• img-book

    Lina Vega Abad

SKU: b83e6e3078a7 Categoría: Etiqueta:

Julio Zachrisson

by: Lina Vega Abad

A Julio Zachrisson nunca dejó de dolerle la patria. A pesar de que la presencia del ejército del país más poderoso del mundo terminó al cambiar el siglo, y que las cercas de ciclón con letreros en inglés que impedían el paso en la Zona del Canal desaparecieron, otros dolores surgieron.

Tag:
Meet the Author
avatar-author
Abogada por formación y periodista por vocación. Empezó el ejercicio del periodismo en el año 2000 en el diario La Prensa como editora de Opinión. Su trayectoria por el diario la llevó a ser editora de las secciones de Ciudad, Política, Cierre y de la Unidad de Investigación hasta octubre del 2012. También fue columnista del diario y de la Revista K del mismo grupo editorial. Desde mayo del 2013 es gerente de la Unidad de Investigación del grupo Medcom. Entre los años 2007 y 2009 hace un alto en el ejercicio periodístico para conformar el equipo fundador del Centro de Incidencia Ambiental de  Panamá. Antes de iniciar el ejercicio periodístico fue la directora ejecutiva del capítulo panameño de Transparencia Internacional, y Ombudsman del Tribunal Electoral.
Books of Lina Vega Abad
About This Book
Overview

 

Julio Zachrisson: Con Panamá en el alma

 

“Que nadie me confunda con un cosmopolita… un cosmopolita es un ser sin raíces. Siempre que por los caminos del mundo tropecé con algo sorprendente, al contemplarlo y sentirlo como mío, evocaba con fuerza mi procedencia. […] Lo fundamental de mi visión del mundo se encuentra aquí en mi paisaje natural”, afirmó rotundo Julio Zachrisson una noche de noviembre de 1997, tras recibir en el Teatro Nacional la Orden Belisario Porras, el más importante homenaje oficial que se otorga a un panameño.

No se trata de una boutade. Julio Augusto Sigfrid Norman Zachrisson Acevedo —virtuoso grabadista, pintor de asombro, artista genial y panameño hasta la médula— se mantuvo fiel a sus raíces, a pesar de que supo desde muy temprano que debía marcharse lejos en búsqueda de su destino. Hijo del mestizaje, de ocultas historias familiares del barrio de San Felipe y de un Panamá que rechazaba con fuerza la presencia extranjera en su territorio, Julio Zachrisson nunca olvidó su historia, ni los colores, sabores y ritmos del país donde nació. Y ello no solo es evidente en su obra, sino también en su forma de expresarse, en sus gustos, en su talante y en sus nostalgias. Julio Zachrisson siempre fue Panamá.

El inicio

Las primeras señales de lo que sería su futuro se produjeron durante sus años de educación formal en la Escuela Simón Bolívar, en ese Casco Antiguo que nunca olvidaría. En sus aulas y como parte de unos métodos pedagógicos que hace tiempo dejaron de aplicarse en Panamá, las maestras de primaria —todas mujeres— pedían a los estudiantes que ilustraran las lecciones de historia y geografía que les dictaban. Julio hacía la tarea sin dificultad, a diferencia de muchos de sus compañeros de clase. Sus dibujos destacaban y, en consecuencia, a partir de ese momento empezó a definirse el azaroso sendero que emprendería. Pero antes hubo mucha distracción. Los años de estudios en el Instituto Nacional sembraron la semilla de las reivindicaciones nacionalistas y formaron su espíritu rebelde. Julio participó, como tantos otros jóvenes de su generación, en protestas callejeras y jornadas de rechazo a la situación colonial que vivía Panamá, desde que Estados Unidos partiera en dos el país para construir un canal.

Fue también el momento en que su curiosidad y su deseo de aventura lo llevarían a traspasar los límites del mundo que hasta el momento había conocido. Esas andanzas se iniciaron con pescadores que encontró en el muelle fiscal, junto al desaparecido mercado público de San Felipe. Sus nuevos amigos lo llevaron, sin que sus padres —Julio Zachrisson Brid y Julia Acevedo— lo supieran, a conocer los mágicos territorios del golfo de Panamá, permitiéndole descubrir lugares que entonces parecían lejanos, como la isla de Otoque. Los paisajes, situaciones y personajes que encontró en esos viajes harían parte del imaginario que más tarde identificaría su obra. Lo mismo sucedió con sus compañeros de aquellas aventuras callejeras que lo condujeron hasta el corazón del arrabal capitalino en el barrio de El Marañón, en busca de experiencias, nuevos amigos y singulares sabores, como el popular pescado frito o las patitas de cerdo —el famoso sao— que vendían en las aceras voluptuosas y alegres mulatas. Fueron años en que Julio vivió una especie de doble vida, entrelazando —no sin alguna que otra recriminación— sus aventuras lejos de casa con la vida familiar que compartía con sus hermanos menores Boris, Ida e Iván.

Durante ese tiempo se inicia también su apasionada relación con la música, los ritmos caribeños y el baile. Las primeras experiencias se produjeron durante los saraos escolares; luego vendrían los toldos carnavaleros de la ciudad de Panamá, donde Julio conoció a músicos locales y a famosos artistas extranjeros, principalmente cubanos. En aquella época, la música de la isla caribeña reinaba y Julio empezaba el entrenamiento que lo convirtió en el gran bailador que siempre fue. Igualmente contribuyeron a formar su gusto musical las horas pasadas en las cantinas de los barrios de Santa Ana y El Chorrillo, donde las populares cajas de música —rocolas o traganíqueles— reproducían constantemente los sonidos y los ritmos de los éxitos musicales del momento.

Obviamente, su espíritu bohemio no compaginaba con la rutina de la vida escolar, por lo que decidió abandonar el Instituto Nacional sin haber terminado sus estudios secundarios. Y en el Panamá de la época, en el que el barrio formaba parte del entorno familiar, fueron los vecinos quienes más criticaron al que entonces parecía un joven irresponsable y disoluto. En ese mismo entorno estaba el Teatro Nacional, dónde el futuro artista encontró nuevos incentivos para su creciente deseo de aventura. Las constantes conversaciones e intercambios con los integrantes de las compañías extranjeras de teatro, danza o música que venían por aquellos años a Panamá, hicieron crecer su curiosidad y sus ganas de ver mundo; su deseo de conocer otros países, otras costumbres, otros paisajes. Panamá empezaba a quedarse pequeño para Julio Zachrisson.

