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    Yolanda Marco Serra

Clara González de Behringer

by: Yolanda Marco Serra

A pesar de los reconocimientos que se le han hecho, a pesar de que el Tribunal Tutelar de Menores lleva hoy su nombre y de que se le han otorgado algunas distinciones y medallas, todavía el país y la ciudadanía le deben gratitud y honores a esta mujer, que fue digna, honesta y dedicada a la reforma social en beneficio de las personas más discriminadas y de los más débiles de la sociedad.

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Profesora titular del departamento de Historia de la Universidad de Panamá. Licenciada en Historia Moderna de la Universidad de Barcelona, magíster en Género y Desarrollo de la Universidad de Panamá y doctora en Educación de la Universidad La Salle de Costa Rica. Es investigadora en el campo de la historia social, de la historia de las mujeres, y en el ámbito del género y el desarrollo. Imparte clases de historia contemporánea, historia y género, e historia del arte en la Universidad de Panamá y ha sido consultora en diversos organismos nacionales e internacionales. Entre sus publicaciones más recientes se encuentran: Clara González de Behringer —Biografía— (Panamá, 2007), Los trabajos de las mujeres en Panamá. Las mujeres panameñas en la economía y en la política (Panamá, 2010), Tras las huellas de la utopía sufragista. Las luchas por el sufragio femenino en Panamá, 1923-1946 (México, 2010), Reflexiones sobre las biografías y su importancia para la historia de las mujeres (Panamá, 2011), y La cultura en Panamá en el siglo xx (Madrid, España, en prensa).
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Overview

De Clara González de Behringer dijo su amigo Diógenes De la Rosa que era una mujer inteligente, aguerrida, luchadora. En los retratos que han hecho de ella las personas que la conocieron aparece como una mujer profundamente convencida de sus ideas, que dedicó su vida a conseguir para su país la democracia, la igualdad, y la justicia social. Su presencia imponía a todo el mundo, inspiraba respeto, tanto a quienes participaban de sus ideas como a quienes tenía en su contra. Como abogada litigante y como juez infundía una gran admiración, cargada a veces de temor. Era de pequeña estatura (medía apenas metro y medio), delgada, de suaves formas, de rostro dulce y aniñado. De carácter firme, de palabra escueta, directa y sencilla en sus maneras. Imponía al hablar, al actuar, al mirar… Su dulzura y su sonrisa estaban hechas de acero.

Reservada con su intimidad, no hablaba de sí misma, salvo a muy contadas personas. Para sus amigas, era ante todo una persona muy bondadosa, de carácter afable, imbuida toda su vida de la misión para la que sentía que había nacido: la causa de las mujeres; su mayor atractivo no era su belleza, que era mucha, sino su bondad, sus buenos sentimientos, su sencillez y austeridad. Todas estas facetas eran, sin duda, aspectos de la misma persona. Ella rompió los estereotipos que existían para las mujeres de su época en el mundo de la vida pública. También en su vida privada fue coherente con lo que sentía y con lo que pensaba: vivió su vida como quiso, según sus principios éticos y sus propias normas, sin dejarse imponer conductas surgidas de una moralina hipócrita y que tenía un doble rasero, uno para las mujeres y otro -más permisivo- para los hombres.

Soñó, amó, gozó, sufrió también, vio algunos de sus más queridos deseos cumplidos, otros se quedaron en sueños… Quienes la conocieron coinciden al decir que Clara González fue, ante todo, una mujer libre. Diógenes De la Rosa decía que ella era una mujer liberada, que no le importaba ni aceptaba ningún convencionalismo, su actitud era de absoluta indiferencia frente a las maledicencias, frente a la “podredumbre conventual del panameño”, y resumía su opinión sobre ella con esta frase: “era una mujer realmente excepcional”. Su libertad le permitió imaginar y crearse una vida distinta, ser un tipo de mujer diferente y sentar las bases políticas y sociales de un mundo distinto y mejor para las mujeres panameñas, para la sociedad panameña.

Seguramente esa libertad le proporcionó grandes compensaciones y también mucho dolor. Pero quizás lo que más impresiona de ella es su penetrante intelecto, detrás de cada una de sus decisiones públicas había una mujer con poderosas ideas, con una claridad que asombra todavía hoy. Desde la constitución del Partido Nacional Feminista en 1923 hasta sus últimos años fue capaz de analizar la situación de las mujeres y del país con una clarividencia que la adelantaba a su tiempo. Es cierto que a su lado hubo otras mujeres también excepcionales, pero es indiscutible su liderazgo en los movimientos sociales y políticos en los que estuvo. Esta claridad intelectual, a la que su nombre pareciera aludir, es su característica más poderosa.

Una vida en la historia del siglo xx

Clara González bien pudiera haber dicho, tal como el historiador Eric Hobsbawm escribió en su autobiografía: “Mi vida se ha desarrollado prácticamente a lo largo del siglo más extraordinario y terrible a la vez de toda la historia”,(1) y parafraseándolo añadir que las personas construyen sus vidas, aunque no como a ellas les gustaría, no bajo circunstancias de su elección, sino bajo las condiciones provenientes del pasado y del mundo que las rodea.

 

1  Hobsbawm, Eric (2003). Años interesantes: Una vida en el siglo xx , Barcelona, Editorial Crítica, p. 10.

La vida de Clara González de Behringer se desarrolló a lo largo del siglo xx, un siglo que ella se esforzó en comprender como quien lee un mapa, interpreta en él los escenarios en los que actúa y traza las rutas que desea seguir. Su vida no podría haber sido la que fue de no haber nacido y vivido a lo largo de ese terrible y apasionante siglo xx en un país llamado Panamá y, a la vez, la historia de Panamá en el siglo xx sin ella no habría sido la que fue.

1898

A finales del siglo xix Panamá atravesaba tiempos difíciles. Estancada en una economía rural y atrasada, la revolución industrial motivó la construcción del ferrocarril y el Canal francés, pero no bastó para transformar la economía tradicional. Predominaban el latifundismo, el aislamiento y el caciquismo, y unas relaciones sociales rígidamente jerarquizadas en las que un pequeño grupo de familias blancas monopolizaba los cargos burocráticos, administrativos, políticos, militares y religiosos. Las ciudades de Panamá y de Colón, en los extremos de la zona de tránsito, declinaron y languidecieron tras las breves etapas de prosperidad de la construcción del ferrocarril y del Canal francés. La dependencia económica de factores externos de estas dos regiones, la creciente importancia de compañías extranjeras y la debilidad de la burguesía nacional, junto a la inestabilidad política y el intervencionismo imperialista constante, atrasaron la modernización del país.

En el paso del siglo xix al xx, la guerra de los Mil Días sumió al país en el caos y la miseria. En algunos momentos fue casi una guerra de exterminio, y siempre tuvo un carácter destructivo y aterrorizador debido en gran parte al estado de abandono en que vivían los soldados: hambrientos, enfermos, sin recibir ninguna atención y sometidos a una disciplina muy dura. El fin de la guerra con la intervención militar y diplomática estadounidense y la firma del acuerdo de paz a bordo del navío Wisconsin abrió las puertas a las negociaciones sobre el Canal.

En ese contexto de guerra y en vísperas de grandes cambios para el país, nació Clara González. Era hija natural de Basilia Carrillo, una humilde campesina mestiza, y de David González, un inmigrante asturiano, sin más recursos que su oficio y su trabajo. Clara González Carrillo nació el 11 de septiembre del año 1898 en Remedios, al oriente de la provincia de Chiriquí. David González Gallol había nacido en un caserío de Asturias, en el norte de España. Era un hombre instruido, el mayor de cinco hermanos, tenía esposa y cinco hijos cuando viajó desde su tierra natal hasta Cuba. Allí fue estafado por sus parientes, que huyeron con sus ahorros; se quedó sin trabajo y sin recursos, y se embarcó hacia Panamá, probablemente huyendo también de la guerra de Cuba. Se dirigió a Remedios, buscando la acogida de unos parientes de su esposa que tenían un comercio en esa localidad. Remedios era un pueblo de campesinos pobres, con fuerte componente de población mestiza, y población periférica indígena. Tierra de campesinos sin tierra, de jornaleros, y de grandes latifundistas.

Basilia Carrillo era, según su hija Clara, “nativa, hija de descendientes de españoles pobres analfabetos”, pobre y seguramente analfabeta. Según testimonios familiares, debió de ser mestiza y de rasgos indígenas marcados, lo mismo que el resto de su familia. Los padres de Clara formaron una familia estable durante bastantes años, tuvieron dos hijos en común, que en la época eran considerados “ilegítimos”. La familia se dividió y disgregó al separarse los padres, hacia 1907. La madre se fue a la ciudad de Panamá; los niños, Sabino y Clara, se quedaron con el padre, algo inusual, sobre todo para la época. Se sabe poco acerca de esa pareja, que debía de ser considerada desigual socialmente y con un claro predominio del padre por su origen español, por su educación y por sus relaciones sociales.

La infancia de Clara transcurrió bajo el influjo de la guerra de los Mil Días. La familia vivía en Remedios y el padre trabajaba como dependiente jefe en un comercio cuando la guerra llegó al lugar. Se suscitó un incidente con las tropas liberales que ocasionó la huida de toda la familia a Costa Rica. Cuando las tropas liberales invadieron Chiriquí en marzo de 1900, fueron a hacer una requisa de víveres y armas a la tienda donde trabajaba David González, quien se negó a entregarles ninguna mercancía porque no tenía autorización del dueño. Los revolucionarios lo sacaron de la tienda a culatazos y, según el relato familiar, “en la plaza le dieron doscientos palos, de los cuales dice él que no sintió sino los primeros”.

Lo curaron de sus heridas y volvió a su puesto de trabajo. De nuevo regresaron los revolucionarios y le pidieron armas y víveres, pero él volvió a negarse. En esa ocasión, “volvieron a sacarlo a la plaza, improvisaron una baranda alta, lo colgaron de los pulgares y de nuevo palos hasta dejarlo medio moribundo”. Así fue que toda la familia —la madre, el padre enfermo y Clara, muy pequeña—, con la ayuda de un comerciante que tuvo lástima de ellos, escapó de noche hacia Costa Rica. Los vecinos del lugar donde llegaron en Punta Arenas los ayudaron a instalarse. Allí pasaron los restantes años de la guerra civil y fue donde nació el hermano de Clara. Fueron días felices, que ella recordaría años después.

El retorno de la familia coincidió con la proclamación de la separación de Panamá de Colombia y el nacimiento de la República de Panamá. Se iniciaba una etapa de la historia del país marcada por la entrada al mercado económico internacional con la construcción del canal interoceánico, y por la construcción de un Estado independiente, paradójicamente sometido a la dependencia de Estados Unidos, en razón del Tratado Hay-Bunau-Varilla que regulaba las relaciones mutuas. La infancia vivida en Remedios y las poblaciones cercanas formó la personalidad de Clara, sus ideas y su sensibilidad social. Años más tarde escribió sobre sus recuerdos de los indígenas de la región y sus condiciones de vida, sobre la ignorancia y suciedad en las que se veían obligados a vivir, el cepo con el que se les castigaba, las deudas a sus patronos que nunca terminaban de pagar, el robo permanente del que eran víctimas, y sobre el sometimiento y las humillaciones inflingidos a las mujeres. La vida de Clara quedó marcada también por la violación de la que fue víctima por parte del hijo de su padrino, que era también uno de los hombres más poderosos del lugar, de apellido Castrellón, y con cuya familia los González tenían mucha relación. Aunque el crimen fue denunciado, el violador nunca fue castigado y, por el contrario, a la pequeña Clara se la señalaba porque, a los ojos de la opinión pública, estaba mancillada y deshonrada.

El recuerdo de esas vivencias fue lo que ella denominó los “demonios torturantes” que llenaron sus pensamientos infantiles y de adolescente, que la torturaban, escondidos en el subconsciente, y que afloraban de vez en cuando desde ese “archivo oculto”. Clara se sentía segura y apreciada y, sobre todo, admirada por su inteligencia. Pero el acoso y el menosprecio de la gente cuando conocían su pasado la torturaban. El apoyo familiar, la protección que su padre le dispensó durante toda su vida, en particular durante la terrible experiencia de la violación, fueron de importancia trascendental para recuperarse de sus consecuencias. Su propia personalidad y la confianza en sí misma fueron clave para la superación del trauma, a lo que contribuyó, sin duda, el alejarse de los lugares y de las personas que le recordaban los hechos. Pareciera que Clara pudo rehacerse y continuar con su vida a partir de su traslado a Panamá.

Clara llegó a la escuela de la Santa Familia en la ciudad de Panamá en mayo de 1909. Se trataba de una escuela de niñas de cierto prestigio pero que acogía también a niñas huérfanas, y que les ofrecía una educación elemental aderezada con otras materias adecuadas —según la perspectiva de la época— para una madre de familia de clase acomodada. La Santa Familia era una escuela regida y atendida por monjas de las Hijas de la Caridad, creada en los tiempos de la construcción del Canal francés, y el personal religioso era de esa nacionalidad. Allí estudió Clara, con la ayuda de una beca y en régimen de internado, Religión, Moral, Urbanidad, Escritura, Lectura, Gramática Castellana, Aritmética, Historia, Geografía, Historia Natural, Contabilidad, Francés e Inglés; también aprendió a bordar y toda clase de labores a mano y oficios domésticos.

