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    Carlos Alberto Mendoza

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Baltasar Isaza Calderón

by: Carlos Alberto Mendoza

Baltasar Isaza Calderón es figura cimera de la intelectualidad panameña del siglo xx. De talento arrollador y prosa exquisita, escribía con facilidad asombrosa, sin necesidad de corregir una y otra vez los conceptos que emanaban de su pluma. Sabía expresarse en forma castiza, sin incurrir en gongorismos.

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Es abogado e historiador panameño. Después de la restauración democrática en Panamá ejerció el periodismo, desempeñándose como director del diario El Panamá América, y director editorial de Crítica Libre. Fue el primer presidente de la Autoridad de la Región Interoceánica, que se encargó de la administración de los bienes que fueron revirtiendo a Panamá, de acuerdo con lo pactado en los Tratados Torrijos-Carter. Con posterioridad, y por casi cinco años, desempeñó el cargo de embajador de Panamá ante la República de China, con sede en Taipéi, Taiwán. Como historiador ha publicado libros sobre historia del Istmo, durante los siglos XIX y XX. Su ejercicio profesional como abogado ha girado siempre alrededor del Derecho Laboral.
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Overview

(con la colaboración de Lorena Roquebert V.)

Baltasar Isaza Calderón: Una mente superior

Baltasar Isaza Calderón es figura cimera de la intelectualidad panameña del siglo xx. De talento arrollador y prosa exquisita, escribía con facilidad asombrosa, sin necesidad de corregir una y otra vez los conceptos que emanaban de su pluma. Sabía expresarse en forma castiza, sin incurrir en gongorismos. Fue personaje capital de la Academia Panameña de la Lengua en su época de gloria y su figura y recuerdo están entronizados al nivel de José Dolores Moscote, Ricardo J. Alfaro, Diógenes De la Rosa y Roque Javier Laurenza.

Sus primeros años

Hay en el interior de la república una población de solera, Natá de los Caballeros, cuyo origen se remonta a los primeros tiempos de la colonia. No es posible dirigir la vista a esa época sin que surja, una y otra vez, Natá. Allí nació Baltasar Isaza el 12 de mayo de 1904 a escasos meses del nacimiento de la república. Su apego por Natá fue una constante de su vida. Allí organizó actos culturales de valía, y se preocupó porque tuviera una biblioteca pública pequeña pero digna. Isaza Calderón fue alumno del Instituto Nacional, cuando este iluminaba toda la educación panameña. El viejo liberalismo le insufló una agresiva vocación progresista y laica, que matizó el resto de la vida del alumno. La inteligencia de Isaza se hizo palpable desde sus primeros tiempos; se han conservado sus boletines de aquella época que lo muestran alumno distinguido en todas las materias.

Sus contemporáneos supieron apreciar pronto sus capacidades y talla. En la Asociación de Maestros de la República de los distritos escolares de Aguadulce, Colón y San Francisco se le escogió desde muy joven para cargos importantes. Sería fatigoso hacer relación de todos los puestos que desempeñó en la Asociación, como representante principal o suplente. En 1925, la Secretaría, que después se llamó Ministerio de Instrucción Pública nombró a Isaza maestro de grado de la escuela Justo Arosemena; amén de ayudante del inspector de las escuelas privadas de la capital de la república. Él tenía entonces veintiún años, y de esta forma modesta inició una trayectoria de servicios en el sector público que llenaría toda su vida. Los ascensos del joven se producen casi vertiginosamente. Al año siguiente, fue nombrado secretario de la Inspección General de la Enseñanza Primaria de toda la república en reemplazo de un educador de la reputación y ejecutorias de Rubén Carles Oberto.

Meses después, ya es inspector de Instrucción Pública del distrito escolar de Santiago. Algún día habrá que escribir lo que significó la universidad chilena en los primeros años de la república, donde se formaron figuras sobresalientes del magisterio istmeño. No debe sorprender que hacia Santiago de Chile partiera en busca de luces, Baltasar Isaza. Tenía la aspiración de especializarse en Pedagogía y Psicología en el Instituto Pedagógico. Cursó también materias en el Instituto de Filología, lo que prueba que, desde su juventud, Isaza sintió vocación por esa complicada ciencia, en la que habría de descollar, y de qué manera, años después. En esos tiempos se encontraba al frente de la cartera de Educación, con visión de zahorí, Jephta B. Duncan. Él no pudo menos que dejar explícita constancia de su júbilo y complacencia por el regreso de Isaza de Chile donde había dado pruebas palpables de su valía.

En busca de horizontes más amplios

Isaza siguió ambicionando mayores conocimientos. No se queda en Panamá siquiera un año y parte para Madrid, donde se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central. Allí cayó bajo la influencia de ese gigante de las letras españolas que fue Ramón Menéndez Pidal, presidente entonces del Centro de Estudios Históricos. Le atrajeron especialmente la fonética española, la literatura española en general y particularmente la literatura española contemporánea. El estudiante permaneció en Madrid cuatro años, de los más placenteros y fructíferos de su vida. En diciembre de 1933 se verificó su ejercicio de grado de Doctor en la madrileña Facultad de Filosofía y Letras. Su defensa mereció la calificación de sobresaliente. No contento con este éxito rotundo, el 30 de enero siguiente tomó parte en los ejercicios de oposición a los premios extraordinarios del grado de doctor, compitiendo con lo más selecto de la juventud española de su tiempo. Se le adjudicó uno de los premios. Se publicó entonces su tesis de doctorado titulada El Retorno a la Naturaleza, libro elogiado por distinguidos especialistas, y muy especialmente por el maestro Menéndez Pidal. Esta fue la primera de una serie de publicaciones, meritísimas todas, con las que el autor enriqueció la bibliografía nacional.

