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Belisario Porras

by: Simón A Tejeira Q

Puede decirse que la medida de los hombres no se extrae solo de las obras de cualquier clase que deje como legado a su pueblo o a la humanidad, sino en alto grado por los sentimientos y emociones que deje grabado en el alma de la sociedad. En esto Porras fue paradigmático.

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(Panamá, 1938). Abogado de la Universidad de Panamá, graduado en 1963. Presidente del Colegio Nacional de Abogados (1984). Abogado litigante, conferenciante y expositor en temas jurídicos. Asesor legal de la Reforma Agraria. Ha ocupado, entre otros, los cargos de juez del Circuito Civil, Fiscal Superior del Distrito Judicial y la presidencia residente de la Asociación de Amistad Argentino-Panameña. Es socio de la firma Morgan y Morgan desde 1971.
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About This Book
Overview

La historia universal se nutre registrando el quehacer de los grandes personajes que quedan como hitos de su trayectoria en el tiempo y la marcan o definen con sus nombres. Algunos como héroes de guerra, otros como mensajeros de paz; algunos diáfanos, otros oscuros, pero todos hechos de luces y de sombras; de fortalezas y debilidades.

La República de Panamá no podía ser ajena a este fenómeno social y su corto devenir como Estado cuenta con personajes como aquellos, algunos destacados por su personalidad, otros por las circunstancias históricas en las que se desenvolvieron.

En Belisario Porras, el conjunto de sus particularidades personales, intelectuales, morales y políticas lo enmarcan; lo hacen, de manera determinante, una figura de elevada estatura, excepcional, de mención obligatoria en el transcurrir de la vida republicana de Panamá porque, como señaló el ilustre educador e historiador Rafael E. Moscote: “No hay aspecto de la vida panameña, tanto en lo psíquico como en lo material, que no esté vinculado a la gestión gubernamental realizada por el doctor Porras, construcción de carreteras, de hospitales, de instituciones educativas y la reglamentación de la vida civil, la modernización del Estado panameño” y, agregamos ahora, dejando huellas y hasta cicatrices en el acontecer político de las generaciones que lo sucedieron. En nuestro complicado y cambiante panorama social e institucional, con extraordinaria visión y determinación, fijó pilares políticos y económicos decisivos para el devenir de la naciente república.

En él se conjugaron rasgos contradictorios que matizaron su accionar según su voluntad. Los vendavales que azotaron su vida personal, profesional y política no lograron abatirlo; todo lo contrario, encontraban en él un hombre recio, tenaz, de firmes determinaciones, con frecuencia románticas, en su sueño de un país ideal.

Porras es, sin discusión, una de las figuras más polémicas, conocidas y a la vez admiradas de la historia de la República de Panamá y a quien han dedicado estudios y análisis los más destacados intelectuales nacionales en los diversos quehaceres en los que Porras se destacó.

Al ocuparnos de su personalidad y su vida dentro del contexto de la historia patria debemos tener presente que a los países y naciones los hacen los pueblos que componen el entramado humano de cada uno de ellos y que es la calidad de sus habitantes, como la tierra fértil, lo que permite su crecimiento lozano y armonioso hacia la búsqueda de una vida mejor para todos.

No obstante, a esa materia prima de toda creación hay que agregarle los ingredientes de dirección lúcida y dinámica que sólo pueden inculcar los grandes líderes que allí surjan. Esta metáfora viene al caso cuando se estudia, siquiera de forma somera, la figura del doctor Belisario Porras y su impacto en la vida nacional, pues fue precisamente ese caudillo político, imbuido de valores culturales propios de una mente civilizada, uno de los pocos líderes con visión de futuro arraigada en su intelecto, el que tuvo el genio y la energía intelectual para hacer que el país panameño, apenas emergido a la vida independiente, con su arrastre de miseria y dolor acumulados durante todo el período colombiano, heredero a su vez de la miseria colonial hispánica del siglo XVIII, diera un salto hacia el futuro.

Todavía hoy, casi un siglo desde los momentos culminantes de su acción, redituamos beneficios. Y resulta más admirable aun la figura de Belisario Porras y lo que debería ser su impacto en la mente de las generaciones panameñas que lo han sucedido a lo largo de nuestro acontecer republicano, si tomamos en cuenta que no nació en el seno de una familia adinerada o en la holgura de la riqueza, sino que tuvo que forjarse con el estudio incesante, al cual se aplicó desde muy niño y sólo ello hizo de él el hombre extraordinario que fue luego en su juventud y madurez, impregnado de visiones y valores culturales propios de un hombre dotado de una educación y cultura superiores, pues fueron esos elementos los que brindaron a su mente y a sus manos la capacidad de forjador insigne de su patria.

En efecto, Belisario Porras vino al mundo el 28 de noviembre de 1856 en la ciudad de Las Tablas, por coincidencia el mismo día en que se festejaba con gran euforia, repiques de campanas y fuegos de artificio, el XXXV aniversario de la independencia de Panamá de España. Hijo del doctor Demetrio Porras y de Juana Gumercinda Barahona, quien falleció cuando Belisario era apenas un niño de cuatro años; creció en un amoroso núcleo familiar bajo los cuidados de Prudencia de León, su abuela materna.

