• img-book

    María Mercedes de la Guardia

SKU: 45e178ee2ed8 Categoría: Etiquetas: , ,

Ernesto de la Guardia

by: María Mercedes de la Guardia

… empezando por las elevadas intenciones y las luces largas que llevó a la Presidencia; la pulcritud con que manejó los recursos del Estado y una honestidad que ni sus más feroces adversarios pusieron en duda; las convicciones democráticas y las discretas batallas que libró para defender los intereses de las mayorías; y esa fortaleza interior que lo llevó a tolerar lo que fue una verdadera paliza material y moral, con tal de cumplir hasta el último día con la responsabilidad a él encomendada.

Tags: , ,
Meet the Author
avatar-author
Licenciada con énfasis en Economía y Francés en Goucher College, Estados Unidos. Trabajó en el Banco Latinoamericano de Exportaciones (BLADEX) y fue colaboradora esporádica de las revistas Lotería, Cordialidad y Década. En 1993 fue contratada para editar el suplemento infantil del diario La Prensa, luego la revista femenina Ellas, y, más tarde para dirigir su Departamento de Suplementos y Revistas. En ese medio trabajó hasta el año 2009, aunque sigue siendo parte de su junta directiva. Es autora de la biografía de Gabriel Lewis Galindo, Hasta la última gota, así como de tres publicaciones institucionales. Escribir la hace feliz.
Books of María Mercedes de la Guardia
About This Book
Overview

Ernesto de la Guardia: El presidente que no claudicó

Anochecer del 8 de mayo de 1960. Palacio de las Garzas, San Felipe. Ciudad de Panamá

Un grupo de amigos y copartidarios del presidente De la Guardia Navarro mastica frases de desaliento. De pronto, este da media vuelta y, con la mirada caída, camina hacia la recámara en la que se ha desvelado —fumando, leyendo, escribiendo y gobernando— durante los últimos cuatro años. —Esto se acabó, aquí no hay nada más que hacer —dice a manera de despedida. Las mesas escrutadas indican que el pueblo se ha inclinado a favor del candidato opositor, Roberto Francisco “Nino” Chiari. Sin embargo, dentro del partido gobernante, aún hay quienes rehúsan aceptar la derrota: —Avísale a tu papá que todavía se puede hacer algo —le ordena a Joaquín, vía telefónica, la voz apremiante de un miembro del gabinete. —Mi papá dijo que no lo llamáramos para nada —responde el hijo menor del presidente, convencido de que su padre se ha retirado a la habitación justamente para desalentar estos enviones.

Hacer “algo” habría sido una incongruencia mayúscula entre el decir y el hacer del mandatario, que llevaba meses prometiéndole al país unas elecciones libres y años trabajando para crear las condiciones que las hicieran posibles. En campaña se había comprometido con la reforma constitucional que creaba la jurisdicción penal electoral independiente, convencido de que esta era fundamental para librar al sufragio de “las corruptelas que lo habían deformado y falsificado durante cincuenta largos años de vida republicana…”. Ya en ejercicio, había impulsado la ratificación de esta reforma, creado el Tribunal Electoral, introducido una nueva cédula a prueba de falsificaciones y sancionado el que sería el primer Código Electoral de Panamá, antes del cual los electores acudían a cualquier centro de votación, pues no existían listas de mesas ni de votantes por mesa.

Estructurar el sistema había requerido una férrea voluntad política, además de recursos importantes del magro presupuesto estatal. No es exagerado decir que De la Guardia estaba obsesionado con la idea de poner término a lo que describía como “la dilatada y dolorosa historia de simulacros, vicios y falsedades políticas que han llenado de resentimiento la conciencia nacional, […] arrojado ludibrio sobre nuestras instituciones públicas y […] marchitado en nuestras gentes la fe […]”.(1)

1. Discurso inaugural pronunciado en la Asamblea Nacional el 1 de octubre de 1956, al asumir la Presidencia de la República.

Reconocer el triunfo de la oposición era sellar, mediante la acción ejemplarizante, aquel andamiaje de promesas, leyes y procedimientos que había ido construyendo a través de los años. No obstante, entregar el poder al adversario —en tiempos en que la costumbre era aferrarse a él— constituía, en sí, una proeza. El opositor Chiari había caminado siempre al otro lado de la acera. En 1948, los chiaristas frustraron sus aspiraciones de presentarse como candidato de una coalición liberal. Y, en 1952, lo vilipendiaron por certificar, en su condición de presidente del Jurado Nacional de Elecciones, la victoria de José Antonio Remón. Si el abismo que lo separaba de Nino era hondo, los lazos que lo unían a Ricardo Manuel “Dicky” Arias Espinosa, candidato oficialista, eran estrechos y de vieja data.

Dicky había sido decisivo para que Ernesto llegara a la Presidencia, pues fue él quien recomendó su postulación dentro de la Coalición Patriótica Nacional (CPN). Por si fuera poco, De la Guardia tenía una deuda de gratitud inconmensurable con el padre de este, Francisco Arias Paredes, pues fue don Pancho quien, como fundador del Partido Liberal Renovador, le transmitió su ideario progresista e impulsó su carrera dentro del colectivo. Añádase a ello el hecho de que, como abanderado del oficialismo, Arias Espinosa ofrecía la mejor garantía de continuidad a los proyectos emprendidos durante los cuatro años que llegaban a término, anhelo que De la Guardia plasmó en la presentación que hizo ante la Asamblea en la cual, como si se tratara de un juicio de sucesión, fue listando una a una las piezas que componían su legado:

[…] no deseo que desaparezca el actual régimen de igualdad en materia de licitaciones públicas; anhelo que se lleve a feliz término […] la extensión de la carretera interamericana…; aspiro a que se prosigan […] el acueducto y el alcantarillado; tengo fincadas grandes esperanzas en el desarrollo de la bahía de Colón; […] me desazona la idea de que no se disponga bien de Punta Paitilla y que los fondos que con ello se obtengan no se dediquen a construir hogares para las clases trabajadoras; me mortifica que las 300 y tantas hectáreas que mi gobierno compró en San Miguelito no se continúen urbanizando. […] No me gustaría que se abandonara la creciente institucionalización, […] el reconocimiento de la personería jurídica a los sindicatos obreros, el salario mínimo.(2)

2. Discurso pronunciado el 6 de mayo de 1960 en la Asamblea Nacional.

Días antes de las elecciones de aquel domingo de mayo de 1960, De la Guardia admitió públicamente que las candidaturas de Arias y Chiari no le eran indiferentes. El asunto estaba, explicó, en que “teniendo derecho a una opinión y una preferencia […] el Presidentese abstuviera de […] utilizar los recursos del poder para constreñir la conciencia, atemorizar y perseguir a los adversarios de su partido y para torcer, en cualquier forma, los resultados de la consulta popular”. De mil maneras intentó dejar claro ante los líderes de la CPN que eran ellos quienes tenían que ocuparse de la candidatura del Dicky, pues de la Presidencia no saldría el impulso ganador.

La contienda se presentaba cuesta arriba pues, por un lado, la selección de los compañeros de fórmula de Arias Espinosa irritó a los partidarios de José Dominador Bazán, que aspiraban a la segunda vicepresidencia, al punto de que las familias Penso y Delvalle, que representaban una fuerza económica y política importante, abandonaron la Coalición. Por otro lado, el chiarismo se robusteció cuando se filtró que, de llegar a la Presidencia, don Nino le devolvería los derechos a Arnulfo Arias, ese imán de votos que en 1951 había sido inhabilitado para ejercer cargos públicos. En mensaje al pueblo emitido dos días antes de las elecciones, el presidente insistió en que la Constitución y el nuevo código contenían disposiciones que prevenían la posibilidad de que el Órgano Ejecutivo funcionara como instrumento de represión política y adulteración del cómputo de votos, pero es probable que los copartidarios subestimaran estas advertencias. ¡Eran tiempos de manipulaciones y de fraudes! Todo cambió el 8 de mayo de 1960. Al ser notificado de que el cómputo favorecía a Chiari, De la Guardia exclamó: “Esto se acabó, aquí no hay nada más que hacer”, y se retiró a su habitación.

A la postre, la pureza de aquel sufragio y el traspaso del poder de manera pacífica de un partido de gobierno a uno de oposición serían exaltados como un referente en la historia de la democracia panameña. Al conmemorarse cincuenta años de la creación del Tribunal Electoral, el magistrado presidente, Eduardo Valdés Escoffery, reconocería el esfuerzo hecho por De la Guardia: “[…] no conozco ningún presidente panameño que haya enarbolado con tanto ahínco la bandera del saneamiento del sistema electoral”. (Valdés, 2006). Pero en aquel momento no se respiraba el aroma de la gloria. Como presidente, De la Guardia había tocado muchos intereses económicos y políticos. Algunos familiares y amigos se habían alejado. La coalición se había debilitado y no había quien blandiera ni diera continuidad a sus ideas progresistas, ni proclamara la magnitud de sus empeños. Durante los últimos cuatro años, más que hijo, hermano o amigo, De la Guardia había sido presidente. Frente a aspiraciones sectoriales o individuales con caras y nombres conocidos, él había dado prioridad a mayorías anónimas. Y en ese hacer perdió el afecto de los primeros, sin convencer del todo a las segundas. El telón caía, las luces se apagaban y apenas si se escuchaban los aplausos del público. Era un triste final para un comienzo exultante.

Mañana del domingo 3 de julio de 1955, Plaza Santa Ana

Las billeteras han empezado a abrir tableros pletóricos de ilusiones y desengaños. Auguran buena venta, pues la marquesina del Teatro Encanto anuncia la Segunda Convención de la Coalición Patriótica Nacional. Cientos de delegados han viajado desde los diferentes distritos del interior para posicionarse en la línea de partida de la carrera electoral y ahora se agolpan a las puertas de la sala.

Una vez logran entrar, se funden en una maraña excitada y bulliciosa mientras, en la mesa principal, vestidos con la formalidad mañanera del traje de lino blanco, intercambian comentarios el presidente de la república, Ricardo “Dicky” Arias; doña Cecilia Pinel, viuda del expresidente Remón; el hermano de éste, Alejandro “Toto” Remón; Víctor Navas y otras figuras prominentes del colectivo. Iniciando el acto, Toto Remón toma la palabra e introduce con frases dadivosas al protagonista de la matiné, Ernesto de la Guardia, que escucha atento y con expresión sobria. Llegado el momento, se levanta de la silla y acepta la postulación a la Presidencia de la República, “sujeto por igual al escrutinio de la conciencia y al latir del corazón. De la conciencia, que se yergue serena y vigilante… Del corazón, que se desborda de gratitud”. Luego, dirigiéndose a los convencionales, asegura que “más que una distinción por sus méritos, ve en el escogimiento un poderoso encargo y una seria, grave y delicada obligación”.