El entorno

Desde muy temprano en su vida, Julio conoció el peculiar mundo de los pintores locales de la mano de su padre. Julio Zachrisson Brid estudió en Inglaterra y era profesor de lengua y literatura inglesa en el Instituto Nacional. Se trataba de “un personaje elegante, talentoso y secreto… que vivía rodeado, en pleno trópico panameño, de una misteriosa niebla de Londres y Edimburgo que solo atravesaban unos cuantos…”, según lo describiera otro singular panameño, Roque Javier Laurenza. Y entre esos cuantos afortunados se encontraban pintores como Roberto Lewis y Humberto Ivaldi. Con solo siete u ocho años, Julio acompañaba a su padre a visitar el taller de Roberto Lewis. Se trataba de un gran salón asignado al maestro Lewis en el Instituto Nacional, cuando el espacio sobraba en el imponente edificio de la escuela pública. Lo mismo sucedió con Ivaldi. Hasta su taller frente al Arco Chato en el Casco Antiguo, fue muchas veces siendo aún un niño. Estas vivencias deben haber causado honda impresión en un chico cuyos dibujos habían llamado la atención de sus maestras.

Ahora, tantos años después, el artista aún recuerda esos singulares encuentros, pero no tiene certeza de la intención de su padre al llevarlo a conocer el lugar de trabajo de los más importantes pintores locales. A su memoria acude particularmente una ocasión en que, durante una de esas visitas, Ivaldi le pidió que dibujara, probablemente para evaluar sus habilidades. ¿Cuál fue la reacción del maestro Ivaldi al ver los dibujos del pequeño Julio? El artista no lo recuerda, pero estos tempranos encuentros con quienes no solo fueron extraordinarios pintores sino también personajes singulares del Panamá de la época, formaron parte de los antecedentes que, muy probablemente, marcaron su camino. Años después, al iniciarse la década de 1950, Julio Zachrisson recibe las primeras lecciones del oficio al que dedicaría su vida en la Escuela Nacional de Pintura. “Era en realidad, el taller de Juan Manuel Cedeño, un personaje fuera de serie”, evoca estos días el artista, mientras hace inventario de su obra, en su casa-estudio en Madrid. Efectivamente, es el maestro Juan Manuel Cedeño quien le proporciona las herramientas que le permitieron iniciar las andanzas artísticas que ya nunca abandonaría. Además, con su decisión pasó a formar parte de la peculiar cofradía de pintores locales.

Ese grupo de artistas solía reunirse en el café Taboga, en la entonces emblemática plaza de Santa Ana, donde pasaban largas horas en estimulantes tertulias que, si bien no ignoraban la siempre colorida actualidad política, se centraban en la realidad cultural que tan directamente los tocaba. En esos encuentros participaban pintores de más edad como Alfredo Sinclair o Ciro Oduber, quienes habían regresado al país tras realizar estudios en Argentina. Los recién llegados contaban con entusiasmo sus experiencias, mientras Julio y otros jóvenes pintores escuchaban con atención. Sinclair, Oduber y otros artistas como Juan Bautista Jeanine e Isaac Leonardo Benítez, con quienes Julio Zachrisson organizó el efímero grupo de pintores llamado “los independientes” —sin que quedara muy claro de que se trataba esa independencia a la que aludían—, hablaban sin cesar de la urgencia de salir del país en búsqueda de formación, vivencias y un crecimiento profesional que era imposible obtener si permanecían en Panamá. Sin recursos propios ni apoyos oficiales, no se trataba de una decisión fácil de tomar. Sin embargo, ya Julio Zachrisson había decidido descubrir su potencial como artista, lo que necesariamente implicaba organizar la partida.

La ruta

Así, un buen día del año 1953, con 26 años y junto con un compañero de fatigas artísticas —Gilberto Maldonado Thibault— emprendió el viaje que lo alejaría para siempre de Panamá. La meta era México, pero se detuvieron en El Salvador y Guatemala, donde expusieron la obra que ambos llevaban como prueba de su compromiso con el oficio que habían escogido. El Salvador, a donde viajaron en avión gracias a la ayuda de amigos, fue decepcionante para los jóvenes artistas. A pesar de que tenían algunos contactos e incluso llegaron a exponer su trabajo, los panameños pasaron desapercibidos en el pequeño país centroamericano. En consecuencia, rápidamente siguieron su camino, esta vez en autobús. En Guatemala todo fue distinto. Gobernaba Jacobo Árbenz y estaba en marcha una revolución social que sería truncada violentamente un año después. En ese contexto, los panameños fueron recibidos con los brazos abiertos por la intelectualidad local y la retórica de izquierda tan abundante en aquellos años. En medio de la bataola política y el fervor revolucionario, Zachrisson y Maldonado eran presentados como representantes de la cultura panameña, llegando incluso a vender alguno de sus trabajos. Sin embargo, les preocupaba ser confundidos con políticos en un contexto de tanta crispación ideológica, por lo que, a pesar de la buena acogida y las muestras de solidaridad, tres meses después de su llegada a Guatemala decidieron seguir su camino hacia México, el país que fue desde el inicio su meta. Para el aspirante a artista, México y en especial los trabajos de la famosa triada de muralistas —Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros— fue una revelación.

La forma como utilizaban sus obras de gran formato para hacer llegar a las masas los mensajes de la revolución mexicana, lo hicieron pensar en los frescos del renacimiento italiano utilizados por la Iglesia católica con el mismo propósito. En el politizado México de la época, Julio Zachrisson fue testigo de la histórica polémica entre otro artista mexicano, José Luis Cuevas, y sus compatriotas muralistas, así como del debate que este enfrentamiento produciría en el mundo del arte. Y a pesar de que la historia destaca a Cuevas como máximo representante de lo que se llamó “la generación de la ruptura”, el artista panameño recuerda especialmente a otro muralista, Rufino Tamayo, quien igualmente se negó a suscribir el radical compromiso político que sustentaba el trabajo de los muralistas oficiales. Tamayo y Cuevas, entre otros artistas mexicanos en abierta rebeldía con el “arte oficial” reclamaban independencia y libertad creativa, tanto en los planteamientos ideológicos como en los conceptos estéticos. Julio Zachrisson no tomó partido entre los grupos en pugna, adoptando una postura conciliadora entre el dogmatismo político del muralismo mexicano y la libertad para la búsqueda de nuevos lenguajes artísticos.

