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    Alberto Barrow

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Demetrio Korsi

by: Alberto Barrow

La obra de Korsi fue celosa protectora contra la impostación de un ser nacional que no fuera el producto del propio desarrollo histórico de la nación panameña. El perfil de la panameñidad era lo que la sociedad había alcanzado hasta ese momento, a través de un largo proceso que no debería permitirse el “lujo” de ser alterado por un factor distorsionante como la ocupación de parte de su territorio por una potencia extranjera. En ese sentido, la voz korsiana es una que se esfuerza por la preservación de ese perfil de lo panameño.

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Licenciado en Derecho y Ciencias Políticas por la Universidad de Panamá. Ha sido animador de múltiples proyectos sociopolíticos y culturales referidos a la población afrodescendiente de Panamá; directivo de varias organizaciones no gubernamentales, y funcionario en organismos internacionales. Conferencista nacional e internacional, docente universitario, y consultor de la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y del Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH). En 2009 animó la creación del Observatorio Panamá Afro “Dr. George Priestley”. Además de numerosos artículos en la prensa nacional e internacional, es autor de No me pidas una foto: develando el racismo en Panamá (2001), Piel oscura Panamá: ensayos y reflexiones al filo del centenario (2003), y La variable étnica en el marco legal de Panamá (2012). En 2014 fue galardonado por la Universidad de Panamá con la primera entrega de la Medalla de Honor “Armando Fortune”, en reconocimiento a su larga trayectoria en defensa de los derechos de las poblaciones afrodescendientes de su país y la diáspora.
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Demetrio Korsi: El poeta de la negritud y la nacionalidad

 

De haberse cumplido las expectativas de sus padres, aquellas que prefiguraban ver a su hijo vestido con una bata blanca, un estetoscopio colgando del cuello y atendiendo pacientes aquejados de dolencias; de haberse dado aquello que Demetrio Korsi (padre), un inmigrante griego, y Elisa Herrera, panameña, habían vislumbrado, la historia de las letras panameñas se habría visto privada de uno de sus bardos más raizales: Demetrio Korsi. Por fortuna para su generación, y todas las que le han sucedido, la vocación de quien hoy es considerado el iniciador de la poesía afropanameña no fue la medicina sino los versos.

Y eso se hizo mucho más evidente en 1918, luego de que Demetrio Korsi viajara a Nueva York para emprender estudios superiores y desistiera de aquel empeño que no era del todo suyo. Igual suerte corrió su intento de abrazar la carrera de Derecho, a cuyos estudios se aproximó al retornar al terruño, pero que se vio obligado a abandonar por quebrantos en su salud. Años antes ya se venía dibujando con suficiente claridad que su pasión era la palabra escrita. Apenas cumplidos los catorce, Demetrio Korsi había integrado su primer libro, obra que nunca vio la luz pública porque él mismo hizo añicos sus páginas por considerar que no era digno de lectura. Fue un arranque de subjetividad de un poeta joven que antes, inclusive, con tan solo trece años de edad, había traducido un poema del distinguido escritor francés Víctor Hugo.

Ambas hazañas, el libro y la traducción, se dieron mientras cursaba estudios en las aulas del Instituto Nacional de donde egresó como bachiller en humanidades. En ese “Nido de Águilas”, Korsi contó con la animación de dos destacados intelectuales panameños: Guillermo Andreve, varias veces secretario de Instrucción (ministro de Educación), durante los primeros años de la república, y Octavio Méndez Pereira, a la postre cofundador de la Universidad de Panamá, de la cual fue su primer rector. Habiendo reconocido, muy temprano, las destrezas de Korsi con la palabra escrita, Méndez Pereira lo destacó en su célebre Parnaso Panameño (1916). Aquello fue un aldabonazo para el joven escritor, y de buen modo definió su opción por el papel y la pluma. Demetrio Korsi sintió la inquietud por las letras desde muy temprano.

Fue en el Colegio del Istmo, y en la Escuela Pública, regentada por los Hermanos Cristianos, donde mostró su interés iniciático. Téngase en cuenta que ya había sido discípulo de don Nicolás Pacheco en la Escuela Santa Ana, hoy Manuel José Hurtado. Allí se sentó por primera vez en su vida en un salón de clases, un lujo en su caso, porque ese educador, Nicolás Pacheco, quien fuera su primer guía de instrucción formal, a su vez había sido alumno distinguido de la Escuela Normal del Estado, de donde se graduó en la primera cosecha con el título de Maestro de Escuela Superior (1874), y desde entonces se dedicó de lleno a la enseñanza, con un altísimo reconocimiento público. De él recibió Korsi los primeros nutrientes que alimentaron lo que, más tarde, se desplegaría como una extraordinaria capacidad de dibujar, con versos, los avatares cotidianos a los cuales se enfrentaban los hombres y mujeres más llanos del pueblo panameño, durante los primeros años de asentamiento de la república, así como el sentimiento profundamente nacionalista que se fue incoando en ese estrato social, ante la “ruidosa” presencia norteamericana en suelo patrio, a propósito de la construcción y posterior operación y defensa de la Vía de Aguas.

Demetrio Korsi abordó, como el que más, temas de sabor popular y afro indígena, así como la cuestión canalera. Su obra se nutrió del folclor y los ritmos típicos del país. Vivió apenas 58 años (13 de enero de 1899 – 30 de octubre de 1957) aun cuando su producción literaria pudiera sugerir lo contrario. En 37 años editó, por cuenta propia, 19 libros. El escritor panameño Ricardo J. Bermúdez ha dicho que: “si por azar no fue escritor, por dedicarse a escribir llegó a ser poeta, novelista, cónsul y corresponsal en París de una treintena de periódicos y revistas importantes de habla hispana y portuguesa”. Ha sido el propio poeta Korsi quien estableció períodos en su vida, a la luz de su trabajo literario, siempre atendiendo a las circunstancias que lo envolvían a nivel personal. A su entender, fueron tres juventudes, así las calificó, por las que transitó a lo largo de su existencia. En numerosas ocasiones se refirió a sí mismo en esos términos. En su “Poemas autobiográficos” (1926), Korsi confesó su temor de “hacerse viejo”:

No quiero que la Muerte venga cuando las canas ¡coronen mi cabeza!… La ansío, en estas vanas horas, en que yo siento latir de amor mi pecho. La senectud me aterra, transida del despecho que causa estar privado de risas y placeres y con la pena inmensa de ver que las mujeres ofrecen su respeto, y su hombro, y su cariño… Oh, juventud! Oh, impulso magnífico y profundo! Mi corazón se llena de ti, como un mundo… Después de tu alba augusta, después de la estupenda luz que mi frente vierte, mejor alzar la tienda que estar horas, sintiendo que en el alma pasando van los años con majestuosa calma, cual vuelan del otoño los días tristemente. Que caiga fiero el rayo que ha de abatir mi frente, ahora, cuando es negra mi huraña cabellera, cuando a mi paso audaz la tierra se estremece, cuando mi boca siente fiebre de amor que crece y se desborda y se derrama por mí mismo, cual la luz, que con un rayo alumbra un abismo! Oh, juventud magnífica, te adoro… Tuyo he sido, tuyo seré… Prefiero yacer en hondo olvido, que oír cómo rechine mi trémulo esqueleto bajo el saltante brío del cuerpo de mi nieto!

