• img-book

    Moisés Véliz Arosemena

SKU: a52cc774e5de Categoría: Etiquetas: , ,

Alberto Motta

by: Moisés Véliz Arosemena

Su maravilloso desempeño en el mundo de los negocios se tradujo en cientos de miles de personas que mejoraron su calidad de vida, porque si había algo que le gustaba era ver a la gente prosperar a través del trabajo: “El trabajo dignifica al hombre”, repetía

Meet the Author
avatar-author
Nació en Panamá, es economista, egresado de la Universidad de Panamá y de la Universidad Latinoamericana de Comercio Exterior de Panamá con grado de maestría e hizo un diplomado en Periodismo Económico. Desempeñó varios cargos públicos, entre ellos profesor de Economía de la Universidad de Panamá. También ocupó diferentes cargos ejecutivos en Copa Airlines donde desarrolló una larga carrera haciendo grandes aportes al desarrollo y expansión de esta gran aerolínea latinoamericana. Publicó su primer libro titulado Alas cordiales en 2001 y su segundo libro en el 2012 titulado Copa Airlines y el siglo 21 ambos sobre la historia y el desarrollo de Copa Airlines. Actualmente es presidente de MVA Consultores, S. A. donde brinda asesoría en aviación y turismo; también asesora a la Cámara de Comercio, a la APEDE y es colaborador de la revista Legislación y Economía, publicación mensual de la firma de abogados Rivera, Bolívar y Castañeda.
Books of Moisés Véliz Arosemena
About This Book
Overview

Él pudo apreciar la actual ciudad de Panamá desde las alturas del nivel veinticuatro de la torre del Banco Continental —uno de los primeros rascacielos de oficinas más destacados del área bancaria por su diseño y fachada de cristales celestes—, ubicada en la calle 50, donde atendió a sus clientes y visitas durante algún tiempo. Contempló el paisaje de la avenida Balboa frente al mar, desde lo más alto de la torre Miramar, donde vivió; ambas son estructuras modernas construidas en el barrio de Bella Vista, que lo vio nacer y crecer. Y Dios le dio vida y fuerza para disfrutar, aunque por corto tiempo, del paisaje de la urbanización de Costa del Este, desde el sexto piso de la torre Este del complejo Business Park, fruto de sus esfuerzos, convertidos en progreso y bienestar para su comunidad. Alberto Cecil Motta Cardoze, el menor de los cinco hermanos Motta, nació en la ciudad de Panamá, el 15 de septiembre de 1916, y tenía tan solo año y medio cuando falleció su padre, Ernest Ferdinand Motta Brandon. Dicen que cuando son varios en una familia, los más pequeños toman el ejemplo de los demás, se inspiran en ellos, y si a ello le añadimos la buena orientación de los adultos en el hogar, aprenden a quererse y a respetarse por toda una vida. Así transcurrió la juventud de Alberto, orientado durante su niñez por su madre, Emily, su abuela Julita y sus familiares; asimiló y practicó lo mejor de cada uno de ellos.

¿Se imaginan a un niño de siete u ocho años, en pantalones cortos y canillas largas, solicitando una entrevista con el encargado de las suscripciones del periódico más importante y prestigioso del país, La Estrella de Panamá? Pues sí, consiguió la entrevista y le propuso al encargado que cobraría un porcentaje mayor por repartir los diarios; por supuesto, la respuesta fue negativa. Era tal el aplomo del niño, que insistió diciéndole al entrevistador: “Págueme lo que le pido y puede estar seguro de que no quedará un solo periódico por entregar. Le propongo que por cada suscripción que falte, yo le devuelvo todo lo que gane ese día”. No solamente lo convenció y consiguió el negocio; sino que Alberto se ganó el cariño y el respeto de todo el personal del periódico. Este fue el inicio de su carrera como empresario. Dedicó cinco años de su niñez a la venta de periódicos y pasó de vender treinta y dos ejemplares a doscientos cada día. Se levantaba muy temprano a repartir sus diarios, y después se iba para la escuela. Con el dólar diario que recibía por sus esfuerzos, le parecía que la fortuna había tocado a sus puertas. A partir de esta experiencia, moldeó su personalidad y adquirió tal grado de madurez que siempre vivía imaginando otras actividades que pudieran aumentar su contribución al hogar devastado por una pronta viudez de su madre, Emily, con cinco hijos pequeños. En la urbanización de Bella Vista, de la década de 1920, no faltaban formas de entretenimiento y diversión; quienes allí vivían gozaban de unas hermosas playas, un buen parque para practicar deportes y canchas privadas de tenis, las cuales fueron bien aprovechadas por sus hermanos Felipe y George. Pero para Alberto ese tiempo libre prefería dedicarlo a otras empresas tan lucrativas como la venta de periódicos.

Su primo Ralph Lindo, de la misma manera como Alberto se había presentado a La Estrella de Panamá, se presentó a la Compañía Nestlé para proponerle la distribución de sus productos: barras de chocolates hechas a base de leche y nueces. La gerencia de la compañía aceptó la proposición y, en compañía de Alberto, expandieron su territorio de negocios al punto que, en el término de un año, llegaron a ganar la suma de cincuenta dólares. El método era sencillo e infalible: compraban una caja de veinticuatro barras de chocolate a un dólar, vendían cada barra a cinco centavos, resultando una ganancia de veinte centavos, diez para Ralph y diez para Alberto. Con la partida de Ralph hacia Estados Unidos para continuar sus estudios, la sociedad terminó, pero al pequeño empresario se le ocurrió instalar un quiosco para la venta de pastillas a los deportistas que utilizaban el parque Urraca. Allí colocó un letrero a grandes letras que leía “A. Motta, Pastillas”, que demostraba su audacia y espíritu corporativo de un nombre que nacía para quedarse en la ciudad de Panamá y en el mundo. Comenzaba la década de 1920 cuando el país hervía de nacionalismo por la guerra tico-panameña motivada por la invasión de Costa Rica a la región de Coto en la zona suroccidental del Istmo, a consecuencia de una vieja controversia sobre la fijación de los límites definitivos entre los dos países. Cinco años más tarde, en 1925, ocurrió el levantamiento de treinta mil indígenas gunas que habitaban las costas de San Blas (Gunayala), y la proclamación de la República de Tule, que tenía por finalidad proteger los bienes económicos del grupo, así como su patrimonio cultural. El incidente no llegó a mayores consecuencias gracias a la firma de un tratado de paz. Ese mismo año, ocurrió la huelga del inquilinato, que sirvió para justificar una nueva intervención de las tropas de Estados Unidos en las ciudades de Panamá y Colón, tal cual lo habían hecho en 1915 y 1918, cuando hubo enfrentamientos entre estadounidenses y panameños, y en 1920, debido a la ocupación de la provincia de Chiriquí.

