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    Ernesto A. Holder

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Alfredo Sinclair

by: Ernesto A. Holder

Nadie que está montando un caballo para llevar leche y se cae inconsciente en Cativá piensa que al final de su vida va a estar entre los hombres más influyentes del siglo XX… Él ni siquiera podía imaginar eso, y él tampoco buscaba eso; simplemente siguió sus sueños.

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Escritor y comunicador, se encarga de las tareas de comunicación de la Autoridad del Canal de Panamá desde 1985. Hizo parte del Grupo Experimental de Cine Universitario y, en la década de 1980, del colectivo literario “La otra columna”. Aparece en las antologías Poetas jóvenes de Panamá (1982) y Rapsodia Antillana (2013). Ha ganado dos veces el primer lugar del concurso literario de poesía León A. Soto de la alcaldía de Panamá, en 1995 con el poemario Entre nidos de oropéndolas y en el 2004 con el poemario A pesar de las cadenas: reflexiones de un príncipe y esclavo. Es columnista del diario La Estrella de Panamá. En el 2011 publicó Este tiempo que vivimos, artículos y ensayos sobre conducta humana, comunicación y supervivencia. Es investigador en temas de comunicación.
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About This Book
Overview

“Recojan sus cosas que nos vamos”, les dijo a sus hijos Quintina Ballesteros García, una mujer criolla, maestra de escuela primaria que había dedicado los años más recientes de su vida a criar a sus cuatro pequeños en el seno de un matrimonio que enfrentaba muchas presiones. Se perdía entre los embates y las dificultades sociales de la época, las diferencias culturales y el amor decepcionado. Era el Panamá de finales de la segunda década del siglo xx. La maestra Quintina, años antes, se había conocido, cortejado y enamorado con el ingeniero escocés George Preston Sinclair, que había llegado al istmo de Panamá contratado por los estadounidenses que construían el canal de Panamá. George Preston Sinclair había laborado en varias islas del Caribe, en oficios relacionados con sus experticias y conocimientos aplicados como técnico e ingeniero hidráulico.

Estados Unidos, al reanudar los trabajos de construcción del canal de Panamá en 1904, trasladó hacia el recién separado Istmo panameño los males y las penas de sus propias insuficiencias culturales y sociales. Instauró el sistema laboral de gold roll y silver roll que, definido en términos muy básicos, era un sistema de discriminación racial fundamentado en las leyes y sistemas del sur de Estados Unidos, y que permanecería por décadas en el área canalera. Los trabajadores blancos, especialmente los estadounidenses que fueron traídos para trabajar, ante todo, en la administración de la construcción del Canal, componían el gold roll.

La fuerza de  trabajo que provenía de las islas antillanas y caribeñas y, en menor medida, algunos trabajadores de otros países (chinos, hindúes, panameños nativos y algunos europeos), fueron clasificados bajo el sistema de silver roll. Esta separación de las razas gobernaría todos los aspectos de la vida en la Zona del Canal durante la mayor parte de su existencia, y tendría mucho que ver aquella mañana en que Quintina Ballesteros preparó a sus hijos para salir por última vez de la casa que compartió con el ingeniero Sinclair. En comparación con las difíciles situaciones que vivieron la mayoría de los trabajadores que participaron de la construcción del canal de Panamá, fijadas por la segregación que provino del sistema de gold roll y silver roll, George Preston Sinclair, por su condición de ciudadano escocés, súbdito de la corona inglesa, blanco y profesional, ingresó como empleado gold roll al ser contratado. Eso le permitió gozar de mejores condiciones de trabajo y de vivienda, con mejor paga por sus labores profesionales en el proyecto. George Sinclair y Quintina Ballesteros se casaron, haciendo el intento de entrelazar para siempre los ritos de las vivencias cotidianas del amor compartido. La formación estructurada de un ingeniero escocés, formal y organizado, con la sabiduría intrínseca y digna de una maestra de primaria, que en esos tiempos —inicios del siglo xx— como educadora, representaba una pieza fundamental de la plataforma instructiva del ciudadano de la aún joven y naciente nación panameña.

El matrimonio con Quintina Ballesteros le cambió la realidad a George Preston Sinclair. El hecho de haberse casado con una mujer local, y procrear hijos con ella, significó un cambio en su estatus como empleado de la empresa canalera. El establishment zonian revirtió su condición de empleado gold roll por la de empleado silver roll, perdiendo así la mayoría de los beneficios con que había sido contratado cuando llegó al Istmo. George y Quintina tuvieron que recoger a sus cuatro hijos, así como las pertenencias de su joven matrimonio y salir de la Zona del Canal, y se establecieron en la ciudad de Colón.

***

Esa década, de 1910 a 1920, aún se definía. El país se ajustaba de varias maneras. La tierra se partía en dos para dejar pasar los barcos del mundo, y la población trataba de ajustarse a la presencia e influencia de nuevas culturas entre los pobladores; particularmente, la presencia estadounidense, tan abarcadora, tan intensa, tan descalificadora, con sus desdenes y prejuicios raciales. Para George y Quintina la vida se fue haciendo más difícil a medida que pasaban los meses bajo las nuevas circunstancias en el silver roll. Había menos privilegios y las condiciones sociales y culturales de rechazo por una parte, y, por la otra, los retos de integración comenzaron a afectar la vida matrimonial de la pareja Sinclair, y cada vez eran más evidentes las diferencias entre el carácter estructurado y formal del ingeniero con la visión más libre, terrenal, romántica y humana de la maestra Quintina. Con el pasar del tiempo, George Sinclair mostraba sus frustraciones ante los retos de vivir y criar una familia afectado por las dificultades y amenazas de la discriminación racial. Su carácter se hizo más rígido; sus infortunios y naufragios emocionales más marcados. Y, en el ir y venir cotidiano, fue dilatando el espacio entre él y la realidad. Al partir George Sinclair esa mañana, nuevamente con los retos de sus tribulaciones y la distancia que estas producían entre él y su mujer, poco estimó que regresaría aquella tarde a una casa vacía. “Recojan sus cosas que nos vamos”, dijo Quintina Ballesteros a sus hijos: Alicia, Chicho, Evelina y Alfredo, el menor de todos. A pesar de su visión menos estructurada, más real y sencilla sobre todas las cosas; a pesar del amor que la unió a George Preston Sinclair; a pesar de la seguridad limitada que le daba el silver roll, por poco que fuera, por mucho que perdiera; a pesar de la incertidumbre, Quintina recogió sus bártulos y a sus cuatro hijos para deshacer la realidad y trazar para ellos nuevas huellas a lo largo de un camino desconocido.

Alfredo Sinclair Ballesteros nació el 8 de diciembre de 1914; contrario a la mayoría de los escritos sobre él, a lo largo de sus décadas, que señalan el año 1915 como el de su nacimiento. Esos 365 días de diferencia, en algún momento de su vida, quedaron enredados entre un antes y un después de la vigencia legal de la cedulación establecida por la burocracia del sistema nacional de registro civil. Un 8 de diciembre, fecha en que aún el país era demasiado joven para definirlo y darle ese sentido tan especial en honor a las madres panameñas. Llegó al mundo cuatro meses después de que el vapor Ancón realizara la primera travesía completa por el canal de Panamá, haciendo realidad un sueño de cuatrocientos años. Como señalan sus hijos Jorge y Olguita, siempre decía con orgullo que había nacido el año en que abrió el Canal. Siendo el menor de los cuatros hermanos Sinclair Ballesteros, años después reconocería que los recuerdos del día en que sus tres hermanos y él quedaron solos con su mamá, aún le quedaban frescos en la memoria. “Fue el inicio de una vida más difícil; pero, no por eso, una vida menos rica en valores”, cuenta su hijo Jorge Sinclair.