Una monja, sor Lucie, fue muy especial para la niña, que la llamaba Ma mère Lucie, la madre sustituta que necesitaba, y que murió pocos años después. El único ajuar que Clara llevó a la escuela fue una caja de madera hecha con mucho amor por su padre. La madre de Clara murió mientras ella cursaba su segundo año en la escuela, en 1911, y ella recordaría que la vistieron de luto. No se sabe en qué circunstancias Basilia Carrillo viajó a la ciudad de Panamá ni se conocen las causas de su fallecimiento, pues Clara no dejó testimonio de ello.

Sí dejó evidencias de la cercanía afectiva con su padre, con el que se sintió muy identificada a lo largo de toda su vida. El padre se hizo cargo de los dos hijos de la pareja, y Clara vivió con él y fue educada y cuidada por él en su infancia y adolescencia, y estuvo presente en su vida hasta su muerte en la década de los cincuenta. La madre, en cambio, tuvo una presencia muy escasa e intermitente en su vida. Sin duda, la influencia del padre contribuyó de manera determinante en la formación del pensamiento y de la personalidad de Clara, y de manera destacada en el valor que para ella tenían la inteligencia y la cultura. Para David González, Clara fue una hija especial, por la que sintió una devoción absoluta.

Terminados sus estudios en la Escuela Santa Familia, siguió después cuatro años en la Escuela Normal de Institutoras, también becada. Los años en la Normal fueron los de los primeros amores, con los que revivieron los fantasmas de su infancia y volvió a sentir el estigma de mujer violada. Ocasionalmente se llenaba de melancolía, mezclaba lecturas de poetas muy en boga como Julio Flórez, José Asunción Silva, Juan de Dios Peza y Gaspar Núñez de Arce y escribía versos. Su padre trabajaba en los astilleros en Peña Prieta, cuando no podía obtener un mejor trabajo de ebanista.

El hogar familiar, en la calle 16 oeste, era en realidad dos cuartitos, ya que la situación económica era muy difícil pues los patronos llegaron a deberle a David González cerca de tres meses de jornal. Ya graduada de maestra, Clara González comenzó a trabajar en la escuela Manuel José Hurtado de la capital. Vivía sola en la ciudad con su exiguo salario de 65 balboas mensuales, pues su padre trabajaba en el interior. Vivió sus primeras experiencias amorosas con el temor de que se descubriera la historia de su violación. Inició una intensa relación amorosa con Jeptha B. Duncan (entonces secretario del presidente Ciro Luis Urriola y más tarde secretario de Instrucción Pública y profesor del Instituto Nacional), con quien rompió al enterarse de que él tenía una mujer con dos hijos. El descubrimiento la destrozó e hizo que terminara su relación con él, aunque se sintió afectivamente ligada a él por casi diez años. Esta experiencia sentimental la hizo reflexionar mucho sobre la desigualdad entre hombres y mujeres en las relaciones amorosas y la diferente percepción del amor en ambos sexos. También la decepción amorosa le enseñó a no cifrar su ilusión en una persona, y contribuyó a decantarla hacia la acción política y social, como ella misma afirmara: “Fue quizás esta nueva actitud ante la vida la que determinó más tarde mi consagración a movimientos pioneros de reivindicación social y política”.

1923

La entrada de Panamá en el siglo xx se produjo con la construcción del canal interoceánico y las transformaciones que ocasionó en todos los aspectos de la vida del país. Las más notorias fueron las que se podían observar en las ciudades terminales de la vía y en la llamada Zona del Canal. La gran afluencia de inmigrantes para los trabajos de construcción canalera provocó una explosión demográfica, sobre todo en las provincias de Panamá y Colón, y en la capital. La población de la ciudad de Panamá prácticamente se triplicó entre 1905 y 1920. Más de 75 000 personas trabajaron en la construcción del Canal y se calcula que solo los afroantillanos que llegaron al país para las obras fueron más de 150 000, a los que hay que añadir los obreros de las otras nacionalidades y los numerosos extranjeros que llegaron como profesionales y negociantes.

Todos dejaron profundas huellas en la sociedad panameña. La transformación física de la ciudad de Panamá fue uno de los cambios más notorios: creció en extensión, se agrandaron los barrios surgidos en los años de la construcción del Canal francés (Guachapalí y Calidonia), se fundaron otros, como El Chorrillo y La Exposición, con un trazado urbanístico racional a tono con los tiempos modernos. Las nuevas edificaciones, como el Palacio Municipal, el Palacio de Gobierno, el Teatro Nacional, el Instituto Nacional, el hospital Santo Tomás; las plazas y conjuntos monumentales; los medios de transporte como el tranvía, que extendió su trazado; el alumbrado de las calles y otras novedades que ya venían de finales del siglo xix transformaron el aspecto de la ciudad así como la vida de la ciudadanía. Por otro lado, el desarrollo de infraestructuras y servicios como el saneamiento y la pavimentación de las calles, el servicio de agua potable y de alcantarillado, cambiaron el ritmo de vida, los usos y costumbres y los oficios urbanos. Los inmigrantes le imprimieron su huella cultural, se casaron con gente del país y surgieron tradiciones diversas.

La sociedad estadounidense de la Zona del Canal se mostraba como un escaparate del progreso y del bienestar deseables, sus habitantes se relacionaron con los nacionales y trabaron amistades; muchos se emparentaron, y tuvieron una influencia indudable en la sociedad panameña. Las mujeres panameñas, sobre todo las profesionales de clases media y alta, se relacionaron con las estadounidenses de la Zona, tanto con las profesionales (maestras, enfermeras y empleadas administrativas) como con las esposas amas de casa, y ocasionalmente vieron en ellas un modelo a seguir. La presencia de numerosos obreros europeos influyó en la organización del movimiento obrero, tanto de la Zona del Canal como en las ciudades panameñas. Anarquistas y socialistas, en especial españoles, crearon las primeras asociaciones de obreros y difundieron sus ideas con mayor o menor éxito. Hacia 1911 algunas mujeres anarquistas escribían en la prensa obrera.

Sin duda, en las dos primeras décadas del siglo xx, tanto el desarrollo urbano como social de la ciudad de Panamá fueron comparables a los que las grandes ciudades latinoamericanas habían experimentado en la segunda mitad del siglo xix. Los gobiernos liberales, y especialmente del presidente Belisario Porras, se propusieron como tarea principal la modernización de la república, es decir la construcción del aparato estatal con la cosmovisión liberal: el ideal del progreso como objetivo principal, progreso que se equiparaba a enriquecimiento y crecimiento económico, y el afán por la tecnología y la ciencia, la separación de la Iglesia y el Estado, la enseñanza obligatoria y gratuita, la libertad de conciencia y el avance de la “civilización”. En la cosmovisión liberal, era tarea fundamental construir el Estado, impulsar el progreso económico, y también “ordenar”, según sus valores y su estética, la sociedad. El orden que se proponía consagraba los valores de la clase superior en la pirámide social y también un estilo de vida, que se mostraba como culto, sofisticado y civilizado, frente a los usos y costumbres de la gran masa que les parecía de “díscolos y poco civilizados”. El ordenamiento social requería de la participación de las mujeres, quienes debían ser la llave maestra del cambio desde la familia y desde sus diversas profesiones. De ahí la importancia que para los liberales tenía la modernización del papel de las mujeres y el apoyo que le brindaron al feminismo moderado. Sin embargo, se descuidó el desarrollo ideológico, lo que tuvo como consecuencia que, mientras se consolidaba materialmente el Estado, surgieran problemas políticos debido a la dependencia de los Estados Unidos y a la postura pragmática —y en el fondo antidemocrática— de los líderes liberales, cuyo comportamiento fue dirigido hacia el desarrollo material y no hacia el cambio político del país. Los liberales críticos con este sistema, como Eusebio A. Morales, subrayaban la falta de verdaderos partidos, basados en ideas, programas y agendas políticas. En el contexto mundial, con el fin de la guerra en Europa se produjo una crisis que agravó la delicada situación económica producida por la terminación de las obras del Canal, que trajo desempleo, reducción de salarios, disminución de los negocios y agitación social y obrera.

Las oleadas revolucionarias inspiradas en la Revolución rusa y la Revolución mexicana vitalizaron a las masas proletarias de todo el mundo y les proporcionaron modelos para tratar de convertir en realidad su utopía social; el llamado bienio rojo (1918 a 1920) tuvo también su eco en Panamá. Por último, el avance del feminismo a nivel mundial y especialmente la conquista del derecho al sufragio femenino en Inglaterra (1918) y en Estados Unidos (1920), darían un fuerte impulso a las mujeres panameñas, sumando a esto los avances de la Revolución rusa para las mujeres —bien conocidos en Panamá a través de la prensa y la literatura—. El año 1919 fue especialmente virulento, la huelga de los obreros de la Zona del Canal fue la más importante realizada hasta entonces, y en Panamá y Colón se produjo la primera huelga de maestros y maestras en octubre. En marzo de 1919, con el decreto que normalizaba la coeducación, se les abrieron las puertas del Instituto Nacional a las mujeres. Clara González aprovechó esa oportunidad para seguir su formación, trabajaba como maestra y a la vez estudiaba en la noche en la Escuela de Derecho del Instituto Nacional. Comenzaba para ella una nueva etapa en su vida y en su formación intelectual.

Los años de estudiante de Derecho fueron los más importantes en la formación de sus ideas sociales y políticas. No solo accedió a las lecturas, las conferencias y las actividades académicas; recibió también la influencia de los pensadores latinoamericanos más influyentes del momento, entre ellos la de José Ingenieros y José Enrique Rodó, y de los pensadores marxistas y socialistas. Los estudiantes del Instituto escuchaban en la Plaza de Santa Ana las disertaciones de comunistas y anarquistas. En el Instituto Nacional existían una intensa vida intelectual y vivos debates políticos, las asociaciones culturales Minerva y Cervantes desarrollaron el interés de los estudiantes por los problemas sociales y políticos. También llegaba la influencia del movimiento estudiantil latinoamericano, en ocasiones no solo por medio de libros y periódicos sino por la presencia viva de algunos de sus protagonistas. Parte fundamental de su formación fue la proveniente de otras mujeres, maestras y profesoras, articulistas y reformadoras sociales: la periodista Lola Collante, los artículos escritos por mujeres, como Alma (seudónimo de Enriqueta R. Morales), Esperanza Guardia de Miró y Julia Palau de Gámez. Las mujeres panameñas estaban cambiando los estereotipos que existían sobre la femineidad y estaba surgiendo una nueva forma de ser mujer. En julio de 1922 Clara González se convirtió en la primera abogada del país. Una abogada que, paradójicamente, no podía ejercer su profesión, que le estaba vetada a las mujeres.

Su primera lucha fue para que se les reconociera a las mujeres el derecho a ejercer la abogacía, para lo que tuvo que tratar directamente con el presidente Porras, a quien se dirigió para solicitarle la reforma de la ley. Pese a que no contaba con la simpatía de Porras, sus razonamientos eran irrefutables, especialmente para quienes, como el mismo presidente Porras, se decían partidarios de la promoción de las mujeres en la sociedad, así que finalmente el presidente cedió y la ley que les permitía el ejercicio de la abogacía a las mujeres fue aprobada en abril de 1924. Desde 1925, Clara González ejerció como abogada litigante, aunque trabajaba también como profesora de caligrafía en la Escuela de Comercio del Instituto Nacional, único trabajo fijo que consiguió entonces. Como abogada litigante tenía fama de mujer incisiva, certera, dura, que atemorizaba a sus contrincantes. Una fama que era muy poco apropiada y conveniente para las mujeres en esos tiempos. La tesis de graduación de Clara González, La mujer ante el Derecho panameño, es un análisis de la situación jurídica de las mujeres en el país: en el derecho civil, el comercial, el judicial, el penal y el constitucional.

El trabajo causó un gran impacto en su momento, y todavía hoy impresiona la claridad del análisis y las conclusiones a las que llega la autora de manera sencilla. La legislación panameña era mucho menos discriminatoria hacia la mujer que la española o la colombiana; sin embargo, mantenía inequidades muy grandes entre los derechos de las mujeres y los de los hombres. En el derecho civil, a pesar de que el código establecía la igualdad de las personas naturales y la ley concedía capacidad civil a todos los individuos, el hecho de pertenecer al sexo femenino era causa de restricciones en el ejercicio de los derechos civiles, como por ejemplo los relacionados con el matrimonio: la capacidad de la mujer casada en lo que tocaba a su persona y bienes estaba disminuida, se establecían algunas diferencias en lo referente a la sociedad de bienes gananciales y a las capitulaciones matrimoniales (el marido, como administrador, podía enajenar los bienes gananciales sin el consentimiento de la esposa), las inequidades en lo relativo a las causales de divorcio (el adulterio de la mujer no era igual al del hombre, que se consideraba solamente si era un concubinato escandaloso); otra inequidad importante estaba relacionada con la patria potestad, que correspondía al padre y no era compartida por la madre.

Clara pedía, entre otras cuestiones relevantes, la posibilidad de la investigación de la paternidad, que no existía y era causa de graves problemas para madres e hijos. En el derecho comercial la principal inequidad era que la mujer casada perdía sus derechos en beneficio del esposo y tenía que contar con el consentimiento de este para realizar ciertos actos de la vida civil, como para ejercer el comercio. En el derecho judicial, la mujer solo podía representar a la sociedad conyugal en ausencia del marido cuando el tribunal le otorgara ese derecho. Señalaba Clara González la gran contradicción que significaba que a la mujer solo se le concediera el derecho de ser apoderada de sus padres, marido e hijos y de nadie más, pues para qué entonces se permitía la coeducación y que las mujeres accedieran a los estudios de Derecho. En el procedimiento criminal, el problema principal era que la mujer no pudiera ser juez ni defensora, ya que ambos cargos le estaban vetados. Proponía una idea interesante, que sostuvo por mucho tiempo: la creación de un jurado femenino que debería funcionar sobre todo cuando se tratara de decidir sobre la culpabilidad de una mujer y también de menores, porque dudaba de que un jurado compuesto por hombres pudiera ponerse en lugar de una acusada para poder comprender sus motivos.