En los hechos, no se hizo viejo ni en su cronología vital ni su trabajo como escritor. Tal como veremos más adelante, se fue de este mundo con una juventud a cuestas, en ambos aspectos. A Demetrio Korsi se le tiene como un poeta de transición entre el modernismo y el vanguardismo. En el primer caso, se trata del movimiento literario que se desarrolló entre los años 1890-1910, fundamentalmente en el ámbito de la poesía, que se caracterizó por una ambigua rebeldía creativa, un refinamiento narcisista y aristocrático, un exacerbado culto a lo cosmopolita y una profunda renovación estética del lenguaje y la métrica. Distinto, el vanguardismo se mostró como una suerte de antítesis a lo moderno, exhibiendo una amplia libertad de expresión, que se manifestó a través, entre otros, con la alteración de la estructura de las obras, abordando temas tabú y desordenando los parámetros creativos. En la poesía se rompió con la métrica y cobraron protagonismo aspectos antes irrelevantes. En su primer libro Los poemas extraños (1920), publicado en Panamá, Korsi luce aún modernista, pues, como corriente, ésta se mantenía vigente en esta parte del mundo, con Rubén Darío a la cabeza. No en balde, el bardo panameño lo invoca en “Anochecer de amor”, una de las piezas que aparecen en ese primer compendio en el cual combinó trabajos tanto en verso como prosa:

Hermano Poeta, Supremo es el arte, La lira es eterna y el canto inmortal. Y nada es más alto que nuestro estandarte ni nada es más bello que nuestro ideal.

En “La muerte del rapsoda”, Korsi se decanta por esa misma métrica cuidada, propia del modernismo, exhibiendo toda la musicalidad que esa corriente fue capaz de expresar a través de sus cultores, y, desde luego, supremamente refinado. Este es el Korsi iniciando su primera juventud:

…la lira, todo el amor sublime y la tristeza y el corazón amante que suspira, y la suprema gloria; la belleza!

Leyenda Bárbara (Panamá, 1921), el segundo libro que publicó Demetrio Korsi, continuó por la misma senda del trabajo que le antecedió. El talante de los versos fue la grandilocuencia, con una vestimenta de diseño muy elaborado.

A lo largo del desarrollo y la evolución de la literatura panameña se ha alcanzado un consenso que reconoce en ambas publicaciones una importante contribución al modernismo en nuestro medio. En 1923, si bien Korsi continuó mostrándose modernista con la publicación de su tercer libro Tierras Vírgenes, ya se advierten en él signos de cambio, los cuales reciben la atención de su gran mentor, y quien ejerciera sobre él una influencia fundamental: José Santos Chocano, escritor peruano que reclamó para sí el título de poeta de América. Santos Chocano, hasta entonces modernista pero que aspiraba a una poesía más cercana a nuestra América, celebró a Korsi cuando éste comienza a transitar por la posmodernidad literaria e inicia su aproximación al vanguardismo. “Así me complace tal cual nota vernácula de profunda emoción exaltada fantasía con que la lectura de su libro me hace esperar que, al fin, la literatura de América deje de dar la impresión de una literatura de inmigrantes” le dice Chocano a Korsi en un párrafo de una carta que apareció en la segunda edición de Tierras Vírgenes, publicada en San Francisco, California, en 1924.

La referencia es muy importante porque deja en evidencia la mudanza que se está operando entre algunos modernistas (Chocano lo fue de manera relevante) hacia lo que a la postre se instalaría con firmeza en América Latina: la vanguardia. Traslucía en el comentario de Chocano sobre una literatura que parece de “inmigrantes” que ya se iba abandonando el modernismo “azul” y se extendía una abierta invitación a cultivar una poesía auténticamente de la región; con menos ataduras a otras geografías.

En efecto, en Tierras Vírgenes ya se observa a un Korsi que ha puesto la mirada sobre su horizonte más inmediato, América, el continente, y también en su patria. Este cambio en su horizonte de visibilidad se expresa sin ambages en “Al istmo de Panamá”, donde sustituye la retórica modernista por un lenguaje más llano y un estilo más espontáneo, de nuevo, una de las características del vanguardismo literario emergente para entonces. Korsi está cambiando de piel literaria. Ahora, su voz expresa una honda preocupación por lo que le está aconteciendo a su “republiquita microscópica, ombligo del mapamundi”, como se referirá a la patria que él siente va quedando asfixiada por intereses foráneos que se proyectan desde el Norte:

Este pedazo de suelo fértil que une dos Continentes, es mi suelo natal, es el Istmo pequeño donde cien razas crúzanse para oír el rumor del Canal, es el país de la leyenda de oro que los indios nombraban Panamá. Vedlo: es el trozo republicano más pacífico y joven de la América actual:

es el trofeo codiciado por el instinto del Titán: es el objetivo de la mirada ansiosa de los que, en nombre de la Libertad crearon la doctrina monroniana para ahuyentar los lobos de la Europa feudal. ¡Oh, republiquita microscópica, ombligo del mapamundi, brújula de la eternidad, hacia ti van las naves en un apocalíptico furor de velocidad, porque eres mimosa como flor de los trópicos, porque tienen tus playas la atracción del imán! Faro de los Atlánticos, puente de la inmensidad, ya todo tu destino lo adivinó Bolívar en una visión genial y el porvenir que piensa para ti tu Poeta es el panorama enorme de la Urbe continental…! Los vientos te abanican; y lame tus arenas como un esclavo el mar; las águilas habitan tus montañas y en el Barú abrillanta sus iris el quetzal, que se vino, en las épocas prehistóricas, para amarte, en un vuelo monstruo, del Anahuác. Tu cosmopolitismo se desborda en tus muelles en remolino audaz, y en las mil tribus errantes de tus cincuenta inmigraciones se oyen carcajadas de abismo, se oyen crujidos de tempestad. ¡Por ti se ve al futuro humano diminuta ventana universal! Y no eres de la leva de una raza de siervos. Lo que ocurrió en tu infancia tenía que pasar.

Pero que el tigre suelto no sangre a la gacela pues la gacela entonces morderá, ni que la vela gigante juegue con el soplo leve, porque ese soplo bien pudiera ser el pretexto de un huracán.

Aquí ya se asoman dos temas que, en adelante, se presentarán como constantes en la obra de Korsi: la cuestión racial y el sentir nacional, a partir de la construcción del Canal y la consiguiente presencia norteamericana en Panamá. Aristides Martínez Ortega, escritor y crítico literario panameño, sostiene que Korsi pertenece a la primera generación del momento vanguardista, compuesta por los poetas nacidos entre 1890 y 1904, cuyo período de gestación es de 1920 a 1934, y cuya vigencia se fija de 1935 a 1949.

Lo acompañan, dice Martínez Ortega, Moisés Castillo (1899), Rogelio Sinán (1904) y Lucas Bárcena (1906). La primera juventud de Korsi, que se cumplió entre el 29 de enero de 1916 y el 14 de octubre de 1924, cuando recibió su diploma de bachillerato en el Instituto Nacional, el “Glorioso Nido de Águilas” un plantel emblemático de la educación panameña de cuyas aulas han egresado los más aguerridos defensores de la nacionalidad y de los intereses de los sectores populares de la nación panameña. De ese histórico bastión de la juventud sale Korsi, sin duda, impregnado de ese espíritu rebelde que no tardaría en reflejarse en sus versos. Para entonces ya había cumplido 17 años de edad. En ese espacio de ocho años que él mismo define como el inicio de su andar literario, Korsi produjo cinco libros. De esta etapa primaria son las tres obras antes comentadas, una de ellas, Tierras Vírgenes, con dos ediciones, a las que habría que sumar los poemarios Bajo el sol de California y Los pájaros de la montaña, ambos publicados en 1924.

