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Antonio González Revilla

by: Berna Calvit

El joven chiricano destacaba por su avidez intelectual, su inteligencia y excepcional disciplina de estudio

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Panameña (5 de diciembre de 1937). Graduada en el Instituto Justo Arosemena como maestra de Enseñanza Primaria (1956). Intérprete Pública Autorizada español-inglés-español (1999). Jefa de Archivos y Microfilmación, Universidad de Panamá (1965-1968, 1970). Lotería Nacional de Beneficencia (1969). Columnista en varios diarios nacionales (1992-2014). Columnista exclusiva del diario La Prensa desde 2002. Entre 1999 y 2010 condujo el programa radiofónico “Viva la tarde”, de corte cultural. En el año 2002 participó en el Concurso Nacional de Cuentos Medio Pollito con el cuento “El reloj que perdió las horas” (mención honorífica). En 2008 fue postulada para el Premio Lorenzo Natali de la Comisión Europea por trabajo periodístico (“Con disfraz de democracia”, La Prensa). Es autora del libro Lagartín el dormilón y otros cuentos.
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1914

En la apacible y pequeña ciudad de David, provincia de Chiriquí, nació el 13 de junio de 1914 el niño Antonio, undécimo hijo de los trece vástagos del doctor Manuel González Revilla Barloco, hijo de asturianos, nacido en Camagüey y graduado en la Universidad de París con el grado de médico cirujano; la madre de Antonio es doña Mercedes Delgado Jurado, de distinguida familia chiricana oriunda de David. El año de nacimiento de Antonio, 1914, tiene una importante carga histórica para los chiricanos, para la República de Panamá y para el mundo entero. El 23 de abril el presidente, doctor Belisario Porras, anunció en David el inicio de la construcción del que llamaría Ferrocarril Nacional de Chiriquí, un ambicioso proyecto con ramales para el desarrollo de la provincia. En la lejana Europa, el 28 de junio fue asesinado en Sarajevo el archiduque Francisco Fernando, heredero del imperio austro-húngaro, hecho que resulta el detonante de la Primera Guerra Mundial. Ese mismo año, en la República de Panamá, el 15 de agosto, un acontecimiento de gran trascendencia histórica nacional y mundial marcó en forma indeleble el destino del país: la inauguración del canal de Panamá. La población de la ciudad de David no superaba los cinco mil habitantes y apenas empezaba a despuntar como centro de actividad comercial y agrícola; no contaba con acueducto ni electricidad y las calles no estaban pavimentadas.

Para los padres del niño Antonio aquellos eran días difíciles; los ingresos que percibía el doctor eran insuficientes para mantener una familia tan numerosa. Los González Revilla vivían en una casa de quincha y adobe, típica de la época, que les resultaba pequeña como vivienda, donde también estaba instalada la farmacia que don Antonio regentó hasta que los hermanos mayores, Carlos y Ramón, que empezaron a trabajar siendo muy jóvenes, se encargaron de administrar. También trabajaban las hijas mayores pero los más pequeños, Antonio entre ellos, no se percataban de los grandes esfuerzos que se hacían para brindarles lo poco que recibían. La estrechez económica y las complicaciones propias de un hogar con tantos hijos no impidieron la excelente formación de sanos principios en Antonio y sus hermanos; podría decirse que más bien fueron las dificultades y las limitaciones las que los forjaron en el espíritu del trabajo, el estudio y la unidad familiar. No hubo en aquellos años de infancia nada que indicara que ante el atractivo y espigado niño de ojos azules se abriría un mundo rico en experiencias, luchas, triunfos y reconocimientos nacionales e internacionales. En Antonio destacó tempranamente su inteligencia, su espíritu inquisitivo y observador y su pasión por la lectura.

Durante sus años de adolescente participó en actividades cívicas y como colaborador de un diario estudiantil cuyo lema fue el norte de su vida: “La vida es acción, vívela”. Desde que ingresó a la escuela, su carrera estudiantil estuvo siempre coronada por el éxito; por sus méritos académicos alcanzó los primeros puestos y la distinción de pronunciar los discursos de graduación, honores que disfrutó a lo largo de su fructífera vida en la que el estudio y la superación intelectual ocuparon lugar primordial. Por la falta de centros educativos superiores en la capital chiricana, la aspiración de muchos padres y también de los jóvenes deseosos de una educación de más alto nivel, era los estudios en la capital del país. No obstante, el padre del joven Antonio había gestionado su admisión en el Colegio de Belén en La Habana, Cuba, país de nacimiento del doctor. Doña Mercedes dejó oír el peso de su voz maternal opuesta a este plan, aduciendo la juventud del hijo y lo distante de Cuba; al final pudo más el deseo de la madre y se decidió que permaneciera en el país.

El prestigio del Instituto Nacional, bien cimentado por la excelencia de su personal docente, fue finalmente escogido por los padres de Antonio para que continuara sus estudios como interno en segundo año de Liceo; su hermana, Lizca, quien viajó con él aquel mayo de 1928, asistiría al Colegio San José. El apego a su familia, a la patria pequeña, a los amigos, y los vínculos con sus distinguidos y dedicados profesores en la Normal Rural en David pesaron en su ánimo durante los preparativos para el viaje, sentimientos a los que se sobrepuso gracias a su indoblegable voluntad de superación. Sabía que todo lo que había enriquecido sus años en la pequeña ciudad estaría allí al volver. No olvidaría que había sido durante los años en la Normal Rural que había palpado de cerca la pobreza del hombre del campo, las enfermedades que padecían; fueron también los años en que su espíritu cívico empezó a despertar su resentimiento por la intromisión del gobierno estadounidense en los asuntos internos de Panamá. Todas estas vivencias se acumularon en aquel joven dotado de extraordinario temple y vivaz inteligencia. Llegado el momento de abandonar el nido familiar y la seguridad del entorno en el cual había crecido, emprendió viaje hacia la ciudad de Panamá.

1928

Un día de mayo de 1928, en el David, un vapor de carga dedicado al transporte de ganado y productos agrícolas, llegaron a su destino los hermanos González Revilla. Fue el año de un gran paso para el joven Antonio, uno cuyo final y enlace con su futuro profesional no se preveía. Ese mismo año, en Gran Bretaña, el científico Alexander Fleming descubrió la penicilina, un hallazgo que cambiaría el curso de la historia de la medicina. El cuerpo docente del Instituto Nacional estaba compuesto por eximios académicos, profesores panameños y extranjeros de prestigio y excelencia indiscutible que pronto observaron que el joven chiricano destacaba por su avidez intelectual, su inteligencia y excepcional disciplina de estudio. Múltiples satisfacciones intelectuales y personales recibió en el Instituto Nacional, que, bajo la rectoría del doctor José Dolores Moscote, jurisconsulto y educador, formó parte importante de la historia nacional.

