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    Alberto Gualde

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Guillermo Sánchez Borbón

by: Alberto Gualde

Gracias a su mirada creativa y lúcida, resultó ser un testigo incomparable del devenir de esta ciudad. Por sus recuerdos desfilan cines, cafés y cantinas; absurdas oficinas públicas, poetas reinventados por su memoria irónica. Es como contar con una mirada privilegiada: vital, humorística y fiel. Una visión que mantiene vivos los rincones que ya se fueron y las personas que se convirtieron en fantasmas de sí mismas.

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(Lima, 1958) llegó a Panamá en 1975. Narrador, poeta, cronista, dramaturgo y crítico literario. Miembro fundador, en 1981, y codirector por muchos años del grupo teatral Oveja Negra. Cofundador y director literario de la revista cultural Talingo (premio Príncipe Claus), publicada desde 1993 hasta 2006, primero en el diario La Prensa (hasta 2001) y luego de forma autónoma en la red. Ha ejercido la docencia literaria a nivel secundario y universitario, así como numerosas tutorías y talleres de escritura, teatro y guion cinematográfico. Actualmente, es el encargado de prensa del Biomuseo. Colaboró con los diarios La Prensa y La Estrella, y con las revistas K y Panorama de las Américas. Es coautor del libro ciudadMULTIPLEcity. Arte urbano y ciudades globales: una experiencia en contexto (2005), editor de publicaciones para Unicef, y autor del ensayo ilustrado Panamá único (2015) y de los textos poéticos en las paredes del Biomuseo.
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About This Book
Overview

Al igual que otros grandes escritores, Guillermo Sánchez Borbón se define ante todo como un lector. Tanto en su amplia obra literaria como en su prolífico trabajo de columnista, Sánchez Borbón siempre hizo gala de una cultura avasallante y una formación vasta y profunda que abarcaba diversos tópicos y periodos históricos. Lo curioso es que todo este conocimiento lo obtuvo de manera autodidacta. Si seguimos las huellas de su educación formal, Sánchez Borbón nunca finalizó la escuela secundaria y tampoco realizó estudios universitarios formales. Su formación, su cultura y sus conocimientos son el producto de extensas jornadas de lectura. Bocas del Toro, su provincia natal, es quizás la provincia más lluviosa de Panamá; durante su infancia y adolescencia, Guillermo pasaba muchas horas refugiándose de los aguaceros en la enorme biblioteca de la casa familiar:

La biblioteca de nuestra casa era una habitación enorme, tapizada de libros. Mi padre estaba suscrito además a la revista National Geographic, que todos frecuentábamos por sus vistosas ilustraciones. Cuando la lluvia me confinaba en casa y no podía salir a jugar con mis amigos, me ponía a leer la Historia del Consulado y del Imperio, de Thiers, que tenía muchos tomos, todos infinitamente tediosos. De grande traté de repasarlos, pero no había manera. Sin embargo, era una obra importante (Carlos Marx tenía la mayor estima por ella).

 

A mí sigue pareciéndome tan tediosa como cuando, de niño, traté de leerla, inútilmente, de la primera a la última página.

Sánchez Borbón realizó estudios primarios en Bocas del Toro y se mudó a la vecina Costa Rica para realizar allí sus estudios secundarios. En 1939, cuando apenas tenía quince años, estos estudios se vieron interrumpidos por la muerte de su padre José María Sánchez. Entonces, Guillermo retornó a su provincia natal. Su madre, Juanita Borbón de Sánchez, era de origen costarricense. Decía que de ella heredó su sentido del humor. El afán de divertirse a costa de los demás le causó muchos problemas cuando era pequeño. Además de la formación autodidacta, el clima húmedo y lluvioso de Bocas influyó en el desarrollo de esta parte de su personalidad. Como no podía salir de casa por los torrenciales aguaceros que azotaban su región, Sánchez Borbón se dedicaba a realizar bromas dentro del ámbito hogareño. Entre ellas, molestar a su madre, escondiéndole sus utensilios. En 1942, a la edad de 18 años, regresó a Costa Rica pero no prosiguió sus estudios en el seminario.

