• img-book

    Olga de Obaldía de Díaz

SKU: af1c7f993a57 Categoría: Etiquetas: , , ,

Francisco Arias Paredes

by: Olga de Obaldía de Díaz

Francisco Arias Paredes, don Pancho, a quien Mayor Alfredo Alemán se refirió como “un recio varón de acero con el toque romántico de un clavel rojo en el ojal del saco” (Alemán, 1982), fue producto de esa primera mitad del siglo XX que le tocó vivir, un siglo que trajo dramáticos adelantos tecnológicos y revolucionarias ideas sociales y políticas.

Meet the Author
avatar-author
Nació en la ciudad de Panamá en 1963, es licenciada en Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Católica Santa María La Antigua y cursó estudios de posgrado en Derecho Internacional en Northwestern University en Chicago. Está certificada en Fundraising Management por la Lilly Family School of Philanthrophy de Indiana University y es egresada del diplomado en Creación Literaria de la Universidad Tecnológica de Panamá. Como articulista y analista free lance ha contribuido en periódicos, revistas y diversos proyectos editoriales. Ha publicado cuentos en la revista literaria Maga y en los libros colectivos Más que Cont-Arte y Los recién llegados. Ejerce como abogada y como coordinadora de proyectos para organizaciones sin fines de lucro. Es traductora pública autorizada del inglés al español y viceversa. Es además esposa, mamá, hija, hermana y amiga de gente maravillosa.
Books of Olga de Obaldía de Díaz
About This Book
Overview

A los pueblos en trance de crecimiento les ocurre algo parecido. Su ser se manifiesta como interrogación: ¿qué somos y cómo realizaremos eso que somos? Muchas veces las respuestas que damos a estas preguntas son desmentidas por la historia, acaso porque eso que llaman el “genio de los pueblos” solo es un complejo de reacciones ante un estímulo dado; frente a circunstancias diversas, las respuestas pueden variar y con ellas el carácter nacional, que se pretendía inmutable.

Octavio Paz, El laberinto de la soledad

El caballero de la política: una promesa truncada

Llovía ese medio día del 31 de julio de 1946, cuando aterrizaba en Albrook Field un avión de Pan American Airways que la familia Arias Espinosa había contratado especialmente para traer al suelo patrio el cadáver de don Pancho Arias, quien había fallecido el día anterior en Medellín, Colombia. Formando una calle de honor en la pista le esperaban bajo el chubasco algunos de los hombres públicos más importantes del país: Enrique Adolfo Jiménez Brin, entonces presidente de la república, y los expresidentes Harmodio Arias y Ricardo J. Alfaro, entre otros.

Una bandera panameña cubría el féretro que fue trasladado a la capilla ardiente donde millares le esperaban en la catedral Metropolitana para presentar sus respetos. A escasas 24 horas del suceso, la ciudad de Panamá estaba paralizada por la noticia: había muerto a los 59 años de un ataque al corazón el caudillo liberal Francisco Arias Paredes. La reacción “de un pueblo que ve desaparecer a uno de sus valores en que más esperanzas tenían fincadas” (El Panamá América, 1946) fue electrizante y sin precedentes en la historia de la joven república.

Al día siguiente, más de veinte mil personas asistieron espontáneamente a acompañar a don Pancho hasta su última morada en el cementerio Amador. El presidente Jiménez Brin calificó su desaparición como “desgracia nacional” (Ventocilla, 1955), decretó duelo nacional y el cierre de las oficinas públicas. La Asamblea Nacional celebró una sesión en su honor como respeto y gratitud a su memoria. La Cámara de Comercio e Industrias decretó duelo a su vez y solicitó al comercio cerrar sus puertas el día del sepelio.

Las floristerías se quedaron sin flores, sobre todo sin claveles rojos. El réquiem fue oficiado por los más altos prelados católicos del país y presidían el cortejo fúnebre sus hijos y familiares cercanos, seguidos por los cuerpos completos de los tres poderes del Estado, el ejecutivo, el legislativo y el judicial, cuyas cabezas pronunciaron panegíricos y reflexiones ante la pérdida. Le acompañaban también expresidentes de la república, el directorio completo del Partido Liberal Unificado, las más altas autoridades, civiles y militares de la Zona del Canal, el cuerpo diplomático, el cuerpo de bomberos y la Policía Nacional, delegaciones de otros partidos políticos, organizaciones obreras, campesinas, de mujeres y de estudiantes, entre muchas otras.

Fue trasladado al cementerio Amador sobre un carro del cuerpo de bomberos mientras las cintas de honor eran llevadas a ambos lados por Carlos Sucre, ministro de Gobierno y Justicia en representación del ejecutivo; José Dominador Bazán, del legislativo; Domingo Díaz Arosemena, del Partido Liberal; el embajador mexicano Manuel Maples Arce, del cuerpo diplomático; Publio Vázquez, de la Corte Suprema de Justicia y Alejandro de la Guardia, de la familia Arias Espinosa.

Fue tan grande el número de coronas de flores que se recibieron que todos los taxis de la ciudad no fueron suficientes para llevarlas al camposanto. Tan larga la columna fúnebre, que habiendo llegado al cementerio Amador los primeros vehículos todavía había integrantes del cortejo en el parque de la Catedral. Cuenta el cronista del Panamá América que:

las aceras de la Avenida Central y las de la Calle B hasta el cementerio, lo mismo que los balcones de las casas se encontraban prácticamente atestadas de miles de personas quienes acudieron allí con el deseo de ver pasar el sepelio de don Francisco Arias Paredes, el cual constituyó una demostración fehaciente, palpable y contundente del aprecio que siempre mereció en la conciencia nacional. Miembros de la policía nacional asistieron en rigurosa formación al entierro, hicieron al aire tres descargas de fusilería cerrando el sepelio al toque de corneta, que anunciaba a todos los asistentes que se acababa de cerrar la tumba de don Francisco Arias Paredes”. (El Panamá América, 1946).

Recibió don Pancho un funeral de Estado, hasta entonces reservado a los presidentes de la república… ¡sin haberlo sido! Actuó, de hecho, “casi siempre en la oposición, pero con alto sentido de patriotismo y teniendo en mente, sobre todas las cosas, los intereses nacionales y populares” (Ventocilla, 1955). Como líder de oposición fue un freno para evitar los abusos del poder de los gobernantes en todas las administraciones que le tocó adversar.

Todos los estratos de la sociedad panameña, del más alto “puertas adentro” al más bajo del arrabal, se volcaron espontáneamente a dar fe de la magnitud de su caudal político; al tiempo que las páginas de los periódicos locales, con encabezados a ocho columnas en las primeras planas, se llenaron de elegías a ese “caballero de la política” firmadas por las más importantes figuras de la época. Los diarios de América Latina y Nueva York también dieron cuenta de su desaparición. ¿Quién fue este hombre que generó este inusitado, intenso y concurrido duelo colectivo? Apreciado y respetado por sus copartidarios y amigos, pero sobre todo… ¡por sus enemigos políticos!

De casta le viene… Francisco Arias Paredes, don Pancho, a quien Mayor Alfredo Alemán se refirió como “un recio varón de acero con el toque romántico de un clavel rojo en el ojal del saco” (Alemán, 1982), fue producto de esa primera mitad del siglo XX que le tocó vivir, un siglo que trajo dramáticos adelantos tecnológicos y revolucionarias ideas sociales y políticas. Una de esas figuras que surgieron en Latinoamérica que por su nacimiento en el seno de la oligarquía y herencia familiar pudo haberse dedicado únicamente a los negocios privados, pero siempre tuvo una pronta disposición por los temas que afectaban al pueblo y una manifiesta vocación democrática que compaginó con su habilidad para hacer negocios.

Bautizado con los nombres de dos santos, Francisco y Antonio, nació en la ciudad de Panamá el 14 de diciembre de 1886, siendo el quinto de los siete hijos que tuviese el matrimonio formado por Ricardo Arias Feraud y María Natividad García de Paredes Arosemena, ambos provenientes de familias de conocido ancestro en ese San Felipe de “puertas adentro”, pequeño feudo donde un puñado de familias burguesas entroncadas entre sí controlaban la economía y la política de una nación pequeña en extensión y en número de habitantes.

La realidad, como todo lo panameño, suele ser más compleja que una descripción facilista que clasifica a los panameños como “rabiblancos” o “pablo-pueblo” y don Pancho Arias navegó esa realidad rompiendo los paradigmas de esa clase social donde le tocó nacer, al tiempo que sacó ventaja de todos los privilegios a los que le dio acceso. Su padre, Ricardo Arias Feraud, nació en 1852, siendo el tercer hijo del matrimonio de Ramón Arias Pérez y Manuela Clotilde Feraud Diez, pareja acaudalada por herencia de ambos, educaron a sus hijos en Estados Unidos para evitar la opresión conservadora.

Manuela, fue hija de un inmigrante franco-cubano, Jean Baptiste Feraud, quien se convirtió en uno de los hombres más influyentes de la ciudad (Salamín Cárdenas, 2005). Es necesario revisar su quehacer privado y público, como hombre de negocios y como político, para entender la doble vocación y la tradición que heredaría don Pancho, en quien encontramos muchas de las claves que honran el perfil de don Ricardo y el rol que jugó en el nacimiento de la nueva república en 1903.

