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    Jaime Adolfo Porcell, Felipe Ureña,

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Dorindo Cárdenas

by: Jaime Adolfo Porcell, Felipe Ureña,

La obra de Daniel Dorindo persiste dura como el coco y clarita como su agua. Plantó bandera, y sigue como el músico interiorano más echao pa’ lante de todos.

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Aún no sabía escribir y ya tocaba guitarra. Creció en una familia que latía al compás de guitarra, piano y tambor interiorano. Desciende de la pianista Amalia Alemán de Porcell. Desde hace tres décadas escribe para periódicos y revistas sobre opinión política. En el año 2009 abordó la aventura mayor de un libro sobre política, pero nunca había incursionado en el género biográfico. Como baterista de su conjunto, conoció bien al virtuoso pianista y organista Lucho Azcárraga. No fueron pocas las tenidas con sus compañeros músicos Nilo Cortés y el Chino Ibarra, y recién con sus hijos Teresita y Chipi. Gracias a ellos por permitir a este psicólogo seguir la huella evanescente del chispeante personaje que supo divertir a medio Panamá y a cuanto oficial gringo cruzó por la Zona. Ensayar como su biógrafo quedó como anillo al dedo.
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Desde muchacho sentí atracción por la música autóctona que ejecutaba el mentado violinista y compositor santeño Antonio Toñito Sáez. Cuando Dorindo y el Orgullo Santeño se estrenan en 1957, yo adolescente me escapaba para tirarle un ojo en los jardines populares santeños. Me enamoré de mi esposa en complicidad con su acordeón.  
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About This Book
Overview

Dorindo Cárdenas: Poste de macano negro

 

“Usted no será más que un bebedor”

—Aquí nadie tendrá un violín —afirma con voz áspera Peregrino Cárdenas. Así, advierte a su persistente hijo que abandone la idea. Su deseo de hacer música retumba en él, desde los seis años, como creciente de río. Años más tarde, a regañadientes, tendrá que ceder ante la insistencia y le regalará uno de esos violines artesanales. Entonces, con cierta resignación, se le escurre una desoladora sentencia: “usted no será más que un parrandero bebedor”. Daniel Dorindo Cárdenas nace el 14 de febrero de 1936, en el pequeño poblado de Agua Buena, en la provincia de Los Santos. No muchos azuerenses se enteran de que, por aquellas calendas, Harmodio Arias Madrid aprobaba una ley de sociedades anónimas que promoverá un lucrativo negocio legal y de abanderamiento de barcos en esta ciudad situada en las riberas del canal. El Cholito de Río Grande —como apodaron sus adversarios al presidente—, impulsa la primera reforma al tratado de 1903, si bien mantiene inmutable aquella cláusula que f

acultaba la intervención, en territorio istmeño, de los Estados Unidos, que irradiaba influencia sobre las dos ciudades terminales y su gobierno. El acomodado estilo de vida estadounidense en comunidades enclavadas en la llamada Zona del Canal actuaba cual seductora vitrina que invitaba a la comparación. Del otro lado de la cerca, observaba y asimilaba el citadino metropolitano de Panamá y Colón.

En cambio, del lado oeste del canal que divide el país, pervive ese Panamá que llamamos interior. En la primera mitad del siglo pasado, la región escoraba a espaldas de luchas nacionalistas, como de esa modernidad y bonanza que irradiaba la actividad canalera. Así, el espacio de intercambio ciudad-interior quedaría restringido a dos fenómenos. Primero, un mercado de abastos donde productores y revendedores permutaban productos agrícolas y aves de corral. También, a una migración humana que, esperanzada, arribaba del campo y se asentaba en espacios periféricos que se convertían en cordones de miseria en la capital. La música típica, con el violín protagónico, aunque resonaba en aquella región desigual, llegaría a popularizar entre sus lugareños el orgullo de ser parte del interior. La “gente bien”, mestizos con ascendencia española, y clase y dominante de la región del interior, canta y fiestea acompañada con violín y guitarra; en ocasiones, también aparece el tiple colombiano. Entonan pasillos, valses, danzas, bambucos, danzones, contradanzas y otros géneros de la música de salón colombiana.

En la otra orilla, los nacionalistas urbanos reclaman la soberanía total, y contra el discriminativo trato silver roll. En el conservador campo esta denuncia corcovea garañona bajo sospecha de “filiación comunista”. En los albores del siglo pasado medran personajes mediáticos que tendrán un papel en la lucha por la inclusión del interior. Aparecen las cantantes Catalina del Carmen Carrasco Aguilar (19192012), Catita de Panamá, voz femenina del conjunto Viva Panamá de Yin Carrizo. Y Eneida Cedeño, la Morenita de Purio. 1920 ve nacer en Lajamina de Pocrí a otro personaje que hará historia en la naciente radio como promotor vernacular: Clodomiro Juárez, Compa Chelo.

La familia Cárdenas-Gutiérrez

Los esposos Cárdenas-Gutiérrez procrean ocho hijos. Con Daniel Dorindo, el segundo, tienen que hacer ingentes esfuerzos para enviarlo a la escuela primaria. Desde el cuarto grado Dorindo debió transitar, zapatos al hombro, por caminos lodosos hasta Sabana Grande. Al terminar la primaria, ocupando el primer puesto, el aplicado niño imaginó que lo enviarían a la secundaria, o que de repente, le regalarían un violín, pero el premio fue un machete casi de su tamaño. Tendría que acompañar a su padre en el trabajo de la agricultura; las necesidades de la familia aprietan. El joven jornalero Daniel Dorindo Cárdenas Gutiérrez además de revender huevos, gallinas y cerdos, tumba monte como ninguno. Luego de la jornada, alfabetiza a los vecinos humildes. La responsabilidad del campo lo asienta aunque en su corazón borbolla otra pasión.  Así pues, la vida de Cárdenas coincidía con un Panamá escindido por la zanja en su cintura geográfica. Además y sobre todo, desigual en lo social.

En un mismo territorio cohabitaban tres naciones desagregadas y contrapuestas: la última en la jerarquía, la interiorana de Dorindo. Esta sufre exclusión por la capitalina. Y en medio del país, y encerrada tras imponente alambrada, la poderosa y dominante nación norteamericana. Los próceres de 1903 adujeron como motivación para escindirnos de Colombia, el atraso, la falta de comunicación y aquella forma panameña de ser distintiva. Tres décadas llevábamos como república hasta el nacimiento de Dorindo, y en el interior persistían el rezago, la incomunicación y la exclusión social, mismas que restaban sentido a la separación. Un presidente coclesano, la aparición de una incipiente industria artesanal, la llegada de la escuela primaria a poblados como el Agua Buena de Dorindo, y Guararé, y la alfabetización de adultos, daban aliento a la esperanza de superar el atraso. La música campesina persistía tímida en la local curacha montañera, mas no por mucho tiempo.

