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    Manuel Orestes Nieto

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Humberto Ivaldi

by: Manuel Orestes Nieto

Jaime Humberto Ivaldi Bristán logró alcanzar la cima donde moran los geniales artistas que Panamá nos ha dado. Artistas que como él nos estremecerán siempre por sus adhesiones a las virtudes y contradicciones de su tiempo, cosidos a su siglo, pintando en el mar o en las paredes de esta ciudad, tantas veces calcinada y exhausta, pero que ha sobrevivido como Ivaldi, desde la penuria hasta el aire libre.

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Panamá, 1951. Licenciado en Filosofía e Historia por la Universidad Santa María la Antigua. Embajador en Cuba y Argentina. Director de la Biblioteca Nacional. Subdirector del Instituto Nacional de Cultura. Director editorial de la Universidad Especializada de las Américas. Premio Nacional de Literatura “Ricardo Miró” de poesía en cinco ocasiones: 1972, 1983, 1996, 2002 y 2012. Entre sus obras se pueden citar Reconstrucción de los Hechos, Panamá en la Memoria de los Mares, El Mar de los Sargazos, Nadie llegará mañana y El deslumbrante mar que nos hizo. Obtuvo el Premio “Casa de las Américas” (1975) con Dar la Cara. Premio Extraordinario de Literatura “Pedro Correa” (2000), a la excelencia literaria. Premio José Lezama Lima de Casa de las Américas (2012) por El cristal entre la luz.
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Humberto Ivaldi: La quimera encarnada

Aquel hombre se arrojó al vacío en la odiosa medianoche —entre el domingo 9 y el lunes 10 de marzo de 1947— desde el tercer piso del edificio “Amparo”, en calle 33 este y la avenida Cuba, de la ciudad de Panamá. Una tuberculosis pulmonar fue haciendo trizas su cuerpo y su voluntad hasta la alucinación y vencerlo de forma definitiva. Ardientes dolores, buches de sangre, tos mezclada con pensamientos igual de convulsos, irritabilidad e impotencia, le fueron acosando durante meses previos.

Los ataques de hemoptisis de esa noche fueron particularmente agresivos y el hombre estragado y atormentado por el fin que le esperaba, aceleró los acontecimientos. Sus vecinos le vieron en un primer intento de saltar desde el balcón y lograron detenerlo y calmar sus impulsos. Se queda solo en su pequeño apartamento, agotado, en el borde de su resistencia. Una hora después, otro severo ataque lo perturba, no tiene aire, el dolor fragua el ardid de golpearlo en las heridas, su cerebro es ocupado por la decisión suicida y se precipita al cemento del patio interior del edificio, destrozando su cráneo privilegiado y genial.

Su cadáver fue encontrado al alba y trasladado al hospital Santo Tomás. Ese hombre delgado, negro, torrencial, era uno de los más grandes pintores que ha tenido Panamá. Tenía 37 años y dos meses de vida. La noticia de su muerte estremeció a la comunidad artística e intelectual y, también, al país en general. Aún atónitos, colegas, amigos y autoridades expresan su pesar y desolación.

Basta leer los diarios de aquellos días para sentir de nuevo el dolor colectivo que les embargó la tragedia que protagonizó el artista, sin despedida, sin cartas explicativas, sin adioses ni abrazos. Sólo partió, constituyéndose en un inmortal, por su obra y su trazo en el arte nacional. Prudencia Bristán Guerrero y Amadeo Ivaldi Pereira trajeron al mundo a un niño el día 24 de diciembre de 1909, en la capital de Panamá, en el barrio de Santa Ana, y le pusieron de nombre Jaime Humberto.

Aquella Navidad discurrió sin novedad en las calles citadinas, a escasos seis años de la separación de Colombia, y el tiempo diría que este acontecimiento natal, del cual casi nadie se percató, fue lo más importante que le ocurrió ese año a la nación panameña: nacía, sin fiestas, un portento artístico en el más humilde anonimato, en el corazón de la pobreza, en la primeriza época de la república dependiente y de las incubaciones de múltiples desencantos populares crecientes. La convulsa Panamá de la primera década del siglo xx seguía debatiéndose entre los antiguos adversarios conservadores y liberales, atada a un tratado a perpetuidad con los Estados Unidos. Aunque la ruta interoceánica estaba en pleno proceso de construcción, la prometida bonanza que todo lo permearía de prosperidad no llegaba hasta las familias del arrabal y mucho menos a los distantes campos del interior del Istmo.

