La independencia del año tres: un análisis crítico
On junio 21, 2017 | 0 Comments

Por Carlos Alberto Mendoza

La independencia de Panamá fue el resultado de la convergencia de tres factores fundamentales:

  • El genuino y justo sentimiento secesionista de la mayoría de los istmeños, manifestado en variadas y memorables ocasiones.
  • El rechazo del tratado Herrán-Hay por parte del Congreso colombiano.
  • La impetuosa política expansionista norteamericana que consideraba vital para sus intereses la construcción y manejo de un canal interoceánico.

 

Sentimientos y hechos que, desarrollándose contradictoria y paralelamente, fueron acomodándose entrelazadamente en la mente de los principales dirigentes políticos de ambos partidos y de la opinión pública en general, y que finalmente condujeron en septiembre u octubre de 1903 a la formación de una cuasimilagrosa coalición secesionista liberal-conservadora, que le dio un indiscutible y firme sustento político y social a la proclamación de independencia; independencia respaldada y protegida por los acorazados y los marines del Tío Sam frente a una impotente Colombia. Establecidos someramente, pues, los puntos cardinales de mi tesis, paso a ampliarlos y detallarlos.

 

LA INSÓLITA COALICIÓN LIBERAL-CONSERVADORA

La renovada reacción liberal proindependentista —motivada principalmente por el maltrato y el autoritarismo colombiano ejercido en Panamá— pronto terminó sumándose a la paralela corriente separatista conservadora, nacida fundamentalmente del sueño canalero como obra de “vida o muerte”, para unirse en un solo y tempestuoso torrente gestor de patria soberana. Cuando los promotores conservadores del movimiento secesionista se acercaron a los jefes liberales, ya el terreno estaba abonado para lograr una especie de coalición patriótica, indispensable para dotar a la proclamación de un consenso político de hondo contenido nacional.

De los tres dirigentes liberales más importantes de aquella época —Arosemena, Mendoza y Morales— con acertado criterio político los conservadores buscaron inicialmente a los dos últimos, quienes sin dudarlo aceptaron sumarse al movimiento separatista. Evidentemente, el peso político de los veteranos de la guerra era mucho mayor que el de aquellos que se quedaron en casa. Pero a este aspecto de valoración relativa se sumaban las probadas dotes intelectuales de Morales y Mendoza; y en el caso de éste último, el hecho de que disfrutara de consensuado predicamento y prestigio entre las masas populares seguidoras del rojo pabellón.

Por todo ello no es para nada casual que a Mendoza se le encomendara la redacción del Acta de Independencia; y a Morales, que escribiera el primer Manifiesto del Gobierno Provisional. Pero además de aquel honor, para el liberalismo esta unión significó también una conquista jamás imaginada: la inmediata posibilidad de compartir el poder con los conservadores. ¡Un verdadero milagro!, si recordamos que una buena parte de la colectividad acudió al violento recurso de las armas como única salida para restablecer sus derechos políticos conculcados y pisoteados en Colombia desde hacía más de 14 años.

Un verdadero milagro, también, si pensamos que el Partido Liberal recién alcanzó en Colombia la Presidencia de la República en 1930 con Enrique Olaya Herrera a la cabeza, a través de elecciones libres. Gracias, eso sí, a que en el conservatismo —aunque veía como proceso natural el perpetuarse en el poder— las ambiciones en sus filas eran tan grandes, que se presentó dividido entre el poeta Guillermo Valencia y el general Alfredo Vázquez Cobo.

Pero además, un grupo conservador dirigido por Carlos E. Restrepo le dio la espalda a ambos y decidió apoyar al liberalismo. Todo esto ¡veintisiete años después de proclamada la independencia de Panamá! Y aunque los liberales istmeños no tenían una bola de cristal para conocer el futuro de su colectividad, lo cierto es que con la coalición independentista que pergeñaron con sus tradicionales perseguidores y enemigos, alcanzaron como por arte de magia uno de sus objetivos revolucionarios, representados en esta memorable ocasión por Morales y Mendoza, respectivamente, en los ministerios de Gobierno y Justicia.

