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    Roberto Iván Cedeño Martínez

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Juan Manuel Cedeño

by: Roberto Iván Cedeño Martínez

Es nuestro Pintor de la Nacionalidad. Su excelencia pictórica y maestría en el dibujo están refrendadas por los numerosos premios, reconocimientos y condecoraciones otorgados por gobiernos, fundaciones, prestigiosas instituciones y empresas en los ámbitos nacional e internacional.

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Panameño nacido en marzo de 1943. Egresado de la Universidad de Panamá, ha ejercido 45 años como especialista en Medicina Interna y Enfermedades del Trópico en instituciones hospitalarias de ciudad de Panamá y el interior, y como profesor ad honorem. Músico y compositor; guitarrista y percusionista. Hijo y “forzoso alumno” en vida y arte del insigne Juan Manuel Cedeño, reconoce en sí, también, talento en la pintura. Ha participado en producciones ganadoras de premios Grammy con su entrañable amigo Rubén Blades, así como en la parte organizativa de sus proyectos políticos. Narra sus vidas en común en Blades, La calle del autor (1992).
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Overview

Juan Manuel Cedeño: La vida en el arte

I

Placenta y semblanzas

Fueron diecisiete partos los de aquella señora de pequeña talla y de asombrosa fertilidad. Su capacidad criadora semejaba a la sombra de las enramadas donde crecen las granadinas. A finales del siglo en el que ya habían muerto Napoleón, Bolívar, y luego el apóstol Martí, caía en Dos Ríos, en la manigua cubana, la señora Josefa Henríquez de Cedeño: paría y paría —de veras— una pléyade de chicuelos que conformaban un racimo de frutos de todo tamaño. En el seno bullanguero de esta familia los mayores ya podían ser padres y madres de crianza de los últimos. Fueron vástagos traviesos, llorones, conducidos y manejados entre risas, correteos, regaños, admoniciones y uno que otro irremediable “chinchorrazo”, dentro de lo que aún persiste y se sostiene como ese caserón solariego con anclaje de cedro, portal con pilotes para amarre de las bestias y pequeño establo con aljibe para paliar la sed de los caballos. En días difíciles —se dice que fueron mil días—, en terruños como Azuero, en los que poca alegría y menos fe se habían abrigado para celebrar el advenimiento de un nuevo siglo xx, el joven don Celio Cedeño Palma recibió a Victoriano Lorenzo en el amplio portal de esa casa de recuerdos. La tarde era lluviosa y el Cholo Lorenzo llegó al mando de unos quince hombres armados y cintillos rojo-liberal en los empapados sombreros.

“¿Crecerá bien el maíz este año, Celio?… Monta y nos vamos”. Los todavía imberbes, jóvenes Cedeño Henríquez se preguntaron solo con miradas… “¿volverá papá?”, a la vez observaban la creciente redondez de otra tripa fecunda en su madre quien, sobándosela, de pie y recostada en el dintel del portón oteaba la partida de aquel cortejo armado y a la vez reflejado en la incertidumbre de los charcos vespertinos. Ojalá esté de vuelta por lo menos para el bautizo. La iglesia de San Atanasio fue construida en La Villa de Los Santos por los españoles, dos siglos antes, cuando se asentaron en esos agrestes parajes a la conquista de indios cuevas, colonizando, haciendo trueque con baratijas en sus insistentes correrías por el oro y acompañados con la espada y la cruz.

El varias veces centenario templo mira hacia el norte, de acuerdo con la clásica demarcación colonial en la cual se reserva a iglesias o basílicas un lado prominente de uno de los del trazado cuadrilátero riguroso y esencial… y la plaza en su centro. Sus primeros niños fueron bautizados allí, a pocos metros de esa primera casita de caña blanca y quincha donde moraron el joven Celio y su mujer, ahí en Macaraquita, pequeño vecindario aledaño a la calle Abajo, que se distinguía como un polícromo sector de tenderos y artesanos. Comunidad popular de jarana, tambor y bochinche al ancestral estilo andaluz, y habitado por una mediana población de no más de seiscientas almas en aquella época. El cementerio se situaba en los predios traseros del sector, mirando hacia el sur, así que las misas, los bautizos y matrimonios se realizaban hacia el norte, y los sepelios, con respectivos llantos y rezos, hacia el sur de aquella pintoresca comunidad. En la pila bautismal de aquel y actual monumento histórico fueron remojadas las pequeñas testas de los Cedeño Henríquez. Conforme a la entrega en manuscrito de las actas bautismales y el pago del servicio sacerdotal, los festejos de celebración de esa prole eran tan frecuentes que familiares y amistades confundían fechas y nombres… o tan solo preguntaban: “¿a quién fue que bautizaron este año, niña?”.

Pero don Celio sí regresó, no solo al bautizo de la última, o último en esos igualmente últimos meses de 1904, luego de desgarros familiares, pestilencias de guerra y en momentos en que liberales y conservadores convinieron a regañadientes y resentidos remordimientos hacer “la paz” para poder tener república. Para continuar haciendo familia, el joven liberal retornó de montes y trincheras, y del horror de lo que para él había sido el Sitio de Aguadulce donde, luego de la arremetida final, encendieron pilas de cadáveres con aceite negro que despedía acres columnas de un zumo cadaverino y una fetidez dulzona. En efecto, luego de su retorno la pareja engendró otros niñitos recibidos a luz de candil y entregados por confiables comadronas sudorosas, de rosario al cuello, y luego criados a la mecida de hamaca, entre el olor del calostro materno, perfume de jazmines del cabo y agua de maravilla, mezclado con el de los mangos maduros y el zumbido de los zánganos alrededor de las cabezas de plátano colgados con ganchos en la lima del caserón.

***

El 28 de diciembre de 1914, unos meses luego de que Woodrow Wilson enviase una señal electrónica desde la Casa Blanca y se inaugurara el canal de Panamá, nace el último de los varones. También en aquellos días se supo, por telégrafo y por recortes del Star and Herald enviados por vía marítima al puerto de Aguadulce, acerca de la entronización de otra guerra en Europa. Este se llamará Juan Manuel. Nació el día de los santos inocentes… así que algunos se preguntaron si era verdad o “inocente mariposa” si doña Josefa había parido esa madrugada. Pero sí era cierto; había dado a luz ese varoncito quien, luego de la pérdida de un embarazo gemelar, se convertía en el benjamín de nueve varones y seis hembras de ese virtual colegio doméstico situado en el centro de ese villorrio heroico que fue La Villa de Los Santos.

Creció en la amplitud de sus espacios y al cobijo de sus sombras. Dormía con su madre, ya cercana a cumplir las cuatro décadas, en la misma cama donde se asomó por primera vez al mundo. Esa larga habitación dividida en dos para el albergue de las jóvenes hermanas, algunas ya muchachonas en edad fértil. Así que fue el bebé criado entre madurez de madre e instinto púber de hermanas que se disputaban a la criatura para prodigarle ternezas y dulzuras. Separada de sus hermanas por los también amplios cuarteles de la adusta sala familiar colgada de grises retratos y el comedor se encuentra el ala y dormitorio de los varones, contigua y trasera a un pequeño y sobrio pero cómodo despacho que da frente a la calle. Desde allí, don Celio atendía como empírico jurisconsulto, lo concerniente a querellas, tanto de tenencias de tierra, alambradas y ganado, al igual que con sobrio ceño dirimía intimidades de delicados asuntos conyugales y conflictos de oscuros orígenes entre familias: “siempre hay una carreta o un par de caballos allá afuera y una voz que solicita…”.

¡Buenas! ¿Está don Celio?

Juan Manuel —el niño Juanma— da sus primeros pasos en ese despacho con pisapapeles y daguerrotipos, y un siempre presente caballete al sostén de una silla de montar y protegido del portal por una rejilla, a la vista de los pasantes que dan sus cumplidos al vivaz niño y al orgulloso y digno padre. Los varones son criados en la templanza de la forzosa equidad, del deber y la solidaridad fraterna; son duchos en el clarísimo concepto de la división del trabajo y cumplimiento de responsabilidades, que incluyen desde llevar las yeguas de vuelta al potrero, desmontar tejas y localizar goteras, hasta la irrenunciable protección de sus hermanas y su honra. Se van perfilando como “varones de bien” en esa comunidad que puntual y celosamente le otorga quilates a los hijos varones levantados en senos familiares con honor y gallardía propia de patriarcas locales.

Existe entre familias una competencia sana —mas no ingenua— por la superación, pero que, tal vez, airosa se empina sobre envidias y resentimientos políticos. Porque, se es o conservador o liberal en un medio provinciano donde apenas comienzan a perfilarse tendencias moderadas con una u otra afinidad, éstas que luego irrumpen en el escenario electoral con figuras que le dan nombre propio a los partidos e intenciones: porristas, panchistas, dominguistas. Que de ello también depende, de manera todavía más conspicua en esos territorios de cacicazgos y gamonales, el nexo e influencia para obtener desde posiciones en cargos públicos a medida de que el joven Estado se va organizando, hasta el empujoncito para obtener un puesto asalariado con el gobierno, o bien, una plaza de estudio en el Instituto Nacional de la ciudad de Panamá. Se identifican con la política y la irremediable distinción de “clase” hasta en los cantos y estribillos de fiesta y tambor; ya sea en los vibrantes redondeles adornados de vistosas polleras y destellos luminosos de carburo —en la “calle Arriba”—, de los conservadores y su consabida actitud provinciano-burguesa, arribista y excluyente, como en aquel cercano baile —unas cuadras más allá— de “mojigangas” y golpe atravesa’o de tambor, con rima de socarrona burla y aguardiente de la calle Abajo, gente más trigueña y morena, siempre está identificada con lo popular, vivaracho, talentoso y liberal.

