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    Griselda López

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Gil Blas Tejeira

by: Griselda López

Perteneció a la vanguardia de los columnistas que aquí se atrevieron, desde hace varias décadas, a pedir una patria territorialmente integrada, y a golpear con la pluma, día a día, sobre esta tesis, como un martillo sobre el yunque, hasta hacer saltar las chispas de la dignidad nacional en el alma del pueblo.

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Magíster en Periodismo con maestría en Docencia Superior y catedrática de la Universidad de Panamá. Ha realizado estudios de periodismo y televisión en Ecuador, México y Japón. Fue Directora Nacional de las Artes del Instituto Nacional de Cultura y asesora en diversos organismos nacionales e internacionales. Fundadora y directora del Canal Once, Radio y Televisión Educativa. Directora y columnista en medios locales e internacionales. Ha recibido varios premios de periodismo y ha sido presidenta del Centro para el Desarrollo de la Mujer (CEDEM). Fue escogida entre las Cien Mujeres del Centenario por la Universidad de Panamá. Entre sus obras se encuentran Piel Adentro, Sueño Recurrente, Género, Comunicación y Sociedad.  
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Gil Blas Tejeira: El caballero Esplandián

Hay hombres ante los que no se puede hablar de muerte. Uno de esos será siempre Gil Blas Tejeira, fabulista insigne, creador en el más puro casticismo, porque su ausencia será imposible.

Ramón H. Jurado

 

Tres acontecimientos importantes marcaron la vida de Gil Blas Tejeira Fernández y signaron con fuerza sus vocaciones fundamentales: la campiña interiorana donde nació y que luego recorrió largamente como maestro rural; el impacto de la construcción del Canal (de la tentativa francesa a la odisea estadounidense), que plasma en su novela Pueblos perdidos; y la caribeña ciudad de Colón, donde fundó su primer periódico, Calle 6. Este recorrido patrio no solo es el eje articulador de su cosmovisión, sino que influyó en sus convicciones ideológicas y políticas, en su compromiso y sensibilidad social y se reflejó en su obra literaria y en sus crónicas periodísticas, ya valiosas por sus propios atributos narrativos y artísticos, que se convirtieron en un legado histórico que nos permite reconstruir momentos fundamentales de nuestro devenir como nación.

Quizá su mayor aporte sea su lucha por recuperar para las futuras generaciones, con todas las herramientas que tuvo a su alcance, los elementos esenciales del proceso de construcción de nuestra idiosincrasia e identidad, aportando el testimonio detallado de la vida cotidiana de los panameños de entonces y el complicado tejido de relaciones sociales que se fue articulando alrededor de la zona de tránsito, esa confluencia de nativos (que desde siempre emigraron del campo a las ciudades terminales), aventureros e inmigrantes de todos los signos, colores y procedencias que llegaron a estas tierras, persiguiendo sueños o ambiciones. Su obra es un encomiable aporte a nuestra historia, porque son muy pocas las que, desde la perspectiva de los panameños, han quedado (por ejemplo, de la segunda mitad del siglo xix, debido a que existen más crónicas de viajeros de paso por el istmo).

Huérfano de mayores oportunidades, buscó el conocimiento por sí mismo, y como autodidacto logró ser fundador, profesor y director de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Panamá; escritor, periodista, diplomático, canciller del Consulado de Panamá en Kingston, Jamaica (1929-1931); embajador de Panamá ante los gobiernos de Costa Rica (1949) y Venezuela (1965-1968), magistrado del Tribunal Electoral, político, tesorero del Ayuntamiento de Colón, diputado de la Asamblea Constituyente que promulgó la Constitución de 1946. Dio prestancia a sus tres profesiones: abogado, periodista y maestro. Durante su actividad parlamentaria se identificó con las luchas nacionalistas y participó en las discusiones del Tratado Filós-Hines (1947), que pretendía ampliar el periodo de ocupación de las bases estadounidenses en nuestro territorio. Fue traductor del francés y el inglés, idiomas que dominó a la perfección, entre otros aspectos de su multifacética personalidad. Secretario Privado de don Ernesto de la Guardia (1957), entonces presidente de la República de Panamá, cargo en el que tuvo la categoría de viceministro. Dos años más tarde fue ascendido a ministro de la Presidencia, durante uno de los periodos más convulsionados de nuestro siglo xx, debido al incremento de las confrontaciones sociales (las protestas estudiantiles de mayo de 1958 que dejaron un saldo de una decena de muertos y centenares de heridos), motivadas por el ascenso notorio del militarismo y la demanda de una educación de mayor cobertura y calidad. Durante este periodo se produjo también el triunfo de la Revolución cubana.

Su amor por el idioma lo llevó a ser miembro de número de la Academia Panameña de la Lengua, miembro correspondiente de las Academias de la Lengua de España y Venezuela, fundador y presidente de la Sociedad Cervantina de Panamá y miembro honorario de la Sociedad Cervantina de Madrid. Esplandián, seudónimo que utilizó en sus crónicas periodísticas, se convirtió en Gil Blas, porque trató por medio de su literatura de deshacer entuertos, fabular mitos, defender verdades, batallar por la cultura y la educación, combatir el neocolonialismo, romper las barreras de la incomprensión y cimentar el sentimiento nacionalista de los panameños “en cuanto al seudónimo de Esplandián, lo adoptamos, porque estamos dispuestos a mantenernos en todos los casos, a la altura de aquel caballero andante grato a la evocación del magro manchego”.

Y así fue Gil Blas Tejeira, cervantino a ultranza, que se mantuvo a la altura de este personaje quijotesco y fue ese caballero agradable, gentil, de buen humor y fina ironía, nacionalista, con una cultura, abrevada directamente de los libros y con una experiencia de vida que tuvo como escenario la campiña interiorana y la vida en las ciudades (Panamá, Caracas, San José, Kingston). El periodista y cuentista Mario Augusto Rodríguez, uno de sus más cercanos amigos y colega en las lides periodísticas, ponderaba que Tejeira realizó una fecunda labor de superación en beneficio de las nuevas generaciones. No solo cuando recogía libros para formar bibliotecas en apartados caseríos campesinos, sino también cuando trabajaba afanosamente en sus lecturas y en sus escritos para llevar sus lecciones a los periódicos o para preparar las charlas que con tan generosa frecuencia ofrecía, siempre con magisterial desprendimiento, a los estudiantes de las escuelas y colegios o de las universidades. Para él, Tejeira fue siempre “un maestro, un gran maestro, en el más noble, amplio y elevado sentido de los términos”. El cuentista expresa que era sustancialmente magisterial en la actividad creadora que desarrolló tanto en numerosos libros de cuentos, relatos y novelas, como en las crónicas que diariamente escribió durante varios decenios. Sus lectores estaban siempre aprendiendo, recibiendo conocimientos y orientaciones, porque sus escritos eran fecundas lecciones cívicas, filosóficas y lingüísticas, señala el autor de Luna en Veraguas.

El profesor Ismael García, quien durante muchos años ejerció la cátedra universitaria y fue reconocido por su rigurosidad intelectual, compartió con él su devoción por el idioma. Mantuvieron siempre una comunión espiritual muy estrecha. Para él, era un periodista ágil, chispeante y ameno; su columna fue dardo acerado contra los malos gobiernos, crítica sostenida contra usos y costumbres indeseables, “lección provechosa sobre el buen uso del idioma español, descripción deleitosa de sitios y tipos de nuestra campiña”. Al recorrer el país como maestro conoció los pueblos sin electricidad, sin hielo, sin barcos de vapor, el Macondo panameño. Fue testigo de los cambios que se producían en los pueblos:

La Chorrera ha evolucionado mucho de entonces acá. Su calle principal es hoy de firme cemento. Hay buenas construcciones y los muebles modernos han substituido, en muchas casas a los viejos taburetes que tanto abundaban antaño. La bombilla eléctrica ha desterrado al humeante farol que antes servía de objetivo a los enjambres de coleópteros que realizaban bombardeos nocturnos en el poblado.

Su amor a la campiña y a las tradiciones penonomeñas lo expresó por medio de sus escritos:

Nada es más bello que el llano después de las primeras semanas de lluvia… Y transcurridos los primeros meses, comienzan las cosechas. Para la celebración de Santa Rosa de Lima, la santa chola, bajan los campesinos llevando a la Iglesia las primicias y diezmos de su cosecha. Coincide la fiesta con el dorar de los arrozales, con el reír de las mazorcas bajo el recato del capullo y con las múltiples hileras de sus dientes, con la madurez de los pixbaes de distintos colores y clases que crecen bajo la protección de infranqueables espinas.

 

Una biblioteca habitada

“Una biblioteca habitada”, así se le llamó a su modesta residencia en el barrio de San Francisco de la Caleta en ciudad de Panamá. En un lugar preferencial de su casa se aprecia un armario con puertas de vidrio, donde coleccionaba las obras completas de Cervantes y diversas ediciones de El Quijote. Sus libros predilectos eran los clásicos grecolatinos, porque eran las“fuentes principales del humanismo”, así como las grandes obras de la poesía y la narrativa latinoamericana. Su manejo del inglés y el francés le permitió abrevar directamente de la mejor literatura francesa e inglesa. Toda esa corriente de cultura la volcaba en sus escritos periodísticos. Era un trabajador infatigable. “Vivir en continuo anhelo de darse a los demás, ya en el pensamiento, ya en las obras, es renovarse a diario”:

Mi barca te está esperando aquí a la orilla del mar… Ven conmigo a navegar, ¡mi barca te está esperando! ¿No escuchas?… ¿Oyes el viento, cómo ruge cadencioso y cómo riza gozoso, el mar con su puro aliento? Oh, mi amada… ¡Cómo siento en mi alma, alegre cantar; algo que anhela volar a decirte, suplicante, que yo te espero anhelante aquí, a la orilla de la mar!

¡Oh, cuán bello en la bahía se retrata el cielo inmenso. Al mirarlo, sólo pienso en tus ojos, vida mía; bellos, claros como el día, por ellos adoro el mar… Quién pudiera naufragar en ese océano de amor… Ven conmigo linda flor, ¡ven conmigo a navegar! Más… ¿qué aguardo?… En vano espero, pues me miras desdeñosa. Tiendo la mirada ansiosa porque se asomó un lucero. El sol su rayo postrero hundió en ocaso y brillando. Están las luces temblando en la noche tenebrosa; y en vano, aunque angustiosa, ¡mi barca te está esperando!

“La Barcarola” fue el primer poema de quien fuera el penúltimo de once hermanos; desde los cinco años de edad quedó huérfano de padre y madre. Hijo del médico empírico Aquilino Tejeira Pezet, cuyo nombre lleva en la actualidad el hospital de Penonomé, fue también prefecto de Coclé (1898-1900) y firmó el acta por la cual el Concejo Municipal de Penonomé se adhirió al movimiento separatista del 3 de noviembre de 1903. Su madre, Concepción Fernández Jaén de Tejeira, ama de casa. Gil Blas nació el 18 de enero de 1901 en el barrio San Antonio, en la casa en donde actualmente está ubicado el Museo de la ciudad de Penonomé, provincia de Coclé, al calor de la cruenta y fratricida guerra de los Mil Días, que asoló y dividió el territorio panameño. Murió el 10 de agosto de 1975. Al momento de su muerte, causada por una embolia cerebral repentina, se encontraba escribiendo “Mirador istmeño”, su última columna en el Panamá América. En 1906 falleció su madre y un año más tarde su padre. Sus hermanos mayores, Eustorgio y Jacobita, asumieron su crianza. Su hermana Jacobita, que era apenas una quinceañera, desempeñó el papel de madre. Gil Blas, que siempre le agradeció su cuidado, le dedicó el siguiente poema al que le llamó “Oración a la hermana madre”:

Más que a rezar contigo, vengo a rezarle a ti, madre y virgen, lo mismo que la del Nazareno, porque antes que tus hijos fueran en tus entrañas, fuiste virgen y madre de tus hermanos huérfanos. Para hacer oraciones que te expresen mi culto, he de buscar las cosas que están en mi recuerdo. La casa de mis padres, sencilla y provinciana, sin patio ni jardines, en la que florecieron las cristianas virtudes que tú nos enseñaste más que con las palabras, con tu sencillo ejemplo.