En su ciudad natal, Las Tablas, tuvo como maestros más sobresalientes a Isauro Borrero, otrora un militar del ejército colombiano, y a Narciso Medina. A los quince años viajó a Bogotá, a donde su padre se había trasladado para ejercer funciones públicas. Allí hizo estudios en el Colegio de San Bartolomé y luego en la Universidad Nacional, en Bogotá, Colombia, donde recibió el título de Doctor en Derecho y Ciencias Políticas en 1881, antes de cumplir los veinticinco años. Este alto centro de estudios, donde prevalecían ideales políticos y sociales avanzados para su época, dejó sin duda una marca indeleble en el pensamiento y personalidad de aquel talentoso estudiante.

Ahora bien: no ser rico o millonario no despojó al joven Porras de jerarquía social o política, ya que su estirpe, por el lado materno, se remontaba al almirante español Joaquín de Barahona, llegado al Istmo y a la región de Azuero allá por el siglo xVii, participando junto con otros en la fundación de la ciudad de Las Tablas, hoy capital provincial.

Por el lado paterno, su progenitor, el doctor Demetrio Porras Cavero, fue un jurista y político colombiano, implantado en Las Tablas como prefecto del departamento de los Santos (1856-1860) por su amigo y coterráneo, el doctor Bartolomé Calvo, elegido en el año 1856 gobernador de Panamá, entonces un Estado Federal como resultado de las grandes luchas políticas del ilustre panameño, doctor Justo Arosemena.

Aquel distinguido jurista y político ocupó cargos de relieve en la estructura política colombiana, tales como prefecto del Magdalena, magistrado de la Corte Suprema del Estado de Panamá (1875-1880) y constituyente por Panamá. El advenimiento del niño en el seno de una familia pobre pero respetable carecía, cosa muy lamentable en aquella época, de la investidura matrimonial de los padres, lo que privó al infante del apellido paterno durante sus primeros años, aunque ello no debilitó su admiración por el progenitor ni tampoco significó desatención por parte del padre, todo lo cual fue un escudo que protegió a la naciente personalidad de abrigar complejos que demeritasen su ambición y empuje político y social en su vida adulta.

Dentro de ese entorno humano, las vinculaciones de su padre dentro del entorno social, interpretado en todos sus aspectos, le permitieron relacionarse con selectos grupos de intelectuales y políticos, entre los que podrían encontrarse los orígenes de sus habilidades como jurisconsulto notable, escritor, profesor, diplomático, pero sobre todo un apasionado amante de las ideas y de la acción políticas, a las cuales dedicó sus mayores energías y talento. Fue durante esos años de adolescencia que entabló amistad con algunos de los más destacados ciudadanos de su época, entre ellos Gil Colunje, quien había sido presidente del entonces Estado Federal de Panamá (1865); además escritor, periodista y político, cuya vida es igualmente merecedora de las más alta apreciación por su impronta en la historia panameña.

El joven Belisario conoció a Colunje siendo aquel un niño aún, con ocasión de una visita del alto dignatario a la ciudad de Las Tablas, en cuya oportunidad Porras conoció al caudillo político y cruzó palabras con él, dejando en Colunje la impresión del temprano talento del tableño y en éste una particular admiración por el otro. Similar vínculo mantuvo con el general Buenaventura Correoso, brillante y culto militar, al igual que Colunje muy influyentes en la vida de aquel joven que empezaba a definir su interés en la política y el quehacer cultural, tal vez soñando ya con escalar mayores alturas.

En el caso de Correoso, le tocó al precoz Porras tener un rol en un serio incidente político que tuvo su desenlace en Las Tablas, cuando fuerzas rebeldes trataron de apoderarse de la persona del general, en una de las frecuentes asonadas y rebeliones que marcaron la historia del Istmo a todo lo largo del siglo xix, motivadas por enfrentamientos ideológicos entre liberales y conservadores, aunque en el fondo había siempre intereses meramente económicos, de caudillismo y de clases sociales.

Esta asonada se conoció como la rebelión de los dolegueños, por haberse gestado, en la etapa de ejecución, en la comunidad chiricana de Dolega, con participación de destacadas personalidades políticas de aquella región, apoyadas desde la capital istmeña por fuerzas de singular significación en aquella época de rebeldías y rebeliones.

No sorprende, pues, que el siempre atildado joven, cuyo intelecto se nutrió con la lectura de Aristóteles, Platón, Montesquieu, Voltaire, Hobbes, Locke y Adam Smith, y de niño con Don Quijote, la Biblia y Gil Blas de Santillana, según su abuela narraba, se sintiera a gusto en tan excepcional entorno político y social.

Su futuro como liberal indoblegable había empezado a tomar alas, por su admiración hacia Colunje y Correoso y obviamente hacia su padre, aunque éste profesara ideología política diferente. Ante él se abrían los caminos que lo convertirían en caudillo y controversial gobernante, cuya historia se salpica con sus actividades como revolucionario colombiano cuando Panamá era departamento de Colombia y después como ciudadano panameño, a partir de 1903. Una vida llena de contrastes pero intensa, tal vez avasalladora.

De las complejidades de su personalidad, sus adversarios destacaban que era poco humilde; que era su egolatría el escudo que impedía que hicieran mella en él los ataques de la oposición que siempre halló a su paso y que, de tanto en tanto, arremetía con renovada furia contra él; las acusaciones de querer estar siempre en primer plano y de imponer su criterio eran para él gajes del oficio que no lo apartaban de su interés primario: ejercer el poder con la estatura y el brillo que los años y los hechos no han hecho más que acrecentar.

