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    Fernán Molinos Delaswsky

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Jaime Ingram

by: Fernán Molinos Delaswsky

Hombre de su tiempo, aceptó el desafío del servicio público para retribuirle a Panamá algo de lo mucho que recibiera para impulsar su desarrollo humano y profesional, y lo excedió largamente con ejecutorias que, en gran medida, habrían de determinar en mucho lo que hoy es la cultura nacional.

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Periodista. Ha sido corresponsal de prensa, editor, columnista, editorialista y director de medios impresos, radiales y televisivos. Ha presidido en varios períodos el Consejo Nacional de Periodismo y la Fundación Fórum de Periodistas por las Libertades de Expresión e Información, además de establecer el Premio Nacional de Periodismo de dicha fundación. Fue presidente del Instituto Internacional de Prensa de la Sociedad Interamericana de Prensa y vicepresidente de la Comisión de Libertad de Prensa de ese organismo y, como tal, tomó parte en diferentes misiones en varios países. Ha representado al país en numerosas misiones oficiales en el exterior y prestado servicio público, entre otros cargos, como director general de Comunicación del Estado. Durante diez años fue vicepresidente de Comunicación Corporativa del Canal de Panamá. Se desempeñó como jefe de Información y subdirector del diario La Prensa. Ha sido consultor en temas de comunicación del PNUD, la Unesco, el BID y el Banco Mundial. Es miembro del Consejo Asesor de la Universidad Santa María la Antigua. En 2005 recibió la Orden Nacional Manuel Amador Guerrero y en 2011 el Galardón Servicios Especiales al Canal de Panamá. Tiene formación en Historia y Filosofía del Arte y Comunicación Social. Es autor de Un puente entre los mundos. Cronología de la historia del Canal de Panamá, editado por el PNUD, la Unesco y Celap (1996), y coautor de Cien años conectando el mundo, publicación oficial del Centenario del Canal de Panamá (2014).  
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Jaime Ingram: La música como celebración de la vida

Además de oírla, la música hay que verla
Igor Stravinski

17 de febrero de 1933. Paul Wittgenstein ejecuta el Concierto para piano en re menor para la mano izquierda. Lo había compuesto para él Maurice Ravel, quien además dirige la orquesta en la presentación que tiene lugar en París. El hecho ha sido antecedido de elementos propios de la literatura. Wittgenstein, hermano mayor del filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein y músico precoz que en su adolescencia había tocado dúos con Mahler, Brahms y Richard Strauss, durante la Primera Guerra Mundial perdió el brazo derecho. Con tenacidad retoma su vocación dedicándose a la búsqueda de composiciones para una sola mano; se convertirá en un referente en la historia de la música con su conocida obra The School for the Left Hand. La admiración que despierta su perseverancia hace que músicos como Prokófiev, Britten, Korngold, Schmidt, Hindemith y Richard Strauss compongan para él piezas con esa característica. Será Ravel el autor de la más célebre de todas. Pero Wittgenstein, que estrena la obra en Viena el 5 de enero de 1932, incurre en la osadía de introducir cambios en la partitura, lo que provoca el disgusto del compositor, que desautoriza su interpretación.

La tregua se impone cuando Wittgenstein acepta, justo antes de su concierto en París, la pauta del compositor francés. El austriaco tiene 46 años cuando es estrenada la pieza. El concierto es una obra altamente exigente en la que el piano se enfrenta a la orquesta con vigor, por momentos esplendoroso. El ejecutante, apoyado en el pedal, proyecta la idea de que toca con ambas manos. Ahora es 1954. El Teatro Municipal de São Paulo está a plena capacidad; es sede del Festival Internacional de Música Francesa que organiza el gran pianista y compositor brasileño João de Souza Lima, que esta noche, además, conduce la orquesta sinfónica. El invitado especial es alguien que apenas tenía cinco años cuando aquel concierto fue estrenado en París. Es panameño y es el solista del Concierto para la mano izquierda de Maurice Ravel. Se llama Jaime Ricardo Ingram Jaén. Al terminar, la ovación en pleno es de pie. Los asistentes desbordan la platea. Quieren felicitar personalmente al maestro por tan brillante presentación. Horas antes, en su residencia, de Souza Lima había pedido a su invitado que ensayara la presentación de esa noche. Al terminar, lo felicita con entusiasmo: “Soberbio, maestro, se ve que ha ensayado usted bastante porque se escucha como si fuera ejecutado a tres manos”.

Pudo haber agregado, como coinciden en señalar los estudiosos, que se necesita un pianista excepcional, tal como se requirió un compositor excepcional, para dar vida a esta música desafiante. Ruborizado, Ingram agradeció la cálida felicitación. No supo de Souza Lima que la selección de ese concierto, como tantas otras decisiones en la vida de Jaime Ingram, fue más bien un atajo que un acto de osadía. Porque al recibir la invitación para viajar a São Paulo, no tenía un concierto preparado, así que puesto a mirar entre varias creaciones, escogió la partitura menos voluminosa de su biblioteca, que fue, precisamente aquel concierto de Ravel, que si bien se veía corta en términos de tiempo, le imponía la necesidad de exhibir una destreza única en su mano izquierda, algo que no había desarrollado hasta entonces: y debía lograrlo en cuestión de unas pocas semanas.

Todavía en el avión, el joven Ingram observaba nervioso el correr del tiempo acercándolo a la hora crucial. “Creo que el momento más importante de mi vida en la música fue mi presentación como solista en ese festival y en aquel teatro”, reconoce Ingram. Ese éxito marcó el inicio de una larga y feliz vinculación suya con São Paulo. Allí regresaría dos años más tarde como profesor de la Academia Paulista y en esa ciudad obtendría el premio al mejor disco solista de Río de Janeiro. En ese período (1956-1959), y ya casado con una brasileña, alcanzaría el honor de que el gran compositor Camargo Guarnieri le dedicara su célebre Ponteio No. 21.

De cómo se salvó un teatro

Años después Jaime Ingram tendría en sus manos la suerte de un teatro tan destacado como el de su éxito paulista. De manera sorpresiva fue llamado en una ocasión por el general Omar Torrijos, el jefe de Gobierno de Panamá que en 1968 derrocara al gobierno de solo once días de Arnulfo Arias Madrid. —Jaime, pienso que hay que demoler el Teatro Nacional. Ya cumplió su papel y está muy viejo. ¿Qué haría usted en ese sitio? —le dijo el general sin mayor preámbulo. Horrorizado, Jaime recordó cómo sus padres lo habían llevado a aquella sala que prácticamente había nacido con la república y acogido a artistas consagrados. —No, no, general, usted no puede hacer eso. Este teatro tiene ver con la identidad de Panamá; demolerlo sería como arrancarnos una parte del cuerpo. Todo lo contrario, hay que rescatarlo con una remodelación a fondo —le contestó con firmeza el maestro Ingram. La inauguración de esa sala había sido un acontecimiento de tanta importancia para el país en 1908, que se discutía si debía darse con la presentación de una ópera, como en los teatros Colón, de Bogotá, y el San José de Costa Rica, idea que defendía entre otros Narciso Garay, director entonces del Conservatorio de Música, o “con una compañía de drama hablado”, según argumentaba Ramón Maximiliano Valdés, que se convertiría en el cuarto presidente constitucional de la república. Ambos ventilaron una larga controversia a través de La Estrella de Panamá y el Diario de Panamá.