La migración del típico a la capital

El migrante azuerense busca mejores oportunidades. No solo transporta a la ciudad capital el machete colin para su actividad agraria. Trae todo el paquete de una forma de vivir. Y en la chácara, dispuestos para la fiesta, cohetes, voladores y discos de acetato con Revolcón en Llano de Piedra, Al galope de mi caballo, Nunca me desprecies, y el XV festival en Guararé. A pesar de que el interiorano negocia con una capital de cultura en gorra y zapatilla, nunca reniega del sombrero pintao ni de su música. No solo se resiste a desarraigar su forma de ser sino que intenta transmitirla a la siguiente generación. Su identidad comunitaria mezcla mal con los modismos de una capital agresiva e impersonal, escasa en parques y ríos, que no se hace querer suficiente por sus habitantes. ¿Pero por qué el típico gana adeptos en la ciudad con un brío que rebasa al sector migrante? En Panamá asume un sentido único de defensa de la identidad nacional contra la amenaza de dominación cultural extranjera. La música típica, como panela al limón, endulza nuestro orgullo de ser panameño.

Una insistencia conmovedora

A los siete años, y apenas en primer grado, Daniel Dorindo siente el latir intenso del talento y la vocación musical. Escucha y ve a Francisco Ramírez, Chico Purio —así apodan al carpintero violinista—, el prolífico compositor de éxitos como Chico quiere a Deya, Nunca me desprecies y Los sentimientos del alma. Y aquel deseo, casi obsesión, toma cuerpo: poseer un violín.

A escondidas, el niño se hace de nueve posturas de gallina. Las trueca por un instrumento de segunda y llega a casa muy orondo con su valiosa adquisición. Para evitarse problemas, en principio no cuenta nada pero tras fuerte interrogatorio tiene que admitir la procedencia del instrumento a sus padres. Lo obligan a devolver el “rabo ‘e micho” con una cuerda de tripa de gato reventada, y le exigen recuperar los huevos. Y para que aprenda, le dan una rejera disciplinaria. Ni siquiera la lección con rejo logra disolver la pasión y el niño opta entonces por confeccionar su propio instrumento, sacando un molde de una desvencijada tapa resonadora. Por cuerdas, cerdas de caballo. Más que un instrumento, balsito y débil, el juguete solo preconiza la insistencia conmovedora de una vocación artística.  A los nueve años, y gracias a un papi Peregrino, obtiene su primer violín. Era uno rústico, tallado por un artesano local en una sola pieza y de sonoridad discutible. A los diez años consigue comprar uno de tapa despegada. Resultó un sueño hecho realidad. Desde ese momento el joven deambulaba por casa o transitaba caminos con un inseparable bajo el brazo. Los portales fungieron como las primeras de unas cinco mil tarimas en las que se treparía como músico. Y la chiquillada descalza, su primer público. Ya se empezaban a escuchar en la novedosa radio piezas de los renombrados Carlos Martínez, Benigno Villareal y Anastacio de León. El inquieto niño esperaba que su tío, el violinista Rosendo Gutiérrez, saliera de casa para sacar el instrumento del escondite donde permanecía enguacado. En ese entonces acariciaba las cuerdas con el arco para soñarse músico.

La modernidad al pie del canal

Las ciudades de Colón y Panamá, en ambos extremos del canal, conectaron directo con los avances del mundo. Los panameños inventamos negocios en el exterior, amparados en una competitiva modernidad indispensable para acceder a las oportunidades que abría la vía. Pero, aquella modernidad mostraba otra cara. Las capas populares e intelectuales resentían la presencia dominante del Comando Sur y zonians en la Zona del Canal. Encajaban el oprobio de un estado extranjero cuya política del good neighbor disimulaba mal el rejo autoritario del big stick. Aquella nación, enclave colonial con idioma, leyes y costumbres, importó su propia forma de ser y administrar. Como Estado, cumplía con las funciones de ofrecer a soldados y civiles acantonados servicios exclusivos de alta calidad. “Mi chola no quiere cholo porque está civilizada”, cantó con fina ironía, de Arturo Chino Hassán a mediados del siglo pasado. Usó la tamborera, género de amplia aceptación urbana, con aires de cumbia folclórica. El baúl de viaje del poderoso gobierno resultó completo y más. Empacada junto a su modernidad y el cultivo de artes excelsas, nunca olvidó discriminar a sus paisanos negros ni dar un trato subalterno a los nacionales de las banana republics. Tampoco la invocación de aquella cláusula para justificar más de 25 intervenciones militares a nuestro territorio en tutela de propios intereses.

La terquedad como virtud

Amigos y familiares comentaban el talento y la responsabilidad que desbordaba como cabeza de agua. De preadolescente, el aficionado Dorindo se movía alrededor de Agua Buena, hasta Las Guabas. Veía tocar a los experimentados Carlos Martínez y Benigno Villarreal. Aquella maestría instrumental y escénica lo enfrentaron con una realidad: ¿cuándo él llegaría a causar semejante reacción del público? En un joven soñador, se dispara el entusiasmo y este acicatea ganas de aprender.

Nadie mejor que él entiende la necesidad de educarse. Alineado con su horizonte artístico, toma rumbo por caminos polvorientos hasta la ciudad de Las Tablas. Por las fiestas de la capital santeña deambulaba un trío virtuoso: Abraham Vergara, Clímaco Batista y el prolífico compositor Chico Purio Ramírez. Antes, con apenas ocho años, y sin anunciárselos a Peregrino ni a Clementina Gutiérrez de Cárdenas, había decido estudiar solfeo. Consigue un libro e inicia su formación autodidacta. Y Clímaco Batista lo debió notar. Los virtuosos observan fuerza y convencimiento en el juvenil entusiasmo de uno capaz de solfear y leer un pentagrama. Deciden entregarle con generosidad conocimientos y técnicas que refinan su destreza en el violín y música.  Y no se equivocaron. Hoy en el Cocal de Las Tablas, en la casa Cárdenas cuelgan más de cien condecoraciones y premios nacionales e internacionales.  No pasaría mucho tiempo para que el joven aprendiz Daniel Dorindo amenizara curachas pequeñas en las vecinas Agua Buena, La Espigadilla, Las Cruces, Llano Largo, y Sabana Grande. Gana unos tres balboas, apenas algo más de lo que lograba al día con el machete. Además de ir ensayando las destrezas en tarima, la paga tiene un significado trascendente: ahora se reconoce como músico profesional. Allí va cincelando dos virtudes que ojalá corrieran parejas en todos: formalidad y talento. Con más experiencia y algo de nombre, cobrará hasta doce balboas.