Desde ese reconocimiento, ha insistido en utilizar su segundo apellido en honor a su madre. A pesar de lo poco estructurado del carácter de su madre, desde la óptica de su padre George Preston Sinclair, los valores humanísticos y las enseñanzas de su mamá Quintina siempre fueron la base esencial para hacer de sus hermanos y él personas de bien. “Comenzaron a salir los valores intrínsecos del hombre contra las dificultades y una vida económica más dura”. En los primeros meses de la separación de sus padres, Alfredo Sinclair Ballesteros fue a vivir por un tiempo en una finca en Cativá, provincia de Colón, con su padrino, el gallego Camilo Fernández.

Tiempos muy duros, pero el gallego le enseñó el valor del trabajo duro. Aprendió a trabajar la finca, a cuidar de los animales y los sembradíos, y a ordeñar las vacas. A pesar de esos primeros meses de incertidumbre e inestabilidad en que, el pasar de cada mes hacía que el tiempo venidero no pintara para mejor; a pesar de la rutina entre el trabajo en la finca del gallego y otro tiempo haciendo reales rondando la ciudad de Colón, Alfredo Sinclair se confesó un niño feliz. Anduvo desde muy joven las calles y aceras de la década de 1920. Él y sus hermanos se ganaban la vida vendiendo periódicos y limpiando zapatos, entre risas, juegos y los dilemas de supervivencia. Detenían los días a cualquier hora para jugar a la rayuela: cuadros y números sobre las aceras. El equilibrio del salto… el balance y el descanso.

El juego compartido para deshacer momentáneamente el andar y la faena. Convertirlo en olvido momentáneo de algarabía y los retos compartidos. Un buen día, su hermano mayor Chicho dejó que Alfredo dibujara en el pavimento de la calle los diez cuadros de la rayuela. Al marcar el piso con la tiza… sintió algo formidable. Ese gesto de dibujar que le había permitido su hermano marcaría en él una sensación que, años después, lo convertiría en alguien especial. Fue una emoción inexplicable que recorrió su mente y sus sentidos desde ese pedazo de tiza. Era la primera vez que Alfredo Sinclair experimentaba el placer de la creatividad que sus manos producirían a lo largo del resto de sus días. Diez cuadros que comenzarían el sentido de algo indescriptible en ese momento. Algo que lo haría grande en el tiempo. Pero no dejó de explorar las calles. Vendiendo periódicos a primeras horas del día o con su cajita de limpiar zapatos, Alfredo fue forjando amistades de esas que le recordarían aquellos tiempos por el resto de su vida. Décadas después evocaría que, tres veces a lo largo de su existencia su vida se vio amenazada de muerte, y por esas razones de supervivencia real siempre se sintió un hombre protegido por Dios.

Un buen día, como a los ocho años, en la finca de su padrino el gallego Fernández, sobre el lomo de un caballo transportaba en los extremos de un bordón dos tanques de leche fresca de vaca bajo un intenso aguacero. Al intentar cruzar un puente que tantas veces había recorrido, la crecida del río sorprendió al caballo en sus vacilantes intentos por descifrar el nivel de las aguas. Una cabeza de agua los arrastró río abajo. Amainado el aguacero y convertido en llovizna ligera, decenas de metros a distancia del fatal puente, Alfredo despertó entre quejidos y confusiones para sentirse adolorido y golpeado, por el arrastre sorpresivo y descontrolado entre troncos, piedras y la ferocidad del crecido río. Un intenso golpe en la parte trasera de la cabeza lo había dejado sin sentido.

La leche de vaca derramada, el caballo desaparecido y la cuenta de que estaba vivo lo rescatarían para echar el cuento y para otros mejores días en el futuro. Superado este infortunio, escapado por primera vez de la muerte, las cosas seguían siendo como eran todos los días, en la finca o por las calles y recovecos de la ciudad caribeña. Pero con todo y esa libertad, ese albedrío, en medio de las dificultades, por instrucción de Quintina, su madre, nunca dejó de ir a la escuela. Su recién descubierto sentido por el dibujo fue estimulado casi de inmediato por ella y afianzado constantemente por su maestra Libertaria González de Con. “Desde niño tuvo una afección por la cultura. Su maestra fue la que lo introdujo en el mundo de la pintura.

Lo puso a dibujar… a pintar”, dice su hijo Jorge. Para un muchacho de su edad y bajo la tutela de la maestra González de Con, poco a poco fue mejorando sus líneas y sus representaciones artísticas. Se fue interesando en las artes y la cultura. Aprendió a tocar la guitarra. Con sus compinches de música y amigos se ganaba otros reales en las festividades y llevando serenatas durante las noches.

***

Quintina Ballesteros y sus hijos no volvieron a ver a George Preston Sinclair por el resto de sus vidas. Algunas historias dan cuenta de que había partido a Estados Unidos a hacer vida. Otros suponen que había regresado a Europa. La familia llevaba sus días en un país que aún hacía esfuerzos por establecerse plenamente como nación. Un país marcado por la ocupación física de Estados Unidos en su territorio. Un país en donde las intervenciones por parte de los estadounidenses en los asuntos nacionales eran comunes. Los retos de la integración de ciudadanos de otras nacionalidades que permanecieron en el Istmo una vez culminada las obras de construcción del Canal, con sus propios sueños de estabilidad, reconocimiento y necesidades económicas, resultaban en la competición por los pocos puestos de trabajo y espacios para convivir. Estos eran temas que la nación en formación tendría que enfrentar de todas maneras. Y la daga de la “perpetuidad”, la ocupación estadounidense como consecuencia del tratado Hay-Bunau-Varilla, la demarcación de la Zona del Canal, la discriminación racial y social, las inestabilidades políticas y otros retos de un país en formación constituían malestares que apenas comenzaban su efervescencia y que no se resolverían decididamente (la presencia de Estados Unidos en el Istmo) por los siguientes ochenta años. La familia Sinclair-Ballesteros sintió los efectos de la “huelga inquilinaria” que dio lugar a que el 12 de octubre de 1925 el gobierno de Rodolfo Chiari, atemorizado por la situación provocada por los eventos huelguistas, solicitara el desembarco de marines para que controlaran la situación. Unos seiscientos infantes de marina ocuparon las ciudades terminales de Panamá y Colón, ocupación que duró varios días y provocó nuevos enfrentamientos con los inquilinos. Entre ese escenario y muchas otras desavenencias políticosociales, la influencia de Quintina sobre Alfredo, sus hermanos, la
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Protagonistas del siglo xx panameño
finca, el padrino exigente y severo, sus amigos de la calle, su incipiente gusto por el arte y la música le daban algo de sentido y trazado a su vida en Colón. Entre la felicidad de la sencillez y las necesidades, Alfredo Sinclair asimiló de su progenitora que “los buenos actos que uno pudiera tener revierten a favor de uno”, sentencia que décadas después le salvaría la vida y que repetiría a sus propios hijos.