Pero el aporte liberal al movimiento no se limitó a la consagración ministerial de estas figuras. Fueron dirigentes como el general Domingo Díaz, Carlos Clement, Pedro A. Díaz, Guillermo Andreve, Edmundo Botello, y tantos otros, los que en el atardecer del agitadísimo y confuso 3 de noviembre movilizaron al pueblo del arrabal, gracias a su prestigio y a su carisma, en multitudinario apoyo a la proclamación de independencia. Apoyo popular que los conservadores, solos, nunca hubieran conseguido…

 

Sorpresa y reacción de Arosemena. De aquel trío directriz y orientador del liberalismo de que hemos hecho mención, el que por circunstancias de la vida —y de la política— permaneció al margen de tan trascendentales acontecimientos, fue el doctor Pablo Arosemena, quien apenas pocas horas antes se enteró del inminente estallido separatista, y que él mismo relató así:

Yo había recibido en los últimos días del mes de octubre un cablegrama del doctor Diego Mendoza Pérez en el cual se me daba el encargo, asociado a los doctores Carlos A. Mendoza y Eusebio A. Morales, quien de los tres candidatos para la Presidencia, don Miguel Antonio Caro, el doctor Joaquín Fernando Vélez, y el general Reyes, debería en nuestro concepto ser apoyado por el Partido Liberal, y comunicarle inmediatamente nuestra opinión sobre asunto tan importante. Reunidos los doctores Mendoza, Morales y yo, opinamos sin vacilación que el Partido Liberal debería favorecer la elección del general Reyes. Carece ahora de objeto exponer las razones que tuvimos para resolver del modo indicado la cuestión propuesta por el doctor Mendoza Pérez.

Discurría yo sobre las consecuencias, que juzgaba infalibles -—cuanto al interés del Partido Liberal— de la elección del general Reyes, hecha con nuestros votos, sin duda decisivos, y el señor Mendoza me interrumpió, y me dijo: “No hable de elecciones colombianas: la independencia del Istmo será proclamada esta noche, y puede reputarse ya hecho cumplido.

—¿Y el Batallón Colombia? —observé yo.

—El general Huertas ha sido conquistado por un amigo personal íntimo, y apoyará con su fuerza el movimiento. Y supe entonces que estaban comprometidos en la revolución todos los miembros de mi familia y el Partido Liberal panameño. He de confesarlo: desde ese momento acepté la causa en cuya suerte estaban comprometidos mi familia y mi partido. Yo no podía permanecer indiferente, y menos hostil ante la situación que iba a crearse.(1)

1. Arosemena, 1915.

 

Sin embargo, una cosa era “no permanecer indiferente”, y otra muy distinta sentirse desplazado. Y como a mediados de noviembre así realmente se sentía, envió a La Estrella una “Declaración” en la que finalizaba diciendo:

Considerando la nueva situación desde el punto de vista personal, he de elegir entre constituirme adversario irreconciliable de la República de Panamá —obra de una opinión uniforme— y conspirar contra ella; o aceptado el hecho de la independencia, definitivo e irremediable, ponerme a su servicio, sincera y lealmente, opto, sin vacilación, por lo último. “Protesto que mi nombre no será en ningún caso, por ningún motivo, lema de división y discordia; y que no aceptaré de la República sino lo que me sea ofrecido espontánea y unánimemente. Mi única ambición personal es la felicidad del nuevo Estado americano, venido a la vida sin lágrimas y sin sangre.

Forma elegantísima de exclamar: ¡Aquí estoy!

 

UN CONVENIO LEONINO

El Diccionario de la Real Academia Española define la palabra leonino en una de sus cuatro acepciones así: “Dicho especialmente de una condición o de un contrato: ventajoso para una sola de las partes”. Pues bien, el convenio Bunau-Varilla–Hay fue —¡qué duda cabe!— un contrato leonino impuesto por el imperialismo yanqui frente a la impotencia negociadora panameña. Así de simple y de sencillo. Aquí no hubo traición alguna ni ningún “gran traidor”. Y como esta afirmación necesita ser explicada, entro en detalles:

Primero

El presidente que en 1903, como bien sabemos, gobernaba a Estados Unidos era nada más ni nada menos que el dinámico neoyorquino Theodore Roosevelt (nacido en 1858) de quien, a los fines de estas reflexiones, destacaremos sólo cuatro antecedentes:

  • Como comisionado de policía de su ciudad natal (entre 1895 y 1897) y equipado con un revólver al cinto, con frecuencia recorría las calles de la ciudad para asegurarse que los agentes de policía cumplieran con el deber de encarcelar a los delincuentes.(2)
  • Siendo en 1898 secretario de Marina, el 25 de febrero dispuso con lúcida previsión (dos meses antes de la formal declaración de guerra) que el comodoro George Dewey, comandante de la flota del Pacífico, estuviera listo para atacar a la flota española surta en Filipinas, al tiempo que ordenaba y organizaba aceleradamente los suministros bélicos necesarios.(3)
  • Declarada la guerra, Roosevelt renunció a la Secretaría de Marina para incorporarse con el grado de teniente coronel en el regimiento de voluntarios Rough Riders, organizado por el coronel Leonard Wood, en cumplimiento de una disposición del Congreso norteamericano aprobada el 22 de abril. Para justificar su decisión, el impetuoso Roosevelt declaró: “Durante la guerra no quiero permanecer en una oficina. Quiero estar en el frente de batalla”.(4)
  • En uno de sus varios libros escribió: “Hay un adagio familiar que dice: ‘Habla suavemente y carga un gran garrote: así llegarás lejos’. [Por lo tanto] no golpees para nada si puedes evitarlo; pero nunca golpees suavemente”.(5)
2. This Fabulous Century , 1969.
3. The Almanac of American History, 1983.
4. his Fabulous…, op. cit.
5. Ibíd.

 

Los antecedentes imperialistas de la nación negociadora del contrato para la construcción del canal panameño y los del carácter y energía de su primer mandatario, son elementos de juicio más que valederos para entender con qué nación dirigida por qué clase de primer mandatario le tocó en suerte negociar a la empobrecida República de Colombia primero y después a la flamante, ansiosa y signataria Panamá.

Segundo

Alrededor de 1903 —años antes y años después— no había en todo el planeta Tierra una sola nación, y muchísimo menos una sola empresa privada, interesada en enterrar un enorme capital en la construcción de un canal interoceánico o finalizar el de Panamá. La única —y además ansiosa por lograrlo— era, para bien o para mal, el coloso del norte.

Tercero

El tratado Bunau-Varilla–Hay contenía —adaptación mediante a las nuevas circunstancias—, básicamente las mismas condiciones que las establecidas en el discutidísimo Herrán-Hay, excepto en un punto fundamental: en el de Herrán la concesión era por cien años renovables y en el Bunau-Varilla, a perpetuidad. Lo de la zona a ambos lados del canal y lo de su soberanía, era más o menos lo mismo.

Cuarto

Las condiciones establecidas en el tratado no aparecieron de la noche a la mañana en noviembre de 1903. Más de dos años antes, en junio de 1901, el memorándum del almirante John Walker  —presidente de la Comisión del Canal Ístmico— dirigido a Carlos Martínez Silva —jefe de la legación colombiana en Washington— muestra con absoluta claridad qué es lo que los norteamericanos querían y cómo lo querían. Y eso también lo sabía perfectamente Bunau-Varilla, en contacto regular con Martínez Silva. Pero lo que aquí importa destacar es que los más notables conservadores panameños estaban muy bien informados de lo que al respecto acontecía.

En carta fechada el 25 de septiembre de 1901, de Martínez a Tomás Arias —con quien, además de su hermano Ricardo, fluía un regular intercambio epistolar— entre varios otros conceptos y reflexiones, le expresaba: “Lo que sí veo trabajoso es que el Gobierno de Colombia se allane a ensanchar la faja del canal y a otorgar una concesión de carácter permanente, como lo pide la Comisión, por razones que son muy fáciles de comprender. Ahí va a estar el grande escollo, que no sé cómo podrá vencerse…”.(6)

6. Martínez Silva, 1934.

 

Quinto

La reflexión y las fuertes y hasta violentas críticas sobre las condiciones establecidas en el tratado no aparecieron en Panamá sino mucho tiempo después de noviembre de 1903, y entonces toda la carga patriótica-emotiva se disparó hacia un chivo expiatorio, Bunau-Varilla, “el gran traidor”. Uno de sus detractores, Ernesto J. Castillero Reyes, escribió:

“Solo por esta debilidad de carácter de los dirigentes del país en esos primeros días de angustia, zozobras, inexperiencias y desorientaciones, pudieron la astucia y los bastardos intereses personales de un hombre avisado, egoísta, sin responsabilidad ante nuestro país y poco caballeroso como Bunau-Varilla, causar a la nación que tantos honores le dio, los irreparables daños que han emanado de su funesto tratado”.