El ilustre profesor Cebamanos

Dorindo madura y como artista debe transitar por un ambiente de riesgo y tentación. Cada paso en la vida del joven campesino supuso el reto del siguiente escalón. Conoce de privaciones y estas no amilanan las enormes ganas en uno que, desde infante, ya imagina la música como camino de vida.

Emprende con entusiasmo la reparación de aquel tercer violín que compra con sus ahorros. Ahora sí posee uno de sonoridad aceptable e intenta trasladar sus habilidades a las cuerdas de su instrumento, solo para descubrir que éstas parecen actuar en contravía y entorpecen el aprendizaje de la correcta ejecución.  Pero, contaba con tal entusiasmo y perseverancia que pronto alcanzaría suficiente maestría para lograr más que aceptables presentaciones. Incluso va a dar, a lomo de caballo y con su instrumento al hombro, a la misma Villa de Los Santos y hasta Chitré, a dos horas a caballo.  Allí, en la capital herrerana, supo de un profesor, Francisco Cebamanos, que impartía lecciones privadas. Un domingo cualquiera, un niño encutarrado se asomó tímido en el portal y desde allí alcanzó a ver un banquete donde jóvenes bien calzados pasaban trabajos para deglutir frases musicales que él ya dominaba. El maestro habrá pensado, “otro más de esos sueltos de madrina”. Así, el joven campesino de ropa raída comenzó a viajar hasta Chitré todos los días para no perderse una sola fusa de la clase. Hasta que llegó el día en el que Cebamanos, intrigado por la persistencia del muchacho, lo invita a tomar un puesto en su clase. “Pero no tengo para pagar”, le aclaró el andariego. Para su sorpresa, el maestro propuso que, desde el siguiente domingo, asistiera gratis.  El entusiasmo alargó los días que restaban. Preparó su mejor ropa. No importaba que los zapatos negros apretaran. Pero aquel añorado domingo nunca llegaría. Al generoso profesor Cebamanos, formador de una generación de músicos azuerenses, esa misma semana, lo sorprendió la muerte.

El acordeón de Gelo asoma por Azuero

Hace más de un siglo, en la época de nuestra unión a Colombia, un fuelle de viento acechaba la escena musical azuerense. En 1885, el acordeón del barranquillero Cruz Montesinos Flores se dejaba oír en Los Santos. Los sacerdotes Manuel Terrientes y Ubaldino Córdoba contratan al músico para acompañar eventos religiosos. Todavía, en 1940, el acordeón diatónico calificaba de advenedizo en la fiesta pagana. El caribeño bolero, difundido a través de la radio y del naciente cine sonoro, campeaba en las noches de serenatas.

Todavía no era dable un baile amenizado con el de fuelle. Todo, a pesar de que alcanza, con los bajos, registros más graves que las cuerdas del violín. ¿Quién imaginaría el rotundo protagonismo que adquiría el instrumento? La Segunda Guerra mantiene en ebullición el área de tránsito. Ni se enteran de que, allá en el interior, un macaraqueño músico innovador entregaba primicias del papel de la música en una región excluida. Rogelio, Gelo, Córdoba, de las faldas del Canajagua, creyó en el robusto sonido que emergía de pitos y fuelle. Mas, en los cincuentas, con la añeja hegemonía de un violín dueño y señor de la escena, su futuro aún pintaba incierto.  El pionero nació en Mogollón, Macaracas, dos décadas antes que el otro santeño de Agua Buena. Ambos, campesinos, músicos de pentagrama y figuras cimeras. Sin dudas, aquel primero esgrimió el coraje del interiorano innovador cuando decide ir en contravía de la tradición del violín y estudiar de su tío la técnica del acordeón.  El intérprete y compositor traduce al fuelle piezas tradicionales. Sin saberlo, proponía la evolución de la música de la “gente bien” de la península. Presenciábamos el debut de un instrumento que moldearía el gusto musical de la sociedad interiorana, y luego, nacional, hasta hoy.  Los acordeonistas irrumpen en un momento de transformación social y política, léase el fortalecimiento de las instituciones republicanas. Ya Dorindo estudiaba en una escuela primaria pueblerina. El nivel secundario apenas empezaba a expandirse en el interior.

Llegar a ese instrumento infinito de pitos y fuelle exigiría pronto una muestra de la persistencia de quien visiona otro escenario. Luego de Gelo, el acordeón ya no quedaría limitado al público seguidor de aquel artista. Empezó a brotar por los campos, entre agricultores y vaqueros. Alegró parrandas para contar historias de aquí y de allá con los primeros trovadores de la región. Saltó al Festival de la Mejorana, luego a ferias interioranas. Rogelio Córdoba, y despúes el mismo Dorindo, aparecen como figuras pioneras de aquel proceso de integración interior-metrópoli. Esta consolidación nacional, junto a una radio que comenzaba a agrupar grandes audiencias, empujó una sutil transición. Imperceptible, el gusto popular evolucionó del violín íntimo al acordeón masivo.  Una década separa las escenas de Dorindo y de Gelo. Ambos pioneros van de sombrero pintao y cutarra. A estos lugareños humildes, de la falda del Canajagua, y de Agua Buena, los ampara una perseverancia que raya en la terquedad.

Momento crucial para el típico

Avanzado el medio siglo xx, a las dos ciudades terminales, gracias a su condición de “Puente del mundo”, arriba un ramillete de influencias artísticas. Del Caribe llegan, el son cubano y toda su rica parentela de subgéneros. También, merengue dominicano, y de Colombia, cumbia y vallenato. Además, la música mejicana de charros de provincias, que abre camino para su balada y rock en español. El ejército acantonado en la Zona propone, junto a una pléyade de magníficos ejecutantes, marchas militares, jazz, country, gospel, funky, balada y rock en inglés, entre otros.  Sin embargo, la música típica, acantonada en la campiña, muestra enorme vitalidad y resiste bien el embate foráneo. Una pléyade de compositores crece alrededor del violín y la mejoranera, instrumento folclórico panameño de cinco cuerdas.