Otro ilustre de nuestra historia, el licenciado Manuel Roy ejerció el cargo de vicerrector. Todo el conjunto era propicio para que el intelectualmente inquieto chiricano recibiera la educación técnica y humanística que, por su solidez, más adelante le resultarían provechosas. Las relaciones entre la República de Panamá y Estados Unidos causaron resquemores en el joven estudiante; a lo largo de toda su vida la intervención del gobierno estadounidense en los asuntos de su país, que calificó de “seudo soberanía supeditada a los intereses expansionistas e imperialistas del coloso del norte” serían una espina en su corazón de buen panameño. En abril de 1930, año en que Antonio cursaba estudios en el Instituto Nacional falleció su padre. El 14 de septiembre de ese mismo año la inesperada muerte de su hermano Manuel Nicolás Colaco, quien estudiaba en Washington, golpeó duramente a la familia González Revilla. La presencia de Antonio en David fue requerida con urgencia por su hermano Carlos quien le informó que se habían hecho los preparativos para que continuara sus estudios en Washington. Tras una breve estancia en David, Antonio regresó a Panamá donde, como reconocimiento a la excelencia de sus calificaciones, y en un gesto de confianza bien justificada como se verá más adelante, el doctor José Dolores Moscote le entregó los créditos correspondientes a cinco años de estudios secundarios. En septiembre de 1930 partió desde la ciudad de Colón con puerto de llegada Nueva York, desde donde viajó a la ciudad capital del imperio norteamericano.

En Panamá quedaron su madre, ya viuda, sus hermanos, su novia, su ciudad de la niñez. Con escaso conocimiento del inglés, a los dieciséis años empezó para Antonio González Revilla una jornada llena de añoranzas, retos y dificultades de diversas índoles, que enfrentaría con la sabia actitud y la serenidad que siempre fueron rasgos de su temple.

1930

Corría el año 1930. Después de una travesía de cinco días en barco, llegó a Nueva York; en vez del verdor y el calor tropical del Panamá que dejó atrás lo recibió el frío otoñal, un paisaje de árboles con hojas rojizas, anaranjadas, color marrón, un escenario bello, sin duda. En Nueva York lo recibió el cónsul, Enoch Adames, quien se encargó de conducirlo a la estación de tren, desde donde partió para Washington; la experiencia, sin duda difícil para un jovencito en tierras extrañas resultó más soportable por el cálido recibimiento que se le dispensó en la terminal ferroviaria de Union Station donde, en un hermoso gesto solidario, lo esperaban el doctor Ricardo J. Alfaro y los amigos de su difunto hermano, Colaco.

Después de considerar varias opciones, fue admitido en una escuela preparatoria para varones que nivelaba alumnos para ingreso a la universidad. Con un diccionario en mano y el inglés básico aprendido, culminó el semestre con “A”, la calificación más alta. Entretanto, el presidente Florencio Arosemena fue depuesto por Acción Comunal, agrupación “idealista e integrada por intelectuales panameños”; el doctor Ricardo J. Alfaro, ministro ante el gobierno estadounidense, abandonó Washington para hacerse cargo de la Presidencia de la República como designado. En su reemplazo se nombró al doctor Harmodio Arias, con quien el estudiante González Revilla estableció una perdurable y sólida amistad.

1931

En 1931 fue admitido al Junior College de la George Washington University donde inició estudios en premedicina; todavía era una dificultad el conocimiento del idioma inglés pero logró aprobar el semestre y los cursos intensivos de verano con notas sobresalientes.

Ya estaba en el camino de la profesión de la cual no se apartaría jamás: Medicina. Fueron tiempos difíciles que pusieron a prueba la voluntad de Antonio; los años de la Gran Depresión en Estados Unidos aún no habían terminado. Con la ayuda económica de sus hermanos logró salir adelante prescindiendo a veces de alguna comida y de muchas de las diversiones propias de los estudiantes universitarios, especialmente latinos. En otoño inició el segundo año de premedicina con el máximo de asignaturas permitidas; sin días para el ocio se preparó para solicitar admisión en la Escuela de Medicina de la George Washington University, tal vez el reto más difícil de los que hasta entonces como estudiante había tenido que enfrentar. La noche de un pronunciado frío invernal, en un austero salón de uno de aquellos sobrios edificios de la universidad, ante la Junta de Admisión que tenía en sus manos otra etapa de la realización de su más cara aspiración, Antonio se sentía “nervioso y bastante cohibido”. ¿Fue cándido al responder, cuando le preguntaron por qué quería estudiar medicina? ¿Hizo bien en contestar que lo estimulaba la ejemplar trayectoria de su padre como médico; su interés por la investigación, y el papel social que podría desarrollar en su país, tan escaso de médicos? Debió haber sido inquietante para el joven aspirante la espera obligada para recibir la respuesta que le sería comunicada después de finalizar el segundo año que, como fruto de su dedicación al estudio, culminó con calificaciones sobresalientes. Como recompensa le esperaban días de vacaciones de verano en Panamá, buena nueva que le comunicó su hermano Carlos.

1932

Transcurría el año 1932. En Estados Unidos se anunció la candidatura de Franklin Delano Roosevelt. El doctor Harmodio Arias Madrid era presidente de la República de Panamá. El joven Antonio González Revilla, entonces de dieciocho años, esperaba ansioso el veredicto sobre su posible ingreso a la Escuela de Medicina de la George Washington University. Viajó a Panamá y seguidamente se trasladó a David; su madre aún guardaba luto por la muerte de su esposo, Manuel, y de su hijo, Manuel Nicolás. La situación económica de la familia era difícil, afectada aún por la Gran Depresión, razón por la que los hermanos Carlos y Ramón, que llevaban los negocios de la familia, la farmacia y la planta eléctrica, dejaron entrever a Antonio la posibilidad de que no pudiera regresar a Estados Unidos a continuar los estudios. La nota de la George Washington University comunicó que Antonio había sido aceptado en la Escuela de Medicina y nuevamente los hermanos mayores de Antonio mostraron cuánto aquilataban su tesón y la indeclinable ambición de que Antonio se convirtiera en médico. Así, pese a las estrecheces económicas, continuaron haciéndose cargo del costo de la educación del hermano, quien tenía por delante cuatro años de estudios para ganar el título de doctor en Medicina. Dieciocho años de edad y ya pisaba el umbral de la Escuela de Medicina el joven chiricano.

1933

El prestigio de la Escuela de Medicina corría a la par que la calidad de su cuerpo docente. Las exigencias del estudio eran intensas; pocas las horas de sueño y muchas las tazas de café; ocasionalmente sacaba tiempo para departir con los paisanos. Nuevamente Antonio culminó el semestre, el primero de la carrera, con las máximas calificaciones; ya más seguro de sí mismo, pisando territorio conocido y ampliamente superadas las barreras del idioma, inició el segundo semestre. Fue en este período, año 1933, cuando el aspirante a doctor empezó a mostrar inclinación por las ciencias neurológicas, influido por las enseñanzas de un excepcional profesor, O. C. Solnitzky, quien había acudido a su estudiante hispanoparlante para que le tradujera su correspondencia con don Santiago Ramón y Cajal, Premio Nobel de Medicina 1906, y don Pío del Río Hortega, propuesto dos veces al Premio Nobel de Medicina (1929 y 1934). No resulta difícil imaginar lo privilegiado que debió haberse sentido Antonio al leer los trabajos, el intercambio epistolar de Solnitzky con los brillantes científicos españoles sobre neurohistología, y las técnicas que desarrollaban. González Revilla cerró el segundo semestre de estudios en la Escuela de Medicina con “A”, en todas las asignaturas. No le fue posible viajar a Panamá de vacaciones así que se colocó como salonero de tiempo parcial en una cafetería; el dinero seguía siendo una necesidad para ayudarse con los gastos, y tenía ante sí el inicio del segundo año de Medicina. El pensum en este período era complejo y cargado; hubo de acortar las horas de sueño para dedicar tiempo al estudio.