Cuando se suponía que los trágicos acontecimientos de la década de 1920 darían paso a una nueva era pacífica y de prosperidad, sucedió el desplome de la bolsa de Nueva York en 1929, y la histórica Gran Depresión que sufrió la economía de Estados Unidos. Este acontecimiento significó para la familia Motta otro golpe, puesto que el capital que les había dejado el abuelo paterno a sus tíos, que vivían en Jamaica y que servía para financiarles los estudios de Arturo y de Felipe en Inglaterra y de Roberto en Virginia, se esfumó. En 1928, el joven empresario, entonces estudiante de Balboa High School, había iniciado el negocio de venta de mantequilla, junto a su hermano Roberto. La empresa Armour & Co., cuya planta refrigerada quedaba en el barrio de San Felipe, les entregaba cien libras de mantequilla y ellos las vendían al detalle a algunos particulares y a las pequeñas tiendas. Pero, al partir Roberto hacia Estados Unidos a continuar sus estudios, tal como ocurrió con su primo Ralph, le encomendó a Alberto el negocio de la venta de mantequilla. Arturo, el hermano mayor y figura paternal, lo requería por las tardes en la venta de los famosos sombreros Panamá, fabricados y traídos de Ecuador. Al concluir sus estudios secundarios, hizo su primera inversión grande en un auto que le sirvió para mejorar la distribución de mantequilla, chocolates y pastillas, y poder así trabajar a tiempo completo en la Casa Motta con su hermano Arturo, hasta convertirse en su socio. La Casa Motta, creación y obra de Arturo, que funcionaba de maravillas en la avenida Central, tuvo que cambiarse de local, debido a que el gobierno nacional decidió expropiar el edificio para construir allí una sucursal del Banco Nacional de Panamá. Sin desmayar, Arturo y Alberto construyeron un nuevo almacén a pocos metros del que tenían, y reabrieron el negocio; esta vez, el primer almacén en Panamá con aire acondicionado. Siendo muy joven, Alberto se había ganado un premio otorgado por La Estrella de Panamá en asocio con la Grace Line, que consistió en un viaje a la ciudad de Colón con fines turísticos.

La impresión que se llevó al visitar esta pintoresca y exótica ciudad con gente procedente de todas partes del mundo para participar primero en la construcción del ferrocarril transístimico, y luego en las obras del canal de Panamá, no fue la mejor. Se encontraba en Nueva York durante su primer viaje a Estados Unidos, en septiembre de 1936, cuando su hermano Arturo le envió un cable solicitándole que regresara al país para encargarse del Almacén Motta que abriría próximamente en Colón. Alberto le contestó que “ni loco viviría en Colón”, debido a la mala impresión que se había llevado años atrás. Los hermanos Motta se criaron en un hogar en el que aprendieron a estar siempre atentos a las necesidades de los demás; tenían una gran disposición al trabajo, un amplio sentido de responsabilidad y de cumplimiento, aunque cada uno tuviera su propia individualidad. Por esta razón, aunque bajo protesta, Alberto aceptó el trabajo encomendado por Arturo, suponiendo que sería por poco tiempo. Al llegar a la ciudad atlántica se encontró en una metrópoli con un gran movimiento de personas especialmente de marinos estadou- nidenses, mercancías que llegaban en barcos al puerto de Cristóbal. Era el año 1936, con España en plena guerra civil, y en Alemania se imponía el partido nazi, que prohibía a los judíos alemanes ejercer sus derechos, obligando a miles de europeos a emigrar. El Almacén Motta estaba situado en la avenida del Frente, cuyo nombre se debe a su ubicación frente al mar con vista al puerto de Cristóbal y al ferrocarril transístimico, particularidad que convertía a esta avenida en centro de la actividad comercial de la ciudad de Colón. Esta avenida lucía como una Quinta Avenida en miniatura, con tiendas de lujo donde exhibían mercancía de todas partes del mundo, circunstancia que significó para Panamá el inicio de uno de los períodos de mayor auge económico, en contraste con lo que estaba ocurriendo en Europa, que se preparaba para lo peor, con las flotas de barcos mercantiles, así como con el aumento de movimiento de personas y de capitales.

