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    Moisés Véliz Arosemena

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Felipe Motta

by: Moisés Véliz Arosemena

Su vida fue ejemplar. Supo combinar la difícil tarea de crear riqueza como empresario con el duro compromiso de distribuirla entre los más necesitados y compartir su energía entre la exigente actividad privada al frente de sus empresas y la ingrata labor del funcionario público cuando actuó como concejal. Era un incansable defensor de los valores cívicos, éticos y morales que él mismo convertía en forma de vivir, y dedicó una gran parte de sus energías a dejar como legado obras de beneficio social, especialmente en el campo de la salud, la recreación y el deporte.

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Nació en Panamá, es economista, egresado de la Universidad de Panamá y de la Universidad Latinoamericana de Comercio Exterior de Panamá con grado de maestría e hizo un diplomado en Periodismo Económico. Desempeñó varios cargos públicos, entre ellos profesor de Economía de la Universidad de Panamá. También ocupó diferentes cargos ejecutivos en Copa Airlines donde desarrolló una larga carrera haciendo grandes aportes al desarrollo y expansión de esta gran aerolínea latinoamericana. Publicó su primer libro titulado Alas cordiales en 2001 y su segundo libro en el 2012 titulado Copa Airlines y el siglo 21 ambos sobre la historia y el desarrollo de Copa Airlines. Actualmente es presidente de MVA Consultores, S. A. donde brinda asesoría en aviación y turismo; también asesora a la Cámara de Comercio, a la APEDE y es colaborador de la revista Legislación y Economía, publicación mensual de la firma de abogados Rivera, Bolívar y Castañeda.
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Overview

Meses después del fallecimiento de don Felipe, el periodista Gustavo Gorriti hace referencia a una leyenda judía en memoria de nuestro biografiado, con las siguientes palabras:

Existe en el pueblo judío una tradición, una leyenda más bien, originada en el exilio babilónico, y desarrollada luego en la Cábala y las leyendas jasídicas que sostiene que el mundo sobrevive gracias a la existencia simultánea de treinta y seis hombres justos, casi siempre anónimos, ricos o pobres, poderosos o humildes, cultos o simples, cuyo mérito común de honestidad y bondad previene la destrucción de la tierra a manos de un Dios cansado de la iniquidad y corrupción de otros. Son los Lamed Vav (treinta y seis en la numeración hebrea), anónimos en la vida, providenciales en la necesidad, cuya muerte hace que quienes saben de su existencia, murmuren con tristeza: “¿Era uno de los treinta y seis?”. ¿Hubo un Lamed Vav en Panamá? “Si me hubieran preguntado a mí —dice el rabino Peller— si yo tenía un candidato para los treinta y seis, Felipe Motta habría ciertamente encabezado la lista”.

Panamá, 1906. Habían transcurrido tres años de nuestra separación de Colombia y Estados Unidos de América iniciaba la construcción del canal de Panamá, tras la quiebra de la Compagnie Universelle du Canal Interocéanique a finales del siglo xix, cuando desembarcó en Colón, procedente de Jamaica, el joven ingeniero Ernest Ferdinand Motta Brandon.

Ernest, ansioso por conocer la nueva Panamá y a su tío Isaac Tahitas Brandon, quien le había escrito ofreciéndole empleo, tomó el tren que atravesaba el Istmo de norte a sur para hospedarse en el hotel Central, ubicado frente a la Catedral, a un costado de las oficinas donde administraron el proyectado Canal francés, y a dos cuadras de la casa donde sería entrevistado por Joshua Jossy Piza, uno de los socios inversionistas de The Power & Light Panamanian Company, convertida poco después en Compañía Panameña de Fuerza y Luz. Jossy Piza acostumbraba hospedarse en la casa de sus primos Isaac Haím Cardoze y de su esposa Julita J. Lindo de Cardoze, ubicada en la calle Sexta del barrio de San Felipe, hoy conocido como Casco Antiguo de Panamá.