Sin embargo, el panameño entendía a quienes demandaban libertad creativa, porque si bien creía en la fuerza transformadora del arte, empezaba a sentir que el muralismo mexicano había caído en el panfleto político. En ese ambiente de gran creatividad artística y apasionantes debates, también se relacionó con otros creadores mexicanos como Vicente Rojo, Pedro Coronel, Francisco Corzas, Gilberto Aceves Navarro, o Alberto Gironella, así como con los surrealistas europeos exiliados en México, como la española Remedios Varo. El joven artista, como una esponja, absorbía con avidez todas las maravillas que ese estimulante entorno le ofrecía. Estando en México, Julio Zachrisson recibió la buena noticia de que había sido becado por el Gobierno panameño de la época. Fue al mismo tiempo un alivio y una gran sorpresa, teniendo en cuenta que el país era gobernado por el exmilitar, José Antonio Remón Cantera, a quien su padre adversaba. No se trataba de una novedad; el padre del pintor permanecía invariable en el bando opositor en cada administración, afectándose con ello permanentemente la economía familiar. En esta ocasión, sin embargo, el provincianismo panameño jugó a favor del artista. El presidente de Panamá y el profesor Julio Zachrisson Brid habían sido compañeros durante sus años escolares en el Instituto Nacional. El gobernante se enteró de las penurias económicas que pasaba el hijo de su compañero en México y decidió ayudar. Tuvo que insistir y aludir al futuro del artista para que el orgulloso padre aceptara la beca de un Gobierno que adversaba. Lo logró. Poco después, en 1955, el presidente panameño sería asesinado, pero el artista mantuvo la ayuda económica que, por un tiempo, le permitió concentrarse en su formación sin mayores angustias materiales. Durante los seis años que permaneció en México, estudió en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado del Instituto Nacional de Bellas Artes, conocida como “La Esmeralda”, que contaba con notables artistas como Diego Rivera o Frida Khalo como profesores.

A diferencia de los formalismos de la añeja Academia de San Carlos ubicada también en la ciudad de México, “La Esmeralda” ofrecía completa libertad para el desarrollo artístico a sus estudiantes. Tal vez por ello, recuerda Zachrisson, los alumnos de San Carlos solían acudir a “La Esmeralda” en busca de cursos especiales y para relacionarse con estudiantes que exploraban nuevas formas de expresión artística. Por supuesto que las enseñanzas de la técnica mural que impartía Diego Rivera, entre otros, llamaban especialmente la atención de los estudiantes de la Academia de San Carlos. Fue en este período también cuando Julio Zachrisson tomó una decisión que marcaría su camino artístico: la elección de la gráfica como la técnica con la que plasmaría su arte; una técnica que practicó con dedicación hasta los años noventa de su fructífero siglo xx. Para el joven artista en búsqueda de caminos para expresarse, el grabado fue toda una revelación. Su capacidad de difusión y sus posibilidades para la crónica social, para la crítica, la ironía y la protesta lo impactaron. La obra de Francisco de Goya fue clave en esa decisión. Sus grabados impresionaron profundamente a Julio, así como comprobar su rabiosa actualidad, siglos después de su creación. Así, un ávido Julio Zachrisson acude al Taller de Gráfica Popular en México, iniciando su aprendizaje de las diversas técnicas para grabar —aguafuerte, punta seca, xilografía, litografías, etc.—, logrando una maestría que haría que muchos años después, en 1996, recibiera en España la primera versión del Premio Aragón-Goya de grabado, creado al conmemorarse los 250 años del nacimiento del genial aragonés. Su paso por México incluyó también el aprendizaje de la técnica mural. Su tesis de graduación fue la obra que llamó “La ciencia al servicio de la agricultura”, pintado en un pasillo del Centro Primario Belisario Domínguez. Nunca volvió a verlo, ni sabe si continua donde lo dejó.

Durante sus años de formación mexicana, Zachrisson empieza igualmente a dibujar esas figuras que aluden a formas precolombinas y que, a lo largo de su vida, surgen una y otra vez tanto en los grabados, como en la pintura e incluso en sus esculturas. Ningún lugar como el México del nacionalismo exacerbado de los años cincuenta, para tener este efecto en el artista panameño. Aquí también Tamayo, con su peculiar forma de distorsionar las figuras hasta lograr un lenguaje propio, constituyó un muy importante referente. En ese ambiente, con esas influencias, y solo tres años después de su salida de Panamá, en 1956, Julio Zachrisson recibe una clara señal de que no se había equivocado al elegir el arte como su oficio y destino: una de sus obras fue incluida en la exposición anual “Nuevos valores” del Salón de la Plástica Mexicana del Instituto Nacional de Bellas Artes. Sería el primero de una larga lista de premios y reconocimientos. Dos años más tarde, en 1958, participa en la I Bienal Interamericana de Pintura y Grabado celebrada en la Ciudad de México; y en 1959 en el I Salón Nacional de Pintura del Museo de Arte Moderno de la capital mexicana. No había vuelta atrás: Julio Zachrisson se convertía a partir de entonces, en uno de los nuevos artistas de la región.

Regreso y partida

Estando aún en México y convencido de que la ruta de su crecimiento profesional debía continuar, el joven artista pregunta, investiga, indaga sobre cuál debía ser su siguiente paso. Esta vez su objetivo era la vieja Europa. Su intención era entrar a los talleres de Pietro Vannucci (Accademia di Belle Arti Pietro Vannucci) en Perugia, Italia, para profundizar su conocimiento del grabado. Y para ello, desde México logró inscribirse en la Universidad para Extranjeros, también en Perugia, a donde fue inicialmente a aprender italiano. Aún con la beca concedida por el Gobierno panameño vigente, pudo afrontar los gastos del viaje a Europa. Pero antes volvió a su tierra; la tierra que decidió dejar físicamente un día del año 1953, pero que lo acompañaría siempre en su memoria y que constantemente reproduciría en su obra.

