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    Amalia Aguilar Nicolau

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Enrique A. Jiménez

by: Amalia Aguilar Nicolau

Acercarse a la figura de Enrique Adolfo Jiménez Brin es una tarea asequible gracias a la cercanía de los acontecimientos que generaron una cantidad de información de parte de los protagonistas de este periodo importante de la historia de Panamá.

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Graduada de comunicación social de la Universidad Santa María La Antigua. Ejerce el periodismo cultural desde la década de 1980 cuando participó como editora de la sección Revista del diario La Prensa . Muy cercana a las manifestaciones culturales panameñas, pasó algunos años ejerciendo la gestión cultural desde varias instituciones gubernamentales. Regresa al periodismo activo en 1995 como productora de un segmento cultural en el TV Desayuno, primer noticiero matutino de TVN-Canal 2. A finales de la década de 1990, dirigió el departamento de Suplementos del diario El Universal donde editó los suplementos femeninos Nosotras y Stilos. Desde entonces hasta ahora es editora ejecutiva de la Revista Agenda.
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Mi vida pública, vida azarosa, ha sido de luchas intensas, de éxitos y de reveses, pero inspirada siempre por ideales elevados y en nobles empeños de constante superación en beneficio y honor de nuestro país.

Enrique Adolfo Jiménez Brin

 

Acercarse a la figura de Enrique Adolfo Jiménez Brin es una tarea asequible gracias a la cercanía de los acontecimientos que generaron una cantidad de información de parte de los protagonistas de este periodo importante de la historia de Panamá.

Los hechos que acontecieron en nuestro país en la mitad del siglo XX son plenamente documentados. Por otro lado, el mismo Jiménez Brin escribe varios libros y folletos en los que detalla los motivos que le llevaron a tomar ciertas decisiones así como los hechos relacionados con algunas de sus actuaciones políticas más sobresalientes.

Esos documentos sirven de base para esta corta biografía que pretende esbozar un semblante sobre el valor de la figura de Jiménez Brin como uno de los principales políticos de ese siglo que convirtió a nuestro país en insignia de la historia de América Latina. A él le debemos algunas de las políticas públicas progresistas del país, así como la creación de instituciones que llevaron a nuestro desarrollo. Se le describe como un hombre sencillo, espontáneo y accesible, sin ser un político populachero.

Al parecer gustaba de ejercer su influencia a través de grupos de su elección. Era cuidadoso en su lenguaje y extremadamente celoso de sus opiniones. Jamás se expresaba de forma ofensiva contra el adversario. En todo momento daba la impresión de un hombre reposado, dueño de sus emociones íntimas, sereno, tranquilo, sin demostrar jamás sus inquietudes en momentos de crisis.

Era respetado incluso dentro del círculo de sus adversarios más implacables, ya que reconocían su ecuanimidad. Estos le describen como un hombre calculador que utilizaba la frase “jamás dar puntada sin dedal”, para referirse a su propia forma de actuar. De acuerdo con Jorge Conte Porras,

 

En su condición de estadista se destacó como un gran organizador; como un hombre respetuoso de la autonomía profesional de sus colaboradores; le oímos una vez una expresión: “prefiero convencer a uno solo de mis adversarios a través del diálogo, que imponer mi criterio a una multitud por ejercicio de la autoridad”.

 

Romualdo Mora describe la administración de Jiménez Brin en un artículo titulado “Espacio para el recuerdo”, publicado en La Estrella de Panamá el 28 de abril de 1971 como:

 

la administración de Jiménez se caracterizó por su honestidad y eficacia en el manejo de los fondos del Estado y por su visión y dinamismo en la gestión de la cosa pública. Vemos que al tiempo que construía el aeropuerto de Tocumen, y adelantaba el relleno de los manglares de Colón —en cuya área estableciera luego la zona libre de comercio internacional— patrocinaba con ahínco y por todos los medios la construcción del gran hotel El Panamá. Y, simultáneamente, se daba inicio a la construcción de la ciudad universitaria y de los actuales edificios de la Escuela Vocacional de Artes y Oficios Melchor Lasso de la Vega, amén de obras similares en las cabeceras de provincias…

 

Apodado por sus adversarios como el Submarino para indicar que siempre encontraba una salida inesperada cuando aquellos creían tenerlo atrapado y vencido. Existen varias anécdotas que dan luces sobre su personalidad y carácter. Una de las más difundidas es la que tenía como protagonista al coronel José Antonio Remón Cantera quien era el jefe de las Fuerzas Armadas.

La anécdota cuenta que el coronel junto con miembros de la Asamblea Nacional planeaban un golpe de Estado contra Jiménez Brin para ofrecerle la Presidencia de la República a Henrique de Obarrio Vallarino, en ese entonces contralor. Jiménez Brin, conocedor de los planes que se fraguaban en su contra, invita el día programado para el golpe, muy temprano en la mañana, al coronel Remón y al ministro de Gobierno y Justicia Jacinto López y León.

Después de una larga reunión, Jiménez los deja solos mientras recibía a la comisión de la Asamblea encargada de comunicarle su destitución. Al ser informado de la situación, Jiménez Brin les comunica su rechazo sobre la decisión y hace llamar al coronel Remón para reclamarle su respaldo a lo que este accedió, desarmando todo el complot urdido en su contra.

