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    Lissy Jované

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Antonio Tagarópulos

by: Lissy Jované

A lo largo de su vida tuvo un gran empeño en transmitir a las nuevas generaciones las virtudes que lo hicieron un hombre ejemplar, tales como la esperanza en la bondad humana, y el valor del trabajo duro y honrado.
A pesar de los inconvenientes, incendios y desastres de todo tipo que afrontó con sus negocios y a lo largo de su vida, mantuvo siempre una fe inquebrantable en la bondad humana.

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Abogada de profesión. Con una maestría en comercio internacional de la UNCTAD (Naciones Unidas). Ha publicado artículos y ensayos en el diario La Prensa, Revista Lex del Colegio Nacional de Abogados, en boletines de Legal Info y APANDETEC. Miembro fundadora de la Asociación Panameña de Derecho y Nuevas Tecnologías. Presidenta de la Comisión de Informática Jurídica del CNA, 2003/04. Es egresada del Diplomado de Creación Literaria de la Universidad Tecnológica de Panamá, 2006, del cual surge gracias a la iniciativa del escritor Enrique Jaramillo-Levi, la idea de crear la editorial “9 Signos” de la que es socia. Participó con 2 cuentos en el libro colectivo “Letras Cómplices”, 2007. Actualmente trabaja en varios proyectos literarios y estudia un Bachelor of Theology, College at Sikeston, Missouri. Se desempeña como abogada interna en una empresa dedicada al desarrollo inmobiliario.
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Overview

Dedico la historia de mi vida a la juventud panameña, en la esperanza de que las experiencias de un hombre que cree en Dios, en el trabajo honrado y en la bondad humana la estimulen noblemente…
Antonio Tagarópulos

 

Ciudad de origen

Calcis (Chalkis en griego antiguo), el nombre de la capital de la isla griega de Eubea, proviene de la palabra bronce, a pesar de que en la isla no existen minas de ese mineral. Cuenta la historia que Calcis fue fundada por los colonos jonios procedentes del Ática entre los siglos vii y viii a.C., antes de la guerra de Troya.

La isla de Eubea se encuentra separada de Beocia por el estrecho de Euripo (Vico, 2006, p. 197). Originarios de Calcis fueron el poeta Licofrón, y el orador Iseo. Aristóteles murió en dicha ciudad. En La Ilíada se menciona a Calcis entre aquellos lugares de la isla de Eubea, que enviaron sus naves a la guerra de Troya. Calcis estuvo bajo la dominación romana, y mantuvo cierto grado de prosperidad comercial durante su ocupación, desde el siglo vi d.C. Por su posición estratégica, sirvió como fortaleza para proteger el centro de Grecia contra los invasores del norte. Más tarde la ciudad fue tomada paulatinamente por los venecianos hasta el año de 1390 y en 1470, después de un largo asedio, pasó a mano de los otomanos, quienes la convirtieron en la sede del almirante que regía el archipiélago.

La ciudad moderna de Calcis está dividida en dos zonas: la antigua ciudad amurallada, donde vivieron las familias turcas hasta finales del siglo XiX, y el barrio más moderno que se encuentra fuera de ella, ocupado principalmente por griegos. En 1899, Calcis se convirtió en la capital de la prefectura de la isla de Eubea. Cinco años antes, el 8 de noviembre de 1984, había nacido allí Antonio, hijo de Demetrio Tagarópulos y María Thalassinos. A los griegos les sobran razones para sentir el mar en el alma, y son precisamente los mares los que los llevan a explorar el mundo y a asentarse lejos de su tierra natal.

A finales del siglo XiX y principios del XX una gran diáspora emprendió el camino de América. Unos —la mayor parte— terminarían el viaje en Estados Unidos. Otros, quizás más audaces, buscaron destinos que, por desconocidos, eran menos seguros. En Panamá, a la sazón, se construía un canal interoceánico, y allí se dirigieron, a bordo del buque carguero “Martinique”, Antonio Tagarópulos, con apenas 14 años y dos primos mayores: George Kiusus de 16 y Demetrio Pirgópulos de 17. El buque atracó en Colón, donde Antonio habría de vivir el resto de sus días. Su primer trabajo fue de “aguatero” en la Compañía del Canal de Panamá: les llevaba agua a los trabajadores del Muelle 9 que estaba entonces en construcción.