Desde pequeño fue un gran lector y contó con la complicidad de sus hermanos Alfonso y Filemón. A este último le atribuía tener el ingenio más agudo de la familia. El 21 de septiembre de 1935 contrajo matrimonio con Matilde Jaén Jaramillo, nieta de don Laurencio Jaén Guardia, hija de Manuela Jaramillo Guardia y José Eusebio Jaén Arosemena. Su hija Bertilda nos cuenta que él y su madre se conocían desde niños en Penonomé y se volvieron a encontrar en Colón. Allí, él enseñaba español a los antillanos. Se le declaró después de una procesión de Viernes Santo con esta inusual frase: “¿Señorita, usted alguna vez ha pensado en la posibilidad de casarse conmigo?”.

“Un hombre correctísimo, como ya no se encuentran muchos, muy querido por sus amigos”, así era Gil Blas Tejeira. Fue un buen esposo, un gran padre y un excelente escritor, admitía siempre su esposa Matilde. Eran vecinos, ambos vivían en Penonomé, su lugar de nacimiento, cerca de una tienda propiedad de un primo de él. Se conocieron cuando él tenía 15 años. Desde el principio Gil Blas causó en ella una buena impresión. Él se fue unos años a Bocas del Toro. Cada uno siguió su vida y con el tiempo se volvieron a ver, se trataron más y se casaron.

Formaron un hogar feliz y armonioso; muy pocas veces se separaron. Tuvieron tres hijas: Isis, Bertilda y Olimpia, quienes se han destacado por su dedicación al estudio, la lectura y la investigación. Isis Tejeira (conocida escritora y actriz, profesora de Español de la Universidad de Panamá, es una reconocida novelista, autora de la excelente novela Sin fecha fija y ha sido una de las actrices más reconocidas en el mundo teatral, labor que le ha merecido numerosos premios nacionales de teatro), Bertilda Tejeira (profesora e investigadora, que ha dedicado toda su vida a la docencia y publicó su obra El festival de danzas cunas de Ustupo) y Olimpia Tejeira de Quirós, abogada, madre de sus únicos tres nietos y una nieta política, heredaron de su padre el amor por la lectura y su compromiso con la cultura. La señora Matilde, al igual que Gil Blas, provenía de una familia numerosa. Se graduó en 1926 en la Escuela Normal de Institutoras. Ejerció el magisterio siempre como maestra de primer grado. Compartió con su esposo el amor por la educación y por la poesía, ya que le gustaba declamar. Sus hijas Bertilda y Olimpia coinciden en que el humor lo acompañó toda la vida, no se enojaba nunca. Según ellas era cristiano pero no religioso. “Profesaba un cristianismo ético, no el de las religiones cristianas. Cuando se le preguntaba ¿eres católico? Respondía ‘no me lo permite mi cristianismo’”. Su nieto, el ingeniero y escritor Félix Armando Quirós Tejeira, retrata su experiencia y vivencia con su abuelo de la siguiente manera:

Mi abuelo ejerce todavía una influencia cotidiana en mi vida. Heredé entre tantas cosas, su amor por los libros y por el idioma español. La literatura fluye por mi torrente sanguíneo […] Guardo deleitantes recuerdos de los ratos que compartimos. El buen humor que fluía de su charla, hacía que el tiempo, junto a él, transcurriera, amena y rápidamente. Uno tenía que cuidarse de lo que hablaba frente a él o terminaba víctima de sus bromas. Por ejemplo, una vez quedó de encontrarse en el cine con su esposa Matilde a las siete en punto, pero ella llegó con cuarenta minutos de retraso. Al entrar ella le dijo: Pero si yo creía que esta película era en colores. A lo que él le respondió: Si era, pero de tanto esperarte se destiñó.

Sus escasos recursos económicos le impidieron continuar sus estudios de secundaria durante la adolescencia. Cursó hasta quinto grado de primaria en el Colegio de los Hermanos Cristianos de la Salle en Penonomé. Tuvo como compañeros en el aula a Arnulfo Arias Madrid, Recaredo Carles y José Ignacio Quirós y Quirós, quienes fueron prominentes figuras coclesanas. Revisó con avidez y hambre de conocimiento las bibliotecas más importantes de reconocidos intelectuales penonomeños, como Ángel María Herrera, Simón Quirós Sáenz y Héctor Conte Bermúdez. Compañero de clases de Arnulfo Arias (compartían la misma banca), fueron amigos desde la infancia y luego lo acompañó al inicio en sus lides políticas, incluso estuvo preso en 1941 cuando Arias, entonces presidente de la República, fue derrocado por su negativa a instalar bases militares estadounidenses en todo el país durante la Segunda Guerra Mundial.

Cuando Arias regresó de estudiar en Europa, sus antiguos compañeros le hicieron un recibimiento al que Tejeira no acudió por su inconformidad ante sus actuaciones políticas. Posteriormente su amigo le reclamó el no haber asistido. Él le contestó con su característico humor sarcástico: “porque no tenía zapatos”. A los quince años de edad trabajó en la farmacia de Miguel W. Conte e hijos en Penonomé. En 1919 fue nombrado en Bastimentos, en el cargo de escribiente en el Juzgado Municipal de Bocas del Toro. Allí empezó a ejercer su primer cargo de corresponsal del periódico El Tiempo. En 1923 ingresó como maestro en La Chorrera, cargo que ejerció hasta diciembre de 1925. En ese periodo entabló amistad con Juan Demóstenes Arosemena, ex presidente de Panamá, quien en 1927 lo nombró Auxiliar de Bibliotecario en la ciudad de Colón, donde se radicó varios años. Cuando era ministro de Relaciones Exteriores Juan Demóstenes Arosemena, lo nombró cónsul de la República en Jamaica. En 1934 obtuvo un cargo de traductor en la Ford Motor Company con sede en Cristóbal. En 1936 trabajó como tesorero municipal de Colón.

El maestro rural

Ernesto Castillero Reyes, quien desempeñaba el cargo de inspector de Instrucción Pública en Coclé, relata en la edición de agosto de 1975 de La Estrella de Panamá que las escuelas encomendadas bajo su dirección pasaban por una crisis enorme por la falta de personal docente. Ante tantas exigencias de maestros, un día se le ocurrió hacer de aquel joven sin oficio, tan aplicado a la lectura, autodidacto, un maestro:

Lo veía yo ir de aquí para allá con un libro en la mano, cuyas páginas leía con avidez manifiesta. No era lectura infantil, sino de autores acreditados y serios, algunas veces de clásicos de la lengua. Como nuestro encuentro por razón de vecindad era frecuente en una de estas veces se me ocurrió abordarle y a boca de jarro le pregunté: —Oye, Gil Blas, ¿te gustaría ser maestro? —Si a usted le parece que puedo ser maestro, lo seré. No tengo empleo como ve y me gustaría ejercer alguna profesión para ayudar económicamente a la familia. —Pero el empleo, le dije, es en el campo. […] ¿Tienes caballo?

—En mi casa no faltan, contestó. ¿Qué debo hacer? —Ven mañana a mi despacho para que presentes un examen escrito y lo demás corre por mi cuenta. Presentó el examen y salió sobresaliente.

Y así empezó su primer trabajo, en 1919, como maestro rural en la escuelita de Buen Retiro de la población de Antón, provincia de Coclé, siguió en Bastimentos, Bocas del Toro, en donde se enfermó gravemente de paludismo, luego en La Chorrera y en Escobal, Colón. La poetisa, escritora y miembro de la Academia Panameña de la Lengua, Elsie Alvarado de Ricord, en un boletín de la Academia de la Lengua publicado en 1999, afirma:

[…] recibió con alegría su nombramiento de maestro rural y como era un lector asiduo, seguro método para nutrirse, intelectualmente, se cultivó al punto de convertirse en transmisor de cultura, en orientador de la opinión pública, con un juicio certero, con agudo ingenio y galanura de estilo.

Desde los 16 años se dedicó a estudiar inglés, mediante el uso de diccionarios prestados por sus amigos y la lectura de libros; así llegó a dominarlo perfectamente.

El Gato Félix, Esplandián, Silvio Pellico, Lenin…

En 1921, cuando aún era maestro, Tejeira empezó su trabajo periodístico desde Bocas del Toro, como corresponsal del periódico El Tiempo, de propiedad de Jeptha B. Duncan. Ocupó el cargo desde 1919 hasta 1945. Sus primeros escritos están relacionados con la educación y fueron publicados tanto en La Nación como en el Diario de Panamá entre noviembre y diciembre de 1924. En el transcurso de su carrera periodística usó varios seudónimos, como Esplandián, Silvio Pellico, Gato Félix y Lenin, entre otros. En marzo de 1926 publicó en La Prensa Ilustrada y La Semana. En 1927 fueron famosas sus crónicas sobre Silvia Villalaz en el cine, El falso Profeta, Un padre de Familia y su columna “Billetes del interior”. Le dedicó a Octavio Méndez Pereira “El maestro Bartolo”, publicado en La Nación y en el cual hace gala de su fina ironía. En Radio Miramar (1954) tuvo su radioperiódico “El pulso del tiempo”. La carrera periodística fue para Tejeira un factor fundamental en su vida:

Si yo recomenzare mi vida y tuviera que decidirme de nuevo por una profesión, volvería a incurrir en la del periodismo a sabiendas de que se repetirían las circunstancias de limitaciones económicas que siempre me han asistido. Nunca he tenido bienes de fortuna. Ni los heredé ni los he adquirido al servicio de mi país en cargos públicos, ni en el comercio de las letras como periodista y escritor. Largos años he vivido sin otra fuente de ingresos que los que podía derivar de mi profesión, escribiendo en ocasiones un promedio de diez y siete cuartillas diarias para la prensa nacional, la radio y algunas revistas extranjeras. Como yo amo escribir, jamás hacerlo me ha hecho sentir desgraciado. Me considero plenamente compensado con haberle dedicado mi vida a lo que yo anhelé desde niño y sobre ello tengo la satisfacción de haber viajado en forma y extensión que jamás habría logrado de haber escogido otra faena que no la de las letras para medrar, así lo expresa quien publicó, durante su vida, más de 4325 columnas periodísticas.