La discusión se zanjó con la apertura a cargo de la Compañía de Ópera Lombardi y la presentación de la ópera Aida, de Verdi. Para la época del llamado de Torrijos a Ingram, la sala era utilizada por un empresario local para exhibir películas de Hollywood. El teatro ocupa, junto con la actual sede del Ministerio de Gobierno, un solar que en la época de la Colonia perteneció a las monjas de la Concepción. Diseñado por el arquitecto italiano Genaro Ruggieri en un estilo de teatro de ópera italiano, su fachada neoclásica está presidida por esculturas que representan las musas de las letras y la música. La adornan medallones en relieve de Wagner, Shakespeare, Molière, Rossini, Cervantes y Lope de Vega. El techo luce una gran pintura del pintor panameño Roberto Lewis, que en sí misma es un tesoro de valor incalculable del arte nacional. —Ese teatro no puede desaparecer —dijo Ingram a Torrijos, argumentando que tal vez ese era el único nexo del país con la cultura universal—. Hay que hacer todo lo que sea necesario para rescatarlo —insistió. —¿Y como cuánto hace falta para hacer lo que sea necesario? —preguntó Torrijos. Abrumado por el peso de la decisión que el jefe de Gobierno ponía en sus manos, Ingram dijo, entre respuesta y pregunta, una cifra cualquiera. Torrijos demandó la presencia de alguien para darle instrucciones de hacer entrega inmediata a Jaime del dinero con el cual iniciar “lo que fuera necesario”.

El músico contuvo el impulso arrollador de Torrijos y le sugirió una fórmula administrativa para llevar a cabo el proyecto, cuya asistencia económica quedó finalmente a cargo del presidente de la república, Demetrio Basilio Lakas. La restauración de la sala, que en la práctica se hallaba en ruinas debido a su abandono, “colocó al teatro en una posición de orgullo para los nacionales; el trabajo no solo reconstruyó internamente el edificio, sino que restableció sus obras artísticas, particularmente los murales de Roberto Lewis”, dirá Jorge Conte Porras al reseñar la labor trascendental para el país llevada a cabo por Ingram al frente del Instituto Nacional de Cultura. Antes, en 1969, Jaime Ingram había sido designado por el ministro de Educación, Roger Decerega, como director nacional de Cultura. “Allí supo trabajar con fervor” —comenta María Jilma de Obaldía—, “a pesar de lo exiguo de un presupuesto que no permitía realizar proyectos sustanciales o de gran alcance. Lo veíamos batallar sin darse por vencido, no obstante los repetidos ‘noes’ que eran la respuesta a sus iniciativas para robustecer y consolidar el nombre de la patria a través de la cultura”.

Venido al mundo para la música

Jaime Ingram fue uno de los panameños que sin una necesaria identificación ni comunión política con el Gobierno surgido del golpe de 1968, acogió el llamado de Torrijos para trabajar en diversos órdenes de la administración, en el convencimiento de que se trataba de una coyuntura especial para contribuir al desarrollo de Panamá. Ya para entonces Ingram tenía de la cultura un sentido tanto humanista como universal, que había arraigado en él gracias a sus estudios en el exterior, experiencia esta casi inmediata al hecho de graduarse en 1945 como bachiller en Ciencias y Letras. Un año antes, a los 16 años, Ingram ya había egresado del Conservatorio Nacional de Música dirigido por Alfredo de Saint Malo. Con la Orquesta Sinfónica Nacional, conducida por Walter Myers, debutó como solista en el Teatro Nacional con el Concierto en la menor de Edvard Grieg. De inmediato, y con la recomendación de De Saint Malo, obtuvo una beca para continuar estudios de piano en el Instituto de Música Juilliard, en Nueva York, donde por concurso obtuvo la beca Olga Samaroff, con el privilegio agregado de asistir a las clases de la célebre pianista.

La vida académica del Juilliard es muy dura y mis compañeros, en su mayoría, eran talentos excepcionales muy bien orientados desde el comienzo, lo que me obligaba a esforzarme aún más para cerrar la distancia entre ellos y yo. En Juilliard tuve experiencias extraordinarias, entre ellas haber pertenecido al coro Robert Shaw (al que se entraba por concurso de solfeo, materia en la cual fui eximido) lo que me dio la oportunidad de conocer obras tan importantes como la Misa en si menor de Bach (con Suzanne Bloch en la viola), el Réquiem Americano de Hindemith (con el propio Hindemith tocando en la orquesta de Juilliard), In the Beginning, de Copland, y lo que para mí fue más sensacional aún, formar parte del mismo coro en la Novena Sinfonía de Beethoven, con Sergio Koussevitsky dirigiendo la orquesta del Juilliard, en el Carnegie Hall de Nueva York. En las clases de música de cámara tuve como maestro a Irwin Freundlich, y en historia de la música a la propia Marion Bauer, autora de una serie de importantes libros sobre la materia. Solo en una institución fuera de serie como Juilliard se pueden tener vivencias semejantes, amén de que Nueva York es un emporio musical de primera magnitud. (Entrevista de Ela Navarrete Talavera a Ingram, 1991-2).

Aquel destacado estudiante de Juilliard que así comenzaba a relacionarse con figuras sobresalientes de la música del siglo xx, debió ser motivo de orgullo para quienes como Adrianita Orillac, Esther Carbone y Alberto Sciaretti, habían sido sus maestros en Panamá. Y ni qué decir para sus padres, especialmente Rosario Jaén, su madre, de quien recibió las primeras clases de piano cuando apenas alcanzaba los pedales. También Ravel había aprendido a tocar el piano desde muy niño, aunque a diferencia de Ingram debía ser estimulado con propinas que vencieran la pereza con que entonces se enfrentaba a las clases.