El presidente no tomará acciones contra los golpistas y jamás comentará nada más al respecto. Durante el tiempo que dura su mandato se propuso crear en el país un ambiente de libertad, respeto, acatamiento a las leyes, bajo una amplia tolerancia, con el propósito de conseguir calma y tranquilidad en la sociedad panameña. Para Ricardo J. Alfaro:

 

la administración de Enrique A. Jiménez figura en primera entre las más progresistas que ha tenido el país. Como estadista de altura, poseedor de una fina intuición jurídica, resolvió con tino un número considerable de los más graves problemas de la vida nacional y bajo el imperio sereno de las libertades ciudadanas llevó a cabo un vasto programa de obras públicas y de legislación y esas que por sí mismas pregonan ante la posteridad su magnitud y trascendencia.

 

Existe poca información sobre sus primeros años de vida. Sabemos que sus padres eran Adolfo Jiménez y Felicidad Brin de Jiménez, y que nace en el departamento del Istmo el 8 de febrero de 1888. Es muy probable que el pequeño Enrique fuera testigo del abandono en que Colombia mantuvo al Istmo durante el siglo XiX, así como de la frustración que generaba ese descuido.

En ese entonces, la población resentía el sistema centralista implantado que entorpecía el fomento de la educación y de la salud, al mismo tiempo que dificultaba la construcción de obras de infraestructura en las principales poblaciones las cuales carecían de servicios básicos como acueductos, alcantarillados, caminos y vías de acceso. Varios hechos significativos provocaron el levantamiento de los istmeños de convicciones liberales y federalistas.

Las ideas separatistas se esparcieron ante la desatinada decisión de transformar al Estado federal en un departamento más de Colombia, así como de las medidas del restablecimiento de las aduanas y el incremento de la carga impositiva. A la grave crisis económica que azotaba al territorio viene a sumarse el fracaso de la Compañía Universal del Canal Interoceánico y el estallido, en 1899, de la guerra de los Mil Días.

Ya para ese entonces, Enrique cursaba estudios primarios en el Colegio del Istmo, los cuales tuvo que suspender a causa del conflicto. Este enfrentamiento, que dura tres años, afecta al país seriamente. En él perdieron la vida cerca de cien mil personas, entre ellos muchos niños y jóvenes los cuales participaron activamente en las batallas entre conservadores y liberales.

Panamá era escenario de varias de estas contiendas arruinando aún más su precaria economía, los cultivos fueron destruidos y el ganado se utilizó para alimentar a las tropas. Al finalizar la guerra, Enrique se dedica a trabajar y a cultivar su desarrollo intelectual, estudiando de manera autodidacta las ciencias jurídicas, sociales y económicas; hasta que un nuevo conflicto, esta vez el alzamiento separatista, vuelve a convulsionar su vida. Al estallar los sucesos del 3 de noviembre, Jiménez Brin era apenas un adolescente de 15 años.

A pesar de su corta edad se ofrece como voluntario para engrosar las tropas que defendían el movimiento separatista. El general Esteban Huertas, a cargo del control militar, le asigna la vigilancia nocturna del muelle del ferrocarril. Al día siguiente, el 4, el mismo general, nombra al joven “cabo de llaves” del cuartel de Las Monjas. Días después se le escoge como abanderado del segundo batallón del istmo, comandado por el general Domingo Díaz.

Permanece al servicio de las tropas hasta que desaparece la amenaza de un ataque armando y se consolida la independencia. El contacto en sus primeros años de vida con las ideas liberales va a determinar sus actuaciones posteriores. La responsabilidad, la dedicación y la vocación de servicio son rasgos de su carácter que lo distinguen desde su juventud. La primera evidencia de su don de liderazgo lo revela su paso por la Pacific Mail Steamship Company durante su juventud.

Contrae matrimonio con Beatriz de la Guardia con quien tuvo cuatro hijos: Gladys, Marta, Aida y Enrique. La mayor parte de su vida la dedica al servicio público llegando a ocupar importantes cargos como ministro de Estado, embajador, diputado de la Asamblea Nacional, hasta que en 1945 la Asamblea Constituyente lo designa como presidente provisional de la república. Enrique Jiménez muere el 28 de abril de 1977 a la edad de 82 años, siendo considerado tanto por sus seguidores como por sus detractores, como un servidor a la patria y un estadista. Su carrera política inicia al lado de Belisario Porras Barahona, quien lo elige como su secretario privado desde 1912 a 1916, su primer periodo presidencial.

Existían cincuenta años de diferencia entre el líder liberal y el joven Jiménez Brin, que contaba en ese entonces con 24 años de edad, pero esta circunstancia no evita que desarrollara con Porras Barahona una profunda relación de afecto y respeto. En varias ocasiones se refirió a esta etapa como “la más compleja experiencia de su vida administrativa”.

Desde 1918 hasta 1930 llega a asumir diversos cargos políticos y administrativos de importancia entre los que cabe destacar los tres periodos distintos en que, como diputado de la Asamblea Nacional, ocupa la presidencia de la Cámara. También en dos ocasiones es elegido como designado para ejercer el poder ejecutivo, la primera en 1924 y la segunda en 1932. Desde sus primeros años Jiménez Brin demuestra su habilidad para las finanzas por lo que se le invita —durante ese periodo— a participar como presidente de la junta directiva y subgerente del Banco Nacional y en dos ocasiones ocupa la cartera de Hacienda y Tesoro, así como la gerencia de la Lotería Nacional de Beneficencia.

Como le interesaban las relaciones comerciales entre países, representa a Panamá en la Tercera Conferencia Comercial Panamericana celebrada en Washington en 1927 y en la Conferencia Panamericana de Comercio Recíproco que se llevó a cabo en California en 1930.