Perteneció a un círculo de amigos distinguidos, periodistas y hombres de letras, entre los que se destacaban Diógenes De la Rosa, Ignacio Valdés, Mario Augusto Rodríguez, Moisés Torrijos Herrera, Ramón H. Jurado, Joaquín Beleño, Eduardo Ritter Aislán y el periodista colombiano Indalecio Rodríguez. Cuando lo nombraron titular de la cátedra de Introducción al Periodismo en la Universidad de Panamá, en 1961, confesó que, de no haber sido periodista, jamás habría alcanzado los puestos que desempeñó ni ganado para sí la generosidad de los mentores de la Universidad Nacional de Panamá. En 1935 tuvo su primera columna permanente, “La semana de la Solfa”, en Mundo Gráfico. Allí escribió con el seudónimo del Gato Félix durante más de diez años, entrelazando la crítica social con el humor:

Nada pasa en Colón y agradecemos Al alcalde que a Dios gracias tenemos Ya no hay delito aquí en esta ciudad Pues tenemos la severidad Con el enérgico Don Luis Fidencio Que nos somete muy rápido al silencio.

Tejeira se involucró en la vida de los panameños captando su manera de ser, sus anhelos y sus emociones. Se sumergió en su vida cotidiana, compartió, disfrutó y lloró con ellos y trató de elevarlos y preservar su identidad. Fue muy arraigado a su pueblo, “para él es el conjunto de semejantes ubicados en un territorio que debemos ennoblecer a través del ejercicio del trabajo, la libertad y la decencia y nada tan peligroso como dejar de amar al pueblo”. Es, por lo general, el camino hacia la dictadura y la tiranía, ese desamor:

A nosotros nos parece muy bien el culto a la bandera, la emoción al cantar el himno, la voluntad de morir por la patria y la capacidad de sentir cuando otra nación u otras naciones no nos tratan con justicia. Una patria es un conjunto de hombres que habitan un determinado territorio, todo ello con un destino común. La patria no es grande por expansión de su territorio ni por sus numerosos ciudadanos o súbditos, sino por la conciencia que de ella tienen los hombres que la constituyen.

 

En 1937, el gobierno panameño declaró huésped de honor al gran novelista venezolano Rómulo Gallegos, autor de la célebre novela Doña Bárbara. En ese entonces Tejeira era corresponsal del diario Panamá América en Colón, y allí lo conoció. Entre ambos se estableció un nexo perdurable. Su hija Bertilda cuenta que revisaba permanentemente la lista de pasajeros en busca de personalidades en tránsito a las que entrevistaba en los barcos o en el trayecto en ferrocarril hacia la ciudad de Panamá. De esa manera conoció también a Andrés Eloy Blanco, abogado, escritor, humorista, poeta y político venezolano.

En 1948, cuando Rómulo Gallegos alcanzó la Presidencia de la República, Tejeira fue invitado a la toma de posesión y allí se le otorgó la orden del Gran Cordón del Libertador. En agosto de ese mismo año representó al gobierno del presidente Enrique A. Jiménez para imponerle la Gran Cruz Extraordinaria Vasco Núñez de Balboa al novelista Rómulo Gallegos. Entre el 25 de junio de 1945 y el 31 de diciembre de 1960 publicó cronológicamente en diferentes diarios —La Nación, La Hora y El País— bajo el seudónimo de Esplandián, su columna “Simpatías y diferencias”. Completó 4325 columnas, algunas bajo la firma de Esplandián y otras como Silvio Pellico en las “Cartas a Silvio Pellico”. Valiéndose de este personaje hizo una crítica social satirizante a los gobiernos de turno. El periodista Jairo Posada, de la Revista Lotería, destaca que fue una forma literaria que usó Gil Blas Tejeira “con inteligencia, gracia y elegancia” para bajar hasta los niveles lingüísticos del pueblo. Sobre esta columna Gil Blas les anunciaba a sus incrédulos adversarios:

No faltan maliciosos que piensan que Silvio Pellico es creación nuestra, que es apenas un nombre usado por nosotros para decir cosas que en otra forma callaríamos. Nada tan lejos de la verdad. Silvio Pellico existe. Es de carne y hueso como ustedes y como nosotros. Tiene nombre propio, biografía, definición política (liberal nacionalista) pasado burocrático y desesperanzas latentes. Si no damos su nombre es porque él está sin empleo y teme que al revelar nosotros su identidad le cerremos el paso hacia un hueso.

Este recurso literario le permitió asumir la personalidad de un auténtico hombre de pueblo, desempleado en sus inicios y luego billetero, para desde cualquier lugar escribir cartas imaginarias y establecer una correspondencia figurada entre Esplandián y Silvio Pellico, que en el fondo representaba al mismo escritor. El verdadero Silvio Pellico fue un autor italiano nacido en la ciudad de Saluzzo el 25 de junio de 1789; de él tomó su nombre.

Un penonomeño en Colón: Calle 6

El sábado 13 de diciembre de 1941 fundó con Joaquín F. Franco el semanario Calle 6, que llenó el vacío informativo de Colón, bajo el lema “por los intereses colonenses sin más limitaciones que los intereses nacionales”. Este periódico estaba ubicado en el Edificio Papio, calle 6 Colón, no. 6080 y se imprimía en la Editorial La Moderna, en la ciudad de Panamá. El ensayista Diógenes De la Rosa, el poeta Rogelio Sinán y el educador Moisés Castillo, entre otros, eran asiduos y destacados colaboradores. El semanario circulaba a cinco columnas, tamaño y tipo tabloide con ocho páginas por cada entrega. Se publicó hasta el sábado 6 de noviembre de 1948. Le dio espacio y cabida a todas las formas de pensamiento político de una manera amplia. Explicaba que se escogió el nombre porque la calle 6 es:

como saben todos los que se agitan en el medio colonense, cerebro y corazón de esta ciudad, pues en ellas se encuentran emplazadas las oficinas directrices de la administración pública, el palacio de gobierno y el municipal y los más de los bufetes de los abogados que gestionan ante los tribunales y los despachos administrativos.

 

En sus esquinas se reunían individuos de todas las ocupaciones a deliberar sobre las diversas opiniones después de la promoción de un funcionario, la conclusión de una demanda, la última ofensiva nazi o la inmediata contraofensiva roja.

Gil Blas Tejeira y los paisajes Tejeira vivió, sintió y se apoderó de los paisajes de su patria chica y los recreó para que los lectores los disfrutaran. Vivió la campiña, la amó y la hizo imagen viva por medio de la palabra. El ser humano que recrea en sus obras siempre se identifica con el paisaje. Esta es una de sus múltiples descripciones plasmadas en sus “Lienzos istmeños”:

De pronto se sienten los dedos tenues y húmedos de la lluvia tamborilear sobre los techos: Es un sordo ruido de pujador el que se desprende del golpe del agua sobre las tejas y de sonoro repicador el producido por el zinc […]

Junto a Manuel Fernando Zárate recorrió la campiña interiorana compenetrándose con la vida y costumbres de los campesinos. Le iba mostrando a su compañero, quien llevaba una magnífica cámara fotográfica alemana, los altares penonomeños durante una celebración de Corpus Christi:

Esta preparación del altar es motivo de muy honesto entretenimiento. Toda la familia trabaja en ella. Se levanta el altar a la entrada de la casa. Se coloca una mesa, sobre ella un cajón y se adorna todo con flores, guirnaldas, candelabros e imágenes. La mesa y el cajón van cubiertos con manteles. De las antiguas arcas de familia salen ese día a orearse finos manteles elaborados a mano, de esos que sólo se usan en casa para las grandes visitas. Y ninguna es tan grande para los fieles como la de la Custodia.

 

Así estos dos hombres cultos, amantes de su patria, recorrieron los pueblos, uno como un excelente guía y conocedor, y el otro como un científico e investigador que plasmó en varios libros los conocimientos recogidos:

¿Quieres conocer a un viejo cantor regional? Le he preguntado a Zárate. Aquí cerca, en uno de los campos más lindos que yo conozco vive Casiano De León. Llegan donde Casiano, que vive solitario y tiene ochenta años. Zárate le pregunta si le gustaría escuchar algunos toques de mejorana. Y saca la mejorana que tenía en su auto y empieza a tocar, mientras que el rostro de Casiano se transfigura y empieza a cantar décimas sin parar. —¿Te ha gustado, Casiano? —le pregunta Zárate. —Ustedes me han hecho vivir otra vez. Esto es lo que yo más quería, el canto. Se despidieron de Casiano y al final Gil Blas le pregunta a Zárate: “Oye:¿tú no temes que hayamos matado de emoción al pobre viejo?”.

En su columna “Lienzos istmeños” plasma casi fotográficamente ese encuentro con la gente y con los pueblos, para que el lector capte y logre convivir con aquellos que están alejados de la urbe, pero que han contribuido a fortalecer la identidad nacional.

Cervantista y cervantino

Ricardo J. Alfaro le regaló la edición de El Quijote, de la editorial Espasa Calpe (Madrid, 1948), en un viaje que hicieron juntos a México al Congreso de Académicos de la Lengua Española, en abril de 1951. Allí fue condecorado con la insignia del Águila Azteca, con la siguiente dedicatoria:

 

A Gil Blas Tejeira, cervantista y cervantino, de buena cepa, por el corazón, por el talento y por el lenguaje.

Cuando caminaba por las calles de Penonomé, Gil Blas llevaba siempre en su mano El Quijote de la Mancha, libro que empezó a leer cuando tenía trece años. Su espíritu lo acompañó durante toda su vida, tanto en el quehacer como periodista y maestro, como en su defensa del idioma español. Así describe a su escritor favorito cuyas obras lo acompañaron toda su vida:

Cervantes es el antípoda del amargado. Por eso fue un magnífico humorista. Pocas veces en un individuo han coincidido tan armónicamente las cualidades de gran escritor y varón limpio de rencores y pequeñeces.

El Quijote es el libro que tenía siempre en su mesita de noche y que llevó también en edición de bolsillo. “Ve usted este pedazo de madera petrificada. Lo extraje del mar. Pero pudiera ser la sombra de un Quijote visto por un pintor abstracto”, le contó en una ocasión a la poetisa Stella Sierra. Su estudio está adornado con los retratos de su esposa e hijas, junto a los libros de la época de la Conquista y las obras completas de Unamuno, de Calderón. Asiduo lector de Cuadernos Americanos, El Cojo Ilustrado, de los tiempos de Guzmán Blanco, guardaba impresiones valiosas desde 1892. Se podían apreciar efigies de Cervantes, Sancho Panza y don Quijote; carteles, pinturas y figuras artesanales relacionadas con la vida del insigne escritor y sus personajes más emblemáticos y trascendentes, así como frases que consideraba dignas de releer. Transitó por la vida con ese fiel acompañante. Tejeira captó el mensaje que Cervantes quiso transmitirle a la humanidad y se apropió de él. Isabel Barragán de Turner, en un homenaje realizado el 23 de abril de 2001, sostuvo que el mejor reconocimiento que se le ha dado a Gil Blas Tejeira, como cervantista ejemplar, lo ofreció su nieta Lourdes Quirós. Lourdes relató con tierna sencillez cómo el abuelo la llevó de la mano por las rutas de El Quijote y cómo la adentró en el alma del hidalgo manchego y de su escudero para que en ella calara el espíritu que gravita en su inmortal obra, logrando que una niña escolar escogiera el tema de El Quijote para escribir un hermoso y maduro soneto. En una de sus múltiples reflexiones sobre Cervantes, Tejeira comenta:

La obra de Navarro y Ledesma me llevó a la conclusión de que para entrar en Cervantes hay que comenzar por Cervantes. Frustrados resultan los profesores de literatura española que olvidan que para despertar interés por las creaciones cervantinas es imprescindible empezar por la biografía de su creador. Hay una estrecha conjunción entre Cervantes y sus personajes y muy especialmente con Don Quijote. De ahí que penetrar en la vida de Cervantes es iniciar el trato con los hijos de su ingenio.