El 25 de marzo de 1934 Isaza regresó a Panamá. Su brillante trayectoria en España fue reconocida en varios y diversos agasajos a sus méritos, por parte de autoridades, colegas, amigos y familiares. La segunda mitad de los años treinta fue época de especial agitación política e ideológica en Panamá. Se consolidan corrientes socialistas de distinto matiz. La izquierda liberal encuentra en el partido Liberal Renovador de Francisco Arias Paredes un bastión insuperable. Baltasar Isaza, hijo legítimo del viejo liberalismo, busca amparo en un efímero partido Liberal Progresivo. La verdadera vocación suya, qué duda cabe, no era la política y por ello gravitó rápidamente a lo educativo y literario.

El viejo Instituto Nacional era todavía faro y guía de la cultura. Isaza organizó allí junto con la Escuela Normal de Institutoras en agosto de 1935, un sentido acto cultural de homenaje a Lope de Vega. En el Panamá de esos años, las gentes concurrían con entusiasmo a esas celebraciones. Isaza comenzó su docencia como maestro de grado. En 1937 era ya catedrático de Lengua y Literaturas Castellanas en la Universidad de Panamá, siendo José Dolores Moscote el decano general. A nadie debió sorprender que, por méritos propios, a finales de 1940 Isaza hubiera sido elegido miembro de número de la Academia Panameña de la Lengua.

De aquí y de allá

Baltasar Isaza mantuvo siempre estrechos vínculos académicos y políticos con Colombia. Oportunidad habrá para hacerlo específico. De momento, basta señalar que el expresidente Alberto Lleras Camargo visitó Panamá el 17 de mayo de 1950, en época en que el fanatismo de la derecha llenaba de sangre a Colombia. Aquí se le recibió con afecto y admiración y se le hizo un reconocimiento en la Biblioteca Nacional con Isaza como orador de fondo. Los miembros de la “Misión especial negociadora para la revisión de los tratados y convenios entre Panamá y los Estados Unidos”, Octavio Fábrega y Carlos Sucre C., se dirigieron a Isaza el 22 de junio de 1953 para solicitarle, en forma confidencial, su opinión sobre los siguientes puntos:

1. Qué demandas o reclamos estima Ud. que debería hacer Panamá a los Estados Unidos que no estén cubiertos por los convenios ya existentes.
2. Qué conocimiento tiene Ud. de violaciones específicas de los tratados y convenios existentes entre los dos países o falta de cumplimiento de los mismos por parte de las autoridades de la Zona del Canal, de la Compañía del Ferrocarril de Panamá (hoy Panama Canal Company) u otras dependencias del Gobierno de los Estados Unidos.
3. Si Ud. como persona interesada en los problemas sociales de Panamá considera que la comunidad panameña se ha perjudicado o se está perjudicando en la actualidad por razón de actividades dentro de la Zona del Canal que, en su concepto, no se justifican a la luz de los convenios existentes o que, aun con apoyo en dichos convenios, deberían ser eliminadas o reformadas por razones de justicia o equidad.

En reunión con los miembros de la misión, Isaza detalló sus opiniones sobre los temas solicitados. Independientemente de su asesoría sobre los tratados a celebrarse con Estados Unidos, Baltasar Isaza participó en otras actividades atinentes a la celebración del cincuentenario de la creación de la República. Encabezó la comisión que escogió el mejor ensayo histórico sobre el acontecimiento, y más específicamente sobre “el cabildo abierto del 4 de noviembre y sus consecuencias históricas”. El triunfador resultó ser el agudo pensador Diógenes De la Rosa. Por esas mismas fechas se celebró un homenaje a Octavio Méndez Pereira en la Biblioteca Nacional, con Isaza Calderón como orador de fondo. En noviembre de 1955, Baltasar Isaza decidió donar su biblioteca a la Biblioteca Nacional. Era un gesto insólito, que tuvo grandes repercusiones.

El diario El País, en un editorial, expresó lo siguiente: “El gesto del profesor Baltasar Isaza Calderón, al regalar su valiosa biblioteca particular, que consta de más de 3000 volúmenes, a la Biblioteca Nacional, ha merecido los mayores elogios en todos los círculos, especialmente en los culturales, donde la personalidad intelectual del profesor Isaza Calderón goza del más amplio prestigio”. Ocupaba en esos momentos la cartera de Educación el ingeniero Víctor Cruz Urrutia quien se apresuró a enviarle una emotiva carta, en la que manifestó:

Sólo una comprensión muy amplia, difícil de entender, de lo que significa un libro; sólo un sentimiento inusitado de generosidad, pueden explicar este proceder. Ud. ha dictado hermosas clases de castellano a sus miles de alumnos, Ud. ha dado ejemplo de civismo en múltiples ocasiones; pero esta actitud de ahora es la más noble lección que Ud. ha dado a la juventud panameña.

Isaza Calderón siguió como siempre activo en lo cultural y académico. En 1957 publicó otro libro titulado Estudios Literarios que incluye ensayos sobre la novela cervantina, el romanticismo, Menéndez y Pelayo, Ortega, Ricardo J. Alfaro, Rodrigo Miró, Gil Blas Tejeira y otros. Esplandián, seudónimo de Tejeira, escribió entonces:

[…] No es infrecuente la aparición de monografías de don Baltasar en nuestra prensa diaria. Los amantes de la buena prosa leemos con delectación la de nuestro profesor, correcta y ágil e inspirada en los modos de los mejores prosistas de nuestra lengua, de todos los tiempos […]

En enero de 1958, una dilecta alumna de Isaza, Elsie Alvarado de Ricord, tomó la pluma y afirmó lo siguiente:

[…] Baltasar Isaza ha satisfecho el deseo de quienes admiran sus dotes intelectuales, su seriedad profesional, la solidez de su cultura humanística y su estilo solemne y flúido [sic], de una maravillosa elegancia que le cataloga entre las primeras plumas nacionales.