“…Ajé, moreno, los santeños no se corren”

Nos contaba Juan Manuel que durante los primeros años de su niñez, en la segunda década del siglo xx, sus recuerdos danzaban entre las imágenes que en su tierna mente producían los relatos de lo que se sabía de la guerra. ¿Cómo sería la nieve?; ¿cómo sería la nieve blanca teñida de sangre? ¿Y los lodazales llenos de osamentas de caballos y unos pajarones llamados cuervos haciendo festín? Eran buenos sus tíos y hermanos mayores haciendo cuentos… no había cine ni televisión, amén de pocas fotos. Pero sí había libros impresos y estampados con estupendas ilustraciones en un mundo donde todavía los tintes y separación de colores para impresión era toda una complicada empresa. Dante, su infierno, la Divina Comedia y las dramáticas figuras humanas de las ilustraciones y gráficas constituyeron para el pequeño las primeras imágenes que le estimularon a tomar lápices de sus hermanas cedidos con amor y curiosidad por la precoz inclinación del hermanito. No obstante, ya en la familia era conocido su germen de talento innato.

El niño rayaba en papel de manila o cebolla figuras de caballos y perros del vecindario ladrando con hocicos abiertos… o el vuelo de una paloma furtiva en el patio, o un racimo de mangos de calidad para ofrecerlo en la cocina a su ocupada madre olorosa a leña de mangle y café recolado. A escasa edad de cuatro a seis años, hasta sus desprevenidos hermanos mayores notaban que Juanma era un niño especial. Se distinguía con singular aptitud en su banquita de la escuela primaria donde, absorto en su pueril labor, garabateaba figuras ante miradas de asombro y pequeñas envidias. Julio, el mayor de sus hermanos, fungía como director de esa escuelita que, ventajosamente, estaba situada a un costado de la casa grande. Los mediodías lo conducían sus hermanos, “aguachinche”, de vuelta a casa a almorzar protegiendo sus zapatitos de los aguaceros y lodazales de mayo. La siesta en la tarde húmeda y el arrumaco de madre en la hamaca. Con un brazo sosteniéndolo en su regazo. Con la otra, empuñando el frágil legajo de papeles rayados que le trajo su pequeño Juanma de la escuelita. Están saturados en cada espacio aprovechable por caballitos, perros, frutos y rostros sonriendo con ojos grandes. Ella los mira con ternura y también su rostro sonríe de satisfacción. Cuando su hermano Pedro V., tercero de los mayores, obtuvo la vía factible de irse a la ciudad, hubo conmoción en la casa. Era como si un hijo, un hermano en la actualidad decidiese ir a vivir a San Petersburgo, o tal vez a Sidney, Australia. Pero la suerte estaba echada y Pedro se fue como avanzada familiar de lo que luego se convertiría en la histórica y conocida estampida que constituyó esa diáspora provinciana de aspiraciones… y también de pretensiones.

“¡Ah, santeño, que te fuiste…!”.

Se viajaba a la capital con aires de importancia, corbata rayada y sombrero de fieltro. Algunos se irían a probar suerte en ese río revuelto de temperamento urbano e ímpetu venéreo de mediados de la década de 1920. Un Panama Canal que funcionaba bajo la égida de una potencia que cada vez más se armaba y expandía. Otros iban bien recomendados, lo que le hizo afincarse en posiciones laborales y comerciales de relieve con cierta ventaja y fluidez, sin desmedro de su afable pero firme carácter, y aderezado con la fineza de su conocida y singular caballerosidad.

***

El mejor presente para ese muchachito Juanma llegó con la alegría familiar de volver a ver al exitoso y capitalino hermano Pedro retornar de vacaciones a La Villa. Luego de repartidos para madre, padre y hermanos, desde libros y panfletos, cigarrillos, camándulas con chapitas plateadas, peinetillas, abanicos españoles, un tiple ecuatoriano, y una que otra conserva enlatada como apetecida rareza del creciente mundo industrial, Pedro Vidal saca de la maleta un paquete que abre ante la mirada impaciente del pequeño. De su interior surge un arco iris colorido de tizas y crayones que hacen resplandecer el rostro boquiabierto del pequeño artista. Desde ese día no hubo un solo ni apartado rincón de la casa que no amaneciera con las más variadas expresiones de la febril creatividad del muchachito. Hasta hacía que los demás le apartasen muebles y enseres para aprovechar espacios del piso y paredes al pie de los que se sentaba con su caja de colores a su lado y que celosamente cuidaba y guardaba como el tesoro del Dabaibe o la caja de la Pandora más prolijamente creativa en expresividad, constancia y asombros.

¡Entonces sí!, ¡cabezas con sombrero, caballos pero con hombres en montura, pavos reales de expandidas y vistosas colas, el río La Villa con iguanas posadas en las cercanas ramas de los guarumos y un par de lagartones amenazantes en la ribera! ¡Qué niño este!… ¡Pasen para que vean lo que pintó Juanma en la pared del cuarto de Virginia! Una madrugada, luego de una hemoptisis masiva, muere la mayor de sus hermanas. Virginia dejó —cual legado de sus insomnios— envueltos en su paño y dentro de su misal los pequeños anillos de un malogrado compromiso y tarjetitas de santos con dedicatorias en el dorso. “Te amo, Virginia. Te quiero bien”. Sus hermanas guardaron, al sonido gutural de llantos matutinos, esos recuerdos como los referentes más auténticos del amor. Los colocaron solemnemente a los pies del Cristo del altarcillo hogareño repleto de imágenes de santos, medallas, promesas y a la mortecina luz de cirios con sus llamas que proyectaban las sombras cimbreantes de íconos santos magnificados sobre las paredes de cal. El mediodía y la tarde sorprendieron a un inocente muchachito, que observaba en el patio, cómo la brisa del seco estío mecía las faldas y blusas de sus hermanas tendidas en las pitas de manila. Ellas tiñeron de negro sus ropas para los siguientes y sombríos meses de duelo, porque no hubo hasta entonces un luto tan doloroso en la familia; ni el niño artista había conocido hasta entonces una casa tan invadida por el silencio.

II

Hay que irse, hay que estudiar

En esos años de adolescencia y el vigor de una anatomía forjada en los huertos apretados de dulce caña de morados matices y jugosas sandías regadas a punta de pesados latones de agua cargada en hombros desde la ribera cristalina y cascajosa del río La Villa, y bajo solazos de verano que bronceaban tanto pieles como almas, crecía este espigado y ágil joven que se destacaba en los vespertinos juegos escolares de baloncesto con sus fraternales compañeros, los Fadul, los Fonseca, los Grimaldo…. “¡Un buen tiro de tu zurda, Juanma! ¡Encesta!”. Natura lo zurdeó en su selección cerebral de hemisferio. Su madre y hermanas, al notar durante su niñez el inicial pero evidentemente dominante uso de su mano izquierda, se empecinaron en hacerlo —de todas maneras a su alcance— un “derecho”. Le ataban la siniestra a la cintura con cordeles; desviaban su atención cuando señalaba lo que quería con la zurda; le cambiaban de mano la cuchara al comer y demás necias artimañas.

El padre, Celio, al verlas en esa insistencia las reprendió: “Dejen a Juan Manuel que use la que le dé la gana, carajo, que para algo bueno le ha de servir”. Era pues, el zurdito de oro. Apuesto, atlético, artista, y aprendiz de galanterías; del amor, sus cuitas y conquistas juveniles con aquellos mensajes silentes en miradas furtivas o tremor de labio húmedo y pieles erizadas por hormonas que van arrollando, y noches con silbidos de complicidad, o de convocatoria entre amigos para contarse las cosas de hembras en dizque confidencial acuerdo. Con la zurda aprendió a tocar guitarra desde muchacho con los primos Plicet y a acompañar pasillos colombianos cantados a dúos y tríos con voces de cristal y miel de sus hermanas, entre ellas Carmen, la mejor dotada de fina voz. Aprendió a charrasquear vigorosamente estribillos de tamboritos de tradición santeña a la vez que percutía la caja del viejo instrumento familiar para sacar el golpe rítmico de manera ingeniosamente precisa.

