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    Guillermo Márquez Amado

Esteban Huertas

by: Guillermo Márquez Amado

El célebre general Sun Tzu, autor de la obra El arte de la guerra, libro de cabecera de los más grandes generales de la historia desde el siglo IV a.C., dijo que la suprema estrategia consiste en someter al enemigo sin darle batalla; en este sentido, el general Esteban Huertas fue aprovechado pupilo que contribuyó a que, tanto los panameños como los colombianos, le deban que la separación de ambas naciones fuera así, sin los resentimientos de la sangre vertida. Quizás un día la unidad concebida por Bolívar de una Colombia aglutinadora de naciones latinoamericanas halle lugar con la dignidad que cada una merece.

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Hizo sus estudios para obtener el doctorado en Ciencias Jurídicas en la Pontificia Universidad Javeriana en Bogotá, Colombia, entre 1969 y 1975 donde, por una parte su origen panameño y, por otra, su inserción en una comunidad académica sentida aún por los eventos que determinaron el advenimiento de Panamá a la vida independiente en 1903, lo llevaron a profundizar los hechos que rodearon su separación ponderando sus averiguaciones con las informaciones obtenidas en el oriente y occidente de la frontera común, añadiendo hallazgos de su propia cosecha gracias a entrevistas con familiares del general Esteban Huertas, tanto en Panamá como en Colombia y a visita hecha al lugar de su nacimiento. En su vida profesional ha estado relacionado con el mundo marítimo panameño y ha sido en dos ocasiones presidente del organismo electoral de la República de Panamá.
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Preámbulo

El 7 de agosto de 1819 tuvo lugar, en los alrededores del puente sobre el río Teatinos, la que después sería conocida como batalla de Boyacá, entre el ejército del Libertador Simón Bolívar y las tropas realistas al mando del general Barreiro. Cerca de allí, a dos horas y media a caballo, días antes de que se diera el encuentro, según se cuenta en la región, el propio Bolívar estuvo reclutando hombres para el ejército libertador en Úmbita, población campesina en la que cincuenta años más tarde nacería Juan Esteban Huertas López. Con la batalla de Boyacá, la Nueva Granada alcanzó su independencia de España y se desarticuló el virreinato del que hacía parte junto con Ecuador, Panamá y Venezuela. El 9 de agosto, el virrey, Juan de Sámano, escapó de Santa Fe de Bogotá hacia Cartagena de Indias, donde pretendió, sin lograrlo, que se le reconociera su autoridad; allí abordó con apuros una nave que lo llevó a Jamaica, de donde partió luego a la ciudad de Panamá que, después de todo, constituía la capital de la audiencia del mismo nombre subordinada al virreinato de la Nueva Granada, al igual que las audiencias de Quito y Santa Fe de Bogotá y la capitanía general de Venezuela, con lo cual Sámano formalmente solo había trasladado la sede de gobierno a Panamá, esperanzado en que fuera con carácter temporal, hasta recibir los refuerzos que vendrían de Cuba y España.

El 24 de junio de 1821 las tropas de Bolívar derrotaron al ejército español que, al mando del mariscal Miguel de la Torre, combatió en la batalla de Carabobo. En dicho encuentro se decidió la independencia de la capitanía general de Venezuela, si bien no quedaría sellada, junto con la independencia de Panamá, sino luego de la batalla naval del lago de Maracaibo, el 24 de julio de 1823. En estas el almirante José Prudencio Padilla derrotaría de forma decisiva a la armada española en América, oponiendo fuerzas navales en el Atlántico al imperio español, de modo que sus ejércitos en las islas del Caribe y en Europa quedaban imposibilitados para reforzar a sus tropas en el sur del continente.

El 2 de agosto de 1821 muere el virrey Juan de Sámano en Panamá (Arrocha, 1973, p. 29).(1) Para entonces, Venezuela y la Nueva Granada —las divisiones políticas más extensas del virreinato de la Nueva Granada, bajo el liderazgo de Simón Bolívar— convinieron en constituir una nueva nación: Colombia.

1. Sobre la muerte del virrey Sámano hay distintas versiones, según lo afirma el coronel Guillermo Plazas Olarte, siendo otra la de que murió mientras regresaba a España y que por consiguiente no está enterrado en la catedral de Panamá (Plazas, 1987).

No escapó a la aguda inteligencia de Bolívar la conveniencia de que Panamá también fuera libre y formara parte de la Colombia de sus sueños, por la imperiosa necesidad que significaba cortar la cadena logística de envío de tropas y suministros al frente de guerra que luego de las batallas de Boyacá y Carabobo se trasladaba a los territorios de la audiencia de Quito y al virreinato del Perú, cadena en la que Panamá estaba estratégicamente situada. Así, sabedor además de las aspiraciones de independencia de los panameños, el 17 de septiembre de 1821, desde Maracaibo, impartió instrucciones precisas y completas para lograr la independencia del Istmo. De acuerdo con ellas, el general Bartolomé Salom, subjefe del estado mayor del ejército republicano, tendría por misión:

  • Invadir y ocupar el istmo de Panamá, apoderándose principalmente de las ciudades de Portobelo y Panamá.
  • Desatar la rebelión en el Istmo y cortar las comunicaciones entre las dos plazas principales.
  • Apoderarse de un puerto cualquiera sobre el océano Pacífico para establecer comunicaciones con el Chocó, Guayaquil y Buenaventura.
  • Enviar refuerzos por el Pacífico a las tropas que operan en el sur y en Guayaquil.
  • Proteger y fomentar la insurrección en el virreinato de México (O’Leary, 1987, pp. 530, 536).

La noticia de que, dos días antes México había declarado su independencia de España aún recorría las enormes extensiones de América, sin haber llegado a oídos de Bolívar.

No fue necesario el desembarco de tropas republicanas en el Istmo. El 28 de noviembre de 1821, aprovechando el hecho de que el grueso de las fuerzas españolas en Panamá bajo el mando del mariscal Juan de la Cruz Murgeon (2) habían marchado al sur (Ecuador y Perú) a reforzar las tropas españolas ante la previsible acometida de los ejércitos libertadores. El coronel José de Fábrega de la Cueva, panameño y criollo, a quien Murgeon había encomendado la jefatura de las tropas que quedaban en la plaza de Panamá antes de viajar, presionado y apoyado por el pueblo panameño, dispuso, previa consulta y en cabildo abierto, declarar la independencia de España y que Panamá se incorporara a la Colombia que apenas nacía y crecía como nación americana.

2. La corte de Madrid otorgó al mariscal Murgeon el cargo de capitán general de la Presidencia de Quito, y el de virrey de Nueva Granada cuando reconquistara las dos terceras partes de su territorio (Arrocha, 1973, p. 21).

Con su independencia, Panamá le daba durísimo golpe a las pretensiones españolas de recuperar su hegemonía en los territorios ya liberados de América del Sur, pues sus tropas en esa parte del continente quedaban aisladas y cercenadas sus vías de aprovisionamiento y refuerzos desde España y sus posesiones en el Caribe, a través del istmo de Panamá, única alternativa viable distinta del cabo de Hornos, que representaba media circunferencia terrestre de distancia.

Enterado Bolívar de la independencia de Panamá, escribió al coronel José de Fábrega el 1 de febrero de 1822 en estos términos:

No me es posible expresar el sentimiento de gozo y admiración que he experimentado al saber que Panamá, el centro del Universo, es segregado por sí mismo, y libre por su propia virtud. El Acta de Independencia de Panamá es el documento más glorioso que puede ofrecer a la historia ninguna provincia americana. Todo está allí consultado: justicia, generosidad, política e interés nacional. (O’Leary, 1981).

Por su parte, Francisco de Paula Santander, al recibir el comunicado de Fábrega antes que Bolívar por encontrarse este en Ecuador para adelantar la campaña libertadora en ese territorio, remitió respuesta manifestando la satisfacción que sentía por haber logrado el Istmo su independencia de España y expresado voluntariamente su unión a Colombia (Arrocha, 1973, p. 29).

Estos habían sido los hechos, pero en la Nueva Granada la historia no se contaría de esa manera sino que, tal cual lo accesorio sigue la suerte de lo principal, se diría hasta nuestros días, que Panamá había hallado su independencia gracias a los granadinos y dando por sentado que ello había ocurrido por la exclusiva determinación de granadinos y venezolanos expresada con coraje en la batalla de Boyacá.

Solo recientemente es más conocida, y no por muchos, la independencia declarada por los propios panameños con escasa y casi nula participación de granadinos, venezolanos, ecuatorianos, peruanos y hasta españoles, que debía conferir a Panamá, como a Ecuador, Venezuela y Nueva Granada, una relevancia propia de las otras subdivisiones del virreinato, lo que hasta 1903 fomentaba un trato discriminatorio y hasta indecoroso para los panameños, a pesar de su interés y destacada injerencia en la vida de la Nueva Granada.

Por otra parte, si bien no hay registros de que en las batallas de Boyacá y Carabobo hubieran combatido panameños con las armas republicanas, sí los hay en cambio de que, luego de la independencia de Panamá de España, el 28 de noviembre de 1821, numerosos panameños se enlistaron en el ejército de la Colombia de Bolívar, a la que ya Panamá se había incorporado, llegando a constituir incluso el Batallón Istmeño con 700 plazas de caballería y un regimiento de infantería y oficiales que combatieron valerosamente en las batallas de Junín, Pichincha, Matará y Ayacucho junto con los ejércitos bolivarianos. Sus colores fueron los primeros en flamear sobre el Cundurcunca (Ibíd., p. 33), en cuyas faldas se libró la batalla de Ayacucho que terminó por desterrar al hasta entonces imperio español, de la tierra firme de América.

Más tarde, cuando los liderazgos locales prevalecieron sobre el ideal bolivariano de una Colombia grande y fuerte y se desgajaron los territorios de Venezuela y Ecuador, en 1830 también Panamá habría seguido sus pasos, de no ser porque el propio Bolívar hubiera pedido al jefe civil y militar del movimiento secesionista panameño de 26 de septiembre de ese año, general José Domingo Espinar, renunciar a tal empeño y mantenerse fiel a la Colombia de sus ideales, ya reducida a Nueva Granada y Panamá.

Tal fue la historia panameña inmediatamente anterior al nacimiento de Juan Esteban Huertas López, quien jugaría decisivo papel en la independencia de Panamá, esta vez de Colombia.

Nacimiento, ambiente social y primeros años

Nacido el 28 de mayo de 1876 según diversos testimonios de historiadores, (3) en el seno de una familia conservadora y campesina de Úmbita, departamento de Boyacá, pueblo enclavado en la cordillera Oriental de los Andes.

3. Véanse, entre otros, Memorias y bosquejo biográfico del general Esteban Huertas (2002, p. 19), y Calendario histórico de la nacionalidad (2006, p. 154).

Así consta en la partida de bautismo fechada el 30 de mayo de 1869, que contradice la fecha de nacimiento de Esteban Huertas que dan distintos historiadores:

Juan Esteban Huertas. En la Parroquia de Úmbita a 30 de mayo de mil ochocientos sesenta y nueve; yo el propio párroco bauticé solemnemente a un párbulo (sic) de dos días de nacido a quien llamé Juan Esteban, hijo legítimo de Fulgencio Huertas y Sagrario López, de esta vecindad; abuelos paternos Juan Cecilio Huertas y Patricia Pedreros; abuelos maternos Laureano López y Candelaria Valero; fueron padrinos Sacramento Moreno y María Eustaquia Huertas, de esta vecindad; a quienes advertí lo necesario. Doy fe. (Fdo.) Juan Lorenzo Benavides.(4)

4. Libro de bautismo de la parroquia de Úmbita, Boyacá. Libro 10, Folio 105.

Al margen, justo al frente de la constancia de bautismo de Huertas, aparece una nota sin firma, con otra caligrafía, que dice:

Traidor a la Patria. Vendió el Ismo (sic) de Panamá en 1903. Con el producido de su traición vive olgadamente (sic) en New York.

Si Boyacá goza de fama en Colombia como departamento eminentemente conservador, el pueblo de Úmbita lo es por excelencia. Fundado en 1778, su iglesia destaca entre las construcciones del pueblo y guarda estrecha relación con el momento en que fue reconocida como parroquia, también en el siglo XVIII.

Tal fue el entorno social y familiar de Juan Esteban Huertas, quien a temprana edad fue internado en un convento de religiosos católicos (Memorias, 2002, p. 19). Ya fuere que sus padres quisieran que el niño siguiera la vida religiosa o que, en ausencia de facilidades educativas en su propio pueblo, estimaran que en dicho convento hallaría las mayores oportunidades de educación que pudieran ofrecerse en la región.

Estas circunstancias debían ejercer un fuerte influjo en la personalidad y formación del niño que, hasta los 9 o 15 años dependiendo de la fecha de nacimiento que se tome como cierta, estuvo sujeto a rígidos conceptos de religiosidad y disciplina, identificados políticamente con el partido conservador. Por otra parte, el hecho de que la más importante de las batallas de la independencia de la Nueva Granada hubiera tenido lugar a poca distancia de su pueblo y que la tradición afirma que en aquellos combates hubo umbitanos reclutados por el propio Simón Bolívar que contribuyeron a dicha gesta histórica y liberadora, seguramente influyeron, a su vez, en que con pocos años admirara las glorias militares, antes que el sacrificado y místico sacerdocio.

En cualquier caso, diversas versiones dan cuenta de que “en una madrugada del mes de diciembre” de 1884, Huertas se escapó del convento y se enroló como voluntario en las filas del batallón X de Soacha (Plazas, 1987, p. 86). Esta es la versión del propio Huertas.

El militar

De acuerdo con la versión de Huertas, los jefes del batallón de Soacha, considerando tanto su corta edad como su pequeña estatura, lo ocuparon menos de un mes como ayudante de rancho y aguatero de la tropa y muy poco tiempo después, el 1º de enero de 1885, fue ascendido a tambor mayor.

Sus padres, entre tanto, iniciaron diligencias y averiguaciones para que el menor fuera devuelto al seno de su familia; sin embargo, no hallamos mayores referencias respecto a las gestiones que, seguramente por bastante tiempo, hicieron para lograr su propósito, salvo que para 1890, cinco años después de dejar el convento, aún procuraban el reintegro de Huertas al hogar, quien para entonces fue trasladado a Panamá con el batallón Valencey cuando, otra vez según Huertas, contaba con catorce años y seis meses de edad (Memorias, 2002, p. 25). En verdad, dada su corta edad, hoy no podría entenderse sino como el reclutamiento forzoso de un niño.

Sea como fuere, a punto estuvieron los padres de Huertas de que les fuera devuelto su hijo, pues en 1890 también arribó al Istmo el general Fernando Ponce, jefe del ejército colombiano, con instrucciones de que Huertas fuera dado de baja y regresara a Colombia (Ibíd.), lo que se programó para el día 31 de diciembre de 1890. Poco antes del 31 de diciembre, el general Ponce cayó gravemente enfermo, circunstancia que algunos jefes de Huertas aprovecharon para trastocar las órdenes ya impartidas. Veamos lo que narra el propio Huertas al respecto:

Ya yo sabía, a pesar del misterio en que se mantenía todo esto, que el día 31 de diciembre se me daría de baja y se me regresaría a Colombia. Ese mismo día quise hacer uso del derecho que por mi rango tenía adquirido, pero al tratar de salir fuera de la puerta que cerraba el Cuartel de Chiriquí (5) no me lo permitió el centinela de turno quien por órdenes superiores me arrestó y me condujo al Cuartel de Banderas donde permanecí algunas horas.

Encontrándome allí se presentó el ordenanza del Sargento Mayor, (6) José Miguel Guerrero, quien me comunicó que éste quería verme enseguida en el Hotel de la Marina. Recordé entonces que ese era mi día libre o franco y por tal motivo me presenté ante el Primer Jefe del Batallón, Coronel Moisés Herrera y le solicité mi salida, contestándome el Coronel Herrera en los siguientes términos: “¿Conque quieres la baja, berriondo? No pierdas cuidado que allá en Barranquilla nos las arreglaremos”. Entonces yo, que tenía un gran amigo en el 2º Jefe del Batallón, Comandante Manuel María Castro Uricochea, me fui directamente a donde él y sin explicarle el incidente con el Coronel Herrera, le pedí también mi salida, dirigiéndome unos minutos después en compañía de su ordenanza, al Hotel de la Marina.

Allí encontré conversando al general Aurelio Merizalde con el Sargento Mayor, José Miguel Guerrero G. Después de saludarnos, el general Merizalde poniéndome su mano derecha sobre mi hombro izquierdo, me dijo: “Ven Huertitas: yo sé que Ud. ya sabe lo que está pasando, pero póngase a las órdenes del Sargento Mayor Guerrero, que él quedará desde mañana encargado de la Jefatura del Batallón que custodiará esta plaza. Eso sí, cumpla sus órdenes y guarde la mayor reserva, que los dos asumiremos las responsabilidades”.

Seguidamente, el Sargento Mayor Guerrero se dirigió hacia el balcón, llamó un coche, me acompañó hasta la calle y después de haber hablado con el cochero, le entregó una carta diciéndole: “Que Dios le acompañe. Llévelo adonde le dije y no se detenga en ninguna parte”. El cochero, que resultó ser un italiano de nombre Mateo Beliche, con residencia en el Patio de Roche, azotó fuertemente su caballo y sin decirme una sola palabra durante todo el trayecto, hizo al fin parada en el Caserío de La Boca, frente a una casa de madera de cuyo fondo salió un señor que se me presentó como Leonidas Morales R.

Leída por el señor Morales la carta que le entregó el cochero, este caballero me ordenó afablemente que me bajara del coche y lo siguiera. Fui entonces conducido por el propio señor Morales a un amplio cuarto que quedaba en la parte de atrás del piso bajo, en el cual tenía instalada también su oficina. Ya en dicho cuarto lo primero que me indicó fue que me quitara las insignias militares y la casaca porque de lo contrario podrían identificarme y entonces estaría perdido.

Catorce días permanecí en ese escondrijo donde fui muy bien atendido por el señor Morales, hasta que una mañana, cuando menos lo esperaba, se presentó a su oficina un ordenanza del Batallón, quien con una orden firmada por el Coronel Borrero se me ordenaba que volviera a la ciudad. Inmediatamente regresé y al llegar al Cuartel de Chiriquí me dieron la orden de que acompañara y dirigiera a la vez como Tambor, la Escolta que debía custodiar hasta el Cementerio los restos mortales del general Fernando Ponce, cuya muerte en esos momentos ignoraba. (Memorias, 2002, p. 24).

5. Se denominaba cuartel de Chiriquí a la plaza de Francia de hoy.
6. El rango de sargento mayor equivalía, en 1890, al grado de mayor en el escalafón militar actual.

Muchos años más tarde, Huertas pediría a Leonidas Morales que le facilitara prueba testimonial escrita de haber permanecido escondido en su oficina, siguiendo instrucciones del general Merizalde y el sargento mayor Guerrero, mediante carta fechada 24 de octubre de 1925, en los siguientes términos:

Dígame si es o no cierto que en el año de 1890, siendo yo un niño todavía, fui escondido, o para decirlo de una vez, secuestrado por el general Aurelio Merizalde y por el Sargento Mayor Miguel Guerrero, a quien ya se anunciaba como Comandante del Ejército. (Ibíd., p. 26).

Leonidas Morales accedió a la solicitud de Huertas y confirmó la sucesión de hechos descrita.

De modo pues que mientras se deterioraba la salud del general Fernando Ponce, el general Merizalde y el sargento mayor Guerrero, concertados cual encubridores de quienes hubieran contribuido a que Esteban Huertas no regresara a su hogar, tomaban medidas para evadir el cumplimiento de las órdenes del general Ponce de restituir a Huertas a su familia. Es fácil concluir que muerto el general Ponce se dio por extraviada la orden de baja y quedó sellada la suerte del tambor mayor Juan Esteban Huertas López en la carrera de las armas.

Los méritos para progresar rápidamente en la disciplina del ejército se dejaron sentir muy pronto, según se aprecia mejor que nada por sus continuos ascensos, no obstante su corta edad.

Tambor: 1º de enero de 1885 a los nueve años, o a los quince años si, como dice la partida de bautismo, hubiera venido al mundo en 1869.

