doctor estaba asombrado por lo mal que iba todo otra vez.

¿Cómo explicaría a sus compañeros de conspiración que solo pudo conseguir menos del dos por ciento de lo que tenían en mente? ¿Cómo argumentaría que la única garantía de todo era la palabra de este francés?

—Una cosa más, doctor. La declaración inicial solo puede darse en la zona del ferrocarril. Cinco millas a cada lado de la ruta. Con los diez millones que le dará Estados Unidos por la concesión del canal podrán financiar una guerra para recuperar el resto. Esa fue la gota que rebasó la copa de Amador Guerrero. Y es que aunque el hombre había nacido y crecido en Cartagena, se había hecho un hombre en Panamá.

Trabajó como médico para la empresa francesa del Ferrocarril con los dueños franceses y luego con los estadounidenses. Se casó con una panameña y tuvo un hijo panameño. El acceso de rabia tenía tanto de nerviosismo como de patriotismo. ¿Dividir Panamá en dos? ¡Jamás! Ahora quien daba el portazo era el médico.

Por segunda vez todo quedaba en el aire. Lo habían mandado a buscar seis millones de dólares y regresaba con cien mil. ¿Solo un pedazo del istmo libre? Imposible. Ninguno de estos dos caballeros pegó el ojo en toda la noche. A la mañana siguiente, Amador Guerrero se presentó de nuevo ante Philippe. Esta vez, con el corazón en la mano. —I understand. Al francés le fue difícil disimular su alivio. Pero sin perder tiempo retomó las instrucciones de inmediato. Le explicó que su tarea era que, junto con sus asociados, hicieran la declaración y usaran el dinero para “convencer” a las tropas colombianas en el istmo de convertirse en el ejército de la nueva nación. Cuarenta y ocho horas después, la Marina de Estados Unidos aparecería en aguas panameñas e impediría que llegaran refuerzos de Colombia. Después de varias reuniones, siempre en la habitación 1162 del Waldorf Astoria, todo quedó acordado. Bunau-Varilla le dio un libro de códigos, una constitución y una bandera que había hecho su esposa. Y su condición más temeraria: —Yo negociaré el tratado en nombre de Panamá. Plenipotenciario. Escandaloso. Atrevido. Pero a estas alturas de la partida, Amador Guerrero lo aceptaba todo.

El médico partiría el 20 de octubre de vuelta a Panamá. El viaje de regreso sería aún más tenso que el de ida. Ciertamente que con cien mil dólares podría sobornar a los pobres soldados que no cobraban desde hacía un año. Pero, ¿sin fusiles? Necesitaría al menos 15 días para arreglarlo todo.

A su llegada el 27 de octubre tendría que enfrentarse a Arango, a Arias, y al resto. Philippe Bunau-Varilla, entregado por completo, puso un último punto. A más tardar, el plan tendría que ejecutarse el 3 de noviembre.

 

Ciudad de Panamá, 3 de noviembre

A las cinco de la tarde, Tobar, Amaya, y el resto de los oficiales volvieron, por tercera vez, al cuartel de la Plaza de Chiriquí. Ya conocían el rumor que corría por toda la ciudad sobre una muchedumbre inquieta en los arrabales. La soberbia ahora era nerviosismo, y le preguntaban con insistencia a Huertas si sabía lo que pasaba o si sabía cuándo llegaría su tropa desde Colón.

En uno de estos intercambios, Huertas vio con el rabillo del ojo a Amaya hacerle una señal al generalísimo para que le disparara en la cabeza. Entendió que no podía esperar hasta la noche para arrestarlos, pues ya su vida estaba en riesgo. Pidió permiso para supuestamente preparar la artillería en caso de que la multitud llegara hasta Las Bóvedas. Tobar se lo concedió. Huertas corrió hacia su cuarto a buscar su revólver y su espada.

Luego separó a ocho de sus mejores hombres y los puso bajo las órdenes del capitán Marco Salazar, a quien le dio la tarea de apresar a Tobar y a los demás. El escuadrón salió del cuartel y rodeó las bancas en las que descansaban sus objetivos. —Señores, están ustedes presos —dijo Salazar, justo al frente de Tobar.

—¿Presos? ¿Cómo presos? Atrevido. ¿Desconoce al general en jefe del ejército? —respondió Tobar, ahora de pie. —No me lo han hecho reconocer —advirtió Salazar, quien ahora tenía la punta de su espada en el costado de Tobar, luego de que este se le abalanzara. —Huertas, Huertas. ¿Dónde está Huertas? —gritó Tobar. —Aquí no hay Huertas. Aquí se cumple lo que yo ordeno. Están ustedes presos —aseguró Salazar. —General, estamos presos. No hay remedio —le explicó Amaya a Tobar, quien ya casi aceptaba también su destino. Desde uno de los balcones del cuartel, Huertas por fin apareció. —Proceda sin contemplaciones, capitán. Llévelos al cuartel de Policía —vociferó.

Eran las cinco y cuarenta y nueve de la tarde, cuando Amador Guerrero se enteró del apresamiento. Salió de nuevo de su casa, apresurado, para volver a intentar reunir a los conjurados, quienes estaban ahora más prestos al enterarse del movimiento en Las Bóvedas. Mientras Salazar y los detenidos caminaban hacia el cuartel de la policía, a cargo de Fernando Arango, hijo de José Agustín Arango, Huertas desplegó su tropa por toda la plaza de Chiriquí y mandó a avisarle a Díaz que podían comenzar su marcha hacia la ciudad.