Gil Blas Tejeira sintió El Quijote como una obra seria y profunda. Estaba en desacuerdo con quienes la interpretaban como un libro jocoso porque es una obra marcada por la angustia, el desencuentro, la soledad, la marginalidad, el desencanto y la sinrazón. En su artículo “Cervantes y la Libertad” se refiere a la privación de la libertad del Héroe de Lepanto, quien pasó cinco años en Argel y uno en la cárcel de Sevilla “donde la incomodidad tiene su asiento y todo triste ruido hace habitación”. Con su característico sentido del humor, escribió en uno de sus artículos sobre su autor favorito:

[…] yo me inclino a creer, y en ello me llevan mi imaginación y mi fantasía, que no era tan incómoda la cárcel de Sevilla cuando en ella tuvo oportunidad para iniciar su grande obra y redondear nueve capítulos de ella […] ¿Es fantasear demasiado, creer que sólo por condescendencia de su carcelero (por la buena conversación y el relato de sus aventuras) pudo Cervantes disponer de tinta y péñola para comenzar a arañar su camino a la inmortalidad en hojas de papel, proporcionado todo ello por el alcaide?

El tema de la libertad estuvo siempre presente en sus columnas, la obra literaria, en la vida y sus actividades. Una de las frases que siempre disfrutaba en su estudio y repetía de memoria a sus estudiantes es aquella en donde el Quijote le señala a Sancho:

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que los hombres dieron a los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida; y por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.

Muchos fueron los escritos que le dedicó a Cervantes, uno de ellos con motivo de los cuatrocientos años de su nacimiento, en donde ponderaba el gran milagro cervantino: su humor, que sobrevivió victorioso a todas las miserias, y su simpatía humana, que se refleja en todos los personajes de su creación, entre los que no aparece uno solo que no esté iluminado por el destello de la bondad:

Grande como fue Don Quijote, no lo fue menos su creador y de ahí que tengamos a Cervantes como el caso más extraordinario de bondad humana, que puede presentarse como ejemplo de los hombres de todas las épocas y sociedades.

Una de las características sobresalientes de Cervantes es su inclinación a exaltar a la mujer —tanto en su belleza física como en sus prendas morales—, sentimiento compartido por su fiel admirador, quien considera que sus heroínas son tan bellas por fuera como por dentro y que a más de tres siglos y medio de concebidas, ellas viven con insertable vitalidad en la obra cervantina, reflejo del culto ferviente que a la mujer rindió siempre Cervantes y que no disminuyó ante las desgracias que tanto lo agobiaron y de las que él, como la abeja, sacó siempre dulzuras. Sobre el secuestro que proliferaba en la época de Cervantes, Gil Blas considera que entonces era hazaña de berberiscos y lo comparaba con la época contemporánea:

Tomar presos a cristianos y pedir luego dinero por su rescate era lo acostumbrado […] Hoy como entonces, se secuestran hombres, mujeres y niños, para cobrar rescate por ellos […] Hoy la práctica de los secuestros es más frecuente que en tiempos de Cervantes y acaso más inhumana. Tendríamos que agregar que hoy hay grupos de distintas ideologías, cataduras, señas y marcas que realizan estos abominables plagios, por razones disímiles, pero siempre con el propósito de obtener dinero. La diversidad de los secuestradores y de sus motivos hace que, en nuestro tiempo, sea muy difícil luchar contra esta plaga social.

Sin duda alguna, Tejeira se identificaba con Cervantes ya que ambos habían sufrido carencias y pobreza, y ambos pudieron superar las mismas para ser portavoces de temas importantes para la humanidad. En Calle 6 escribió sus maravillosos epigramas cuajados de sentido social, de sutilezas y de certeros dardos. Cultivó este género literario con un gran sentido del humor para criticar los hechos políticos, sociales e internacionales:

Yace aquí un varón cimero Que gobernó la Nación Fue tan completo embustero Que murió del corazón, Víscera que nunca tuvo Mientras por el mundo anduvo.

Este penonomeño se arraigó tanto en Colón, que fue escogido como diputado a la Asamblea Constituyente en 1945, por el Partido Nacional Revolucionario (PNR):

Colón, hemos de repetirlo hasta el cansancio, nació como una necesidad de tránsito transístmico. Al principio fue mero punto terminal del ferrocarril. Inició su vida como una estación de vía férrea. Paso obligado de todo el mundo, su población flotante ha sido un factor decisivo en su fisonomía y en su desarrollo económico. Fue lógico que para integrar la burocracia se trajesen panameños de donde los hubiere. Y fue así como afluyeron de distintos puntos de la República, y preferentemente de Penonomé, pueblo de una aceptable experiencia burocrática…

Atesoró una conciencia nacional sin llegar a ser nacionalista a ultranza, mucho menos compartió la xenofobia que estuvo de moda en importantes sectores del pensamiento político de su tiempo. Escribía en sus columnas que una cosa es el amor a la patria y el anhelo por su progreso, y otra creer que somos autosuficientes para el desarrollo de nuestro país y que cada extranjero es un peligro para el bienestar de los nacionales. “Un nacionalismo mal entendido puede ser profundamente perjudicial”. Fue un crítico de quienes utilizaban la patria para su propio provecho:

Déficit tiene el gobierno Que anda muy mal de finanza Pero tienen superávit Los que gozan de privanza.

Fustigó a través de sus epigramas a los gobiernos de turno que se enriquecieron a costa de las arcas del Estado:

 

Por toda la eternidad Descansa aquí un nuevo rico Hizo su millón y pico, Sirviendo a la austeridad.

Cátedra universitaria para un autodidacto

En el Instituto Justo Arosemena funcionó la primera Escuela de Periodismo. Los periodistas Manuel María Valdés y Mario Augusto Rodríguez formaron parte del cuerpo docente. En 1961 se creó la Escuela de Periodismo en la Universidad de Panamá, impulsada por el Sindicato de Periodistas de Panamá. Este acontecimiento marcó la ruptura con el empirismo que hasta ese momento había caracterizado el ejercicio del periodismo y lo elevó hacia la academia. Tejeira se hizo acreedor a la cátedra de Introducción al Periodismo bajo un riguroso escrutinio presentado ante la Facultad de Humanidades el 17 de julio de 1961, ante un jurado formado por los doctores Rafael Moscote, Baltasar Isaza Calderón, Rafael A. Barranco, Miguel Ángel Martín y presidido por el periodista peruano Genaro Carnero Checa (quien llegó a ser posteriormente presidente de la Federación Latinoamericana de Periodistas, Felap). Ramón H. Jurado y Mario Augusto Rodríguez también se encontraban entre los aspirantes para desempeñar la cátedra de Introducción al Periodismo, pero las autoridades universitarias señalaron que quien reunía las cualidades más relevantes era Gil Blas Tejeira, a pesar de no poseer un título:

La Universidad de Panamá, al conceder a Gil Blas Tejeira, la oportunidad de vincularse a ella mediante el desempeño de una cátedra, honraría de tal modo a un panameño que, gracias a su capacidad y esfuerzo personal constante, ha conseguido elevarse a un plano de distinción intelectual y literario que bien merece un público reconocimiento. Gil Blas Tejeira es uno de los escritores panameños más destacados y pone al servicio del público, diariamente, su capacidad como tal, ofreciéndole una prosa cuidada y artística, en la cual campea triunfante su singular estilo del humor.

Como director de la Escuela se preocupó esencialmente porque sus alumnos leyeran:

¿Qué persigue la Escuela de Periodismo? Sin duda darle a nuestro país un tipo de periodista de buena preparación y con un sentido ético de su ejercicio. El periodismo es una profesión demasiado importante para que a su sombra medren individuos sin preparación y sin sentido de responsabilidad.

Mostraba su disgusto por la vulgaridad verbal y la indigencia ideológica de la clase periodística, especialmente por las discusiones en torno a figuras, pero nunca alrededor de los problemas políticos y señalaba con acritud la profunda incultura política existente: “No se corregirán, pues, esas deficiencias mediante cortapisas a la libertad de expresión, sino poniendo en marcha una honda y radical transformación de nuestro cuerpo político”. En su columna “Plumas encadenadas” expresó que el periodismo tiene la desventaja de que, en nuestro medio, intentan su ejercicio personas que no están capacitadas, ni moral ni intelectualmente para ello.

Para él, es encadenada la pluma que se pone al servicio de un interés que no es del público, aunque solape su sumisión con una actitud oposicionista. En la cátedra universitaria, los alumnos le escucharon siempre y de manera reiterada, que la rectificación de las deficiencias de la prensa panameña es más cuestión de cultura que de autoridad, porque para él abundan muchos periodistas incultos, reñidos con tres cosas que hay que defender y amar, porque son indispensables para la vida culta: la verdad, la urbanidad y la corrección en el lenguaje. Cuando un individuo baja al terreno del insulto procaz y personal, deja de merecer que se le considere como periodista. Si falta a la verdad a sabiendas, no por explicable afabilidad humana, es mendaz y no merece acceso a los órganos serios de publicidad. Y si escribe desmañadamente, debe ser enviado a que se eduque un poco antes de seguir produciendo “literatura para el público”:

Porque estoy convencido de que un profesor de periodismo no hace periodistas si no coinciden ciertas circunstancias en sus alumnos, predico diariamente a los míos la necesidad de leer. Todos mis esfuerzos por trasmitir mis experiencias a mis discípulos serían inútiles si no ejercen el hábito de la lectura. Y sobre todo la lectura de los grandes narradores desde la remota antigüedad.

Político y constitucionalista

En 1926 gobernaba el país Rodolfo Chiari, quien en 1925 había solicitado la intervención militar de Estados Unidos para reprimir la histórica “huelga inquilinaria”, iniciada por un grupo de dirigentes panameños deseosos de desprenderse de la dependencia que significaba para la República el Tratado Hay–Bunau-Varilla. Tejeira fue un crítico de los gobernantes que utilizaban el poder para su beneficio personal, discurrió que el país se sintió traumatizado por el proceso electoral de 1928 cuando el gobierno de Chiari logró, mediante fraude, imponer al ingeniero Florencio Harmodio Arosemena, como ganador de las elecciones. Esto provocó una insatisfacción nacional, a la que se sumaron los efectos de la caída económica mundial de 1929. En esa coyuntura, aprovechando el malestar ciudadano, Acción Comunal, una agrupación cívica formada en 1923 por jóvenes profesionales de clase media, proponía un nuevo modelo de nación basado en “orden, trabajo y economía”. El 2 de enero de 1931, tres comandos de asalto controlaron las comunicaciones, se apoderaron de los cuarteles y asaltaron la Presidencia de la República. Una vez sometido el presidente Arosemena, luego de doce horas de presiones y amenazas a su familia, firmó su renuncia ante la Corte Suprema de Justicia. Tras el golpe, Harmodio Arias Madrid, un activo miembro de la agrupación, ocupó provisionalmente la Presidencia (del 2 al 16 de enero), hasta la llegada de Ricardo J. Alfaro, quien ejercía el cargo de ministro plenipotenciario de Panamá en Washington. A pesar del entusiasmo renovador que lo inspiró, el movimiento Acción Comunal no perduró, y al poco tiempo terminó escindido, sumido en los conflictos de intereses que caracterizaban la vida política panameña. Ante esta situación Tejeira fue enfático en uno de sus escritos:

El tiempo se encargó de ir remplazando por gente nueva los viejos cuadros conductores de la República. En 1931, un grupo de jóvenes de nuestra generación quiso precipitar el proceso evolutivo con un golpe revolucionario. Los frutos del golpe del 2 de enero no estuvieron a la altura de las expectativas y esa oportunidad, la más promisoria que tuvo un grupo de hombres crecidos en la República para dirigir el país, se malogró por razones que no cabría analizar aquí.

