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    Julio Bermúdez Valdés, Berta Valencia Mosquera,

Gumersinda Páez

by: Julio Bermúdez Valdés, Berta Valencia Mosquera,

Anciana y sencilla, la “maestra Gume”, como aún le dicen sus ahora viejos alumnos,  satisfecha con aquel homenaje, que de hecho encarna un tributo a todas las panameñas que, como ella, asumió su responsabilidad en la hora que le tocó vivir.

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  Periodista, editorialista y escritor, ha sido corresponsal extranjero, presentador de TVN Canal Dos. En 1989 cubrió la guerra en El Salvador; en junio de 1995 asistió como invitado por la Unión Europea a la cumbre presidencial de Cannes. En 2001 cubrió las conversaciones de paz en Colombia. Editor del semanario Tiempos del Mundo y de la revista Consenso, fue editorialista del periódico Panamá América ocho años y editor del suplemento dominical Semblanza. Ha publicado: Universidad de Panamá, por la República y con la República (2011) y Ricardo Arias Calderón, pensador y constructor de Democracia (2013). En 2004 fue periodista invitado del Departamento de Estado de los Estados Unidos de América.
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Colombiana que llegó a Panamá a los cuatro años de edad y residió en Chilibre. Fue alumna de la “Maestra Gume” en quinto y sexto grado. La admiró siempre, y a sus ochenta y cinco años la recordaba con aprecio y cariño.
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Overview

No bastaron sus años de ejecutorias. De no haber sido por su amiga Isabel Herrera Obaldía, Gumersinda Páez no habría sido trasladada a la escuela República de Venezuela, y, como una condenada, habría permanecido en el ostracismo de una oscura oficina del Ministerio de Educación, pese a su licenciatura en Humanidades, su condición de educadora, constituyente de 1945, presidenta del Primer Congreso Interamericano de Mujeres, realizado en Guatemala en 1947, y pese a la luminosidad que en ella reconocía la poetisa chilena, Gabriela Mistral. Política, diplomática, feminista, luchadora social con una profunda conciencia cívica, la mujer que nos ocupa fue una protagonista puntual de su época, marcó a cientos de hombres y mujeres que pasaron por sus manos en las aulas de clase, y se empeñó en una lucha que la llevó, como representante istmeña, a estadios con los que nunca había soñado. Integra una generación que en las tempranas décadas del siglo xx comprendió e hizo de la lucha por los derechos cívicos un motivo permanente de su agenda personal.

La contribución de las mujeres al desarrollo de las sociedades ha sido siempre la doble lucha de querer hacerlo y lograr pleno reconocimiento. La marginalidad y la discriminación, sin embargo, no les han sido extrañas, ni en la vida ni en la muerte. Por el contrario, vencer esas características típicas de las épocas en que les tocó vivir a una gran mayoría, y que aún persisten, significó sumar a los retos del hogar los de un sistema que a menudo les mostró poca compresión, y, si se quiere, hasta el rechazo de un sistema de valores que trató de excluirlas en vida y anularlas hasta después de la muerte.

Gumersinda Páez Villarreal encarna, sin duda, la disposición, la valentía y el civismo de las mujeres panameñas que, tras comprender tempranamente que les correspondía un espacio en la dirección de la sociedad y del Estado, empeñaron esfuerzos y se movilizaron durante la primera mitad del siglo xx en la superación personal y en la organización cívica, bajo la convicción de que sus reivindicaciones solo eran posibles teniendo presencia en el ámbito político. Después de que Panamá puso fin a ochenta y dos años de unión a Colombia, el tres de noviembre de 1903, un conjunto de factores fueron señalando prioridades para darle forma a su desarrollo económico, social y político. Completar la condición de Estado nacional independiente contra el protectorado que implicó el tratado panameño estadounidense Hay–Bunau-Varilla sobre el Canal fue uno de ellos; igualmente, encarar los desafíos de una economía deprimida, resultante, entre otras cosas, del abandono en que Colombia sumió al Istmo, una burguesía incipiente que unía los retazos de un mercado embrionario, que, como si fuera poco, había sufrido los estragos de la guerra de los Mil Días.

Darle forma a su vida cívica completaba aquel panorama que se enfrentaba entre otros flagelos a una elevadísima tasa de analfabetismo que afectaba a los 315 000 panameños que habitaban el país, y la dirección política; por esa y otras razones, era cosa de la élite. La participación democrática tal cual se conoce hoy no existía, y graves deficiencias en la sanidad pública, entre otros agravantes, afectaban a menudo la unidad familiar. La relación del Estado con las minorías étnicas reflejaba, igualmente, asimetrías que conspiraban contra la unidad nacional. Así, la educación fue una empresa en la que las autoridades panameñas comprometieron voluntades desde el inicio mismo de la república, un vehículo que, al tiempo que promovía la superación del ciudadano, lo colocaba en condiciones de alcanzar influencias relativas en la cotidianidad política de un país que, como Panamá, buscaba con urgencia preparar a su población.