Vamos por partes:

  1. El violento ataque se basa en que Bunau-Varilla firmó en Washington el tratado sin esperar a la llegada de los dos emisarios del Gobierno Provisional, Amador y Boyd. Dato absolutamente cierto. Pero resulta que el tratado llegó a la ciudad de Panamá a principios de diciembre para ser ratificado por la Junta de Gobierno, y sin pérdida de tiempo el miércoles 2 a las 11:37 de la mañana fue firmado en solemne y concurrido acto en medio de aplausos de numerosos asistentes. ¿Sería que los miembros de la Junta no sabían leer o no sabían lo que firmaban?
  2. Castillero dice que en esos días de “angustia y zozobras” ocurrió el lamentable hecho de la firma del tratado. Pues, bien; los únicos días de “angustia y zozobras” que se vivieron en Panamá fueron los comprendidos entre el martes 3 y, exagerando, el domingo 8. A partir de ahí, el sentimiento colectivo predominante y abrumadoramente mayoritario fue el de una mezcla de descomunal euforia y alegría independentista. Pero además, el mismo miércoles 2 de diciembre, en horas de la tarde, en la ciudad de Panamá se realizó —“entre música, cohetes y exclamaciones de júbilo”— una inusual, alegre y concurrida manifestación de apoyo y celebración por la firma del tratado. ¡Una verdadera fiesta popular! ¿Angustia? ¿Cuál angustia? Pero el unánime y entusiasta aplauso no paró allí. Al día siguiente, el Concejo Municipal de Panamá —el mismo que suscribió el Acta de Independencia el 4 de noviembre— aprobó una resolución que nada tiene que ver con “desorientaciones o angustias” y que, por el contrario, le otorgó un entusiasta y contundente respaldo al tratado Hay–Bunau-Varilla. En sus considerandos se puede leer: Que el día 2 del presente mes fue ratificado en esta ciudad por la Junta de Gobierno Provisional el tratado celebrado en Washington entre el señor Philippe Bunau-Varilla, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de la República de Panamá, y su excelencia el señor John Hay, secretario de Estado de los Estados Unidos de América, el 18 de noviembre último, para la excavación de un canal intermarino a través del territorio de nuestro Istmo; Que en dicho tratado se sostiene y garantiza por el Gobierno de los Estados Unidos la independencia de la República de Panamá; Que el Concejo Municipal de este distrito, comunidad consciente de su alta misión, considerándose a la vez en pleno goce de las simpatías y del apoyo popular —demostrados solemnemente el 4 de noviembre al proclamarse en Cabildo Abierto la Independencia del Istmo— siéntese firme en sus propósitos de significar cuanto le interesa que se vele por la seguridad permanente de la República de Panamá, por sus adelantos prácticos e inmediatos; Que aprecia y aplaude el inestimable beneficio que la República de Panamá recibe al asegurar su protección por la potencialidad del pueblo americano; Que la República de Panamá, bajo el influjo vigoroso de una nación tan prepotente como lo es la de los Estados Unidos, brillará esplendorosa entre todas las demás Repúblicas de América; Que la obra redentora del canal interoceánico significa progreso material y moral, pues con ello se abre ancho campo al comercio, a la agricultura, a los adelantos de la ciencia y de las artes y a la navegación universal. Por todo lo dicho —que no es poca cosa— el Concejo terminaba manifestando “su aprobación completa al tratado Hay–Bunau-Varilla, y dar público testimonio de aplauso a la Junta de Gobierno y a cada uno de los señores ministros del Despacho”.
  3. Las únicas dos modestísimas y muy pacificas notas, que exagerando su valor, podrían considerarse discordantes con el tratado publicadas entre el 6 de noviembre y el 31 de diciembre en La Estrella —vocero a ultranza de los intereses mercantiles de la burguesía conservadora—, fueron una antes y la otra después de su aprobación. a) En la edición del 8 de noviembre puede leerse lo siguiente:

Ya que de este negocio nos ocupamos, conviene tener presente, al negociarse el tratado del canal con los Estados Unidos, la reforma del artículo viii y la supresión del xii que figuran en el tratado HerránHay, a fin de que todo el territorio de la República de Panamá quede libre al comercio del mundo, sin gravámenes de ninguna especie, y esta faja preciosa del territorio de las Américas sea centro en que puedan proveerse las repúblicas hermanas de cuantas mercancías y productos desean. De este modo desaparecería el comisariato estipulado en el artículo xii, evidentemente perjudicial para nuestro comercio. Con estas variantes, todos los comerciantes quedarían en posibilidad de negociar sin trabas, cada cual emplearía su actividad o inteligencia para negociar y los empleados o no empleados del canal podrán llenar sus necesidades bajo las mismas condiciones. Así se le daría muerte al comisariato, que en el fondo no es sino un favoritismo, y en el territorio de la República de Panamá todo el mundo quedaría en igual condición.

¡Lo único que les preocupaba era el porvenir de sus propios negocios!

b) El día 4 de diciembre, 48 horas después de firmado el tratado:

[…] Por esto han hecho muy bien los ciudadanos que forman la Junta; han procedido con recomendable juicio al ponerle su firma al expresado tratado. Cuestiones de detalles son cosas secundarias, son cosas en que no se piensa y que no se discuten, en vista de lo sustancial, si esto equivale a luz, a progreso, a vida. Con el tiempo, la práctica corregirá omisiones o defectos del momento; la equidad que resplandece en los actos, o mejor, en la historia del coloso del norte, y el derecho, que debe ser el impulsor de la nueva república, y la circunspección, que debe ser en todas su relaciones su línea de conducta, se encargarán de demostrar que fueron excesos de la experiencia adquirida la solicitud de concesiones que en algo afecten el patriotismo y que fue fe en el porvenir acceder a que esas concesiones se otorgaran. Así ha traducido el tratado el pueblo entero, y por esta razón, no ha habido, en el concierto de voces que aplauden, una sola nota discordante.

Y luego de repetir esta frase para enmarcar, “Cuestiones de detalles son cosas secundarias…”, podemos preguntar: ¿Desorientados? ¿Quiénes eran los desorientados?

 

Sexto

El ingeniero Bunau-Varilla lo único que hizo durante más de diez años fue dedicarse con entusiasmo a defender y promover en Estados Unidos las bondades de la vía acuática panameña, versus el por mucho tiempo preferido proyecto nicaragüense. Pero se ha dicho que “no tuvo en mientes otra cosa que poner a salvo los intereses de la compañía francesa con la cual estaba íntimamente vinculado”.(7)

7. Castillero, 1998.

Esa es una verdad a medias, porque si eso fuera totalmente cierto, en últimas, defender los intereses de la compañía francesa significaba —al mismo tiempo— defender la vía panameña. Si lograban vender a los Estados Unidos todos los derechos y propiedades de la compañía francesa, eso significaba el triunfo de la vía panameña, y no el de la nicaragüense. Tan elemental como eso. Es posible que Bunau-Varilla haya servido con largueza al imperialismo norteamericano. Pero con Bunau-Varilla o sin él, todo hubiera sido igual o muy parecido.

Cuando el doctor Amador viajó a Estados Unidos buscando apoyo, Bunau-Varilla se le apareció como un milagro y le sirvió con admirable diligencia y efectividad al obtener lo que Amador fue ansiosamente a buscar en representación de los conservadores istmeños: el apoyo del Gobierno de los Estados Unidos para proclamar la independencia de Panamá. ¿O es que el doctor Amador viajó a Estados Unidos en viaje de turismo? Eso —nada más ni nada menos— es lo que fue a buscar, y eso es lo que Bunau-Varilla le consiguió.

Cuando en mayo de 1909 el doctor Amador falleció, BunauVarilla le envió una carta al presidente José Domingo de Obaldía en la que, luego de lamentar el deceso de su amigo, le decía: “No puedo pensar sin emoción en esas horas trágicas de septiembre de 1903, cuando Amador solo y abandonado ha venido a confiarme su desesperación y cuando hemos tomado de nuevo en nuestras manos la obra de la liberación del Istmo…”.