Se matriculó en el liceo nocturno Domingo Faustino Sarmiento y asistió como oyente a clases en la Universidad de Costa Rica, donde profesores y alumnos eran amigos suyos. Con intelectuales costarricenses compartió muchas horas de lectura. Allí estuvo hasta mediados de 1943. Dentro de sus lecturas destacan sus estudios del nazismo. Dedicó mucho espacio en sus columnas a criticar movimientos totalitarios, tanto al nazismo como al comunismo. Tenía la convicción de que esos dos movimientos habían generado e impulsado la crisis dictatorial por la que atravesaba el mundo. A nivel literario, hablaba con frecuencia en sus columnas de los ensayos de Aldous Huxley, y recordaba con especial cariño a Emilio Salgari y a Alejandro Dumas, autores a quienes leyó en su juventud. Además, tenía un gusto especial por las obras de Jorge Luis Borges, a quien llegó a conocer personalmente aunque no tuvieron una gran amistad. Llegó a decir “todos aprendimos a escribir con él. Todos los que vinieron después tienen su huella”. En 1943 trabajó como maestro y, luego, como laboratorista. Sánchez Borbón narra así su ingreso a esta actividad:

Siempre me había interesado la cosa pero me pegué una borrachera y tuve una pelea con mi hermano y me fui bravo de la casa. El médico del pueblo, que era amigo mío, me dijo bueno vente a trabajar, te voy a pagar 20 dólares mensuales, ¡qué horror!, 20 dólares mensuales y la comida, y así empecé a ser laboratorista.

Trabajó durante ocho meses en el hospital Manuel Amador Guerrero, en Bocas del Toro, y después en la ciudad de Panamá, en el laboratorio del Dispensario de Higiene Social haciendo serología.

Yo he trabajado toda mi vida y en los oficios más variados: he sido anarquista, poeta, maestro de escuela, técnico de laboratorio, dibujante de topografía, instructor y supervisor de empadronadores, político, agricultor, fitopatólogo, tractorista, diplomático, periodista, asesor de la CAM (Departamento de Caminos, Aeropuertos y Muelles), traductor, corrector de pruebas y nuevamente periodista… (“En pocas palabras”, viernes 5 de febrero de 1982).

Por razones tanto políticas como intelectuales, realizó múltiples viajes a diversos países de Latinoamérica y Europa. Recorrió Holanda, Bélgica, Francia y Suiza. Coincidió con Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir en el Congreso de los Pueblos por la Paz en Austria. Allá se convenció de que el movimiento comunista no tenía futuro y, decepcionado, regresó a Panamá, donde tampoco encontró trabajo. Volvió a Bocas del Toro y allí trabajó nuevamente como técnico de laboratorio para el hospital. Como el salario se hizo irregular, regresó a la finca de su familia, Zegla, donde crio puercos durante siete años, mientras estudiaba Patología Vegetal.

 

En 1960 asistió al Encuentro de Escritores Americanos en Chile, invitado por la Universidad de Concepción. Allí conoció a Ernesto Sábato, con quien mantuvo una buena amistad, aunque difícilmente podrían concebirse personalidades más disímiles. De allí partió a Argentina, donde ocupó un cargo diplomático y llevó una vida intelectual muy intensa. “Fue una época muy feliz de mi vida”. En 1964 volvió a Panamá e inició su labor periodística como columnista en el diario El Día.Escribía el editorial y una columna titulada Cosas del día. Más adelante mantuvo a su cargo solo la columna, pero dado que en ocasiones su opinión contrastaba con la del director del periódico, decidió escribirla bajo el seudónimo de Sukia (nombre extraído de la cultura indígena y con el que la comunidad ngäbe designaba en la antigüedad a su jefe político y médico-místicoreligioso) para que la gente no pensara que el periódico “tenía dos cabezas o una sola esquizofrenia”. Guillermo Sánchez describe aquella columna como un espacio de humor, en el que se trataban aspectos de la vida política panameña y por la que recibía tres dólares diarios, suma que el autor considera valiosa para la época. Sin embargo, a diferencia de En pocas palabras, Cosas del día mantenía cierto tono grave dentro de su identidad.

Cosas del día no tuvo tanta acogida como En pocas palabras, pero desarrolló el ejercicio de escribir política de actualidad. Antes, nunca había trabajado en un periódico. Los editores eran destacadísimos escritores nacionales, como Juan Ramón Monchi Jurado, Joaquín Beleño, Diógenes De la Rosa y su hermano José María Sánchez. La aventura de Cosas del día terminó al decidirse a ayudar a su hermano Rodrigo en su campaña política como candidato a diputado. Perteneció al Partido Comunista, aunque en 1948 dejó de renovar su inscripción y simplemente mantuvo la tendencia socialista. Estuvo involucrado en la política activa de forma esporádica y circunstancial. Sin embargo, era considerado un líder político en Bocas del Toro, ya que incluso lo acusaron de provocar la huelga bananera de 1960.

