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    Hermes Sucre Serrano

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Bolívar Vallarino

by: Hermes Sucre Serrano

Desde hace mucho tiempo Panamá tiene una deuda con el general Vallarino, pero no de esas que se pagan con homenajes ni ceremonias, que él siempre rehuyó. Es una deuda que quedará saldada si con motivo de su partida los panameños dedicamos un momento a meditar en torno a los valores que permitieron a Lilo Vallarino, después de servir a su patria, retirarse a la vida privada con la tranquilidad de conciencia que solo otorga el deber cumplido.

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Es graduado de licenciado en Periodismo en la Universidad de Panamá. Ha ejercido el periodismo durante más de cuatro décadas, entre otras entidades, en la oficina de Divulgación del Ministerio de Comercio e Industrias, los diarios La Estrella de Panamá y La Prensa. Por muchos años fue corresponsal de prensa de la agencia inglesa de noticias Reuters y del diario ABC de España. Fue profesor de periodismo en la Universidad Santa María la Antigua (USMA) por 25 años y de 1993 a 1997 fue director de la Escuela de Comunicación Social de la USMA. Es autor de dos libros: Periodismo del Centenario y seis décadas de cronismo deportivo de Ricardo A. Pardo y del libro de cuentos El Cristo de Antonino.
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Bolívar Vallarino: Un militar propenso al civilismo

 

El 25 de marzo de 1968, la desmedida ambición por el poder causó que Panamá, una república de apenas un millón de habitantes, amaneciera con dos presidentes y un comandante de la Guardia Nacional que observaba los acontecimientos con profunda preocupación. El detonante de la crisis había reventado el 29 de febrero de 1968, cuando el doctor Antonio González Revilla, candidato presidencial por el Partido Demócrata Cristiano (PDC), acusó al presidente Marco Aurelio Robles Méndez de haber cometido el delito de coacción electoral por su abierto apoyo al candidato oficialista, David Samudio. Según reportaron los diarios de la época, el presidente de la Asamblea Nacional, Carlos Agustín Arias Chiari, acogió la denuncia y convocó a sesiones extraordinarias judiciales el 4 de marzo de 1968.

En un periquete, se creó una Comisión Especial, integrada por los diputados Jacobo Salas, Ovidio Díaz y Abraham Pretto (todos partidarios del candidato de la oposición) y el varias veces presidente Arnulfo Arias Madrid, para que en diez días rindiera un informe que determinara si procedía o no un juicio contra el mandatario aguadulceño. Robles, quien en 1964 había ganado la presidencia a Arnulfo Arias Madrid en un controvertido torneo electoral, no contaba con mayoría parlamentaria y, para colmo, su primero y segundo vicepresidentes, Max Delvalle y José Dominador Bazán, actuaban abiertamente como opositores al gobierno.

El 7 de marzo de 1968 el Órgano Legislativo pretendía indagar al presidente, pero éste no atendió la citación. El 11 de marzo la Asamblea Nacional dio a conocer un informe que a nadie causó extrañeza: 30 votos a favor del enjuiciamiento del presidente y 11 en contra. Tenían a Robles en sus manos. Sin la presencia del inquilino del Palacio de las Garzas, el 24 de marzo se llevó a cabo la audiencia pública que culminó con una sentencia condenatoria y la destitución del cargo del presidente Robles. Una hora después, ya el primer vicepresidente, Max Delvalle, adornaba su pecho con la banda presidencial. El tema del enjuiciamiento de Robles desató una campaña sucia en los periódicos de la familia Arias, que, en apoyo de Max Delvalle, lanzaron una guerra de insultos y agrias críticas contra la Guardia Nacional y su comandante Bolívar Lilo Vallarino, el “hombre fuerte” de los cuarteles. El diario Crítica publicó el 22 de marzo un titular que rezaba: “Golpe contra Lilo Vallarino planea Robles para mañana”. El primer párrafo de la noticia revelaba que: “Un golpe contra el comandante de la Guardia Nacional, Brigadier General, Bolívar Vallarino, planea Marco Robles para evitar ser condenado por la Asamblea Nacional”.

Y el 26 de marzo el mismo diario tituló: “Delvalle contra golpe militar – asistirá mañana a la Cámara acompañado de su gabinete”. El diario La Estrella de Panamá lució más ecuánime y balanceado al reportar los acontecimientos. Algunos diputados del oficialismo corrieron para las filas de la oposición; familiares y amigos de Vallarino saltaron al bando de Arnulfo Arias, sempiterno rival del comandante y ahora del candidato oficialista David Samudio. Proliferaban los enfrentamientos verbales, a pedradas, a palazos y hasta con armas de fuego, amén de las traiciones entre antiguos copartidarios. El enjuiciamiento de Robles sacó a relucir la mugre política. Observadores del acontecer político calificaron de único el caso de Panamá, un país que de la noche a la mañana amaneció con dos presidentes: uno elegido en las urnas en 1964 y otro designado por la Asamblea Nacional.

El vacío de poder clamaba por una dosis de prudencia, paciencia y serenidad para afrontar la situación, circunstancia que fue aprovechada por la alta oficialidad del instituto armado, con el apoyo de numerosos civiles de distintos estratos sociales, para pedir a Vallarino que ejecutara un golpe de Estado porque la Guardia Nacional era la única institución que gozaba de credibilidad. Hasta se llegó a preparar una documentación para justificar políticamente el propuesto golpe de Estado. Pero cuando fueron a hablar con el comandante se toparon con un recibimiento glacial. Sin titubear, Vallarino advirtió: “Los militares deben permanecer en el cuartel. Voy a atenerme a lo que resuelva la Corte Suprema de Justicia”.

En marzo de 1968, de acuerdo con disposiciones legales de la época, la Corte se encontraba de vacaciones. Se recurrió, entonces, a los juzgados municipales, competentes en estas circunstancias para resolver la acción de amparo de garantías constitucionales interpuesta por Robles. El juez municipal, Toribio Ceballos, acogió el recurso judicial. Posteriormente la Corte Suprema de Justicia ratificó que al juzgar a Robles la Asamblea Nacional había violentado el mandato constitucional. Vallarino aceptó el fallo y el presidente Marco Robles completó su mandato el 30 de septiembre de 1968.