Una vez graduado de doctor en Derecho y Ciencias Políticas, contando apenas 25 años, sería Europa el próximo destino del doctor Porras. Fue nombrado cónsul de Colombia en Bruselas durante el gobierno de Francisco Zaldúa. Pero, como suele suceder en los nombramientos diplomáticos de trasfondo político, no escapó Belisario a los efectos del cambio de gobierno; la muerte del presidente Zaldúa significó perder su posición diplomática en Europa.

Tentado por la cultura y el ambiente parisinos, consideraba la posibilidad de quedarse en la capital francesa, pero por aquellas fechas llegó a la Ciudad Luz don Gil Colunje y lo mandó a llamar para decirle: “Usted le pertenece a su país. Para eso ha estudiado. Váyase a Panamá y trabaje allí”. Colunje era uno de los políticos más admirados por Porras por ser uno de los más prestigiosos ciudadanos de su época y destacado miembro del Partido Liberal; además de ser Colunje amigo de su padre, bajo cuya tutela Belisario se había encaminado hacia la Universidad Nacional.

Tres años habían pasado desde que obtuvo el título de doctor y atendiendo al casi mandato de Colunje regresa a Panamá en 1884. Con una recomendación del vizconde Ferdinand de Lesseps en la mano, fue nombrado abogado asistente en la Compañía Universal del Canal Interoceánico con un salario apenas decoroso. Sin embargo, sus excepcionales cualidades ya le habían abierto las puertas a posiciones cimeras que alcanzó luego a lo largo de su vida. Fue diputado, concejal, magistrado de la Corte Suprema de Justicia y profesor; además, orador brillante y escritor, y destacado diplomático que representó a Panamá ante varios gobiernos extranjeros y como negociador encargado de difíciles encomiendas.

No faltaron en Porras inclinaciones literarias pues, hombre de su época y con una mente impregnada de cultura clásica, tanto la adquirida en la “Atenas de América”, como se conocía a la ciudad de Bogotá, como en la propia Europa, no podía escapar de ese influjo que lo empujaba hacia el mundo literario.

No puede decirse que fuera un poeta y literato exquisito, pero cierto es que cultivó las letras, tal vez de los pocos panameños de talla política con esa vocación y que la hubiesen materializado de alguna manera. Sus manifestaciones literarias tuvieron por lo general una inclinación a describir su accionar político, reflejado en sus obras Trozos de Vida y Memorias de las Campañas del Istmo, 1900, así como en su abundante correspondencia, a la cual era muy adicto, como la mayoría de los grandes personajes de su época, que reflejaban en su producción epistolar sus pensamientos, sus planes, sus sentimientos e ideas y todo aquello que requiriese ser transmitido a otra u otras personas.

No es aventurado decir que gran parte de la historia universal se ha nutrido con el patrimonio epistolar de sus protagonistas. Fue también autor de un tratado de Derecho Administrativo, expresión máxima de su calidad de jurista, aunque la obra despertó una acalorada disputa, de raíces y proyecciones políticas, cuando adversarios políticos lo acusaron de haber plagiado al profesor norteamericano Frank J. Goodnow.

Debe hacerse un punto y aparte al referirse a la revolución liberal que llegó a conocerse como la guerra de los Mil Días, cuyo origen fue la lucha por la autonomía, la autodeterminación del Istmo, libres del centralismo colombiano y de las fuerzas conservadoras. El centralismo bogotano, del cual fue exponente de relieve el presidente Rafael Núñez, fue uno de los ingredientes que mantuvo siempre en efervescencia a la sociedad panameña de todos los matices e ideologías, deseosa por siglos y generaciones de aprovechar al máximo la extraordinaria posición geográfica del Istmo como fuente de riqueza y bienestar para sus habitantes.

Estas ideas y anhelos encontraban tropiezos serios en la mente de los más poderosos políticos colombianos, temerosos siempre de perder el control de aquella fuente económica y el poder político sobre el territorio istmeño y su población. Dentro de ese contexto, Belisario Porras acudió al llamado del Partido Liberal de Colombia y de su amigo Rafael Uribe Uribe. Sin titubear en su decisión inicial, se unió a lo que sabía iba a ser una aventura riesgosa, que se desarrolló entre los años 1900-1902.

Desde Centroamérica y con la ayuda del presidente José Santos Zelaya de Nicaragua, que puso a su disposición los vapores Momotombo y Padilla, acompañado de Carlos A. Mendoza, Eusebio A. Morales y Guillermo Andreve, llegó Porras al Istmo, desembarcó en playas chiricanas y desde allí, llevó a cabo la acción militar que, según se planeaba, tenía como destino la toma de la capital istmeña como hecho culminante de la revolución liberal, cuyo objetivo final era el derrocamiento del gobierno conservador presidido en ese momento por José Manuel Marroquín.

La energía inagotable de Porras y su vehemencia fueron un factor en la victoria de las huestes liberales en la región occidental del Istmo, desde David hasta las trincheras de la ciudad de Panamá, donde colapsó la hazaña bélica en la catástrofe militar del Puente de Calidonia, donde murió como héroe el liberal Temístocles Díaz. En aquella larga campaña contó, como aliado y amigo de absoluta lealtad, con el doctor Carlos A. Mendoza, pero tuvo tropiezos de liderazgo con el general Benjamín Herrera.