No exagera. Panamá es un caldero en el que bullen las pasiones desatadas por el crimen de Remón. En materia económica, no ha logrado resurgir de la depresión en que lo sumió el fin de la guerra, cuando los aliados abandonaron posiciones estratégicas en el Istmo y cortaron el flujo de dólares que oxigenaba a Panamá y sobre todo a Colón. El ingreso per cápita ronda los 300 balboas; 38 % de los niños (60 405 según el censo de 1950) no asiste a la escuela; muchos panameños sobreviven en condiciones que recuerdan las de los años 30 (primera posguerra), pero a precios de los 40. Y la mayoría cifra sus esperanzas en una relación más justa con Estados Unidos, aspiración legítima que, no obstante, impide buscar riqueza por cuenta propia y en otras direcciones. El candidato entiende que su misión tiene dos ejes: el fortalecimiento de las instituciones democráticas, a las que pretende rodear de “firmes salvaguardas”; y la creación y repartición de los medios indispensables para atender las necesidades de la población. “Pan y libertad” es su lema. Pan, que resulta de un “desarrollo económico mediante planeamiento científico, el aprovechamiento racional de los recursos, la multiplicación de las ocupaciones, la garantía de salarios justos, créditos para las inversiones y la mejora y ampliación de los servicios de educación, seguridad social, e higiene física, mental y espiritual.

Y libertad, que se traduce en autonomía y respeto para la persona dentro de un régimen legal de estabilidad jurídica”. (De la Guardia, 1977). Para alcanzar estos objetivos, propone dignificar la administración de justicia, exigiendo mayor idoneidad moral y profesional a los funcionarios; reordenar las funciones en el Ejecutivo; revisar el régimen fiscal; reformar el presupuesto para convertirlo en herramienta de trabajo; reagrupar al campesinado en regiones a las que se les pueda llevar salud, educación y progreso; colocar a la educación en condición de formar “un panameño libre y constructivo […], apto para resolver sus problemas vitales y con capacidad para actuar de manera democrática”; y dar beneficios que promuevan el desarrollo económico, cuidando que “no vayan exclusivamente a manos de inversionistas o empresarios”. Ya en campaña, se compromete a luchar para proveer el pan y la libertad “con todas las luces de su entendimiento y los bríos de su corazón”.

En cada discurso, procura educar en cuanto a los problemas y sus causas, y reclutar al ciudadano para la búsqueda y aplicación de soluciones. Quiere ser el catalizador de un esfuerzo conjunto e insiste: “que nadie espere de mí milagros”. El 9 de diciembre de 1955, dicta una charla en un fórum político en Santiago de Veraguas, ocasión que los asistentes aprovechan para presentarle el cúmulo de dificultades que confrontan. Él les promete buscar soluciones “sin desmayo”, pero no sin advertir que algunos de esos problemas tendrán que ser postergados, “porque es menester que actuemos en un orden de prioridades que dirija nuestra atención hacia lo que más apremia o hacia lo que más significa para el bienestar general”. No cree en soluciones con fines “lugareños”, sino “con visión de conjunto…” (ibíd.). Predica su mensaje en fomentos agrícolas, fábricas, almacenes, talleres… Provincia por provincia, realiza un proceso de consultas que lo llevan a concluir que la tarea es ingente. Por último, convoca a la ciudadanía a “un diálogo sereno y constructivo para estudiar la realidad y las perspectivas de mejoramiento integral de la República” (Mundo Gráfico, 1942), pero, según Diógenes De la Rosa, ese diálogo nunca se da. Cada grito de “¡Pan y libertad!” arranca aplausos efusivos, pero los documentos que distribuye a estudiantes y maestros de todo el país para que sirvan de base a ese diálogo se deshojan en silencio.

Ernesto emociona a las masas, mas no engancha el pensamiento individual. Sus discursos densos, cargados de información e ideas, salpicados con citas de Nietzsche, Kant, Ortega y Gasset, George Bernard Shaw, Roosevelt o Thiers apelan a esa gran ausente, la razón. Se niega a hacer las promesas con que gustan engañarse los electores y se declara “no proclive a la caridad”, porque prefiere “buscarle remedio a la pobreza en algo más firme y seguro que un mero sentimiento humanitario”. (De la Guardia, 1960). Las horas crepusculares las dedica a conversar con Merce, a contarle lo que ha hecho, lo que piensa hacer, lo que le irrita y lo que le preocupa. Sus hijos mayores, Ernesto iii y Analida, están casados e independizados; Joaquín está en la universidad. Merce es toda para él, para escucharlo, servirle la comida que le gusta, como le gusta; y acompañarlo a demostraciones de respaldo, verbenas, galas, romerías… La de ella es una inteligencia discreta, solidaria. Está orgullosa de Ernesto y comulga con sus ideales, pero sufre a causa de los roces que le acarrean su temperamento frentero, obcecado. El conticinio lo encuentra golpeando las teclas de una Underwood cuya cosecha incluye cartas, proclamas, discursos, planes, reformas y proyectos de ley, escritos que, según Diógenes De la Rosa (1998), “tienen escasos compañeros en la literatura producida por más de dos centenares de personas que han ocupado la Presidencia de la República y los despachos ministeriales”. Hacia el final de la campaña, a pesar de que la coalición que lo postula es casi imbatible, arrecia su actividad proselitista. En febrero se presenta en la Plaza de Santa Ana, ante una manifestación multitudinaria y colorida, armada de banderas y estandartes. El 22 de marzo, lo hace en el parque Cervantes, de David, frente a diez mil personas; el 29, se pronuncia a través de una red nacional de emisoras; el 26 de abril, hace otro tanto: “¡Pueblo panameño: piensa y escoge!”. Finalmente, el domingo 13 de mayo de 1956, los panameños rubrican las aspiraciones de la poderosa Coalición Patriótica Nacional, con 177 633 votos a favor de De la Guardia y 81 737 para Víctor Florencio Goytía, intelectual de prestigio que lleva años residiendo en Miami y a quien el Partido Liberal Nacional postuló cuando sus figuras prominentes rehuyeron la difícil contienda.

30 de mayo de 1904. Ciudad de Panamá

“Es un varón”, le informa el doctor Manuel Amador Guerrero a Ernesto “Neco” de la Guardia, refiriéndose al niño que con descomunal esfuerzo ha traído al mundo su esposa Chabela. El bebé acapara la atención de mama Queta, abuela paterna, que vive en casa de su único hijo y lógicamente vuelca su afecto en el primer nieto. Con el correr de los años, la familia se multiplica, y Ernesto se convierte en hermano mayor de Eduardo, Erasmo, Isabelita, Enrique, Graciela, Carlos Albán y Berta. Los De la Guardia Navarro disfrutan de una infancia austera y feliz cerca de calle 8, a media cuadra del parque Herrera y de la iglesia de San José, donde los bautizan a todos. Don Neco les corta el pelo a los varones, pues no hay dinero para la barbería; y además les exige desplegar gran esfuerzo para ganarse los cinco reales que les pagan por cargar las bolsas de los golfistas.

Es la figura respetable, la vara contra la cual se miden. Para cuando se hacen adolescentes, la situación financiera de la familia ha pasado a cómoda. Don Neco se incorpora como socio de la importadora Isaac Brandon & Co. y cultiva tan buen nombre que los acreedores de los ingenios, que a la sazón confrontaban problemas financieros, lo designan para comercializar el producto de la zafra, de suerte que las existencias de azúcar queden concentradas en sus manos y se puedan pignorar a favor de ellos (los bancos). Su figura enjuta de nariz prominente, bigote espeso y gruesos lentes de pasta sube a diario al tranvía que lo acerca al trabajo. Concluida la jornada, camina al Club Unión para una partida de bridge. Luego vuelve a Carrasquilla, donde lo esperan la compañía de doña Chabela y la comida de Margarita. Siente pasión por el deporte, en particular por el béisbol; y dedicará energía y recursos a promoverlo entre la población. Hacia 1919, Ernesto Jr. —baja estatura, cuerpo sólido, buenas calificaciones, medallas múltiples, intereses varios y un carácter de esos que cuando dicen “por aquí”, es “por aquí”—-, ingresa en el Instituto Nacional, en cuyas aulas policlasistas hace amigos entrañables, respira ideas liberales, practica el baloncesto y abraza causas sociales y nacionalistas. En 1923, recibe el diploma de bachiller en Humanidades y, meses después, zarpa con destino a Nueva York. Durante los siete u ocho días de navegación, escribe a su “querido papá” cartas de sintaxis perfecta y ortografía impecable:

Llegamos al vapor con sobra de tiempo […]. Hasta muy cerca de las once, no vinimos a salir del muelle. Un pitazo hiriente como una bofetada, cierto movimiento muy vivo de gente, pañuelos que se agitan en el aire, llantos que se reprimen con dolor… Después, soledad, quietud, silencio santo… El vapor es excelente […]. De muy buen tamaño, brinda toda clase de comodidades al mismo tiempo que anda muy velozmente […]. Para matar un poco el tedio, disponemos jugar “bridge” y son largas y odiosas las partidas que llevamos a cabo […]. El barco es muy estirado y mis compañeros de viaje, que son gente de jarana, se han contagiado de la gravedad. Yo leo, leo, leo. Por cada libro que termino, comienzo uno nuevo.

En Nueva York toma un tren hasta Hanover, Nueva Inglaterra, donde se encuentra la universidad de Dartmouth. Una vez se instala en el no. 9 de Sargent Street, acude al teclado para quejarse del recibimiento que le hacen los gringos: “es seco. No son hombres; son máquinas. Todos hacen las mismas preguntas, todos dicen más o menos las mismas palabras…”.

El ritual —volcar los pensamientos, rematar con tildes colocadas a mano— se repetirá con frecuencia durante los siguientes meses y años: “Ayer celebramos la conocida Dartmouth night […] estaba la noche linda, […] diáfano el cielo, despejada la atmósfera, olorosa a flores silvestres, templada la temperatura y una luna que parecía una monjita enamorada…”. Su opinión de los gringos cambia, como se observa en esta carta en la que marca similitudes entre la sociedad estadounidense y su deporte por excelencia, el fútbol americano:

Para jugar football se necesita entrenarse concienzudamente […]. Al gringo, desde los brazos de la madre, se le ha enseñado la conveniencia de premeditar para ejecutar […]. Nuestro Canal ofrece magnífico y vivo ejemplo… En él sucumbió el francés de manera heroica, pero triste […]. Y al francés sucedió el gringo. Fue al terreno, lo contempló, se sentó por dos años enteros a pensar […] cuando hubo pensado bastante, atacó… El football presupone disciplina […]. Nadie disciplinado como el gringo, nadie obediente como él […]. Al recoger los tiquetes en una taquilla, se agrupa en orden; al caminar por la calle, lo hace en un solo lado, […] respeta más que nadie los derechos del prójimo. El football es […] un trabajo de equipo […] En él es ridículo todo personalismo… Pues bien, […] el gringo le rinde tributo a la cooperación como nadie. La forma prevaleciente de alta organización en las empresas industriales de este país es la corporación… Muchas personas se reúnen, cada una apresta un pequeño capital y entre todas erigen una United Steel Corporation […]. En nuestros países latinoamericanos, la persona se complace en averiguar cómo marchan los negocios del prójimo para ponerles obstáculos…

El deporte es materia recurrente, pero también le interesan la literatura y la política:

El famoso novelista español Blasco Ibáñez se ha convertido en fogoso patriota y, como nuevo D’Annunzio, montó en un aeroplano y voló sobre la península ibérica arrojando proclamas contra el rey Alfonso xiii y Primo de Rivera. Charles Evan Hughes es el hombre más idóneo para ocupar la presidencia de los Estados Unidos en ese momento. Dotado de una gran inteligencia, de una sagacidad extraña, preparado concienzudamente por un estudio serio y continuado y con un gran acopio de experiencia en los tribunales de justicia y en las oficinas de Estado, es persona fuera del nivel común. …Este señor recibió del Estado solo 12 000 como salario anual. En cambio Jack Dempsey, poco más que una gran fuerza de puños y una piel muy curtida, por unos minutos de acción recibió un millón… ¿Será que acaso existe, por ventura, la justicia en este mundo?