El periodista Eduardo Lamphrey relata que a pesar de que la Corte ordenó la suspensión de todo lo actuado por la Asamblea, un grupo de diputados alzados intentaron asistir el 26 de marzo al Palacio Justo Arosemena, acompañados por el presidente paralelo, Max Delvalle. Un día antes, el 25 de marzo en la noche, Del Valle se había reunido con su amigo Lilo Vallarino, quien trató de persuadirlo para que no se presentara a la Asamblea. “Max, no te voy a dejar entrar a la Asamblea, no vayas, he dado órdenes de impedirlo”, advirtió el general a Delvalle. Al día siguiente un pelotón de policías, comandados por el teniente coronel Omar Torrijos Herrera, secretario general de la comandancia rodeó el edificio legislativo e impidió la entrada de Delvalle y su comitiva a los predios de la Asamblea. Torrijos cumplió su misión con rigurosidad y hay quienes aseguran que sobrepasó las órdenes de su comandante de no agredir a nadie.

El 27 de marzo de 1968 el diario Crítica tituló a seis columnas: “Ultrajados el Presidente y los diputados”. En el primer párrafo de la noticia se leía:

El presidente de la República, Max Delvalle, fue vejado ayer por la Guardia Nacional cuando trató de llegar al Palacio Legislativo Justo Arosemena. Con bombas lacrimógenas recibió la Guardia al primer mandatario, quien llegó acompañado por el presidente de la Asamblea Nacional, Carlos Agustín Arias Chiari.

Otros encabezados clamaban: “Huelga general ante desmanes de la Guardia”, “Contra mujeres arremetió dictadura militar”.

Los primeros tiempos

A pesar de que siempre prefirió mantener un bajo perfil, Bolívar E. Vallarino García de Paredes fue uno de los militares panameños de mayor protagonismo en el siglo xx panameño.

Vallarino es uno de esos hombres que la historia tiene que juzgar con alto grado de imparcialidad. Muy pocas personas, como él, han tenido la oportunidad de influir por casi dos décadas y de manera tan decisiva en los destinos de un país —expresa la periodista Migdalia Fuentes de Pineda—. Su vida y trayectoria de militar merecen enmarcarse dentro de la corriente de los hombres públicos que sin ningún reparo y aun teniendo poder y autoridad, dejan que el destino de cada pueblo vaya marcando las pautas de su acontecer.

Bolívar Vallarino, militar que mantuvo las riendas de la comandancia del único instituto armado del país por más de dieciséis años, nació el 18 de septiembre de 1916 en la ciudad de Catarama, Ecuador. Era el penúltimo hijo del hogar formado por Ismael Vallarino y Carlota García de Paredes de Vallarino. Sus padres se habían trasladado al país suramericano atraídos por las oportunidades de trabajo que ofrecía la construcción del ferrocarril que comunicaría a Quito con la costeña ciudad de Guayaquil. Su estadía en tierras ecuatorianas coincidió con la inauguración del canal de Panamá (1914). Concluida su misión en Ecuador, la familia regresó a Panamá con sus hijos Graciela, Carlota, Mercedes, Ismael, Bolívar y Rafael, donde habitaron por muchos años en una casa ubicada en el Casco Antiguo de la ciudad de Panamá, hoy corregimiento de San Felipe, al lado de la iglesia de San José, famosa por su “altar de oro”. Bolívar Vallarino realizó estudios primarios y secundarios en el Colegio La Salle, un centro de enseñanza privada. Su carrera castrense la hizo en la Escuela Militar de Chorrillos, en Perú.

En esos años el instituto armado era conocido como Policía Nacional y se decía que quienes allí se reclutaban lo hacían por no haber podido encontrar otro empleo. Vallarino comenzó a trabajar en el Escuadrón de Caballería de la policía el 1 de marzo de 1939 con el grado de teniente. Era una época difícil, en que los vientos de guerra comenzaban a sacudir a Europa del norte. Estados Unidos y un grupo de naciones libres se preparaban para enfrentar los embates expansionistas de Adolfo Hitler, que el 1 de septiembre de 1939 dio la orden de invadir Polonia, primer paso bélico de la Alemania nazi en sus intenciones de fundar un gran imperio en Europa, lo que provocó el estado de alerta en las tropas acantonadas en la antigua Zona del Canal, hechos que incrementaron la relación y el acercamiento con la rudimentaria Policía Nacional panameña. El 20 de diciembre de 1940, Vallarino fue promovido a capitán, y casi un mes después contrajo nupcias con Irma Strunz. El matrimonio tuvo cinco hijos: Irma, Gretel, Bolívar, Jorge e Iván. Su educación y su desempeño profesional apuntaban a que algún día Vallarino llegaría a convertirse en un militar de alto rango.

El 12 de enero de 1945 fue promovido a mayor y el 14 de febrero de 1947 fue designado comandante tercer jefe e instructor nacional de policía. En octubre de 1948 el “muchacho mal portado del Colegio La Salle” fue ascendido a teniente coronel y segundo jefe del cuerpo de la Policía Nacional. Mientras tanto, al comandante jefe de la Policía Nacional, José Antonio Remón Cantera, se le salía la política por los poros. Sus aspiraciones políticas florecieron cuando fue proclamado candidato a la presidencia para las elecciones de 1952 por una coalición de partidos. La incursión de Remón en la política abrió las puertas para que Bolívar Vallarino García de Paredes asumiera el cargo de Comandante Primer Jefe de la institución armada, con el rango de coronel. Como segundo comandante quedó Saturnino Flores y tercero Marcos A. Solís.

Para entonces la Policía Nacional tenía un estimado de seis mil hombres. Remón fue elegido presidente con una amplia mayoría del electorado. Remón no solo “mantuvo firmemente asidas las riendas del gobierno. A través de su subalterno, Bolívar Vallarino, conservó el control de la institución armada, que mediante la ley 44 de 1953 quedó transformada en la Guardia Nacional de Panamá”. (Guevara Mann, 2004). Se vivía entonces una época de nuestra historia republicana en la que, invariablemente, los políticos miraban hacia los cuarteles en busca de apoyo o aprobación. Vallarino, sin embargo, no era ambicioso: sus amigos coinciden en que era un hombre sencillo que tenía muy claro que la fuerza militar debería estar siempre al servicio del poder civil y dedicarse a mantener el orden público. Por ello, a pesar de los numerosos ofrecimientos que se le hicieron, jamás aceptó ser candidato a la Presidencia de la República.