Su relación estrecha con el doctor Morales fue disminuida en algún momento cuando este abogado y gran intelectual se inclinó por la estrategia militar y política del general Herrera, lo que no impidió al primero mantener siempre nexos con Porras. La acción militar vivió momentos de triunfo en batallas y combates en David, Santiago, Aguadulce, Puerto Gago de Penonomé, la Negra Vieja en Chame y muchos otros encuentros bélicos, casi todos favorables a la fuerza liberal.

La lucha, ganada en las zonas rurales aunque perdida por la tropa liberal en la batalla del Puente de Calidonia, en la ciudad de Panamá, le había permitido a Porras ahondar en el conocimiento del hombre del campo y sus necesidades, conocimiento que ya era parte de su patrimonio intelectual, por su origen cuasi rural en la región de Los Santos. Es significativo anotar que Porras invade el Istmo con un contingente de trescientos hombres y que al llegar a Panamá lo había engrosado con mil doscientos voluntarios que también seguían al cholo penonomeño, Victoriano Lorenzo, a quien Belisario le profesaba afecto y respeto.

Sin duda el recorrido del Istmo de oeste a este le brindó al talentoso político, convertido en militar, la posibilidad de conocer con claridad la realidad material, económica y cultural de la población istmeña y de su entorno geográfico, conocimiento que lo llevó, ya como gobernante, a inyectar a lo largo del territorio un cúmulo de elementos de progreso cuyos efectos perduraron por décadas y aún hoy se sienten y aprovechan.

Basta ver la magnífica Carretera Panamericana, extendida hoy desde Yaviza hasta la frontera con Costa Rica y hasta las entrañas de la península de Azuero, la que no es otra cosa, en medida significativa, que la pavimentación de la carretera Nacional impulsada y construida parcialmente durante la administración del doctor Belisario Porras. El tratado del Wisconsin, buque de guerra estadounidense donde se selló la paz y se puso fin a la cruenta y ruinosa guerra civil, fue un duro golpe para el liberalismo criollo.

Con anterioridad aún reciente para ese momento, se había firmado el Pacto de Perry Hill, hoy día Perejil, que puso fin a las acciones bélicas. Las ideas liberales y reivindicadoras de Victoriano Lorenzo, amigo y aliado de Porras, así como caudillo y exponente de las reivindicaciones sociales y políticas de las clases campesinas y humildes de Panamá, quedaron muy mediatizadas aunque rasgos importantes del liberalismos permearon la Constitución de 1904 y la acción de los gobiernos sucesivos, sobre todo en los campos de la educación y la salud públicas, de lo cual es prueba la fundación del Instituto Nacional, colegio de vanguardia intelectual cuando fue inaugurado en el año 1909. Igual jerarquía tuvo para aquella época la fundación de la Escuela Profesional.

Derrotado y opuesto a la separación del Istmo y presintiendo una inminente acción independentista bajo el influjo norteamericano, se marchó al exilio en El Salvador, donde estableció su residencia. Allá publicaría, en julio de 1903, pocos meses antes de la gesta independentista, un opúsculo titulado “Reflexiones canaleras o la venta del Istmo”, en el que rechaza las pretensiones norteamericanas que, a su juicio, comprometían la soberanía colombiana, convencido como estaba de que Panamá debía seguir siendo parte de Colombia.

En Panamá, para entonces ya José Agustín Arango, Manuel Amador Guerrero, Tomás Arias, Federico Boyd, Manuel Espinosa Batista y otros patricios y líderes políticos de elevada personalidad gestaban la independencia, que se materializó el 3 de noviembre de 1903. Bajo la égida de una Junta Patriótica Revolucionaria se consumó la separación y se aprobó el Tratado del Canal, acción en la que fue decisiva la negociación diplomática que de antemano se venía gestando y que culminó en el Tratado Hay–Bunau-Varilla.

Convenio que ningún panameño lo rubricó pues la lid político diplomática fue capitalizada y dirigida en su momento cumbre por el francés Philippe Bunau-Varilla, representante de los intereses franceses a través de la Nueva Compañía Universal del Canal Interocéanico. Esta empresa fue creada para rescatar lo que se pudiese luego de la quiebra escandalosa de la primera empresa gala, dirigida en su momento por el extraordinario vizconde Ferdinand de Lesseps, promotor de la aventura ingenieril, marítima y política que dio lugar al Canal de Suez, pero cuyo talento y gloria no fueron suficientes para llevar a cabo la titánica obra en el Istmo centroamericano.

La separación de Panamá de Colombia despertaba en Porras sentimientos encontrados; nació siendo colombiano y amaba el país de su adolescencia, en el que se educó y cultivó amistades muy apreciadas y valiosas, pero también sentía amor por Panamá, por Las Tablas, su pueblo natal y su gente sencilla.

No es aventurado expresar, como ya otros han insinuado, que la independencia del Istmo frustró los sueños juveniles del líder liberal, ya maduros para la época de la liberación istmeña, de ser líder de un ámbito político y territorial más amplio, como lo habría sido y de hecho lo es, su patria natal colombiana. Ante las circunstancias, es de asumir que, pese a su rebeldía inicial, ya resignado, en 1904 Porras retorna a Panamá, convertida en República. Sus dotes, que eran ampliamente conocidas, prontamente fueron requeridas para servir a la nueva república pese a las circunstancias de su independencia.

Ese mismo año el presidente Manuel Amador Guerrero le encarga un estudio sobre el Tratado Hay–Bunau-Varilla, duramente criticado por las concesiones otorgadas a los Estados Unidos. Inexplicablemente para muchos, la conclusión de Porras fue que, pese a las incongruencias en el tratado, no se vulneraba la soberanía panameña.