En ese esfuerzo inscribieron las primeras veinticuatro becas internacionales, que al final fueron treinta y dos, solicitadas por el gobierno de Manuel Amador Guerrero a embajadas de los países de América y Europa que reconocieron a la naciente república, y que llevó a muchos panameños a estudiar carreras técnicas en Estados Unidos, liberales y de jurisprudencia en países como Inglaterra y Francia. Un hecho sobresale de aquella experiencia: del total de becados solo cinco eran mujeres, entre ellas, Esther Neira. En el país, la fundación de planteles, promovida entre otros por Octavio Méndez Pereira, completó la jornada. Pero en ese contexto, la docencia reclutó a un número mayoritario de mujeres. Ninguna casualidad resulta el que Gumersinda Páez Villarreal optara por la educación.

En su caso, como en el de las destacadas figuras femeninas de su época, no se trataba de la profesión per se, sino de acceder a una herramienta que la colocara en posición de hacer propuestas e influir con éxito relativo en la sociedad. Un conjunto de traumas sociales se traducían, a su vez, en una especie de selección, en la que los menos favorecidos debían esforzarse doblemente para poder tener un espacio de respeto y de reconocimiento. Hija del comerciante venezolano Elías Páez y la panameña Mercedes Villarreal de Páez, Gumersinda nació el 13 de enero de 1910 en la ciudad de Panamá. De acuerdo con Dania Batista Guevara, autora de la biografía Gumersinda Páez: pensamiento y proyección, esta era biznieta del general venezolano José Antonio Páez, “caudillo de la Independencia y primer presidente de la Cuarta República de Venezuela (Curpa, 1790 – Nueva York, 1873).

Cruzó el istmo de Panamá para viajar a Perú, donde fue recibido con honores, y vía México se volvió a Nueva York, donde falleció el 6 de mayo de 1873” (“José Antonio Páez”, Biografías y vida). Gumersinda nació en la ciudad de Panamá, en el barrio de Santa Ana; era una mujer negra de mirada fraternal y directa, activa, de verbo coherente y sonrisa deslumbrante. Realizó sus estudios primarios en la Escuela Santa Ana no. 2, de las pocas escuelas para niñas de esa época, que dirigía Tomasita Ester Casis. Consagrada a los estudios, convencida de que solo la fuente del saber le abriría caminos en la vida y le permitiría apoyar a sus dos hermanos, a los títulos obtenidos en el Instituto Nacional de Perito Mercantil, Maestra de Primera Enseñanza y Bachiller en Ciencias sumó tres años de estudios en la Escuela Libre de Derecho, y otro sobre Técnicas para la Reparación de Máquinas de Escribir, en el colegio Artes y Oficios. Más tarde, tras inaugurarse la Universidad de Panamá, alcanzó la licenciatura en Humanidades. Esa fue la base de su gestión, la de una vida activa y comprometida con el desarrollo cívico del país, donde alcanzó a dejar su impronta. ¿Cómo llegó hasta allí y cuál fue su contribución a la sociedad y el Estado?

Los primeros pasos

Como muchas jóvenes de su época, Gumersinda Páez Villarreal encaró responsabilidades familiares desde muy temprana edad. Era la mayor de tres hermanos y “a los quince años, huérfana de padre y madre, comencé la lucha por la vida”, recordaría en 1963 durante una entrevista concedida a la periodista Mayín Correa que por esos años incursionaba en la carrera desde las páginas del periódico El Día:

A los dieciocho años ya era maestra de escuela —indicaba—. No sé por qué, pero siempre inspiré confianza, así por ejemplo la gente se dirigía a mí a contarme sus problemas… se me hacía un poco difícil tener que hacerle frente a mi familia y también a los que se acercaban, pero eso me hacía feliz y de una manera u otra a todos complacía… Además de ser maestra en Darién, Macaracas y Panamá, fui secretaria del Ministerio de Educación y profesora en la Escuela de Artes y Oficios. Continué mis estudios en la Universidad de Panamá, graduándome de Licenciada en Humanidades”. (Correa, 1963).

 

Setegantí y Garachiné, comunidades localizadas en la distante provincia de Darién, fronteriza con Colombia, fueron los primeros escenarios de su docencia a principio de la década de 1930. De uno de aquellos lugares debió ser trasladada por una apendicitis, coyuntura durante la cual conoció al joven doctor Arnulfo Arias Madrid, quien la operó exitosamente y con el que estableció, a partir de aquel momento, una buena amistad. Afirma la periodista Eva Montilla que una vez restablecida, Arias Madrid le preguntó que cuándo la volvería a ver y ella le respondió: “cuando usted sea presidente”. Años más tarde, en 1940, el líder panameñista asumiría la primera de las tres presidencias que ganó durante su intensa vida política.