Dos años más tarde, con el canal aún inconcluso y con apenas 18 años, inauguró, en la calle 9, una modesta abarrotería para distribuir víveres, que un incendio destruiría años más tarde. Las dos ciudades terminales, Panamá y Colón, se transformaron y florecieron durante la construcción del Canal. Miles de trabajadores, en especial de las Antillas, las poblaron. Para un comerciante de víveres, con juventud y determinación, el escenario no podía ser más propicio: a los 22 años, en 1916, Antonio Tagarópulos abrió un nuevo negocio en la calle 6 en la planta baja de una casa alquilada. La presencia militar estadounidense, con miles de soldados acantonados en las cercanías a esas ciudades, e incluso la Primera Guerra Mundial —tumba para millones de personas en Europa— significaron prosperidad para una ciudad como Colón, donde funcionaban grandes depósitos de mercancías que los comerciantes vendían a buenos precios.

En 1917, el joven Tagarópulos amplió el radio de sus negocios: instaló una planta pasteurizadora e incursionó en otros campos comerciales. Compraba leche a ganaderos, la pasteurizaba y vendía tanto en Colón como en la llamada Zona del Canal. Adicionalmente adquirió barcos que recorrían la costa atlántica enviando mercancías a comerciantes de los pueblos costeños. Llegó a tener catorce embarcaciones con las cuales también se prestaba servicio de transporte de pasajeros.

Como tantos otros inmigrantes a los que la fortuna les sonríe temprano, Antonio Tagarópulos pudo cumplir el sueño de reunir en su nueva patria al resto de su familia: en 1924 llegaron su madre, su hermano Pablo y dos de sus hermanas. Colón es una ciudad cuya vida es una rueda de la fortuna en constante movimiento, que vive grandes prosperidades y grandes penurias. A lo largo de su corta existencia —es una isla en la que se levantó, a mediados del siglo XiX, una ciudad que sirviera de terminal para el ferrocarril transístmico construido a raíz del descubrimiento de las minas de oro de California— ha visto nacer y morir comercios e industrias, y también ha sido devastada varias veces por incendios.

De allí que se le llamara también ciudad Fénix, porque tal como el ave mitológica, resucitaba de sus cenizas después de cada incendio que la asolaba (Mellander & Maldonado, 1999). En efecto, Colón nació como un campamento de trabajadores en la isla llamada Manzanillo, algo así como una “ciudad provisional” con mayoría de construcciones de madera y por lo tanto presa fácil del fuego.

En el verano de 1885, durante una de las tantas guerras civiles colombianas —Panamá no era aún independiente— Colón sufre su primer incendio, al que se le denominó “el fuego de Prestán”, en lamentable recordación del abogado liberal Pedro Prestán que lideró las fuerzas revolucionarias en aquel entonces. Y otro incendio, este en 1939, llevó a la ruina al ya próspero Antonio Tagarópulos: nueve de sus tiendas fueron devastadas por las llamas que asolaron la ciudad. Su empresa sufrió pérdidas aproximadas al medio millón de dólares. Como los bienes no estaban asegurados ese inesperado revés de la fortuna resultó demoledor.

Un alto funcionario de un banco extranjero con el cual Tagarópulos mantenía grandes compromisos increpaba de continuo a Antonio para que saldara la deuda pendiente y finalmente le dio un término angustioso y de difícil cumplimiento. La deuda se cubrió con la mercancía que no fue destruida por las llamas. ,. En lugar de resignarse a la quiebra, Antonio Tagarópulos se dirigió al gerente de la United Fruit Company en Colón, exponiéndole su situación, y logró que se le otorgara un préstamo de veinticinco mil dólares. Con este monto llenó la tienda y los barcos y se dedicó a distribuir mercancías por todos los lugares donde le fue solicitado. Y al decir del mismo Antonio Tagarópulos:

 

[…] mis negocios se levantaron de nuevo, como el Ave Fénix y como la ciudad de Colón. Hay una íntima relación entre la suerte de la ciudad que es centro de mis actividades y yo. A mi arribo a playas panameñas, era yo tan adolescente como lo era nuestra urbe atlántica. Crecí en ella. Sufrí sus calamidades y así como ella superó las suyas, yo superé las mías”. (Tejeira, 1975).

 

Uno años antes, en 1930, Antonio, con treinta y tres años, había regresado a Grecia, después de veintidós años de ausencia. Fue recibido por su hermano mayor Basilio, general del ejército y jefe militar de la plaza. Encontró un país muy distinto del que había dejado, con una transformación económica evidente, pues había trabajo para todos. Describió la travesía como “un cómodo trasatlántico”, y recordó el carguero francés “Martinique”, el viaje tan distinto realizado cuando apenas adolescente había salido de su Grecia natal.