La diplomacia era otra de sus facetas destacadas. En 1922 es secretario de la Legación de Panamá en Washington y en San José de Costa Rica; así como embajador extraordinario y plenipotenciario en misión especial ante el gobierno de Cuba. En 1943 es designado embajador extraordinario y plenipotenciario en Washington, cargo que desempeña hasta principios de 1945 cuando regresa al país para participar activamente en los acontecimientos políticos de una contienda electoral, que lo lleva a la Presidencia de la República. Enrique Adolfo Jiménez Brin se destaca como uno de los líderes más sobresalientes del liberalismo nacional durante un periodo que cubre más de treinta años de actividad partidista. Así queda plasmado en varias convenciones —1920 y 1924— del Partido Liberal donde se le designa como director principal. Es fundador del Partido Liberal Demócrata el cual lo postula a la Presidencia de la República en 1935, candidatura a la que renuncia en favor de Domingo Díaz Arosemena.

Durante varias décadas Jiménez Brin se dedica a la unificación del liberalismo. En 1945, luego de ser elegido presidente, declara que:

 

ninguna cuestión política de actualidad ha tenido en la opinión pública mayor preeminencia que la de la unificación liberal. Creo firmemente que la idea de unificar en un solo haz la familia liberal panameña, no es una aspiración conveniente tan solo desde el punto de vista partidista, sino que será una medida saludable desde el más transcendental de los intereses nacionales.

 

En aras de la integración del liberalismo, el Partido Liberal Demócrata deja de existir en mayo de 1946 para incorporarse al movimiento liberal unificador con otros sectores de la misma ideología. Desde ese momento en acuerdo con Francisco Arias Paredes y Domingo Díaz se dedican a la búsqueda de todas las fuerzas que puedan facilitar la tan ansiada unificación. Finalmente, tras la fusión de diferentes partidos de tendencias liberales aprobadas por varias convenciones nacionales, se efectúa en mayo de ese mismo año la histórica Convención del Teatro Variedades por la cual se unifican los grupos liberales por algunos años, ahora bajo el liderazgo de Francisco Arias Paredes.

Durante la dirigencia política de Jiménez Brin, el liberalismo enfrenta una serie de corrientes antagónicas, como el panameñismo, los movimientos sociales y comunistas y grupos progresistas, entre los que se encontraba el Frente Patriótico de la Juventud. La crisis del liberalismo nacional se produce —de acuerdo con algunos autores— a raíz del golpe que el Movimiento Acción Comunal realiza el 2 de enero de 1931 para derrocar al presidente Florencio Harmodio Arosemena dando inicio al surgimiento de nuevas corrientes políticas. En el año de 1932 surgen en el istmo dos tendencias reformistas, por una parte la de los grupos neoliberales liderados por Francisco Arias Paredes, Enrique Adolfo Jiménez Brin, Guillermo Andreve, José Dolores Moscote y José Daniel Crespo; y por la otra, la que promovían Julio J. Fábrega, Eduardo Chiari, Harmodio Arias y Juan Demóstenes Arosemena y que se identificaban como los representantes de la derecha.

Ese mismo año, el órgano ejecutivo designa una comisión para elaborar un proyecto general de reformas a la Constitución, las cuales, aunque aprobadas en primer debate en 1934, se mantuvieron sin efecto hasta 1940 cuando Arnulfo Arias Madrid, representante de la tendencia antagónica, es elegido presidente. A partir de la promulgación de la Constitución de 1941 se lleva a cabo una importante labor reformista y modernizadora del Estado. La Constitución panameña defiende el fortalecimiento del ejecutivo, hasta el punto de limitar al órgano legislativo para reunirse, por su propio derecho, en legislaturas bianuales. La misma Constitución garantiza el funcionamiento de una comisión legislativa asesora al presidente de la república durante los periodos de receso de la Asamblea Nacional.

Por el contrario, el neoliberalismo venía luchando por un régimen político en el que el órgano legislativo sirviese de freno a los gobiernos autocráticos cuyas acciones se traducían en el debilitamiento de las instituciones democráticas. El periodo presidencial de Arias Madrid no dura mucho porque en 1941 es derrocado principalmente por su oposición a las exigencias de Washington en el umbral de la Segunda Guerra Mundial y por la insatisfacción de algunos sectores, con sus tendencias autoritarias y racistas. Su sucesor es Ricardo Adolfo de la Guardia, aliado de Washington.

Durante ese conflicto armado Panamá se convierte en el primer país latinoamericano en declararle la guerra a las potencias del Eje. Además, a través del Convenio Fábrega-Wilson se le permite a Estados Unidos establecer 134 bases militares en todo el país. El presidente De la Guardia devuelve la tranquilidad, prosperidad y progreso a la sociedad panameña. Sin embargo, con el propósito de continuar el fortalecimiento de la democracia, su gobierno llama a una Asamblea Constituyente para reformar la Carta Magna.

Es así como por medio del Decreto 12 del 2 de febrero de 1945 se reglamenta la elección popular para los delegados a la Convención Nacional Constituyente, que se realiza el 6 de mayo de ese mismo año. En este reglamento se incorporan algunas medidas significativas como la participación igualitaria por primera vez de hombres y mujeres y el voto secreto con el propósito de eliminar la influencia de los políticos e impedir amenazas y sobornos.

Se solicitaba que las postulaciones a la Constituyente, que podían ser efectuadas por los partidos políticos así como por los ciudadanos independientes, tomaran en cuenta a “ciudadanos de primera línea por su preparación y por la confianza que despiertan en la totalidad del país”. De acuerdo con las crónicas de la época las elecciones se realizan en un clima de orden y respeto cívico.