Después de enseñar en Darién, Gumersinda Páez Villarreal estuvo en Macaracas, hasta que a finales de la década de 1930 fue trasladada a Chilibre, una comunidad rural situada en la orilla nororiental del canal de Panamá y lejana(1) de la ciudad capital, más por las condiciones imperantes en esos años, que por la distancia.

 

  1. Por aquellos años llegar a Chilibre podía tomar poco más de una hora. La misma distancia se hace hoy en veinte minutos.

 

La de Chilibre era entonces una escuela repartida en distintas residencias alquiladas por el Ministerio de Educación; no había un edificio que reuniera al alumnado, y ella fue ubicada en una enorme casa en la céntrica comunidad de Buenos Aires. Desde su llegada captó la atención y el interés de padres y estudiantes. Berta Valencia Mosquera, una de sus alumnas en quinto y sexto grado y quien también colaboró en esta reconstrucción biográfica, recordaría en su vejez que:

Cuando recién llegó a Chilibre, el director de la escuela era el maestro Alberto Alemán, y la maestra Gume, además de las clases, comenzó a organizar presentaciones y a buscar entre los estudiantes aquellos que les gustara actuar. Alguien le habló de mi papel en escenas cortas organizadas por otras maestras, y un día me preguntó si era yo la alumna en cuestión, y le dije que sí. A partir de ese momento yo actuaría en varias de sus obras. Para mí, había en la actitud de la maestra Gume entusiasmo y dedicación, tanto empeño que resultaba imposible olvidar sus enseñanzas. (Testimonio de Berta Valencia Mosquera).

La propia Gumersinda Páez Villarreal, en la entrevista que concediera al periódico El Día, recuerda el afecto de sus estudiantes: “Una vez caminaba por la calle, cuando uno de mis exalumnos que hacía poco había regresado del exterior, cruzó la calle y bastante emocionado me abrazó para decirme: ‘¡Maestra de mi alma!’” (Correa, 1963).

En su desempeño no figuraba únicamente impartir las materias exigidas por la ley. En varios cuadernos llevaba, como un secreto de voces altas, decenas de obras de teatro en las que retrataba escenas sociales, lecciones morales o sainetes simples. Sus actores: los propios estudiantes. Los temas, aquellos con los que había crecido; otros, observados en su todavía corto camino de la vida. Cada fecha cívica representaba una oportunidad para exponerlos en una velada. Así que 14 o 24 de julio, en el que se conmemoraban el día de la Revolución francesa o el natalicio del libertador Simón Bolívar; o días patrios en Panamá, 3 o 4 de noviembre, eran oportunidades para instalar una tarima, invitar a la comunidad y presentar una de sus obras, donde estarían presentes temas de corte social.

Divertidos y aleccionadores, eran dramas de la vida cotidiana, sencillos y asimilables para un público que los disfrutaba y que se reconocía en muchas de sus imágenes. Entre ellos La hija del pirata, que trataba sobre la forma como un hombre engendraba a una hija, se iba a correr mundo sin recordar esa responsabilidad y luego, al regresar, tenía ante sí la sorpresa de la muchacha adulta. Una obra singular si se recuerda que para esos años los hijos sin padres, o fuera del hogar reconocido legal y eclesiásticamente, eran una especie de trauma social. “Su afición al teatro era evidente: escribió treinta y cuatro obras que fueron radiadas a través de La Voz de Panamá y Radio Chocú.

El Ministerio de Educación invitaba a escuchar estos programas que llegaron a tener una gran audiencia” (Entrevista a María del Pilar Moreno cit. en Alvarado, Marco & Vásquez, 1996, p. 78) y que sin duda le significó una popularidad que fue decisiva más tarde en su elección como diputada provincial a mediados de la década de 1940. Entre sus obras, la crítica destacaría un drama en tres actos titulado Mira los clavos, y en cuyo introito Julio B. Sosa señalaba a Gumersinda Páez como “…la creadora del teatro social. Gumersinda, al compenetrarse subjetiva y objetivamente de la realidad popular, la lleva a las tablas, no como una visión panorámica sino como un dinamismo vivo de anhelo de una vida mejor”. (Sosa, 1949, p. 4).

Los clavos retrataba la difícil vida de un hogar humilde, en el cual el padre se ve obligado a viajar al extranjero en busca de empleo y deja la casa, supuestamente por poco tiempo, pero el plazo se alarga veinticinco años, y la madre debe criar sola a un hijo que, cuando adulto, la maltrataba de palabra. Reflejaba la obra las consecuencias de la disolución del hogar, trauma social que imperaba en el Panamá de esos años.