A esta generación prolífica pertenecen sus maestros Francisco Chico Purio Ramírez (1902), Abraham Vergara Cedeño (1905) y Clímaco Batista (1907). Y continúa otra lista inevitable de músicos y compositores como Artemio de Jesús Córdoba López (1896), Escolástico Colaco Cortez (1904), y París Vásquez (1909). No menos mérito acumulan Ulpiano Sombre Herrera, Tobías Plicet, Miguel Leguízamo, Antonio Toñito Sáez, Justino Cortecito Cortés y José de la Rosa Cedeño, entre otros.  A mitad de siglo, músicos metropolitanos atendían capas altas y medias urbanas. El organista Lucho Azcárraga, las cantantes Silvia de Grasse y Margarita Escala, o los hermanos Muñoz; y compositores, léase Arturo Chino Hassán, Ricardo Fábrega y Carlos Eleta, absorbieron las cadencias vernáculas. Éstos también nutrían su repertorio e inspiración de esa brillante generación azuerense.  La tamborera adapta a la cumbia las sonoridades modernas de la época, piano, batería, contrabajo, trompeta, saxofón y flauta. Luego, al órgano electrónico. Y en los posteriores años setenta, los combos nacionales regresan a ella. El impacto de algunos números traspasa fronteras. En 1949, el gran Benny Moré logra un hit con el mambo Qué te parece cholito, del santeño Sombre Herrera. Vendrían otros.  Con Dorindo joven, la condición era, primero, que el músico madurara su ejecución. El éxito consecuente de la aceptación popular, suponen, vendría solo. Mas, en el Panamá cambiante de los años cincuenta, con la impronta de la radio sobre amplias audiencias, la regla del juego se llama marketing.

La clave de la radio

La zanja agolpaba del lado oeste una región varada en caminos lodosos. La radio, llamada a jugar un importante papel integrador, en Panamá emerge rezagada. En el resto de Latinoamérica florecía desde 1920. Aquí nace en contravención a la prohibición del socio autoritario expresada en el tratado, y gracias a la rebeldía de un cuarteto de pioneros, Fernando Jolly, junto a Félix Álvarez, Emérito Núñez y Enrique Paniza, que lanzan su experimento radial en 1933. A los once años, en 1947, Dorindo ya podía escuchar música en la recién llegada Radio Provincias en Azuero. Los violines mantenían hegemonía en los sonidos del típico panameño. De manera que el típico ocupó el taburete de primer invitado a probar la magia de la radio. En el campo, un conjunto debía incluir también la mejoranera. La guitarra, cuya construcción y afinación difiere notablemente de aquella, no era común entre los campesinos. Todavía hoy la parentela entre ambas es objeto de discusión. Desde entonces, la suerte del género no ha dejado de estar vinculada al medio radial.

Dorindo entendió que su futuro dependería de introducir su música en emisoras como Radio Panamericana y La Voz del Pueblo. Ningún otro, nacional o extranjero, ha ocupado tanta programación ni vendido tanto disco. Con más de cincuenta años recorriendo estudios, es un viejo zorro que vivió la evolución de la tecnología de la cinta a digital. Ha grabado cerca de trescientos discos de 45 revoluciones de acetato en formato chico, de tres minutos por lado, popularizados en las rocolas de cantina. En total, incluyendo discos compactos, estima que ha dejado más de mil piezas. El éxito ya no solo radicaba en ser buen músico sino, y sobre todo, pegar con las grandes audiencias para convocar taquilla. El acordeón emerge entonces como el instrumento exacto para el momento. Así, la intervención de la naciente radio, y del disco de acetato, cierran la trilogía. El hijo del Canajagua retomó piezas de una comunidad mestiza dominante, entre otras de propia autoría. Moldea su repertorio con Canajagua azul, Conejo muleto, Arroz con mango, Amorcito lindo, todas piezas que han llegado a nosotros por efecto de la tradición conservada en eventos como el Festival Nacional de la Mejorana.

El típico trabajaba manso, pero eficaz. El orgullo de ser panameño se eslabonaba en sus textos y música mediante lo popular, forjando de esa manera la identidad mejor que mil arengas políticas. El proceso de integración nacional resultaba indetenible. También la recuperación de la Zona del Canal, antes sueño constreñido a la región metropolitana, desbordaba los linderos del puente.

El violinista Dorindo llega al acordeón

Dorindo comienza a descubrir las cualidades del acordeón de fuelle. Su mayor potencia y registros bajos incluidos en la botonera izquierda ofrecen una sonoridad intensa y un registro más amplio, perfectos para grandes audiencias y más dúctil a la hora de comunicar sentimientos. El instrumento de viento marca sensibles distancias sobre el sonido sutil e íntimo del violín, el cual acopla apenas en curachas caseras.  Nuestro músico no pierde oportunidad de sobar cualquier fuelle que se ponga a mano y encuentra que su principio es idéntico a la armónica diatónica. Y que además permite traducir, del de cuerdas, un vasto repertorio en tonalidades mayores y menores. A sus veinte años, en 1956, Dorindo fue invitado a tocar violín en Los Anastacios, en Chiriquí. Allí otro músico en apremios le ofreció un acordeón a precio muy bajo a condición de que se lo prestara cuando lo precisara. Dorindo ya contaba con suficientes ingresos como para afrontar esa inversión, sin imaginarse el paso trascendente que estaba por dar. Desde ese día Cárdenas no dejó de practicar y, apenas a los tres meses, el persistente muchacho ya consideraba tener algún dominio adecuado del instrumento. No tarda el veinteañero, hambriento en poner a prueba sus ideas musicales y textos, en conformar una agrupación, Águilas Istmeñas. Al poco tiempo pasa a llamarse Dorindo Cárdenas y el Orgullo Santeño. Igual que Rufina Alfaro señaló el camino de la independencia en 1821, ahora sus hijos indicaban el de la identidad interiorana.

Para julio de 1957, Dorindo formaliza una presentación en Dolega y estrena la pieza, Santiago de los Anastacios, de su sexteto de santeños, conformado por Dorindo como director, acordeonista y cantante; Eneida Cedeño, vocalista y saloma; Higinio García, timbalero; Rufino García, churuquero y coro; Victoriano Nano Córdova, guitarrista y Manuel Antonio Rivera, tumbero. Es notable la ausencia del bajo. La guitarra de cuerdas de metal con sus bordones, y la botonera a mano izquierda del acordeón, se encargarían de los registros más graves. Todo acordeonista que en sus inicios toca en la calle sabe que primero será juzgado por lo que sea capaz de ejecutar con la siniestra. Dorindo acondiciona dos micrófonos en su instrumento, uno para recoger los altos y el otro para amplificar los bajos y con ello pone una vara alta que lo describe bien como un verdadero maestro.