Tuvo, además, la hidalguía de respetar el mandato presidencial constitucional de Marco Robles, aunque no mediara amistad entre ellos y el propio Robles fuera uno de los que bloqueó una posible candidatura presidencial de Vallarino por favorecer a David Samudio, quien en mayo de 1968 sufrió una aplastante derrota ante Arnulfo Arias Madrid. El domingo 2 de enero de 1955 José Antonio Remón Cantera fue asesinado a balazos cuando departía con amigos una vez finalizadas las carreras de caballos en el antiguo Hipódromo de Juan Franco, ubicado en los terrenos de lo que es hoy la urbanización Obarrio. Ese día el comandante Vallarino, que era aficionado a la hípica, no había ido al hipódromo. Un conocido llegó corriendo a la casa del jefe militar, localizada en El Cangrejo, muy cerca del hipódromo, y le informó lo ocurrido. Inmediatamente se dirigió al lugar a conocer de los hechos que estremecieron al país. El comandante Vallarino demostró, a lo largo de sus dieciséis años al frente del instituto militar, que, aparte de no ser un hombre ambicioso, sentía un verdadero respeto por el poder civil.

Quizás fue ese un elemento que permitió a los tres mandatarios elegidos tras la muerte de Remón (Ernesto de la Guardia, Roberto Chiari y Marco Robles) completar sus períodos presidenciales, una hazaña no repetida desde el gobierno de Harmodio Arias Madrid (19321936)… (Guevara Mann, 2004).

Los descendientes de Vallarino aseguran, igualmente, que uno de los grandes logros de su progenitor fue que como comandante de la Guardia Nacional rompió la tradición de golpes de Estado que se dieron antes (y se darían después) de su mandato. Durante su carrera militar, Vallarino recibió homenaje de varios presidentes por su profesionalismo al frente de la Guardia Nacional. En 1956, en el umbral de su periodo presidencial, Ricardo Manuel Arias Espinosa condecoró al comandante con la Orden de Manuel Amador Guerrero, por sus “atributos como hombre y como caballero”. En 1960 el presidente Roberto F. Chiari, candidato opositor al anterior gobierno, ratificó a Vallarino como primer comandante de  la Guardia Nacional.

Como segundo comandante quedó José María Pinilla, y tercero, Bolívar Urrutia. Durante la administración de Marco Aurelio Robles se expidió el Decreto Ejecutivo No. 206 del 1 de julio de 1966 en el cual se oficializaban nuevos ascensos en la Guardia Nacional. El coronel Bolívar Vallarino fue ascendido a general de brigada; el teniente coronel José María Pinilla fue promovido a coronel y el mayor Bolívar Urrutia a teniente coronel. Durante su periodo al frente de la comandancia —organismo militar en donde, según la opinión generalizada, radicaba el verdadero poder en Panamá—, a Vallarino le tocó sacar la cara por la Guardia Nacional, y, como hoy afirma su hijo homónimo, Bolívar Vallarino Strunz, lo supo hacer con “balance y justicia”.

El general y algunos los episodios históricos

Como es propio del cargo, el comandante Vallarino enfrentó situaciones difíciles en las que sacó a relucir su temple y ecuanimidad. Era un hombre estricto y disciplinado. Como centro de poder, la Guardia Nacional desempeñaba un papel relevante y, como institución, tuvo que ir a una carrera de aliento para preservar día a día el respeto ciudadano.

El Pacto de la Colina

Mientras en Francia la crisis de mayo de 1958 liquidaba la Cuarta República y, mediante un proceso constituyente, daba origen a la Quinta, consolidando la leyenda de De Gaulle, en Panamá, el 2 de mayo, durante la administración del presidente Ernesto de la Guardia Jr., la “Operación Soberanía”, proclamada por la Unión de Estudiantes Universitarios (UEU), después del Segundo Congreso de la Federación de Estudiantes de Panamá —que tuvo como objetivo exigir plena soberanía de Panamá en la antigua Zona del Canal—, sembraba banderas panameñas en muchas áreas del enclave colonial bajo el liderazgo de Carlos Arellano Lennox y Ricardo Arturo Ríos Torres.

Los estudiantes de todo el país estaban cansados de las malas condiciones educativas y del caos en escuelas y colegios. Un grupo de colegiales de Aguadulce marchó a la presidencia, pero el mandatario Ernesto de la Guardia se rehusó a recibirlos. Durante la revuelta que se suscitó, una de las bombas lacrimógenas lanzadas por los antimotines golpeó en el pecho al estudiante artesano José Manuel Araúz, quien murió poco despúes. Se inició una investigación para determinar las causas de la muerte de Araúz y el 22 de mayo el Instituto Nacional fue rodeado por agentes de la Guardia Nacional; este fue el inicio de una brutal represión contra estudiantes, civiles y el pueblo en general, que dejó un saldo de ocho muertos y alrededor de setenta heridos.

Los estudiantes del Instituto Nacional se trasladaron hasta el campo de la Universidad de Panamá y allí permanecieron acorralados por la Guardia Nacional durante más de una semana, hasta que se firmó el Pacto de la Colina, que puso fin a los sucesos de mayo de 1958. En el pacto se acordó, entre otras cosas, mejorar las condiciones educativas, crear nuevos impuestos para disponer de más recursos para los asuntos estudiantiles y pagar una indemnización a las familias de los fallecidos y lesionados. Además, se estipuló que los comandantes de la Guardia Nacional serían nombrados y removidos libremente por el presidente de la República, conforme lo estipulado en la Constitución. Por su lado, la Guardia Nacional admitió que los sucesos de 1958 representaron un momento crítico para la nación, que fue aprovechado por los sempiternos enemigos del cuerpo armado para tratar de denigrarlo y destruirlo como una institución que velaba por los mejores intereses del pueblo panameño.

