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    Luigi Lescure

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Isabel Herrera Obaldía

by: Luigi Lescure

Isabel tuvo una vida que, al igual que la colmena que es insignia de la escuela que dirigió, simboliza tanto el trabajo organizado y redentor, como la faena diaria realizada con gran éxito, sin prescindir de la belleza, el bien y la alegría.

Meet the Author
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Es licenciado en Comunicación Social por la Universidad Santa María La Antigua y tiene un Diplomado en Creación Literaria por la Universidad Tecnológica de Panamá. Es publicista, actor, escritor y socio fundador de 9 Signos Grupo Editorial. En el campo publicitario ha ejercido como creativo y director creativo en importantes agencias. Algunas de sus piezas comerciales han recibido distinciones en los concursos FIAP, CARIBE y New York Festival. Ha sido profesor de Creatividad, Estrategia Publicitaria y Mercadeo en universidades locales. En lo actoral, ha participado en más de cincuenta obras de teatro y varias series televisivas. Como escritor ha publicado los libros de cuentos Pecados con tu nombre, Capítulos Finales (Mención de Honor en el concurso José María Sánchez, 2007), Con vista al mar y Matar y otras decisiones, y el libro Cien años uniendo mares, historia de la Asociación de Prácticos del Canal de Panamá. En 1991 ganó el premio al Mejor Guion en el Primer Concurso de Video Argumental RPC/Maxell, con la adaptación de su cuento “Pequeños novios”.
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About This Book
Overview

Época de cambios Corrían los últimos años del siglo XIX. El mundo atravesaba una revolución política, científica e industrial sin precedentes. El Istmo no escapaba de los avances que prometía traer el nuevo siglo. Avances que, sin embargo, llegarían repartidos con desigualdad.

Con la Constitución Política de Colombia de 1886, Panamá se convirtió en departamento de la República de Colombia, sometido a la autoridad directa del Gobierno, y administrado con arreglo a leyes especiales. Esto echó al traste los pocos avances educativos obtenidos durante la existencia del Estado Federal de Panamá (18551885), creado por el doctor Justo Arosemena.

Para empeorar los asuntos escolares, entre 1899 y 1902 se desató la guerra de los Mil Días entre liberales y conservadores, convirtiendo al Istmo en un sangriento campo de batalla donde muere gran parte de la juventud panameña, como lo reflejan las batallas del puente de Calidonia, en julio de 1900, y la de Aguadulce en febrero de 1901.

El saldo de estos enfrentamientos por el poder político fue nefasto para la educación pues la guerra civil obligó al cierre de todas las escuelas públicas oficiales y la gran mayoría de las escuelas privadas. La enseñanza se relegó a un plano inferior. En medio de esta convulsionada época de luchas y movimientos independentistas nacería una mujer que desde su labor como docente ayudaría a reformar el sistema educativo panameño, haciéndolo más equitativo, sobre todo para las mujeres, justo cuando una sociedad transformada por un canal interoceánico así lo exigía. Su nombre: Isabel Herrera Obaldía.

Ella empezaría a ejercer como educadora en 1900, con tan solo diecisiete años de edad, y se jubilaría después de cuarenta y seis años de trabajo, compromiso y tesón. En materia educativa hay que señalar que la educación pública comenzó poco después de la separación de Panamá de Colombia en 1903.

Los primeros esfuerzos fueron dirigidos desde un punto de vista extremadamente paternalista de las metas de la educación, según lo evidenciado en los comentarios hechos en una reunión en 1913 de la Primera Asamblea Educativa Panameña: “El patrimonio cultural dado al niño se debe determinar por la posición social que él debe o deberá ocupar. Por esta razón, la educación debe ser diferente de acuerdo con la clase social a la cual el estudiante debe ser relacionado”.

Este foco elitista cambió rápidamente bajo la influencia de los Estados Unidos. En los años veinte, la educación panameña se suscribió a un sistema educativo progresivo, diseñado explícitamente para asistir al individuo capaz y ambicioso en busca de movilidad social ascendente. Los gobiernos nacionales sucesivos dieron alta prioridad al desarrollo de un sistema de (por lo menos) la educación primaria universal; en los últimos treinta años, un cuarto del presupuesto nacional fue asignado a la educación.

Entre 1920 y 1934, la matrícula de la escuela primaria se duplicó. El analfabetismo del adulto, más del 70 por ciento en 1923, cayó más o menos a la mitad en apenas más de una década. En casi medio siglo su ejercicio docente estuvo signado por importantes logros en materia político-educativa, como la construcción de escuelas primarias en todo el país, de institutos y colegios secundarios (que en un principio, y por razones de costos, medios, recursos y ubicación, fueron construidos en la capital y luego, paulatinamente, en el interior de la república) a nivel de bachillerato, magisterio y cursos técnicos a nivel universitario, equipados con laboratorios, gimnasios, auditorios y escuelas anexas donde los futuros maestros realizaban sus prácticas profesionales; planes de estudios integrales, modernos, científicos y balanceados; formación y capacitación de maestros y profesores de primaria y secundaria a nivel nacional e internacional; publicación de textos escolares gratuitos y revistas escolares con artículos, debates, encuentros y reuniones de los más prestigiosos y reconocidos educadores del país; la difusión y la aplicación, de acuerdo con nuestras particularidades educativas y sociales, de las tendencias y corrientes pedagógicas más modernas y actuales para la época, como el pragmatismo de John Dewey (1859-1952) y las de William Heard Kilpatrick (18711965)… Todo ello es prueba del avance rápido y profundo de un sistema educativo en ruinas y desastroso, heredado de Colombia (en las vísperas de la Guerra de los Mil Días, de 1900 a 1902, en el departamento de Panamá había ciento veinte planteles primarios y solo 4200 estudiantes). El avance no solo fue cuantitativo sino cualitativo.

