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    Aristides Royo Sánchez

Guillermo Andreve

by: Aristides Royo Sánchez

De Andreve podemos decir que los cargos políticos de importancia que ocupó los ejerció con la convicción certera de que no obtendría provecho pecuniario alguno. Vivió decentemente sin acumular bienes materiales y a su muerte no dejó más que la educación que les dio a sus hijos y un caudal enorme en diversos sectores del saber.

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Socio de la firma Morgan y Morgan desde 1968. Profesor de Derecho Penal General y Especial en la Universidad de Panamá (1968-1975); ministro de Educación (1973-1978); miembro del equipo negociador de los Tratados Torrijos-Carter presidente de la República de Panamá (1978- 1982); embajador de Panamá en España, Francia, Suiza y la OEA; miembro numerario de la Academia Panameña de la Lengua; presidente del Consejo Directivo de la Universidad para La Paz de las Naciones Unidas. Obras: Mensajes del Presidente a su Pueblo (1981); Laberinto de Ausencias (2000); La frustrada derogatoria de la ley 96-70 (2002); El Instituto Nacional de Panamá. Recuerdos y vivencias de una época (2009).
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Adelantado del nacionalismo  y la cultura en Panamá

 

En el último tercio del siglo XiX, la pequeña ciudad de Panamá, más vetusta en apariencia que los doscientos años con que apenas contaba, languidecía luego de los prósperos tiempos en que los peregrinos ávidos de oro hacían uso del ferrocarril —caballo de hierro convertido en oro— para trasladarse del Atlántico al Pacífico desde donde navegarían hasta California.

La capital del departamento de Panamá reflejaba el abandono del istmo por parte de las autoridades colombianas representativas de la doctrina llamada “Regeneracionismo”, cuyo representante máximo, Rafael Núñez, nos privó en 1885 de la favorable condición de estado federal que habíamos conseguido hacía casi tres décadas. Colombia concedió a una empresa francesa los derechos para construir un canal por Panamá.

Un año antes de que se iniciasen los trabajos, el 8 agosto de 1879, nació Guillermo Andreve en una casa llamada “Las Gamboas”, por el apellido de sus propietarias. Sus padres, Guillermo Andreve y Rita Icaza, formaron un hogar con pocos recursos, mucho amor y firmes convicciones liberales, pues fue escogido como padrino de bautizo del primogénito el doctor Pablo Arosemena, notable patricio panameño que fue jefe de la bancada del liberalismo en la Asamblea Constituyente de 1904, y luego presidente de la república de 1910 a 1911.

La vocación literaria de Andreve se manifestó precozmente, pues a los catorce años, tal vez enamorado por primera vez, escribió su primer poema, al que tituló “Nostalgia”. Al igual que Joaquín Balaguer, el expresidente dominicano, que no dio a conocer sus escritos de adolescente, Andreve mantuvo el poema inédito durante muchos años, hasta que una persona que prefirió el anonimato lo donó años después de muerto el autor a Consuelo Peña, autora de una breve biografía del eminente panameño, quien a la fecha del poema era todavía escritor bisoño.

En 1895, cuando Andreve apenas contaba con dieciséis años, falleció su padre en Bluefields, Nicaragua, y el huérfano adolescente tuvo que suspender sus estudios en el Colegio Balboa para ponerse a trabajar. Se desempeñó como conserje durante quince meses en un juzgado civil, y luego ingresó en el periódico liberal El Lápiz, donde, aparte de iniciarse como periodista aprendió el oficio de tipógrafo, del cual siempre se sintió orgulloso.

Su primer artículo de índole política lo tituló “Meditemos”, y en el mismo criticó a la clase política en general y a los que gobernaban el departamento de Panamá, tachándolos de personas a quienes les faltaba carácter y determinación para tomar las decisiones difíciles pero necesarias. También trabajó en el diario El Tiempo, donde enseñaba a jóvenes aprendices del oficio, como lo recordaba Ignacio “Nacho” Valdés en su columna “Vibraciones”. Lector voraz como suelen ser los autodidactas entre los cuales podemos citar a Diógenes De la Rosa y Roque Javier Laurenza, escribió sobre temas como “La enseñanza simultánea de la lectura y escritura”, tema sobre el cual profundizó posteriormente cuando le correspondió ser responsable de la educación nacional.

En esta época, a fines del siglo XiX, emprendió una tarea que no abandonó durante el resto de su vida: la creación y difusión de la cultura en la nación. Fue esta una lucha tenaz, en la que cosecharía triunfos y decepciones sin que jamás se amilanara. Fundó la revista Filatelia, luego Cosmos, y más tarde el periódico El demócrata, medios que, como era de suponer, tuvieron corta duración. Andreve fue fundador y primer presidente de la Asociación de Periodistas, constituida en 1927 y ejerció de maestro de los obreros de la pluma.

Lo acompañaron en la directiva Domingo H. Turner como vicepresidente, y Diógenes De la Rosa como Secretario de Actas. Como expresó el poeta Demetrio Korsi en 1940, la verdadera palestra de Andreve fue el periódico, y será recordado “por su consagración al periodismo, que es en la civilización contemporánea la rienda con que se conduce la opinión de los pueblos desde el carro triunfal del pensamiento”.

Nacido en hogar liberal, criado en un barrio de mayoría liberal, los amigos de la familia liberales, lógico era que Andreve iniciase su andadura política en las filas del liberalismo, en las que militó leal y decididamente sin cambiar nunca de toldas, aunque cuando el partido se escindió, Andreve formó junto con otros el Partido Liberal Unido. La mejor prueba de su adhesión al liberalismo la evidenció en 1899.

En este año, estalló la guerra civil en Colombia, país al que Panamá pertenecía. El conflicto, denominado guerra de los Mil Días, pues esta fue su duración aproximada, se inició cuando el Partido Liberal colombiano, dirigido por el general Rafael Uribe Uribe, decidió acudir a las armas contra el gobierno conservador.

A lo largo del siglo XiX, luego de las cruentas luchas por la independencia de Colombia y otras naciones, la sangre continuó tiñendo el suelo colombiano. Entre los años 1863 y 1880, corto espacio de diecisiete años, el país fue azotado por cincuenta y dos enfrentamientos armados, y en diez años de gobierno federal se produjeron veinte revoluciones locales y diez gobiernos derrocados.