Primera incursión en la capital

En 1958, apenas a un año de su formación, el Orgullo es contratado por el Club Interiorano ubicado en la avenida B cerca del mercado, conocido como La Coalición. El camino a la cima pasaba por conquistar la capital, territorio donde imperaban los famosos Claudio Castillo y el maestro Gelo Córdova.  En su debut en la urbe, el Orgullo Santeño dejó claro que había nacido el relevo generacional. En aquel escenario, que toma su nombre del partido gobernante de la época, Coalición Patriótica, surgió la oportunidad de participar en los carnavales del siguiente año.  La radio capitalina ya programa música típica popularizada en los carnavales tableños con el pionero, Fito Espino. Resuenan Ese muerto no lo cargo yo, La secretaria o El Chaparro. Ceferino con Los algodones, Adonay, El ratón ye-yé. Osvaldo Ayala y el propio Dorindo, entre otros. El pindín salía del “choliclub” de Calidonia, La Llave, o de La Coalición, y a paso de atravesao, llena grandes salones y hoteles internacionales.

Todo lo que saca un bien mercadeado Dorindo, pega como éxito. En 1959 graba Muchachita dolegueña, rebautizada por los seguidores, y así hizo fama, como Santiago de los Anastacios. Y por el lado B, Pueblo Nuevo.

La cohesión como defecto

A la vez que el grupo lograba mayor acople, la confianza y compromiso que desarrollaba el Orgullo resultaba tan amplificada como los sonidos de los amplios jardines emergentes. Primero, por su origen santeño, así como por sus lazos familiares, como puede deducirse de sus apellidos —luego entrará como guitarrista César Rivera, hermano de Manuel—, todos compartían gustos musicales, de comida, y costumbres. Pertenecían a una misma cultura. Y lo más importante, con excepción de uno, perseguían un mismo sueño. Instituyeron un clan cerrado de enorme fraternidad donde cada músico cuidaba del otro.  Al Orgullo le aparece la oportunidad de incorporar al hijo de Compa Chelo, el joven Héctor Tachi Suárez, intérprete del bajo eléctrico. Pero el grupo tenía muy apretado su afinque y quizá se había compactado demasiado, por lo que en la audición que organiza Dorindo a Suárez no le fue posible conectar con aquella cadencia madura que tanto orgullo producía entre los integrantes del sexteto.

Aducen que necesitarían demasiado tiempo para acoplar al bisoño músico y dejan en el aire la apariencia de que tenían cerradas las puertas de acceso y se resistían a la evolución. Rechazan así la inclusión de un instrumento que luego se convertiría en un obligado. Los miembros del Orgullo Santeño, amparados en la intuición que tenían de las modulaciones usuales que introducía el jefe, no consideraban necesario practicar. Para Dorindo la creación es un oficio solitario. Madura sus composiciones y arreglos casi en secreto. Cada nuevo número era anunciado por Dorindo durante el toque: “les tengo una sorpresa”. Y cuando incurrían en una equivocación esta se corregía con una mirada, una seña que solo ellos entendían. Luego, la sonrisa benevolente indicaría que la enmienda había resultado. En el “Conjunto escuela”, como se dieron en llamar, también se enseñaba a disimular.  En un clima de profundo respeto, Dorindo desplegó un estilo protector y autoritario hacia sus músicos del Orgullo Santeño, y enfiló su esfuerzo inspirado por la visión de llegar a ser el conjunto más destacado de Panamá.

En los toques de “Doro” se deduce que entendía que lo visual jugaba un papel, digamos, complementario. No intentaba contorsiones ni alguna sobreactuación escénica; solo la expresión natural de un hombre de mediana estatura, de cabello y bigote negros que se balanceaba. La música ocupa el centro de la tarima en uno que mientras canta y ejecuta el instrumento, incluso mantiene la mirada lejana.  Emerge de esa adustez tan a tono con el sentir campesino, un sensible y magnético carisma que el acordeonista despliega en escena, junto al Orgullo. A su lado, la Morenita de Purio cuya saloma amplificada resonaba límpida. Vivíamos una transición, de poco público a uno fanático y masivo. Eran épocas de cambio.  Con la masificación de los bailes, la voz y guitarra —como instrumentos acústicos de menor volumen— se hacía evidente la necesidad de lograr una mayor potencia. La primera amplificación de la guitarra se hizo a partir de un micrófono externo. Más adelante, con uno de contacto que se adosa a la tapa del instrumento. Al fin, temprano en los sesenta, la guitarra eléctrica vencía los desagradables ruidos del feedback. La inclusión del güiro dominicano, de agudo sonido metálico, en vez del de calabaza, aleja todavía más al conjunto del sonido folk. Las técnicas para ejecutar las guitarras acústica y eléctrica, no lo parece, pero, marcan distancias. La segunda reacciona como un carro de carreras. Apenas rozas el acelerador te brinca con su brío. Primero el guarareño Nano Córdoba, también maestro acordeonista, y luego César Rivera, inspirado en los estudios autodidactas de Dorindo, serán encargados de tocarla.

No son pocos los músicos que encuentran en el licor alguna fuente de inspiración y una vía de escape a las tensiones y el cansancio escénico. Pero un perfeccionista Rivera sentía que la bebida entorpecía sus habilidades de interpretación y acople del instrumento al conjunto. Y a contravía de un grupo muy cohesionado y de serios bebedores, él decide rechazar la bebida para fortalecer su desempeño como guitarrista. Con todo y su recia personalidad, César no logra reponerse de la muerte de su hermano de 27 años y abandona el conjunto, a pesar de ruegos y propuestas de su “compa” Dorindo.  Una sola integrante del Orgullo Santeño dudaba de la apuesta que hacía el emprendedor veinteañero. La morena Eneida Cedeño ya había conocido suficiente de sueños maltrechos. Original de Purio, Pedasí, poblado de caminos lodosos ubicado junto a las sabanas del valle del Oria, hogar de grandes folcloristas, en su casa de quincha temprano aprendió que no existe mejor bálsamo para aliviar los dolores de la necesidad y alegrar la vida, que la saloma campesina.

Eneida debutó en 1931, con apenas ocho años, cantando junto a uno de los mejores, su paisano Chico Purio. Mucho antes de unir su destino a Dorindo, acompañó a la Estudiantina Sáez. También alternó con el pionero Rogelio Gelo Córdoba.  Nadie se podía imaginar que, en décadas posteriores, se juntaría al acordeón de quien sería su pareja de por vida, y le lloverían los aplausos en jardines repletos. Y que la saloma cual guarapo de caña de aquella Negrita de Purio endulzaría amores de baile de todos los tamaños y colores.  En 2002, Eneida confesó su aporte: “Fui la primera que se atrevió a introducir la saloma en la música de violín en las décadas de 1930 y 40, lo que fue la innovación del momento”. Surge así una sincronía de dos sonidos de procedencia distinta: el violín europeo de la conquista española, y la saloma del cantar interiorano.  La época dorada de Eneida, cuando alcanza reconocimiento nacional, correrá pareja con el éxito del Orgullo, durante los sesenta. Su voz, acompasada y cristalina, la mantuvo con todo derecho como cantante de Dorindo Cárdenas hasta el momento de su retiro en 1987 por motivos de salud. Luego de treinta años de compartir escena, Dorindo la despide como lo sabe hacer el compositor, con una pieza-homenaje inolvidable: Si tú te vas.