Ese semestre tuvo como profesor a Vincent du Vigneaud, quien años después recibiría el Premio Nobel de Fisiología y Medicina (1955) por sus aportaciones al conocimiento de la bioquímica. Antonio alcanzó otro hito en su historia de estudiante al graduarse de segundo año de Medicina con el promedio de calificaciones más alto de la clase. Como reconocimiento a su excelencia académica, fue invitado a formar parte de dos fraternidades médicas; escogió pertenecer a la Alpha Kappa, que frecuentó poco, ya que las actividades de la fraternidad le parecían más sociales que de intercambio y ayuda académica. La disciplina de estudio que se autoimpuso, y la excelencia que se empeñó en lograr no le permitían llevar la vida de estudio y diversión de la mayoría de sus compañeros.

1934

En 1934 viajó a Panamá a pasar unas vacaciones que le ofrecieron una oportunidad inesperada: trabajar durante dos meses como interno en el hospital provincial de Aguadulce. Esto significó la práctica médica en el amplio espectro de necesidades que atendía en el pueblo de Aguadulce el doctor Rafael Estévez, altamente reputado como cirujano e internista. Para Antonio, la intensa jornada es una fructífera experiencia; practicó la cirugía, atendió partos, casos de malaria, pleuresía, fallas cardíacas y parasitosis intestinal, esto último uno de los males endémicos en las áreas campesinas. El doctor Estévez despertó en los demás la admiración por su vocación, su capacidad de trabajo y su habilidad quirúrgica, ampliamente reconocida en el país. Antes de retornar a la capital del imperio norteño, pasó dos semanas con la familia en David, de donde partió acompañado de sus hermanos Alejandro y Lizca, quienes también cursarían estudios durante los dos años que al hermano Antonio aún le faltaban para obtener el ansiado título.
1935 La inclinación de Antonio por las ciencias neurológicas no declinó, todo lo contrario; tomó el curso de neuropatología dictado por el doctor Walter Freeman y con él “aprendió a amar la Neurología y a ejercitarse en el diagnóstico y en el examen neurológico”.

Terminó el tercer año de Medicina, y por sus méritos académicos, con promedio “A”, fue admitido a la Sociedad de Honor Smith-ReedRussell. En el verano de 1935 cumplió con la práctica obligatoria en Obstetricia, asignado a un sector de la ciudad que califica de “gueto negro”; en los informes que Antonio y su colega rindieron después de cada jornada anotaron en el renglón de “Observaciones” su protesta por las condiciones de vida de los que vivían en el suroeste de la ciudad, colindante con el Capitolio; al joven practicante le resultó difícil entender que en la capital del país más poderoso del mundo, a escasa distancia del simbólico Capitolio, donde se tomaban las más grandes decisiones, existiera tanta pobreza, y lo atribuyó primordialmente a la discriminación. Cumplida esta parte de las exigencias del pensum faltaba otra dura prueba; los exámenes finales, que abarcarían todo el pensum de cuatro años serían orales. Aquel día, los rostros austeros de veinte profesores vieron entrar al panameño de quien conocían su impecable trayectoria como estudiante; Antonio pidió permiso para quitarse el saco, sentía calor, tal vez la calefacción estaba alta, o tal vez eran los nervios al verse en un momento tan crucial. Después de concedido el permiso se remangó la camisa lo que hizo que uno de los examinadores le preguntara, bromista, si estaba listo para el encuentro boxístico.

Antonio se sentía excelentemente preparado para el encuentro académico del que no solo salió bien parado sino con las felicitaciones de todos los profesores que recibió por intermedio del decano de la Escuela de Medicina, Earl B. McKinley. Por haber obtenido el índice académico más alto durante los cuatro años de estudios, recibió el Premio John Ordronaux. Hasta aquí el recorrido, como estudiante, de aquel joven que seis años antes había salido de su país para regresar a él con su más caro anhelo cumplido. El 10 de junio de 1936, tres días antes de cumplir los veintiún años, en el imponente y legendario Constitution Hall, de toga y birrete, recibió de manos del presidente de la universidad, y con toda la pompa de la gran noche, el título de doctor en Medicina.

1936

Un mes más tarde, julio de 1936, inició formalmente la práctica de su profesión en Panamá como médico interno del hospital Santo Tomás; con él ingresaron jóvenes que también dejarían su brillante estela en la historia de la medicina de Panamá, entre ellos los doctores Rolando Chanis, Leopoldo Benedetti, Alfredo Figueroa y Gustavo Méndez Pereira. Ante la ausencia de un programa organizado de docencia y de un código de ética que regulase la profesión, formaron un grupo, una sociedad que denominaron Eta Pi Alpha (ETA), que presidía el doctor González Revilla, a la cual invitaban a prestantes figuras jóvenes, tales como Amadeo Vicente Mastellari, Mario Rognoni, Américo Rengifo, Juan Antonio Núñez, Jorge Ramírez Duque y Lidia Gertrudis Tula Sogandares, primera obstetraginecóloga en el país y en toda Centroamérica.

La membresía de ETA se hizo sentir en los agremiados en la Asociación Médica Nacional y se logró un nuevo estatuto y un Código de Ética; por primera vez se celebraba en Panamá un Congreso Médico Nacional. En todos estos afanes, el empuje y el entusiasmo del doctor González Revilla fue determinante. La neurología como especialidad seguía siendo una ambición del joven doctor y también su deseo de regresar a Estados Unidos para especializarse en esta rama de la profesión. En Panamá no halló el ambiente propicio para desarrollarla y algunos de los diagnósticos que a su juicio referían a problemas neurológicos no eran tratados como tales. Ante perspectiva tan desalentadora desistió de sus planes y se dedica a la cirugía general. Estos años le permitieron enriquecer su práctica al lado de connotados médicos que el doctor González Revilla mencionaba con admiración: los doctores Tomás Guardia, Carlos N. Brin, Alfredo Melhado, y Luis Carlos Prieto, entre otros.

1938-1939

En 1938, al finalizar el internado fue nombrado residente en cirugía, en Colón donde recién se inauguraba el hospital Amador Guerrero, a cargo del doctor José Guillermo Lewis, valioso cirujano con quien tuvo amistad desde sus años como estudiante en Washington. En Colón apareció en su vida la bella joven colonense que se convertiría en su compañera de toda la vida, Ángela Rosanía, quien sería la madre de sus tres hijos. En tanto, su práctica médica no le satisfacía; se sentía limitado en su adiestramiento, no había estímulo académico ni científico, ni contaba el hospital con los recursos que necesitaba para el buen servicio que tenía como norma brindar.

La partida de un médico estadounidense que atendía una buena parte de la clientela privada le ofreció la oportunidad de la plaza que dejaba, y, además, y muy importante, los archivos clínicos; González Revilla montó su propio consultorio y a mediados de 1939 empezó a atender pacientes de cinco de la tarde en adelante; cobraba tres balboas por consulta en su clínica, y cinco balboas por visitas a domicilio. Con la holgura que le procuraba la nutrida clientela, en noviembre de 1939 pidió la mano de Ángela, y el 16 de diciembre del mismo año se realizó la boda, fecha en que sacudía al país la inesperada muerte del presidente de la república, Juan Demóstenes Arosemena; el doctor Augusto S. Boyd se encargó de la Presidencia hasta que Arnulfo Arias Madrid ascendió al poder en 1940. La pareja de recién casados viajó a Costa Rica para la luna de miel; durante las tres semanas en el vecino país, Antonio, nunca distante de su profesión, aprovechó para conocer varias instituciones hospitalarias de las que le impresiona favorablemente la eficiencia administrativa en comparación con la de Panamá, a pesar de tener Costa Rica menor asignación en su presupuesto.