Tal como decía un diplomático extranjero, “en Colombia se había organizado la anarquía”. Uno de los contertulios más jóvenes en el grupo de liberales que se reunían en las noches en la cantina “La Plata” en Santa Ana, a diferencia de los mayores a quienes había criticado por su pasividad ante el conflicto armado, Andreve decidió enrolarse en la contienda fratricida en 1899.

Carecía de dinero y por ello hizo una colecta entre amigos, en la cual recogió 42 dólares. Meticuloso como era y prolijo para registrar y conservar cartas, documentos, papeles y escritos múltiples, hizo lista detallada de los donantes con la cantidad que cada uno había aportado, probablemente con la esperanza de devolver las sumas posteriormente.

En un diario de los que servían para hacer constar ingresos y gastos, relató sus aventuras en la guerra, su participación en la batalla de Los Picachos y otros combates, y el efecto que le iban produciendo los jefes del liberalismo, como Herrera, Porras, Mendoza, Noriega, De la Rosa, Salazar y otros comandantes del liberalismo.

Viajó a Costa Rica y Nicaragua en procura de apoyo para el ejército restaurador, como también se le llamaba a la organización armada liberal, y describió con admiración al doctor Belisario Porras, jefe civil de la guerra en el istmo de Panamá, así como al doctor Mendoza y otros. Sus Recuerdos de la guerra de los Mil Días, escritos en el vivaque, en los barcos, en las horas de vigilia y en el entresueño, demuestran la capacidad del novel escritor como observador perspicaz de los acontecimientos, así como los conocimientos suficientes que le permitieron analizar la precaria situación del Partido Liberal en la guerra en la que participó entre los años 1899 y 1901.

Esas experiencias, recogidas por escrito de su puño y letra, las conservó sin publicar y le correspondió a su hijo Guillermo entregarlas a la Universidad de Panamá, que las editó en el año 2005, lo cual hace innecesario un recuento de esas extraordinarias experiencias de un joven que no obstante su talante pacifista creyó que cuando las puertas de la justicia y la equidad política se cerraban y no se respetaba la voluntad popular, se hacía inevitable acudir a las armas.

Andreve regresó a su hogar luego de más de un año de ausencia, creyendo que para él había terminado su participación en las campañas del istmo. No había cesado, sin embargo, el peligro ya que luego del hundimiento del buque Lautaro, comandado por el general Carlos Albán, jefe civil y militar del Gobierno conservador en el istmo de Panamá, Andreve fue detenido junto con otros liberales en enero de 1902, y luego de diez meses de prisión salió en libertad el 21 de noviembre de 1902, día en que se firmó a bordo del buque estadounidense Wisconsin el tratado de Paz entre liberales y conservadores.

El coronel Andreve, rango que ganó en la contienda, llevaba en sus jóvenes espaldas el peso de su participación en tres campañas militares. Con el regreso a la casa donde vivían su madre viuda y tres hermanas, casi no se generaban ingresos y la situación económica hogareña era insostenible. El guerrero en la paz, aceptó un modesto empleo en la casa comercial “Maduro e hijos”. Sus tareas consistían en despachar cintas y géneros por yardas.

Todavía no se aplicaba en Panamá el sistema métrico decimal y por ello las telas para la primera bandera republicana fueron adquiridas en yardas. Enterado de que iba a ingresar una joven, le propuso al señor Samuel Levy Maduro hacer un cambio consistente en que ella vendiese cintas y Andreve pasase a ser cajero.

En pocos meses recibió tres aumentos pero ya en ese entonces, con su corta pero audaz trayectoria, estaba decidido a salir de la casa comercial, pues debió sentir como incongruente que un hombre de acción estuviese detrás de un mostrador o haciendo timbrar una caja registradora. Desde el mes de septiembre de 1903, luego de haber sido rechazado el tratado Herrán-Hay firmado entre los Estados Unidos y Colombia para la construcción de un canal en Panamá, un grupo de notables, casi todos conservadores, se organizaron para lograr la independencia.

El coronel Juan Antonio Jiménez fue quien primero puso a Andreve al tanto del movimiento que se gestaba, pero este, ya con cierta experiencia guerrera, optaba en principio por un golpe de mano arriesgado y rápido que incluyese el apresamiento de las autoridades y el asalto o hundimiento de la cañonera colombiana Boyacá. Después de meditar, en octubre le respondió al coronel Jiménez que apoyaría al grupo independentista. Como es sabido, los conjurados solicitaron a los liberales que respaldasen las acciones que desde el 2 de noviembre comenzaron a emprender. Andreve escribió un recuento sobre su participación y la de dirigentes del Partido Liberal, quienes desde el barrio de Santa Ana convocaron al pueblo para que se manifestase a favor de la secesión.

Él se encargó de pagar a los soldados los sueldos atrasados, lo que llevó a cabo con fondos que le entregó Manuel Amador Guerrero. El 5 de noviembre, viajó en el tren que transportaba a Colón a los generales colombianos apresados que iban a ser embarcados rumbo a su país junto con el batallón Tiradores. Consumada la independencia, Andreve no regresó a la Casa Comercial Maduro a pesar de que le ofrecieron doblarle el sueldo.

Escribió lo siguiente: “Pero yo no acepté. Con la independencia de mi país se abrían nuevos horizontes para mí y preferí al general Díaz hasta la disolución de la Primera División del Ejército, lo que se produjo en marzo o abril de 1904”. A partir de ese momento, decidió que en su destino se entrelazarían las letras y la política, y que ambas serían impulsadas por su firme vocación de servir a su país. Con Pablo Rogelio Villalobos y Eugenio J. Chevalier, establecieron “La Tipografía Moderna”.

Poco tiempo después, Andreve se convirtió en propietario único y la imprenta funcionó hasta 1922. Aunque había sido soldado al servicio del liberalismo y del movimiento independentista de 1903, su formación cultural era enorme gracias a su constancia como lector, crítico literario y divulgador del quehacer cultural de autores nacionales y extranjeros. Suplió con creces la falta de educación universitaria, y en un artículo titulado “Cuatro grandes novelistas franceses”, se juzgó a sí mismo de esta manera: “Tengo el vicio de la lectura, porque vicio es todo lo que se hace en exceso y fuera de ciertas normas.