Fragmento de Los Clavos
Cobrador: Muchas gracias. Desde aquí sin necesidad de entrar puedo decirle el motivo de mi visita.
Antonio: Ya lo comprendo todo, pues no en vano lo he tratado antes.
Cobrador: Me alegra mucho. Quiero manifestarle que, como ustedes me deben tres meses del alquiler de la casa, tienen que prepararse a pagarme ahora mismo o a desocuparla. Puedo lanzarlos a la calle cuando a mí me plazca.
Antonio: Tiene razón. De usted esperábamos eso y mucho más todavía. Los usureros no conocen ni tienen que ver con el dolor ajeno.
Berta: Tenemos a nuestro hijo en cama y no hemos podido ni comprarle un vaso de leche tan siquiera”. (Páez, 1949).

 

Por lo menos tres situaciones conflictivas refleja el fragmento citado: la ausencia de trabajo. Antonio no puede pagar el alquiler porque no tiene dinero, situación por la cual debe partir hacia Argentina, en una desintegración tácita del hogar. Piensa regresar pronto, pero se demora veinticinco años. La salud: un chico con una salud precaria que por aquellos días, seguramente, causada por una mala alimentación. Y, finalmente, el reclamo implacable del casero. El drama de Gumersinda Páez refleja la época. Sólo en 1925, cuando ella contaba quince años y en 1932, cuando tenía veintidós, en la ciudad de Panamá se produjeron importantes movilizaciones inquilinarias, la primera de las cuales terminó con una intervención militar estadounidense con saldo de muertos y heridos, y la segunda incidió en la política del gobierno de Harmodio Arias.

Lo “social” será la tónica de sus obras, y una lucha constante en ese ámbito la define como mujer y como ciudadana, pero, sobre todo, como humanista, al decir de J. R. Fernández Cano; lo social será el tema sobre el cual hará reflexionar a todos aquellos a los que llegue su mensaje. Desde los primeros días de su labor docente, Gumersinda comenzó a integrarse a organizaciones cívicas y culturales. Fundó movimientos juveniles, y luego ingresó a instituciones que se incorporaban al proyecto político-social del país como prioritarias, y como demandas sobre los derechos cívicos. Esa preocupación será una constante en toda su actividad. Al terminar materias en la consecución de su licenciatura en Humanidades, elaboró su trabajo de graduación sobre la “rebelión kuna” de 1925.

Dania Batista Guevara dedica especial atención a este aspecto, y en la biografía que ha escrito sobre Páez expone los motivos personales que impulsaron a la educadora a escoger ese tema:

Esa vida monótona, esa mascarada de una aparente libertad, el dolor que el indio llevaba en su semblante y ese desprecio que los demás hombres sentían por él, como si no se tratase de seres humanos, hicieron arder en mí la llama de la simpatía y desde entonces me preocupé por su suerte, contemplando con interés sus problemas y por lo tanto he compartido sus desgracias y sus alegrías”. (Batista, 2011, p. 59).

Ese “compartir desgracias y alegrías” definirá en gran medida el comportamiento de esta educadora ante las minorías marginadas y ante los sectores vulnerables de la sociedad panameña, en especial las minorías étnicas y las mujeres. Allí estarán, pues, sus esfuerzos en el caso de los sectores afroantillanos, parte de esa migración negra llegada al país durante la construcción del Canal, y que enfrentó muchas vicisitudes en su integración al sociedad panameña. También estará, por supuesto, presente en la lucha por los derechos de la mujer.

La década de 1940 la encontrará comprometida en la batalla política por el sufragio femenino, una conquista en la que compartirá jornadas con luchadoras como Clara González de Behringer, Esther Neira de Calvo, Felicia Santizo y Sara Sotillo. Todo había comenzado en el mismo momento en que se recibió como docente, y que convirtió sus años mozos, sobre todo los correspondientes a la década de 1930, en el terreno fértil donde crecieron sus ideas y su activismo político.

Maestros y nacionalidad

El papel de los maestros fue crucial durante las primeras décadas que siguieron a la separación de Panamá de Colombia. Fue un proceso directamente ligado a la supervivencia de su proyecto nacional. Los docentes, con otras fuerzas y grupos, al formar a las primeras generaciones de panameños profesionales, fueron artesanos en el desarrollo del país. Un escenario sin cuyo examen sería imposible comprender la gestión de figuras como la de Gumersinda Páez Villarreal, sobre todo por las condiciones en torno a las cuales gravitaba la vida social y política del Istmo por aquellos años.

 

Cuando finalizaron los trabajos del Canal en agosto de 1914, Páez Villarreal tenía apenas cuatro años. En Panamá, un país pobre, agobiaba el desempleo; la escasez de vivienda agitaba la sociedad y con los pocos recursos del Estado las autoridades trataban de dar forma a las instituciones democráticas de una sociedad conservadora, con marcadas diferencias sociales y hasta discriminadoras. Cuando Gumersinda Páez, a los dieciocho años de edad, egresa como docente, tiene más interrogantes que respuestas, pero no se limita a observar los hechos. Analista acuciosa y crítica, asume posiciones; es creativa y entusiasta, escribe obras, capta la vida y se incorpora a cuanta organización encuentra afín a sus formas de pensar e inquietudes. En los años que tiene por delante será protagonista en los cambios que se van a producir.