Habían transcurrido seis años desde el inicio de su aventura, y Julio Zachrisson regresaba a Panamá con los certificados que daban fe de su paso por la academia —entre ellos el diploma de Maestro en Dibujo—, y habiendo iniciado el aprendizaje de los misterios del arte gráfico, la pintura y la cerámica. Solo estuvo seis meses; el boleto que había comprado en 1953 al iniciar su viaje por centroamérica, era solo de ida. Y es que al final de la década de 1950, Panamá continuaba sumida en un provincianismo que, en el mundo del arte, se reflejaba en la renuencia de los pintores a reproducir la realidad del país. Después de su experiencia mexicana, Julio no entendía por qué sus compatriotas se refugiaban en abstracciones, dejando de lado la rica y compleja realidad social y política del país. Además, quienes contaban con recursos para comprar obras de arte originales no lo hacían; lo usual esos días en Panamá era la compra de reproducciones de obras famosas. Esa costumbre, incluso, le había puesto en contacto desde niño con importantes obras de arte universal, cuyas copias colgaban de las paredes de su casa. A pesar de todo, el recién llegado artista obtuvo cierta atención de los medios y pudo, incluso, hacer una exposición de sus trabajos en la biblioteca de la Universidad de Panamá, logrando que algunas de las características que marcarían para siempre su producción artística fueran identificadas por quienes acudieron a la muestra. Artículos periodísticos de la época citan su sentido del humor, su tendencia a la sátira, su destreza en el grabado y, obviamente, la influencia de los maestros mexicanos con los que compartió sus primeros años de formación. Sin embargo, nada importante sucedió tras la exposición que lo hiciera cambiar de planes; todo parecía indicar que aún no existía en Panamá un mercado para su incipiente obra.

Además, su única opción laboral era ser profesor de escuela, con un salario de miseria. Su viaje, en consecuencia, debía continuar. Esta vez, con 32 años y muchos sueños en su maleta, tomó un barco que lo llevó a Europa. Era el año 1959. Europa… España Julio Zachrisson hizo la travesía del Atlántico en el Marco Polo, un barco italiano que haría por última vez el viaje entre América y Europa antes de ser finalmente desguazado. Su camarote, de los más baratos, estaba al fondo del barco. Las misteriosas profundidades del mar era el único paisaje disponible desde una claraboya para Julio y un sacerdote con el que compartió la habitación.El viaje duró casi un mes, pero Julio no lo pasó mal. Sus experiencias navegando por el golfo de Panamá le ayudaron. Además, su singular encanto le permitió hacer amistad con un obispo peruano que le invitaba a merendar con frecuencia en el área de primera. También logró que los empleados de seguridad del barco miraran para otro lado cada noche, mientras se acomodaba en los cómodos sillones de cubierta, para dormir al fresco del verano. “Les dije que era pintor y eso les encantaba. Solo me pidieron que dejara el lugar a las ocho de la mañana”, recuerda.

El Marco Polo llegó a Génova y de allí Julio se dirigió a Perugia donde, según lo planeado, tomó cursos de cerámica y grabado en los talleres de Pietro Vannucci. Era un momento de gran actividad cultural y artística en Italia, lo que lo animó a participar en un concurso —el Premio Gubbio— con un paisaje que pintó para ello. Ganó una mención de honor, pero la obra le trajo otros beneficios al regalársela a la dueña de la pensión donde vivía en las afueras de Perugia. No tuvo que volver a pagar por vivir y comer mientras permaneció en esa ciudad italiana. Ese primer premio obtenido en tierras europeas trajo consigo un momento de gran emoción para Julio Zachrisson. Durante la travesía hasta el lugar donde se celebraría la premiación, ubicado en una colina, la bandera panameña surgió como una visión que lo llenó de orgullo y nostalgia. La bandera de su patria, entre otras que representaban a los artistas participantes del concurso, fue parte de la celebración del Premio Gubbio en 1960, porque Julio Zachrisson fue uno de los pintores premiados.

Tras Perugia y la emoción del premio Gubbio, inició un periplo por países y ciudades, en búsqueda de las obras originales de tantos y tantos admirados artistas. Su peregrinaje lo llevó por varias ciudades italianas, por Holanda, Alemania y Francia, visitando con avidez e ilusión todos los museos que formaban parte de su lista de imprescindibles. Aún no había llegado a Europa la avalancha de turistas que luego abarrotaría los museos, así que Julio pudo disfrutar a sus anchas en cada uno de ellos. En el Louvre por ejemplo, en un descuido del personal de seguridad pudo acercarse a La Gioconda, llegando incluso a tocarla “a ver si se me pegaba algo”, recuerda divertido. Años después volvió al museo parisino y se sorprendió al ver las hordas de turistas, las medidas de seguridad y el grueso vidrio que separa al público de la famosa dama de misteriosa sonrisa. Sin embargo, nada cambió su costumbre de romper las reglas, provocando en alguna ocasión que las alarmas sonaran en el Museo Nacional del Prado en Madrid, durante una exposición de Velázquez. En esta ocasión Julio buscaba palpar la textura de la obra del maestro andaluz. Pero esto sería muchos años después de su primer peregrinaje por museos europeos, donde disfrutaría las obras de tantos y tantos admirados artistas —Botticelli, Piero della Francesca, Brueghel, Rembrandt, Mantegna, entre otros—. Sin embargo, la precariedad material que enfrentaba, empezaba a minar su ánimo.

La beca del gobierno panameño había finalizado tiempo atrás, por lo que muchos días, la dura subsistencia le ganaba terreno a la ilusión. A pesar de ello, su determinación por ir al Prado para ver la obra de su admirado Goya, lo llevó hasta Madrid. Julio Zachrisson llegó en tren a la capital española cuando iniciaba el año 1961. Se bajó en la estación de Atocha cuando aún los madrileños celebraban la llegada del nuevo año. Llevaba una tupida barba y un hombre que pasó a su lado lo saludó llamándole Fidel. Al día siguiente se afeitó completamente; no quería que sus planes se complicaran por razones políticas y alguien lo confundiera con un militante de izquierda, tan perseguidos esos días en España. Inicialmente se sintió defraudado de Madrid, sumida entonces en una dura atmósfera de censura impuesta por la dictadura franquista. Para el aventurero panameño, Madrid resulto “un pueblón” y quiso irse casi de inmediato, como tantos otros artistas latinoamericanos que huían a París o Roma al pasar por España esos años. Poco faltó para que tomara el camino de regreso a Panamá. Sin embargo, como suele suceder, el azar intervino y fue en España donde encontró el apoyo moral y la ayuda material que requería para prolongar su sueño europeo. Y en Madrid se quedó.