En 1968, como consecuencia de su actividad política y por sugerencia de sus hermanos, tuvo que exiliarse después de haber estado en la cárcel. Ese año su hermano mayor, Rodrigo, era candidato a diputado en Bocas del Toro por el Partido Republicano (coalición que apoyaba la candidatura de Arnulfo Arias), y Sánchez Borbón era su director de campaña. En In the Time of the Tyrants, de Richard Koster y Guillermo Sánchez, se anota que Omar Torrijos Herrera planeaba hacer fraude en las elecciones de ese año (1968) y una de las tres provincias elegidas para tal propósito había sido Bocas, donde Rodrigo Sánchez Borbón era el candidato con mayores posibilidades de resultar elegido. En el mismo libro se anota, incluso, que Torrijos Herrera encomendó el fraude al capitán Juan Meléndez, quien arrestó a todos los militantes que apoyaban a Arnulfo Arias, entre ellos a los hermanos Sánchez Borbón, quienes estuvieron detenidos bajo arresto domiciliario.

Rodrigo Sánchez ganó las elecciones en la provincia, por lo que se procedió al robo de urnas, y tanto él como Guillermo fueron encarcelados nuevamente durante tres días. A raíz del fraude, los trabajadores de las bananeras iniciaron una protesta para exigir que se le entregaran las credenciales de diputado a Rodrigo Sánchez Borbón. Guillermo fue acusado por Torrijos Herrera de provocar la protesta y fue trasladado a una celda común en el cuartel de la Guardia. Rodrigo negoció con Meléndez la salida de su hermano de la cárcel, con la condición de que este abandonara el país. De esa forma Guillermo Sánchez Borbón se fue a México en enero de 1969. Durante su exilio estuvo también en Guatemala y Costa Rica. Regresó a Panamá en junio de 1971. De acuerdo con sus propias palabras, esa fue la mejor época para volver al país porque el régimen estaba ocupado con el escándalo que había producido la muerte del padre Héctor Gallego, ocurrida a principios del mismo mes.

Por ello nadie se ocupó de recordar por qué Sánchez Borbón no había estado en Panamá durante esos años. Su postura crítica y de denuncia acarreó consecuencias. Para él, el proceso revolucionario era sinónimo de una profunda y enraizada corrupción que se extendía a todos los sectores del Gobierno. Sus temas estaban enfocados en el poder de los militares, la corrupción administrativa, el servilismo, la violencia y la fuerza, el órgano de justicia al servicio del poder, la crisis económica, las actividades ilícitas de militares y funcionarios, el proceso como sistema de gobierno ineficaz y temas culturales y científicos. Estuvo exiliado tres meses en Venezuela, desde donde esporádicamente enviaba las columnas por fax. Viajó a Nueva York para recibir el Premio María Moors Cabot —el premio más antiguo al periodismo internacional— que le otorgó la Universidad de Columbia; una vez en Estados Unidos decidió quedarse en la ciudad de Miami, donde vivió el resto del tiempo que estuvo exiliado. En 1980 se fundó el diario La Prensa, donde Guillermo debutó como corrector de pruebas. Poco después, Miguel Antonio Bernal inició En pocas palabras, que al comienzo no era una columna sino un espacio de noticias locales en La Prensa.

Mi labor era darle una última mano a las breves noticias publicadas. Al poco tiempo se fue Bernal y quedó Mao Ortiz. Yo le ponía picante a las noticias que los reporteros me dejaban como sobras. Me temía que un día no me dejasen ninguna noticia y cuando esto ocurrió, Fabián Echevers, el primer director del diario, me dijo escuetamente: “Inventa”. Se me ocurrió que un “mierdólogo” alemán, de Heidelberg, había sido contratado por el gobierno panameño para transformar excrementos en butano. Como no había ninguna foto, utilicé la calabaza de un cuento infantil a modo de ilustración. Pensé que no lo publicarían. Mi sorpresa al día siguiente fue mayúscula cuando abrí el periódico y me encontré con la “noticia”. Pensé que me botarían, pero nadie me dijo nada. Tampoco hubo llamadas de protesta. Me di cuenta de que podría hacer prácticamente lo que me diera la gana. Así nació la columna. En una ocasión inventé una red de espionaje que cubría todo el país. La broma se convirtió en realidad. Comencé a recibir documentos confidenciales y llamadas anónimas realizadas desde teléfonos públicos. La columna no llevaba firma y las demandas le caían al director del periódico. Comencé a utilizar mi nombre cuando Winston Robles retornó de una grave operación y tuvo que responder a varias demandas. No quise que pasara por eso y en una reunión decidí identificarme. La primera columna que firmé llevó el nombre completo: Guillermo Sánchez Borbón. Luego no seguí firmando porque todo el mundo sabía que yo era el autor.