Esos primeros trabajos forman parte de lo que se podría calificar como el “lance” de Korsi. Y si bien la crítica literaria ha señalado que su obra inicial, así como la que produjo en las postrimerías de su vida no fue lo mejor que salió de su pluma, en las primeras deja sonar la voz de un joven escritor, un poeta que se atreve y que está decidido a hacerse escuchar. Seguramente, ese arrojo muchachil, esa extremada confianza en sí mismo, la fue afianzando con su contacto, a muy temprana edad, con lumbreras literarias que pasaban por Panamá, tales como Julio Flores, Rubén Darío, Máximo Soto Hall, el general Rafael Uribe y Francisco Villa-Espesa. Con todos estableció ligas de amistad. El Hotel Central, ubicado frente a la Catedral Metropolitana y a un costado del Parque de la Independencia, era un sitio al cual acudía Korsi con cierta regularidad pues allí solían hospedarse aquellos personajes cuando visitaban el país. Además del padrinazgo de Santos Chocano, el aeda santanero se inicia en el oficio de escribir muy apegado al poeta y periodista Gaspar Octavio Hernández, que se inmortalizará en las letras panameñas, entre otros, por el “Canto a la bandera”.

Después de su muerte, acaecida en 1918, se hizo una recopilación de los mejores versos de Gaspar Octavio Hernández y se publicaron bajo el título La Copa de Amatista, con un exquisito prólogo de Korsi que ya exhibe prematura calidad como un periodista en ciernes, destreza que desarrollará después, a partir de entrevistas y relatos de encuentros con muchos intelectuales y cultores del arte. Gaspar Octavio Hernández fue contemporáneo de Korsi. Nació en la ciudad de Panamá, el 14 de julio de 1893, de origen muy humilde. Fue el más joven de los poetas primogénitos de la República y también el más sometido al influjo modernista. No recibió instrucción formal alguna y todo lo que supo e hizo en vida como corrector, verificador de textos, editor de revistas y poeta se lo debió a sí mismo. Era un perfeccionista autodidacta. Demetrio Korsi lo clasificó de “gran poeta negro, doloroso, exótico, sincero y desventurado que murió a los 25 años ahogado por violenta hemoptisis, en el despacho de La Estrella de Panamá, periódico del cual era jefe de redacción”.

Hasta aquí vemos a un Korsi “inquieto”, que se ha echado a andar, afirmando sus primeros pasos en el arte de escribir, abriéndose camino, logrando cierta notoriedad. Korsi está viviendo su primera juventud. Es un momento importante; el parto de un poeta que irá creciendo. Y así fue, en efecto. Los trabajos de mayor merecimiento de Demetrio Korsi despuntaron a su retorno al país, al cabo de cumplir con varias designaciones en el servicio exterior de Panamá, la primera como cónsul en San Francisco, Estados Unidos, por una deferencia del presidente Belisario Porras, en el año 1923, nombramiento oficial al que seguirían otros en las ciudades francesas de El Havre, Burdeos y Marsella, y en Kingston.

Ha sido el propio Korsi quien estableció como referente que marca el final de su primera juventud aquel 14 de octubre de 1924, al momento en que levanta anclas del muelle de Cristóbal el barco Delft que le llevaría a Francia, “a ver bailar el cancán” diría. La expresión de Korsi hace referencia al baile que estaba de moda, en el momento, y que ganó buena reputación entre la bohemia en París, por la libertad en su ejecución. Al cancán lo acompañó con mujeres de ensueño y vinos sofisticados. Ese fue el ambiente a cuyo encuentro se lanzó Korsi. En esa atmósfera de muchísima efervescencia, por describirla de algún modo, se movían figuras que ya contaban con buen nombre en las letras, la pintura y el arte en general. Esa estadía en Europa, que se prolongó por ocho años, contribuyó a su crecimiento intelectual.

Así como marcó el punto que puso fin a su primera juventud, se sabe, con precisión, el momento en que se inició la segunda juventud del bardo panameño de ascendencia griega. Según sus propias palabras “comienza exactamente a las doce del día 6 de abril de 1925, cuando en el D’Harcourt conocí a Enrique Gómez Carrillo”. Y dura “hasta el 15 de noviembre de 1931, cuando al filo de las 7 y cuarto de la noche mi querida Marcelle Mercier se dio el tiro en la sien derecha, parada frente al espejo de nuestro apartamento de la Rue Delambre”.

Como se advierte, Francia fue, en varios sentidos, una experiencia de vida para Demetrio Korsi. El encuentro con el escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, modernista de cuerpo entero y quien ya era toda una celebridad a ambos lados del Atlántico, fue un acontecimiento de marca mayor en la vida de Korsi. Tuvo la oportunidad de entrevistarlo en la intimidad de su departamento parisino. En un reporte periodístico fechado en septiembre de 1925 narra el hecho en detalle:

Llegué hasta la rue de Castellone, donde él mora. Entré en la casa  —un edificio de austero aspecto y lujo severo— y subí las escaleras hasta encontrarme frente a la puerta del piso que ocupa, a intervalos, cuando está en París, el estilista de áurea pluma. No puedo negar que, frente al timbre de su apartmento, en el instante de ir a tocarle para llamar, sentí un ligero recelo, esa involuntaria sensación de religioso temor y agradable sorpresa que se experimenta cuando se conoce a un hombre ungido por la celebridad. Yo sabía de su amabilidad por referencias que de él me hicieron excelsos poetas y periodistas de América, y de otros amigos en París —pintores, bohemios, escultores— quienes me habían dicho: —Vaya usted a verle. No le pesará. Es una gran persona. Recordé estas palabras y, sin vacilar, oprimí el botón eléctrico. Rodó un minuto en el tiempo; un caballero me abrió la puerta. Reconocile de una vez, aunque no llevaba ya los mostachos de sus fotografías clásicas: era Enrique Gómez Carrillo, el autor de tantos libros magistrales, soberbios, únicos. Me tendió la mano, me hizo pasar a su salita, me ofreció un cómodo “fauteil”, reclinóse él sobre un sofá cercano, y, como si hubiéramos sido camaradas de antigua confraternidad, me preguntó, al manifestarle cuál era mi patria: —Y ¿cómo está Panamá?

A medida que avanzaba en el relato de la entrevista, Korsi ofrecía más elementos que revelaban la trascendencia de ese encuentro con Gómez Carrillo. Al final, escribe:

Estoy contento. Con mucha razón. Acabo de charlar, como un viejo camarada, téte a téte, durante dos horas, con Enrique Gómez, quien es —cosa que deben saber mis lectores—, el primer cronista de Hispano-América y del mundo, para orgullo y regocijo de los que hablamos español.

Con Ramón Gómez de la Serna ocurrió otro tanto. El encuentro de Korsi con el novelista español le causó una gran impresión:

Lo conocí una noche de fines de enero, en la terraza del Dome, recién llegado de España. Llegaba el ilustre escritor a París, a hundirse por algunos meses en este ambiente tan extraño a su personalidad. Quería huirle a Madrid, a la Puerta del Sol, a España. Pero estas tres entidades lo tienen y lo tendrán aprisionado entre las mallas del recuerdo. “La patria —dijo el poeta panameño— es el recuerdo.” …Y Ramón, brillante y gracioso como un torero andaluz en su corrida de gala, con su cara redonda y bien afeitada, con su corbata nueva, su camisa muy limpia y muy blanca y su vestido de perfectas rayas y disciplinados pliegues, daba la impresión sana de un rentista satisfecho de sus rentas. Después, cuantas veces le he visto, he tenido de él la misma impresión, que desvirtúa la leyenda de los literatos sucios, de indumentaria astrosa, etc. Y corroborando que aquel era el famoso Ramón Gómez de la Serna, un talento y una gloria de España, la greguería fluía burbullante y regocijada de la boca del maestro. Así le conocí. […]

Korsi se está codeando con figuras de primera línea cuyos trabajos son altamente demandados por las casas editoriales en Europa. Es un momento de lujo que no dejará de aprovechar al máximo. Está absorbiendo de ellas y mostrando a través de sus entrevistas que él también quiere crecer, ser grande, alcanzar esas alturas en el oficio de escribir.