Fue don Ricardo un “gran burgués panameño” (Suárez, 2003), terrateniente, ganadero, negociante urbano, político que ocupó importantes cargos públicos, y prócer de la patria. Amasó una fortuna, sobre todo agraria, con más de 23 000 hectáreas en tierras repartidas por toda la república. Supo aprovechar, al igual que otros panameños de su esfera social, la devaluación de tierras y el desabastecimiento que trajo la guerra de los Mil Días para adquirir vastas propiedades. Señala Jaén Suárez, que no es un latifundista tradicional como los que vemos en los viejos linajes agrarios del interior del país… Será, sobre todo Ricardo Arias, un comerciante más moderno; un hacendado importante y un gran negociante urbano de carne que tiene dehesas para asegurarse un suministro regular de bestias para el matadero y al final para el mercado. Su fortuna agraria será, además, más bien del siglo xx como todas las de esa época puesto que las antiguas sufren un duro golpe con la guerra civil de los Mil Días entre 1899 y 1902 (ibíd., p. 132).

Incursionó además en múltiples negocios con socios locales y extranjeros sacando máximo provecho a su posición de acceso para fundar lucrativos negocios de proveeduría de servicios a Panamá (ibíd., p. 133). En su actividad política, don Ricardo fue adepto a las ideas del liberalismo, en diametral oposición a su hermano Tomás Arias Ávila, conservador. Si bien don Pancho era apenas un muchacho adolescente al final del siglo XiX, las ideas liberales de su padre calaron en su temprana conciencia política.

Antes de la separación de Colombia, Ricardo Arias Feraud fue secretario de Gobierno de Panamá y cuando el Congreso colombiano rechazó el tratado HerránHay, desencadenando los eventos que resultarían en el nacimiento de la nueva república, acuerpó la independencia y formó parte de la junta revolucionaria. Su desempeño político en la era republicana fue variado. Ocupó los cargos de agente fiscal de Panamá en Estados Unidos en 1904 y secretario de Gobierno y Relaciones Exteriores en 1906.

Su hijo Pancho le acompañó en sus siguientes aventuras: en 1908 fue postulado como candidato a presidente por el Partido Constitucional pero se retiró después de perder las elecciones municipales y, tras la intervención de Estados Unidos en los comicios, ganó José Domingo de Obaldía. Su último cargo público lo ejerció durante el gobierno de don Pablo Arosemena como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de nuestro país en Washington entre 1910-1912. Un último intento de actividad política fracasó cuando “en 1918 no logró que su precandidatura presidencial prosperara frente a la del líder liberal Belisario Porras, que correrá en el torneo electoral” (ibíd., p. 137). Se dedicó entonces a sus numerosos negocios personales.

En 1927 la muerte le pilló lejos del suelo patrio, en París, producto de un infarto cardíaco. Hasta en las circunstancias de su deceso, don Pancho seguiría a su padre. Por parte de su madre, María Natividad García de Paredes Arosemena, don Pancho perteneció a dos familias con un notable nivel de participación e influencia en la vida pública del país durante el siglo XiX, especialmente por parte de los Arosemena. María Natividad nació en 1855, hija de José María García de Paredes Arce y de Catalina Arosemena Quezada, prima hermana de Justo Arosemena Quezada (ibíd., p. 138), la figura política panameña más relevante del siglo XiX a quien se ha llamado “el padre de la nacionalidad panameña”.

Se cita por algunos, la influencia que pudieron tener en don Pancho las ideas de Eloy Alfaro, líder de la revolución liberal ecuatoriana y expresidente de ese país hermano, casado con su tía Ana Paredes Arosemena (ibíd., p. 170). Los padres de don Pancho, Ricardo y María Natividad, contrajeron matrimonio el 8 de febrero de 1875, fundando la estirpe Arias-Paredes. Sus hijos exhibieron esa tendencia tan arraigada entre las familias de San Felipe de socializar solo entre sí y dos de sus hijas se casarían con sus primos hermanos.

Su primera hija, Manuela Clotilde, nació nueve meses y diez días después del matrimonio; dos años después, en 1877, su segunda hija Catalina María y la tercera, Ana Matilde, en 1879. Finalmente el primer hijo varón, Ricardo, nació tres años después, en 1881; cinco años después, en 1886, Francisco Antonio, don Pancho, cuya biografía nos ocupa, y tres años más tarde, Joaquín Adolfo, seguido de María Lucila.

Juventud política: el arte de aprender En la época del nacimiento de don Pancho en 1886, las obras del Canal francés se encontraban en plena ejecución y con ello un veranillo de bonanza económica alentaba a los panameños. Sin embargo, bajo el embate de la fiebre amarilla y la mala planificación, en menos de una década quebró la Compañía Universal del Canal Interoceánico de Panamá.

A pesar de estar consolidada como nación, había una gran incertidumbre sobre el destino del país como Estado, al tiempo que se vivía en Colombia una crisis político-militar que desencadenó la guerra de los Mil Días en 1899, entre liberales y conservadores. Una depresión económica se abatía sobre Panamá. Cuando se dio la gesta independentista en 1903, y surgió la nueva república de Panamá, Francisco no había cumplido los 17 años. Le tocó ser testigo del quehacer político de la generación de los próceres, algunos guiados por idealismo patriótico, pero muchos otros por el personalismo y el pragmatismo comercial y económico.

Sus estudios primarios los hizo en el Colegio del Istmo. Salamín Cárdenas, su principal biógrafo, señala que la educación liberal en el istmo estaba limitada, las progresistas escuelas normalistas habían sido cerradas y reemplazadas por contadas plazas en centros educativos cartageneros de corte conservador. “Si no había escuelas ni oportunidades, para los liberales habían menos” (Salamín Cárdenas, 2005).

Ricardo Arias quiso evitar el riesgo que corrían sus hijos y envió a Francisco a terminar la secundaria al Belmont Military Academy, situada en la Bahía de San Francisco, California. De ahí pasó al Seminario de Willistone y completó su educación superior en la Universidad de Pensilvania, en el ramo de las finanzas (Susto, 1955).

Durante esos primeros años de consolidación de la república, don Pancho gozó del privilegio de una moderna educación. Llevó consigo toda la vida el orden y disciplina personal de la academia militar y el amor por la lectura y el aprendizaje de la universidad. A su regreso al Istmo, Francisco se casó el 23 de diciembre de 1909 con Carmen Espinosa Remón, hija del prócer de la independencia Manuel Espinosa Batista y de Elisa Remón Escobar (Suárez, 2003), otra distinguida familia de San Felipe.

Tenían los novios 23 y 22 años, respectivamente, e iniciaron un vínculo matrimonial que duraría toda la vida. Tuvieron cinco hijos. Diez años más tarde, en 1919, su hermano Joaquín Adolfo se casaría con Cecilia Espinosa Remón, hermana de Carmen. Fue don Pancho un hombre robusto, guapo y “bien plantado” —al decir vernáculo—; de tez blanca y con facciones que evidencian las raíces europeas de su estirpe.

De los recuentos de sus pares se desprende el retrato de un hombre de personalidad extrovertida, afable y sencilla, de aguda inteligencia, con gran vigor y optimismo. Uno de esos seres infatigables que están siempre ingeniando planes y poniéndolos en práctica… ya fuera para los negocios, para la política… ¡o para sublevaciones armadas! Su vida pública inició en el cuatrienio de 1908 a 1912, época descrita por Pizzurno y Araúz como “los años del difícil afianzamiento de la república, que oscila entre la sumisión a la poderosa presencia del Gobierno de Estados Unidos y las luchas partidistas internas de los que pretendían llegar al poder mediante consignas otrora esgrimidas durante la época colombiana por liberales y conservadores” (Pizzurno, 1996).

Lo hizo primero involucrándose y apoyando la infructuosa campaña de su padre, don Ricardo, por obtener la candidatura presidencial en 1908, teniendo su primera experiencia en los reveses y entretejidos de la política criolla. Cuando su padre fue nombrado como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de nuestro país en Washington bajo la administración del presidente Pablo Arosemena, le acompañó desempeñando el cargo ad honorem de secretario de la legación de Panamá entre 1910 y 1912.

Esa fue su primera escuela en diplomacia internacional. Mientras residió en la capital estadounidense, nacieron sus primeros dos hijos: Carmen Inés en 1910 y Ricardo Manuel, Dicky, en 1912. De regreso al Istmo, don Pancho empezó su quehacer en la esfera de los negocios privados, donde a lo largo de su vida probó ser un apto comerciante y ganadero, generador de riquezas para su familia y para la economía local.

Tomando una página del libro de su padre don Ricardo, “se inclinará sobre todo por la ganadería hasta llegar a ser en su época el más prominente ganadero del país” (Suárez, 2003). Su empresa, la Sociedad Ganadera Nacional, cuyas oficinas administrativas estaban diagonal frente a la plaza Herrera, décadas más tarde sería el abattoir que monopolizaría la comercialización de la carne fresca en Panamá y la Zona del Canal, al amparo de los tratados Arias-Roosevelt de 1936. Desde su gran hacienda en Chiriquí, Las Mercedes, se dedicó con ahínco a la actividad empresarial y agraria. Presidió también la compañía internacional Hípica de Panamá.