Los puertos de Cristóbal, en Colón y Balboa, en Panamá no daban abasto con el manejo de buques que llegaban de todas partes, aprovechando la conveniencia y el ahorro de tiempos y distancias a través del canal de Panamá. Tanto así, que la ciudad de Colón llegó a ser calificada como la tacita de oro de Panamá, por su limpieza, apertura de cines, hoteles, restaurantes, casino y centros nocturnos, lo que resultaba sumamente atractivo para los turistas y emigrantes que buscaban trabajo en la Zona del Canal. En este escenario, Alberto pudo integrarse a este nuevo ritmo de vida y negocios, dejando atrás sus aprensiones por la experiencia vivida años atrás. Y, por fortuna, en Colón siempre estuvo acompañado del amor de su vida, Pauline Cunningham, una atractiva estadounidense nacida en Maryland e hija del coronel Wilbert Cunningham del Ejército de los Estados Unidos. Pauline trabajaba temporalmente en la Tropical Radio Telegraph Company cuando Alberto empezó a salir con ella. Dos años después de conocerla, en 1938, se casaron. La luna de miel tuvo lugar en el hotel Washington, uno de los más hermosos de la época en Panamá. De este matrimonio nacieron sus tres hijos: Sandra Elizabeth, Stanley y Alberto Cecil, apodado Pancho. A los esposos Pauline y Alberto, en 1940, les tocó vivir uno de los incendios más recordados en Colón, por sus dimensiones. Ellos aportaron alimento, colchones y frazadas para la población damnificada que le tocó dormir en los parques de la ciudad. Por fortuna, el Almacén Motta, que era de mampostería, estaba situado donde el siniestro no pudo alcanzarlos. La residencia de los esposos Motta, ubicada en la calle 10 del barrio de Nuevo Cristóbal, también estuvo lejos del incendio. Los hermanos Arturo y Alberto llegaron a tener dos locales comerciales en Colón, durante la Segunda Guerra Mundial; uno pequeño que después se amplió con un depósito, donde se vendía mercancía de lujo para turistas, y el segundo, que se dedicó al abastecimiento de licores libres de impuestos a los barcos que llegaban al puerto de Cristóbal.

Más tarde, construyeron la primera galera en la Zona Libre de Colón, bajo el nombre de Motta y Motta, S.A., donde consolidaron toda su actividad sirviendo de modelo a los demás empresarios que se establecieron después. Al concluir la Segunda Guerra Mundial, la ciudad de Colón quedó desolada, debido a la drástica disminución del movimiento de barcos en el puerto de Cristóbal, así como de personas y de mercancías. Esto redundó en pérdidas en el comercio y produjo mucho desempleo. En consecuencia, algunas familias, y con ellas empresas enteras, emigraron hacia la capital. La caída del régimen nazi, que había reducido a Colón a un estado de decadencia, se agravó con la situación política interna en Panamá, con un intento de golpe de Estado en 1945 que tuvo su génesis precisamente en la ciudad de Colón. Estos acontecimientos sirvieron de caldo de cultivo para que un grupo de prominentes hombres de negocios de Colón, agrupados bajo la Cámara de Comercio, impulsara la creación de la Zona Libre. El 17 de junio de 1948, se expidió el Decreto-ley 18, rubricado por el presidente Enrique A. Jiménez, mediante el cual se creaba la Zona Libre de Colón como entidad autónoma del Estado.

El empresario colonense Silvio Salazar fue designado como primer gerente general de la institución, y en 1951 renunció para ser reemplazado por Mario de Diego. Al principio, surgieron dificultades; el proyecto era grande y ambicioso, pero era la verdadera solución para evitar que los hijos de Colón se fueran para la capital. Hubo que convencer a mucha gente, especialmente al Gobierno nacional, para que consiguiera las tierras, lograra la creación legal de la institución, obtuviera un presupuesto y convenciera al mundo de sus bondades. Siendo Alberto Motta Cardoze el décimo tercer presidente de la Cámara de Comercio de Colón, entre los años 1952-1955, le correspondió avanzar en la construcción y funcionamiento de esta magna obra, que se había convertido en el proyecto insignia de esta agrupación empresarial.

Fue durante esos años cuando el coronel José Antonio Remón Cantera, presidente de la república, aprobó el presupuesto de medio millón de dólares para activar la nueva institución, suma que aportaría el Gobierno nacional a base de cien mil dólares anuales durante cinco años. Alberto Motta Cardoze, que contribuyó de manera notoria a hacer realidad el sueño de la Zona Libre de Colón al lado de muchísimos otros panameños, dijo en una conferencia sobre zonas francas que tenía el “honor de haber firmado el primer contrato de arrendamiento de la Zona Libre de Colón”. Esta área segregada de la ciudad de Colón, convertida en un verdadero centro logístico multimodal, es la primera del hemisferio occidental, la segunda más grande del mundo después de Hong Kong. Empezó ocupando treinta y cinco hectáreas que con el tiempo se convirtieron en más de mil; tiene acceso a tres puertos marítimos en el Atlántico y uno en el Pacífico, genera muchísimos puestos de trabajo permanentes, realiza transacciones multimillonarias en importaciones y reexportaciones, y aporta aproximadamente el 8% al PIB (producto interno bruto) de Panamá. Stanley Motta, quien acompañó a su padre desde muy joven en diversos e importantes proyectos empresariales, confiesa que para él la obra cumbre de Alberto fue la creación de la Zona Libre de Colón, porque puso a prueba su capacidad de sacrificio, su persistencia, su buena fe, su dinamismo, su capacidad administrativa, su filosofía de servicio al cliente y la verdadera vocación de servirle a la comunidad donde trabajaba. Allí se dio cuenta de que Panamá podía hacer negocios fuera de sus fronteras.