En 1928, año en que nació Jaime Ingram, Ravel había escrito para sus memorias: “Desde muy niño fui sensible a la música, a todo tipo de música. Mi padre, mucho más cultivado en este arte que la mayoría de aficionados, supo desarrollar mis gustos y estimular tempranamente mi pasión”. Fue además el año de la consagración de Ravel como celebridad mundial al realizar una extensa gira por Estados Unidos y Canadá que le representó un éxito rotundo. Durante este viaje conoció al entonces joven George Gershwin, por el cual sentía gran admiración, sentimiento que siempre compartió Jaime Ingram. Al otro lado del Atlántico, mientras la Gran Depresión empezaba a cernirse sobre Estados Unidos, en Nicaragua, apenas días después (27 de febrero de 1928) de que Ingram naciera en Panamá, tenía lugar el combate de “El Bramadero” en el que las tropas de Augusto César Sandino derrotaban a una patrulla de marines estadounidenses.

Los patriotas habían convertido sus herramientas de trabajo campesino, los machetes, en eficaces armas blancas capaces de decapitar a un hombre de un solo tajo. Desde entonces los invasores, que tildaban de “bandidos o bandoleros” a los hombres de Sandino, empezaron a llamarlos “guerrilleros”. A mediados de aquel año, Henri Barbusse acuñaría para el caudillo nicaragüense el título de “General de hombres libres”. Y 1928 fue igualmente el año de la masacre de las bananeras en Ciénaga, Colombia, desenlace de la huelga de trabajadores de la United Fruit Company, que en Cien años de soledad recogió para la historia de la infamia Gabriel García Márquez, nacido un año antes en Aracataca, convertido por el escritor en el Macondo mítico, y dos antes del nacimiento de Omar Torrijos Herrera. Ese año René Magritte (1898-1967) pinta Los amantes famoso cuadro surrealista en que dos amantes, con las cabezas tapadas, se besan; y Picasso (1881-1993) La bañista, El pintor y su modelo y Paisaje, entre otros. En 1928 se da también la transición del cine mudo al sonoro, Alfred Hitchcock dirige Champagne y John Ford Cuatro hijos.

En el ámbito de las letras Stanton Coblentz publica El mundo sumergido, la escritora noruega Sigrid Undset, que cuenta entre sus obras Kristin Lavransdatter, gana el Nobel de Literatura. Y en Panamá nace el escritor mexicano Carlos Fuentes, uno de los integrantes del llamado boom de la literatura latinoamericana. Fue año de elecciones en Panamá, con un Partido Liberal dividido en dos bandos: el Partido Liberal propiamente dicho, detrás del cual estaba Chiari, que postulaba a Florencio Harmodio Arosemena, convertido en candidato oficial, y la Coalición Nacional Porrista, que postulaba a Jorge Boyd; su esposa era sobrina del expresidente estadounidense Woodrow Wilson. Las acusaciones y denuncias de fraude y coacción electoral eran la nota predominante. Porras pidió a Washington supervisar el torneo para asegurar la eficacia del sufragio. Al no aceptar Estados Unidos, Boyd retiró su candidatura y Florencio H. Arosemena obtuvo el triunfo.

Formación musical

Muy pronto Ingram alcanzó reconocimiento nacional, destacándose como un pianista virtuoso. Siempre reconocerá las influencias vitales que hicieron su formación. “El músico panameño que más influyó en mi trayectoria ha sido, sin lugar a duda y por razones obvias, don Alfredo de Saint Malo”, dirá Jaime al recordar la evolución de su vida como pianista. De Saint Malo fue el único de su generación que se dedicó a un instrumento como solista, con el cual alcanzó prestigio internacional.

Para mí constituyó siempre un modelo a seguir, desde que en mi hogar paterno escuché su disco, RCA Victor, sello rojo, grabado en 1927, ejecutando El vuelo de una abeja, de Rimski-Kórsakov y el Capricho en la menor de Wieniawski, y también porque desde que yo estaba en el Conservatorio, siendo él su director, lo fue como un hombre dedicado enteramente a su profesión, ya fuera dirigiendo el plantel, enseñando, o ejecutando su instrumento, especialmente cuando lo escuchaba estudiando, encerrado en su oficina del Conservatorio, corrigiendo constantemente todo lo que hacía, hora tras hora (siempre con un cigarrillo en la boca). Más adelante lo escuché varias veces en recitales públicos, así como en sus presentaciones como solista de la Orquesta Sinfónica en el Teatro Nacional, o como primer violinista del cuarteto de cuerdas que llevaba su nombre. Don Alfredo fue, para mí, lo que siempre debe ser un verdadero profesional de la música, además de gran señor y hombre de bien en todo sentido. Mi admiración llegó a su punto meridiano cuando dimos juntos un recital de Sonatas en el Teatro Nacional. Cada ensayo que tuvimos constituyó, para mí, una “clase maestra”.

¿Cuánto quería retribuirle De Saint Malo a la vida misma, a la música y a su querido Panamá, al gestionar para su alumno Jaime Ingram una beca que le permitiera estudiar en una escuela de excelencia como Juilliard, dado que él a su vez había sido becado para estudiar en Francia gracias a los oficios del presidente Belisario Porras? La grandeza de los grandes hombres está hecha de gestos así.

Mis relaciones con los músicos panameños han sido siempre cordiales desde que estuve en el Conservatorio Nacional de Música como alumno. No recuerdo haber tenido disgustos con ninguno de ellos, aunque no todos eran fáciles ni muy accesibles para dialogar. Hombre particularmente difícil, por su carácter duro y exigente fue el Prof. Herbert de Castro, creador y primer director titular de la Orquesta Sinfónica Nacional, con quien, sin embargo, llegué a cultivar una gran amistad, a partir del momento en que nos encontramos en Nueva York, cuando yo estudiaba en el Juilliard y él hacía estudios especiales de dirección de ópera con Jean Morel. Me he llevado bien, inclusive con profesionales de la música popular, entre los cuales recuerdo con particular aprecio a Avelino Muñoz y a su hermano, así como a Lucho Azcárraga, Papito Baker, el maestro Leoncio Kipping y a Bush y “sus magníficos”, entre otros.

Con París, llega Nelly

Jaime Ingram integraba el grupo de panameños de diferentes generaciones que había estudiado en el extranjero y que habría de tener un desempeño significativo en distintos campos de la cultura nacional: Roque Cordero, Carlos Arboleda, Eduardo Mata, Alfredo Sinclair, Ballesteros, Ciro Oduber, Juan Bautista Jeanine, Francisco Cebamanos, Eudoro Silvera, Eduardo Charpentier. “Al diplomarme en Juilliard, me fui a París con la intención específica de continuar estudios con el legendario Yves Nat becado por el gobierno francés”. Fue Nat quien le hablaría de Jaime a Nelly, entonces también alumna suya, diciéndole que se trataba de un “panameño talentosísimo y muy simpático” con el que seguramente le encantaría relacionarse. A los pocos días y para sorpresa de Nat, la brasileña y el centroamericano llegaban juntos a clases; y juntos se iban. Nelly Hirsch nació en Brasil, hija de Julio Hirsch, ciudadano chileno hijo de madre inglesa y padre rumano. Fue la mayor de una familia de tres mujeres y dos varones. “A los ocho años” —le contará a Ela Navarrete Talavera—, “comencé a estudiar con un gran maestro, de Souza Lima, en São Paulo, donde vivía.