En su pronta respuesta mediante cable, el conservador primer mandatario le manifestó: “Agradezco participación suya en muerte del presidente Amador. Sentida generalmente su recordación. Es página de nuestra historia y sus fecundos servicios perdurarán en la memoria de nuestro pueblo.

En la portentosa canalización, los nombres de Amador y de usted ocuparán puesto preeminente y la gratitud nacional les titula: Benefactores de Panamá. Obaldía”.(8) ¡Benefactores de Panamá! Si así pensaba el mismísimo presidente de la república sobre el ingeniero galo casi seis años después de la firma del tratado Bunau-Varilla–Hay y de la proclamación de la independencia, uno no puede dejar de preguntarse: ¿Traidor? ¿Cuál traidor?

8. Castillero, 1998.

Séptimo

La inevitable consecuencia del complot panameño-norteamericano es muy fácil de entender: el apoyo del Tío Sam no era gratuito…  ¡y así está escrito en el propio convenio! Tal como aparece en La Estrella del 3 de diciembre, “con la ratificación del tratado por parte de esta república queda asegurada, por la fe y los cañones de los Estados Unidos, la Independencia del Istmo”. En otros términos, y parafraseando a Ricaurte Soler, se puede afirmar que en ese trance las clases dominantes panameñas ya “nada pudieron oponer a la absorción imperial”.

Mucho antes, en junio de 1901, el sagaz Martínez Silva lo había visto con asombrosa claridad el día que escribió esta frase: “Tengo muy pocas esperanzas de que en el asunto del canal pueda llegarse a una solución satisfactoria, porque en Colombia no ven —y no les hago cargo por ello— lo que viene por una necesidad fatal, por el curso de acontecimientos que no está en nuestro poder modificar”.(9) Esto —recordemos— fue escrito desde el propio corazón del imperialismo, donde Martínez Silva ya había auscultado sus inquietantes y acelerados latidos.

9. Martínez Silva, 1934

Octavo

Para la inmensa mayoría de panameños el solo texto del tratado  Hay–Bunau-Varilla no podía darles una idea clara de lo que iba a significar e implicar en la vida política y cotidiana de la nación a partir de un futuro más o menos cercano. Pero además, la probada euforia independentista que se apoderó de la inmensa mayoría de los panameños distorsionaba el posible análisis futurista.

Basta releer varios discursos posindependencia para confirmar esta aseveración: la vinculación con Estados Unidos era sinónimo de redención, progreso y orden. De otra parte, tenían ante sí la inconclusa obra del canal que representaba un modestísimo y recatado modelo de presencia extranjera, sin ninguna muestra o señal de poderío o de intromisión francesa en los asuntos locales y que consecuentemente inducía a pensar en algo similar.

Con todos estos elementos por delante, ¡cómo exigirles que imaginaran lo que luego sería la Zona del Canal! Era necesario verla organizada y funcionando para recién entonces poder sentir y evaluar toda su imponencia y sus características racistas e imperialistas. ¿Quién, en ese momento de felicidad colectiva, podía ser capaz de anticipar las groseras, aberrantes y sucesivas intromisiones del Departamento de Estado en la política interna de la nación, o los enfrentamientos entre la despreciativa soldadesca yanqui y los modestos vecinos de las fronteras canaleras, o la aparición de los detestables zoneítas, o tantas otras muestras de fricción y humillación?

A los padres de la patria y al pueblo que por entonces recibieron como héroes a varios altos funcionarios estadounidenses  —Hezekiah Alexander Gudger, cónsul general; contralmirante Henry Glass, jefe de la escuadra del Pacífico; William Insco Buchanan, primer enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Estados Unidos a Panamá—, semejantes visiones no pasaban por sus cabezas, y tampoco tenían razones para imaginarlas. Había que vivirlas para sentirlas… y sufrirlas.