Al presidente Rodolfo Chiari le dedicó uno de sus famosos epigramas:

Los Chiari son portentosos, me observaba ayer, Eugenio. Tienen un enorme ingenio Pero no son ingeniosos.

En 1945, militó como miembro del Partido Nacional Revolucionario y fue elegido miembro de la Convención Nacional Constituyente que promulgó la Constitución Nacional de 1946. Consideraba que la patria “no es grande por la expansión de su territorio, ni por sus numerosos ciudadanos o súbditos, sino por la conciencia que de ella tienen los hombres que la constituyen”.

 

Como parlamentario, la lucha nacionalista fue su objetivo principal. Su voz se elevó con energía en defensa de la soberanía nacional cuando se presentó ante la Cámara el debate del Tratado Filós-Hines (1947), cuyo propósito era ampliar el periodo de ocupación de un centenar de bases militares y sitios de defensa estadounidenses establecidos en el territorio panameño. Su objetivo era defender el país de un posible ataque militar durante la Segunda Guerra Mundial. Su opinión con respecto a la elaboración de la Constitución, tema que se debatía en ese momento, era que la carta fundamental de una Nación no debe ser nunca dictada sin que en su elaboración hayan intervenido todas las agrupaciones ideológicas existentes. Hizo énfasis en que al fundarse la República de Panamá los patriotas que formaron la Convención Constituyente, dueños de una útil experiencia histórica, evitaron cuidadosamente incurrir en el error de constituir sin escuchar el pensamiento de los partidos políticos vigentes a la razón.

Los órganos del Estado panameño. Los constituyentes de 1945 a 1946 pusieron empeño en que quedara plenamente establecido que los órganos del Estado debían funcionar con independencia. La experiencia había enseñado que en el Ejecutivo hay siempre proclividad a dominar los otros dos.

Los partidos tradicionales panameños existentes con el nacimiento de la República eran el Liberal y el Conservador. Los jefes más conspicuos de estas dos agrupaciones políticas se entendieron y armonizaron para darle aliento a la naciente patria, pero en el camino surgieron las viejas diferencias ideológicas. Los personalismos fraccionaron a los liberales, después de la desaparición del grupo contrario, en virtud de un proceso de absorción. Para la República la desaparición del partido determinó un desequilibrio que se reflejó en el fraccionamiento liberal en tantos grupos como líderes y cabecillas fueron surgiendo.

Los enemigos de la candidatura de la coalición han dado en la flor de acusar a estos oligarcas y en decir que hay que sacar a los coalicionistas del mando porque el país necesita ser dirigido por equipos más identificados con el pueblo. Tales acusaciones me parecen demagógicas y falsas. En síntesis, no creemos que haya panameño con un poco de sentido común que crea que el de millonarios de la oposición aspira al mando para servir mejor a nuestras clases laborales.

Sobre el liberalismo escribió en varios periódicos de la capital:

[…] hemos venido notando, que llaman liberalismo al grupo político que lleva por nombre Partido Liberal Nacional. Tal denominación nos parece incorrecta, ya que una cosa es el liberalismo y otra cosa un partido que se denomina Liberal, por más que sus componentes confiesen tal ideología.

A Tejeira no le molestaba la existencia de políticos ricos. Censuraba que se convirtieran en fuente de medro y no en la solución de los problemas de los panameños. Le angustiaba la tendencia de sus compatriotas a tomar como suya la cultura estadounidenses, sus modos y costumbres, alejándose del compromiso bolivariano:

A pesar de que Panamá fue marcada por el índice de Bolívar […] como posible capital del mundo; a pesar de que allí celebró el Libertador el primer Congreso Continental nuestro país ha vivido relativamente aislado luchando solo contra sus destinos […] y nosotros, los panameños, pequeños en número, hemos tenido que defender la integridad de la cultura hispanoamericana frente a la absorción de una cultura amiga, pero extranjera.

En diversas ocasiones escribió en El Día sobre la oligarquía panameña, y en su columna “Oligarcas y populares” de Mirador istmeño hizo críticas sobre su prepotencia y alejamiento de los problemas y aspiraciones del pueblo de Panamá:

 

Cuento entre los que sostienen que en Panamá si existen familias que por su tradición, fortuna y oportunidades de haber ejercido el mando, forman lo que hemos dado en llamar oligarquía. Para los miembros de ella, es mucho más fácil ascender a los altos puestos que para los que son de otras derivaciones. Hay personas que si apenas se llamaran Juan Pérez, no hubieran pasado de un subalterno puesto en un almacén, pues no tienen talento para más, pero las circunstancias de tener un nombre prócer las ha llevado a altas representaciones diplomáticas y al desempeño de cargos para los cuales no están habilitados. Si los oligarcas presentan en Panamá mayor fuerza que los demás, es porque ha habido entre ellos más cohesión, y porque algunos intelectuales y unidades de la clase media se han prestado a servirles de peones descalzos. De tal cosa ellos no tienen la culpa.

Fue admirador de Belisario Porras, quien, según él, cubrió con sus dimensiones de hombre de acción, páginas de nuestra historia preñada de realizaciones. “Fue el revolucionario por antonomasia cuando el liberalismo se lanzó a los campos de batalla a buscar por las armas la cancelación de un régimen teocrático, nacido del escepticismo melancólico de Núñez y de la ortodoxia inflexible de Caro. En la exaltación de los valores magnos que han influido sobre su medio, el hombre de hoy como el de ayer, sigue buscando inspiración y estímulo para continuar su marcha progresiva”.

La gesta patriótica del 9 enero de 1964

El 11 de enero de 1964, escribió la columna “Una derrota” en donde expresó que la noche del jueves y a lo largo del viernes el ejército de Estados Unidos perdió una batalla para su país y su pueblo:

La sangre derramada por las armas norteamericanas en esta ocasión es la sangre de una multitud desarmada. Acaban de llegar al ápice del fracaso los sesenta años de presencia del gringo en la Zona del Canal. La obra que se realizó para unir al mundo, ha arribado a una división abismal entre el pueblo que la realizó y el que facilitó su territorio para ello. Decididamente los Estados Unidos que no conocían la amargura de la derrota desde 1812, la van a experimentar ahora hasta el fastidio.

Crítico constante de la política estadounidense, desde su acendrado nacionalismo, consideraba que había carecido de consecuencia continuada. Al lado de enérgicas manifestaciones de protección a los pueblos débiles de América contra las intromisiones europeas, hubo actos violentamente intervencionistas por parte de Estados Unidos, en no pocos países de Indoamérica. Para él, el principio intervencionista que ha prevalecido en América unilateralmente es el obstáculo más grande para el buen entendimiento intercontinental. Solo la acción conjunta de los Estados americanos para reprimir por medio del aislamiento la formación y desarrollo de regímenes dictatoriales pueden obtener resultados satisfactorios. (Calle 6, “El día de las Américas”, 13 de abril 1946). Las relaciones de los países indoamericanos con la gran nación del Norte nunca han sido placenteras, como elocuentemente lo demuestra una serie de acontecimientos históricos, desde la anexión de Texas hasta la construcción en nuestro territorio de un canal interoceánico y sus consecuencias complejas a nivel social y político. Era constante su preocupación con respecto a las ventajas de las relaciones que hasta la fecha habían mantenido nuestros países con Estados Unidos:

Los historiadores de la diplomacia yanqui se consuelan o se jactan de que varias de sus intervenciones, por ejemplo de Santo Domingo y Nicaragua, no sólo permitieron a estos países la conversión de sus deudas y el pago de algunas de ellas, sino también gozar del orden. Mas es obvio que su política social y económica no ha cambiado notablemente, el beneficio para nuestros países ha sido bien reducido.

 

En repetidas columnas criticaba a los panameños que hacían todo lo posible por congraciarse con los estadounidenses en situaciones que consideraba ridículas:

Debo referirme a la izada de la bandera de nuestro Carnaval en la Zona: si los gringos se oponen a que se enarbole nuestro pabellón nacional y se expresan de él despectivamente, es impropio que acepten el estandarte carnavalesco de nuestro pueblo. Usted no tiene la idea del pesar que me dio ver en La Estrella a nuestra reina del carnaval acompañada de unas muchachas panameñas muy bonitas por cierto, entre ellas, una empollerada, rodeando al gringo Potter en los momentos en que éste tira de una cuerda para izar el estandarte de momo. Ya me parece que oigo a los gringos zoneítas decir: los panameños no verán su bandera nacional flameando sobre la Zona, pero se conformarán con que le hemos enarbolado la de su carnaval.

Su preocupación por el neocolonialismo fue evidente. Para Tejeira, la primera gran batalla contra el neocolonialismo la dieron Belisario Porras y sus ministros Ernesto Tisdel Lefevre y Narciso Garay, tras una serie de confrontaciones que se iniciaron desde la década de 1910 y tuvieron uno de sus puntos culminantes durante los sucesos de Coto y en el que Panamá fue amenazada por los Estados Unidos con una intervención. Fue un crítico constante de la gran propensión de los estadounidenses a ver en los movimientos que son hostiles en nuestros países hispanoamericanos, la inspiración de los comunistas:

Yo no sé si se anden ellos errados o acertados al pensar así, cuando se trata de otros países. Pero en lo relativo a Panamá, soy de opinión de que ellos están totalmente equivocados […] A veces los directores de la política norteamericana actúan como si fueran agentes provocadores. Pero no significa, ni mucho menos, que en Panamá haya comunistas hasta constituir un peligro para nuestro sistema económico. Las manifestaciones nacionalistas de Panamá no son el fruto de infiltración roja alguna, sino únicamente el resultado de un trato injusto y del empeño de los Estados Unidos de mantener sometido al país a un tratado que nos fue impuesto por chantaje. “Los panameños no necesitamos que los rusos nos vengan a decir donde nos aprieta el zapato, ni lo mucho que nos estruja la bota yanqui.”

El golpe militar de 1968

Cuando se produjo el golpe militar del 11 de octubre de 1968, liderado por el general Omar Torrijos Herrera, Gil Blas Tejeira se desempeñaba como embajador en la República de Venezuela. En esa ocasión declaró a los medios de prensa venezolanos, con evidente regocijo, que en Panamá se acababa de dar un “… golpe de estado para impedir un estado de golpes. Aquel contubernio de invertebrados no podía ir a otra parte que al desastre”. Señaló a continuación que una de las noticias más gratas que había recibido a lo largo de su vida era la que había recibido por teléfono, en su residencia temporal de Caracas, la noche del 11 de octubre de 1968, cuando fue derrocado por un golpe de Estado el recién posesionado presidente de Panamá, Arnulfo Arias. Desde Caracas envió su renuncia, pero el nuevo ministro de Relaciones Exteriores, Carlos López Guevara, nombrado por el general Torrijos, lo trasladó a Costa Rica como embajador:

No he de romper hoy mi costumbre de rehuir el papel de lisonjeador. Pero sería insincero de mi parte callar mi convicción de que los que dieron en tierra el 11 de octubre de 1968 con lo que ya apuntaba como un sultanato desorbitado, le hicieron un bien a la patria. Y porque así pienso, tengo la fecha de hoy entre las más gratas que registra mi memoria.