El proceso difícil arrastrado por Panamá desde 1914 a 1940 no solo implicó malestares sino también un despertar social hacia la lucha por los derechos cívicos y políticos; la Gran Depresión, que había afectado la economía mundial entre 1929 y 1930, en el Istmo se tradujo en una profunda crisis económica y política, pero, además, en una corrupción que sobresalía como factor de inestabilidad, y que se expresó con fuerza en enero de 1931.

De acuerdo con un informe del encargado de negocios de la Embajada de Estados Unidos en Panamá, Benjamín Muse, respecto a la crisis que atravesaba el Istmo, el entonces presidente Florencio Harmodio Arosemena sostenía que:

Este país está muy enfermo, señor Muse, muy enfermo y no puedo hacer nada al respecto. Sé que hay malos elementos en mi gobierno que están haciendo mucho daño, pero le aseguro que es imposible para mí frenar esto en virtud de la ley… estoy imposibilitado para interferir con la justicia. No puedo hacer dimitir a los jueces. A la larga o a la corta el país necesita un dictador. Si Panamá quiere curar su enfermedad necesita una dictadura absoluta. (Valdés, 2006, p. 102).

 

La académica Yolanda Marco, en su obra, Clara González de Behringer, Biografía, destaca que para esos años en Panamá crecía el nacionalismo

[…] de Acción Comunal y el de una serie de fuerzas nuevas y poderosas que habían irrumpido desde hacía una década en el panorama político y que se consolidan en los años treinta: los partidos Socialista y Comunista. […] La inestabilidad y violencia subsiguiente se acrecientan: Acción Comunal dio un golpe de Estado en enero de 1931 […] mientras no cesaban de agudizarse los problemas sociales ocasionados por las desesperantes condiciones de vida de las masas urbanas y campesinas, y de los obreros de las bananeras. (Marco, 2007, p. 102).

El expresidente Ricardo J. Alfaro describiría aquella situación así:

[…] falta de capital, falta de confianza, falta de crédito, decaimiento en el comercio, languidez en las industrias, miseria en las masas, inquietud en los espíritus, desasosiego general ante el malestar general, tales son los factores que amontonan ante la patria los problemas, los obstáculos, las complicaciones, las dificultades. (Araúz y Pizzurno, 1996).

Y Domingo Díaz, presidente de la Asamblea Nacional que juramentó a Harmodio Arias como presidente en 1932, le dijo al nuevo mandatario en su discurso de toma de posesión:

“Recibís […] los escombros de la que un día fue la próspera y feliz República de Panamá, pues a pesar de los esfuerzos titánicos de vuestro ilustre antecesor(2) y de sus eficientes colaboradores, no ha sido posible despejar la enorme crisis porque atraviesa la nación…”. (Conte, 1998, p. 137).

  1. Domingo Díaz se refiere a Ricardo J. Alfaro, quien fue el presidente interino de Panamá de enero de 1931 a octubre de 1932 cuando Harmodio Arias tomó posesión.

 

La “enorme crisis” se venía gestando desde algunos años atrás. Durante la década de 1920 fueron surgiendo movimientos sociales que, marginados de las tomas de decisión del Estado, sumidos en la pobreza y la desesperación, buscaban espacios donde expresarse y reconocimiento legal para sus derechos. Era la sociedad civil en plena efervescencia.

El movimiento femenino sería un factor clave en esa batalla y en las conquistas cívicas incorporadas luego al ordenamiento jurídico nacional. Ángela Alvarado y Yolanda Marco destacan en su obra Mujeres que cambiaron nuestra historia las influencias del movimiento obrero en las primeras formas organizativas del feminismo panameño, así como la del pensamiento liberal, de la presencia estadounidense en Panamá y del movimiento feminista internacional. (Alvarado y Marco, 1996, p. 22).

En organismos obreros como “Hijos del Trabajo”, fundado en 1919, y en la Federación Obrera de la República de Panamá, de 1921, las mujeres trabajadoras luchaban por la reglamentación de sus extensas y agotadoras jornadas, y en una fecha tan temprana como julio de 1921 incluían en su programa “tratar de establecer el sufragio femenino”. Para esa época, como en la mayoría de los países del mundo, la mujer no tenía derecho al voto. Esas aspiraciones encontraron eco en las páginas de publicaciones como el periódico La Estrella de Panamá, donde escribía una columna José María Blázquez de Pedro (Franco, 1986) un ácrata español de tendencia anarco-sindicalista que figura entre los fundadores de las primeras organizaciones panameñas de trabajadores.