El Poste de macano negro

Para la década del setenta el éxito ya escoltaba la perseverancia de Dorindo. Aquel reto de parrandero que su padre había deslizado parecía hacerlo merecer los calificativos de “premier de los comendadores”, “el maestro de maestros”, “el ídolo de las multitudes”. Pero sin duda el más popular de sus remoquetes, “el Poste de macano negro”, develará con el tiempo su exactitud. Surgido en los sesenta, de la creatividad del conocido locutor veragüense Pedro Vázquez Cosio, quien imaginó que Dorindo, al igual que ese palo que repele la polilla y aguanta la candela, permanecería mucho tiempo en escena. No se equivocaba el locutor y amigo personal cuando quiso emular la durabilidad del acordeonista con el macano.

Dorindo, el empresario musical

Existía un grupo de pequeños locales en donde el típico resonaba, como el Salón Encanto y Club 24, La Pollera y el Club Tableño. Algunos locales tradicionales que en otra época presentaron las grandes orquestas panameñas e internacionales, ahora buscaban la convocatoria de la música de acordeón, como el Jardín Atlas, Balboa, El Rancho.  Dorindo entendió lo que venía y trepó la ola. Organizó con el empresario herrerano José Ñopo Ordóñez, y su hermano Dimas Cárdenas, la empresa ORCA, que regentó la sala de baile típico más exitosa de mediados del siglo pasado. Cual templo santanero de tres mil mts2, prueba de fe de unos empresarios interioranos, el Jardín Orgullo de Azuero barrió con la competencia.

Y luego, su sucesor. Ubicado en la parte final de la vía Fernández de Córdoba, en junio de 1971, inaugura el Jardín Cosita Buena. Esa noche actuaron nada menos que los número uno, Yin Carrizo, Ceferino y Chalino Nieto, Chilo Pitty, Papi Brandao, Pepo Barría, Lorenzo Castillo y Uruguay Nelson.

El significado del Festival de la Mejorana  y la evolución del folclor

Desde 1949, año de su creación por parte de los Zárate, y por más de sesenta años de historia, el Festival Nacional de la Mejorana asume el epicentro de la tradición folclórica. Dorindo Cárdenas compone su tema, Décimo Quinto Festival. El compositor evita la narración del acontecimiento, como seguro hubiese abordado el tema un cronista que describe situaciones. Él abre con una insinuación sensual: “Vamos mi amorcito, yo te llevaré, al décimo quinto…” La invitación es acogida por media Latinoamérica. Devino así en la canción típica panameña más famosa en el extranjero. Ha sido grabado por catorce agrupaciones internacionales. El festival se desarrolla en el marco de las fiestas patronales de la Virgen de las Mercedes. Y con cada edición crece más como centro de la divulgación y conservación del folclor panameño. No en vano es la fiesta preferida de Dorindo. Y como homenaje, dedica una composición a cada versión anual.

Uno de los primeros en llevar al acetato al “Décimo Quinto” fue el compositor y acordeonero colombiano Alfredo Gutiérrez y sus Corraleros del Majagual. Se vuelve un éxito en toda Colombia. La grabación celebra en 2013 medio siglo de presencia. Como candela en potrero, corrió la especie de que Gutiérrez se la atribuía. En Panamá acusan al colombiano de plagiario. La flama de la protesta prende la llanura guarareña. El Poste Dorindo necesitó documentarse y viajar a Colombia para esclarecer el líbelo. A quienes en Colombia quisieron regatear la pertenencia de la obra, el propio Dorindo explica que allá, en aquel “interior” que inicia desde que cruzamos el Puente de las Américas sobre el Canal, pervive un pueblo pequeño, colorido y pleno de tradición, llamado Guararé. Cada septiembre, y por más de medio siglo, el Festival deviene en cita obligada de políticos, intelectuales y folcloristas. Y que allí acuden quienes aman el folclor para descontaminar el espíritu y encontrar una verdadera sanación espiritual en el contacto con las más genuinas raíces de lo campesino. Y desde hace ya medio siglo, en vez de un conflicto, lo que Dorindo estableció fue un intercambio intenso con los colombianos, y un compadrazgo con el alter ego, compositor, acordeonista, cantante y director, Alfredo Gutiérrez. Con la lucha por los tratados Torrijos-Carter en los setenta, el sentir nacionalista extiende su alcance.

Ahora el típico promueve la identidad de toda una nación panameña. Dorindo invita a Panamá a una representación nutrida de acordeonistas del vallenato, el ritmo colombiano, que incluye, además de Gutiérrez a Lisandro Meza, Calixto Ochoa y César Castro. En un carro convertible, los chalanea por las calles de La Villa y pueblos aledaños. A su paso, la gente corre a saludar al ídolo y a la comitiva. Invita a sus colegas colombianos a que lo acompañen y los pone a tocar por todo Panamá, gira de la que aún perdura el recuerdo. En 1968, el entonces gobernador del recién creado departamento del Cesar, Alfonso López Michelsen, acepta la iniciativa del compositor Rafael Escalona de crear el Festival de la Leyenda Vallenata en Valledupar, evento que cuenta 19 años menos que el nuestro de La Mejorana. Allá también, Valledupar se convierte en cita obligada de personalidades políticas e intelectuales. Y también folcloristas, todos en busca de sanación espiritual. Hablar de Gutiérrez no es poca cosa. Con una vida plena de éxitos, es designado tres veces rey del acordeón vallenato en el festival de Valledupar. Muestra con Dorindo un paralelismo impresionante.

No existe acordeonista popular en el mundo que no dé el lugar que bien merece la expresión colombiana. O que niegue que el nivel de refinamiento que alcanza el artista sea el producto final de un público educado y capaz de diferenciar entre buena y mala música. El panameño asiste al festival del acordeón en Valledupar como juez del concurso de acordeones. Se le anuncia. Y es sorprendido por una audiencia que, imparable, exige al de Agua Buena, tocar Décimo Quinto Festival. —Dorindo, pida un acordeón —le sugiere el pujador santeño Erasmo Ureña—, que yo lo acompaño. Y en medio de tambores y acordeones frasea, “Vamos mi amorcito, yo te llevaré, al decimoquinto…” Y al unísono, narra Ureña, responde la voz de diez mil corazones presentes: “festival en Guararé”. Homenaje gigante. En la década del setenta, conocerá otra vez el éxito en aquel competido territorio con Mi bella momposina, Manizaleña, Así soy yo, Regresa pronto, entre otras. Todavía hoy se las atribuyen a su famoso compadre músico y promotor del folclor en aquella tierra vecina.