Su familia continuó creciendo con el nacimiento de sus hijos Manuel Raúl, “Nene”, en 1913, Alberto Adolfo, “Negro”, en 1916 y su benjamina, Isabel Cecilia, “Mitzi”, en 1918. Como esposo y padre fue disciplinado, detallista, cariñoso y gran consejero, como prueba su extenso archivo de correspondencia privada citado por su principal biógrafo. Por encima de las facilidades que les brindaba la herencia patrimonial que recibirían, insistió en que sus hijos tuvieran la mejor educación posible (Salamín Cárdenas, 2005).

Aparte de sus múltiples negocios, la política ocupó gran parte de su energía. Tuvo don Pancho, y lo demostró desde temprano, gran habilidad como comunicador de ideas políticas, tanto como orador así como escritor, con una prosa precisa, directa y efectiva. En 1916, siendo un joven de 30 años, fundó el Centro Independiente y combatió la candidatura oficial de Ramón M. Valdés, quien triunfó sobre el candidato popular, Rodolfo Chiari (Turner, 1962). En las elecciones de 1918 se lanzó para diputado por el Partido Liberal y ganó una curul en la Asamblea Nacional. Como parlamentario lideró la oposición a Belisario Porras de 1918 a 1924 (Salamín Cárdenas, 2005), siendo su padre, don Ricardo, uno de los contrincantes a las elecciones presidenciales de las cuales salió ganador el presidente Porras.

El candidato a segundo designado, también derrotado, fue el liberal don Rodolfo Chiari (Turner, 1962). Los enfrentamientos con Porras le llevaron a encarar demandas ante los tribunales y hasta la cárcel. Incursionó como periodista al comprar El Diario Nacional a Hubert George Henry, donde laboraron como redactores Samuel Lewis, Heliodoro Patiño y Domingo H. Turner, quienes le siguieron en la crítica implacable contra Porras, especialmente por sus actuaciones durante la guerra de Coto en 1921 que calificaron de antipatrióticas.

La cercanía y la combatividad que forjó con estos hombres de pluma le acompañaron toda la vida. El 27 de agosto de 1921 circuló El Diario Nacional con tres artículos contra Porras: “El responsable”, “Actividades bélicas consumatum est” y “Carta abierta a Guillermo Andreve”. Le acusaban de traicionar los intereses de Panamá en la disputa de fronteras con Costa Rica y relatan las felicitaciones que Porras enviara al presidente González Flores de Costa Rica por el Fallo White a favor de ese país.

De la pluma de don Pancho salen estas frases: “… que continúe el señor presidente en sus actividades de politicastro, que mientras más falsedades envuelve su comedia más severo ha de ser el fallo de su pueblo ultrajado” (Relación…, 1922); y “… mientras rija los destinos de esta tierra, el doctor Belisario Porras, causa única de todas nuestras calamidades y desgracias” (ibíd., p. 11).

Como era previsible, Porras buscó parar los ataques a través de los tribunales. El 2 de septiembre, el presidente solicitó a Ricardo J. Alfaro, secretario de Gobierno y Justicia, que presentara demanda de calumnia e injuria contra Arias y Turner. En dicha solicitud Porras señaló:

Por mucho tiempo he venido sufriendo los ataques de los que escriben en El Diario Nacional, los cuales constituyen una especie de persecución o sevicia moral, incompatible con la libertad de prensa que tiene por límite el derecho de los demás. Imposible que pueda así soportar ya más, ni por más tiempo autorizar con mi silencio, mi perdón o indiferencia, que el odio implacable y cruel de estos escritores levante un monumento de infamia contra mi nombre (ibíd., p. 4).

Don Pancho asumió total responsabilidad como directivo de El Diario Nacional y el 17 de mayo de 1922 la Corte Suprema de Justicia le llamó a juicio, le suspendió en el cargo de diputado y ordenó su arresto al jefe de la Policía. Al final salió librado de lo que a todas luces era una persecución política. Las escaramuzas con Porras fueron los primeros de muchos enfrentamientos con el poder ejecutivo que hizo don Pancho desde la oposición, siempre buscando limitar el ejercicio excesivo del poder personal que caracterizó las presidencias de esa época. Tuvo don Pancho el privilegio de una educación de primera clase pero los años en la Asamblea fueron su verdadera escuela en el liberalismo. Entre sus tutores políticos su biógrafo cita a Carlos A. Mendoza de quien, según Salamín, fue heredero político, Francisco Filós y Manuel Patiño, entre otros.

En opinión de Turner:

Fue Arias Paredes un liberal moderno en el sentido científico completo de esta expresión. Iniciado en el liberalismo histórico con los Díaz, Mendoza, Morales, Arosemena, Filós, Patiño, Valdés, Mata, Pinel, Acevedo, Urriola, Tejada… fue a la política por designio patriótico y no por medro personal (Turner, 1946).

En 1924 ganó la Presidencia Rodolfo Chiari, quien era el candidato favorecido por el doctor Porras (Pizzurno, 1946, p. 143). El gobierno de Chiari enfrentó, entre otras crisis, el Movimiento Inquilinario de 1925, solicitando la intervención armada del ejército estadounidense.

Este movimiento se rebeló contra la élite rentista y dio inicio a las reivindicaciones populares en el país. Una nueva clase trabajadora urbana surgía y reclamaba cuotas de participación y poder a la clase dominante panameña. Ya desde entonces don Pancho abrazaba las ideas progresistas que incluían a este nuevo estrato social en sus programas políticos. Su vocación de servicio público había encontrado objeto.

En 1925 un informe de John Glover South, ministro de Estados Unidos en Panamá, describió con devastadora precisión a los políticos y a los partidos panameños de esa época como faltos de principios programáticos: “los mismos (partidos) al igual que sus adherentes se dividían o unían con base en las relaciones de tipo personal”. Según el diplomático, “el objetivo era únicamente despojar al contrincante y ocupar la Presidencia” (ibíd., p. 165).

Un ejemplo del parasitismo estatal y partidista fue la retención del 5 % de todos los salarios de los empleados públicos como contribución directa a las arcas del partido político en el poder, práctica establecida por Porras en su segunda administración. Eran ya obvios para el diplomático estadounidense las desavenencias dentro del dominante Partido Liberal, entre los seguidores de Chiari y los de Porras. Las mismas obedecían a intereses personales y económicos, y no a razones de tipo ideológico o doctrinal.

Este escenario complejo es la antesala que precede las actuaciones políticas tan determinantes de don Pancho dentro del posterior cisma del Partido Liberal, donde sus ideas progresistas no encontraron cabida. En 1927 y 1928 don Pancho viajó a Alemania, nombrado por el presidente Chiari como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Panamá ante el gobierno presidido por Friederich Ebert. Esta experiencia lo expuso a las grandes ideas que transformaron el pensamiento democrático internacional en el contexto de una Europa cuyas estructuras de poder habían cambiado al finalizar la Primera Guerra Mundial, y frente a la revolución bolchevique de 1917 que estableció un régimen comunista totalitario en Rusia.

Las corrientes socialistas encontraban expresión en las constituciones democráticas que creaban “Estados de bienestar”, donde se preservaban derechos fundamentales sobre propiedad, libertad y quehacer económico privado, al tiempo que el Estado daba garantías sociales como salud y educación, y reconocía derechos de trabajadores y mujeres. La Constitución de Weimar de 1919, que estableció la nueva república alemana, fue un moderno ejemplo de esas nuevas ideas.

Para don Pancho, estos nuevos conceptos fundacionales se convirtieron en su fuente de inspiración para el cambio necesario en el país. Narra Turner que de regreso a Panamá, y desde los balcones del hotel Internacional, “le predicó al pueblo panameño un nuevo evangelio político”, basado en principios, gesto inédito frente a caudillismos personalistas y clientelismo que imperaban en el panorama político.

La adultez política: el arte de saber perder

La primera aspiración a la candidatura presidencial de don Pancho se dio de cara a las elecciones de 1928, cuando tenía entonces 41 años. Dentro del grupo de los liberales chiaristas otros dos copartidarios, Guillermo Andreve y el general Quintero Villarreal, aspiraban a la candidatura; mientras que el presidente Chiari prefería a su propio candidato, fuera de estos tres. El 28 de diciembre de 1927 estos aspirantes se reunieron con el fin de llegar a un acuerdo para no escindir el partido (Pizzurno & Araúz, 1996).

Afirma Turner que “el Partido Liberal no estaba maduro, sin embargo, para reformas fundamentales, y su rector máximo escogió para que lo sucediera en la primera magistratura de la nación, al ingeniero Florencio H. Arosemena” (Turner, 1962). Don Pancho traía sangre e ideas nuevas a la familia liberal y predeciblemente sería independiente ante Chiari, quien escogió como sucesor justo lo contrario: un distinguido ingeniero sin vocación ni trayectoria política quien permitió a Chiari seguir dominando las decisiones de gobierno tras bastidores. Arosemena fue elegido como presidente en agosto de 1928, sin participación activa de la oposición.