 

Como periodista hacia campañas para la adquisición de bibliotecas básicas para las escuelas durante el periodo de la revolución octubrina. Para él esa campaña era la mejor colaboración que le había prestado al gobierno revolucionario:

Considero que lo más trascendental de la Revolución Diferente está en su política exterior. Panamá comenzó a repudiar el Tratado de 1903 al día siguiente de haber sido aprobado bajo infamante coacción. Pero es el Gobierno Revolucionario al que le ha tocado la misión trascendental de oponerse con toda energía, limpio de temores y dispuesto al sacrificio, a la continuidad del degradante coloniaje que significa la Zona del Canal, enclavada en la mitad de nuestro Istmo. Consecuencia de la política del Gobierno Revolucionario frente a la afrenta de la Zona del Canal ha sido la presentación ante el Consejo de Seguridad, del problema en toda su crudeza, confrontado infelizmente por los Estados Unidos con un velo que parece cerrar las puertas a toda solución ecuánime. La libertad no baja hasta los pueblos. Los pueblos se alzan hasta la libertad.

Admirador de Omar Torrijos, con quien trabajó en uno de sus proyectos, se contaba “entre los beneficiarios del golpe revolucionario del 11 de octubre de 1968”. Le dedicó algunos de sus famosos epigramas, como los dos que siguen:

Dicen que el chileno Allende Revolución va a implantar Mas el panameño Omar Ya nos la ha implantado aquende. Pide Torrijos Herrera Con fervor y patriotismo Que todo oriundo del Istmo Lleve en su pecho una trinchera. Y Eva, gruesa como un roble, Con su acompasado andar Para complacer a Omar Lleva una trinchera doble. Y no falta señorita Delgada como una espina Que cada vez que se inclina Nos muestre su trincherita.

Criticó duramente a Arnulfo Arias. En Calle 6 hizo duros señalamientos a la cúpula del Directorio del Partido Nacional Revolucionario Auténtico y a sus dirigentes porque “son víctimas de una amnesia que llega al colmo y se interna en la patraña” ante la adhesión incondicional de los mismos. En uno de sus epigramas satirizó a los Arias de la siguiente manera:

Pedrarias mató a Balboa Por odio. ¡Cosas de antaño! Pero los Arias de hogaño, Se matan por el Balboa.

El despojo violento y los carcelazos a los dueños de establecimientos comerciales; la organización de la Gestapo criolla, de los cachorros de Urraca, de los bingos, casinos del pueblo y esas “maquinillas infernales” llamadas traganíqueles —que diariamente llevaban al bolsillo del líder millares de balboas del sufrido trabajador—, la entrega de las centenares de hectáreas de tierras chiricanas a los ticos y la usurpación del patrimonio familiar de los humildes labriegos de La Laguna, hechos que antecedieron al golpe del 68, fueron denunciados y fustigados en sus columnas. Nunca tuvo reparo en criticar la personalidad autoritaria y la conducta política de Arias, como se aprecia en el siguiente epigrama:

 

Ya de Arnulfo la locura No temo en alto nivel Pues con Monseñor Clavel Su locura tiene cura.

Compartía con Martí su rechazo a los dictadores y tiranos de esa abundante fauna que ha producido nuestra América Indígena. Los “hombres que van por el mundo hincando el dedo en la carne ajena a ver si es blanda o si resiste”. Tejeira se pregunta con Martí si no ha llegado el momento de la reciedumbre, la hora en que todos nuestros pueblos, desde México hasta Argentina, se “hagan duros de carne y repelan el dedo del tirano vernáculo y la intromisión de la garra extranjera”. Era un defensor del patriotismo cotidiano, el que actúa sin necesidad de que el vecino invada nuestro territorio o de que el gringo exteriorice nuevas ambiciones sobre terrenos de nuestra jurisdicción.

Conflicto generacional

“Todos tenemos la ambición de hacer algo en la vida. Quien no tiene tal ambición, no es más que un ser vegetativo”, escribió Tejeira en su columna “Nuestra generación”, (Revista Lotería, abril 1957). En ella muestra su preocupación por el desplazamiento que se producía entre las generaciones, las nuevas por considerarlas in-actuantes, y las viejas porque se negaban a dar paso a las nuevas por juzgarlas inexpertas y exaltadas. Ponderaba a su generación y a quienes influyeron en ella, como José Enrique Rodó —quien les enseñó a crear conciencia de pueblo perteneciente a “una familia definida, con un destino muy nuestro, con una tradición y una cultura que estábamos obligados a preservar sin perjuicio de evolucionar hacia más convenientes y nobles formas gregarias”:

 

Si la generación a la que pertenecemos no hubiera hecho otra cosa que conseguir el repudio de aquel Tratado, tras haberse unificado para lograr la opinión y la emoción de las masas, con eso habría justificado su paso por el mundo, porque desde entonces los panameños empezamos a actuar con altivez; comprendimos que más perdíamos siendo mansos que comportándonos con dignidad.

Fue admirador de José Ingenieros, porque según él había dado solidez a nuestro hispanoamericanismo, y nos hizo pensar que no solo teníamos una obligación con nuestro pasado, sino que también debíamos contraer una obligación con nuestro futuro. También se nutrió del pensamiento de Víctor Raúl Haya de la Torre. La generación panameña a la que pertenecemos, ya inclinada a dar la batalla por la preservación del panameño como tipo hispanoamericano y deseosa de hacer conquistas de justicia social, recibió con júbilo el discurso aprista:

El aprismo nos hizo mucho bien. La falta de una corriente americana que nos condujera a metas concretas, que correspondieran a anhelos americanos, había mantenido a gran parte de nuestra generación deslumbrada por la revolución rusa. Creemos que difícilmente se encuentra a un panameño de nuestro grupo e inquietudes que no hubiera visto en la gesta revolucionaria moscovita una aurora de esperanzas de justicia universal. Nosotros creemos que el aprismo fue una respuesta americana al marxismo y que Haya de la Torre es el hombre del Nuevo Mundo que más ha hecho para apartar al hispanoamericanismo de las peligrosas teorías del comunismo.

Resalta la importancia de Justo Arosemena y su obra El Estado Federal de Panamá, en donde se plantea de manera sistemática los razonamientos que el istmeño defendía. La obra explica las razones de tipo geográfico, jurídico, histórico, moral y filosófico, por las cuales Panamá debía tener la categoría de Estado soberano.

 

Aunque en sus columnas manifestó su aversión por el comunismo, a lo largo de su carrera periodística se le acusó de pertenecer al Partido Comunista. El periódico El Tiempo de Panamá en la columna El Pulso de Panamá del 31 de enero de 1962 publicó la glosa titulada “Escogimiento de profesores universitarios”, a propósito del reciente nombramiento de Tejeira como profesor y director de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Panamá.

La Universidad de Panamá, en esta era de confusiones mentales y de grandes convulsiones sociales y económicas, debería proceder con especial esmero en el escogimiento de sus profesores. No pocos de estos tienen la fama de tener tendencias “comunistoides”. Ahora la Universidad ha ido más lejos. Ha entregado la cátedra de periodismo a persona a quien no solo se le acusa de tales tendencias, sino que se ha especializado en sus crónicas, acaso por un complejo no clasificado aún, en demostrar su maestría en la insidia, en la tergiversación, en la pedantería.

Tejeira contestó: “Ni el Gobierno es mal basurero ni yo soy comunista”. Y añadió: “El comentarista del diario imperial parece sufrir de la confusión que hoy aqueja a ese periódico. Con el mismo desembarazo que califica de mal basurero al actual régimen, me achaca a mí una ideología que me es antípoda”. En febrero del mismo año escribió una columna titulada “Izquierda y derechas” donde profundizó en el tema y expuso con claridad su posición ideológica.

Cultura y educación. En busca de lo raizal

En su columna “Mirador Istmeño” en 1925 expresó que todo lo que es resultado del trabajo humano, en el amplio sentido de la palabra, puede ser considerado como cultura, por lo tanto, esta se puede definir como el conjunto de todo lo creado con el esfuerzo del hombre, en oposición a lo que la naturaleza nos da generosamente sin exigir ningún esfuerzo. Para él, la característica sobresaliente de la literatura nueva de Panamá era la búsqueda de lo raizal, porque el escritor que pretendía escribir como lo hicieron los clásicos resultaba sencillamente anacrónico:

Los nuevos tenemos interés especial en explotar los temas vernáculos para la creación de nuestra cultura […] Los de hoy buscamos el alma nacional para expresar lo nuestro. A los clásicos hay que tenerlos en cuenta porque en ellos están los resortes del idioma. Pero someterse a ellos es olvidar que el mundo ha evolucionado que el español no es una lengua muerta y que los que hoy tenemos como clásicos fueron grandes revolucionarios de la lengua en su tiempo.

Por gestiones del poeta Moisés Castillo, propuso la creación del Concurso Literario Ricardo Miró, aprobado mediante la ley no. 27 del 4 de agosto de 1946, firmada por Enrique. A. Jiménez, entonces presidente, y por el ministro de Educación, José Daniel Crespo. Para Tejeira, toda creación artística, ya sea literaria, musical o plástica, es un mensaje estético que el artista envía a sus semejantes. Cuando este mensaje logra despertar emociones, se puede considerar una obra de arte. Y si la posteridad lo reconoce, ese mensaje se consagra como una gran obra. Por medio de sus columnas insistía en que no usar una palabra únicamente porque no figuraba en el diccionario de la Real Academia de la Lengua era una tontería cuando esa palabra venía a cumplir una misión en el idioma y era un mensaje como debía ser todo vocablo. A los escritores que tenían tendencias escapistas y soslayaban los temas nacionales y de interés social porque estaban empeñados en evadir nuestros asuntos para buscar temas exóticos les decía:

Yo creo que hay un estrecho paralelismo entre los sentimientos de un pueblo y su literatura. Los panameños comenzamos a hacer literatura nacional cuando empezamos a sentir nacionalmente. Lo mismo diría de las otras manifestaciones estéticas como la música y la pintura.

Amante de la libertad, cuestionó a aquellos escritores que se ponían al servicio de las dictaduras y se vanagloriaba de aquellos cultores del intelecto que se habían opuesto, aun a costa de la libertad, del arraigo a la patria y de la vida misma, a la dominación de un amo absoluto. Y es natural que el adversario más grande del tirano sea el hombre culto. La cultura necesita de la libertad para crecer hermosa y fuerte porque es deber del hombre culto oponerse al triunfo del despotismo por más que éste busque apelación al patriotismo ingenuo y chauvinista de las masas:

Y si los pueblos que parecieron ganar su libertad han de volver a la garra de los déspotas, que sea sin la complicidad de los que saben manejar una pluma, que es preferible dar la batalla y perderla que entregarse mansamente.

En varias de sus columnas celebró el hecho de haber conocido a Pablo Neruda gracias a su gran amigo, Eduardo Ritter Aislán, en una visita que el insigne escritor hizo a Panamá:

Yo me sentí y sigo agradablemente sorprendido. El premio Nobel conferido a Neruda ha sido motivo de regocijo para los de mi casa, tanto por lo mucho que ha significado Neruda en nuestros destinos como por la profunda admiración que sentimos por él.