Ernest fue recibido al día siguiente de su llegada a Panamá, en la residencia de los Cardoze-Lindo, por George, el sexto de los hijos, quien contaba con cinco o seis años de edad, mientras el señor Jossy, que se encontraba en la parte de arriba de la enorme casona, lo invitó a que subiera. Justo en esa ocasión Ernest y Emily, la tercera hija del matrimonio, se conocieron y se enamoraron. Ese mismo año, el 28 de noviembre, se casaron. Ambos jóvenes, de una larga ascendencia judía, que incluyó varios rabinos en sus familias, iniciaron un recorrido de alegría y dolor en cuyo hogar nacieron los cinco hermanos Motta Cardoze: Arturo, Felipe, Roberto, George y Alberto. Ernest era el primer ingeniero especializado en electricidad que venía a Panamá para iniciar los trabajos que sirvieron para proveer de luz y energía a una buena parte de la capital panameña de aquellos días. En este esfuerzo, le correspondió colocar las instalaciones necesarias del Teatro Nacional, del Ministerio de Relaciones Exteriores y de otros edificios públicos que se construyeron por aquella época. Instaló el primer cuarto frío de la ciudad, perteneciente a la empresa Armour & Co., cuya planta quedaba en la avenida Sur, cerca del antiguo edificio del diario La Estrella de Panamá.

Ernest falleció prematuramente a los treinta y siete años. Quedó viuda su esposa, Emily Cardoze Lindo, y huérfanos sus hijos, Arturo, de once años, Felipe, de ocho, Roberto —quien cumplió cinco el mismo día en que falleció su padre, el 19 de mayo de 1918—, George, de tres, y Alberto, de año y medio. Cinco hermanos que han dejado una huella imborrable en la sociedad panameña, con aportes tangibles en diversas ramas, que incluyen la ganadería y agricultura, el comercio local e internacional, en la banca y los seguros, en el deporte, en la aviación internacional, en el desarrollo inmobiliario, puertos marítimos, en la televisión y telecomunicaciones y hasta en la manera humilde y sencilla de servir a los demás. La sociedad panameña ha reconocido a Felipe Motta Cardoze y a Alberto Motta Cardoze como líderes extraordinarios, hombres de fe y ejemplos a seguir. Con la muerte de Ernest, la familia Motta, que vivía en la calle 45 de la urbanización de Bella Vista, considerada entonces las afueras de la ciudad de Panamá y donde nacieron los hermanos menores George y Alberto, se mudó a vivir nuevamente con sus abuelos a la casona de la calle Sexta de San Felipe, donde había nacido Emily, su madre. Muy cerca de allí quedaba el colegio La Salle, regentado por hermanos católicos, donde los cinco niños cursaron su educación primaria.

Después de vivir durante cuatro años con sus abuelos, regresaron a Bella Vista y tenían que viajar en tranvía desde su casa al colegio y viceversa. Felipe, que desde pequeño era el más inquieto, refirió, con expresión de gozo, que en ocasiones el jefe de inspectores del tranvía, un señor jamaiquino que él y sus primos, los Maduro, apodaban Busta, les permitía manejar el tranvía cuando estaban llegando a casa con pocos pasajeros a bordo. Años más tarde, cuando Jamaica se independizó del Reino Unido de Gran Bretaña, este mismo señor fue quien se convirtió en el primer Ministro de Jamaica; su nombre era Sir Alexander Bustamante, en cuyo honor existe un majestuoso monumento en la ciudad de Kingston. A Emily, la madre de los Motta, le correspondió criar a sus cinco hijos, pero no lo hizo sola; tuvo la gran ayuda de sus padres, Julita Lindo e Isaac H. Cardoze, así como de sus hermanas, que convivían con ellos. A la hora de comer, había quince personas o más en la mesa. Los hermanos Motta cursaron sus primeros años de escuela secundaria en el Instituto Nacional, cuna de prohombres, que fueron formados con mística y conceptos cívicos y nacionalistas, que impartían profesores como Richard Neumann y Octavio Méndez Pereira. Cuando Felipe cumplió los dieciocho años, gracias a la generosidad de sus tíos Alfred y Edgar Motta, quienes vivían en Jamaica, fue enviado al Eastbourne College, Inglaterra, por dos años y medio; su hermano mayor, Arturo, por tres años, y a Roberto, lo mandaron a la Augusta Military Academy en Virginia. George culminó su secundaria en el Instituto Nacional y Alberto en Balboa High School, que era administrada por las autoridades de la Zona del Canal. Panamá figura como una de las primeras naciones centroamericanas adonde llegaron los judíos sefarditas caribeños. En su historia figuran los apellidos Piza, Maduro, Toledano, Delvalle, Cardoze, Fidanque, Brandon, Lindo y Eisenmann, raíces portuguesas, holandesas, alemanas y británicas, de países a los que emigró la población sefardita establecida originalmente en España.