Las inquietudes del universitario alcanzan a Panamá: “Tanto los periódicos que recibo, como tus cartas, me traen quejas de la labor poco honrosa de nuestra Asamblea Nacional”. Y en otra:

[…] Últimamente en Washington fue rechazado un proyecto de ley por el cual se declaraba día de asueto el natalicio de ese hombre montaña que se llamó Abraham Lincoln. Casi al mismo tiempo, en mi tierra, se reconocía que todas las labores tanto gubernamentales como comerciales debían suspenderse en la fecha en que Los Santos se proclamara independiente.

Las cartas dan cuenta de un peculiar sentido de la economía:

Estoy pensando enviar de vuelta el vestido que me hizo primo para que Erasmo lo use, debido a que por aquí la forma de tal vestido casi provoca burlas. Sólo lo usan los bailarines, especialmente si son de cabarets, en cambio que en Panamá están muy al día.

En 1926, Ernesto se embarca de regreso a casa y sella la alianza más firme y duradera de su vida al casarse con Mercedes Galindo Vallarino, hija de Mario Galindo, prominente empresario que llegará a ser alcalde; y de Analida Vallarino, fallecida cuando Merce tenía trece años. La novia tiene la mirada translúcida y la impronta de la responsabilidad marcada en la frente, pues su madre, al morir, la dejó con siete hermanitos, incluido uno que falleció al año. Para consternación de su recién adquirida familia política, es más delgada de lo que dictan los estándares de la época. Ernesto está profundamente enamorado de ella.

Mañana del 1 de octubre de 1956, residencia familiar del presidente De la Guardia. La Sabana, Panamá

El presidente electo madruga aún más temprano de lo usual y, sentado en el comedor de su casa de La Sabana (hoy Carrasquilla), repasa las páginas de El Panamá América: “Con adecuada preparación intelectual, disciplina ejemplar, honradez acrisolada, ferviente amor a la patria y honda preocupación por los intereses del pueblo […] llega hoy a la presidencia Ernesto de la Guardia N.”. Luego toma La Estrella de Panamá: “A pesar de su inobjetable ejecutoria y de unos antecedentes personales y políticos en los que ni sus adversarios han podido señalar la más ligera sombra, es lógico pensar que el nuevo presidente hallará dificultades…”. Cumplido el ritual mañanero, se lava las manos y, vestido de lino blanco, peinado atrás con raya al medio y bigote recortado, se dirige al Cadillac que lo espera con una puerta abierta. Para incomodidad del conductor asignado por protocolo, y en un gesto que se volverá habitual durante los años de su presidencia, da la vuelta y se acomoda al volante.

Ya en el palacio, Justo Arosemena, estrecha las manos que se extienden a su paso, toma asiento, escucha con atención las palabras de quienes lo preceden en el acto y, llegado el momento, se coloca detrás del micrófono: “Yo no deseo que se me aplauda anticipadamente por aquello que mi conciencia me dice que no puedo hacer…” (De la Guardia, 1960). Desde esa tribuna, intenta insuflar en la audiencia —diputados, ministros, diplomáticos, amigos— el deseo de enfrentar junto a él los retos que tiene por delante: desempleo, falta de vivienda y de servicio de agua y alcantarillados, falta de integración de las comunidades indígenas. “[…] un campesinado compuesto por seres trashumantes, de escasos conocimientos, alejados de las técnicas, sin acceso a créditos ni a aperos de labranza…”; el desmesurado crecimiento de la burocracia. Afirma que muchos de estos problemas son atribuibles a “la irresponsabilidad que priva […] en nuestro comportamiento colectivo”. Y, cuando los asistentes desfallecen, deseosos de que termine el acto y empiecen los festejos, da otro banderillazo: “[…] nada justifica la actitud demasiado común en ciertos grupos que pretenden resolver sus problemas particulares a costa de los recursos del Estado y no se detienen a considerar que la satisfacción de sus exigencias engendraría perjuicios para otros […]”. Finalmente, jura ante Dios y la patria cumplir fielmente la Constitución… Los nombramientos hechos para conformar su gabinete han dado origen a diferencias dentro de la coalición, lo que induce a De la Guardia a justificarse públicamente:

“[…] si he rebasado los límites del Partido, es para buscar en otros sectores políticos y sociales elementos cuya capacidad sea garantía de una labor eficiente […]. Yo no concibo el gobierno como botín […]. Para mí, los ministerios no pueden ser meras lonjas de manjar”.

A pesar de estas y otras desavenencias que irán surgiendo, la alianza partidista se mantendrá; no así la relación con el primer vicepresidente, Temístocles Díaz, que representa a los llamados “Liberales del Matadero”, los cuales no quedan satisfechos con su cuota de candidatos a diputados dentro de la coalición. A manera de protesta, Díaz hace denuncias y propone movimientos perturbadores que no prosperan pero que provocan que, desde los cimientos, De la Guardia gobierne con una espina y no un bastón. Esta pugna, sumada a un celo obsesivo con las responsabilidades del cargo, lleva al presidente a no pedir licencia, tomar vacaciones ni hacer viaje alguno durante sus cuatro años de presidencia. A la postre, las fatigas acumuladas y los cansancios reprimidos le pasarán factura al organismo, pero en el momento todo es energía, voluntad, optimismo.

Desde los primeros meses, pone en marcha la campaña de saneamiento y reorganización del Estado; promueve proyectos de ley, hace nombramientos, asigna tareas, despide botellas y aleja a los que años atrás, en un editorial de Mundo Gráfico, denominara “moscardones de Palacio”, “que pretenden constituir camarilla de todos los presidentes, […] que no actúan ni hablan, para no hacerse conspicuos, pero que tienen los ojos perennemente fijos en un contrato, una prebenda o un privilegio”. Trabaja de cerca con los ministros encargados de echar adelante el plan de gobierno en sus diferentes componentes, y sigue el tema de las reivindicaciones canaleras resultantes del Tratado Remón-Eisenhower firmado en 1955. Teme que, a falta de una presión continua de parte de Panamá, éstas queden en letra muerta, pero además busca que las conquistas sean administradas para bien de las mayorías. Los trabajadores panameños de la Zona del Canal están por perder el derecho a comprar en los “comisariatos”, esas tiendas militares donde la mercancía es mejor y más barata, cosa que los tiene intranquilos.

El 19 de noviembre, De la Guardia se presenta ante los miembros de la Cámara de Comercio y les dice que espera que los trabajadores y obreros panameños vean la renuncia a ese privilegio como una contribución a la rehabilitación económica del país. “El ser panameño es algo permanente en ellos. El ser empleado de la Zona, cosa transitoria”. (ibíd.). Pero asimismo les advierte a los comerciantes que deben aprovechar este giro favorable sin abusar… “las autoridades estarán vigilantes para evitar y sancionar todo movimiento especulativo en el nivel de los precios”. Es como un padre —o un hermano mayor— reconciliando las demandas de los hijos, recordándoles que “toda aspiración parcial, por justa que sea, debe relacionarse con otras aspiraciones, merecedoras también de atención”. La noche del 23 de noviembre de 1956, pronuncia un discurso abrumadoramente largo y denso que se transmite por radio desde el aula máxima del Instituto Nacional. (ibíd.) Una vez más, hace apología de la razón, llamándola “el medio más eficaz” para que gobernantes y gobernados se pongan de acuerdo.

Luego advierte en contra de las tendencias disociadoras, que vienen a cuento porque desde antes de las elecciones se tejen y descosen complots. Contrasta las crecientes necesidades del país con lo limitado de los recursos. Da a conocer la estrategia económica y el plan vial. Hace docencia sobre la importancia del presupuesto y la necesidad de restringir el gasto, pero promete más dinero para el sector educativo: “Nadie será más renuente que yo a negar la magnitud material y espiritual de los servicios que los maestros prestan al país y nadie se opondrá más resueltamente que yo a que se les escatime el reconocimiento que merecen […]”. El viernes 21 de diciembre, emite desde el Salón Amarillo del Palacio de las Garzas un saludo navideño, mientras Merce responde ordenadamente las tarjetas navideñas que les envían mandatarios vecinos, muchos de ellos producto de situaciones de hecho: el presidente de la República del Paraguay y comandante en jefe de las FF. AA. de la Nación, general del ejército Alfredo Stroessner y señora; Héctor Bienvenido Trujillo Molina, presidente de la República Dominicana; el general jefe supremo, Gustavo Rojas Pinilla, presidente de la República de Colombia; el presidente de la República de Cuba y la señora de Batista; Le Président de la République d’Haïti et Madame Duvalier; el presidente de Bolivia y la señora de Siles Suazo. Reciben también las enhorabuenas de The President and Mrs. Eisenhower; Golda Meir, Ministre des Affaires Étrangères; Pablo I de Grecia; su majestad Isabel II, reina de la Gran Bretaña, y The President Gamal Abdel Nasser, de Egipto, entre otros. Al amanecer del 1 de enero de 1957, el presidente —a quien algunos daban menos de tres meses de gobierno— camina hacia el balcón balaustrado del Palacio de las Garzas, toma una bocanada de aire marino y se prepara para iniciar la nueva jornada.