Había llegado al Istmo en octubre de 1914, y en un artículo publicado en 1922 en el periódico El Tiempo, titulado “El feminismo completo”, daba una sustentación contundente a lo que en los años venideros sería una bandera importante de las organizaciones femeninas locales, y en donde subrayaba realidades, derechos y luchas de la mujer. Blázquez de Pedro era, al decir del periodista Luis Alberto Franco Carvajal,(3) un doctrinario que orientaba la organización social, y entre ella la que la mujer debía realizar por sus derechos y los del resto de la sociedad.

  1. Luis Alberto Franco Carvajal conoció de niño a José María Blázquez de Pedro. A lo largo de su vida, en con ferencias y tertulias habló de su obra, y en su vejez Franco Carvajal (q.e.p.d.) lo recordaría. Le contó al autor de esta biografía pasajes de la labor de Blázquez de Pedro en Panamá.

Personalidades de la época como el ilustre “maestro de la juventud panameña”, Octavio Méndez Pereira, José Dolores Moscote, el propio Ricardo J. Alfaro y José Daniel Crespo respaldaban y teorizaban respecto a esas aspiraciones. Eduardo Chiari, catedrático de Derecho y Ciencias Políticas, escribió una de las primeras tesis sobre la “Situación jurídica de la mujer casada en Panamá”, que fue, según Alvarado y Marco, “el primer estudio en su género y posiblemente de gran influencia en el despertar del movimiento feminista panameño”. También visitaron el Istmo destacadas dirigentes estadounidenses como Carrie Chapman Catt, que se reunieron con mujeres panameñas. Muchas de estas últimas asistieron más tarde a eventos y estudios en Estados Unidos.

En esa realidad, con esas características, van surgiendo las organizaciones feministas y las primeras voces que argumentarán jurídica y políticamente sobre los derechos de la mujer panameña. Figura destacada, Clara González de Behringer, quien se convertiría en la primera panameña en lograr, en junio de 1922, el título de abogada, y en la batalla cívica, tras ser miembro fundador de la primera asociación llamada Centro Feminista Renovación, funda el Partido Nacional Feminista (PNF), “que ella creía iba a ser el instrumento de lucha más eficaz que tendrían las mujeres para conseguir sus reivindicaciones” (Marco, 2007, p. 17). Gumersinda Páez Villarreal ingresó a las filas de ese colectivo; sus principios y propuestas captaban sus preocupaciones. También participaría activamente en el Partido Unión Nacional de Mujeres y sería una de las promotoras más comprometidas con la batalla por lograr el sufragio femenino. En cada comunicado emitido por esas organizaciones que iban surgiendo en el camino estaría el nombre de la ilustre educadora.

El feminismo es —dirá Clara González de Behringer— la lucha de la mujer por alcanzar la plenitud de su vida, o el esfuerzo supremo de la misma por la adquisición de todos los derechos que por naturaleza le corresponden en igualdad de condiciones al hombre. (Marco, 2007)

En esa igualdad que defendían las mujeres en ese tiempo sobresale la meta del voto femenino. Era la lucha que transcurría en distintas latitudes del mundo y, en Panamá, mujeres como Clara González, Gumersinda Páez o Georgina Jiménez de López, la primera socióloga con que contó el país, militaban a favor de esos conceptos, de los que no escapaban los reclamos de la soberanía panameña en la Zona del Canal, entonces bajo jurisdicción estadounidense.

Los enfoques sobre el tema dieron paso a dos corrientes principales en el feminismo panameño. La que encabezaba González de Behringer desde la Unión Nacional de Mujeres, y la Liga Patriótica Femenina dirigida por Esther Neira de Calvo. Ambas se expresarían de forma contundente en la campaña que antecedió a las elecciones de la Constituyente en 1945, pero solo Neira de Calvo y Páez Villarreal resultaron elegidas, la primera como diputada nacional y la segunda por la provincia de Panamá. ¿Cómo fue la lucha por el sufragio femenino?

El sufragismo

“El derecho al sufragio fue la reivindicación central del primer movimiento feminista” (Alvarado y Marco, 1996, p. 22) Las demandas de las mujeres panameñas, especialmente la del derecho al voto, se convirtieron, durante la década de 1930, en parte intrínseca del programa sociopolítico nacional, y tuvieron tanto arraigo que “cualquier fuerza política tenía que tomarlas en cuenta. Estaban tan convencidas de que solo podrían ser dueñas de su destino si conquistaban el derecho a intervenir en la vida política…” (Alvarado y Marco, 1996, p. 5). Por eso resulta una leyenda insostenible atribuirle el logro del voto femenino a alguna figura en particular. Fue, en realidad, el resultado de una batalla de más de veinte años, que pudo canalizarse al fin en la elección de la Constituyente que dio salida a la crisis política que vivió el país al final de la Segunda Guerra Mundial. Fue, eso sí, un clamor que ningún político de la época pudo ignorar.