Un comunicado de la revista Guardia Nacional señala que los grupos en pugnas desobedecieron órdenes del Ejecutivo y amenazaron la casa presidencial. En acatamiento de órdenes emanadas de la presidencia, la Guardia Nacional procedió a disolver la manifestación que el 18 de mayo intentaba llegar allí. En relación con los violentos sucesos de mayo de 1958 aclaraba que:

Somos los primeros en lamentar los sucesos infortunados e impredecibles que culminaron con la muerte del estudiante Araúz. Los dictámenes médicos y las investigaciones judiciales, se han encargado de demostrar que fue un caso ocurrido por obra y gracia del infortunio y sin que mediara el deseo de miembros de este cuerpo, de hacer de los exaltados estudiantes, sus víctimas. Pero los días subsiguientes, dieron paso al caos. Inenarrables fueron las horas de desasosiego y tensión que surgieron después. La zozobra reinó en toda la capital y en toda la república, cuando las turbas de maleantes, organizadas, se lanzaron a la calle a destruir la propiedad ajena, a saquear almacenes e incendiar automóviles. Aquel caos impresionante, tuvo su clímax el 22 de mayo, cuando la ciudad de Panamá amaneció en manos de pandillas de menores y de elementos sin Dios ni ley, que paralizaron el tránsito y la ciudad y recorrían las calles dedicados al pillaje y haciendo insegura la vida a toda persona.

La efervescencia estudiantil llegó también al clímax y los grupos políticos, unidos a los estudiantes y a las turbas sin control, pusieron en peligro la estabilidad del Estado, amenazando con sembrar en la capital, el crimen, la violencia y el latrocinio. La Guardia Nacional no podía cruzarse de brazos, sin ir contra sus propias obligaciones constitucionales, de modo que fueron tomadas medidas extremas para evitar que la situación continuara, disolver los motines y restablecer plenamente la normalidad. En esta labor y bajo el ataque de armas de fuego, proyectiles de tal naturaleza y piedras a granel, las tropas de la Guardia Nacional se vieron obligadas a recurrir a las armas, para hacer que la normalidad retornara. El índice del grado de violencia observado en esos días, lo representa la suspensión inmediata de las garantías constitucionales, ordenada por la Asamblea Nacional, en sesiones extraordinarias.

Los rebeldes de cerro Tute

En el libro Los cinco ensayos (publicado anónimamente y cuya autoría reconocería después el fecundo escritor Humberto Ricord), se narra, citando los diarios de la capital, que la noche del 3 de abril de 1959 cerca de veinte hombres llegaron a San Francisco, en Veraguas, donde tomaron por la fuerza algunos rifles y municiones de la tienda de Saturnino Arrocha. Antes de llegar a Santa Fe, los sublevados lanzaron entusiastas vivas a la revolución y se internaron en el monte, en dirección al cerro Tute: una pequeña rebelión había comenzado sin dar trazas de cómo terminaría. Debemos recordar que las décadas de 1950 y de 1960 se caracterizaron por la inspiración proveniente de modelos revolucionarios, como los famosos ‘barbudos’ de Cuba, que habían combatido en la Sierra Maestra para derrocar a la infame dictadura de Fulgencio Batista. Estaban frescas las hazañas de Fidel Castro, Ernesto Che Guevara, Camilo Cienfuegos, Raúl Castro y de otros combatientes de la guerra de guerrillas, algunos de los cuales dejaron sus huesos en las agrestes faldas de la sierra. Como destacan los historiadores Celestino Andrés Araúz y Patricia Pizzurno:

La revolución de Fidel Castro tuvo hondas repercusiones en el mundo entero, pero particularmente en América Latina, donde la epopeya presentaba a un grupo de jóvenes idealistas mal armados y entrenados, para derrotar a un ejército apoyado por los Estados Unidos y derrocando a un dictador corrupto y enquistado en el poder con el favor de Washington. Castro y sus compañeros, como el Che Guevara, se transformaron en la inspiración de toda una generación de latinoamericanos. Panamá no fue la excepción y aquí un grupo de jóvenes trató de emular las proezas castristas […]

La noticia de los sublevados del Tute se regó como canicas en piso de mármol. Rápidamente el alto comando de Bolívar Vallarino en vió un destacamento al mando del capitán Omar Torrijos Herrera a sofocar la rebelión. El 4 de abril de 1959, el Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) había difundido una hoja volante en la que se hacía un llamado a combatir a la oligarquía. Entre los sublevados, Ricord menciona a Jaime Padilla Béliz, Samuel Gutiérrez, Álvaro Menéndez Franco, los hermanos Pinzón y los hermanos Blanco.

Sigue contando que en la mañana del lunes 6 de abril las fuerzas de avanzada de la Guardia Nacional hicieron contacto con los rebeldes en las estribaciones del cerro Tute. En el choque con el pelotón de Torrijos cayeron muertos dos insurgentes, Rodrigo Pinzón y Eduardo S. Blanco. Omar Torrijos y Jorge Andrade, integrantes de la Guardia Nacional, resultaron heridos. Para entonces todos los ojos del país estaban puestos sobre el hasta entonces desconocido cerro Tute. Posteriormente se dieron encuentros menores, pero no menos violentos. El hambre, el frío de la montaña y el agotamiento provocaron que los sublevados se dispersaran y fueran presa fácil de la Guardia Nacional. Los nombres de los caídos en el histórico cerro Tute permanecen en la memoria nacional como un ejemplo de valentía, porque sin provisiones ni pertrechos se enfrentaron a policías con mayor entrenamiento y preparación. En la sublevación murieron cuatro rebeldes.

La invasión de los cubanos

En la noche del día 15 de abril de 1959, cuando apenas se habían apagado las fumarolas de la revuelta del Tute, el gobierno panameño denunció en el ámbito internacional un plan para invadir a Panamá con fuerzas expedicionarias de Cuba. Según el citado libro de Ricord, en la mañana del 25 de abril de 1959 “un grupo de cerca de 100 expedicionarios, acompañados por 4 o 5 panameños, desembarcó desde la nave Mayarí en San Blas en el atlántico panameño”. Los revolucionarios marcharon en dirección a Colón y se detuvieron en Nombre de Dios. En el desembarco murió accidentalmente el estudiante Enrique Morales, hijo del jefe de la Corte Suprema de Justicia de Panamá.

Prontamente —dice Ricord— el Gobierno panameño solicitó la mediación de la OEA (léase Estados Unidos de Norteamérica), para obtener la rendición de los llamados mercenarios cubanos, y el propio Gobierno estadounidense suministró armas al de Panamá, con el fin de que pudiera repeler la invasión.