Verano de 1957, el “interior”

De la Guardia emprende una gira que lo lleva por caminos polvorientos, verdes campos y pueblos con olor a leña. En Chiriquí, asiste como invitado especial a la inauguración de la planta eléctrica de Caldera, y aprovecha para listar una veintena de obras de infraestructura realizadas en esa provincia, así como para felicitar a las Empresas Eléctricas Chiricanas por cumplir con ese rol creativo y creador que, como mandatario, ha venido reclamando de la empresa privada. En Penonomé, desde una tarima improvisada, congratula a los empresarios coclesanos por su pujanza. La zafra ha roto récord y algo similar ha sucedido con el procesamiento de leche. Además, da cuenta de los avances en la Interamericana, ese motor de progreso que permitirá que las buenas noticias sigan llegando. Su plan de gobierno está en marcha y se siente capaz de dar pasos controversiales, como el otorgamiento de la personería jurídica a los sindicatos. El 1 de mayo, desde la plaza de Santa Ana, se ve obligado a tranquilizar a sus conciudadanos, alterados por lo que algunos tildan de ser un giro a la izquierda:

Bien sé que en ciertos medios se siente aprensión hacia los sindicatos, que se recela que se conviertan en apéndice de grupos partidistas […]
yo no participo […] de semejantes temores […] estoy seguro de que los sindicatos panameños comprenderán que el desarrollo económico es de interés primordial para los trabajadores porque constituye la condición primera para el mejoramiento de los niveles de vida de nuestra población.(3)

3. Discurso pronunciado el 1 de mayo de 1957 en el parque de Santa Ana.

El viernes 14 de junio desembarca en Taboga, para una reunión de trabajo. A media tarde, se refiere a la última y peregrina acusación de que ha sido objeto: “Tiene tendencias comunistas”, sostienen algunos adversarios. A De la Guardia le preocupan los extremos a los que son capaces de llegar estos, sobre todo porque, en plena Guerra Fría, señalamientos como ese debilitan la posición de Panamá, que en ese momento gestiona la partida para la construcción del ansiado puente sobre el Canal (futuro puente de las Américas). En Taboga, cita las palabras del “gran presidente de Colombia”, Eduardo Santos, cuando dice que “la bandera del anticomunismo se está convirtiendo en América Latina en una de esas banderas piratas que amparan todo tipo de mercancías, aun las más abominables”.(4)

4. Conferencia leída en Taboga el 14 de junio de 1957.

En octubre de 1957, al cumplirse su primer año de gobierno, De la Guardia se presenta ante la Asamblea henchido de logros. Tras más de una década de déficit, el gobierno ha cerrado con un superávit (en años subsiguientes le será imposible encontrar el equilibrio perfecto entre los magros ingresos y las infinitas necesidades). Para lograrlo, ha recortado gastos, aplicado el impuesto de valorización que obliga a los propietarios beneficiados con mejoras en el sistema vial a contribuir al pago de éstas, y aumentado la vigilancia fiscal y aduanera. Al frente del Ministerio de Obras Públicas, el ingeniero Roberto “Cosaco” López ha reparado calles y avanzado en la construcción de avenidas; ha dado los primeros pasos para llevar la Interamericana de Santiago a David y extender el malecón hasta Punta Paitilla. Además, se ha instalado la Comisión de Acueductos y Alcantarillados para las zonas urbanas, paso urgido tomando en cuenta que el sistema vigente sólo sirve los corregimientos de Calidonia y Bella Vista y que gran parte de la ciudad es una especie de pozo séptico de donde emanan malos olores. El ministro de Hacienda y Tesoro, Rubén Darío “Chinchorro” Carles está poniendo la casa en orden, según las instrucciones que recibiera de De la Guardia:

[…] Al designarme […] me advirtió que era su propósito enmarcar el manejo de las finanzas públicas en la mayor eficiencia y honestidad […] por considerarlo ejemplo moralizador para el país, me ordenó eliminar el cargo de Juez Ejecutor que hacía años ocupaba un hermano suyo (Carlos “Chicho” de la Guardia); y también reducir el sistema de compensación para los miembros del cuerpo consular, con lo que afectó a otro familiar muy cercano […].(5)

5. Ponencia titulada “Vigencia de un Estadista” de Rubén Darío Carles, Ildea.

En materia de crecimiento económico, se nota algo de progreso, informa el presidente a los diputados, pero sigue faltando “cierta insurgencia” de los factores económicos, la cual debía llevarlos a explotar zonas y medios todavía vírgenes. Moviéndose al plano internacional, confirma que Panamá ocupará un puesto dejado por Cuba como miembro no permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Y que las gestiones de Nelson Rockefeller —que fuera su condiscípulo en Dartmouth—, y del embajador en Washington, Dicky Arias, han dado como resultado la aprobación, por parte del Congreso de Estados Unidos, de la partida para la construcción del futuro puente de las Américas, tema estancado desde 1942. ¡Aquello es un gran logro! Además, se ha conseguido que Eisenhower firme la devolución de propiedades en Colón—hotel Washington, hospitales y áreas residenciales frente al mar— según lo acordado en 1955.

A pesar de los buenos resultados, las páginas de los diarios que en el pasado reclamaban el ordenamiento de las finanzas públicas, hoy destacan los recortes y despidos que inevitablemente vinieron con éste. A ellos se refiere el presidente cuando dice que: “Nada habría sido tan cómodo para mí, por el trabajo y los sinsabores que me habría ahorrado, como hinchar alegremente las partidas oficiales”. (ibíd.) La prolongación del malecón, incluida dentro del Plan Vial, es determinante para los planes en materia de vivienda, pues permitirá la valorización y consiguiente explotación de Punta Paitilla, globo de tierra que había sido base militar y está por revertir a Panamá. La venta de lotes a particulares en Punta Paitilla, calcula De la Guardia, generará ingresos que permitirán al Estado adquirir las fincas de Monte Oscuro (hoy San Miguelito) y así legalizar y mejorar la situación de cientos de precaristas que moran bajo hojas de zinc y de cartón. Un grupo de empresarios poderosos que incluye a los hermanos Arias Guardia tiene una camaronera en un sitio prominente. Esgrimiendo el derecho a la propiedad privada, exige que los planos circunvalen su lote.

El presidente lo analiza, pero concluye que la historia no le perdonaría ese acto de cobardía. Para beneficio de la ciudad, la avenida bordeará el mar de canto a canto; pero el presidente ganará una enemistad de peso. Los propietarios originales de Punta Paitilla —las familias Alemán, Arjona y Bermúdez— también terminarán a disgusto con él. Ellas aducen que el contrato por medio del cual cedieron la Punta a los estadounidenses no era de compraventa sino de pago por uso y ocupación y que, por consiguiente, las tierras les pertenecen. El presidente hace pasar el decreto 434, de octubre de 1959, por medio del cual las tierras que han salido de la jurisdicción de la República de Panamá, en virtud de los tratados celebrados con Estados Unidos, al revertir, solo podrían inscribirse a favor de la nación. Conflictos se dan también en torno a la Interamericana: grupos con poder económico del área de Soná cabildean por una ruta que atraviese sus tierras, pero el gobierno opta por la vía directa a David. No hay en los cuatro años de gestión de Ernesto de la Guardia actos mediáticos grandilocuentes. No se pactan ni se rompen acuerdos internacionales; no se hace la guerra ni se firma la paz; no se rompen ni entablan relaciones ni se celebran aniversarios glamourosos, pero hay en su andar cien y una muestras de ese heroísmo silente y obstinado de la conducta íntegra.

Casi al final de aquel primer informe a la Asamblea, el presidente hace un mea culpa: “En la educación hemos fallado”. Luego lista las múltiples deficiencias que la aquejan, en lo material como en lo académico. “La situación del Estado y la nación son satisfactorias si se tienen en cuenta las dificultades con que hemos empezado —concluye— […] pero esto no significa […] que hayamos alcanzado los objetivos que teníamos en mientes […] significa tan solo que […] hemos abierto derroteros por donde enderezar nuestros pasos”. Hacia fines de octubre de 1957, inicia el proceso a los acusados por el asesinato de Remón. Las heridas se vuelven a abrir y los periódicos se enfocan en los detalles del juicio. Un jurado de conciencia compuesto por seis hombres y dos mujeres declara inocente a Rubén Miró, que en principio había confesado el crimen. Ante el inesperado veredicto, De la Guardia se manifiesta a favor de una revisión del proceso que llevó a la cárcel a José Ramón Guizado, pues la principal prueba en su contra era justamente la declaración de Miró. Dicha revisión conduce a su excarcelación en diciembre de 1957, lo que incomoda a algunos miembros prominentes de la coalición, de la cual Remón había sido parte. El año concluye su andar. El presidente ha sorteado duras pruebas, pero las más formidables lo esperan al doblar la esquina.

Marzo de 1958. Ciudad de Panamá.

Al concluir el primer año y medio de gobierno, El Panamá América y La Hora, propiedad de los hermanos Arias Guardia, critican la gestión de gobierno a través de noticias y editoriales. Ponen en duda la posibilidad de que el proceso de cedulación emprendido por el presidente concluya a tiempo para las elecciones de 1960; sugieren irrespeto a la propiedad privada (¿reclamo velado por la expropiación de las tierras de la camaronera del malecón?) y recogen quejas de estudiantes y padres de familia relacionadas con el mal estado de las escuelas y el atraso en ciertos nombramientos. De la Guardia crea una crisis de gabinete y los ministros, incluido Gilberto Arias Guardia, que ha reemplazado a Chinchorro Carles en Hacienda, presentan su renuncia al cargo. Otro tanto hace su hermano Roberto “Tito” Arias Guardia, que se desempeñaba como embajador ante el Reino Unido de Gran Bretaña. Al día siguiente, en primera plana, El Panamá América le recuerda al presidente que: “el estar vinculado al gobierno no obliga al medio a mantener una posición a favor de éste”. Para abril de 1958, se han inaugurado tres nuevos colegios, el Richard Neumann y el Fermín Naudeau, en la capital, y el José Guardia Vega, en Colón.

El Panamá América registra el hecho, al tiempo que denuncia las innumerables fallas en el sector. Además, asegura que los estudiantes saldrán a la calle y que tienen preparado algo grande… En efecto, a mediados de mayo, estudiantes y padres de familia del interior viajan a la capital, en donde se les suman alumnos de las escuelas secundarias. Pertrechados de pancartas, marchan del Instituto Nacional al Palacio Legislativo y de allí a la Presidencia; pero no son recibidos. Ese mismo día, en San Isidro, Ocú, el mandatario inaugura un grupo de viviendas campesinas, habla del surgimiento que ha tenido el comercio ese año y, ya al final, se refiere a los movimientos escolares: “El estado de agitación de las masas populares las hace víctimas de las maniobras de agitadores”. (De la Guardia, 1977).

A los pocos días, un grupo vuelve a desfilar por la avenida Central rumbo al Palacio de las Garzas. De la Guardia declara que recibirá una delegación y que de ninguna manera lo hará en horas de clase. Las protestas estallan y, como resultado, caen varios heridos y un muerto, José Manuel Araúz, de la Escuela de Artes y Oficios. El 19 de mayo, desde Palacio, el presidente expresa su “profunda congoja como hombre, como ciudadano y como mandatario […]”. Luego afirma que: “los informes de los médicos que examinaron el cadáver indican que no presenta seña alguna de herida de bala, sino severas contusiones […]”. Una vez más, atribuye lo ocurrido a una campaña insidiosa y persistente de excitación pública, e insiste en que su gobierno ha hecho por la educación todo cuanto ha podido:

Desde que ejerzo la jefatura de gobierno, quizás no haya pasado una semana sin que haya oído a un maestro, a un padre o a un estudiante […]. Sé de las necesidades, pero mi administración ha tenido que sujetarse a las limitaciones de un fisco extremadamente reducido […].”. (ibíd.)

La temperatura sigue subiendo y con ella el arrojo de los manifestantes. Ahora piden la cabeza del ministro de Educación, Víctor N. Juliao, cuyo carro han incendiado en una de las revueltas; reclaman, asimismo, la separación de los tres comandantes de la Guardia Nacional. De la Guardia no cede; los alzados llaman a huelga y el sindicato de obreros y de transportistas se les une. La madrugada del 22 de mayo, los manifestantes se toman el centro de la capital, cantan el himno y colocan barricadas para bloquear el flujo vehicular hacia la Presidencia, la cual queda totalmente aislada. Para sortear el cerco, los hermanos de Merce, Juan de Arco e Inocencio Galindo, abordan una lancha en el malecón y desembarcan frente a Palacio, en un gesto de solidaridad que la familia presidencial, acuartelada y consternada, recordará siempre con emoción.