La configuración de lo que sería un país partido en dos por una zona de exclusión en su centro territorial, de mar a mar, coincide con la infancia de Ivaldi, aunque transcurriese a cierta distancia del ruido de las máquinas excavadoras y del ejército de trabajadores que retó a la naturaleza por abrir el canal interoceánico, bajo el tutelaje de los Estados Unidos, como potencia mundial en expansión. De modo tal que su obra pictórica se realiza en ese casi medio siglo del trauma colonial, que tardará casi cien años en resolverse. A los dos años, el niño Jaime Humberto es bautizado el mismo día de su nacimiento, el 24 de diciembre de 1911, en la iglesia de la Merced, siendo sus padrinos Mardoqueo Córdoba y Matilde Borbúa. Su madre nació en la lejana Pedasí, en la península de Azuero, y su padre era un inmigrante italiano que se dedicó a la agricultura en Chame, a donde fueron a vivir hasta que Ivaldi alcanzó unos diez años. Regresa a la ciudad de Panamá con su madre.

En los espacios sagrados de su memoria se encofrarán los árboles, las enramadas, los bordes de mar, el espacio abierto y el calor del verano, que plasmará después en aquella faceta telúrica de su arte, el paisajismo tropical, el de los caseríos, tamarindos, lomas y raíces aéreas, piedras pulidas por las olas, mangles y farallones. Más que pintura de una nostalgia, esas resonancias rurales sirvieron en gran medida como afirmación nacional de su arte, tal como lo hicieron los grandes pintores de su generación en sus búsquedas y hallazgos.

No fue un ruralismo de superficie sino una inmersión de gran calado hacia el núcleo de la escurridiza formación de una nacionalidad que ocupa un especial lugar en la historia plástica panameña, al aparecer las imágenes resueltas del país profundo, de la identidad reconocible en las texturas y, con ello, la gestación de lo que es nuestra pintura nacional. Su vuelta y enraizamiento en la ciudad se producirá en el mismo arrabal del barrio de Santa Ana, en la pobreza inamovible antes y después de su nacimiento, en las casas de madera y los cuartos de inquilinato, entre la convivencia apretujada, la mezcla sanguínea multiétnica de la cual estamos hechos los panameños y la interculturalidad flotante como sopa humana, aun más allá de terminados los trabajos de la construcción del canal de Panamá. Ivaldi contiene, pues, dos primeros mundos germinales: el de tierra ocre, yerba, aire, animales y agua de río y el de cemento gris, de ruidos, cantinas, cafés y escasas o ninguna alegrías.

Con el tiempo se sumarán los cinco años de estancia en el viejo mundo, al que irá con ilusiones, rayando en la ansiedad, y que integrará a sus ebulliciones plásticas, conocimientos y destrezas, que pocos como él poseían en esos años y en la incierta y chata, lenta, vida citadina, como en una encerrona de la historia. Puede decirse que, en Ivaldi, estos escenarios, experiencias disímiles y la imposición de vivir a contracorriente, en la niñez amarillenta del vendedor de periódicos y oscura del limpiabotas callejero, ser parte de esa muchachada que giraba alrededor de un parque y una iglesia donde se velaban a los muertos de manera colectiva, extramuros de donde las familias adineradas y pudientes se atrincheraron, colisionaron en su interior precoz y son el sustrato importante para entender los códigos de su pincel y la impronta en la tela, a ratos furioso y a ratos ocultista y simbólico, como son todos los reproches y las vergüenzas más dolorosas.

Fueron las contradicciones que no se resolvieron nunca en una paz individual sosegada, sino con irritables heridas y arañazos. Con una personalidad impredecible, su borrascoso carácter imperaba a veces sobre su maestría plástica y se expresaba en temas recurrentes y obsesivos. Sin embargo, un centro neurálgico estaba siempre protegido de todos los espantos y fantasmas, un creador neto aunque inconforme se abrió paso: se hizo un extraordinario pintor, donde estas retaguardias existenciales no interfirieron en su persistente y profundo conocimiento de los morteros del arte y, en especial, del trazo, el dibujo, el relato instantáneo a punta de policromías y recreaciones asombrosas e inéditas en nuestra pintura.