La educación en las venas

Ya para finales del siglo XIX, la provincia de Coclé era un importante centro de la vida económica y social de Panamá. Por esas épocas allí nacieron o residieron muchos de los distinguidos panameños que forjaron muchos de los avances de nuestro país en la ciencia, el pensamiento, la industria, la empresa privada, la educación, la política, la medicina, la jurisprudencia, la democracia, el arte y la literatura de la nación.

Hombres y mujeres que están entre los padres y las madres de nuestra nación. Uno de esos ilustres hombres fue el gran educador Abelardo Herrera, un maestro como pocos, quien nació en Penonomé, y que, después de graduarse, ejerció la docencia en Aguadulce por siete inolvidables años. Por su extraordinaria consagración a la enseñanza y sus excepcionales méritos personales y profesionales, logró la admiración, el respeto y el amor de la comunidad, y aumentó el prestigio de su familia de intelectuales.

Abelardo Herrera se casó con la culta señorita Isabel María Obaldía, cuya familia pertenecía a la mejor sociedad de Aguadulce, y estaba bien relacionada en la ciudad de Panamá, donde tenía parientes. Con ella engendró a su única hija, quien llevaría el homónimo de su madre. Isabel Herrera Obaldía nació el 14 de marzo de 1883. Llegó al mundo huérfana porque su padre murió antes de su nacimiento.

Creció al cuidado de su madre y de sus tías, rindiéndole culto a su progenitor, porque su familia, su comunidad y el país lo admiraban. Desde muy pequeña sabía que tenía que perpetuar con sus obras la memoria de su padre y continuar su noble misión de maestro. Cursó la escuela primaria en su pueblo natal, y la secundaria, en la Escuela Normal de Institutoras de la capital de Panamá. Allí obtuvo el título de maestra, que supo ostentar con integridad, perseverancia y espíritu cívico, al igual que su padre.

Primeros años de enseñanza y admiración

A su regreso de la capital, Isabel comenzó sus servicios docentes en Aguadulce, como maestra de grado encargada de la dirección en el año 1900. Enseñó en ese plantel hasta 1907 con la única interrupción que causara el período revolucionario de la guerra de los Mil Días. Desde el primer momento se ganó el respeto de sus colegas, pero sobre todo el cariño y la admiración de sus estudiantes.

Ellos contemplaban a una mujer joven, bonita, de finos modales, con una suave sonrisa y unos dulcísimos y penetrantes ojos negros. En las clases se hacía escuchar casi con devoción pese a la suavidad de su voz. Sabía despertar el interés de sus alumnas e impartir los conocimientos.

Una de esas estudiantes en Aguadulce se convertiría en su más acérrima admiradora y luego en su más leal amiga e inseparable compañera de faenas educativas: Otilia Jiménez Sarmiento. Recién llegada a la escuela de Aguadulce, Isabel dictaba una clase sobre la geografía de Darién.

Fuera del aula, la pequeña Otilia, junto a un grupo de niñas, la escuchaba con igual o mayor atención que las que estaban adentro. Ver la finura de los gestos y escuchar la cultura del lenguaje con los que la nueva maestra impartía su lección, pero sobre todo leer la frase “entra en ti, niña” que esta escribió en el tablero al concluir la clase, avivaron en esa muchachita de trenzas rubias la vocación de enseñar.

Desde ese día la joven maestra se convirtió en su modelo. Curiosamente, aunque ambas eran del mismo pueblo y vivían en la misma calle, nunca habían cruzado palabra, casi no lo harían durante su estadía en la escuela de Aguadulce. En ese momento quizá las separaban las diferencias de edades y de estatus sociales, pero el destino las uniría más adelante en una sinigual y común causa por una revolución educativa, no sin antes hacerles una última jugada. Otilia, con el esfuerzo de su madre, partió de adolescente a estudiar a Panamá y se graduó de maestra.

Su sueño era regresar y trabajar junto a la docente que fuera su inspiración, Isabel Herrera Obaldía, que para ese entonces ya era directora de la escuela de Aguadulce. Su meta se cumplió en 1907, pero, irónicamente, Isabel se separó de la escuela a tan solo quince días de la llegada de aquella, y Otilia, quien solo había solicitado la plaza de maestra, fue designada como directora.

Finalizado el año lectivo de 1907, Isabel partió a la capital de Panamá como maestra de grado en la escuela primaria, hoy Gil Colunje, y el siguiente año fue nombrada en la Escuela de Niñas de San Felipe, escuelas donde, como en su pueblo nativo, trabajó con bondad, conocimiento, desprendimiento y lealtad. Y fue precisamente el reconocimiento público de sus aptitudes los que motivó a la señorita Agnes von Oven, directora de la Escuela Normal de Institutoras, a llevarla en 1911 a la dirección de la sección Preparatoria, creada especialmente para que una maestra de sus capacidades lograra llenar los patentes vacíos entre la enseñanza primaria y la secundaria.

Amigas, colegas, hermanas Durante 1911 y en la Escuela Normal de Institutoras, Isabel y Otilia coincidieron y comenzó su leal y fraternal amistad. Además, Otilia vivió muchos años en la pensión que para personas del interior tenía en la ciudad de Panamá doña Isabel María Obaldía de Herrera, la madre de la maestra Isabel. Cuando murió doña Isabel Obaldía viuda de Herrera, la maestra se sumió en una gran soledad y desconsuelo, y su salud se vio afectada. Otilia obtuvo permiso de las autoridades escolares y se encargó del trabajo de su compañera hasta que Isabel se recobró. En otra ocasión fue Otilia quien cayó enferma.

El médico le recomendó viajar a las montañas para relajarse. Así, Isabel Herrera Obaldía y Otilia Jiménez Sarmiento viajaron juntas a Chiriquí. Llevaron consigo recomendaciones para el gobernador don Antonio Anguizola, y para los prominentes chiricanos don Rosendo Jurado y don Aníbal Ríos. Estos las recibieron gentilmente cuando desembarcaron en el puerto de Pedregal y las condujeron en coches tirados por caballos, conocidos entonces como kitrines, hasta el hotel Lombardo en David.