***

Siempre fue difícil la hora de poner la mesa. Tener que comer. Soñar con mejores posibilidades marcaba su camino de retos y dificultades. Ya en la adolescencia, en el camino a convertirse en un hombre joven, en medio del día a día, la vida golpeaba los sueños y las esperanzas. Por semanas, no tenía a veces para una buena comida. Pero casi a diario, y muchas veces siendo su única alimentación, cenaba lo que pudiera pagar en un sencillo local de comidas que lo recibía con calor y le propiciaba la comodidad necesaria para terminar el día. Allí descansaba y no importaba qué pidiera a su amable y bien ponderado camarero para satisfacer la cena, muchas veces le alcanzaba tan solo para un sencillo bocado. Pero Alfredo siempre se aseguró de no faltar con la propina para retribuir el servicio ofrecido: por la charla desinteresada, por la sonrisa y la disposición, por comprender que el camarero y él eran, tal vez, guineos del mismo racimo, minutos del mismo reloj. Cada día que visitaba ese local de comida, se marchaba satisfecho de haber cumplido con la honorabilidad de gratificar el buen y amable servicio brindado por el mesero. Entre esos tiempos de supervivencia, de regreso a su casa una madrugada, fue asaltado violentamente por tres malandrines. La pesada oscuridad de un zaguán de la ciudad de Colón de la década de 1930 dio lugar a que el temor y el desamparo se apoderaran de él. Mientras uno de los tres violentos necios le puyaba el cuello con un enorme y afilado cuchillo, otro le dijo: “Dale todo lo que tengas…”, a lo que un nervioso Alfredo, en un cuidadoso forcejeo por no lasti
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Alfredo Sinclair
marse con el cuchillo, contestó: “Yo no tengo plata”… “¿Qué?”, espetó el bribón. Revisaron los bolsillos de sus pantalones y el resto de su ropaje para darse cuenta de que, en efecto, el cantante nocturno, limpiador de zapatos de día, dibujante de cuadrados de rayuela en las aceras, no tenía ni un céntimo a su nombre. Disgustados y en despecho el que parecía el jefe gritó: “¡Mátalo!”, y en esas breves milésimas de segundos, el temor llevó a un leve movimiento por evitar el acto mandado: el rostro de Sinclair fue iluminado por una tenue luz que provenía de la calle… A lo lejos, el tercero de los maleantes asombrado gritó: “¡Aguanta, aguanta!… Ese es mi amigo, el de la propina”.

***

Los historiadores Celestino Andrés Araúz y Patricia Pizzurno escriben:

Cuando en octubre de 1932 Harmodio Arias asumió la Presidencia de la República, el país vivía una de las peores crisis económicas de su historia, producto de la caída de la bolsa de Nueva York en 1929 y de la consiguiente depresión mundial. En Panamá, además, incidían otros factores que agravaban aún más la situación, tales como la dependencia externa y el modelo económico terciario, transitista y de servicios. Es más, para entonces la nación se encontraba endeudada, lo que incidía negativamente en el comportamiento económico. El desempleo trepó hasta índices nunca antes alcanzados y ello se tradujo en insatisfacción social que se reflejó en el movimiento inquilinario de mediados de 1932.

El “panorama era desconsolador”, como señalan Araúz y Pizzurno en un Panamá independiente de la década de 1930, que apenas cumplía treinta años de un proceso separatista que dejó marcadas huellas en la conciencia nacional. Las voces de protesta recorrían la conciencia de los nacionales. La población del Istmo y, ante todo, de las ciudades terminales de Panamá y Colón, vivían más conscientemente la realidad de la ocupación extranjera de esta franja de tierra, territorio vedado para la mayoría de los panameños y los no nacionales de Estados Unidos. Una década en que Alfredo Sinclair Ballesteros llegaba a la mayoría de edad en la exploración recurrente de sus inquietudes artísticas. El dibujo, la pintura en sus experimentaciones más frescas, eran las pisadas primarias de un joven entusiasta de las artes pictóricas que de igual manera vivenciaba los efectos directos e indirectos del contexto sociopolítico de la época.

Un contexto que de alguna manera lo había afectado desde niño, cuando George Preston Sinclair, su padre, había sido expulsado de la Zona del Canal por haberse matrimoniado con Quintina Ballesteros, su madre, y todo lo que eso significó para su familia. Hacer arte y desarrollar las inquietudes culturales lo marcaban, enfrentado con la imposibilidad de hacer dinero para vivir con mejores circunstancias. La violencia del puñal en el cuello, los retos de supervivencia en un Colón de la preguerra, ya no le eran gratos a Sinclair. Bajo esas circunstancias no quedaba más que tomar decisiones. Buscar otras perspectivas, y, en medio de esas tribulaciones, Sinclair se maravilla con lo encontrado a los veinticuatro años de edad, cuando en 1938, por primera vez, visitó la ciudad de Panamá desde aquella vez en su niñez que su madre decidió partir. La apariencia formal y digna de los estudiantes del Instituto Nacional, con sus corbatas y sus camisas de manga larga, “elegantes y planchaditos”, pero dispuestos para llevar adelante las reclamaciones sociopolíticas, dejaron una extraordinaria impresión en el joven Sinclair que buscaba camino por la vida. Era la segunda vez en su vida que llegaba el momento de “recoger las cosas”, cambiar la dirección de las huellas, para iniciar un nuevo camino.

***

 

Ya trasladado a la ciudad de Panamá, Alfredo Sinclair Ballesteros continúa desahogando su práctica experimental de las formas y las expresiones a través del dibujo creativo y el ensayo pictórico. No cesaban los retos de la supervivencia. Para ganarse la vida, encuentra trabajo doblando tubos de neón en la fábrica Neon Product.

Su hija Olguita rememora las vivencias contadas por su padre:

Esa dobladera de tubos de neón con esos colores, él decia: “¡Wow! Eso le volaba la cabeza. Hasta que decidió que él tenía que tomar clases de pintura para poder captar esa luz que él veía en los tubos de neón. ¡Esos colores! Así que el trabajo con los tubos de neón fue una de las actividades más importantes en la vida que le activó esa sensación de querer pintar.

“Hay que recordar que él hizo los letreros luminosos del Molino Criollo, la Pagoda… el teatro Variedades… Con base en eso, él comienza a aplicar los conocimientos que tiene en el neón, al arte pictórico”, nos dijo su hijo Jorge Sinclair. Décadas después, el colombiano Mario Rivero escribiría:

Si tuviera que definir a Sinclair, diría que es un imaginario del mundo de lo cotidiano, que alcanza el milagro de la ternura pintando las cosas con las que ha logrado un místico contacto. […] Su verdadera vocación es la luz y como tal el color por encima de las formas. Un color que traduce una vibración telúrica.

La década de 1940 en al ámbito nacional fue marcada por diversos hechos que contribuyeron a la continua formación de la identidad nacional. Estos eventos a su vez representaron contrastes significativos. Eran los años de la Segunda Guerra Mundial: “…la economía, mostró signos de mejoría gracias a la llegada de miles de trabajadores contratados para las obras de ampliación del Canal, así como al aumento del personal militar”, esto según Araúz y Pizzurno. Se estimó un ingreso al erario de cerca de cien millones de dólares durante esos años. El esfuerzo estadounidense por ampliar el Canal había iniciado en 1939, pero no sobrevivió las exigencias que el reacomodo internacional y las nuevas prioridades de Estados Unidos imponían. La guerra también contrarió a los nacionales. Panamá permitió, bajo presión de Estados Unidos, la instalación de unos ciento treinta sitios o bases militares en su territorio. Las constantes tensiones sobre este y otros hechos provocaban protestas sociales y, en consecuencia, detenciones de ciudadanos, algunas innecesarias, por parte de las autoridades panameñas y estadounidenses. La elección de Arnulfo Arias Madrid, la Constitución de 1941, las movilizaciones sociales, el derrocamiento de Arias Madrid, la Convención Constituyente y el rechazo al tratado Filós-Hines, entre otros eventos, marcaron decididamente el desarrollo de la vida nacional. Para esta misma época, la primera mitad de la década de 1940, y movido por su interés musical, Alfredo Sinclair Ballesteros toma lecciones de canto en el Conservatorio Nacional de Música bajo la tutela de los maestros Raúl del Val y Federico Jiménez.