Compositores y artistas colombianos del vallenato como Leandro Díaz, Alejo Durán, Rafael Escalona y Emiliano Zuleta, resuenan por derecho propio entre los excelsos de la música popular. Toda una miríada de músicos, además del propio Alfredo Gutiérrez, califican como verdaderos portentos del acordeón. Ningún espíritu sensible es capaz de pasar indiferente por aquella expresión. Y Dorindo tampoco fue excepción. En los setenta el de Agua Buena y el Orgullo Santeño se acercaron mucho al porro colombiano. La inclusión de aquel platillo en obsesiva seguidilla hacía innegable la intención imitadora. Importa números clásicos como Cero treintainueve, de Alejo Durán. También, la producción musical dedicó piezas a la belleza de aquel terruño, como las ya mencionadas Manizaleña, Mi bella momposina. Los seguidores más ultraístas de patio, de un chauvinismo intenso, hablaron de traición. Y dieron la espalda al acordeonista rechazando el hecho que el nuestro abriera su expresión a la influencia de lo colombiano. El debate entre evolucionistas y conservacionistas es viejo y se mantiene. Nuestro arte desborda en obras magníficas por ser expresiones abiertas a la modernidad.

Demasiado impregnado del nacionalismo que exuda el acordeón, aquél rechaza toda influencia foránea. Estos puristas en extremo tachan la evolución como imitación de lo colombiano, y por ende, involución. Mientras, exigían reiteración al Dorindo que escucharon en los sesenta y que adoran. Desconocen que el típico perdura porque admite evolucionar, primero del violín al acordeón y luego a la electrónica de amplificadores, batería, guitarra y bajo. Que el arte no alineado a la dinámica del cambio deja de conectar con la juventud, envejece y muere por repetitivo y falto de renovación. Los conocedores preguntan con extrañeza, por qué un género tan excelso como el vallenato tradicional, hasta hace poco incluía números tradicionales donde la tonalidad mayor domina cien a uno. También allá la tradición obliga al respeto de reglas invariables. Los tonos mayores expresan mejor la alegría y aquel humor que, dicho por el propio Cárdenas, debe exudar el artista. Y exigen una técnica menos compleja de ejecutar en el acordeón. Otra verdad, la voz melancólica que exhala la garganta de Dorindo mezcla muy bien con los ruegos al amor ido, o los requiebros del solitario. Los tonos menores encajan como anillo al dedo. Además, los primeros acordeonistas evolucionaron del violín, donde la relación entre mayores y menores es pareja. Luego del Décimo Quinto Festival, en mayor, produjo una catarata de inolvidables estampas musicales. Buena parte de la obra exhibe dos características: el desamor se toma el texto y, en consecuencia, encajará en tono menor, léase, El Solitario, Me acostumbraste mal, Regresa pronto. Sin necesidad de atribuirle méritos no ganados, el panameño plantó bandera con la invitación a incluir los tonos menores en la sonoridad del acordeón colombiano.

En marzo de 2011, con el alta médica reciente tras permanecer hospitalizado, Cárdenas alzó vuelo hacia el festival. Para el acordeonista panameño no existe mejor medicina que escuchar en cada esquina a los mejores acordeonistas de aquel país. Y de nuevo en el gran evento vallenato, en la tarima del Coliseo de Valledupar, la exigente afición aplaude la figura de Daniel Dorindo Cárdenas.

Una vida de hazañas

Como uno de sus logros, Dorindo prefiere recordar el haber elevado el renombre de los conjuntos típicos. Y con ello, las tarifas por presentación.  Hasta mediados del siglo xx, entre citadinos, la denominación “cholo” incluía un ingrediente clasista que pretendía denigrar a nuestro campesino. La obra del “Doro” enfrentaba aquella connotación denigrante. Gritaba el orgullo de un campesinado, y al unísono, el fortalecimiento de una identidad cultural propia del interiorano. Su éxito se erigió sobre una nueva sociedad donde sectores populares exigían nuevas relaciones igualitarias.  Qué más hazaña que una obra extensa y de éxitos continuos que coronan su trayectoria y le permiten mantener, a lo largo de los años, fieles seguidores. Representa a Panamá, Colombia, Costa Rica, Estados Unidos y Venezuela. Dorindo mereció las llaves de la ciudad de David y Boquete. Y de La Villa, a quien dedicó Mi patria chica, en cuyo texto incorpora citas del himno santeño.

Además recibió la Orden de Vasco Núñez de Balboa, en el Grado de Gran Comendador, así como cientos de medallas y otros reconocimientos, por sus méritos como acordeonista y artista que promueve nuestras raíces. Su casa en El Cocal de Las Tablas devino en una especie de museo donde atesora más de cien de estos reconocimientos.  El Premier, investido de maestro, envía un mensaje a la nueva generación de músicos incipientes. No es más que su propia receta de éxito: “Trabajen duro, guíense por sus instintos artísticos, sean perseverantes, y cosecharán éxitos. Tienen que ser perseverantes, responsables y serios”. Y añade: “Aunque se necesita la jocosidad y saber cómo actuar”. Mas la vida de un artista vive signada por los altibajos de la respuesta del público. La madurez acompaña gratas experiencias. Y, otras terribles. Asegura que lo más difícil es entender que hay sinsabores.

Algunos golpes

En 1968, en un baile durante las fiestas de la mejorana en Guararé, los asistentes lo abandonaron casi en estampida cuando escucharon las primeras notas del que estaba escenificando Alfredo Escudero enfrente. Mucha agua tiene que pasar por el puente de un artista para poder recuperarse de tan dura experiencia. Más, se levantó y siguió cosechando éxitos. También los médicos respiraron aquel mito de la eternidad del macano negro. En 1995, los facultativos lo mandaron de regreso a casa. No encontraban qué causaba el malestar. Pero él, siempre terco, insiste. Finalmente, dieron a tiempo con una arteria obstruida que hubiese podido causar un serio accidente cardíaco. En su debut, Victorio Vergara alternó en las fiestas de “La Moñona”, con Dorindo. Ambos asumieron un compromiso tan musical como negro. A cualquiera que partiera, el otro cantaría al ido. Y en 1998, enterraron al “Tigre de la Candelaria”, en el acontecimiento de mayores dimensiones que conociera artista alguno. Un lloroso “Doro”, con acordeón al ristre, y con la tableña iglesia a Santa Librada como testigo, gimió “Manizaleña, te quiero…”. Pero, sobre todos sus éxitos están sus diez hijos. Cuando murió uno en 1995, recibe duro golpe.