Luego pasaron la noche en Dolega, en casa de la familia Taylor. A las cinco de la mañana, acompañadas por guías de confianza, partieron a caballo hacia Boquete. El viaje les tomó siete horas y, al llegar al hotel Watson, se les informó que no había habitaciones. La convaleciente, exhausta y pálida Otilia pensó que le quedaban pocos días de vida, pero no tuvieron más remedio que regresar a Dolega donde la amable familia Taylor, y postergar su viaje al verde y templado Boquete un día más. Anécdotas como estas no son más que la muestra de la amistad que se desarrolló entre estas mujeres.

En lo profesional ambas sumaron logros independientemente en una profesión en la cual luego integrarían sus talentos, sus personalidades y sus esfuerzos para transformar la educación del país. Isabel, siendo directora de la Preparatoria, fue ascendida a profesora de Caligrafía, y sucesivamente lo fue asimismo de Geografía, Castellano y de Pedagogía Práctica en la Escuela Normal, bajo las respectivas direcciones de las señoritas Agnes Ewing Brown, Luisa Wouters, Josefina Aldrete y de don Nicolás Victoria Jaén hasta el año 1924.

En abril de ese mismo año, fue escogida para subdirectora de la Escuela Normal de Institutoras, cargo en el que demostró talento especial, admirables dotes de organización y conocimiento profundo de la psicología del adolescente. Tanto era así que su director, don Nicolás Victoria Jaén, en repetidas ocasiones hacía pública manifestación de que compartía íntegramente con él la responsabilidad de su obra.

Inclusive llegó a recomendarla para que lo reemplazara, en calidad de subdirectora encargada, mientras él se ausentaba temporalmente para atender una misión diplomática en el exterior. Asumió así, por el año que duró su ausencia, la dirección del plantel. Este edificante estímulo la hizo triunfar una vez más, y, reforzadas sus dotes para dirigir, creció también su tacto para encauzar la juventud por medio del ejemplo.

La hora de transformar Con la separación de Panamá y el crecimiento de nuestra nación, la construcción del Canal y su apertura al tráfico mundial crearon trabajos remunerados para las mujeres, pero no había escuela que las capacitaran para esos trabajos. Isabel Herrera Obaldía y Otilia Jiménez Sarmiento captaron la necesidad de escuelas femeninas que demandaba el sorprendente adelanto socioeconómico de Panamá, y la consecuente urgencia de capacitación a la mujer panameña para trabajos dignos, honrados y bien remunerados.

Durante el gobierno del presidente Belisario Porras, se elaboró un moderno plan para la educación profesional de la mujer, una condición que necesitaba el país en esos momentos de creciente esplendor y demandante progreso. Isabel Herrera Obaldía y Otilia Jiménez Sarmiento fueron oficialmente invitadas a participar en la reorganización y modernización de la Escuela Profesional de Mujeres.

La Escuela Profesional, su mayor legado Inaugurada oficialmente en 1914 por el presidente Belisario Porras con el nombre de Escuela Profesional de Mujeres, esta institución educativa fue creada por el Decreto número 59 de 23 de mayo de 1913, siendo Guillermo Andreve el secretario de Instrucción Pública (lo que hoy equivaldría al Ministerio de Educación).

Ubicada en la avenida Sur, sus directoras fueron las consagradas educadoras panameñas María Hurtado y María Guardia de Ponce y, en sus últimos años, la técnica belga, profesora Marta Wouten. Allí se enseñaba telegrafía, estenografía, bordado, corte y confección de vestidos, lavado, planchado, zurcido, remiendos, dactilografía, inglés, economía doméstica y horticultura.

Sin embargo, este colegio operó solo hasta 1917, cuando fue cerrado por el siguiente gobierno. Cuando en 1923 Porras retoma el poder, encuentra sus instalaciones convertidas en una institución de asistencia social. En esta oportunidad, Octavio Méndez Pereira, otro gran forjador de la educación nacional, fungía como secretario de Instrucción Pública y se expide el Decreto no. 28 de 1923 que crea nuevamente la Escuela Profesional, que el presidente Belisario Porras inaugura el 14 de septiembre de 1923.

La primera directora de la Escuela Profesional fue la prominente educadora panameña doña Angélica Chávez de Patterson, una de las más destacadas mujeres de la educación nacional.

La segunda directora fue doña Manuelita González de Espener, educadora muy apreciada y querida. En 1925, Isabel Herrera Obaldía y Otilia Jiménez Sarmiento fueron nombradas por el gobierno nacional, directora y subdirectora de la Escuela Profesional respectivamente.

¿Cómo era la escuela profesional?

En las avenidas del Perú y Cuba con calles 31 y 32 del barrio de la Exposición de la ciudad de Panamá, se construyó un edificio y se utilizaron otros tres anexos que eran de particulares para instalar en 1923 la nueva institución. Muy cerca de allí está el edificio de la Lotería Nacional. Todavía quedó espacio para tener una enorme huerta en el sitio que ahora ocupa la antigua piscina olímpica, hoy Adán Gordón; un campo de juegos y otro para gimnasia al aire libre también fueron conseguidos.

Entre el edificio central -que era propio-, sus jardines y el patio para ejercicios de educación física ocupaba una manzana de seis mil metros cuadrados. A la estructura se sumaban otros seis mil metros cuadrados de los tres anexos más un terreno propio. Estos se dividían en una sección para para juegos al aire libre, y en otra destinada al campo de cultivos.

El edificio principal era totalmente de madera, con el exterior recubierto de concreto. El piso bajo era de mosaico en los pasillos, comedores, laboratorios y cocina, y de granito en el vestíbulo. La apariencia general del edificio era muy agradable. Tenía un pintoresco patio central adornado con una fuente. Además de las oficinas de Dirección y Secretaría y de las aulas de clases, contaba con dormitorios de las internas, enfermería, cocina, comedores, laboratorio de alimentación y de conservación de alimentos, lavandería, gimnasio, aula de química con algunos aparatos, talleres de modistería, aula de telegrafía, salón de mecanografía, aula de música, una pequeña biblioteca y el salón de actos.