“Hemos retrocedido sorprendente y dolorosamente en instrucción pública”, repitió hasta la saciedad en sus diversos escritos. La educación era tema recurrente en sus columnas, por su capacidad para fortalecer un vínculo amoroso que inicialmente era débil. En cambio, consideraba que la falta de educación era capaz de hacer insufrible la vida entre dos personas que se unieron amándose apasionadamente. Nuestra educación debe empeñarse en orientar a cada individuo hacia aquello por lo cual tiene señalada preferencia. Así tendríamos trabajadores eficientes. No hay nada tan nocivo para el individuo como dedicarse a una tarea que no es para su temperamento. Y ello es igualmente perjudicial para los demás. “Son desgraciadas las sociedades donde se mide el mérito de los hombres por su riqueza y en las que la acumulación de oro está por sobre la virtud y el conocimiento”. Fue invitado especial del gobierno de Estados Unidos para dictar una serie de conferencias en distintos centros educativos, en donde expresó ésta y otras preocupaciones.

Gil Blas y su obra literaria

Pueblos perdidos: entre el mito y la historia

Estamos frente a una obra que no solo vale como realización técnica, sino también por su contenido estético. Yo no creo que haya maravilla en el mundo que la supere. Tiene como fondo ese paisaje magnífico donde se pueden apreciar todas las tonalidades del verde, con colinas que son verdaderos portentos de belleza […]

La anterior afirmación es del doctor Simpson, uno de los personajes de la novela Pueblos perdidos, cuando junto con los protagonistas ven transitar el buque Ancón ante sus ojos. Así empieza esta maravillosa y significativa obra a través de la cual nuestra memoria logra captar un pasado que poco ha sido registrado en los anales de nuestra literatura y nuestra historia. Como protagonistas principales están eternizados Colón, Gatún y el majestuoso río Chagres. “Es el primer libro mío que tiene unidad”, afirmaba con sinceridad su autor. Él encierra el relato novelizado de la hazaña del Canal. Son 32 años de historia distribuidos en cincuenta capítulos, divididos en dos partes: “1882: Inicios de la construcción del Canal” y “1914. Un barco cruza el Canal”.

 

El impacto de la mezcla de razas y de personas provenientes de diversos lugares atraídas por la ilusión de prosperidad se pone en evidencia en este hermoso diálogo:

—Doctor Simpson —balbuceó—. Mi madre es guatemalteca. Mi padre es francés. Yo nací en Colón bajo la dominación colombiana  […] Amo a Panamá y la considero mi patria. Pero no sé dónde localizarme. —Usted es panameño —opinó el norteamericano— y debe sentirse feliz de ser ciudadano de una república nueva que tiene un gran porvenir.

Los pueblos instalados a lo largo del ferrocarril eran llamados La Línea. Sus habitantes son los protagonistas principales de esta obra. Estos pueblos estaban destinados a desaparecer y fueron cubiertos por las aguas del lago artificial Gatún, en su época el más grande del mundo, para contener las aguas indispensables para la operación del Canal. Pueblos perdidos es un registro de las transformaciones que fue sufriendo el paisaje físico y el paisaje social. En él, el autor establece una relación entre los diferentes sucesos vinculados con la construcción del Canal francés y sus efectos sobre las ciudades de Panamá y Colón; describe el proceso de persecución y ejecución de Pedro Prestán (1852-1885) —abogado liberal, llevado a la horca tras un consejo de guerra, durante la guerra civil de 1885 en el Estado Soberano de Panamá, a la que se sumó una nueva intervención de los Estados Unidos—.

En ese momento, una compañía privada estadounidense era la propietaria del ferrocarril interoceánico. Hecho sombrío y controvertido de las luchas civiles colombianas que tuvieron por escenario el istmo de Panamá; el advenimiento de la separación de Colombia y la reanudación de la construcción del Canal en virtud de la leonina concesión que hizo la dirigencia de la naciente República a Estados Unidos. Inspirado por su gran amigo Rómulo Gallegos, con el cual viajaba en tren de Colón a Panamá en 1937, empezó a pensar en su novela Pueblos perdidos, que terminó y presentó en septiembre de 1962. Gallegos, sumamente impresionado por el recorrido del Atlántico al Pacífico y en particular por el lago Gatún, le dijo “Aquí está tu novela y espero que algún día la escribas”.

El historiador, ensayista y crítico literario Rodrigo Miró hace una valoración de la novela señalando que la misma se propone mostrar los días postreros de los pueblos del sector atlántico destinados a desaparecer con motivo de la formación del lago Gatún, obra indispensable para el funcionamiento del Canal en los años comprendidos entre los prolegómenos del Canal de Lesseps y la conclusión de la empresa estadounidense. “No faltan el ingeniero galo ni el médico norteño. Pero interesa mayormente al autor la vindicación histórica de Pedro Prestán, el inquieto cartagenero por muchos años vecino de Colón”. Luis Pulido Ritter (sociólogo, educador, escritor y poeta), en su excelente análisis de la obra nos dice que Pueblos perdidos es un texto de la modernidad neocolonial que tiene en sí mismo su calidad literaria. El texto plantea, dentro del concepto teórico de construcción literaria en la situación neocolonial, una variante interesante de la recreación literaria panameña. Analiza la particularidad de Pueblos perdidos como una novela panameña que asume la situación neocolonial, es decir, plantea la modernidad, a pesar (y a costa) de la destrucción del mundo paradisiaco romántico. En el primer capítulo, el autor describe así a Pedro Prestán, uno de los personajes principales, que se pasea entre la historia panameña y el mito gestado por medio de la leyenda:

Era un hombre de estatura menos que mediana, de tez oscura y cabello crespo cuidadosamente partido en el medio. Aparentaba andar poco arriba de los treinta años. Llevaba una levita oscura muy de moda entre la gente de foro de ese entonces, pantalón gris con pliegues a los lados, una camisa blanca y alforzada, alto cuello sin doblez y gruesa corbata de rayas blancas y negras.

 

Numerosas estaciones se crearon a lo largo del ferrocarril transístmico. Los pobladores vivieron el desarraigo ante un hecho desconocido en su historia. Se vieron obligados a retirarse de las riberas del río Chagres, dejando siembras, casas y enfrentándose a un destino incierto. Según señala Pulido Ritter, “Pueblos perdidos se mueve en las coordenadas narrativas de la Nación Neocolonial que busca construir una identidad en medio de la destrucción del mundo romántico”. El destino histórico del istmo de Panamá está presente desde sus primeras páginas. El Canal francés deja caer sobre las ciudades terminales el dorado beneficio de sus despilfarros, para luego retirarse en quiebra. Los colombianos llevan a pueblos y aldeas las convulsiones de la guerra de los Mil días. El istmo de Panamá separa su destino de Colombia: negocia y firma con Estados Unidos un tratado para la construcción de un canal interoceánico. Se iniciaron los trabajos de excavación con su secuela de inmigraciones, desalojos e inundaciones. Tejeira escogió este escenario, en donde la grandiosidad del paisaje hace pequeño el dramático acontecer vital.

Epigramas y sonrisas

Entre sus obras de gran arraigo en el público lector, sobresale Epigramas y sonrisas:

Ese humor bizarro que lo distinguía, esa rapidez de concepción y la expresión gráfica e inesperada con que sabía decir lo que concebía, resultaban inquietantes y perturbadoras para los que tienen de la discreción una idea tan estrecha, que los induce a confundirlas con todo lo incoloro y anodino. Sabía Gil Blas que la risa no está reñida con el decoro de la persona, ni escribió comentario agudo e intencionado, con la generosa bondad del alma […]

… apuntó en esa lejana época el profesor y catedrático universitario, Miguel Mejía Dutary. Para todos sus amigos, Tejeira era un hombre culto, hijo de una tradición con un ingenio sin par en nuestro Istmo. Afinó sus bisturíes y escribió epigramas cortantes contra hombres públicos, así como epigramas galantes, tanto más picarescos cuanto más ingeniosos. Pero, para hacer una obra humorística o satírica de validez social se requiere algo más que el ingenio y la cultura: se necesita una clara conciencia política y una posición frente al ejercicio del poder. Sus epigramas, según Elsie Alvarado de Ricord, “son condensados y sutiles, y a la vez muy claros”, se captan, agradan y se memorizan fácilmente, y, como las caricaturas, tienen un alcance masivo que contribuye a la formación de la conciencia colectiva.

Tras seis años de casada Sin concebir ningún hijo La esposa de Juan Clavijo Fue a ver al Dr. Posada. Pronto quedó embarazada Y ya de achaques doliente Decía la muy colmada: ¡Qué doctor tan competente!

Luis Beltrán, académico y senador de Venezuela, en su libro Candideces, admira a este autodidacto panameño, que conocía a fondo la literatura venezolana, y además del español, dominaba el inglés y el francés con sus respectivas literaturas, y era un maestro en la escritura de poemas epigramáticos. Ernesto de la Guardia Navarro, presidente de Panamá entre 1956 y 1960, al hacer una comparación entre Belisario Porras y Gil Blas Tejeira, cuando se incorpora como miembro de la Real Academia de la Lengua, sentencia:

[…] los dos tienen en común, sin embargo, el ser amenos y el lograr que se les lea con avidez. Mas si lo que les conquista de salida la atención del lector son los temas que generalmente eligen, imágenes de realidades conocidas, cosas que naturalmente nos interesan y retratos y trasuntos de escenas y fenómenos que de no haber vivido, hemos por lo menos, entrevisto, lo cierto es que al par que Don Belisario retiene esa atención con el ardimiento de sus palabras y lo pintoresco y novedoso de sus observaciones, Don Gil Blas la alienta y la conserva mediante el humorismo, un humorismo sin acerbidad, un humorismo fino, sonriente y juguetón que se quintaescencia en el epigrama y que viniéndole de adentro, imprime a sus crónicas un sello singular e inconfundible. Veamos los siguientes ejemplos: Ocurre a ciertos gobiernos Lo que a ciertos individuos, Que por ser hijos bastardos Han de ser reconocidos. Este gobierno conmueve Y puede estar satisfecho, Que si no hace lo que debe Debe todo lo que ha hecho.

En una ocasión un amigo y compadre de Tejeira, sabedor de que tenía tres hijas mujeres, fue padre de un varoncito y le envió el siguiente telegrama: “Me nació un hijo varón macho para que te arda”. Tejeira contestó: “Dios manda a cada hogar lo que hace falta”. El siguiente epigrama se hizo muy famoso:

—¡Qué buena está Consuelo! ¡Cuánto garbo! ¡Qué primor! Mas si Con-suelo está buena con-cama estará mejor.

La escritora Virginia Fábrega, ensayista y crítica literaria considera que esa vena epigramática y satírica de Tejeira se expresa con gracia en Gato Félix, donde critica con gran ingenio a dos poetas que pensaron sacar dinero o algún provecho dedicándoles exagerados versos encomiásticos. El soneto dirigido a Tejeira se intitulaba “Magno Tributo”. La rápida respuesta llegó por medio de “Una magna negativa”:

Limpios del todo, digo, sin dineros, Y en actitud humilde e indigente, Vinieron a Colón de pasajeros Pensando sabletear a nuestra gente. Feuillet, Luisito y yo fuimos primeros En recibir al par, que diligente Quiso probar si como majaderos Nuestros dólares damos suavemente. Pero así son las cosas de la vida, Siguieron un camino equivocado, Y nadie quiere dar para bebida. Y aquí termina nuestra triste historia Pues cada cual se siente escarmentado Ya que el verso no paga pan ni gloria.