Y yo para leer no las tengo, ni tampoco restricciones de tiempo, espacio y calidad”. Sin maestros ni profesores que lo encauzaran, no se limitó a lograr una vasta cultura literaria de la cual ha dejado profundas huellas, sino que bebió insaciablemente en las fuentes de la filosofía, la ciencia política y la historia, sin descuidar por ello las bellas artes como la pintura, la música y la escultura. Inició sus tareas de creación y divulgación de la cultura con la revista El Heraldo del Istmo, cuyo primer número vio la luz el 3 de enero de 1904.

Mediante la Ley 35 de dicho año, el Estado le concedió a la innovadora publicación una ayuda económica, hecho loable que demostraba el interés de los primeros gobernantes por la cultura. Allí tuvieron cabida las aportaciones del entonces joven poeta Ricardo Miró, así como escritores de distintas épocas, clásicos españoles, franceses, italianos e ingleses, filósofos alemanes, escritores latinoamericanos y poetas de distintas escuelas y tendencias. El contenido de los distintos temas de esta revista istmeña recordaba las compilaciones del enciclopedismo y la Ilustración, cuyos objetivos modernizadores dieron lugar a las teorías liberales que fueron utilizadas para derrotar el absolutismo y fortalecer la democracia.

Esta revista había sido pues concebida como amplia y progresista, teniendo como pilares la ciencia y la razón, así como la libertad y los derechos de los seres humanos. Tales fueron los fundamentos que inspiraron a Guillermo Andreve para editar la revista, que alcanzó merecida fama y prestigio reconocidos incluso allende de nuestras fronteras. Cuando los intereses personales se anteponen a los principios, ocurre lo que le sucedió a esta revista. En el número sesenta y dos de la misma salió publicado un artículo titulado “La mujer seria”, y, como se refería a las virtudes y cualidades que una mujer debe poseer, parece que alguien en las alturas del poder sintió que se aludía a su esposa e hizo suspender como castigo la remuneración económica que necesitaba la revista para subsistir.

Afectada la publicación, esta comenzó a consumirse a un ritmo parecido al de la muerte del cisne en la obra de Tchaikovsky, y luego de sesenta y seis números que se editaban quincenalmente, desapareció por culpa del resentimiento y la susceptibilidad de una persona con poder. De dificultades similares por razones económicas adolecieron posteriormente otras revistas como Nuevos Ritos, dirigida por Ricardo Miró, y Memphis, de Gaspar Octavio Hernández. Aunque ya había participado como soldado y conocía el pensamiento liberal, del cual se convertiría más adelante en su principal expositor, Andreve no había comenzado todavía su fulgurante carrera política, que jamás logró extinguir la llama iluminista de la cultura, que en él, más que oficio, era pasión natural.

En 1906 fue elegido miembro del Concejo Municipal del distrito capital, del cual fue luego presidente. Era uno de los jóvenes más destacados del liberalismo y colaboró con el doctor Carlos A. Mendoza en las tareas de reconstrucción de su partido, afectado por la guerra de los Mil Días y por el gobierno conservador en el poder en el primer mandato de la república. Hemos señalado anteriormente que Andreve fue crítico literario, pero como en todo destacaba, se convirtió en el mejor en esta rama del quehacer cultural, bueno entre los buenos como años más tarde lo serían Enrique Ruiz Vernacci y Rodrigo Miró.

Se estrenó como crítico con un artículo titulado “Con motivo de un libro de versos”, sobre la obra poética Vendimias Juveniles de Manuel Ugarte. Entre otros prólogos famosos, podemos citar el correspondiente a la vida del general Tomás Herrera, el militar panameño más destacado del siglo XiX, escrita por Ricardo J. Alfaro y los que escribió para las memorias de la guerra de los Mil Días, escritas una por el general Manuel Antonio Noriega, y otra por el general Domingo Salvador de la Rosa.

En el libro de Noriega titulado Recuerdos históricos de mis campañas en Colombia y en el Istmo, el autor relata sus campañas de 1876, 1885 y 1901 y sus experiencias como preso y como desterrado político. Lo más valioso del prólogo es el comentario acerca de cómo se equivocaron los dirigentes de la separación de 1903 al creer que se podía vivir sin política aunque esta, según Andreve, “es necesaria a los pueblos como el alimento y el sueño a los individuos”. Agregó que “al darse el abrazo de paz liberales y conservadores, abandonaron una política grande, la de las ideas, por abrazar una política pequeña, la del personalismo”.

Con De la Rosa tenía mantenía cierto grado de amistad desde tiempo atrás, pues ambas familias vivían en las inmediaciones de la plaza Herrera. Escribió una obra titulada Recuerdos de la Guerra de 1899 a 1902. Junto con Temístocles Díaz participaron en diversos combates hasta que la muerte de Díaz en la batalla del puente de Calidonia los separó. Con Andreve hicieron varias misiones a las órdenes del general Domingo Díaz. En el prólogo Andreve señala que si los liberales en lugar de precipitarse en declarar la guerra, hubiesen cooperado con los conservadores en una reforma política trascendental, el triunfo que obtuvieron en 1930 quizás lo hubiesen alcanzado un cuarto de siglo antes.

El prólogo finaliza con un llamado a la juventud liberal del hemisferio americano, mensaje que es todo un ejemplo de docencia política. Los autores le solicitaban que les prologase sus obras e hiciese comentarios críticos. En 1907 el pequeño mundo de las letras panameñas se vistió de gala con motivo de la llegada a Panamá, el 16 de noviembre de 1907, del gran poeta modernista nicaragüense, Rubén Darío. Se reunió con la élite de la intelectualidad panameña, la cual escogió a Guillermo Andreve, quien era presidente del Ateneo, para que pronunciase unas palabras.

El poeta, agradecido, escribió unos versos en el álbum de Andreve y dedicó otros a la memoria de Jerónimo Ossa, autor de la letra del Himno Nacional panameño, quien había fallecido recientemente. Era costumbre de la época tener un álbum en el que amigos visitantes pergeñaban algunos versos o escribían una dedicatoria en prosa para complacencia del dueño de la colección.

El de Andreve contaba con poemas originales firmados por sus autores. Una de las facetas que nos interesa destacar de la vida de Guillermo Andreve es la de un nacionalismo caracterizado por sus reac- ciones de protesta ante las injusticias cometidas por los Estados Unidos contra Panamá, reclamos que lo convierten en un adelantado del sentimiento nacional por la recuperación de nuestra soberanía en todo el territorio nacional. La primera que conocemos está expuesta en una carta que le escribió a Belisario Porras el 13 de diciembre de 1908, en la que se refiere a un incidente ocurrido el 28 de septiembre de ese año.