El final de los años cincuenta estuvo caracterizado por graves conflictos ideológicos y políticos, que incluso afectaron la situación docente y hasta la vida cotidiana de los panameños. En ese entorno Baltasar Isaza pronunció un discurso titulado “Hacia un nuevo rumbo en la Universidad” en el acto de apertura de labores correspondientes al año académico que tuvo lugar en el Paraninfo  el 5 de mayo de 1958. En apretada síntesis, su disertación incluyó tres puntos esenciales: “[…] la quiebra del sentido pragmático en la educación norteamericana, el caso de la universidad panameña y la universidad como centro de elaboración y creación de cultura […]”. Terminó sus palabras de la siguiente manera: “Ser universitario, aspirar a la condición de hombre culto implica el deber de refinarse espiritualmente, propendiendo al cultivo de los quehaceres que elevan y dignifican la vida”. Las palabras de Isaza motivaron una polémica sin precedentes, reflejada en un editorial de La Estrella de Panamá, titulado “Problemas de Educación”, del 14 de mayo del mismo año. El editorialista, Renato Ozores, escribió lo siguiente:

[…] el distinguido catedrático y humanista Dr. Isaza Calderón, pronunció un discurso altamente interesante y razonado […] en el que abundaban afirmaciones y conceptos que merecen cuidadosa atención de parte de las autoridades del ramo de Educación, para derivar las conclusiones que procedan. Porque si se pretende ante todo, que la Escuela Primaria cumpla su función social, esencialmente educativa, y si la Escuela Secundaria ha de constituir centro de preparación para la enseñanza superior de tipo técnico y profesional y, en todo caso, base de capacitación para quienes en la imposibilidad de alcanzar la Universidad, han de enfrentarse a las obligaciones y tareas que la vida exige dentro de la comunidad, es preciso tener en cuenta los hechos y las circunstancias señaladas con acierto por el Dr. Isaza Calderón, que ha sabido resumir y condensar con propio acento una serie de denuncias formuladas contra métodos educativos de evidente ineficacia y en algunos casos hasta contraproducentes.

El final de la década de los años cincuenta encuentra a Isaza tan dinámico y productivo como siempre. La junta del iV centenario de la muerte del emperador Carlos i y el director del Instituto de Cultura Hispánica lo invitaron para que se hiciera presente en el  III Congreso de Cooperación Intelectual. Con este motivo y del 6 al 13 de octubre de 1958 participó en una serie de actos en Granada, Sevilla y Cáceres. En el archivo de Isaza reposa nutrida correspondencia con hispanistas de talla universal. Dilecto amigo suyo fue Américo Castro, quien por muchos años desempeñó cátedra en la Universidad de Princeton, en New Jersey. El 3 de febrero de 1959 don Américo le informó a Isaza de la publicación en la España de Franco, que lo abominaba, de dos libros suyos: Hacia Cervantes y Origen, ser y existir de los españoles. La implacable censura española de la época se veía obligada a reconocer el prestigio mundial de Américo Castro. Ya para este tiempo, don Américo se había jubilado de su cátedra de Princeton, pero dictaba con éxito todos los años un curso sobre una de sus especialidades en Houston, Texas. Isaza siempre viajó mucho. En junio de 1959 apareció un libro suyo titulado Estampas de viaje.

Es una obra ligera, deliciosa que recoge observaciones, remembranzas y comentarios sobre temas artísticos y literarios. Imposible adentrarse en la personalidad de Baltasar Isaza sin captar constantemente su devoción por los más altos intereses nacionales. Quiso al Istmo con pasión, y sufrió lo indecible por fallas de bulto que detectaba en las instituciones y el comportamiento de sus compatriotas. A veces guardaba en su interior esas angustias; otras las manifestaba con garbo en sus escritos. En el proceso electoral, en ocasiones incoherente y hasta tumultuoso, que terminó en las elecciones de mayo de 1960 se produjo un intercambio de cartas entre Isaza y el presidente Ernesto de la Guardia Jr. sobre posturas de este último, como primer mandatario de la nación. Se trató de una oportunidad única puesto que De la Guardia era hombre de fino talento, exquisita preparación, profundas contradicciones y marcada ineptitud para la política. Eran los dos excelentes prosistas, y hay que admitir con cierta angustia que el señor presidente se sentía más a gusto escribiendo editoriales, redactando cartas, compartiendo con un minúsculo grupo de amigos, que enfrentando los altibajos del acontecer político cotidiano. El 13 de agosto de 1959 el presidente De la Guardia le dirigió a Isaza una carta larga y enjundiosa. Inició de esta manera un recuento minucioso de sus posturas en materia electoral:

Aun antes de entrar en ejercicio del mandato que me confirió la mayoría de mis conciudadanos, cooperé con el señor Ricardo M. Arias E. entonces Presidente de la República, en la redacción del proyecto de acto Legislativo reformatorio de la constitución que corrigió desajustes técnicos de su parte orgánica. La más significativa de las enmiendas que recibieron la aprobación legislativa fué [sic] la que afectó los artículos relativos a los derechos y garantías electorales, definiendo con mayor precisión ciertos delitos de este orden así como las sanciones condignas, y estableciendo la jurisdicción electoral independiente.

Narra a continuación el presidente, el origen y trayectoria del proyecto de reforma constitucional que fue aprobado por primera vez siendo presidente Ricardo Arias Espinosa. Al final, hace referencia a la rebaja a cinco mil adherentes de la cuota de inscripción de los partidos, uno de los peores desaciertos de su administración. Dice también explícitamente De la Guardia lo siguiente:

Las gestiones de un gobierno en busca de la limpieza electoral, por sinceras y tenaces que fueren, resultarían nugatorias si la deficiencia cultural […] impide que la comunidad entera preste a tales empeños la cooperación debida y necesaria. Es indispensable que, ya por compromiso expreso, ya por convenio tácito emanado de una firme convicción patriótica, todos los grupos participantes en la pugna electoral y, por lo menos los más conspícuos [sic] personeros de ellos, coadyuven a que no nos apartemos de las normas de la legitimidad y la honradez en el tránsito forzoso para que las próximas elecciones sean inobjetablemente ejemplares.
[…]
En cuanto a mí respecta, puede usted estar cierto de que tendré en todo momento la noción exacta de los límites precisos de mis atribuciones oficiales y que así como no pretendo designar desde el poder a mi sucesor, estaré siempre atento a la denuncia de irregularidades que surjan en el proceso electoral y que me corresponda a mí prevenir, rectificar o sancionar.