 

Noveno

En los cuarenta y tantos días de algarabía independentista, la única voz que se escuchó invitando a poner los pies sobre la tierra con respecto a uno de los componentes de la euforia —las fabulosas expectativas metálico-mercantilistas— fue la del ministro de Justicia, Carlos A. Mendoza en vísperas de Nochebuena: (La Estrella, 1903)

  • “Créese por muchos que el cambio político efectuado es suficiente para que de una vez y como por arte mágica cesen las trabas que a la riqueza pública y privada le ponía la mancomunidad que tuvimos con Colombia y su desorganizada administración. Los que así piensan no paran mientes en que no desaparecerán los efectos de tal mancomunidad sino cuando nueva legislación —especialmente en lo relativo a la Hacienda— y nuevos hábitos —en lo tocante a la gestión de los asuntos propios, de que por tanto tiempo se nos privó— produzcan el efecto natural de un sensato manejo de los intereses que constituyen la prosperidad y el engrandecimiento del Estado, ya sea en lo individual, ya sea colectivamente”.
  • “Se adelantan no pocos a suponer que por los diez millones de dólares que la república derivará del contrato para la excavación del canal y de las obras que se emprenderán, se hará tangible el Pactolus, arroyuelo al que la imaginación de los antiguos atribuyó arrastrar en el curso de sus aguas arenas de oro, por haberse bañado en él el rey Midas, quien tenía el poder de convertir en oro todo lo que tocaba. Los que de un modo u otro discurren, yerran lastimosamente”. Ni circularán aquí los diez millones de dólares de la compensación de los derechos cedidos a los Estados Unidos en el contrato sobre canal, porque la Junta de Gobierno está resuelta —salvo el mejor parecer de la Convención— a no disponer para subvenir a las necesidades del establecimiento decoroso de la república, más que de una pequeña porción de esos millones que en todo caso no se invertirá de golpe y porrazo, sino lentamente, poco a poco, a medida que vayan tomando cuerpo las mejoras materiales reproductivas que se proyectan —puentes, caminos, edificios públicos, etc.— que estamos en la necesidad de emprender, ya que carecemos de ellas por la incuria con que nos gobernara Colombia. Esto, por consiguiente, no influirá por ahora y hasta quién sabe cuándo en la estabilidad del cambio, ni por el momento debe alucinar a nadie al punto de que se considere que ya estamos viviendo en el mejor de los mundos posibles y disfrutando de holguras y comodidades que jamás habrán de acabarse.
  • “Los trabajos del canal no se emprenderán en fecha inmediata, de un modo vigoroso, que traiga facilidades para que todo el mundo trabaje y haya abundancia de dinero y de provechos…”.
  • “Hemos trazado las precedentes reflexiones con el propósito de que ellas, si desprovistas de valor intrínseco, sirvan siquiera para llamar la atención hacia el peligro de forjar para lo futuro planes que no se basan en la solidez de cálculos exactos, sino que, por el contrario, pecan por el desconocimiento de la realidad y se levantan sobre los falsos supuestos de que tendremos ya, dentro de pocos días, oro a porrillo, ocupación para las inteligencias y brazos en las excavaciones del canal y comercio libre de derechos fiscales”.

 

Epílogo

Al amanecer del año 1904 los panameños comenzaron, con más calma, a enfrentar el ingente y acucioso reto de construir un país, de convertir un maltratado departamento colombiano en una nación organizada y justa en medio de condiciones únicas y en extremo particulares. Algo así como la concreción del sueño de don Justo Arosemena, mediatizado por el imperialismo yanqui. Una compli

panama tomo 7.indd   56 14/09/15   15:41

57

cada combinación que con el correr de los años produciría innúmeros episodios gratos e ingratos que poco a poco fueron templando y robusteciendo el alma nacional. Alma de un pueblo mestizo, raza cósmica refinada en los avatares de la lucha por la vida.

Referencias bibliográficas

Arosemena, Pablo (1915). “La secesión de Panamá y sus causas”, en Obra editada, Diario de Panamá, p. 51. Castillero Reyes, Ernesto J. (1998). El profeta de Panamá y su gran traición, Panamá: Producciones Erlizca, pp. 80 y 81. La Estrella (1914, 19 de marzo). “Para la historia de Panamá”, no. 16 758. (1903, 23 de diciembre). Martínez Silva, Carlos (1934). Por qué caen los partidos políticos, Bogotá: Camacho Roldán & Cia., S.A., pp. 286, 399. Time- Life Books (1969). This Fabulous Century (vol. I: 19001910), Nueva York, p. 61. The Almanac of American History (1983). Nueva York: G.P. Putnam‘s Sons, p. 389.

 

Leave a reply

  • More news