El artista

La primera impresión sobre Madrid fue cediendo poco a poco, al tiempo que hacía amigos que lo llevaron a descubrir la ciudad e iniciaba su vinculación con el mundillo de los artistas locales. Tras unos años sin poder comunicarse a gusto por la barrera del idioma, hablar en español y ser entendido sin problemas le animó e hizo sentir en casa. Además, la terrible dictadura franquista tenía como contrapartida la posibilidad de trabajar en un ambiente tranquilo que le permitió concentrarse. Tan pronto pudo se matriculó, de manera libre, en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, para profundizar su conocimiento en las técnicas gráficas. Una vez inscrito en la prestigiosa academia madrileña, en la que permaneció tres años, se sorprendió de ser el único estudiante que utilizaba el taller de grabado. Y es que en los años en que Julio Zachrisson inicia su formación en España, la gráfica, que había tenido en el pasado destacados exponentes como su admirado Goya, no contaba con muchos seguidores. La España de la época no era un lugar seguro para quienes se dedicaban a una técnica utilizada tradicionalmente para la crítica, la burla y la denuncia. Según narra Chus Tudelilla en el catálogo “Julio Zachrisson.

Viaje a la identidad” de la Sala de la Corona de Aragón del año 1996, cuando recibe el premio Goya Aragón, “más que un alumno de la cátedra de Luis Alegre, el panameño se convierte en mentor de varios alumnos de la Academia, con los que compartió los conocimientos adquiridos previamente en las diversas técnicas para grabar y que, curiosamente, estaban en desuso en España esos días”. En 1964 consigue un tórculo e instala su primer taller en el madrileño barrio de Arguelles, iniciando una etapa de gran producción de grabados con tendencias expresionistas y evidentes alusiones a sus raíces panameñas y latinoamericanas. Series como La Puerta, Habitantes, Bodegones, así como la significativa 9 de enero, surgen ese año. Son, al decir del documento, “El grabado en Panamá”, Museo de Arte Contemporáneo, 2004, “estampas saturadas de un humor desenfrenado, pobladas de figuras irreales y grotescas que recuerdan el arte de Goya, aunque siempre emparentadas con su entorno panameño por la sensualidad de los personajes y por lo contradictorio de las conductas que recuerdan abiertamente al mundo latinoamericano”. “Los críticos españoles llegaron a comparar su obra gráfica con la de Francisco de Goya, tanto en los aspectos técnicos como en el resultado… Julio Zachrisson maneja con maestría la punta seca y el aguatinta, con lo que consigue configurar todo un mundo fantástico de símbolos y esencia… También coinciden en el carácter reivindicativo en lo social, la sátira y el humor irónico con el que trata sus estampas y los temas de algunas de sus series como Panama 9 de enero (1964), Toro lúdico (1966) y Toro volandero (1967) que evidencian la influencia de la Tauromaquia de Goya, que lo había impresionado hondamente desde que lo descubriera durante sus años en México, y la serie Circo (1970), donde aparecen personajes dispares llenos de expresividad e inmersos en situaciones rocambolescas”, escribió María Belén Bueno, en el #21 de la Revista Artigrama (2006).

Premios y exposiciones

La situación de decadencia en que se encontraba la gráfica en España al finalizar la década del cincuenta del siglo xx, evoluciona un par de años después de la llegada de Julio Zachrisson a Madrid. Esa evolución se vincula con los cambios que se produjeron en el anquilosado mercado del arte español que, tras la Guerra Civil y los primeros años de la dictadura franquista, empieza a cambiar en la segunda mitad de los años sesenta, con el aumento del consumo y los aires de libertad que, con timidez, comienzan a sentirse en España. Las galerías se dan cuenta de la existencia de compradores potenciales que, no teniendo recursos para adquirir una obra única, si pueden hacerse de un grabado, provocando la irrupción de una nueva generación de grabadores en exposiciones y salones de grabado, al tiempo que surgen importantes concursos. El nombre del panameño Julio Zachrisson, empieza a aparecer entre este grupo de destacados grabadores españoles. En 1962 gana el primer premio de dibujo del Salón de Arte Hispanoamericano del Instituto de Cultura Hispánica, iniciando con muy buen pie su vida artística en suelo español.
Se trata de un año en que, según la crítica, los grabados de Zachrisson se pueblan de “pobres desprotegidos y seres deformes… Obras en que los recursos gráficos se apoyan en la calidad del dibujo y en contraste de claroscuros que definen ya un estilo personal…” Un año después se realizó la exposición Arte de América y España, en el madrileño parque de El Retiro.

Julio Zachrisson, junto a los pintores Guillermo Trujillo y Alberto Dutary representan a Panamá. Hasta la ciudad española acudió su compatriota, el arquitecto Ricardo Bermúdez, quien queda maravillado con la obra gráfica de Zachrisson. “….el brutal poderío del trópico y la mezcla de pueblos y culturas que ha tenido lugar en nuestra tierra, son las verídicas expresiones que aparecen en los panameñísimos grabados de Julio Zachrisson”. Solo habían transcurrido tres años desde su llegada a España, pero su obra gráfica evidenciaba su dedicación y genio creativo. “Zachrisson avasalla hoy la técnica del grabado con una maestría que no tiene que envidiar la de los grandes maestros y ofrece una creación artística de exaltado valor emocional”, escribió Bermúdez en un artículo aparecido en mayo de 1963, en el diario El Panamá América. No se trataba de un elogio exaltado de un compatriota; en realidad, unos años después, la crítica española empezó a considerar a Julio Zachrisson como uno de los más importantes grabadores españoles de la época. “Toda su sabiduría técnica —y es mucha— no la utiliza para asombrarnos con efectismos. Cuando raya la plancha metálica y la ataca con ácidos no es para probar su habilidad, sino para revelarnos su mundo… El arte de Zachrisson es una forma de desendemoniamiento, exorcismo, dramática y sorprendente fantasía. Estos monstruos engendrados por el ‘el sueño de la razón’, criaturas de aquelarre, a veces parecen adquirir la luminosa condición de símbolos…”, comentaba el desaparecido crítico y poeta ganador del premio Príncipe de Asturias, José Hierro, en el catálogo de la exposición que Julio tuvo en Panamá en 1972.
Los trabajos del panameño eran premiados sin parar durante la fructífera década de los sesenta: segundo puesto del Premio de Grabado (Madrid, 1963); Segunda Medalla General de Bellas Artes, XIII Salón del Grabado (Madrid, 1964); Premio Dirección General de Bellas Artes, XIII Salón del Grabado (Madrid 1965); Segunda Medalla de Grabado, Fundación Rodríguez Acosta (Granada, 1965); Premio Castro Gil, Salón del Grabado (Madrid, 1967), y Premio de Dibujo, Concursos Nacionales (Madrid, 1969). Su participación en uno de estos concursos provocó la confusión que aún persiste sobre su año de nacimiento. Julio Zachrisson nació el 5 de febrero de 1927, pero necesitaba ser un poco más joven para poder participar en uno de esos concursos que tanto lo ayudaron a darse a conocer y pagar las cuentas.