Entre tanto, la Guardia Nacional, pertrechada de bombas lacrimógenas, sale a liberar las vías; los estudiantes la reciben con piedras; se escuchan algunos disparos. Y, en medio del caos reinante, caen nuevos heridos y ocho muertos. “¿Soy yo responsable de los acontecimientos de mayo?”, se preguntará el presidente cuatro meses más tarde durante su comparecencia en la Asamblea para rendir el informe correspondiente a su segundo año de gobierno:(6)

6. Informe presentado a la Asamblea el 1 de octubre de 1958.

¡No y mil veces no! Esos sucesos no los podría provocar una actitud de tolerancia como la mía, que algunos califican de excesiva. Fenómenos de tal naturaleza no los produce un espíritu civil como el mío, no los desata el respeto a la ley, ni los mueve el espíritu de cordialidad y comprensión que me distingue. Ellos tienen su origen en la condición explosiva que se había creado […] en las ideas disolventes que se habían inculcado […] en el odio que se venía predicando […] la vida joven y preciosa que entonces se perdió debió su desaparición al clima disociador que a la sazón vivíamos.

Para salir de la crisis, líderes universitarios se sientan a dialogar con una comisión del gobierno. Se firma el Pacto de la Colina, mediante el cual el Ministerio de Educación se compromete a desarrollar “un plan de realizaciones positivas”; se crea un impuesto a los cigarrillos producidos en Panamá para afrontar el programa de construcciones escolares; se acuerda indemnizar a las víctimas y liberar a los presos. Además, el gobierno accede a impulsar una ley que establece que los comandantes serán removidos al culminar cada administración. La calma vuelve, pero la sangre derramada deja una mancha en esa página del calendario.

En junio de 1958, a un mes de la revuelta estudiantil, llega al Palacio de las Garzas un periodista del diario ABC de España:(7) “se abre una puerta y vemos el gesto del presidente que nos invita a pasar […] viste de blanco y lleva raya al medio. En su pelo, ya hay canas. Tiene una sonrisa que inspira confianza”. Es la sonrisa que se observa en casi todas las fotografías que existen de él, aun en tomas espontáneas en las que no está posando para la cámara. En ellas proyecta una alegría y una ligereza que contrasta con la gravedad y el pesimismo que se percibe en muchos de sus escritos. “Lo primero que hacemos es felicitar al presidente —cuenta el periodista—. Su caballo ‘Double four’ le ha ganado el día anterior ocho mil dólares.” Entrando en materia, el entrevistador indaga acerca de las prioridades de su gobierno, a lo cual De la Guardia responde que el reto básico es acelerar el desarrollo económico:

7. Entrevista realizada por José Luis Castillo Puche, diario ABC de Madrid, España, el 4 de junio de 1958.

Hay que crear entre nosotros la necesidad de producir. El pueblo debe sentir la ambición de la prosperidad, pero por otros conductos que los que siempre ha tenido delante. Es la geografía, la tierra, una industria nueva, lo que debe cambiar la fisonomía del país. Calcule lo que es tener casi a la puerta, como vecino, al país más rico, Estados Unidos, y no disponer los medios de liberación en lo económico.  

Pasando al orden cultural, el presidente hace su ya conocido mea culpa: “en la educación hemos fallado […]. Tenemos ahora en Europa una comisión de técnicos […] tratando de estudiar a fondo este fallo […]. Han fallado también ciertos resortes morales[…]”. Con respecto al ineludible tema de las relaciones con Estados Unidos, se muestra pesimista: “me temo que han demostrado una radical incapacidad para comprendernos”.

Cuando el enviado del ABC le pregunta si hay “despliegue de comunismo” en Panamá, el presidente responde que “nuestros comunistas son pocos y están desprestigiados. Como descendientes de españoles, somos muy individualistas. Nuestra personalidad es intocable. Calcule que hemos vivido al lado de un foco de atracción permanente y, no obstante, subsistimos. […] La hispanidad es una cosa que no se puede negar”. El intercambio lleva una hora cuando el presidente se levanta y busca en su mesa unos folletos con sus discursos. Ya de despedida, le cuenta al entrevistador que es “valleinclanista puro”, y admirador de Blasco Ibáñez, al que considera “un autor estupendo”. Días más tarde saldrá publicada la entrevista de dos páginas en la que el autor pinta una escena pastoril del entorno, con camaroneras flotando en el muelle y un carrito vendiendo helados frente a la Presidencia. La realidad, no obstante, es bastante menos romántica.

Después de los sucesos de mayo, se descubren otros focos de agitación, explotan bombas caseras, se interceptan carros con armas. Por un lado se trenzan complots; por otro, se organizan redadas. A mediados de año, el presidente recibe a Milton, hermano del presidente Dwight Eisenhower y presidente de la Universidad de Johns Hopkins, que está realizando una gira de buena voluntad y hace escala en Panamá para participar en el acto de inauguración de los trabajos de construcción del anhelado puente, donde De la Guardia da la primera palada. Con el presidente, disfruta de un día de pesca que más tarde agradecerá con una nota en la que señala que: “los peces fueron elusivos, pero la conversación fue burbujeante y constructiva”. Hacia finales de ese agonioso 1958, al presentarse ante la Asamblea a rendir el informe anual, el presidente lamenta “una ofensiva implacable y constante por diatribas, cargos mendaces, ponzoñosas recriminaciones, toscos irrespetos y coléricas amenazas. Si a pesar de todo me conservo inalterablemente sereno —asegura a los diputados— es porque me acompaña esa seguridad moral que brota de la conciencia de haber cumplido con el deber”.

1926. California, Estados Unidos.

Recién casados, Ernesto y Merce viajan a San Francisco, donde él ha sido nombrado cónsul general, y se acomodan en una pequeña casa en Berkeley. En enero de 1927, en vísperas del nacimiento de Ernesto iii, deciden que Merce viaje para que el bebé nazca en Panamá “por si algún día quiere ser presidente”. Desde San Francisco, Ernesto le escribe a su “negrita del alma”, asegurándole que: “la mujer que va a la sala de maternidad es más heroica que todos los guerreros famosos, que Napoleón y que Bolívar, que Alejandro Magno y que Aníbal […] más buena y más noble. No hay título más aquilatado, ni más bello ni mejor que el de madre”. En febrero, le escribe a don Neco, su padre, contándole que por allá la gran noticia es el vuelo de Lindbergh a París. “Una proeza digna de los más inspirados cantores […]. Los periódicos no hablan de otra cosa […]. Lo malo es que ahora tiene que venir el epílogo en que se ensalza a la raza yanqui.” En 1928 renuncia al consulado y regresa a Panamá para incorporarse al Ministerio de Relaciones Exteriores en condición de sub secretario (viceministro).

En 1929, nace su segunda hija, Analida. En 1933, Ernesto iii cae enfermo y, con el auspicio del abuelo Mario Galindo, Merce viaja con el pequeño a un sanatorio para tuberculosos en California. Ernesto se queda en Panamá con la Gorda y, semanalmente, cuenta la nostalgia que lo agobia:

La noche fue desolada para mí. En mi cuarto enorme, sin poder dormir, me la pasé pensando en ustedes […] Sin ti, los días son largos y tediosos […] Dime, Merce, ¿piensas mucho en mí? ¿Me recordarás tanto como yo te recuerdo?

En sus cartas no faltan las malas noticias:

[…] por sobre todas estas cosas desagradables que te cuento, tienes el hecho de que mañana cumple año de muerto mi hermano Gringo y ya te puedes imaginar cómo estará la casa de mi mamá. Parece que una sombra se cerniera sobre ella, tan gris y triste se ha puesto.

[…] Vengo sintiéndome algo mal desde hace un tiempo, sin embargo, estoy cuidándome y espero estar completamente bien a tu regreso […] he eliminado el trago por completo; luego, me he propuesto no fumar y desde hace cuatro días no toco un cigarrillo […].(8)

8. Fotos de la campaña y de los años en la presidencia, recuerdos de sus hijos e incluso los quebrantos de salud que aceleraron su vejez indican que su renuncia a la nicotina fue apenas temporal.

Ernesto tiene veintinueve años y se ha incorporado a la empresa de su padre. Adicionalmente, labora en el hipódromo de Juan Franco las tardes de sábados y domingos, calculando a mano, y con base en el monto de las apuestas, los premios correspondientes a cada tiquete. La paga de cuarenta balboas sirve para complementar sus entradas regulares. Suma, resta, multiplica y divide dentro de lo que llaman la “jaula”. Y no faltan los días de líos, malas partidas, caballos descalificados y tiquetes robados que ponen a prueba su carácter. Tal fue el caso del incidente suscitado cuando un tipo que aseguraba haber comprado la dupleta ganadora se quejó de que le habían robado el tiquete. Iracundo, el que decía haber perdido la dupleta lo increpó acompañado por unos señores enardecidos por la cólera:

[…] Me levanté como loco de la rabia y, si con la fuerza venían a imponérseme, con la fuerza también me fui hacia ellos y casi a las patadas los eché de la jaula y le di llave a la puerta […]. Yo no podía establecer el precedente de dejar de pagar un tiquete por el solo hecho de que otra persona sostuviera que había sido robado.

Para olvidar las rudezas del diario bregar y aligerar el peso de la melancolía, Ernesto se refugia en el jardín de la casa que ha construidoen una loma de La Sabana, en lo que entonces era las afueras de la ciudad. Es sencilla, amplia y ventilada. En la primera planta, cubierta de malla metálica, se encuentran la cocina y la sala-comedor. Arriba, las tres recámaras, el único baño y la biblioteca. Está ubicada a metros de aquella en la que habitan sus padres, don Neco y doña Chabela, que habían dejado San Felipe en un esfuerzo por erradicar el dolor causado por la prematura y dolorosa muerte de Gringo:

Esta tarde o mañana voy a sembrar unas rosas y unos naranjos… —le comunica a Merce—. Entre el sábado y el domingo planté más de setenta hojas de colores, ochenta matas de piñuelas, helechos y veinte cosas más. Ha de verse cómo ha cambiado el aspecto del lugar. El sábado fui al Summit y conseguí treinta cebollas de una preciosa flor que los gringos llaman cannas y que aquí se conoce como bandera española […]. Mi jardín está hecho con amor, como que es el mejor regalo que te preparo y en esa luz quiero que lo veas para que lo encuentres más bonito […].