La escuelita primaria se quedó chica. Y los patios de vecindario limitados entre sí por espinosas veraneras y frondosos tamarindos empequeñecieron sus espacios al andar de la adolescencia y la alargada de sus pasos. Los juegos de bola y volar de cometas y panderos en las colinas de los huertos fueron reemplazados por campos de juego y deportes en los que las endorfinas fluían a raudales y al estímulo del esfuerzo del músculo en íntima y precisa coordinación con el cerebro que exigía lo mejor. Y lo mejor para Juanma, de dieciséis años de edad, que lo había visto en los eventualísimos cortos que proyectaba en sus pathés el aún primitivo cinematógrafo, era ese salto proyectado con una elástica pértiga de bambú. La garrocha se convirtió para él en un obsesivo deseo de volar a tantos pies de altura sosteniendo y disfrutando, en ese vilo, valiosos segundos de corrientazo adrenérgico; luego, la caída en armoniosa contorsión corpórea hasta el acolchado aserrín que habían acumulado con denuedo y que estos aprendices olímpicos obtenían en los aserríos o en la cercana ebanistería de Malele, el carpintero. Allí también Juanma comenzó a proveerse de los toscos bastidores para fijar los lienzos que, en un principio, consistían de valiosos retazos de lona cruda o manta sucia rociada de trementina y aceite de linaza. Los rostros fueron esbozándose con lápiz o carboncillo y luego apareciendo, ya sea con gracilidad o carácter, al ritmo de su mano zurda y certeras pinceladas con pigmentos conseguidos con esfuerzo y que expresaban rasgos y matices de indiscutible autenticidad fisonómica: Julia Quinzada, su madrina, o doña Ludovina, Cornelio y Uto; tía Cre y tío Varo, las serenas fisonomías de sus hermanas, hermanos y amigos; y el de su madre, doña Josefa. La figura humana en la molienda, en los fangosos surcos sembrando; paleando sal en las soleadas y desérticas albinas junto al mar. “Juanmanuel, mira que te estoy consiguiendo un cupo con beca para el Instituto Nacional de Panamá. Ya nuestros hermanos, Camilo, Guillermo, Nemesio, Virgilio el fotógrafo, Claudio, Helena y Carmen están colocados en la ciudad. Ve arreglándote para que te vayas en el próximo abril”.

***

El neoclásico edificio se había construido desde 1909 para dar albergue al siempre glorioso instituto. Su arquitecto fue el prestigioso Genaro Ruggieri. Sendas esfinges vigilantes de bronce, especialmente traídas de Italia, flanqueaban las escalinatas de entrada a su regio vestíbulo y a un costado de él, una placa con la sentencia inapelable de Emerson:

Solo los que construyen sobre ideas, construyen para la eternidad

Allí en sus aulas rodeadas de frondas de caobos y laureles estudiaron aquellos tantos que se convertirían en las futuras “cariátides de bronce de nuestra nación”, y el joven Juan Manuel, artista y deportista no cejó en su afán de hacerse notar entre la muchachada. Aunque algo de dificultad le causasen el álgebra o el cálculo matemático (mas no así la geometría en la que tenía un práctico y natural desenvolvimiento), fue cimentando su recia personalidad acompañada de un firme propósito en aquello de ir abandonando el dejo interiorano y delator del provinciano origen. En la amplitud de sus gimnasios y campos de juego perfeccionó la técnica del salto con pértiga que años más tarde le valiera un puesto de honor en los vistosos y concurridos Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1938. Me contaba en tertulias alusivas que, si hubiese contado en esos tiempos con garrochas de fiber-glass y hasta las sofisticadas aleaciones de titanio, carbón y grafito como las actuales, pues, ¡todavía él estaría planeando en las alturas cómo aterrizar en China luego de un salto! A lo que seguía una inolvidable y pícara risa que tanto le disfruté. No obstante, la cristalización de su anhelo por la plástica se le acercó en el Instituto. Las clases de Educación Artística constituyeron para él un reforzado acicate con el acceso a los materiales, modelos y una enseñanza formal que trasmitía valiosos cimientos. Se sintió como pez en el agua.

III

La academia

Una cosa es lo respectivo al natural talento y la nata vocación. La sueltas, libre, sola y frenéticamente creativa, desinhibida y sin amarre alguno al asidero y fiel referente de la norma y la academia y tal vez… ¡bueno!, te saldrán y producirás cosas de toda índole. Algunas geniales, otras mediocres y algunas que —desde el punto de vista estético— quedarán muy a la zaga del valor artístico, o hasta desechadas allá en el fardo silente de la intrascendencia… “¡Ah!”, decía, “¡qué cosas del arte y los artistas! ¡Hay que aprender con fundamento lógico, académico; aprender de otros lo mejor a través de siglos de enseñanza que no se pueden jamás tirar por la borda como incómodo lastre para permitirse temeridades; hay que continuar defendiendo los valores estéticos y el riguroso, elemental balance entre ‘cualquier cosa’ versus la creatividad cimentada en perspectivas, proporciones, puntos de fuga, luz, sombra, color!”. A Francisco Vallarín, artista y profesor colombiano que llegó al Istmo, también en el filo del xix al xx a enseñar estas cosas y a refrendar la augusta presencia docente del maestro y paisano radicado en Panamá, don Epifanio Garay, le tocó ser el trasmisor de conceptos y guía en la praxis artística de Juan Manuel Cedeño Henríquez. Lo conoció como alumno regular durante esas jornadas institutoras de inagotable y febril actividad.

Muy atento al singular desenvolvimiento de este muchacho, sus gráficos aciertos en el estudio de la figura humana y el rostro lo condujeron a probar a su pupilo con modelos vivos y al desnudo. Los resultados fueron contundentes desde el inicio; a tal punto que Vallarín le otorgó una distinción, previa consulta con sus preceptores, con un cupo de oyente en la Academia de Pintura, donde las más altas cifras en las artes plásticas de la época ejercían su don de enseñanza, conducción y mando desde el más prestigioso nivel. Entre ellos se contaban don Roberto Lewis y Humberto Ivaldi.

Al presentárselo exclamó con seguridad premonitoria: “don Roberto e Ivaldi: aquí les traigo a una promesa nacional…”.

***

Cedeño se va distinguiendo entre el alumnado de esa academia al igual que él mismo va percibiendo un gran respeto y admiración por sus preceptores. La guía de don Roberto e Ivaldi constituyen para el novel artista un tesoro inapreciable. No obstante, al cabo de unos dos años de entrenamiento, la Academia de Pintura clausura actividades. Más por razones políticas y de asistencia presupuestaria, como bien se describe en los registros históricos del arte panameño. Don Roberto Lewis, titán de la plástica con su obra emérita que prestigia valores imperecederos plasmados en el vestíbulo y plafón del regio y distinguido Teatro Nacional, al igual que su exquisita y enjundiosa ejecutoria en la Presidencia de la República una tarde reúne a docentes y alumnado para una despedida ya final de la academia. De manera gradual, en los últimos meses, habíase estado desmantelando ese activo y motivado emporio del arte en el Istmo. Ivaldi enfermó y poco a poco su ánimo y dedicación mermó pese a que no dejó de pintar creativamente para sí mismo, familia y amistades. “Alumno Cedeño”, le dice don Roberto en un aparte.

“Mantente firme en la dedicación y que no te hagan desmayar limitaciones, necesidades… ni te enredes demasiado entre faldas ni adulaciones. Pronto tendrás ofertas para seguir perfeccionando un talento que, lo peor que le puede ocurrir es lo que le podría ocurrir a un niño que crece sin amor y atención… está atento y siempre dispuesto a avanzar”. El diploma de finalización de estudios en el Instituto Nacional lo acreditó en 1932 como instructor de enseñanza primaria y de dibujo artístico. Para la familia y sus hermanos era uno más de varios diplomas compartidos en el esfuerzo y la solidaridad responsable del compromiso por estudiar y labrarse un futuro digno. Y dignidad en aquella época se identificaba forzosamente con trabajo. El trabajo dignifica. Igualmente retribuye en bienes y te califica para la consecución de pareja y futura descendencia a la manera tradicional. De tal suerte que el recién egresado sintió la necesidad de responder al clásico deber de laborar una vez te recibes o completas un entrenamiento.

En la ciudad no hay plazas disponibles ni fáciles de obtener. En las provincias puede ser menos difícil y se precisa de más docentes. Y en cuál mejor y más que mi provincia, Los Santos. Arribar nuevamente a La Villa de Los Santos producía una mágica y amalgamada sensación de regocijo y soledad. El silencio nocturno de sus calles y veredas solo amenizado monótonamente por los cánticos de ranas y chicharras a la luz de mortecinas lámparas de queroseno y, como lujo, una que otra bombilla eléctrica cuyos primeros postes de alumbrado partían desde la casa que albergaba la telegrafía cercana a la plaza. Recogerse a tempranas horas, no más allá de las ocho, quizás nueve para los mayores a quienes aguarda una madrugada que inicia labores amolando machetes y ensillando caballos. Tan distinto a la vida en la ciudad y a la del internado institutor de estimulante, grata camaradería y sus paseos con visitas a casas de amistades y de alumnas normalistas con chaperonas vigilantes e insomnes.

Pero estaba allí, nuevamente en el seno de una familia ya reducida numéricamente por la previa emigración de hermanos y otros cercanos familiares. Irse a intentar nuevos destinos; procurar avance económico, social y cultural. La mayoría de sus hermanos mayores tenían como clara consigna irse, porque el campo, el interior, “a la larga te ponen bruto y con la pata grande”, decían. Los vientos políticos arreciaban con barruntos y tronadas que, al igual que en otras latitudes de esta, nuestra América de Rodó y Madero, hacían su eclosión en fraudes electorales, componendas, golpes, destituciones y hasta trágicas deposiciones. En enero de 1931 fue depuesto Florencio Harmodio Arosemena en una asonada comandada por un primo suyo que luego se convertiría en uno de los adalides políticos de la —desde entonces— convulsa nación que vanamente trataba de hacer pinitos democráticos a paciencia y vigilancia de pretores asignados por el Departamento de Estado de Estados Unidos. La situación produjo aún mayor irregularidad en la proverbialmente desmadejada administración de la educación.