Cabo: 1º de enero de 1888; destinado al batallón Valencey. Sargento 2º, 1890; sargento 1º, mayo 1º de 1894; subteniente, 9 de enero de 1895; seis meses más tarde, teniente, 19 de julio de 1895; capitán, 8 de noviembre de 1897. Luego del combate de Guapi, en el departamento del Cauca, que tuvo lugar el 28 de marzo de 1900, fue ascendido a sargento mayor (hoy mayor) por actos de valor en combate. Mientras se desempeñaba como artillero de la nave Boyacá, en la batalla del sitio del Morro de Tumaco, puerto en el Pacífico del departamento de Nariño, perdió la mano y parte del antebrazo derecho como consecuencia de la explosión del cañón que operaba, en diciembre de 1900, siendo ascendido a teniente coronel el 20 de diciembre de 1900 y, algo menos de un año más tarde, a coronel, el 13 de noviembre de 1901. El 16 de noviembre de 1902 recibió el grado de general mediante despacho firmado por el entonces ministro de Guerra de Colombia, general Aristides Fernández (Plazas, 1987, p. 88).

Respecto a sus virtudes militares, hay sobrados testimonios y evidencias históricas que dan cuenta del arrojo y méritos que caracterizaban a Huertas. Él mismo afirma haber intervenido en múltiples combates —al menos 35, tanto en tierra como en mar—, entre los cuales, en sus primeros años de soldado, destacan los de altos de Rojas, en Santander; Chicoral, Espinal y montañas de Uribe, en el Tolima. Recibió dos heridas de gravedad, la ya mencionada en la que perdió el brazo derecho, y un balazo de rifle que le entró a la altura de la tetilla izquierda atravesándolo, sin tocarle el corazón (Memorias, 2002, p. 32).

Entre otras acciones de combate, el propio Huertas destaca el combate de Guapi, en el departamento del Cauca, en el que, con bayoneta calada, luchó cuerpo a cuerpo haciendo posible que las fuerzas leales al gobierno se impusieran a las de los revolucionarios, luego de ser emboscadas, y lo hizo con tal valor que fue ascendido a sargento mayor, rango que le fue comunicado menos de un mes más tarde (Ibíd., p. 35).

Durante el combate del sitio del Morro de Tumaco, que tuvo lugar entre el 4 y el 6 de diciembre de 1900, la explosión del recalentado cañón que operaba Huertas le destrozó la mano derecha; sin embargo no fue suficiente para impedir que se levantara e increpara a su ayudante, señalando el cañón con la mano izquierda, ordenándole: “Meta otra bala, que no ha pasado nada”. (Ibíd., p. 33). Poco más tarde, con solo un trago de brandy como anestésico, Huertas se sometió a la amputación de la mano. Luego de un breve descanso estaba de nuevo impartiendo órdenes, en contra de las indicaciones médicas, imprudencia que eventualmente resultó en que se gangrenara el brazo, por lo que hubo que amputarle otros diez centímetros hacia el codo.

Pero donde más destacaron sus dotes de combatiente fue en las acciones navales en el océano Pacífico panameño, como comandante del vapor Chucuito, pequeño y de poco calado, que se adaptaba estupendamente a las grandes variaciones de mareas, accidentado litoral y poca profundidad de las aguas cercanas a la costa del Istmo con las que el entonces coronel Huertas estaba bien familiarizado.

A bordo del Chucuito libró varios combates a los que se refería con satisfacción y cierta frecuencia, no sin motivo; tras uno de los más importantes encuentros navales de la guerra de los Mil Días que tuvo como resultado el hundimiento del Lautaro y la muerte del general Albán con buena parte de su tripulación en la bahía de Panamá, el 20 de enero de 1902. Después de ser atacado por el Padilla y el Gaitán, ambas naves anclaron cerca de la isla Perico en abierta actitud desafiante a la ciudad de Panamá que quedaba a la vista y alcance de sus cañones.

Dispuso entonces el coronel Huertas aprovisionar rápidamente de agua y carbón al Chucuito y zarpar desde el puerto de La Boca para hacer frente a las naves atacantes, con tal efectividad, que optaron por ponerse en fuga luego de que el Chucuito le volara la torre al Padilla y le diera en su casco (Ibíd., pp. 38-39).

Semanas más tarde, el 1º de marzo de 1902, Huertas intentó hostigar con arrojo el cerco que se tendía por las tropas liberales a la ciudad de Aguadulce, adentrándose en las aguas del estero que llevan al puerto. No obstante, el fuego de fusilería de los soldados apostados en las riberas del estero, que habían tomado posiciones estratégicas para prevenir acciones semejantes, lo disuadió del temerario intento. Optó por regresar con solo media marea creciente, operación muy peligrosa dada su poca profundidad y bajos existentes en la bocana del estero del puerto de Aguadulce. El riesgo era aún mayor pues a su retorno lo esperaba el Gaitán allí donde el estero desemboca en el mar, en un espacio marítimo que restringe la capacidad de maniobra de cualquier nave. Sea que el capitán del Gaitán identificara al Chucuito y juzgara prudente no ponerse a tiro por conocer las extraordinarias dotes de artillero del coronel Huertas, o que optara por esperar refuerzos de otras naves liberales, lo cierto es que ambas embarcaciones permanecieron a la vista una de otra hasta que cayó la noche; entonces Huertas, previendo el riesgo de que otras embarcaciones liberales pudieran sumarse al Gaitán, preparó una balsa grande con tablones en donde colocó veinte tanques vacíos con mechas impregnadas de petróleo que fueron encendidas. Acto seguido la lanzó a merced de la corriente que la llevó mar adentro; las luces del Chucuito fueron apagadas, y los tripulantes del Gaitán confundieron las luces de la balsa con las luces del Chucuito y enfocando su atención en ella, comenzaron a cañonearla, oportunidad que aprovechó Huertas para dirigirse mar afuera con las luces apagadas y emprender el regreso a la bahía de Panamá, no sin antes dispararle un cañonazo al Gaitán que hizo blanco en su popa sin mayores consecuencias. El Chucuito arribó sin novedad a la bahía de Panamá en horas de la mañana (Ibíd., p.  39).

Faltando poco tiempo para la terminación de la guerra de los Mil Días, siempre del lado del gobierno y de las fuerzas conservadoras, Huertas fue sorprendido mientras navegaba a bordo del Chucuito, entre los pueblos de San Carlos y Antón, a unos cien kilómetros de la ciudad de Panamá, por los barcos de guerra liberales El Darién y Boyacá, a los cuales enfrentó y puso en fuga gracias a sus excelentes dotes de artillero (Ibíd.).

De su puntería, no sólo como artillero, dice su hijo que, “[…] se daba el lujo de escribir sobre la corteza de un árbol, con disparos de su revólver, las iniciales de su nombre y apellido.” (Ibíd.).

Durante la guerra de los Mil Días, cuyo teatro de operaciones más dramático y devastador tuvo lugar en el departamento del Istmo, seguramente participó en distintos combates y batallas y ciertamente hay testimonios que dan cuenta de su presencia en la batalla del Puente de Calidonia, que tuvo lugar entre el 21 y 26 de julio de 1900. Curiosamente, Esteban Huertas, tan dado a comentar sus hazañas militares, no se refiere a su participación en dicha acción militar, acaso porque con el tiempo fue estableciendo fuertes nexos de amistad con caudillos liberales locales panameños, muchos de cuyos compañeros murieron en los combates librados en esa batalla, tema al que me referiré más adelante.

En la batalla del Puente de Calidonia, las tácticas del general Emiliano Herrera significaron un gravísimo descalabro para la causa liberal y se sacrificaron en ella muchas vidas de jóvenes liberales sin necesidad, ni justificación alguna. La verdad es que antes que una hazaña que enalteciera el coraje, preparación, previsiones o estrategia liberal o conservadora, resultó un fiasco guerrerista en que la soberbia del general Herrera y el coraje e ideales de la tropa y oficialidad liberales fueron un sacrificio estéril con el que se cobró el miedo de los conservadores y los habitantes de la capital, resentidos por la triunfante campaña liberal en las batallas de la Negra Vieja y Corozal, que habían amenazado con la toma de la ciudad de Panamá.

De sí mismo diría también que “sufría cambios emocionales diferentes y bruscos; en el fragor de los combates, cuando sólo se escuchaba el tableteo ensordecedor de las ametralladoras, el rugido de los cañones y los disparos de rifles, se embravecía a tal grado que, con gesto de un poseído, peleaba exponiendo su propia vida”. (Ibíd., p. 32).

De sus experiencias de cuartel dan cuenta, para la posteridad, cinco condecoraciones de oro cada una “por actos de valor y heroísmo”.

Un panameño de Boyacá

Sea que Esteban Huertas hubiera quedado enrolado a los siete años o a los catorce en el ejército colombiano, es innegable que a muy corta edad, a partir de su arribo al Istmo, no haría otra cosa que echar raíces y que Panamá ejercería en él una influencia diferente, firme y definitiva.

Aunque no es posible hallar referencias sobre el lugar en donde se alojó a su llegada, parece razonable que hubieran sido las barracas de la tropa ubicadas en el barrio de San Felipe, donde, por cierto, habitaban altas autoridades y acaudaladas y antiguas familias de la ciudad. De ser así, tuvo la oportunidad de codearse con la sociedad intramuros de la capital istmeña, que incluía a los jóvenes de su edad con quienes trabó amistad. Al mismo tiempo, su condición de militar y de agente del orden público le permitió alternar con personas de todas las capas sociales desde antes de la guerra de los Mil Días y, en muchos casos, hasta de enfrentarlos con las armas durante los años de la conflagración civil.

Cómo no enterarse entonces de que la independencia de Panamá de España no había ocurrido como consecuencia de la batalla de Boyacá, o de que al disgregarse la Colombia de Bolívar, Panamá también lo hubiera hecho el 26 de septiembre de 1830 de no ser porque el Libertador, desde Santa Marta, pocos días antes de morir, de- saprobó el pronunciamiento de independencia y exhortó al general José Domingo Espinar a que reintegrara el Istmo a la República (Alfaro, 1969, p. 79). Cómo no plantearse, por ejemplo, el derecho a la autodeterminación de la nación panameña, que había propuesto el sistema federal para Colombia por las singularidades que se presentaban en el Istmo, nunca bien entendido ni acogido en la patria colombiana. Cómo no identificar las injusticias que el gobierno central colombiano y sus altos personeros perpetraban en Panamá. Cómo no preguntarse por la presencia de fuerzas armadas estadounidenses en Panamá, destacadas en su territorio desde 1846 so pretexto de cuidar la vía de tránsito entre Atlántico y Pacífico, pero con el verdadero propósito de asegurar la sujeción de Panamá a Colombia, como demuestran las reiteradas intervenciones de las fuerzas norteamericanas —con base en el tratado Mallarino-Bidlack—(7) en el departamento del Istmo para restablecer el orden público perdido o en peligro, por distintas razones que, en el fondo, tenían sus raíces en la convicción de los panameños de ser una nación distinta y libre. (8) A pesar de esto y de su estatus de igual con las audiencias de Santafé de Bogotá y de Quito, mientras ambos territorios fueron parte de la colonia española, Panamá se veía menospreciada.

7. El Tratado Mallarino-Bidlack, suscrito el 12 de diciembre de 1846 entre Estados Unidos de América y la Nueva Granada, confería a la después llamada República de Colombia, el derecho a requerir de Estados Unidos el uso de sus fuerzas armadas para preservar el libre tránsito entre el Atlántico y el Pacífico.
8. Con base en el Tratado Mallarino-Bidlack las fuerzas armadas de los Estados Unidos efectuaron desembarcos en Panamá en octubre de 1856, junio de 1862, marzo de 1865, en 1873, marzo de 1885 y noviembre de 1901, de acuerdo con Luis Martínez Delgado, República de Colombia, v. 10, Editorial Lerner, Bogotá, 1970, p. 177 (citado por Plazas, 1987, p. 65).

Entre las amistades que hace entonces el propio Huertas menciona a “los Díaz, los Jiménez, los De la Ossa, los Mendoza, los Clement, los Arosemena, los Obarrio, los Alemán, los Zachrisson, los Soto, los Aguilera, los Icaza, los Luzcando, los Botello, los Argote, los Boyd, los Alfaro, los Arias, los Lefevre y muchos otros, tanto de los de “adentro” como de los de “afuera” (Memorias, 2002, p. 26).(9)

9. Los términos “adentro” y “afuera” se usaron por muchos años en Panamá para distinguir entre aquellos que vivían en la parte intramuros en la ciudad de aquellos que vivían fuera de los muros, con una connotación social similar a la de patricios y plebeyos en los tiempos de la antigua Roma, aunque sin privilegios legales de naturaleza política, si bien los había de hecho.

Cuatro años después de su arribo a Panamá y luego de haber sido ascendido a sargento primero el 19 de mayo de 1894, es destinado a misiones en el territorio colombiano, adonde marcha a cosechar experiencia y méritos. Luego de lograr el grado de teniente, el 19 de julio de 1895, es destinado a servir como ayudante de la comandancia militar en Panamá, adonde regresa catorce meses después de haberse ausentado, para encontrar a los viejos amigos que reciben jubilosos a “Huertitas”, como lo apodaban cariñosamente.

Para principios de 1902, el coronel Huertas tiene ya 32 años, o 25, y aún no ha formado familia. Conoce entonces a Joaquina Ponce Fierro, hija de una familia conservadora terrateniente de Antón con quien contrae matrimonio el 8 de enero de 1903 y establece su residencia en calle primera, en la casa que entonces llamaban de las Pacheco, desde donde podía ver tanto las tropas que estaban en el cuartel de Chiriquí, hoy plaza de Francia, como las que se encontraban sobre el muro que defendía la ciudad llamado “Paseo de Las Bóvedas”. Con Joaquina Ponce tendrá su primer hijo, el 5 de octubre de ese mismo año, exactamente un mes antes de que se retiraran las tropas colombianas de Panamá.

Esteban Huertas se definía como persona modesta, sencilla y caritativa, lo que prueba el hecho de que, después de su baja del ejército, cuando vivía en Pocrí de Aguadulce, servía grandes cantidades de desayunos y comidas en tres largas mesas a todos los pobres que acudían a su casa, así como el haber sido benefactor de las iglesias de algunos pueblos del interior, como ferviente católico y devoto de la Virgen del Carmen a quien llamaba “mi virgencita”.

Vientos de independencia

Desde mucho tiempo antes del arribo de Huertas al Istmo, Panamá soñaba con ser independiente. En 1834, el doctor Francisco Soto, senador por Panamá, declaraba en el senado que “[…] por la naturaleza el istmo de Panamá está llamado a ser independiente, pues esta independencia habrá de lograrse ya antes, ya después, más tarde o más temprano, de aquí a un siglo o de aquí a diez años”. (Castillero, 1999, p. 30).

Y en 1841 decía Justo Arosemena en su obra Apuntamientos:

Un país situado entre los dos océanos, i apartado de los colindantes por montañas i despoblados; un país tan distinto de todo otro por su localidad, necesidades i costumbres; un país extenso i riquísimo en las producciones de los tres reinos, está visiblemente destinado por la naturaleza para componer algún día un gran Estado. (Candanedo, 2004, p. 113).

Gracias a Justo Arosemena, precisamente, quien había expuesto de forma brillante en Colombia la conveniencia de considerar la adopción del sistema federal de organización del Estado, Colombia había aprobado dicho modelo que permitió a Panamá administrarse a sí misma sin llegar al extremo de la emancipación, pero con su actividad enfocada en el comercio y la logística, vocación ineludible de Panamá de la que existen algunas pistas desde antes, incluso del descubrimiento de América. No obstante, el modelo federal fue declarado caduco por el presidente Rafael Núñez en 1885 sin mayores protocolos ni formalidades con la célebre expresión, “la Constitución de Rionegro ha dejado de existir”.(10)

10. Con esta expresión de Núñez, pronunciada desde los balcones del palacio de San Carlos, se puso fin al sistema federal que había regido a los Estados Unidos de Colombia desde 1860.

Para 1886 Estados Unidos estaba al tanto de la atmósfera levantisca que existía, según dio cuenta el cónsul general de EstadosUnidos en Panamá, Thomas Adamson, que en mayo de 1886 informaba a su gobierno que los panameños se sentían abrumados por los impuestos. Con base en ellos, el gobierno central percibía un millón de dólares anuales, de los cuales no se invertía en Panamá ni el diez por ciento; servían para el sostenimiento de las fuerzas armadas que la mantienen sometida. Una comunicación de finales del mismo año señala que las tres cuartas partes del Istmo desean la independencia, y que los panameños se rebelarían si pudieran obtener armas y la seguridad de que Estados Unidos no intervendría en favor de Colombia (Martínez, 1970), como ya había ocurrido en distintas oportunidades.

La guerra de los Mil Días, conflicto civil armado que se había iniciado en Colombia el 17 de octubre de 1899, se contagió rápidamente a todo su territorio, y la razón de fondo de su origen se puede encontrar en la derogación del régimen federal catorce años antes por Rafael Núñez. Como ya hemos visto, por ser Huertas soldado del ejército colombiano, tuvo que intervenir en múltiples batallas durante la guerra.

El 21 de noviembre de 1902, se firmó la paz entre las fuerzas conservadoras y liberales a bordo del buque acorazado estadounidense Wisconsin, que puso fin a la guerra de los Mil Días. Sin dicho acuerdo, no tenían ninguna posibilidad de éxito las negociaciones y cabildeos que se habían llevado a cabo entre los accionistas de la fallida Compañía Universal del Canal de Panamá quienes actuaban con William Cromwell, y Philippe Bunau-Varilla, el Gobierno de Estados Unidos de América, con Theodore Roosevelt a la cabeza como presidente, y el Gobierno de Colombia con el presidente José Manuel Marroquín; todos ellos, que serían también actores de la independencia de Panamá, tenían motivaciones harto diferentes a las de los panameños.

Así, para los inversionistas estadounidenses y franceses que adquirían las acciones y derechos de la Compañía Universal del Canal de Panamá, era un simple negocio —incluso con ánimo de despojo—, mediante el cual pretendían superar las pérdidas sufridas por la compañía francesa y hasta enriquecer a los nuevos accionistas que habían comprado a precio de bicoca las viejas acciones, por una parte, y por otra, obtener jugosos dividendos del conocimiento que tenían los inversionistas estadounidenses del interés de su país por construir un canal a través del Istmo como un tema de seguridad nacional.

Para Estados Unidos, se trataba de disminuir costos y acrecentar su poder bélico, disponiendo de menos barcos de guerra en ambos océanos, Atlántico y Pacífico, siempre que se pudiera garantizar su movilidad y paso expedito de un mar a otro, como claramente evidenció la guerra Hispano-Estadounidense de 1898, y presentarse como un poder de primer orden en el mundo (Díaz Espino, 2004, pp. 49-50).

Para Colombia significaba intentar restablecer las precarias condiciones económicas, políticas y sociales en que había quedado sumida la república, el conservadurismo y Bogotá, tras décadas de inestabilidad política, enfrentamientos armados, anarquía administrativa y guerra civil, cuya más sufrida subdivisión territorial, y que menos contaba en la decisión, era precisamente Panamá.(11)

11. Durante los debates en el senado colombiano sobre la aprobación del Tratado Herrán-Hay para la construcción del Canal de Panamá, tres de los cuatro senadores que representaban al Istmo fueron designados por el propio presidente Marroquín. El único panameño electo era José Domingo de Obaldía.

Para los panameños, el tratado Herrán-Hay significaba volver pronto a ser una nación con comercio activo y creciente, con la importancia que alguna vez Bolívar había indicado que debía tener, a más de superar la postración en que se encontraba el Istmo luego de la guerra de los Mil Días, cuyo fin se pactó entre liberales y conservadores en noviembre de 1902.

Terminadas las hostilidades que desangraban al Istmo, concluyeron también las agotadoras negociaciones del tratado HerránHay, que fue suscrito el 22 de enero de 1903. El mismo día fue enviado por el presidente Roosevelt al senado norteamericano para su discusión, y se ratificó el 17 de marzo, sin ninguna enmienda, por 73 votos a favor y 5 en contra. Aprobado por el senado de Estados Unidos, el presidente Marroquín de Colombia lo sometió a consideración del senado colombiano para agotar los procedimientos formales propios de su ratificación.