No es su único pasatiempo. “Deseo presentarte al nuevo campeón istmeño de golf”, le anuncia en carta fechada 5 de septiembre de 1933. “Al repetir mi score de 74 que jugué el sábado, me coroné campeón en el Isthmian Open Championship… me gané a 170 jugadores entre los que se encontraban la flor y nata de los golfistas de Panamá” En materia de política, las relaciones con Estados Unidos son tema obligado:

[…] hemos tenido últimamente una gran agitación con motivo de una edición de El Diario en la cual se aseguraba que nuestro país estaba a punto de romper relaciones con Estados Unidos a causa de desavenencias en la interpretación del Tratado […] Lo cierto es que las injusticias de ese país con nosotros ya rebasan la medida y a consecuencia de ello el pueblo entero se encuentra en un estado de ánimo pendenciero y quisquilloso […]

La sociedad de Acción Internacional ha comenzado sus labores en el sentido de conseguir que se atiendan las justas quejas de Panamá y, para secundar la tarea, se ha reunido con un grupo de muchachos. Estamos pensando en una gran manifestación pública y mientras ésta se realiza se me ha encomendado […] dar forma a nuestras quejas y aspiraciones en un memorándum del que se hará uso oportunamente.

Para fines de 1933, Merce y Ernesto iii regresan a casa y la situación profesional y anímica de Ernesto empieza a mejorar.

1959. Tercer año de gobierno.Predios del Palacio Municipal.

Un movimiento de protesta aupado por Ramón “el Monarca” Pereira, director de Radio Mía, y respaldado por grupos cívicos, exige que los concejales, entre ellos Samuel Lewis Galindo, sobrino de la primera dama, sean separados de sus cargos. El reclamo surge a consecuencia de malos manejos detectados en un informe de la Contraloría según el cual algunos funcionarios han venido pagando sueldos a personas que no trabajan allí y financiando escapadas a restaurantes y bares con dineros del Municipio.

La investigación está en los despachos del Ministerio Público, pero la presión popular exige acciones inmediatas. La tensión es grande el 20 de febrero cuando el presidente se dirige al país: “Nunca me he mostrado ni me mostraré dispuesto a ocultar los males que nos aquejan ni mucho menos a proteger a nadie […]”. Por otro lado, acceder a esta demanda implica “interferir en un proceso antes de que el Órgano Judicial establezca las responsabilidades del caso”. Luego añade que “el Ejecutivo carece de facultades para proceder, por sí mismo, a la destitución de los concejales, pues la Constitución le da al municipio carácter autónomo. Yo no podría, conciudadanos, para salvar una situación delicada, llevarme de calle preceptos constitucionales terminantes […]”.9

9. Discurso pronunciado con motivo de los sucesos municipales, el 20 de febrero de 1959.

Dicho esto, deja saber que, en su opinión, los afectados por esas acusaciones y sus suplentes deberían separarse voluntariamente de sus cargos. En mayo, las investigaciones llevadas por el fiscal en relación con el Municipio llevan a la suspensión definitiva de los quince concejales elegidos en 1956. La situación se normaliza en lo que a la ciudad respecta, pero se recalienta en el núcleo familiar, porque los parientes políticos del presidente toman partido con el sobrino. En marzo de 1959, con el llamado “Cabildazo” aún fresco, un grupo de rebeldes panameños se organiza para importar a Panamá los ideales castristas, que en aquel momento le daban un barniz romántico a la acción directa, como mecanismo para cambiar viejas estructuras.

El grupo asalta un cuartel con el propósito de robar armas; luego se refugia en Cerro Tute. La gesta es desarticulada, pero deja saldo de heridos e intranquilidad en la población. Un mes más tarde, a mediados de abril, un contingente de cien mercenarios cubanos desembarca en las costas de San Blas y establece un centro en Nombre de Dios. El gobierno panameño pide intervención de la OEA y apoyo de los países vecinos. De Colombia, Ecuador y Guatemala arriban fragatas, aviones y refuerzos y la rebelión es sofocada. No ha pasado un mes cuando Roberto “Tito” Arias Guardia —aquel que renunciara a la embajada británica en protesta por el supuesto ataque del mandatario a la libertad de prensa— intenta dar un golpe armado. La aventura, que contempla el desembarco en Antón de una lancha con municiones traídas de Cuba, fracasa. Arias Guardia se refugia en la embajada de Brasil en tanto su esposa, la bailarina Margot Fonteyn, pasa 24 horas en la Cárcel Modelo.

El Panamá América de la familia Arias Guardia no se refiere a los métodos violentos de su asociado, pero destaca a grandes titulares las hazañas artísticas y los vínculos internacionales de Dame Margot Fonteyn. En medio de la polémica, uno de sus periodistas le pregunta a De la Guardia si está arrepentido de su proceder, a lo que el presidente responde: “yo no creo en vacas sagradas” (ibíd., 24 abril de 1959). Las sacudidas no cesan, pero la Administración sigue abriéndose paso. En abril, el Ministerio de Obras Públicas inicia los trabajos de la parte del alcantarillado correspondiente a El Carmen, El Cangrejo y la nueva urbanización de Juan Franco. Se vierte concreto en uno de los caminos de circunvalación que unirá las primeras unidades vecinales de San Miguelito; se saca a licitación el tramo de la avenida Balboa entre el colegio Miramar y el puente sobre el río Matasnillo; se inaugura el nuevo edificio de la escuela Narciso Garay; se avanza en la construcción de la carretera de María Chiquita a Portobelo.

Se celebran los progresos en los trabajos de Bahía Las Minas que adelanta Refinería Panamá. Se crea la Dirección General de Planificación y Administración que luego se convertirá en ministerio; los mercenarios cubanos que estaban presos desde el desembarco en Nombre de Dios son deportados a Cuba; y el dispendioso proceso de cedulación rompe la barrera de las cien mil. Visitan Panamá Golda Meir, ministra de Relaciones Exteriores israelí; el canciller colombiano Julio César Turbay, a quien le devuelven la bandera de Colombia que el batallón del mismo nombre tenía en el cuartel el día en que Panamá se constituyó en República; y el presidente de Guatemala, Miguel Ydígoras. Además, De la Guardia intercambia cartas con el presidente Eisenhower referentes a las violaciones por parte de Estados Unidos al tratado de Mutuo Entendimiento de 1955 que, entre otros, establecía que en la Zona sólo se venderían productos panameños, salvo que ello no fuera factible. En junio, el mandatario recibe de parte del gobierno venezolano la Orden del Libertador en el grado de Gran Collar. Y en julio es condecorado e invitado como orador a la celebración de los cincuenta años del Instituto Nacional, que tiene lugar en el aula máxima:

Les aseguro a todos y en particular a los que aquí se forjaron una conciencia de nación y de patria que, mientras alienten en mí las en señanzas de esta escuela, nadie será más celoso que yo en la vigilancia, guarda y protección de los intereses nacionales.

Para entonces, Dicky Arias ha vuelto al país y emprendido su esfuerzo proselitista, lo que induce a Baltasar Isaza Calderón, catedrático de la universidad, a enviar una carta que se publica en primera plana de La Estrella de Panamá y en la que, palabras más palabras menos, le pide al gobernante que mantenga la neutralidad. El 17 de agosto, ese mismo periódico publica la respuesta de De la Guardia: “No pretendo designar desde el poder a mi sucesor […]”. El país sigue su andar inexorable. Funcionarios aseguran a los medios que “el próximo verano, se podrá ir en auto hasta la frontera de Costa Rica”; y la Cámara de Comercio propone, y el gobierno acepta, la creación del Instituto Panameño de Turismo. El gobierno tiene en marcha iniciativas en el sector, incluida la extensión de la pista de Tocumen en 1600 pies, lo que permitirá el aterrizaje de aviones de propulsión a chorro; y la construcción del hotel Taboga, explayado en una ventilada orilla. Además, el capital privado ha invertido en un oasis de lujo tropical cerca al aeropuerto, el hotel La Siesta.

Hacia septiembre, arrecian las presiones de parte del Sindicato de Industriales para que se retire de la Asamblea la reforma fiscal y, al caldo de descontento se suma la instalación de la Comisión de Salario Mínimo. En la Cámara de Comercio se forma una gran alharaca, pero el presidente no claudica. Por el lado positivo, la pavimentación de la Interamericana se extiende hasta Divisa; las cédulas emitidas alcanzan las 186 939 y a Palacio llega un periodista ecuatoriano de nombre Arturo Cowan Gil que, tras una conversación de una hora en el salón Los Tamarindos, publica una nota harto elogiosa de su entrevistado: “Jamás ningún otro presidente de los dieciséis que he entrevistado me impresionó así. Salí como si hubiera obtenido el gordo de la lotería […] Un hombre como De la Guardia, bien quisiéramos en algunos países sudamericanos.”

En el mensaje a la nación de octubre de 1959, De la Guardia vuelve a referirse a la reforma constitucional y a la jurisdicción electoral como logros en materia de institucionalidad; luego resalta las bondades de la reciente creación del Instituto de Vivienda y Urbanismo, que busca darle solución a la falta de techo y a la informalidad de la construcción. También hace referencia a la instalación de la Comisión de Energía Eléctrica. Panamá tiene, después de Nicaragua, la menor potencia eléctrica per cápita de la región. En algunas localidades, el servicio lo presta el Gobierno; en otras, empresas privadas en virtud de concesiones dadas por el Estado.

A pesar de que son monopolios de hecho, hay áreas en donde no hay plantas. La nueva comisión tiene el reto inmediato de promover la industria y a la vez regularla. Para contrarrestar las críticas en el sentido de que su gestión no ha sido capaz de sacar al país del estancamiento, el presidente menciona que, entre 1956 y 1958, las cuotas sobre sueldos pagadas a la Caja del Seguro Social habían pasado de 72,6 millones a 84,4 millones. Luego da unas cifras que, si no hablan de crecimiento, al menos muestran un manejo de los recursos absolutamente alejado de la politiquería: entre 1956 y 1959, el número de empleados públicos había disminuido de 22 692 a 20 576, a pesar de que se habían hecho amplios nombramientos en sectores críticos como educación y salud. No obstante esfuerzos, la presión presupuestaria es asfixiante. Ni el celo por conseguir que los asociados cumplan con los tributos ni la estricta continencia del gasto ha logrado evitar el déficit.

A través del mensaje presidencial, el hombre que como candidato había pedido “que nadie espere de mí milagros”, intenta explicar la situación, pero no logra que los gobernados se muevan de sus esquinas. La oposición exige austeridad; la población, soluciones. A principios de octubre, hasta Panamá llegan los gritos y amenazas de los colonenses: “no queremos vivir en callejones y aceras, como gatos”. Luego, cientos de ellos emprenden la Marcha de la Desesperación y del Hambre, que cubre las 49 millas que separan un océano del otro. Se detienen en San Miguelito, donde se les une un contingente de obreros, y juntos caminan al Palacio Legislativo. Tras horas de proclamas, ademanes, gritos y conversaciones abortadas, la Guardia Nacional logra dispersarlos, pero las protestas persisten durante días, hasta que el Gobierno se compromete con un “proyecto de salvación”. Por un lado, se establece que toda la mercancía consignada en Panamá por los puertos del Atlántico tendrá que tramitarse en Colón; por otro, se decreta una rebaja en los alquileres de las casas de inquilinato. Aquello es un campo minado.