Con relación al derecho penal, se lamenta del atraso que este todavía tenía y de sus disposiciones draconianas, la abolición de la pena de muerte le parece un gran avance, y reseña las discriminaciones de que era objeto la mujer: por ejemplo, el varón casado que tenía relaciones con una mujer soltera no era considerado adúltero, sin embargo, no se le permitía reconocer al hijo que pudiera haber de esa relación. El punto más horroroso era que se eximía de castigo al marido que, sorprendiendo a la mujer en adulterio, la matara u ocasionara lesiones. Con relación al derecho constitucional, centraba su análisis en el aspecto más determinante de los derechos constitucionales que era el derecho al sufragio, como corolario del derecho a la ciudadanía.

En su opinión, este derecho se les reconocía a las mujeres en el artículo 49 de la Constitución, que afirmaba: “Todos los ciudadanos mayores de 21 años tienen derecho al ejercicio del sufragio, excepto los que estén bajo interdicción judicial y los inhabilitados judicialmente por causa de delito”, y el artículo 11 que decía: “Son ciudadanos de la República los panameños mayores de veintiún años”. Como el artículo 10 afirmaba que eran panameños todos los que hubieran nacido o nacieren en el territorio de Panamá cualquiera que fuera la nacionalidad de sus padres, esto incluía a ambos sexos. De esta interpretación se derivaba el reconocimiento del derecho al ejercicio de los poderes públicos, cualquiera que estos fueran. Sus ideas sobre la igualdad provenían fundamentalmente del socialista alemán August Bebel, cuya obra La mujer y el socialismo conocía y citó en su tesis, y sus ideas sobre la importancia y el papel de la coeducación de la feminista chilena Amanda Labarca.

De Bebel tomó la idea de cómo las relaciones de familia se transforman a tenor de los cambios que sufre el modo de producción y cómo la desigualdad social de la mujer es una consecuencia del imperio de la propiedad privada, de lo que se concluye que la emancipación de la mujer constituye una parte del problema de poner fin a la explotación y a la opresión social. De Amanda Labarca, primera mujer que ocupó una cátedra en la Universidad de Chile (1922), tomó su pensamiento laico, y aprendió a considerar como objetivos primordiales de la instrucción pública en una democracia, la formación de personas integrales, libres, de personalidad moral y compromiso cívico. Clara tenía una gran esperanza en la educación, y especialmente en la coeducación, “para resolver el problema de la relación mental y social del hombre y la mujer”, es decir, para acabar con los prejuicios y estereotipos sexistas. El pensamiento feminista y socialista de Clara se expresó de manera más integral y madura en enero de 1923, en su conferencia en el Aula Máxima del Instituto Nacional, titulada “Orientaciones del feminismo en Panamá”.

En ella se pueden rastrear las huellas de las ideas socialistas y del feminismo integral del anarcosindicalismo, difundidas por periódicos y revistas como Cuasimodo, y especialmente sobre la importancia que concedía a las condiciones socioeconómicas de las mujeres y sobre los objetivos políticos que pensaba para el movimiento sufragista: conseguir la justicia, la renovación social y el perfeccionamiento de la sociedad. Otras influencias fueron las de sus maestros, del conservador Eduardo Chiari, o de José Dolores Moscote, el más beligerante y activista de todos los partidarios del feminismo panameño, quienes interpretaban la Constitución de la misma manera que Clara con respecto a la ciudadanía de las mujeres y el sufragio femenino. Decía Clara que la revuelta de las mujeres era uno de los signos de su tiempo junto con la lucha del proletariado por derrumbar el orden social y económico “de la mezquindad tiránica del capitalismo”. El ideal del feminismo lo precisaba en tres grandes objetivos: la renovación social, el perfeccionamiento de la sociedad y la justicia. Justicia para la mujer (es decir, igualdad con el hombre), renovación social (o sea, la transformación necesaria para atender las demandas sociales de justicia e igualdad) y perfeccionamiento de la sociedad, es decir, reformas profundas que solucionaran los problemas sociales del momento: la “cuestión social” (el problema obrero, las profundas diferencias socioeconómicas existentes en el país) y la situación de la mujer.

El ideal de Clara apuntaba a transformaciones radicales de la sociedad. La situación de las mujeres requería profundas transformaciones en varios ámbitos: la educación, integral y armónica, liberadora de la mente femenina, que rompiera no solo con limitaciones profesionales sino con las mentalidades, los usos y costumbres, una educación auténticamente transformadora y que acabara con los prejuicios y los estereotipos sexuales. Otro aspecto era lo que llamaba “la mejora de las condiciones morales de la mujer”, que significaba su revalorización en la sociedad y a la transformación individual, de crecimiento personal que solo podía darse con la educación y la autonomía económica de las mujeres, que las alejaría de la prostitución, y de la inclinación al ocio y al lujo, señalaba de manera tajante que las condiciones económicas eran “la causa principal del vicio y del malestar social en las mujeres panameñas”. Afirmaba que las organizaciones feministas debían, por lo tanto, exigir la igualdad salarial para las mujeres (“a igual trabajo, igual salario”), y defender la necesidad de trabajo para todas las mujeres.

En consecuencia, consideraba necesario el desarrollo de la industria nacional que promovería el empleo para hombres y mujeres. Igualmente exigía la protección del trabajo mediante la creación de inspectores e inspectoras de trabajo que vigilasen las condiciones de tiempo, lugar y forma del trabajo, la necesidad de fijación de un salario mínimo y de una jornada máxima de trabajo. Para ella, educación, transformación de las condiciones materiales de trabajo y de vida de hombres y mujeres, transformación moral e igualdad ante la ley estaban íntimamente relacionadas y debían ir juntas para lograr la transformación social y personal. La igualdad ante la ley constituía “la principal razón de ser del feminismo”, es decir, el feminismo existía principalmente como instrumento político para reformar las leyes y conseguir la igualdad de la mujer ante la ley. En esa conferencia Clara inició la lucha por el sufragio femenino, anunciada ya con el Manifiesto del Grupo Feminista “Renovación” de diciembre de 1922. En el lugar más prestigioso para la intelectualidad panameña, y ante un numerosísimo y atento público, defendió con pasión la necesidad del sufragio para la mujer, y rebatió una por una todas las objeciones de quienes alegaban en su contra. Había quienes decían que la política rebajaría a las mujeres, y Clara afirmaba que, por el contrario, las mujeres podían cambiar la política con su dulzura, su altruismo, su sentimiento maternal, su energía y su entereza de carácter. En verdad, las sufragistas panameñas estaban convencidas de que las mujeres podían transformar la política.

Clara González no solo fue fundadora con un grupo de mujeres del Grupo Feminista “Renovación”, también lo fue de la Federación de Estudiantes de Panamá, creada en noviembre de 1922, y fue miembro de la Federación Sindical Obrera, del Sindicato General de Trabajadores creado en 1923 y del Grupo Comunismo. Estos grupos eran la expresión de una sociedad cambiante en la que nuevas organizaciones aspiraban a ser agentes de cambio social. La palabra renovación que utilizaban profusamente sintetizaba un ideario político y social cuyo objetivo era reformar de manera profunda la sociedad.

Desde una gran diversidad ideológica, liberales como Duncan, reformadores como Moscote, o anarquistas como Blázquez de Pedro propugnaban reformas sociales: más democracia, más igualdad, más justicia, reconocimiento del papel de la juventud en la mejora de la sociedad, reconocimiento de la importancia de las mujeres y de los obreros. Para Clara, el Derecho tenía una finalidad social, era la profesión más adecuada para la reformadora social que ella deseaba ser. Cumpliendo a cabalidad esa misión, Clara fue la abogada defensora de uno de los detenidos por la huelga inquilinaria de 1925, Eugenio L. Cossani, uno de los miembros de la dirección de la Liga de Inquilinos. En su defensa alegó el derecho a la huelga y a la libertad de reunión, a la par que reivindicaba la necesidad de las revoluciones en la historia como procesos que buscaban la mejora de las sociedades. Clara consiguió en diciembre de 1922 que el diputado Juan Venero presentara a la Asamblea Nacional la que sería conocida como “Ley Venero” para el sufragio femenino, que constituyó un gran escándalo, aunque no llegó a ser votada.

En ese momento existían agrupaciones femeninas de carácter cultural y debates periodísticos en los que se enfrentaban opiniones diversas sobre los derechos de las mujeres y el sentido del feminismo. Enriqueta R. Morales, Esperanza Guardia de Miró y Lola Collante representaban lo más granado de las articulistas feministas. El proyecto de ley de Venero fracasó, entre otras razones porque no existía ninguna organización que lo defendiera. El Partido Nacional Feminista se fundó por acuerdo del Primer Congreso Nacional Feminista de septiembre de 1923. Las mujeres que fundaron el PNF tenían una gran fe en el poder del sufragio y una gran confianza en la capacidad de convencimiento de la razón. En el programa del Partido, había referencias a la educación: se pedía la modernización y ampliación de la educación de las mujeres (entre otras peticiones, estaba la creación de escuelas profesionales y talleres-escuela, de escuelas nocturnas para adultas y la fundación de bibliotecas populares circulantes). Se refería también a la necesidad de la lucha contra la prostitución, el alcoholismo y las drogas. Con relación a la prostitución, proponía la abolición de la reglamentación y la creación de instituciones de reinserción para las mujeres y los menores. Planteaba también el establecimiento de cárceles para mujeres, y de cortes y cárceles juveniles, y una serie de reformas para la protección de la mujer y de los hijos e hijas, entre ellas el reconocimiento de hijos ilegítimos y el derecho a la investigación de la paternidad.

Y por supuesto, la reforma del código Penal para darle más protección e igualdad legal a la mujer: la intervención por igual con el hombre en el jurado en causas seguidas contra mujeres o niños, la remoción de incapacidades legales en los códigos Civil, Comercial y Judicial. El programa se refería también a la situación económica de las mujeres; se pedían medidas orientadas a ese fin: establecimiento de industrias nacionales y de talleres para proporcionar trabajo a las mujeres, la vigilancia de las condiciones de trabajo de la mujer (salario, jornada, condiciones higiénicas, descanso dominical), la expedición de leyes protectoras de la mujer obrera, la creación de instituciones protectoras de la mujer madre (casas cuna, gotas de leche), agencias de colocación para mujeres, organización de cajas de ahorros, fondos de auxilio, y sociedades cooperativas para la mujer y el niño. El punto culminante del programa se refería a los derechos políticos: el sufragio y la igualdad de participación de las mujeres en los poderes del Estado. Se preocupaba también de otros temas, como los problemas urbanos y sanitarios (la construcción de calles, parques, jardines escolares, hospitales, campañas sanitarias contra la anemia tropical, la sífilis, la tuberculosis y el paludismo). El Congreso del PNF resolvió también postular como candidata a diputada en las próximas elecciones a Clara González, lo que solo fue posible más de dos décadas después.

Clara fue la directora de la Escuela de Cultura Femenina desde su fundación en junio de 1924 hasta su fin en 1930. Veinte maestras colaboraron en ella (Clara de Turner, Emilia Gutiérrez, Felicidad Hauradou, Rosa Gordón, Ester Fernández, Sara Sotillo y Francisca Montoya fueron algunas de ellas); mantenía una matrícula de cuatrocientas a quinientas mujeres, y terminó cuando el gobierno demolió el local donde funcionaba, el antiguo Hospital Santo Tomás. En la Escuela tenía su sede la biblioteca del partido, que fue también el orgullo de sus creadoras. El PNF presentó un memorial ante la Asamblea en septiembre de 1924 con varias solicitudes: la eliminación de las desigualdades legales que sufrían las mujeres; la prohibición de la prostitución (no la reglamentación), y la reinserción social de las mujeres que estaban en ella con el apoyo del PNF para darles educación; disposiciones legislativas para hacer imposible, o al menos dificultar, el consumo de alcohol, gravando a los establecimientos de fabricación y expendio de licores; la creación de los jurados femeninos, y de las Cortes y Cárceles juveniles. También se solicitaba un local para la Escuela de Cultura Femenina, y, por último, se pedía el ejercicio de la ciudadanía por parte de las mujeres.

La comisión legislativa encargada recomendó aprobar todas las propuestas del PNF, solo discreparon en la cuestión de la prostitución, que los diputados consideraban un “problema esencialmente fisiológico” y que no creían que nada pudiera cambiar “el curso de la ley natural”. Las peticiones del Memorial no solo nunca fueron aprobadas por la Asamblea, sino que en marzo del siguiente año se reformó la ley electoral para impedir explícitamente el sufragio de las mujeres. El PNF protestó enérgicamente ante esta institución y denunció que la mayoría liberal parlamentaria, por miedo a que el voto de las mujeres diera el triunfo a la reacción, estaba perdiendo el apoyo que el PNF le podría dar. Pero el activismo del PNF consiguió que, al inicio del nuevo período legislativo, en marzo de 1925, la Asamblea aprobara las leyes 42 y 55 sobre el estatus civil de la mujer, que cambiaron su situación jurídica de inferioridad, lo que constituyó un gran triunfo para el PNF. No consiguieron, sin embargo, que el presidente Chiari apoyase su solicitud para la presentación a la Asamblea de los proyectos sobre tribunales de menores, sobre una caja de crédito popular y sobre el voto femenino.