El hotel Washington de Colón, el mismo en donde Alberto y Pauline pasaron su luna de miel, fue construido en 1870 por la Panama Railroad Company con autorización del presidente de Estados Unidos, William Taft. Remodelado en 1911, con una arquitectura colonial española que tuvo en cuenta las condiciones climáticas locales y resistente a posibles incendios, esta edificación estaba en manos de la Panama Canal Company, y los hermanos Motta lo tomaron en arriendo para su administración el 22 de diciembre de 1953, a través de un contrato firmado por Arturo, en representación de la empresa creada por ellos: Inversiones Motta, S. A. Además de su hermosa arquitectura y de su ubicación frente a la Bahía de Limón en la isla de Manzanillo, que le ofrecía a sus huéspedes un paisaje de mar y barcos alineados para cruzar el Canal, el hotel había sido visitado por personalidades como Vincent Astor, su primer huésped, Warren G. Harding, expresidente de Estados Unidos; David Lloyd George, primer ministro británico; Juan Domingo Perón, expresidente de Argentina, que estuvo exiliado en Panamá y residió en él; y también alojó artistas como Edward Arnold, Bob Hope y Al Jolson, entre otros. Sin embargo, el ambiente de la época no era el mejor para este tipo de negocios: crecía el nacionalismo en el ánimo de los panameños que reclamaban una revisión de los tratados del Canal firmados en 1903; era evidente el interés del presidente de la república, coronel José Antonio Remón Cantera, para lograr un incremento en la anualidad que Estados Unidos pagaba a Panamá por el uso de la vía interoceánica, y el turismo inexistente llevó a los hermanos Motta a devolver la administración del hotel, hecho que les acarreó una cuantiosa pérdida en la inversión realizada. Después de muchos años de esta mala experiencia, considerada como una excepción en la historia de éxito de los hermanos Motta, Alberto recordaba que “a pesar de la pérdida de la inversión, rompimos el hielo y el tabú de que las firmas panameñas no podían competir en eficiencia con la entidad zoneíta. Nosotros lo hicimos y otros hacen hoy las cosas mejor de lo que se hacían antes… en el canal de Panamá manejado por los panameños”. Esta concesión fue el primer contrato firmado entre el gobierno de la Zona del Canal y una empresa privada panameña. Durante aquella segunda mitad de la década de 1940, de posguerra, en que Alberto luchaba por sacar adelante a la ciudad de Colón de la recesión económica que padecía, su actividad empresarial dio un giro. Cansado por la edad —cumplía 82 años—, y el arduo trabajo que significaba el manejo la hacienda de Remedios en la provincia de Chiriquí, donde criaba ganado, Joshua Jossy Piza decidió aceptar, entre numerosas propuestas de compra, la de los hermanos Motta, esencialmente porque los conocía desde niños, así como el desenvolvimiento que habían tenido en otros proyectos de inversión, y confiaba en ellos para ver prosperar la hacienda a la que le había dedicado más de cuarenta años.

De hecho, significó muchísimo en la historia de los cinco hermanos Motta, empezando con el hecho de que fue quien trajo a su padre Ernest Ferdinand Motta a Panamá, por intermedio de su tío Isaac Brandon, para que trabajara como electricista. Era descendiente del rabino y cantor de la Sinagoga de Curazao, Joshua Piza y de la señora Hanna Sasso, ancestros de numerosas familias panameñas, entre estas, los Brandon, Maduro, Lindo y Cardoze. Nació en St. Thomas, tuvo trece hermanos y su padre, Jacob Coco Piza que se había establecido en Panamá junto con su hermano Samuel Sampi Piza desde la época de la fiebre del oro en California, lo trajo cuando tenía diecisiete años, a fines de 1871 o principios de 1872, con el fin de que aprendiera a manejar los exitosos negocios que tenía. Los dos hermanos —Samuel y Walter— y el padre de Jossy —Jacob— murieron, luego de lo cual éste invirtió en varios negocios. Los principales, fueron The Panama Banking Corporation, donde llegó a ser su presidente; The Panama Light American Company, y la finca de 7500 hectáreas en el distrito de Remedios en la provincia de Chiriquí. De hecho, su nombre también figura en la placa conmemorativa del grupo de “Codeudores solidarios para la construcción del primer edificio del Club Unión” en 1917. Con gran dedicación y esmero, en Remedios introdujo hatos de ganado cebú o Brahman, resistentes al clima y a las enfermedades tropicales, cuya carne y leche llegaron a ser de las más productivas y ricas del país. También cultivó allí hierbas para forraje, entre las que figuran las especies faragua y pangola. En el poblado de Remedios todavía quedan restos del embarcadero que construyó Jossy, en la entrada de lo que antes era un estero, para embarcar el ganado en los lanchones cuando subía la marea y transportarlo a la capital. En Panamá, algunos adultos mayores recuerdan la llegada del ganado a las playas de Bella Vista, hoy avenida Balboa, lo que se convertía en un espectáculo porque eran liberados en la bahía para que nadaran hasta la orilla y luego los recogían. Era divertido para muchas personas ver los toros y las vacas de Jossy sueltos por las calles de la época. En 1911, siendo presidente de The Panama Banking Corporation, cuya inversión compartía con los hermanos Brandon, recibieron la visita de un joven que se identificó como Harmodio Arias Madrid, quien acababa de graduarse como abogado en la Universidad de Cambridge. çEl joven Harmodio necesitaba dos mil pesos (era una forma de referirse al dólar de Estados Unidos) en préstamo para abrir su propio bufete, y debió, el propio gerente del banco, Abraham D. Melhado, atenderlo. Como era normal, le preguntaron si tenía algún bien o prenda que pudiera aportar como garantía del préstamo, el joven contestó que lo único que tenía eran sus libros que había traído de la universidad. Justo en medio de esa conversación se acercó Jossy, quien quiso enterarse de lo que solicitaba el joven. Al ser informado por Melhado, preguntó: “¿Solo dos mil pesos? Con eso no le alcanza para abrir su oficina, jovencito. Venga, venga, usted tiene que abrir su bufete cuanto antes. Le prestaremos cinco mil pesos y de ahora en adelante, usted será el abogado del banco”. El joven abogado se encargó de los asuntos del banco y de todos los trámites legales de la finca de Jossy Piza en Remedios, y poco después fue invitado a formar la firma de abogados Arias, Fábrega y Fábrega, una de las más prestigiosas y antiguas de Panamá. Harmodio Arias Madrid, que en 1931 se convirtió en presidente de la república, jamás olvidó ese gesto de su benefactor.