No se han contentado los colonenses cuando estallan los afectados por estas medidas, incluidas la Cámara de Comercio y el Sindicato de Industriales de Panamá, que ya enfrentan las consecuencias de la reforma fiscal y que ven venir el temido salario mínimo. Por si la situación interna no bastara, The New York Times dedica un titular a Panamá en el que, como represalia a las denuncias hechas por el presidente, señala que, si los panameños quieren ver la paja en el ojo ajeno (violación a los tratados), pues Estados Unidos puede hacer otro tanto: “una oligarquía corrupta e ineficiente mantiene al país sumido en la pobreza”. Durante las fiestas patrias de aquel año de 1959, se suscitan nuevas manifestaciones estudiantiles en los límites de la Zona del Canal y frente a la embajada de Estados Unidos. Ya antes, en 1958, los estudiantes habían protagonizado un acto simbólico que llamaron “Operación Soberanía” y que tomó la forma de una siembra de banderas en Balboa, Ancón y otros puntos de la Zona. Esta vez, las reclamaciones nacionalistas empiezan a tomar visos violentos: intercambio de toletazos, estudiantes que apedrean la embajada, automóviles incendiados, patrullas vandalizadas y comercios atacados.

El embajador de Estados Unidos, Julian F. Harrington, se queja ante el canciller Miguel Moreno que, a su vez, protesta ante su contraparte estadounidense. El 25 de noviembre, el gobierno de De la Guardia presenta una solicitud formal a través del embajador de Panamá en Washington para que el pabellón nacional sea izado de manera oficial en la Zona del Canal. En la memoria de ese año, el ministro de Hacienda, Fernando Eleta, informa que la economía ha crecido a un ritmo moderado, limitada por la escasa demanda interna, falta de caminos, poco poder adquisitivo y la mala distribución en la tenencia de la tierra. “Hombres sin tierra y tierra sin hombres”, así había resumido De la Guardia la tragedia del agro panameño. La nota positiva la da el proceso de cedulación, que ya arropa a 218 195 ciudadanos. Y con eso pasa la página del penúltimo año de gobierno.

Años cuarenta. Ciudad de Panamá.

Ernesto empieza a despegar profesionalmente. En 1939, es nombrado secretario y jefe de protocolo de la Primera Conferencia de Ministros de Relaciones Exteriores, reunida en Panamá. Se trata del acontecimiento más notable de la vida republicana en el orden internacional desde la celebración del Congreso Anfictiónico y su buen desempeño en la organización del evento hace volver las miradas a él. En 1941, con Samuel Lewis García de Paredes y Enrique Lefevre, adquiere Mundo Gráfico. Los editoriales que escribe para este semanario de opinión son un anticipo de lo que sería su plan de gobierno.

En uno de ellos afirma que, a la democracia, los panameños la han considerado “una cosa que se da por supuesta”. Luego dice que “Un ideal como ese, de esencia puramente beligerante, no puede florecer en la indiferencia”. (De la Guardia, 1977). En otra, pone de manifiesto esa convicción que tiene de que Panamá debe mirar a la agricultura y la industrialización: “[…] no debemos cifrar nuestro bienestar y prosperidad solamente en el comercio, y menos cuando el movimiento comercial vive condicionado por mil factores que no dependen de nuestra voluntad”. (ibíd.)

Y hay otro que da cuenta de una especial sensibilidad al tema de las viviendas populares:

Si los brazos se están cayendo en actitud de desaliento […] si el ánimo languidece […], si progresan la tuberculosis y el vicio, cúlpese en buena parte […] al tugurio miserable en que seres y más seres viven hacinados como escoria y desecho. El problema urbano de la vivienda popular tiene en Panamá caracteres de un dramatismo conmovedor. (ibíd.)

A principios de los cuarenta abre una pequeña agencia, Clima Ideal, dedicada a la venta de acondicionadores de aire. Y, en 1942, se incorpora a la Cervecería Nacional como gerente general. Bajo su administración, que se extiende a lo largo de doce años, se organiza el sindicato de trabajadores, una de las organizaciones laborales pioneras del país; se crea el Club BAM, llamado en referencia a las cervezas Balboa, Atlas y Milwaukee que comercializaba la empresa, así como la revista BAM y la cooperativa de empleados. Ernesto renuncia a la empresa estando en construcción el edificio de la Transístmica, que inaugurará como presidente de la República, en marzo de 1958. Desde finales de la década del cuarenta se empieza a agitar de manera decidida en la política, dentro del partido fundado por Francisco Arias Paredes, don Pancho, y bajo el ala de éste; además participa de la vida gremial, como presidente del Club de Golf, de la Cámara de Comercio, Industrias y Agricultura y del Club de Leones de Panamá.

En 1945, una crisis política lleva a la convocatoria de una Asamblea Constituyente que designa a Enrique Jiménez presidente provisional y a Ernestito, como le llaman sus seguidores, como vicepresidente. Don Pancho domina el escenario político y habría podido ser él quien se sentara en la silla presidencial, pero deja pasar el momento a la espera de una magistratura nacida de las urnas, anhelo que el destino le niega. En 1946, viaja a Medellín (Colombia) a atender asuntos relacionados con su ganadería y fallece de un infarto. A Ernesto le conceden el honor de ser orador en el entierro:

La majestad espiritual de don Francisco Arias Paredes no tuvo eclipses ni en los despejados espacios del triunfo, ni en los ásperos riscos del fracaso. Aunque aristócrata por cuna, no le fueron desconocidas las palpitaciones angustiosas del pueblo y en todas las luchas de éste fue gladiador insuperable.(10)

10 Editorial publicado el 3 de agosto de 1946 en Mundo Gráfico con motivo de la muerte de don Pancho Arias.

En mayo de 1946, pocos meses antes de la muerte de don Pancho, se había logrado la unificación de los liberales, y Ernesto había pronunciado el discurso de clausura en la Gran Convención de Unificación, en el teatro Variedades. En 1951, como dirigentes del Partido Liberal Renovador en el que militan Domingo H. Turner, Ernesto Zubieta, Mario Cal, José Dominador Bazán, los Delvalle, Víctor Navas, J. J. Vallarino, Harmodio Arosemena y Heliodoro Patiño, entre muchos otros. De la Guardia y Arias Espinosa confrontan a Arnulfo Arias Madrid, que pretende derogar la Constitución de 1946. Y en la turbulenta campaña de 1952, Ernesto funge como presidente del Jurado Nacional de Elecciones que le da el triunfo al coronel Remón. En 1953, es nombrado jefe de la delegación de Panamá en las Naciones Unidas.

El 2 de enero de 1955, Remón cae abaleado en el hipódromo de Juan Franco y su primer vicepresidente, José Ramón Guizado, es acusado y encarcelado. La Asamblea coloca la banda presidencial al segundo vicepresidente, Ricardo Manuel Arias Espinosa. El 3 de julio de ese año, durante la Convención Nacional de la Coalición Patriótica Nacional, Ernesto es postulado para las elecciones de 1956. Al grito de ¡Pan y libertad!, inicia su campaña política.

Principios de 1960, Palacio de las Garzas. San Felipe, Panamá.

Sentado en su escritorio, la puerta del despacho cerrada, los lentes fijos y la mirada perdida, De la Guardia reflexiona. Del plazo de cuatro años que le fuera otorgado para conjurar los problemas del país, solo restan meses. En uno de esos textos extensos y profundos en que solía verter sus pensamientos, lista las que considera sus obras fundamentales: la ley de fomento industrial; la reforma arancelaria; la reforma al código fiscal; la Comisión de Acueductos y Alcantarillados; la de Energía Eléctrica; el Instituto de Vivienda y Urbanismo; la secretaría de Turismo; el Plan Vial; las nuevas escuelas […]. A las que habría que añadir la creación de la oficina de Planificación, y el decreto por medio del cual las tierras que habían salido de la jurisdicción de la República de Panamá solo podrían inscribirse a favor de la nación, esa que tantos problemas le había causado con los dueños originales. El 23 de junio, a casi dos meses de las elecciones, da por alcanzada otra meta: la creación del que será el distrito de San Miguelito, en las tierras de Monte Oscuro.

Y en julio hace los últimos ajustes al decreto ley que reglamenta el transporte terrestre, en el cual se estipula que las rutas se adjudicarán mediante licitaciones públicas y que nadie podrá explotar más de dos. Está a tres meses de convertirse en el primer mandatario que logre completar su período presidencial desde cuando en 1936, 24 años antes, Harmodio Arias Madrid lograra otro tanto. No había sido fácil. Finalmente, el sábado 1 de octubre de 1960, Ernesto de la Guardia Navarro entrega en la Asamblea Nacional el mando supremo de la nación. Ese mismo día, él y su esposa Mercedes —que lo acompañaba desde siempre y para siempre— bajan la blanca escalinata del Palacio de las Garzas con el cuerpo y el espíritu abatidos. “Entregado por completo a una pulcra y eficiente administración pública, el expresidente De la Guardia terminaba su mandato presidencial, a diferencia de otros, empobrecido biológica y económicamente”, dirá el prestigioso jurista Carlos Bolívar Pedreschi medio siglo más tarde. (Bolívar, 2006).

El 4 de mayo, La Estrella de Panamá publica un detallado balance en el que, luego de enumerar las obras hechas, se refiere a un común denominador: la honestidad administrativa: “Todas las obras se han hecho mediante el expediente de la licitación y hemos podido apreciar un fenómeno sintomático: la mayor parte […] ha sido ejecutada por empresas sin vinculación con el gobierno ni con las personas directamente relacionadas con la administración. […] el país no va a quedar hipotecado como consecuencia de la política económica del gobierno de don Ernesto de la Guardia Jr.”. Y destaca a manera de aplauso el hecho de que De la Guardia hubiese sido capaz de “enterrar” más de ocho millones de balboas en la obra del acueducto y alcantarillado de las afueras de la ciudad de Panamá. “Es raro que un gobernante se atreva a hacer obras de esa naturaleza, que no quedan a la vista para la admiración popular […]”. De la Interamericana y los caminos de penetración, asegura que han sido construidos en notable extensión y que don Ernesto deja financiado un plan de vasto alcance, “con recursos suficientes para iniciar las obras inmediatamente”.

Concluye diciendo que, “lo que más distingue a esta administración es el cumplimiento celoso de la preceptiva y la dogmática constitucionales […]. Al bajar al llano, don Ernesto cuenta con algo que es muy difícil de lograr en los políticos: el respeto de sus contemporáneos”. El Panamá América, propiedad de los Arias, celebra el cambio de gobierno: “el país está cansado del desorden, el despilfarro, la improvisación y la irresponsabilidad con que se han venido conduciendo las graves tareas del Estado […]”. El mismo fin de semana de octubre de 1960 en que sale de Palacio, don Ernesto vuelve a ser el ciudadano austero y cordial que se desplazaba sin escoltas manejando su propio auto. Con doña Merce hace un viaje patrocinado por un grupo de amigos que los lleva a Baden-Baden, Roma, Madrid y luego Nueva York. Luego, otro a Washington D.C., donde le practican un bypass femoral para manejar una aterosclerosis causada por el abuso del cigarrillo, la falta de ejercicio, esas comidas bañadas en sal, el estrés.

