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    Antonio Alberto Arango Osorio

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José Agustín Arango

by: Antonio Alberto Arango Osorio

A diferencia de la mayoría, este patriota panameño estuvo siempre dispuesto a cumplir con el deber y la lealtad a la patria por la que estuvo siempre presto a ofrendarse en beneficio de la colectividad. Pero para fortuna de los panameños, este país se formó bajo su conducción basada en la claridad de hacer lo correcto, en su habilidad para aprovechar las oportunidades, en su pericia e intelecto para unir en una sola idea a personas de diferente visión.

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Licenciado en Ciencias de la Comunicación Social, nacido en la ciudad de Panamá en 1962, egresado de la Universidad Católica Santa María la Antigua, ciudad de Panamá. Profesor universitario por más de veinte años, especializado en métodos de Publicidad Directa y Exterior. Ha sido profesor en Ganexa, Universidad del Arte y actualmente en la USMA, Universidad Católica Santa María La Antigua. Desde muy joven estuvo relacionado con actividades artísticas, principalmente con el dibujo y la pintura; amante de la lectura histórica. En el campo de la comunicación ha ocupado posiciones en medios de comunicación social, agencias publicitarias y entidades estatales. Miembro de la junta directiva de la Cámara de Comercio, Industrias y Agricultura de Panamá entre 1998 y 2003.
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José Agustín Arango – Padre de la patria

Es difícil describir la figura de José Agustín Arango Remón comparándolo con otros prohombres que se entregaron a fines similares por sus respectivos países, sobre todo en un tiempo en que, para ser un líder, la principal característica no era la de ser un hombre de paz, sino más bien un aguerrido caudillo. Su contribución a la historia nacional y, por qué no decirlo, mundial, ya que con sus actuaciones posibilitó la construcción de la monumental obra que facilitó las comunicaciones y el comercio en el orbe, el Canal de Panamá, no puede ser medida por lo osado y peligroso de sus hechos; ni por valerosas actuaciones militares, ya que era un pacifista; ni por los riesgos que implicaran sus acciones; ni por las condiciones que rodearon su introducción en el ámbito de los grandes hombres, sino por la sencillez y humildad de su personalidad, por lo desprendido y considerado de su actuar, por su calidad humana y, sobre todo, por sus sobresalientes cualidades ciudadanas y sus dotes conciliadoras que posibilitaron la unión bajo su idea, su guía y su perseverancia, de panameños de dos bandos, liberales y conservadores —en su momento irreconciliables enemigos—, a actuar juntos para lograr la formación de nuestra nación.

Sus orígenes

José Agustín Arango Ramírez, padre de quien sería prócer de la República de Panamá, era conocido como el Águila Verde por su valiente participación en las luchas independentistas de América y de su amada tierra natal, la isla de Cuba. Era oriundo de Camagüey, en ese entonces llamada Puerto Príncipe, donde el apellido Arango, aun en la actualidad, es vinculado directamente con la larga lucha de independencia de la isla. Los hermanos Arango Agüero, sus parientes cercanos, fueron gestores de la lucha armada contra las fuerzas realistas en el área de la provincia de Camagüey. Augusto Arango Agüero y su hermano Napoleón, llegaron a ser destacados líderes militares de la provincia camagüeyana en los inicios de la lucha independentista —el primero general de brigada del Ejército Mambí—, aunque posteriormente Napoleón se pasaría al bando realista.

El padre de José Agustín, don José Gabriel Arango del Risco, prominente abogado, también fue un infatigable defensor de los ideales independentistas cubanos y, por ello, condenado al exilio. Don José Gabriel hacía parte de la sociedad secreta llamada Cadena Triangular o Cadena Eléctrica, conformada por librepensadores cubanos, criollos ilustres y acaudalados comprometidos en lograr la independencia de Cuba por medio de un levantamiento armado en toda la isla. Con la causa también estaban involucrados sus tres hijos varones, Manuel de Jesús (abogado), José Agustín (abogado) y Antonio Arango Ramírez (médico), todos pertenecientes a la alta sociedad de Puerto Príncipe (Camagüey).

El joven José Agustín Arango Ramírez compartía las inquietudes de sus primos Arango Agüero, y se vio influenciado e involucrado en la gesta de independencia de su tierra, a tal punto que fue declarado proscrito por las autoridades españolas, junto con otros prominentes patriotas cubanos, al fracasar la llamada Conspiración de los Soles y Rayos de Bolívar en 1824 (Roque E. Garrigó, 1929), organizada fundamentalmente por grupos masones de la isla, que buscaba la liberación de Cuba de la corona española. Por ello se vio obligado a dejar su amada isla y buscar nuevos horizontes en el continente, el cual se encontraba, ya en ese momento, liberado en casi su totalidad del dominio de la corona española.