No es aventurado decir ahora que, desde un punto de vista estrictamente jurídico, el texto del referido tratado, al expresar en su cláusula capital que los derechos otorgados por Panamá a la potencia norteña incluían todos aquellos que los Estados Unidos podrían ejercer “si fueran soberanos” en el territorio puesto a su disposición para la obra de construcción y operación del canal deja entrever claramente que jurídicamente no lo eran, lo que sugiere, con bastante fundamento, que Porras no estaba desenfocado.

Sus adversarios, sin embargo, no podían olvidar su postura rebelde frente a la acción independentista, expresada en “Reflexiones canaleras o la venta del Istmo”. Esto lleva a que en 1905, siendo presidente del Concejo de Panamá, fuera denunciado por no haber reconocido el movimiento separatista. La Corte Suprema de Justicia falló contra él y le retiró sus derechos de ciudadano.

En 1906 acude ante la Asamblea Nacional a solicitar la restitución de esos derechos, lo cual recibió decisión favorable. No hay duda de que recobrar su ciudadanía le permitiría volver al ruedo político, una codiciada meta que nunca abandonó. La política era el gusanillo que jamás, ni aun en la ancianidad, lo abandonaría.

En una de esas vueltas que da la vida, en 1908 fue nombrado por el presidente Amador Guerrero como representante de Panamá en Brasil, lo que propició poco después y en consideración a su presencia en aquel extraordinario país, que se le asignasen otras funciones diplomáticas vinculadas a su calidad de jurista de calibre e incluso dando lugar a que fuese designado delegado panameño ante la Conferencia Panamericana de Río de Janeiro en la que su amigo Rafael Uribe Uribe representaría a Colombia.

Aquel encuentro, en el que Porras tenía como misión defender el acto separatista panameño, debe haber sido una dura prueba para una amistad forjada en los años de estudiante y en sus convicciones de un liberalismo marcadamente santafereño. Porras cumplió su misión como buen panameño y logró que Uribe Uribe no tuviese éxito en su objetivo de denigrar la independencia panameña y presentar a la joven república como una simple colonia de la potencia del norte.

En 1910 representó a Panamá ante el gobierno de Washington en misión relacionada con la negociación de una convención de arbitraje con la República de Costa Rica, destinada, conforme a la posición panameña sostenida por Porras, sólo a resolver problemas limítrofes no dilucidados del todo por el Laudo Loubet, proferido por Émile Loubet, presidente de Francia, en septiembre de 1900. Sin embargo, la presión norteamericana dio lugar a que la Convención derivara en un arbitraje integral a cargo del presidente de la Corte Suprema de los Estados Unidos, Edward White, cuya decisión posterior, proferida el 12 de septiembre de 1914, fue desfavorable a Panamá, con un desconocimiento claro de lo previamente resuelto por el presidente francés.

Ya para ese entonces Porras había sido destituido por el presidente Pablo Arosemena. A su regreso a Panamá, entró de lleno en el ajetreo político, con la intensidad acostumbrada, compartiendo liderazgo dentro del Partido Liberal con Carlos A. Mendoza, caudillo entonces de las masas populares y con Rodolfo Chiari.

En 1912, a los 56 años de edad, Belisario Porras se convierte en presidente de la República. Heredero de un país atrasado, con vigor indescriptible y nuevos métodos de trabajo, se propuso como meta modernizar la joven nación. Ya tenía trazado su plan de acción y nada lo detendría. Se fue a contracorriente, desafiando la acre oposición de destacadas figuras que lo fustigaban sin tregua; que lo que calificaban de engreído, desmesurado, refractario a la humildad. No permitió que las violentas pasiones que suscitaba se le interpusieran en el camino que se había trazado. Roque Javier Laurenza, en el boceto biográfico “El caudillo de levita”, le califica como “‘Júpiter de levita’, dueño indiscutible de la vida pública y privada de los panameños, solo le faltó trocar sus prosaicas ropas burguesas por la túnica solemne de un dios antiguo”.

Como obras inmediatas en su primer período presidencial (1912-1916), estaban la construcción de carreteras, caminos y puentes; consideraba vital comunicar al productor con el consumidor y los puertos. La construcción del ferrocarril de Chiriquí (1914) fue otra de las obras en las que puso gran empeño y para la cual recurrió a empréstitos con el gobierno norteamericano.

La escasa población resultaba también en escasa producción agrícola; para manejar esta deficiencia acudió a promocionar Panamá para el establecimiento de agricultores europeos, plan que no resultó exitoso; era necesario que la población se diseminara por todo el país y para lograrlo, durante este período presidencial, el primero de los tres que ostentaría, Porras fue un “sembrador”.

Con visión extraordinaria sobre la importancia de la educación y la salud en el desarrollo del país, se fundaron escuelas, se modificaron los planes de enseñanza; se construyeron acueductos, pozos artesianos, hospitales y centros de salud; siguiendo el pensamiento ordenado del presidente Porras, a la vez que mejoraban y aumentaban las instalaciones de salud se promovían campañas de vacunación y de salubridad. En estos años se crea el Registro Público, el Registro Civil y el Archivo Nacional. Aún no terminaba su primer período presidencial, cuando el 15 de agosto de 1914 se inaugura el Canal de Panamá, festejo en el que Porras fue figura principal.