Toco piano desde los seis años. Me fui a estudiar a París a los 18 años…”. Se casaron en Roma en la capilla privada de Pío xii. La ceremonia la ofició el que llegaría a ser arzobispo de Panamá, Marcos Gregorio McGrath, con quien siempre mantuvieron gran amistad. Tendrían tres hijos: Jorge, Elena y Jaime. De aquel tiempo en París, César A. Pereira Burgos habla de la impresión que entonces le causaron Eduardo Charpentier y Jaime Ingram: “Para alegría de nuestro país, Ingram es una realidad que los años seguirán puliendo y convertirán en algo siempre mejor”. Buenos augurios para quien desde niño había sido estimulado por sus padres para estudiar y que a los 17 años se había convertido en el profesor de piano más joven que tuviera el Conservatorio de Música de Panamá.

Luego de obtener su diploma de piano en Francia, Ingram regresa a Panamá y asume en propiedad como profesor en dicho Conservatorio.

Las vibraciones de una revolución cultural

Durante la década de 1970 —período del afianzamiento de los militares en el poder—, en el ámbito intelectual panameño, más que en otros de la vida nacional se atizaban con preocupación sentida los temas relativos a la identidad nacional, atravesados por el eje de la cultura, sobre todo en un país con apenas unas décadas de evolución republicana, valores democráticos en ciernes, y una disposición histórica a mantenerse como “puente comercial del mundo”, concepto arraigado hasta el hueso en virtud de la presencia y desarrollo del canal interoceánico en su espacio geográfico. Era obvio que la clase intelectual se pusiera a la cabeza de esa búsqueda y si se quiere de la formación de una identidad cultural propia, al margen por cierto de nacionalismos a ultranza, que los panameños educados especialmente en Europa entendían debían ser desechados si se quería ver al país insertado en las corrientes de la modernidad.

Es natural que frente a los problemas de justicia social, que son problemas de masas —sostendrá Jaime Ingram en un trabajo publicado en la Revista Nacional de aquellos años—, los gobiernos propongan una política cultural como proponen una política económica, social, educativa, científica, o una política exterior; en otras palabras, plantear una meta cuyos objetivos armonicen con las necesidades y las aspiraciones de la comunidad. Esta noción de política cultural que, fortalece el desenvolvimiento y bienestar social, es de importancia capital y marca una evolución decisiva en la concepción de la cultura.

No se trata solamente de poner en vigencia un plan eficiente de información para la ciudadanía, en virtud del cual se le brinda a la mayoría marginada (de los bienes y derechos socioeconómicos) la oportunidad de enriquecerse con el caudal de los conocimientos humanos, sino también y más bien, de impulsar la producción creadora de esa colectividad que se caracteriza por una escasísima capacidad de adquisición de bienes y servicios porque es precisamente esa creatividad comunitaria la que nos dará el vivero para una cultura nacional. La cultura culta y la cultura popular no son meros géneros literarios, sino que responden a la dicotomía entre alma y cuerpo que impuso el Occidente con la división del trabajo. La cultura culta en Panamá sigue siendo siempre el privilegio de una minoría que aprende en el extranjero. Por otro lado, el único rostro que se le ha querido reconocer a lo popular ha sido el folclore (en el sentido romántico nacionalista que le dieron los alemanes), condenándolo así a encasillarse en estereotipos aceptables por su forma estática y reaccionaria.

Esta manera de pensar orientará la gestión de Jaime Ingram al frente del Instituto Nacional de Cultura (INAC), organismo que él creara en 1973 con el apoyo del general Torrijos y el ministro de Planificación y Política Económica, Nicolás Ardito Barletta, y que dirigió entre 1974 y 1979.

Durante este período, las diferentes manifestaciones artísticas y culturales de Panamá, así como las relacionadas con la investigación y preservación del patrimonio histórico, a cargo de la doctora Reina Torres de Araúz, tuvieron un impulso vigoroso y trascendental, desconocido hasta entonces. A través de cuatro direcciones nacionales, entre otras numerosas iniciativas del INAC, se establecieron los museos de Historia, de la Nacionalidad, y del Hombre Panameño; la Revista Nacional de Cultura, el Ballet Nacional, el Conjunto Folclórico Nacional, la Escuela Nacional de Teatro; se reestructuró la Orquesta Sinfónica Nacional con músicos extranjeros que además impartían clases de sus especialidades respectivas; se organizaron los conciertos didácticos que atrajeron a dieciocho mil estudiantes; se crearon centros de educación artística en Colón, Penonomé, Santiago, Chitré y David; fueron actualizadas las publicaciones de los premios Miró, que tenían muchos años de atraso; se estimuló de manera significativa la producción de libros de autores nacionales. Además de crearse la Orquesta Sinfónica Juvenil, se contrataron profesores del Ballet Kirov de Leningrado; se becaron numerosos jóvenes para cursar estudios en distintos países; se estableció el Teatro Ambulante, que se desplazaba por las diferentes provincias; se creó la galería de arte del INAC y se celebraron numerosos congresos de carácter diverso, entre ellos el de Cultura Negra, además de darse, el 15 de agosto de 1974, la reapertura del Teatro Nacional, donde el INAC presentó veinte espectáculos artísticos. Puede decirse con razón sobrada que Panamá, bajo el liderazgo de Jaime Ingram, vivió entonces una vibrante revolución cultural.

Tareas por atender

Después de Nueva York y París, los Ingram van a Viena para “absorber la cultura musical de Bach, Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Brahms. Siempre nos quedaba aquello como asignatura pendiente, persistía esa preocupación por la falta de contacto directo, una vivencia personal con la música germánica”. Esto lleva a Jaime a trabajar con el maestro Bruno Seidlhofer. Largos años más tarde Ingram contará que, impulsado por el deseo de enriquecer sus conocimientos en campos diferentes a la música, se matriculó en el Instituto de Estudios Superiores de la Universidad de Viena donde impartían cursos “exclusivamente para americanos”. Ingram tuvo que explicar al austriaco encargado de la matricula que “él, como panameño, era ‘tan americano’ como el que más, porque Panamá hace parte de América”. Al hombre, sorprendido con la lógica del argumento no le quedó otra salida que aceptar la matrícula de Ingram en cursos monográficos de Geografía Histórica, Derecho del Espacio, Geografía Política, Doctrina Económica, la Primera Guerra Mundial, entre otros.