La Segunda Asamblea Constituyente se instala el 15 de junio de 1945 generando expectativa en la población sobre quién sería el presidente provisional. Estaba configurada de la siguiente manera: Partido Liberal Renovador, 12 escaños; Partido Nacional Revolucionario, 11; Partido Liberal Doctrinario, 8; Partido Liberal Demócrata, 8; Partido Liberal Nacional, 7; Partido Socialista, 2; Partido Conservador, 2; Independientes, 3 (1 de Bocas del Toro y 2 de Panamá). En este sentido, el 30 de mayo de 1945, el diario El Panamá América publica que los partidos Liberal Nacional, Conservador y Nacional Revolucionario apoyaban la candidatura de Eduardo Chiari. Entretanto, Enrique Adolfo Jiménez Brin y Domingo Díaz Arosemena firman un pacto comprometiéndose a “renunciar el uno a favor del otro para el bien del liberalismo y de la patria”.

Sin embargo, pocos días después este pacto se rompió y Domingo Díaz decidió apoyar a Chiari quien era presidente del Partido Conservador. A pesar de que Díaz Arosemena y Jiménez Brin son los candidatos liberales para ocupar la primera magistratura del país, algunos delegados de otros partidos, además del propio, ofrecen a Jiménez Brin su apoyo, entre ellos dos miembros del Partido Socialista y algunos delegados del Partido Nacional Revolucionario. Con la intención de unificar la fuerza liberal, ambos candidatos establecen el pacto en el cual acuerdan renunciar a favor del que obtuviese mayor respaldo. Sin embargo, Chiari retira su candidatura por considerar que no contaba con apoyo suficiente para obtener el triunfo. En su reemplazo se postula su sobrino Roberto Francisco Chiari.

Mientras seguían las acusaciones entre uno y otro grupo liberal para desacreditar a los posibles aspirantes a la nominación presidencial, Francisco Arias Paredes, líder del Partido Liberal Renovador, con mayoría en la Asamblea Constituyente y Jiménez Brin realizan una serie de conversaciones con las diversas agrupaciones partidistas del liberalismo. En una visita a la ciudad de David, en compañía de Carlos Ernesto Mendoza, José Guillermo Batalla, Ernesto J. Nicolau y Carlos Sucre Calvo, el líder del Partido Liberal Renovador ante el gran respaldo demostrado por las fuerzas populares, regresa a la capital insistiendo en la necesidad de la unificación del liberalismo. Días después da su apoyo declarando que “Enrique Adolfo Jiménez cuenta con mi apoyo y él será el próximo presidente provisional de la república”.

Esto es determinante en el resultado. No es sorpresa que el 15 de junio de 1945 al reunirse en su sesión inaugural la Asamblea Nacional Constituyente, Enrique Adolfo Jiménez Brin sea elegido presidente provisional de la república por treinta votos a favor, en una votación nominal, en la que Roberto Francisco Chiari obtiene once. Los diez delegados restantes, que incluían a los miembros del Partido Liberal Doctrinario, votaron en blanco. Como primer vicepresidente de la república es escogido Ernesto de la Guardia Jr. del Partido Liberal Renovador. El mandato de Jiménez Brin lo establece la Asamblea Nacional hasta el 30 de septiembre de 1948, para extender así el periodo de la propia Asamblea.

Respecto a la Constitución de 1946 cabe mencionar que el 10 de noviembre de 1944 el presidente Ricardo Adolfo de la Guardia nombra una comisión integrada por José Dolores Moscote, Ricardo J. Alfaro y Eduardo Chiari para que redacten un proyecto de reformas a la Carta de 1941. Este proyecto, entregado al gobierno el 15 de febrero de 1945, es, de acuerdo con los integrantes de la comisión, “un proyecto de reformas sustantivas […] para satisfacer los anhelos de la nación en este momento decisivo de su existencia”.

La nueva Constitución se expide el 1 de marzo de 1946, calificada por el presidente Jiménez Brin como “uno de los instrumentos jurídicos más avanzados de nuestros días”. Sin embargo, para César Quintero esta carta fundamental no tiene el carácter innovador de la de 1941. Según él, “lo que se hizo fue perfeccionar, depurar y ampliar las instituciones creadas por su antecesora”.

El pensamiento neoliberal iba ganando adeptos en la región. En varios países vecinos se desarrollan procesos de reformas a los marcos constitucionales tomando como punto de partida esta avanzada ideología. Entre ellos Cuba y Costa Rica. Las principales ideas que se promueven en estos marcos legales son los principios de autonomía municipal, la autoridad legislativa como medio de control al excesivo poder del ejecutivo, los derechos políticos a las mujeres y la protección de la maternidad para las mujeres trabajadoras.

También se amplían las medidas de protección para los trabajadores, la promoción de la libre empresa y la creación de instituciones de crédito. Se garantiza la autonomía universitaria así como la creación de escuelas vocacionales para preparar técnicos a corto plazo.

Esta nueva Constitución se considera como la más estudiada y democrática que tiene Panamá en su era republicana. Es, además, la única adoptada por medios auténticamente legítimos y populares, siendo debatida y aprobada públicamente por una Asamblea Constituyente en un ambiente de libertad. Enrique Adolfo Jiménez Brin no es un político de grandes y profundos discursos. Los historiadores lo describen como un hombre consciente de la responsabilidad de su cargo y con visión de futuro.