El espíritu emprendedor de tío Jossy, como le llamaban los hermanos Motta, su apego al trabajo, su humildad y sencillez, la sagacidad y la persistencia por alcanzar las metas que se trazaba, fueron algunos de los valores que con ejemplos palpables aprendieron. El suscrito autor de esta biografía le preguntó a don Alberto, de cerca de ochenta y siete años de edad, la razón por la cual se había metido, a su edad, en una inversión tan grande y complicada como había sido el desarrollo de la urbanización Costa del Este. Me contestó que eso era para sus nietos; sin embargo, Dios quiso que él mismo viera la urbanización poblada de edificios de oficinas, de apartamentos, comercios y bancos, escuelas, restaurantes y de todo tipo de locales inmobiliarios, además de ver terminada la Sinagoga Kol Shearith. Una charla similar había tenido él con el tío Jossy, cuando en una ocasión ambos conversaban sobre unos cafetales sembrados en Costa Rica. En un momento en que hicieron silencio, se miraron a los ojos, y con la sabiduría del experimentado anciano, le dijo: “Yo sé lo que estás pensando, Alberto; te estás preguntando ‘¿para qué hablo de cafetales recién plantados si no los voy a ver florecer, no es así?’”. Pero Jossy Piza no solo vio florecer esos cafetales sino muchos otros más, ya que vivió hasta los noventa años, tal como ocurriera con don Alberto, muchísimos años después. A pesar del desconocimiento en la ganadería y en la agricultura que tenía el tío Jossy y luego los hermanos Motta, estuvieron dispuestos a aprender sobre la marcha y a sacar adelante sus proyectos. En el caso de la ganadería, Alberto refirió en una ocasión cuál había sido la regla de oro: “tratar a los animales como nos gustaría que nos trataran a nosotros mismos. Todo lo que a uno le gusta, le gusta al ganado. Si hay mucho sol, quiere sombra. Si quiere acostarse, quiere un lugar seco. Así como no nos gusta que nos griten, no le griten. Y así como no nos gusta que nos cuereen, no lo cuereen”.

El señor Jossy Piza se mudó a Costa Rica, después de cuarenta y cuatro años de tener su hacienda en Remedios, al cerrar la transacción con los hermanos Motta, y desde allá continuó brindándoles asesoría. Roberto Bobby Motta, convencido de las grandes oportunidades que tendrían él y sus hermanos, impulsó y promovió la idea de comprarle la finca al tío Jossy, no sin antes poner a pensar a sus hermanos sobre el tema, por el total desconocimiento que tenían sobre el ordeño de las vacas y la explotación de la agricultura. Sin embargo, la idea de tener una empresa que los mantuviera unidos en el campo, donde pudieran llevar a sus esposas y descendientes, que les permitiera conocerse mejor entre ellos, cobró una gran importancia. Entre los hermanos Motta se tenían gran respeto. Cuando alguno daba una opinión sobre algún negocio, todos la respetaban aunque no siempre la compartieran. No había secreto entre ellos; se hacían recomendaciones entre sí y todas sus generaciones los consideraron como líderes. Arturo, Felipe, Roberto, George y Alberto no tenían la menor idea sobre la cría de ganado ni sobre agricultura. Por otra parte, el viaje a Remedios tomaba catorce horas por vía terrestre desde la capital de Panamá, pues la carretera interamericana que atraviesa el Istmo de este a oeste eran solo caminos de tierra y piedra. El ganado era transportado a la capital por mar, lo que representaba una travesía cargada de peligro y de dificultades. Sin embargo, con entusiasmo y mucha dedicación, los hermanos Motta aceptaron el reto y superaron los obstáculos. Otro factor que favoreció la compra de la hacienda fue la gran admiración, el respeto y el cariño que le tenían al tío Jossy, lo cual era recíproco y quedó demostrado cuando Jossy, habiendo recibido solamente la mitad del pago convenido, dio por cerrado en su totalidad el negocio, entregándoles las escrituras sin hipoteca, confiado en que le pagarían la otra mitad.

Ellos a su vez, demostraron su gratitud y admiración utilizando como distintivo de la Hacienda Hermanos Motta, el hierro original utilizado por Joshua Piza: PZA. Cuando empezaron a desarrollar la hacienda, Bobby contribuyó a formar la Asociación de Ganaderos de Panamá a través de la cual lograron mejorar la red vial; adquirieron padrotes procedentes de Cuba, Jamaica y México, mejorando el tamaño y peso de los animales; comenzaron a usar la inseminación artificial, y empezaron a participar en exposiciones internacionales; trajeron de Costa Rica la idea de las subastas, mediante las cuales se comercializan novillas para cría, preñadas y no preñadas, así como animales para el consumo de carne. También cuentan hoy en día con más de 700 hectáreas sembradas de arroz. En la Hacienda Hermanos Motta se ha cumplido siempre con una máxima de Joshua Pizza, la cual se encuentra grabada en la entrada de la residencia de la familia: “Aquí hay trabajo del primero de enero al 31 de diciembre. No este año, sino todos los años”. La historia de la Compañía Panameña de Aviación, S.A., cuyas operaciones se iniciaron en 1947, está muy ligada a los acontecimientos que se vivían en Panamá con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, incluida la elección de Enrique A. Jiménez como presidente de la república a través de una Asamblea Constituyente. Como parte de esta aerolínea nacional, fundada por Pan American World Airways en asociación con un grupo de prominentes hombres de negocios de Panamá, ingresó Alberto Motta en 1968 representando en la junta directiva a la Compañía Panameña de Seguros, S.A., dueña del 10% de las acciones. Hasta 1966, la aerolínea solo había operado dentro de la geografía nacional, a las ciudades de David en la provincia de Chiriquí, y a Changuinola y Bocas del Toro en la provincia del mismo nombre, y empezaría a volar internacionalmente a San José, Costa Rica.