En los veintisiete meses que duraría su mandato la confusión política fue la norma, se concentró el ingeniero Arosemena en realizar obras de infraestructura, mientras que temas como la corrupción estatal de vieja data lo superaban. Una oposición exacerbada a su gestión encontró voz en el diario El Panamá América y en el periódico de Acción Comunal, un grupo cívico político fundado en 1923 durante la administración de Porras, por jóvenes profesionales provenientes de diversos estratos sociales, basado en normas cívicas e ideales patrióticos, críticos del poder oligárquico y personalista que había controlado el país desde el nacimiento de la república.

Don Pancho comulgaba con sus ideas, sin ser parte del movimiento, pero “contribuyó con su apoyo financiero a la edición del periódico que combatía duramente los gobiernos de Rodolfo Chiari y de Florencio Harmodio Arosemena” (Conte Porras, 2003). Sobreviene la crisis económica mundial de 1929, tras la caída de la bolsa de Nueva York, a la cual no puede escapar Panamá agravándose en agosto de 1930 y poniendo en peligro la situación gubernamental. Las condiciones estaban dadas para prender un polvorín de insatisfacción política y social en la que don Pancho jugaría un papel significativo.

“En estas circunstancias en el mes de octubre se fundó la Junta Patriótica Nacional en casa de Domingo Díaz; inicialmente su directorio estuvo integrado por seis liberales y cinco conservadores, a saber: Domingo Díaz, Samuel Lewis, Juan A. Jiménez, Jeptha B. Duncan, Enrique A. Jiménez Brin, Francisco Arias Paredes, Julio J. Fábrega, Gregorio Miró, Luis E. Alfaro, Anastasio Ruiz y Víctor Florencio Goytía” (Pizzurno & Araúz, 1996, p. 186). Este último fue uno de los dirigentes de Acción Comunal junto a los hermanos Harmodio y Arnulfo Arias Madrid, entre otros notables.

La Junta decidió apoyar a Acción Comunal en su decisión de derrocar al presidente Arosemena a través de una acción armada. Don Pancho y Goytía tuvieron un rol activo al encargar armas a Nueva York para el levantamiento, aunque estas no llegaron a tiempo (ibíd., p. 189). En la víspera de la fecha escogida para el golpe, el 1 de enero de 1931, Harmodio Arias y don Pancho aconsejaron a Goytía posponer la acción. Los conjurados decidieron proceder con la acción armada, se tomaron la Presidencia y los cuarteles de policía, teniendo éxito al costo de ocho policías y un conspirador que perdieron la vida y obligaron a Arosemena a renunciar el 2 de enero.

Harmodio Arias asumió temporalmente el poder ejecutivo hasta el 16 del mismo mes, cuando Ricardo J. Alfaro tomó posesión del cargo juramentado ante la Corte Suprema de Justicia (ibíd., p. 193). Lastimosamente, se sentó así “un precedente nefasto en nuestra vida republicana, porque a partir de entonces la Constitución nacional se manipuló para justificar los golpes de Estado” (ibíd., p. 195), como atinadamente reflexionan Pizzurno y Araúz. En el primer gabinete de transición, Harmodio Arias nombró a don Pancho como secretario de Relaciones Exteriores.

En la administración de Ricardo J. Alfaro lo nombraron secretario de Gobierno y Justicia y como tal, adquirió don Pancho los tres primeros aviones del servicio aéreo nacional y organizó el correo aéreo, por lo que es considerado uno de los “inmortales de la aviación panameña” (El Panamá América, 2006). Le gustaba viajar y tenía conexiones familiares y comerciales en varias capitales de América y viajaba frecuentemente en avión a Nueva York, San Francisco, La Habana, Los Ángeles, ciudad de México, Caracas, Bogotá, Lima y las capitales centroamericanas (Ventocilla, 1955).

Al igual que con los automóviles, favorecía los últimos adelantos tecnológicos que significaran rapidez y movimiento. La unidad de Acción Comunal se desmoronó casi enseguida de cara a las elecciones de 1932, por las aspiraciones de sus miembros, la falta de ideología y de un programa de gobierno. Se dividió el grupo en facciones lideradas por Harmodio Arias y Víctor Florencio Goytía.

El legado inmediato de este movimiento fue la división del Partido Liberal. El grupo de liberales que participó en deponer a Arosemena y que pertenecían al nuevo orden formaron los llamados “liberales de la administración”, mientras que Rodolfo Chiari se quedó con el control del tronco original del liberalismo, el Partido Liberal Nacional. Acto seguido el nuevo grupo, encabezado por Domingo Díaz Arosemena, Enrique A. Jiménez Brin y don Pancho, constituyeron el Partido Liberal Doctrinario.

El propio presidente Alfaro se inscribió en el nuevo Partido Liberal, “pero, a decir verdad, durante toda la campaña electoral y en los propios comicios mantuvo una actitud imparcial digna de elogio” (ibíd., p. 199). De hecho, Alfaro organizó y presidió en 1932 las primeras elecciones presidenciales limpias en la historia de la república. Con 46 años, por segunda vez aspiró don Pancho a la candidatura presidencial. Tras su figura se unió la facción de los jóvenes de Acción Comunal que seguían a Goytía. No logró, sin embargo, obtener el apoyo de Domingo Díaz, quien postuló a Harmodio Arias. Fundó entonces el Partido Liberal Renovador para lanzar su propia candidatura presidencial, fraccionando más aún a los liberales.

¿Hizo don Pancho lo mismo que tanto adversó en Porras y otros políticos tradicionales? ¿Personalizó el esfuerzo partidario para imponer su criterio e intereses? Ricardo Pardo, uno de sus copartidarios escribió que don Pancho “no tuvo otra alternativa que organizar sus fuerzas y fundar el Partido Liberal Renovador a fin de contrarrestar el esfuerzo mancomunado de los nuevos detentadores del poder” (Pardo, 1967).

Se necesitaba un nuevo Partido Liberal, con marcado acento de izquierda. Don Pancho sostuvo que le acompañaban bajo la bandera de su nuevo partido “los mejores elementos del Partido Liberal y de Acción Comunal”. En una de esas ironías inusitadas que suceden en la política, Rodolfo Chiari con su Partido Liberal Nacional, apoyó la candidatura de don Pancho, retirando a su candidato, Augusto Samuel Boyd, tres meses antes de la elección, hecho duramente criticado y denunciado por Harmodio Arias en El Panamá América (2000).

Ricardo J. Alfaro guardó neutralidad en la contienda electoral y el 5 de junio de 1932 se celebraron las elecciones presidenciales en un ambiente de orden y, por primera vez en la historia republicana, sin solicitudes de intervención a Estados Unidos. Valdés Escoffery señaló: “Es imprescindible reconocer la incesante labor imparcial que desarrolló el presidente Ricardo J. Alfaro para poder garantizar la neutralidad de las fuerzas del Gobierno en un torneo electoral presidencial, rompiendo por primera vez, aunque temporalmente, con una vieja y nefasta tradición de la política panameña” (Valdés, 2006).

Harmodio Arias, quien se presentó como “el candidato de los pobres” y “el cholito de Río Grande”, venció en los comicios por más de diez mil votos sobre la papeleta de Francisco Arias Paredes. Una vez conocidos los resultados, don Pancho legitimó el resultado de las mismas, reconociendo la labor del presidente Alfaro y sus resultados, en un gesto sin precedente entre los políticos nacionales, “gesto que le valió el apodo de ‘el caballero de la política’ por el que se le conoció desde entonces” (Pizzurno & Araúz, 1996, p. 200). Fue el primer candidato que no gritaba: “¡fraude!”, después de perder una elección. Lo hizo publicando en los diarios la siguiente misiva dirigida al presidente electo:

Panamá, 7 de junio de 1932 Sr. Dr. Harmodio Arias Ciudad

Estimado amigo: El pueblo panameño al concurrir a los comicios le ha discernido a Ud. el alto honor de escogerlo para ejercer la Presidencia de la República en el próximo periodo constitucional. Yo lo felicito de manera efusiva y hago votos fervientes porque tenga Ud. el mayor acierto en la dirección suprema de los intereses nacionales, para propio prestigio suyo y para bien de nuestra patria.

Soy afectísimo amigo y seguro servidor. (Fdo.) Francisco Arias Paredes (Homenaje…, 1955).

La pronta respuesta de Harmodio Arias fue la siguiente:

Panamá, junio 8 de 1932 Señor don Francisco Arias Paredes Ciudad

Estimado amigo: Me ha sido muy placentero leer en los periódicos de hoy, los generosos conceptos contenidos en su carta para mí de fecha 7 de los corrientes. Le agradezco altamente sus felicitaciones y los buenos deseos que expresa de que tenga yo el mayor acierto en la dirección suprema de los intereses nacionales, para bien de nuestra patria. Permítame aprovechar esta ocasión para felicitarlo a usted también muy cordialmente por el gesto hidalgo que ha puesto de manifiesto al escribirme la carta a que vengo refiriéndome y que, le aseguro, yo sé apreciar en todo su valor.

Su amigo afectísimo y seguro servidor. Harmodio Arias (ibíd., p. 144).

Una anécdota puso a don Pancho con algunos de sus más cercanos copartidarios, días después, en una visita de cortesía al nuevo presidente en el Palacio de las Garzas. Antes de retirarse Harmodio Arias les ofreció brindar con una copa de champán, lo cual don Pancho declinó con sus habituales finas maneras.