Una de las disposiciones del tratado de paz del Wisconsin consistía en que no habría represalias contra los combatientes de ninguno de los bandos, compromiso de singular importancia para los liberales, puesto que el gobierno colombiano continuaría en manos conservadoras. Por otra parte, si bien había concluido la guerra civil, las pasiones y animosidades que la habían engendrado y las aspiraciones de autodeterminación de los panameños, fuera mediante un sistema de estado federal o separado de Colombia, estaban latentes, así como los temores de que pudieran volver a agitarse las llamas de la violencia.

Mientras todo esto ocurría, un indígena de la provincia de Coclé, Victoriano Lorenzo, había ido ganando liderazgo entre los “cholos”, (12) desde antes del estallido de la guerra civil, en atención a las justas reclamaciones que, por escrito —pues por excepción entre sus pares sabía escribir—, dirigía a autoridades locales y nacionales del gobierno que le valieron críticas y hasta confrontaciones violentas. Desencadenada la guerra civil, los seguidores de Victoriano Lorenzo, informales y espontáneos, tenían mucha más afinidad con los liberales que reclamaban cambios, que con los conservadores en el poder que se oponían a ellos; de aquí que en poco tiempo se avinieran a colaborar con la causa liberal pero sin perder las propias, luego de que Victoriano Lorenzo y Belisario Porras (Conte Porras, 2005, p. 257) se reunieran en el valle de Antón; de allí surgió una alianza de naturaleza coyuntural. Sin embargo, sus acciones fueron de guerra de guerrillas, modalidad detestada por las tropas regulares del gobierno, sin perjuicio de lo cual debía entenderse que alcanzaban a estar cubiertos por el acuerdo de paz suscrito entre los partidos beligerantes que los ponía a salvo de represalias, siendo Benjamín Herrera general y jefe de la División Cauca y Victoriano Lorenzo general y jefe de la División Panamá (Ricord, 2004, p. 144).

12. El vocablo “cholo” se utiliza aún hoy para identificar a la extensa población comprendida por campesinos mestizos que habitaban a principios del siglo xx las tierras altas de las provincias de Panamá (de las que también formaban parte las que son hoy provincias de Coclé y Colón) y Veraguas. Por extensión se aplica con frecuencia a los campesinos en general.

Luego de convenida la paz se esparció el rumor de que Victoriano Lorenzo y sus guerrilleros habían vuelto a la lucha, pues mientras bebían licor en San Carlos se habían escuchado disparos y se produjo un tumulto, lo cual motivó que se iniciara una investigación ordenada por el general Benjamín Herrera, jefe de las fuerzas liberales, que condujeron Lucas Caballero y Eusebio A. Morales. Mientras se desarrollaba dicha investigación se dispuso que Victoriano Lorenzo permaneciera a bordo de la cañonera Bogotá, surta en las aguas de la bahía de Panamá, de la cual escapó el comandante guerrillero, siendo detenido poco más tarde en la ciudad de Panamá y, esta vez, trasladado con grilletes a un calabozo en el cuartel de Chiriquí.

La investigación llevada a cabo por los liberales no halló méritos para imputar responsabilidad alguna a Victoriano Lorenzo, salvo por el hecho de que, habiendo también bebido en exceso, no tomó medidas para disciplinar a sus soldados ebrios.

En estas circunstancias, el gobierno conservador decidió adelantar su propio proceso en un marco de resentimiento contra el guerrillero que había enfrentado a las fuerzas regulares del gobierno durante la guerra civil, con mucho éxito, propinando humillantes derrotas tanto por su condición de indio y mestizo, como por disponer de tropas irregulares, sin entrenamiento militar y mal equipadas.

Incluso en prisión, los temores respecto a la posibilidad de que Victoriano Lorenzo y sus seguidores reasumieran sus acciones guerrilleras se mantenían vivos. Nada ayudó en esta atmósfera, el hecho de que para el 6 de marzo se denunciara que en el arrabal santanero (13) se hubieran ocultado armas de los liberales que podían constituir un peligro para la paz en el país (Conte, 2005, p. 53).

13.Con el nombre de arrabal santanero se conocía la parte de la ciudad de Panamá y sus habitantes, aledaña pero fuera de los muros que hasta principios del siglo xx aun rodeaban la ciudad.

Para colmo de males, el segundo de Victoriano Lorenzo, Venancio Agrage, dispuso por su cuenta y riesgo continuar las acciones bélicas contra el gobierno mientras su jefe permanecía en prisión, a pesar de los acuerdos de paz. A pesar de que Lorenzo hizo llamados para la paz desde los calabozos del cuartel de Chiriquí, Agraje continuó su lucha y fue ultimado en un enfrentamiento armado en Chiguirí, cerca de Penonomé, el 14 de abril de 1903. Esto resultó ser elemento catalizador para que rápidamente concluyeran las investigaciones y se llamara a consejo de guerra a Victoriano Lorenzo.

Años atrás, en 1891, Lorenzo había sido juzgado y condenado por la muerte de Pedro Hoyos, y cumplido pena de prisión de nueve años. Ahora, en estas nuevas circunstancias, se le imputaron las muertes de seis ciudadanos ocurridas después de desatada la guerra de los Mil Días, y se le halló culpable en cinco de ellas por el consejo de guerra que lo condenó a morir por fusilamiento. La sentencia se cumplió el 15 de mayo de 1903, esto es, al día siguiente de que se iniciara el juicio que agotó todas sus etapas con una prontitud excepcional (Ibíd., p. 244), para lo que el general Esteban Huertas fue el instrumento del poder estatal al ordenársele presidir el juicio.

La popularidad de la causa liberal en Panamá y la solidaridad que despierta el débil frente al fuerte, como era el caso de Victoriano Lorenzo, elevó a heroísmo y leyenda al general guerrillero, cuyo fusilamiento fue narrado por el sacerdote Bernardino García, dos días después en las páginas de Star and Herald, agregándole simpatía y apreciándose la decisión como un acto de mayúscula injusticia, cometido por el gobierno colombiano contra un humilde patriota indio y campesino hijo del pueblo, del más puro pueblo.

Se ha dicho que luego del fusilamiento de Victoriano Lorenzo, su cadáver fue arrastrado dentro del cuartel, lo que evidentemente arrojaría baldón sobre el presidente del consejo de guerra que lo juzgó, el general Esteban Huertas; sin embargo, el propio padre Bernardino García, citado por el historiador Jorge Conte Porras, dice que el cadáver del general guerrillero fue echado en una carreta tirada por una mula que lo llevó hasta el cementerio, escoltada por un pelotón de soldados con bayoneta calada (Conte, 2006, p. 263).

El hecho cobraría importancia pocos meses más tarde por el nutrido apoyo popular que el campesinado afincado en la ciudad, en el arrabal santanero, prestaría a los oficiales veteranos de la guerra de los Mil Días, conservadores y liberales, para enfrentar a los quinientos soldados del ejército colombiano que arribaron al puerto de Colón horas antes del amanecer del 3 de noviembre de 1903.

Otros hechos ocurridos antes de dicha fecha con toda seguridad añadieron motivos y razones a las decisiones que tomaría el general Huertas y al entorno que lo influenciaría.

En el mes de julio, el general José Vásquez Cobo, jefe de las fuerzas armadas de Colombia en Panamá y hermano del ministro de Guerra de Colombia, sin órdenes ni instrucciones legales de ningún tipo, requirió del general Huertas que pusiera una escolta de treinta hombres a su disposición, con los que rodeó la casa del gobernador, Facundo Mutis Durán, y allanó el palacio de la Gobernación disponiendo la detención del subsecretario de Gobierno, doctor Aristides Arjona, de Fernando Arango, comandante de la Policía, y del doctor Efraín Navia, magistrado del Tribunal de Justicia, como fue informado Huertas, por uno de sus oficiales.

Preocupado Huertas por lo que acontecía después de haber facilitado la escolta, pero sin saber a qué obedecía todo aquello, buscó al general Vásquez Cobo a quien halló en el local de la imprenta El Lápiz —que evidenciaba señales de violencia y destrucción—, en donde su propietario, el señor José Sacrovir Mendoza, había estado imprimiendo escritos críticos que daban cuenta de atropellos e injusticias del gobierno de Colombia en el Istmo, a raíz de lo cual se dieron diferencias entre los dos generales que llevaron a que Huertas le presentara su renuncia al general Vásquez Cobo, quien no la aceptó. Este episodio reafirmó la convicción que ya podía tener el general Huertas de la existencia de reiterados abusos y arbitrariedades que con frecuencia exhibían los más altos personeros del gobierno colombiano asignados al Istmo.

El mismo día, 26 de julio de 1902, explica el general Huertas que fue invitado a una reunión en el consulado de Estados Unidos donde, al concurrir, halló también a los cónsules de Inglaterra, Alemania, Francia y Bélgica, quienes manifestaron su preocupación por la delicada situación que los hacía preguntar por las seguridades que pudiera darles como jefe de la plaza respecto a sus propias personas y sus familias, indicando que de otro modo deberían dirigirse a sus respectivos gobiernos, por lo que el general Huertas les aseguró que no tenían nada que temer. lncluso les ofreció una guardia especial para sus residencias, con lo que quedaron tranquilos los cónsules. Además, ese mismo día quedaron libres y restituidos en sus funciones el gobernador Mutis Durán, el magistrado Navia y el secretario de Gobierno, Aristides Arjona.

Al día siguiente el general Vásquez Cobo participaba de una orgía en una casa vecina a la estación del ferrocarril. El 28 de julio el general Huertas fue a ver al general Vásquez Cobo a la casa del festín, hallándolo sin afeitar y con el rostro desencajado; en otras palabras, con los efectos propios del convite. Éste le manifestó que quería irse a Colombia, pero no tenía los recursos para transportarse junto con sus ayudantes, insistiéndole a Huertas que le consiguiera 25 000 pesos entre la gente del comercio que lo quería o en cualquier otra parte. Luego de algunas conversaciones con el gobernador y con el señor José Gabriel Duque, acaudalado comerciante y propietario de casas y edificaciones en la ciudad, finalmente el gobernador ordenó a la Administración de Hacienda un préstamo por esa cifra, cuyo importe fue entregado por el general Huertas a los tenientes coroneles Carlos Fajardo y Mario A. Ramírez, con instrucciones de entregarlo al general Vásquez Cobo y, añade el general Huertas, “ese mismo día dictó el general José Vásquez Cobo una orden general, por medio de la cual me encargaba del comando de la Plaza, dedicándose minutos después, a una gran orgía en el hotel La Marina, en compañía de un numeroso grupo de sus amigos”, sin perjuicio de lo cual el 31 de julio fue citado por el general Vásquez Cobo al hotel de La Marina para decirle: “Sepa que ya no quiero irme y que desde este momento vuelvo a tomar el mando de la Plaza.” (Ibíd., pp. 267-269).(14)

14. Si bien sobre los incidentes protagonizados por el general Vásquez Cobo hay distintas fuentes, básicamente son coincidentes entre sí. Ver Plazas (1987, pp. 77-78) y Castillero (1999, p. 178).

En tan excepcionales circunstancias y siendo que ya había sido designado jefe de la Plaza, Huertas respondió que la última orden del comandante del Ejército estaba ya en vigor y que él, Huertas, no la derogaría, aconsejándole seguidamente que se embarcara cuanto antes para Colombia, y prometiéndole que en la estación del ferrocarril las tropas le harían los honores de rigor y tendría el placer de despedirlo.

Ese mismo día, el 31 de julio de 1903, recibió Huertas comunicación de Bogotá con la que se le informaba que la comandancia general del Ejército en Panamá había sido suprimida, y que en su condición de jefe de plaza se le adscribían las funciones propias de dicho cargo.

Sobre estos hechos es necesario atender la opinión vertida por el secretario particular de Marroquín, quien al declarar su parecer ante la comisión investigadora instituida en Bogotá para establecer los motivos de la separación de Panamá, manifestó “que a su juicio la separación de Panamá tuvo por causa, en lo que se refiere a los colombianos, el golpe de cuartel dado por el general José Vásquez Cobo, quizá en estado de beodez en una noche del mes de julio de 1903. Este hecho escandaloso, el haber quedado impune y el no haber sido admitida la renuncia verbal que del Ministerio de Guerra presentó entonces don Alfredo Vásquez Cobo, causaron profunda impresión en Panamá y facilitaron, tal vez, el movimiento, por las facilidades que le prestaron la desmoralización de las tropas colombianas. El general Alfredo Vásquez Cobo presentó renuncia verbal cuando el exponente se hallaba trabajando solo con el señor Marroquín, no habiéndosela admitido. Y continuando en el Ministerio de Guerra le era fácil impedir el castigo de su hermano y tratar de disculparlo. Esto último fue lo que hizo en la Memoria presentada al Congreso de 1904, documento lleno de inexactitudes”.(15)

15. Declaración rendida por el doctor José Joaquín Guerra el 5 de abril de 1910. Archivo del Ministerio de Guerra (citado por Plazas, 1987, p. 79).

La idea de independencia hacía tiempo que se agitaba en las mentes de muchos habitantes del Istmo; ni siquiera era necesario recordarla, y desde hacía meses (Plazas, 1987, p. 89) se venían celebrando discretas reuniones en las que se planteaba esa posibilidad, hasta entonces siempre esquiva por la intervención de las fuerzas norteamericanas, con la diferencia de que ahora quizás esas mismas fuerzas estarían dispuestas a soslayar sus obligaciones convencionales, por coincidir, al fin, sus intereses con los de los panameños: tener un canal, que dadas las circunstancias, únicamente podría materializarse pasando por el peldaño de la independencia de Panamá. En ese ambiente se intensificaron los contactos clandestinos, se depuraron estrategias y se consideraron opciones y planes.

El gobierno colombiano venía reuniendo, desde que el tratado fue presentado al Senado para su debate y consideración, y vistas las primeras reacciones de los senadores, justificados motivos para estar inquieto por lo que sucedía en Panamá. A medida que transcurría el tiempo, tales inquietudes debieron ir acrecentándose de forma consistente con preocupación y alarma, por lo que desde el mes de julio de 1903, el ministro de Guerra, Alfredo Vásquez Cobo, evaluaba candidatos militares que pudieran ser designados jefes de la plaza de Panamá. Cuatro generales rechazaron sucesivamente el ofrecimiento de hacerse cargo de la misma, entre julio y septiembre. Al fin el general Juan B. Tovar, ya retirado, accedió a reincorporarse al servicio militar y fue nombrado mediante Decreto Ejecutivo 874 de 19 de septiembre de 1903. Además se le concedió jurisdicción y mando sobre las jefaturas militares de Cartagena, Barranquilla y Santa Marta, y se le designó comandante de las flotillas del Atlántico, del Pacífico y del río Magdalena, con amplias facultades para organizar sus tropas como a bien tuviera y, en reserva, llevaba también el nombramiento de jefe civil y militar del Istmo, que podía poner en vigor cuando así lo estimara (Ibíd., p. 84).

Durante el mismo mes de septiembre, el general Huertas dirigió comunicación al gobierno central de Bogotá en los siguientes términos: “TROPA HAMBREADA, SOLICITO LETRAS DE CUARTEL”. (Ibíd., p. 86).(16) No le fue aceptada la baja. Tampoco le fue remitido ningún dinero que contribuyera a reducir al menos la mora en el pago de los salarios de los soldados y oficiales del Ejército en Panamá, que para ese momento era de cerca de seis meses.

16. “Letras de cuartel” es la fórmula castrense utilizada para pedir la baja.

El 24 de septiembre partió de Bogotá el general Juan Bautista Tovar rumbo a Barranquilla, a donde llegó el 14 de octubre, con órdenes del ministro de Guerra de vigilar las costas de La Guajira, para lo cual Tovar comisionó al general Ramón G. Amaya con instrucciones de abordar el crucero Cartagena y perseguir guerrillas liberales o enfrentar tropas venezolanas (Ibíd., p. 92). A mediados de octubre salió también de Bogotá el Batallón no. 3 de Tiradores con la misión de dirigirse a Panamá bajo el mando del coronel Eliseo Torres, vía río Magdalena, Cartagena y Colón. La unidad estaba integrada por 500 soldados veteranos y disponía de 500 000 cartuchos de guerra. Al general Tovar se le entregaron, además, 30 000 pesos oro en Bogotá y otros 30 000 en Barranquilla (Ibíd., pp. 92-94).

En Panamá, para las mismas fechas, la esposa del general  Huertas daba a luz su primer hijo.

Entre las numerosas amistades que había hecho el general Huertas en Panamá, él mismo destaca a Pastor Jiménez, compadre suyo, quien en más de una ocasión le había confiado su convencimiento de que Colombia tenía en el abandono a Panamá donde, por otra parte, se hablaba muy bien de Huertas por sus intervenciones en favor de los panameños, aunque ello le hacía daño porque sus jefes lo vigilaban y recelaban su intimidad con los panameños (Memorias, 2002, p. 49).

Con motivo del nacimiento de su primogénito, a las 8 a.m. del 5 de octubre de 1903, éste concurrió al hotel Central, ubicado frente a la plaza de la catedral, a fin de ofrecer unas bebidas a oficiales y amigos que lo congratulaban por el acontecimiento y desde allí dice haber visto a mucha gente a la que se acercó para saludar, entre ellos José Agustín Arango. Algunos le comentaron que sabían que lo iban a trasladar desde Panamá para la frontera de Venezuela, y que estaba por llegar de Colombia un gran ejército, agregándole que no se podía ir por ser ya panameño.

José Agustín Arango lo tomó por el brazo y lo llevó a una esquina del parque para decirle que si se lo llevaban para Colombia, ya no volvería a Panamá y que aquí tenía esposa y, desde ese día, un hijo, ambos panameños, añadiendo: “no nos abandone, general, podríamos necesitarlo”, a lo que Huertas contestó: “Me parece tener idea de lo que se trata, no se preocupe señor Arango. Yo estoy atado al Istmo por una cadena conyugal y hace unas horas me ha nacido un hijo, que también es panameño. Sepa por lo tanto que prefiero separarme del Ejército (sic) antes de abandonarlos”. (Ibíd., p. 51).

Pocos días más tarde, el 19 de octubre, creyendo que el general Tovar ya estaría en Panamá, el ministro de Guerra le envió una comunicación telegráfica anunciándole que el Batallón no. 3 de Tiradores se dirigía a Barranquilla (Plazas, 1987, p. 94), telegrama que con toda seguridad fue del conocimiento de Huertas antes del arribo del general Tovar al Istmo, poniéndolo al tanto de que un batallón se dirigía a Panamá. Huertas era consciente de la cantidad de hombres, municiones, artillería y caballería que estaban bajo su propio mando, las cualidades y experiencia de sus oficiales y soldados, la actitud de la población y el apoyo y simpatía con que podía contar el movimiento independentista; además conocía el terreno y estaba en capacidad de ponderar opciones.

La guarnición de Panamá, para el 1º de septiembre de 1903, disponía de 400 unidades del ejército (Ibíd., p. 84), esto es, un soldado por cada 50 habitantes de la capital, cuya población estimada era, en el año 1905, de 21 984 personas (Jaén, 1904, p. 185).

Por su parte los separatistas controlaban el cuerpo de bomberos que había venido a constituir una organización paramilitar disimulada y se habían introducido armas y municiones clandestinamente. Aparte de las fuerzas cívicas, había elementos de la población que apoyab,an la independencia, tanto en Panamá, como en Colón (Plazas, 1987, p. 7).

El 25 de octubre, el gobernador de Panamá, José de Obaldía, envió comunicación telegráfica al ministro de Guerra de Colombia, que decía:

Panamá, 25 de octubre de 1903. Norte de Veraguas desembarcó invasión nicaragüense mando Federico Barrera constante setenta hombres dirígense Penonomé. Envío crucero “Veintiuno de Noviembre” fuerzas comandante Tascón. Considero movimiento guerrillero sin apoyo liberales istmeños importantes. Gobernador. (Lemaitre, 1972, p. 483, citado por Plazas, 1987, p. 95)

Para conjurar la amenaza ficticia, se enviaron 250 de los 400 hombres que tenía el Batallón Colombia al área de Penonomé, con lo que las fuerzas al mando del general Huertas se veían menguadas frente al arribo inminente de los 500 soldados del batallón Tiradores.