Se casa y tiene a sus dos primeros hijos: Dalva y Alfredo. Entre estas conmociones sociales, cada vez con más fuerza crecía en el novel pintor una necesidad de expresar sus interioridades artísticas. Ese ímpetu, ese querer extenderse en el arte pictórico; la sensibilidad hacia la observación de los colores por medio del trabajo con el neón y la necesidad que lo presionaba por exteriorizarlas; traducir esos vibrantes espectros multicoloros que vivenciaba a diario, lo llevó a inscribirse en las clases de pintura del maestro Humberto Ivaldi en la Escuela Nacional de Pintura. Allí, conoce y comparte experiencias de aprendizaje de composición de dibujo y pintura con sus compañeros José Zabala, Isaac Benítez, Juan B. Jeanine y Ciro Oduber que, por méritos propios, harían sus contribuciones artísticas e individuales a la plástica nacional.

“Allí aprendí a dibujar ya que Ivaldi era espectacular”, relató Sinclair años después a Marti Ostrander Oller. Unas décadas después, en conversación con Yara Díaz de Gámez en 1988, Sinclair recalcó que:

Ivaldi era un artista de gran disposición y talento, de una destreza extraordinaria. […] Con él inicié mis conocimientos de pintura y fui muy obediente a sus instrucciones, pues era muy exigente. […] Yo dibujaba bastante bien, pero me inquietaban los colores. Bajo la supervisión de Ivaldi pintábamos en la calle, en los parques y en la playa.

Bautizo en Santa Ana fue uno de los primeros cuadros pintados en esta época de su vida. Comenta Sinclair a Díaz de Gámez:

Recuerdo muy bien que le dije al maestro Ivaldi que estaba pintando un cuadro y, al observarlo, me dijo: el cuadro está muy bueno, me gusta mucho, pero le falta movimiento; es muy rígido, debes ser más melodioso, más movido, más versátil. Capté las palabras inmediatamente; me estaba diciendo que debía ser más espontáneo; para mí, te confieso, fue esa la primera lección de pintura que recibí.

Mónica E. Kupfer, en su artículo titulado “Los cincuenta años de pintura de Alfredo Sinclair”, relata que: “Durante este período de formación académica, Sinclair pintó obras de enfoque realista incluidos desnudos, bodegones, y paisajes como Marea Seca, en las que su sensibilidad estética y habilidad técnica ya se vislumbran”. En 1943, gana el tercer premio del concurso de pintura que auspiciaba la Cervecería Nacional.

***

 

Un tanto agotadas sus expectativas personales de desarrollo artístico a nivel local, y con la creciente avidez de dedicar todo su esfuerzo al arte pictórico, Alfredo Sinclair Ballesteros poco dudó en sumarse a los convites de conocidos y compañeros pintores para enrumbar su camino en dirección a Suramérica: Argentina. La historia acredita a Jeanine, Oduber y a Cebamanos el haber estimulado a Alfredo para que fuera a Buenos Aires. Ellos ya habían partido para Argentina y, mediante cartas, le relataban la excelencia de las escuelas de pintura. La historia también hace referencia al pintor hebreo-argentino Naum Goyman, quien igualmente lo convidó a viajar a la Argentina para perfeccionar su arte. Según Yara Díaz de Gámez, en su escrito “Un diálogo con los pintores Sinclair”, “Al observar algunos de los cuadros de Sinclair, Goyman le dice: ‘Sinclair, necesitas saber cocinar tus pinturas […] Aprender a pintar bien, conocer el oficio’”.

Los comentarios de Ivaldi y Goyman eran coincidentes de alguna manera. Tanta exhortación de sus amigos lo hizo reflexionar en la necesidad de alcanzar nuevos vértices en el mejoramiento de su arte. Esa voz interior que siempre lo convidó a pensar en grande, como dijo Olguita, su hija. “Sueñen en grande, hijos míos, porque el que sueña chiquito se queda chiquito… y el que sueña en grande va para lo grande”. Sinclair concluyó sin mucho titubeo que era importante para su carrera de artista seguir los impulsos de su corazón ante esa avidez interna y la insistencia de sus colegas. Pero sus primeras intenciones eran otras. Cuando Sinclair Ballesteros comenzó a explorar la posibilidad de abandonar Panamá para acometer esas nuevas oportunidades de conocimiento del arte, su sueño era viajar a Europa: a París, Francia. Sus deseos más íntimos lo hacían fantasear con tocar y vivir las expresiones pictóricoartísticas de la época y a la vez dar a conocer su trabajo, con el afán de aprender; darle forma a su arte, a la par de las nuevas corrientes artísticas que envolvían el mundo pictórico europeo que de igual manera influían el mundo pictórico internacional. Pero Europa recién salía de la guerra fatalmente marcada, casi destruida. Francia había sufrido con la perversidad de la ocupación y abuso de los alemanes. Su población deshonrada: su patrimonio artístico y pictórico violado.

La preocupación y necesidad de reconstrucción física del país y emocional de los franceses hacían poco probable en esos años un ambiente de exploración intelectual y de absorción de nuevas técnicas y metodologías del arte que pudieran ser de gran influencia y utilidad del novel pintor. En 1947, ese llamado de su madre a los dos años nuevamente lo urgió a redefinir sus pasos: enrumbar los surcos gastados en la planta de sus zapatos con el peso de sus pisadas, para volver a direccionar sus huellas. Sinclair Ballesteros vende su auto por seiscientos dólares, asegura el bienestar y seguridad de sus dos pequeños niños, compra su pasaje de avión y… “recoge sus cosas” para partir hacia un nuevo rumbo de su vida.

***

 

El viaje hacia Argentina lo realiza en un avión de hélice. Se va entre animales: terneros y vacas que venían de Canadá. Los relatos cuentan que hizo escala en Santiago de Chile, y, durante una escala en Valparaíso, Alfredo Sinclair tiene su primer contacto con el arte universal al visitar el Museo Chileno de Arte. Conoce el trabajo de Van Gogh y de Picasso, que ya contaban con obras de reconocimiento mundial. También ve las primeras exposiciones de los maestros chilenos y argentinos. Argentina era el lugar. Juan Domingo Perón presidía el país, construyendo y afianzando el proyecto político que llevaría su nombre: el peronismo. Su esposa, Eva Perón, con su gestión a favor de numerosas causas sociales y políticas, marcaba el rumbo de nación, y con ello cultivaba el aprecio y la admiración del pueblo argentino. La figura de Evita Perón cautivó al pueblo con una imagen mística que años después se trasladó al escenario mundial.