Ser pobre y vivir en ese bolsón de miseria era también padecer las exclusiones ya existentes en el país y su primera educación tendrá que recibirla donde van los niños negros: la Escuela de Varones de Santa Ana, que se conocerá después como escuela Manuel José Hurtado, sin registros de que fuese un alumno brillante. Recorrerá de un lado a otro la ciudad, por las aceras donde están instalados los comercios y bazares, buscando los centavos de la comida; se moverá a sus anchas por la avenida Central, incursionará en el barrio de San Felipe y se estacionará a jugar en la plaza Herrera; su único mundo es el del sobreviviente típico de la marginalidad.

Puede decirse que, al enrolarse en la plástica, traía en su mochila el cuarto de alquiler donde vivió con su madre, ubicada en la conocida Bajada del Ñopo, a escasos metros del mercado público, del muelle fiscal, del terraplén, desde donde el olor a mar y pescado entraba a su estrecha vivienda y nada indicaba que en Ivaldi se empinaría un singular suceso estético, pulcro, cuidadoso y original de una notable escala creativa. En esas penurias encontraba la compañía de una legión de iguales, los del mismo barrio, y los inviernos de lluvias interminables, que más allá de su arte se encarnaron en el hombre rebelde, con actitudes y posiciones sociales, hijas de esta procedencia humilde. Ivaldi estudia parcialmente en el Instituto Nacional de Panamá, hasta el cuarto año, es de las generaciones pioneras de aguiluchos que con el tiempo serán identificados con la pureza del alma nacional. Allí se verá al joven estudiante en las asambleas estudiantiles, haciendo insólitos llamados para rechazar la ocupación norteamericana acantonada en la Zona del Canal, sembrar banderas en el territorio usurpado y reclamar soberanía.

Arengaba con voz de trueno y protestaba, con discursos acabados y de evidente rechazo a la opresión colonial directa de su patria. Generaciones posteriores harán tal cual lo que muchos le escucharon decir y que parecían entonces incendiarias convocatorias. De alguna manera, se anticipa a lo que será después el mes de octubre de 1925 y la huelga inquilinaria, que además de los muertos y heridos, desemboca en la intervención militar de las tropas norteamericanas desde las bases a orillas del Canal, ocupando el arrabal, el parque de Santa Ana y las calles aledañas donde transcurrió su niñez; al rechazo al tratado Filós-Hines sobre la permanencia de bases militares en 1947, el mismo año de su muerte; la siembra de banderas de 1958, que tanto reclamó, y la explosión popular y nacional de los días de enero de 1964 que es piedra angular de la devolución del canal a Panamá a fines del siglo xx.

Estas antelaciones son propias de los artistas que enhebran información, palpitaciones colectivas, indicios, eventos aislados, sutiles deducciones de sus cerebros creativos y se producen visiones en el tiempo, no por magia, sino por procesos complejos que se extienden hacia adelante con pronósticos certeros. Quien vio a Ivaldi en el aula máxima del Instituto Nacional en esas protestas nos diría que podía predecir con fogosidad la historia misma. Si bien no termina sus estudios de bachillerato en ese centro educativo, es donde la vida y sus designios harán que se encuentre con Roberto Lewis, el maestro y artista nacional que más lo influyó y orientó en su vocación profunda; la sacó a flote y sopló las velas de la nave que lo llevó a las aguas profundas de colores y figuras, siempre meteórico, apasionado, insatisfecho y genial. Este estímulo vital y docente es crucial en la temprana chispa creativa de Ivaldi. Encontró un nicho fértil en Lewis, quien a su vez se educó en París y era un pintor reconocido, retratista de presidentes y había realizado las pinturas del Teatro Nacional.

El discípulo Ivaldi entraba cordialmente al estudio de Lewis, a sus libros de pintura que devoró con una sed irrefrenable. Al poco tiempo subió el peldaño, se hizo su ayudante y recibió de Lewis el apoyo providencial a su vocación descubierta y apasionada. Fue también el tiempo del deslumbramiento y de las horas valiosas escuchando a Manuel Encarnación Amador, entre el asombro y la curiosidad, con las preguntas incesantes sobre el dibujo y el estruendo interior que le produjo conocer la existencia sin par de Goya, Velásquez, Picasso, en la república recién nacida, donde ser pintor era una osadía y, en su caso, quimérica respecto a las necesidades que debían afrontar él y su familia. En esta etapa formativa asistirá a la Escuela de Pintura dirigida por su maestro Roberto Lewis; en esos años, Juan Manuel Cedeño, si bien más joven que Ivaldi, se convertirá en un notable amigo y también anunciador permanente de que había ocurrido el advenimiento de un extraordinario e inusual talento en la pintura panameña.