Su mandato, del 15 de junio de 1945 hasta el 1 de octubre de 1948, se caracteriza por obras de infraestructura que situaron a Panamá en una posición económica competitiva. Muchas de las decisiones tomadas en esa época siguen generando importantes beneficios a la hacienda nacional. Precisamente una de las principales preocupaciones del presidente Jiménez Brin es la organización de la hacienda pública, por ello considera que:

 

nada expone más a un Gobierno a cometer errores fundamentales, a veces de peligrosas consecuencias, que la improvisación de sus actuaciones. Nuestro tiempo exige, en todos los países civilizados, que la acción gubernativa se planifique científica y técnicamente en proyecciones de continuidad. Con ese objeto, que ya es público, el Gobierno gestiona que venga una misión de expertos que estudie nuestras posibilidades en todos los campos de acción y nos sugiera los medios mejores para su realización.

 

Valiéndose de los programas de cooperación de la Comisión Interamericana de Fomento consigue, sin costo alguno, la contratación de Simón E. Leland, especializado en cuestiones tributarias; de David Lynch, experto en aranceles y en política comercial; y de Thomas E. Lyons, con experiencia en zonas libres de comercio internacional. El propósito de la iniciativa es la elaboración de un programa de desarrollo en esas áreas para dinamizar la economía.

A partir de los informes entregados por los respectivos especialistas estadounidenses empiezan a gestarse una serie de iniciativas con el objetivo de incrementar las exportaciones de productos nacionales, impulsar el desarrollo de la industria, la ganadería y la agricultura; modernizar el sistema impositivo, y promover el turismo.

Es así como se propone un plan de desarrollo para la realización de obras de infraestructura que hasta la actualidad tienen impacto en la economía panameña. Una de las creaciones de la administración de Jiménez Brin que más ha influido en el progreso económico de Panamá es la zona libre de Colón. En su libro Memorias, afirma que esa empresa fue iniciada con conciencia de su importancia, lo que evidencia la visión del presidente sobre las posibilidades de nuestro país como motor del comercio internacional.

Thomas E. Lyons, experto contratado, elabora un estudio pormenorizado de la materia, plasmando en su informe la viabilidad del proyecto y las ventajas para el país. Además, el documento indica específicamente a la ciudad de Colón como la localización más adecuada para su establecimiento. Luego de varias consultas con diferentes sectores, se aprueba la Ley 18 del 17 de junio de 1948 por la cual se crea esa área comercial como una entidad autónoma del Estado, que aunque cuente con respaldo oficial, debe ser regida con criterio empresarial.

Por esta razón es integrada en sus inicios por una junta directiva de prominentes hombres de negocios de Panamá y Colón. La primera directiva le da el carácter amplio a la iniciativa al no limitar las competencias a las actividades de almacenamiento, manipulación y reexportación de mercaderías, sino que incluye la posibilidad de establecer de manera permanente empresas industriales y de re-exportación.

También consideran la administración conjunta del funcionamiento del puerto de Colón. Desde ese momento, se reconoce el valor que para la economía nacional tiene la nueva zona libre, como lo demuestra una carta enviada al presidente Jiménez Brin el 25 de junio de 1948 por Galileo Solís, abogado consultor de la junta directiva en la que reconocía las virtudes del proyecto de la siguiente manera:

 

Las experiencias de la Zona Libre de Colón serán, sin duda alguna, y el tiempo se encargará de confirmarlo, el pedestal sobre el cual se erguirá la prosperidad futura del istmo de Panamá, no solo en cuanto a su tráfico mercantil internacional, sino también en cuanto al fomento y desarrollo de la riqueza interna del país, porque aquél será el vehículo propio para los capitales que esta última necesita para su explotación y producción.

 

La segunda iniciativa de envergadura realizada durante la administración de Jiménez Brin son las construcciones del aeropuerto internacional de Tocumen y del hotel El Panamá con el propósito de promover el turismo como eje de desarrollo:

 

La vida en Panamá es cosa sabida, tiene como base esencial el desarrollo de su potencialidad comercial; para ello necesita de dos cosas primordiales: un aeródromo moderno y un gran hotel para turismo. Lo uno y lo otro han sido de preocupación intensa para mi gobierno. Los trabajos preliminares de estas importantes obras siguen su curso normal, pero en el interés de que no se cometan errores que pudieran comprometer el porvenir de un país pobre como el nuestro, acabamos de conseguir que la Comisión de Aeronáutica Civil de los Estados Unidos nos envíe un experto que habrá de decir la última palabra sobre el proyecto en desarrollo de nuestro aeropuerto nacional.

 

Hasta la inauguración de Tocumen el 1 de junio de 1947, quienes querían venir a Panamá o los panameños que necesitaban salir del país tenían que hacerlo a través de las líneas de navegación comercial que los estadounidenses operaban desde la Zona del Canal. Esto era considerado en diversas ocasiones por ciudadanos prominentes y por el mismo presidente como una afrenta a la soberanía nacional.

Por lo cual, cuando Jiménez Brin asume la Presidencia de la República continúa las gestiones iniciadas por el gobierno presidido por Ricardo Adolfo de la Guardia para la construcción de un aeropuerto que sirviese de terminal a la aviación comercial internacional. El ingeniero Harry Fischer es contratado para llevar a cabo una investigación que determine el sitio más adecuado para el aeropuerto, tomando en cuenta, además del aspecto económico, los intereses del Estado así como los requerimientos de orden técnico para el mejor desarrollo de la obra. En febrero de 1946 Fischer rinde su informe al ministro de Obras Públicas de ese entonces Aristides Romero donde además de otras consideraciones, recomienda el área de Tocumen como el mejor sitio para construir la terminal aérea. La decisión de hacerlo en la ubicación señalada produce una ardiente polémica en la opinión pública porque el gobierno de De la Guardia había adquirido para este fin, terrenos en el área conocida como Tapia.