Ha transcurrido un tiempo considerable. Guillermo Sánchez Borbón, perfectamente instalado en el país, ha publicado diversos volúmenes que componen junto a su obra previa un cuerpo de trabajo literario extraordinario en la literatura panameña. Pero si hablamos de la literatura panameña y de la obra de Guillermo Sánchez Borbón (o de Tristán Solarte, su seudónimo) es obligatorio detenerse en El ahogado.

Tulivieja y los terrores de la infancia

Cuando Guillermo era niño, le era muy difícil conciliar el sueño en las noches. Era realmente un niño insomne.

Una cocinera era la encargada de dormirme y para lograrlo me contaba cuentos. Tenía genio para la narración oral. Cada vez que me refería la leyenda de la Tulivieja, hacía énfasis en que ella iba por la orilla del río buscando a su hijo perdido; pero si no lo encontraba, se llevaría a cualquier niño que a esa hora estuviera despierto. Eso agravaba el insomnio, pero me aterraba permanecer despierto por si aparecía la Tulivieja. La solución que encontré fue apretar fuertemente los ojos, fingiendo que estaba dormido. Gracias a mi edad (¿tres, cuatro años?) no tardaba en quedar, efectivamente, dormido. Aquella cocinera me inoculó una terrible obsesión con la Tulivieja, que me duró muchos años y que sólo me la pude curar escribiendo. El ahogado.

¿Nuestra mayor novela?

Sin duda El ahogado debería considerarse la obra capital de Guillermo Sánchez Borbón. Pero más allá de este mérito difícilmente cuestionable, la novela ambientada en Bocas del Toro y la capital panameña es una de las mayores novelas escritas en este país. O la mayor. Tenía menos de 30 años cuando escribió esta obra fascinante que goza a partes iguales de panameñidad y de universalidad, con una ambientación impresionante (sobre todo la parte bocatoreña, mucho más vívida que la capitalina). A nivel literario, Bocas del Toro queda inmortalizada en las páginas de El ahogado, a través de paisajes melancólicos y brutales, mágicos y decadentes. Otro de sus enormes aciertos es la elección de la voz narrativa, perteneciente a alguien que viene de fuera y cuya mirada asombrada, extrañada y lúcida, ayuda a profundizar en las gentes y los paisajes de la región. Saber escoger la máscara o voz narrativa es fundamental para el desarrollo de una novela, y Sánchez Borbón/ Tristán Solarte elige con gran acierto. La ligazón de elementos míticos, paisajes extraordinarios y hondura existencial compone en El ahogado un fresco novelístico de gran categoría.

Origen de un seudónimo

En 1944 Guillermo Sánchez Borbón había publicado sus primeros poemas en la página literaria de El Panamá América, que entonces dirigía Rodrigo Miró.

 

Cuando llevaba los poemas a las oficinas del periódico, me encontré con el poeta Guillermo Luciano Sánchez. Le mostré mis textos y no le gustaron para nada. Además, me dijo: “Hazme un favor, no publiques esto con tu nombre”. Pasaba que su segundo apellido era Bernasconi y firmaba Guillermo L. Sanchez B. Se iba a producir una confusión. Como él había publicado primero, acepté su petición. Entre los dos, y con el auxilio de mi cuñada, sacamos el seudónimo. Solarte por la isla bocatoreña. Tristán porque entonces me interesaba mucho Wagner (no su música, naturalmente, porque mi oído desafinado me ha negado ese placer, sino sus teorías estéticas). Me decidí por el héroe de Tristán e Isolda. En esa época mi seudónimo me gustaba mucho; hoy me parece horrible. Alguien me contó que en un tour de esos que hacen ahora por el archipiélago de Bocas del Toro, llegaron frente a la isla de Solarte y un pasajero capitalino preguntó a qué obedecía el nombre de la isla. El guía contestó sin vacilar que era en honor al poeta Tristán Solarte. Lo divertido es que la isla se llama así desde el siglo XVI.

Detrás de la escritura de El ahogado

Al finalizar el Congreso de la Paz en Viena (1952) recorrí varios países de la llamada democracia popular, poético nombre con el que fueron bautizados por orden del querido camarada Stalin, hombre adicto a los eufemismos. Enseguida me di cuenta de que el comunismo había fracasado. De vuelta en Panamá se me cerraron todas las puertas por culpa de ese viaje. Me fui para Bocas del Toro y allí me dio una depresión atroz. En parte para espantar los negros nubarrones que me acosaban, decidí escribir para distraerme —o tal vez como terapia— una novela policial. Pero el poeta propone y las musas disponen. En vez de la novela policial, salió El ahogado. Lo escribí febrilmente, en 15 días, de un tirón. No quisiera volver a pasar por otro proceso semejante.