Con la generosidad que le caracterizó toda su vida, Cedeño exteriorizó siempre su admiración, camaradería y confianza en el poder plástico que movía el pincel de Ivaldi. Según una tradición de la época que nadie propició de manera planificada, llegaron hasta las vitrinas de los almacenes de aquella pequeña ciudad de Panamá, a Cowes y compañía, a la librería de Benedetti Hermanos, al hotel Central y también plantaron sus primeras exposiciones en otros almacenes, desplazando maniquíes, trajes, vestidos, sedas y telas, para darse a conocer, como en efecto ocurrió en la capital de un país sin galerías pero con jóvenes pintores irreductibles y tenaces.

El talento de Ivaldi se ve recompensado al ganar la beca de estudios de pintura en la Academia de San Fernando de Madrid, cuando apenas contaba con veintiún años. España será para Ivaldi formación académica, herramienta definitiva que acrisolará su pintura, museos de observaciones interminables, lecturas de invierno y musculatura creativa; el deslumbramiento y estudio de Joaquín Sorolla y que producirá en él toda una revolución, entre el reencuentro con las imágenes de la niñez y las técnicas pictóricas del paisaje para su plasmación; la feliz coincidencia con Salvador Dalí en las aulas donde ambos demostrarán capacidades sobresalientes y destrezas reconocidas por sus profesores, algunos de los cuales eran, además, importantes representantes del impresionismo y el hiperrealismo español y de los cuales bebió con intensidad.

Transcurrirán los hechos que sacudirían a España, como la proclamación de la república en abril de 1931, la aprobación del Estatuto Catalán de 1932, la levantamiento de Barcelona de 1934, la represión y la crisis obrera de 1935, el crucial febrero de 1936 con el triunfo del Frente Popular y el mes de marzo de ese año en Granada, donde se desata la lucha cruenta y los meses siguientes que se deslizarán entre enfrentamientos cada vez más intensos y el alzamiento de los militares en julio, esparciéndose con humo y sangre la generalización de la guerra civil por toda la península española y que culminará con la derrota republicana y la entronización dictatorial de Francisco Franco que durará hasta su muerte, unos cuarenta años después. De manera que sus estudios de pintura en España transcurren en medio de un quinquenio marcado por la tensión y las desgarraduras, incluyendo la barbarie del fusilamiento de Federico García Lorca; y, tiempo después, la muerte cautiva de Miguel Hernández.

Aquí le ocurre a Ivaldi un evento que bien pudo ser trágico y que no lo fue, sólo anecdótico. Es detenido —según sus amigos de esos años— a causa de sus ideas y simpatías con las izquierdas en armas y los hechos sucedidos en Granada que repercutieron en Madrid, donde vivía, y en toda España. Preso y sin conocimiento de lo que le sucedía a la Legación de Panamá, Ivaldi se las ve solo ante los militares y de forma increíble negoció su libertad a cambio de pintar una obra para el jefe militar de la cárcel. Por esa rendija que le abrió su capacidad de pintar se escapa de un trance que en esas circunstancias fue realmente delicado. Casi de inmediato a su liberación, se embarca el 9 de mayo de 1936 hacia Panamá.

Atrás quedará bañada de sangre y luto una ilusión despedazada por los fascistas que se apoderarían de España. La ruta de una vida breve que ni siquiera el propio pintor sospechaba inicia así la etapa nacional, el crecimiento cualitativo, geométrico de un pintor que, a su vez, era un personaje único, mezcla de altisonancia con lealtad indudable al arte, explosivo y gestor de imágenes únicas en nuestra plástica. Sus convicciones políticas y preocupación por esa nación que se debatía en la subordinación imperial y sus designios expansionistas, hacen que dedique con igual pasión tiempo al activismo y que sea acusado de conspiración para derrocar al entonces presidente Juan Demóstenes Arosemena.