A pesar de los ataques de la oposición, Jiménez Brin sigue firme en su determinación argumentando principalmente razones de índole técnicas que garantizaban la eficiencia y sostenibilidad de la obra para el futuro. A esto se sumaba una consideración económica, ya que la nueva ubicación permitía un ahorro de cerca de dos millones y medio de balboas. Los trabajos comienzan el 20 de marzo de 1946 y terminan el 2 de septiembre de 1947. El nuevo aeropuerto internacional de Tocumen logra ser en ese entonces uno de los mejores de América. La prensa dedica varias menciones al tema destacándose un comentario publicado por Manuel C. González en su columna Tolda Gitana:

 

Hay que reconocer al ex presidente Jiménez Brin su valor civil al desafiar abiertamente desde el seno de la ciudadanía la crítica de sus adversarios; pero de todos modos, le queda en su haber, entre otros, el aeropuerto de Tocumen, obra de recia envergadura, con enormes proyecciones ventajosas al futuro de la patria. Y Enrique A. Jiménez Brin, con todos sus pecados, comparecerá al juicio de la historia amparado por la bandera de los cuadros y las estrellas, que ondea solitaria en el aeropuerto internacional para gritarle al mundo nuestra soberanía.

 

La oportunidad para el desarrollo del turismo, luego de la construcción de la terminal aérea internacional, continúa con la construcción de un hotel de primera categoría —que hasta ese momento solo existía en la Zona del Canal— para satisfacer la necesidad de quienes nos visitaran. Surge así el proyecto de construcción del hotel El Panamá. El presidente Jiménez Brin interviene personalmente no solo en la compra de los terrenos en donde se construye el hotel, sino también en que el Estado asuma la responsabilidad del préstamo que se negocia con el Export & Import Bank de los Estados Unidos para comenzar, “sin pérdida de tiempo”, los trabajos de construcción de la obra.

El proyecto genera una gran expectativa en todos los sectores del país. Resulta interesante la descripción que en su momento hizo el diario El Panamá América del 25 de junio de 1949 donde señala que el hotel El Panamá es la más grande construcción que se haya realizado en nuestro territorio después del Canal:

Moderno en todos sus aspectos El Panamá no tendrá igual en los países del sur. Su planta baja, a la cual se entrará bajo prolongada marquesina, mide ciento treinta metros de frente. A la izquierda de ese enorme lobby una amplia galería ofrecerá una docena de tiendas en las que nuestros establecimientos comerciales más acreditados abrirán sucursales. Allí tendrán cabida agencias bancarias, bazar de novedades, joyerías, oficinas cablegráficas, almacenes de moda mostrando sus vidrieras y escaparates a huéspedes y visitantes. El lobby o vestíbulo tendrá terraza al norte y sur. Una de ellas, con frente a la vía España, proyectará sobre la colina verde sembrada de árboles y plantíos y alegrada con su estanque sobre el cual flotarán algas y nenúfares. Contiguo a la terraza norte del edificio se encontrará el patio. Este patio merece un capítulo aparte. Se trata de un área de más o menos dos mil metros cuadrados con cancha de baile, piso de terraza, plantas exóticas, sistema moderno de sonido, bar especial para el servicio de área y una iluminación indirecta. Todo en ambiente de lujo y de trópico. Esta área sin duda alguna constituirá el punto donde converjan las actividades de nuestra juventud. El baile al aire libre durante los meses de verano será una de las grandes atracciones del hotel. En el patio se darán cita todos los personajes de nuestra sociedad y allí se congregarán para sus visitas a la piscina.

 

La reseña también destaca la magnífica orientación del edificio que “permite una vista panorámica de la bahía desde todas las habitaciones consiguiéndose a la vez, debido a la esbeltez del edificio, ventilación a través para todos los cuartos de norte a sur”. El artículo finaliza señalando el potente impacto que tendrá el edificio que, “como por obra de magia, quedará transformada la vida social de la urbe”.

Sin duda alguna, el hotel El Panamá es durante décadas un referente arquitectónico, urbanístico y social para la sociedad panameña. La educación pública también es una de las banderas de la administración Jiménez Brin. Su interés por conocer los problemas que de una u otra manera afectan a los estudiantes y al cuerpo docente lo lleva a celebrar durante su mandato reuniones y mesas redondas con la participación de profesores y alumnos para dialogar sobre las diferencias existentes entre los sectores.

Él preside personalmente estas reuniones en las que los estudiantes plantean y discuten ampliamente con profesores y administrativos los problemas y posibles soluciones. “Un gobernante liberal no puede ser indiferente a los afanes de la educación pública, ya que la cristalización definitiva y firme de las instituciones democráticas y republicanas es su principal preocupación”.

Lo recogido durante estos diálogos conduce a su administración a la promulgación de la Ley 47 de 1946, bajo la dirección del ministro de Educación José Daniel Crespo. Por primera vez en la república se establecía una serie de normas fundamentales con el propósito de proteger la educación pública contra la influencia de la política partidista, garantizando estabilidad al personal del ramo de acuerdo con criterios de eficiencia y buen comportamiento; e implementando concursos de credenciales para el nombramiento de profesores así como medidas de escalafón. Por otra parte, se crean cursos de verano y programas de becas para promover la profesionalización de los trabajadores de la educación.