Jaime, que entonces podía sin mayor problema leer los textos de clases en inglés y sostener conversaciones personales en ese idioma, no tenía la fluidez suficiente como para hacer una larga exposición ante una audiencia de alumnos procedentes de Estados Unidos, sobre todo tratándose de un examen oral. Y las presentaciones eran por orden alfabético. Cuando le llegó el turno, salió como un bólido dejando a la clase estupefacta, en especial al profesor de la materia, para evitar que los presentes se dieran cuenta que él no era esta- dounidense. Si el miedo escénico produjo aquello, no fue menor el pánico al momento de abordar al profesor para justificar conducta tan insólita. Ingram le explicó al buen hombre que su estampida se había dado al recordar que tenía un compromiso musical ineludible. Hasta entonces el profesor desconocía que aquel alumno suyo era además un músico consagrado. Todo concluyó, y bien, cuando profesor y alumnos asistieron a su recital en la sala Brahms de la Musikverein de Viena. Ingram, músico completo al fin, no podría ser tal sin la pasión por la investigación, ese prurito que conduce a la revelación; la bisagra en el tiempo.

El hallazgo de la piedra Rossetta que de pronto ilumina, en su caso, un momento único en la historia de la música. La tarea de la investigación ha sido determinante en la evolución, desarrollo y conservación del patrimonio mundial de la música clásica. De carácter también trascendente para la música clásica han sido los hallazgos como investigador de Jaime Ingram. Inmerso en la biblioteca del Congreso, en Washington, Ingram descubrió, en una edición de 1832, las Variaciones Brillantes que sobre un tema de Weber escribieran para dos pianos Mendelssohn y Moscheles, la cual no ha vuelto a ser editada. También rescató del olvido una de Hummel, alumno de Mozart y Clementi, llamada Introducción y Rondó, si bien no desconocida, sí “injustamente olvidada”, dice Ingram, mientras su esposa Nelly recuerda que “en la Biblioteca Lenin de Moscú, Jaime encontró una fantasía de Aleksandr Scriabin para dos pianos que sorprendió a los propios rusos”, así como también (esta vez en compañía de Nelly) descubrió una “bella obra de Serguéi Tanéyev, maestro de Rachmaninoff, el impresionante Preludio y Fuga para dos pianos.

Ese mismo interés por la investigación lo lleva a escudriñar sucesos, identificar personajes y establecer circunstancias de hechos de la música panameña. Sus investigaciones en este campo, como La música en la Universidad de Panamá en su septuagésimo quinto aniversario, son contribuciones importantes a este campo de la cultura nacional. Su aporte a la bibliografía musical de Panamá comprende los títulos Orientación musical, publicado en 1974 por la Editorial Universitaria bajo la dirección del doctor Carlos Manuel Gasteazoro y reeditado en 2002 por Universal Books; Historia, compositores y repertorio del piano, edición del Ministerio de Cultura, Juventud y Deporte de Costa Rica (1978), reimpresa en 1993 por la Editorial Universitaria durante la rectoría del doctor Carlos Iván Zúñiga, la cual también lanzó en 2008 La música en Panamá. En 2013 la misma editorial publicó, en dos tomos, su Compendio de una historia general de la música. En 2014 publica Breve manual de teoría musical, que hace parte de Cuadernos universitarios de cultura musical escritos para la Universidad de Panamá, conjuntamente con La música en Panamá y Compendio de una historia general de la música.

A dos pianos

El 8 de octubre de 1952, en el teatro Lux de la ciudad de Panamá, tuvo lugar un hecho de referencia en la vida artística de los Ingram. Aquel día ofrecen su primer recital a dos pianos, una asociación que se prolongaría durante décadas y habría de llevarlos a las salas de conciertos más prestigiosas e importantes del mundo. El repertorio para dos pianos del dúo Ingram-Hirsch incluye, entre obras originales y transcripciones para dos pianos, a compositores como: J. S. Bach, J. C. Bach, A. Soler, Mozart, J. B. Cramer, J. N. Hummel, Schubert, Brahms, Chopin, Mendelssohn, Moscheles, Liszt, Saint-Saëns, C. Franck, F. Busoni, E. Dohnanyi, S. Tanéyev, S. Joplin, Rachmaninoff, Godovski, Moszkowski, Shostakovich, Poulenc, Infante, Copland, Mignone, Benjamín, Guarnieri, Guastavino, Iturriaga, Cordero, Lutoslawski y otros. Grabaron cinco discos compactos, que comprenden casi todo su repertorio. Algunas giras de los Ingram-Hirsch fueron tan intensas y extenuantes como para demandar 18 conciertos en 21 días en la Unión Soviética. Grabaron dos álbumes de larga duración con repertorio original para dos pianos, el primero de ellos en México.

El segundo, en Washington, por encargo de la Organización de Estados Americanos, fue calificado en 1980 por Peter G. Davis, prestigioso crítico del The New York Times, como de “exuberante vitalidad musical y pericia técnica”. En 1991 lanzaron un tercer disco, Compositores de América a dos pianos, y Canciones infantiles que se cantan en Panamá, quince arreglos para dos pianos sobre temas para niños.

Promotor de la cultura

En 1961 el matrimonio Ingram-Hirsch fundó el Conservatorio Jaime Ingram, al tiempo que continuaba con sus giras artísticas y participaciones en importantes festivales latinoamericanos. En 1962, por iniciativa de los Ingram se constituyó la Asociación Nacional de Conciertos, entidad de carácter privado que desde entonces se dedica a la presentación de temporadas anuales de música con prestigiosos artistas nacionales y extranjeros.

Qué duda cabe —dice Ingram— que la Asociación Nacional de Conciertos desde su creación cumple con el cometido de divulgar la música clásica, pese al limitado presupuesto con que cuenta. Hace, además, hoy día en manos de su actual presidente Terence Ford, una positiva labor de divulgación y didáctica musical con los cursos que dicta anualmente, entre otros en El Valle de Antón, a grupos juveniles. Por su lado, varias personas, en forma particular e independiente, movidas por su amor a la música y buena voluntad, trabajan en la formación de grupos orquestales juveniles en varias ciudades del interior del país, labor que está dando resultados muy optimistas, con profesores, inclusive, que traen por su cuenta y riesgo de Estados Unidos, país donde la colaboración ciudadana para estos menesteres culturales es sencillamente extraordinaria, ya por tradición. A su vez el Ministerio de Educación, a través del Instituto Nacional de Cultura, con la participación de profesores del Conservatorio Nacional de Música, realiza así mismo una actividad loable en ese sentido.