El resignado joven artista no tuvo otra opción que la de ejercer su grado de maestro en una aún más apartada región de su provincia. En un lejano corregimiento de la provincia de Los Santos, La Colorada, toca irse a enseñar a niños de primaria, al pintor de cuerpo, mente y comprobado artista de sensibilidad psicoafectiva. Luego de una polvorienta jornada a caballo y una emotiva despedida de papá, don Celio, otra soledad más aplastante aún invade al artista que ve, en lontananza y poco a poco, reducirse la silenciosa figura a caballo de su padre mientras siente enrojecidos los ojos… —tal vez ha sido el polvo del camino, los hombres no lloran.

En La Colorada de Los Santos los goznes de las desvencijadas hojas del portón de la casa albergue del maestro Juanma marcan ritmo sincopado con el rechinar de los hicos y ganchos de la hamaca. Va concluyendo enero de aquel año de exilio montaraz y la brisa de los alisios se convierten a ratos en ventoleras que levantan los tierreros y secan el maíz. Con una pequeña vara de palo de “huesito” se impulsa al vaivén acompasado, apoyándola desde la hamaca al suelo compacto y rojizo. En su reposo de mediodía le da valor final a sus cavilaciones. Concluye el año escolar y hay que tomar camino, no decisiones, que ya estas se asumieron con determinación desde hace semanas. Tira con un pellizco de su zurda la colilla del Chesterfield, y se incorpora en un respingo para reunir sus pertenencias esbozando una mezcla de preocupada satisfacción en el rostro. No habrá tiempo, ni será tan imprescindible el despedirse. Será esta tarde —simple y llanamente— irse de La Colorada como si se alejase precautoriamente de un inminente bombardeo aéreo. Viajaré en el caballo de Simón Elías de noche a la luz de la luna llena, y llegaré a La Villa en la madrugada. Y sé que allí tampoco me quedaré mucho. Hay un destino que espera por mí y no lo voy a defraudar.

IV

Panamá, ciudad y andanzas

El barrio de San Felipe en la ciudad de Panamá llega hasta la iglesia de la Merced y la otrora puerta de Tierra como baluarte divisorio encajado en las murallas de la Casa Boyacá. Una garita con un par de soldados armados custodiaron el paso obligado de los citadinos de uno a otro lado varias décadas luego de la emancipación de España y anexión a la Gran Colombia. El otro lado es y era el aquel histórico Santa Ana y que constituía la polícroma comunidad de “los de afuera”, los de afuera del portón que se cerraba en las noches y cuya clausura hasta el amanecer intentaba garantizar a los predios y honorables habitantes “de adentro”, de gente bien y calles interiores (con casi una decena de iglesias con sendos nombres de santos, templos, logias, claustros, seminarios, colegios) la frágil paz y seguridad: mantener —efectivamente— una especie de descontaminación social y peligrosidad política, amén de vigilante valla étnica y de malas costumbres.

El piso con amplio balcón que ocupó por alrededor de una década la familia de hermanos santeños estaba allí, bien situado en ese vecindario que incluía un cercano y bullicioso mercado público, barberías, zapaterías, librerías, botica, escuela vocacional, oficinas y despachos públicos, incluida la Policía Secreta. Cuando por los años de 1934 a 1935 el recién y nuevamente llegado a la capital Juan Manuel se estableció en esas localidades de la ciudad con su familia ya previamente afincada, no dejó de sentirse orgullosamente asimilado por una sociedad capitalina “de adentro”, donde todos se conocían. Familia a la que correspondía una ubicación social entre la de sus homólogos, jóvenes de honrosa, pujante y digna clase media y profesional. Comenzó a pagarse sus gacetas, revistas artísticas, pinceles, pigmentos y sus cigarrillos con un sueldo ganado como chofer y repartidor de ropa limpia de “La Nacional”, lavandería que regentaban dos de sus hermanos mayores Nemesio y Camilo.

Laboraba al timón de una chivita Ford, vehículo y ruedas que le pondrían velocidad, tanto a la pujanza del trabajo, como a la intensidad de sus correrías de joven y galante conquistador. Su mentor principal continuó siendo el maestro Ivaldi. Con él no solo se entrenó en los aspectos más juiciosos —a la vez que conducentes al ensayo— de las aplicaciones del color, sus armonías y sus variantes puesto que, igual de intrépido se fue perfilando en el ensayo de contrastes innovadores de inocultable y llamativo efecto. La deseada aplicación de la pasta —como lo eran las mezclas logradas por el estadounidense John Singer Sargent, quien al efectuarlo con espátula o brocha recta ejercía en una sola mano un magistral efecto de textura tridimensional sobre el plano— lograba matices y firmes relieves de heterogeneidad envidiable. Y qué decir de la admiración por Joaquín Sorolla, el valenciano mago de la luz, y su vasta creatividad de motivos costumbristas y prodigiosamente iluminados en sus caletas, redes, barcas, cuerpos y expresivos rostros captados en los soles y sombras de su España con genialidad inigualable. Todos enseñaban y estimulaban a la emulación.

Pero, sin dudas, con el maestro Ivaldi se inició en el artista la necesaria y selectiva decantación de su ya acendrado acervo hacia la interpretación pictórica de la realidad; una preferencia en tendencias y estilos que fue expresándose fundamentalmente en motivos alegóricos, como los reverenciados en su maestro Lewis; al igual que en los de representación escénica con proyección clásica en la línea y formalidad anatómica de academia. Las figuras y figuraciones acumuladas en sus vivencias, paisajes y escenarios naturales de la campiña y sus personajes se convirtieron poco a poco en motivos de íntima preferencia. También los ángulos más atractivos y expresivos de la ciudad, callejas y sus humanos caracteres y habitantes fueron llevados al dibujo y al lienzo con una intensidad y presencia poco común. De ese período son especialmente significativas sus obras Sollozos, premiada en el Concurso de Bellas Artes de 1938 a razón de los Juegos Olímpicos; Retrato de mi Madre al igual que un valioso y fiel Autorretrato; Estampa de molienda, “Sacando arena”, y también de la época una monumental efigie elaborada en sepia del entonces candidato presidencial don Ricardo J. Alfaro en 1940.

Este último le costó un represivo sablazo en la frente durante la manifestación política en su apoyo en el parque de Santa Ana. Son ellos ejemplos de las que —ciertamente para dicho período— constituyen un valioso y fiel legado como testigos de la excelente obra de Cedeño. ¿Por qué no afirmarlo? Se perfilaba —desde entonces— su posterior y justificablemente ganado título de “El pintor de la nacionalidad”. Es oportuno consignar que en esos años —habida cuenta del modernismo que siguió a la pléyade de los impresionistas, continuada por el arte de expresión surrealista, hasta los retos de lo abstracto y la provocativa vanguardia representada en los movimientos liderados por Warhol, Pollock, Picasso, Matisse, Klimt— nuestro Cedeño se mantuviese más atento y fiel a la academia. Sin embargo, es posible que, desde entonces, a Cedeño le atrajese la variación de línea y color lograda en un semicubismo que observó con mucho interés en el ejercicio pictórico de algunos contemporáneos tanto en Europa como en América. Muy llamativa la técnica realizada al distribuir en áreas cromáticas y geométricamente bien delimitadas estas magníficas degradaciones y contrastes que dejaban a la visual del observador el derecho de jugar con la precepción a libre cerebro y asignar forma, fondo y movimiento, asumida por cada particularidad de condición anímica. Comenzó a admirar la obra de los muralistas y su arrollador efecto del drama sociopolítico mexicano igual que el de toda la América hispánica.

El período concluye con la confección de una de las obras más significativas de la época. Al producirse un concurso para plasmar en el lienzo el histórico evento del bautizo de la bandera panameña. Fueron convocados los más connotados actores en la plástica del país, entre ellos Ivaldi y Cedeño, siendo el primero ganador del estimulante y distinguido concurso. No obstante, las bellas piezas pictóricas de ambos, dedicadas a la patria para tan significativa ocasión constituyen —sin lugar a dudas— dos invaluables íconos del acervo museológico panameño, y que en la actualidad se admiran en los sitios asignados con singular y honrosa distinción. Juan Manuel Cedeño nos afirma que fue, sin duda, dicha confección la que lo calificó e hizo expedita la obtención de una beca para estudios académicos fuera del país. El maestro Roberto Lewis lo recomendó ante el gobierno de Juan Demóstenes Arosemena con todo positivo efecto, honrando así su anterior predicción acerca de su alumno, desde aquella primera vez que lo vio, decidido y con la zurda, tomar el carboncillo en la vieja Escuela de Pintura.

V

Pero antes de irse… amor, mujer, hijo

“Yo empecé a llorar cuando conocí a Juan Manuel”, me confió una vez su viuda.