En esos intercambios, Korsi no solo interroga sino que aprovecha el privilegio de estar sentado frente a semejantes referentes mundiales y les hace saber su interés por el curso de la política en América Latina; platica sobre su tierra, bañada por dos océanos y atravesada por un canal que han construido los estadounidenses en suelo ajeno, y advierte acerca de esa situación que ya ha generado roces entre ambos países. Al muy distinguido escritor y filósofo mexicano José Vasconcelos, a quien alcanzó a entrevistar en París, le deslizó: “¿Cree usted que en América existen en la actualidad algunos despotismos? ¿Piensa usted que algún día los Estados Unidos intentarán convertir a la actual República de Panamá en una colonia, como lo es Puerto Rico? Otra figura de talla grande de la cultura, en la primera mitad del siglo xx, con el cual Korsi trabó amistad y departió durante su estancia en el viejo continente fue Foujita, sobre quien escribió un artículo exaltándolo como “el pintor más célebre del mundo”.

Es París, 1926. Este es Korsi, deslumbrado:

[…] Foujita, tiene en la actualidad cuarenta y cuatro años y ha llegado al apogeo de la fama mundial, es un hombre de escasa estatura. Viste ahora a la inglesa. Tiene el cabello recortado en línea recta sobre los ojos, y usa lentes de carey. Le conoce todo París. Ha casado y divorciado tres veces. Ha obtenido los más altos premios por sus obras y es caballero de la Legión de Honor. Su alma, semioriental, semioccidental, con todos los atavismos del Japón antiguo y los esnobismos del París moderno, es compleja e ingenua. La vida le ha sonreído y él sonríe, reflejamente, contento de sí mismo y de su lápiz, que le entregó la fama con unos cuantos trazos sobre una tela blanca.

Desde luego que el artículo es más extenso y apenas se ha transcrito una ínfima parte de él, suficiente como para reafirmar esa otra veta que desarrolló Korsi, la de periodista, y que le valió las múltiples corresponsalías que le fueron confiadas. En ese andar periodístico entrevistó a Mahatma Gandhi, Alfonso XIII, Carlos Gardel, la Princesa Sarawak, y otros, todos de la más alta estatura en sus quehaceres respectivos. Esas entrevistas cuya calidad resulta incuestionable, y con una gran recepción entre los lectores, se reproducían en Madrid, Buenos Aires, México, Río de Janeiro, Lima, Santiago de Chile, La Habana, Lisboa y Nueva York. Sí, París.

Allí donde Korsi departió en fragorosas tertulias literarias, con grandes escritores, pintores, músicos, políticos, intelectuales mayores como el poeta guatemalteco Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, cubano ya notable; Cotapos, el gran Acario de Chile; Uslar Pietri, intelectual venezolano; Picasso, el pintor más discutido del mundo. Fueron tan intensas aquellas jornadas de letras, vinos y mucho más, que Korsi habría de escribir el primero de enero de 1931: “Hay que vivir una de estas noches orgiásticas e irremplazables, única, de alta bohemia y locuras digna de los veinte años, para saber la tristeza de tener que decir alguna vez: ¡Adiós, don París!”.

En esa segunda etapa de su vida, siempre joven, Demetrio Korsi engrosó su bibliografía, básicamente con trabajos reeditados, que quedaron plasmados en cuatro nuevas obras: El viento en la montaña (1926), El amor, fuerza universal (1926), El palacio del sol (1927) y Antología de Panamá, parnaso y prosa, todos publicados en París, salvo la última que fue privilegiada por la Editorial Maucci, de Barcelona, e incorporada a su colección de antologías hispanoamericanas. Durante los años que Korsi estuvo en Europa, y no obstante haber contraído matrimonio en 1926, en El Havre, con la francesa Angela Julian, con quien tuvo una hija, su alma y su pluma estaban del otro lado del Atlántico: en Panamá. Esto queda absolutamente evidenciado en su “Parque de Santana” (1928), poema que antecede al de Demetrio Herrera Sevillano, que lleva el mismo título.

Allí Korsi se devela autobiográfico y asido de lo vernacular:

Parque de Santa Ana, Por tu pasado y por el porvenir, ¡el primer monumento nacional! La Iglesia se yergue mirándote, anoche un negro se casó; iba vestido de guantes blancos y una sonrisa blanca. Mi padre fue un trabajador, un capitán de dragas, un lobo de mar. ¡Salud capitán! En el rompeolas hay algo de sus bíceps, pulseaba las mareas, era un experto en horizontes. ¡Salud capitán! Me infunde pensamientos profundos el hombre que llegó en aventurero para engendrar el hombre que le canta al Canal. ¡Canal! Guión de inmensidades, Norte, sur, este y oeste. ¡Oh, grúas, que desentrañan los Andes! ¡Oh, esclusas, matrices del progreso! El mundo es Panamá… ¡Campanas de Santa Ana! Más dulces que los ángeles, nos cantaron la primera canción y acaso acompasen la canción del olvido con el adiós de las palmeras. El parque de Santa Ana es el pueblo, el verdadero pueblo. Cordialmente allí somos amigos y enemigos, nos queremos y odiamos con fraternidad.

La Iglesia nos vio a todos pequeños. ¡Cuán inverosímil la infancia! ¡Quién pudiera vivirla otra vez, en ti como entonces, parque de Santa Ana, levadura de Panamá! ¡Soy el poeta del barrio de Santa Ana! Ese es mi orgullo. Aquello es mío. El carretero ha sido mi compañero, la sirvienta ha sido mi camarada. Yo conozco los blancos, los negros, los mestizos; a cada cual le sé su vida y milagros. Soy auténtico, soy trascendental. Soy un pedazo del pueblo. ¿Quién no me conoce en Panamá? Desde el limpiabotas al Presidente.

Korsi vivió, en todo el sentido que esa palabra pueda tener, en Santa Ana, uno de los barrios más populares y emblemáticos del centro urbano de la ciudad de Panamá, que fuera fundado el 29 de abril de 1915, bajo la presidencia de Belisario Porras. Ese espacio de la ciudad recibió su nombre gracias a que, en 1678, se construyó en el lugar una ermita consagrada a Santa Ana.

A su alrededor se congregaron viviendas de gente humilde (negros, mulatos e indios) que se dedicaban a diversos oficios. El sitio siempre fue considerado como el arrabal del vecino barrio de San Felipe. En “Parque de Santa Ana” Korsi no solo recrea el entorno físico del cual participaba cotidianamente, y que fue estructurando su personalidad y definiendo el contenido de su trabajo literario, sino que convierte ese pedacito de su suelo patrio en un referente, a su juicio, capaz de resumir múltiples aspectos de la vida nacional. En ese hacer y decir, el poeta no esconde su adscripción social e identidad de clase, y se coloca allí donde siempre se supo parte: entre los del arrabal.