El habla del panameño

En 1964 publicó El habla del panameño, una selección de sus columnas publicadas en diversos periódicos, que recoge la rica semántica de los pueblos. Tejeira le daba importancia a la palabra: “la palabra nacida para decir cosas concretas y evolucionadas, hasta las más abstractas concepciones, tiene un valor irremplazable”, por lo que debemos tratar que nuestro léxico sea rico, noble, preciso, y, de ser necesario fustigante, de hondo significado, “para no hacer de él mero juego de voces sin más sentido que de las que repite un loro”:

Y porque sé que es nuestra habla tan española y tan panameña la más señalada de nuestras fuerzas vitales, amo la manera de decir de mi pueblo y acudo a ella en busca de fe e inspiración, siempre que trato de enviar mis mensajes sencillos de escritor istmeño a mis semejantes.

Para él, ser panameño significa más una responsabilidad que un motivo de orgullo:

Pero he de confesar que a veces siento que se me adentra en el alma la satisfacción de pertenecer a un pueblo que ha dado insuperables pruebas de resistencia vital y que ante las corrientes extrañas ha sabido hacerse más pujante en vez de desmayar y perecer.

Una de sus preocupaciones fundamentales fue la conservación y el acrecentamiento de nuestro idioma, que tiene que ser, forzosamente, el broquel protector de nuestra nacionalidad; el que impida la destrucción de las cosas que nos dan fisonomía y nos fijan como copartícipes de una cultura que no le va en zaga a ninguna otra y que debe sernos cara, porque ella nos viene de nuestros antepasados y es carne y espíritu nuestro. Elsie Alvarado de Ricord considera que:

[…] él tiene un oído atento a las variantes fonéticas y un gran sentido para el aspecto léxico semántico del lenguaje y su obra brinda observaciones muy acertadas sobre el habla panameña, practicada por una población heterogénea donde una mayoría hispanohablante convive con minorías de inmigrantes antillanos de habla inglesa: chinos e indios, amén de los indígenas panameños, de diversas lenguas.

El enorme interés que Gil Blas tenía por el idioma español se puede apreciar en el siguiente análisis:

El panameño más culto no tiene empacho en usar la voz enantes por antes. La Academia (la Real) tiene a enantes por voz anticuada.

 

Pero modestamente opino que enantes, tal como nosotros aquí lo usamos, no es lo mismo que antes, pues aquí lo tenemos para referirnos al momento poco antes a aquél en que se está hablando.

El retablo de los duendes

Rogelio Sinán, escritor vanguardista panameño, autor de Plenilunio, La boina roja y La isla mágica, expresa que el libro aborda la realidad y la ficción y que estas veces se confunden hasta hacernos dudar de la una y la otra. Y es inútil indagar la verdad, ya que el autor nos la ha cambiado con tal habilidad que nos quedamos perplejos frente al retablo, preguntándonos si esas figuras vivas que actúan frente a nosotros (como Alejandro López, Tunino, el Ñato Alejo, Práxedes Polo y otros) no son gente que ha vuelto del más allá, sombras devueltas de un mundo subterráneo que vuelven a nosotros para echarnos en cara nuestra vida mortal, ya que la de ellos es imperecedera y, al verlos actuar, nos convencemos de que en efecto la vida verdadera y eterna es solamente la de ellos, no la nuestra:

—¡Ay, señora Rosa! Yo quisiera encontrarme con los duendes de El Corallillo porque viene la Noche buena y muchos muchachos tienen juguetes y yo en once años que tengo ya cumplidos nunca he tenido uno porque dice mi papá que él es muy pobre para gastar la plata en juguetes. Ahora mismo quisiera un trompo de lata y un tambor de los que han venido a la tienda del chino. ¡Ay, señora Rosa! Yo quiero ver a los duendes a ver si es verdad que me regalan todo lo que yo quiero. —¡Ay, hijo! Se conoce que no sabes lo que hablas. Los duendes son de El Malino y lo adoran como si fuera Dios. Deja esos malos pensamientos.

Este libro participó en un concurso de cuentos de Navidad y su prosa fue considerada plena de dignidad y sabor, con una elegancia que lo colocan en puesto privilegiado entre los escritores istmeños.

 

“Es peligrosa la tarea de resucitar los personajes del genial castellano; hay que poseer el tacto y la perspicacia de un literato con mucho talento para soslayar la irreverencia expresó el jurado seleccionador”. Mediante estos cuentos se logró reconstruir una serie de estratos del patrimonio familiar istmeño. Para Elsie Alvarado de Ricord, en esta obra: “deambulan duendes y otros fantasmas de la imaginación popular. Sus relatos están escritos con gracejo, en un estilo fluido y elegante”. En cuanto al mensaje, tienen la gran virtud de develar el misterio que envuelven las supersticiones, con lo cual contribuyen a desvanecer temores infundados que son cómplices alevosos en la alienación de los pueblos; y a fomentar una mentalidad más racional y más cónsona con la era científica en que vivimos:

El verdadero valor no está en creer ni en negar las cosas, sino en aceptar lo sobrenatural y saber andar solo, como hombre, a sabiendas de que en cada esquina acecha un fantasma. (Serenata Macabra).

Octavio Méndez Pereira, escritor y primer rector de la Universidad de Panamá, considera que con la suma de personajes que vive en los cuentos de El retablo de los duendes se podría componer una novela que no se ha hecho todavía, aunque hay varios esbozos alentadores.

Lienzos istmeños

Lienzos istmeños, obra publicada en 1968 por el Instituto de Cultura Hispánica en Madrid, lleva un prólogo de Renato Ozores, periodista y docente universitario, y compila cuentos y crónicas que ahondan en la idiosincrasia panameña. Pulido Ritter señala que en Lienzos istmeños se busca a través de la exclusión del Otro de la nación, procedimiento intelectual que fue precedido por Jorge Isaac Fábrega (1957), donde se enumera quiénes no pertenecen a lo nacional, aunque la Constitución afirme que hay varias maneras de adquirir la nacionalidad panameña. Para él, Tejeira alude a la cultura y la etnia para resolver el problema de lo panameño, pues la Constitución no resuelve el problema de la identidad de la nación y, por lo tanto, en su mecanismo de destilación social, étnica y cultural llega a la conclusión de que el hombre del Pacífico, que vive en las regiones del interior de la República, donde es frecuente el tipo racial español, culturalmente más definido, que habla español y es católico, es “el panameño más definido, si no el más consciente de su nacionalidad”.

Campiña interiorana

Sobre su libro Campiña interiorana (1947) su gran amigo, el folclorista Manuel F. Zárate, se deshace en elogios y considera que esta es su obra magna, la que de seguro no tendrá rival por muchos años:

Ha elaborado un monumento de gran sustancia. Obra documental, la más vasta que se ha escrito en Panamá sobre la materia, es al mismo tiempo, seria y placentera, un regalo de lectura por el saber y la gracia que encierra. Es una obra guía, fuente e itinerario seguro para quien se dedique al estudio de nuestro folklore y de nuestras tradiciones. Ninguno de sus temas, de sus motivos y concomitancias, de los ambientes y paisajes que los rodean, ha escapado a la perspicacia y sabia exposición del autor.

Variedad de temas, autenticidad de los sujetos, la familiaridad que ellos nos muestran, las añoranzas que evocan el sentimiento terrígeno que despiertan, el hondo deleite espiritual que producen, están contenidas en este hermoso libro:

La tarde ya sin aliento Se desmaya en un celaje Y un molino de viento Le da cuerda al paisaje.

Allí están presentes las tradiciones panameñas, desde las procesiones, los diablicos y parrampanes, cucuás y mantúas; los congos y toritos guapos; las comidas rurales; los juegos y las supersticiones; los conjuros; la medicina popular; el ciclo de los cuentos; las leyendas; las adivinanzas, los refranes, los apodos y las tradiciones locales. Él intuye con plenitud la misión del folclorista. “Lo que abunda en él es su sensibilidad, su capacidad ilimitada de percepción y una profunda simpatía por los hombres y los temas del pueblo con quienes se place en convivir”. (Prólogo a Campiña interiorana, de Gil Blas Tejeira, Ediciones Caribe México, 1956). Resalta Zárate el aspecto filológico de sus escritos, su vasta recolección de léxico y lenguaje populares. Aquí se ofrece el cuadro de provincias, de las actividades sociales, de las costumbres, de las formas de vida, de las creencias, de las relaciones interpersonales. Constituye un testimonio de las interioridades que en gran medida determinan la historia de los pueblos y que la historiografía no registra.

Últimas obras

En Venezuela, con el apoyo del Ministerio de Educación y la Universidad de Mérida, publicó Venezolanos en Panamá: sueños, ensueños y vigilia (1967), en donde destaca a los hijos de esta tierra y hace una recopilación de conferencias, ensayos e investigaciones, y Biografía de Ricardo Adolfo de la Guardia (1971), seguido en 1973, por Mi mejor legado, biografía de Antonio Tagarópulos. Cuatro cuentos inéditos (1977) es su publicación póstuma. Este libro refleja las perversiones y decepciones que impiden el camino hacia el progreso. Recoge la superstición, las costumbres y tradiciones de los pueblos que Gil Blas Tejeira recorrió, amó y defendió.

 

El periodista Leonidas Escobar, quien durante muchos años dirigió La Estrella de Panamá, en su discurso de recepción en la Academia Panameña de la Lengua (diciembre de 1977), en palabras emocionadas y justas resumió el carácter, la esencia y el legado más importante de este distinguido patriota:

Perteneció a la vanguardia de los columnistas que aquí se atrevieron, desde hace varias décadas, a pedir una patria territorialmente integrada, y a golpear con la pluma, día a día, sobre esta tesis, como un martillo sobre el yunque, hasta hacer saltar las chispas de la dignidad nacional en el alma del pueblo. Su bandera fue la bandera liberal de la guerra de los mil días, que bañada en sangre y en metralla se fundió en la historia de la República con el holocausto del Puente de Calidonia. Su consigna fue la defensa de las instituciones de derecho, como instrumentos irremplazables de la vida civilizada. Su pasión social fue levantar su palabra en defensa de las instituciones de derecho, como instrumentos irremplazables de la vida civilizada. Su pasión social fue levantar su palabra en defensa de los indios, de los cholos, de los campesinos y los desposeídos de Panamá. De él puede decirse que fue un demócrata de tiempo completo, título suficiente para honrar a cualquiera, en esta etapa turbulenta de América llena de signos adversos a la libertad y a los derechos humanos, cuando muchos países buscan una ceja de luz en su horizonte de tinieblas y creen que en la democracia está la única respuesta para sus desventuras.

 

Referencias bibliográficas

Escarreola, R. (2001, nov.-dic.). Revista Lotería, no. 439.

Escobar, L. Gil Blas Tejeira: Testimonio sobre su obra periodística, Academia Panameña de la Lengua.

Miró, R. R. (1972). La literatura panameña (origen y proceso), San José, Costa Rica: Imprenta Trejos Hermanos.

Peña Trujillo, D. (2003). Gil Blas Tejeira, el hombre y la obra, Panamá: Editorial Agenda del Centenario.

Posada, J. J. (1987). Aspectos biográficos de Gil Blas Tejeira, Revista Lotería, no. 364, pp. 101-109.

Quirós Tejeira, F. A. (2001, enero-febrero). “La eterna presencia”, Revista Lotería, no. 434.

Tejeira, G. B. (1957). Campiña interiorana. México: Ediciones Caribe.

____________(1957, abril). “Nuestra generación”, Revista Lotería, no. 17, pp. 22-27.

____________(1962). Pueblos perdidos, Panamá: Impresora Panamá.

____________(1968). Lienzos istmeños, Madrid: Ediciones Culturas Hispánicas.