Principales aportes como directora

Cuando en 1925 Isabel y Otilia fueron requeridas para dirigir la Escuela Profesional, ambas educadoras aceptaron este gran reto con la mayor responsabilidad, buena voluntad y entusiasmo. Bajo su dirección supieron crear nuevas condiciones que modernizaron a la institución y la convirtieron en una escuela funcional que satisfacía las necesidades de la nación y las demandas del nuevo siglo que entraba en su primer cuarto de centuria.

Tanto fue el impulso que imprimieron a este plantel que estudiar allí se convirtió en un motivo de orgullo. El prestigio del colegio no solo llegó a todos los rincones del país sino que trascendió las fronteras nacionales. Cuando asumieron la dirección del colegio, había 192 alumnas; cuando se retiraron tenía 882 estudiantes. En su gestión se destacan las siguientes innovaciones:

  • El cambio del sistema de contabilidad de la Escuela Profesional por uno moderno.
  • Que las alumnas de la Escuela Profesional residentes en la Escuela Normal de Institutoras pasaran a la Escuela Profesional, con el objetivo de afianzar sus estudios de contabilidad.
  • Que la Escuela Profesional contratara en el extranjero una competente profesora de Economía, y le diera a esta ciencia un lugar destacado en sus programas de enseñanza.

 

Uno de los aportes más valiosos de Isabel Herrera Obaldía y Otilia Jiménez Sarmiento a la Escuela Profesional fue darles motivos a sus alumnas para superarse y considerar las dificultades como invitaciones a la superación. Decenas de millares de jóvenes preparadas en la Escuela Profesional han encontrado trabajo remunerado y valiosas oportunidades en instituciones del Estado y empresas privadas dentro y fuera del país.

Numerosas profesionales formadas en la Escuela Profesional han llegado a la prominencia, en todos los aspectos de la vida socioeconómica de Panamá. Muchas de las más destacadas figuras femeninas de Panamá se descubrieron a sí mismas, al darse cuenta de sus oportunidades y capacidades, en la Escuela Profesional, dirigidas por Isabel Herrera Obaldía y Otilia Jiménez Sarmiento, cuyas normas seguía la escuela, a saber: atención, respeto, dignidad, estímulo y oportunidades de desarrollar su potencial humano, para sus alumnas; atención a las necesidades del espíritu humano, e integridad y disciplina intelectual y moral.

Cuando el gobierno nacional estableció en su Ministerio de Agricultura y Ganadería el servicio de Extensión Agrícola, la Escuela Profesional ya tenía preparadas las necesarias maestras de Economía Doméstica que han desempeñado un papel de trascendental importancia en las organizaciones rurales juveniles y femeninas, llamadas clubes 4-S (Servicio, Saber, Sentimiento, Salud) y Clubes de Mejoramiento del Hogar, o Clubes de Amas de Casa, que hoy tienen otros nombres.

Estas agrupaciones rurales juveniles y femeninas, con su filosofía positiva, sus recomendaciones prácticas de agricultura y de vida, y sus demostraciones prácticas de métodos y resultados están contribuyendo al desarrollo rural de Panamá. Ha sido fundamental y muy destacada la labor de las maestras de Economía Doméstica, graduadas en la Escuela Profesional, en la organización juvenil y femenina que tanto han contribuido al bienestar rural.

También ha sido fundamental su eficiencia de las cooperativas de Panamá. Además de su contribución profesional, que tiene mucho valor, las graduadas de la Escuela Profesional han ejercido una benéfica influencia en el país. Mediante ellas comenzaron a llegar hasta las más apartadas comunidades rurales nuevas actitudes y formas de vida; alimentos nutritivos, balanceados y bien presentados; aprovechamiento de los recursos naturales para mejoras del hogar, como la construcción de muebles rústicos; buenas prácticas de higiene y del cuidado de los niños; conocimientos de corte y confección de ropa, y de arreglo personal; y joyas de la música, la literatura y el teatro; libros y revistas.

La Escuela Profesional se convirtió también en una especie de embajada cultural. Fue parada obligatoria y cálido albergue para grandes personalidades de la época, entre ellas Gabriela Mistral, Víctor Raúl Haya de la Torre, José Antonio Encinas, Hernández Catá, Justo Facio, Salomón de la Selva, Martín Sosa y Lord Baden Powell, fundador de los Boys Scouts. Cada visitante extranjero se hizo eco del modelo de enseñanza que aquí se impartía, y lo señalaban como un referente de la apropiada formación académica y humana que se requería para aquellos nuevos tiempos. Como constancia de todo esto existen las palabras escritas por el gran estadista y educador peruano José Antonio Encinas:

A Salomón de la Selva, viejo amigo mío, hombre de virtudes cívicas, debo, en gran parte, la dicha de encontrarme unido espiritualmente a la Escuela Profesional. En el mes de julio de 1935, Salomón de la Selva logró interesar al gobierno de Panamá, presidido entonces por el doctor Harmodio Arias, de la necesidad de organizar una Escuela de Verano, al amparo de la naciente Universidad Panameña. Esa Escuela, según las ideas de su gestor, no debía ser, únicamente, una Institución académica, similar a otras de su misma naturaleza, sino, en lo principal, un centro de acción interamericana, destinada a promover y asegurar la convivencia política, en el más amplio sentido del vocablo de las dos grandes nacionalidades del Continente Americano: la anglosajona, y la iberoamericana. En parte quedaron cumplidos los anhelos del fundador de la Escuela de Verano que funcionó en dos años consecutivos y que dio motivo a que se reunieran en Panamá hombres de probada cultura, sobre todo de inequívoco civismo y lealtad a la democracia. Fui de los invitados, y, mi primera impresión, la mejor de todas, la tuve cuando visité la Escuela Profesional dirigida por Isabel Herrera y Otilia Jiménez, dos grandes maestras, hermanadas por el amor a los niños y a las muchachas panameñas. No era necesario elogiar la limpieza y la disposición técnica del local, ni buscar en su organización académica el valor sustantivo de la Escuela Profesional.