Saliendo de la Presidencia le dijo a sus acompañantes: “Nosotros no hemos venido a celebrar nada, hemos venido a desear buen éxito al nuevo presidente, porque un buen gobierno es lo que necesita el país” (Ventocilla, 1955, p 18). Coinciden diversas fuentes en que ese fue siempre su lema: un gobierno al servicio del pueblo, no un pueblo al servicio del gobierno. No fue una sola acción la que generó la popularidad de la frase por lo que la historia le conoce. Don Pancho parecía ser la encarnación de ese viejo refrán castellano: “buen porte y buenos modales abren puertas principales”.

Si bien muchos recuerdan que fue Harmodio Arias quien acuñó la frase “el caballero de la política” para referirse a don Pancho, después de su inédita y galana aceptación del resultado electoral, el apodo se popularizó enseguida por los atributos personales que fácilmente el pueblo le reconoció: maneras, elegancia y sencillez. “En la ciudad vestía impecable traje blanco con fino sombrero Panamá”, relata uno de sus biógrafos:

Lucía siempre un clavel rojo en la solapa, lo que luego se convirtió en el símbolo de la devoción que le guardaban partidarios y amigos. Su casa, levantada en una colina, era hospitalaria y acogedora y los viajeros cosmopolitas y las grandes figuras mundiales, entraban al calor de su hogar en contacto con las más genuinas y nobles tradiciones panameñas (ibíd., p. 19).

Fue un “caballero” en toda ocasión y frente a toda clase de gente: compartió con obreros o con encumbrados dignatarios locales o extranjeros. Múltiples anécdotas dan cuenta de su sencillez en el campo, donde igual disfrutaba de una humilde hamaca después de una jornada a caballo y compartía la comida campesina con la misma natural buena disposición, al igual que en las jornadas políticas donde le tocaba compartir con las personas más humildes. Fuentes académicas y vernáculas coinciden en el atractivo de su personalidad, sus modales impecables, su elegante apariencia y su gusto por lo innovador y los adelantos tecnológicos.

El historiador estadounidense Michael Conniff toma nota del estilo personal de don Pancho cuando señala que:

Don Pancho, uno de los ganaderos más ricos de Panamá, fue conocido como el caballero de la política a causa de sus caros vestidos y automóviles, pero era un efectivo orador y sabía cómo llegarle a los grupos de izquierda, a pesar del hecho de que la embajada estadounidense lo consideraba como pro-estadounidense (Conniff, 1996).

Si bien señala esa cualidad de don Pancho de congeniar con grupos antagónicos, Conniff le encasilla en la apariencia externa y olvida el fondo sustancial de su referida “caballerosidad”. Pero esa cualidad no pudo ser solo superficial si le granjeó la simpatía de gente tan diversas:

A pesar de no tener las dotes de orador de Pablo Arosemena o el carisma extraño de Arnulfo Arias Madrid —escribe Jaén Suárez— Francisco Arias Paredes, gracias a un temperamento especial, demostró ser un idealista adornado de muy buenas maneras y tener una personalidad atractiva que fue poco a poco ganándose simpatías entre sus copartidarios y hasta sus adversarios y ante la masa electoral (Suárez, 2003, p. 171).

En todo ese quehacer político, no se puede perder de vista, que don Pancho fue miembro de la élite comercial y económica del país y que continuó manejando sus negocios y sacando el mejor provecho económico. Bajo el gobierno de Harmodio Arias “se crean las condiciones concretas para el impulso del esfuerzo productivo interno” (Beluche y Quintero, 2008). Primero, a través de la protección arancelaria y la regulación de los derechos de importación en 1934, promovió el desarrollo del sector productivo nacional tanto industrial como agropecuario.

Luego, a través del Tratado Arias– Roosevelt de 1936, conocido también como el “tratado de la carne y la cerveza”, don Pancho impulsó las actividades industriales y agroindustriales logrando que sus empresas ofrecieran sus servicios al mercado de la Zona del Canal, beneficiándose considerablemente al obtener el monopolio de comercialización de carne fresca en esa zona y en Panamá.

Si algo caracterizó a don Pancho y sus pares en esa década de 1930 fue la estrecha relación que tenían entre sí, a pesar de los devenires y enfrentamientos políticos. La producción agroindustrial del país estuvo casi toda en manos de esta élite. Citan Pizzurno y Arauz el reporte que envió a Washington el encargado de negocios de Estados Unidos en Panamá en 1930, Benjamín Muse, acerca de un grupo de la élite autodenominados “Los Tigres”. Este “rígido y exclusivo club estaba integrado por doce miembros, conocidos como el Gabinete del Club Unión y quienes representaban los más poderosos intereses de Panamá en el campo de la política, de las finanzas y del ámbito social. Los llamados tigres eran: Carlos L. López, Juan Demóstenes Arosemena, Archibaldo Boyd, el coronel Ricardo Arango, Eduardo Chiari, Raúl Espinosa, Francisco Arias, Mario Galindo, Juan J. Méndez, el coronel Carlos de Diego, Enrique A. Jiménez y Ernesto Boyd” (Pizzurno & Araúz, 1996, p. 185). Sin embargo, para su crédito intelectual, don Pancho no sirvió exclusivamente a los intereses de la élite económica.

La madurez política: el arte de perseverar Desde el momento de su fundación en 1932, don Pancho al frente del Partido Liberal Renovador, “luchó contra todos los regímenes imperantes y a favor de programas progresistas” dice Turner (1962). Afirma Conte Porras que el partido de don Pancho “aglutinó en sus filas a los denominados ‘grupos progresistas’” (Conte Porras, 2003). Cuenta uno de sus copartidarios: “La denominación que él mismo escogiera para el partido político que fundara de Liberal Renovador es manifestación evidente de lo que dejamos expuesto. Él pensaba como el poeta italiano: renovarse o morir” (Sinclair, 1963). Posteriormente se le suprimiría el “Liberal” y sería conocido solo como Partido Renovador, para dar cabida en sus filas a socialistas que no se identificaban con el liberalismo. El partido se convirtió en el espacio donde no había temor de presentar ideas de avanzada, cónsonas con la realidad nacional y basadas en la justicia social. Sus programas recogieron estas ideas aportadas por la clase obrera y los grupos feministas, entre otros. Su ideario postulaba una democracia progresista y “abogaba por un liberalismo renovado, acorde con las transformaciones de los tiempos modernos y de la evolución progresiva de la humanidad” (ibíd.). No en vano dice de él Jaén Suárez: “Fue, contrario a lo que hubiera podido esperarse de un gran burgués de la capital y hacendado importante, un político más cercano a las izquierdas que le profesaron devoción hasta decenios después de su muerte” (Suárez, 2003, p. 170). Con don Pancho militaron una miríada de personajes provenientes de distintos estratos tales como Domingo H. Turner, Víctor Florencio Goytía, Carlos Sucre Calvo, Julio Arjona, Eduardo Morgan, Harmodio y Florencio Arosemena Forte, José Daniel Crespo, Ernesto de la Guardia Jr., Carlos Ernesto Mendoza, Felipe Juan Escobar, J. J. Vallarino, José Guillermo Batalla, Francisco A. Filós, los hermanos Manuel y Alfredo Patiño, Efraín Tejada Urriola, Dámaso Botello, José Navas, Didacio Silvera, Ernesto Zubieta, Rogelio Robles, Homero Ayala, Roberto Clement, Ramón Gamboa, José Domingo Soto, Mayor Alfredo Alemán, Mario Cal, Víctor Navas, Ernesto Nicolau, Eric Delvalle, Juan R. Morales, José Dominador Bazán, Jorge Ramírez Duque, Alejandro Caballero, Rosendo Rosas, Félix Oller, Antonio José Sucre, Alfredo L. Sinclair, Rodolfo Aguilera, Mauricio Díaz Garcés, Ceferino Maceo, Julio Zachrisson, Francisco Bravo, Julio E. Clement, Ricardo A. Pardo y otros ciudadanos (Pardo, 1978). En esa época se caracterizó don Pancho “por ser un tribuno sin paralelo, que tenía la facultad de enardecer a las masas con sus intervenciones públicas” (Conte Porras, 2003). Dedicó el partido a pulir su programa ideológico. Sus diputados en la Asamblea Nacional comenzaron a proponer cambios legislativos que incluyeron reformas sociales, entre ellas un proyecto de ley para otorgar derechos políticos a la mujer panameña, que fue rechazado por la mayoría parlamentaria. Sus copartidarios han dejado anécdotas que retratan como don Pancho, en su rol de jefe del partido, manejó el mismo con equidad. Entre ellos, Sinclair, quien relató detalladamente la negativa rotunda de don Pancho cuando un contingente de jóvenes renovadores le propuso que postulara a su hijo Dicky (Ricardo) para candidato a diputado y a Nene (Manuel) para candidato a concejal (Sinclair, 1963). De cara a las elecciones presidenciales de 1936, el presidente Harmodio Arias, decidió no apoyar a ninguno de los candidatos liberales con aspiraciones presidenciales: Domingo Díaz Arosemena, Enrique A. Jiménez Brin y menos aún a don Pancho. Inclusive ofreció la candidatura a Octavio Méndez Pereira quien con ese propósito fundó otro partido, dividiendo más aún a los liberales: el Partido Liberal Progresista. El presidente Arias al final postuló a Juan Demóstenes Arosemena, miembro de su gabinete bajo la bandera de su partido el Nacional Revolucionario. Como muestra de la inmadurez política del sistema, proliferaron los partidos políticos durante esa coyuntura, incluyendo al nuevo Partido Liberal Demócrata de Enrique A. Jiménez Brin. Al final, don Pancho cedió sus aspiraciones y apoyó la candidatura de Domingo Díaz uniéndose al Frente Popular, una coalición que aglutinaba seis partidos: el Socialista, el Liberal Doctrinario, el Doctrinario Demócrata o Liberal Demócrata, el Liberal Renovador y Acción Comunal. Por su parte, el doctor Belisario Porras se lanzó al ruedo electoral con el Partido Liberal Unido. En defensa de la imparcialidad del proceso electoral, combatió don Pancho al gobierno de Harmodio Arias, quien marcadamente favorecía al candidato amparado por la bandera de su partido. Las elecciones se celebraron el 7 de junio de 1936 y cuando el Jurado Nacional de Elecciones hizo el escrutinio de los votos, reconoció el triunfo de Domingo Díaz. Sin embargo, Harmodio Arias removió a Rogelio Navarro como miembro del jurado, fundamentando su acción en que estaba legalmente impedido para actuar por haber celebrado contratos con el Gobierno. El jurado, nuevamente conformado por el presidente Harmodio Arias, proclamó a Juan Demóstenes Arosemena presidente electo un mes después. Dice Valdés Escoffery:

Se presenta, por primera vez, la insólita situación de que el mismo Jurado Nacional de Elecciones, pero integrado con dos directivas diferentes, una pro Gobierno y otra pro oposición, hace proclamaciones presidenciales a dos candidatos distintos en un mismo proceso electoral (Valdés, 2006, p. 124).

Sobrevino una crisis y varios miembros del gabinete gubernamental y Ricardo J. Alfaro, ministro de Panamá en Washington, renunciaron ante la actuación del Gobierno. En medio de un ambiente de intranquilidad, los partidos de oposición llamaron a una huelga general. El Gobierno se dio a la tarea de ordenar arrestos por actividades subversivas que involucraron a don Pancho, quien primero se refugió en la Zona del Canal, en el hoy desaparecido hotel Tívoli, y luego viajó a Costa Rica en compañía de su copartidario, Carlos Sucre. Días antes se había dado un intercambio de disparos en La Chorrera entre la Policía Nacional y un pequeño grupo armado dirigido por Félix Oller, uno de los hombres de confianza de don Pancho en el Partido Liberal Renovador. Posteriormente, durante su autoexilio en Costa Rica, don Pancho fue acusado de adquirir dos aeroplanos con el propósito de transportar armas y explosivos a Panamá. Con la excusa de una posible revolución armada, Arnulfo Arias Madrid y el Partido Nacional Revolucionario organizaron supuestas milicias civiles que sirvieron como tropas de choque. Arias Madrid actuó en el nuevo gobierno como ministro de Panamá ante Francia y Gran Bretaña. Después de su experiencia presidencial, Harmodio Arias se retiró a la esfera privada, a ejercer el derecho y el periodismo. Don Pancho y don Domingo Díaz, quien se había autoexiliado con su familia en California, regresaron un año después al país produciendo cierta inseguridad política. A pesar de rumores constantes sobre revueltas y derrocamientos, Arosemena ejerció su administración hasta que la muerte le sorprendió en 1939, sucediéndole el primer designado, Augusto Samuel Boyd. Le tocaría a este presidir los comicios de 1940, para los cuales el partido del Gobierno, el Nacional Revolucionario, postuló a Arnulfo Arias Madrid, quien contaba además con el apoyo de la coalición nacional formada por los partidos Conservador, Liberal Nacional, Liberal Demócrata y Liberal Unido. El otro candidato presidencial sería Ricardo J. Alfaro, candidato respaldado por los partidos Liberal Doctrinario, Socialista y Liberal Renovador bajo el paraguas del Frente Popular. Don Pancho cedió nuevamente su aspiración presidencial por Alfaro cuya trayectoria de probidad, apego a las leyes y estatura moral hacía contrapeso efectivo a la peligrosa corriente que representaba Arnulfo Arias. Al respecto Alfaro afirmó en La Tribuna Liberal al llegar al país en enero de 1940:

Vengo a hacer un llamado solemne a todos los ciudadanos que, después de meditar sobre todos los peligros de la actual situación, quieran unir esfuerzos para poner la patria a cubierto de esos peligros… y seguir luchando por ellos ante la amenaza de que se entronice una política arbitraria, personalista, totalitaria y oligárquica (Gasteazoro, 1981).

Desde el momento de la llegada de Arnulfo Arias Madrid a Panamá para su campaña presidencial, comenzaron a darse irregularidades, atropellos y violaciones a los derechos políticos fundamentales de los miembros de los partidos de oposición. El 20 de mayo de 1940, después de reunirse con el presidente Boyd para presentar sus preocupaciones, Alfaro envió un memorándum de catorce puntos que debían ser corregidos para garantizar la pureza de las elecciones al secretario de Gobierno y Justicia, Leopoldo Arosemena, quien, para efectos prácticos, hizo caso omiso. Los historiadores Pizzurno y Araúz dan cuenta de un movimiento armado en el que, al igual que en 1936, se vio involucrado don Pancho. El 25 de mayo la Policía Nacional descubrió un plan subversivo armado y se ordenó el arresto de algunos dirigentes del Frente Popular, varios de los cuales se refugiaron en la Zona del Canal. Los estadounidenses reportaron estar seguros de que Pancho Arias y sus seguidores planeaban un movimiento revolucionario. Don Pancho fue arrestado y en la zona se interceptaron dos embarques de armas. El 2 de junio el Frente Popular decidió retirarse de las elecciones en base a la falta de garantías:

Alfaro por su parte, en un manifiesto que publicó en el Extra Prensa Libre, negó enfáticamente desde Ancón que el Frente Popular hubiera organizado un movimiento subversivo. Denunció que el gobierno de Augusto Samuel Boyd estaba totalmente parcializado, para lo cual había perseguido a sus copartidarios y utilizado indebidamente los dineros del Tesoro (Pizzurno & Araúz, 1996, p. 274).

El 5 de junio la corte le fijó a don Pancho una fianza de ochocientos balboas por dejarlo en libertad y ese mismo día salió de la cárcel. “Por su parte la Policía continuó investigando el alcance de la sublevación cuyo jefe máximo era al parecer Domingo Díaz” (ibíd., p. 275). El saldo de la acción represiva fue más de dos mil presos políticos y trescientos refugiados en la Zona del Canal.

Como candidato único Arnulfo Arias Madrid ganó las elecciones y su presidencia fue una época de intranquilidad nacional. El Gobierno denunció intentos de ataques y ordenó arrestar a don Pancho Arias, implicando también a Félix Oller, Domingo H. Turner, Max Arosemena y a otros varios (ibíd., p. 277). En los primeros meses de su administración Arias Madrid se concentró en la reforma constitucional que causó intensas polémicas entre todas las fuerzas del país e inclusive con su hermano Harmodio, quien a través de las páginas de su periódico, se convirtió en antagonista de la nueva administración. Don Pancho Arias, aún cuando aspiraba a reemplazar la desfasada Constitución de 1904, se opuso con toda la fuerza del Partido Liberal Renovador a la propuesta constitucional de Arias Madrid al excluir de la corporación legislativa a todos los grupos de oposición. Arias Madrid logró aprobar a través de un plebiscito nacional su Constitución, que si bien era socialmente progresista, también era de corte fascista, racista y excluyente. Su tiempo en el Gobierno, sin embargo, fue muy corto. Había hecho enemigos a lo interno y a lo externo, gracias a sus simpatías y posturas pro países del Eje. Estados Unidos había comenzado a cuestionar su apoyo a la defensa del Canal. La insatisfacción cuajó en el mes de octubre cuando aprovechando un viaje que realizó a Cuba sin pedir la autorización protocolar, su propio gabinete le dio un golpe de Estado, asumiendo el poder su premier, Ricardo Adolfo de la Guardia. Otro elemento decisivo para que De la Guardia actuara fue la información de que había otro movimiento armado en ciernes. Los historiadores dan cuenta de que nuevamente estaría don Pancho involucrado:

Por otra parte, Víctor F. Goytía sabía de la existencia de planes para derrocar a Arias en los que estaban involucrados Francisco Arias P., José Isaac Fábrega y Manuel Pino, ex comandante de la Policía Nacional, a quien el presidente había reemplazado por el coronel guatemalteco Gómez Ayau (ibíd., p. 283).

A pesar de que don Pancho apoyó la administración de De la Guardia, y de que este incluyó miembros del Partido Liberal Renovador en su gabinete, don Pancho resultaba ser la piedra en el zapato del gobernante que quiso excederse en el ejercicio del poder. Así, De la Guardia lo tenía identificado como un foco de inestabilidad política, afirmando que don Pancho “está siempre dispuesto a conspirar en contra del Gobierno” (ibíd., p. 311).