Viajó en patriótica búsqueda de ayuda para la liberación de Cuba por gran parte de la América continental, Estados Unidos, México, Nueva Granada, Perú, la isla de Trinidad, entre otros. Corriendo gran riesgo regresó dos veces a Cuba a colaborar con los patriotas que se mantenían en la lucha de liberación.

Por algún tiempo, acompañó al libertador Simón Bolívar, su amigo personal, en la campaña por la independencia. Pasó primero por Venezuela, Perú y Colombia para finalmente radicarse en Panamá, donde pronto se volvió figura destacada en el gobierno del general Tomás Herrera, otro luchador de la independencia de América bajo las órdenes del libertador Bolívar, veterano de muchas batallas, entre ellas las de Junín y Ayacucho, que sellaron la liberación de Perú.

Antes de tomar a Panamá como patria adoptiva, José Agustín Arango Ramírez tuvo destacada participación en diversos cargos como auditor de guerra del Ejército Unido en la liberación de Perú, y secretario de la delegación de Perú en el Congreso Anfictiónico, realizado en Panamá en 1826. La delegación peruana llegó realmente en 1825 a la cita anfictiónica, un año antes del congreso, dando oportunidad al patriota cubano de conocer el Istmo y su gente. Seguramente fue en este viaje cuando el trotamundos libertario cubano decidió que Panamá sería el lugar elegido para su residencia, tal vez recordando en nuestros cálidos y caribeños paisajes a su amada isla, a la que ya no volvería más.

Salvo un breve periodo en el cual fue desterrado de Panamá por el gobierno dictatorial del comandante general José Domingo Espinar, por no someterse a las decisiones del gobernante, Arango no se volvió a ausentar de su nuevo hogar. Acabado el destierro ordenado por el general Espinar, regresó al país y fundó, en 1834, el movimiento cívico y social “Sociedad de Amigos del País”, junto con otros ilustres panameños como Mariano Arosemena, José de Obaldía y el general Tomás Herrera.

Prontamente, José Agustín Arango fue reconocido por sus habilidades administrativas y políticas y nombrado en diversos puestos: secretario del Interior, Guerra y Marina y secretario general del presidente del Estado Libre del Istmo, en 1840, durante el gobierno del general Tomás Herrera. Al momento de su muerte ocupaba el cargo de senador por el istmo de Panamá ante el Congreso de la Nueva Granada.

Como alto personero del estado istmeño, José Agustín Arango Ramírez sentó reales en la alta sociedad del Istmo y contrajo matrimonio en marzo de 1836 con Tomasa Remón Soparda, joven perteneciente a una prestante familia panameña. Con su matrimonio el revolucionario cubano puso fin, en forma definitiva, a sus andanzas por toda América y echa raíces en suelo panameño.

De la unión nacen dos hijos, primero Ricardo, en 1839, quien llegaría a ser gobernador del departamento del istmo de Panamá, en 1893. El gobierno de Ricardo Arango se caracterizó por llevar una política de apoyo a la educación pública. Fueron parte importante de este gobierno los secretarios Abel Bravo y Salomón Ponce Aguilera.

El 24 de febrero de 1841 nació en la ciudad de Panamá el segundo hijo del matrimonio Arango Remón, quien sería prominente figura de la creación del Estado panameño: José Agustín Arango Remón.

Un año después del nacimiento de José Agustín murió su progenitor de una fulminante pulmonía, el 28 de marzo de 1842, mientras cumplía, como miembro del Congreso, una misión oficial en Bogotá, representando los intereses del departamento del istmo de Panamá.

Se acostumbraba en la época que, cuando una familia perdía a uno de los padres, los familiares cercanos se encargaban de la crianza de alguno de los huérfanos. José Agustín quedó bajo la tutela de su tío, José María Remón Soparda y su esposa doña Luisa, quien fue una gran influencia en la educación y formación de José Agustín.

Así pues, con la tutela esmerada de sus tíos maternos, José Agustín Arango iniciaba el largo camino de la vida con la temprana pérdida de su padre, con las muy marcadas estrecheces económicas y emocionales que una ausencia de esta magnitud puede causar en un niño. Eso sí, oyendo historias de hechos donde su familia en Cuba, abuelo, padre y tíos, fueron protagonistas del levantamiento contra la corona española, historias de un padre ausente, que vivió dentro del marco de las grandes turbulencias emancipadoras de América.

José Agustín se caracterizó por ser un joven afectuoso, de ideas claras y propias, de notable buen ánimo e incansable voluntad de trabajo, pacifista, todo lo cual le marcaría en su vida adulta como un hombre de carácter bondadoso, afable, de buenas costumbres, conciliador, pero de ideas firmes, lejano de las violentas exaltaciones políticas que caracterizaban al Istmo en esos días.