En un burdel de la ciudad de Panamá, marinos del buque estadounidense Buffalo sostuvieron una riña con varios ciudadanos istmeños. Murieron un estadounidense y un panameño. La Secretaría de Estado exigió el “castigo inmediato de los cuatro reos y de los policías que mediaron en el suceso, una indemnización a la viuda del marino estadounidense muerto, de veinticinco mil dólares y al herido de diez mil dólares, así como la promesa de que nunca más sucederá tal cosa y que se le brindase una satisfacción a la marina estadounidense ofendida en la persona de uno de sus componentes”.

Agrega Andreve que el gobierno de Panamá pagó catorce mil dólares, pero contestó que para castigar a los responsables hacía falta el proceso correspondiente, y que se acataría lo que resultase del mismo. Ante la llegada de nuevos marinos, Andreve se preguntaba: “¿Qué haremos nosotros, juguetes del capricho del impulsivo cazador de osos que sueña estar ya en las regiones africanas sin más ley que su capricho?”. Finalizaba su nota aconsejando que “el gobierno debía informar al pueblo de todo lo ocurrido, que este no efectuara los festejos preparados por el comercio y que las casas particulares no se adornaran”.

Hombre consecuente con su pensamiento y con sus actos, posiblemente tuvo en cuenta esta patriótica carta cuando en 1918 ordenó que en las escuelas no se celebrara el cuatro de julio, día de la Independencia de Estados Unidos, porque la patria estaba de duelo por la ocupación del ejército estadounidense de nuestro país, valerosa decisión que veremos más adelante con más detalle. A raíz de la muerte de José Domingo de Obaldía el 1 de marzo de 1910, ocupó la Presidencia el doctor Carlos A. Mendoza, uno de los jefes del liberalismo y pariente de Andreve.

Cuando en 1912 el doctor Belisario Porras tomó posesión de su cargo como presidente de la república, le correspondió a Guillermo Andreve, como presidente de la Asamblea Nacional, tomar el juramento al primer mandatario y pronunciar el discurso de rigor, uno de los mejores que se han dado en la historia del Órgano Legislativo. Fue designado secretario de Instrucción Pública, posición que ahora se conoce como ministro, y con él se inició un fértil período de mejoramiento de la educación nacional.

Fue tan exitosa su labor que desempeñó el cargo durante seis años en tres administraciones distintas. La educación en Panamá en los primeros años de andadura republicana, historiada por educadores como Octavio Méndez Pereira y Alfredo Cantón, consagró los principios que inspiraron a los que podríamos denominar padres fundadores de la instrucción pública. No fue tarea de un solo conductor sino un esfuerzo colectivo y acumulado, ni emergió de una sola idea pedagógica sino de un conjunto de sistemas innovadores que se adoptaron con variantes y terminaron adaptándose a las características de nuestra idiosincrasia.

Las directrices para que se impartiese una educación que reconociese la libertad de pensamiento, de creencias religiosas, que diese cabida a las ideas científicas aunque contradijesen los argumentos bíblicos, que discutiese las ideologías por diversas que fuesen a nuestras costumbres y tradiciones, fueron el resultado de librepensadores como Eusebio A. Morales, José Dolores Moscote, Jeptha B. Duncan, Octavio Méndez Pereira, Ricardo J. Alfaro y, desde luego, Guillermo Andreve.

De haber estado en sus manos la educación nacional en 1910, año en que se produjo la renuncia del doctor Justo A. Facio, primer rector del Instituto Nacional, porque había sido acusado de librepensador y de evolucionista, no la habría aceptado por la injusticia que la originó. Nuestro país nació a la vida independiente en 1903, y en menos de una década se organizó la educación nacional con ideas contemporáneas, muchas procedentes del liberalismo, otras del socialismo y muchas de los avances pedagógicos de la enseñanza en los Estados Unidos.

Asombra que en pocos años fueron establecidas instituciones educativas que todavía cumplen sus funciones formativas, con los cambios que los tiempos determinan. Así, el Instituto Nacional al que Andreve bautizó como “Nido de Águilas” en alusión a las que están colocadas en la parte superior de la fachada principal; el Artes y Oficios; la Escuela Profesional y la Escuela Nacional de Agricultura fueron escuelas donde aún retumba el eco de las ideas, valores y principios que inculcó Guillermo Andreve a los estudiantes cuando asistía a sus graduaciones.

Fue autor de una obra en aquellos tiempos muy útil y necesaria, El Lector Istmeño, provechoso manual para los estudiantes del segundo al sexto grado que contiene lecturas apropiadas para la educación primaria y métodos de aprendizaje de la lectura. Si los que hoy participan del proceso de enseñanza-aprendizaje acudiesen a las memorias anuales que aquellos secretarios de instrucción pública preparaban para su presentación ante el Órgano Legislativo, aprenderían mucho de cómo se educa a un pueblo, y especialmente la formación que ese pueblo necesita para desarrollarse.

Uno de los logros de la educación en Panamá fue la creación, por parte de Andreve, de la Escuela de Derecho y Ciencias Políticas y la Facultad Nacional de Derecho, cuando aún no se había fundado la Universidad de Panamá. El profesorado era excelente, pues contaba con grandes juristas y profesionales como Pablo Arosemena, Ricardo J. Alfaro, Harmodio Arias y José Dolores Moscote, entre otros.

En su vida personal, Guillermo Andreve, quien había permanecido soltero hasta casi sus treinta y ocho años, contrajo matrimonio el 7 de abril de 1917 con Delia María Robles, quien era oriunda de Aguadulce y había estudiado en el Colegio de las Ursulinas. El matrimonio permaneció unido hasta la muerte de Andreve, y del mismo nacieron Delia Guillermina Andreve de Akers, Carmen Andreve de Aristegui, Rita Teodolinda Andreve Robles y Guillermo Andreve, casado con Ana Lucrecia Arias.

La segunda y más importante expresión de la faceta nacionalista de Guillermo Andreve se produjo en el año 1918. Con motivo de la discusión del artículo 70 de la Constitución Nacional de 1904, que exigía la condición de haber nacido en Panamá para ser elegido presidente de la república, el país se dividió en reformistas y antirreformistas. Los primeros apoyaban al doctor Eusebio A. Morales, quien había nacido en Sincelejo, Colombia, para que si se aprobaba la reforma pudiese ser candidato al cargo más alto del Estado.