A bordo de la nave S.S. Ancón hace el viaje inaugural como presidente panameño aunque, como era sabido, no gozaba de las simpatías del gobierno norteamericano, cosa no de extrañar dada la arraigada ideología liberal de Porras y su acendrado nacionalismo. Resentía Porras, entre otras cosas, que en 1915 los Estados Unidos hubiesen obligado al gobierno istmeño a desarmar a la Policía Nacional.

En 1916, para conmemorar el cuarto centenario del descubrimiento del Mar del Sur, se realiza la Exposición Universal en la que participan varios países y ocasión para la cual se crea el barrio La Exposición, en terrenos de El Hatillo, en los que se construyeron seis edificios que después fueron destinados al Asilo Bolívar, la Escuela Normal de Señoritas, el Museo Nacional, la Secretaría de Relaciones Exteriores y las embajadas de España y de Cuba.

También prestó atención el presidente Porras a la población indígena, lo que lo llevó a modificar las iniciativas del gobierno de Manuel Amador Guerrero; para ello se creó, en 1915, la intendencia de San Blas con sede en la isla de El Porvenir, proyecto que ocasionó severos contratiempos a su gobierno.

La rebelión de Dule, en 1925, es decir, diez años después de creada la intendencia, fue la explosión resultante de la incomprensión hacia la cultura de esta etnia; el rechazo acumulado de los indígenas por la explotación de sus riquezas por parte de empresas extranjeras; y por los atropellos de la policía que, por orden del gobierno, estaba instalada en El Porvenir y en Narganá. Fue también creación suya la reserva indígena de Toabré, al norte del distrito de Penonomé, en la provincia de Coclé, destinada a proteger de la rapiña externa las tierras ancestrales de los descendientes de las tribus autóctonas de la región, ya muy castellanizadas en lengua, religión y costumbres, pero siempre aferradas a su terruño de selvas y ríos cristalinos.

Sin descuidar ninguno de los flancos, Porras logró manejar una multiplicidad de asuntos en los que se mezclaban la política pura y dura, y la administración del Estado. Así cerró Belisario Porras su primer capítulo como presidente de la República de Panamá. Los roces con el gobierno norteamericano continuarían y llegaron a tener efectos profundos en la estabilidad del país.

Las candidaturas liberales para las elecciones del período presidencial 1916-1920 causaron fricciones en el directorio del Partido Liberal. Mendoza apoyaba a Rodolfo Chiari en tanto que se acusaba a Porras de imponer a Ramón Maximiliano Valdés y de controlar, para su ventaja, la maquinaria electoral. Algunos liberales descontentos y también algunos miembros del opositor partido conservador, solicitaron a los Estados Unidos la supervisión del proceso.

Como era de esperarse, Porras rechazó la intervención, Valdés resultó elegido lo que a Porras le aseguraba que su presencia en el panorama político se siguiera sintiendo y cobrando mayor relevancia. Fue durante la presidencia de Valdés que Panamá se alió con los Estados Unidos, permitiéndoseles usar la isla de Taboga para recluir a los ciudadanos alemanes que luego fueron llevados a los Estados Unidos con motivo de la entrada de aquel país en el conflicto bélico hasta entonces principalmente europeo, guerra que los enfrentó a la Alemania del káiser Guillermo II.

El fallecimiento del presidente Valdés, a principios de 1918, llevó al doctor en medicina, Ciro L. Urriola, a ocupar interinamente la presidencia; la situación se complicó al posponer Urriola las elecciones de los nuevos designados. Nuevamente se acudió al auxilio norteamericano de donde salió un ultimátum a Urriola conminándolo a cumplir con la fecha de las elecciones; el desacato del presidente rebelde provocó que los marines ocuparan Panamá y Colón.

El doctor Urriola se vio obligado a apartarse del poder tras solo cuatro meses en la presidencia, dando paso al doctor Porras, elevado al solio presidencial por decisión de la Asamblea Nacional. Las piezas, de manera impensada, encajaron perfectamente a favor de las aspiraciones presidenciales de Porras, quien con 62 años, estaba preparado para la campaña electoral que lo llevaría a la presidencia en el período 1920-1924.

Este período en la presidencia le sirvió para fortalecer el caudal político del “porrismo” como se le llamaba, identificado así por el sello que al Partido Liberal le imprimió el apellido del caudillo; sin cambiar de rumbo y pese a las acusaciones frecuentes de sus detractores, siguió adelante: las obras que había planificado durante su primer período presidencial habían continuado y suyo sería el mérito de la modernización y en particular, de la construcción del hospital Santo Tomás, ordenado por él en 1919 e inaugurado con gran pompa en 1924, ocasión en que se proyectó como fiesta nacional.

El “elefante blanco” como llamaban los adversarios del hospital, que les parecía una extravagancia, es una de las obras magnas que más agradeció y sigue agradeciendo el pueblo que hizo de Porras su ídolo. En este período se iniciaron las obras en la Plaza de Francia; los servicios eléctricos llegaron a David, Las Tablas y Santiago; también nació Coiba como centro penal. En 1919, agrias disputas sobre el juego de lotería llevaron también a la intromisión del gobierno de los Estados Unidos; la venta de lotería en la Zona del Canal era prohibida por “violar la Constitución y atentar contra el Tratado del Canal”.