De esa manera José Agustín Arango se convirtió en un hombre respetado y apreciado por todos, sin importar afiliación política o social, quien, por medio del razonamiento y la exposición de sus ideas, pudo pasar por una época convulsionada de nuestra historia. Recordemos que muy poco tiempo antes de la separación de Colombia, entre 1899 y 1902, estalló la guerra de los Mil Días, conflicto armado en el que el istmo panameño fue escenario de muchas batallas entre facciones liberales y conservadoras, que lucharon en una cruenta guerra civil.

Ocupó varios puestos públicos de importancia, en los cuales siempre presentó una conducta intachable, honrada e inteligente. En el campo político, como afiliado al Partido Conservador, desempeñó destacadas posiciones políticas, siempre respetando al pueblo y, por sus actos, siendo correspondido por este, con amplias muestras de afecto y aprecio.

Abogado de profesión, ejerció el derecho e incursionó, sin mucho éxito, en algunas actividades comerciales. Ejemplo de su carácter perseverante es la frase que citó Narciso Garay en su biografía de José Agustín Arango en la Revista Lotería: “Ahora trabajo con mejor perspectiva de salir de tanto infortunio, porque espero haber cansado ya con mi energía a la tenaz adversidad”. (Garay, 1964).

En el año 1864, a la edad de 23 años, contrajo matrimonio con la distinguida joven de la sociedad panameña Manuela Chiari Planas, sobrina del banquero Ricardo Planas y nieta de don Antonio Planas, fundador del primer banco que funcionó en el Istmo, en 1861, el Banco de Circulación y Descuento de Pérez y Planas.

De esta unión nacen nueve hijos: Ricardo Manuel, Matilde Juana, Belisario, Elida Aminta (fallecida al año de nacida), Elida Aminta (por nacer un año después recibe el mismo nombre de su hermana fallecida), Josefina, José Agustín, Clotilde y Oderay.

José Agustín Arango pasaría a ser accionista y representante legal de dicho banco hasta su cierre. En 1869 aparece como accionista del segundo banco fundado en el Istmo, el Banco de Panamá, que funcionó hasta 1874. Asimismo, fue administrador de la fortuna de la familia de su esposa, al quedar viuda su suegra.

Además de ser banquero y comerciante, también trabajó como abogado de la Compañía del Ferrocarril de Panamá —cargo que ejercía cuando se dieron los hechos de 1903 que conllevaron al surgimiento de la República de Panamá— y en lo político, ocupó en dos ocasiones un escaño en el senado colombiano en representación del departamento del istmo de Panamá, por el partido conservador, al que siempre perteneció.

A pesar de todo, la fortuna le fue esquiva la mayoría del tiempo. Su vida estuvo marcada por altibajos económicos, desde los difíciles años de la infancia en orfandad y pobreza, hasta los años de su exitosa actividad como banquero, seguidos por años de privaciones en el ocaso de su vida, los cuales nunca lograron cambiar el rumbo de su conducta.

Durante el gobierno de su hermano Ricardo como gobernador del departamento colombiano de Panamá, de 1893 a 1898, desempeñó puestos en los cuales demostró gran habilidad diplomática para lidiar con diversos grupos y siempre salir adelante ante cualquier tipo de tribulación política o de gobierno que se presentara, recibiendo tanto de copartidarios como de oponentes políticos, reconocimiento y distinción por su habilidad conciliadora y buen manejo.

Narciso Garay, quien fuera su amigo personal y escribiera una de sus biografías, lo describía de la siguiente forma en la época de su periodo como funcionario del gobierno de su hermano:

A un don de gentes incomparable, a un tacto superior para tratar y resolver prontamente las más espinosas cuestiones, aunaba una simpatía personal irresistible y una suavidad de medios que sembraba el desconcierto entre los propios y enemigos. (Garay, 1964).

Su consejo en los asuntos de la Gobernación fueron determinantes para que su hermano Ricardo tuviera una de las administraciones más tranquilas en la historia departamental del Istmo. Fue su actitud la que le valió el reconocimiento de tantos panameños ilustres y capacitados de las diferentes tendencias y bandos políticos presentes en las alboradas del siglo xx, para ser la cabeza indiscutida del movimiento separatista de nuestro país años más tarde.

(Al realizar las investigaciones para escribir esta biografía pude constatar en varios documentos cómo se resalta la costumbre que tenía José Agustín de tener en cuenta las opiniones de los miembros de la familia Arango, sobre todo en temas como el de la independencia de Panamá, en el cual se jugaba no solo su propio destino sino el de su familia si el plan fallaba, pues sería un acto de traición a la nación colombiana a la que estábamos unidos desde 1821).