Los antirreformistas sostenían que el caso de Manuel Amador Guerrero fue una excepción, de carácter único, debida a la importante actividad que desarrolló en el movimiento que culminó en la independencia de 1903. Sostenían además que el requisito del nacimiento del artículo citado regía desde la terminación del período de Amador Guerrero en adelante.

Consideraban que era absurdo que luego de dieciséis años de vigencia de la Constitución Política se pretendiese hacer una reforma para beneficiar a una sola persona. Morales y Andreve, no obstante la diferencia de edad, eran además de grandes amigos, copartidarios, y fueron compañeros en el gabinete de Porras. Como Morales era una persona de enorme prestigio, llamado con justicia “la conciencia crítica de la nación” y además uno de los constructores de la naciente república, la decisión era muy difícil para Andreve, quien sin embargo, por cuestión de principios, se opuso a la reforma.

Con los problemas políticos que este delicado asunto causó, el presidente Ciro Luis Urriola, quien había ocupado la Presidencia luego de la muerte de Ramón M. Valdés, decidió posponer las elecciones mediante el Decreto no. 80 de 20 de junio de 1916, pero el rechazo fue tan contundente que se volvió a restaurar la fecha de las elecciones para presidente y diputados. Los Estados Unidos, haciendo uso del malhadado artículo 136 de la Constitución de 1904, que les permitían intervenir en los asuntos internos de Panamá, ocuparon las dos ciudades terminales del istmo con el fin de vigilar las elecciones.

El intento inicial de Andreve fue el de presentar su renuncia, pero se abstuvo de hacerlo para no ir contra su propio partido y por lealtad con el presidente Urriola, pero su patriotismo y su sentido nacionalista lo llevaron a considerar que la dignidad del pueblo panameño había sido ofendida. En seguimiento a esa consideración, dictó una disposición que en forma de comunicado remitió a las escuelas el primero de julio de 1918.

Por la importancia de este documento histórico, reproducimos su tenor:  “La Secretaría de Instrucción Pública considera que con la ocupación militar de las ciudades de Panamá y Colón, efectuada ayer por el ejército de los Estados Unidos de Norteamérica, la nacionalidad panameña está de duelo y, en consecuencia, suspende por ahora toda clase de fiestas escolares”. La reacción airada del gobierno de los Estados Unidos, por conducto de su legación en Panamá, no se hizo esperar.

Al iniciarse el nuevo gobierno presidido provisionalmente por Pedro A. Díaz, mientras regresaba al país el doctor Belisario Porras, Guillermo Andreve presentó su renuncia el primero de octubre de 1918 mediante nota que vale la pena transcribir parcialmente. El primer párrafo denota con claridad que su renuncia obedeció a una imposición del gobierno de los Estados Unidos, molesto porque el Secretario de Instrucción Pública de Panamá se había negado a celebrar el cuatro de julio como día de fiesta:

Los deseos de la Secretaría de Estado, que llevó a su conocimiento el señor Ministro Price y usted me dio a conocer anoche, me indican a solicitarle la aceptación de mi renuncia que del puesto que he ocupado en el gobierno del doctor Urriola, de Secretario de Instrucción Pública, tengo presentada desde ayer.

Agregó que no será jamás un obstáculo para la felicidad de su patria para luego añadir con valentía, coraje y el corazón henchido de patriotismo:

 Quiero sí protestar de la opinión que de mí abriga, erróneamente, la Secretaría de Estado de los Estados Unidos; yo no soy enemigo del pueblo americano ni de su actual gobierno. Mi actitud con motivo de la ocupación de las dos ciudades de Panamá y Colón por tropas americanas, el día 28 de junio pasado, en la forma en que se verificó y las consecuencias que tuvo, no puede ser censurable y estoy convencido que si el presidente Wilson y el secretario Lansing, insignes repúblicos y buenos patriotas, fueran panameños, hubieran hecho lo mismo que yo. En las relaciones de país a país no puede haber armonía, ni hay lealtad, afecto y respeto mutuos, si no se ejercen en una amplia esfera de justicia y equidad, sin que el más fuerte trate de herir o menoscabar el honor, la libertad y el derecho del más débil. Los hombres que hoy no me ven con buenos ojos, pueden mañana, con mayor información y más calma, cambiar de opinión, y de no, ellos pasarán y vendrán otros que sepan comprender y justificar mi proceder.

No tengo la menor duda que hoy muchos panameños y panameñas justifican y comprenden el proceder de Guillermo Andreve en esa defensa política, ética y moral del sentimiento nacional de los panameños. Meses antes de la patriótica nota de renuncia, cuando el presidente Porras regresó a Panamá en 1918 para participar en la campaña política, Andreve le expresó en el acto público de bienvenida:

La bandera del nacionalismo que os pedimos levantéis en nombre de la nación panameña es la más amada que puede enarbolarse para defender la dignidad de la patria: Panamá para los panameños, debe ser nuestro grito de guerra y debe ser también nuestro canto de victoria.

En ese año tan decisivo en la vida de Andreve, este decidió crear la que tal vez ha sido su obra cumbre de difusión educativa, la “Biblioteca de Cultura Nacional”, la cual tenía como propósito dar a conocer la vida y obra de escritores nacionales —aunque pronto incluyó a los extranjeros—, así como piezas clásicas de la literatura universal que no eran de fácil acceso para los panameños.

Entre los números más salientes figuran el primero, dedicado a Tomás Martín Feuillet, autor chorrerano que tuvo una vida muy desgraciada, al que siguieron otros sobre Demetrio Fábrega, León A. Soto (de quien los panameños conocían su muerte trágica luego de haber sido azotado por un soldado colombiano en los umbrales de nuestra independencia, pero no habían leído su obra), Guillermo León Valencia, Rubén Darío y muchos escritores más.

La lista de autores comentados es abarcadora e incluye a políticos que también fueron escritores, a historiadores y ensayistas, sin dejar de prestarles atención a los jóvenes de la generación republicana, como Rogelio Sinán, Demetrio Korsi, Ricardo Miró, Enrique Geenzier, Hortensio Icaza, José Guillermo Batalla y muchos más. Cautelosamente, se abstuvo de intervenir en la intensa polémica que se desató con motivo de la presentación de Roque Javier Laurenza en el Aula Máxima del Instituto Nacional, en la que el novel poeta hizo fuertes críticas a la poesía del siglo XiX ridiculizando específicamente al movimiento conocido con el nombre de “Romanticismo”.