Era el tiempo de El Aleph, de Jorge Luis Borges. El nivel intelectual y cultural del escenario social bonaerense marcó con asombro y entusiasmo al ya ansioso pintor panameño. Argentina era entonces la meca mundial ante los desafíos europeos. El vestir, la manera de llevarse, la forma de hablar comenzó de inmediato a moldear el carácter y la personalidad de Alfredo Sinclair. Ya en contacto con sus colegas panameños, Sinclair se inscribe e inicia formalmente su preparación en la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova, bajo la dirección y mirada acuciosa del maestro Jorge Soto Acebal, afamado pintor argentino formado en Europa a inicios del siglo xx. Allí Alfredo Sinclair se sumerge por completo en su formación académica. Estando en Buenos Aires, cuenta su hijo Jorge, “…comienza a deslumbrar”. Era el primero de su clase a pesar de sus necesidades de supervivencia. Comenzó a estudiar a los clásicos, a los filósofos del arte, la filosofía del arte, a perfeccionar el oficio. Durante este tiempo de estudiante, de crecimiento intelectual, de energía creadora, de mejoramiento de su estilo y su técnica, Alfredo Sinclair también se esforzó por conocer el movimiento pictórico argentino y estudió a los grandes maestros de la pintura como Raúl Soldi, Enrique de Larrañaga y el propio Soto Acebal. Participó de varias exposiciones colectivas en Argentina. Obtuvo una medalla de estímulo en la Exposición de Artes Plásticas Bodas de Oro del Club Morón, en el barrio de San Telmo. En 1949, ganó el cuarto premio en el xxViii Salón Anual de la Asociación de Estudiantes y Egresados de Bellas Artes, y también participó de la Muestra de Artes Plásticas del Vigésimo Aniversario de la Fundación las Heras en donde ganó el quinto premio. Alguna vez, ya hecho un reconocido maestro del arte pictórico, reflexionó con su hija Olguita:

[…] Mi amor: Una cosa es embarrar cuadros y otra cosa es entrar en la estética del Arte. […] La filosofía del arte que es la materia estética. Y la estética es lo que hace diferenciar al ejecutor del arte que es el pintor. El artista… lo que es un cuadro bueno o un cuadro malo.
Un cuadro con valores intrínsecos en donde la línea, el manejo del color, la composición, todo eso es un conjunto armonioso que hace que el espectador se emocione, se enaltezca. Ese es el artista, el otro es el que reproduce… El pintor, como decía Picasso, el pintor pinta lo que vende… el artista vende lo que pinta.

Pero en medio de ese esfuerzo por el mejoramiento de su arte, de su filosofía sobre la plástica, los retos de vivir con las limitaciones financieras no cesaron. Sinclair con parte del dinero de la venta del auto había comprado unos cuantos pares de calzados estadounidenses de marca Florsheim y camisas de marca Arrow. El acceso a estos insumos se derivaba de la condición de país de tránsito, conjuntamente con la ocupación estadounidense en el istmo de Panamá: la posibilidad de encontrar toda clase de artículos de consumo que en el resto de la América hispana no eran asequibles, y hasta a veces, desconocidas.

Cuando a Sinclair se le dificultaba el pago del alquiler de su cuarto con dinero en efectivo, resolvía su estadía, mes por mes, permutando un par de los zapatos Florsheim o una de las camisas Arrow. Pero ese ejercicio tenía sus límites. Comenzó a buscar trabajo para poder mantenerse en Buenos Aires, pagar las cuentas necesarias y permanecer en la Escuela de Bellas Artes para culminar su carrera. Comenzó a trabajar en la fábrica Du Pont, una filial de la empresa fundada en Delaware, Estados Unidos, a principios del siglo xx. La fábrica quedaba a una distancia considerable de la escuela de Bellas Artes. Sinclair debió entonces dividir su tiempo entre el trabajo y las distancias recorridas en trenes para cumplir con sus horarios y sus estudios. Se hizo querer por sus compañeros de planta, a pesar de que, como reflexionó Jorge, su hijo, “los argentinos eran tan cerrados, tan orgullosos, tan excluyentes y hasta racistas; los tipos lo adoraban”. Se integró como uno más, dedicado y laborioso.

A poco tiempo de estar trabajando en la fábrica entre los más de tres mil argentinos, los directivos de la planta buscaban entre el personal a alguien que hablara inglés para ayudar con el manejo de la misma. Al indagar sobre quién hablaba inglés, Sinclair no dudó el alzar la mano. Los directivos se sorprenden durante la entrevista con él por el buen manejo del idioma, marcado por un leve acento británico-escocés. El manejo fluido, gramaticalmente estructurado, prácticamente perfecto. Sus compañeros de planta, al día siguiente ven al Morocho (como le decían los bonaerenses por el oscuro color de su piel), vestido en camisa de manga corta y corbata, típico del personal que comandaba el manejo de la fábrica. Ante esa nueva y repentina oportunidad de salir de lo común, de contribuir con el día a día del manejo de la fábrica, de mejorar en algo sus ingresos, Sinclair reflexionó años después abrazando la idea de que, el poder hablar inglés “…fue el regalo que su padre, el escocés, le dejó a él… aparte de la vida misma”.

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Inmerso entre sus nuevas responsabilidades laborales, la rotación de turnos, la distancia entre la escuela de Bellas Artes y la fábrica, el ir y venir por largas horas en tren para cumplir con todo esto, con todas las exigencias, con todas sus responsabilidades, soñando en el arte, alimentando la creatividad mental, mirando los colores… era la norma de sus semanas, pero era agotador. Apurado y sin muchas contemplaciones, resolvía la comida en los carritos ambulantes de bife y taquitos en Puerto Maderos, para otra vez atender los detalles durante los turnos nocturnos, dar vuelta al reloj, tomar el tren a tiempo para llegar a la escuela… Poco a poco, ese ritmo inestable e intenso fue haciendo mella en la salud del joven pintor.

El cansancio era abarcador y poca energía dejaba para la creatividad pictórica que, al fin y al cabo, era su objetivo primordial. Pero, como hombre protegido por Dios, pudo sortear esos vaivenes por algún tiempo. Contó a sus hijos años después que, durante esos periplos extenuantes entre la fábrica, el cuarto y la Escuela de Bellas Artes, una vez se posó sobre la ventana del vagón del tren para, minutos después, por esas cosas que otros prefieren no definir, salvar su vida. En ese viaje, Sinclair miraba a lo lejos los extensos campos argentinos. Admirar la infinidad de la línea del horizonte. Las irregularidades artísticas de las montañas con sus picos… sus subidas y bajadas. Los colores de la tierra y los árboles en la distancia. Las nubes del cielo con sus formas y sus dimensiones incomprensibles. El sonido sistemático que marcaba los rieles en esta travesía del tren, tantas veces recorridas un una dirección o la opuesta. Tac, tac… Tac, tac… Tac, tac… Tac, tac… Sumido en la apreciación artística del escenario que lo hipnotizaba, que seducía su cuerpo y su mente agobiado por el cansancio, con escenarios en los lienzos de su imaginario, recoge su cuerpo hacia adentro del vagón y en esa fracción de segundo, en lo que demora el ligero trazo de un pincel en el infinito, el tren —con todo su ímpetu— pasa raudo y veloz al lado de un poste.

El susto, casi espanto, lo congeló con temor y sospecha sobre el escenario del tiempo: la vida, la realidad y la muerte repentina. El impacto del trastorno, frena sus sueños creativos y lo envuelve en el miedo, en la más profunda meditación sobre las encrucijadas de la vida. Sinclair está seguro, como quien está seguro de las fuertes palpitaciones de su corazón, de que si se hubiera quedado meditando en la ventana una milésima de segundo más el poste le habría partido la cabeza… lo habría decapitado. No en vano, insiste toda su vida que ha sido un hombre con un ángel… un hombre protegido por Dios.