El presidente Porras, que en todo momento defendía el derecho del gobierno a ser propietario de los juegos de suerte y azar, con fallo favorable de la Corte, crea la Lotería Nacional de Beneficencia, otra de la larga cadena de obras que Porras culminó para beneficio del pueblo, al que esta institución por cerca de un siglo ha dado generosa y permanente asistencia social en muchos sentidos. Llegado casi al final de este providencial período presidencial y para cumplir con mandato constitucional que ordenaba que para aspirar a la candidatura presidencial debía retirarse del cargo, así lo hizo. Fue su sucesor Ernesto T. Lefevre.

Era tal la fortaleza de la candidatura de Porras para las elecciones de 1920 que su contendiente, el doctor Ciro Urriola, se retiró sabiéndose derrotado de antemano. Las escaramuzas con el imperio norteamericano no cesaban; ya en 1916 por la falta de orden en las finanzas y la deuda pública del Estado, el gobierno norteamericano había intentado, fallidamente, imponer un agente fiscal, lo que lograron en 1920.

La injerencia norteamericana en los asuntos de la República eran motivos de constante fricción. El presidente panameño era percibido por los norteamericanos como excesivamente liberal y la popularidad de la que gozaba, sobre todo entre la gente de pueblo y los campesinos les resultaba, hasta cierto punto, intranquilizadora. La guerra continuaba y Porras, heredero de situaciones antagónicas con el gobierno del norte, sufría personal y profundamente la intromisión del imperio que menoscaba la soberanía del recién nacido país.

Una experiencia amarga sufrida por Belisario Porras fue la dis- puta fronteriza con Costa Rica, entre febrero y marzo de 1921, conocida con la guerra de Coto. Invocando la aplicación del Fallo White como trasfondo, en febrero de 1921, una fuerza expedicionaria ocupó en nombre de Costa Rica el poblado Pueblo Nuevo de Coto, que pertenecía al distrito de Alanje, en la provincia panameña de Chiriquí.

Fuerzas regulares y voluntarios de ambos países se organizaron para defender el territorio en conflicto. Con una fuerza militar mal armada y peor entrenada, los panameños desalojaron a los costarricenses; Panamá ganó en el aspecto bélico en la zona del Pacífico, aunque los costarricenses ocuparon territorios de lo que hoy día es la provincia de Bocas del Toro.

Por la injerencia estadounidense que defendía los intereses de sus empresas bananeras, Panamá hubo de ceder el territorio concedido a Costa Rica por el Fallo White, que obligaba a los ciudadanos panameños en estas tierras a salir de ellas; este episodio era un ejemplo más del intervencionismo de los Estados Unidos para favorecer intereses de sus nacionales en detrimento de Panamá.

En una inexplicable reacción de Porras, que sorprendió a sus conciudadanos, demeritó la acción del grupo panameño que recuperó Coto, lo que condujo a la sublevación de un importante sector de población y de líderes políticos, que exigían su renuncia e incluso intentaron tomarse por asalto la presidencia. Al verse indefenso tuvo Porras que recurrir a la protección norteamericana, un hecho que debe haberle causado profunda humillación al caudillo liberal.

Los problemas limítrofes con Costa Rica fueron finalmente superados con la firma del Tratado AriasCalderón Guardia en 1941, sin que Panamá pudiese nunca recuperarse de la imposición norteamericana y la humillante sumisión que ella causó. En abono del presidente panameño debe decirse que, a pesar de haber censurado la acción bélica panameña en el sitio de Coto, él por su parte y dentro del ámbito jurídico diplomático, en marzo de 1921, llegó a repudiar el Fallo White, argumentando que el magistrado norteño se había excedido la encomienda arbitral que los países contestatarios le habían sometido a su consideración y decisión. Carlos Iván Zúñiga Guardia sintetizó así la obra de Porras:

Piensa en la mujer y crea la Escuela Profesional; piensa en los trabajadores y fija la jornada de 8 horas diarias; piensa en la salud y construye el Hospital Santo Tomás; piensa en los indígenas y crea la Reserva Indígena de Coclé; piensa en la descentralización administrativa y crea la Provincia de Darién; piensa en la función social de la propiedad y lanza sus dardos sobre los terratenientes: “mientras haya amos terratenientes, decía, habrá siervos empobrecidos y degenerados”; piensa en la soberanía nacional y propone un nuevo proyecto de tratado, piensa en la soledad e impotencia de su Patria ante los abusos de la diplomacia de los Estados Unidos y procura la mediación de Argentina, Brasil y Chile para enfrentar los problemas de la política exterior del Istmo; piensa en la unidad geográfica de la República e inicia la construcción de las carreteras nacionales y de los ferrocarriles seccionales; piensa en la inexistencia de una codificación patria y dota al nuevo Estado de una codificación elaborada por juristas panameños.

Fue tan atinada la selección que Porras hizo de los juristas que elaboraron la codificación patria que más de cien años después de su vigencia desde 1917 siguen ellos marcando su impronta jurídica, social, económica y ética en la sociedad panameña.

Al culminar sus períodos presidenciales siguió Porras en la vida pública, ocupando el cargo de enviado extraordinario y ministro plenipotenciario ante el Reino Unido de Gran Bretaña, Francia e Italia entre 1925 y 1932, así como delegado de Panamá ante la Asamblea de la Sociedad de las Naciones, entre 1933 y 1934 y luego en 1938. Ya para esa época, apenas un lustro antes de su fallecimiento, la edad y las dolencias que la acompañan habían hecho de él una sombra de lo que otrora fuera como hombre y como líder, aunque su mente seguiría proyectando en el anciano caudillo las viejas ensoñaciones de político y estadista.