La “Biblioteca de Cultura Nacional”, a la que bien pudo añadírsele el término internacional, constó en su primera etapa de treinta y seis cuadernos de formato pequeño. Interrumpida por sus cargos en el extranjero, Andreve la reanudó en el año 1933 habiéndose publicado en esta segunda etapa veinticuatro cuadernos más para hacer un total de sesenta cuadernos que constituyen hoy un tesoro bibliográfico que debería reeditarse. No solamente fueron sus inquietudes literarias y sus deseos de que se dieran a conocer a los autores las únicas fuentes de motivación para Andreve.

Fue el primero en publicar, en la era republicana, la obra El Estado Federal de Panamá, que es la clave para comprender la identidad de Panamá y el surgimiento de nuestra nacionalidad. Quienes todavía crean que la nación panameña fue creada en 1903, al leer ese estudio de Arosemena sabrán que el Estado de Panamá sí nació con el apoyo de los Estados Unidos, pero que el hecho de sentirse panameño viene desde los inicios del siglo XiX, y en consecuencia estábamos preparados para convertirnos en estado independiente.

Prueba de ello es que nuestros próceres rechazaron las propuestas de los delegados colombianos para que revirtieran la secesión ya cumplida, las promesas de que aprobarían el tratado Herrán-Hay e incluso el ofrecimiento de colocar la capital de Colombia en Panamá. Adicionalmente, los primeros gobernantes pudieron solicitar, pero no lo hicieron, el tratamiento de protectorado como una manera de amparar al estado recién creado bajo las faldas de la potencia con lo que hoy tendríamos una condición igual o similar a la de Puerto Rico.

Por suerte, hubo hombres como Andreve, Mendoza, Porras, De Obaldía, Morales, Alfaro y otros que se convirtieron en grandes defensores de Panamá como Estado independiente. Andreve también fue el primero en acumular la frase “Panamá para los panameños” y el primero también en impulsar la acuñación de moneda panameña. En realidad, fue un primus inter pares.

En el año 1919 fue designado ministro en Francia e Inglaterra, cargo que ocupó durante casi un año, y es de destacar su encuentro con tipógrafos ingleses con los que departió fraternalmente, pues él, como hemos mencionado, había aprendido y ejercido este oficio en los tempranos años en que por la orfandad paterna que le sobrevino, tuvo que interrumpir sus sueños de adolescente para dedicarse al trabajo y sostener a su madre. En 1920 Andreve participó activamente en la campaña del Partido Liberal, en la que fue elegido diputado y segundo designado a la Presidencia de la República.

En este tercer mandato de Porras estalló el incidente armado con Costa Rica conocido como la guerra de Coto. Con fundamento en un laudo arbitral del juez estadounidense White, que anulaba un anterior laudo del francés Loubet, Costa Rica ocupó con el uso de armas la región istmeña de Coto. Panamá respondió también con armas y se produjo el conflicto.

El presidente Porras designó a Guillermo Andreve, coronel retirado de la guerra de los Mil Días y de la Independencia de 1903, como presidente de la Junta de Defensa Nacional, cargo en el que le correspondió el reclutamiento de soldados, la provisión de armas y la consecución de pertrechos. Lamentablemente el conflicto fue resuelto por los Estados Unidos al obligar a Panamá a que aceptase el fallo del juez White, y en consecuencia nuestro país perdió un trozo de su territorio. Esta conducta de los Estados Unidos hacia nuestro país originó la histórica y bien conocida nota de protesta de Narciso Garay, Secretario de Relaciones Exteriores de Panamá.

En noviembre de 1921, Andreve fue nombrado ministro plenipotenciario ante los gobiernos de Francia y España, posición que ocupó durante el resto de la administración de Porras. En estos años, además de sus funciones como diplomático, se dedicó a enriquecer sus ya vastos conocimientos culturales. Como un botón de muestra, vale la pena recordar la carta que le escribió a su amigo Manuel Roy con motivo de un par de libros que este le solicitó que le buscara en las librerías parisinas.

Es una de las notas, entre las muchas que escribió, pues cultivaba el arte epistolar, que evidencian con claridad el amplio espectro de su cultura en el ámbito internacional. En la administración del presidente Rodolfo Chiari, iniciada en 1924, Andreve fue nombrado ministro plenipotenciario en Colombia, cargo que ocupó hasta agosto de 1926, cuando fue nombrado delegado de Panamá ante la Asamblea General de la Liga de las Naciones con sede en Ginebra. Asistió en compañía de Eusebio A. Morales.

En Colombia entabló amistad con Alfonso López Pumarejo, y cuando este vino a Panamá años más tarde, como presidente electo del país vecino y líder del liberalismo, le correspondió a Guillermo Andreve dar el discurso en honor al distinguido huésped colombiano, en el cual hizo gala de sus conocimientos de la historia y desenvolvimiento de la doctrina política a la que se había adherido desde sus años juveniles y su influencia en Colombia y en Panamá. Sus palabras las publicó en un folleto que tituló “El Doctor Alfonso López y el liberalismo panameño”.

En 1934 escribió una obra titulada Consideraciones sobre el liberalismo, que fue apreciada tanto en Panamá como en otros países que contaban con partidos liberales. Hizo un análisis del liberalismo en los años treinta y de los problemas y dificultades de esa filosofía política ante el surgimiento de otras ideologías, verbigracia el socialismo, el fascismo, el comunismo y el anarquismo. Señaló, además, el papel que le correspondía al liberalismo como doctrina versus las concepciones autoritarias del poder.

La parte más interesante se refiere a los esfuerzos que debe realizar el liberalismo para renovarse y adaptar sus principios a los nuevos tiempos, haciéndolo más atractivo ante las masas. Planteó en esta interesante obra el derecho de las mujeres a votar y la seguridad social para los trabajadores, lo que se conseguiría diez años más tarde en Panamá. En 1925 su nacionalismo y sentido de la preservación de la dignidad del país lo llevan otra vez a manifestarse públicamente contra la presencia militar estadounidense en Panamá. En esta ocasión, dicha presencia había sido solicitada por el presidente Chiari.