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Alfredo Sinclair absorbió lo mejor de Buenos Aires. Vivía lo que para él era la Argentina más sobresaliente que hubiera existido hasta entonces. Pero no podía continuar con ese ritmo de actividad. Lo iba a acabar y su verdadero objetivo se afectaría irremediablemente. Reflexiona sobre si renunciar o no al puesto de trabajo en la fábrica de la compañía Du Pont; y, ante las dificultades económicas que eso encarnaría, consideró una decisión que evitó por mucho tiempo. Ya faltando un año en su formación educacional, resolvió abandonar la Escuela de Bellas Artes. Le dice a su profesor: …“Maestro, tengo que regresar a Panamá”.

Lo había considerado seriamente. Venía meditando sobre los pros y los contras de tal decisión y su futuro como artista de la plástica: dejar la carrera a medio terminar. Quería quedarse en Buenos Aires, pero había construido su propia lógica para justificarse; darle sentido a su salida. Para no sentir pena. Para absorber cualquier sentido de culpabilidad. Razonando, decía que “dentro de su concepción pictórica, la escuela te da los pasos para formarte, pero la escuela no te da la creatividad. La creatividad tú la llevas. La creatividad tú la tienes. Tú la produces. Tú la creas… Tú la haces. O sea: tu trabajo tú lo haces: las bases de la preparación académica son las herramientas para tú, entonces, producir…”, según cuenta su hijo Jorge. Con ese argumento se armó para enfrentar a su profesor quien lo interrumpió con un “¡No, Morocho, no, no, no!”… Divagó por unos minutos.

Era su mejor alumno, el primero de la clase. Mostraba todo el potencial de convertirse en un artista sobresaliente de la plástica. Tenía todas las de ganar o todas las de perder si se iba en ese momento. Lo pensó nuevamente y le dijo: “Alfredito, tú no vas para ningún lado. La escuela va a solicitar al gobierno argentino una beca para que puedas continuar”. Así le dio pare al asunto. Le impregnó algo de esperanzas a Sinclair de poder solventar las penurias y preocupaciones de su sombría situación económica. Pero, más importante aún, poder continuar en la Escuela de Bellas Artes y culminar su carrera.

El maestro Soto Acebal, a través de la escuela de Bellas Artes, solicitó para el panameño una beca al gobierno argentino, la cual fue concedida por la primera dama Evita Perón por ser estudiante de honor de la clase. Eternamente agradecido, y a pesar de siempre recordar sus raíces británicas, Sinclair reconoció a Argentina como su segunda patria. En el año 2001, un poco menos de cincuenta años después, el embajador de Argentina en Panamá, Ernesto Pfirter, en nombre del presidente argentino Fernando de la Rúa, confiere la Orden de Mayo al Mérito en el grado de Oficial al maestro panameño Alfredo Sinclair.

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Finalizados sus estudios en Argentina, Alfredo Sinclair debatió consigo mismo sobre sus posibilidades inmediatas: la idea de ir a Europa nunca lo había abandonado del todo o regresar a Panamá para seguir trabajando y exponiendo su creatividad pictórica. Se decidió por regresar a su país natal, pero antes de partir, a inicios de 1950, realizó una exposición de sus trabajos en la Galería Antú, en Buenos Aires. Quería saber hasta qué punto su arte había evolucionado en esos años de preparación académica.

Su trabajo pictórico fue celebrado por la prensa bonaerense y obtuvo elogios del crítico de arte Fernán de Amador. A Marti Ostrander Oller le reveló Sinclair:

Tuve que esperar tres días por la crítica, pero luego apareció el resultado, y un crítico le dedicó una columna. Yo no podía creer lo que estaba leyendo, porque en un país como Argentina, con tantos talentos, que me dedicaran una columna fue como el visto bueno para lanzarme como profesional a pintar.

Sinclair le expresó a Yara Díaz de Gámez:

Un mes había transcurrido de mi exposición en Buenos Aires cuando regresé a mi país, y puedo decir con orgullo que redescubrí a Panamá. Su exuberante y tropical floresta no había sido descubierta por mí hasta entonces. Comparé el frío y gris Buenos Aires con lo verde y bello que es Panamá.

Regresó influenciado por el trabajo artístico de Modigliani, Matisse, Gauguin y Jackson Pollock, un prestigioso artista estadounidense quien utilizaba técnicas de tratamiento de la pintura no experimentadas hasta entonces. Pollock, considerado uno de los pintores más importantes de Estados Unidos en el siglo xx, se constituyó en un referente en el movimiento del expresionismo abstracto. Pero al regresar a su tierra natal, Sinclair tuvo la impresión de que el ambiente artístico y de la plástica en Panamá no había evolucionado desde que él había partido a tierras del sur. “Vislumbré que el horizonte plástico panameño no tenía intención de zafarse de la pintura tradicional”. Vendió algunos cuadros durante su primera exposición individual en Panamá que le ayudó a preparar Rodrigo Miró en el Club Unión en su sede original en el casco antiguo de la capital.

Una nota biográfica de algunas décadas atrás hace notar que sobre su experiencia de años anteriores con el trabajo en neón

[…] introdujo materiales e ideas nuevas en sus composiciones […] La crítica panameña comenzó a reconocerlo como un miembro destacado del movimiento artístico de avanzada, cuyos miembros, en contacto con nuevas tendencias, abandonaban patrones corrientes y temáticas académicas para ajustar sus criterios a una síntesis.

De este grupo de artistas también destacaron Mario Calvit, Alberto Dutari, Carlos Arboleda, Julio Zachrisson, Adriano Herrerabarría y Manuel Chong Neto.

Ya asentándose como Alfredo Sinclair el artista, concibiendo huellas que habrán de fortalecer el camino hacia un legado más permanente y universal, sigue formulando sobre lienzos sus interioridades artísticas en cuanto a la luz, el color, lo abstracto, las líneas en pleno gozo del reconocimiento general que poco a poco su obra fue generando. Presentó exposiciones en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Panamá, en el Concejo Municipal de la ciudad de Colón y en el hotel Tívoli en la Zona del Canal.

Cuenta Sinclair a Yara Díaz de Gámez:

A raíz de la exposición en la Universidad de Panamá, el señor Alfonso Rojas Sucre […] publicó una columna en un diario local muy desagradable para mí (admito que lo que decía eran verdades, pero yo no estaba acostumbrado a oírlas). Rojas Sucre decía: “Sinclair está confundido; en Sinclair hay Picasso, impresionismo, cubismo, hay de todo”. La crítica de Rojas Sucre me hizo mucho bien. Fue una sacudida que me hizo comprender que debía encausar mi pintura hacia una tendencia más definida. De allí en adelante, empecé a tener más cuidado con respecto a la dirección que estaba llevando.

En la Feria Industrial de Colón en 1951 gana el primer premio de pintura, y el año siguiente presentó tres obras en la Exposición Centroamericana de San José, Costa Rica. Ese mismo año, 1952, Sinclair participó en la “Primera exposición permanente de pintura nacional de la Escuela Nacional de Pintura de Panamá”, y su trabajo fue incluido por la Unión Panamericana en la muestra Diez Pintores Panameños, realizada en Washington. Durante los siguientes años participaría en un número plural de eventos pictóricos, siempre alcanzando el reconocimiento favorable a las expresiones creativas de su arte.