1940-1943

El panorama mundial se ensombreció con el inicio de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) que se desarrollaba en Europa. En Panamá, Antonio González Revilla se convertía en padre en 1940 con el nacimiento de su primogénito, bautizado con el nombre de su padre y su abuelo. En 1941, Japón ataca Pearl Harbor y Estados Unidos entra en guerra, razón por la cual el Canal adquiere aún más importancia estratégica; Panamá era un hervidero de militares, todo lo que contribuía, por un lado, a la bonanza económica pero, a la vez, a avivar aún más las fricciones entre panameños y estadounidenses.

La política criolla no está aún entre las preocupaciones del galeno quien seguía resintiendo la intervención estadounidense en los asuntos del país y, en particular, la interferencia del Departamento de Salubridad de la Zona del Canal en asuntos de la salud pública panameña. En 1941 Arnulfo Arias fue destituido y, en una serie de hechos que se desencadenan a raíz de este suceso, el nuevo gobierno, presidido por Ricardo Adolfo de la Guardia, destituyó al director médico y nombró en su lugar al doctor González Revilla como jefe del Departamento de Medicina. La especialidad en Neurocirugía, que no existía ni en los hospitales de la Zona del Canal, seguía siendo una de sus metas. Seis años habían transcurrido desde su graduación; la práctica privada marchaba bien, y fue padre nuevamente, esta vez de María Enriqueta, nacida en enero de 1943. Finalmente, después de consideraciones que contemplaban lo económico y el traslado de la familia, decidió solicitar una posición en Neurología y Neurocirugía en el hospital de la Escuela de Medicina de la Universidad George Washington, su alma mater en el país norteño. La dificultad de recibir la visa como residente con estadía prolongada lo llevó a solicitar audiencia con el presidente De la Guardia; acompañado de su esposa explicaron la situación y lograron que se nombrara al doctor González Revilla con el cargo de adjunto sanitario ad honorem, y, como tal, representante de Panamá ante la Junta Sanitaria Panamericana con sede en Washington.

En julio de 1943 viajó con su esposa y su hijo; la niña quedó en Panamá al cuidado de la abuela materna. En esta nueva etapa de su carrera fue intensa la práctica neurológica; trabajó de cerca con prominentes médicos en este campo, como Walter Freeman y James Watts, y se familiarizó con nuevos procesos quirúrgicos. Más tarde, fijó su interés en el hospital de la Universidad Johns Hopkins en la ciudad de Baltimore, donde ejercía una eminencia de la neurocirugía, el doctor Walter E. Dandy. Logró una cita con Dandy gracias a las gestiones del embajador, Enrique A. Jiménez; la entrevista con el áspero doctor Dandy no empezó con buen pie y según el propio doctor González Revilla el buen resultado final se logró gracias a la intervención de su esposa, Ángela, quien le expuso argumentos que caballerosamente escuchó el impaciente doctor. Una semana después se despidió de los doctores Freeman y Watts. La familia permanecería en Washington, pues los residentes de neurocirugía estaban obligados a residir en el hospital.

1944- 1945

El 2 de diciembre de 1944 empezó una jornada inolvidable para el doctor González Revilla. La intensa personalidad del doctor Dandy, sus rudas reprimendas, la disciplina que imponía y las esclavizantes horas de trabajo pusieron a prueba el temple y la moderación de carácter del médico panameño. Cada dos semanas viajaba a ver a su familia, ya completa, pues María Enriqueta ya había llegado de Panamá. Durante los tres años que trabajó al lado de verdaderas lumbreras de la medicina estadounidense siguió creciendo la devoción de Antonio por la neurocirugía. En 1945 su trabajo fue reconocido con el nombramiento de residente jefe. Estados Unidos se conmociona con la muerte del presidente Franklin Delano Roosevelt; asumió el cargo el vicepresidente Harry Truman quien para siempre fue asociado con Hiroshima y Nagasaki, las ciudades víctimas de las dos únicas bombas atómicas usadas en una guerra, el 6 y 9 de agosto respectivamente. La guerra había llegado a su final.

1946 En enero de 1946, por gestiones del doctor González Revilla ante el presidente Enrique A. Jiménez, el doctor Dandy visitó Panamá para dictar una serie de conferencias, todo lo cual creó el ambiente propicio para que el ilustre visitante convenciera al presidente Jiménez sobre la conveniencia de un centro neuroquirúrgico en Panamá. Con el patrocinio presidencial, la capacitación de personal en Estados Unidos y los pasos burocráticos para la adquisición del equipo empezó a hacerse realidad otro de los anhelos del doctor González Revilla, para quien la muerte del doctor Dandy, en abril de 1946, fue un duro golpe. Antes de volver a Panamá viajó a Boston donde se familiarizó con la electroencefalografía, novedoso proceso en la especialidad de González Revilla. Empezó entonces un nuevo capítulo, al hacerse realidad otro de sus caros anhelos, por el cual había luchado denodadamente.

1947

El 13 de septiembre de 1947 se creó, mediante Decreto 243, el Instituto de Neurología y Neurocirugía del hospital Santo Tomás, firmado por el presidente Enrique A. Jiménez y el doctor Santiago E. Barraza, ministro de Trabajo, Previsión Social y Salud Pública. En la misma fecha asumió el cargo de director del instituto el doctor González Revilla. El ambiente político del país era de gran intranquilidad. Los años de bonanza que se vivieron durante la Segunda Guerra Mundial habían quedado atrás; la situación del erario era precaria, lo que afectó la puesta en marcha del Instituto de Neurología y Neurocirugía. La firma del convenio Filós-Hines en diciembre de 1947, que permitía prolongar la instalación de las bases militares (según acuerdo de 1942, deberían desmantelarse un año después de finalizada la guerra), encontró fuerte y organizada resistencia del pueblo panameño y en consecuencia surgieron disturbios graves. Un trágico suceso durante las protestas resaltó la labor del Instituto de Neurocirugía y del doctor Antonio González Revilla, quien intervino quirúrgicamente al joven estudiante Sebastián Tapia por una lesión medular por arma de fuego; este hecho logró acelerar la tramitación de los fondos para los equipos. Una vez superados ciertos inconvenientes, con el dinámico apoyo del doctor Carlos Ernesto Mendoza, director médico del hospital, el incansable y pertinaz galeno, continuó organizando el instituto.

Pasó revista a las dependencias médicas en busca de pacientes que mostraran dificultades de carácter neurológico; a la vez se reanudaron las conferencias clínicas, y participó en algunas de ellas, deseoso de compartir conocimientos y experiencias. Le preocupaba que los médicos panameños carecían de orientación en cuanto a la neurología, una deficiencia que para él resultaba obvio subsanar. Con la invaluable ayuda del neurohistólogo español Juan Miguel Herrera Bollo, emprendió esfuerzos en esta dirección, no sin encontrar algo de resistencia entre los colegas. Logró convencer sobre la importancia del examen neurológico como examen de rigor en las diversas ramas de la medicina. Además de su vocación por la ciencia médica, en González Revilla empezó a manifestarse una vocación adicional: la enseñanza. El 11 de noviembre de 1947 se inauguró el local del instituto, cuyo fin primordial era “dedicarse al estudio y tratamiento de las enfermedades orgánicas del sistema nervioso y de preparar especialistas en Neurología y Neurocirugía”. Como homenaje a quien tanto contribuyó al adelanto de la cirugía, el instituto recibió el nombre de “Instituto de Neurología y Neurocirugía Walter E. Dandy”.