Andreve convocó una Junta de Notables en el Instituto Nacional, entre los cuales se encontraban Harmodio Arias, Enrique A. Jiménez, José Isaac Fábrega, José Daniel Crespo y otros. Los reunidos consideraron lesiva la solicitud planteada por el gobierno a los Estados Unidos. Tres años después, en 1928, volvió a convocar la Junta de Notables para oponerse a la supervisión electoral de los Estados Unidos en Panamá.

En 1928 el ingeniero Florencio Harmodio Arosemena fue elegido presidente de la república, y designó a Guillermo Andreve ministro plenipotenciario en Cuba y México, países en los que era muy conocido por sus aportaciones culturales y en donde se había escrito sobre su obra. En 1929 escribió su única novela, con el título Una punta del velo. Su argumento gira en torno al espiritismo y participan diversas personas que se reúnen con el fin de entrar en relación con espíritus de fallecidos.

Los temas son el amor, el contacto con un médico famoso en Francia, el doctor Chabrol, que desde el más allá extiende recetas, las discusiones entre religión y espiritismo y un final feliz. Creo que el propio autor no se sintió muy satisfecho con su novela y quizás por ello no volvió a incursionar en este género. En ese mismo año, 1929, editó un folleto titulado La reforma electoral en el cual propuso un tribunal electoral independiente, autónomo, libre de presiones de los órganos del Estado con el fin de que las elecciones fuesen transparentes, sin fraudes ni coacciones.

A principios de la década de los treinta, planteó un plan de reformas tendientes a fortalecer la visión del país tal como él lo concebía. Algunas de esas propuestas formaron parte de las aspiraciones de los panameños en sus relaciones con los Estados Unidos sobre el Canal. Andreve reclamaba la devolución a Panamá de la jurisdicción marítima internacional en los puertos de Balboa y Cristóbal (lo que no se obtuvo sino casi cincuenta años más tarde), la supresión de los comisariatos por el daño que le producían a la economía nacional, la prohibición de que residiesen en la Zona del Canal quienes no trabajaban al servicio del gobierno de los Estados Unidos, la libertad de tránsito comercial en la Zona del Canal y que Panamá pudiese ser soberana en las comunicaciones aéreas.

Planteó también algunas reformas constitucionales, tales como el establecimiento de un período presidencial de seis años; supresión de los designados y nombramiento, en su lugar, de un vicepresidente, al mismo tiempo que el presidente de la república (esta propuesta rige actualmente en la Constitución vigente), y la designación vitalicia de los magistrados del poder judicial. (Este sistema se aplica en los Estados Unidos y en varios países europeos hasta la jubilación de los magistrados).

Luego de producirse el primer golpe de Estado de la historia republicana contra el presidente Arosemena, fue llamado a ocupar el alto cargo el primer designado, el doctor Ricardo J. Alfaro, una de las personalidades más eminentes del país. Andreve fue nombrado Ministro de Gobierno y Justicia durante el período de Alfaro que duró once meses. Como ministro de Gobierno y Justicia, el 9 de febrero de 1932, se produjo la tercera expresión nacionalista notoria de Guillermo Andreve.

Esta vez ocurrió con motivo de un desfile militar en la Zona del Canal, al cual asistieron como invitados el presidente Ricardo J. Alfaro y sus ministros de Estado. Andreve tomó la iniciativa de hacer que la bandera panameña desfilase en el territorio de la Zona del Canal, en el que los Estados Unidos, en una interpretación unilateral del artículo tercero del tratado Hay–Bunau-Varilla, se consideraban soberanos. Esta absurda pretensión mereció una respuesta analítica y contundente del doctor Ricardo J. Alfaro y de muchos otros juristas. Un par de meses más tarde, el presidente Alfaro y el ministro Andreve organizaron unas elecciones que fueron estimadas como honestas, en las que resultó triunfador el doctor Harmodio Arias Madrid. Su contendor, Francisco Arias Paredes, en un gesto inusual que le mereció el adjetivo calificativo de “Caballero de la política”, felicitó al ganador y le deseó suerte.

El presidente Harmodio Arias, en un gesto de aprecio por la conducta honesta de Andreve en las elecciones en las que aquel resultó triunfador, lo nombró Superintendente de Cedulación, cargo que ocupó durante casi un año, y que le ayudó a elaborar un “Manual Electoral” que fue utilizado algunas veces y otras olvidado en la vorágine de la política nacional. Grandes hombres del siglo XiX en Panamá fueron destacados masones; basta con mencionar a José Domingo Espinar, Tomás Herrera, Gil Colunje y Pablo Arosemena.

La masonería estuvo asociada con el apoyo a las luchas por su independencia que libraron antiguas colonias españolas en América. Ayudaron a los libertadores como Simón Bolívar y otros, no solamente con soldados sino con financiamiento. La masonería se inspiraba en los principios de libertad, igualdad y fraternidad de la Revolución francesa, en hacer el bien, en luchar por la democracia y en la creencia en un ser supremo.

En la era republicana pertenecieron a la masonería personalidades involucradas en la política, tales como Carlos Antonio Mendoza, Ramón Maximiliano Valdés y Belisario Porras, que fueron presidentes de la república; del sector de la educación, como Octavio Méndez Pereira y José Daniel Crespo, y del sector de la política y la cultura, como Guillermo Andreve. Este escritor y creador de espacios culturales recibió sus grados simbólicos en la Logia “Acacia Número 50” y luego en la logia “Cosmopolita Número 55” en el año 1911.

Fue fundador y Gran Maestro de la Gran Logia de Panamá, cargo que ocupó durante siete períodos. Pasó a ser fundador del Supremo Consejo Nacional de Panamá a la muerte del primer soberano Gran Comendador, el doctor Carlos A. Mendoza, quien veía a Guillermo Andreve como el lógico sucesor, quien, luego de la muerte repentina de Mendoza, pronunció el discurso de despedida en la Logia Masónica. Desempeñó este cargo durante veinticuatro años hasta su desaparición física en 1940, y alcanzó el grado 33 que es el máximo.