El líder inspirador

El departamento del istmo de Panamá a principios del siglo xx era una vorágine de pasiones políticas, económicas y sociales, que eran el día a día de los pobladores de la futura nación panameña. Desde antes de su independencia de España, en 1821, el Istmo había sido objeto del interés económico de naciones extranjeras deseosas de sacar provecho de su ventajosa posición geográfica.

Los españoles eran conscientes de la inestimable situación del Istmo, pero la corriente independentista americana no les dio la oportunidad de llevar a cabo ningún plan. Una vez independizados de España y unidos a la Gran Colombia, los primeros en querer beneficiarse fueron los franceses, quienes acordaron con el gobierno central iniciar la construcción de un canal que uniera los dos océanos. El 18 de mayo de 1878 se firmó el convenio Salgar-Wyse, en el cual la República de Colombia facultaría a Francia a realizar dicho proyecto, con una vigencia de noventa y nueve años, y a cargo de uno de los ingenieros más brillantes del siglo xix, el vizconde Ferdinand de Lesseps, constructor de la obra de ingeniería más importante de ese siglo, el Canal de Suez.

El Canal francés por Panamá fue un total fracaso debido a lo difícil del terreno, las enfermedades y la mala administración, que acabaron por llevar al traste la reputación de Lesseps y su ambicioso proyecto.

Sin embargo, los franceses pretendieron continuar con la obra y para ello crearon una nueva empresa, la Compagnie Nouvelle du Canal de Panamá —esta vez bajo la dirección de Philippe BunauVarilla—, la cual, a pesar de ingentes esfuerzos, tampoco obtuvo resultados positivos. Bunau-Varilla, en su empeño de recuperar a Francia del fracaso económico de sus predecesores, entraría en nuestra historia gracias a la venta de los derechos franceses de construcción del canal a los Estados Unidos cuando, actuando en representación de la joven nación panameña, firmara el muy polémico Tratado Hay– Bunau-Varilla de 1903.

Con el inicio de la guerra de los Mil Días (1899-1903), la situación social y económica del Istmo se agravaría aún más, después del gran fracaso del Canal francés. Además, de que en ese momento Colombia vivía la inestabilidad del gobierno golpista y corrupto del vicepresidente José Manuel Marroquín.

Este cúmulo de situaciones críticas desembocarían, en su debido momento, en la separación de Panamá de Colombia, en noviembre de 1903, y con ello en la entrada de José Agustín Arango en la historia panameña.

Como senador por el departamento del istmo de Panamá, José Agustín Arango asistía con regularidad al Congreso Nacional y en junio de 1903 se encontraba, precisamente, ocupando su curul cuando se discutía la ratificación del Tratado Herrán-Hay entre Colombia y los Estados Unidos. El vicepresidente Marroquín había comisionado al secretario de Estado, el ministro Tomás Herrán, a conseguir que mediante dicho tratado se le asignara a su gobierno una parte importante de los cuarenta millones de dólares que el gobierno estadounidense le adjudicara a la Compagnie Nouvelle du Canal de Panamá, y al fallar en su intento, Marroquín decidió no ratificarlo. El fracaso en la construcción del canal en tierras panameñas era inminente.

En ese momento, Panamá se encontraba en precarias condiciones, olvidado del gobierno central y económicamente afectada por la guerra de los Mil Días y el monumental desastre del Canal francés. Era vital para la población panameña aprovechar la bonanza económica que traería al Istmo el desarrollo de la construcción de un canal en su territorio.

El senador Arango se negó a asistir al debate en el Congreso Nacional, a sabiendas de que el rechazo del tratado traería perjudiciales consecuencias sociales y económicas, sin contar las políticas, todas ellas desastrosas y con la clara convicción de que la única salida favorable para Panamá era la separación de Colombia.

Así es que, bajo esta certeza, como en efecto sucedió el 12 de agosto de 1903, cuando el tratado Herrán-Hay fue rechazado, inició una serie de conversaciones, primero con sus hijos y yernos, luego con amigos y allegados de su plena confianza, entre ellos Carlos Constantino Arosemena, quienes compartían sus mismas inquietudes en torno a la oscura situación que enfrentaba Panamá en ese momento.

Así se fueron congregando más y más adeptos alrededor de su idea independentista, tal y como había sucedido en su momento con su padre y abuelo en Cuba. El afable y ecuánime hombre, más mediador que combativo, se transformó en un tenaz defensor y propagador de la idea independentista de su patria, con el firme convencimiento de que el tratado Herrán-Hay entre Colombia y Estados Unidos no sería ratificado, chispa gestora del movimiento separatista que provocaría el surgimiento de la nación panameña.