En consecuencia, en la mayoría de los catálogos y artículos sobre su vida y obra se dice que el artista panameño nació en 1930. No es cierto y, afortunadamente, ya nadie le va a quitar el premio ganado gracias a su talento y una pequeña mentira. La buena fortuna también lo acompañó en las exposiciones a partir de su llegada a España. El mismo año en que participa con sus compatriotas Trujillo y Dutary (1963) en la muestra Arte de América y España en el parque de El Retiro de Madrid, expone en la Galería Fórum de la misma ciudad, en la Escuela de Bellas Artes de la ciudad de Guatemala y en el Instituto Panameño de Arte (Panarte) en Panamá, donde vuelve a exponer en 1964, 1965 y 1972. En 1964 presenta su obra por primera vez en Estados Unidos, específicamente en la sede de la Organización de Estados Americanos,, en Washington; y en 1966 lo hace en la desaparecida galería Zigri de Nueva York, a la que su obra volvería en 1968 y en 1970. En aquel momento surgió la posibilidad de llegar al mercado estadounidense y, para ello, desde la galería le conminaban a mudarse a Nueva York. Sin embargo, los años de aventura habían quedado atrás. Julio estaba sumergido en un proceso creador que no le apetecía interrumpir con una mudanza que incluía asumir el riesgo económico. Además, en 1966 conoció a la que sería su compañera y cómplice, María José Torrente, Marisé, hija del escritor gallego Gonzalo Torrente Ballester.

A Julio le gustaba vivir en el mismo lugar donde trabajaba, así que poco tiempo después de conocer a Marisé, llevó hasta su apartamento en la avenida de Los Toreros de Madrid, no solo su muy peculiar guardarropa sino también sus aparejos de artista, entre ellos el tórculo que formó parte del paisaje doméstico de la pareja hasta finales de los años noventa, cuando el artista no pudo seguir utilizándolo para expresar su arte, debido al gran esfuerzo físico que implicaba. Julio se apoderó literalmente de la mayor parte del amplio apartamento para trabajar, dejándole a Marisé solo un salón como espacio para recibir visitas y para que ella pudiera realizar la tarea de traductora a la que se dedicaba. Nunca más se separaron, a pesar de sus personalidades tan dispares. “Julio es mi absoluto contrario. Él es dúctil, voluptuoso y versátil, mientras que yo soy dura como un pedernal. Él es calor y yo frío”. Son palabras de Marisé, para quien nunca hubo dudas: “si algo me alegra en esta vida es haberlo conocido”. Y es que, a pesar de las diferencias de personalidad, la vida de la pareja reflejó siempre el singular mundo de complicidades que construyeron. Libros apilados por doquier en el apartamento-taller, distribución de tareas domésticas —Julio disfrutó siempre cocinar—, y el singular horario de trabajo que, antes de que el glaucoma le impidiera seguir pintado, iniciaba a las 10 de la noche y se prolongaba hasta bien entrada la mañana, cuando la pareja se iba a la cama. Marisé también se acopló a los gustos musicales de Julio —salsa, jazz y flamenco—, acompañándolo a conciertos y presentaciones de tantos y tantos grupos que durante estos años pasaron por Madrid, y recibiendo en casa a músicos panameños que buscaban en España el sueño de éxito y fortuna.

En 1987 se casaron por razones prácticas: para que Julio pudiese obtener la nacionalidad española y obtener los beneficios que ello conllevaba. No tuvieron hijos; así lo decidieron. “Julio lleva todas las edades”, fue la descripción que hiciera, con evidente admiración, la compañera de vida del artista panameño. Y lleva razón: el peso de los años hizo mella es sus ojos y en sus pulmones, que un día le pasaron factura por tanto tabaco y, probablemente, por los ácidos utilizados para grabar, pero su espíritu joven, alegre e irreverente nunca cambió. Los años y la ausencia no lograron cambiar al chico del barrio de San Felipe que un día se marchó en búsqueda de un sueño.