A su regreso, se retira a El Cigarral, pequeñísima finca derramada sobre un cerro verde y solitario donde ha hecho construir una casa de líneas limpias, obra de su hijo, el arquitecto Ernesto de la Guardia (mismo que diseñó el edificio del Palacio Legislativo, inaugurado en el período de su padre, sin cobrar un centavo). En ese edén de árboles de naranja, toronja, guaba y caimito, pasean a sus anchas, pastando y piando, dos caballos, un puñado de vacas, un venado, y suficientes patos y gallinas guineas para armar una periquera. Don Ernesto pasa las mañanas regando las plantas; y, las tardes, lanzando naranjas a las vacas que, barranco abajo, las mastican sin prisas. A cierta hora, se recoge a ver noticias, sentado en un sillón, muy cerca a la pantalla. En temporada, disfruta los partidos de béisbol que se transmiten localmente y las corridas en que el Cordobés azuza con su capa a un toro bravo. Lee y relee libros de una biblioteca que ha crecido con el paso de los años y que asombrará al académico Rodrigo Miró “no sólo por su extensión, sino por su condición bilingüe y por su equilibrio de contenidos. Lengua y literatura españolas, economía, política, filosofía, historia, sociología, etc.”. 11

11. Ponencia titulada “El hombre intelectual” de Rodrigo Miró (Ildea).

A la casa de Las Cumbres acuden a visitarlo los pocos vecinos del área, así como algunos amigos, incluido el que fuera su ministro de Hacienda, Fernando Eleta, acompañado de su hija Baty, que disfruta su papel de pinche de cocina del anfitrión. El expresidente ha descubierto los placeres del fogón y los ejerce a menudo, en una cocina-mostrador abierta al área social, supletoria de aquella en donde cocina la fiel Máxima; y a la que sólo tienen acceso él y Merce. En las pesadas ollas azules de hierro esmaltado se cocen arroces y caldillos con aroma a laurel, orégano, granos de pimienta y aceite de oliva. Periódicamente, viaja al centro para colaborar con el negocio de su padre, que está en sus últimos años.

Se encarga de organizarlo y luego de distribuir el patrimonio entre los hermanos, de acuerdo con los deseos de don Neco. En ocasiones asiste a actos oficiales, como la inauguración del puente de las Américas, celebrada en 1962. Un día de ese año, el rector Narciso Garay lo invita a visitar los claustros universitarios. Don Ernesto acepta, sin anticipar que el fantasma de los incidentes de mayo del 58 lo perseguirá hasta allá: dirigentes estudiantiles impiden su entrada a los predios de La Colina. Veinte años más tarde, en plena dictadura militar, el periodista Guillermo Sánchez Borbón reflexionaría sobre aquel incidente:

[…] los mismos que impidieron su visita recibirían alborozados, con los brazos abiertos, a los verdugos semianalfabetos que habían girado las órdenes para la represión […] Impidieron el acceso a una tribuna a quien la hubiera honrado, para cedérsela a quienes, con su sola presencia, la mancillaban. (Sánchez, 1983).

Diciembre de ese año le trae un magnífico regalo a don Ernesto. El día 10 es admitido en la Academia de la Lengua, honor que se multiplica infinitamente porque le corresponde ocupar la vacante dejada por Octavio Méndez Pereira, rector del Instituto Nacional durante sus felices años de secundaria. Años después, le es asignada la misión de darle la bienvenida a Gil Blas Tejeira:

Yo he visto a Gil Blas Tejeira en uno de esos trances, examinando con parcialidad manifiesta aquella palabra “pedernosa” que brotó de la inventiva inagotable de Unamuno. Era obvio que le encontraba suficientes atractivos para detenerse a considerarla y que, haciéndola rodar entre sus labios, gustaba de ella como quien saborea una nuez o una almendra. (De la Guardia, 1977).

Con el correr de los años, las apariciones públicas se espacian y las visitas se reducen a las de los hijos. Con ellos y sus cónyuges se engarza en pláticas de tono pesimista, relacionadas con la situación del país. A los nietos y nietas, les cuento anécdotas —no de Dartmouth, no de la Presidencia— sino de sus felices días en el Instituto, de las carreras que ganaba un tal Tortuga cuya ligereza de piernas lo asombraba aún en el recuerdo, de los triunfos del equipo de baloncesto y de las visitas a la oficina del rector. Les lee apartes del cuento “En la diestra de Dios padre” del colombiano Tomás Carrasquilla, cuyo Peraltita siempre le arranca una sonrisa. Y de las Memorias de Pancho Villa, de Martín Luis Guzmán, que le han fascinado. Cuando la enfermedad y la vejez lo exigen, Merce decide abandonar aquella loma aislada que les había devuelto la serenidad perdida en la Presidencia y se mudan al centro. En 1979, en el décimo piso del edificio Eden Roc, avenida Samuel Lewis, don Ernesto recibe la visita del presidente Aristides Royo y del general Omar Torrijos, que acuden a informarle de la inminente puesta en marcha de lo convenido en los tratados Torrijos-Carter. Se encuentran con un anciano de 75 años, generalmente amable, aunque por momentos irritable, medio ciego y medio inmovilizado por la mala circulación, para quien el encuentro significa poco más que una agradable alteración de la rutina que, con celo de guarda y tolerancia de santa, vigila doña Merce.

Del apartamento se mudan a un chalet en calle 56 Obarrio cuyos lujos son un pequeño jardín, un enorme guayacán, un árbol de fruta de pan y uno de aguacate; una vitrina con medallas de metales preciosos que se irá despoblando de la mano de los enfermeros que asisten al expresidente, y un librero de pared a pared habitado por una enciclopedia Collier cuyos tomos han sido grabados con su nombre; un pesado diccionario Webster y otros pocos libros, porque el grueso de estos ha sido catalogado por Rodrigo Miró y guardado en sendas cajas a la espera de que Panamá cuente con una biblioteca a la que puedan ser donados. La biblioteca tardará en organizarse y, en el depósito en el que fueron guardadas las cajas, se cumplirá la sentencia bíblica de “polvo somos…”. Y en polvo se convirtieron. También la memoria de su dueño se va difuminando. Esto, y la angina de pecho que lo oprime día y noche, terminan por ahorrarle un dolor aún más profundo: el ver al país sucumbir ante los males que había batallado con todas las luces de su entendimiento y con todos los bríos de su corazón: el mesianismo, el clientelismo, el populismo y la corrupción. Don Ernesto fallece el lunes 2 de mayo de 1983 a los 78 años, aunque realmente apenas había vivido los últimos tres. El pueblo lo despide con un funeral de Estado, como él lo habría querido. Veinte años más tarde, con motivo de la celebración del centenario de la República,

El Panamá América (2003) lo rescata del olvido en una publicación especial y, como parte de esta, le preguntan a su hijo, el arquitecto Ernesto de la Guardia iii, cuál había sido el secreto para que su padre lograra servir la totalidad de su período: Su respuesta fue sucinta: “Se llenó de autoridad moral y predicó con el ejemplo”.

Confesión final

Para escribir este resumen biográfico leí cartas, discursos, análisis y repasé páginas y páginas de diarios de la época en la que le tocó gobernar a mi abuelo, Ernesto de la Guardia Navarro. Al final, puse a un lado de la balanza las que considero fueron sus fallas como gobernante; primero, suponer que la conducta humana se fundamenta en la razón; y, segundo, pensar que, si se actúa con base en ella y con respeto a la Constitución, no hay por qué hacer concesiones. Terquedad, definitivamente. Arrogancia, tal vez. Al otro, coloqué sus virtudes de estadista, empezando por las elevadas intenciones y las luces largas que llevó a la Presidencia; la pulcritud con que manejó los recursos del Estado y una honestidad que ni sus más feroces adversarios pusieron en duda; las convicciones democráticas y las discretas batallas que libró para defender los intereses de las mayorías; y esa fortaleza interior que lo llevó a tolerar lo que fue una verdadera paliza material y moral, con tal de cumplir hasta el último día con la responsabilidad a él encomendada. Mi balanza se inclina hacia el lado de la admiración; y quiero pensar que la de los lectores hará otro tanto.

Referencias bibliográficas

Araúz, Celestino Andrés & Pizzurno, Patricia (1996). “Años accidentados y de efervescencia estudiantil (1956-1960)”, en Estudios sobre el Panamá republicano: 1903-1989, Panamá: Manfer.

Conte Porras Jorge (1983, marzo-abril). “Ernesto de la Guardia Navarro”, Revista Lotería, nos. 324-325, pp. 123-136.

De la Guardia Navarro, Ernesto (1977). Pensamiento y Acción, prólogo de Rodrigo Miró, Panamá: Editora La Nación.

_________(1968, agosto). “¿Reforma administrativa?”, Revista Lotería, no. 153, pp. 5 a 12.

_________(1960). Teoría y práctica de la Democracia. Conversaciones con el pueblo, Introducción a la 1ª. ed., Panamá: Imprenta oficial.

_________(1956, febrero). “El periodismo en Panamá”, Revista Lotería, no. 3.

De la Rosa, D. (1998). “Un gobernante solitario”, en Textos y contextos: homenaje, Panamá: Ediciones Revista Universidad.

El Panamá América (2003). “Ernesto de la Guardia, padre del Código Electoral”, pub. especial.

Mundo gráfico (1942, 5 de septiembre). Editorial. Pedreschi, Carlos Bolívar (2006). Ernesto de la Guardia, Jr.: un presidente de excepción, Panamá: Litho Editorial Chen, S. A.

Ritter Aislán, Eduardo (1956). Ernesto de la Guardia, Jr. Una esperanza en marcha, Panamá: Imprenta de la Academia.

Sánchez Borbón, Guillermo (1983, 3 de mayo). “En pocas palabras” (columna), diario La Prensa.

Soto, Mariano (1958, diciembre). “Coincidencia presidencial. Árbol genealógico del presidente De la Guardia”, Revista Lotería, no. 37.

Teoría y práctica de la democracia. Conversaciones con el pueblo. Discursos de Ernesto de la Guardia Navarro, de 1955 a 1960 (1960). Prólogo de Diógenes De la Rosa, 1ª. ed. 1960, reed. 2006.

Valdés Escoffery, Eduardo (2006). Ernesto de la Guardia Jr. y el sistema electoral panameño (s.e.).

Zárate, Abdiel (2003, 23 de marzo). “Ernesto de la Guardia, un presidente que cumplió”, La Prensa, edición extra por el centenario.

Revista Lotería

“Don Ernesto de la Guardia hijo, un demócrata Cabal”. (1960, octubre), no. 59. “El legado espiritual de Bolívar”. (1962, febrero), no. 75, pp. 33 a 37.

“Obras son amores, Introducción de Domingo H. Turner. Resumen de ejecutorias del primer año de gobierno de Ernesto de la Guardia”. (1957, octubre), no. 23.

“Planeación económica y social”. (Programa y planes de gobierno), nota editorial. (1958, agosto), no. 33.

“Seis meses de administración progresista”. Discurso pronunciado en la transmisión de mando por Ernesto de la Guardia Jr., editorial. (1957, junio), no. 19.