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Ya de vuelta en su Panamá verde e inexplorado artísticamente, Sinclair, el hombre, deliberó en su interior sobre muchas cosas. Su vida cotidiana alrededor de su arte y su pintura. La necesidad de pagar cuentas, tener dónde vivir, poder adquirir lo necesario para llevar adelante su trabajo artístico, siempre ocuparon parte importante de sus cavilaciones cotidianas. En Buenos Aires, Sinclair había dejado chispas de afecto y apego con posibilidades de futuro. Pero la duda lo consumía sobre los riesgos de hacer vida en un Panamá que nunca llenaría las expectativas de una bonaerense de primer mundo; acostumbrada a una rica cultura y oportunidades de crecimiento continuo. La vida de pintores y artistas en lo general de los casos se desenvuelve entre la bohemia y las tertulias expresivas, entre cuestionamientos taxativos que buscan y encuentran respuestas y preguntas sobre lo real o irreal, lo visible o lo invisible. La vida, la muerte, el amor, la existencia.

O sobre los caminos y los pasajes presentes y pasados de lo que es o lo que fue. La entrega, los idilios, la dejadez… O el abandono del amor, sus glorias y todas sus maldiciones. Alfredo Sinclair regresa al trabajo de los tubos de neón con el fin de tener lo económicamente necesario para adelantar la vida; trabajar su arte pero con una visual más educada. Tenía afán por aprovechar al máximo el trabajo con el neón y su atractiva y vibrante gama de colores. Esas experimentaciones lo llevaron a mejorar su técnica artística para incluirlos y definir en cada intento su arte. La irregularidad de sus días consumía parte de su tiempo, pero no dejó que desviara sus intuiciones creativas.

En ese ir y venir en busca de la creatividad en su interior y en lo cotidiano, conoce a Olga Ávila, la mujer con quien compartiría el resto de sus días. Alfredo Sinclair tenía su pequeño cuarto que le sirvió de vivienda y taller de trabajo muy cerca del teatro Tropical, a unos pasos del Instituto Nacional. Compraba sus materiales en un local comercial ubicado a unas cuadras en donde la joven Olga Ávila era dependiente. Al pasar de los meses, intercambiaban saludos afablemente y, poco a poco, Olga Ávila fue conociendo sobre los sueños del pintor en la búsqueda de la maestría en su arte. Con una leve idea sobre los retos económicos y las dificultades en adquirir algunas veces los materiales que necesitaba para pintar, Olga se ofreció a presentar la cuenta de las compras de Sinclair como de ella, para que pudiera aprovechar el descuento que tenía como empleada del local. Así, se fue entretejiendo una amistad que paulatinamente fue convirtiéndose en una relación que mereció toda la atención de ambos.

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La década de 1950 se vio marcada por intensos acontecimientos políticos, que incluyeron el asesinato del presidente José Antonio Remón Cantera el 2 de diciembre de 1955. La figura de Remón Cantera había dominado el escenario político desde la década anterior, a partir de su posición en la comandancia de la Guardia Nacional, y después de su elección como presidente del país en mayo de 1952, hasta su fatídica muerte. Remón Cantera promovió con Estados Unidos una nueva reforma al tratado de 1903, con el interés primordial de mejorar las condiciones económicas estipuladas. A la vez, buscaba resolver las desventajosas condiciones de trabajo en la Zona del Canal, estipuladas en el régimen laboral del gold roll y silver roll, régimen que había sellado para siempre el futuro de la vida de la familia SinclairBallesteros, aquella mañana en que Quintina, la matriarca, recogió a sus hijos para dejar atrás los efectos que había producido aquel horrible sistema en la psique de George Preston Sinclair. Alfredo Sinclair y Olga Ávila se casaron el 13 de septiembre de 1953. Sinclair, antes de formalizar su petición a la joven Olga, aún contemplaba la idea de ir a París, para conocer y explorar las creaciones pictóricas y la rica cultura europea. Olga Ávila llegó a la  vida de Alfredo Sinclair y lo estructuró para que el artista pudiera aprovechar al máximo su tiempo creativo. Para disminuir las preocupaciones, procurar las comidas a tiempo, lo necesario para producir su arte. Todo fue ocupando un espacio adecuado y necesario.

Mato Grosso, un cuadro informalista con incrustaciones de vidrio, fue su obra ganadora del concurso Ricardo Miró en 1955, año en que por primera vez se introducía el género pictórico en el concurso. A Sinclair lo llenó de sorpresa saber que, como jurado de la sección participaba el mismo Alfonso Rojas Sucre quien años atrás lo había criticado duramente, y que en esta ocasión propuso y discutió favorablemente su cuadro para el primer lugar. La obra de Alfredo Sinclair Ballesteros fue galardonada reiteradamente durante los noventa y ocho años de su vida y casi setenta y tres años de vida y producción artístico-pictórica. Fue merecedor de innumerables reconocimientos a nivel nacional e internacional, e hizo innumerables exposiciones individuales y colectivas a lo largo de las décadas. Su obra ha sido valorada y apreciada en múltiples escenarios alrededor del mundo: Nueva York, México D. F., Tokio, Madrid, Bogotá, Nueva Orleans, Buenos Aires, São Paulo, La Habana, Alemania, Francia y Venezuela, solo por mencionar algunos. Fue condecorado en numerosas oportunidades y por las más prestigiosas organizaciones nacionales e internacionales.

Ha sido recibido por estudiantes, presidentes, mandatarios, incluido el Rey de España, Juan Carlos I. De su matrimonio con Olga Ávila nacieron tres hijos: Jorge (médico de profesión), Olguita (artista de renombre nacional e internacional en su propio esfuerzo) y Miguel (ingeniero industrial). Se dedicó a la docencia artística en la Escuela Nacional de Artes Plásticas, en donde a principios de la década de 1940 había iniciado él mismo sus estudios. También enseñó en la Casa de la Cultura durante parte de la década de 1960 y en la Universidad de Panamá. Sobre su obra se han referido muchos conocedores y artistas, críticos del trabajo creativo y del arte pictórico. En 1971, el entonces director del Museo de Arte Latinoamericano en Washington, José Gómez Sicre, escribió:

Alfredo Sinclair ha sido el colorista del arte en Panamá, desde su época de estudiante en Buenos Aires maduró sus conocimientos […]. Su obra es ejemplo de destreza cromática, capaz de impartir a una superficie pictórica la riqueza de un mosaico de mil variantes.

En el escrito titulado, “Sinclair a los setenta”, Pedro Luis Prados evalúa el trabajo del maestro señalando:

Su obra, recogida en cuarenta años de actividad plástica, ha sido una búsqueda permanente de la belleza como finalidad del arte, y a ella se apega sin preocuparle las instancias superadas de su propia creación. […] En términos generales, es una posibilidad abierta a múltiples orientaciones y significaciones, pero en el fondo guarda esa naturaleza personal y secreta del propio misterio que es Alfredo Sinclair.

El poeta colombiano Mario Rivero sostuvo que:

Si tuviera que definir a Sinclair, diría que es un ingeniero del mundo de lo cotidiano […]. Hay una combinación de espiritualidad y poesía en estas imágenes amables, de una tristeza íntima, que nos dan la gracia de lo diario y la presencia de lo espiritual en medio de la materia que teje el contrapunto de las figuras.

En la revista internacional Scala (revista mensual ilustrada de la antigua República Federal Alemana), se publicó en 1972 que, Alfredo Sinclair “figura hoy entre los más importantes artistas del Tercer Mundo”.