Bastaba conversar con Isabelita y Otilia, así llamadas por todos los suyos, que son los maestros y las estudiantes, para convencerse, sin réplica alguna, de la calidad de esa Escuela conducida por manos tan expertas. No había en ellas ceño adusto, la odiosa petulancia, el afán oropelesco; mucho menos esa severidad tradicional de la directora que se satisface y enorgullece de reinar en su escuela, el silencio, el orden y la obediencia, trágica inscripción que se lee sobre el dintel de la puerta principal de la penitenciaría de Lima.

Nada de eso: Isabelita y Otilia eran, sobre todo, grandes y buenas amigas de sus discípulos; gentes de gran corazón, comprensivas y tolerantes, dispuestas a cada momento a vivir la vida de las muchachas a quienes educaban con sabiduría y ternura. No enseñaban, ni había necesidad de ello porque la devoción prestada a la Escuela era su más noble misión. Otilia era el cerebro, Isabelita, la mano maestra que ejecutaba.

Así, estas dos mujeres, no emparentadas por lazos consanguíneos, habían logrado esa rara fraternidad puesta al servicio de la más grande única ambición humana: educar. En mis andanzas había conocido muchas escuelas dedicadas a la preparación utilitaria de la mujer. Las había visto funcionar en hermosos edificios con grandes salas limpias y ventiladas, provistas de material y útiles necesarios, pero en donde la equidad espiritual era mortal. Las muchachas curvadas sobre las máquinas de coser o escribir, sobre la tabla de planchar la ropa: junto a las bateas o cocinas tenían un aire de tristeza, de cansancio, de infelicidad.

Recorría la sala del taller alguna monjita que nada sabía de la alegría de vivir. En cambio, la Escuela Profesional gozaba de otro ambiente: las muchachas, con su uniforme de blancura impecable, se dedicaban a trabajar con todo el placer que ofrece la libertad interior, no amargada por perjuicios, ni atormentadas por la rigidez de una disciplina conventual. Cada taller, cada aula, era el centro de una actividad en donde reinaba la más completa solidaridad de intereses entre maestras y alumnas.

Esa camaradería daba la sensación de bienestar y de tranquilidad, condiciones sin las cuales no es posible educar, ni educarse. La Escuela tenía un patio cubierto de flores, y en el centro, una fuente de agua cristalina y pura. En ese patio, al toque de la campana, se reunían las alumnas para comenzar sus quehaceres: y era de ver el orden, ese orden producto de la libertad interior, con que se distribuían en las clases y talleres.

Casi siempre, para comenzar las tareas, entonaban hermosas canciones, entre ellas la para mí imborrable melodía del himno nacional panameño, uno de los más bellos de América. Jamás olvidaré esa casa limpia y alegre por cuyos claustros y aulas iban y venían en alegre camaradería las muchachas de la Profesional.

En ellas, y en sus maestras había la responsabilidad que nace y fortalece por una acción común, por un ideal que va más lejos del interés personal. Nada de egoísmos, ni de odiosidades; nada de injusticias, ni de prejuicios sociales: ricas y pobres, blancas y negras, todas iban cogidas de la mano por una hermandad inquebrantable. No era mucha la renta que daba el Estado para sostener la Escuela, pero ello no era óbice para rodearla de todo género de comodidades, y ofrecerle los elementos necesarios para su feliz desenvolvimiento.

La escuela tenía un sistema cooperativo, y debido a este hecho los talleres estaban en continua producción y ofrecían el producto mediante exposiciones, en donde el público se beneficiaba. Vestidos confeccionados según procedimientos de la alta costura, primorosos bordados y exquisitos manjares salían de las manos de las discípulas de la Profesional. El banquete que la Secretaría de Educación ofreció a los profesores de la Escuela de Verano fue preparado y servido por las alumnas, y nada había que extrañar de otros similares atendidos en el mejor hotel, y por los mejores expertos en la materia.

Desde el adorno de las mesas, hasta la precisión del servicio, todo indicaba el magnífico resultado de lo que allí se enseñaba. Las muchachas de la Profesional eran tan expertas en los quehaceres domésticos, como en dar al espíritu la mayor función posible. La fiesta social que siguió el banquete demostró este hecho: nos ofrecieron un hermoso espectáculo con las danzas regionales, con canciones vernáculas cuyas melodías nos aproximaron, desde entonces, a esta Escuela que tanto cuidaba del cuerpo y del alma.

A ese afán de cooperar se debía el tener una magnífica Caja de Ahorros Escolar, cuyos ingresos manejados con sabiduría y honestidad eran un aliciente para el trabajo. Pocas escuelas de este tipo pueden darse el lujo de tener en el Banco Nacional una cuenta corriente y gozar del crédito bancario en los casos necesarios. Así la Escuela era un centro de múltiples actividades atendidas con el esfuerzo común para necesidades personales de orden colectivo. Mientras otras escuelas están en espera de los favores del Estado solamente, la Profesional llevaba a término feliz valiosas iniciativas, entre ellas la organización de su biblioteca y la de su periódico Alas, que ya tiene varios años de existencia.

En todos estos trabajos había seguridad en la dirección, tenacidad en el propósito, y, sobre todo, un anhelo cada vez mayor de mantener y aumentar el prestigio de la Escuela. La impresión que me dejó la Escuela Profesional fue tan intensa que en repetidas ocasiones la he ofrecido como ejemplo de organización técnica y didáctica, más aun, como una comunidad de maestros y estudiantes en donde no cabe coacción alguna por esta circunstancia, hay la máxima garantía para dirigir la conciencia de la juventud. Cualquier escuela que circunscriba su misión a la simple tarea de enseñar es una pobre entidad muchas veces nociva, pero cuando conduce la vida integral del sujeto, la ennoblece a diario y la dignifica a cada momento.