Un grupo de estos judíos de origen caribeño, en 1876, preocupados por la necesidad de contar con servicios religiosos de acuerdo con su fe, fundaron la primera congregación hebrea de Panamá, Kol Shearith Israel, localizada en la calle Séptima de San Felipe, en un edificio que hoy forma parte de las ruinas de Santo Domingo. Siendo descendientes directos de familias judías, Felipe y sus hermanos recibieron instrucción religiosa en la Escuela Sabática de Kol Shearith Israel, la cual funcionó por más de medio siglo, hasta que fue creado el Instituto Alberto Einstein. Cuando era muy joven Felipe practicó el tenis, uno de los deportes de mayor afición entre los vecinos de su barrio; desarrolló tal habilidad en este deporte, que participó como miembro de la delegación de Panamá a los II Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe, celebrados en La Habana en 1930.

Luego, en 1938, cuando Panamá fue sede de los iV Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe, integró el equipo de tenis, junto a otros distinguidos panameños, como Carlos Eleta Almarán, George Westerman (quien años más tarde se convertiría en líder del movimiento afroantillano en Panamá), su hermano George Motta y Jacobo Jackie Pereira, lo que mereció el reconocimiento del Gobierno nacional. En aquella época de su juventud, Felipe practicó la hípica, primero como jinete, participando en carreras que se llevaban a cabo en las calles de su barrio Bella Vista, donde aún había una gran cantidad de lotes vacíos que eran utilizados como potreros. Posteriormente, su interés por los caballos lo llevó a criar y a desarrollar caballos de carrera que tuvieron una destacada actuación. De vez en cuando llevaba a sus nietos al hipódromo para darles el ejemplo de lo que fue el noble deporte hípico; quería que ellos sintieran la emoción de las carreras de caballos, sin tener que apostar, porque las consideraba todo un espectáculo en el que podían admirar la velocidad de los equinos y la destreza de sus jinetes. Los caballos, en especial los suyos, le dieron muchas satisfacciones y alegrías. Tenía muchos amigos en el hipódromo; sentía una enorme felicidad de tener amigos por todos lados.

Fue tan grande su pasión por este deporte, que la comunidad hípica le asignó su nombre al Jockey Club del Hipódromo presidente Remón. También llevaba a sus nietos al Estadio Juan Demóstenes Arosemena a ver los juegos del béisbol mayor; pues este era otro deporte por el que sentía una gran afición. Son muchísimos los campos de béisbol que ayudó a construir. Desde distintos cargos que ocupó como miembro fundador del Club de Leones de Panamá, su afición por los deportes le brindó la oportunidad de patrocinar muchísimas ligas infantiles de béisbol, siguiendo la filosofía de que sacar a un niño de la calle y ponerlo a practicar un deporte significaba proveerle un ambiente donde pudiera desarrollar valores como la disciplina, trabajo en equipo, respeto a los demás y, a la postre, la sociedad tendrá un delincuente menos en las calles. En su honor, el estadio infantil de béisbol, en la capital panameña lleva su nombre. En agosto de 1934, Felipe contrajo matrimonio con Delia García de Paredes Boyd, a quien había conocido desde que eran niños. Ambos estudiaban en colegios cercanos en el viejo barrio de San Felipe. En la obra titulada Los cinco hermanos Motta Cardoze, la escritora Nadhji Arjona resalta, como un interesante hecho histórico, que

[…] aun cuando el matrimonio de Felipe y Delia significó una pérdida para el judaísmo y llegó a debilitar las propias bases de Kol Shearith Israel, en la vida nacional representó un enriquecimiento cultural para la sociedad. Sin abandonar su propia fe, los sefarditas han sido excelentes cabezas de familia y ciudadanos; la mayoría de ellos inculcó a sus hijos que la religión cristiana tiene sus raíces en el judaísmo, a la vez que los formaron dentro de un profundo respeto a la fe de sus antepasados, judíos o católicos.