Todo nació así: Estaba sentado en una banca del parque con un amigo encantador (Benjamín Fitzgerald, ya difunto). Era pintor y músico autodidacta. Además, tocaba todos los instrumentos musicales conocidos. Todos lo querían en Bocas. Entonces me pregunté, ¿qué pasaría si este joven, que no tiene un solo enemigo, aparece un día asesinado? Partí desde una idea de novela policial y en el camino me descarrilé y me salieron todas las obsesiones que se habían acumulado en mi sesera. Como entonces yo no escribía a máquina, la novela la pasó en limpio mi amigo Mérilo Cotes. Cuando terminé, me enfermé gravemente, pero la novela me libró de todas mis obsesiones. Principalmente la de la asfixiante Tulivieja.

La incandescente obsesión por escribir

Así como muchísimos escritores afirman que la falta de escritura literaria es muy capaz de asfixiarlos, Sánchez Borbón plantea la relatividad de su necesidad de escribir.

Después de El ahogado, me retiré a la finca de Zegla a trabajar la tierra. Entre 1953 y 1960, no escribí una sola línea. Estuve dedicado por completo a labores agropecuarias. Había llegado a Bocas un gran fitopatólogo contratado por la United Fruit y aprendí patología vegetal a su lado. Ese periodo me enseñó que no tengo una necesidad imperiosa de escribir: estuve siete años sin hacerlo.

Buenos Aires y Sábato

Al terminar los siete años en la finca después de escribir El ahogado, Sánchez Borbón fue invitado a participar en el Encuentro de Escritores de América, que se celebraba en Concepción, Chile. Allí inició una estrecha amistad con el gran escritor argentino Ernesto Sábato.

Recuerdo que en ese congreso Volodia Teitelboim se trabó en unas terribles discusiones políticas con Enrique Anderson Imbert, en las que ninguno de los dos elocuentes escritores logró convencer al otro. Para eso son los congresos: para discutir sin la menor esperanza de convencer a nadie.

Más adelante, el panameño vivió tres años en Buenos Aires.

Me mandaron como canciller (el título impresionante nada significaba) del Consulado y de allí pasé a la Embajada, como agregado cultural. El embajador me dijo que me quedara en mi casa escribiendo. Me hice muy amigo de Sábato. Recorrí casi toda la populosa capital de Argentina. Vivía en Palermo. Buenos Aires era una ciudad muy segura y yo me metía por todas partes a cualquier hora del día o de la noche. Veía con cierta frecuencia a Sábato. El acababa de entregar Sobre héroes y tumbas a su editor e insistió en que éste editara también El ahogado. Desgraciadamente, la Editorial Fabril quebró poco después y eso me perjudicó mucho. Editoriales de otras lenguas estaban interesadas en traducirla y publicarla. Se tradujo únicamente al francés porque debido al caos que reinaba en Fabril, ni siquiera contestaban la correspondencia.

Orígenes

Guillermo Sánchez Borbón nació en 1924. Entonces, Panamá era una sociedad en conflicto que todavía no resolvía su relación con Estados Unidos. A nivel político comenzaba a gestarse una de las agrupaciones de mayor influencia en el país. Acción Comunal entró en 1923 en la arena nacional con un ideario cívico-nacionalista. Estaba conformada por jóvenes de clase media que ejercían profesiones liberales. Su lema era: “Patriotismo, acción, equidad y disciplina” y su divisa: “Hable en castellano, cuente en balboas y lea Acción Comunal”. En la provincia de Bocas del Toro se consolidaba y fortalecía la actividad bananera y eran muy activas compañías estadounidenses establecidas tanto en Costa Rica como en Panamá.

En 1924 se fundó el Sindicato General de Trabajadores, que desempeñó un papel destacado en las luchas nacionalistas de los años subsiguientes.