La carta del presidente De la Guardia motivó un editorial del diario El País, del 17 de agosto, titulado “Un cruce de cartas y una opinión sincera” que se refiere a “la certidumbre de que una ley hecha con la mejor buena voluntad del mundo, no es por sí misma garantía de pureza absoluta del sufragio”, y una serie de cuestionamientos y dudas de parte de comentaristas como Ramón H. Jurado, en su columna “Puntos Cardinales” del periódico El Día y Mario J. de Obaldía, en la suya, Sin ton ni son, del diario La Hora. A lo que hay que agregar que el doctor Isaza no fue observador imparcial del proceso electoral.

Su vieja amistad con Carlos Sucre Calvo lo llevó a adherir a un pequeño partido apellidado Progresista Nacional, e incluso a actuar como su primer vicepresidente. Los achaques de la política no alejaron a Baltasar Isaza de su devoción constante y efectiva por su tierra natal Natá de los Caballeros. El 28 de septiembre de ese año apareció inaugurando la Biblioteca Pinilla Urrutia. Elsie Alvarado de Ricord había surgido en el claustro académico de la mano de Isaza. En el dominical de El Panamá-América del 16 de octubre de 1960, ella publicó un extenso y bien logrado ensayo titulado “La Doctrina Gramatical de Bello, nueva obra del doctor Baltasar Isaza”. Afirmó entonces Elsie Alvarado:

[…] en el libro del Doctor Isaza los temas clásicos fluyen en su vitalidad, encauzados sí por originales enfoques, sistemáticamente delineados. Obras posteriores como los Estudios literarios, Estampas de Viaje y algunos ensayos publicados en la prensa, vinieron a confirmar su don de escritor, que ahora ofrece un volumen no ya de carácter estético, sino científico, hijo de su profundo conocimiento lingüístico.

En ese mismo mes, la Academia Colombiana de la Lengua acordó unánimemente elegir a Isaza como miembro correspondiente de esa corporación, para “no solamente hacer público reconocimiento de los sobresalientes méritos” de Isaza, sino también para “reafirmar los vínculos espirituales que la unen a la ilustre Academia Panameña de la Lengua”. Los elogios a la última obra de Baltasar Isaza vinieron de muchas fuentes, algunas de altísima enjundia.

En el archivo de Isaza reposa una nota de puño y letra de Ramón Menéndez Pidal, en la que le expresó: “guardo con el mayor interés su estudio que creo ser excelente guía para leer al gran americano”. A finales del año 1961 Eduardo Ritter Aislán era embajador de Panamá en Colombia. Organizó una misión cultural universitaria para celebrar la “Semana de Panamá en Colombia”, del 27 de noviembre al 2 de diciembre. El éxito de su iniciativa resultó clamoroso. El día 27 Isaza dictó, durante la sesión ordinaria de la Academia Colombiana de la Lengua, una erudita conferencia titulada “La crítica de Cuervo a la Gramática de Bello”. Es apropiado recoger en este momento unas líneas del embajador Ritter, del siguiente tenor:

En la prosa del doctor Baltasar Isaza Calderón convergen la profundidad del investigador, la transparencia expositiva del maestro y la gallarda pulcritud del esteta. Es la suya una prosa en la cual dilatan su luz, el señorial dominio de la lengua, la más original y copiosa exuberancia de ideas, y el más fértil acopio de información. Es la suya una prosa bruñida, docta y elegante, sin sacrificio de la agilidad ni merma de lo grato; prosa segura, expedita y distinguida.

En septiembre de 1962, en la Universidad de Panamá, los estamentos estudiantiles y sus organismos pretendían tomarse a saco nuestra primera casa de estudios. Con ingenuidad, Isaza se dirigió mediante carta abierta al presidente Roberto F. Chiari para señalarle que la realidad educativa de entonces mostraba una total inversión de valores, y dijo entre otras cosas lo siguiente:

Si los hechos consumados durante los días angustiosos que acaban de pasar demuestran hasta la saciedad que una minoría turbulenta puede, por su acción agresiva y tumultuaria, paralizar los resortes vitales de la Universidad, escarnecerla y convertirla en feudo propicio para el cumplimiento de sus planes y consignas, no debe incurrirse en la ingenuidad de pensar que en el futuro, con las claves del poder a su disposición, cesarán como por encanto la inquietud y los disturbios. La Universidad entra ahora en un período de cruel incertidumbre en el cual las directrices y las órdenes emanarán, no de sus personeros autorizados, que vivirán en una sumisa y humillante situación, por fuerza de las nuevas circunstancias, sino de quienes han ganado los resortes esenciales para manejarla a su antojo. Con la Junta Administrativa, las Juntas de Facultad y el Consejo General Universitario mediatizados y paralíticos, queda consumada la entrega de nuestra primera casa de estudios a un trágico destino.

Mediante telegramas, Isaza recibió respaldo inmediato. Juan de Arco Galindo, quien se preparaba para ser candidato a la Presidencia de la República manifestó: “permítame felicitarlo por su carta abierta al presidente de la república. No solo comparto sus puntos de vista sino que admiro su entereza moral”. Luis H. Moreno Jr. dijo “complacido felicítolo digno valiente planteamiento problema educativo nacional”. Una dama de altísima reputación, Carmela Kraus, del Banco Nacional de Panamá, expresó: “mi enhorabuena por su gesto viril y de honestidad. Cómo hubiera muchas personas que tuvieran el coraje y el desprendimiento de los intereses materiales que ha demostrado Vd.”.