Delia era hija de José María García de Paredes y Angelina Boyd de García de Paredes, ambos panameños y católicos; hizo sus estudios primarios y secundarios en el Colegio San José de la señorita Marina Ucrós, justo donde también estudió Emily, la madre de Felipe. Esta coincidencia le facilitó a Felipe la comprensión de su madre y de su abuela Julita, cuando les comunicó sobre sus pretensiones de pedir la mano de su novia.

 

Un año después del matrimonio, nació Linette, después Ana Elena y finalmente Felipe Junior. Ellos han practicado el cristianismo, guiados por la idea de que es la madre quien provee la primera orientación espiritual de sus hijos. El primer trabajo de Felipe fue con su hermano mayor, Arturo, en la primera tienda fundada por este llamada Sombreros Panamá. Al finalizar la década de 1920, comenzando la gran depresión, consiguió un empleo en la empresa encargada de urbanizar Bella Vista, donde trabajó duro, desde hacer mandados, hasta mezclar concreto. Luego, apoyado por una pequeña herencia dejada a él y a su hermano Arturo, por su tía Hilda May Motta Harris, que vivía en Inglaterra, adquirió en concesión una gasolinera, la cual atendía con su inseparable Delia, pero tres años después tuvo que dejarla en manos de su esposa y buscar otro empleo, debido a la escasez del combustible a consecuencia del estallido de la Segunda Guerra Mundial y al poco ingreso que esta le producía. Trabajó veinticinco años en una empresa licorera, mientras que sus hermanos se abrían paso en otros emprendimientos exitosos. Un buen día decidió independizarse y abrir su propia empresa, a la que bautizó Felipe Motta e Hijo.

La hizo crecer a tal punto que, con el transcurrir de los años, abrió una cadena de establecimientos con el nombre de Felipe Motta Wine Store en diversas partes del país, que consisten en locales de venta de vinos de fama internacional, con las mejores marcas de licores importados y todo tipo de delicatessen para fiestas y eventos. Esta expansión comercial ha generado cientos de empleos a panameños y le ha inyectado millones de balboas a la economía panameña. Durante los aciagos días de la Segunda Guerra Mundial, el hecho de que el canal de Panamá fuera construido y estuviera administrado por los estadounidenses tuvo repercusiones económicas y políticas en Panamá. Alrededor de 1939, antes que Estados Unidos de América se involucrara en la guerra, empezaron a llegar a Panamá, procedentes de Europa, muchos judíos refugiados que temían el ascenso de Hitler al poder. En ese entonces fue creado el Jewish Welfare Board (JWB) y un fondo de ayuda a los inmigrantes, al que contribuyeron los miembros de la congregación Kol Shearith Israel. En las postrimerías de 1941, cuando los japoneses atacaron Pearl Harbor y Estados Unidos declaró la guerra a Japón, llegaron a Panamá numerosos barcos de guerra estadounidenses con tropas, entre las que había soldados judíos.

Los hermanos Motta, por instrucciones del rabino Nathan Witkin, abrieron las puertas de sus hogares para confraternizar con ellos. Felipe en Panamá y Alberto, quien vivía en Colón, hicieron su parte de esta iniciativa. Poco después de la Segunda Guerra Mundial, en 1947, llegó al Puerto de Cristóbal, en Colón, un barco con mil judíos y doscientos cristianos, todos refugiados de la revolución comunista de China, caracterizada por olas de violencia. Una vez más, la congregación Kol Shearith, a través de la Hermandad Femenina, recaudó fondos y ofreció ayuda a los inmigrantes. Los esposos Delia y Felipe cooperaron y recordaron aquellos momentos hasta los últimos días de su existencia, porque presenciaron la ayuda de representantes de la Iglesia católica y anglicana, que usaban brazaletes con la Estrella de David como muestra de solidaridad de los panameños para con los refugiados, aunque causara entre estos últimos un gran asombro.