Preso en la cárcel Modelo conjunto con Diógenes De la Rosa, es condenado a dos años pero la condena fue revocada unos días antes de comenzar a cumplirla. Siguió imperturbable y luchando por las reivindicaciones de las masas depauperadas y no ocultó una idea de carácter social que emanó de su cabeza, como lo hacía su arte. Esta experiencia quedará grabada en él, como si arrastrara carbones ardientes, sin concesiones, por esa sociedad ya desigual, racista, que entre prejuicios y bochornos vivió de manera intensa. Además, el país que le esperó era, qué paradoja, hostil para las artes e impasible con los raros artistas que no encontraban estímulos ni un ambiente constructivo para el desarrollo de su obra. Nada le desanimó, pero sí crujía los dientes cuando sus esfuerzos se estrellaban con la nada. Ni Rogelio Sinán, Stella Sierra, Diógenes De la Rosa, leales compañeros de la creación y el pensamiento, podían tranquilizar sus enojos.

Ese mismo país que los soldados de marina norteamericana se tomaron en los años de la Segunda Guerra Mundial, ocupando todas las calles del centro capitalino y desplegando más de cien bases militares a lo largo del Istmo. La avenida Central y su desembocadura en el Café Coca Cola, la Metropole y la angosta calle que se dirige doblando a la izquierda hacia la avenida B, y que Ivaldi consideraba con orgullo su mundo, fueron el patio del placer, música, licor y amaneceres de esa ocupación. Puede que mientras su país discurrió inmerso como una colonia irrespetada, no tuviese conciencia de la existencia de uno de los grandes pintores que haya existido en Panamá. Sólo el tiempo ha decantado que ocupa un lugar estelar en la pintura de Panamá. Los que lo conocieron y los que con admiración han dejado fotogramas de Humberto Ivaldi, coinciden en señalar que su poder de concentración a la hora de pintar era inmenso, como quien entra en un trance.

Su ritual artístico incluía la soledad, el silencio, el sudor de la libertad creadora desatada ante sus telas. No comía, no hablaba, tomaba café en cantidades pasmosas. Ivaldi tenía las manos diamantinas y en el lienzo quedaban impresos los trazos de su aliento y de su alma. Su fuerza emocional era descomunal y por ello es fácil observar el vigor de su arte en los lienzos y los dibujos. Muchas veces rompió piezas terminadas pero que, a su entender, no habían logrado el clímax plástico que pretendía. Esta repetida acción revela su exigencia, su rechazo a la imperfección y quizás un extremismo consigo mismo al ejercer el oficio.

Aún en su estudio estudiantil de Madrid, el poeta Rogelio Sinán lo visita y nos deja el testimonio de que desde entonces, obras inconclusas, bocetos no terminados, telas cortadas y abandonadas le acompañaban, dando fe que desde sus inicios que era un artista implacable e inconforme consigo mismo. Es el mismo Ivaldi que aún masticado por el resentimiento social, ocultaba a un ser de una oceánica sensibilidad, que tenía humor fino y alegre, que se reía, estallaba en carcajadas y que demostró un inconmensurable amor por su madre y que expandió a su esposa —Tita Sierra Gutiérrez— y a los familiares de ella —a sus sobrinos, su suegra, cuñados— como si fuesen de su sangre. A casi todos los retrató y esas piezas evidencian que este hombre-torbellino mantenía un afecto sobrecogedor con los suyos y que anidó en su corazón de diamante. Una vasta obra de cabalgaduras múltiples nos ha legado Humberto Ivaldi. Retratos, paisajes, bodegones, que en definitiva son parte de la raíz y la aurora panameña. Ensayar sobre cada una de ellas sería un viaje largo y reconfortante.

Basta decir ahora, por ejemplo, que entre sus obras principales se encuentran El bautizo a la bandera y el Nacimiento de la República, que expresan su sobrecogedor amor a la patria, el homenaje y la reverencia artística. Ambas piezas se encuentran en el Palacio Municipal del distrito capital y la primera fue premiada en 1942 por un concurso promovido por el Municipio de Panamá. Viento en la loma es una obra conmovedora, un alarde de capacidades de Ivaldi, donde la técnica y la intención se funden en un equilibrio de luz, color y movimiento. La cabeza del vasco es una alegoría épica, como el poema de Gaspar Octavio Hernández que la inspiró. Ivaldi se permite la recreación imaginada, navega a sus anchas y el resultado es una pieza creativa de admirables virtudes en su textura, color y composición.