1948

A principios de 1948, llevados por el entusiasmo del doctor Luis D. Alfaro por las academias de medicina en otros países, se empezó a organizar la que se constituiría en la Academia Panameña de Medicina y Cirugía. El discurso inaugural estuvo a cargo de Octavio Méndez Pereira, como director de la Academia de la Historia y en representación de la dirección de la Academia Panameña de la Lengua. En calidad de presidente de la nueva academia el discurso de cierre lo pronunció el doctor Antonio González Revilla. Así, paso a paso, sin titubeos, sin rendirse, fue forjando la historia de las ciencias neurológicas en Panamá este gran ciudadano.

1949

En julio de 1949, Daniel Chanis Jr. asumió la Presidencia de la República al fallecimiento del titular, Domingo Díaz Arosemena. González Revilla se sentía agobiado por el exceso de trabajo y la escasa remuneración; además no había presupuesto para nombrar los médicos asistentes que se necesitaban. En esas mismas fechas recibió una atractiva oferta de trabajo en la Universidad de Indiana la cual declinó al solventar sus dificultades pecuniarias gracias a la intervención del presidente Chanis.

A fines de noviembre del mismo año, Chanis fue forzado a dimitir y correspondió a Roberto F. Chiari, como vicepresidente, asumir la Presidencia. Para aplacar el levantamiento de protesta que exigía la restitución del doctor Chanis, de la Comandancia de la Guardia Nacional, ejercida por José Antonio Remón Cantera, salió la orden de instalar en el poder a Arnulfo Arias Madrid. Son días de gran inestabilidad política y la Asociación Médica Nacional consideró iniciar una huelga indefinida como apoyo al colega, doctor Chanis. El antagonismo del nuevo presidente hacia algunos colegas llevó a la destitución de valiosas unidades; en sesión extraordinaria de la Asociación se negó apoyo a la solicitud de González Revilla de protestar por la destitución de los médicos y exigir su restitución. Para él, debió haber sido una gran decepción el rechazo de sus colegas y, empeñado en que se corrigiera una injusticia, escribió al presidente una carta abierta de protesta.

La gallardía del doctor tuvo un alto costo; el presidente, a través de su vocero, Jorge Rubén Rosas, le hizo acusaciones que publicó el diario La Nación; también el doctor Rafael Estévez, opositor político de Arnulfo Arias Madrid, fue atacado de la misma manera. Harmodio Arias brindó espacio en su diario El Panamá América para publicarle a González Revilla su carta de defensa; el editorial, a cargo del director del diario, don Samuel Lewis Arango, protestó contra las noticias publicadas en La Nación. El acoso económico se mantuvo, y al volver de México, a donde viajó con su esposa el 1 de abril para asistir a un congreso, González Revilla recibió notificación de que su salario había sido reducido, represalia que atribuyó a las tergiversadas palabras suyas en una entrevista periodística en México sobre el presidente Arnulfo Arias Madrid. A punto de renunciar, fue el hermano del presidente, Harmodio Arias Madrid, quien lo disuadió: no auguraba para su hermano una larga estancia en la presidencia por sus desaciertos administrativos y crecientes fricciones con varios sectores políticos y ciudadanos en general.

1951

En mayo de 1951, anticipando la posibilidad de verse obligado a abandonar el país, viajó a Chicago a tomar las pruebas para especialistas en cirugía neurológica. Los exámenes, que tomarían todo el día, serían orales y abarcarían todas las materias básicas y clínicas. Con cierta aprensión esperó el doctor González Revilla los resultados, pues varios miembros del cuerpo examinador no habían mantenido relaciones cordiales con el doctor Dandy, cuya relación con el aspirante panameño les era, sin duda, conocida. Esa misma noche supo que había aprobado los exámenes con calificación excelente.

Cumplida la misión se va a visitar a unos amigos en Pensilvania donde la primera noche de la visita recibió una llamada de Juan de Arco Galindo, quien le notificó el derrocamiento del doctor Arnulfo Arias; como nuevo ministro de Salud Pública, Galindo le ofreció a González Revilla la posición de director general de Salud Pública, que rechazó por no ser la salud pública su especialidad. Como ironía del destino, le correspondió al doctor González Revilla, como presidente de la Asociación Médica Nacional, integrar la comisión nombrada por la Asamblea para dictaminar el estado de salud de Arnulfo Arias para hacer frente al juicio en su contra fijado para el 25 de mayo de 1951. Fue juzgado y condenado. Le sucedió Alcibíades Arosemena Quinzada como presidente de la república. Las dificultades para conseguir y mantener residentes en la especialidad siguieron sin resolverse. Pero estos sinsabores fueron compensados con la fundación, el 9 de agosto de 1951, de la Escuela de Medicina como parte de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Panamá. A principios de 1951 los dos edificios, diseñados por los arquitectos Ricardo J. Bermúdez y Alberto de Saint Malo, decanos de las facultades de Arquitectura y de Ingeniería, respectivamente, fueron recibidos por las autoridades universitarias. Para González Revilla, quien había formado parte de la comisión organizadora en 1949, este logro fue uno de los que le causó profunda satisfacción.

En el futuro de la Escuela de Medicina veía la formación de un mayor número de médicos y la oportunidad que abría para los jóvenes de escasos recursos sin posibilidad de cursar estudios en el extranjero; también, y de esencial importancia, se le ampliaba el horizonte a la inclusión de la cátedra de neurología y neurocirugía.

1953- 1954

En 1953 Antonio González Revilla se incorporó con carácter oficial, como profesor. Ese mismo año ganó la cátedra de Neurología y Neurocirugía que ejerció hasta diciembre de 1968 cuando la Universidad de Panamá fue clausurada por los militares del golpe del 11 octubre de ese año. En 1954 se creó la Facultad de Medicina, independiente de la Facultad de Ciencias, otro gran logro para González Revilla y los médicos y autoridades que fueron parte del esfuerzo. González Revilla llegó al decanato por elección, ya que el doctor Jaime de la Guardia fue elegido como rector para suceder a Octavio Méndez Pereira, quien había fallecido repentinamente. No fue fácil para el nuevo decano atender el hospital Santo Tomás, la Facultad de Medicina, algunas consultas en el hospital Gorgas, la consulta privada y sus responsabilidades familiares.

No obstante, tan complejas y entrelazadas tareas le brindaron cada año la satisfacción de contribuir a formar médicos en la especialidad que era la pasión de su vida profesional.
1956 En 1956, un episodio de trascendencia internacional se le cruzó en el camino al profesional panameño. El 21 de septiembre, en una fiesta en la ciudad de León, Nicaragua, Anastasio Somoza García sufrió un atentado. En Panamá, el doctor González Revilla recibió la llamada de un alto funcionario del hospital Gorgas para solicitarle viajar a Nicaragua para atender la urgencia. Desde Estados Unidos viajaría un equipo completo de médicos, pero se acudió a González Revilla en caso de que hubiese necesidad de neurocirugía, lo que sin duda podía interpretarse como un reconocimiento a sus dotes en la especialidad.