La vida les brindó a don Felipe y a sus hermanos oportunidades para practicar el sentimiento de solidaridad que aprendieron en el seno de su hogar, pero también les planteó retos que valientemente enfrentaron, y lograron salir adelante. Joshua Piza, nieto del rabino de Curazao y primo hermano de la abuela de don Felipe, Julita, alentó a los hermanos Motta a vivir con la naturaleza sin destruirla y a incursionar en la ganadería. De esta manera, adquirieron su finca que con el tiempo se ha convertido en un símbolo de unión familiar y modelo agropecuario. Durante casi cuarenta años, el tío Jossy se dedicó a cuidar y a desarrollar estas tierras, transmitiéndole con su ejemplo, a todo el que lo conoció y en particular a los hermanos Motta, mensajes de perseverancia, de fuerza de voluntad, de autoestima y de lucha incansable.

Cuando Jossy cumplió ochenta y dos años, cansado por el arduo trabajo, decidió venderla, por múltiples razones sentimentales y de mutua admiración, terminaron comprándola los hermanos Motta, sin que ninguno de ellos tuviera la menor idea de criar ganado o de sembrar maíz y arroz. Al principio, George Motta, considerado por sus hermanos como “el más conocedor en cuestiones de cascos, rabos y herraduras” fue el encargado de cuidar esta finca; con el tiempo, los hermanos Motta se turnaban haciendo visitas semanales, que tanto ellos como sus hijos disfrutaban. Cuando a don Felipe le tocaba, a menudo lo acompañaba su hijo Felipe Junior; ambos hacían su recorrido favorito por la finca, desde la casa, hasta el cerro de La Garita, donde estuvo el primer asentamiento del pueblo de Remedios. Disfrutando de la deliciosa brisa, desde la cumbre del cerro, apreciaban el mar azul del océano Pacífico y algunas de las islas que lo adornan; así como los hatos de ganado: Antioquia, Rosario y Santa Lucía. Al trote de corceles, padre e hijo, recorrían los campos respirando el olor a hierba y tierra, mientras escuchaban el mugido de las vacas a su alrededor.

La finca, que hoy comprende 7500 hectáreas, más de diez mil cabezas de ganado, siembras y un molino de arroz, tal como lo visualizaran los hermanos Motta, ha sido “un negocio de todos y una buena razón para permanecer más unidos en familia”. En una ocasión, las autoridades gubernamentales, refiriéndose a la hacienda, dijeron que “La finca de los Hermanos Motta es un notable ejemplo de lo que pueden realizar los hijos de esta nación, con dedicación, esfuerzo y unión familiar, en medio de un clima de libertad y respeto a la iniciativa privada”. Don Felipe institucionalizó la generosidad sin límites, derramó bondad y fue un humanista en el verdadero sentido de la palabra.

 

Cada viernes en la mañana, estaba puntualmente en la puerta de su oficina atendiendo una interminable cola de desamparados, a quienes les entregaba una ayuda en dinero, un alimento y un estrechón de manos, sin reticencias ni afán de notoriedad, en la inmensa sencillez que lo caracterizó. Juan era uno de esos menesterosos que esperaba ansiosamente cada viernes para ver a don Felipe en su oficina y recibir su ayuda. Un viernes en la tarde subió a la oficina de su hijo, Felipe Junior, a quien le sorprendió verlo cabizbajo, golpeado emocionalmente y sin poder ocultar la tristeza que lo embargaba. Ese no era el estado de ánimo usual de don Felipe. “¿Qué te pasa? Te veo triste”. “Sí, es que se murió Juan. No pudo venir hoy por aquí”. Felipe Junior comprobó, una vez más, en ese momento, la devoción y el cariño que le tenía don Felipe a esos cientos de ancianos a quienes ayudó durante muchísimos años desde la puerta de su oficina.