En su obra Panamá y su separación de Colombia, Eduardo Lemaitre interpreta que dicha comunicación obedeció a que Manuel Amador Guerrero, José Agustín Arango y Philippe Bunau-Varilla, quienes no estaban “plenamente convencidos” de la adhesión de Huertas al movimiento, acudieron al gobernador De Obaldía, a quien pusieron en autos de la invasión imaginaria (Ibíd., p. 520); sin embargo, tal conclusión no parece tener mayor asidero. Bunau- Varilla no se encontraba en Panamá, Amador navegaba entre Nueva York y Colón, y el hecho de que se hubieran movido tropas desde Panamá a Penonomé no dio ventaja alguna a los separatistas que, por otra parte, no aclararon absolutamente nada respecto a cualquier simpatía que pudiera tener Huertas con el movimiento. Por el contrario, de haber estado ya comprometido Huertas con su causa, habría sido consciente de que alejar 250 de los 400 hombres de su tropa de las ciudades de Panamá y Colón, donde sabía llegarían pronto 500 soldados, debilitaba su posición de manera considerable.

También ordenó el ministro de Guerra, general Alfredo Vásquez Cobo, al gobernador de Panamá que enviara uno de los buques del gobierno fondeados en Panamá a Buenaventura para llevar a Panamá otras tropas que tenía listas y equipadas en ese puerto (Plazas, 1987, p. 96), instrucciones que fueron desatendidas por el gobernador De Obaldía, simpatizante de la independencia sin estar comprometido con el grupo secesionista, luego de confirmar que no había la tal invasión de tropas procedentes de Nicaragua.

Finalmente, el día 30 de octubre de 1903, a las diez de la noche zarpó de Sabanilla, puerto cercano a Barranquilla, el crucero Cartagena de la armada de Colombia. Se reabasteció de carbón y agua y arribó a Colón a la medianoche previa al 3 de noviembre de 1903, transcurridos cuarenta y cuatro días desde que el general Juan Bautista Tovar recibiera la misión de trasladarse a Panamá, a conjurar las amenazas y peligros de que hacía casi un año se temían y tenían noticias. (Ibíd., p. 97).

Para el domingo 1º de noviembre de 1903 corrían distintos rumores en las ciudades de Panamá y Colón, que apuntaban a que era inminente la llegada de fuerzas del ejército colombiano que vendrían a relevar a Huertas del mando y a reafirmar su soberanía sobre el departamento del Istmo. Narra Huertas que a las nueve de la mañana se presentó en el cuartel su amigo y compadre Pastor Jiménez, acompañado de su también buen amigo Carlos “Chale” Zachrisson, para decirle que el doctor Amador Guerrero tenía interés en que se reunieran y que lo esperaba en el Gran Hotel Central, a donde se dirigió Huertas de inmediato. Seguramente estaba ya apercibido de que el doctor Amador Guerrero desempeñaba un rol importante en los planes separatistas. Según la versión del general Huertas, el doctor Amador le dijo luego de pedirle que le guardara el secreto:

Mire general, se trata de la independencia del Istmo y todos estamos de acuerdo, contamos con los Boyd, Díaz, Arias, Jiménez, Icaza, Mendoza, Clement, Obarrio, Arosemena y otros. Es más, general, vendrán barcos americanos para apoyarnos y el gobierno de los Estados Unidos reconocerá a la nueva república, pero nos falta usted, que es el único que puede decidir y esperamos su respuesta para que hagamos la independencia del Istmo. Piense general en su porvenir, en el de su esposa, en el de su hijo, en el de sus amigos y recuerde que usted es ya un panameño, que en Colombia no se nos quiere; general, es urgente su decisión.

A esta confidencia dice el general Huertas que contestó en tono violento al doctor Amador que, en su vida no lo guiaban el lucro ni los intereses personales, y que cualquier decisión que tomara sería sin ambiciones, pero que no se comprometía a nada porque había tiempo para pensar en asunto tan delicado, retirándose luego a su cuartel sin comprometerse (Memorias, 2002, p. 53-54).

Extraña reacción la de mencionar que ni el lucro ni los intereses personales lo movían, si en su narración Huertas no refiere que el doctor Amador Guerrero le hubiera ofrecido recompensa material alguna, lo que sí dice el autor Ovidio Díaz en su obra El país creado por Wall Street, (Díaz, 2004, p. 122) y que cifra en la suma de 65 000 dólares.

Al llegar de vuelta al cuartel, su compadre Pastor Jiménez nuevamente le habló de la independencia y de la obligación que tenía Huertas de ayudar a los panameños, a lo que Huertas esta vez contestó: “Compadre, estese tranquilo, probablemente le voy a dar muchas sorpresas”. (Memorias, 2002, p. 54).

Antes de retirarse Pastor Jiménez, Huertas le pidió le mandara a decir al general Domingo Díaz, veterano liberal de la guerra de los Mil Días, dónde podrían encontrarse, mensaje que halló respuesta a las siete de la noche, y que hizo posible que ambos se reunieran a las diez de la noche. En la conversación que sostuvieron, Huertas, quien tenía gran confianza en el general Díaz, le transmitió su decisión de apoyar la independencia, indicándole que tanto él como el pueblo que lo seguía, la respaldarían, al margen de apoyos extranjeros y de cualesquiera prebendas. Al despedirse, Huertas le dijo: “Usted, general Díaz, no está solo, recuerde que yo tengo las armas y que yo quiero mucho a Panamá”. (Ibíd., p. 55).

Si bien Huertas no se comprometía abiertamente y evadía manifestar su adhesión clara a la causa de la independencia, para todos los efectos legales, ya lo estaba. Su primer deber como comandante de plaza era asegurar el orden público y la autoridad del Estado colombiano en ella, y el solo hecho de haber sido enterado de que se urdían planes para cambiar ese orden y autoridad y no tomar medidas que apuntaran a conjurarlos, ya lo hacía por lo menos partícipe pasivo o por omisión, y ello, por supuesto que constituía acicate para que los independentistas tuvieran mayores seguridades, al tiempo que en el propio general Huertas debían debatirse entre sí principios que, en las circunstancias, se alineaban en planos diferentes: el de lealtad a Colombia frente al de equidad para Panamá; el de amor a la patria de origen frente al de amor a la patria familiar y social; el de la certeza del continuismo frente al porvenir prometedor; el del conflicto permanente frente a la confianza en la reconciliación; el de la seguridad del fracaso frente a la probabilidad del éxito; el del acatamiento de los principios institucionales frente al respeto a la voluntad popular local; el de conductor de tropas de choque frente al estratega del líder triunfador; el de distribución de la pobreza frente al de generación de riqueza, y quien sabe qué otros elementos que, necesariamente, habrá considerado su inteligencia como para ser ponderados. No obstante, con la astucia indígena que caracteriza el mestizaje, se reservaba su decisión.

Rompimiento con Colombia

Luego de su reunión con el general Domingo Díaz, el general Huertas se dirigió al cuartel, según narra, se cambió de ropa a eso de las dos de la mañana y fue a la cantina del señor Francisco Lopolito, en los alrededores de la plaza de Santa Ana, a pedirle doce carretas con mulas y carreteros, con las que se volvió al cuartel. Una vez allí abrió el cuarto del parque de armas y municiones y cargó las carretas con rifles, bayonetas, revólveres y municiones que ordenó repartir en los puestos o guarniciones de las tropas a su mando, distribuidas en distintos puntos de la ciudad, para ir luego a la casa de Pedro A. Díaz, hermano del general Domingo Díaz, a donde llegó a las 5:20 a.m.

Desde finales de la tarde del 2 de noviembre el acorazado Nashville, de la marina de los Estados Unidos, había arribado a Colón y se encontraba fondeado en la bahía de Manzanillo. La primera señal de apoyo de Estados Unidos a los separatistas se materializaba de esta manera; sin embargo, en Panamá únicamente Huertas estaba al tanto de que apenas tres días antes había zarpado desde Sabanillas el Cartagena, y que traía 500 soldados que desembarcaron poco antes del amanecer del 3 de noviembre en la ciudad de Colón.

La llegada del Cartagena desconcertó y atemorizó a los separatistas, quienes no sabían que el arribo de las fuerzas colombianas se produciría tan pronto; tanto que habían programado la ruptura con Colombia para el 28 de noviembre, de manera que coincidiera con la fecha de independencia de Panamá de España.

Por su parte, Roosevelt, animado por Hay y Bunau-Varilla, había dispuesto ubicar tempranamente en aguas cercanas a Panamá varios buques de guerra. Respecto a este hecho, sólo se tenía la palabra de Bunau-Varilla dada al doctor Amador Guerrero de que sí se enviarían barcos de guerra estadounidenses a Panamá, pero los separatistas ignoraban cuándo, cómo y dónde. Así, al Boston se le ordenó dirigirse a San Juan del Sur en Nicaragua el 19 de octubre; al Atlanta a Guantánamo, y al Dixie se le impartieron órdenes de aprestarse a partir de Long Island (Ibíd., p. 98).

Resulta obvio que desde Washington se seguían minuciosamente los acontecimientos en Panamá, con toda seguridad con fuentes de referencia distintas: sus oficinas consulares en el Istmo, dirigidas por los cónsules Félix Ehrman en Panamá y Oscar Malmros en Colón, por una parte y, por otra, los altos ejecutivos del ferrocarril de Panamá encarnados en los señores Herbert Prescott en Panamá y James Shaler en Colón, subordinados ambos del asesor legal, director y representante en Estados Unidos de la Panama Railroad Company, William Nelson Cromwell (Ibíd., p. 79).

Es también elemental que el arribo inminente de tropas a Panamá, de alguna manera se filtró a la población panameña desde pocas horas antes de que ocurriera, y ello seguramente llegó a conocimiento de las fuentes de información de los norteamericanos, que debieron transmitir el hecho al gobierno de Estados Unidos, que ordenó el 2 de noviembre a los comandantes del Boston, del Nashville y del Dixie que mantuvieran libre el tránsito entre las ciudades de Panamá y Colón, instrucción en estricta conformidad con el Tratado MallarinoBidlack suscrito con Colombia en 1846, y que añadía evitar el desembarco de toda fuerza armada con propósitos hostiles, fuera ella del gobierno o de los revolucionarios, en cualquier punto dentro de una zona de cincuenta millas de Panamá, dando cuenta además de que había informes de que fuerzas del gobierno se acercaban al Istmo en sus buques, y que debían evitar su desembarco si, a juicio suyo, el desembarco pudiera precipitar un conflicto. (17)

17. Libro Azul del Ministerio de Relaciones de Colombia. Documentos diplomáticos sobre el canal y la rebelión del istmo de Panamá. Bogotá, Imprenta Nacional, pp. 456-459 (citado por Plazas, 1987, p. 99).

El texto de la instrucción es un modelo de ambigüedades que permitía al gobierno de Estados Unidos, por una parte, invocar que su actuación era en estricto apego al Tratado Mallarino-Bidlack, y por otra, impedir que las tropas de Colombia, Estado que ejercía soberanía en Panamá, desembarcaran; y aún más, permitir que los secesionistas panameños quedaran en control de la situación de orden interno, pues sin un control local por parte de los secesionistas no se podría materializar el surgimiento de un Estado. Pero de acuerdo con respuesta enviada por el capitán del Nashville, comandante Hubbard a su gobierno, antes de recibirse el telegrama, ya habían desembarcado en Colón cuatrocientos hombres del gobierno procedentes del Cartagena (Plazas, 1987, p. 99).

La noticia de la llegada del Cartagena se transmitió por teléfono de inmediato a Panamá desde las oficinas del ferrocarril en Colón, y de ella quedaron enterados José Agustín Arango, Manuel Amador Guerrero y el resto de los conjurados. Por su parte, también el jefe de la guarnición del ejército colombiano en Colón, capitán Serafín Achurra, informó lo mismo mediante telegrama al general Huertas, dando cuenta del arribo del crucero Cartagena con quinientos hombres y el desembarco inminente del general Tovar y sus ayudantes (Ibíd., p. 105).

El escenario fue entonces el de un grupo de separatistas sin ningún control del poder, por lo que no se podía declarar la independencia; una potencia mundial interesada en que se declarara la independencia para apoyarla y no se viera como un abierto acto de intervención foránea, con escasa presencia militar pero amparada por un convenio internacional; un ejército colombiano con la presencia y fuerza que confieren la visibilidad de uniformes, armas y tropa; una guarnición local en Colón anulada numéricamente por las fuerzas colombianas y en la ciudad de Panamá sujeta formalmente a la jerarquía de la fuerza recién desembarcada y, por último, una población anhelante por años de lograr su independencia que, sin estar al tanto de las razones que a otros podían hacer coincidir con ese mismo propósito, estaba dispuesta a expresar su voluntad en tanto hubiera un liderazgo capaz de aglutinarla.

En estas circunstancias, cada quien actuaba desde su propia perspectiva. Distintas opciones se habían considerado para cuando llegara el momento, pero el escenario real y actual no se ajustaba a las alternativas previstas.

Narra Huertas que, después de distribuir las armas de la plaza en los distintos puestos del ejército en la ciudad, se dirigió a la casa de Pedro Díaz, donde, según le habían informado unos amigos, tendría lugar una reunión de separatistas y que allí habló con el general Domingo Díaz quien le comentó: “Conque el enfermo está grave, general, pues no hay que preocuparse pues si es necesario yo le daré mi sangre para que se salve” (Memorias, 2002, p. 64). De aquí se dirigió al cuartel donde llegó a las 6:30 a.m. y halló el telegrama que le había enviado el capitán Achurra desde Colón dando cuenta de la llegada del Cartagena y del desembarco de los oficiales. Es en este momento, según Huertas, que comprendió que la independencia del Istmo estaba amenazada de muerte y que tomó la decisión inquebrantable de vencer o morir, contrayendo el compromiso íntimo de hacer la independencia de Panamá (Ibíd., p. 65).

Saber de la presencia de las tropas colombianas y cundir el miedo y el desaliento entre los conjurados, fue todo uno. Así, al enterarse Amador de la llegada de las fuerzas colombianas, lo informó a los demás complotados sin encontrar uno solo que hiciera de tripas corazón para enfrentar el revés, al punto que Amador se retiró a su casa desalentado y vencido, dando por perdido el movimiento.

Ya en su casa, su esposa, María de la Ossa de Amador, lo convenció para que se activara otra vez y hasta le sugirió que solicitara a los ejecutivos del ferrocarril que no facilitaran vagones de tren para transportar la tropa a Panamá y, en cambio, que sí se trajera a la oficialidad (Díaz, 2004, p. 128).

Los primeros en desembarcar del Cartagena fueron el general Tovar y sus ayudantes; luego el primer problema por resolver para los comprometidos con la separación era qué hacer con ellos. A su vez, sin sus tropas pero con sus facultades de mando intactas, los oficiales desembarcados debían compenetrarse con la situación existente. La información que tenían desde antes de partir de Colombia era que había temor de que se originara un movimiento secesionista y, por otra parte y de data reciente, que un grupo insurgente proveniente de Nicaragua había desembarcado en Veraguas.

Los dos temas fueron tratados entre el general Tovar y su estado mayor, con Porfirio Meléndez acaudalado comerciante colonense comprometido con los separatistas, y con el coronel James Shaler, jefe del ferrocarril, quienes aseguraron a los militares que el Istmo estaba en completa calma y que no había habido ningún desembarco de rebeldes, por lo que su presencia en Panamá no tenía sentido, aconsejándoles que regresaran a Colombia. Si bien hay referencias de que el coronel José Segundo Ruiz, jefe de la guarnición del ejército colombiano en Bocas del Toro, quiso o llegó a manifestar al general Tovar que había planes separatistas en Panamá (Plazas, 1987, p. 107),(18) lo cierto es que el general Tovar terminó aceptando la propuesta del coronel Shaler de usar el vagón especial que se puso a su disposición para trasladarlo a la ciudad de Panamá con sus oficiales, donde llegaría a las once de la mañana, en tanto que le aseguró, bajo palabra de honor, que la tropa continuaría en un tren que partiría para Panamá a las 13 horas (Ibíd., p. 107), (Díaz, 2004, p. 107).

18. De acuerdo con el historiador Plazas Olarte, el coronel José Segundo Ruiz quiso poner en conocimiento del general Tovar “asuntos de gran importancia”, pero Tovar no juzgó necesario oírlo. Díaz Espino, por su parte, afirma que el coronel José Segundo Ruiz sí llegó a decirle que tenía información proveniente del capitán de un barco noruego sobre un movimiento separatista que Estados Unidos apoyaba (Díaz, 2004, p. 130).

Mientras esto ocurría en Colón, narra el general Huertas que a eso de las 8:30 a.m. había estado en las oficinas de Nicanor A. de Obarrio, prefecto de la provincia de Panamá, a quien encontró entusiasmado y comprometido con la independencia. De Obarrio le preguntó a Huertas si sabía de la llegada de los generales y la tropa Colón y Huertas le contestó: “Sí viejito, a las once llegan esos generales que en la madrugada arribaron a Colón. Sé que traen un gran estado mayor, bastante pertrecho, pero si se hace necesario los voy a recibir a bala.” De Obarrio le respondió que podía garantizar que solo vendrían a Panamá el generalísimo —refiriéndose al general Tovar— y su estado mayor, por lo que no estaba de acuerdo con lo de echar bala sino más bien esperar el desarrollo de los acontecimientos (Memorias, 2002, p. 66).

Tan pronto partió el tren con los oficiales colombianos para Panamá, el coronel Shaler llamó por teléfono a Prescott para comunicarle lo ocurrido, quien de acuerdo con Ovidio Díaz, se entrevistó enseguida con Amador diciéndole: “Ahora o nunca; es el momento de actuar” (Díaz, 2004, p. 133), expresión que tuvo por efecto inmediato que Amador se dirigiera al cuartel de Chiriquí para transmitir el siguiente mensaje:

Huertas, lo que usted es hoy, se lo debe a Panamá. De Bogotá no puede esperar nada. Yo estoy viejo y cansado de la vida; no me importa morir. Si usted quiere ayudarnos, alcanzaremos la inmortalidad en la historia de la nueva república. Aquí habrá cuatro barcos de guerra norteamericanos. En Colón habrá otros tantos. Usted y su batallón no pueden hacer nada contra la fuerza superior de los cruceros, que tienen sus órdenes. Elija: aquí gloria y riqueza, en Bogotá miseria e ingratitud.

Huertas guardó silencio durante unos instantes y luego extendió su mano y dijo “acepto”. (Ibíd, p. 133). Díaz señala como fuente de su narración la obra de David McCullough, El cruce entre dos mares. (Ibíd, p. 149).(19)

19. La versión original en inglés de la obra de McCullough, The Path Between the Seas dice exactamente lo que describe Díaz Espino, citando como fuente de su afirmación Story of Panama , pp. 382, 447, 459.

 

Con motivo del arribo de los oficiales colombianos a Panamá, correspondía rendir los honores protocolares castrenses en estos casos y para ello se dirigió el general Huertas con sus soldados a la estación del tren a esperar la llegada de los oficiales a las once de la mañana. Cumplido el protocolo los generales fueron escoltados a la gobernación donde se reunieron con el gobernador.

Poco más tarde, a las 11:50 a.m., se presentó al cuartel de Chiriquí el general Tovar en compañía del gobernador De Obaldía, del doctor Julio Fábrega, secretario del gobernador y de otros generales.

Pasado el mediodía el general Tovar quedó instalado en el hotel Jované, cuyo propietario era un fervoroso separatista. Allí le hacen llegar una tarjeta que le dirige José Ángel Porras advirtiendo de la existencia de un movimiento de independencia, a eso de la 1:45 p.m. El general Tovar sale inmediatamente del hotel y se dirige a la comandancia (Plazas, 1987, p. 108).

Al tenor de la narración del general Huertas, regresó otra vez el general Tovar en compañía de los generales Ramón Amaya, José N. y Ángel Tovar, y Joaquín Caicedo, ya en horas tempranas de la tarde. En esta ocasión hizo muchas preguntas a la tropa, sobre todo en lo referente al trato que le daban los oficiales recibiendo por respuesta que estaban bien atendidos y que no tenían quejas. Por su parte, el general Huertas informó al general Tovar que tanto a la tropa como a los oficiales se les adeudaban muchos meses de paga y que la alimentación, por falta de recursos, no era buena ni adecuada, respondiendo el general Tovar que no había de qué preocuparse porque estaba por llegar un gran convoy (Memorias, 2002, p. 68).