El 17 de septiembre, el presidente Roberto Chiari le contestó a Isaza. Da pena leer su carta. ¡Cuánta pobreza de estilo, cuánta falta de contenido! No hay análisis del problema, ni aporte alguno. Durante la presidencia de Ernesto de la Guardia se produjeron varios enfrentamientos serios entre estudiantes y la Guardia Nacional. Eran los tiempos del apogeo del castrismo. En los organismos estudiantiles se hacía sentir marcada influencia marxista, con acento caribeño. Estos sectores no le reconocieron al presidente De la Guardia su genuina vocación progresista, y lo tuvieron por declarado enemigo.

Terminado su período presidencial, Ernesto de la Guardia aspiraba a ocupar un sillón en la Academia Panameña de la Lengua, como sucesor de Octavio Méndez Pereira. Se pensó originalmente que el acto tuviera lugar en la Universidad de Panamá lo que provocó una iracunda reacción de la dirigencia estudiantil. Finalmente la recepción del nuevo académico tuvo lugar en el modesto salón de actos de la Cámara de Comercio, el 10 de diciembre de 1962, siendo director de la Academia, Baltasar Isaza Calderón. Las fotografías de la época muestran a De la Guardia notoriamente avejentado, después de una presidencia honesta, pero tormentosa. En vísperas de la Navidad de 1962, cuando regresaba a la patria, falleció el expresidente de la República y fundador de la Universidad de Panamá, Harmodio Arias Madrid. Isaza fue escogido por la Universidad como orador en el acto de su sepelio. Dijo entonces:

[…] En los pueblos viejos, como decía Montesquieu, los pueblos hacen a los estadistas, en tanto en las naciones jóvenes los estadistas hacen a los pueblos. Cuando el Presidente Arias Madrid, oteando hacia el futuro y midiendo el grado de compromiso de una institución de alta cultura con las necesidades cardinales de su patria puso la firma en el decreto de fundación de la Universidad de Panamá, en mayo de 1935, estimo que actuó como estadista forjador de la conciencia nacional panameña y que supo interpretar, con visión certera de gobernante, la misión que corresponde fundamentalmente a una institución incrustada en la entraña viva de la nación.
[…]
La patria no es algo que se hereda sino algo que se construye y en esta suprema tarea de estructurarla y afianzarla todos los días, cumple a la Universidad una tarea ingente, si ha de ser fiel a la visión patriótica del estadista que la echó a andar como levadura y fragua permanente del alma panameña. 

A principios de los años sesenta se alcanzaron acuerdos entre Panamá y Estados Unidos, tendientes a que la bandera nacional fuese izada, junto con la norteamericana, en los edificios públicos de la Zona del Canal. En el enclave, elementos extremistas de los sectores público y privado trataron de hacer nugatorios estos entendimientos, sin medir las consecuencias de posturas intransigentes. El 9 de enero de 1964 un grupo de estudiantes del Instituto Nacional trató de izar la bandera panameña en la Escuela Superior de Balboa, enfrentando la hostilidad y agresión de estudiantes norteamericanos respaldados por algunos padres de familia, y la marcada complacencia de la policía zoneíta. Se rasgó el pabellón nacional, se maltrató a los estudiantes panameños y paso a paso se iniciaron los peores disturbios que engendrara jamás la conflictiva relación entre Panamá y Estados Unidos.

Muchos panameños, sobre todo jóvenes, perdieron la vida. Panamá radicalizó sus exigencias: era ya inaceptable modificar una vez más el tratado Hay–Bunau-Varilla, había que remplazarlo por completo. De todos los rincones surgieron voces de radical nacionalismo; en muchos casos con acento de pueblo, y en otros con expresiones emocionadas y cultas. El Desagravio a la bandera panameña de Baltasar Isaza Calderón fue lapidario. Vale la pena reproducir algunos de sus conceptos:

¡Bandera panameña, hoy más venerada que nunca por el ultraje de que has sido víctima, y enlutada por el santo duelo de la sangre joven vertida en tu servicio! Mozos gallardos y arrojados, con el alma henchida de patriótico fervor, en quienes despuntaba la vida con generosa pujanza, te llevaron en sus manos trémulas para plantar un asta digna de tu esplendor en tierra panameña que sufre el estigma de la usurpación extranjera, donde se le niega el derecho, mil veces legítimo, a desplegar la gracia de tus colores y el fulgor simbólico de tus dos estrellas.
[…]
habrá siempre nueva simiente juvenil crecida con lozanía sobre la fertilidad de nuestro suelo, y hoy, más que nunca, y mañana, con mayor razón aún, sentiremos todos los hijos de esta tierra el orgullo de llamarnos panameños y el de ser cobijados por una bandera que lleva como símbolos gloriosos el azul de los mares y del límpido cielo del Istmo, y el rojo enaltecido con la sangre de los mártires que cayeron por honrar a su patria.

Sería ingenuo pensar que las secuelas del 9 de enero se tradujeron exclusivamente en manifestaciones de acendrado nacionalismo en la Universidad de Panamá. A los dos meses de los acontecimientos de enero, la Universidad cayó en seria crisis motivada por la elección de un nuevo rector. Esta situación coincidió en la vida de Isaza con la publicación de su Diccionario de Panameñismos. Esta nueva obra fue agradecida “a una voz” por la Real Academia Española mediante nota que hizo llegar a través del académico Rafael Lapesa. Desde Massachusetts, Tomás Navarro Tomás, una de las figuras más sobresalientes de la filología española, le escribió complacido: “En poco espacio presenta usted muy valioso material, recogido con esmero y definido con claridad”. Después de un minucioso detalle del contenido de la obra, finalizó: “esto le indicará el gusto con que he repasado sus páginas”.