Es muy probable que Juan le retribuyera a don Felipe el gran cariño que este le guardaba y la satisfacción que sentía ayudando a los demás. Así como ocurrió con Juan, cientos de personas recibieron de él, con un inmenso cariño, regalitos como llaveros, bolígrafos, billetes de lotería, juegos de números, tomándose la tarea de explicarles a cada quien cómo funcionaba. Personas que todavía conservan algunos de estos regalitos aún recuerdan la manera tan especial como don Felipe practicaba el “don de saber dar”. Muchos le pedían consejos, los cuales recibían con prudencia y discreción. Don Felipe asistía a las ceremonias religiosas católicas ya fuera para acompañar a Delia, a sus hijos, familiares y amigos; y también asistía sin falta a los sepelios de sus amigos. Cuando visitaba a algún amigo o amiga al hospital, les llevaba alcohol puro (sin desnaturalizar) porque había descubierto que tiene propiedades asombrosas; no solo limpia y desinfecta, sino que refresca y huele bien. Si el paciente visitado era mujer, le llevaba un batido. Todo aquel que se acercaba a su oficina en la búsqueda de alguna ayuda, la encontraba porque “no sabía decir no”.

 

La bondad y la sensibilidad de don Felipe no tenían límites. Sus hermanos lo consideraban el hombre de las relaciones públicas y la persona más conocida en Panamá. Él no se cansaba de decir que “lo que más me gusta es la gente”. También decía que cuando uno nace y se levanta en un hogar pletórico de amor y de solidaridad, no representa ningún esfuerzo ser generoso, porque, sencillamente, no se conoce otra forma de ser en la vida.

A través del Club de Leones de Panamá, don Felipe colaboró de manera directa en la ejecución de obras de impacto nacional, tales como la construcción del hospital del Niño, considerada la obra maestra de Los Leones; la creación del Banco de Ojos; el mejoramiento de las Colonias Infantiles, donde niños de barrios populares disfrutaban de un programa recreativo y deportivo durante las vacaciones de verano; la creación de la Escuela Vocacional de  Chapala, donde niños y adolescentes en proceso de rehabilitación social, aprenden un oficio; la construcción del Estadio Infantil de Béisbol en el barrio del Chorrillo; la creación de la escuela para ciegos Hellen Keller; las tradicionales rifas organizadas por el Club de Leones; creación y apoyo de ligas infantiles y juveniles de béisbol en todos los barrios de la capital panameña, de donde han salido renombrados jugadores para las grandes ligas de Estados Unidos.

Siendo presidente del Club de Leones de Panamá, presidió también la Organización Panameña Antituberculosa (OPAT) y participó en la junta directiva de la Cruz Roja Nacional, donde realizó una encomiable labor por el mejoramiento de las guarderías infantiles. En 1952, bajo la gestión presidencial del coronel José Antonio Remón Cantera (1952-1955) se creó la Junta pro Pavimentación de la Carretera Interamericana, integrada por distinguidos ciudadanos que representaban a los gremios empresariales y a los clubes cívicos más importantes del país. El coordinador por el Gobierno nacional fue el ingeniero Inocencio Galindo, ministro de Obras Públicas. Don Felipe fue designado presidente de dicha Junta.

 

Esta junta surge cuando paralelamente a las negociaciones que se llevaban a cabo, relativas a la revisión del tratado del Canal y que culminaron con la firma del tratado Remón-Eisenhower, el gobierno panameño solicitó un préstamo para la construcción de una carretera de cemento para conectar la productiva provincia de Chiriquí con el resto del país, pero el presidente Eisenhower sugirió una carretera de macadán (piedra machacada comprimida con rodillo), lo que fue inaceptable para los panameños. En consecuencia, se inició una campaña nacional de recaudación de sacos de cemento.

El reto era grande, a pesar de que el propio presidente de la república estaba muy entusiasmado y la ciudadanía motivada. Viajar a la provincia de Chiriquí en aquellos tiempos era posible en balandras, goletas o en motonaves; los que se aventuraban a viajar por tierra, les tomaba de quince a veinte horas, dependiendo de las lluvias, deslizamientos de tierra y de reventones de llantas que sufrieran los autos. La meta era reunir trescientos mil sacos de cemento, cuyo costo era de 1.30 balboas la unidad; por cada diez aportados por el público, la empresa Cemento Panamá, donaría 2.50. Cada kilómetro de carretera consumía diez mil sacos de cemento. El presidente Remón estaba seguro de que la Junta lograría reunir el material necesario para iniciar el proyecto y el gobierno lo continuaría, ya que si dicha carretera se construía con asfalto, por ejemplo, al terminarla tendrían que empezar de nuevo. La campaña cumplió con su cometido: se recogieron trescientos sesenta y tres mil balboas, y con ellos se construyeron los primeros treinta y siete kilómetros de carretera.