Continúa narrando Huertas que mientras conversaba con los generales en el paseo de Las Bóvedas, un mensajero entregó una carta al general Tovar quien, luego de leerla la circuló entre los demás oficiales y estos, al concluir su lectura, miraban fijamente a Huertas en gesto que interpretó de amenaza, por lo que estando solo y desarmado los invitó a bajar de vuelta al cuartel. Una vez allí el general Tovar lo invitó a una copa de champán en el Gran Hotel Central, invitación que declinó Huertas aduciendo que no estaba en traje de salida pero que en la noche se la podrían tomar y luego, ante la insistencia, reiteró que estaba cansado y tenía algunos asuntos pendientes en el cuartel (Ibíd, p. 69).

Parece obvio que los generales recién llegados y el general Huertas estudiaban mutuamente sus posiciones. Los oficiales colombianos, que ya tenían consistentes versiones acerca del movimiento secesionista, procuraban calibrar el alcance, apoyo y grado de lealtad que podían tener las tropas a favor del general Huertas y cuán comprometido podía estar Huertas con los independentistas. Huertas, quien dudaba de la lealtad de los hombres a sus órdenes y a Panamá antes que a Colombia, por otra parte, estaba consciente de que los oficiales colombianos disponían de una tropa muy superior a la suya, veterana y bien apertrechada a una hora de distancia en tren (recordemos que había enviado 250 hombres a Penonomé).

Luego de abandonar el cuartel, el general Tovar es informado por los señores José Ángel Porras, Eduardo de la Guardia y Nicolás Victoria de que algo muy grave se preparaba en el arrabal de la ciudad (Plazas, 1987, p. 108), dando cuenta con toda seguridad de la concentración de gente y veteranos de la guerra civil, armados, en la plaza de Santa Ana, justo en la entrada del norte de la ciudad. Esto es, que al margen de los cabildeos, intrigas, presiones, negocios e intereses, había también un pueblo decidido a buscar un destino propio, por la vía de las armas.

En estas circunstancias el general Tovar solicita al gobernador una orden para que la policía disolviera los grupos de amotinados que se veían por las calles, pero la policía al mando de Fernando Arango se niega a cumplir la orden y, ante la protesta del general Tovar al gobernador por la irregularidad, De Obaldía le indica que el movimiento separatista es incontenible y que toda la población panameña forma parte de él, negando sin embargo su vinculación al mismo (Ibíd, p. 109).

Mientras tanto, en la ciudad de Colón, el coronel Shaler se niega a trasladar las tropas colombianas que esperan abordar el tren para dirigirse a Panamá, alegando la mora del gobierno colombiano en el pago de cuentas por concepto de transporte, aun cuando el general Ramón G. Amaya, quien estaba en Panamá, ofreció pagar al contado su totalidad (Ibíd.).

Tan pronto los oficiales colombianos abandonaron el cuartel, Enrique (Ossita) de la Ossa y Antonio Alberto Valdés, amigos del general Huertas, se presentaron al cuartel y le informaron que había mucho miedo en la ciudad y que el comercio estaba cerrando. También le dijeron que el general Domingo Díaz y su hermano don Pedro estaban en movimiento y que ellos venían para pedirle armas y estar listos.

Una vez que se retiraron, dice Esteban Huertas refiriéndose a sí mismo:

Cuando así lo hicieron y ya solo, me dirigí a las murallas de Las Bóvedas y únicamente con mi conciencia por testigo, me puse a reflexionar. Comprendí que el pueblo panameño tenía la razón y motivos de sobra para su libertad y su independencia. Recordé que aquí tenía mi hogar, tenía mi hijo, tenía mis mejores amigos y que a esta tierra había llegado siendo aún muy joven. Me acordé también de que todos los panameños sin distingos sociales ni de partidos, me habían demostrado sincero cariño desde el momento en que pisé las tierras istmeñas. Y llegué a la conclusión de que ni mi espada de militar ni mis soldados, podían mancharse con la sangre de un pueblo generoso que me había dado su amistad y que ahora pedía mi contribución para alcanzar su largamente anhelada libertad. Fue por todo esto que, cuando bajé de Las Bóvedas, ya había planeado lo que haría, más o menos una hora más tarde. (Memorias, 2002, p. 72).

Al llegar al cuartel de vuelta vio al doctor Amador, quien le dijo: “General estamos perdidos, todo ha fracasado; sin embargo voy al Central a ver si por casualidad encuentro a mis demás compañeros para hablar con ellos. Dentro de 20 minutos le informaré.” (Ibíd.).

Este comentario, originado en quien se había acercado a Huertas para proponerle dos días antes que se uniera a los secesionistas y que el resultado del movimiento era seguro pues estaba respaldado por los buques de guerra de Estados Unidos, ha de haber sido dicho con gran pesimismo a Huertas, quien para ese momento estaba al tanto del arribo de un solo buque norteamericano con menos de 50 hombres a bordo, que no constituían amenaza seria para el batallón Tiradores. Si por otra parte, como se ha afirmado, había habido ofrecimiento de remuneración, el comentario de Amador debió ser absolutamente descorazonador.

Poco después llegó al cuartel el compadre Pastor Jiménez y le informó a Huertas de una reunión en la casa de don Pedro Díaz con varios jóvenes resueltos a apresar a los generales cuando estuvieran almorzando en la casa de las Jované, pero que se habían refrenado porque el doctor Amador Guerrero calificó la intención como un disparate mientras no se hubiera hablado antes con Huertas, lo que él trataría de hacer (Ibíd, p. 73).

A pesar del conocimiento que había del arribo de las tropas del ejército colombiano y de la presencia de sus altos mandos en la ciudad, lejos de amilanarse la población llana se abocaba a una atmósfera de confrontación creciente, razón que debe haber animado al general Huertas para pedirle a su compadre Pastor Jiménez que fuera a la casa del general Díaz y le recordara las consignas que habían intercambiado horas antes, porque los acontecimientos se estaban precipitando.

Alrededor de las 2:45 p.m. dispuso el general Huertas reunir a los oficiales a su mando para informarles que los generales colombianos le habían manifestado sus deseos de mudarse para la pieza que ocupaba en el cuartel, y que él pensaba que lo querían asesinar, preguntándoles que si estaban dispuestos a acompañarlo y seguir sus órdenes sin importar los sacrificios que hubiera que hacer. No le bastó a Huertas que le contestaran que sí, insistiendo en que el que no estuviera dispuesto a acompañarlo que se pusiera de pie, lo que ninguno hizo. Entonces les dijo que fueran a almorzar y regresaran temprano porque se podían presentar acontecimientos muy serios, pidiéndoles que mantuvieran en reserva lo conversado (Ibíd, p. 74).

Una hora más tarde se presentó al cuartel su amigo Chale Zachrisson con un mensaje del doctor Amador en el que mandaba a decir que los secesionistas estaban perdidos y que si tenían que rodar cabezas que únicamente fueran las de Huertas y la suya propia. Era como para terminar de atemorizar a cualquiera. No obstante, la respuesta de Huertas fue: “Dile al doctor Amador que comprendo su situación, que lo considero, pero que estoy dispuesto a darle no sólo al ejército colombiano, sino también a él si fuere necesario y a los acobardados que ya deben estar escondidos”. (Ibíd, p. 75).

Pocos minutos después llegó nuevamente Ossita, quien preocupado le dijo que se estaba reuniendo el pueblo en Santa Ana, plaza ubicada justo a las afueras de la ciudad amurallada de entonces, y que entre otras personas estaban Pedro y Harmodio Arosemena, Pedro de Icaza, Archibaldo Boyd, Carlos A. Mendoza, Carlos Constantino Arosemena y Carlos Clement y que, creyendo que se trataba del movimiento de la independencia, venía a ponerse a órdenes del general Huertas.

Para las cuatro de la tarde se había reunido en la plaza de Santa Ana mucha gente dispuesta a seguir las órdenes que impartiera el general Domingo Díaz para enfrentar a las tropas colombianas que vinieran de Colón, con el ánimo de materializar la separación que, hasta ese momento, era solo un plan y un rumor. Allí se juntaba cada vez más gente y desde una tribuna improvisada hubo arengas que excitaban a la independencia, hasta que la plaza estuvo llena, llegando con frecuencia distintas noticias, incluso contradictorias, respecto a si Huertas estaba o no con los independentistas y si se entregarían o no armas para enfrentar el batallón colombiano, o si tendría que ser enfrentado con las armas que tuvieran los alzados. También se decía que Huertas arrestaría a los oficiales colombianos recién llegados a las siete de la noche (Ortega, 1931, p. 123).

A eso de las 4:40 p.m. volvió al cuartel Antonio Alberto Valdés y comunicó al general Huertas que el pueblo estaba reunido en Santa Ana con el general Díaz a la cabeza y, aunque los ánimos estaban caldeados, tanto el general Díaz como el capitán De Icaza calmaban a la gente para evitar imprudencias. También le comentó que había visto al general De Obarrio en compañía del general Leonidas Pretelt, jefe de la flotilla colombiana del Pacífico y que éste, separándose de De Obarrio le había pedido que le dijera al general Huertas: “[…] que se amarre los pantalones como yo tengo los míos, porque a muchos se les están cayendo y ya los tienen mojados.” (Memorias, 2002, p. 77).

Pero volvamos a los oficiales del ejército colombiano recién llegados al Istmo, quienes luego de reunirse por segunda vez con Huertas ese día a primera hora de la tarde, se habían retirado del cuartel luego de invitarlo a una copa de champán, que el general Huertas propuso que dejaran para la noche.

Narra el doctor José María Núñez, refiriéndose a su padre, el general José María Núñez Roca, que a comienzos del mes de noviembre, este supo que se gestaba un movimiento independentista y, por ello, cuando llegaron los oficiales del ejército colombiano a Panamá, enterado de que se encontraban en la pensión de la familia Jované, allá se dirigió para ponerlos al tanto de lo que sabía, hallándolos despreocupados, tomando refrescos y echándose aire con abanicos que les habían dado las damas de la familia. Luego de las consabidas presentaciones y de que el general Núñez pusiera a los oficiales colombianos en autos, le preguntaron qué opinión le merecía Huertas, contestando el general Núñez que el general Huertas era un soldado valeroso, sin duda alguna. El batallón Colombia, que comandaba, acababa de jurar la bandera,(20) pero dijo que Huertas era de poco alcance y podría ser maleado. Le preguntaron entonces qué se podía hacer, explicando Núñez que la situación era urgente. Luego de pasar por la estación del ferrocarril había notado una paralización completa. No debían contar con la llegada de tropas de Colón y que lo que él haría en su lugar sería presentarse al cuartel de las fuerzas locales y hacerse reconocer.(21) Una vez conseguido esto la situación cambiaría enteramente, según pensaba.(22) Al cuartel de Chiriquí se dirigió entonces solo el general Tovar donde llegó a las cinco de la tarde preguntando al general Huertas, con gesto preocupado, si sabía algo de lo que estaba pasando y por la lealtad de oficiales y tropa. Esteban Huertas le contestó:

20. Ceremonia castrense en la que el cuerpo militar se compromete bajo juramento solemne a ser leal a las autoridades constituidas.
21. El reconocimiento en el protocolo castrense es la expresión de jefatura del oficial superior frente al subalterno que se sujeta a su mando, luego de lo cual se entiende que el subalterno no debe rehusar las órdenes que imparta el oficial ya reconocido como tal.
22. José María Núñez Quintero, Pinceladas Biográficas sobre el general José María Núñez Roca que mantuvo siempre su lealtad al gobierno y ejército de Colombia, al punto que después de la independencia de Panamá fue nombrado gobernador en el departamento de Magdalena y cónsul en Curazao en dos ocasiones.

 

General, en lo que a mí se refiere, puedo asegurarle que se dejan matar a mi lado. Usted sabe que es la tropa más aguerrida y la que más ha peleado en esta revolución,(23) pero estoy seguro que también sabe usted que es la más abandonada y olvidada por parte del gobierno.

23. Se refiere a la guerra de los Mil Días que había concluido un año antes.

El general Tovar contestó otra vez que venía un gran convoy y no había que preocuparse. En éstas estaban cuando llegaron los otros oficiales que habían venido acompañando desde Colombia al general Tovar y preguntaban sobre los acontecimientos que se desarrollaban en la ciudad, indicando el general Huertas que todo estaba bajo control. De acuerdo con la narración de Huertas, mientras daba explicaciones al general Tovar, a quien dirigía su atención, con el rabillo del ojo captó un gesto del general Joaquín Caicedo Albán, con el que pretendía sugerir al general Juan B. Tovar, que le descerrajara un tiro en la cabeza a Huertas, por lo que éste, fingiendo que nada había visto, pidió autorización para retirarse con la excusa de dar instrucciones para instalar unas piezas de artillería a la entrada del cuartel, a fin de disuadir cualquier intento del pueblo por tomarlo. Acto seguido, se dirigió a sus habitaciones, en donde dio instrucciones al capitán Marco A. Salazar para que con un pelotón de soldados, arrestara a los oficiales colombianos, lo que en efecto ocurrió (Ibíd, p. 80).

Al momento en que se le conminó arresto, el general Juan B. Tovar, preguntó a voz en cuello: “¡Huertas!, ¿dónde está Huertas?” y éste, asomándose a la ventana de su habitación del cuartel, gritó: “Proceda capitán sin contemplaciones, aquí se cumple lo que yo ordeno. La suerte está echada. Llévelos al cuartel de policía.” (Ibíd, p. 81).

Para ese momento, el pueblo que se había estado reuniendo en la Plaza de Santa Ana, a unas quince cuadras de distancia, comenzaba a marchar junto con los cabecillas hacia la plaza de Chiriquí, donde estaba la sede del cuartel del ejército en Panamá, con el fin de instar la independencia de Colombia, reclamando el arresto de los oficiales colombianos recién llegados esa mañana, sin saber que al tiempo que iniciaban su marcha la detención de los oficiales se materializaba por órdenes del general Huertas, quien dentro del cuartel también ordenaba a la guardia de prevención del cuartel que tomara posiciones a la entrada como precaución por la ocurrencia de cualesquiera hechos inesperados. Confusos eran los hechos y, atenidos al testimonio de Huertas, como la guardia no obedeció de inmediato y los soldados se miraban y comenzaron a hablar entre sí, desenfundó su revólver y poniéndolo en alto ordenó: “Nada de miedo, aquí tengo esto, calen armas y alerta”, obedeciendo inmediatamente los hombres (Ibíd, p. 82).

Serían las 5:45 p.m. cuando los oficiales colombianos, escoltados por el pelotón al mando del capitán Salazar, marcharon al cuartel de policía donde quedarían prisioneros. Huertas tomaba decisiones con la intención de prevenir reacciones a su proceder. Se instalaron piezas de artillería en la entrada del cuartel; los hombres bajo su mando tomaron ubicaciones estratégicas; situó tropa y oficiales en posiciones desde donde pudieran dominar las entradas y lugares por los que se podría llegar al cuartel, sin dejar de alentarlos y exhortarlos a mantenerse firmes y leales a la nueva república para que no se perdiera la libertad e independencia que acababa de lograrse.

En muy poco tiempo, la multitud que se había congregado en la plaza de Santa Ana, ya enterada de la detención de los oficiales colombianos, llegaba a las calles aledañas y a la entrada del cuartel con sus líderes al frente. Al ver a los soldados en sus posiciones y bien armados, se detuvieron y comenzaron a replegarse, momento en el cual Huertas ordenó a sus hombres en la primera línea que descansaran armas, señal que fue suficiente para que los principales cabecillas comprendieran que los hechos acreditaban fehacientemente que Huertas se había sumado al movimiento de independencia, por lo que el general Domingo Díaz, el capitán Pedro J. de Icaza, don Pedro Díaz y algunos otros que venían al frente se acercaron para abrazar y agradecer al general Huertas su actitud (Ibíd, p. 84).

El conocimiento de los hechos se propagó rápidamente, y la población celebraba en toda la ciudad. Todos sabían, sin embargo, que en Colón había 500 soldados prestos a restablecer con las armas el dominio colombiano, por lo que el general Huertas dispuso distribuir armas y municiones entre la gente para que pudiera proveerse a la defensa de la recién adquirida independencia. Para las ocho de la noche se convocó a una reunión del Concejo con el fin de formalizar documentalmente los acontecimientos. En dicha reunión los representantes del distrito de Panamá, reunidos en el mismo sitio y con la misma autoridad con que ochenta y dos años antes Panamá había declarado su independencia de España y decidido su incorporación a la Colombia de Bolívar, con unanimidad juraron aceptar y sostener el movimiento separatista, convocar al pueblo a cabildo abierto al día siguiente y cablegrafiar al presidente de Estados Unidos pidiendo el reconocimiento a la nueva república.

Cuando concluía la reunión, a eso de las 9:50 p.m., la nave de guerra Bogotá, fondeada en la bahía de Panamá junto con otras embarcaciones de la flota de la marina colombiana, cañoneó la ciudad de Panamá con tres disparos, vencido el plazo perentorio que había dado para que fueran liberados los oficiales colombianos sin que nadie intentara siquiera soltar a ningún oficial, matando a Wong Kong Yee en el Barrio Chino y a un caballo en la Calle 12. Cuando desde tierra se respondió con fuego de fusilería y de piezas de artillería, el Bogotá puso proa hacia Buenaventura. Ninguna de las otras naves de guerra intentó detenerla; ninguna tampoco se sumó a sus descargas ni a su viaje.

Ese mismo día fue nombrado comandante militar de la ciudad de Panamá el general Domingo Díaz, quien debía atender su defensa en caso de que las tropas colombianas vinieran desde Colón.

El día siguiente fue tranquilo en la ciudad de Panamá, si bien no había unanimidad en el respaldo a la independencia; pocas personas expresaron su inconformidad con lo ocurrido. Sumada al movimiento secesionista la tropa local, nada obstaculizaba la materialización al fin de los anhelos panameños. A juzgar por los testimonios, escritos y documentos de la época, el entusiasmo por el sueño bolivariano se había ido desvaneciendo paulatinamente durante los ochenta y dos años de incorporación a Colombia, y en particular durante los últimos diecisiete años; esto es, a partir del gobierno de Rafael Núñez. De aquí que en el Manifiesto de Independencia suscrito en cabildo abierto se expresara:

Al separarnos de nuestros hermanos de Colombia, lo hacemos sin rencor y sin alegría. Como el hijo que se separa del hogar paterno, el pueblo panameño, al adoptar la vía que ha escogido lo ha hecho con dolor, pero en cumplimiento de supremos e imperiosos deberes: el de su propia conservación y el de trabajar por su propio bienestar.(24)

 

24. Acta de Independencia de Panamá de Colombia, Panamá, 4 de noviembre de 1903.

 

Puesto que a los soldados de Huertas se les debían muchos meses de salarios, el tema con toda seguridad emergió y fue tratado mientras ocurrían los acontecimientos y se empeñaron compromisos con los soldados, en cuanto a que serían satisfechos. Al efecto, Amador estuvo el día 4 de noviembre procurando conseguir el dinero necesario para pagar a los oficiales colombianos que habían participado en la revolución, de acuerdo con Ovidio Díaz, hallando que el tesoro provincial únicamente tenía 22 000 pesos en monedas de plata que se tomaron para hacer los pagos, aunque eran insuficientes, por lo que envió un cable a Bunau-Varilla, pidiéndole remitir cien mil dólares que había prometido cuando habían conversado en Nueva York, unas semanas antes. Luego se dirigió a Félix Ehrman, quien tenía la doble condición de ser ciudadano panameño y cónsul de Estados Unidos (Díaz, 2004, p. 157), para pedirle un préstamo temporal, facilitando este último ocho cajas de pesos de plata que fueron sacadas del Ehrman Bank y trasladadas al palacio de Gobierno. Con dichos recursos se pagaron esa mañana cincuenta dólares oro a cada soldado.

Los revolucionarios, básicamente los bomberos y voluntarios que prestaban su apoyo a la causa de la independencia, que habían estado organizándose bajo el liderazgo de los cabecillas liberales en el arrabal de la plaza de Santa Ana y que desde allí habían marchado hasta el cuartel el día anterior para pedir el arresto de los oficiales colombianos, constituyeron ese día dos regimientos que denominaron Primer y Segundo Istmeño, con unos 1 200 hombres en total, dispuestos a enfrentar a las tropas colombianas. Sin embargo las instrucciones que el gobierno de Estados Unidos le había impartido al coronel Shaler eran negar el acceso a la vía férrea a todo grupo armado, incluyendo las tropas del gobierno colombiano (Ibíd, p. 151), por lo que no les fue posible salir de la ciudad de Panamá, al menos en tren.