Muestras allá y acá

“Mis grabados representan a mi Panamá; ese Panamá surrealista. Mis muñecos son figuras humanas asimétricas que también rayan en el surrealismo… Trabajo el grabado a mis anchas; identifico mi fuerza expresiva con esa técnica incisiva de rayar sobre una plancha metálica, con cierta violencia que es como catarsis…”.  Así explicaba Julio Zachrisson su trabajo y su obra al regresar a Panamá, doce años después de su partida, convertido en un reconocido artista. Era el año de 1972 y un régimen dictatorial se había impuesto en el país tras un golpe militar ocurrido en 1968. Paradójicamente, la situación política no constituyó un freno para la vida cultural en Panamá, todo lo contrario. Bajo esa circunstancia, Julio es invitado por el entonces Instituto Nacional de Cultura y Deportes. Sin embargo, la institucional cultural no contaba con una galería, de manera que la exposición se realizó en el Instituto Panameño de Arte, antecedente del Museo de Arte Contemporáneo. La obra del grabadista panameño asombró, produjo espanto, tristeza e incluso hizo reír a quienes se acercaron a verla. “Zachrisson ha encontrado en los procedimientos tradicionales —la punta seca, por ejemplo— la vía de acceso necesaria para conectar su propio mundo y su personalidad… hacer bailar a sus personajes al ritmo de su propia música”, escribió Edilia Camargo en un diario de la fecha. En otra entrevista que le hiciera Vilma Ritter a propósito de esta exposición, Julio explicó que a través de sus grabados, “va comunicando todo ese Panamá visto por su conciencia desde lejos”, una lejanía que en aquel momento alcanzaba los 12 años. “Mis muñecos siempre estarán en mis grabados, en mi pintura, en mis esculturas… jamás podría ser abstracto”, agregó. Unos años después, en 1977, Julio Zachrisson sorprende a la crítica española que lo conocía solo como grabadista, al exponer una impactante obra pictórica en la Galería Aele de Madrid. El pescador de Otoque, Micaela en el jardín, El velorio de Panchamanchá, La guapachosa, Mamey colorado, La tapa del coco, son algunos de los panameñísimos títulos de los cuadros de vibrante colorido que Julio Zachrisson presentó entonces. Su intención era hacer una obra que dignificara hechos cotidianos de Panamá, como Los borrachos de Velasquez o La gallina ciega de Goya lo había hecho.

“El velorio de Panchamanchá es una forma de reflejar un hecho panameño, con una humildad muy digna… la temática de la exposición es Panamá”, explicó en aquel momento el artista. “Mi exilio voluntario hace que lleve a Panamá muy dentro y busque darle una dignidad y un contenido profundo y verdadero, porque a lo panameño hay que darle una revalorización auténtica”, explicaba el artista al periodista Rafael Vargas Santos, corresponsal en Madrid de El Matutino. Su compatriota Roque Javier Laurenza, que esos días vivía en Madrid, describe con admiración la obra pictórica de Julio Zachrisson en el diario La República ya desaparecido: “… en todas las obras que expone, la fuerza de la inspiración va unida a la pericia técnica… el pintor trabaja a la manera renacentista, sobre maderas y valiéndose de tintas de su invención… Lo panameño se convierte en lo universal, en materia trascendente, en álgebra de colores, volúmenes y líneas muy distantes de las impurezas del simple costumbrismo…”. Unos años después de esta primera exposición de su obra pictórica, Julio Zachrisson es descrito por el crítico de arte Enrique Castaños Alés, como un “pintor irónico y mordaz”, que utiliza el color con generosidad para recrear figuras de culturas precolombinas y fantasías eróticas. “Cuando se decide a emplear el color, lo hace con gran maestría, consiguiendo unos verdes y unos ocres soberbios… los cuadros de Zachrisson se caracterizan por una figuración de orígenes amerindios, una equilibrada contención cromática, el empleo de la línea en zigzag, un inocente erotismo y una lejana influencia surrealista, no tanto por la raíz inconsciente de su extraña fauna figurativa, que no la tiene, sino por sus formas caprichosas alejadas del sistema de proporciones y del canon renacentista”, añade Castaños Alés en un artículo de 2004.

Tras esa primera exposición de pintura, la obra de Julio Zachrisson empezó a aparecer en galerías y museos de diversas ciudades españolas —Madrid, Málaga, Zaragoza, Alicante, Santander, Segovia, Barcelona, Santiago de Compostela, Vigo, Córdoba, Jaén, Ibiza, La Coruña—, de Canarias y de medio mundo. Galerías en Puerto Rico y en ciudades como Dublín, Toronto, Tánger, Guatemala, Washington y Nueva York han acogido su cuadros y grabados en exposiciones individuales; mientras que trabajos de Julio Zachrisson han sido parte de muestras colectivas e importantes bienales en Washington, Nueva York, Delaware, California, Chile, Colombia, Argentina, Puerto Rico, Venezuela, Costa Rica, México, Cuba, Brasil, Viena, Copenhague, la antigua Yugoslavia, Polonia, Roma, París, Londres, varias ciudades italianas, alemanas y españolas, Yokohama, y otras tantas. Además, su relación con los grabadores estadounidenses radicados en España Don Herbert y Denis Long permitió la publicación de varias series de litografías, durante la década de los 80.

Hoy, su obra se encuentra en prestigiosas instituciones de arte de todo el mundo como el Metropolitan Museum of Modern Art de Nueva York, el Museo de Brooklyn, el Smithsonian Institute en Washington, el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, el Cabinet des Estampes de la Bibliothèque Nationale France, en París, el Museo de Grabado de Buenos Aires, el Instituto de Artes Gráficas de México, y muchos más, incluyendo por supuesto el Museo de Arte Contemporáneo de Panamá. Los premios también continuaron. En 1991 obtuvo el Accésit Vi Premio Grabado Máximo Ramos (Ferrol); en 1992 el Accésit Vi Premio Grabado Bienal de San Juan, Puerto Rico; en 1993 el Premio Concurso Nacional de Grabado, Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, y el que es, sin duda, una de sus más grandes orgullos, el ya mencionado Premio Grabado Aragón Goya, otorgado por el Gobierno de Aragón en 1996 y que Julio Zachrisson recibió en Fuendetodos, donde naciera su admirado Francisco de Goya. En el año 2009, Julio Zachrisson y su obra fueron descritos de forma muy singular por el entonces presidente de la Asociación Madrileña de Críticos de Arte, Tomás Paredes, durante un homenaje organizado por la Embajada de Panamá en Madrid: “barroco maravilloso… pétalo y de azúcar caribeña, diamela de son y geometría, fiesta de ritmo… personaje de sed y calentura, dulce como la fruta dulce madura… irónico zumbón, fieramente humano, danza en el filo de la oscuridad y camina, en secreto, por el jazmín inocente de la ternura…”.