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Alfredo Sinclair no solo ha sido reconocido como un brillante exponente de la plástica panameña, sino que también es reconocido como un maestro y, ante todo, ha mostrado ser un intelectual de su oficio. En sus propias palabras y en su propia voz, a lo largo de las décadas, ha dejado sentado sus más íntimas observaciones y perspectivas sobre el arte, su obra, su entorno y, ante todo, su tiempo. Opinó que:

Todo artista o aficionado a la pintura, al igual que el poeta o el músico, forma su propio vocabulario. Un pintor elige los colores que quiere utilizar en sus cuadros; es decir, hace su paleta. La pintura tiene sus valores intrínsecos: la composición, el color, la cadencia, el ritmo. Cada pintor, según su sensibilidad, se inclina más hacia un elemento; hay pintores que son magníficos dibujantes, ellos se inclinan más hacia el empleo de la línea; hay otros que no son tan buenos dibujantes, pero se inclinan más hacia el color, ellos son poetas del color.

Este hombre, de profunda esencia artística, creyente, que se ha sentido protegido por Dios a lo largo de toda su vida, no dejó de expresar, cuando fue necesario, sus apreciaciones sobre lo social y político. La década de 1970 presentó diversos eventos que influyeron la vida del hemisferio. El maestro Sinclair no escapó a esto. El triunfo de la revolución cubana bajo el liderazgo de Fidel Castro, el movimiento de reivindicaciones civiles en Estados Unidos, liderado principalmente por el reverendo Martin Luther King, ejercían presión social y política que reverberaba conscientemente en otras áreas del escenario internacional.

El asesinato del presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, en 1963, de su hermano Robert y de Luther King en 1968, el recrudecimiento de las acciones, y la intervención bélica de Estados Unidos en Vietnam conmocionaron el escenario mundial decididamente, con sus subsiguientes efectos en el istmo de Panamá. En Panamá esta década de 1970 fue marcada aún más por incidentes relacionados con la ocupación estadounidense de la Zona del Canal, ocupación que, desde sus primeros años, había tenido efectos desconocidos, pero seguramente perpetuos, sobre la vida del artista Sinclair. Los eventos del 9 de enero de 1964 y el golpe de Estado por parte de la Guardia Nacional el 11 de octubre de 1968, removieron los cimientos políticos y sociales del país. Se defendían con palos y piedras fue un cuadro de su autoría en honor a los eventos de aquel 9 de enero, y Alfredo Sinclair dejó de frecuentar el hotel Tivoli en donde su obra había sido apreciada tantas veces a través de las décadas. Estos dos sucesos, el 9 de enero de 1964 y el 11 de octubre de 1968, tendrían efectos duraderos sobre la memoria colectiva de la nación en torno a las reclamaciones de soberanía total y sobre la posterior resolución de un malestar colectivo que duraría casi todo el siglo.

Preguntado en entrevista en 1976 por el también pintor Mario Calvit: “¿Podrías indicarnos hasta qué punto tu pintura representa nuestra realidad nacional?”, Sinclair respondió:

Los problemas de Panamá, me refiero a lo cultural, político, social y económico, están íntimamente ligados con los problemas característicos de otros pueblos. Sobre todo los latinoamericanos, de tal manera que los medios de comunicación e información dan referencias inmediatas de la vivencia del hombre en otras latitudes, es por eso que el artista, como fotógrafo del tiempo, se nutre y representa en su obra, tanto la realidad panameña como la de otros países.

Ese sentir se muestra en la obra del maestro Sinclair a lo largo de los años. En 1968, por encargo del Banco de Crédito Popular, había pintado un mural alusivo a la vida del cholo coclesano Victoriano Lorenzo, líder campesino que fue fusilado a principios de siglo. Y, en 1971, utiliza su creatividad artística para representar en un mural en el Salón de la Nacionalidad del Palacio de Gobierno y Justicia las luchas y ansias de reivindicación soberana del pueblo panameño. Imágenes y representaciones pictóricas que envuelven de cierta manera su cometido social y nacional.

A raíz de una exposición de sus obras en Bogotá, Colombia, en 1978, Mario Rivero escribe

Dividida y aparte de su obra se encuentra su definida posición como ciudadano y político. Sinclair no deja dudas sobre esta postura, al decir: “No soy ajeno a los problemas de mi ciudad ni de mi país, lo contrario significaría también la ruptura con mi esencia humana. Pero no mezclaré nunca pintura con política. Cuando quiera hacer política cogeré un fusil y saldré a la calle”.

Alfredo Sinclair Ballesteros, el hombre, el esposo, el padre de familia, el artista, el educador en el esfuerzo por perfeccionar su arte continuamente, cría y provee para el bienestar de su familia, marcado por nobles restricciones económicas. A la par de su arte, sus huellas más profundas las ha dejado como marcas permanentes y sensibles en la vida de sus hijos.

Nunca nos faltó la comida. […] Era una vida humilde, pero muy rica… Muy rica en valores —anota su hija Olguita—. En la casa siempre escuchábamos a Handel, Mozart, Vivaldi… a Caruso, a María Callas… y aun viviendo económicamente súper humildes… Entonces, esas enseñanzas de que el ser pobres económicamente no significa que eres ni vulgar, ni un ser paupérrimo. ¡No!, la dignidad del hombre supera todas sus incapacidades económicas.

Alfredo y Olga Sinclair criaron a sus hijos en los barrios de Calidonia, avenida B, avenida Nacional y Betania, entre otros barrios de la urbe capitalina, de 1950 a 1980. “Mi mamá me decía que a pesar de que viviéramos en estos barrios económicamente humildes, teníamos que ser el ejemplo del barrio”.

Olguita Sinclair rememora que en la enseñanza sobre el arte y el afianzamiento de su propia identidad como artista de la plástica su padre y maestro le precisó:

Para que tu obra tenga consistencia, tienes que estudiar a los filósofos Benedetto Croce, Juan Acha, Ortega y Gasset. Y cuando yo era una niña de dieciséis o diecisiete años, me regaló el libro La deshumanización del arte, de Ortega y Gasset; y ese libro se convirtió para mí en la Biblia.

Alfredo Sinclair Ballesteros, el hombre, le señaló a Rosalina Orocú que:

El éxito tiene sus pilares. […] son los principios de responsabilidad, perseverancia, armonía, trabajo, actualización y estudio permanente. Cada individuo, en parte, se traza su propio destino. […] y el ser responsable es fundamental. Les he inculcado a mis hijos el sentido de responsabilidad, que es un elemento importante para que un individuo pueda llegar muy lejos.

Alfredo Sinclair Ballesteros, el artista, dice:

Siempre he sostenido que la obra artística del hombre va indudablemente unida a su vida y a veces los problemas existenciales, sirven de marco para realizar una gran obra artística. El arte es un fenómeno humano y todo cuanto afecta al artista repercute inevitablemente en su obra.

Los retos de la maduración de la nacionalidad han ido de la mano de los retos de este representante de la plástica nacional. Desde aquella mañana en que Quintina les pidió que recogieran sus cosas, o aquel día en que dibujó en el piso las líneas del juego de la rayuela, las huellas del maestro Alfredo Sinclair han quedado para siempre marcadas por el camino de la vida nacional del siglo xx.

Su hijo Jorge reflexiona:

Nadie que está montando un caballo para llevar leche y se cae inconsciente en Cativá piensa que al final de su vida va a estar entre los hombres más influyentes del siglo XX… Él ni siquiera podía imaginar eso, y él tampoco buscaba eso; simplemente siguió sus sueños.

Alfredo Sinclair murió el 2 de febrero de 2014, próximo a cumplir 100 años. Trece días después su compañera lo siguió como lo había hecho durante los sesenta años de vida que compartieron.

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