El presidente Chiari tampoco cumplió su palabra de presentar a la Asamblea un proyecto de ley de sufragio restringido para las mujeres en el ámbito municipal. Orientación Feminista, bajo la dirección de Clara, fue el órgano de difusión del Partido Nacional Feminista. Publicaron seis números entre 1923 y 1926, con un gran esfuerzo económico de sus militantes, en su mayoría maestras con salarios muy exiguos. El partido se financiaba con las cuotas de cincuenta céntimos de las socias y algunas donaciones de los socios honorarios, amigos de la causa de las mujeres, y de algunas mujeres afiliadas clandestinamente al partido. El PNF tuvo desde muy temprano relaciones con las organizaciones feministas latinoamericanas. En 1926 Clara González fue invitada al Congreso Femenino Internacional de Santiago de Chile.

No pudo asistir porque no contó con el apoyo del gobierno. En la década de los años treinta ella y el PNF fueron quienes representaron al sufragismo panameño en prácticamente todas las instancias internacionales estadounidenses y latinoamericanas. En junio de 1926 se celebró en Panamá el Congreso Interamericano de Mujeres, cuyo origen se sitúa en las iniciativas internacionales posteriores a la guerra europea, y en la Conferencia Panamericana de Mujeres de Washington de 1925, uno de cuyos propósitos era considerar la creación de un organismo permanente que uniera a las mujeres americanas en una Unión Interamericana de Mujeres. A esto se unió la conmemoración del primer centenario del Congreso Bolivariano de 1826 en Panamá. Clara González tuvo una participación muy destacada en él.

Su moción sobre el tratado entre Panamá y Estados Unidos (que se estaba negociando en ese momento), argumentando que la mujer americana debía pedir “a los que tienen que intervenir en el nuevo tratado del Canal con Panamá que den pruebas de confraternidad americana en los actuales momentos de armonía continental”, fue objeto de un acalorado debate y finalmente fue desechada por una mayoría que consideraba que era una cuestión puramente local y que no competía al congreso debatirla. También presentó una ponencia sobre los derechos políticos de la mujer latinoamericana, en la que se exigía la igualdad de derechos donde no la hubiera, incluido el del sufragio, y la formación de la Liga Interamericana de Mujeres para luchar juntas todas las mujeres americanas por el derecho a la igualdad. El debate sobre el derecho al sufragio fue extenso y causó pánico entre las delegadas que sostenían que la mujer no estaba preparada para ejercerlo. La propuesta de González fue aprobada por mayoría de votos, aunque con una formulación un tanto ambigua, ya que la resolución decía “que las mujeres puedan tener iguales derechos políticos que los hombres”.

En agosto de 1927 Clara viajó a Nueva York. Había ganado una beca para estudiar en Estados Unidos con el trabajo sobre La enseñanza de la Instrucción Cívica en Panamá, que consistía en un contrato con el gobierno panameño en el que ella se comprometía a emprender estudios en el exterior sobre sistemas penales modernos en general y, muy particularmente, los relativos a mujeres y niños delincuentes, y a rendir un informe escrito sobre la materia y las conclusiones prácticas a que llegase en sus estudios, que pudiera servir para elaborar proyectos de leyes para el sistema penal panameño.

En Nueva York fue nombrada representante de Panamá en la Comisión Interamericana de Mujeres, que funcionaba en Washington. Participó en la elaboración de un estudio comparativo sobre el estatus de las mujeres en todos los países de América. Como miembro de la Comisión participó en la Primera Conferencia de la Comisión en La Habana, en 1930. La Comisión quiso que Clara fuera la representante de Panamá en la Conferencia de La Haya sobre Codificación de Derecho Internacional en el que se pretendía incluir el tratado sobre la nacionalidad de las mujeres. Ricardo J. Alfaro gestionó su nombramiento ante el gobierno, que no accedió. Clara González fue la primera representante de Panamá ante la CIM, cargo en el que permaneció hasta 1938. Durante su estancia en Estados Unidos, Clara González entabló una estrecha relación de trabajo con Doris Stevens, quien fue dirigente de la CIM por muchos años, y conoció a Alice Paul, la líder del Partido Nacional de Mujeres estadounidense.

1936

A su regreso a Panamá, Clara encontró el país revuelto. Afectado cada vez más por la crisis económica internacional posterior a 1929, crecían la inestabilidad política y los problemas sociales, la crisis fiscal, el desempleo, la inflación y la corrupción. La grave situación que se vivía ponía en peligro el ya frágil sistema democrático. Panamá no escapaba a los problemas que afectaban al resto de países del hemisferio occidental, donde la década de los años treinta comenzó con la crisis económica internacional y terminó con el triunfo del nazi-fascismo y el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Los partidos liberales en el poder se mostraban incapaces de dar solución a los problemas socioeconómicos y políticos del momento.

El movimiento obrero internacional se había dividido desde la década anterior entre los partidarios de la lucha parlamentaria y de la reforma del sistema capitalista (críticos de la Revolución rusa) y los partidarios de la vía revolucionaria al estilo soviético. En el otro extremo del espectro político, el miedo a la revolución socialista entre los sectores más conservadores, la decepción causada por los graves problemas sociales irresueltos y los nacionalismos alimentaron el crecimiento de los partidos nazi-fascistas de extrema derecha. Frente al agresivo embate del nazi-fascismo en Europa, las distintas corrientes del movimiento obrero y los partidos liberales demócratas formaron coaliciones para la defensa del sistema parlamentario democrático y de las libertades individuales y públicas, los frentes populares que surgieron en muchos países. Eran tiempos de radicalización política, en los que estaba en juego el mismo sistema político parlamentario amenazado por el nazi-fascismo y, desde la perspectiva de una gran corriente del movimiento obrero, se presentaba la oportunidad de intentar un avance en las reivindicaciones sociales y económicas tan largamente esperadas. En Panamá, la década de 1930 se caracterizó por el auge del nacionalismo de Acción Comunal y el de nuevas expresiones políticas de izquierda: los partidos Socialista y Comunista (fundados al inicio del decenio).

La inestabilidad y violencia subsiguiente se acrecentaron: el golpe de Estado de Acción Comunal, en enero de 1931, el primero de la República, mientras no cesaban de agudizarse los problemas sociales ocasionados por las desesperantes condiciones de vida de las masas urbanas y campesinas y de los obreros de las bananeras. El Partido Socialista y el Comunista encabezaron la huelga inquilinaria de 1932. Al contexto internacional se sumaba la nueva política estadounidense del “buen vecino”, que rehuía intervenir militarmente en Panamá, y que influyó en la política nacional de manera decisiva. La división política entre las fuerzas nacionalistas y también entre los liberales (después del golpe de 1931 el Partido Liberal se dividió en varios partidos: Liberal Nacional, Liberal Doctrinario, Liberal Renovador, Liberal Unido), la práctica desaparición del Partido Conservador y la vida siempre precaria de los partidos Socialista y Comunista (que era clandestino) constituyeron el marco político en el que se desenvolvieron las actividades del PNF.

El Partido Nacional Feminista mantuvo en todo momento su independencia política y siguió buscando alianzas para obtener una mayoría parlamentaria que apoyara las propuestas de cambio de las leyes orientadas al reconocimiento del derecho a la ciudadanía plena de las mujeres. Eso no era obstáculo para que las mujeres del PNF, y Clara por supuesto, tuvieran su propia militancia o simpatía políticas. En el balance que Clara y el PNF hacían de su lucha en la década anterior, destacaba su profunda decepción porque sus derechos políticos no habían sido reconocidos; y no solamente por esto sino porque la peor oposición en la Asamblea había sido la de los liberales. Ni el presidente Porras, ni el presidente Chiari eran partidarios del sufragio femenino, tampoco la mayoría de los diputados liberales, que eran los que podían haber aprobado la reforma. En esta segunda etapa de la lucha por sus derechos, en la década de los años treinta, contaban con el apoyo de los pocos conservadores que había en la Asamblea (Julio J. Fábrega y Eduardo Chiari, por ejemplo), la mayoría de los nacionalistas, los diputados de izquierda y algunos liberales. De nuevo, el principal reto era conquistar para su posición a los diputados liberales. Su oposición se fundamentaba en su creencia de que las mujeres iban a votar lo que los curas católicos les indicaran y que eso iba a favorecer a los conservadores.

Prevalecían todavía muchos prejuicios acerca del papel de las mujeres, de cómo la política podía mancillarlas y de cómo el hogar podía destruirse si las mujeres participaban en la política, pero estos prejuicios realmente se habían reducido bastante (al menos en la Asamblea) y no parecían ser la causa principal de la negativa a reconocer el derecho al sufragio femenino. Arnulfo Arias, que se encontraba entre los jóvenes políticos que no tenían nada que perder y sí mucho que ganar, se mostraba partidario del sufragio femenino. Viejos políticos liberales como Guillermo Andreve también se manifestaron a favor. Ricardo J. Alfaro condicionaba su opinión dependiendo del contexto. El presidente Juan D. Arosemena estaba radicalmente en contra. Por supuesto, los incondicionales partidarios y defensores del sufragio fueron algunos liberales y los diputados socialistas, con Demetrio Porras a la cabeza y Domingo H. Turner.

Clara debió sentirse bastante desilusionada a su regreso a Panamá en 1930. Pero eso no constituyó un obstáculo para emprender de inmediato la reorganización del PNF. Una enfermedad que la afectó retrasó la convención del PNF hasta diciembre de 1931. El PNF recuperó a sus antiguas militantes y ganó nuevas entre el estrato más pobre de la población y entre las clases medias ilustradas de la población urbana, maestras fundamentalmente y mujeres universitarias, y en sectores ilustrados de las mujeres del interior. No era raro que las mujeres casadas miembros del partido sumaran a su lucha a sus parientes masculinos. Un grupo de mujeres egresadas de universidades estadounidenses, como Otilia Arosemena y Georgina Jiménez, se reincorporó a la lucha. Pero era muy difícil que las mujeres participaran, el analfabetismo y la ignorancia eran los grandes obstáculos que enfrentaban las militantes del PNF. Clara y sus compañeras iban de patio en patio por los barrios populares de la ciudad, explicando sus ideas y educando a las mujeres sobre sus derechos, buscando su apoyo cuando había que enviar algún memorial a la Asamblea, con mucho esfuerzo personal y económico.

Clara González tuvo también una activa participación como parte de la representación de la Liga de Inquilinos y Subsistencia que se reunió con un grupo de propietarios de casas el 5 de agosto de 1932. No consiguieron llegar a un acuerdo sobre la rebaja del canon de arrendamiento y el conflicto prosiguió. Fue contratada en 1930 como profesora de Sociología, Economía Política y Ciencia Política en el Instituto Nacional, donde dio clases hasta 1937. Además tenía un bufete en la Avenida Central, y durante unos años formó parte del bufete de abogados en el que participaba Domingo H. Turner. En 1937 obtuvo licencia de la Corte del Distrito de la Zona del Canal para ejercer la práctica en las cortes de la Zona, con lo cual ampliaba sus posibilidades de trabajo. Al iniciar sus actividades la recién creada Universidad de Panamá, Clara trabajó allí como profesora de Criminología Juvenil, Cortes Juveniles y Derecho de Familia. Esos fueron unos cursos especiales que se impartieron de 1937 a 1939, concebidos para preparar personal capacitado en los tribunales juveniles, en cuya formulación ella ya trabajaba.

Ella misma gestionó la fundación de una Escuela de Servicio Social e inició los primeros cursos que se impartieron en la Universidad de Panamá, que formó un grupo de trabajadores sociales. Aproximadamente desde 1934 Clara se hizo cargo de la educación de su sobrino Gilberto, hijo de su hermano Sabino, que llegó a vivir con ella a la ciudad de Panamá. Desde entonces él fue como un hijo para ella. Clara González tenía una activa vida intelectual, no solo como representante del PNF sino como una destacada intelectual a la que se le tenía respeto y consideración. Siempre fue una apasionada amante de la lectura, y le gustaba relacionarse con gente afín; para ella la cultura y la educación eran fuente inagotable de satisfacciones. En mayo de 1931 participó como invitada y huésped de honor en el Primer Congreso Nacional del Niño, celebrado en San José, Costa Rica. El doctor Justo A. Facio, secretario de Educación Pública de Costa Rica, se refirió a ella en términos sumamente elogiosos. En años de tanta agitación, la actividad política de Clara fue más que nunca el centro de su vida.

Aunque su prioridad era el Partido Nacional Feminista, participó intensamente en las actividades de los partidos políticos de izquierda y en el Partido Liberal Renovador. Era una mujer de izquierda y en esos años el marxismo fue su referente ideológico más importante. Las características socioeconómicas del país y la casi inexistencia de una clase obrera generaron organizaciones de izquierda débiles, por lo que ser de izquierda en la época podía significar simpatizar y participar en los movimientos progresistas e izquierdistas que se daban sin tener una filiación política exclusiva. Sin embargo, hubo momentos en que las organizaciones de izquierda lograron un importante poder de convocatoria entre las clases populares urbanas y entre los campesinos, especialmente el Partido Socialista. En la mayoría de ocasiones, los hombres y mujeres de izquierda formaban un bloque en el que no había muchas diferencias teóricas, y los aunaba la defensa de políticas y objetivos relacionados con los avances de la Revolución mexicana, con la Revolución rusa o con la República española cuando estalló la guerra civil en España. En Panamá, a partir de 1936, socialistas, comunistas y liberales demócratas se unirían en los Frentes Populares para combatir el avance del nazi-fascismo.