Un silbido corta el silente espacio y el vuelo de una jabalina traza una imaginaria parábola que rápidamente se disipa en el cielo azul de febrero. Abajo, la sonrisa amplia y candorosa de la deportista y estudiante institutora se prolonga hasta la caída a tierra de su tiro de lanza, y una rápida y furtiva mirada al grupo de profesores y compañeras que la observan complacidos refuerza su estima y le da valor. Bella. Blanca. Alta en su alzada de ancestro español y facies de tersa y rosada delicadeza en su ternura de quinceañera. Sus pantaloncitos de deporte encierran, a la vez que muestran, los relieves de unas caderas propias de insomnio y esos mismos pantaloncitos concluyen en el fino ribete de una basta desde donde comienzan a asomar unos muslos nacarados, turgentes a la vez que lloviznados por el rocío del sudoroso esfuerzo a media mañana de clases de Educación Física. Juan Manuel asiste a los partidos de baloncesto que se realizan en el gimnasio de su alma máter.

Al parecer, así conoció Juan Manuel a Lidia Martínez Barahona siendo él ya un jovenazo de veintidós años. Ha debido ser durante alguno de sus posteriores y no infrecuentes avistamientos de muchachas y deportes en el Instituto, que para él sería siempre su añorado e irrenunciable plantel, en cuyo centro del campus se había construido el gimnasio desde donde se escuchaban los pitazos de foul sobre la vocinglería de los apasionados encuentros de baloncesto colegial. Guiños. Ojos que patrullan sin detenerse ni distraer atención a la figura de una niña-estudiante-deportista muy atractiva. Y luego la condescendencia de una ayuda cómplice que los presenta, cual caracteres de una obra dramática por iniciar. La joven procedía de una modesta familia interiorana, coterránea santeña. Los campos de Agua Buena, El Chumajal y Tres Quebradas habían sido las remotas placentas de sus anteriores generaciones y cuyas huestes sobrevivientes aún persisten allí, dispersos entre lodazales y potreros, viviendas que en la actualidad ya no son de quincha sino de bloque y cinc. Y están rodeadas de caminos de penetración y olor a diésel. Lidia María Martínez Barahona nació en la ciudad capital. Tercera de cinco hermanos y única mujer, la llamaron siempre “Mayi”, tal como si fuese una mamá chiquita que aprendió a asistir a su madre en la crianza, tender ropa, hacer mandados y llevar de la mano a los menores a la cercana escuelita de la calle Trece.

El noviazgo con Juan Manuel fue como una impetuosa confronta hormonal que se desarrolló entre plazas y callejuelas con obligados encuentros y puntuales goces de febril romance a la mortecina luz de los conocidos y favoritos rincones de enamorados. Una ciudad de Panamá que tenía tranvía, cuyo modesto recorrido concluía en el apacible y romántico lar contiguo y canalero de La Boca. De allí se tomaba el ferry Thatcher hasta la ribera oeste desde donde se disfrutaba la vista crepuscular y escarlata derramada hasta las cercanas islas taboganas; la pareja acompañada con el sabor de una refrescante chicha de tamarindo y aderezada con la dulzura de besos y proposiciones. Tuvieron un romance azaroso y no muy bendecido, más bien tolerado, por la familia Cedeño y sus celosas hermanas que pretendían —naturalmente— un enlace con altisonancia de apellido y posición para el prometedor artista y galán de muchas candidatas.

Sin embargo, en marzo de 1943 nace un varón al que bautizaron con el nombre de Roberto, en honor alusivo a su preceptor, don Roberto Lewis. Es él —por demás— hijo varón y único de la pareja. Ese mismo año el pintor es premiado por El bautizo de la bandera, insigne óleo que, sin lugar a dudas, le valió la obtención de una beca de estudios superiores de pintura en el Chicago Art Institute.

***

El ronronear de los pocos aviones comerciales que, para esas fechas de guerra mundial, hacían salidas y llegadas al aeródromo militar de Albrook Field en la Zona del Canal se confundía con los de las decenas de las naves de combate u otros pesados B-29 de abastecimiento del U.S. Air Force. Era aquel un Panamá plagado de bases estadounidenses a la vez que erizado de antenas, radares y cañones para fuego antiaéreo. Algunas noches se producían apagones, fueran programados o sorpresivos por parte del U.S. Army, en prevención de ataques de las naciones del “Eje”, sobre todo a las sensibles instalaciones del Canal.

Vestido de sharkskin y un oscuro abrigo, allí en la base aérea se despidió el artista camino a su nuevo destino en Chicago. Cuenta su esposa que una forzada sonrisa que ensayó al subir las escalinatas del Clipper cuatrimotor no concluyó y se le transfiguró en una dolorosa y conmovedora mueca. Que trató de comunicarse con ella y familiares desde La Habana, su primera escala y no le fue posible, de manera que, frustrado, le dio mejor por irse a parrandear a un cabaret cercano al hotel Nacional donde quedó exhausto de ron y de rumba.

“Uno, dos y tres… qué paso más chévere, ¡el de mi conga es!”

Está ya en Chicago. Su entrada a la gran ciudad se produce con gratas bienvenidas entre un alumnado polícromo y de diversas procedencias culturales, y un prestigioso cuerpo docente al que no le costó mucho tiempo en observar destreza y virtuosismo en el recién admitido estudiante panameño de veintiocho años de edad. Una repentina prueba al carboncillo del modelo en yeso de la cabeza de un David niño, y lograda en un magnífico escorzo y en una sola sesión, fue suficiente para que lo promovieran de inmediato al segundo nivel, y por supuesto, este hecho lo distinguió entre sus condiscípulos, aún más entre las mujeres, quienes tampoco tardaron mucho en invitarlo a sus lugares de intimidad u ofrecérsele de modelo.

Contaba que, al finalizar el primer año de curso, lo celebró entre un gran y alegre grupo. Al pasar la hora de expendio de bebidas en bares y los lugares de diversión aledaños a la academia, accedieron a continuar la jarana invitados por una joven estudiante judía en un local cercano perteneciente al negocio de sus padres. El “negocio” resultó ser una funeraria que ya de madrugada no arredró a los de la noche de ronda. En medio y alrededor de ataúdes (uno de ellos ocupado y esperando ceremonia de solemnidad al día siguiente) cantaron y bailaron al son de tangos y foxtrots que partían de un RCA Victor, aparato acostumbrado más bien a responsos y sollozos. Su vida de estudiante se tejió a la manera de un Chicagoan más, de tal suerte que contaba que hasta las complejidades de la urbe y problemas comunitarios no le eran ajenos; se involucraba en discusiones relativas a las diferencias sociales, raciales y de clase en medio de frecuentes confrontaciones de argumentos donde se afianzaba cada vez más su perfil en defensa de los derechos integrales del hombre y su rotundo rechazo al dominio de imperios y las amenazas del nazifascismo fanático y racista. Se reconoció, tal como zurdo con la mano, también como izquierdista en claras actitudes y su proyección como artista. Se diría que se fraguó sólidamente su identidad con la nación latinoamericana y sus soñadas reivindicaciones sin dar tregua ni marcha atrás.

Esto constituyó gran parte de la arcilla emocional de su obra. Cuatro años luego de intensa y fructífera formación académica, Juan M. Cedeño retorna a su país. Regresa satisfecho, ansioso por demostrar lo que ha alcanzado y respaldado por un certificado de estudios superiores en Artes Plásticas del Chicago Art Institute, y una condecoración de The Reinaissance Society, de la Universidad de Chicago, como estudiante distinguido. Pasados los alborozos y felicitaciones al calor familiar y los mimos prodigados a un niño que ya contaba con cinco años pero que, conocedor infantil de sus fotos y atento escucha de sus cartas, se le abalanzó de gozo —por tener papá— a su llegada al aeropuerto. Cedeño, desde entonces “el profesor Cedeño”, se dedicó a la producción de manera arrolladora y febril. Trajo desde Chicago los mejores pigmentos Grumbacher, paletas, caballetes, lentes, filtros de luz, brochas y pinceles a cuyos diestros trazos en papel poroso de acuarela y lienzo explotó, en una miríada de formas y colores, una nutrida y valiosa multitud de éxitos pictóricos. La galardonada obra Expresión de Cumbia es, de los años 49-50, una de las más renombradas en tema costumbrista.

Es singularmente notorio que, para el período, sus retratos al óleo demostraron una depuración en elaboración y legitimidad fisonómica magistral. Se encargó de la Escuela de Pintura de Bellas Artes desde 1950. A la vez que le correspondió por mérito, de allí en adelante (hasta entonces había sido don Roberto Lewis), elaborar los medallones presidenciales destinados a la galería del Salón Amarillo del Palacio de las Garzas. Los espectaculares óleos como los del propio Roberto Lewis sentado frente a su caballete, el de la erguida figura del primer rector universitario, Octavio Méndez Pereira, o el imponente de cuerpo entero de Carlos A. Mendoza son inconfundibles muestras de una virtud artística en el género del retrato de la que, se dice con justa razón, no ha quedado —en nuestros días— herencia que lo haya superado en Panamá luego de su desaparición. Al respecto, y luego de mucha autocrítica, escribió:

‘Retrato’ es una palabra castiza que viene del latín retractus. Sus derivados como ‘retratador’ o ‘retratista’ o ‘retratería’, que la define como ‘taller de fotógrafo’. Admitiendo estos términos, veo que ‘fotógrafo’ y ‘pintor retratista’ quedamos casi al mismo nivel y las finas diferencias entre rango y jerarquía (espacio-tiempo reales) que solo el talento y la inteligencia logran destacarlas. Esta es la razón por la que, con mucha frecuencia, existen obras en el género del retratismo que se tornan en pinturas admirables, y, por otra parte, existen trabajadores de la plástica venidos a retratistas y que solo quedan como pintores fotográficos. Vale la pena dejar sentado este fenómeno para establecer diferencias en los géneros de pinturas que se han desarrollado a través de toda la Historia del Arte Universal, y que actualmente se dan en nuestro país, a veces con mucha profusión o hasta confusión” […] “ Pero si el pintor retratista domina la técnica y ha adquirido plena conciencia del buen diseño con sus principios, módulos y elementos tradicionales que le convierten la herramienta en varita mágica para producir retratos —especialmente bien compuestos—, nos daremos cuenta que quienes los contemplan, cuando no son artistas o personas de especial sensibilidad, se confunden un tanto por no llegar a comprender las raíces de ese encanto que en ocasiones no tiene la propia Naturaleza.(1)

1. Fragmento de discurso, con motivo del montaje de una muestra de treinta y dos óleos en el vestíbulo principal del Banco Nacional —Casa matriz— en septiembre de 1984.