Entonces, es Escuela; se transforma en un campo de acción social, en beneficio de la comunidad. Tal ocurre con la Escuela Profesional de Panamá cuya existencia, en los veinte años transcurridos, integra la vida misma de la nacionalidad. Si una escuela cumple con este deber y alcanza tan señalado mérito, está destinada, sin la menor duda a mayores y provechosos beneficios. Así, rindo homenaje a la Escuela Profesional en el vigésimo aniversario de su existencia, a cuya ventura estoy íntimamente unido por haber puesto el Colegio Dalton de Lima, fundado por mi familia, al amparo de su protección.

Tanta dedicación y aportes a la sociedad formando mujeres profesionales de primer nivel tampoco pasaban indiferentes a los panameños. Por eso a Isabel Herrera Obaldía y Otilia Jiménez Sarmiento el gobierno les rindió un apoteósico homenaje el 14 de septiembre de 1942 en el Teatro Nacional, donde se les otorgó la condecoración de Vasco Núñez de Balboa.

Adiós a la maestra querida

En 1946, después de veinte años dedicados a su fecunda y brillante labor como directoras de la Escuela Profesional y forjadoras de la patria, Isabel Herrera Obaldía y Otilia Jiménez Sarmiento acogieron su jubilación. Todavía tenían más proyectos para beneficio de la Escuela y de Panamá, pero la ley es la ley y hay que obedecerla. Su jubilación fue un rudo golpe para las dos consagradas directoras. Poco después, Isabel Herrera Obaldía se enfermó gravemente. Nunca recuperó su salud y murió en Aguadulce el 9 de agosto de 1948.

Sus honras fúnebres fueron una sentida demostración del aprecio y la estimación de que gozaba en todos los círculos sociales y estudiantiles. Una muchedumbre la acompañó en su última despedida. El cortejo fúnebre partió desde la iglesia de Cristo Rey a las once de la mañana, e iba presidido por numerosos carros que portaban coronas de flores a los que seguían largas filas de exalumnas, que también cargaban ofrendas florales.

Estudiantes de la Escuela Profesional llevaban las cintas de la carroza. Después de esta seguían los familiares de la extinta y altas autoridades del Ministerio de Educación, entre los cuales iba el propio ministro, don Manuel Varela Jr. y todo el personal de la Escuela Profesional con delegaciones de otros centros educativos. Cientos de personas contemplaron, silenciosas y melancólicas, el desfile desde las aceras o desde los balcones, en donde inclusive hubo quienes colgaron crespones negros. La educadora Herrera fue sepultada en el Cementerio Amador.

En el camposanto hicieron uso de la palabra el doctor Octavio Méndez Pereira, rector de la Universidad de Panamá, el señor José A. Chorres, profesor de la Escuela Profesional, el ingeniero Manuel Pérez Melo, conocido educador, y la señorita Thelma Schwartz, en nombre de las exalumnas. El Ministerio de Educación, como señal de duelo para dicho ramo, suspendió las clases ese día. El diario La Estrella de Panamá, en su edición de 11 de agosto de 1948, reprodujo las palabras con que el doctor Octavio Méndez Pereira, rector de la Universidad de Panamá, despidió a la educadora:

Señores: Han querido las profesionalistas egresadas que sea yo, uno de los que más admiraron y apreciaron a su maestra, quien les hable en este momento solemne cuando se despide de nosotros definitivamente.

Su espíritu dejó de vivir en este mundo desde que tuvo que separarse de su escuela y ahora, cuando esta va a cumplir sus bodas de plata, muere su cuerpo como para que sembrándolo con un mes de anticipación, la Profesional pueda nutrir sus raíces con su savia maternal. De esta siembra nacerán flores de amor para la Patria, regadas por cada una de las que fueron sus discípulas y recibieron la influencia de su personalidad proteica.

Educadora por temperamento, y por herencia de una familia de maestros, Isabel Herrera fue además un carácter en toda la connotación de este vocablo: recta, acerada, integérrima, nada doblegó nunca su entereza moral, y para las ductilidades de la vida y de la realidad tuvo que complementarse con esta otra gran educadora y gran mujer que es su compañera de toda la vida, Otilia Jiménez Sarmiento.

Formaron las dos así una sola personalidad y un solo corazón puestos al servicio y al amparo de la juventud panameña, confiada a su insuperable dirección. En el homenaje nacional que se les hizo a estas dos educadoras, al cumplir veinte años la Escuela que el doctor Belisario Porras y yo fundamos para beneficio del pueblo, dije estas palabras consagradas.

Esta es la obra de Isabel Herrera y Otilia Jiménez: haber enseñado a poner amor y cuidado de perfección y armonía en los oficios que se ofrecen en su escuela. Sin vanidades ni suficiencias infundadas, silenciosamente, pero tesoneramente, perseveraron juntas en la obra, aún en los momentos de mayor desaliento, cuando otros hubieran desertado o hubieran cambiado de dirección.

Hicieron de su escuela en todo tiempo un hogar de trabajo, a cuyo rescoldo lleno de alma y de sentido maternal se agruparon generaciones para oír la lección inspiradora y aprender el oficio que libera y ennoblece. Y crearon así un alma máter de verdad, una atmósfera que es característica y que todos reconocen como un signo de distinción en ciertas capas de nuestra sociedad.

Cabría aquí para explicarla, una parábola que en otra ocasión he citado también: la parábola del peregrino que partió el pan: “Cristo había muerto. A dos discípulos suyos que iban hacia Emaús se les acercó un extraño y con él departieron de los últimos sucesos de Jerusalén. Llegaron a poco a un mesón y los tres viajeros pidieron pan y vino. Sirvió el desconocido y los otros, al verle partir el pan, reconocieron al Maestro”.