Bien valdría la pena que dicha labor, tanto privada como estatal, poco conocida aún, recibiera, por parte de la autoridad competente, una subvención adecuada y muy merecida que sólo puede redundar en un alto beneficio para nuestra juventud estudiosa y, naturalmente, para el enriquecimiento de la cultura musical ciudadana. El concurso internacional de piano lo creamos Nelly y yo en 2001 aprovechando nuestros innúmeros y muy importantes contactos musicales a nivel internacional, con el fin de establecer en Panamá un evento de muy alta calidad y proyección mundial, que sólo se ve en ciudades con alta categoría artística musical como París, Viena, Moscú, Budapest, Varsovia, Nueva York, Ginebra, Santander, Leeds, Dallas, etcétera, y que por su propia naturaleza y alto nivel de exigencia le dan un prestigio musical muy particular a nuestra ciudad capital. No es posible desestimar el prestigio que le brinda a Panamá, desde el punto de vista de cultura musical, el concurso internacional de piano, del cual se habla ya con respeto y admiración, tanto en Europa y América, como en Oriente y Australia, de donde hemos traído, en calidad de invitados nuestros, a algunas personalidades musicales como miembros del jurado internacional del concurso. Por otro lado, sucede mucho en Panamá que con toda facilidad se aplaude a cualquier ejecutante cuando en el fondo se trata de una mediocridad cualquiera, pero si a alguien mejor informado se le ocurre hacer una observación constructiva, se aduce de inmediato que el ejecutante o la ejecutante es todavía muy joven, aunque tenga ya veinte años de edad, pero que con los años llegará a tocar mejor. ¡Falso! El raciocinio está totalmente equivocado.

La preparación de un ejecutante del piano debe iniciarse desde los seis o siete años de edad y seguir un programa de desarrollo profesional y didácticamente elaborado, que le permita dominar siempre las obras que se exigen en cualquiera de los niveles que haya alcanzado, siempre y cuando se trate, naturalmente, de un estudiante con talento, serio, estudioso y correctamente dirigido. Siendo así, el alumno debe poder ejecutar adecuadamente el repertorio del nivel que le corresponde y contar con la edad correcta para dicho nivel, tal como sucede con el ciclo primario o secundario de instrucción en los centros de enseñanza. Si no es así, lo más probable es que el alumno esté mal clasificado, o no está estudiando como debe ser, o sencillamente no debe continuar perdiendo el tiempo, si es que pretende ser un profesional en la materia, porque no posee las facultades mental y física necesarias para alcanzar dicha meta. No es aceptable, cosa que sucede constantemente en Panamá, que ante una ejecución mediocre, torpe o mala se alegue que más adelante el estudiante “tocará mejor”, porque lo cierto es que no hay más adelante posible si lo que se pretende es ser un profesional en la materia. Por otro lado el concurso internacional de piano ha servido para comprobar la veracidad del argumento, o sea que se puede tocar con una gran estatura desde muy joven si el estudio del piano se ha llevado en forma correcta y constante.

Diferencias con la docencia en su tiempo, hay. ¿No?

Lo que todavía no alcanza el nivel de exigencia para transformar dicha evidencia en algo real y efectivo en Panamá es el nivel que mantiene la instrucción musical instrumental, tan inferior, inclusive, en eficiencia y nivel, salvo excepciones, a la que se impartía en mi juventud en el Conservatorio Nacional de Música y Declamación, durante la dirección de don Alfredo de Saint Malo, nuestro gran virtuoso del violín. Y menciono muy a propósito la dirección de don Alfredo de Saint Malo, porque cuando el Conservatorio quedó en manos de nuestro compositor Roque Cordero, sobresaliente profesional de la música como el que más, el énfasis que le dio a la instrucción musical pública fue, más bien, orientado y dirigido a la formación de maestros de música para las escuelas de la república, que se necesitaban en ese momento en todo el territorio nacional, descuidando la preparación que originalmente se había dado a la formación instrumental y vocal.

Con todo este esfuerzo en pro de la música clásica, ¿cuál es el futuro que ésta tiene en Panamá?

Dentro del reducido mundo musical nacional poco es lo que podemos esperar mientras el estudio académico de la música permanezca como está, fundamentalmente por la falta de recursos económicos adecuados para poder ampliar el nivel de la enseñanza, sea contratando a maestros y profesores que hacen falta, o mejorando y enriqueciendo las instalaciones educativas, renovando equipos, particularmente de sonido (la música es la ciencia y arte de los sonidos y entra por los oídos), sea creando y enriqueciendo las bibliotecas con libros y partituras nuevas, así como la discografía. Pudiera ser que con la creación de la ciudad de las artes, todo esto pueda transformarse en una realidad. ¿Cuál es el repertorio de música clásica, que un estudiante panameño interesado tiene la posibilidad de escuchar dentro de nuestro país, sea en una sala de conciertos o por medio de la radio o cualquiera de los medios normales de comunicación social? Preguntémonos ¿cuántas emisoras nacionales, a lo largo y ancho de la república, cuentan con el patrocinio económico para poder brindar un programa regular de música clásica, por lo menos de una hora de duración todos los días, al margen de la Radio Universitaria? Sin embargo, tanto de día como de noche, todas nuestras emisoras presentan variados y muy ricos programas de música popular. Pareciera que nuestra estructura mental no nos da para más, por lo menos en cuanto a música clásica se refiere.

Y algo para hacer en ese sentido…

Constatamos, con admiración, que los dos países colindantes con nuestras fronteras nacionales, Costa Rica y Colombia, cuentan con programas exclusivos de música clásica, de 24 horas de duración, todos los días del año, acompañados de muy interesantes comentarios elaborados por personas admirablemente bien preparadas en la materia, cosa que en Panamá nunca ha existido. Se podría, inclusive, llegar a un acuerdo, por ejemplo, con la Radio de Bogotá (que está muy dispuesta a hacerlo), para que dicho programa se pudiera extender a nuestro país, si se encontrara una empresa, entre las tantas que abundan en Panamá, dispuesta a brindar el patrocinio que se necesitaría para poder realizarlo (después de todo nos preciamos de poseer un significativo Centro Bancario Internacional, a la vez que se publicita un número plural de casinos distribuidos por todo el país, entidades productoras de mucho dinero, que podrían, fácilmente, hacer una excelente labor en beneficio de la cultura musical nacional). No obstante, lo sorprendente es que, pese a todo lo anterior, existe un apreciable número de jóvenes panameños, tanto en la ciudad capital como en el interior del país, ávidos por recibir instrucción musical, con muy ardientes deseos, además, de transformarse en músicos profesionales, lo cual es una bendición que no debe desaprovecharse. Basta recordar las dos bandas juveniles escolares, una de Chitré y otra de la ciudad capital, que tras un riguroso concurso merecieron viajar a Londres y a Los Ángeles, California, a desfilar, recibiendo nutridos aplausos.