La situación de la Universidad empero no daba paz a Isaza. Fuerzas dentro del claustro trataban de reelegir a Narciso Garay como rector. Él se oponía a la misma, y de qué manera. En dos votaciones Garay no pudo obtener los votos necesarios. Se produjeron intercambios encendidos entre Garay e Isaza. Después de los lamentables eventos en la Universidad Nacional, Baltasar Isaza asumió la presidencia de una comisión conciliadora, que buscó fórmula de entendimiento para hacer viable la unidad universitaria. A esta gestión acotó Eduardo Ritter Aislán:

El doctor Isaza ha examinado, con la imparcialidad más diáfana, la naturaleza de las discrepancias que perturban la armonía en la Colina y ha propuesto soluciones tan conformes a la justicia y la razón que todos pueden aceptarlas sin trastornos de conciencia y sin riesgos de sentir vulneradas sus posiciones ideológicas. Para llegar a esa ecuanimidad en los planteamientos se requiere, indudablemente, la estatura académica, el fervor universitario y la inteligencia de un Baltasar Isaza Calderón. Con razón se ha dicho más de una vez que él es un valor insubstituible [sic] en la docencia superior de Panamá.

A pesar de los esfuerzos de la comisión conciliadora siguieron los desacuerdos que llevaron a Isaza a hacer señalamientos específicos y culminaron en un ensayo titulado “La llamada rosca universitaria”. Isaza denunció la existencia de

[…] esa maquinaria que opera invisiblemente… que tiene, sin embargo, un poder de estrangulamiento cuyas dosis se administran con ritmo variado y que oscilan entre el ostracismo, el vapuleo, la indiferencia o la rotunda negativa a permitir la entrada de elementos nuevos si previamente no se tiene acerca de ellos la seguridad de que habrán de actuar a modo de ruedas del engranaje o a guisa de eslabones indiferenciados que se necesitan como voto, mas en ningún caso como cabezas pensantes.

El profesor Isaza Calderón citó específicamente el caso de Elsie Alvarado de Ricord, “hoy por hoy, el elemento más valioso del profesorado joven”, quien también “[…] cargada de méritos, ha tropezado con un veto tácito porque su personalidad intelectual, robusta y firme, no ofrece un fácil asidero para ser catalogada entre las adictas a la ortodoxia académica, por no llamarla de otro modo, que impera en nuestra Facultad[…]”. Invitado por el Cuarto Congreso de Academias de la Lengua Española, reunido en Buenos Aires, Argentina, Isaza presentó una moción en torno a las expresiones Concejo y Consejo Municipal consistente en lo siguiente:

[…] la palabra Concejo deberá emplearse, sin ningún aditamento, como equivalente de Municipio o Ayuntamiento, para designar la corporación encargada de administrar los intereses municipales [mientras que] la expresión Consejo Municipal es equivalente de Concejo, municipio o Ayuntamiento, y sólo cuando se use la palabra Consejo (con s, de consilium) es admisible añadir el adjetivo Municipal […].

En su condición de representante de la Academia Panameña de la Lengua, Baltasar Isaza participó eficazmente como vocal en la constitución de la Comisión Permanente de la Asociación de Academias de la Lengua Española, integrada por todos los países de habla hispana, más Filipinas y cuya sede compartiría con la Real Academia Española, en el tradicional caserón de la calle Felipe iV , cerca del Museo del Prado en Madrid. El 24 de febrero de 1965 tuvo lugar un homenaje a Baltasar Isaza. En el acto participaron los poetas Ricardo J. Bermúdez y Rogelio Sinán, quienes recitaron sendas poesías y la profesora Elsie Alvarado de Ricord quien fue la oradora, expresando lo siguiente:

¿Quién que haya escuchado al Dr. Isaza en el aula no ha sentido el fervor de encontrarse ante un catedrático de fibra, quién no ha admirado su saber, quién no ha soñado alguna vez en el ideal de seguir su ejemplo? Desde las disciplinas más arduas por su carácter técnico, como la gramática, el latín, la fonética, la gramática histórica, hasta las más seductoras pero también difíciles como la literatura, en todas las lecciones el Dr. Isaza prende la llama del entusiasmo, por su dominio de la materia, por su método, por la seguridad de sus exposiciones, por el calor de su palabra, por la organización mental que todo lo preside. Son virtudes que sólo dentro de una clase pueden apreciarse en plenitud, y por ello sus alumnos son sus primeros admiradores.

Estando Isaza en Madrid, el Instituto de Cultura Hispánica realizó un homenaje a Andrés Bello, para conmemorar su centenario. Siendo Isaza autoridad internacionalmente reconocida sobre el insigne venezolano, fue escogido como orador, junto con Gastón Baquero, Gerardo Diego y Alfonso García-Valdecasas. También, la Real Academia Española se comprometió a publicar en 1966 la segunda edición de su obra La Doctrina Gramatical de Bello. Baltasar Isaza nunca vaciló en exponer su pensamiento sobre temas capitales. Poco le importaba quedar involucrado en serias controversias o que se malinterpretara su pensamiento. En la página 2 de La Estrella de Panamá del miércoles 18 de mayo de 1965 publicó con gran despliegue un ensayo titulado “Los excesos del patriotismo”. El estilo, como de costumbre, insuperable. El contenido, altamente polémico.

Al autor le preocupaba la conjunción que veía entre las negociaciones con Estados Unidos sobre un nuevo tratado del canal y los ataques a la forma como el presidente Marco Robles administraba la cosa pública y las negociaciones. Isaza fue demasiado severo en sus críticas a quienes miraban con disgusto o temor el curso de las negociaciones. No pocos actuaban con sinceridad y patriotismo. El escrito de Isaza, como algunos de los ensayos suyos, dio origen a una encendida controversia. El diario El Día, en un editorial hacía suyo el pensamiento del doctor Isaza. Lo propio hicieron Ramón Pereira P., José María Herrera, Mario Augusto Rodríguez y Rómulo Escobar Bethancourt. Un grupo numeroso de sus estudiantes miraban con simpatía a su profesor.