En este contexto, el PNF reafirmó su carácter popular, y sus militantes sus simpatías con los partidos Socialista y Comunista, y con los sectores demócratas del liberalismo. Siguió interviniendo en la vida política del país, aunque con altibajos, y, como una molesta avispa, aguijoneando constantemente con sus campañas a todos los líderes políticos y a todos los partidos, en especial a los que tenían el poder de cambiar las cosas, los partidos liberales. En octubre de 1932, el Partido Liberal Renovador presentó un proyecto sobre el sufragio femenino que provocó un apasionado debate en el que Clara González intervino con otras dirigentes del PNF. De nuevo el proyecto no prosperó. Durante todos estos años se siguieron las campañas de recolección de firmas y presentación de memorandos a la Asamblea, de emplazamientos a los partidos políticos exigiéndoles su compromiso de defensa de los derechos femeninos y de los puntos del programa del PNF. Al crearse la cédula de identidad personal para los varones, el PNF exigió en vano ese mismo derecho para las mujeres.

En esos años, se derogaron varias disposiciones legales que discriminaban a las mujeres en el Código de Comercio, similares a las ya realizadas en 1925. Un momento estelar en la lucha sufragista fue la campaña de 1936. Durante las elecciones de junio de ese año, se enfrentaron dos alianzas: el Frente Popular (liberales, socialistas y comunistas) y la Coalición Nacional Revolucionaria (nacionalistas y liberales), y se dio inicio a una violencia creciente en las calles y en las instituciones. Se dio como vencedor al candidato oficialista, Juan D. Arosemena, en unos comicios manipulados por el poder cuyos resultados fueron muy cuestionados. El ambiente político era extremadamente violento, tanto que Clara González llevaba un arma de fuego en su cartera y la guardaba en su domicilio para su protección. En esa oportunidad, y como parte de la campaña del PNF y la que la Comisión Interamericana de Mujeres mantenía en todo el continente, Clara González, Otilia Arosemena de Tejeira y Elida Campodónico de Crespo fueron a solicitar su cédula de identidad personal para votar y se les negó.

En 1936 se debatió el proyecto sobre el sufragio femenino en la Asamblea, propuesto por el diputado Alfredo Alemán, el cual fue defendido también por liberales renovadores y socialistas. Se opusieron los liberales más conservadores y los partidos del gobierno. Los argumentos de los detractores del voto fueron realmente pobres y parecían ya anticuados dados los cambios ocurridos en la situación social de las mujeres en Panamá. Una de las razones de más peso, pero que no se mencionaba, era el miedo a la influencia de la iglesia católica en el voto de las mujeres. Los partidos que defendieron el sufragio femenino fueron los que formaban parte del Frente Popular, con la excepción del Partido Doctrinario. Se oponían en bloque los partidos del gobierno, compuesto por el Partido Liberal Nacional y el Partido Nacional Revolucionario (pese a que en su programa sí reconocía el derecho al sufragio de las mujeres). Arnulfo Arias se pronunció a favor del derecho de las mujeres al sufragio. Clara, acompañada por sus copartidarias del PNF, asistía desde las gradas de la Asamblea a las discusiones de los diputados. Los votos estuvieron empatados durante varios días en la Asamblea Nacional, lo que mantenía una expectación inusitada entre los medios de comunicación y el público que asistía a los debates. El desempate se produjo cuando el presidente Juan D.

Arosemena, que había declarado ante una comisión del PNF no estar de acuerdo con el sufragio femenino, pero que se comprometió a respetar el programa de su partido —que sí contenía la igualdad política de hombres y mujeres—, no cumplió con su promesa de neutralidad y compró un diputado para romper el empate. El ambiente de crispación política del momento no favoreció los intereses de las mujeres, agudizó el temor que algunos políticos liberales habían tenido desde siempre al poder de la Iglesia sobre la decisión de voto de las mujeres y los mantuvo en una posición reaccionaria en contra del sufragio femenino. Después del revés sufrido en 1936, el PNF inició una nueva etapa. Cuando en mayo de 1938 se reanudaron las reuniones del partido, Clara hizo un balance de sus actividades, no solo del fracaso en la consecución del voto, sino de los logros obtenidos en la reforma de las leyes, los folletos y periódicos publicados, las conferencias, la Escuela de Cultura Femenina, y el cambio de clima conseguido respecto a la opinión pública favorable a los derechos de las mujeres.

Clara sostenía la necesidad de pasar a otra etapa de lucha, proponía elaborar un programa mínimo amplio, que agrupara a todas las mujeres panameñas individualmente o a través de sus organizaciones, guardando en ese caso independencia en sus actividades, pero luchando juntas por ese programa mínimo que, a su parecer, debía incluir: el estudio y la solución de los problemas nacionales; la lucha por la democracia y por la paz del mundo, y la lucha por la liberación integral de la mujer. Proponía celebrar un congreso para transformar al partido en una amplia organización femenina, una Unión Nacional de Mujeres, que trabajara por estos objetivos. Lo que Clara González propuso a sus compañeras era la creación de una organización de mujeres que actuase como un gran frente de masas para defender el régimen democrático ante el avance del fascismo y, por supuesto, para seguir luchando por los derechos de las mujeres, algo parecido a un frente popular femenino. El cambio respondía a un nuevo contenido, lo prioritario ya no sería solamente el derecho de las mujeres al voto; tanto o más que esto lo era la defensa del régimen democrático, amenazado por el fascismo. Pero el congreso no se pudo realizar.

Muy avanzadas ya las acciones para su celebración y contando con el apoyo de la CIM y de las organizaciones sufragistas de la Zona del Canal, intervino el presidente de la República, Juan D. Arosemena, que protestó frente al gobernador de la Zona del Canal calificando de intromisión de la Zona en la política panameña la participación de mujeres estadounidenses. En el mismo sentido se manifestó la Cancillería, y, por su parte, el secretario de Instrucción Pública amenazó a las maestras que participaban en el proyecto con la destitución de sus cargos si persistían en su acción. Clara sufrió, además de la represión contra el PNF y sus militantes, la represión contra el Comité de Amigos de la Democracia Española, del que ella y otras feministas formaban parte, con el que pretendían realizar una serie de actividades de homenaje de la Segunda República Española y referirse a la labor de las mujeres españolas en medio de la guerra civil. La represión se extendía hacia toda la oposición. Si bien formalmente Panamá siguió siendo un país con un régimen democrático, desde las elecciones de 1936 la situación real era bien distinta. El uso de la fuerza contra la oposición política y las organizaciones de masas de los partidos Socialista y Comunista con el aparato del Estado y con las organizaciones paramilitares limitaba enormemente el ejercicio de los derechos ciudadanos.

La oposición política, por su parte, se organizaba para resistir y tratar de alcanzar el poder político por las vías de hecho, si hacía falta, ya que tenían la vía parlamentaria cerrada por quienes tenían la democracia secuestrada. Clara viajó a México y a Costa Rica entre 1938 y 1940 para participar en actividades relacionadas con los movimientos de la oposición en la que militaba y con la defensa del Frente Popular y de la democracia en el país. Por esta razón también en alguna ocasión fue a parar por breve tiempo a la cárcel, y tuvo que esconderse de la policía en otras oportunidades. A la larga se quedó sin trabajo, se enfermó y se exilió “voluntariamente” a Costa Rica por un tiempo, entre 1939 y 1940. En 1940, Clara González formó parte de una misión del Frente Popular que se dirigió a Costa Rica en busca de armas. Estas, sin embargo, no pudieron llegar nunca a Panamá. Pese a todos los desastres políticos de 1940, ella no se desesperaba. Desempleada y recién llegada al país, la década de 1940 no empezaba nada bien para ella ni para la nación. Las elecciones de 1940 fueron aún más fraudulentas que las de 1936, ya que ante la represión y la falta de garantías democráticas, Ricardo J. Alfaro, candidato del Frente Popular, se retiró y, como consecuencia, salió vencedor sin ninguna oposición Arnulfo Arias.

No fue un período de paz y tranquilidad; al poco tiempo se registraron hechos de violencia y arrestos de partidarios de Ricardo J. Alfaro. Las fuerzas opositoras, entre las que se contaban el PNF y los partidos del Frente Popular, desaparecieron del panorama político prácticamente barridas por la represión. En enero de 1941 comenzó a regir una nueva Constitución que venía a sustituir a la de 1904, después de que un plebiscito, en diciembre de 1940, la aprobara, sin que las mujeres, una vez más, tuvieran el derecho al voto. La Constitución de 1941 les negaba de manera explícita y sin equívocos el derecho de ciudadanía a las mujeres, pues el artículo 56 decía: “Son ciudadanos de la República todos los panameños varones mayores de veintiún años”, negación que iba seguida de una concesión: “El legislador podrá por ley conferir a las mujeres panameñas mayores de veintiún años la ciudadanía con las limitaciones y los requisitos que la ley establezca, no obstante, la mujer panameña mayor de veintiún años podrá desempeñar empleos con mando y jurisdicción”.

En los debates de la Asamblea en junio de 1941 para la regulación de la ciudadanía femenina algunos diputados liberales estuvieron en contra de las restricciones a los derechos políticos femeninos. La posición oficial del partido en el poder, el Nacional Revolucionario, era que había que llegar a la igualdad en forma gradual. Clara y el PNF consideraban inaceptable la Constitución de 1941 porque en ella la ciudadanía femenina (restringida) no era un derecho sino una concesión del poder político. Además estaba en contra de la ley electoral, que solo le otorgaba la posibilidad de votar a un grupo muy restringido de mujeres en las elecciones a los ayuntamientos provinciales, mas no en las presidenciales y parlamentarias. El PNF afirmaba que por primera vez en la historia republicana y de manera explícita se discriminaba a las mujeres en una Constitución. Igualmente rechazaba la desigualdad entre mujeres y varones que se establecía con la ley sobre las cédulas de identidad personal, rojas para los varones, azul para las mujeres.

Las elecciones a los ayuntamientos provinciales se celebraron el 5 de octubre de 1941, cuatro días antes del derrocamiento del presidente Arias, hecho que opacó sin duda las noticias sobre las elecciones. La participación femenina no fue muy numerosa, pero sí entusiasta. La caída de Arnulfo Arias fue motivo de gran alegría para el PNF, que proclamó enseguida su esperanza de que se respetaran los principios democráticos con el reconocimiento de los derechos cívicos de las mujeres, que tanto se habían comprometido en la defensa de la democracia. En junio de 1943 Clara se casó con Charles A. Behringer en el juzgado primero municipal de la ciudad de Panamá. Él era un ingeniero civil, un ciudadano estadounidense que había llegado a Panamá para trabajar en las obras que el gobierno de su país realizó en la Zona del Canal durante la Segunda Guerra Mundial.

En Charles, Clara encontró el amor adulto, la comprensión y la ternura que probablemente no tuvo en sus anteriores relaciones amorosas. Y, sobre todo, una relación de igualdad, de respeto y admiración que con seguridad no había tenido, al menos de esa manera, antes. Charles reconocía la importancia de los asuntos de su esposa, y lo demostró colaborando intensamente en sus actividades políticas, en especial durante la campaña de 1948.  Al casarse con Charles, Clara se trasladó de su residencia familiar en Las Sabanas a Balboa, donde vivió hasta su jubilación.

Sin duda, su matrimonio la puso en contacto cercano con la sociedad de la Zona del Canal y con sus habitantes, los zonians. Desde sus años en el Instituto Nacional, había mantenido posiciones nacionalistas; para ella era obvio que Panamá debía reivindicar su autonomía frente a Estados Unidos y renegociar los acuerdos sobre el Canal, era algo que tenía que ver con sus principios democráticos. Sin embargo, su nacionalismo nunca estuvo en contradicción con la idea de que Panamá tenía que aprovechar lo que tuviera de bueno la sociedad estadounidense, ya fuera desde el punto de vista de la política, de la educación o de la ciencia, al igual que cualquier beneficio que procediera de otro país. En el año de su boda, 1943, todavía no estaba clara la derrota de Hitler y sus aliados, y Estados Unidos, con el presidente Franklin D. Roosevelt a la cabeza, recién ingresado a las fuerzas aliadas, era la esperanza de las democracias occidentales. Era la época en que la URSS formaba parte de la alianza anti-nazi.

La amistad de Clara y sus compañeras del PNF con Estados Unidos era más fuerte que nunca, tan fuerte como aparentaba ser en esos momentos la alianza de las potencias capitalistas occidentales con el Estado soviético. Existía además una circunstancia muy importante y era la política de Roosevelt, presidente demócrata, que, tanto en lo económico como en las medidas de carácter social que tomó a lo largo de sus períodos presidenciales, se asemejó a las políticas de los partidos socialdemócratas europeos, y que fue muy querido y admirado por el PNF. Existía, pues, una gran simpatía de Clara y de las feministas de su corriente hacia Estados Unidos y su política a comienzos de la década de 1940. La simpatía se extendía también a todas las democracias aliadas que combatían el nazifascismo, y, al menos durante la guerra, hacia el Estado soviético que era parte de la alianza.

El cambio en la vida política en Panamá después de la destitución de Arnulfo Arias favoreció, por supuesto, las actividades políticas y la vida laboral de Clara. Entre 1941 y 1945 fue una de las organizadoras de los Centros Populares de Cultura para Adultos, probablemente la continuación de los que hubo en etapas anteriores, lo que demuestra la enorme importancia que le daba a la educación como vía de la democracia. En 1942, cooperó en la creación del Instituto de Vigilancia y Protección del Niño, la primera agencia de bienestar social infantil, y fue nombrada comisionada general de dicha institución. La creación del Instituto se realizó a propuesta suya. El tratamiento de la delincuencia juvenil y los tribunales y protección de la infancia fueron temas cuya importancia destacó desde 1922, y que de manera sistemática planteaba a través del PNF. En ese mismo año, y antes de asumir su cargo en el Instituto, fue enviada en una delegación a Estados Unidos para estudiar sus sistemas penitenciarios, los tribunales juveniles e instituciones para niños a cargo del Departamento de Justicia. Allí permaneció cuatro meses desarrollando un programa elaborado por el Departamento de Justicia y del Trabajo del Gobierno Federal. A su regreso al país, asumió las funciones de comisionada general del Instituto, hasta marzo de 1945.