Parte de este programa para dinamizar la educación pública incluye la construcción de modernos y bien equipados centros escolares en el interior del país. En esta época se fundan centros escolares como el Abel Bravo en la ciudad de Colón, el Félix Olivares en David y el Dominio de Canadá en Santiago, así como los primeros ciclos de Las Tablas y Chitré. La educación vocacional también tiene su lugar en la visión que Jiménez Brin desarrolla para los panameños.

La primera escuela industrial del país es el Instituto de Artes Mecánicas de Divisa y en ciudad de Panamá se construye la Escuela de Artes y Oficios Melchor Lasso de la Vega que “por su magnitud, sus planes de estudio y las vastas oportunidades que habrá de ofrecer a las clases pobres, será una verdadera universidad de manualidades y un productivo centro educativo que afianzará el espíritu de superación cultural del pueblo panameño”.

Esta escuela de artes y oficios se edifica en terrenos gestionados por la administración Jiménez Brin para la ubicación también de la ciudad universitaria y en donde hasta ahora siguen funcionando estos centros educativos. Problemas como el inquilinato, la falta de tierras para los pequeños agricultores, la construcción de hospitales y servicios sanitarios los enfrenta desarrollando programas de promoción de viviendas de bajo costo, otorgamiento de préstamos blandos y sistemas de acueductos y alcantarillados conjuntamente con la empresa privada e instituciones estatales. Otros, como los derechos de los trabajadores, los acogió a través del nuevo Ministerio de Trabajo, Previsión Social y Salud Pública, desde donde se elabora el Código de Trabajo de 1947. En este sentido, expresa Gil Blas Tejeira en su columna Mirador Istmeño del Panamá América del 6 de febrero de 1974:

 

Don Enrique fue un mandatario de preocupaciones de justicia social. Un intelectual panameño perteneciente a lo que hemos dado en llamar nuestra oligarquía, me decía que Jiménez había ido contra los intereses de su casta cuando hizo discutir y aprobar un código de trabajo.

 

Yo tomé parte en la comisión que discutió el anteproyecto. El presidente Jiménez dejó a esa comisión en plena libertad. Ahora se ha echado al olvido el esfuerzo que costó aquel código, básico para otras conquistas que vinieron más tarde a favor de nuestros trabajadores. Yo creo que aquella ley laboral cumplió una misión imponderable y que se incurre en injusticia cuando, para encomiar la nueva, se desconocen los méritos de la vieja.

Uno de los capítulos de la administración Jiménez Brin que merece especial atención es el relacionado con la negociación y posterior rechazo al Convenio de Bases (o Convenio de Filós-Hines). Este convenio es firmado el 10 de diciembre de 1947 por Francisco Filós, encargado temporalmente del Ministerio de Relaciones Exteriores de Panamá y Frank T. Hines, embajador de Estados Unidos, contando con el beneplácito tanto de Jiménez Brin como de Harry S. Truman, presidentes de ambos países.

El acuerdo era la prolongación del aprobado en 1942 en el cual se permitía la instalación de bases militares en el territorio panameño durante la Segunda Guerra Mundial. En el acuerdo, las mismas debían desmantelarse un año después de la entrada en vigencia del tratado de Paz. Sin embargo, Estados Unidos muestra interés en mantener más allá de esa fecha algunas de las bases en su poder. Luego de un año y medio de negociaciones lideradas por Ricardo J. Alfaro, quien mantuvo informado en todo momento al presidente Jiménez Brin y a los diputados de la Asamblea Nacional sobre los términos de las nuevas propuestas, no hubo consenso.

El tiempo de ocupación de los sitios, en particular Río Hato, era el punto que mantenía estancada la resolución. La pautas consideradas por los negociadores como puntos esenciales giraban en torno al carácter temporal del convenio; la administración conjunta de las bases, el ejercicio pleno de la soberanía panameña sobre las áreas destinadas a sitios de defensa y sobre los espacios aéreos correspondientes; así como la jurisdicción en asuntos civiles y criminales sobre los mismos.

Estados Unidos apelaba a la urgencia de la defensa del Canal dado que representaba un asunto de su seguridad ante lo incierto de la situación internacional. El 12 de diciembre de 1947 por decisión del presidente se firma el convenio. En muchos documentos Jiménez Brin justifica su apoyo a este acuerdo, que se enmarcaba en el contexto de la Guerra Fría y en la Doctrina Truman que tenía como objetivo principal la contención del comunismo, argumentando:

 

como en aquellos momentos era ya visible la amenaza del comunismo agresor, consideré oportuno y conveniente, desde todo punto de vista, celebrar el nuevo Convenio de Bases y cooperar así con nuestro aliado en la defensa del canal, en los esfuerzos extraordinarios que este viene desplegando en defensa de la democracia, de la cual fue apóstol y mártir el gran Franklin Delano Roosevelt de cuya vigencia en el mundo depende nuestra propia existencia nacional.

 

En cuanto se conocieron los términos del nuevo acuerdo, se sintieron en Panamá los primeros síntomas del rechazo popular que aumentaría en los días siguientes. La Federación de Estudiantes de Panamá, así como el Frente Patriótico de la Juventud lideraron las acciones de oposición a través de manifestaciones de protestas en las calles y voceando consignas que calificaban la acción del Gobierno como “entreguista y antinacional”.