A principios de la segunda mitad de la década de 1980, Alberto Motta y su grupo familiar decidieron comprar la mayoría de las acciones de la Compañía Panameña de Aviación, S.A. imprimiéndole una nueva dinámica a su administración. Esta incluyó la elaboración de un plan estratégico, el reforzamiento de sus cuadros ejecutivos con una nueva generación, la renovación de la flota de aviones, el mejoramiento del servicio a bordo, la apertura de nuevas rutas, el incremento de frecuencias de vuelos, la incorporación de tecnología avanzada en todos los campos posibles de la gestión empresarial, la capacitación y mejoramiento de los procesos de selección y reclutamiento del recurso humano, y, no menos importante, la garantía de la rentabilidad de la empresa. Si bien es cierto que el aporte de Alberto Motta en el desarrollo de esta línea aérea, que hoy en día es modelo de eficiencia en Latinoamérica y en el mundo, ha sido significativo, hay tres aspectos donde tuvo un interesantísimo protagonismo, digno de recordar. Bajo la administración colombiana del presidente César Gaviria, fue creada la Comisión de Vecindad Colombo-Panameña, conformada al más alto nivel político y empresarial de los dos países con la finalidad de cooperar en la solución de temas bilaterales que eran apremiantes en materias de infraestructuras, comercio internacional, migración y aduanas, y políticas de transporte aéreo, entre otros. En el sector aeronáutico se habían celebrado muchísimas reuniones entre autoridades de Colombia y Panamá procurando mayor apertura en los derechos de tráfico que favorecían, en cantidad de aerolíneas y número de frecuencias, a la parte colombiana. En una misión que no ha tenido precedentes, siendo uno de sus principales negociadores por el sector privado Alberto Motta, ambas delegaciones celebraron una reunión en Cartagena, cuyo mayor logro fue la liberación total de los derechos de tráfico para las aerolíneas de los dos países y la múltiple designación. Es decir que, por lo menos en el papel, el principio de igualdad de oportunidades quedaba mejor balanceado. Este acuerdo parecía desventajoso para Panamá, porque el país no estaba preparado y la única aerolínea internacional que estaba volando en esos momentos era Copa, mientras que Colombia designó a cinco aerolíneas internacionales para que pudieran volar a Panamá y continuar hacia terceros países, si así lo quisieran. Con el transcurso de los años, el tiempo demostró resultados adversos para la parte colombiana, porque sus aerolíneas no reaccionaron con la velocidad, sagacidad ni valentía como lo hizo Copa, alcanzando una mayor participación del mercado bilateral de pasajeros internacionales. Otra iniciativa digna de resaltar, bajo la presidencia de Alberto Motta en Copa, fue la Alianza Estratégica celebrada con Continental Airlines en 1998, que impulsó y consolidó el proceso que se había iniciado con Colombia, para convertir a Panamá en el centro de conexiones de las Américas. Con esa humildad y sencillez que lo caracterizaba, dijo intensamente emocionado en diciembre del 2005, cuando Copa ingresó a la Bolsa de Nueva York, al observar las banderas panameña, de los Estados Unidos y la de Copa Airlines en la parte de afuera de este emblemático edificio de Wall Street, “Quizás no sea una cosa muy grande, pero le ayuda mucho a Panamá, a su imagen como lugar para hacer inversiones”. Presidió la junta directiva de Copa durante veinte años, y fue nombrado presidente vitalicio en el 2005, convirtiendo a la principal línea aérea de Panamá en un modelo.

De hecho, para agosto de 2015, esta empresa generaba más de 9300 empleos directos, volaba a 75 destinos en 31 países, contaba con más de 90 aviones volando diariamente a lo largo y ancho de este hemisferio, e hizo del Aeropuerto Internacional de Tocumen, uno de los mejores centros de conexiones de lmundo (en 2013, alrededor de 7.8 millones de pasajeros). Stanley Motta, el segundo de sus hijos que hoy preside Copa Holdings, S.A., además de otras empresas dejadas por Alberto, comentó en una reciente entrevista que con la excepción de Gabriel Lewis Galindo, un empresario que amó a Panamá y dejó una huella imborrable en las relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y Panamá, no recuerda a otra persona con la capacidad de su padre para hacer relaciones públicas internacionales y llevarse bien con todo el mundo. Miguel J. Moreno, amigo de la infancia de don Alberto, fue el responsable de la misión diplomática en la que el gobierno de Panamá, que presidía Roberto F. Chiari, calificó como “una infamia” el asesinato de veintiún panameños y más de trescientos heridos, durante aquella gloriosa gesta del 9, 10 y 11 de enero de 1964. Esta denuncia formó parte del discurso que dirigió Moreno, como embajador panameño ante la OEA, a raíz de dichos acontecimientos.

De hecho, horas antes del discurso, cuando Moreno se preparaba para la reunión en la sede de la OEA en Washington, tocaron a la puerta, abrió y se encontró con el rostro de Motta, quien con su inefable sonrisa y animándolo le dijo: “Vamos, hombre, te acompañaré a la sesión de la OEA”. Este pasaje de la vida de Alberto, narrado por Nadhji Arjona, era la repetición de algo parecido que había ocurrido veintiocho años antes. Cuando su amigo Miguel J. Moreno tenía apenas veintidós años y había sido nombrado secretario adjunto de la Embajada de Panamá en Washington, y estaba muy nervioso porque no lograba vestirse con chaleco y corbatín, cuando llamaron a la puerta de su apartamento, abrió y se encontró con su amigo Alberto Motta. La pregunta de rigor fue “¿Qué haces aquí, Alberto?”. “Me enteré de que estabas en Washington y decidí venir”. “Muy bien, ayúdame a vestirme, que no puedo con esto”.

Los dos amigos se encaminaron hacia la Casa Blanca donde los esperaba el embajador Augusto S. Boyd para la ceremonia de presentación de sus credenciales ante el presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt. Su hermano, Roberto Bobby Motta, hizo otro tanto, cuando en febrero del mismo año, en conjunto con un grupo de empresarios y miembros de la sociedad civil, en una demostración patriótica y de civismo, firmaron y financiaron la publicación de una carta que apareció en el Washington Post dirigida al gobierno y al pueblo de Estados Unidos, con el siguiente mensaje:

Creemos muy firmemente que los Estados Unidos tienen mucho que ganar, como también lo tiene Panamá, de la negociación de un nuevo tratado consistente con los altos principios encauzados por una inquebrantable línea de líderes de los Estados Unidos en el período de la post-guerra. Relegar el anacrónico Tratado de 1903 a los anales de una época pasada servirá de ejemplo, será un acto de estadistas que dará crédito a una grande y poderosa nación. Ello elevará las relaciones entre Panamá y los Estados Unidos al nivel de socios, y esta es la única base para una amistad internacional duradera.