1945

Algo muy importante se estaba gestando en el país en 1944 con el final de la Segunda Guerra Mundial y la nueva coyuntura política que terminaría con la etapa de transición que se abrió en 1941. Efectivamente, durante la guerra, el país había experimentado una bonanza económica por la ampliación del Canal y las construcciones adyacentes. Las ciudades de Panamá y Colón se convirtieron en el centro gravitacional de la economía del país, donde afluía la población interiorana y los inmigrantes caribeños y europeos (refugiados del régimen nazi o los exiliados españoles republicanos). La ciudad capital creció en extensión y población, especialmente en las barriadas populares de las afueras de la ciudad. De nuevo se produjo una coyuntura inflacionista. La capital era una ciudad cosmopolita, un hervidero de gente de países diversos, con una vida nocturna muy agitada, animada más que nunca por la presencia de los soldados estadounidenses. La capital y Colón se convirtieron en polos de atracción para la población campesina del interior, que acudía allí en busca de trabajo.

Era una etapa en la que muchas mujeres campesinas llegaban a la ciudad a trabajar como empleadas domésticas. La guerra mundial impidió por unos años la llegada de productos manufacturados; ese fue un factor que incidió de manera determinante en la aparición de industrias nacionales que, a su vez, generaron puestos de trabajo y una incipiente clase obrera. Con el auge económico se formó también una clase media compuesta por profesionales, maestros, profesores y comerciantes. Con los cambios sociales creció la organización sindical y surgieron nuevos movimientos y organizaciones sociales. A lo largo de 1944 el clima político se fue enrareciendo y crispando cada vez más. Finalmente, en diciembre de 1944, el gobierno de Ricardo Adolfo de la Guardia, de acuerdo con los principales partidos políticos, optó por llamar a la celebración de elecciones a la Segunda Convención Nacional Constituyente. A nivel internacional, la Segunda Guerra Mundial estaba finalizando con la derrota del nazismo y del fascismo, y se empezaban a conocer detalles de los horrores y desastres que estas ideologías políticas y la guerra habían causado en Europa y en el mundo. Como consecuencia, se despertó una enorme sensibilidad sobre la necesidad de luchar contra los regímenes dictatoriales y por la paz, que sería el origen de la Declaración de Derechos Humanos y de la creación de las nuevas instituciones internacionales que formaría el sistema de las Naciones Unidas. En este escenario político, la lucha por el derecho al sufragio femenino se vio fortalecida y muchos países les reconocieron este derecho a las mujeres (entre ellos Francia, Bélgica, Costa Rica, Argentina, Guatemala y Chile). En el marco de este nuevo escenario político nacional e internacional, las sufragistas encontraron nuevos aliados internos.

Los movimientos sociales emergentes, como la Federación de Estudiantes de Panamá, el Magisterio Panameño Unido, y las organizaciones sociales y sindicales, estaban en una dinámica de reforma del Estado y de democratización de las instituciones y a ellos se sumaban los partidos liberales (que aspiraban ya no a conservar el poder sino a conquistarlo de nuevo), y, por supuesto, todas las fuerzas democráticas y de izquierda que las habían apoyado desde siempre. El partido arnulfista, que había sido desplazado del poder en 1941 y aspiraba a recuperarlo, también tenía interés en atraer el voto de las mujeres, para lo que contaba con el prestigio que le dio entre vastos sectores de la población su discurso y algunas medidas de carácter nacionalista que había tomado en 1941, y el haber hecho posible el sufragio femenino en las elecciones municipales de ese año.

El 31 de diciembre de 1944, Clara González y un numeroso grupo de mujeres procedentes del PNF y de otros sectores políticos fundaron la Unión Nacional de Mujeres, según el modelo de la organización que intentaron infructuosamente construir en 1938. El objetivo principal de la UNM era conseguir que las mujeres pudieran participar en igualdad de condiciones en las elecciones a la Asamblea Constituyente. Para lograrlo pusieron todos sus recursos en juego: amistades personales con políticos que tenían influencia cerca del gobierno, como Carlos Sucre y Diógenes De la Rosa, y la presión política a través de la organización y propaganda en prensa y radio. Así se consiguió que el Decreto no. 12, del 2 de febrero de 1945, que convocaba a elecciones a la Asamblea Constituyente, dijera expresamente que podrían votar todas las personas, sin distinción de sexo, mayores de 25 años, y que podrían ser elegidas delegadas principal o suplente. La Unión Nacional de Mujeres desplegó una gran cantidad de energía para organizarse a nivel nacional y logró integrar a muchas más mujeres que en el pasado en una gran organización femenina de masas.

El éxito de la UNM tenía que ver con los cambios en la situación de las mujeres, sobre todo en las ciudades: su incorporación a la vida social en el trabajo, en las organizaciones, e incluso en las instituciones del Estado como funcionarias públicas, el hecho de que las sufragistas no eran vistas como una amenaza de destrucción del orden social y familiar. También influyó el hecho de que la incorporación de mujeres en estas instancias públicas no supuso ningún gran cambio político ni destruyó las relaciones familiares e intergenéricas. Una razón no menos importante del éxito de la UNM era que tenía una imagen más moderada que el PNF: no llevaba la palabra feminismo, que por tanto tiempo había causado temor y rechazo, y más mujeres podían participar en la organización sin tener que enfrentar los prejuicios propios ni los de sus familias y maridos. Pero, sin duda, la coyuntura internacional, más proclive después de la guerra al reconocimiento de los derechos humanos de las mujeres, fue determinante para el éxito de las reivindicaciones feministas del momento. El Manifiesto a la nación y a todas las mujeres del país, del 1 de enero de 1945, anunciaba que no consentirían ser apartadas del ejercicio de los derechos ciudadanos. Comprometieron a los partidos políticos para que apoyaran el derecho de las mujeres al voto sin ningún tipo de limitaciones. La UNM celebró una gran concentración de mujeres en el Gimnasio Nacional el 2 de febrero, en la que participaron más de setecientas mujeres, con la que inició su campaña por la Constituyente. Pero las feministas no estaban unidas en esta campaña: Esther Neira de Calvo y un grupo de mujeres que habían pertenecido a la Sociedad Nacional para el Progreso de la Mujer crearon la Liga Patriótica Femenina, organización de carácter más conservador que la UNM, con una fuerte influencia de la iglesia católica.

La Unión Nacional de Mujeres postuló a Clara González como candidata a diputada nacional principal (sus suplentes eran Graciela Rojas Sucre y María Magdalena Icaza de Briceño). Otras dirigentes de la organización también fueron postuladas, como Felicia Santizo de García (que militaba en el Partido del Pueblo), por Colón, y Georgina Jiménez de López, por Panamá. La mayoría fueron como candidatas a diputadas suplentes, como ejemplifica el caso de Stella Sierra de Ruiz Vernacci. La ley electoral exigía que los candidatos fueran postulados por partidos legalmente constituidos. La UNM ofreció llamar a votar por los partidos que apoyaran el programa de la organización. El Partido Liberal Renovador, dirigido por Francisco Arias Paredes, que había sido defensor del PNF y miembro del Frente Popular en la década anterior, apoyó las candidaturas de la UNM. Esther Neira de Calvo fue postulada por cinco partidos (el Conservador, el Liberal, el Demócrata, el Nacional Revolucionario y el Liberal Doctrinario), y Gumersinda Páez fue postulada solo por el arnulfista Partido Nacional Revolucionario. Se manifestaban así formas distintas de entender la política: la UNM tratando de conseguir el voto ideológico, y la LPF que no discriminaba el apoyo de partidos de muy distinta ideología. El programa electoral de Clara González se basó en seis puntos principales: la igualdad de derechos para las mujeres y los hombres; la protección de la maternidad y la rehabilitación económica y moral de los hogares panameños; la asistencia social integral a la niñez panameña; el apoyo a las reivindicaciones de los obreros, campesinos e indígenas; la orientación democrática de la educación y la dignificación del magisterio y de todas las carreras femeninas.

Era una propuesta de defensa de los intereses y derechos de las mujeres y de la niñez, con énfasis en la maternidad y los trabajos femeninos, y de defensa de los derechos de la clase obrera y campesina, y de los indígenas. A lo largo de su campaña y en sus intervenciones, Clara González ponía de relieve sus ideas y el hecho de que estaba ofreciendo defender desde la Asamblea unas políticas sociales orientadas a beneficiar a los sectores y clases menos favorecidos de la sociedad, tratando de convencer al electorado, especialmente a los sectores a los que pretendía defender, de la racionalidad y bondad de sus propuestas. Se diferenciaba así de la política electoral tradicional, organizada en torno a los caudillos más que a las ideas y programas políticos, tratando al electorado como lo que deseaba que fuera: personas conscientes, que iban a votar por un proyecto político.

La campaña electoral de 1945 fue la primera oportunidad en la que una candidata, Clara González de Behringer, opinaba sobre la política nacional. Sus propuestas apuntaban a la modernización del Estado, hacia la construcción de un Estado al servicio de las mayorías del país. Mantuvo una polémica con la dirigente de la Liga Patriótica Femenina, Esther Neira de Calvo, a la que tildaba de oportunismo por no definirse por una determinada ideología política ya que se postulaba por varios y diversos partidos políticos. Las elecciones se celebraron en mayo de 1945. Una estimación del Tribunal Electoral sitúa la concurrencia a las urnas en el 35 % del censo electoral. Sin embargo, según la prensa la participación fue muy alta y se destacó la de las mujeres (otras fuentes afirman que las mujeres participaron poco en las primeras elecciones).

Solo dos mujeres, Esther Neira de Calvo y Gumersinda Páez, resultaron elegidas diputadas. Se objetaron los resultados pero no se consiguió el reconocimiento de la diputación de Clara González. Al parecer, lo que se discutía era la interpretación de la Junta Electoral, que había permitido sumar los votos que los candidatos y candidatas recibían en las listas de los distintos partidos, en vez de sumar solamente los de la lista más votada, como pedía el Partido Liberal Renovador. Como Clara González únicamente se había presentado en la lista de este partido es probable que esto explicara su fracaso. Se podría decir que su coherencia política e ideológica, que no le permitía aparecer al mismo tiempo en las listas de partidos que tenían principios y programas distintos, fue lo que la privó de mejores resultados y quizá de la diputación nacional. La Unión Nacional de Mujeres reivindicó su papel en el logro del reconocimiento de los derechos de las mujeres en esos comicios, y denunció irregularidades cometidas en el proceso (sobre todo en la cedulación de las mujeres). También hizo un llamado a sus militantes para seguir en la defensa de sus objetivos, y lanzó un mensaje de apoyo a las diputadas elegidas, condicionado al fiel cumplimiento de la defensa de los derechos femeninos y de la democracia:

A las mujeres que han logrado llegar a la Constituyente, digámosles sin egoísmos que estaremos con ellas en todo momento en que sea preciso defender los derechos de la mujer y los altos destinos de la democracia panameña, pero seremos sus más intransigentes opositores si tratan de traicionar los intereses del pueblo y defraudan la confianza del electorado que las ha llevado al sitial de legisladoras.

La Asamblea Nacional Constituyente aprobó por fin la igualdad de derechos políticos para mujeres y hombres: el artículo 97 de la nueva Constitución consagró el derecho a la ciudadanía de todos los panameños mayores de veintiún años, sin distinción de sexo. La Constitución de 1946 reconoció derechos a las mujeres y a otros grupos desprotegidos de la sociedad, similares a los de los Estados de bienestar europeos posteriores a la guerra. Las mujeres panameñas habían alcanzado, después de 23 años de lucha, sus derechos políticos; sin embargo, Clara González, quien más luchó por ello, no pudo ser una de las diputadas que la firmaron, algo que, sin duda, debió resultarle, como mínimo, doloroso.

En julio de 1945, Clara fue nombrada secretaria asistente (equivalente a viceministra) del Ministerio de Trabajo, Previsión Social y Salud Pública, y se le adscribieron interinamente las funciones de directora del Departamento de Previsión Social y las de consejero técnico a cargo del Departamento de Investigación, Cultura y Legislación Social en el mismo ministerio. La previsión social suponía el reforzamiento del papel del Estado panameño como regulador de las relaciones sociales, así como del ejercicio del tutelaje en beneficio de los sectores más débiles de la sociedad, que eran funciones que desde el espectro político progresista y de izquierda se le reclamaban al Estado desde hacía tiempo. El Departamento de Previsión Social tenía entre sus funciones, dentro de la sección Materno-Infantil-Juvenil (que fue creada a instancias de Clara), las de organizar los servicios de asistencia y previsión social en pro de los menores abandonados, indigentes, delincuentes, deficientes mentales o inválidos, y también la de organizar servicios para la asistencia de madres con dificultades para proveer la crianza, educación y protección de sus hijos. Clara González sostenía que el Estado debía proteger a quienes no podían valerse por sí mismos, ya que la responsabilidad de su situación era social y no individual, porque era la sociedad la que daba origen a la existencia de estos problemas.