Por su origen, ya que dio cabida a los desposeídos asentados en extra muros, Santa Ana se forja como un bastión de luchas libertarias populares, a diferencia de San Felipe, cuna de la independencia y de la aristocracia pudiente y dominante. Santa Ana fue el hogar de Korsi al igual que de grandes personajes de la historia panameña. Francisco Javier de Luna Victoria y Castro, el primer obispo que se dio el Istmo, fue santanero. Igual lo fueron grandes caudillos populares que se destacaron durante la época de la anexión de Panamá a Colombia, como el general José Domingo Espinar, secretario del libertador Simón Bolívar y Buenaventura Correoso, dirigente del arrabal y el caudillo más popular del siglo xix, quien llegó a presidir tres veces el Estado Soberano de Panamá. Próceres de la talla de Mateo Iturralde y Juan Mendoza, que asumieron la defensa de la integridad del Istmo, fueron hijos notables del barrio de Santa Ana.

También emergieron de ese entorno cotidiano que rodeó la vida de Demetrio Korsi estadistas como Justo Arosemena, Carlos A. Mendoza, Domingo Díaz y Pedro A. Díaz. En efecto, Santa Ana fue la cuna de extraordinarias personalidades políticas, fogosos oradores y destacados periodistas. Entre los primeros habría que nombrar a José Llorente, a la par de comunicadores sociales como José Sacrovir Mendoza. Amelia Denis de Icaza, Demetrio Herrera Sevillano y Gaspar Octavio Hernández, gente de fina pluma, fueron vecinos de ese espacio al cual Korsi dedicó las letras del poema que lleva el nombre de la célebre ermita edificada en el siglo xVii. Por qué no decir, también, que Santa Ana fue el hogar donde pasaron sus primeros años de vida los expresidentes Daniel Chanis, Harmodio Arias Madrid y Aristides Royo Sánchez.

Demetrio Korsi fue un estudioso del pulso popular y eterno enamorado del barrio de Santa Ana. En ese sentido ¿será acaso presuntuoso afirmar que Korsi fue el bardo panameño del siglo xx con mayor cercanía a los estratos más humildes del país?

En lo particular, pienso que no se exagera de modo alguno cuando eso se afirma, por el contrario, me parece que es un sitial muy bien ganado y que encuentra el mejor fundamento en su producción literaria. Junto a otros panameños que mostraron muy buen dominio de los versos, y en cuyos trabajos se expresa un inocultable amor por los socialmente menos favorecidos, como Gaspar Octavio Hernández, considerado su “amigo mayor” y “guía literario”, Demetrio Korsi dejó plasmada en su obra una extrema sensibilidad por la cuestión social. Korsi es el poeta del barrio, y no es esta una frase frívola.

Él, como el que más, le dedicó todo su ser a ese espacio vital; le entregó todo al arrabal, y colocó a su gente, a esos descamisados de piel oscura que en ella compartían vecindad, en el corazón de sus versos. Los del arrabal, con Korsi, se hicieron protagonistas en el terreno de las letras, uno que el poeta entendió se traducía en un escenario propicio desde el cual podía catapultar a quienes tanto amó. Y lo hizo con creces. Demetrio Korsi nació al filo del alumbramiento de la república. En consecuencia, su infancia y adolescencia discurrieron al calor de los primeros años de un Panamá que recientemente se había separado de Colombia (1903), y en cuyo territorio se construía una de las más portentosas obras de ingeniería que se habrían de producir en la era moderna: el canal de Panamá. Esos dos hechos, sobre todo el segundo, tendrían una influencia determinante en su persona y, en definitiva, en su producción literaria por cuanto en torno a la magna obra aludida se tejieron condiciones políticas, económicas y sociales en el país, particularmente en las ciudades terminales de Panamá y Colón, que nutrieron de contenido y se vieron reflejadas en la mayor parte de lo que escribió.

La posición geográfica de Panamá hizo que ella exhibiera su carácter heterogéneo como sociedad desde época tan temprana como la colonia. El Istmo se ha visto poblado de gente de diferentes orígenes. Basta tener presente la impronta de africanos esclavizados que fueron “incorporados” a esta formación económico-social por la corona española. Así, ya en el siglo xVii, burócratas, militares, marineros, artesanos, comerciantes, tenedores de tierras, especuladores venidos de muchos lares, ya hacían parte de estas tierras. Al cabo de la separación de Colombia y el inicio de las obras de construcción del Canal por los norteamericanos, este carácter heterogéneo de la sociedad panameña aumentó de forma considerable, dado el gran número de mano de obra que requirieron los trabajos y el desplazamiento de ella, desde distintas latitudes dentro y fuera del continente, hacia nuestro suelo.

Para esos propósitos, a nuestras costas arribaron españoles, griegos, italianos, indios, turcos, sirios, entre muchas otras nacionalidades. Velma Newton, una notable historiadora e investigadora barbadense, en una muy difundida obra suya que lleva por título Los hombres del Silver Roll: Migración Antillana a Panamá 1850-1914, ha dicho que ninguna de esas migraciones tuvo un impacto tan duradero sobre la sociedad panameña como aquellas procedentes de las Antillas Británicas: “De unos cuantos cientos en el decenio de 1850, la comunidad creció hasta convertirse en 1920 en el grupo extranjero más numeroso con cerca de 36 000 personas, de las cuales aproximadamente 4 000 vivían en la Zona del Canal y las 32 000 restantes representaban el 31% de los 103 876 habitantes de la República de Panamá”. Aquello significó una diversidad étnica que fue conformando el tejido social de la naciente república, proceso que no estuvo exento de dificultades y que, por el contrario, fue dibujando una sociedad de marcados contrastes.

Durante sus primeros años de vida, Demetrio Korsi fue testigo de todo ese proceso extremadamente abigarrado de edificación de un país cosmopolita en el cual se fueron asentando múltiples grupos humanos y se constituyeron, con mayor demarcación, distintos estratos sociales cuya interacción, en muchos casos, devenía en desencuentros de distinta índole, ya fuesen estos de orden económico, político, social o cultural.

A lo anterior, y por virtud del Tratado Hay–Bunau-Varilla, firmado el 18 de noviembre de 1903, se le sumó el establecimiento de la Zona del Canal, un territorio de los Estados Unidos enclavado en el centro del país, que consistía en el canal de Panamá, sus tierras y aguas circundantes. Tenía un área de 1432 km² y se extendía a 8,1 km a cada lado del canal (se excluían las ciudades de Panamá y Colón, que parcialmente se encontraban en ese rango). Las fronteras de este territorio dividían el país en dos partes, y se erigió en ella una estructura administrativa propia de una colonia.

La gobernación de la Zona del Canal controlaba el territorio, en una especie de compañía colonial que aplicaba la segregación racial a quienes trabajaban dentro de ese territorio, conocido como Gold Roll y Silver Roll. Los trabajadores incluidos en el Gold Roll eran los norteamericanos con posiciones importantes dentro de la Compañía del canal de Panamá. Los trabajadores bajo el sistema del Silver Roll, con subjefaturas y puestos pocos claves para el funcionamiento del canal de Panamá, siendo en su mayoría panameños o de otras nacionalidades. Todos trabajaban para la Compañía o para el Gobierno de la Zona del Canal. No había tiendas independientes, los bienes de consumo eran comprados y vendidos en una serie de tiendas auspiciadas por la Compañía llamadas comisariatos.