Las fuerzas locales, que dependían de las pesadas ametralladoras Thompson, no tenían equipo adecuado para enfrentarse a los mercenarios por lo que Estados Unidos armó a los guardias panameños con fusiles M-1, más livianos y eficientes. La tropa tomó posición de combate cerca de Nombre de Dios, pero no disparó un solo tiro porque la comandancia y el Gobierno, a través de la diplomacia, lograron evitar lo que hubiera sido un sangriento y lamentable enfrentamiento. En el artículo “Cerro Tute y el desembarco de mercenarios cubanos”, Araúz y Pizzurno, subrayan lo siguiente:

Cuando el gobierno nacional le solicitó explicaciones a Fidel Castro, éste manifestó que no tenía conocimiento de los hechos y que Cuba no intervendría en la política interna de otros países. Entretanto, se supo que en la playa de Varadero se había incautado armamento con destino a Panamá y que más de 100 personas habían sido arrestadas.

La sedición de Pacora

Un informe de la revista Guardia Nacional revela que fue en horas avanzadas de la noche del sábado 25 de agosto de 1962 cuando se tuvo conocimiento en la comandancia general de la Guardia Nacional de que el mayor retirado Manuel José Hurtado se había alzado en armas junto a un número indeterminado de hombres. La rebelión se concentró en el lugar conocido como Cerro Azul, en ese entonces una región montañosa poco habitada.

Manuel José Hurtado, ex-Mayor de la Guardia Nacional de Panamá —publicó la revista—, recientemente destituido por causas conocidas por la ciudadanía y lleno de despecho y soberbia, había logrado inculcar en un pequeño grupo de guardias nacionales, y algunos civiles, que le asistía la razón para levantarse en armas y marchar contra los poderes constituidos.

Los primeros informes llegados al alto comando indicaban que la fuerza estaba integrada por 25 hombres y que se dirigían hacia Pacora, amparados por la espesa vegetación de la región. Inmediatamente el comandante en jefe de la Guardia Nacional, Bolívar Vallarino, y sus segundos, José María Pinilla y Bolívar Urrutia, trazaron la estrategia para iniciar una acción punitiva destinada a sofocar aquel brote sedicioso y devolver la tranquilidad al país. La comandancia alertó a todos los cuarteles de la República y para enfrentar a los sublevados se destinó un destacamento al mando de los mayores Omar Torrijos Herrera y Aristides Hassán, y del capitán Boris Martínez. En las redacciones de los diarios de la capital, en especial los de la familia Arias, y en algunas radioemisoras, aparecieron comunicados en los que los sediciosos hacían llamados a efectivos de la Guardia Nacional para que se unieran a los insurgentes. Demandaban un cambio total en el alto mando de la institución y aspiraban a reemplazar el gobierno de Roberto F. Chiari por otro que velara por los intereses del pueblo panameño. Según la revista Guardia Nacional, la localización del grupo de alzados se dificultaba debido a la vegetación que los protegía; por tal motivo fue necesario enviar aviones de reconocimiento para establecer su ubicación exacta.

El 27 de agosto de 1962 el periódico La Hora, bajo el título “Lilo, a la selva” expresaba que:

En fuentes oficiales se aseguraba en la mañana de hoy que el Comandante Primer Jefe de la Guardia Nacional, Bolívar Vallarino, asumirá el comando de las fuerzas armadas en la lucha contra los alzados del Mayor Manuel José Hurtado, y que se trasladaría a la selva con un equipo de sus mejores hombres.

Ese mismo día, los aviones lograron avistar a los atrincherados en el lugar conocido como Los Rabos, dentro de unos zanjones, lo que evidenció su decisión de presentar batalla. Los pilotos lanzaron granadas de mano para atemorizarlos. Ante la supremacía del poderío de la Guardia Nacional, los insurrectos enarbolaron una bandera blanca y manifestaron al mayor Torrijos sus intenciones de rendirse. La rendición del primer grupo, a cargo del exsargento Demetrio Porras, se dio en la comunidad de Utivé. El segundo grupo en entregar las armas estaba a cargo del mayor retirado Manuel José Hurtado, quien presentaba una herida de bala en una pierna. Guardia Nacional publicó que, tan pronto el alto comando tuvo noticias de la rendición, decidió trasladarse a Pacora para dirigir personalmente los actos de rendición y entrega. Al lugar acudieron el general Bolívar Vallarino y el teniente coronel Julio Cordovez. Al mando del cuartel general quedó el coronel José María Pinilla, segundo comandante. Durante el alzamiento armado se desató una intensa campaña de prensa contra la Guardia Nacional, en especial contra el comandante Vallarino, en los diarios La Hora y Crítica, que recogieron noticias aparentemente emanadas del diario colombiano

El Espectador, reproduciéndolas a cinco columnas y editorializando sobre ellas. El diario La Hora resaltó en uno de sus titulares: “Nuevos documentos sobre el tráfico de armas de nuestro país a Colombia”; y la noticia añadía: “Reveladores y contundentes documentos sobre el tráfico de armas de Panamá a Colombia, donde se implica al coronel Vallarino, jefe de la Guardia Nacional, continúan publicando los diarios de Colombia en estos últimos días”. La prensa de la familia Arias, en general, no daba tregua al comandante. “Lilo será llamado a declarar por el tráfico de armas”, “Chemena acusa a Bolívar Vallarino”, “Los permisos para la exportación de armas eran firmados por el comandante Vallarino”, reiteraban los periódicos. El Panamá América se hizo eco de los hechos, pero en forma más ecuánime y sin sensacionalismo, según informaba la revista castrense Guardia Nacional. En seguimiento de las acusaciones lanzadas por El Espectador y recogidas por los rotativos panameños, el diario El Tiempo, de Bogotá, envió al reportero Ismael Enrique Arenas para que investigara la veracidad de los hechos. Arenas entrevistó al ministro de Gobierno y Justicia, Marco Aurelio Robles, a los comandantes de la Guardia Nacional y al teniente coronel Cordovez. El mayor retirado Hurtado no pudo ser entrevistado porque se encontraba a órdenes del Ministerio Público.

La revista Guardia Nacional reportó que:

[…] el resultado de su viaje a nuestra República [del reportero Arenas] fue un imparcial y bien documentado reportaje, sobre la situación que se había planteado, en donde se ponía de manifiesto la injusta y calumniosa ofensa, sin nombre, de que habían sido víctimas el comandante Vallarino y el Teniente Coronel Cordovez. Igualmente, de la redacción del diario colombiano El Espectador se envió al jefe de nuestra fuerza pública un cuestionario, el cual fue absuelto y cuyas respuestas coincidían totalmente con lo averiguado en Panamá por el reportero de El Tiempo de Bogotá.