González Revilla conocía de las pésimas condiciones de los hospitales nicaragüenses, así que surgió la petición de llevar a Nicaragua el equipo neuroquirúrgico del hospital Santo Tomás y el personal especializado, a lo cual accedió el entonces presidente panameño, Ricardo Arias Espinosa. Finalmente el equipo médico estadounidense decidió trasladar a Somoza al Gorgas. El médico panameño anotó que la anestesia estuvo a cargo de la anestesióloga del Gorgas; la participación de González Revilla se hizo sin dificultad, extrajo el proyectil alojado en el canal raquídeo y, terminada su participación, se retiró habiendo advertido al equipo médico que observaba ciertas señales preocupantes. Al volver al hospital esa noche encontró al paciente en estado comatoso que, según los médicos estadounidenses, se debió a un coma de origen metabólico cuya causa no fue nunca comprobada clínicamente. Somoza murió el 29 de septiembre.

1957

Mientras tanto, el trabajo en el Instituto de Neurocirugía fue absorbido por el doctor González Revilla y el doctor Adolfo Malo, una valiosa adquisición, quien, además de su sólida preparación, mostraba mucha disposición para el trabajo. Preocupado siempre en buscar para la universidad, y en particular para la Escuela de Medicina, personal de calidad y mejores condiciones, en 1957 sufrió la decepción de que dos médicos —Félix A. Pitty y Keith Holder— a los que les había gestionado estudios en el exterior con el propósito de que se incorporaran al Instituto, lo abandonaban para integrarse al Seguro Social. Fue en este año cuando la política y la actividad académica en la Universidad de Panamá empezaron a entretejerse para incidir en los planes de González Revilla.

1958

En 1958 el doctor González Revilla fue elegido decano de la Facultad de Medicina; fue reelegido por seis años consecutivos y en 1964 renunció el cargo como estrategia política para lo que se avecinaba en la universidad.

1959

Fue elegido Narciso Garay como rector para suceder a Jaime de la Guardia. Ese período fue de gran agitación en el campus por movimientos estudiantiles que González Revilla calificó de “marxistas”. De estos movimientos destacó a algunos estudiantes que estaban al frente de las acciones que tanta molestia y dificultades causaron al doctor Garay. Entre estos sobresalían Adolfo Ahumada, Eligio Salas, Renato Pereira, Ascanio Villalaz, Rolando Armuelles, Víctor Ávila y Floyd Britton. Del estudiante Britton recordaba su experto manejo de la dialéctica y su facilidad de expresión para defenderse ante una junta disciplinaria por las agresiones graves a otro estudiante. González Revilla ya formaba parte de la agrupación Movimiento Demócrata Cristiano, hecho que adujo Britton para pedir la impugnación de González Revilla en el juicio que se le seguía.

A pesar de la agitación política estudiantil y de perturbadores acuerdos de estos grupos con determinados académicos, el doctor González Revilla mantuvo el ritmo de trabajo y siguió laborando en el crecimiento de la Escuela de Medicina, para lo cual buscó ayuda de otras universidades y organizaciones en el extranjero.

1962-1963

Durante doce meses trabajó con un nutrido y dedicado grupo de colegas en un ambicioso proyecto de expansión dentro del programa de reformas en las que correspondía a cada facultad con feccionar lo que le era pertinente. También participaron agencias internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Agencia Internacional para el Desarrollo (AID), la Asociación de Odontología y la Organización Panamericana de la Salud (OPS), entre otras. En 1963 presentó el proyecto a la rectoría para que a su vez lo presentara a la AID. Resultó frustrante que tanto esfuerzo no lograra su cometido; el proyecto fue rechazado por la AID, que objetó los informes por improvisados y apresurados, excepto el de Medicina.

Ante esta situación, se planteó la necesidad de salir a buscar los fondos necesarios para financiar las obras de construcción; en negociaciones que dirigió el presidente Roberto F. Chiari, se llegó a la conclusión de que la manera más práctica y factible era recurrir a la Caja de Seguro Social (CSS) en la que existía un remanente de 750 000 balboas de un préstamo que había otorgado en 1949 a la Universidad de Panamá. La contraoferta de la CSS fue recibir los terrenos aledaños al hospital General por la suma solicitada. Ante la renuncia de Garay, provocada por los incesantes roces con los estudiantes del Frente de Reforma Universitaria (FRU), surgió la candidatura del profesor Bernardo Lombardo, quien contaba con el apoyo del FRU. A profesores no simpatizantes de este grupo les intranquilizaba la candidatura de Lombardo y le solicitaron en consecuencia a González Revilla disputarle la rectoría de la Universidad de Panamá. Saltó a la vista que la contienda revistió matices eminentemente políticos, y que la candidatura de González Revilla tenía como adversario, más que a Bernardo Lombardo, a los que él calificaba de “marxistas”, y quienes habían logrado alianzas con fuerzas liberales.

Estos liberales no contaban con la simpatía de González Revilla, pues estando en plena efervescencia las elecciones en la Universidad, al mismo tiempo se proclamó a Marco A. Robles como presidente, en medio de acusaciones de fraude contra Arnulfo Arias Madrid. En estas elecciones debutó el Movimiento Demócrata Cristiano, movimiento que denunció las ilegalidades cometidas, y que se negó a firmar las credenciales del electo presidente Robles. De manera tal que la candidatura de González Revilla, en esos momentos, no era presagio de triunfo.

1964

Del año 1964, cuando se encargó Lombardo, a 1968, cuando se dio el golpe de Estado el 11 de octubre, el doctor Antonio González Revilla centró su atención en el adelanto de las obras de construcción que no mostraban el avance programado y en las otras tareas propias de su cargo académico.

1966

En 1966 se convierte en decano de la Facultad de Medicina, e inmediatamente empieza a tratar de que la construcción de los edificios se termine, para lo cual le era indispensable solicitar la ayuda del presidente, Marco Robles. Con su buen amigo el licenciado Carlos Sucre Calvo, ministro de Educación, logró una entrevista con el presidente, quien con gran cordialidad lo atendió sin que aflorara resquemor alguno por la negativa a firmar sus credenciales por el partido del cual el decano González Revilla era miembro. Robles comisionó a Sucre para presentar un proyecto de ley con el fin de donar a la universidad 500 000 balboas en bonos que, una vez negociados, se convirtieron en 360 000 balboas. El lento avance de la construcción fue motivo de desasosiego para el profesorado y los estudiantes, lo que condujo a la paralización de las clases.

1967-1968

En 1967 el doctor González Revilla se lanzó de lleno al quehacer político. Las dificultades en el recinto universitario, la paralización de las clases y la tenaz campaña del grupo FRU fueron utilizadas para combatir la precandidatura presidencial de González Revilla por la Democracia Cristiana.

El doctor no había aceptado formalmente esta distinción, pero sí había empezado a sentir muy de cerca los sinsabores que acarreaban las luchas entre los partidos políticos para alcanzar el poder. En enero de 1968 finalmente se reciben los edificios, que son solo parte de los proyectos que estaban en la agenda del tenaz Antonio Gonzalez Revilla, siempre soñando con una universidad de primera categoría para Panamá. Estaba en sus planes que la tercera etapa de sus esfuerzos los dedicaría a la construcción de un hospital dentro del campus universitario. En febrero la facultad graduó a veinticuatro médicos, iniciados en la Facultad con los nuevos planes de estudio, resultado que le causó inmenso regocijo. En cada cosecha de egresados como médicos estaba la dedicación y la voluntad inquebrantable del doctor González Revilla y de otros colegas que compartían su visión. Hasta 1959 no estuvo entre los intereses del doctor activarse en la vida política del país.