El expresidente Arnulfo Arias y el Frente Unido cercano a él asumieron una postura virulenta en sus ataques al gobierno del presidente Robles y las negociaciones que se llevaban a cabo con los Estados Unidos. Mientras tanto, con la sobriedad y solidez de muchos de sus escritos, Domingo H. Turner publicaba unas “Bases para la defensa del Canal de Panamá”, defendiendo como única salida justa, un canal nacional y neutral. En octubre de 1966 Isaza se interesó mucho por conseguir una beca para que Elsie Alvarado pudiera seguir estudios en España. En su archivo reposa una carta de puño y letra de Rafael Lapesa, que le informa que junto con Dámaso Alonso, Samuel Gili Gaya, Alonso Zamora y él (Rafael Lapesa) habían suscrito un informe favorable al otorgamiento de la beca. A principios de 1967 la Real Academia Española publicó la segunda edición, corregida y adicionada de La Doctrina Gramatical de Bello de Isaza.

En mayo de ese mismo año, Tomás Navarro desde Northampton, Massachusetts, le comentaba a Isaza sobre el libro: “el mejor homenaje a Bello es el que usted le hace en su libro, facilitando la manera en que su doctrina pueda llegar al lector actual revivida e ilustrada con sus adecuados comentarios”. En el mes de septiembre de 1967 se produjeron desacuerdos entre el director del Departamento de Español, Baltasar Isaza, y la mayoría de los profesores regulares sobre un informe preparado para fallar el concurso abierto con el fin de incorporar a tres nuevos profesores regulares en la cátedra de Lengua y Literatura Española. Días después, Isaza Calderón renunció a la dirección del Departamento de Español de la Universidad de Panamá.

El día 25 de septiembre, estudiantes de la Escuela de Español escribieron una carta a Isaza para manifestarle su “más profundo respeto por sus actuaciones como profesor y como director del Departamento de Español de esta universidad, las cuales siempre  han respondido a los más altos ideales de honradez, caballerosidad y hombría de bien, unidos a su ya reconocida formación académica y cultural, en los medios intelectuales, dentro y fuera del país”. En junio de 1969 se publican los Panameñismos de Baltasar Isaza Calderón y Ricardo J. Alfaro. El 31 de julio de ese mismo año, La Estrella de Panamá publicó un editorial titulado “Diccionario de Panameñismos de los doctores Isaza y Alfaro”, puntualizando que:

[…] este repertorio de panameñismos, que se lee con especial agrado y que despierta nuestra admiración por la gran labor que representa, ha de ser un libro de consulta y utilización frecuente para todas las personas que sientan interés por los temas lingüísticos y que quieran conocer a fondo las singularidades del habla panameña, con palabras que, sin duda alguna, llegarán a ser incorporadas algún día al repertorio de vocablos que figura en el Diccionario oficial del español.

A sus 43 años de fundación, la Academia Panameña de la Lengua contó por fin con un moderno y elegante edificio. Su director Baltasar Isaza Calderón inauguró la sede que actualmente ocupa, el 17 de octubre de 1969. La adquisición de ese inmueble hay que atribuirlo al tesón infatigable de Isaza quien, desde 1962 venía luchando porque la Academia tuviera una sede digna. Los detalles constan en un largo y pormenorizado informe de él como director de la Academia y que apareció los días 1, 2 y 3 de marzo de 1978, en La Estrella de Panamá. Dice literalmente Isaza: “El arquitecto Ricardo J. Bermúdez, con su experiencia técnica y su visión en materia de crecimiento urbano, nos hace ver la conveniencia de que la Academia se decida por una casa residencial de primer orden, propiedad de la señorita Carmen Jiménez de Roux, ubicada en la Avenida Nicanor Obarrio (Calle 50), en esquina con la calle Manuel María de Icaza”. Le tocó a Isaza tramitar hasta la personería de la Academia, y obtener los fondos que hicieron viable esta compra.

[con] muchos e imponderables esfuerzos, idas y venidas continuas en procura de este documento o de aquel, con el concurso que reconozco muy valioso y eficaz, de don Ricardo J. Bermúdez, quien me acompañó, decidido y entusiasta, en no pocas diligencias.
[…]
Me decía algún tiempo más tarde don Ernesto de la Guardia Navarro, en presencia de otros Académicos: “Baltasar, cuando te veía luchar con tan decidido empeño en la búsqueda de un local para la Academia, tropezando con tantos obstáculos, que parecían insalvables, todo aquello me pareció una utopía. Hoy, para satisfacción de todos, advierto que es una realidad tangible, te felicito”.

Isaza recibió la señalada distinción de ser el primer director técnico del Instituto de Lexicografía Hispanoamericana Augusto Malaret. En este organismo colaboran todas las Academias de la Lengua de países de habla española, y tiene la misión de elaborar un Diccionario de Americanismos, “en el que se recojan, con criterio científico y ajustado a las exigencias de la moderna lexicografía, las voces que se vienen forjando en los países de habla española de América, diferenciadas de las que figuran en el Diccionario General del Idioma que tiene como base el vocabulario común que circula en España y América, compilado en el Diccionario de la Real Academia Española”. En un hermoso ensayo, definitorio de la trayectoria intelectual de Baltasar Isaza, el poeta Ricardo Bermúdez expresó lo siguiente:

[…] A lo largo de su fructífera vida consagrada a la difusión del idioma, como el más idóneo instrumento para favorecer la hechura integral del hombre, su voz se ha dejado oír lo mismo en el aula del maestro rural que en la cátedra de la universidad y los salones de la academia. Ha sido ciudadano procero de la república de las letras y sobrepujante adalid del ágora y del cabildo, si apreciamos su mensaje de los momentos difíciles como clamores del patriota torturado por la irracionalidad de un ambiente enfermo de babelismo.