Bajo esta situación, tras madurar la idea y revisar todas las aristas que podrían derivarse de la separación total y permanente del istmo de Panamá de la República de Colombia y asegurarse una definitiva autonomía como nación, surgió la idea de establecer negociaciones con el gobierno de los Estados Unidos sin la intervención colombiana, de tal manera que el poderoso país del norte, apoyado en un tratado entre dos naciones, respaldara nuestra separación y así, con este respaldo, conseguir la meta deseada de una Panamá independiente, libre de tomar las riendas de su destino, desarrollándose como nación y no como un departamento pobre y olvidado al noroeste de Colombia.

Para lograrlo requerían de una persona de absoluta confianza, cuyas influencias le permitieran establecer fácilmente un acercamiento con el gobierno de los Estados Unidos. Elegido para tal misión fue el capitán James R. Beers, en ese momento agente de fletes de la Compañía del Ferrocarril de Panamá (Panama Railroad Co.).

Así fue que se concertó una entrevista con el capitán Beers, en la cual se le expuso el plan: ante la no ratificación del tratado Herrán-Hay, los nacionalistas panameños ofrecían a los Estados Unidos un tratado bilateral en el cual se les garantizaba el apoyo total de los ciudadanos del istmo de Panamá para la construcción del canal a través de su territorio de Panamá y a cambio los Estados Unidos respaldarían la separación del Istmo y la conformación de un nuevo Estado. Este apoyo sería en principio diplomático, pero, de ser necesario, también militar para evitar que el ejército colombiano entrara en acción.

Con la garantía de José Agustín Arango de que él y otros panameños de comprobada honorabilidad se pondrían al frente del movimiento, y que el resto de los istmeños apoyarían esta iniciativa, el capitán Beers se comprometió a cumplir tan seria misión.

Obtenida la adhesión de Beers, José Agustín Arango se dedicó a organizar al grupo de conjurados, conformado principalmente por miembros de su familia, para que actuaran en forma discreta, y así pasaran desapercibidos ante los ojos de las autoridades colombianas.

De forma muy conspicua, crearon un consejo que determinó las acciones a emprender sin convocar reuniones con grupos muy grandes, ni formales, sino mediante contactos directos con personas que, se sabía, no estaban de acuerdo con la situación del Istmo y pudieran, discretamente, promover la idea de la separación de Colombia. Así, poco a poco, la idea de la separación de Panamá de Colombia se fue promoviendo en diferentes círculos, sin hacer ruido. La indiferencia del gobierno central hacia el departamento de Panamá había provocado un descontento general que José Agustín Arango supo aprovechar como tierra fértil para sembrar la semilla de la emancipación.

Una tarde del mes de julio de 1903, José Agustín se encontraba en su oficina de la Compañía del Ferrocarril de Panamá cuando en ella se presentó el médico de la compañía, el doctor Manuel Amador Guerrero, quien se dirigió a su viejo amigo en forma cordial pero directa, pidiéndole que en su calidad de senador elevara algún tipo de acción o protesta por el rechazo del tratado Herrán-Hay, y hacerles saber al Congreso y al gobierno central lo desesperada y extrema que era la situación que se vivía en el departamento de Panamá.

Al oír las palabras de su amigo, Arango se animó a revelarle todos los avances que, en ese aspecto, había logrado, y sobre la reunión sostenida con el capitán Beers y el viaje de este a los Estados Unidos, viaje del que aún no regresaba y, por ende, aun no se conocían sus resultados.

Una vez enterado el doctor Guerrero se puso, con todo entusiasmo, a las órdenes del movimiento para las funciones que considerara necesarias en la tan deseada búsqueda de la emancipación.

Al regresar de los Estados Unidos el capitán Beers le informó que los grupos interesados en el desarrollo del plan propuesto por los panameños le habían enviado una serie de informaciones e instrucciones que serían de vital importancia en el desarrollo del secreto proyecto.

Es importante resaltar el reconocimiento que hizo el propio José Agustín Arango, en un escrito del 28 de noviembre de 1905 en El Heraldo del Istmo, del trabajo emprendido por el capitán James R. Beers y la gratitud que le debía la nación panameña, en momentos en que el solo hecho de pensar en ser una nación libre y autónoma era considerado un delito de traición.

Con la llegada al movimiento de Manuel Amador Guerrero la expansión de las ideas emancipadoras tomó más fuerza. Amador Guerrero además se ofreció a ser voluntario para participar en el grupo que se designaría para viajar a los Estados Unidos a entablar las conversaciones orientadas a concretar los detalles de la separación del Istmo de la nación colombiana. Expondría como excusa la necesidad de hacer una visita a su hijo que se encontraba residiendo en ese país.

Al ver que el movimiento ya se había extendido mucho más allá de los miembros originales, o sea de sus hijos y yernos, José Agustín prefirió apartar a sus hijos del grupo de conjurados por motivos de seguridad, y todo lo que se trataba de este tema se manejaba a nivel de un consejo familiar, para mantenerlos al tanto de cualquier avance.