El reinado del acordeón diatónico

Sin lugar a dudas la marca alemana de acordeones Hohner domina como líder ancestral y mantenía el monopolio de los acordeones diatónicos. Madruga por tierras santeñas cuando todavía formábamos parte de Colombia. Hasta hace veinte años su competencia no era siquiera conocida. Desde entonces, es el sonido que pega. La fidelidad que genera es tal que público o músicos admiten a regañadientes, si no rechazan de plano, las sonoridades que exhalan otras marcas. La empresa alemana ha presentado modelos de una y tres hileras. También sabemos que el del pionero Gelo contenía dos hileras. En Colombia y Panamá, el instrumento trepa a alturas para estallar en mil colores estelares. De cada diez instrumentos que produce, ocho terminan alegrando parrandas y bailes por estos lares.  El modelo Corona III exhibe 31 botones, suficientes para reproducir los sonidos de toda la escala. Es usual, acomodados en tres hileras, que se toquen con la mano derecha. Y doce bajos en la izquierda. El que bien merece el calificativo de rey de los acordeones populares, en el último medio siglo no sufre modificaciones sustantivas.  Y hasta Alemania fue a dar Dorindo. La directiva de la empresa constructora de instrumentos de viento atendió al de Agua Buena con sumo respeto. Éste les presentó bocetos de una innovación que libraba al músico de tener que cargar, por lo menos con uno de los varios instrumentos que era necesario desplegar: el acordeón de cuatro hileras. Pero hasta hoy la idea no ha sido implementada.

El futuro está aquí

El conjunto exteriorizó su intención ante el nuevo siglo con una producción que tituló “Dorindo Cárdenas, más allá del año 2000”. Menos él, todos los que erigieron aquel “Conjunto escuela” se han retirado. Hoy, la primera voz es compartida con la del solista y bajista Milton Saucedo. En la ejecución del acordeón su hijo Adonis carga con parte del trabajo. Mas, como el campesino que sigue siendo, en su madurez cría ganado y trabaja en sus fincas de Tonosí. Allí, el famoso se desdobla en el agricultor sencillo y trabajador. La creatividad de los músicos típicos impulsada por la necesidad de novedades en la oferta, los hace experimentar. Importan nuevos sonidos de géneros de moda, alguna vez ensayan instrumentos de viento. Colaquito Cortés incluyó un órgano. Osvaldo Ayala moderniza su propuesta con una batería electrónica junto a esculturales bailarinas. Intenta fusiones a partir de la salsa. Sin embargo, la afición no se rinde fácil. Mira con recelo cualquier innovación. Las pocas licencias para incorporar citas de otros géneros o incluir algún sonido distinto, la otorgan al conjunto de Samy y Sandra Sandoval. Todavía “Doro” mantiene un público leal que maduró con él.

El conjunto permanece fiel a su propuesta original. Se niega a incluir bailarinas vedettes que ensayen como cantantes. Si de música se trata, su gusto permanece en el romanticismo de los Julio Jaramillo, Olimpo Cárdenas y Daniel Santos. Sin embargo, “El reggae no lo siento ni me gusta”, confiesa uno leal a sus raíces. Con dos tercios de siglo por las tarimas, Dorindo acumula más anécdotas que hijos. Y tiene diez vivos.  El compositor entra en un diálogo consigo mismo cuando canta a un amor infiel ido. Y se propone Olvidemos el pasado. La medida del éxito de una pieza viene dada por qué tanta identificación logra con su público. La emotiva pieza causa el intento de suicidio de una joven. Revienta el escándalo. Dorindo aclara que la composición es producto de su imaginación.  Varios descendientes Cárdenas muestran interés en la música; sus hijas Nilda y Yiniva cantan y esta última trabaja también en la actuación y la producción de cine. Sin embargo, es Adonis quien toca acordeón y canta. Hoy, como relevo, acompaña e interpreta el instrumento la mitad del baile. Desde ya hace varios años, graban juntos.

El significado de una vida

Por cinco décadas, la extensa producción de Dorindo Cárdenas ha cantado al terruño y a la vida. En otros momentos, ha desdoblado amor, y sobre todo, desamor. Y con mucho de celebración al terruño, con festival de Guararé o a la fiesta de Santa Rosa en Llano de Piedra. O a ese gusto tan vernacular de jinetear y ver el paisaje pasar en cámara rápida frente a uno Al galope ‘e mi caballo. Sin ser político, un campesino humilde y músico queda envuelto en una disyuntiva histórica. Desde la emergencia de la república, la presencia del socio mayor nos enfrentaba a dos opciones contrarias, resistir en lo panameño o decantarnos por el tutelaje gringo.  Dorindo siempre ha mostrado conciencia del efecto reforzador de la música sobre la identidad. En julio de 1969 habla de “Enseñar a los de la capital a apreciar la vida campesina. Una labor que puede reflejarse por la música y pintura”. Todo músico huye del efecto divisor de la política. Sin embargo, compuso sobre dos grandes figuras que alumbraron el andar republicano del siglo xx. En el 68, a Arnulfo Arias, El líder panameñista. Luego, será un Omar Torrijos nacionalista quien inspirará la pluma del cantautor con Adelante general. Con su acordeón campesino y popular Dorindo canta a la historia patria y toma partido en el fortalecimiento de esta identidad nacional amenazada. Evoca a Rufina Alfaro, Justo Arosemena, Buenaventura Correoso, Mateo Iturralde y Belisario Porras Barahona.  Aquella desvaloración del capitalino hacia la personalidad del “cholo” va cediendo poco a poco.

Hoy existe como excepción. Así lo evidencia la enorme dimensión que toma el desfile de carretas santeñas del 10 de noviembre en el corregimiento capitalino de Juan Díaz.  Esta insistencia del contracanto de la panameñidad explica por qué las ciudades terminales de Panamá y Colón salen de más de un siglo expuestas al estilo de vida norteamericano, con una identidad preservada. Y en la construcción de ese orgullo de pertenecer a esta nación, tomó responsabilidad central el acordeón diatónico de Daniel Dorindo Cárdenas. Una vida entregada a su vocación musical interiorana ha sido su propuesta para mantener una impresionante vitalidad, cuando araña ya la octava década. Y fuera de escena, el efecto bienhechor del campo, ganadería y agricultura. “El poste de macano” aguanta candela. Su cabellera negra y su vibrato sentimental persisten brillantes bajo las luces escénicas: “No me retiro porque me oxido, me pongo viejo y muero más rápido”. La obra de Daniel Dorindo persiste dura como el coco y clarita como su agua. Plantó bandera, y sigue como el músico interiorano más echao pa’ lante de todos.

Tienen que echar pa’lante,
tienen que echar ligero,
tienen que echar pa’lante
porque allá ‘lante los espero