Y es que sus propósitos estaban con el movimiento que aspiraba a reformar la Constitución de 1941 y que De la Guardia quería preservar. De la Guardia alargó su administración todo lo que pudo y dilató tomar una decisión, hasta que la Asamblea le obligó a ello en diciembre de 1944: o convocaba una Constituyente o la Asamblea elegiría un designado que le reemplazaría.

Tras un acuerdo con los dirigentes de los partidos políticos a través del denominado Comité de Coordinación Política, del que don Pancho era parte, De la Guardia hizo la convocatoria, suspendiendo las garantías constitucionales el 29 de diciembre y aceptando la renuncia del gabinete. Se formó una junta de gobierno provisional integrada por Ricardo Adolfo de la Guardia, Francisco Arias Paredes y Domingo Díaz. Se derogó la Constitución de 1941, se disolvió la Asamblea y se convocó una Asamblea Constituyente para el mes de mayo.

Don Pancho y el Partido Liberal Renovador, que acuerpaba socialistas, mujeres, minorías raciales, obreros, empresarios y otros, tenían listo el programa que deseaban ver contenido en esta nueva Constitución. Uno de los militantes del Partido Liberal Renovador, Víctor Juliao, narra:

El malestar político que se agravaba en todo el país, los problemas económicos, un gobierno de facto, y la presión que ejercían estudiantes, profesores y el pueblo en general, forzaron a Ricardo Adolfo de la Guardia a convocar elecciones para elegir una Asamblea Constituyente en mayo de 1945. Para ello nombró gobernadores a distinguidos ciudadanos apolíticos a los cuales revistió con poderes especiales para un mejor ejercicio de su cargo; pero convencido de que era un hombre impopular, mantenido en el poder por el Gobierno de Washington y la Policía Nacional, dispuso crear una especie de diputados nacionales que en opinión de muchos ciudadanos tendría como propósito asegurarse, de que por lo menos estos que eran sus amigos, podrían defenderlo en la Asamblea. Estos fueron Abilio Bellido, Diógenes De la Rosa, Luis E. García de Paredes, Jacinto López y León, José Isaac Fábrega y Esther Neira de Calvo.

Prosigue Juliao:

La campaña fue muy intensa entre los tres partidos: Liberal Renovador, cuyo jefe era don Francisco Arias Paredes, Liberal Doctrinario de don Domingo Díaz Arosemena y Liberal Demócrata de don Enrique Jiménez. Yo luché por la causa de don Francisco Arias Paredes, y con él recorrí prácticamente todo el país haciendo campaña para atraer votos. El día de las elecciones fue memorable para don Pancho, pues obtuvo una gran mayoría de votos que lo convirtieron en el ganador. Este triunfo le aseguraba la elección de presidente provisional de la república, pero a don Pancho le interesaban más las elecciones generales que lo harían presidente por el voto popular. Por eso pactó con Enrique Jiménez dándole la presidencia provisional pero olvidando el viejo adagio que dice que aunque el zorro pierda en su pelo siempre le quedan las manchas. En efecto, cuando llegó el momento oportuno, que fue poco antes de la promulgación de la nueva Constitución, Enrique Jiménez logró obtener el número suficiente de diputados para aprobar en tre otros artículos transitorios, el notorio 262 por medio del cual prolongaba su periodo hasta el 1 de octubre de 1948 y los diputados, ni cortos ni perezosos, convirtieron la Asamblea Constituyente en Asamblea Legislativa con igual periodo que el que le habían otorgado al Sr. Jiménez (Juliao, 1987).

Bien dicen algunos historiadores que el apodo de Jiménez era “el Submarino” por su habilidad para torpedear a los opositores y salir a la superficie en el momento justo. La Asamblea Constituyente, formada por 9 delegados nacionales y 43 provinciales, tuvo el buen juicio de aprobar, tras un proceso de exhaustiva discusión, público, transparente y libre, el proyecto de Constitución que a petición presidencial había sido redactado por tres de las más preclaras mentes de la patria: Ricardo J. Alfaro, José Dolores Moscote y Eduardo Chiari. La nueva Carta fundamental fue expedida el 1 de marzo de 1946. Era la Constitución más democrática y representativa de nuestra historia. Los delegados del Partido Liberal Renovador lograron ver su programa en los títulos sobre derechos individuales y sociales, economía, trabajo, igualdad de derechos y deberes ciudadanos para las mujeres —sin las calificaciones discriminadoras de la Constitución de 1941—. Se forjó una alianza entre el liberalismo tradicional, las fuerzas económicas privadas y el capital, con las más progresistas tendencias sociales que diera respuesta a las necesidades del pueblo y le capacitara para producir y progresar. Con ese “Estado de bienestar” se alejaba el peligro del comunismo radical y el fascismo totalitario. Por primera vez en la década de 1940 se respiraba un aire de tranquilidad y confianza en el país, que hacía eco de la paz internacional con el fin de la Segunda Guerra Mundial. Don Pancho puso los ojos en las futuras elecciones de 1948. Su primera tarea fue lograr unir a todas las facciones de la familia liberal. El clima de tranquilidad y la bonanza económica abrieron la puerta a un nuevo entendimiento entre las corrientes liberales. Temístocles Díaz Q., militante del Liberal Doctrinario, relató lo sucedido en el mes de mayo:

cuando en la gran convención del teatro Variedades en 1946, que dio origen al movimiento de Unificación Liberal, en su nuevo estatuto, instrumento que es hoy día la constitución del partido, quedó constituido que el Directorio Nacional estaría compuesto de cinco miembros y se le dio representación en dicho Directorio a cada uno de los cinco partidos liberales que integran la Unificación Liberal, a saber: Liberal Unido (espíritu del Dr. Belisario Porras), Liberal Renovador (de don Francisco Arias Paredes), Liberal Nacional (de don Rodolfo Chiari), Liberal Demócrata (de don Enrique A. Jiménez) y Liberal Doctrinario (de mi padre Domingo Díaz Arosemena), cinco partidos que existían en la república, que generaron sus estatutos legales en aras de los más grandes y nobles principios liberales de igualdad y justicia, buscan conjuntamente un amplio y puro panorama político para la patria (La Estrella de Panamá, 1951).

Don Pancho logró ser elegido presidente del directorio del Partido Liberal Unificado, con Ernesto de la Guardia Jr. y Carlos Ernesto Mendoza como sus suplentes. Dos sueños se cumplieron: el liberalismo estaba nuevamente unido y su candidatura presidencial estaba en ciernes. Se planteó entonces seguir atendiendo sus numerosos y lucrativos negocios, los que ahora confiaba a sus hijos con quienes contaba para manejar sus empresas.

La promesa truncada “No fue don Pancho presidente de la república porque no quiso. Quería ceñirse la banda presidencial apoyado en la voluntad popular. En 1945 le fue fácil alcanzar la primera magistratura de la nación, pero su orgullo, sus sentimientos, su espíritu democrático, su amplitud de miras lo determinaron a propiciar el ascenso a la Presidencia de la República de otro ciudadano” (Pardo, 1966), dijo uno de sus copartidarios refiriéndose a la maniobra que puso a Jiménez Brin en la presidencia de transición. Así las cosas, el triunfo de su candidatura presidencial si hubiese corrido en 1948, a la cabeza de la coalición liberal, se preveía invencible, casi inevitable… cuando la muerte, con cruel cadencia, le sorprendió en Medellín, Colombia, a donde había viajado por negocios a principios del mes de julio de 1946. Una primera y segunda aflicción cardíaca le sorprendieron en el vuelo que lo llevaba a la ciudad antioqueña. “Tuvo coraje suficiente para ordenarle al piloto, en un momento lúcido: ¡Acelere!… Aerografió a continuación, pidiendo un médico en el aeropuerto… De allí fue trasladado a una clínica. Y colocado luego en una cámara de oxígeno” (Homenaje, 1964, p. 142). Estuvo semanas al cuidado de los médicos en el hospital San Vicente de esa ciudad. La mañana del 30 de julio desplegó su característico optimismo, convencido de que se recuperaría, y con talante jovial almorzó con sano apetito. El Panamá América narró lo ocurrido esa tarde:

Don Francisco había entrado en un periodo de franca mejoría según opinión de los médicos y se le había suspendido el tanque de oxígeno. Estando sin el oxígeno le sobrevino un síncope a las 5:10 minutos de la tarde; los médicos trabajaron afanosamente para contener los efectos de este ataque repentino e inesperado, pero fueron inútiles todos los esfuerzos hechos para salvarle, provocándose el desenlace fatal exactamente 20 minutos después de las cinco de la tarde (Meléndez, 1946).

Le acompañaron en ese final su esposa doña Carmen y su hijo Ricardo con su esposa Olga Arias de Arias. Al decir de un diplomático panameño quien se encontraba en Medellín cuando falleció don Pancho, en una crónica especial para La Estrella de Panamá : “Y murió del corazón porque don Pancho, un hombre bueno, generoso como pocos, que se dio por entero a la patria, a su familia, y a sus amigos —siempre notable leal como amigo y hasta con sus adversarios políticos—, sin pensar en que debía guardar un poquito de corazón para sí mismo” (Méndez, 1946). Octavio Méndez Pereira dijo al conocer la noticia de su muerte: “Se ha ido elegantemente como vivió. Murió del corazón. Parecía hecho de carne de este y se le sentía palpitar en su mano cuando la tendía al amigo y aún como enemigo” (Ventocilla, 1955, p. 22).