Estos hechos tuvieron el respaldo de otros grupos como el Magisterio Panameño Unido, la Asociación Nacional de Educadores, la Unión Nacional de Mujeres, entre otros. Se dieron enfrentamientos en las calles entre los manifestantes y la fuerza pública, aumentando el descontento y la beligerancia de las protestas que dejaron algunos heridos. Dentro de la Asamblea Nacional, tanto Ricardo J. Alfaro, quien renuncia a su cargo como ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno, como varios diputados, algunos de los cuales en un principio apoyaron el convenio, expresaron su oposición al pacto.

Finalmente, el 22 de diciembre de 1947, la Asamblea Nacional rechaza por unanimidad el Convenio de Bases, pues consideraba que no era equitativo ni se sujetaba al derecho internacional. Este hecho tuvo importantes repercusiones en el campo de la economía nacional y es utilizado por los detractores de la administración para criticar las acciones del Gobierno ante la opinión pública. Durante los treinta y nueve meses que Enrique A. Jiménez Brin es presidente de la república se llevaron a cabo planes y programas para ubicar a Panamá como actor significativo en la región.

Sin embargo, algunos historiadores que han analizado su lugar en el desarrollo nacional destacan del legado de su gobierno, el compromiso con la democracia. Aparte de fortalecer la institucionalidad respetando la Constitución, el presidente Jiménez Brin lleva a cabo políticas innovadoras para la época como su constante contacto con la opinión pública del país a través de la prensa con cuyos representantes se reunía una vez a la semana para rendir cuentas detalladas de los problemas que afrontaba su administración, así como de los logros alcanzados y futuros planes y proyectos:

 

Siempre he considerado particularmente saludable y provechoso que el gobernante se mantenga en constante comunicación con la opinión pública a través de la prensa y de la radio. […] Por ello, en mis conversaciones semanales con los periodistas, no solo podía informar ampliamente al país de los planes y programas del Gobierno y de las realizaciones alcanzadas, sino también recibir esa palpitación de la opinión pública que el gobernante liberal y democrático debe conocer en todo instante.

 

El “permanente y cuidadoso celo en defensa de su nombre y su prestigio personal y político” es señalado por Renato Ozores en el prólogo de su libro Memorias publicado en 1956. Tanto en este libro, como en el folleto Para la historia, de 1951, su autor no solo enumera las obras realizadas sino que aporta información y cifras de primera mano sobre las decisiones tomadas por su gobierno y que según su autor, resultaron altamente provechosas para los intereses del Estado. Este compromiso con la transparencia y la rendición de cuentas es, como él mismo señala, un verdadero tributo a la opinión pública que:

 

resulta saludable para los altos intereses nacionales, que los hombres públicos, que de una u otra manera servimos al país, informemos a la ciudadanía de todas y cada una de nuestras intervenciones en las cosas del Estado, a fin de que estas sean apreciadas debidamente y para que el espíritu de la democracia logre afianzarse en la conciencia popular.

 

El 27 de enero de 1949, cuando ya no era presidente de la república, asiste a la Asamblea Nacional para explicar públicamente las decisiones tomadas durante su período y al mismo tiempo solicitar una investigación detallada de la labor desarrollada por su gobierno y la inversión de los recursos del Estado durante sus treinta y nueve meses de administración. Es interrogado durante varias horas por el diputado Jorge Illueca sobre detalles que tenían que ver con las obras realizadas, el manejo del presupuesto nacional y sobre algunas decisiones de índole político, como el Convenio de Bases.

Dentro de su respeto a la Constitución defiende el principio que establece la separación de los tres órganos de poder del Estado, el legislativo, ejecutivo y el judicial los cuales, según él deben actuar de manera limitada y separada, pero en armónica colaboración. Al respecto afirma que:

 

Solo cuando los órganos del Gobierno asuman la absoluta responsabilidad de sus funciones, en la esfera de acción que la Constitución señala, y en la íntima colaboración que el buen gobierno necesita, la república será una realidad entre nosotros y no podrán prosperar ni los abusos de poder ni el desenfreno demagógico de los caudillos.

 

Después de dejar la Presidencia don Enrique Adolfo Jiménez Brin se mantiene en la actividad política desde las trincheras liberales. De 1960 a 1963 es representante permanente de Panamá ante la Organización de las Naciones Unidas y de 1964 a 1968 —su último cargo público— se desempeña como presidente de la junta directiva del Banco Nacional de Panamá. La importancia del gobierno de Enrique Adolfo Jiménez Brin la expresa uno de sus principales colaboradores y amigos, Ricardo J. Alfaro, de la siguiente manera:

 

En la figura histórica de Enrique Adolfo Jiménez hay que admirar las fuerzas de entendimiento y de voluntad con que desarrolló en el ejercicio del poder una trascendental obra de progreso material, legislativo y cultural que lo consagra como uno de los mayores y mejores mandatarios de la república. Pero a ese tributo de admiración al hombre de Estado debe agregarse la simpatía entrañable que inspiran las cualidades humanas que lo caracterizaron: su sólida fibra moral; su lealtad a los principios; su amplio espíritu de tolerancia y de conciliación; su patriotismo genuino; su democracia de buena ley, y con virtud consustancial con todas las otras, su gran bondad. Suave en sus maneras, afable en su trato, animado siempre por un deseo sincero de ser útil o agradable a sus hermanos de la gran familia humana. Enrique Adolfo Jiménez fue bueno en la más noble acepción del adjetivo, y fuera de bueno como ciudadano, como hombre de familia, como caballero y como amigo, se hizo amar con esa intensidad de sentimiento que a su muerte convirtió en un solo doliente a todos los hijos de la nación panameña.

 

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