Observaba desapasionadamente el panorama y sus análisis lo llevaban a la conclusión de que los medios para acceder al poder significaban renunciar a los principios éticos y morales; que la democracia no era otra cosa que una seudodemocracia en manos de unas cuantas familias y bajo el control de los medios de comunicación. En la década de 1940, el Frente Patriótico de la Juventud despertó en él un cierto entusiasmo que prontamente se enfriaría al no observar uniformidad en sus principios. La condición autocrática del arnulfismo, sostenida en la controversial y carismática figura de Arnulfo Arias Madrid, tampoco le atrajo, a pesar de sus principios nacionalistas, antiimperialistas, antioligárquicos y su gran arrastre popular. En 1959 empezaron los acercamientos con dirigentes que dentro del campus forman un movimiento que nació bajo el nombre de Acción Social Demócrata, conformado por profesionales, profesores y estudiantes; inspirados en las encíclicas pontificias Rerum Novarum (De las cosas nuevas y los cambios) y en el Código Social de Manilas. En varias ocasiones lo visitaron el joven Carlos Arellano Lennox y su primo, el profesor Julio Sousa  Lennox, figuras destacadas del movimiento; le proveyeron literatura sobre los principios ideológicos de la Democracia Cristiana que se fortalecía en Alemania Occidental, Italia y Bélgica, en Europa, y que en América recibía buena acogida en Chile y Venezuela.

La decisión del doctor fue sopesada, y, tras profundos análisis y estudios de las tendencias ideológicas de la época, decidió afiliarse a la Democracia Cristiana. ¡Había encontrado el nicho político que iba acorde con su formación cristiana e intelectual! Sus planteamientos humanistas y socializantes representaban, a su manera de ver, la única alternativa entre el individualista capitalismo y el comunismo y sus variantes. Un autoanálisis de su trayectoria como ciudadano y profesional, que por la naturaleza misma de su profesión tuvo contacto diario con la realidad nacional, le indicaba que participar en la política teniendo como norte encontrar y aplicar soluciones a los problemas de su Panamá era el paso correcto.

El cómodo aislamiento, el falso derecho a criticar o aplaudir, de “mirar los toros desde la barrera” fueron consideraciones que se hacía. Fue tal vez el largo proceso de madurar el pensamiento en esta línea o tal vez que su carrera académica había sido ampliamente desarrollada, lo que lo llevó a una decisión de gran trascendencia en su vida. Vale resaltar que el ejercicio de la medicina nunca fue abandonado por el doctor González Revilla. En 1960 el Movimiento Demócrata Cristiano se convirtió en Partido Demócrata Cristiano (PDC) tras cumplir con todas las exigencias del Tribunal Electoral. Hubo necesidad de incluir en la Declaración de Principios del partido los artículos Vi y Vii sobre religión y política de sufragio para aclarar la independencia del partido de la jerarquía eclesiástica. La Convención Constitutiva se celebró el 20 de noviembre de 1960. Su primer presidente fue el doctor Antonio González Revilla (1960-1963) y lo acompañaron en esta empresa Carlos M. Lasso, primer vicepresidente; Antonio Ardines, segundo vicepresidente; Carlos Arellano Lennox, como secretario general; Delfín Gálvez, como secretario de actas; Ramón Fernández, hizo las veces de secretario de prensa y propaganda, y Aurelio Ducreaux fungió como tesorero.

La membresía creció y se enriqueció con valiosos ciudadanos, profesionales, comerciantes, estudiantes; sin embargo, era escasa la captación de miembros de la clase obrera. Los planteamientos del partido sobre economía, educación, trabajo, salud, vivienda y las relaciones con Estados Unidos se trabajaron en las reuniones trimestrales. Uno de los proyectos presentados en la Asamblea Nacional por el único diputado del PDC, Moisés Cohen, en el que proponía la nacionalización de las empresas de utilidad pública fue rechazado por mayoría abrumadora. Otros planteamientos, entre ellos la reforma radical del Código de Trabajo; la reforma agraria integral y otras concernientes a la salud, vivienda, electrificación, etc. ocasionaron la deserción de muchos empresarios y terratenientes. Sobre la recuperación total de la soberanía panameña en la Zona del Canal, la posición del partido fue decidida e invariable: la panameñización total del canal de Panamá. Rubén Arosemena Guardia, destacado joven abogado, sucedió en el cargo al doctor González Revilla en 1963, quien declinó ser reelegido en el cargo.

En 1964, primeras elecciones presidenciales en las que el PDC se presentó, fueron candidatos José Antonio Molino para presidente, y Antonio Enríquez Navarro y Julio Pinilla Chiari como vicepresidentes. Fue durante esta época cuando el doctor Ricardo Arias Calderón, brillante filósofo, ingresó a las filas del PDC. En las elecciones se declaró triunfador a Marco Robles, triunfo que se atribuyó a la sustracción de votos a favor de quien se perfilaba como claro ganador, el doctor Arnulfo Arias Madrid. Los candidatos de la Democracia Cristiana obtuvieron una cantidad de votos muy exigua. Con Robles en el poder, en 1965 el PDC cambió su directiva y resultó triunfador Antonio Enríquez Navarro. El gobierno de Robles, en represalia por haberse negado el PDC a reconocer su triunfo, perseguió a Enríquez Navarro, quien, como presidente del PDC, denunció malos manejos en los casinos. Como resultado, fue trasladado del hospital Santo Tomás a Penonomé.

Fue un duro golpe para González Revilla que la Asociación Médica se negara a respaldar su solicitud de protestar contra la arbitraria medida de trasladar a Enríquez Navarro. Esta negativa la atribuyó a que en el Palacio se había hecho una labor entre el gremio médico para que no se aprobara su petición. En consecuencia, González Revilla de inmediato renunció verbalmente a la Asociación Médica, y lo ratificó por escrito al día siguiente.

1967

En 1967, aceptó la prepostulación en contra de los deseos de su esposa Ángela; su argumento para aceptarla era que lo consideraba un sacrificio necesario aun estando consciente de que sus posibilidades de triunfo eran remotas. También varios de sus amigos le recomendaron no participar, entre ellos don Enrique A. Jiménez. No obstante, las advertencias de que en política el juego sucio y los ataques inmerecidos eran parte del juego, no modificaron su decisión de aceptar la nominación. El 5 de marzo de ese año, durante la Cuarta Convención Nacional del Partido Demócrata Cristiano, Antonio González Revilla fue escogido como candidato presidencial con Antonio Enríquez Navarro y Ricardo Arias Calderón como primer y segundo vicepresidentes, respectivamente. La contienda política no había tomado calor pues no había aún ningún otro candidato en el ruedo electoral. En esos meses el tema que acaparaba la atención eran las conversaciones que se llevaban a cabo para negociar un nuevo tratado con Estados Unidos. En junio de 1967, Fernando Eleta, ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Robles, considerando que ya González Revilla era el candidato oficial del PDC, lo citó a una reunión de carácter confidencial. Antes de entregarle los tres volúmenes de los borradores del tratado, le comentó que, si bien no incluían todas las justas aspiraciones de los panameños, sí representaban un notable avance para la República de Panamá.