En el periodo citado convergen varios factores que permiten el logro de la vieja aspiración del sufragio femenino. Cuando despunta la década de 1940 el mundo se sumerge en la oscura y dramática etapa de la Segunda Guerra Mundial, y en Panamá tales acontecimientos prohíjan una crisis política que culmina con el derrocamiento, en 1941, del gobierno que presidía, por primera vez, el doctor Arnulfo Arias Madrid. Lo reemplaza su ministro de Gobierno, Ricardo Adolfo de la Guardia, quien se aparta de las propuestas nacionalistas del derrocado mandatario, y en el marco de la conflagración mundial rubrica el apoyo panameño a los aliados que luchaban contra los países del eje, acción que se traduce en una política de colaboración con Estados Unidos, que asume la defensa del Canal. Hijo de esta etapa lo es el convenio de bases Fábrega-Wilson, mediante el cual Estados Unidos instala en Panamá 134 bases militares. De la Guardia fue sustituido en 1945 por Enrique A. Jiménez luego de una crisis política en la Asamblea, que, como parte de la inestabilidad que vivía el país desde principios de la década, le había restado respaldo a la dirigencia política. A su vez Panamá experimentaba el ascenso de un movimiento cívico y popular que había tenido su nacimiento en las aulas de la Universidad Nacional de Panamá, apenas fundada en 1935. Surgían organizaciones obreras como la Federación Sindical de Trabajadores de la República de Panamá, la Federación de Estudiantes de Panamá, y las reivindicaciones sociales y políticas eran un programa político que caminaba por las calles.

En primera fila, el reclamo sostenido del derecho de la mujer al voto. Páez Villarreal fue, en esa ocasión, por un reclamo mínimo que garantizara la igualdad de las mujeres y los hombres ante la ley. En la revista virtual Ellas, Amalia Aguilar Nicolau no dejó lugar a dudas al afirmar que Gumersinda Páez Villarreal, elegida vicepresidenta de la directiva de la Asamblea Constituyente:

[…] participó activamente durante los debates sobre temas relacionados con la educación, la salud, la familia y las libertades religiosas, manifestando, por este último, posiciones bastante conservadoras. Defendió la igualdad de derechos de las mujeres, la creación de guarderías infantiles, el reconocimiento de la paternidad y la unión de hecho, la igualdad de salarios entre hombres y mujeres por el mismo trabajo, la seguridad social para las embarazadas y los derechos de la comunidad afroantillana. (Aguilar, 2008).

Con la misma intensidad con que se abocó a la docencia, o con la cual escribía sus obras de teatro, para la campaña de la Constituyente, Gumersinda Páez Villarreal se inscribió en una de las jornadas que invitaban a las mujeres a llevarla como una de sus representantes ante el parlamento. Pero no se trataba de una participación admitida con complacencia y facilidad. Tanto como las difíciles décadas de 1920 y 1930, en los años cuarenta las mujeres tuvieron que realizar mítines, manifestaciones y entrevistas a fin de conquistar el derecho a participar en las elecciones para la Constituyente. No fue fácil la empresa, y acceder a ella solo se explica por la gran movilización nacional que encabezaron la Unión Nacional de Mujeres y la Liga Patriótica Femenina, en la cual Gumersinda Páez Villarreal era una de sus connotadas activistas, y por la realidad política de la coyuntura en la que considerar la participación de la mujer no se podía eludir.

La convocatoria para la Convención Nacional Constituyente fue realizada el 29 de diciembre de 1944, mediante el decreto Decreto Presidencial número 4. Integrante de la Liga Patriótica Femenina, Gumersinda Páez fue postulada por el Partido Nacional Revolucionario (PNR) y electa diputada por la provincia de Panamá para el período 1945-1948.

No era una elección más. Era la primera vez que el país contaba con dos parlamentarias, ella y Esther Neira de Calvo, con la cual había compartido años de intensa batalla. Era un acontecimiento, no solo para el pequeño istmo de Panamá, sino para la región y en gran medida para un escenario mundial donde la mujer luchaba por no ser considerada ciudadana de segunda categoría. El primero de marzo de 1946 fue aprobada la nueva Constitución del país, donde aparece como firmante Gumersinda Páez Villarreal.

El título IV sobre Derechos Políticos de esa Carta Magna, en su capítulo primero sobre Disposiciones Generales, artículo 97, declaraba que “Son ciudadanos de la república todos los panameños mayores de veintiún años sin distinción de sexo”. En esa última frase se resumían más de dos décadas de lucha. Páez Villarreal, Clara González de Behringer, Felicia Santizo o Esther Neira de Calvo habían sido protagonistas destacadas en el logro de esa meta. El artículo 98 establecía que “La ciudadanía establecía en el derecho de elegir y de ser elegido para puestos públicos de elección popular y en la capacidad para ejercer cargos oficiales con mando y jurisdicción…”.