La Zona del Canal tenía su propia fuerza policial, cortes y jueces, compañía telefónica con código de área propio, compañía de electricidad, agua potable, bomberos, hospitales, granjas, escuelas segregadas entre blancos (zonians) y no blancos, lugares de diversión, cines y teatros, cafeterías, canchas de bolos y tenis, campo de equitación, y campos de golf. El jefe de la Compañía, que era miembro del Cuerpo de Ingenieros del Ejército de los Estados Unidos, también ocupaba el cargo de gobernador de la Zona del Canal. No había casas con dueños propios; en cambio se rentaban las casas que eran asignadas por la Compañía.

Demetrio Korsi vivió el inicio y el desarrollo temprano de la instalación de ese enclave que se sustanció con la presencia de miles de soldados estadounidenses acantonados en bases militares permanentes en la franja canalera, más, con una fuerte impronta en las ciudades terminales de Panamá y Colón, donde se desarrollaba una parte importante de sus “vidas nocturnas” que muchas veces colisionaban con aquellas del arrabal santanero. Esta es la visión que tiene Korsi de Panamá, y que luego lo llevaría a poner en papel:

Gringos, gringos, gringos… Negros, negros, negros… Tiendas y almacenes, cien razas al sol. Cholitas cuadradas y zafias mulatas llenan los zaguanes de prostitución. Un coche decrépito pasa con turistas. Soldados, marinos, que vienen y van, y, empantalonadas, las cabaretistas que aquí han descubierto la tierra de Adán. Panamá la fácil. Panamá la abierta, Panamá la de esa Avenida Central que es encrucijada, puente, puerto y puerta por donde debiera entrarse al Canal. Movimiento. Tráfico. Todas las cantinas, todos los borrachos, todos los fox-trots, y todas las rumbas y todos los grajos y todos los gringos que nos manda Dios. Diez mil extranjeros y mil billeteras… Aguardiente, música… ¡La guerra es fatal! Danzan los millones su danza macabra. Gringos, negros, negros. Gringos… ¡Panamá!

En 1935 Korsi publica una nueva obra que tituló Cumbia. Allí, vuelve a mostrarse como un poeta innovador, que ya ha ido abandonando sus inicios modernistas, con toque romántico. El poema que da nombre al libro se había publicado en su libro anterior, Block, en el cual Korsi se desmarcó con atrevimiento, identificándose abiertamente como vanguardista. Ya eran otros los temas; la técnica había cambiado y los aires se refrescan en nuestro poeta. El verso es libre, en ocasiones desprovisto de lógica; se aprecian muchos malabares y juegos con la métrica, de la que queda muy poco. Por ejemplo, en “Lone Liness” se dice: Toda la noche agazapado / frente a una taza de café / ¿por qué se tiró del sexto piso mi ecuanimidad? / Multipliqué mis canas por mi neurastenia / igual 33 años”.

Al referirse a Cumbia de Demetrio Korsi, la crítica ha coincidido en subrayar la influencia de la llamada poesía negra, alentada por la nueva estética y popularizada por poetas como Luis Pales Matos (1898-1959), quien desarrolló una visión de la cultura negra puertorriqueña integrada dentro de la originalidad de su obra de sonidos armoniosos, y el cubano Nicolás Guillén (1902-1989), conocido como el poeta del son, ritmo y baile típicos de Cuba. En ese camino, don Fernando Ortiz Fernández (La Habana, Cuba, 1881-1969), estudioso de las raíces histórico-culturales afrocubanas, explica que palabras como Kumba, Kumbé y Kumbí se castellanizan sustituyendo la letra “K” por la letra “C” y se denominan en el género de “Tambores o Bailes”.

Cumba – Kumba, palabra africana de las tribus Bantú, que significa “rugir, escandalizar”. Agrega que cumbé, cumbia y cumba, eran tambores de origen africano en las Antillas. Demetrio Korsi está bebiendo de esas fuentes. Ya había entrevistado en París al joven escritor cubano Alejo Carpentier (19041980) quien anunciaba la proximidad de la primera edición de su novela Écue-Yamba-Ó publicada en 1933, obra que narra la vida de Menegildo Cue, un negro cubano en los primeros años del siglo xx. Posteriormente, y no será por pura reciprocidad sino porque su andadura en los afanes literarios había logrado trascender las fronteras de Panamá, Korsi es objeto de una cita de parte de Carpentier en el prólogo de sus Obras Escogidas, un hecho que no debe pasar apenas como un detalle, pues resulta que Alejo Carpentier es considerado por la crítica como uno de los escritores fundamentales del siglo xx en lengua castellana, y forma parte del grupo de artífices de la renovación literaria latinoamericana, en particular a través de un estilo que incorpora varias dimensiones y aspectos de la imaginación para recrear la realidad, elementos que contribuyeron a su formación y uso de lo “real maravilloso”. En Cumbia de Korsi están volcadas todas las influencias de la poesía de la africanidad que despuntaba en nuestra América en la década de 1930. Él las interioriza, las une a su experiencia cotidiana en el arrabal, y las lleva de la mano junto a su grito por la preservación de la integridad de la patria, por la salvaguarda de la panameñidad.

Los trabajos que se integraron en este libro expresaban la maduración que había alcanzado el profundo sentimiento nacionalista y antiimperialista que se fue incubando en Korsi a la luz, como ya se ha dicho, de la presencia de miles de soldados norteamericanos en suelo panameño, y el andamiaje colonial que se estructuró en la franja del Canal. A “Cumbia” se la reconoce como una importante contribución a la poesía panameña entre otras razones, además de las ya expuestas, por la incorporación de términos del habla popular de los panameños y las bien logradas pinceladas que dibujan la escenografía del Panamá con sabor popular de la época:

La cumbia se baila al son

El negrito Chimbimbembe y la negra Cumbimbamba bailan la cumbia al son de sus caderas mulatas… Sudor fuerte y carnaval, con aguardiente y con ron,en el patio de los congos y el barrio del Marañón. ¡Cumbia!, con tambor y vela, que es alma del arrabal, canción de sangre, que moja las esclusas del Canal. ¿Adónde voló el cuchillo con que mataron al gringo? ¡Y nadie supo quién fue…! (La noche borracha es cómplice ¡y no sabe hablar inglés!) ¡Cumbia!, música que alegra con aguardiente y con plata! tu alma es dura, triste y negra, y tu noche siempre mata. ¡La cumbia se baila al son de unas caderas mulatas!

La cumbia panameña, mayormente cultivada en la península de Azuero y la provincia de Veraguas, es un ritmo y baile que surge del sincretismo musical de los negros procedentes de África, los pueblos indígenas y los españoles (andaluces y gallegos) durante la Conquista y la Colonia. Es un género musical extendido a lo largo de la geografía panameña dando como resultado la existencia de una gran cantidad de variantes que van, desde las de influencia netamente negra, pasando por las que poseen elementos indígenas, hasta las de características predominantemente europeas. En Korsi está claro que él quiere rescatar el componente africano de ese género y representarlo en su poesía, otorgándole una simbología que interprete lo nacional.

La cumbia en el discurso poético de Korsi es la negritud; es el arrabal santanero; es el sentimiento de rechazo ante el coloniaje de nuevo cuño, el del siglo xx; el que encara su patria ahora bajo ocupación de los rubios del Norte, a quienes Korsi opone la piel oscura como expresión de resistencia. En esta batalla que libra el poeta desde la trinchera de los versos, la evocación de la negritud se alza como la primera línea de defensa de la identidad nacional. El arrabal, como fuerza social, asume una posición de vanguardia.