El cuadro se encuentra en el museo del conjunto monumental de Panamá Viejo. El Fauno es una pieza única en su pintura, atrevida y envuelta en un discurso plástico con rango universal. Para el año 1939, con sólo treinta años, se le designa como director de la Escuela de Pintura, dirigida hasta ese entonces por el que fue su maestro, Roberto Lewis. Ejercerá el cargo hasta aquella noche que decidió por el abismo, en las horas previas a la madrugada del 10 de marzo de 1947. Eudoro Silvera, Alfredo Sinclair, Isaac Benítez, Juan Bautista Jea- nine, Ciro Oduber y Ricardo Conte Porras, y el propio Juan Manuel Cedeño, serán alumnos, discípulos y amigos intergeneracionales. Con ellos fue generoso en compartir sus conocimientos y experiencias, de modo que a pesar de su corta existencia, su obra truncada, pudo ser también un maestro y dejar el relevo pictórico asegurado, como efectivamente, visto en perspectiva, hay un hilo de plata irrompible, gracias a artistas superiores como Lewis, Ivaldi y Cedeño.

Renato Ozores expresa que a partir de Humberto Ivaldi se abre en nuestro país lo que cabe considerarse como un nuevo período en la pintura, como si él le hubiese inyectado una energía poderosa a la dinámica plástica en Panamá y en especial a los jóvenes oficiantes que se levantaron, en efecto, para dar saltos cualitativos e innovadores y constituirse en los maestros que él supo formar. Entonces, ocurrió que el cometa y su cola se estrellaron con las aguas del mar. Este inadaptado y contestatario ciudadano y artista, proclive al alcohol y a fumar como un enajenado, bohemio, de grandes borracheras, lo atacó la muerte con el puñal de la tuberculosis y comenzó su calvario. Ivaldi no asimiló el diagnóstico y abruptamente el hombre recio no resistió y sus nervios estallaron modificando su conducta de forma radical, volviéndolo esquivo aun con su familia más cercana.

 

Era evidente que la muerte artera le había anunciado su fin y que poco a poco iba a engullirse sus pulmones y anegarlo en sangre. Ello desarmó en piezas frágiles al pintor que, a pesar de todo, huía de la compasión, de que se le viera en ese derrumbe físico y moral. Así inaugura una tragedia viviente, que entre más la ocultaba más la propagaba entre amigos queridos, muy preocupados por su enfermedad y, ante todo, por verle quebrado, impotente y hecho de alaridos mortuorios. Escogió entonces vivir lo que le quedaba y no ser prisionero de hospitales, tratamientos y esperanzas que le engañaran. Pero escogió huir de sí y hacer cada día lo imprevisto y tomar mucho licor. Con regularidad andaba por el Angelini, la Cinco de Mayo, vendiendo obras de pequeño formato, por casi nada. No pedía dinero, no mendigaba, trataba de que le vieran con la potencia conocida, pero su organismo se volvía un desastre a la vista de todos.

Ramón H. Jurado, novelista y cuentista, ha dejado un recuerdo nítido de su estudio al visitarlo a propósito de un cuadro que su hermano René le había pedido realizar. En esos meses postreros, Ivaldi se hallaba desgreñado, barbudo, respirando con dolor, rodeado de obras inconclusas, un librero diezmado, una mesita con una botella de leche vacía que en algo aliviaba las crisis repetidas por el avance de la enfermedad. Pero estaba poseído de un aura extraña y disimular su grave enfermedad ya no le devolvería la vitalidad y el temple de acero que todos le conocieron siempre. Esfuerzos solidarios no faltaron, como los de Diógenes De la Rosa que gestionó con el propio presidente Enrique Jiménez un nombramiento de cónsul en Costa Rica para darle una oportunidad de salir de la enfermedad, en otro ambiente y con recursos suficientes.

En efecto, a pesar de algunas demoras burocráticas, se firma su nombramiento, justamente unos días antes de que Ivaldi tome la decisión de acabar con su vida. De la Rosa, con la noticia confirmada, no alcanzó a dársela al pintor. En aquellas horas fatídicas del último día Ivaldi lo buscó con un alto grado de ansiedad, pasó por el café Coca Cola y no lo encontró. Ivaldi se fue, entonces, a su apartamento y al desencadenarse lo insoportable se suicida. Jaime Humberto Ivaldi Bristán logró alcanzar la cima donde moran los geniales artistas que Panamá nos ha dado. Artistas que como él nos estremecerán siempre por sus adhesiones a las virtudes y contradicciones de su tiempo, cosidos a su siglo, pintando en el mar o en las paredes de esta ciudad, tantas veces calcinada y exhausta, pero que ha sobrevivido como Ivaldi, desde la penuria hasta el aire libre.