En la manera de partir el pan, es decir en el estilo, en la forma, en los ademanes, que son imposibles de imitar, que no se aprenden como se aprende una doctrina o se aprende una ecuación algebraica. En la manera de partir el pan pueden reconocerse las profesionalistas, en las formas de la escuela que son una marca de distinción. Señores, dije antes que Isabelita Herrera murió para que la sembraran.

No hagamos, pues, de este lugar una tumba sino más bien una colmena simbólica, la colmena de la Escuela Profesional a donde vengan a romería cada año todas las abejas que en ella trabajaron en busca de la savia de la vida. Yo les tengo horror a las tumbas: en ellas solo se encierran los cuerpos que no tienen espíritu. Los que estuvieron, como esta mujer, fuerte en el sentido bíblico, siguen viviendo en la filosofía y en el amor de los que los trataron y los quisieron. Los muertos así no están muertos sino vivos, como lo quería el poeta Tennyson.

Aquí estamos hoy todos con tu espíritu, Isabel Herrera: tus discípulas, y tus amigos, los de tu pueblo natal que tanto quisiste exaltar y los de tu patria grande la nación panameña entera donde sembraste y donde te siembras con el supremo altruismo de los que siembran nogal.

In memóriam Las solicitudes por nombrar a la Escuela Profesional en su honor no se hicieron esperar. Las exalumnas de la Profesional organizaron una reunión a las cuatro y treinta de la tarde del 21 de agosto de 1948, en el aula máxima de dicho colegio, para discutir en Asamblea General la mencionada idea y plantear la solicitud al Ministerio de Educación y a la Asamblea Nacional.

Inclusive, miembros de la sociedad civil hicieron la misma petición al presidente de la república, don Enrique A. Jiménez. Sin embargo, había otra corriente entre estudiantes que consideraba que su alma máter debería llevar, el nombre de Otilia, y a su vez hicieron las solicitudes pertinentes. En otro acto de amistad y desprendimiento Otilia les escribió lo siguiente:

Panamá, agosto 5 de 1951
Queridas exalumnas, hoy profesoras, y miembros del personal administrativo de la Escuela Profesional: A las primeras que recibieron en este establecimiento la base de su preparación sobre la cual edificaron luego la que ostentan hoy orgullosas, como a las últimas, leales y conscientes colaboradoras en la obra realizada por nosotras en ese plantel, vengo a pedirles, enterada como estoy de la actividad que despliegan dentro de la Escuela, para impedir que se dé el nombre de “Isabel Herrera O.” a la Escuela Profesional; vengo a pedirles, digo, que suspendan esta actuación en consideración a las razones que enseguida expongo:
El motivo que se toma para una negativa es el de que se considera que la obra fue realizada por la señorita Herrera y por mí, y que por lo tanto es justo que se reserve el nombre del plantel para cuando yo muera, ya que por motivos legales no puede darse ahora el nombre de las dos.
No resiste análisis este argumento, porque las exalumnas que nos conocieron saben que siempre y en todo momento, al cooperar para el mayor éxito de la obra que con amor realizábamos, traté de que resaltara más la labor de mi compañera. Desaparecida ella, ustedes lo saben, el mayor homenaje que pueden hacerme es el de dar a nuestra obra, no a la que se desarrolla hoy, sino al sitio que guarda aquella, el nombre de la amiga ausente. Así, cuando en el frente de nuestra escuela lean ustedes y las exalumnas todas y los padres de estas y la ciudadanía en general: escuela prOfesiOnal “isabel Herrera O.”, mentalmente repetirán el otro.
Ya lo he dicho en ocasión distinta: no se necesita más, en ese nombre están sintetizadas la vida y la obra de dos maestras que dieron todo por la educación de la juventud encomendada a ellas. Para el visitante extranjero, como para el nacional de épocas venideras, habrá oportunidad de relatar la historia corta, pero sincera, de estas dos maestras que, reconociendo su falta de capacidad para dirigir esta obra, se empinaron y lucharon con verdadero amor, sacrificio y abnegación, porque sentían ansias de hacer algo grande.
Y no hay que olvidar que vivimos en una época de transiciones rápidas, que puede arrollar el sentimiento que de buena fe ustedes tratan de inculcar en otros, de modo que si no se hace ahora, porque ustedes se oponen, es posible que después, por otras razones, no pueda llevarse a cabo.
Les ruego, pues, que suspendan su generosa influencia y apoyen con decisión, cariño y gratitud al Ministerio de Educación para rendir tributo muy justo a la memoria de Isabel Herrera O. Esta satisfacción en mí el homenaje póstumo que ustedes nos rendirán, al conseguir que, a mi muerte, se diera el nombre de las dos a la obra citada. Otra de las razones que se aducen es la de que la Escuela es mixta. En esta época todas las escuelas de nuestro país son mixtas. En esta segunda mitad del siglo xx, cuando a diario se encuentran hombres y mujeres en todos los campos de la civilización, es ingenuo hacer esta diferencia entre hombres y mujeres. Si estas razones por mí expuestas con la mayor sinceridad carecen de valor ante ustedes les ruego encarecidamente que intercedan porque no se supla este homenaje, podríamos llamar oficial y póstumo, por el de dar, como se ha insinuado ya, el nombre de “Isabel Herrera O.” al dormitorio de la Escuela Profesional. Tampoco el mío podrían darlo a la Biblioteca del plantel, porque sería rendir un homenaje en vida y la ley lo prohíbe.

Con el deseo de ser complacida y comprendida en la solicitud que con la mayor emoción las hago, me suscribo de ustedes su servidora y amiga.