Le daba mucha importancia a la previsión de los problemas, además de la asistencia, especialmente para el caso de los niños “llamados delincuentes” y para los que en la época se denominaban “vagos”. Durante el breve tiempo en que ejerció como comisionada realizó giras por gran parte del país, incluida la provincia de Chiriquí. Su breve paso por el poder ejecutivo da cuenta de la seriedad y honestidad con que trató de ejecutar algunos de los objetivos que el PNF se había planteado desde su fundación. Mantuvo con el ministro del ramo, Octavio A. Vallarino, una sintonía que le permitió proponer al gabinete algunos proyectos realmente innovadores, como la aprobación de presupuesto para una campaña encaminada a la rehabilitación de prostitutas de Panamá y Colón, mediante la creación de un centro para alojar a doscientas de ellas y enseñarles un oficio.

También desde su cargo en el ministerio planeó un sistema institucional para la prevención y el manejo de la delincuencia infantil, basado en el principio de que lo importante era el delincuente niño o niña, y no el delito, y sustentado en la idea de que el tratamiento del delito y su prevención es lo que define el grado de avance de una sociedad. Algunas de sus propuestas más importantes eran la modernización y adecuación de los centros de atención juveniles existentes, tanto los de niñas como los de niños; la creación de guarderías infantiles; la creación de una colonia hogar para albergar a niños de la provincia de Colón necesitados de protección (que propuso que se llamara Instituto Franklin D. Roosevelt, en “memoria del gran apóstol de la democracia”); la formación de un cuerpo de profesionales, trabajadores sociales, entrenados para tratar a los pupilos y pupilas de estos centros y a las familias implicadas, para lo cual comprometió al ministerio en la promoción de la creación de la Escuela de Servicio Social en la Universidad Nacional y logró la promesa del Departamento de Estado de Estados Unidos de enviar expertos para ayudar en su organización (tema en el que Clara venía trabajando desde 1944).

Ideas novedosas sobre hogares sustitutos, la necesidad de atender los problemas económicos de las familias, de vivienda, de trabajo, de abandono de niños y niñas, y otras fueron planteadas por ella por primera vez en un gobierno nacional. Planteó también la necesidad de crear un gran centro de asistencia social infantil, en el que se centralizaran todas las instituciones para niños sostenidos por el Estado, y la urgencia de mejorar el Instituto del Niño, convirtiéndolo en el Tribunal Tutelar de Menores. Desde su puesto, siguió planeando la creación del Consejo Nacional de Menores, que fue constituido formalmente con la Ley 56, de 27 de septiembre de 1946. Su paso por el ministerio la enfrentó a las formas en que se desenvolvía la política nacional, a las situaciones de injusticia con los funcionarios públicos, y a la utilización de los puestos del Estado como premios que se otorgaban a los copartidarios o familiares. Clara defendía sus propuestas y solicitudes de presupuesto para sus proyectos con fiereza, y de la misma manera manifestaba sus desacuerdos. Eso la hizo incompatible con el ministro que sucedió a Vallarino, quien le pidió finalmente su dimisión en enero de 1947. La respuesta de Clara a esa solicitud la retrata muy bien:

Celebro que Ud. al fin se hubiese decidido a solicitarme la renuncia […] No me explico, en efecto, por qué Ud. no se atrevió a tratar directamente conmigo, cuando a Ud. y al país les consta que yo soy de las pocas personas en Panamá que sabe conjugar el verbo renunciar en todos los tiempos […]

Así fue la primera gran experiencia en la política nacional de Clara González.

En la memoria colectiva de la sociedad panameña se registran las jornadas de diciembre de 1947 como la entrada de las mujeres al mundo de la política, por la manifestación que protagonizaron el 16 de diciembre de ese año contra la ratificación en el parlamento del Tratado Filós-Hines con Estados Unidos. Por supuesto que no fue así, las mujeres venían participando autónomamente en la política desde mucho antes, pero en el imaginario colectivo esta manifestación tuvo una relevancia singular. Las protestas se gestaron en el Instituto Nacional; una gran cantidad de organizaciones se unieron al estudiantado: movimientos sociales, organizaciones políticas, sindicales, asociaciones de padres de familia, organizaciones barriales, etc.

Se inició, según miembros del Partido del Pueblo, con la consigna de que las juventudes de ese partido realizaran una gran concentración popular en el Parque de Santa Ana, y se les encomendó la tarea de promoverla. El proceso culminó con la manifestación del 12 de diciembre de 1947 hacia la Asamblea Nacional, en la que también participaron Rafael Moscote, rector del Instituto Nacional, estudiantes y profesores de la Universidad de Panamá, y pueblo en general. Fue bastante improvisada y duramente reprimida por la policía nacional. La bandera nacional llevada por las institutoras fue devastada por la policía. Rafael Moscote la calificó como un “momento dramático” y, sin duda, la gravedad de la agresión al estudiante Sebastián Tapia y sus compañeros no hizo sino aumentar el rechazo de la opinión pública contra el convenio que se trataba de aprobar en la Asamblea Nacional. Entre los heridos, hubo cuatro mujeres. La participación de las mujeres fue muy importante. Como respuesta a esta brutal represión se convocó una marcha solo de mujeres, a la que la madre del estudiante Tapia llamó a participar a todas las mujeres panameñas sin distinción de credo, posición social, profesional o política, para pedir que no se entregaran las bases por el período de veinte años. El 16 de diciembre se efectuó la gran manifestación de mujeres, presidida por la madre y las hermanas de Sebastián Tapia.

La marcha terminó en la Plaza de Francia, ocupada por la muchedumbre para impedir que se firmase el convenio en la Asamblea. Los diputados socialistas Diógenes De la Rosa y José A. Brouwer fueron los portavoces en la Asamblea de los manifestantes. Finalmente, en la votación final del 22 de diciembre, nadie se atrevió a votar a favor. Rafael Moscote describió la manifestación como “espectáculo imborrable […] uno de los actos más elevados de la mujer panameña en defensa de los intereses nacionales frente al imperialismo norteamericano”. La prensa titulaba la noticia el día siguiente: “Ayer se incorporó la mujer istmeña a la vida pública en la forma más impresionante”, un columnista la definió como “la primera participación en la vida pública nacional” de la mujer panameña. Lo destacable de estas jornadas es que la manifestación fue liderada y seguida principalmente por mujeres de una nueva generación, pertenecientes a los nuevos movimientos sociales surgidos a comienzos de los años cuarenta, como Marta Matamoros (dirigente sindical y miembro de las juventudes comunistas), y Carmen Miró (dirigente del Frente Patriótico de la Juventud), entre otras. Las mujeres sufragistas de la vieja guardia, que fueron las primeras en irrumpir en la vida política, no fueron sus principales protagonistas. La lucha por el sufragio femenino quedó desplazada por la integración de las mujeres a la lucha en las principales fuerzas políticas. Muchas feministas, como Otilia de Tejeira, Sara Sotillo y Augusta Ayala, se sumaron al movimiento.

Clara González, por su parte, en esas fechas iba a ser postulada como candidata a la segunda vicepresidencia de la República por el Partido Liberal Renovador, que estaba preparando su Segunda Convención a celebrar en Aguadulce, y estaba inmersa en las actividades que tal situación demandaba, en lo que constituía la primera ocasión en que una mujer iba a ser designada para un puesto tan importante. Las mujeres estaban ya inmersas en la vida política del país durante la campaña electoral de 1948. Participaron organizadas en la Unión Nacional de Mujeres y en las agrupaciones creadas por los partidos políticos para captar el voto femenino.

En esa época comenzó realmente el declive de las organizaciones feministas, que no sobrevivieron para la siguiente campaña electoral, en 1952. Clara González fue la primera mujer candidata a una vicepresidencia de la República, junto a José Isaac Fábrega y Ricardo Arias Espinosa, que iban como presidente y primer vicepresidente respectivamente, por la coalición del Partido Liberal Renovador y el Partido Nacional Revolucionario. Tenían como adversarios las candidaturas del Partido Socialista (Demetrio Porras), otra de Unificación Liberal (con Domingo Díaz), la del Partido Revolucionario Auténtico (de Arnulfo Arias) y la de Unión Popular (Sergio González Ruiz). Participó un gran número de candidatas, tanto a la Asamblea Nacional como a las elecciones municipales. En su campaña electoral, Clara defendió ideas similares a las de 1945, manteniendo siempre la defensa de los derechos de las mujeres. Su programa de gobierno se basaba en unos pilares básicos, resumidos en la democratización de las instituciones de gobierno, tanto las centrales como las municipales; la lucha contra los privilegios de unos pocos y contra el nepotismo; por la instauración del servicio civil en la selección de los funcionarios públicos y un sistema transparente y honesto de licitaciones públicas; contra la discriminación por razón de sexo, y por la igualdad política, social y jurídica de mujeres y hombres; contra la explotación indebida del trabajo; y la asistencia social a los niños abandonados y menesterosos.

Una vez más, Clara no resultó elegida en los comicios. Además, los resultados electorales fueron cuestionados (se dio como vencedor a Domingo Díaz con solo 1116 votos sobre Arnulfo Arias). En consecuencia, la legislatura de 1948 a 1952 fue tremendamente difícil, porque además el presidente murió en agosto de 1949 y aumentaron los problemas. Las protestas ciudadanas en la calle fueron reprimidas violentamente por la policía nacional que, convertida ya en un factor determinante de la política nacional, le dieron la presidencia a Arnulfo Arias en noviembre de 1949. La presidencia de Arias duró hasta el 10 de mayo de 1951, y se caracterizó por el estado de inquietud instalado en el país. Finalmente fue depuesto violentamente por la conjunción de la policía nacional y las fuerzas políticas que se le oponían.

Ya desde ese tiempo las organizaciones feministas entraron en declive. Paralelamente aparecieron organizaciones femeninas partidarias con el objetivo de captar el voto de las mujeres para sus candidaturas. Las reivindicaciones feministas se diluyeron en los programas de los partidos, como si con la conquista del derecho al sufragio las mujeres hubieran ya conseguido sus aspiraciones. Esas agrupaciones eran efímeras, existían solo durante las campañas electorales, con el declarado propósito de atraer el voto femenino, actuando de correa de transmisión entre los partidos políticos y el electorado femenino. Las mujeres con una trayectoria en las organizaciones feministas se zambulleron en la vida del país por medio de las instituciones existentes, ya fuera políticas, sindicales, gremiales o sociales. La UNM se desmovilizó después de la campaña de 1948 y podemos suponer que el fracaso electoral llevó a las feministas a pensar que lo más conveniente en esa nueva etapa era participar en la política nacional por medio de los partidos políticos existentes, como efectivamente estaban haciendo sus principales dirigentes. Clara González estuvo muy unida políticamente a Francisco Arias Paredes desde la época del Frente Popular de 1940. Las ideas políticas de Clara habían evolucionado ateniéndose al desarrollo histórico nacional e internacional, pero no habían cambiado en lo esencial, seguían fundamentándose en dos pilares: una auténtica democracia, liberada del caciquismo y de la ignorancia, y políticas sociales que buscaban la igualdad social de la población en derechos y posibilidades socio-económicas y de toda índole. En las coyunturas políticas electorales de los años cuarenta, para Clara, esos objetivos los encarnaba el Partido Liberal Renovador. En esos años siguió apostando por la construcción de un nuevo partido liberal renovado, que incorporara en su programa de acción las políticas sociales por las que siempre había luchado. Tras la muerte de Arias Paredes en 1946, mantuvo una estrecha relación política y de amistad con el que sería presidente años después, Ernesto de la Guardia Jr. Clara había participado en 1943 en el proceso de construcción de un Partido del Pueblo, en el que también habían concurrido varias personalidades políticas y sus formaciones, entre ellas Francisco Arias Paredes.

En esos momentos se trataba de un proyecto similar al Frente Popular, un proyecto de partido que defendiera los intereses de la democracia panameña y de la mayoría de la población, situado todavía en el marco de la lucha contra el fascismo y por el restablecimiento en Panamá del sistema democrático alterado por los hechos ocurridos en los años anteriores. Al derivar el proyecto hacia el comunismo, Clara se desvinculó de él a comienzos de 1944, de la misma forma que lo hicieron otros destacados políticos del momento.

La vida política se crispaba cada vez más y la violencia era creciente. La fuerza de la policía nacional se imponía como un elemento decisivo en la vida política. El anticomunismo y la intolerancia se hacían fuertes en el panorama político nacional, como un reflejo de lo que ocurría en el mundo entero, y se manifestaban en la represión y persecución de todo lo que pareciera ser de izquierda. Por otra parte, las reivindicaciones feministas y sociales que Clara defendía no habían logrado éxito electoral, quizá porque entre el electorado tenían más fuerza el caciquismo y la manipulación, y también por los fraudes que se sucedían uno tras otro. El hecho es que Clara —que todo este tiempo siguió viviendo en Balboa con su esposo— a partir de esa última experiencia electoral dedicó sus energías y su actividad política a un proyecto concreto: la creación del Tribunal Tutelar de Menores.

1951

Apenas un mes antes de ser elegida juez del Tribunal Tutelar de Menores, en abril de 1951, se propuso su nombre para ocupar una magistratura en la Corte Suprema de Justicia. La resolución quedó pendiente de la firma del presidente Arnulfo Arias, que nunca la designó. Los trabajos de Clara González para elaborar el proyecto de constitución del Tribunal Tutelar de Menores a lo largo de 1950 fueron la culminación de todos los esfuerzos que había venido realizando desde la década de los años veinte.