Apenas escuchó el mensaje, Díaz guio al gentío por la avenida Central hasta la calle novena. De allí bajaron hacia la plaza de Herrera y siguieron por la avenida A. En la calle sexta se reunieron con José Agustín Arango y un grupo de notables que se sumaron al recorrido hasta Las Bóvedas. La multitud venía alborotada, así que al verla, los militares de la plaza de Chiriquí ya preparaban sus armas. Sin embargo, Huertas salió y avisó que todos eran del mismo bando. Después de un abrazo entre Díaz y Huertas, repartieron entre todos las armas de la bodega.

En medio de la confusión, Huertas también mandó a arrestar al gobernador De Obaldía, miembro de los insurgentes que desconocía que ese día habría separación, pues Amador Guerrero quería protegerlo. De paso detuvieron también al general De Castro, escondido en uno de los retretes del cuartel al ver la suerte de Tobar y compañía.

A De Obaldía apenas lo retuvieron unos momentos, en la casa de Amador Guerrero. De Castro no contó con ese privilegio y lo sumaron al grupo de Tobar. Amador Guerrero ya casi terminaba de reunir al resto de sus compinches, y así apresurar los trámites necesarios para declarar la independencia. Pero cuando todo parecía resuelto, llegaron las balas. A orillas de la ciudad, el coronel Jorge Martínez había quedado a cargo del barco Bogotá, luego de que el general Luis Tobar fuese a recibir a Tobar y a Amaya y terminara preso. Cuando Martínez se enteró del arresto de sus superiores, mandó a avisar a Fernando Arango que si no los liberaba, bombardearía la ciudad. Al saber esto, Amador Guerrero respondió: “Díganle que haga lo que quiera”.

El Bogotá entonces levantó anclas, y como su motor todavía no tenía fuerza suficiente, aprovecharon la marea y el viento para moverlo lentamente hasta el centro de la bahía. Huertas se percató del movimiento de la nave y mandó al teniente Raúl Chevalier a tomarse el cañón de Las Bóvedas ante cualquier ataque. El primer cañonazo del Bogotá cayó en los arrabales. La bala mató al chino Wo Ken Yiu, en la bajada de Salsipuedes. El impacto colapsó varias casas, y el estruendo también mató a Octavio Preciado de un paro cardiaco.

Entonces, Chevalier disparó desde la ciudad, pero la bala apenas rozó el barco, que volvió a disparar dos veces más. El segundo cañonazo de la nave apenas dañó una casa; el tercero ocasionó la muerte de un caballo de paseo de Enrique Linares. Por fin, y después de más disparos de Chevalier, el Bogotá volvió a moverse, esta vez en dirección a Colombia. A eso de las nueve de la noche, y con el tiroteo como anécdota, volvió la algarabía. La Junta Revolucionaria, reunida en el hotel Central, recibió la bandera confeccionada por María Ossa, la mujer de Amador Guerrero.

El nuevo pabellón tenía dos cuadros blancos que representaban la paz; una estrella roja y una estrella azul como símbolos de la unión de los panameños: y un cuadrante rojo y otro azul, que identificaban a los partidos Liberal y Conservador. A las nueve y cuarenta y cinco, los miembros del Concejo Municipal, a cargo de Demetrio Brid, reconocieron la declaración de independencia del pueblo panameño y acordaron constituir una Junta de Gobierno Provisional que tomara todas las decisiones del Istmo recién liberado.

Quince minutos después enviaron un telegrama a Ramón Valdés López, su comisionado separatista en Aguadulce, Coclé. Amador Guerrero, en clave, lo puso al tanto de la hazaña: “Doctor Valdés López. Llegó Matea”. Hasta ese momento, la batalla había sido librada en muchos campos: en el carácter de los conjurados que resultaron ser realmente valientes, en el corazón del general rebelde, en la mente de los intendentes del Ferrocarril.

La turbamulta sin embargo pasaba de una mano a otra con la única esperanza de alcanzar mejores condiciones de vida. Pero la batalla que quedaba por librar se pelearía en el futuro. En las generaciones venideras que sentirían el deber de reclamar la soberanía de su territorio. La promesa de bonanza costó que el día de la independencia de la República de Panamá durara hasta la reversión del Canal y su zona.

El acuerdo que logró retener la infraestructura lo libró de Colombia pero le negó la soberanía. El tres de noviembre fue el día más largo de la historia panameña: duró noventa y seis años. Manuel Amador Guerrero, quien se convertiría en el primer presidente de la República unos meses después, cumplió su palabra y envió un telegrama a Nueva York al hombre al que le debía casi todo:

“EL ISTMO DE PANAMÁ ES INDEPENDIENTE. SIN SANGRE”.

 

Referencias bibliográficas

Cermoise, Henri (1886). Dos años en Panamá. Trad. de Maricela Barsallo (tesis de grado, 1970), París: C. Marpon y E. Flammarion.

De Banville, Marc (2009). Philippe. Trad. Adrian de Banville y Marc de Banville, Panamá: Canal Valley, S.A.

De Banville, Marc (2012). French Canal. The Illustrated Adventure of the French in Panamá, Panamá: Canal Valley, S.A.

Díaz-Espino, Ovidio (2001). How Wall Street created a nation: P.P. Morgan, Teddy Roosevelt, and the Panama Canal, Nueva York: MFJ Books.

Huertas, Esteban (2002). Memorias y bosquejo biográfico del general Esteban Huertas, Panamá: Editorial del Círculo de Lectura de la USMA.

McCullough, David (1977). The Path Between the Seas: The Creation of the Panama Canal, 1870-1914, Nueva York: Simon and Schuster.

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