Panamá se convirtió en el único país centroamericano que construyó el trayecto de la carretera Interamericana que le correspondía, de cemento. Esta fue otra demostración de la solidaridad del pueblo panameño y la generosidad de sus ciudadanos. Durante el gobierno de Ernesto de la Guardia Jr. (1956-1960) se produce un escándalo financiero en el municipio capitalino, que ha sido recordado con el nombre del “cabildazo”. Tal acontecimiento, ocurrido el 18 de febrero de 1959, se caracterizó por actos de corrupción y de violencia, y una gran marcha, que obligó al Gobierno nacional a pedirles la renuncia a los miembros del Concejo Municipal capitalino existente y a nombrar uno nuevo, inclusive a un nuevo alcalde.

El presidente De la Guardia se reunió con sus ministros y consejeros, entre estos el doctor César A. Quintero, a quien después le fue encomendada la Comisión Jurídica que otorgó legalidad al movimiento ciudadano. Convocó una Junta de Notables, integrada por ciudadanos de reconocida probidad que representaban a la empresa privada y a los clubes cívicos, y nombró así a los nuevos concejales, a saber: Felipe Motta, Olga Moreno Guillén, Federico Humbert, Ricardo G. Brin, Juan Pastor Paredes, Rubén Darío Carles Jr., Ruth Pérez de Peré, Enoch Adames, Rodrigo Bernal, Eugenio Barrera, Basilio Ford, Alejandro Méndez, Pablo Paz, Carlos Pérez y Antenor Wilson. Como alcalde fue nombrado Heliodoro Patiño.

El primer acuerdo municipal, aprobado por unanimidad, fue renunciar a toda remuneración. No cobrarían ni dietas ni viáticos. Don Felipe propuso la creación de una junta de Ornato Municipal que tuviera como finalidad el embellecimiento de la ciudad capital, propuesta que lo hizo responsable, y en consecuencia lo nombraron presidente de la misma. Entre las obras realizadas durante los dieciocho meses de funcionamiento del nuevo Concejo, además de cancelar las innumerables deudas morosas del municipio, se remodeló la plaza de la Catedral, cuyos árboles estaban carcomidos por el comején y sus raíces habían destruido el pavimento; se ahuyentaron las palomas que la ensuciaban, se instalaron nuevas bancas y se reparó el kiosco del centro de la plaza; se instalaron los primeros semáforos de la ciudad; se construyó el parque Anayansi, que estaba ubicado frente a la embajada de Estados Unidos en la avenida Balboa; se instalaron bancas de cemento a lo largo del paseo de la avenida Balboa; se curaron los árboles enfermos de la plaza de Santa Ana y se embellecieron sus jardines; se construyó un kiosco en el parque Urraca para futuros conciertos y recitales; se construyó una calle de piedras frente a la catedral de Panamá la Vieja y le hicieron un jardín con la forma del Istmo y el escudo municipal de Panamá; se construyó el parque Panamericano de la vía Argentina con el aporte económico de los ciudadanos y del municipio, y el propio edificio del Palacio Municipal fue restaurado.