Tuvo que enfrentar por último la oposición del presidente Arnulfo Arias, al que combatió siempre, y quien retuvo su nombramiento hasta su destitución. A los pocos días de la deposición del presidente, Clara González de Behringer se convirtió en la primera magistrada de este tribunal, cuya creación había constituido uno de sus proyectos más acariciados. Tomó posesión en mayo de 1951 ante el presidente de la República como Juez Tutelar de Menores, puesto para el que había sido designada por la Corte Suprema de Justicia por el término de seis años. Fue reelegida por la Corte para un segundo período de seis años, y finalmente en 1963 fue reelegida como juez permanente. No solo fue su fundadora sino también la organizadora del Tribunal Tutelar de Menores. Durante su larga permanencia en el cargo, se sentaron las bases de lo que sería la política de los gobiernos panameños sobre la delincuencia juvenil y la protección de los menores en riesgo.

Fueron muchos años, mucha actividad organizativa en coyunturas políticas y sociales diferentes. Durante su permanencia en el cargo, Panamá atravesó una larga y compleja etapa de su historia: la militarización creciente de la vida política, el desgaste de los partidos tradicionales y de sus maneras de hacer política, la represión contra el movimiento sindical más combatiente y contra los partidos de izquierda y una profunda transformación socioeconómica. Fundamentó la acción del Tribunal Tutelar de Menores en las más novedosas teorías científicas de la época. Recurría a teorías y estudios psicológicos para explicar el papel de la familia y de la escuela en la socialización infantil, y que los problemas en ambos lugares podían propiciar situaciones de riesgo para la infancia. En su opinión, la delincuencia infantil era resultado de una inadecuada socialización de los niños, de ahí que los cambios ocurridos en la estructura familiar desde el surgimiento de la era industrial obligaban al estudio de la familia y a la solución de sus problemas, con la finalidad de mejorar el ambiente donde se incubaban las dificultades que hacían infelices y antisociales a los niños.

Proponía enfrentar los problemas sociales que vivían las familias panameñas para poder resolver el problema de la delincuencia juvenil. Consideraba la escuela como la segunda agencia socializadora de la niñez, y proponía estudiar los problemas que podían impedir que cumpliera su misión, tanto los relacionados con los maestros o maestras, o con las características sociales de los alumnos, o las dificultades propias de la personalidad de educador y educando. En su visión, el Tribunal Tutelar de Menores debía ser una agencia de cooperación de la labor de la familia y de la escuela, y debía contar con ellas para el proceso de rehabilitación y prevención de la delincuencia juvenil en el que estaba empeñado. Se dedicó con la pasión que siempre puso en sus proyectos a la tarea de atender, educar y reinsertar en la sociedad a los menores delincuentes. Siempre que podía hacía también un trabajo de educación de la sociedad sobre la temática del Tribunal Tutelar de Menores mediante los artículos que escribía en la prensa, y sus intervenciones en los medios radiofónicos.

La creación del Reformatorio de Menores de Chapala para la rehabilitación de los jóvenes atendidos por el Tribunal fue uno de sus mayores orgullos. La obra de Clara en el Tribunal Tutelar de Menores ocupó los últimos trece años de su vida laboral. Hacia 1964, Clara se dirigió a las autoridades consulares de Estados Unidos para solicitar una visa para residir allí con su esposo después de su jubilación. Para el proceso de tramitación de la visa, tuvo que hacer acopio de cartas y certificados emitidos por personalidades y autoridades civiles y religiosas, que garantizaran que nunca había sido miembro del Partido Comunista, ni había tenido ninguna actitud antiestadounidense. En el mundo bipolar de la Guerra Fría que dividía el mundo entre los bloques capitalista y comunista, ser acusada de comunista o de tener ideas de izquierda era muy poco recomendable en Estados Unidos, que recuerda todavía la época de la represión macarthista de los años cincuenta.

Se jubiló en abril de 1964 y se le reconoció su derecho a una asignación mensual de quinientos balboas, equivalente a su último salario como juez. La decisión de jubilarse estuvo influida de forma determinante por el hecho de que su esposo, Charles, se acababa de jubilar y tenía que irse de Panamá, y le rogó que se fuera con él a Estados Unidos. Según su familia, Clara sufrió cada día que tuvo que vivir en California porque adoraba Panamá y sentía que su labor aquí estaba inconclusa. Pero su residencia allí fue muy breve. Apenas dos años después Charles murió repentinamente. Clara quedó desolada porque adoraba a su esposo. Hizo embalsamar su cadáver y se dispuso a darle cumplimiento a su voluntad de ser enterrado cerca de su madre, en un cementerio en el estado de Delaware. Clara subió al tren que atravesaría todo el territorio de Estados Unidos, de oeste a este, con su sobrino Gilberto para acompañar a su esposo en ese último viaje.

Así fue como Clara estuvo de regreso a Panamá en 1966. Su jubilación le permitió emprender entonces proyectos que no había podido realizar antes. El primero fue cumplir con un deseo largamente acariciado por su padre y que nunca pudo realizar: viajar a España, conocer y compartir con su familia española durante unos meses. Su hermano Sabino murió poco tiempo después, en 1968, dejándola también desolada. En pocos años Clara había perdido a las personas que más quería. Le quedaban sus sobrinos y sobrinos nietos. En los años finales de la década de los sesenta, Clara tenía todavía la compañía de muchas personas que la querían, amigas y amigos de toda la vida: Elida Campodónico de Crespo, Georgina Jiménez de López, Stella Sierra, Otilia Arosemena de Tejeira y Esther Fernández. Muchas personas que se habían relacionado con ella en su etapa de juez del Tribunal Tutelar de Menores, empleadas allí, siguieron cultivando su amistad. Ayudaba económicamente a muchas de ellas. Hacia 1972, viajó a Argentina acompañada de Gilberto para conocer a sus dos hermanas, inmigrantes en este país desde la década de los años treinta, y a sus descendientes.

El viaje se enturbió porque Clara se enfermó de una bursitis en la cadera. La tuvieron que intervenir quirúrgicamente, pero al parecer hubo algún tipo de problema en la intervención y no se recuperó bien. Algo grave pasó y los doctores no lo resolvieron de manera adecuada; esto tuvo consecuencias muy serias para la salud y la calidad de vida de Clara que, de ahí en adelante, se vio obligada a usar silla de ruedas. La situación de dependencia en la que vivió sus últimos años de vida fue muy dura para ella, una mujer tan independiente y autónoma, acostumbrada a la acción durante toda su vida y con proyectos hacia el futuro. Desde su jubilación hasta que quedó inválida, Clara viajó, escribió ensayos sobre la situación política del país y el papel de las mujeres en la política nacional y dio conferencias. En 1970 empezó a escribir sus memorias. Pero su actividad y su entusiasmo juveniles quedaron frenados por la enfermedad y la invalidez, las únicas fuerzas que pudieron jubilar a esta gran activista. Porque ella se jubiló de su trabajo, pero nunca renunció ni dejó de trabajar por sus ideas, ni abandonó su vocación política y reformadora. Aun inválida, Clara le escribió a Omar Torrijos sobre algunos proyectos en los que podría trabajar, como la creación de un Instituto para la Prevención de la Delincuencia, el establecimiento de una escuela vocacional para niños y jóvenes abandonados, la reforma penitenciaria y el establecimiento en la Guardia Nacional de un Buró de Protección Juvenil. Pero sus propuestas no encontraron eco en el gobierno militar.

1968

Durante todos los años en el Tribunal Tutelar de Menores Clara González no dejó de ser la mujer política y de espíritu reformador que había sido toda su vida. Pero era una mujer profunda y auténticamente convencida de la necesidad de la democracia y del respeto de las leyes e instituciones democráticas y la ley le prohibía, como juez del Tribunal, tener alguna participación política partidista, y ella cumplió con la ley.

La carencia de propuestas políticas alternativas válidas para ella después de la crisis del proyecto del Partido Liberal Renovador pudo influir también en su alejamiento de la vida política. Muchas de sus compañeras del PNF y de la UNM se habían incorporado activamente a los partidos políticos; ella no, por su impedimento legal. No obstante, mantuvo una participación en organismos de carácter social que mujeres del movimiento feminista crearon para mantener la influencia de las mujeres en la sociedad y en la política nacional. Se podría hacer un largo recuento de las actividades de Clara en los años cincuenta y sesenta que muestran el afán que siguió poniéndole a su pasión de reformadora social. Pero algunas mujeres, en especial ella, sabían que la igualdad legal de mujeres y hombres, aunque reconocida por las leyes, no era una realidad.

Clara tenía una perfecta conciencia de ello y así lo demuestran sus últimos escritos y declaraciones públicas. En vísperas de las elecciones de 1968 analizaba la situación política nacional y criticaba que a las mujeres no se las situaba en puestos políticos de responsabilidad y poder. Al hablar de los principales problemas del país, decía que tendría que haber una mejor distribución de los recursos de la nación y mayores beneficios sociales extendidos a la población necesitada, si se quería evitar graves consecuencias sociales; criticaba la inhabilidad del gobierno para enfrentar el desempleo, la delincuencia juvenil, la proliferación de las barriadas brujas, el aumento de hijos sin padres, y la desintegración de la familia, y señalaba problemas como la ineficiencia administrativa y la corrupción, los casos de peculados y otros fraudes. Sus reflexiones sobre la situación de las mujeres se centraban en la fallida esperanza de ver establecido en Panamá un régimen de igualdad. Las mujeres estaban decepcionadas. Se imponía, por todo esto, que se rebelaran. Sus palabras eran el enunciado escueto de una propuesta política para el futuro. Estas declaraciones las hacía Clara en un contexto en el que las reivindicaciones nacionalistas estaban a la orden del día (la descolonización de las colonias de los imperios europeos, la guerra de Vietnam), y por todo el mundo se expandía una oleada de revolución social: estudiantes, obreros, pacifistas, luchadores por los derechos civiles de la población afrodescendiente de Estados Unidos y también la nueva oleada del feminismo mundial que entre 1967 y 1968 daba sus primeros pasos en Estados Unidos y Europa.

Clara estaba tan inmersa en su presente como lo había estado durante toda su vida. En su balance de la participación política de las mujeres afirmaba que la conquista del derecho al sufragio resultó un desengaño. Soñaban con que, logrado el voto, los hombres superarían los prejuicios y juntos, mujeres y hombres, se unirían en el esfuerzo común y coordinado en aras del bien común. De esa manera, las mujeres podrían aportar sus cualidades sobre todo a las políticas de bienestar social y educación, y además podrían adecentar la actuación política. Pero no había ocurrido así, su conclusión era que las mujeres no habían hecho sentir políticamente su influencia social, debido a su falta de organización. Clara no solo echaba una mirada retrospectiva a la participación política de las mujeres sino que se adelantaba a las reflexiones que las mujeres panameñas, organizadas de nuevo en el feminismo, se plantearían casi veinte años más tarde en Panamá. En 1985, desde su retiro en Chitré, consideraba que en Panamá se vivía un momento totalmente retardatario, y decía:

 

Estamos otra vez comenzando. Vea el gabinete, ¿cuántas mujeres hay? Debemos volver otra vez a tener militancia para volver a tener lo que hemos perdido por dejadez. […] Nos hemos dejado arrebatar lo que casi habíamos conseguido, la participación ciudadana plena. Yo tengo ganitas de que, cuando regrese a Panamá, volver a comenzar. Yo siempre digo que la mujer espera que el tren llegue en el andén, y el tren no llega. Hay que hacer que el tren llegue.

Lastimosamente, nunca pudo darle satisfacción a su deseo de emprender la lucha de nuevo. Aunque sí tuvo la clarividencia de entender la situación de las mujeres y de lo que era necesario hacer, no tuvo ya la oportunidad de hacerlo. Privada de autonomía física y con recursos económicos muy magros, Clara tuvo que retirarse a vivir a Chitré primero y luego a San Carlos. Desde allí, con la ayuda de algunas personas, amigas y familiares, trató de conseguir que el gobierno nacional le concediera una casa en la Zona del Canal donde pudiera residir. Se presionó al gobierno desde la prensa y con solicitudes escritas. Por un tiempo Clara albergó el sueño de poder regresar a la ciudad de Panamá y activar su vida pública. Nunca lo consiguió.

La residencia que finalmente se le adjudicó era un apartamentito en la antigua Zona del Canal en un primer piso, que no reunía las mínimas condiciones de comodidad que su condición física demandaba. Se enfermó gravemente en septiembre de 1989 y fue trasladada a Panamá, donde estuvo hospitalizada en el complejo hospitalario de la Caja del Seguro Social. Allí vivió la invasión estadounidense a Panamá en diciembre de ese año y murió el 11 de febrero de 1990, acompañada de sus familiares hasta el último momento. A pesar de los reconocimientos que se le han hecho, a pesar de que el Tribunal Tutelar de Menores lleva hoy su nombre y de que se le han otorgado algunas distinciones y medallas, todavía el país y la ciudadanía le deben gratitud y honores a esta mujer, que fue digna, honesta y dedicada a la reforma social en beneficio de las personas más discriminadas y de los más débiles de la sociedad.

 

Nota bibliográfica

He utilizado mi libro, Clara González de Behringer —Biografía—,2 para elaborar este trabajo sobre la vida y obra de una de las mujeres más influyentes en la historia de Panamá del siglo xx. En el libro se pueden encontrar las numerosas referencias bibliográficas y las fuentes que cimentaron la investigación que dio como resultado la publicación. Hay que destacar el valioso aporte de los escritos del Archivo Clara González, en posesión de sus sobrinas-nietas, gracias a los cuales se conocieron los retazos de las memorias que escribió hacia 1970 y que lastimosamente nunca concluyó. La mayor parte de las citas textuales provienen de escritos inéditos de ella, de entrevistas a personas que la conocieron y fueron sus amigas, o de publicaciones de diferentes etapas de su vida —que se hubieran perdido para la historia de no haberse preservado entre sus papeles—. No parece conveniente al carácter de la presente obra incluir tal cantidad de referencias que harían el texto demasiado farragoso.