Belisario Porras, de quien dijo Manuel Octavio Sisnett, “vivió al borde de un mundo que cambiaba”, falleció en 1942. Como ejemplo de probidad, el admirable patricio, que no se sirvió del poder para enriquecerse, murió pobre. Sus principios de ética, de moral política en lo que respecta al patrimonio del Estado y de hombre desprendido de lo material, fueron características admirables y excepcionales que enmarcaron su vida pública y privada.

A su muerte, la Asamblea Nacional aprobó la ley 107 de 1943 facultando al órgano Ejecutivo “para que trate de aliviar en la forma que estime más conveniente la situación económica de la vda. del Dr. Belisario Porras” doña Alicia Castro, quien lo sobrevivió varios años, desprovista en esa etapa final de la protección ya senescente de su fallecido esposo y por tanto con limitaciones económicas de consideración.

Su residencia en la avenida Perú, frente a la plaza que hoy día lleva su nombre, es ocupada ahora por la Procuraduría General de La Nación y una modesta propiedad que poseía en lo que hoy día es parte de Juan Díaz, fue vendida a la familia Duque, todo ello indicativo de que Porras no utilizó el poder para acumular riquezas que luego habría podido transmitir a su familia. En algún momento en el Banco Nacional de Panamá se habló de rematar bienes del doctor Porras para saldar deudas del caudillo liberal.

Afortunadamente alguien alzó la voz contra tamaña propuesta y la misma murió en su cuna. Ocupándose de las miserias que la vida impuso al doctor Porras, el intelectual panameño Diógenes De la Rosa dejó dicho que: “La vida, que en sus años formativos no le ahorró penurias, le hizo una última y espantable jugada: le dejó sobrevivir a su tiempo”.

Otro intelectual de la misma talla, en este caso Roque Javier Laurenza, en su boceto biográfico sobre Porras, escribió: “Fin de una época, nota final de un aria, última fase de un capítulo de historia, la muerte del doctor Porras cierra una parte de la vida política y sentimental del Istmo y deja a los panameños un poco huérfanos de las cosas de ayer”. En lo privado, su vida matrimonial pasó por momentos dramáticos y hasta penosos para su imagen.

Muy joven aún (1885) contrajo nupcias con la dama panameña doña Eva Rita Paniza Arosemena, pero ese matrimonio terminó con una disolución incluso eclesiástica, en cuya tramitación se dieron hechos y situaciones que dejan traslucir algunos de los rasgos extraños de la personalidad de Porras, en su momento explotados por sus adversarios políticos y personales.

Posteriormente contrajo nuevas nupcias con la dama costarricense Alicia Castro, quien lo acompañó hasta su muerte, habiendo antes compartido años de triunfos, seguidos de pobreza, arropados dentro de la mente del caudillo en sueños permanentes de un futuro de nuevas glorias, a cuya pérdida no se resignaba. Sobre la tumba histórica del gran hombre se han labrado muchos epitafios.

De la Rosa expresó sobre él ideas a veces conmovedoras y llenas de admiración, como cuando dijo: “No fue el primero de nuestros gobernantes y estadistas que pensó en grandes planes, pero sí el de los mayores atrevimientos”. Y agrega: “Sus tres presidencias quedarán inscritas en la historia nacional con caracteres de hierro y cemento”. Dice también: “[…] como político de barricada y tribuna, de imprenta y gobierno, logró niveles que no han sido sobrepasados en lo que llevamos de la república ni lo serán, posiblemente, en todo el futuro previsible”.

Se puede agregar al respecto, que para la época en que esto se escribe, segunda década del siglo xxi, todavía Porras sigue a la vanguardia de los creadores y constructores de la nación panameña. Para concluir puede decirse que la medida de los hombres no se extrae solo de las obras de cualquier clase que deje como legado a su pueblo o a la humanidad, sino en alto grado por los sentimientos y emociones que deje grabado en el alma de la sociedad. En esto Porras fue paradigmático.

Los sentimientos de nobleza profunda que Porras despertó en muchos panameños los reflejó en sus versos, como ningún otro, el eximio poeta de nuestra nacionalidad, Ricardo Miró, estrecho amigo del caudillo liberal, a quien dedicó un soneto que versa así:

El bronce de los próceres, que perpetuó la gloria de los que han sido faros ante la Humanidad, recogerá tu cuerpo y lo dará a la Historia para que sigas viaje a la Inmortalidad. Yo —vivo o muerto, pero serena la memoria— iré en la tibia noche hasta tu soledad y aguardaré en el hondo silencio la ilusoria gracia de oír tu acento desde la Eternidad.

Irán otros conmigo. Irá la romería de todos los que oyeron tu noble acento un día como un sonoro látigo, vibrando contra el mal; y veremos, perdidas para siempre tus huellas, arriba, tu figura constelada de estrellas: abajo mi soneto, frente del pedestal.

 

En efecto, tal como lo predijo el poeta, su poema en homenaje al caudillo de levita está grabado en el pedestal de la estatua que honra a Belisario Porras en el parque que lleva su nombre, en el barrio de La Exposición, fundado por él en 1916. Un hombre que tres veces accedió al poder y se alejó de él, sin alejarse, ese fue Belisario Porras. Su estela luminosa de estadista y de honradez pública sigue alumbrando la historia de la nación panameña y de su pueblo.

 

 

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