La nación, como un merecido homenaje a esta gran iniciadora de la liberación de la mujer panameña, le dio a la Escuela Profesional el nombre de “Escuela Profesional Isabel Herrera Obaldía”, la cual desde el 17 de mayo de 1956 funciona en un nuevo edificio ubicado en el área de Paitilla, en la avenida 6 Sur, sobre la vía Israel, y que construyó el gobierno de turno para darle un mayor tono correspondiente a sus funciones, a su desarrollo y a su alta categoría.

Una comisión integrada por honorables diputados de la Asamblea Nacional, todos prominentes panameños, le entregó a Otilia Jiménez Sarmiento el documento histórico que es la ley que merecidamente le da a la Escuela Profesional el nombre de Isabel Herrera Obaldía. El sencillo pero solemne acto oficial tuvo lugar en el acogedor hogar de Otilia, y en él participaron muchos distinguidos panameños y buenos amigos de la Escuela Profesional.

En propias palabras Isabelita, como la llamaron sus más cercanos amigos, supo mantener su aire aguadulceño. En su faz se mezclaban serenidad y amabilidad, pero también disciplina y rigurosidad. Imponía respeto con solo mirarla. Se ganaba admiración y hondo aprecio con su trato. Era dueña de una finísima sensibilidad que le permitía adentrarse en las almas juveniles.

Siempre encontraba la frase adecuada, el consejo que no hería, la rectificación que rociaba de dulzura un espíritu. Para su escuela y su patria, no quiso más que brindarles una profunda calidad de educación y trazar un rumbo admirable de cultura. Así lo proclamaba en un discurso pronunciado en la entrega de diplomas el 6 de febrero de 1936:

No disiento yo de lo afirmado por quien dijo que “gobernar es poblar” ni estoy en desacuerdo con quien sostiene que “poblar es democratizar”. Cada uno de los autores de tales aforismos clamaba por lo que más echaba de menos en su respectivo ambiente. Nosotros lo necesitamos todo; por eso debe ser nuestra más alta preocupación la de educar. Sí, educar que es gobernar y poblar y democratizar y hacer patria, porque solo la educación, la educación bien entendida, es capaz de crear el sentido de responsabilidad social, clave de los más positivos éxitos, lo mismo en lo colectivo que en lo individual. Solo la educación puede ofrecernos gobernantes capaces de valorar y procurar la sanidad y la higiene que estimule y proteja núcleos de población; solo la educación produce gobernantes capaces de orientar corrientes dignificadoras de la conciencia social, y por medio de la educación convertir las masas analfabetas en colectividades conscientes de sus derechos, y devotas de sus obligaciones sociales, que es hacer democracia y es hacer patria. Educar, he dicho, advierto, y no instruir, porque solo almacenando muchos y variados conocimientos y coleccionando ideas, noticias y meras nociones de las cosas, no es como se hace el ciudadano consciente; precisa también enseñar a pensar, a sentir y discurrir, a crear y producir las cosas y las ideas, y allá se llega por el desenvolvimiento armónico de todos los recursos y facultades del espíritu, lo que solo se alcanza por la educación, que para ser completa ha de ser física e higiénica, moral, religiosa y cívica, artística y económica, y siempre amplia y abierta como se pretende que lo sea el horizonte de la comunidad o de la patria. Que nosotros nos hemos dado cuenta de todo esto, o por lo menos de la necesidad de concederle excepcional importancia a lo educación en nuestro país, bien lo demuestra el afán de todas las administraciones desde que se inició la república, para mantener en buen pie nuestro presupuesto de gastos dedicado al ramo de educación. Acaso no hayamos acertado siempre en la elección de los medios y en la mejor orientación para obtener los mejores resultados, y por eso nuestro adelanto en este camino no haya sido tanto como es de desearse. El reproche, empero, no se justificaría; es que el progreso vuela siempre menos que el deseo, y nuestra vida republicana comenzó ayer no más. Nos han faltado tiempo y recursos para adquirir todos los instrumentos necesarios para acelerar más nuestro progreso educativo y para encauzarlo mejor. Sin ir más lejos, esta misma Escuela Profesional es testimonio elocuente de lo dicho, y de que tenemos la intuición de lo que necesitamos y queremos. La sola creación de una institución de esta índole, no obstante los defectos y deficiencias de su actual organización y funcionamiento, que soy la primera en reconocer y deplorar, ya significa jalón de importancia en el progreso educativo. Cuántos países llevaban muchos años de constituidos cuando Panamá apenas soñaba con su emancipación. Creo ya que la escuela debería estar llamada a difundir no solamente conocimientos librescos, sino también sugestiones prácticas que contribuyan a mantener la resistencia física y a otorgar al individuo ciertas comodidades o, por lo menos, a librarlo de dificultades.

Pues como suelen los directores dirigir palabras de aliento y motivación al despedirse de los graduandos de sus colegios, estas palabras de Isabel Herrera Obaldía ayudan a conocerla y a entender la razón de su vida. Una vida que, al igual que la colmena que es insignia de la escuela que dirigió, simboliza tanto el trabajo organizado y redentor, como la faena diaria realizada con gran éxito, sin prescindir de la belleza, el bien y la alegría.

Referencias bibliográficas

Arrocha Graell, Catalino (1973, 19 de septiembre). “En el cincuentenario de su obra”, La Estrella de Panamá. Discurso de I. H. O. el 6 de febrero de 1936 (1943, septiembre).

Alas. Homenaje póstumo, Isabel Herrera Obaldía, 1883-1948 (1948, 9 de agosto).

Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero. Palabras de Octavio Méndez Pereira en el cementerio Amador (1948, 11 de agosto).

La Estrella de Panamá. “Personalidad de Isabel Herrera Obaldía, a través de su obra” (1963, 15 de agosto).

La Estrella de Panamá. Sierra, Stella (1948, 11 de septiembre). “En Isabel Herrera veo el ejemplo más conspicuo de femineidad”, El Panamá América.

Sucre, Ernestina T. (s.f.). Isabel Herrera Obaldía.