9 de enero de 1964

En enero de 1963, los presidentes John F. Kennedy, de Estados Unidos, y Roberto Francisco Chiari, de Panamá, habían acordado que, a partir de enero de 1964, la bandera panameña se izaría junto a la estadounidense en varios puntos de la Zona del Canal. Según un artículo de Aristides Cajar Páez (2014), periodista del diario La Prensa, lo convenido entre Kennedy y Chiari buscaba

[…] bajar las tensiones provocadas por el creciente malestar que en amplios sectores de la población panameña producían las condiciones del tratado Hay–Bunau-Varilla, marco para la construcción del Canal de Panamá y que dio a Estados Unidos el control de la ‘Zona’ a perpetuidad.

Llegado el momento, los estadounidenses hicieron caso omiso de lo acordado por los presidentes, lo que alimentó la indignación de los panameños. En la tarde del 9 de enero unos doscientos estudiantes del Instituto Nacional retaron la estricta seguridad de los policías zonians y avanzaron con paso firme para izar la bandera en la escuela secundaria de Balboa. Después de que parte y parte cantaron sus himnos nacionales y lanzaron consignas nacionalistas, los estudiantes zonians comenzaron a insultar y a dar empellones a los locales y se recrudecieron los disturbios. Ya casi anochecía. Los panameños se retiraron solo para regresar con más pujanza a mostrar su pechos lleno de patriotismo a civiles y policías zoneitas, que disparaban sus armas desde la oscuridad. Cuando el problema se le salió de las manos al gobernador David Parker, este entregó el control de la Zona al jefe del Comando Sur, Andrew P. O’Meara, quien desplegó la brigada 193 de infantería del ejército estadounidense. La infantería sacó ametralladoras pesadas y vehículos blindados artillados. Estados Unidos se preparaba para una guerra.

O’Meara trató en vano de comunicarse con el general panameño Bolívar Vallarino, comandante de la Guardia Nacional, para que interviniera en la neutralización de la revuelta, y otras autoridades estadounidenses llamaron al general Vallarino y al presidente Roberto Chiari para que metieran “en cintura” a los grupos de panameños enardecidos. Mucha gente acudió a la sede de la Guardia nacional a pedir que se les entregaran armas para enfrentar al enemigo en la legendaria avenida Cuatro de Julio, convertida en un campo de batalla. El general Vallarino no accedió a entregar las armas, para evitar una carnicería a manos del mayor ejército del mundo. Tampoco reprimió a los manifestantes en las calles, y dispuso acuartelar a sus hombres y mantener las armas a buen recaudo. En el fragor del levantamiento muchos criticaron la decisión de la Guardia Nacional, pero la historia dio la razón a Vallarino, quien con su decisión evitó una tragedia aún mayor. En el libro Panamá, 9 de enero, que pasó y por qué, de Roberto N. Méndez (1999), se citan declaraciones del general Bolívar Vallarino el 14 de febrero de 1964 ante el Comité de Paz de la OEA:

Con la experiencia del pasado, si la Guardia Nacional hubiera mandado fuerzas al límite con la Zona en esos momentos, cuando había una gran cantidad de panameños exaltados por la actitud poco recomendable de los americanos, cuando ya sabíamos nosotros el problema sucedido en la Zona, que los estudiantes habían sido ultrajados, que la bandera había sido ultrajada por los zoneitas y por los estudiantes americanos, si hubiéramos mandado tropas armadas, repito, al límite de la Zona, ello hubiera dado lugar a un choque de los guardias panameños con el pueblo panameño, que en esos momentos estaba en actitud patriótica tratando de colocar banderas cerca de la 4 de Julio. La situación de la Guardia Nacional era muy difícil; de haber enviado las tropas nos hubieran acusado de traidores y antipatriotas. Ese hecho hubiera tenido una repercusión interna porque la actitud del pueblo hubiera sido en contra de nuestras fuerzas armadas. Cuando comenzaron a caer los heridos y muertos, las patrullas de la Guardia Nacional se dedicaron a llevarlos a los hospitales de la ciudad.

Tuvimos que mandar unidades de la Guardia Nacional a todas las dependencias americanas de la ciudad, la Embajada de Estados Unidos, como también a las casas y propiedades de todos los norteamericanos. En el grupo de la noche estas manifestaciones fueron aumentando. Una de ellas se dirigió a la Embajada Americana, donde habíamos tomado medidas para evitar que fuera destruida, así como también en los establecimientos americanos. Se presentaron también varias manifestaciones en el Cuartel Central pidiendo armas para dispararles a los americanos de la Zona. Tuvimos que convencerlos que eso era una locura, que tuvieran calma, que ya había habido suficientes muertos y tratamos de pacificarlos hasta donde pudimos. Después de hablarles, se retiraron tranquilos y no hubo ningún problema contra la Guardia Nacional. La Guardia Nacional también se dedicó a evacuar de la ciudad capital a más de 1500 familias americanas, y puedo decirles que tengo la satisfacción que en la ciudad no hubo ningún americano herido ni ultrajado. Durante 5 días estuvimos evacuando familiares de americanos hasta la Zona del Canal. Quiero expresarles que yo creo que las autoridades de la Zona y la Policía zoneíta no tuvieron la calma ni la cordura que debieron tener, porque cuando hay alteración del orden público, lo primero que debieron usar fueron bombas lacrimógenas y bombas de agua. Sin embargo, un estudiante panameño dijo que cuando ellos regresaban había dos patrullas disparando detrás de ellos, y los primeros muertos y heridos fueron con tiros de revólver, arma que utilizaban los policías de la Zona, antes que interviniera el ejército norteamericano.

El golpe de Estado de 1968

Mucho se ha especulado sobre la supuesta participación del comandante Bolívar Vallarino en el golpe militar del 11 de octubre de 1968.