En efecto, es una virtud artística singular que distingue al creador como un “fisonomista”; el estudioso del rasgo y expresión gestual que denota integralmente en su momento: personalidad, actitud, afecto y sentido humano. Lenguaje corporal manifiesto en el porte y proyección de imagen dan, junto a la difícil captación expresiva de las manos, una semblanza que habla con quien observa, cuando se logra con maestría.

[…] Porque los retratos de Cedeño no se quedan en la superficie, en las apariencias, sino que penetran en el fondo en el carácter, en el alma de sus personajes. En ellos hay sangre, hay vida, hay pensamiento, con una intensidad que muchas veces supera los rasgos de las figuras. (Rodríguez, 1984).

VI

Hay que verlos… y admirarlos

El bautizo de la bandera, Expresión de cumbia, El grito de La Villa, La cosecha, Tambor y socavón, La codicia blanca, La plaza azul, Onda corta, Espina de plata, Vuelta a la Tierra, Siempre Santa Ana, Viernes Santo, Castellana y Castelaura, El niño sabatino, Pelotero de Azuero, La dama del velo, La molienda, Puerta de tierra, Ritmo de toletón, El paraguas azul, Miércoles de Ceniza,
Las Celestinas, Voy a mi gallo pinto, Arrabal con donaire, El Panamá neo clásico, Míster Corotú.

No es de extrañar que frente al acumulado representado por cientos y cientos de retratos al óleo que permanecen en sus sitios de honor en la mayoría de los despachos púbicos, colegios, ministerios, galerías de empresas así como en cientos de residencias del país y no pocas del extranjero y embajadas, se estime que Cedeño se dedicó básicamente a los rostros. La lista mencionada antes representa solo un pequeño grupo de “piezas maestras” producto de su acerada creatividad y en las que, desde alegorías patrias hasta temas de intenso contenido político e ideológico, se destaca precisamente la exquisita sensibilidad expresiva del autor.

En ellas ensayó técnicas que viajaron desde lo clásico al semicubismo o hasta el puntillismo, así como algunas de corte surrealista como Fauna Abisal o, tal vez, Miosis; esta última inspirada al momento en que se le descubrió y trató oportunamente un glaucoma. Hubo un período en el que participó en la creación temática, planeamiento y construcción, a brazo partido y hasta el agotamiento en numerosos carros alegóricos para fechas “carnestoléndicas”, intensas labores a las que incorporaba a alumnos para que serrucharan, pintaran y clavaran estructuras, y esposa, hijo y sobrinos hicieran engrudo y pegaran tachuelas. Hizo tantísimos telones para obras teatrales, pintó máscaras de “diablico sucio” con sus plumajes, variados y coloridos trajes de coristas y fondos para tramoya; ganó tantos concursos nacionales e internacionales para afiches temáticos, diseñó nuevas monedas panameñas; pintó grandes rostros en monumentales retratos en sepia sobre manta sucia: desde Victoriano Lorenzo, Roberto Chiari, o José Antonio Remón Cantera, hasta Omar Torrijos para actos de masa. Es decir: “no negó fuego” nunca y a nadie, de modo que dividió tanto tiempo como energía de manera sorprendente. Al ser contratado para la restauración del entonces deteriorado Teatro Nacional en la década de 1970 —ya era ducho en este tipo de labores si se cuenta con el enjundioso trabajo previo en el aula máxima del Instituto Nacional en 1959 y anteriormente en la Normal de Santiago—, indudablemente que sintió enorme halago, puesto que esa magistral obra con su plafón, elaborado por don Roberto Lewis en París y luego adherida al capitel por piezas, había sido siempre su más ferviente admiración. La anécdota que sigue ilustra la veta pícara del artista.

Cuando Gilberto Beto Lewis, pintor e hijo del insigne don Roberto, fue a comunicarle el “contrato orden” de Torrijos y el Gobierno revolucionario para que asumiera el delicado trabajo que consistía en permanecer obligatoriamente pintando muchas horas al día, al estilo de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, y a trece metros de altura en un pendular andamio, le dijo a Beto que le comunicara al general Omar Torrijos que “lo más alto que yo me subo a esta edad es encima de mi mujer, ¡y eso que le pongo un gancho pa’ no irme abajo!”. Sin embargo, allá arriba y en el temible andamio a trece metros sobre el piso de las lunetas del bello teatro neoclásico permaneció trabajando por meses; igual que lo hizo en el vestíbulo de los amplios salones. Una noche de dedicada labor en las alturas hubo un apagón en el área de San Felipe que lo obligó a permanecer por horas en el andamio sin atreverse por precaución a descender. Abelardo Tapia, amigo y colega de labores al igual que Humberto Brugiatti, con la ayuda de una linterna de mano, se encargaron de izarle a través de la polea una botella con chicha de nance y un par de empanadas mientras tanto… Y es cierto, pintó muchísimos rostros por encargo a gran y constante demanda, que era lo que evidentemente le daba el “bille” con el que sostuvo dignamente su casa, esposa, hijo, amén de sus nada exiguos aportes a su familia Cedeño Henríquez o el frecuente e incondicional apoyo a no pocos amigos. No obstante, detestaba el pintar “cualquier cosa por negocio”, aludiendo que el pintar con la mente puesta en la próxima exposición para vender y cobrar era como una amenazante tijera que cortaba la auténtica, legítima inspiración.

Esa inspiración de sus noches tardías, el gran momento en que fluían, en la quietud de su taller, las imágenes más prometedoras y el trabajo más fecundo. Su inspiración constante y se diría —casi obsesiva— fue la patria en todas sus manifestaciones, gentes y parajes. El olor a tierra mojada de los maizales creciendo y las viejas vigas y pilares de amargo de la casa de La Villa a la que le dedicó tiempo, dinero y esfuerzo físico para mantenerla erguida tal como su conciencia, fueron su indeclinable preferencia. “Prefiero irme a quemar ‘montantes’ y repicar campanas en La Villa, que viajar a Florencia o a París”, donde le confirieron las Palmas Académicas del Gobierno de Francia, distinción que recibió en Panamá en la embajada del país galo renunciando a cruzar el Atlántico para recibir, en París, la augusta condecoración.

VII

Enseñar. “Qué regalo de Dios”… Los cincuenta

Al menos una hora antes de que comiencen a llegar los motivados estudiantes de la Escuela de Pintura, en su caserón situado en la T conformada por la avenida B y calle 10a, contiguo a las instalaciones de la Policía Secreta (DENI), el profesor Cedeño se encuentra escogiendo las figuras de modelo y la iluminación para la clase de carboncillo y acuarela para la entrante sesión. En muchas ocasiones le toca barrer polvo, aserrín de cartoncillo y hasta detritus de las numerosas palomas (y no pocos felinos del vecindario tras de ellas) que pululan y anidan en aleros y oquedades esculpidos por el tiempo en la centenaria argamasa del inmueble. Abajo, se escuchan los bastoneos de doña Blanca Korsi de Ripoll marcando, a sus estudiantes de danza española, el ritmo de una conocida pieza de Manuel de Falla.

Por muchos años, este constituyó el escenario de una docencia impartida con una tal dedicación que probablemente ni el mismo pintor evaluaba en justa dimensión las proyecciones de esta cotidiana labor. De esas improvisadas aulas (con luz y ventilación a la buena de Dios) y su azarosa meteorología que incluyó goteras, ventarrones del sur o solazos sobre candentes hojas de cinc y tragaluces que hacían crujir el yeso o derretían la plastilina durante las sesiones dedicadas al modelaje de figuras… pues, sí, de esas aulas egresaron decenas de estudiantes que luego poblaron la plástica panameña de prominentes creativos y esforzados docentes. De la Zona del Canal procedieron numerosos grupos de damas a aprender de Cedeño y con Cedeño mientras, en las bases, sus consortes se ocupaban en planear guerras e intervenciones en plena era macartista.