El propio embajador Miguel J. Moreno confesó que esta carta contribuyó de manera efectiva a que el mundo oficial y el hombre de la calle estadounidense entendieran mejor la causa de la República de Panamá. Quedó registrado que esta carta y la posición de quienes la firmaron ocurrió trece años antes de la firma de los tratados Torrijos-Carter. Cuando Alberto vivía en Colón con Pauline, fue motivo de inquietud para ella el hecho de que nunca sabía cuántas personas llegarían a almorzar o a cenar a su casa. Alberto tenía la costumbre de llamarla una hora antes para decirle que llevaría a comer a casa a uno o más invitados “muy especiales” a los que siempre describía como bellas personas; pero, aunque era cierto, en el fondo esta era una de las tantas maneras en que Alberto practicaba las relaciones públicas. Él era capaz de hacer amistad con cualquier persona, en cualquier parte del mundo. Tal como lo hiciera su hermano Felipe, si alguien lo visitaba en sus oficinas, salía de ella con algún regalo: un perfumito, un llaverito, una pequeña Vitorinox o una plumita de escribir con el teléfono grabado de Motta Internacional. Se desvivía por atender a las personas sin importarle posición social, política, económica o religiosa. En casi cincuenta años viviendo y trabajando en la ciudad Atlántica, sus inversiones no se limitaron a la Zona Libre de Colón. Tan pronto se construyó la carretera transístmica que unió a Colón con Panamá, a principios de la década de 1940, creó y puso en funcionamiento, junto con su amigo Osvaldo Heilbron, la empresa Terminales Panamá, rompiendo el monopolio que tenía el ferrocarril estadounidense que transportaba la carga entre Colón y Panamá. También participó, junto a su hermano Bobby, en la conformación de la junta directiva de ASSA Compañía de Seguros, S.A., la cual resultó de la fusión de la Panameña de Seguros, S.A., Compañía General de Seguros, S.A. y la Interamericana de Seguros, S.A. En 1998, cuatro años después de haberse establecido en Panamá la empresa Manzanillo International Terminal, conocida como MIT, entró como inversionista de este complejo portuario que brinda servicios a las navieras que transitan por el canal de Panamá o sirven a la región del Caribe, y requieren de la movilización de contenedores, manejados por inmensas grúas de puerto. El último proyecto grande de Alberto, que nació como iniciativa de su hermano Bobby, fue el desarrollo de Costa del Este; una urbanización que tuvo su origen en un vertedero de basura, tal como la Zona Libre de Colón que nació en terrenos inadecuados, rescatados del mar. En el campo de la educación, Alberto sembró escuelas; en particular contribuyó a la creación y crecimiento del Colegio Internacional del Caribe, en Margarita, su mayor orgullo en Colón, el cual nació y continúa funcionando como una entidad sin fines de lucro. Este colegio nació como una necesidad de mantener la educación bilingüe en Colón, cuando se iban a cerrar las escuelas de Cristóbal, en el área de la antigua Zona del Canal, donde enseñaban inglés. Un grupo de padres de familia, interesados en ofrecerle a Colón una base sólida para el comercio, para ellos mismos y para sus hijos, constituyeron una junta directiva, establecieron los estatutos, se propusieron no tener más de veinticuatro alumnos por salón y empezaron en un local en Margarita, junto a la iglesia de la Sagrada Familia.

Cuando el colegio iba para el segundo año de funcionamiento tuvieron la necesidad de mudarse porque la iglesia requirió el espacio que ocupaban; entonces recurrieron a Alberto Motta para que los orientara en la construcción de su propio edificio, quien les dijo: “Hagan la primera pared y verán cómo las demás personas irán respondiendo. Yo quiero empezar con un donativo personal”. Con el transcurso del tiempo, la matrícula del colegio, que había empezado con siete alumnos, fue creciendo y de igual manera el profesorado. Hoy en día, el colegio gradúa bachilleres en Ciencias y Letras y peritos comerciales. Todos los salones tienen aire acondicionado, hay laboratorios de cómputo y de ciencias, hay una biblioteca, cafetería, gimnasio auditorio, así como muchísimas otras instalaciones, gracias a Alberto Motta que sirvió como patrocinador, garante y motivador. En la antigua base militar de Fort Clayton funciona hoy en día la Ciudad del Saber, donde fue fundador y síndico de la junta directiva. Dentro de este complejo, se ofrecen magníficas facilidades para establecer programas de excelencia en educación, investigación, desarrollo tecnológico e innovación. Uno de sus principales componentes es el Tecno Parque Internacional de Panamá (TIP), donde se busca la aplicación práctica del conocimiento. Este parque científico-tecnológico lleva el nombre de don Alberto Motta. En respuesta al homenaje que le rindió la Universidad Tecnológica de Panamá, en el cual recibió el primer doctorado Honoris Causa que otorgaba la institución en sus veintitrés años de funcionamiento, dijo en su discurso de agradecimiento que: “Todas las compañías en las cuales estoy involucrado tienen dentro de su presupuesto una partida para el rubro de educación y entrenamiento”.