Así la concibe Korsi en su visión antiimperialista. Y todo aquello se hizo como quien escribe en el pentagrama, pues Korsi musicalizó la poesía panameña. Podemos leer, y al mismo tiempo escuchar, las melodiosas líneas que suenan en los versos que arma para componer “Pirulí”, un descriptivo recorrido por el barrio. Quién mejor que Korsi para abordar la cotidianidad, lo popular. En este ejercicio hay que tener presente, siempre, que ese es el espacio en que mejor se mueve Korsi.

Cuando chico, conocí a Pirulí el caramelero más marullero. de Calidonia hasta Chiriquí, “Y el Pirulí, y el pirulí, lo traigo aquí, coloradito, blanquito, azulito, negrito”. ¡Pregón que nos sacudía! ¡Grito del caramelero en la plaza y en la vía! De todo color tenía, de todo sabor casero, (¡Y con poco dinero!). ¿Pan de dulce? ¿Panelas? ¿Maní? ¿Sopa borracha? ¿Alfajor? ¿Cocada o ajonjolí? ¡Nada de eso, señor!: Caramelo al comprador ¡era todo Pirulí! Cierro los ojos, y por introspección baladí, lo veo como lo vi y lo oigo como lo oí. Cuando Pirulí pasaba sonando su campanilla y disparando su pito, Malambillo se alegraba como un barrio de Sevilla. “Y el Pirulí, coloradito, blanquito, azulito, negrito, ¡Lo traigo aquí!” Y un tumulto de muchachos, vagos, pillos y jayanes, brotaba de los zaguanes, e iba tras él: los borrachos lo increpaban, y los canes le ladraban; le seguía y repetía su grito espectacular, la batahola escolar; y en ruidoso frenesí la calle se estremecía al grito de Pirulí

“¡Y el Pirulí, y el Pirulí lo traigo aquí!” ¡Y qué clientela! ¡Qué gente! chinos, chancleteras de Barrio Caliente, de Juan Ponce las playeras, del Chorrillo pipoteros y de Santa Ana Cocheros, chusma de fonda y kilombo, todo el rimbombo del chombo y el tumulto del canal, y aquella canallería lo seguía y toda la Calle Real se alegraba en Pirulí. Y siempre así. ¡Qué diablo era Pirulí! Una vez nos asustó y en apuesta se tiró ¡del muro de Chiriquí! (Pero… como marea…) y (¡Claro!) nada le pasó, porque después nos cantó (y en nosotros cantará) el pregón calimbatí, por calles de Panamá: “Y el Pirulí, y el Pirulí, lo traigo aquí”.

Después de Cumbia, Demetrio Korsi publicó varias obras. El grillo que cantó sobre el Canal (1937), Cumbia y otros poemas panameñistas (1941), El grillo que cantó bajo las hélices (1942), Yo cantaba a las faldas del Ancón (1943), Pequeña Antología (1947), Canciones Efímeras (1950), Nocturno en gris (1952), Los gringos llegan y la cumbia se va (1953), El tiempo se perdía y todo era lo mismo (1955). En su gran mayoría fueron reediciones de poemas ya dados a la luz, en los que Korsi incluye trabajos de sus primeras épocas, que no habían sido publicados, y, como excepción, adjuntó unos cuantos poemas nuevos.

En algunos casos, los poemas reeditados pasaron por modificaciones, pero en general se mantuvieron como originalmente habían sido elaborados. Aristides Martínez Ortega, a quien he citado antes, afirma que se pueden distinguir cinco tipos de poemas en la obra poética de Korsi. Los poemas que están dentro de la modalidad modernista y mundonovista o posmodernista. Segundo, los poemas creados bajo la influencia de las escuelas de vanguardia. Tercero, los poemas creados a “la manera negra” que popularizan en América Guillén, Ballagas, y otros. Cuarto, los poemas que podríamos llamar de afirmación nacional y de protesta, que mantienen “un clima nuevo”. Y un quinto grupo que lo constituyen poemas en los que reflexiona sobre los temas eternos, el amor, la muerte, el tiempo, el recuerdo, escritos en un lenguaje conversacional en donde a veces usa el viejo artificio de la rima.

A estas alturas creo que se ha hecho obvio que en este intento por ofrecer algunos elementos que contribuyan a formar en el lector una idea sobre la trascendencia de Demetrio Korsi, he privilegiado sus poemas que colocan la negritud y la afirmación nacional como asuntos esenciales que él, con la más absoluta y clara intención, quiso dejar plasmados. Y si hasta aquí hubiese algún asomo de duda en cuanto a si logró o no ese propósito, para disiparla haría falta tan solo una lectura o relectura de su “Incidente de Cumbia”.

Con queja de indio y grito de chombo, dentro de la cantina de Pancha Manchá. trazumando ambiente de timba y kilombo, se oye que la cumbia resonando está… Baile que legara la abuela africana de cadena chata y pelo cuscú; fuerte y bochinchosa danza interiorana que bailó cual nadie Juana Calambú. Pancha Manchá tiene la cumbia caliente, la de Chepigana y la del Chocó, y cuando borracha se alegra la gente, llora el tamborero, llora Chimbombó… Chimbombó es el negro que Meme embrujara, Chimbombó es el negro de gran corazón; le raya una vieja cicatriz la cara; tiene mala juma y alma de león. ¡Y el tambor trepida! ¡Y la cumbia alegra! Meme, baila… El negro, como un animal, llora los desprecios que le hace la negra, ¡y es que quiere a un gringo la zamba fatal! Como un clavo dicen que saca otro clavo, aporrea el cuero que su mano hinchó; mientras más borracho su golpe es más bravo, juma toca cumbia, dice Chimbombó… Vengador, celoso, se alza de un respingo cuando Meme acaba la cumbia, y se va cogida del brazo de su amante gringo (rumbo al dormitorio de Pancha Manchá) Del puñal armado los persigue, y ambos mueren del acero del gran Chimbombó, ¡y la turbamulta de negros y zambos sienten, que, a la raza, Chimbombó vengó! Húyese hacia el Cauca el negro bravío y otra vez la cumbia resonando está… ¡Pero se dijera que no tiene el brío de la vieja cumbia de Pancha Manchá! Es que falta Meme, la ardiente mulata, y es que falta el negro que al Cauca se huyó: siempre habrá clientela y siempre habrá plata, ¡pero nunca otro hombre como Chimbombó!

Tantas veces leída y releída esa pieza, me atrevo a afirmar que a Korsi le habría bastado ese solo poema para quedar inmortalizado en la literatura panameña como el poeta de la negritud y la nacionalidad. En ese pasaje narrado a través de los versos, el poeta coloca esas dos “variables” sociales en una misma dimensión, juntas, como él siempre las entendió. Para Korsi, la sociedad panameña es cosmopolita, heterogénea; en ella están presentes cien razas al sol.

Y en ese universo múltiple, como en efecto ha sido desde tiempos coloniales, el poeta destaca la africanidad que la marca de forma indeleble. Pero no solo eso, que de por sí es sumamente relevante en términos de la estructura de nuestra identidad nacional, sino que le asigna a ese elemento un rol de contrapeso a factores externos que se alzan como una terrible amenaza contra ella. Es desde el arrabal donde salen las voces más audibles que reclaman el respeto a la dignidad de la patria. En el “incidente” que construye-narra Korsi en esos versos tan magistralmente logrados, el negro de gran corazón, al tiempo que busca reivindicar la ofensa personal que le ha causado el desaire de la mulata Meme, reivindica a los suyos, pues la turbamulta de negros y zambos sienten, que, a la raza, ¡Chimbombó vengó! Pero atención, aquí la “raza” encarna a la nación, aquella que rechaza al amante gringo, vale decir, al enclave colonial instalado en la entonces Zona del Canal.