En un principio, de la Junta Separatista que se constituyó formalmente hacían parte Carlos Constantino Arosemena, Manuel Amador Guerrero y José Agustín Arango. El plan se comenzó a exponer a otras personas influyentes, pero sólo bajo previa aprobación de los miembros del grupo. Así se fueron sumando al movimiento Ricardo Arias, Federico Boyd, Nicanor A. de Obarrio, Tomás Arias y Manuel Espinosa Batista.

Al crecer el grupo, las acciones no podían ser tan solapadas y se volvieron más audaces, organizando reuniones más coordinadas y el sitio que se utilizó con más frecuencia, a pesar de los graves riesgos que conllevaba, fue la casa de Federico Boyd. Se fueron sumando al grupo más personajes que pasarían a ser parte de los padres de la patria, como Carlos A. Mendoza, Juan Antonio Henríquez, Eusebio A. Morales, Carlos Clement, Ramón Valdés López (encargado de difundir la idea separatista en el interior del Istmo), Eduardo Icaza, este último designado para ser el contacto del general Domingo Díaz, quien aunque conocía toda la planificación, estaba obligado a ser doblemente discreto. El general era una pieza clave del movimiento, al estar encargado, de ser necesario, de levantar en armas a la gente del arrabal de la cuidad en los momentos cruciales de la ejecución del plan.

El movimiento pudo haber zozobrado cuando un teniente de la policía se enteró de lo que se estaba gestando, gracias a una fuga de información, quizá proveniente del capitán de la policía Félix Álvarez, quien había sido sumado al movimiento por Tomás Arias. En ese momento, el jefe de la policía del departamento del Istmo era el comandante Fernando Arango, sobrino del hombre que había encendido la chispa separatista de la nación.

José Agustín Arango Remón decidió exponerle en persona a su sobrino, comandante primero de la Policía, lo delicado de la situación, no solo de quienes se encontraban involucrados en el complot separatista, sino del futuro incierto que les esperaba a todos los panameños si seguían a merced de los avatares de la política corrupta y oportunista imperante en la capital bogotana, tan lejana a las realidades flagelantes que vivían las comunidades del Istmo.

Desde un principio, José Agustín Arango se había opuesto a presentarle a su sobrino sus propósitos insurreccionistas para no ponerlo en una posición comprometida ante sus lealtades, pero el padre de la patria se vio obligado, no solo a expresarle con claridad su decisión de seguir adelante con el movimiento, sino además, a solicitarle al comandante Arango se sumara a la gesta que con firmeza defendía y lideraba. A partir de ese momento, el comandante se sumaría, discretamente, al complot, lo mismo que otros miembros de la Policía del Departamento del Istmo, como el segundo comandante, general Alejandro Ortiz, jefe de la policía en la provincia de Colón, y el capitán Serafín Achurra, que sería parte importante en el ardid preparado para engañar a las tropas colombianas en la provincia atlántica y su transporte a ciudad de Panamá.

La empresa separatista enfrentó varias dificultades que, en ocasiones, amenazaron con hacerla naufragar, como los numerosos cambios de fecha para el desarrollo del plan, y las sospechas de fuga de información. Pero el carácter y decisión de José Agustín Arango fueron determinantes para concretar el plan trazado. Ejemplo de ello fueron los trabajos del enviado del grupo separatista a los Estados Unidos, Manuel Amador Guerrero —futuro primer presidente de la república—, a finales de agosto de 1903, que se vieron minados por cuenta del desdén y desencanto en los Estados Unidos causados por la indiscreción de una persona influyente que, si bien era partidaria de la separación, nada tenía que ver con el movimiento separatista; este personaje le expresó sus opiniones abiertamente al representante del gobierno colombiano, el ministro Herrán, diciendo que la separación de Panamá de Colombia era solo cuestión de tiempo.

La reacción por parte del ministro colombiano no se hizo esperar, imputándole la responsabilidad de cualquier insurrección que se pudiera presentar en el Istmo a la Compagnie Nouvelle du Canal de Panamá, dirigiéndose a sus representantes, tanto en Nueva York como en París. Esta situación llevó a que todas las personas que habían recibido con entusiasmo al emisario Amador Guerrero, asumieran ahora con cautela la propuesta ante un posible conflicto diplomático y comercial. Al tener que enfrentar este nuevo panorama tan desalentador, Manuel Amador Guerrero quiso dejar la misión asignada y regresar al Istmo pero la determinación y liderazgo de José Agustín Arango se impusieron. El desalentado emisario aceptó mantenerse en Estados Unidos y continuar con la gestión, lo que posteriormente lo llevó inesperadamente a sostener varias entrevistas con Philippe Bunau-Varilla en las cuales el francés se vio claramente interesado no solo en apoyar la idea de la separación del istmo panameño de Colombia, sino en intervenir activamente en el desarrollo de la misma, por medio de sus poderosas influencias en Washington.