La historia contada por los militares golpistas y por personas allegadas al general descartan que él haya tenido que ver con la asonada golpista. En más de una ocasión los políticos tocaron la puerta del cuartel central para pedirle a Vallarino que aceptara, en vez de David Samudio, ser el candidato para enfrentar a Arnulfo Arias en las elecciones de mayo de 1968. El jefe militar desestimó todos los ofrecimientos. También sabía que la oficialidad y la tropa rechazaban la candidatura de Arnulfo Arias por los incidentes ocurridos en tiempos pasados con Remón Cantera y otros políticos. Incluso, familiares de Vallarino admiten que muchos miembros de la Guardia Nacional se excedieron en su acoso contra los simpatizantes del candidato de la oposición. Es curioso, pero uno de los que más influyó para evitar la candidatura de Vallarino fue el propio Marco Robles, presidente que recibió el respaldo del comandante durante la crisis política de marzo de 1968, cuando la Asamblea Nacional lo destituyó y reemplazó por Max Delvalle. Vallarino siempre rehuyó la política, y sus intereses estaban centrados en la profesionalización de la Guardia Nacional.

Luego de establecer la promoción por méritos, haciendo que se respetara el escalafón militar, logró conseguir, con el apoyo de los Estados Unidos, equipos y becas. Impulsó además la Academia de Policía y creó el comisariato El Paco, que les permitía a los miembros de la Guardia Nacional obtener alimentos, medicinas y enseres a precios más económicos. Vallarino creía en el relevo generacional y la gustaba rotar a los oficiales para darles nuevas oportunidades de superación. Tenía genuino aprecio por sus subalternos, en especial por Omar Torrijos Herrera, secretario de la comandancia durante mucho tiempo, y por Boris Martínez, militar estricto y muy disciplinado. Antes de dejar el cargo se reunió con el presidente electo, Arnulfo Arias Madrid, enemigo declarado de muchas décadas, para solicitarle que respetara el escalafón de sus subalternos y garantizara que José María Pinilla, segundo comandante, fuera su reemplazo.

Le aconsejó que respetara las conquistas que se habían logrado para que la Guardia Nacional fuera una institución profesional, estable, balanceada y garante del respeto al orden constitucional. El viernes 11 de octubre de 1968, a las once de la mañana, tuvo lugar en el cuartel de Panamá Viejo la ceremonia de jubilación del general Bolívar Vallarino, después de casi treinta años de servicios ininterrumpidos y de más de dieciséis como comandante en jefe de la Guardia Nacional. Unas horas después los militares dieron el golpe de Estado a Arnulfo Arias, que los llevaría al poder por más de veintiún años. Arnulfo Arias, que había asumido el cargo el 1 de octubre de 1968, no había cumplido lo acordado con Vallarino. Jose María Pinilla, a quien le correspondía por el escalafón ser el primer comandante, fue pasado a la jubilación para nombrar en su lugar al tercer comandante, Bolívar Urrutia.

Arias comenzó a desmembrar a la oficialidad de la Guardia nacional enviando a Torrijos, sin sueldo, como agregado militar de la embajada de Panamá en El Salvador y destituyendo a otros oficiales de altos mandos. Volvió a crear la Guardia presidencial con el propósito de tener un pie de fuerza más leal a él, y para dirigirla trajo del exterior a un militar panameño totalmente ajeno a la Guardia Nacional. Además, el presidente hizo que les quitaran sus curules a varios diputados, entre ellos Jorge Rubén Rosas, Azael Vargas y Moisés Monchi Torrijos, hermano del coronel Omar Torrijos Herrera. El golpe de Estado lo inició Boris Martínez desde Chiriquí porque era el que tenía más contacto con las tropas. Torrijos, aunque también había protagonizado episodios de campo, permanecía más tiempo en la oficina como secretario de Vallarino.

El día del golpe, después de la ceremonia de su jubilación, Vallarino se fue para Taboga. En la madrugada del 12 de octubre, al enterarse de los acontecimientos, regresó y se le pidió que acudiera al fuerte Amador, donde lo esperaba el general Johnson, jefe de la marina estadounidense en la Zona del Canal, quien, preocupado por la seguridad de Vallarino, le pidió que permaneciera en la Zona, como ya habían hecho mucho de los partidarios del gobierno depuesto, incluyendo al mismo presidente Arias, pero este prefirió regresar a su casa. Esa madrugada había llamado a Torrijos a la comandancia para enterarse de cómo marchaban los acontecimientos. Según relatan familiares de Vallarino, en esa llamada Torrijos preguntó a su antiguo comandante dónde se encontraba Arnulfo Arias y cuando Vallarino le respondió, molesto, que lo ignoraba, Torrijos le dijo que estaba seguro de que “si lo supiera tampoco me lo diría”. El general recién jubilado, luego de reclamarle el atrevimiento, colgó el teléfono. Esa fue la última comunicación del antiguo comandante con sus subalternos golpistas.

No es coincidencia —expresan los hijos del general Vallarino— que tan pronto nuestro progenitor abandonó el mando de la fuerza pública se produjera en nuestro país el quebrantamiento del orden constitucional. Entre 1952 y 1968, período durante el cual él estuvo al frente de la Guardia Nacional, los gobiernos se sucedieron cada cuatro años sin interrupción. Esos 16 años representan la etapa más larga en el pasado siglo en que los panameños hemos disfrutado de una verdadera democracia institucional. Y es que el general Bolívar Vallarino, militar por estudios y profesión, era un hombre profundamente apegado a la civilidad.

Irma Vallarino de Motta, hija mayor del comandante, piensa que los oficiales Torrijos, Boris Martínez y demás militares que participaron en el golpe estaban convencidos de que Vallarino los había abandonado al no lograr que el presidente Arias cumpliera su promesa. “Eso nunca fue así y a mi padre lo afectó mucho porque apreciaba a sus subalternos. Él nunca estuvo de acuerdo con el golpe y resintió mucho que Arnulfo Arias no cumpliera su palabra”. Algunos allegados a los militares de la época afirman que después de que los golpistas tomaron el control de los cuarteles, lo primero que hicieron fue revisar el despacho de Vallarino. Lo investigaron hasta lo último, revisaron carpeta por carpeta, pero nunca encontraron evidencias de ninguna relación con Arnulfo Arias ni documento alguno que lo involucrara en nada ilícito.