Al visitar su pueblo natal, Calcis, observó que existían nuevos comercios e industrias que lo hacían tan próspero como el resto de la nación. Se instaló en casa de sus padres, y recibió la visita de familiares nuevos para él, así como toda clase de parientes que querían escuchar de su incursión en el nuevo mundo. Su hermano Basilio lo presionó para que se quedara en Grecia, a fin de que pudiera cumplir el servicio militar obligatorio en el ejército. No servía de nada su nacionalidad panameña, ya que en los registros griegos su nueva ciudadanía no constaba, motivo por el cual aprovechó la oportunidad dada por la ley para eximirse.

En 1930 se casó por el rito ortodoxo griego con Stamatula Kiapecos, hija del primer comerciante de Calcis. De esa unión nacerían tres hijas: María, Elena y Andromahi. El mismo día que Antonio se casó, también se casaron dos de sus hermanas, Penélope y Athina. Las tres parejas de recién casados realizaron el viaje hacia Panamá acompañadas por otra de sus hermanas y tres de sus primos. Días antes de su retorno a Panamá de la luna de miel, Antonio Tagarópulos contrajo una severa pulmonía en Liverpool, el puerto donde abordó junto a su nueva familia, el trasatlántico de regreso al Istmo. A pesar de las recomendaciones del médico Antonio se negó a aplazar el viaje, y como él mismo lo describe:

 

A medida que el barco avanzaba hacia el sur mi estado de salud iba mejorando. Cuando llegamos a Islas Canarias, me había deshecho de botas, abrigos y me sentía sano. De la pulmonía doble solo quedaba el recuerdo… Cuando el trasatlántico arribó a aguas istmeñas sentí que me reintegraba por fin a la patria escogida por mí y a la que me sentía estrechamente vinculado. Traía conmigo una compañera y un buen grupo de familiares entre ellos.

En Colón me esperaban mi madre, mis amigos y mis nuevos cuñados, mis actividades comerciales e industriales… Y me sentí alegre y optimista. (citado en Tejeira, 1975).

 

Ese sentimiento de arraigo a su nueva patria, Panamá, le acompañaría toda la vida, pero, como suele suceder con los inmigrantes, guardaba un cariño permanente por su tierra natal. Él mismo describió las conductas y hábitos heredados de sus antepasados llevados en la sangre:

 

Yo creo que de esto es una prueba el pueblo griego. Los que salimos de nuestra patria vamos impulsados por el mismo instinto que llevó a los argonautas hace varios milenios. Salimos de Grecia, no dejando en ella nuestro corazón sino trayéndolo con nosotros. De ahí que podamos adaptarnos a otra patria sin dejar por eso de ser griegos y sin que el mantener la calidad de tales nos reste el afecto por aquella en la que nos arraigamos (ibíd.).

 

No eran palabras vacías ni huérfanas de sustento. La lealtad de Antonio a la patria escogida por él fue puesta a prueba tanto en sus momentos más difíciles, como en los de mayor bonanza. En febrero de 1921 se originó un conflicto con Costa Rica —la guerra de Coto—, y en aquel entonces el gobernador de la provincia de Colón, Juan Demóstenes Arosemena, quien años más tarde sería presidente de Panamá, le pidió a Antonio Tagarópulos embarcaciones para transportar las tropas a Bocas del Toro. Antonio puso, de manera gratuita, a disposición de la causa panameña todos sus barcos. En 1925, se produjo una rebelión en la comarca de San Blas (hoy Guna Yala), iniciada por el norteamericano Richard Marsh, quien pretendió fundar la República de Tule. Con el propósito de aplacar la situación en la comarca, Juan Demóstenes Arosemena de nuevo requirió una flota de barcos, petición que su amigo Antonio Tagarópulos atendió sin dilación ni condiciones.

Los buenos inmigrantes siempre encuentran la manera de retribuir la acogida que les brinda su nueva patria. Tagarópulos lejos de ser una excepción, se esmeró en participar en proyectos comunitarios y de atención a los más necesitados. Siempre que tuvo oportunidad colaboró con la educación del país tanto con programas de becas, como de donaciones a diferentes organizaciones educativas (Universidad Santa María la Antigua, escuela de Puerto Pilón, Escuela de Barriada El Maestro en Sabanitas, entre otras). También colaboró con la creación de la infraestructura de Colón, fundando la “Urbanización Tagarópolis”, en Sabanitas y siendo parte del Comité Pro-Carretera a Portobelo, gracias al cual se logró llevar a cabo la obra. Gran parte de su vocación cívica la canalizó a través del club Rotario de Colón y del club de Leones de la misma ciudad.