En el curso del 4 de noviembre, por otra parte, la Junta Provisional de Gobierno envió comunicación a Porfirio Meléndez en Colón, indicándole que advirtiera al coronel Eliseo Torres que la población apoyaba la independencia, que los oficiales colombianos habían sido hechos prisioneros, que toda resistencia era inútil y que para evitar derramamiento de sangre la Junta Revolucionaria ofrecía dinero para comida y pasajes para que la tropa regresara a Barranquilla, siempre que depusieran las armas (Ibíd, p. 152).

También se dispuso enviar setenta hombres armados bajo el mando de un mercenario norteamericano, H. L. Jeffries, hacia el río Chagres (Ibíd, p. 151), probablemente con el fin de enfrentar a las tropas colombianas en el estrecho puente del ferrocarril sobre el río, luego de recibirse información de que el coronel Torres amenazaba con tomarse los vagones que fueren necesarios para trasladar sus soldados a la ciudad de Panamá.

Ese día, además, el general Esteban Huertas ordenó por telegrama al coronel Leoncio Tascón, quien se hallaba en Penonomé con 250 de los efectivos del Batallón Colombia, que regresara a Panamá de inmediato sin obedecer más órdenes que las suyas (Plazas, 1987, p. 117), enviando al efecto a Antonio Burgos para que personalmente lo pusiera al tanto de los eventos y le transmitiera sus órdenes. Burgos viajó a bordo del vapor Bolívar, que le fue arrendado a la compañía del ferrocarril con destino a pescaderías en Antón, a recoger la tropa (Memorias, 2002, p. 99).

Asimismo, envió otro telegrama al capitán Serafín Achurra, comandante de la pequeña guarnición militar de veinticinco hombres en Colón, ordenándole prestar todo su apoyo a los jefes civiles del movimiento separatista y advirtiendo que si el coronel Torres continuaba insolente, le avisara para ir a reducirlo aunque hubiera necesidad de derramamiento de sangre y sacrificio de vidas (Plazas, 1987, p. 133).

En Colón, donde habían desembarcado los 500 hombres del batallón Tiradores del ejército de Colombia al mando del coronel Eliseo Torres, la situación era muy tensa. Desde su llegada, las tropas aguardaban ser transportadas a Panamá por el ferrocarril transístmico administrado por los norteamericanos, cuya autoridad superior era el coronel James Shaler, quienes dieron diferentes pretextos para posponer su traslado. Sin embargo Shaler ofreció al coronel Torres que el día 4 de noviembre les proveería un tren y cuando, en efecto, el coronel Torres aprestaba a sus hombres para dirigirse a la estación del tren, en la mañana del día 4, recibió la visita del empresario Porfirio Meléndez, uno de los jefes del movimiento separatista, quien hábilmente lo invitó a tomar una copa en un bar y alejado de la tropa le informó que la independencia era un hecho, que Estados Unidos la apoyaba y había enviado los barcos que estaban en la bahía y le hizo oferta de dinero que por su intermedio transmitía la Junta Provisional para que regresara. El coronel Torres montó en cólera y partió de inmediato de vuelta al muelle con el ánimo de dirigirse con sus soldados a tomar el tren. En el camino se le acercó el coronel Shaler y le hizo entrega de una comunicación del comandante Hubbard, capitán del acorazado Nashville, en la que le informaba que había instruido al coronel Shaler para que no transportara tropas colombianas a Panamá, en virtud de la situación que se vivía en esa ciudad, la cual podría provocar un conflicto y amenazar el tránsito libre e ininterrumpido por el Istmo, que el gobierno de Estados Unidos se había comprometido a mantener (Díaz, 2004, p. 152).

Enterado, el coronel Torres sucesivamente amenazó con prender fuego a Colón, matar a los norteamericanos y, más tarde, rodeó con sus hombres a los cuarenta y dos soldados norteamericanos desembarcados del Nashville para proteger a los estadounidenses refugiados en la estación del ferrocarril.

Por su parte, los norteamericanos dispusieron evacuar sus nacionales de Colón y los acomodaron en el vapor alemán Marcomia, en la nave de la compañía del ferrocarril City of Washington y el resto tomó posiciones en la estación del ferrocarril con armas. A estos se unieron cuarenta y dos infantes de marina del Nashville, que a su vez apuntó sus cañones hacia las posiciones que tomaron los soldados colombianos y luego hacia el Cartagena, cuyo capitán dispuso levar anclas y zarpar con rumbo a Cartagena, dejando a los soldados colombianos en tierra (Plazas, 1987, p. 130 y Díaz, 2004, p. 154), lo que a juzgar por las narraciones y testimonios de los hechos, tuvo importantes repercusiones en la moral de los soldados colombianos, que ahora se sentían abandonados a su suerte (Memorias, 2002, p. 107).

En estas circunstancias dispuso el coronel Torres requerir al coronel Shaler que un emisario suyo fuera transportado en el tren a Panamá para que se entrevistara con el general Tovar y recibiera instrucciones, lo que fue convenido entre las partes. Mientras el emisario iba a Panamá y regresaba, se convino, además, que los infantes de marina volverían al Nashville en tanto que los soldados colombianos acamparían en Monkey Hill, una elevación pequeña en las afueras de Colón (Díaz, 2004, p. 155).

La conversación del emisario del coronel Torres con el general Tovar para recibir instrucciones fue estéril. Tanto Manuel Amador Guerrero como José Agustín Arango, Tomás Arias y Federico Boyd, vieron frustradas sus dotes de convencimiento ante la determinación del general Tovar. Los primeros le pedían que transmitiera instrucciones al coronel Torres en el sentido de regresar a Cartagena, para lo cual se ofrecía transporte en el vapor Orinoco, en tanto que el general Tovar se mantuvo firme en no girar órdenes indicando en su lugar que tenía plena confianza en que el coronel Torres sabría cómo proceder. En las condiciones en que se encontraba el general Tovar, sentenciaría Plazas Olarte ochenta años después: “no podía responder otra cosa.” (1987, p. 132).

El día 5 de noviembre de 1903, mediante decreto No. 1, el general Esteban Huertas fue nombrado comandante general del Ejército de la República por la Junta Provisional de Gobierno.

En Colón, los soldados del batallón Tiradores abandonaban Monkey Hill, donde pasaron la noche, con el argumento de que los mosquitos eran intolerables y a pesar de que el coronel Torres manifestó que ocuparía Colón a menos de que el general Tovar remitiera instrucciones distintas. Al saber que el general Tovar no le había remitido instrucciones, el coronel Torres de nuevo amenazó con quemar la ciudad de Colón si los generales no eran liberados de inmediato; su reacción activó nuevamente las tensiones. Los infantes de marina a bordo del Nashville desembarcaron y tomaron las posiciones del día anterior en la estación del ferrocarril; los nacionales norteamericanos volvieron a embarcar en el Marcomia y en el City of Washington, y más hombres recibieron ar mas de los norteamericanos y formaron grupos prestos a defender la ciudad en caso de que el coronel Torres intentara cumplir sus amenazas.

Junto con el emisario que regresó a Colón sin instrucción alguna, el general Huertas había enviado al capitán Achurra una nueva comunicación escrita, por intermedio de Carlos Clement, que decía:

Panamá, 4 de noviembre de 1903
Capitán Serafín Achurra
Colón
Capitán:

Le notifico otra vez que no atienda más órdenes que las mías y se mantenga como hasta la fecha, leal al movimiento de independencia, de manera que pronto hayamos alcanzado el éxito completo. Nosotros los militares hemos acuerpado este movimiento, sin compromisos ni intereses de ninguna clase, solamente lo que estamos haciendo, es debido a que no podíamos abandonar a un pueblo indefenso como el panameño que pedía con toda justicia su libertad. En cuanto a los barcos de guerra norteamericanos que hayan llegado o pudieran llegar dizque para defender el movimiento separatista en Colón, a Usted Capitán, no debe interesarle esto, porque nosotros no hemos tenido conversaciones ni arreglos con ellos, ni tampoco hemos solicitado su ayuda. Nuestra seguridad y la del pueblo panameño deben descansar en el valor y lealtad de las tropas, como de Uds., mis dignos y valientes Oficiales. Por lo tanto le repito, que se atenga a mis órdenes y que le preste a los señores del movimiento allá, todo su apoyo, llegando hasta el sacrificio en caso de que ello sea necesario.

Affmo.
E. Huertas (Memorias, 2002, pp. 107, 108)

A las once de la mañana del día 5 arribó a Colón el vapor Jennings, con el general colombiano Pompilio Gutiérrez a bordo. El general Gutiérrez había ofrecido sus servicios al general Vásquez Cobo cuando éste, en su condición de secretario de Guerra, buscaba designar un general para Panamá. Aunque al general Gutiérrez no se le nombró jefe de la plaza, sí se le confió la tarea de informar lo que estuviera pasando en el Istmo, habida cuenta de los negocios que allí tenía. A tal efecto se le entregó una suma superior a 14 000 pesos, por lo que el viaje del general Gutiérrez debía considerarse como de carácter oficial (Plazas, 1987, p. 134).

A las 12:30 p.m. de ese mismo día, el coronel Torres, atenazado entre su falta de iniciativa, su escasa imaginación, su llamado al cumplimiento del deber y la ausencia de órdenes de sus superiores inmediatos, envió un telegrama a sus jefes con la esperanza ilusa de obtener respuestas que lo eximieran de actuar por iniciativa propia. En su condición de prisioneros, era absolutamente impensable que los destinatarios del mensaje pudieran responder algo que fuera coherente sin saber las realidades que enfrentaba Torres, y en el hipotético caso de que hubieran respondido, habría sido ingenuo esperar que una respuesta contraria a los deseos de los secesionistas le fuera dada al coronel Torres. Decía así el telegrama de Torres dirigido a los oficiales presos: “LAS FUERZAS ENEMIGAS Y LAS MÍAS SE PREPARAN PARA EL ATAQUE. LOS AMERICANOS SE HAN ATRINCHERADO Y ESTÁN DESPLEGÁNDOSE EN LÍNEA DE BATALLA. ¿QUÉ DEBO HACER? ESPERO RESPUESTA INMEDIATAMENTE”. (Ibíd.).

Deducir que lo que hacía el coronel Torres era evadir sus responsabilidades y darse justificaciones para ello, es absolutamente razonable. Este criterio halla respaldo también en el hecho de que el coronel Torres hubiera ofrecido el mando del batallón Tiradores al general Gutiérrez, recién arribado al Istmo, quien pretextando que su presencia en Colón era por razones privadas, rehusó la responsabilidad (Ibíd, p. 135), ignorando la urgencia que tenía su patria.

En estas circunstancias, arreciaron los argumentos de parte de los secesionistas, personificados en Orondaste Martínez, administrador de hacienda de Colón y Porfirio Meléndez, principalmente, para convencer a Torres de la inutilidad de cualquier resistencia y de la conveniencia de reembarcar y regresar a su tierra, lo que al fin caló en la voluntad del coronel, quien dio orden de abordar el Orinoco. Para lograr su consentimiento, se le entregaron a Torres dos sacos con 5000 dólares en monedas y una letra de cambio por otros 3000 dólares que el coronel Torres cobró del Orinoco, destinados a sufragar los costos del transporte y que a su vez el Orinoco presentó a la administración de hacienda de Barranquilla(25) (Ibíd, p. 136), lo que da un costo de 16 dólares por pasajero.


25. Posteriormente el gobierno colombiano reembolsaría a la Tesorería general de Panamá el valor de la letra entregada al coronel Torres, con ocasión de las conversaciones adelantadas entre representantes del Gobierno Provisional de Panamá y el gobierno de Colombia, a bordo del vapor Canadá el 20 de noviembre de 1903, de lo que da testimonio Tomás Arias en sus memorias ( Memorias de don Tomás Arias : Fundador de la República y triunviro , 1977, p. 22).

Los 5000 dólares salieron de los dineros de la Compañía del Ferrocarril que accedió a entregarlos para costear el valor de los pasajes, únicamente después de que Amador Guerrero le asegurara a Prescott, jefe del ferrocarril del lado del Pacífico, que el dinero se obtendría de un préstamo local, comunicando Prescott a Shaler, gerente general, que ya tenía el dinero en su poder. (Díaz, 2004, p. 161).

Diversos autores sostienen que al coronel Torres se le entregaron 8000 dólares, y en esto no hay dudas, pero sí en cuanto a que dichos dineros se utilizaran para sufragar el costo del pasaje de los soldados de vuelta a Colombia. Hay incluso quienes parecen referirse a dos pagos distintos por la misma suma de 8000 dólares, uno para sufragar el transporte de las tropas y otro por igual cantidad para el propio Torres, llegando a afirmar que este hizo alarde del dinero obtenido a tal punto que sus subalternos lo echaron por la borda durante el viaje de vuelta a Colombia y se repartieron el dinero (Ibíd, p. 162).

Otros, como Plazas Olarte (1987, p. 166), sostienen que no hubo prebendas entregadas al coronel Torres, quien, por otra parte, estuvo algunos días detenido en la “Ciudad Heroica” (Cartagena), después de la independencia de Panamá.

Después de tomar la decisión de regresar a Colombia, y cuando ya se hallaba a bordo del Orinoco el batallón Tiradores a punto de zarpar, arribó a Colón el barco de guerra Dixie, de la marina norteamericana, del que desembarcaron 400 hombres con órdenes de patrullar la ciudad (Ibíd, p. 135).

Así, el territorio panameño quedó libre de tropas colombianas. Permanecerían, en cambio, por casi cien años más, las tropas norteamericanas que Colombia había autorizado que estuvieran en su territorio mientras Panamá hizo parte de esa nación, a partir de 1846 cuando se acordó el Tratado Mallarino-Bidlack. Dichas tropas continuarían presentes en Panamá hasta el mediodía del 31 de diciembre de 1999, en virtud de los tratados del Canal de Panamá de 1977, mejor conocidos como Torrijos-Carter.

Las primeras horas de la noche del 5 de noviembre de 1903 fueron de júbilo, tanto en Colón como en Panamá. Mientras aún abordaban el Orinoco los últimos soldados del batallón Tiradores, se escucharon vivas a la independencia que generaron reacciones de los colombianos que estuvieron a punto de generar una confrontación. Del lado del Pacífico, una multitud penetró en el cuartel de Chiriquí y, cargando en andas al general Huertas, lo paseó por distintas calles de la ciudad como muestra de reconocimiento.

En la ciudad de Panamá, permanecían aún los oficiales colombianos que habían acompañado al general Tovar a Panamá y habían sido detenidos por órdenes del general Huertas al tiempo que se organizaban las instituciones y autoridades del nuevo estado. El gobierno de Estados Unidos, una vez que las tropas colombianas abandonaron el territorio de Panamá, reconocieron a la nueva república el 6 de noviembre y, formalmente, el 13 de noviembre de 1903 (Araúz & Pizzurno, 1993, p. 15).

De acuerdo con el general Huertas, al mediodía del 6 de noviembre de 1903 fueron enviados a la estación del ferrocarril los generales colombianos detenidos para ser transportados a Colón, donde debían embarcarse de vuelta a Colombia; sin embargo, por algún inconveniente no descrito, no se hizo el viaje y los generales volvieron a la cárcel, de donde salieron el 12 de noviembre para embarcarse a bordo del vapor Alfonso XII de la Trasatlántica Española, con destino a Cartagena, junto con otros 33 colombianos, incluyendo soldados y funcionarios que fueron expulsados del Istmo (Memorias, 2002, pp. 122,126).

Del arribo de los generales colombianos enviados a Panamá y devueltos luego de la separación a Colombia, da cuenta oficial el telegrama enviado de Cartagena el 1º de diciembre, dirigido al ministro de Guerra, con el siguiente texto:

MINISTRO DE GUERRA – BOGOTÁ. GENERAL JUAN B. TOVAR FUE PUESTO EN LIBERTAD POR LOS JEFES SEPARATISTAS DE PANAMÁ Y REGRESÓ A BARRANQUILLA EL 20 DE NOVIEMBRE. SIGUE MAÑANA PARA ESA CAPITAL POR LLAMAMIENTO DE ESE MINISTERIO A DAR CUENTA DE LOS SUCESOS DEL ISTMO. GENERAL RAMÓN G. AMAYA FUE PUESTO EN LIBERTAD Y REGRESÓ UNOS DÍAS ANTES A LA PLAZA DE BARRANQUILLA DONDE VOLVIÓ A ENCARGARSE DE LA JEFATURA MILITAR. ESTÁ MUY ENFERMO Y BASTANTE DESCONCEPTUADO POR LAMENTABLE FRACASO SUFRIDO EN EL ISTMO Y CONVENDRÍA REEMPLAZARLO CON MILITAR DE CARRERA QUE VINIERA DE ALLÍ. AMIGO INSIGNARES. (Plazas, 1987, p. 147).

Queda para la historia que ningún daño físico sufrieron los oficiales colombianos, ni consta referencia alguna que fueran sometidos a maltratos de cualquier naturaleza durante el tiempo que permanecieron prisioneros en Panamá por órdenes del general Huertas.

 

De héroe a pensionado

Tan pronto fue evidente que Panamá como nación era viable, Estados Unidos, por iniciativa del secretario Hay, reconsideró el tratado Herrán-Hay que se había negociado con Colombia y rechazado en forma unánime por el senado colombiano, en tanto que Estados Unidos había aprobado el tratado Herrán-Hay por 73 votos afirmativos contra sólo 5 negativos. Como afirma Mario Galindo, “semejante mayoría era prueba irrefutable de que el convenio negociado con Colombia era más que satisfactorio para los norteamericanos”. (2004, p. 313).

Con las fuerzas de vigilancia norteamericanas se codeaban a diario los hombres de Huertas y, seguramente, tuvieron que soportar numerosas fricciones, lo cual explicaría las expresiones de desdén que emplea Huertas para con los norteamericanos en diferentes oportunidades, tanto mientras ocurría la separación como con posterioridad. En cambio, no hay en sus escritos testimoniales una sola expresión de reconocimiento, agradecimiento, aprecio o amistad hacia los estadounidenses con cuyo concurso se logró la independencia. Por el contrario, deja ver su deseo de mantenerse a distancia tal y como lo expresa en la nota que dirigió al capitán Serafín Achurra el día 4 de noviembre, o como afirma en la nota personal que envía por intermedio de Antonio Burgos, al coronel Leoncio Tascón, en parte de la cual comenta: “Se dice que en Colón hay un vapor americano desembarcando fuerzas y parece que en la madrugada deben llegar dos más con el mismo fin. Eso no nos interesa a nosotros, porque no tenemos ningún compromiso con ellos, ni debemos esperar nada de nadie” (Memorias, 2002, p. 100).

En su relación testimonial de los hechos ocurridos durante los días de la separación, al referirse a las naves norteamericanas que arribaron a la bahía de Panamá el 6 de noviembre, ya avanzada la noche, cuyo recibo protocolar fue encomendado al general Heriberto Jeffries, quien antes había sido comandante de la Boyacá, dice Huertas:

Estos barcos de guerra norteamericanos eran los mismos a los que se había referido el doctor Amador Guerrero en una de nuestras dos entrevistas en el Gran Hotel Central cuando me dijo que vendrían el 28 de noviembre para respaldar nuestra independencia. Como se sabe y quiero nuevamente ratificarlo, yo nunca fui partidario ni simpaticé con la presencia ni la cooperación de dichos barcos, porque estaba convencido de que no vendrían con otro objeto ni otro fin, que el de defender y asegurar los intereses de los Estados Unidos de Norteamérica. (Ibíd, p. 125).

Y no era por falta de disposición de reconocer méritos, pues lo hace en diversas oportunidades a diferentes protagonistas como al general Domingo Díaz, al coronel Leoncio Tascón y al propio Tomás Arias, como consta en el artículo 40 de la Orden generalísima de 23 de noviembre de 1903 (Ibíd, p. 151), con quien más adelante tendría serias diferencias. Otras expresiones del general Huertas, incluso públicas, llevan a concluir, inequívocamente, su distanciamiento de las fuerzas norteamericanas que, con toda seguridad, estaban conscientes de ello.