A raíz de su participación en el gobierno municipal, don Felipe había aceptado esa incursión en política, pero la consideró suficiente. Comentó que el único partido político que podía contar con él se llamaba Panamá. Presidió la Sociedad Kol Shearith Israel durante los años 1952 a 1954, participando intensamente en la remodelación de la sinagoga que estaba ubicada en la calle 36 de Bella Vista y de la remodelación del viejo cementerio de la congregación ubicado en El Chorrillo. A partir de la empresa que les dejó a sus hijos, las obras que desarrolló para los panameños, las instituciones que ayudó a crear, la extensa lista de reconocimientos y condecoraciones que recibió, se observan cualidades que hablan por sí solas de don Felipe, un hombre excepcional. Entre dichas condecoraciones y distinciones figuran las siguientes: Orden Vasco Núñez de Balboa, en grado de de Gran Oficial y de Comendador; Orden Municipal del Distrito de Panamá; Premio Caballero Club Unión; Ejecutivo del Año por la Asociación Panameña de Ejecutivos de Empresas (APEDE), y reconocimiento de la Caja de Ahorros por haberle servido durante quince años como miembro de la Junta Directiva. Poco después de la muerte de Felipe Motta, acaecida el 9 de abril de 1997, el Club de Leones de Panamá publicó una síntesis de su vida a la que poco o nada se puede agregar:

Hay hombres y mujeres que pasan por la vida dejando una huella. Han sido bendecidos por cualidades excepcionales que los convierten en ejemplo para el resto de sus semejantes. Algunos destellan solamente durante poco tiempo y por razones circunstanciales, como el cantante famoso dotado de una voz extraordinaria, el deportista triunfador que desarrolló especiales habilidades en la competencia o el científico renombrado por descubrir causas o consecuencias que ayudan en el progreso del conocimiento. Con sus hechos contribuyeron de alguna manera al desarrollo de una sociedad que busca modelos para imitar y en su camino arrastraron tras de sí legiones de fanáticos. La historia muestra abundantes casos de estos líderes sociales. Sin embargo, no son frecuentes los hombres y las mujeres que con sus actos se recuerdan mucho más allá de su época, como punto de referencia que orienta y guía a las futuras generaciones. Escasean estos faros que iluminan el camino mostrando cuál debe ser la ruta para alcanzar la auténtica felicidad. Cuando alguna generación tiene el privilegio de conocerlos, sus pasos quedan grabados permanentemente como señal imborrable que conduce al éxito personal y social convirtiéndose en testimonios de la virtud. Los panameños hemos despedido recientemente uno de esos hombres con el fallecimiento de Felipe Motta. Su vida fue ejemplar. Supo combinar la difícil tarea de crear riqueza como empresario con el duro compromiso de distribuirla entre los más necesitados y compartir su energía entre la exigente actividad privada al frente de sus empresas y la ingrata labor del funcionario público cuando actuó como concejal. Era un incansable defensor de los valores cívicos, éticos y morales que él mismo convertía en forma de vivir, y dedicó una gran parte de sus energías a dejar como legado obras de beneficio social, especialmente en el campo de la salud, la recreación y el deporte. Su biografía contiene hermosas páginas que traducen los más elevados sentimientos humanos en gestos sencillos que pueden ser repetidos por cualquier ciudadano. Felipe transformó la aparentemente difícil tarea de cumplir nuestra misión, en una sencilla y placentera manera de actuar con rectitud. Sus actos pueden resumir un manual de comportamiento sobre cómo encontrar la grandeza en humildad, la felicidad en el trabajo y la riqueza en el dar y servir. En los momentos de cambio y de confusión que vivimos actualmente, donde figuras de escaso valor moral se disputan el protagonismo social, vale la pena revisar la hoja de vida de Felipe Motta para encontrar una muestra que contiene los auténticos valores que nos puedan convertir en hombres y mujeres exitosos y felices. Su recuerdo permanecerá entre nosotros.

 

 

Referencias bibliográficas

Arjona, N. (2011). Los cinco hermanos Motta Cardoze: Arturo, Felipe, Roberto, George, Alberto. Panamá: Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana.

Club de Leones de Panamá (1997, 14 de mayo). Boletín.

Endara, E. (1908). Tu amigo Felipe. Biografía novelada de don Felipe Motta. Colombia: Editorial Panamericana, S. A.

“Felipe E. Motta Cardoze. Una vida al servicio de los demás”. Editora Staff Pre-Producción, S. A.

Memoria del Honorable Concejo Municipal de Panamá (1960). Gestión del periodo comprendido entre el 21 de febrero de 1959 y el 31 de agosto de 1960.

Mitchell, J. (2003, domingo 16 de marzo). “Felipe Motta: un servidor a la patria”. La Prensa, p. 3.