Comenzó entonces el peregrinaje de regreso a casa que terminaría con decenas de miles de personas acompañándolo al cementerio Amador dos días después, en ese inédito momento de duelo colectivo nacional. Sus restos fueron trasladados esa noche a la residencia de doña Carolina Vázquez, viuda del expresidente colombiano general Pedro Nel Ospina, amiga cercana de la familia Arias, donde fue velado toda la noche y recibió los respetos de numerosos miembros de la élite social y política de esa capital antioqueña.

En el vuelo chárter a Panamá le acompañaron su viuda y otros familiares. Dejaba sin realizar su propio sueño personal y el de muchos li- berales de verle alcanzar la máxima magistratura del país y cumplir al fin la promesa de una democracia progresista en Panamá. No lo había logrado ni por vía de la ley, ni por vía de las sublevaciones armadas.

Dejaba, sin embargo, la esperanza de un liberalismo más incluyente, que no respondiera únicamente a los cacicazgos e intereses de la vieja clase social dominante, sino que fuera espacio de verdadera participación democrática donde sus asociados pudiesen canalizar sus aspiraciones de bienestar. Sin embargo el Partido Liberal Unificado no sobrevivió a los multipartidismos y alianzas de conveniencia que caracterizaron la política nacional en las décadas del cincuenta y sesenta del siglo xx.

Después de su muerte, el Partido Liberal Renovador fue dirigido por Ernesto de la Guardia Jr. y por su hijo Dicky, Ricardo Manuel Arias Espinosa. Narra Pardo que “después de la bochornosa maniobra de la Convención de Chitré de 1948 el aguerrido partido se fue transformando, para desintegrarse en 1953, entrando a formar parte de la Coalición Patriótica Nacional” (Pardo, 1966). Dejaba, además, el legado de la Constitución de 1946, la más moderna, inclusiva y democrática Carta fundamental que había tenido el país hasta ese momento, donde, entre otros muchos adelantos, se elevaban a rango constitucional los derechos sociales con igualdad a los derechos individuales. Es un legado difícil de apreciar en su justa magnitud con la estructura social y jurídica igualitaria del siglo XXi, basada en la doctrina de los derechos humanos, que damos por hecho.

Por último, pero no menos importante, dejaba don Pancho el caudal humano de sus descendientes, que ya suman decenas, hombres y mujeres que siguieron aportando al quehacer nacional público y privado. En cuanto a los derechos de la mujer panameña, don Pancho desde el Partido Liberal Renovador los reconoció y luchó por ellos, siendo legado viviente de esto las primeras mujeres electas según la Constitución al cargo de diputadas. Esther Neira de Calvo, una de ellas, rindió homenaje a don Pancho en la Asamblea Legislativa al día siguiente de su muerte: “Aquí estoy como miembro de esta Augusta Asamblea porque él fue apóstol del credo democrático y como jefe máximo de su partido político proclamó siempre con fe de convencido el reconocimiento de los derechos de la mujer” (Neira, 1946).

En un panegírico sobre don Pancho, en el octavo aniversario de su muerte, Ricardo J. Alfaro reflexionó sobre su credo liberal:

Liberalismo avanzado y humano: tal fue el que profesó Francisco Arias Paredes. No permaneció en el sector de los que proclaman los derechos y libertades del hombre con un sentido pura y netamente individualista, que se traduce con frecuencia en un olvido de los deberes del individuo para con la comunidad, en un desdén egoísta de la fraternidad cristiana, en una indiferencia cruel ante las miserias de los desposeídos y ante las necesidades y los derechos de las clases trabajadoras. Fue liberal en lo filosófico, en lo político y en lo económico y en lo social (Ventocilla, 1955, p. 54).

Con clavel en la solapa…

Como homenaje a su legado, durante años después de su muerte, el 30 de julio se convirtió en día de homenaje a su memoria. En Santa Ana se reunían “los panameños de todas partes, los afortunados y los sin fortuna, para demostrar que aquello que don Pancho logró en vida: la unión de su pueblo para preservar el decoro de la democracia y la dignidad de la justicia, subsiste inalterable” (ibíd., p. 28). Así cientos de panameños peregrinaban los 30 de julio al cementerio Amador luciendo el simbólico clavel rojo sobre la solapa del traje de negocios o sobre la camisa del trabajador. Típico de don Pancho que no fuese una rosa o una orquídea, sino un humilde clavel, la flor de los pobres.

Referencias bibliográficas

Alemán, Alfredo (1982). Mayor Alemán: Memorias, Panamá: Centro de Impresión Educativa del Ministerio de Educación, p. 42.

Beluche, Olmedo y Quintero, Iván (2008). “Los partidos políticos en Panamá durante las décadas de 1930 y 1940”. Universidad de Panamá, p. 3. Investigaciones en línea, recuperado de: http://www.up.ac.pa/ftp/2010/c_investigaciones/catedra8/Beluche_Quintero.pdf

Conniff, Michael (1990). “Panama since 1903”, en The Cambridge History Of Latin America Volume VII Latin America since 1930: México, Central America and the Caribbean. Part Four: Panama. Leslie Bethell (ed.), Cambridge University Press. p. 619.

Conte Porras, Jorge (2003, 3 de agosto). “Crónicas del Istmo. El político Francisco Arias Paredes”, La Prensa, edición digital.

El Panamá América (1946, 1 de agosto). “Desde altos funcionarios hasta humildes personas asistieron al entierro”, primera plana.

El Panamá América (2000, 21 de octubre). “Las elecciones de 1932 y el triunfo de Harmodio Arias”, edición en línea.

El Panamá América (2006, 14 de diciembre) “Recuerdo del natalicio de don Pancho Arias Paredes”, edición digital.

Gasteazoro Rodríguez, Carlos Manuel (1981). “El pensamiento de Ricardo J. Alfaro: estudio introductorio y antología”, Panamá: Biblioteca de la Cultura Panameña, p. 368.

Homenaje a la memoria de don Pancho Arias, caudillo y apóstol de un ideal: unificación y renovación (1954). México: Ediciones Latino América.

Jaén Suárez, Omar (2003). La saga de los Arias en Panamá. Colombia: ImpreLibros S.A., p. 129. Juliao, Víctor N. (1987). “Recuerdos de mi vida”. Panamá: Impresiones K-Lin, p. 61.

La Estrella de Panamá, domingo 4 de marzo de 1951. Meléndez, Guillermo J. (1946, 31 de julio). “El cadáver fue traído a Panamá esta tarde”.

El Panamá América, primera plana. Méndez G., Manuel J. (1946, 3 de agosto). Crónicas de Colombia. “¡Ha muerto don Pancho!”, Panamá: La Estrella de Panamá.

Neira de Calvo, Esther (1946, 3 de agosto). “Francisco Arias Paredes proclamó el reconocimiento de los derechos de la mujer”, Panamá: La Estrella de Panamá. }

Pardo, Ricardo A. (1978, 30 de julio). “Pancho Arias y sus ideas renovadoras”, Panamá: La Estrella de Panamá, p.11.

Pardo, Ricardo A. (1967, 30 de julio). “Pancho Arias: líder inolvidable”, Panamá: La Estrella de Panamá.

Pardo, Ricardo A. (1966, 30 de julio). “Recuerdo de un Caudillo Francisco Arias Paredes sus ideas nobles y sanas”, Panamá: La Estrella de Panamá.

Pizzurno, Patricia & Araúz, Celestino (1996). Estudios sobre el Panamá Republicano (1903-1989), Panamá: Manfer, S.A., 1ª. edición, p. 45.

“Relación verídica del proceso seguido contra el señor Francisco Arias Paredes por los delitos de calumnia e injuria, contra el Presidente de la República” (1922). Panamá: Imprenta Nacional, p. 10.

Salamín Cárdenas, Marcel (2005). Pancho Arias y su época. Ensayo crítico para una biografía patria. Venezuela: Epsilon Libros C.A., p. 70.

Sinclair, Alfredo L. (1963, 30 de julio). “Recordando a Don Pancho Arias, el caballero de la política”, Panamá: La Estrella de Panamá.

Susto, Juan Antonio (1955). Biografía de Don Francisco Arias Paredes, p. 143.

Turner, Domingo H. (1946, agosto). “Don Francisco Arias Paredes”, Revista Lotería, pp.12 y 13.

Turner, Domingo H. (1962, 30 de julio). “Microbiografía de Francisco Arias P.”, Panamá: La Estrella de Panamá.

Valdés Escoffery, Eduardo (2006). “Acontecer electoral panameño”, t. 1.

Ventocilla, Eliodoro (1955, julio). Don Pancho Arias. Departamento de Bellas Artes, Ministerio de Educación, 9vo. Aniversario Homenaje Nacional, semana del 24-30 julio de 1955. Panamá: Imprenta Nacional, p. 20.