Asegurada la independencia, Huertas gozaba de un agradecimiento público generalizado, que veía en él al hombre pequeño  —apenas medía 1,52— que abrazaba la causa panameña como propia, siendo de origen colombiano, nacido en las montañas, campesino, valiente y tenaz, cuyo concurso había sido decisivo para lograr la anhelada separación de Colombia, convertido en héroe. Se le paseó por las calles, se le hicieron homenajes, gozaba, en síntesis, de una popularidad que cualquier político envidiaría y, a partir de la emancipación, la política cobraba vida propia con las pasiones que siempre la han caracterizado en Panamá.

La mayoría de los dirigentes que habían participado en los planes secesionistas eran conservadores; sin embargo, una inmensa mayoría de los habitantes de la nueva nación eran liberales. Por otra parte, sentía especial simpatía por el general Domingo Díaz, liberal, en quien reconocía dotes de liderazgo capaces de aglutinar al pueblo panameño para conducirlo a la emancipación bajo su dirección como jefe del ejército colombiano en Panamá.

Los días siguientes a la separación y a la constitución de la Junta Provisional de Gobierno, integrada por Tomás Arias, José Agustín Arango y Federico Boyd, conservadores los dos primeros y liberal el último, se dedicaron a la reestructuración de las instituciones, nombramientos de autoridades, incorporación de provincias y municipios y adopción de medidas para prevenir ataques desde Colombia.

En Colombia, tan pronto se dio cuenta de la separación de Panamá, hubo manifestaciones y protestas generalizadas. En muchas partes se enlistaron ciudadanos con el ánimo de tomar las armas para rescatar el departamento por la fuerza. Incluso se organizaron expediciones que llegaron hasta poca distancia del territorio panameño.

Cuando en Úmbita, lugar de nacimiento de Huertas, se supo de la separación y del rol determinante que uno de sus hijos había desempeñado en ella, sus pobladores se llenaron de ira y prendieron fuego a la casa de la familia Huertas y arrasaron sus cultivos. En diversas ocasiones a lo largo del tiempo, y desde entonces, los descendientes de la familia Huertas han sufrido del estigma de ser parientes de un traidor y alguno, incluso ha sido muerto presuntamente por tal motivo. Ciento diez años después de aquellos hechos, la mención de su nombre suscita incomodidad y recelo, siendo un tema que los umbiteños parecen querer evitar. (26)


26. En febrero de 2013 el autor viajó a Úmbita, Boyacá, donde tuvo oportunidad de conversar con varios vecinos, incluso con Concepción Huertas, sobrina del general Huertas, Jaime Alirio Huertas, sobrino nieto del general Huertas y ex presidente del Concejo de Úmbita y con varios vecinos de quienes obtuvo esta información e impresiones.

A medida que la nueva república se afirmaba, surgían también la competencia y las ambiciones, se desataban los deseos por el poder y Huertas, de formación conservadora en su ahora lejana Colombia, se había venido acercando más a reconocidas figuras del liberalismo, acaso por ser militares como él, que a los conservadores que predominantemente habían integrado el movimiento secesionista. Por otra parte, el nuevo presidente era conservador y, aunque se hicieron heroicos esfuerzos porque prevaleciera en los panameños el sentimiento de nación sobre las lealtades a los partidos, no se puede ocultar que los recuerdos de la guerra civil estaban frescos. Sin embargo, pudo más el espíritu de nación y Panamá tiene por ello una gran deuda de reconocimiento a los zapadores de la república, pero no dejaron de expresarse los naturales deseos de que determinados grupos se mantuvieran en el ejercicio del poder.

Huertas estaba ubicado precisamente en el eje que podía inclinar la balanza hacia los actores liberales o hacia los conservadores por disponer, como la tenía, de un aura de simpatía popular enorme, pero sobre todo porque tenía el mando de las fuerzas armadas de la República de Panamá.

Esas fuerzas armadas le profesaban una lealtad que ya había dado pruebas de gran solidez, con motivo de los acontecimientos que determinaron la emancipación de la nación. Por otra parte, las simpatías populares predominantes, alineadas con el liberalismo, lo proyectaban como figura relevante que, con facilidad, podía incursionar en la política, allegado como lo era, además, a líderes importantes del liberalismo. Para rematar, más afinidad parecían tener entre sí conservadores y norteamericanos que estos y liberales, de donde sin proponérselo, Huertas se había colocado en una posición de vulnerabilidad política, pues no era afecto a los norteamericanos, era competencia para los conservadores, tenía el poder de las armas y contaba con amistades importantes en la principal fuerza política de la nación.

Por último, los reconocimientos, homenajes, expresiones de simpatía, alabanzas y hasta adulaciones, que no dejan de tener sus efectos aun en los más humildes personajes de la historia, también hallaron tierra fértil en el caso de Huertas, quien sufrió de los mareos que llevan a la vanidad y ligereza. Además, elevado por la opinión pública a los altares de la heroicidad, no es difícil inferir que suscitara los resquemores de la envidia o de la competencia entre otros aspirantes a los mismos laureles y así, de comentario en comentario, se tejió una red que lo hizo candidato a ser privado de poder, aunque admirado y rodeado de simpatías, semejante tarea no sería fácil.

Luego de la instalación de la Convención Nacional Constituyente, el 15 de febrero de 1904, y de la elección de Manuel Amador Guerrero como primer presidente de la República de Panamá, al día siguiente, se iniciaron los cabildeos.

Mientras se formalizaban las incipientes instituciones republicanas, había sido designado el general Nicanor A. de Obarrio, prominente conservador, como secretario de Guerra y Marina,(27) esto es desde el 3 de noviembre y hasta que se organizara el gobierno. En el general De Obarrio, tanto Huertas como sus hombres tenían confianza; sin embargo, por las razones que fueren, el nuevo gobierno prefería prescindir de sus servicios. Huertas fue consultado por José Agustín Arango en la misma mañana en que tendría lugar la toma de posesión del primer presidente de la República, el 20 de febrero de 1904, en cuanto a quién recomendaría para el cargo y, aunque la recomendación de Huertas fue la de Carlos A. Mendoza, liberal, quien resultó nombrado fue Tomás Arias, de filiación conservadora, al tiempo que las funciones de la secretaría de Guerra y Marina y la de Relaciones Exteriores, se consolidaban en la Secretaría de Relaciones Exteriores y Gobierno (Ibíd, p. 167), cuyas responsabilidades, expresadas con precisión, eran manejar las relaciones con Estados Unidos y con el ejército a cargo de Esteban Huertas, acopio de funciones en una sola institución de singular rareza.


27. El término secretario, siguiendo el modelo utilizado en Colombia, se adoptó por mucho tiempo en Panamá hasta que fue sustituido por el término ministro.

 

Diez días más tarde se ordenaban las primeras bajas de las filas del ejército, mediante decreto presidencial del 1º de marzo de 1904 y, otra vez, mediante decreto del 21 de marzo de 1904, se eliminó el Batallón 2º del Istmo, uno de los dos únicos batallones que comprendían la División Panamá (Ibíd, pp. 173, 174), con sede en la ciudad capital.

Aunque parezca contradictorio que en el momento en que mayor atención habría que poner a la defensa de la nación recién emancipada se estuvieran dando de baja a importantes componentes de sus fuerzas armadas, la justificación venía dada por la necesidad de economizar en el gasto público, como se decía en el respectivo decreto, pero también porque el artículo 136 de la Constitución Política, aprobada el 13 de febrero de 1904, un mes antes, permitía al gobierno de Estados Unidos intervenir en Panamá para restablecer la paz pública o el orden constitucional si hubiere algún tratado en que hubiera asumido la obligación de garantizar la independencia y soberanía de la República, como en efecto se había aprobado en el tratado Hay–Bunau-Varilla; de aquí que Estados Unidos se constituía en garante y Panamá en fiada.

No bastó, sin embargo, restarle fuerzas sustanciales al ejército. Políticamente, Huertas constituía importante activo para los liberales desde el punto de vista conservador y, por su parte, nada más conveniente para un garante que un fiado productivo pero dependiente, por lo que razonablemente tenemos que concluir que hubo otros planes para reducir su fuerza militar y su influencia política.

Así, tres días después de la baja del Batallón Segundo, recurriendo a los buenos sentimientos de la gente, se invitó a una colecta pública con el fin de recompensar a quien había hecho tan importantes contribuciones a la nación (Ibíd, p. 175), pero, por otra parte, el 30 de marzo se entregaba una nota al general Huertas, firmada por el secretario de Relaciones Exteriores y Gobierno, en la que le comunicaba la decisión de la Convención Nacional(28) de reducir el pie de fuerza para el trienio 1904-1906, a 250 hombres (Memorias, 2002, p. 179), medida que debía entrar en vigor el 1º de abril. Mediante decreto de 8 de abril se suprimió la Intendencia general del Ejército (Ibíd, p. 184).

28. La Convención Nacional hacía las veces de parlamento o asamblea legislativa. Había sido electa para redactar y aprobar la Constitución de la República, pero una vez concluida esta tarea, continuó ejerciendo como órgano legislativo hasta 1906.

El 29 de abril se preparó una solicitud en la provincia de Chiriquí instando a los diputados a la Convención Nacional a que le hicieran un reconocimiento al general Huertas, por la suma de cien mil pesos, solicitud que fue publicada en La Estrella de Panamá el día 24 de mayo luego de haber sido acogida parcialmente por la Convención Nacional, después de estar respaldada por más de cuatro mil firmas. Deploraba que se tuvieran que llevar a cabo suscripciones públicas de fondos para recompensar al general Huertas, haciendo comparaciones con personajes que a lo largo de la historia eran ejemplo de reconocimientos por sus respetivas naciones, mencionando concretamente a Wellington, lord Kitchener de Khartoum, lord Napier de Magdala y lord Roberts de Kandahar, quien hacía poco había recibido una recompensa de 100 000 libras esterlinas o 500 000 pesos oro, y proponía al efecto que del fondo de diez millones de dólares que Estados Unidos entregaría a Panamá se destinaran 100 000 pesos al general Huertas (Ibíd, p. 187-190).

El 20 de mayo el general Domingo Díaz se entrevistó con Pablo Arosemena, presidente de la Convención Nacional, con Rodolfo Chiari, Rafael Neira, Sebastián Sucre y Manuel Pinilla, todos convencionales, conviniendo en que se presentara para su debate un proyecto de ley que destinara la suma de 50 000 pesos oro a ser entregada al general Esteban Huertas para que viajara a Estados Unidos, Francia y Alemania en misión especial, con el fin de estudiar la organización militar en esos países. El proyecto fue aprobado por unanimidad de la Convención, llegando a constituir la ley no. 60 de 30 de mayo de 1904 luego de su refrendo por el presidente de la República y por el secretario de Gobierno, Tomás Arias.

Para unos se hacía un justo reconocimiento al general Huertas, mientras que para otros se conseguía el doble propósito de alejar al general Huertas del ejército y de la política, así fuera temporalmente.

Luego de algunos agasajos, tanto en Panamá como en Colón, embarcó el general Huertas a bordo del vapor La Plata el 8 de julio de 1904, acompañado de los edecanes Harmodio Arosemena, José Agustín Arango y Pastor Jiménez, designados directamente por el presidente de la República como tales, para dirigirse a Nueva York, que sería el primer puerto de arribo durante su viaje.

En Panamá fue designado como jefe del estado mayor del ejército el general Aníbal Gutiérrez Viana, amigo personal de Tomás Arias, y el presidente Amador aprobó un decreto poniendo al ejército directamente bajo las órdenes del órgano ejecutivo mientras durara la ausencia del general Huertas, e instruyendo que de los asuntos diarios del ejército se encargara el jefe del estado mayor (Ibíd, p. 207).

Relata el general Huertas que llegó a Nueva York el 17 de julio de 1904 en horas de la tarde y que “[…] una comisión especial del Gobierno y del Ejército yanki fue a recibirme hasta el mismo barco”. (Ibíd, p. 209). Como tenía el mayor interés en llegar a Europa, dispuso cancelar los actos que se habían organizado en su honor y continuar su viaje dos días después a Londres. Una vez más ponía distancia con los norteamericanos.

En Londres recibió atenciones del gobierno británico, incluyendo desfile militar, y concurrió a astilleros y fábricas de cañones, recibiendo otros dos agasajos. También dispuso de tiempo para comprar sementales Holstein y ocho parejas de cerdos Berkshire, además de seis perros finos que le fueron regalados y que envió a Panamá a una finca que compró pocos días después de regresar al Istmo (Ibíd.).(29)


29. La finca, ubicada entre Aguadulce y Natá en la provincia de Coclé, fue bautizada La Estrella. Pocos años más tarde fue adquirida por la familia Chiari para establecer un ingenio de azúcar y una lechería que se llamó Estrella Azul.

Luego se dirigió a París, donde llegó el 20 de agosto. Dice haber recibido los más efusivos agasajos, incluyendo salva de cañonazos a su llegada y una gran parada militar al día siguiente (Ibíd, p. 210).

El 24 de agosto recibió comunicación cablegráfica de Panamá, firmada por los generales Domingo Díaz y Nicanor de Obarrio, José Agustín Arango, Francisco de la Ossa, el coronel Tascón y el capitán Alberto de Icaza, en la cual le decían que era necesaria su presencia inmediata en Panamá, por lo que apuró su viaje a Alemania, en cuya capital, Berlín, fue invitado a presenciar otra parada militar. Luego de acortar su viaje cuanto pudo, regresó a Panamá tomando un barco en España que lo trajo haciendo escala en Cuba y arribando al Istmo el 7 de septiembre de 1904 (Ibíd, p. 210). Menos de dos meses había tomado su periplo.

A recibirlo acudieron al muelle de Colón importantes autoridades nacionales y locales y, al decir del general Huertas, una abigarrada multitud que también concurrió a la estación del tren en Panamá al llegar a las 6:30 de la tarde, donde, además, se hicieron 18 disparos de cañón. De la estación del tren se dirigió a la Presidencia, donde presentó sus respetos al presidente Amador y acto seguido se retiró a su casa en calle Primera (Ibíd, pp. 211, 212).

No fue sino hasta tres días después, el sábado 10 de septiembre, que se encargó nuevamente de la jefatura militar del ejército, pero comenta que para esa fecha ya tenía la convicción de que en cuestión de uno o dos meses tendría que separarse en forma definitiva del ejército por las presiones que ejercían sobre el doctor Amador Guerrero, tanto Tomás Arias como Nicolás Victoria Jaén y un grupito que, además, llevaba al presidente Amador falsas historias de maquinaciones y un presunto golpe que daría Huertas para instalar como presidente al general Domingo Díaz o a José Agustín Arango, todo esto con la clara intención de lograr que Huertas fuera separado del cargo. Atenidos a Huertas, incluso Tomás Arias y Victoria Jaén habrían enviado amigos suyos a preguntar a algunos jefes del ejército si era o no verdad que cuando Huertas regresara, los oficiales del ejército lo detendrían y darían de baja, con el fin de sembrar el interés porque así ocurriera, maniobras que no hallaron eco gracias a la lealtad de sus hombres, pero que sí tuvieron por efecto afirmar la desconfianza hacia Huertas en el ánimo del presidente y sus más próximos colaboradores, tanto contra el general Huertas como contra el propio ejército (Ibíd, p. 213).

Por su parte, Tomás Arias, conservador, narra en sus memorias que durante toda la administración del doctor Amador Guerrero, el Partido Liberal, apoyado por algunos conservadores que califica de mala ley, combatió con violencia su gobierno (Ibíd, p. 39). Se refiere no tanto a actos rebeldes como a expresiones duras y descalificadoras, hasta injuriosas, de donde debe inferirse un sentimiento de molestia contra los liberales y sus dirigentes que, como hemos visto, eran allegados a Huertas.

Leer las memorias de Huertas y de Tomás Arias lleva a concluir que entre ambos se agitaba la desconfianza, que cada uno interpretaba que el otro generaba riesgos o adolecía de defectos que hacían sano su alejamiento de la política. Huertas identificaba en Tomás Arias la presencia de la intriga y la maquinación, respaldado por Nicolás Victoria Jaén, secretario de Instrucción Pública y Justicia. Eventualmente las funciones de las secretarías que ambos dirigían se fusionarían en el Ministerio de Gobierno y Justicia. Arias veía en Huertas la ambición de poder. Acaso ninguno atinaba sino sobredimensionaba sus propias percepciones, bastante hipotéticas por cierto.

Para el día 21 de septiembre, Huertas escribía un borrador de carta al presidente Amador en que da cuenta de una reunión sostenida entre ambos el día anterior. De ella salió convencido de que el presidente temía que Huertas usara el ejército y las armas para derrocarlo. Huertas le asegura que no hay tal voluntad, pero que “si su miedo es tanto”, lo deja en completa libertad para actuar.

Si el borrador llegó o no al presidente Amador como carta no lo sabemos, pero el hecho de que hubiera sido redactada en esos términos revela que ya desde el 21 de septiembre de 1904, el presidente Amador había expresado su preocupación por la posibilidad de un golpe de Estado. También dice de una actitud irritante del jefe de las fuerzas armadas, quien no repara en decirle a su superior constitucional, el presidente de la República, que tiene un “carácter impresionable” y que “si su miedo es tanto, yo lo dejo en completa libertad para actuar…”, expresiones que no son de uso como para que un jefe de las fuerzas armadas dirija a un presidente. En nada semejantes a las que quince meses antes, con ocasión de las acciones del general José Vásquez Cobo en Panamá, había utilizado cuando se proyectó sobrio, comedido, respetuoso y atinado en la forma de tratar el problema de ese entonces.

Ese mismo día, 21 de septiembre, Huertas impartió una orden generalísima para todos los miembros del ejército en la que señala que, “vería con agrado la abstención absoluta del ejército en los asuntos políticos”. (Ibíd, p. 218).

Esta orden generalísima, a su vez, provocó la reacción del secretario de Relaciones Exteriores y Gobierno, Tomás Arias, y del propio presidente, quien por su intermedio le comunicó a Huertas por escrito al día siguiente, su complacencia por la exhortación a los integrantes de las fuerzas armadas de abstenerse de toda participación en la política, señal de que era algo que, con o sin el conocimiento de Huertas, era un escozor en la incipiente democracia.

Lo que haya pasado entre el 21 de septiembre y el 27 de octubre, que no consta en los escritos de Huertas ni en los de Tomás Arias, abocó a los principales actores de la república recién nacida a una crisis.

Siguiendo los hechos en el orden cronológico en que están narrados por ambas partes, ocurrió que el presidente Amador citó al general Huertas a su despacho y sostuvieron una larga conversación en la cual Huertas entendió que Tomás Arias y Nicolás Victoria habían convencido al presidente Amador de que el general no era su amigo y que en cualquier momento lo derrocaría para asumir el cargo. Huertas admite haber reaccionado violentamente, término que antes ha usado con el significado de apasionadamente, diciendo que no era hombre ilustrado para mandar en una nación, sino para mandar oficiales y soldados, a lo que el presidente Amador le aconsejó no prestar atención a quienes lo asesoraban por mal camino, pidiéndole al concluir la reunión que lo visitara al día siguiente.

En esta reunión del 28 de octubre, que se celebró muy temprano, el presidente Amador le insistió al general Huertas en lo dicho el día anterior. Antes de abandonar el despacho del presidente, Huertas le solicitó la remoción de Tomás Arias y de Nicolás Victoria Jaén. De vuelta en el cuartel, el propio Huertas dice que preparó una carta dirigida al presidente instándolo a que, entre ambos, imprimieran orden, dignidad y honradez a todo cuanto se relacionara con la nación, y a hacerlo sin retardo, al tiempo que textualmente agrega: “[…] confío en que me acompañará y ayudará a engrandecer esta nación que hemos constituido, pues infiero que no querrá usted que solo, sobre mis débiles hombros, cargue fardo tan pesado”, lo que puede entenderse como una advertencia a que si el presidente no estaba dispuesto a hacer la tarea, él sí, y solo. Y ahora por escrito, incluía la encarecida solicitud de que fueran removidos Tomás Arias y Nicolás Victoria Jaén, requerimiento que, en los sistemas constitucionalistas, se entiende vedado a cualquier militar, conforme a la ciencia política.

La carta le fue entregada al presidente Amador por el general Nicanor de Obarrio, amigo personal de ambos.