Con esto daba el ejemplo de lo que se había hecho en el Banco Continental con la escuela República de México, que queda en el Casco Viejo de la ciudad e imparte formación primaria. Se trataba de un proyecto en el que todos los colaboradores del Banco Continental, a través de un comité que le llamaron ABC, remodelaron el edificio de la escuela, lo acondicionaron con aulas bien equipadas, instalaron laboratorios de computadoras, de ciencias, orientación psicológica, biblioteca, educación bilingüe, y la dotaron de talleres de capacitación y entrenamiento pedagógico para los docentes. Como síndico de la Fundación Gabriel Lewis Galindo, su gran amigo procuró surtir de computadoras a los planteles de educación secundaria. En la propia Universidad Tecnológica de Panamá, donde recibió el homenaje, se puso en funcionamiento un programa que ofrece cinco carreras relacionadas con la aviación que cuenta con el apoyo del Florida Institute of Technology, que le permite a Copa Airlines crecer. Esta iniciativa, promovida por la línea aérea, recibió todo el apoyo de Alberto Motta y fue también un tema al que se refirió durante su discurso de agradecimiento. La solidaridad demostrada con cientos de niños y niñas favorecidos con las consultas diarias que ofrece el hospital de Niño, donde su hermano Felipe participó como miembro del patronato en representación del Club de Leones de Panamá, fueron una de las tantas cosas de las que se sintió orgulloso. Su mano generosa la extendió a las Aldeas SOS que en Panamá funcionan desde 1982, donde se llevan a cabo actividades recreativas para los niños y se les ofrece adiestramiento vocacional en proyectos de cultivo de peces y cría de pollos y gansos; y el centro para madres establecido en 1997 y cuyo funcionamiento se ha extendido a Penonomé, David y Colón. Fueron también beneficiarias de su filantropía la organización privada Nutre Hogar, fundada por monseñor Rómulo Emiliani, y cuyo objetivo es lograr una nutrición adecuada en los niños desnutridos panameños. Y muy especialmente la Fundación Emily Cardoze de Motta, creada en memoria a la madre de los cinco hermanos Motta y que Alberto presidió. Estos son apenas algunos de los tantos proyectos que lo colocaron en la vanguardia de los programas de desarrollo social.

Alberto Motta también fue el promotor principal del Viaje Inolvidable, una iniciativa en la que participó activamente durante doce años consecutivos, en época de Navidad, que consiste en organizar vuelos a bordo de los aviones de Copa Airlines, para estudiantes de escuelas que no tienen esa oportunidad y para niños protegidos por diferentes fundaciones benéficas. Miles de niños en Panamá y en varios países de Latinoamérica han alcanzado el sueño de viajar en un avión, gracias a esta actividad que organizan los colaboradores de la aerolínea, como parte de un programa de Responsabilidad Social Empresarial ejecutado a través de la Fundación Despega con Copa Airlines. Al aterrizar el avión en el aeropuerto, después de media hora de vuelo, los niños son agasajados con una fiesta de Navidad en la que también les entregan regalos y juguetes. Amó tanto a los niños como a los ancianos. Alberto fue el soporte económico y espiritual de varios proyectos de carácter social dirigidos a personas de la tercera edad; uno de ellos fue la Residencia “los Años Dorados Roberto M. Heurtematte”, que consiste en un albergue permanente para hombres y mujeres mayores de sesenta años y que alguna vez deambularon por las calles de la ciudad, abandonados a su suerte. El albergue localizado en Pacora es su hogar donde han encontrado todo el cariño y la compresión. La periodista y exalcaldesa Mayín Correa dijo en una ocasión, refiriéndose a Alberto Motta, uno de los principales benefactores de este albergue, que: “Siendo un hombre tan poderoso, le encantaba visitar el albergue de ancianos en Pacora. Iba los fines de semana con sus nietos, a llevarles películas viejas, dulces y revistas”. La comunidad mundial, en vida, le reconoció, tanto a nivel nacional como internacional, todo el desprendimiento solidario y humano que Alberto Motta practicó. Tales reconocimientos fueron expresados mediante condecoraciones, cargos honoríficos, órdenes gubernamentales, diplomas, certificados y homenajes, los cuales eran aprovechados por él para exponer su filosofía de la vida, el amor a Dios, a su familia, a Panamá y al prójimo.

“Como un verdadero Tzadik, mantuvo oculta su identidad, pero sus obras dan testimonio de su verdadera esencia. No tengo ninguna duda al respecto: don Alberto Motta Cardoze pertenecía al selecto grupo de los treinta y seis justos”, dijo el rabino Gustavo Kraselnik durante las honras fúnebres, celebradas en la sede de la sinagoga Kol Shearith Israel en Costa del Este, que bajo el liderazgo de Alberto y la significativa contribución de su familia hicieron posible su construcción. Su maravilloso desempeño en el mundo de los negocios se tradujo en cientos de miles de personas que mejoraron su calidad de vida, porque si había algo que le gustaba era ver a la gente prosperar a través del trabajo: “El trabajo dignifica al hombre”, repetía. Durante varias semanas, a partir del lunes 25 de septiembre de 2006, fecha en que falleció don Alberto Motta Cardoze, los medios escritos y televisivos dieron testimonio de la admiración, cariño y respeto que le guardaba la sociedad panameña, con titulares tales como: “Se fue el patriarca de las finanzas”, “Alberto Motta, puntal del desarrollo económico”, “Panamá perdió su filántropo”, “Adiós a un servidor social”, “Gracias, don Alberto, por su ejemplo y por sus obras”, “Don Alberto Motta: ¡Una vida de bondad, trabajo y éxito!”, “In Memoriam un Líder y Visionario”, “Alberto Motta Cardoze, herencia incomparable”, y muchísimos más que nos llenaron de alegría y de dolor a la vez por la pérdida de este panameño irrepetible.

Referencias bibliográficas

Arjona, N. (2011). Los cinco hermanos Motta Cardoze: Arturo, Felipe, Roberto, George, Alberto, Panamá: Editorial Libertad Ciudadana.

Arroyo, J. (s.f.). No temas, ten fe. Borrador inédito sobre la biografía de Alberto Motta Cardoze.

Endara, E. (1908). Tu amigo Felipe. Biografía novelada de don Felipe Motta, Bogotá: Editorial Panamericana, S.A.

Testimonios sobre Alberto C. Motta Cardoze, un hombre extraordinario (1916-2006) (octubre 2007). Impreso por Speedy Ink. S.A.

Veliz Arosemena, M. (2012). Copa Airlines y el siglo xxi, Panamá: Editora Novo Art, S. A.