Bocas del Drago

Mi padre nació en Bocas del Drago, un villorrio anclado en el tiempo. A la vuelta de los años, se convirtió en una aldea encantadora, donde la gente pudiente de la cabecera iba a pasar las vacaciones. Lo fundaron escoceses que abandonaron la isla de San Andrés por razones tributarias. Cuando llegaron, Bocas del Drago era una aldea de pescadores guaymíes. Con el tiempo, los escoceses liberaron a sus esclavos y se dedicaron al comercio con los indígenas. Negociaban carey y zarzaparrilla, que vendían en el extranjero. Los escoceses monopolizaron el comercio, al parecer con tal rudeza, que los negociantes locales se quejaron a las autoridades de Bogotá. Inclusive Justo Arosemena habló sobre el problema en el Senado colombiano y más tarde con altos funcionarios del poder ejecutivo. El gobierno envió barcos de guerra a reclamar el territorio. En uno de ellos venía un señor Iglesias, que debió ser el fundador de nuestra familia por el lado materno. Me imagino que vio a una negra con unas nalgas impresionantes y, con muy buen juicio, decidió quedarse a vivir con ella en Bocas del Drago hasta que la muerte puso punto final a sus inocentes diversiones. Dicen que era un hombre fino y aristocrático. Nadie conoce las razones que lo llevaron a esa aldea varada en el tiempo. Yo manejo una teoría, que incluso llegué a discutir con mi padre. Pienso que venía huyendo, no sé si de un delito común o por razones políticas. Lo cierto es que estaba escondido en la aldea. De no ser así, se hubiera instalado en la cabecera; en cambio, permaneció en Bocas del Drago, viviendo de la pesca. Sus manos finas se llenaron de callosidades. Según una tradición (hoy no sabría decir si me la contaron o la inventé yo) lo encontraron cosido a puñaladas en el fondo de su cayuco.

Una historia muy breve sobre Boca del Drago

Al llegar al archipiélago de Bocas del Toro, uno de los principales destinos turísticos de Panamá en la actualidad, Cristóbal Colón se enfrentó a un mar enfurecido y ruidoso que los exploradores comparaban con los sonidos emitidos por las fauces de algún animal. Fue así que la parte noroccidental de Isla Colón fue bautizada Boca del Drago, haciendo alusión a una boca de mar que rugía como un dragón. Bocas del Toro era abierta al mundo y al Caribe, pero paradójicamente, debido a su situación geográfica, estaba aislada de Panamá. Por esta razón, durante el periodo colonial (siglos xvi al xix) los españoles se olvidaron de la región y permitieron el asentamiento de ingleses. Hay documentación que indica que en 1745 en Boca del Drago criaban ganado y pollos. Además, a diferencia de otras provincias, los ingleses tuvieron un rol en la vida del archipiélago.

Había un activo comercio de barcos ingleses alrededor del siglo xix. Se negociaban mercancías por carey (conchas de tortuga marina), tortugas marinas vivas, cacao, madera de caoba y zarzaparrilla. En 1826 fue fundada la población de Bocas del Toro por inmigrantes de Jamaica, San Andrés y Providencia. Era en su mayoría una población de traficantes, comerciantes y aventureros de diferentes nacionalidades, atraídos por las nuevas oportunidades comerciales. En 1880 se inició la historia del banano en la región; en 1890 se creó la Snyder Banana Co., y en 1899, la United Fruit Co.  También se plantaba caña de azúcar, cacao y palmas de coco. Después de la separación de Panamá de Colombia, Bocas fue escenario de algunos enfrentamientos. En 1903 se creó la provincia de Bocas del Toro. En esa época existían consulados de Inglaterra, Alemania, Costa Rica, Estados Unidos y Francia.

 

El padre

Nació en 1869, en Boca del Drago. Era un hombre de personalidad vigorosa. De apariencia severa, en realidad era muy amoroso con su mujer y con sus hijos. Tenía aficiones culturales y recitaba, de memoria, a los poetas románticos colombianos. Comenzó su vida adulta como pescador. Desde muy joven mostró talento para los negocios. A los 18 años de edad ya era dueño de una cantina en Bocas del Drago. Después se metió en el negocio de exportación de zarzaparrilla y cacao, y finalmente a sembrar y exportar banano. Compró la finca de Zegla (y otras que no conocí) y la sembró de banano. Pero lo que lo hizo inmensamente rico fue sembrar fincas de banano y vendérselas a la United Fruit Company. Era tan importante, que la United Fruit extendió una línea de ferrocarril hasta el frente de nuestra casa. Su habilidad para los negocios era legendaria.

Llegó a amasar una fortuna tan grande que una vez, cuando Estados Unidos ya había entrado en la Primera Guerra Mundial, le prestó 250 mil dólares (una suma enorme para la época) a la United Fruit para que pudiera pagar sus planillas y la compra de banano a los productores particulares. El envío de dinero de la casa matriz se había retrasado por causa de la guerra. Luego lo perdió todo debido a las enfermedades sistémicas del banano y —durante la Gran Depresión— a la quiebra en cadena de los bancos extranjeros en que él había depositado casi todo su dinero. Mi madre era una persona muy bella. Físicamente yo salí a mi padre, aunque en lo espiritual creo que me parezco más a mi madre. Ella tenía una gran sensibilidad. Era muy amorosa. Cuando murió, la pena me empujó al borde de la locura. Yo apenas tenía doce años, una edad en la que parece que la muerte nunca se atreverá a entrometerse en nuestra vida.