El clan de los Ingram

En 1953 nace en España su primer hijo. Durante los dos años que vivieron en Viena, Jaime se dedicó por completo a estudiar, mientras Nelly se hizo cargo de los niños —el segundo fue Elenita— y las tareas domésticas, lo que Jaime consideraba “una flagrante traición al arte pianístico de Nelly”. Para esta, lo que Jaime describe como la realidad de aquellos tiempos no es correcto. “Nosotros constituimos un clan, un equipo; simplemente lo que hacemos los dos es por la superación de ese equipo. Los niños eran pequeños, Elena una bebé, había que cuidarla mucho y era yo quien tenía que hacerlo: ¡Normal!”. Jaime, a su vez, subraya que usualmente los hijos de artistas terminan desequilibrados ante la falta de un hogar-núcleo que propicie su desarrollo normal, y remata: “para nosotros la familia siempre fue lo primero en nuestras vidas”. A cuenta de balance, Ingram reconoce mucho de frustración en el hecho de no haberse concentrado todavía más en la música. “Pienso que en verdad he diversificado tanto mis intereses personales, que terminé por no consagrarme solo a ella”. Y si hubo un punto de inflexión que lo colocara en la encrucijada de entregarse al arte como fuego arrasador, o buscar la plenitud en las aguas calmas de una existencia apacible junto a los seres que se ama, fue la llegada de sus hijos. No hay menos grandeza en esto que en aquello. ¡Normal!, dicho así con la connotación del habla panameña que pone en el vocablo la carga de lo definitivo sin otra explicación o justificación posibles.

El diplomático

Entre 1979 y 1983 Ingram fue embajador extraordinario y plenipotenciario de la República de Panamá ante el Reino de España. Después ocupó el mismo cargo ante la Santa Sede y la Orden Soberana y Hospitalaria de Malta, hasta 1988, año en que renunció a tal responsabilidad antes de la invasión de Estados Unidos a Panamá. Paralelamente, continuaba realizando giras artísticas, ya fuera sólo o a dos pianos con su esposa Nelly, por Europa y América. Entre 1989 y 1994 permaneció en Panamá. Fue profesor extraordinario en el Departamento de Música de la Facultad de Filosofía, Letras y Educación, y después en la recién fundada Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Panamá. En 1994 comenzó una nueva misión diplomática como embajador extraordinario y plenipotenciario de Panamá ante la República de Argentina. En 1996 fue nombrado en igual calidad, una vez más, ante el Reino de España y el Reino de Marruecos, país con el cual tuvo que restablecer relaciones diplomáticas, rotas cuando Panamá reconoció a la República Árabe Saharahui. Su entrañable amigo Juan Carlos Tapia, melómano consumado y cultor de la ópera, con quien por cierto Jaime comparte además su pasión por el boxeo, recuerda que durante sus varios desempeños diplomáticos, Ingram era presentado “no como el diplomático que toca piano, sino como el pianista renombrado que era embajador distinguido de su país”. En 1999 regresa a Panamá y continúa su labor como docente universitario.

Jurado calificador

El reconocimiento a la calidad artística de Ingram es evidente en su frecuente invitación a formar parte del jurado calificador en certámenes de importancia mundial. Así, en 1978 y 1982 participó como tal en el renombrado concurso “Tchaikovsky” de Moscú. En 1997 integró el jurado del Concurso Internacional de Macao; en 2000, el del Premio Iberoamericano de Música “Tomás Luis de Victoria” para compositores, llevado a cabo en México y Madrid; en 2003, el del Concurso Internacional “Ignacio Cervantes”, de La Habana, Cuba; en 2006, el del Concurso Internacional “José Iturbi”, en Valencia España, y el del primer Concurso Internacional de Piano “Ciudad de Toledo”, España. En 1964 y 1968 lo había sido en el Concurso Internacional Vianna da Motta, en Lisboa, Portugal.

¿Qué exige del músico la ejecución de piezas de grandes maestros?

La música clásica se ejecuta, como quien dice, “al pie de la letra”, o sea que no se puede variar, cambiar ni sustituir nada. No es como la música popular en la que cada intérprete puede alterar lo que le parece, dependiendo de su gusto, de su estado de ánimo o de un capricho momentáneo. Nosotros tenemos que hacer estricta y exactamente lo que el compositor ha escrito en su partitura. Eso de por sí es ya un reto feroz, porque no se supone que dejes nada por fuera, ni que te permitas añadir, cambiar o eliminar nota alguna. En otras palabras: la arbitrariedad o el capricho personal no tienen lugar alguno en música clásica. No digo con esto que no suceda, pero, o te sometes rígidamente a lo que escribió el compositor o sencillamente quedas fuera de toda y cualquier consideración y respeto en el campo profesional internacional idóneo de la música. Y para que tengas una idea remota de lo que significa esa responsabilidad, puedo decirte que al ejecutar cualquiera de las 32 sonatas de Beethoven, tienes que memorizar un término medio de doce mil a quince mil signos, incluyendo las notas.

De ahí la ansiedad que embarga a la mayoría de los intérpretes, unos más, otros menos, momentos antes de salir a escena, muy particularmente cuando te enfrentas a un público deseoso, o curioso, de escucharte. Pero quieras que no y pese a la preocupación extrema que te embarga, entras al proscenio con una dosis masiva de ansiedad, saludas al público que te recibe siempre con aplausos, meditas, te controlas, sabes que te has preparado debidamente, te concentras y cumples tu cometido. Esa rutina es una constante e inevitable responsabilidad para los intérpretes. De ahí que la preparación debe efectuarse dentro de una absoluta e inviolable disciplina, que te enseña a memorizar y controlar todos y cada uno de los medios que te permitirán sobreponerte, y capacitarte para enfrentar al público cuando llegue el momento, formación académica que toma un promedio de diez años aproximadamente, y que debe iniciarse desde muy temprana edad, sea en forma privada con un maestro apropiado, o en un conservatorio, instituto o academia de música, para luego, si así se desea, entrar a una institución de estudios superiores, y obtener el título académico de licenciatura, maestría o doctorado.

Personalmente puedo garantizar que mientras estás interpretando o ejecutando cualquier obra del repertorio no se siente nada o mejor dicho, se siente de todo, además de tu responsabilidad de cara a la obra, toda vez que tu atención está dirigida y concentrada exclusivamente en lo que haces, en el momento en que lo haces y porque cualquier desvío de ese hilo conductor por el que te lleva tu memoria, te puede sacar del estado de compenetración en que te encuentras. Lo sorprendente y al mismo tiempo lo maravilloso de toda esta fenomenología que rodea a los intérpretes, es, que pese a esa disciplina férrea, nunca encontrarás dos interpretaciones iguales, inclusive por parte del mismo artista, tal es la riqueza inefable de las obras clásicas. De otra forma el mundo de la música clásica, o del teatro, sería una total e insoportable monotonía.

¿Qué va por delante, emoción o responsabilidad con la pieza que recreas?