Momentos después de recibida la carta llegaba Tomás Arias a visitar al presidente, como era su costumbre diaria. Amador entregó a Tomás Arias la carta recibida esa misma mañana e iniciaron un diálogo sobre la situación, conviniendo en que Arias presentaría su renuncia y le comunicaría a Nicolás Victoria Jaén que la presentara también, al tiempo que el sustituto de Arias sería Santiago de la Guardia. Entre ambos consideraron que la situación era grave y que debían conversar con los norteamericanos, cuyo embajador Barrett, estaba de viaje, pero que en su lugar se hallaba el señor Lee, por lo que convendría que una vez presentada su renuncia, Arias viajara a Washington para poner al tanto a los norteamericanos de lo que en Panamá ocurría.

Ya en la tarde, Arias se enteró de que el presidente Amador había encomendado a José Agustín Arango, conservador pero opositor, que hablara con Huertas y lo invitara a conversar otra vez con el presidente (Arias, 1977, p. 41). Además convino con el presidente en que su renuncia se presentaría al día siguiente.

Probablemente José Agustín Arango logró transmitir a Huertas el deseo del presidente de que conversaran otra vez. Sin embargo, a juzgar por el borrador de otra carta que preparó Huertas para el presidente, no estuvo en su ánimo acatar la invitación ni hay testimonios que hayan dado cuenta de que se hubiera celebrado. Este segundo borrador de carta de Huertas al presidente Amador dice:

Panamá, 29 de octubre de 1904
Señor doctor Manuel Amador Guerrero
Palacio Presidencial
E. S. D.

Señor doctor:

En la mañana recibí su misiva pidiéndome que vaya a la Presidencia. Le contesto manifestándole que por ahora no puedo verlo, ya que estoy trabajando a fin de poder evitarle a mis oficiales y soldados, las muchas penas y pobrezas, que les esperan si, como Ud. lo piensa se acabará con el ejército.

Nuevamente le digo, que yo no estoy de acuerdo con Ud. cuando me dijo, que aquí no necesitamos soldados, porque el Gobierno de los Estados Unidos son buenos vecinos y nos van a cuidar y defender. Es una vergüenza que nuestra soberanía tengan que cuidarla los soldados yanquis. Lo mejor que Ud. puede hacer es enviarnos las cartas-pasaportes mías, de mis oficiales y de mi tropa y embarcarnos para Colombia, donde nos espera la muerte. Pero es preferible aquello que ver yo a mis soldados y oficiales de peones y sirvientes de los yanquis como empleados del Gobierno Norteamericano en la Zona del Canal; que es una de las promesas que Ud. me hizo, cuando me prometió colocarlos a todos allá. Nosotros preferimos ser mendigos, en esta tierra que libertamos, antes como ya se lo he dicho, de ser esclavos de una nación extranjera.

E. Huertas

Lo revelador de esta carta es que el general Huertas, de formación militar, que implica que la disciplina, respeto y subordinación a las órdenes son principios y preceptos de estricto cumplimiento, rehusaba obedecer al presidente de la República, superior jerárquico por excelencia de todo militar a cargo de las fuerzas armadas de un Estado. No aceptar la invitación del presidente a conversar no era un acto de insubordinación en sí mismo, pero sin duda planteaba la posibilidad de que la insubordinación y hasta la rebelión y golpe de Estado a las autoridades constituidas estaban en el mundo de las posibilidades, cosa que, por lo demás, era de constante ocurrencia en la América Latina de principios del siglo xx. Por otra parte, las referencias a los norteamericanos en términos de yanquis, que ya había utilizado antes, facilitaba motivos a sus adversarios para indisponerlo y a los norteamericanos para desconfiar. Ello tendría sus consecuencias muy pronto.

También dejaba conocer una faceta nacionalista y comprometida con Panamá que hacía del general Huertas una persona a quien se profesaban amplias simpatías por la gente, sin que haya faltado quien lo hubiera considerado, por tanto, un competidor político de temer.

La renuncia de Tomás Arias, después de que añadiera la palabra irrevocable a solicitud del presidente, le fue aceptada el mismo día de su presentación, el 31 de octubre de 1904. Inmediatamente se nombró en sustitución suya a Santiago de la Guardia, quien había contado con la recomendación de Esteban Huertas y Nicanor de Obarrio (Memorias, 2002, p. 228) y la aquiescencia de Tomás Arias.

Tres días más tarde se celebraba el primer aniversario de vida independiente de la República con un desfile militar en la plaza del cuartel de Chiriquí en honor del presidente y del nuevo ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores. La orden general preparada al efecto, elaborada con tono elocuente y literario por el secretario del general Huertas, el admirado poeta Ricardo Miró, fue una pieza en que se mezclaron referencias a la divina providencia, a Bolívar, a Washington y a las virtudes que hicieron del general Huertas el instrumento de Dios para que Panamá lograra su independencia.

Diez días más tarde, el presidente Amador Guerrero citó en su despacho a Huertas para decirle que los jefes de la flota de Estados Unidos en Panamá y el embajador de ese país le insistían en la necesidad de eliminar el ejército, y para pedirle que hiciera un sacrificio más en su vida “por la tranquilidad y bienestar de esta República que los dos hicimos” (Ibíd, p. 233). “Hasta luego” fue la respuesta de Huertas, quien inmediatamente se retiró al cuartel donde reunió e informó a sus oficiales de lo que había ocurrido. Estos manifestaron con vehemencia su solidaridad al general Huertas y que lo respaldarían en cualquier decisión que tomara, en medio de un clima de marcada emotividad.

Las relaciones se fueron haciendo cada vez más tensas hasta que finalmente, el 18 de noviembre de 1904, el presidente Amador citó de nuevo al general Huertas a su despacho. Hasta ese momento, aparte de lo que hemos visto, no hay testimonios ni señales de que existiera algún acto de rebeldía en contra de las autoridades civiles constituidas y ya legitimadas por la Convención Constituyente de 1904; tampoco estaban ausentes las sospechas, bien fundadas, de que estaban en ciernes las posibilidades de un movimiento dirigido desde los cuarteles. A la reunión se presentó el general Huertas acompañado del general Nicanor de Obarrio, y en la tensa atmósfera en que se verificó el encuentro, el presidente le indicó a Huertas que lo esperaba en su despacho a las dos de la tarde de ese mismo día, hora en que también estarían presentes los comandantes de las naves de guerra yanquis, como las describe Huertas, fondeadas en la bahía. En esa situación, la reacción de Huertas, según él mismo, fue decirle en tono apasionado —violento es el término que usa Huertas—: “¿Es que ya vienen a recibir el armamento y también a la República? Ninguno de los dos entregaré yo a los yanquis. ¡Si hay que hacerlo haga la entrega usted, doctor Amador, junto con sus amigos!” (Ibíd, p. 234).

A esto el presidente Amador se disculpó indicando que se trataba de un compromiso solemne con el gobierno americano en el sentido de dar de baja a las fuerzas armadas y que podía comunicar a los oficiales que podrían hallar empleo como vigilantes u oficiales de la policía, a lo que fuera de sí y en estado de ira, Huertas respondió “¿Qué placa me pongo yo, viejo malagradecido?”, frase que ha sido corroborada por diferentes testimonios de la época, y enseguida continuó Huertas con una retahíla de “[…] las más violentas frases que mi lenguaje me permitía” —admite él mismo— lenguaje de barracas, cuarteles y soldados, debe entenderse.

Dicho esto, señala Huertas, que el presidente Amador, enjugándose las lágrimas, abandonó su despacho y a su vez, el propio Huertas se fue para su cuartel (Ibíd, p. 235), en donde preparó su carta de renuncia a los cargos propios y de todo el ejército, jurando que todos sus actos habían sido guiados por el patriotismo y amor inmenso a Panamá y por el respeto al gobierno legítimo y que por la misma renuncia presentada con patriotismo, nada ni nadie podría tacharlo de desacato. Acto seguido ordenó abrir todas las puertas del cuartel y dejar en libertad a todo el ejército salvo los guardias del presidio, de prevención y del palacio presidencial. Los integrantes de esta última, en gesto de solidaridad con el general Huertas, se retiraron de la presidencia dejándola sin vigilancia alguna, con lo que dio a entender para la posteridad que el ejército y su general, ambos, eran una sola cosa.

Inmediatamente le fue aceptada la renuncia a Huertas mediante el Decreto Presidencial no. 171, pasando al general en disponibilidad con derecho a sueldo, de acuerdo con las normas de la época, de quinientos pesos fijados por la ley al comandante en jefe del ejército, “propina” que, como la llamó Huertas, se negó a aceptar.

Ese mismo 18 de noviembre, a sabiendas de que los soldados habían sido enviados para sus casas, algunos de los miembros del ejército desfilaron a modo de manifestaciones improvisadas por distintas calles de la ciudad, incluyendo la calle al frente de la presidencia, dando vivas a la Constitución y a la República y mueras a los traidores deseosos de entregar la patria.

Huertas por su parte sostiene que en las circunstancias descritas, la escasa policía que podía imponer el orden no habría resistido sino pocos minutos una acción armada de su parte, pero que en tal caso, habrían intervenido las fuerzas extranjeras y se habría profanado el territorio nacional, manchado el suelo istmeño y desaparecido la república.

Aduce también Huertas que, “es absolutamente falso que yo pensara ni por un momento derrocar al gobierno constitucional del doctor Manuel Amador Guerrero. Esa fue una especie malsana que me crearon mis enemigos…”, expresión que puede ser estrictamente cierta en las íntimas convicciones de la inteligencia y conciencia de Huertas, pero que frente a muchas de sus manifestaciones y de algunos de sus actos generaba razonables temores de que hubiera podido ocurrir. Más tarde, ese mismo día 18, el presidente de la República expidió el decreto no. 172 declarando insubsistentes los nombramientos del teniente coronel Alberto de Icaza y del capitán Jesús María Torres y confirmando que todos los demás jefes, oficiales y soldados del ejército continuarían al frente de sus respectivos cargos.

Al día siguiente, Huertas recibió una breve carta de Amador: “[…] a pesar del cariño que le profeso y del que le he dado y seguiré dándole pruebas, su separación es indispensable para que mi Gobierno subsista con toda la independencia que la Constitución y la Ley le otorgan, y que no puede estar sujeto al control de la jerarquía militar, por mucho que yo le estime y quiera a Ud. personalmente.”

Es claro que para el jefe de Gobierno y jefe de Estado, no había espacio para el duunvirato ni las injerencias que en algún momento había parecido abrigar el jefe del Ejército como posibles, y eso era lo correcto desde el punto de vista de la política como ciencia.

 

El general retirado

Poco se sabe del general Huertas luego de su retiro, después del primer año de la independencia de Panamá. Para fines del mes de diciembre de 1904, Huertas se retiró a residir en una quinta en Quebrada Caballero, entre la ciudad de Aguadulce y la villa de Pocrí, en la provincia de Coclé, que había adquirido desde antes de la secesión. Poco después narra el propio Huertas que con los ahorros que hizo de los 50 000 pesos colombianos que se le habían reconocido y con los que había viajado a Estados Unidos y Europa, le compró a Marcos Robles, aguadulceño, unos terrenos en Natá, a orillas del río Chico, finca que bautizó con el nombre La Estrella, dedicándose a la ganadería y actividades del campo. De poco antes de navidades de ese año hay borradores de cartas suyas fechadas en Aguadulce, que revelan cierto resentimiento contra Amador Guerrero y contra los norteamericanos; sin embargo, de la nobleza de su corazón habla muy bien la siguiente narración suya en la que se refiere a su siguiente encuentro con el presidente Amador:

Unos meses después, exactamente en octubre de 1905 regresé a la ciudad capital, recibiendo el mismo día de mi llegada una tarjeta de saludo de parte del Presidente Amador Guerrero, quien a la vez me invitaba a almorzar con él en el Palacio Presidencial. Como yo no había dejado de estimar, con todos mis afectos, al Doctor Amador Guerrero porque lo supe siempre un caballero, un gran patriota y un hombre sencillo y bueno, acepté la invitación. Durante el almuerzo conversamos sobre el pasado y sentí satisfacción cuando el propio Dr. Amador Guerrero, reconoció que había sido un tanto ingrato e injusto conmigo. Pero agregó: que yo sabía muy bien, quiénes habían sido los responsables. (Ibíd, p. 252)

Amador, como Huertas, 18 meses antes de los eventos que determinaron su renuncia del ejército, cuando presidía el consejo de guerra que se le hizo a Victoriano Lorenzo, no había sido sino instrumento de otras fuerzas, si bien él mismo abrigaba dudas respecto a que la decisión que hubiera tomado fuera la procedente; no había otra, ni, para fortuna de Huertas, la decisión fue igual que la que se tomó en el caso de Victoriano Lorenzo. Por esas curiosidades de la historia, ambos, Esteban Huertas y Victoriano Lorenzo, fueron sepultados a corta distancia uno del otro en la misma ciudad y en el mismo barrio. Uno nacido en las alturas de la cordillera de los Andes; el otro en las montañas más pequeñas del Istmo panameño que la mantiene en contacto con las realidades y geografía del centro y norte de América. Después de que fuera dado de baja del ejército, no volvió a ocupar cargo público alguno, y su alejamiento de la vida política fue notorio, tanto con sinsabores como con reconocimientos, pues si bien no faltaban quienes elogiaran que su participación en la independencia de Panamá fue determinante para su logro sin derramamiento de sangre, también se dejaron sentir con soberbia y excesos quienes, con fingida importancia, pretenden lograr ésta a expensas de disminuir a ciudadanos destacados y meritorios ya sin poder. Pasar de árbitro a espectador en la vida pública y política, como de rutilante estrella a fan en el mundo del espectáculo, o de héroe fulgurante a escudero común, no es ni ha sido cosa fácil. La historia del mundo está llena de ejemplos; menos todavía cuando espíritus pequeños pretenden ganar estatura con actos humillantes a personalidades importantes en declive, como le pasó en varias ocasiones a Huertas luego de su ingreso a la vida civil y común. Seguramente que ello influyó en algunos desbalances y excesos que, más adelante, tuvo en su vida familiar y privada. Volver a ser joven cuando todavía se tenían pocos años para acariciar sueños y convertir en realidades los pequeños propósitos diarios, fue un reto al que dedicó el resto de sus días alejado de la vida pública, salvo cuando, orgullosamente, participaba encabezando con toga de gala los desfiles de las celebraciones de aniversarios de la República. Cuando en febrero de 1921 se desató la guerra de Coto entre Panamá y Costa Rica, era razonable esperar que el mando de las tropas panameñas le hubiera sido encomendado al general en disponibilidad, como decía el decreto con que se había aceptado la renuncia de Esteban Huertas López, quien no solo tenía mayor experiencia en combates, incluyendo acciones navales, sino que había sido el último comandante en jefe del ejército panameño. Sin embargo, el presidente de la época, Belisario Porras, designó para el cargo al general Manuel Quintero Villarreal, lo que seguramente también afectó la autoestima, ateniéndonos a versiones de sus descendientes, según las cuales Huertas aspiró a rendirle un servicio más a la nación a la que prodigaba un entrañable amor paternal.

  1. Así nos lo han hecho saber Carmen Huertas y Ricardo Enrique Icaza Huertas, nieta y biznieto del general Huertas.

Su arrojo y éxitos en el combate no se repitieron en la actividad ganadera. Después de un tiempo de vivir en el campo, menguados sus fondos, dispuso vender su finca y lechería, y regresar a la franja canalera viajando con frecuencia entre Panamá y Colón.

Alejado del mundo, se retrae incluso de las viejas amistades y con rasgos huraños, poco a poco va desdibujándose su presencia en la vida panameña, salvo por su religiosa presencia en los desfiles anuales.

Respecto a su verdadera edad, cualquiera que fuera su fecha de nacimiento hay que añadir otras incongruencias, aparte de las que ya hemos visto, como cuando en 1920 le fue expedida una cédula de ciudadanía fechada el 2 de enero de ese año, la edad que declaró tener fue de 41 años, lo cual solo sería cierto si hubiera nacido en 1879. Por último, su partida de defunción, ocurrida el 31 de julio de 1943, señala que al momento de morir tenía 71 años y dos meses, como si hubiera nacido en mayo de 1872, lo que nos lleva a pensar que el propio Huertas no sabía el año de su nacimiento. Por último, cabe agregar, como para que nos quedemos en las más densas tinieblas en cuanto a este punto, que el asiento de la partida de bautismo está firmado por el párroco Juan Lorenzo Benavides, pero, por otra parte, la poca información que hemos obtenido respecto a la condición de párroco de este sacerdote, es que ejerció como tal entre 1877 y 1881 y no en 1869, que es el año que dice el libro de bautismos, información que habrá de quedar sujeta a confirmación en un futuro y mejor estudio. Tampoco hay partida alguna que de fe del nacimiento de algún Esteban Huertas en 1876.

Nuestras investigaciones nos han permitido determinar, además, que el general Esteban Huertas tuvo un total de tres matrimonios a lo largo de su vida y varios descendientes, tanto en Panamá como en Colón.

El 31 de julio de 1943 murió Huertas en el hospital Santo Tomás. La causa de la muerte, según el certificado de defunción, fue cirrosis hepática. El gobierno nacional, presidido por Ricardo Adolfo de la Guardia, dispuso llevar a cabo un funeral de Estado que fue multitudinariamente concurrido, con público a lo largo de todo el trayecto desde la catedral de Panamá hasta el mausoleo que se le construyó en el Cementerio Central.

Si algún beneficio material y personal obtuvo de la independencia de Panamá, no fue otro que el reconocimiento de los 50 000 pesos oro que le otorgó el Estado panameño y, con ocasión de su baja, la pensión de 500 pesos oro que mensualmente le entregaba el tesoro nacional en reconocimiento a sus servicios. Al final de sus días, dicha pensión garantizaba el pago de un préstamo contraído con el Banco Nacional para la compra de una casa en la que vivía Huertas en Pueblo Nuevo, caserío de los suburbios de la ciudad capital para entonces.

En cuanto a cualesquiera imputaciones respecto a cobros de sumas de dinero o prebendas para venderse a los norteamericanos y traiciones a su patria de nacimiento, es apenas justo cederle la palabra al general Huertas al concluir nuestro estudio, copiando textualmente lo que dejó escrito en sus memorias:

Tengo que desmentir, porque no es cierto, que a la Oficialidad del Batallón Colombia, se le diera dinero por su acción decisiva a favor de la Independencia. Lo que hizo el Gobierno Nacional en un gesto obligado de justicia, fue pagarle a esos oficiales, siete meses y medio de sueldos atrasados que les adeudaba el Gobierno colombiano y que yo se lo di a saber al Generalísimo Tovar en una de las primeras visitas que me hizo al Cuartel de Chiriquí, antes de reducirlo a prisión.

[…]

La Independencia del istmo de Panamá la conozco y la juzgo, como la Independencia que se hizo desde el Cuartel de Chiriquí con el apoyo del Batallón Colombia, del pueblo Panameño y de sus jefes. Porque yo no acepto ni aceptaré jamás, haber intervenido en el movimiento separatista del istmo de Panamá, a base de que tenía el apoyo de potencias extranjeras. Al menos cuando tomé mi determinación solemne en la tarde del 3 de Noviembre sobre el Paseo las Bóvedas sabía solamente que podía contar con mis tropas y con mis amigos porque nunca había tenido entrevistas ni conversaciones con representante alguno de ninguna otra nación.

[…]

Si la Historia llegara a condenarme injustamente por mis hechos en la jornada separatista del istmo de Panamá, quiero jurar y declarar ante el Tribunal Supremo de las Generaciones, que no me arrepiento ni me arrepentiré nunca de ellos, porque yo no podía prestarme para ser el verdugo, que con el filo y la punta de mis bayonetas, liquidara con la sangre de los patriotas istmeños, el derecho a la libertad que tenía el pueblo panameño. (Memorias, 2002, pp. 254, 255, 256).

 

El célebre general Sun Tzu, autor de la obra El arte de la guerra, libro de cabecera de los más grandes generales de la historia desde el siglo IV a.C., dijo que la suprema estrategia consiste en someter al enemigo sin darle batalla; en este sentido, el general Esteban Huertas fue aprovechado pupilo que contribuyó a que, tanto los panameños como los colombianos, le deban que la separación de ambas naciones fuera así, sin los resentimientos de la sangre vertida. Quizás un día la unidad concebida por Bolívar de una Colombia aglutinadora de naciones latinoamericanas halle lugar con la dignidad que cada una merece.

 

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