La madre

Era costarricense. Leía mucho, sobre todo novelas. Se leyó todas las de Alejandro Dumas y las obras de Xavier de Montépin, que debía ser el autor más prolífico de la historia: escribía novelas en tomos que tenían cientos de páginas. Yo nunca pude leerlo.

José María

Era mi hermano mayor y seguramente el más grande cuentista que ha producido Panamá. Estudió la primaria y parte de la secundaria en Costa Rica. Era un muchacho obeso, pero tenía una gran velocidad, por lo que se convirtió en el arma secreta del equipo de atletismo de su colegio. Gracias a su aspecto, atípico en un atleta, los rivales se reían cuando ingresaba en la pista de atletismo. La risa les duraba muy poco porque José María era tan veloz que terminaron apodándolo La Vaca Voladora y ganó en cuanta prueba de velocidad participó. Cuando estaba en segundo o tercer año de secundaria, lo mandaron al Instituto Nacional de Panamá, y a partir de ese momento sus vacaciones coincidían con las nuestras. Pasábamos todos el verano en la finca de Zegla. En una de esas vacaciones nació una costumbre deliciosa. En la noche campesina, nos refugiábamos en una habitación de la casa, donde José María nos contó por episodios El Conde de Montecristo y Los tres mosqueteros. Una vez agotadas las novelas, nos narró películas memorables, como King Kong, Tarzán de los Monos o Drácula.

Con el tiempo me di cuenta de que muchos de los episodios más memorables eran improvisados por él en la noche campesina. Nunca supe las razones que lo llevaron a dejar de escribir. Un día, como los boxeadores con los guantes, colgó la pluma y dejó de escribir. Sus últimos cuentos —obras perfectas— son de 1950. El nutría sus relatos de vivencias y paisajes de la infancia y la adolescencia (sobre todo de sus experiencias de monteador: es el mejor, el más certero que he visto). Quizás pensó que había agotado su filón literario. La fama que le ganaron sus cuentos lo dejaban frío, indiferente. Pero cuando leyó, cerca del final de su vida, Cien años de soledad, renacieron en él los deseos de volver a escribir. Era demasiado tarde: poco después enfermó y nos quedamos sin leer nada más de su pluma excepcional.

La casa

Originalmente, nuestra casa quedaba en Isla Carenero, que está frente a Bocas. Mi papá se enamoró de la casa y decidió traérsela íntegra para Bocas sobre un lanchón gigantesco. Era una casa enorme y bella. Tal vez la más grande de Bocas. Comíamos en un comedor con formidables ventanales que daban al mar. Mantuvimos la casa hasta que tuve unos 28 años. Con el tiempo, debido a la falta de mantenimiento (y a la vejez), la casa cayó al mar, como si se dispusiera volver, nadando, a su hogar original”.

La finca

Pasábamos las vacaciones de verano en la tierra firme bocatoreña, lejos del mar. La finca, llamada Zegla, quedaba en la intersección de dos ríos caudalosos: Changuinola y Teribe. Había un ramal del ferrocarril, que se metía frente a nuestra finca para recoger el banano que producía mi padre. Hace unos años vendieron la finca. Nunca regresé a ese paisaje temible y feliz. No hubiera soportado ver a otras personas viviendo allí.

Un año con Guillermo

Gran parte de los materiales que componen estos textos tienen su origen en un libro que Guillermo Sánchez Borbón y yo creamos a cuatro manos. Se titula Memorias mínimas y lo prologamos, palabras más, palabras menos, así:

La aventura de estas páginas se inició durante un sabático personal. Mis deseos apuntaban hacia algún proyecto creativo, incluso exigente, pero sin excesivas presiones temporales. Entonces surgió la idea de recoger en un libro algunas huellas de la memoria de Guillermo Sánchez Borbón, sin duda nuestro mayor escritor vivo. Pero para hacerlo más interesante pensé en escribir un libro a cuatro manos con él. Un libro que fuese capaz de recoger sus memorias de modo ligero, vivaz y preciso, aunque fragmentario. No fue difícil convencerlo en medio de un festín de comida china. Una vez aceptó tomar parte en este proyecto, iniciamos un proceso de entrevistas que se convirtió en un genuino placer. Por varios meses acudí una vez por semana a su apartamento. Me citaba en las primeras horas de la tarde. Afuera, el calor era asesino, pero el apartamento umbrío sabía bloquear perfectamente los ataques solares y los bullicios de la cercana calle Cincuenta. Allí, en el sofá de su sala, nos sentábamos a conversar. Mi labor consistía en jalarle la lengua, provocarlo, ayudar a que sus recuerdos fluyeran con una intensidad que no dejaba de ser humorística y amable. Usualmente me recibía en un pijama indecoroso, calzando chancletas que dejaban ver unos pies coronados por enormes uñas retorcidas, semejantes a garras mortales. Su atuendo era un signo inequívoco de familiaridad y confianza.