No es exagerado sostener que la vida de la ciudad de Colón en el siglo XX está íntimamente asociada a la vida de Antonio Tagarópulos. Fue copromotor de la Zona Libre de Colón, que le brindó oxígeno económico a Colón cuando terminó la bonanza de la Segunda Guerra Mundial (por esas ironías históricas, hay ciudades y países que se benefician de las desgracias de otros, en este caso gracias a la enorme cantidad de efectivos militares que allí concentró Estados Unidos). Tagarópulos fundó en la ciudad de Colón la Iglesia Ortodoxa Griega, de la cual fue devoto ferviente. En 1968 el arzobispo de Nueva York lo nombró ecónomo de esa religión en Panamá.

Quienes conocieron a Antonio Tagarópulos lo recuerdan como un hombre devoto, de familia y de muchos amigos en todas las clases sociales y de todas las procedencias. Sin embargo, los panameños asocian su nombre con la figura de un hombre de negocios, que a base de esfuerzo propio logró crear una gran cantidad de empresas y acumular fortuna: “[…] aunque fueron modestos, duros y difíciles mis inicios en los negocios, nunca faltaron amigos leales, así como valiosos consejeros, quienes con su apoyo moral y ayuda material, contribuyeron a mi formación”. (citado en Tejeira, 1975). Él, por su parte, recordaba siempre con gratitud a los esposos de sus hijas Gerásimos Kanelópulos, Alex Psychoyos y Constantino Kitras, así como sus cuñados Demetrio Rudósimos, Evangelo Papadópulos, Pródomo Brahapulos, y Basilio Kirkos.

No deja de constituir motivo de sorpresa y —por qué no— de admiración que un joven adolescente llegara a un país de una lengua que no conoce y formara tantas empresas en tantos campos distintos, se erigiera en pionero de otras muchas actividades empresariales, que llegara a ser presidente de la Cámara de Comercio de Colón, y que fuera distinguido por el gobierno con la Orden de Vasco Núñez de Balboa. Tagarópulos visualizó la necesidad de explotar el negocio de cabotaje y transporte interno en la costa atlántica, para lo cual fundó la “Compañía Naviera de Exportaciones de la Costa Atlántica”, con catorce embarcaciones de cabotaje. Con ella prestó los servicios de transporte marítimo entre Colón y Bocas del Toro, Darién, Costa Arriba, Costa Abajo y Puerto Limón, en Costa Rica. Su principal actividad empresarial fue la venta al por mayor y al detal de víveres, pero incursionó en otros comercios, en la industria (incluido Cemento Panamá), en la ganadería y bienes raíces.

A pesar de que sus negocios estaban ubicados en Colón, la provincia atlántica se le quedó pequeña. En 1958 fundó el Grupo Rey, y abrió el primer supermercado con ese nombre en la Ciudad de Panamá (más tarde, con el emporio que construyó se le conocería como El Rey de los supermercados). Hoy el Grupo Rey es uno de los mayores de Panamá con más de setenta establecimientos comerciales entre supermercados y farmacias. Allende las fronteras panameñas, también se hizo sentir la fuerza empresarial de Tagarópulos; fue socio fundador de la empresa Orange Crush de Costa Rica y el primer embotellador de Pepsi Cola en Centroamérica. Antonio Tagarópulos murió el 23 de noviembre de 1976 en Colón. Sus restos descansan, por voluntad expresa, en esa ciudad.

Gil Blas Tejeira (1975), resume así su legado:

 

A lo largo de su vida tuvo un gran empeño en transmitir a las nuevas generaciones las virtudes que lo hicieron un hombre ejemplar, tales como la esperanza en la bondad humana, y el valor del trabajo duro y honrado.

 

A pesar de los inconvenientes, incendios y desastres de todo tipo que afrontó con sus negocios y a lo largo de su vida, mantuvo siempre una fe inquebrantable en la bondad humana. No claudicó ante las adversidades ni dejó de abrir nuevas empresas, que contribuyeron al desarrollo económico de Panamá y generaron miles empleos. Contra todos los avatares y retos que le fue imponiendo la vida, mantuvo un corazón sencillo y amable. Nunca dejó de ser el niño que miraba serenamente por horas el mar en la Halkidha (Calcis) de su infancia.

 

Referencias bibliográficas

Mellander, Gustavo A. & Maldonado Mellander, Nelly (1999). Charles Edward Magoon: The Panama Years. Puerto Rico: Editorial Plaza Mayor.

Tejeira, Gil Blas (1975). Mi Mejor Legado: Biografía de Antonio D. Tagarópulos. Panamá: Litho – Impresora Panamá, 1a. edición.

Vico Belmonte, Ana (2006). Monedas Griegas. Real Academia de la Historia. Madrid: Publicaciones del Gabinete de Antigüedades de la Real Academia de la Historia, 1ª. edición.