Ambos factores surgen paralela y conjuntamente en la ejecución. La responsabilidad que asumes al interpretar cualquier obra, no deja de sentirse, pero esta se desvanece y se identifica, inevitablemente, con la emoción que te produce la obra que ejecutas. Es un fenómeno paralelo, pero que, felizmente, es superado por el interés y entusiasmo que te produce el propio mensaje musical que estás reproduciendo, muy particularmente si lo viertes tal como exige la partitura. Tú mismo lo sientes y lo gozas, aunque siempre en términos de fracción de segundo, ya que no puedes quedarte pensando sobre el particular porque te arriesgas a perder la concentración y la continuidad de la obra que ejecutas.

¿Es por todo esto que una obra maestra de la música clásica, a diferencia de una gran pintura, sobre cuyos colores originales lamentablemente se hace sentir el paso del tiempo, puede ser siempre la misma, y a la vez por completo nueva cuando la recrea un ejecutante digno de ella?

Ahí estriba, precisamente, la misteriosa y extraordinaria perennidad y riqueza de toda obra clásica, que surge siempre renovada, dependiendo de tu estado de ánimo, temperamento, emoción y temperatura, que sé yo, elementos todos que no siempre los seres humanos mantenemos con el mismo ritmo e intensidad y que depende de la vehemencia existencial que te embarga en un determinado momento.

Según Paul Johnson, siempre sobre Bach, todo lo que puede hacer el organista con el teclado es transmitirle a la máquina una señal para que esta haga sonar cierta nota. La máquina se encarga del resto y la calidad de la nota depende de cómo se fabricó y calibró aquella. ¿Se aplica esto también al piano?

Es cierto. El organista no puede variar el timbre del instrumento, razón por la que los grandes órganos tienen varios teclados, con diferentes timbres, fenómeno que sí es posible en el piano, dependiendo de la forma en que se percute la tecla. Se trata, como bien puedes suponer, de un arte sensible y muy sutil. Dependiendo del pasaje musical el ejecutante debe variar la sonoridad del sonido para obtener el más adecuado para el mensaje musical que se ejecuta en ese momento, fenómeno que depende, exclusivamente, de la forma en que se percute la tecla, lo que constituye un “arte” que no todos los pianistas son capaces de desarrollar debidamente. Es lo que se reconoce como sonido cantabile. Arthur Rubinstein, por ejemplo, era famoso particularmente por su “bello sonido”, lo que nunca se le pudo atribuir a su contemporáneo Vladimir Horowitz, quien era elogiado por su “destreza descomunal”. Pianista muy balanceado y completo, en todo sentido fue Claudio Arrau, contemporáneo de los dos anteriores.

¿Y qué composiciones le deparan a usted algo así como un estado de gracia?

Cualquier obra maestra de cualquier gran compositor, bien puede ser un preludio y fuga de Bach, una sonata de Beethoven, una balada de Chopin, un concierto de Brahms, la suite Gaspard de la Nuit de Ravel, la Sonata de Barber, las Tres Danzas Argentinas de Ginastera o el Dúo 1954 de Cordero, para mencionar sólo unas cuantas en la espléndida y muy vasta literatura del piano, puede producir en mí la epifanía de la música. Eso es la celebración de la vida.

¿Y cuál considera que es el compositor que mejor interpreta?

Sin pretensión alguna, creo que siempre interpreté bien tanto a Bach como a Beethoven, Schubert, Brahms o Prokofiev. La admiración de Ingram por Bach es exultante:

Es un monstruo sagrado; así sin más explicación, monstruo sagrado no sólo como compositor, sino como ejecutante, padre de familia, maestro y ser humano asombroso y respetable. Gozó de todos los predicados a los que puede aspirar un artista creador de la más alta calidad, con las características propias del período Barroco que le tocó vivir. Yo diría que los Bach, que eran muchos, no tenían competencia posible en la ejecución del órgano porque todos eran buenos, aunque Johann Sebastian, evidentemente, fue el mayor de todos y el líder absoluto de la inmensa familia”.

¿Qué tanto de clásico produjo en música el siglo xx, durante el cual lo moderno se expresó en ciclos cada vez más breves?

Creo que en el siglo xx se escribió gran cantidad de obras maestras, tan buenas como las que más, entre ellas, por ejemplo, Ritos de Primavera, de Stravinsky, que ya cumple cien años de existencia, o la Tercera Sinfonía, de Honegger, la ópera Salomé, de Richard Strauss, o la Segunda Sinfonía de Mahler, aunque hay muchas, también, que no me dicen nada, pese a que sean ponderadas por la crítica internacional especializada. Qué duda cabe que además de ser una cuestión generacional, entra en juego, también, el gusto y la sensibilidad de cada cual. Recordemos además que la modernidad es lo que está al día con todo lo nuevo y pondera el último grito de la creatividad humana, desde el punto de vista conceptual. Lo que caracteriza una obra “moderna” es su libertad, de cara a una serie de limitaciones que han prevalecido hasta ese momento. Lo clásico, a su vez, es todo lo que sobresale por encima de lo demás, todo aquello que por su estatura y calidad perenne, nunca muere, de ahí que existan clásicos de la antigüedad, como clásicos, ya, también, del siglo que se nos quedó atrás.

¿Cuáles, a su juicio, son los virtuosos máximos del piano en la actualidad? En la cumbre del virtuosismo y maestría hay muchos, entre ellos: Martha Argerich, Nelson Freire, Lang Lang, Radu Lupu, Murray Perahia, Yundi Li, Jenö Jandó, Emanuel Ax, Elisso Wissaladze, Daniel Barenboim, Gabriela Montero y tantos otros, que sería imposible mencionarlos todos, al margen de todos aquellos que no conocemos todavía por vivir tan apartados y ajenos de toda y cualquier actividad artística propia del primer mundo.

En nota de epílogo, que no de final

Jaime Ingram pudo, como pianista, merecer el reconocimiento local y mundial por su consagración a alcanzar la excelencia en el exigente ámbito de la música clásica. Pero no se conformó con llevar el nombre de su país a lo más alto de las artes. Hombre de su tiempo, aceptó el desafío del servicio público para retribuirle a Panamá algo de lo mucho que recibiera para impulsar su desarrollo humano y profesional, y lo excedió largamente con ejecutorias que, en gran medida, habrían de determinar en mucho lo que hoy es la cultura nacional. El 2015 lo encontró trabajando aun en la Extensión Cultural de la Universidad de Panamá, con la misma consagración con la que llegara un día a esa casa de estudios como el más joven de sus profesores de música. En plena forma y juvenilmente lúcido, su biografía está incompleta y a la espera de un autor definitivo. Mientras tanto, su legado da frutos. Le calza bien el juicio que Johnson hace de Bach, al que Jaime tanto admira: “Era lo opuesto a la arrogancia, pero sentía un orgullo calmo, natural de sus habilidades y su desempeño y un agudo sentido de lo que esperaba”.

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