A mi juicio es una doble lectura la que sugiere Korsi, que tiene como colofón la contradicción nación vs imperio. En esa cantina de Pancha Manchá este debate está presente, y no es marginal. Los interlocutores sociales están claramente identificados. Chombo / Manchá / timba y kilombo / cumbia / cuscú / Calambú / Chocó / zamba / Chimbombó. Todas, voces africanas. Este es el Korsi que lleva ya algún tiempo convocándonos al arrabal, a su barrio, allí donde él se siente mejor que en París. Porque aun con sus bondades, y lo mucho que abrazó sus noches, la “Ciudad Luz” nunca sustituyó a Santa Ana. Le mostró otros horizontes, sí, pero al mismo tiempo le reafirmó su sentido de pertenencia. No en balde sus obras más trascendentes dicen referencia a casa, al arrabal. Aquí está la mayor fuente que anima su creación literaria.

En algún momento, al inicio de este recorrido por las andaduras de Korsi, indicamos que sirvió en varios cargos de representación diplomática de la República de Panamá. A ello hay que agregar que aquí, en el propio terruño, también tuvo nombramientos en cargos públicos. Korsi fue oficial de tercera categoría en la Secretaría de Instrucción Pública, hoy Ministerio de Educación; director de la Biblioteca Colón, del Municipio de Panamá, designación que obtuvo después de su retorno de Europa en el año 1933. Cumplió con dicha responsabilidad hasta 1941. En 1945 asumió como director de la Gaceta Oficial y tuvo como último puesto público el de director de la Biblioteca del Ministerio de Previsión Social y Salud Pública. Entre las funciones diplomáticas que cumplió Korsi, el Consulado de Jamaica fue la última. Zarpó hacia la isla caribeña en 1953 para retornar a su tierra natal al año siguiente. Es allá, en el Caribe, donde publica Los gringos llegan y la cumbia se va. El título en sí es un verso, igual que muchos otros títulos que seleccionó. Nuevamente, el poeta santanero se va a la carga; denuncia al intruso del Norte reclama justicia, y reafirma el sentir nacional. En su “Oda Inflexible” dice:

¿Siempre el débil será botín de guerra? ¿No habrá nobleza en el concierto humano? ¿Por qué el Tratado y todo el mal que encierra No dan la mano a tan cercano hermano? Y mientras tanto, la Justicia aguardas… Pareces increpar en tu mutismo a la equidad, como diciendo: ¿Tardas? ¿Por qué no vienes a salvar el Istmo? Muévase lázaro espectral, y ande; Y termine ya la reverencia: ¡Falta el Ancón para la patria grande! ¡Cómo pesa el Ancón en la conciencia!

Era 1954. Korsi le está cantando al cerro Ancón, esa elevación de 199 metros situada en la ciudad de Panamá, que estuvo bajo la jurisdicción de los Estados Unidos como parte de la Zona del Canal, durante gran parte del siglo xx. Hoy, en sus faldas se encuentran algunas residencias que forman parte de la localidad de Balboa y el antiguo Hospital Gorgas, hoy sede del Hospital Oncológico y de la Corte Suprema de Justicia. En las zonas más altas se encuentra la antigua residencia que ocuparon sucesivos gobernadores de la Zona del Canal, y Quarry Heights, antigua sede del Comando Sur, que encontró allí el sitio perfecto para construir una fortificación subterránea, desde donde se decidía el destino de nuestra América. Desde 1977, con los Tratados Torrijos-Carter, Panamá retomó el control del cerro Ancón y una de sus primeras acciones, al entrar en vigencia los pactos canaleros dos años después, fue izar una gran bandera en la cima, como símbolo de la reafirmación de la antigua Zona del Canal como territorio panameño. Se cumplía así la aspiración de varias generaciones. Habían transcurrido décadas desde que aquel primer barco cruzara por el canal de Panamá en 1914 y que, paradójicamente, llevara inscrito en su casco Ancón, nombre de bautismo que recibió el día que le lanzaron una botella de champán y lo echaron a andar en el mar. Ahora, Panamá recuperaba su soberanía plena.

Y la memoria de Korsi está allí, presente en todo momento, viva, porque contribuyó de manera importante, con sus versos, para que ese acontecimiento se diera. Su poesía es inseparable de la larga lucha generacional por el perfeccionamiento de nuestra integridad territorial. En ese sentido recuperar la poesía de Korsi nos permite darle el justo valor al rol patriótico que él cumplió desde el oficio como escritor. Igual, nos ofrece la oportunidad de dimensionar su legado en tanto que su obra fue fiel acompañante y sostén del ideario de una nación que velaba por construir y fortalecer su identidad, y porque esa construcción, aunque compleja e inacabada aun en la primera mitad del siglo xx, no fuese desdibujada.

Los poemarios vanguardistas de Demetrio Korsi siempre se alzaron como un escudo contra la amenaza de que los panameños fuésemos, por designios imperiales, cosa distinta a lo que somos, y que nuestra conformación variopinta donde cien razas crúzanse para oír el rumor del Canal, que nos hacía de una personalidad muy propia, y nos distinguía de la de los norteamericanos, se malograra. La obra de Korsi fue celosa protectora contra la impostación de un ser nacional que no fuera el producto del propio desarrollo histórico de la nación panameña. El perfil de la panameñidad era lo que la sociedad había alcanzado hasta ese momento, a través de un largo proceso que no debería permitirse el “lujo” de ser alterado por un factor distorsionante como la ocupación de parte de su territorio por una potencia extranjera.

En ese sentido, la voz korsiana es una que se esfuerza por la preservación de ese perfil de lo panameño. He allí parte de su grandeza. En 1948, mientras vivía su tercera juventud, el poeta del barrio volvió a contraer matrimonio, en esta ocasión, con una coterránea, Eloisa Sandoval. Con ella tuvo tres hijos, un varón y dos mujeres, y compartieron vida, con muchas limitaciones económicas, hasta la ida final de Korsi, ocurrida el 30 de octubre de 1957. Sobre Demetrio Korsi seguro que pude haber dicho mucho más de lo que he bosquejado en estas páginas. Es más, bastará una somera investigación del lector para encontrar en múltiples notas biográficas que han sido publicadas con antelación un sinnúmero de datos, referencias, anécdotas y análisis que ponderan con rigurosidad la vida y obra de Korsi. No fue esa mi pretensión, y con lo que aquí les he entregado se ha hecho obvio. Lo mío era mucho más modesto, como se podrá deducir de mis comentarios finales. Cuando inicié la preparación de estas pinceladas sobre la vida de Demetrio Korsi, y me aproximé a las primeras referencias documentales que llegaron a mis manos, me hice una pregunta que me pareció en ese momento básico, muy elemental: ¿Por qué un escritor panameño de ascendencia griega se interesó tanto por el tema afro indígena? Conforme fui avanzando en mis lecturas, no pude evitar otro interrogante: ¿Qué hace que ese tema sea de la producción literaria de Korsi, quizás, lo más destacable? Quise saber, también, por qué tanta insistencia con el uso de la noción “cumbia” tanto en los títulos de varias de sus obras así como en los propios textos de ellas. En el camino, mientras leía sobre su vida y escudriñaba en su obra, fui encontrando las respuestas a esas preguntas. Esos son los límites de esta entrega sobre Demetrio Korsi, a quien estimo el poeta mayor de la negritud y la nacionalidad panameña.

 

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