Sus convicciones bien puestas le permitieron a José Agustín Arango emprender acciones tan arriesgadas, que en el mejor de los casos podían llevarlo a terminar en la más miserable de las cárceles colombianas por traición. A guisa de ejemplo, entrevistarse con personas que ostentaban cargos importantes dentro de la estructura gobernante en el Istmo, social, económica y política, para exponer sus intenciones separatistas. Por una necesidad logística, Arango se atrevió a revelarle sus planes al coronel James R. Shaler, superintendente general de la Panama Railroad Co., para convencerlo de dejar en sus manos toda la responsabilidad de la entrega de suministros solicitados a esa empresa por el gobierno colombiano, entre los que se encontraba el abastecimiento de doscientas toneladas de carbón que sería utilizado como combustible para los navíos de guerra Padilla y Bogotá, que se encontraban anclados en Panamá. Estos tenían como misión el transporte de nuevas tropas de refuerzo para la guarnición del Istmo desde el puerto de Buenaventura, en el Pacífico colombiano, a lo cual el astuto político istmeño dio largas, entorpeciendo la diligencia y retrasando al máximo la entrega del preciado combustible y, con ello, la llegada de nuevas tropas colombianas, las cuales hubieran podido llevar al fracaso el desarrollo del plan separatista.

Pero uno de los mayores riesgos que asumió fue el entrevistarse, en busca de apoyo, nada menos que con el jefe militar de la plaza del istmo de Panamá, general Esteban Huertas, del ejército colombiano, a quien abordó a sabiendas del enorme riesgo que implicaba, pues con una sola orden del general Huertas podía terminar enfrentando un juicio por alta traición. Afortunadamente para José Agustín Arango, el general Huertas era consciente de las penurias que se padecían y de lo injusta que había sido la administración gubernamental de Bogotá con la tierra panameña, con la cual se sentía estrechamente ligado e identificado por los muchos años allí vividos. Huertas prontamente se adhirió a la causa separatista, dándole todo su apoyo al movimiento.

El plan para concretar la separación del Istmo siguió su curso. El encargado de coordinar la ejecución de todos los movimientos era el doctor Manuel Amador Guerrero, y la fecha elegida sería el 4 de noviembre de 1903; pero cuando todo estaba preparado una noticia estremeció a los involucrados en el plan de separación. Un día antes de la fecha acordada, temprano en la mañana del día 3 de noviembre, llegó la noticia de que habían arribado a Colón los generales Juan B. Tobar y Ramón Amaya, al mando del batallón Tiradores, una fuerza de unos quinientos soldados, con el plan de tomar el control de todas las fuerzas armadas en el Istmo y ahogar así cualquier intento emancipatorio.

La noticia hizo estremecer a los integrantes del movimiento, algunos de los cuales llegaron a pensar en abandonar el plan y replegarse a esperar lo que podría pasar después de la llegada de las tropas colombianas a la capital; pero nuevamente la figura determinada de José Agustín Arango Remón, dio el paso adelante al enviarle un mensaje a Amador Guerrero, que, al igual que todos los involucrados en el plan, se encontraba atribulado por la noticia de la llegada de los generales colombianos con nuevas tropas.

José Agustín Arango envió a su hijo Belisario con su mensaje de apoyo al golpe de Estado y la garantía de su presencia en la plaza de la Catedral a las cinco de la tarde, según lo acordado, para hacer la proclama e iniciar la operación planeada.

Don José Agustín confiaba en la palabra del coronel Shaler quien le había ofrecido su respaldo. Shaler consiguió persuadir a los generales Tovar y Amaya de trasladarse a Panamá junto con la mayoría de sus oficiales, mientras él preparaba un tren especial para el desplazamiento, unas horas después, de los quinientos soldados de su batallón.

Esta acción del coronel Shaler facilitó el que, al llegar a la ciudad de Panamá, los oficiales fueran capturados después de ser recibidos en la comandancia, puestos bajo arresto y enviados a la prisión de la policía, escoltados por un piquete de soldados fieles al general Huertas. Además de esta astuta jugada, que le daba más seguridad a la operación y que aislaba a los comandantes de las fuerzas enviadas a sofocar lo que hasta ese momento era apenas una intentona de emancipación, logró retrasar hasta el día 4 de noviembre el movimiento de las tropas recién llegadas de Colombia. En la tarde del 3 de noviembre de 1903, se reunió el Concejo de la ciudad de Panamá para proclamar el nuevo camino que esta tierra istmeña tendría que recorrer, ya no como un departamento colombiano, sino como una república, digna, soberana e independiente.