Para mí fue un placer exponerme a sus recuerdos. Recorrer los senderos que llevaban a la hermosa casona bocatoreña y la finca Zegla, los oficios absurdos que la capital le propuso o exigió, las amistades inolvidables, las lecturas favoritas, los trasfondos de sus obras memorables, los personajes célebres que conoció. Pero más allá de sus memorias, marcadas por el fuego vívido de la experiencia personal, hubo un aspecto que hizo este proceso más entrañable y potenciador aún. Guillermo es un testigo incomparable de la vida rural y urbana panameña que le tocó vivir. Gracias a su mirada creativa y lúcida, resultó ser un testigo incomparable del devenir de esta ciudad. Por sus recuerdos desfilan cines, cafés y cantinas; absurdas oficinas públicas, poetas reinventados por su memoria irónica. Es como contar con una mirada privilegiada: vital, humorística y fiel. Una visión que mantiene vivos los rincones que ya se fueron y las personas que se convirtieron en fantasmas de sí mismas.

Parte del atractivo de este proyecto era articular las memorias de Guillermo en un estilo que parcialmente no le pertenece, que le es ajeno. Tal vez este era el reto mayor. Mi intención era someter sus recuerdos a un modo más escueto, más minimalista y ascético. Más mío. Era una manera de experimentar, sin grandes aspavientos, por el puro y simple placer de jugar con estilos y palabras. Para ello propuse la creación de glosas temáticas en las que fui ubicando los múltiples asuntos surgidos de nuestras muy divertidas conversaciones. El producto final debería ser capaz de combinarnos y reflejarnos a ambos. Con toda honestidad, el primer resultado no lo satisfizo. Seguramente se parecía demasiado a mí y necesitaba más de su estilo.

Luego de diversas correcciones, el segundo resultado no me complació demasiado, pues pensé que la idea de la conjunción se desbalanceaba y me dejaba un poco en el lado de la invisibilidad. Una tercera ejecución es el resultado que ahora todos pueden leer. Creo que nos satisface a ambos y justifica ampliamente el largo tiempo esperado desde el momento en que se iniciaron nuestros diálogos y la edición del libro. Pero esta conciliadora versión final existe gracias a un tercer elemento en la ecuación creativa. Un factor que a la larga resultó imprescindible: Adrienne Samos, editora de este libro, trabajó con gran astucia literaria y paciencia infatigable. Supo balancear y corregir estas glosas, hasta llevarlas a su mayor potencial expresivo, a su más genuina fuerza evocadora. Pero, a nivel personal, y por encima de los posibles resultados, atesoro algo de enorme relevancia: la experiencia compartida con Guillermo, las tardes de evocación y sabrosa conversa, donde la memoria se convirtió en un animal deleitoso, vivo e impredecible, capaz de mantener con potencia inextinguible la voz incomparable de Guillermo y de tender un nuevo puente hacia sus lectores.

 

Datos biográficos para resumir una vida

Guillermo Sánchez Borbón nació en Bocas del Toro, ha sido una de nuestras mayores voces literarias y políticas desde la segunda mitad del siglo xx. Bajo la firma de Tristán Solarte escribió los poemarios Voces y paisajes de vida y muerte (1950), Evocaciones (1955), Aproximación poética a la muerte (1964), Vienen de lejos (2001), El camino recorrido (antología, 2002) y Al final del camino (2005); y las novelas El ahogado (1957), Confesiones de un magistrado (1968), La serpiente de cristal (2002) y La luz de esta memoria (2002), varias de estas obras laureadas con el Premio Ricardo Miró. La vivacidad, la precisión, el humor y el encanto de sus páginas suscitan a la vez sentimientos ominosos y una rara melancolía. Ernesto Sábato calificó su estilo como “desgarrador, intenso y dulce”. Sus propias vivencias son vehículos para recrear hechos y personajes, lugares y situaciones memorables. Como pocos, ha elevado a rango literario el testimonio, la crónica, el periodismo de opinión y el retrato humano, gracias a su aguda mirada poética, psicológica y social, erudición e integridad moral. Fustigador de todo abuso del poder, Sánchez Borbón se convirtió en uno de los enemigos más tenaces de la dictadura militar en Panamá (1968-1989), a través de su célebre columna En pocas palabras, publicada todos los días (salvo los paréntesis impuestos por los cierres violentos) en el diario La Prensa, lo que le acarreó la cárcel y el exilio. Es miembro de la Academia Panameña de la Lengua y director emérito de La Prensa.