La participación de tantos y tantos alumnos de todas las edades para las modestas pero importantes exposiciones de fin de curso fueron testigos, en su selección, de talentos y prospectos juiciosamente calificados y cernidos, y que con gran expectación aguardaban la hora en que sus “pruebas” fuesen escogidas entre el “montón de intentos”. No todo califica o “vale la pena”. Respeta el esfuerzo siempre, mas qué dolor significa el tener que desestimar resultados de bien acometidos empeños, a la vez que esforzarse en acicatearles estimulando y consolando frustraciones, decía. “¡Pjjj…! ¡No sirve pa’ na’, eso!”, se le escuchó en innumerables ocasiones al fijarse en los ejercicios en su inquisitivo andar alrededor de las bancas cabalgadas por el alumnado y antes de cortar la limitada —por cronómetro— sesión con la conocida voz: “¡Tiempo! ¡Suficiente!”. Lo exclamaba con un dejo santeño socarrón, gracioso y jamás mal intencionado ni mucho menos erróneamente interpretado, más bien entre risas y aspavientos del alumnado que, en vez de acongojarse o resentir, se esforzaban en segundos y terceros intentos frente al nuevo reto, papel y modelo. “¡Ay, professsooooor! ¡Por favor, dígame que en algo se parece!”, dice la abochornada alumna al observar con frustración su ejercicio.

“¡Pjjjj!… Se parece a tu papá comiendo raspa’o”, le contesta con cariño familiar el maestro. Invariable actitud y pintoresca personalidad lo acompañaron como docente en la Escuela de Arquitectura e Ingeniería de la Universidad de Panamá, desde abril de 1950, luego del fallecimiento de don Roberto Lewis, como su meritorio y lógico sucesor. Un depurado y culto cuerpo de profesores entre los que sería imposible dejar de mencionar a los arquitectos Ricardo Bermúdez, Octavio Méndez Guardia, Guillermo Trujillo, René Brenes y Guillermo De Roux, e incluir a un grupo de entusiastas auxiliares de cátedra y la pléyade de estudiantes que día, tarde y noche poblaron las aulas de la joven —y luego formal— Facultad de Arquitectura e Ingeniería donde bullía un intenso espíritu de estudio y creatividad. Los amplios salones del piso superior contaban con líneas de lámparas con luz fluorescente de canto a canto y que jamás se apagaban.

Eran los espacios de Cedeño y un alumnado que acudía a aprender dibujo, perspectiva, modelado, forma y color, allí muchas veces trasnochados e inmersos en una atmósfera de sencilla y casi monteriana calidez, no obstante vasta en su entrega artística, filosófica, de camaradería y buen humor. Interesado en adquirir más recursos y técnicas, lo distinguen con una beca que lo hizo viajar a México D. F. en 1953, año del cincuentenario de la República de Panamá. En aquellos años, la aplicación del pigmento en murales frescos y su dominio había sido para Cedeño un reto indeclinable. Dónde y con quiénes mejor que en la ciudad de Los Palacios de esa nación de Juárez, Carranza, Porfirio Díaz, Vasconcelos, Octavio Paz… “tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, cuya revolución social se debatía continuamente acumulando décadas de lucha, aciertos, confrontación y tragedias magistralmente interpretadas e inmortalizadas en los murales de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco y Rufino Tamayo.

Vivir un tiempo allí, con esposa e hijo, y enterarse de viva voz acerca de sus conflictivas vinculaciones y protagonismos políticos. Ir a una tarde de toros en La Monumental, acompañado de coterráneos estudiantes como Adriano Herrerabarría o Silo Galo el Chivito Ortiz. Diego de Rivera lo recibió por primera vez en la Academia de San Carlos, cercana al Zócalo. Director y docente para aquel insigne Instituto Politécnico; el célebre artista, después del apretón de manos lo incorporó inmediatamente a su grupo de “avanzada” previamente enterado de los méritos y procedencia del panameño.

Su hijo, el doctor Roberto Cedeño, quien entonces contaba nueve años de edad en un alusivo relato (que escribió luego de muchos años, como memoria para sí mismo) se refiere a tal ocasión en la que acompañó a su padre de la mano de su madre, Lidia:

La sala de dibujo de la tantas veces famosa Academia estaba coronada por un tragaluz del que partía un cilíndrico y tamizado haz que iluminaba una tarima central donde se desplazaba la rechoncha figura de don Diego de Rivera, quien vestía una franela con mangas largas y un repintado overall de tirantes cruzado a sus espaldas y calzaba unas toscas sandalias. Suspendió brevemente la sesión de dibujo para presentar a mi padre a la treintena de estudiantes quienes le dieron un corto aplauso de bienvenida. Acto seguido retornó a la tarima donde una bella joven modelo de piel cobriza y larga cabellera azabache hacía con tan solo sus atributos, porte y redondeces hablar a la raza… sobre todo cuando De Rivera la despojó, en un suave tirón, del manto que la cubría y en su deslumbrante desnudez le acomodó con delicadeza una mano sobre la cintura y la otra se la dejó suspendida hacia delante como señalando un camino en lontananza. Al regresar hacia nosotros venía con una sonrisa y unos ojos saltones de batracio contento en laguna; “chula la modelo, ¿eh?”, le dijo a mi papá que asentía sin disimular la erótica sacudida. Mi madre trataba con su cuerpo vanamente de interponerse entre mis ojos de niño boquiabierto y la magnificencia de la desnuda india de venerable ancestro azteca. Al notarlo, Don Diego le dijo a mi angustiada madre, en voz baja e inigualable picardía: “pos, deje que este cuate la vea todo lo que quiera, señora, ¡será esta la primera, mas no la única, que va a ver en cueros!”.

Fue inolvidable la ocasión, más aún porque, al salir del recinto y acomodada en una silla de ruedas estaba la sobrecogedora estampa de una Frida Kahlo, enferma y descompuesta, y quien le dirigió a la pareja y su hijo una mirada, un leve arqueo de sus pobladas cejas y un adiós con la palma de una lánguida mano. De la Ciudad de México partió, luego de tres meses de curso con gratas e intensas vivencias. Los apartamentos Altamira, situados en Independencia con Balderas y cercanos a la avenida Juárez y al Palacio de Bellas Artes, donde poco después se realizó el funeral de Frida, fueron los entornos de Cedeño, esposa e hijo por ese lapso de convivencia, en el que también fueron acompañados por dos pupilas del artista y jóvenes estudiantes chinas de la escuela de Arte de Panamá. El vuelo de retorno a Panamá llevaba un maletín de viaje cargado con dos galones de “vinelita”, esencial y volátil diluente para pigmentos de mural.

Tal como en sus ímpetus pueriles y una vez reinstalado en la capital panameña, sus Bellas Artes y Universidad, se procuró ansiosamente espacios y paredes para ensayar murales al fresco en nuestro húmedo clima. Pocas obras representativas existen en la actualidad del período, la más notable de ellas, La Toma de Panamá, en la que aparece la facies central y ladina del pirata Morgan frente a una arrasada ciudad del siglo xVii. Varias de ellas fueron elaboradas en residencias particulares; se tiene constancia de que algunas fueron eliminadas con todo y pared para ser reubicadas en otros espacios. Practicó, además, con fragmentos de cerámica a colores en laboriosos “vitro-murales” con motivos costumbristas, o bien alegóricos alusivos a nuestra historia colonial.

VIII

Pintemos con sosiego, el tiempo no espera

Las décadas comprendidas entre 1960 y 1980 revelaron una ascendente madurez del artista, no solo en la elaboración plástica. La selección temática y el valioso tiempo de dedicación a las obras se convirtió en primordial prioridad para el también dedicado y afanado profesor universitario que ganó la estabilidad académica como profesor titular de la facultad. En esos años contribuyó con la Facultad de Medicina en su cátedra de Anatomía dictada por un temible y teósofo profesor, el doctor Antonio Francesco Pirro, que lo invitó para complementar la anatomía con el arte en un intento para que los estudiantes comprendiesen la habilidad e inspiración constante que comparten artistas y anatomistas en la clásica figura humana desde los tiempos de Da Vinci, Botticelli, Miguel Ángel o Tintoretto. Se convirtió en un acumulador de recortes y multitud de papeles valiosos para él con los que hacía coincidir su filosofía y actitud política.

Los clasificaba dispuestos en un cierto desorden solo por él conocido e imbricados con fotos donde podían aparecer desde Martí, Maceo, Kennedy, Kruschev y Ángela Davis, hasta Belisario Porras, Arnulfo Arias, Omar Torrijos, el Mago Rivas encestando, o Mano de Piedra con los guantes victoriosos en alto. Sus referencias fotográficas y modelos obtenidos desde su época de estudiante con Lewis o Ivaldi constituyeron un deleite para él y para muchos de los allegados y visitantes a su estudio, o taller, donde pasaba largas horas mostrándolas simultáneas a ágiles conversaciones, ya fuesen estas de corte reflexivo o del último bochinche urbano o de gobierno. Invariablemente se quejaba de que a lo que iban allí era a hacerle perder tiempo, no obstante fuese él quien más disfrutaba la compañía de gente cordial. Se disparó de emocional y arrolladora creatividad.