En solemne acto se acordó la separación de Panamá y de todos los pueblos del Istmo de la República de Colombia. En la misma acta de independencia, los miembros del Concejo de la ciudad de Panamá acordaron otorgar la dirección de la nueva nación a una Junta Provisional de Gobierno, delegando en sus miembros los poderes, autoridades y responsabilidades para asegurar la gobernabilidad de la nueva nación, hasta que esta pudiera ser regida por una carta magna. La responsabilidad de tan delicada misión recayó en un triunvirato conformado por don José Agustín Arango R. como presidente de la Junta Provisional de Gobierno, acompañado por don Federico Boyd y don Tomás Arias, quienes tomaron posesión formal de sus cargos el 4 de noviembre de 1903. Esta acta se publicó en la plaza de la Catedral, ante la presencia de un pueblo jubiloso y comprometido con el nuevo rumbo que habría de tomar.

Existía el convencimiento de que el primer presidente de la república debía ser un hombre de tendencias moderadas, y por ello un numeroso grupo de panameños, encabezados por el doctor Carlos A. Mendoza, postuló a José Agustín Arango, que si bien era conservador, era de tendencia mucho más moderada que Manuel Amador Guerrero. Haciendo gala de insólito desinterés y humildad, el señor Arango se negó de forma rotunda a ser candidato y Manuel Amador Guerrero se convirtió en el primer presidente de la república, en febrero de 1904.

A partir de entonces, José Agustín Arango desempeñó diversos cargos: en varias ocasiones fue primer designado a la Presidencia de la República y en 1907 se desempeñó como representante del Estado panameño en Washington, posición desde la cual trabajó para la realización de un protocolo que se adicionaría al tratado Hay-BunauVarilla, firmado por él y por el Secretario de Guerra de los Estados Unidos, William Howard Taft, más tarde presidente de esa nación. El protocolo que establecía que Panamá podría negociar directamente con la nación colombiana el establecimiento de las fronteras entre ambos países, sin la intervención de los Estados Unidos.

En 1908, bajo la administración del segundo presidente de la república, don José Domingo de Obaldía, José Agustín ocupó la posición de primer designado, cargo que hoy sería la vicepresidencia de la república, y a su vez asumió la Secretaría de Relaciones Exteriores, puesto que mantuvo hasta el momento de su deceso.

El día 10 de mayo de 1909, apenas ocho días después de la muerte del doctor Amador Guerrero, falleció José Agustín Arango, tranquilamente sentado en una sencilla hamaca, esperando la hora del almuerzo, a los sesenta y ocho años y a solo poco más de cinco años de haber conseguido lo que muy pocos, el nacimiento de una nación, con el honor intacto, con el afecto y aprecio de todo un pueblo, y sobre todo, con la prístina imagen, que solo deja un hombre de bien.

El legado

La figura de José Agustín Arango Remón no ha recibido el homenaje que merece, tal vez porque prefirió la sencillez y la modestia antes que sobresalir, tener adversarios antes que enemigos, mediar antes que discutir, ser un ciudadano ejemplar de los que enorgullecen a cualquier nación. A diferencia de la mayoría, este patriota panameño estuvo siempre dispuesto a cumplir con el deber y la lealtad a la patria por la que estuvo siempre presto a ofrendarse en beneficio de la colectividad.

Pero para fortuna de los panameños, este país se formó bajo su conducción basada en la claridad de hacer lo correcto, en su habilidad para aprovechar las oportunidades, en su pericia e intelecto para unir en una sola idea a personas de diferente visión.

Este hombre humilde, ecuánime, amante de la paz y del bien común, en el cual nadie vio un enemigo, debe ser ejemplo para esta y todas las generaciones de panameños, como modelo de desprendimiento, de respeto al prójimo, honestidad, civismo, y liderazgo que se requieren para el desarrollo de una nación.


Referencias bibliográficas

Arango, José Agustín (1922). Datos para la historia de la independencia del Istmo, proclamada el 3 de noviembre de 1903. Panamá: Talleres Gráficos de El Tiempo.

Garay, N. (1964, marzo). “Don José Agustín Arango”, en Lotería. 1a. época, vol. 1, no. 5. Panamá: Lotería Nacional de Beneficencia.

Garrigó, Roque E. (1929). Historia documentada de la conspiración de los soles y rayos de Bolívar. Academia de la Historia de Cuba, La Habana: Imprenta “El Siglo xx”. Vol. 1 y 2. Recuperado de dloc.com/ UF00075420.

Sosa, Julio B. (1948). José Agustín Arango, Su vida y su obra. Panamá: Ferguson & Ferguson.

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