Un hombre de familia

Irma recuerda a su padre sin guardaespaldas, ni chofer ni escoltas. “Papá era un hombre sencillo, sin complicaciones. Como todo ser humano, pudo cometer errores en su vida. A pesar del poder que acumuló, nunca lo usó para su beneficio”. En un día cualquiera de trabajo el comandante se marchaba al cuartel central a las 8:30 de la mañana para atender con prontitud los casos que llegaban a su despacho, sin apadrinar la burocracia ni el tortuguismo. En esta función lo acompañaba su secretario, Omar Torrijos, uno de los oficiales más allegados a él y a su familia. El comandante dejaba el cuartel a media tarde y se iba a su casa a compartir con sus hijos. Cuando había problemas graves de orden público en el país, pernoctaba, a veces por varias noches, en el cuartel, donde coordinaba las acciones por radio, único método de comunicación en esos días.

Era un papá estricto. Cuando llegaba, todos, incluyendo a mis amigas, quedábamos quietecitas. Lo recuerdo siempre como una persona sencilla, nunca usó chequera, cobraba la quincena y se la daba a mi mamá; nunca tuvo casa propia. No tenía vicios. Era campechano, rehuía los homenajes y le incomodaba la adulación. Igual trataba a una persona encumbrada que a un humilde campesino. Tal vez por eso tenía muchos amigos, tanto en la capital como en el interior adonde se escapaba cada vez que podía. Era enemigo del abuso y se enfurecía cuando algunos de sus subalternos utilizaban el exceso de fuerza en las redadas o en el manejo de los presidiarios. Siempre decía que toda persona tenía derecho al respeto y a que se le hiciera justicia.

Según recuerdan sus amigos, Bolívar Vallarino era un asiduo visitante a las fiestas patronales del interior del país. Por allá cambiaba su quepis de comandante por un vistoso sombrero pintado. No había que llamarlo dos veces para que se metiera al ruedo del tamborito. Con frecuencia se le veía acompañado de la familia Ducasa y del diputado Chinto López, sus íntimos amigos. Le encantaba ir a las ferias regionales y fiestas religiosas, como Esquipulas en Antón, Santa Librada en Las Tablas, San Sebastián de Ocú, la Candelaria, de Concepción. Disfrutaba las riñas de gallo y participaba con el pueblo en los populares palenques. Se llevaba muy bien con los provincianos y procuraba que cada pueblo contara con un par de “alacranes” —como se llamaba a los carros patrullas— para garantizar la seguridad pública. Ese sentido de amistad le permitió convertir a la Guardia Nacional en una verdadera familia. Todos tenían oportunidad de superarse. Si en algo se mostraba inflexible era en la defensa de sus subordinados. Por eso insistió tanto para que Arnulfo Arias respetara el escalafón, que era la mejor garantía de la imparcialidad del hombre de uniforme. Uno de sus pasatiempos favoritos eran los caballos.

La familia guarda una foto de él saltando sobre un jeep Willys en un hermoso corcel. Asistía con regularidad al hipódromo y era reconocido como un buen golfista. También le gustaba la pesca y se iba a probar suerte en las lanchas de sus amigos por los lados de Coiba y el archipiélago de Las Perlas. Vallarino, sin hacer ostentación de ello, tenía un alto sentido humanista. Con la ayuda de los militares estadounidenses y de algunos amigos panameños dio vida a los programas de Acción Cívica, que construía caminos de penetración en regiones apartadas del país. Siempre se las arreglaba para convencer a su primo, el pediatra Joaquín Vallarino, y a otros médicos para organizar giras a las regiones más pobres del país. Cuando decidió crear el comisariato El Paco, lo construyó y equipó con contribuciones de sus amigos sin costo alguno para el Estado. También se preocupó en buscar a ayuda de particulares para la edificación de cuarteles, ya que los presupuestos estatales eran muy bajos. Así construyó, sin ninguna inversión estatal, los de Colón, Antón y Macaracas, en Los Santos. También se hicieron obras similares en Pocrí, en Concepción y en Buena Vista, provincia de Colón. Igualmente fue el promotor de la Ciudad Radial, en Juan Díaz, producto de su permanente preocupación por dotar a sus subalternos de una vivienda digna. Vallarino era un hombre que sabía escuchar. Aparte de consultar a los oficiales de su círculo más íntimo, buscaba la opinión de su esposa Irma y de otros miembros de su familia cercana.

Cuentan sus hijos que en los momentos de crisis políticas graves su padre se quedaba hasta tres días encerrado en el cuartel y que a ella y a sus hermanos los llevaban a otra casa. “Cuando todo andaba bien y era tiempo de vacaciones escolares —recuerda su hija Irma— nos íbamos a pasear con mi mamá a El Valle de Antón, a Santa Clara o a la finca de unos amigos en Costa Rica”. Bolívar Vallarino (hijo) siente que el legado más valioso dejado por su padre fue el ejemplo de principios y valores, como la verdad, la responsabilidad, la ética, el respeto y el balance que evidenció en todas las decisiones de su vida. “Supo mantener la estabilidad política en Panamá y demostró ser un verdadero demócrata”. A los tres días de haber dejado el cargo ya no tenía guardaespaldas, ni seguridad ni chofer. “No era un hombre ambicioso, vivió una vida igualmente sencilla cuando ejercía como comandante como cuando dejó el cargo”, recuerdan sus hijos. Después de que Vallarino se jubiló de la Guardia Nacional trabajó alrededor de veinte años como tesorero en la Cervecería de Barú, empresa cuyo accionista principal era su primo e íntimo amigo, J. J. Vallarino Jr.

Los últimos días

El peso de las tensiones cotidianas y las múltiples responsabilidades finalmente le pasaron la cuenta a Lilo Vallarino y tuvo que ser llevado a Houston donde se le practicó una operación de corazón abierto de la cual nunca llegó a recuperarse del todo. Algunos años después de la operación, tal vez como consecuencia de un accidente de tránsito mientras conducía su auto, sufrió un derrame cerebral que lo postró en cama durante los últimos cinco años de su vida. Falleció rodeado de su familia a la edad de ochenta años. Cerramos esta biografía de Lilo Vallarino con unas palabras publicadas por su yerno, Juan David Morgan (2002), en el diario La Prensa, a los pocos días de su fallecimiento.

Desde hace mucho tiempo Panamá tiene una deuda con el general Vallarino, pero no de esas que se pagan con homenajes ni ceremonias, que él siempre rehuyó. Es una deuda que quedará saldada si con motivo de su partida los panameños dedicamos un momento a meditar en torno a los valores que permitieron a Lilo Vallarino, después de servir a su patria, retirarse a la vida privada con la tranquilidad de conciencia que solo otorga el deber cumplido.

 

Referencias bibliográficas

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