El diario madrileño ABC, entre los meses de mayo y agosto de 1973, publicó una serie de ensayos de Isaza sobre “factores que perturban la unidad lingüística”, “los americanismos históricos”, “el diccionario de la Real Academia Española”; y un editorial de primera plana titulado “la batalla contra el anglicismo” que aparece firmado por él. En 1975 una serie de circunstancias, académicas unas, personales otras, llevaron a un rompimiento de relaciones entre Baltasar Isaza y algunos miembros de la Academia Panameña de la Lengua. Es de señalar, eso sí, que mantuvo vínculos de consideración, amistad y cercanía con otros, en especial con el arquitecto Ricardo Bermúdez. Algunos por diversas razones no simpatizaban con Baltasar Isaza y pretendieron que él representaba posturas oligárquicas en la universidad. Que esto no era así, sino todo lo contrario lo demuestra una carta del 25 de agosto de 1977 que el Frente Antiimperialista Universitario le dirigió testimoniándole su apoyo y admiración. De ella se reproducen los siguientes conceptos: “todo panameño consciente de la importancia de la consolidación de nuestra nacionalidad como elemento importante de la lucha de liberación nacional es un soldado valioso y usted ya tiene un rango en este ejército… que lucha contra la penetración cultural imperialista deformante y despersonalizadora”. Más adelante afirma: “hoy más que nunca su labor juega un papel importante en la nueva patria que construimos”.

En agosto de 1977 el Gobierno revolucionario, a través del Ministerio de Educación, acordó conceder a Baltasar Isaza Calderón las Órdenes Vasco Núñez de Balboa y de Manuel José Hurtado. A estos reconocimientos adhirieron el Departamento de Español de la Facultad de Filosofía Letras y Educación de la Universidad de Panamá, el Instituto Nacional de Cultura, el Círculo Lingüístico Ricardo J. Alfaro, la Mesa Redonda Panamericana de Panamá, la Academia Panameña de la Lengua, el personal docente, administrativo y educando del colegio José Antonio Remón Cantera y la Asociación de Estudiantes de la Escuela de Español de la Universidad de Panamá. Baltasar Isaza tenía intereses genuinamente ecuménicos, por lo que no es sorprendente que el 26 de febrero de 1978 publicase un enjundioso ensayo sobre los vestidos de las mujeres. Con fina ironía terminaba de la siguiente manera:

[…] ya el pudor ha pasado de moda; y si antaño era un símbolo de la mujer, uno de sus principales atributos, hoy tiene la categoría de cosa sin importancia, pues el recato, su inseparable compañero de otros tiempos, ya no cuenta, por propia decisión de la mujer, entre las cualidades que más la singularizaban y distinguían. Los tiempos cambian sin duda, y no acertamos a decir si con la mudanza sucumben también las virtudes que fueron gala y esplendor del pretérito.

En mayo de 1978, habiendo adquirido una casita en el Valle de Antón, decidió irse a vivir allí. “Vivo en soledad, con la sola compañía de una empleada que atiende los menesteres del lavado y las comidas”. Esto no le impidió continuar escribiendo con estilete y coherencia sobre la Universidad de Panamá. En septiembre, el INAC le ofreció un sentido homenaje. La Facultad de Filosofía Letras y Educación de la Universidad de Panamá adhirió a esta celebración, mediante resolución firmada por la decana Susana Richa de Torrijos.

El 12 de septiembre de ese mismo año, Isaza publicó un largo y bien logrado ensayo sobre “Ernesto J. Castillero Reyes: El hombre, el educador, el historiador”, con motivo de su fallecimiento. Alejado de la universidad y de la Academia Panameña de la Lengua, instituciones en las cuales dejó huella profunda e imborrable, Baltasar Isaza dirigió su atención por primera vez a la historia política de Colombia y Panamá en el siglo xix y primeras décadas del xx. Con la colaboración de Carlos Alberto Mendoza, quien llegó a ser su muy cercano amigo, se dedicó a recoger información que le permitiera adquirir una visión certera del devenir del liberalismo colombo-panameño. Se dio cuenta de que no era posible ahondar en el acontecer istmeño, sin un conocimiento sólido de las cuatro grandes figuras que en el decimonono marcaron la historia de Colombia y Panamá: Simón Bolívar, Francisco de Paula Santander, Tomás Cipriano de Mosquera y Rafael Núñez. Primero, preparó con Mendoza dos opúsculos introductorios titulados respectivamente “La constitución boliviana de 1826 y sus deplorables consecuencias” y “Santander, Padre de la Democracia en Colombia”. Estas publicaciones fueron seguidas de estudios de mayor envergadura que Isaza dividió entre “Unidos a Colombia” y “Los constructores de la República”.

A medida que Isaza ampliaba su conocimiento de historia política, descubrió en Panamá un liberalismo de hondas raíces populares, que nació en el arrabal de Santa Ana con Correoso, Iturralde, Juan Mendoza y Aizpuru, y que llegó a su máximo florecimiento con Carlos Antonio Mendoza, Belisario Porras, Eusebio Morales y Guillermo Andreve. Le atrajo especialmente la estampa de Carlos Mendoza y detectó, pero no llegó a medir en toda su trascendencia, la discreta y siempre poderosa influencia de la masonería. A principios de los años ochenta, Isaza publica Carlos A. Mendoza y su generación. En 1994 aparece la versión definitiva de El Liberalismo y Carlos A. Mendoza en la Historia Panameña, también de su autoría. Puede pensarse que estos libros de índole medularmente política representan un enfoque distinto del quehacer intelectual de Isaza. Cierto que al acometer sus dos últimas obras, Isaza llevaba ya casi veinte de distinta índole, pero siempre hubo unicidad de métodos y objetivos. Fue, en todo tiempo, investigador de altísima jerarquía con admirable don de síntesis.

Hasta el final, los estudios lingüísticos de Isaza enriquecieron su vida. Su entrega a una universidad deficiente y contradictoria motivó esfuerzos casi sobrehumanos. Elevó a la Academia Panameña de la Lengua a un nivel de prestigio internacional que nunca había tenido. Y todo, en medio de un continuo batallar y búsqueda de metas mejores. Con el correr de los años la figura de Baltasar Isaza Calderón adquiere mayor nitidez y relevancia como eximio intelectual y gran patriota.

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