En sus funerales, se dijo que Andreve había procurado siempre practicar los principios de la templanza, la prudencia y la justicia. En 1938, el presidente Juan Demóstenes Arosemena lo nombró cónsul de Panamá en Los Ángeles, California, Estados Unidos. En sus últimos dos años, siguió el acontecer político y cultural de Panamá con el máximo interés, para lo cual empleaba el medio epistolar, y se cuentan por miles las cartas que escribió. A las que consideraba más importantes les sacaba copia al carbón, y gracias a esa acuciosidad han podido ser preservadas para la historia por su hijo Guillermo.

Mantuvo un permanente interés por la crítica literaria hasta el final de sus días. Su última publicación fue un folleto titulado Breves consideraciones sobre la poesía en Panamá, que contiene la conferencia que dictó en el segundo Congreso Internacional de Catedráticos de Literatura Iberoamericana, celebrado en Los Ángeles en agosto de 1940, dos meses antes de su muerte ocurrida el 1 de octubre de ese año. En esa conferencia, Andreve hizo un sucinto recuento de la historia de la poesía en Panamá desde la época colonial.

Analiza los distintos períodos hasta llegar a la época coetánea con su charla. Menciona los nombres de poetas de los inicios de la vida republicana y los que son, según sus palabras, “como una corriente que crece impetuosa, rompe los diques e invade la llanura, aparecen los nuevos”, entre los cuales están Moisés Castillo, Eduardo Ritter Aislán, Tobías Díaz, Eduardo Maduro, Rodrigo Miró (quien escribió varias veces sobre Andreve), Elvira Elena Guardia, Ofelia Hooper y otros y otras más. A continuación incluyó por separado a dos poetisas, Stella Sierra y Rosa Elvira Álvarez y a tres poetas, Rogelio Sinán, Roque Javier Laurenza y Ricardo Bermúdez.

Sobre cada uno de los poetas y poetisas formuló algunas consideraciones. Finalizó dando su opinión sobre la poesía de vanguardia, la cual comprendía pero prefería más la de los grandes modelos universales. Falleció en Los Ángeles el 1 de octubre de 1940, el día en que Arnulfo Arias tomó posesión del cargo de presidente de la república. Los más conocidos escritores panameños escribieron sobre la vida y obra de Andreve, y mencionaron sus ricas aportaciones tanto en su papel de escritor como en el de funcionario, siendo sus ejecutorias ejemplo para las generaciones que le sucedieron, que siguen honrando su trayectoria vital de persona honesta y desinteresada, leal, buen padre de familia y excelente ciudadano, y continúan deleitándose con sus escritos, al tiempo que admiran sus ideales nacionalistas y su amor por la patria que lo vio nacer.

Cuando se repasa la vida de una persona tan eminente como Guillermo Andreve, es lógico pensar que un político con tantas cualidades debió ser presidente de la república. Era hombre intachable, de una gran honestidad, afable, comunicativo, liberal de buena cepa que jamás recurrió a transfuguismo alguno con tal de lograr ventajas, desplegó una enorme actividad en el campo de la educación y se convirtió en uno de los constructores del sistema escolar panameño. En lo personal poseía grandes cualidades que se desprenden de esta breve reseña de su vida. En lo cultural, adquirió por sí mismo una sólida formación que fue reconocida en Panamá y en el exterior.

En lo político fue leal a sus principios y a quienes lo distinguieron con nombramientos, y no hubo en su época un mejor exponente de las ideas liberales. Fue hombre de acción en su juventud y de pensamientos profundos que dio a conocer mediante escritos que se leen hoy con el mismo interés con que los leyeron sus contemporáneos. Sin embargo, nunca fue sugerido su nombre para que se convirtiese en primer mandatario. Veamos la parte pertinente de la nota que en 1935, cuando iba a cumplir cincuenta y seis años de edad, la misma que tenía Belisario Porras cuando fue elegido presidente del país por primera vez, le dirigió a Juan Nicanor Tinker, quien le había sugerido la posibilidad de que se lanzase a una candidatura presidencial:

[…] quiero decirle que estoy convencido, desde hace muchos años, que no lleno las condiciones requeridas en nuestro medio político, tan especial y tan falto de lógica y de virtud, para ser un buen candidato presidencial. Por esta razón he luchado bravamente conmigo mismo a fin de obtener lo que califico como una gran victoria: el haber matado en mi pecho toda ambición política. Aspiro a ser útil a la comunidad pero sin esperar ni desear ningún reconocimiento por ello. Con poder disponer de lo necesario para vivir modestamente y educar a mis hijos de modo que sean buenos antes que sabios, y rectos antes que ricos me doy por satisfecho.

No obstante las palabras de Andreve y tal como el lector podrá deducir, las acciones nacionalistas de Andreve no fueron ni gratas ni aceptables para los gobernantes de los Estados Unidos, que de una u otra manera influían en la política panameña. Desde una perspectiva actual, podríamos considerar que sus acciones motivaron grandes simpatías hacia su persona, tanto del pueblo como de políticos que pensaban como él.

Sin embargo, los dirigentes de los partidos políticos nunca tuvieron el coraje necesario para presentar como candidato a un hombre que se había visto obligado a renunciar a un cargo importante por presión de los Estados Unidos. Lo que hizo Andreve en defensa de la dignidad de su patria enaltece y encumbra su figura ante la historia, pero lo privó de la posibilidad de alcanzar el solio presidencial, el cual hubiese honrado con sus impecables virtudes, semejantes a las de los grandes patricios de Grecia y Roma.

De Andreve podemos decir que los cargos políticos de importancia que ocupó los ejerció con la convicción certera de que no obtendría provecho pecuniario alguno. Vivió decentemente sin acumular bienes materiales y a su muerte no dejó más que la educación que les dio a sus hijos y un caudal enorme en diversos sectores del saber. Poseedor de una inteligencia natural privilegiada, supo encauzarla hacia la acumulación de conocimientos que no utilizó solamente para sí mismo, pues los puso al servicio de sus semejantes.

La novela y la poesía no fueron sus grandes baluartes, pero sobresalió en el ensayo y la crítica literaria y, desde luego, en el cargo público que más debió enorgullecerlo, como fue el de la Secretaría de la Instrucción Pública, donde dejó huellas imperecederas. En política, además del gran amor a su patria y su acendrado nacionalismo, fue un adelantado a su tiempo y quiso que se reconociesen en Panamá una serie de valores éticos que ojalá los panameños aplicasen en el servicio público, que, para decirlo con palabras de Bolívar, debe ser ara y no pedestal.

 

Referencias bibliográficas

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