Gumersinda Páez Villarreal fue elegida segunda vicepresidenta de la Asamblea Nacional Constituyente, y en algunas ocasiones, en ausencia del titular, ejerció la presidencia del parlamento. Allí compartió jornadas con figuras destacadas de la época como Diógenes De la Rosa, Domingo H. Turner, su compañera de luchas Esther Neira de Calvo, Pacífico Ríos y Jacinto López, entre otros.

Aquella posición comenzó a proyectarla fuera del país. En agosto de 1947 participó por primera vez en un foro internacional. Asistió y presidió el Primer Congreso Interamericano de Mujeres realizado en Guatemala. Y reafirmó sus reclamos a favor de la mujer, pero su programa incorpora, además, el tema de la lucha panameña por la soberanía en la Zona del Canal, para la cual reclama el respaldo de aquel cónclave, especialmente contra una propuesta estadounidense que, finalizada la Segunda Guerra Mundial, implicaba legalizar y prolongar la presencia de las 134 bases militares acordadas en el convenio Fábrega-Wilson de 1942.

 

No sería justa si en este momento trascendental de mi vida —diría la parlamentaria durante la inauguración del Congreso de Guatemala— no demostrara la gratitud que siento por mis conciudadanos que, sin medios económicos para haber afrontado una misión legislativa y política, me llevaron a la más alta curul a que ha ido hasta hoy la mujer panameña, ya como miembro de la Asamblea Constituyente, ya permitiéndome que fuera yo quien firmara la Constitución de 1945 como Presidenta; (4) y algo más, permitirme también que firmara el decreto que crea el nuevo Ministerio de Previsión Social, Trabajo y Salud Pública […] en esta hora trágica por la que pasa el mundo, cuando la ciencia pone en manos del hombre un instrumento diabólico y devastador, no es posible que nosotros, legisladores, no pensemos en buscar, por todos los medios posibles, el equilibrio social.(5)

  1. La autora se refiere al proceso constituyente 1945-1946 en el que fungió como vicepresidenta y temporalmente como presidenta.
  2. Del discurso pronunciado en la inauguración del Primer Congreso Interamericano de Mujeres realizado el 22 de agosto de 1947. 6. En Guatemala durante el Primer Congreso Interamericano de Mujeres, un periódico caricaturizaba el color de su piel.

“En esta oportunidad se impidió —por la gestión de la delegada panameña— la venta del armamento sobrante de la Segunda Guerra Mundial y que Estados Unidos pretendía colocar en América”, afirma la periodista Eva Montilla en un reportaje sobre Gumersinda Páez Villarreal publicado en el periódico La República, el domingo 30 de marzo de 1980. Además de Guatemala, México, Honduras, Costa Rica, Colombia y El Salvador también sabrían de su verbo, de las reivindicaciones que abanderaba, de las preocupaciones que la animaban. Años más tarde fue huésped de honor de la Conferencia mundial de la Unesco, realizada en México y la cual tuvo el honor de clausurar.

Pero tanto en Panamá, como en algunos países de la región,(6) Páez Villarreal resintió hasta los últimos años de su vida el racismo del que fue víctima. La célebre poetisa y feminista chilena Gabriela Mistral definió a Gumersinda como una “mente privilegiada y alma luminosa”. Carlos Arellano dijo de ella que “nada de lo que le atañe a la patria le es indiferente”.

 6. En Guatemala durante el Primer Congreso Interamericano de Mujeres, un periódico caricaturizaba el color de su piel.

A principios de la década de 1950 Gumersinda Páez Villarreal avanzó hacia un discreto retiro. Con afectaciones al corazón y otras dolencias se instaló en la comunidad costeña de Veracruz, en el pacífico panameño, donde una pesada cortina de olvido parecía empeñada en omitir sus aportes a la sociedad y al perfeccionamiento del Estado panameño.

En 1979 un reconocimiento oficial recuperó para la historia las ejecutorias de esta mujer luchadora y tenaz. Se instituyó una orden con su nombre, y en 1991 murió. Una fotografía tomada en 1979 durante un homenaje que se le tributó la presenta del brazo de la profesora Berta Torrijos de Arosemena, para esos años directora del Instituto para la Formación y Aprovechamiento de Recursos Humanos (Ifarhu). Anciana y sencilla, la “maestra Gume”, como aún le dicen sus ahora viejos alumnos, parece satisfecha con aquel homenaje, que de hecho encarna un tributo a todas las panameñas que, como ella, asumió su responsabilidad en la hora que le tocó vivir.

 

 

Referencias bibliográficas

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Araúz, C. y Pizzurno, P. (1996). “Harmodio Arias y la consolidación de la Nación”. En Estudio sobre el Panamá Republicano (19031989). Manfer.

Batista Guevara, D. (2011). Gumersinda Páez: Pensamiento y Proyección. Panamá: Universidad de Panamá.

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Valdés Escoffery, E. (2006). Acontecer electoral panameño, 1ª ed., Cali: Imprelibros.