La evocación en sus pinturas de su Panamá, bello como sus agrestes serranías de humedad y múltiples arco iris, cálido como el sol brillando sobre las salinas de Azuero y profundo como el pensamiento en sus abismos de mar y tan heterogéneamente humano, integraron imágenes que fueron distinguidamente pasando por el caballete en una secuencia de singular maestría. Con matices inigualables. Marcaron el sello: “este es un Cedeño”. ¿Obtenerlo?, pues es más fácil si eres un buen amigo de él; quizás y no te sorprendas que hasta te lo obsequie; porque tal como dijo con todo y justo convencimiento: “¡Las cosas buenas se venden caras!, o se regalan con afecto”. Sin embargo, la mayoría de las obras que en la actualidad se precian como “famosas” no las entregó o negoció con su total satisfacción. Nunca dejó de confesar que lo habría querido hacer mejor, si hubiese tenido más tiempo. Igualmente, se disparó su emoción enardecida a fines de ese aciago 1989, y luego de una prolongada incertidumbre panameña que hizo a la sociedad pendular en el vilo de un constante desasosiego. Le tocó apoyar a lo que él llamó

“[…] la Nación panameña ante la inescrupulosa actitud de un imperio que, correteando a uno o varios tipos para bajarlos de sus nóminas y reclutamientos de amanuenses a su servicio, de manera infame nos interviene, invade y mata a cientos de nacionales… ¡qué hijos de…!”.

Y por ahí mismo profería, indicando con el índice izquierdo, “aunque nadie más me vuelva a comprar una acuarela o un carboncillo… ¡no dejaré de asistir a la demostración de esta tarde!”, al momento que se vestía y se calzaba un sombrero, antes de marcharse, y, como uno más de los pasajeros de esos transportes colectivos para la ocasión, cargados de estudiantes, obreros, “batalloneros” y banderas panameñas, pero también dignamente representados por patriotas artistas e intelectuales que protestaron días antes de la cruenta invasión en toda una jornada nacionalista de gritos y pancartas con inflamadas consignas frente a las alambradas de Clayton. El pintor fue de los que no celebraron la intervención, ni se deslumbró con el vuelo de cazabombarderos “liberadores”.

Los días posteriores en que carapintadas del ejército estadounidense, y armados con fusiles de asalto M16 subieron los veintiún peldaños de su domicilio, hablando en puertorrican y en imbécil pesquisa de “un hijo médico que trabajaba en el hospital Militar”, se percató el artista de que estaba más que enardecido frente al atropello. Estaba profundamente deprimido; sufría inmensamente acongojado por su país y al lado de su esposa, en silencio, aún se olían en el aire de diciembre los siniestros vapores y humos que dejó la masacre.

IX

Las cenizas de Azuero

[…] Juan Manuel Cedeño se bebió su patria al nacer y de sus manos dulces saltaron hasta el último lienzo y hasta el último aliento ciudadano. Manuel Orestes Nieto (1997)

Recordamos a un viejo Juanma en los primeros noventa. Aún lleno de bríos creativos y todavía saturado con juventud de espíritu. Puntual, ocurrente bromista (él decía que sus bromas eran las de un muchacho pelafustán) y a la vez pensativo. Cavilaba respecto a él y sus ocho décadas de vida, su familia de los bajos de su casa que construyó veinte años atrás, también pensando con ternura en sus amados nietos y cómo habrá de ser su futuro en un mundo de apremiantes necesidades de espacio y recursos, “¡en el que somos más de seis mil millones de almas!”, decía preocupado con un rictus de ceja y labio que lo identificaba desde lejos. Se lo atisbó varias veces reposando y relajado así, igual de reflexivo, con su mano zurda de dorso sobre su labio inferior y mirando en el espacio de su íntimo y sagrado taller las concurrentes imágenes de sus concepciones, esas que danzan y se cuelan entre sus lienzos y que le dicen: “Píntanos, déjanos vivir en la tela para siempre, Juan Manuel; aquí estamos y estaremos contigo, porque eres nuestro, eres y pertenecerás al Ars por siempre”.

O tocó muchas veces despertarlo de lo profundo de una sorpresiva siesta por cansancio, para que fuese al comedor a tomar su sopa, o un buen arroz de Lidia con ropa vieja y tajadas de plátano maduro. En esos postreros años comenzaron a hacerse evidentes los efectos perniciosos sobre las arterias y consecuentes de los miles de cigarrillos anteriormente fumados, unido al obligatorio sedentarismo de muchísimas horas con la vista fija frente al caballete y otras tantas de lectura, amén del reuma senil e irremediablemente hereditario que mucho duele en las coyunturas y limita los movimientos beneficiosos del ejercicio músculo-esquelético. Los electrocardiogramas mostraron isquemia en porciones importantes del noble músculo cardiaco y que —leal e incansable— lo acompañó en todos sus esfuerzos, ensoñaciones y logros fecundos.

En una ocasión que se forzó —a más de ochenta años cumplidos— para asistir a La Villa y su caserón de recuerdos a dirigir una restauración parcial del tejado y una limpieza general, a guisa de una visita próxima de amistades que asistirían a la Feria de Azuero, pues simplemente quedó también él sacudiendo polvo y trepando escaleras para blanquear paredes previa cepillada. Le costó un primer y grave evento infartante cardíaco con una urgente admisión en el hospital Regional, actual Anita Moreno. Posteriores evaluaciones corroboraron una disminución porcentual grave en su reserva cardiaca y contractibilidad. Durante un almuerzo, uno o dos años luego y evidentemente limitado en sus capacidades físicas, tuvo un repentino paro cardiorrespiratorio. Su hijo, en el momento y por fortuna presente, lo revivió con una adrenalina intracardiaca directa que le tenía siempre preparada en la nevera de su casa por un “si acaso” que llegó a ocurrir.

En la nochecita, ya estaba milagrosamente recuperado y cenando con su familia y ante una no muy bien disimulada lágrima de su hijo, médico, amigo y confidente. Un año después y luego de un esfuerzo para contener una repentina inundación de su casa por una llave rota y peor aún, ocurrida en la madrugada, también le “metió mano” urgente al desastre hogareño solo con la ayuda de Lidia; e igualmente le costó una última reclusión en el hospital con una añadida neumonía de la que pareció recuperarse a pocos días. Sin embargo, el 11 de agosto de 1997, a hora crepuscular cuando frente a su hijo, el médico quien le llevaba a la visita pijama limpia, se abrió la corrediza puerta del ascensor de la planta baja, las miradas de una prima y su cuñada se confundieron con el abrazo fatídico de la primera y dolorosa condolencia. No fue necesaria palabra alguna. Falleció el artista unos meses antes de cumplir sus ochenta y cuatro años. En su cama de hospital permanecieron los últimos carboncillos de ejercicio y distracción a los que se dedicó en esos últimos días y horas, tal vez para matar el tiempo sin matar el arte. Dibujó sus propios, finos y elongados pies desnudos, un reloj de pared y hasta un “tambucho” de basura del cubículo; también un último rostro en las facies sonriente de la auxiliar que lo trató con cariño; y una última mirada a los vecinos predios de esa universidad, su antiguo taller, siempre lleno de gente, creatividad y que fue su bastión, “el tronco donde se rasca el tigre”, tal como bellamente concibió su denodada labor y su infatigable empeño.

X

Pintar para siempre, y para todos

Siempre quise elaborar y dejar una obra emérita… no solo buenos cuadros y estupendos retratos. Una ejecutoria grande, portentosa, hasta monumental y que fuese de admiración pública y constante… si me dejaran hacerlo en las compuertas de las esclusas del Canal, ¡pues allá me voy con andamio, brocha y caballete!

La obra de Cedeño constituye —sin duda— una de las más altas cifras de la plástica panameña. Alfredo Sinclair, su colega, coetáneo y fraternal amigo, así como Guillermo Trujillo lo reconocen como un esencial y difícilmente reemplazable académico en el rico e histórico devenir del arte nacional y que día a día trasciende fronteras. Es nuestro Pintor de la Nacionalidad. Su excelencia pictórica y maestría en el dibujo están refrendadas por los numerosos premios, reconocimientos y condecoraciones otorgados por gobiernos, fundaciones, prestigiosas instituciones y empresas en los ámbitos nacional e internacional. En el vasto mundo del arte y la cultura, las alusiones a su persona y su intensa vida de oficio y creación, en noticias, entrevistas, filmaciones, reseñas, biografías, catálogos y otras tantas manifestaciones acumulan un sinfín de expresiones sobre Juan Manuel Cedeño Henríquez, que hacen de su tarea y realización un positivo, virtuoso y humanamente eficaz tránsito por nuestro mundo contemporáneo, ávido y atento a todas las producciones del arte. Cedeño es uno de sus connotados aciertos. Estímulo y acicate generacional constituye su inmortal labor. Asomarse y revisar su obra en salones, eventuales exhibiciones, bancos y despachos públicos, así como en colecciones privadas celosamente conservadas y vigiladas, quizás ya no es tan fácil.

La accesibilidad al público en general, a los estudiantes y docentes de arte y estética, a la vista libre, sensible e integral de los nacionales y extranjeros, no debe ser vedada. Debe ser, junto a otras de igual e inmenso valor, la muestra presente, legítima; de esas que por su incuestionable autenticidad hablan por sí solas en su magnificencia, cual constante exposición con salones siempre abiertos para el regocijo e imperecedero estímulo en el alma de todos. Estoy totalmente seguro de que él lo hubiese querido así.

Referencias bibliográficas

Nieto, M. O. (1997, octubre). “Vida y Lienzo”, Temas de Nuestra América, no. 188.

Rodríguez, M. A. (1984, septiembre). “Un maestro de la pintura”, La República.