González Revilla prometió guardar la reserva solicitada pero le hizo la observación de que en vista de que los documentos estaban en inglés y que su terminología era estrictamente legal, requerían ser revisados por expertos en Derecho. Esto significaba que tendría que someterlos al cuerpo de abogados del PDC. El ministro Eleta lo consideró apropiado, y, para proceder, esa misma noche González Revilla citó a la comisión de asuntos jurídicos del partido. La primera lectura suscitó opiniones de rechazo a varias cláusulas que consideraban lesivas para la dignidad del país; así y todo se acordó que en las semanas siguientes continuarían las reuniones para estudiar con serenidad el proyecto que llegaría a ser conocido como el “tratado 3 en 1”. Durante una de las sesiones, González Revilla recibió una llamada del consejero político de la embajada de Estados Unidos; se lo citó para la noche siguiente, y después de los saludos de rigor el funcionario manifestó su interés en conocer la opinión del grupo sobre el documento. Guardando la promesa de confidencialidad empeñada, le dijo que desconocía el contenido del documento. Como la ocasión era propicia, aprovechó para comunicarle la posición del PDC frente a posibles nuevos convenios.

No resultó del agrado del funcionario estadounidense el detalle de lo que el PDC consideraba fundamental en las nuevas negociaciones, opiniones que habían sido ampliamente expuestas en diversos comunicados del partido. Abandonó disgustado la reunión no sin antes decir, sin sutileza alguna, que lo que pretendía el PDC no tenía la menor posibilidad de ser aprobado por el senado de Estados Unidos. El hecho de que los diarios de la familia Arias Guardia hubieran conseguido copia de los 3 en 1 (todavía sin traducción al español) y los publicara, relevó al PDC del compromiso de confidencialidad hecho al ministro Eleta. Dos de los negociadores, Roberto Alemán y Guillermo Chapman hijo, les solicitaron una reunión en la cual reiteraban las dificultades, los múltiples obstáculos y cómo defendieron con honestidad muchas de las cláusulas que el PDC rechazaba.

En ningún momento se dudó del patriotismo de los negociadores, pero permaneció invariable el rechazo del partido a varias de las cláusulas. Más cercana la fecha de las elecciones el oficialismo, bajo la presidencia de Robles, a David Samudio, con el respaldo de la Alianza del Pueblo integrada por los Partidos Liberal, Progresista, Laborista Agrario y el Movimiento de Liberación Nacional. Arnulfo Arias se lanzó como candidato apoyado por la Unión Nacional de los Partidos Panameñista, Coalición Patriótica Nacional, Republicano, Tercer Partido Nacionalista y Acción Democrática. En solitaria postulación Antonio González Revilla disputó la presidencia por el PDC en el escenario político del cual surgiría el presidente que gobernaría la República de Panamá del 1 de octubre de 1968 a 1972.

1968

Para dedicarse de lleno a promover su candidatura como presidente por la Democracia Cristiana, solicitó licencia en la Universidad de Panamá y en el hospital Santo Tomás para los meses de marzo y abril de 1968. En compañía de Enríquez Navarro y Arias Calderón, recorrió los barrios de la ciudad y algunos pueblos del interior. En repetidas ocasiones se denunció la intromisión del gobierno en el proceso electoral para favorecer al candidato oficial, David Samudio.

La candidatura de Arnulfo Arias Madrid era, a todas luces, la que contaba con más adeptos, lo que se confirmó con los resultados de las elecciones del 12 de mayo de 1968: el 1 de octubre toma posesión como presidente de la República de Panamá. El 11 de octubre González Revilla viajó con su esposa a un congreso en Estados Unidos. En el trayecto hacia al aeropuerto, presenció una movilización inusual de militares, y esa misma noche, al llegar a Nueva York, se enteró del golpe de Estado que derrocó al doctor Arnulfo Arias. En diciembre de 1968 los movimientos de protesta en la Universidad de Panamá condujeron al cierre de las actividades en el campus.

Al reabrirse la universidad, el doctor González Revilla rehusó reincorporarse a sus funciones y rompió de manera irrevocable sus vínculos con la Universidad de Panamá. En nota que dirigió a las autoridades, señaló como razón que su dignidad no le permitía conciliación con las autoridades que habían ultrajado la dignidad y la autonomía de la universidad. Tuvieron que pasar quince años antes de que el doctor González Revilla volviera a la Universidad para recibir el homenaje que le brindó un grupo de profesores.

1974

El 13 de junio de 1974, con impresionante exactitud, sesenta años transcurridos desde aquel 1914 de su nacimiento, el doctor González Revilla fue sorprendido con la notificación de su destitución como director del Instituto de Neurología del hospital Santo Tomás al que González Revilla se había dedicado con tanta pasión durante veintisiete años consecutivos. El doctor Adolfo Malo había sido nombrado para reemplazarlo. Según la ley vigente, la jubilación era automática al cumplirse los sesenta años de edad. La bien calculada acción fue interpretada por González Revilla como muestra de la injerencia de la política partidista en su vida profesional, pese a que, dedicado a su profesión y a su familia, se mantuvo apartado de los avatares políticos. El doctor González Revilla retomó la práctica privada sin desvincularse totalmente, por voluntad propia, del instituto que vio nacer y crecer.

1976

En 1976, al cumplir sesenta y dos años y por la insistente solicitud de sus hijas María Enriqueta y María Luisa, empezó a escribir sus memorias.

El libro Ciudadano universal. Memorias del Dr. Antonio González Revilla, publicado póstumamente en 2012, recoge sus recuerdos juveniles, su vida de estudiante, los cargos, honores y distinciones profesionales en vida y post mortem; las sociedades de las que fue  miembro y los cientos de publicaciones y conferencias de su autoría. La vida de González Revilla fue rica en experiencias extraordinarias, enriquecedoras para él y para los que se nutrieron de su sabiduría y con su ejemplo. El camino, a veces áspero, a ratos desalentador, lo transitó sin pausas ni titubeos. En ese mismo camino recibió honores nacionales e internacionales. Fue hombre de familia, médico por vocación, humanista, educador y político. La historia de la medicina en Panamá estará siempre ligada a su nombre en especial como pionero en la rama de la neurocirugía. No son muchos los hombres que llegan al final de su vida y al mirar hacia atrás pueden sentir la satisfacción de haber vivido una vida plena, siempre apegado a sus convicciones y al principio, “La vida es acción, vívela”.

1998

El doctor Antonio González Revilla falleció el 17 de abril de 1998 a los ochenta y cuatro años. Junto a él estuvieron su esposa Ángela y sus hijos, María Enriqueta, María Luisa y Antonio.

Referencias bibliográficas

González Revilla, Antonio (1990). “Historia de la neurocirugía en Panamá”, Neuroeje, vol. 8, no. 2, pp. 49-57.

González Revilla, Antonio (1981, 30 de agosto). “Humanicemos el arte de Hipócrates”, conferencia en el xii Congreso de la Asociación Médica Nacional, La República.

El Panamá América (1964, 12 de junio). “Pensamiento humanista del Dr. Antonio González Revilla”.

La Estrella de Panamá (1964, 26 de mayo). “González Revilla candidato a rector de la Universidad”.

Owens, Thomas y Mendoza, Enrique (2003, 20 de abril). “El pensamiento y la acción de Antonio González Revilla”, La Prensa.

Sinclair, Emilio (1998, 12 de abril). “Panamá pierde un eminente neurocirujano”, La Estrella de Panamá.Vásquez de Palau Ana (1995, 21 de marzo). “Antonio González Revilla”, La Estrella de Panamá.