Panamá siempre

“El otro año se puede hacer con el tema del caimito, para ver quién pinta el mejor caimito. El caimito, la iguana, el arroz con coco y guandú son símbolos de nuestra nacionalidad y así estaremos defendiendo la soberanía”. Era el año 1976 y Julio Zachrisson hablaba con el periodista panameño Rubén Murgas de visita en Madrid sobre el futuro del Concurso Nacional de Pintura “Soberanía”, cuya primera edición había ganado un año antes con una obra sobre los sucesos del 9 de enero de 1964. Julio no pudo ir a Panamá en el año 1975 a recibir el premio para una obra que, asegura, “estuvo gestando toda la vida”, como miembro de esa generación de panameños que vivió, sufrió y combatió la presencia del “imperio”, como siempre lo llamó. Ese sentimiento nacionalista se acentuó durante los años vividos en México y a partir de entonces, su obra fue el camino para expresarlo. Por ello, el sacrificio de los jóvenes estudiantes panameños en defensa de la bandera y de la patria, produjo la serie de grabados del 9 de enero de 1964, y el cuadro premiado. Unos años más tarde, en diciembre de 1989, la patria volvió a dolerle profundamente. Las tristes noticias venidas de Panamá hicieron que Julio se encerrara por varios días en su taller en Madrid, dando a luz el grabado “Panamá 20 de diciembre de 1989”, que recoge todo el dolor y el absurdo que produjo la invasión militar de Estados Unidos, aquella violenta Navidad de 1989.

Pero eso ocurriría unos años después. En 1978, Julio Zachrisson regresa a Panamá a presentar su trabajo por gestiones del Instituto Nacional de Cultura, y nuevamente en 1999, para exponer en la Galería Habitante dibujos de gran formato, elaborados sobre papeles vegetales utilizando tiza, acuarela y tinta. “Estoy volviendo a las cosas primigenias. Ando buscando un mundo alrededor del Monumento de Barriles”, comentó entonces. Durante los años 70 y 80, el grabado y la pintura de Julio Zachrisson caminan por sendas paralelas. Poderosas mujeres, chamanes y personales surgidos de la historia latinoamericana en general y panameña en particular, protagonizarán su obra. “Son imágenes esenciales que hablan de la historia y del mito”, explica el ya mencionado Chus Tudelilla. Pero las largas ausencias de Julio no impidieron que su obra pudiese ser vista en Panamá. En 1982, la galería Arteconsult presentó una colección de litografías del taller de Don Herbert, cuyos protagonistas forman parte de históricas fantásticas o plantan cara ante el dominio colonial. Previamente, en 1965, el Instituto Panameño de Arte organizó, sin su presencia, una exposición. Lo mismo ocurrió en 1993, en el Museo de Arte Contemporáneo. Siete años después, en 2006, Julio vuelve a Panamá a presentar una retrospectiva de su obra en Allegro, y a recibir la Orden de Vasco Núñez de Balboa, la máxima condecoración nacional. “Zachrisson sigue mostrando su dotes del agudo comentarista social que apunta hacia nuestros miedos y deseos… Su producción reciente, que ya no incluye grabados por problemas de salud, se ha tornado más íntima y se enfoca sobre todo en la estrecha comunión de la pareja… a los 76, Zachrisson es capaz de reinventarse en una obra de gran complejidad formal y psicológica”, comentó la curadora de arte, Adrienne Samos, a propósito de esta muestra. Samos también vincula a Zachrisson con los nuevos artistas panameños que “miran a la realidad de frente, sin idealismos escapistas”. Se trata, sin duda, de un especial homenaje a quien, desde muy joven, criticó el escapismo de sus colegas artistas que dejaban de reflejar en sus trabajos la compleja realidad nacional. Radiografía vital fue el nombre de la exposición que incluyó 35 obras en técnica mixta con papel hecho a mano, papel reciclado y pintura. “Zachrisson es atemporal, porque ni él ni su obra tienen edad. Posee la modernidad y la frescura de quién no cesa de reinventarse…”, comentó Mirie de la Guardia, propietaria de Allegro. Pero el regreso en 2006 no solo fue para Julio Zachrisson una oportunidad para presentar y vender su obra; también fue un emotivo viaje de regreso a los rincones de sus nostalgias. En lugar de hospedarse con su familia como había hecho en el pasado, él y Marisé se quedaron en un apartamento de su querido Casco Antiguo, lo que le permitió caminar y disfrutar a sus anchas del barrio donde creció y del que se fue para no volver en 1953. “Ahora estoy en casa otra vez y se siente bien”, dijo entonces.

Alma panameña

Pasada la primera década del nuevo siglo, el ambiente en el Parque de Santa Ana y sus alrededores es muy diferente al que conoció Julio Zachrisson en su juventud. La decadencia impera y las advertencias sobre los peligros abundan. Sin embargo, el pintor no se detiene en su intención de recorrer cada esquina y conversar con cada persona que se encuentra. “Por allá roban… no se aleje tanto”, le grita una vendedora de lotería durante su visita el verano de 2012, cuando volvió a exponer su obra otra vez en la Allegro Galería. No hace caso, sigue adelante, escudriña, pregunta. “Nadie me va a robar, yo soy de aquí”, alega testarudo, mientras Marisé le sigue los pasos preocupada. Con la vista muy afectada, se confunde… son tantos años. “Aquí venía a jugar billar”, asegura al abrir una puerta de un destartalado local, mientras sonríe al escuchar los ritmos tropicales de siempre. “Aquí es, está todo feo y distinto, pero éste es el lugar”, afirma con alegría mientras intenta unos pasos de baile. A Julio Zachrisson nunca dejó de dolerle la patria. A pesar de que la presencia del ejército del país más poderoso del mundo terminó al cambiar el siglo, y que las cercas de ciclón con letreros en inglés que impedían el paso en la Zona del Canal desaparecieron, otros dolores surgieron. Dolió perder el mar escondido entre moles de cemento y hormigón, o la destrucción de los barrios de su memoria como Bella Vista y San Francisco. “Estamos en una vorágine de los gobiernos y de la empresa privada. Coño, un poco de sentido común, por favor”, comentaba indignado al ver en lo que se ha convertido la ciudad, su ciudad. Y es que, sesenta años después de su partida, poco queda del Panamá que conoció Julio Zachrisson y que permaneció vivo en sus recuerdos. Un Panamá que, para fortuna de esta tierra, seguirá vivo en la inmortal obra de un artista que es y será por siempre un panameño universal.

Referencias bibliográficas

Aguilar Nicolau, Amalia (2007, enero). “Julio Zachrisson, radiografía vital, Revista Agenda.

Aguilar Moreno, Marta (2005). “El grabado en las ediciones de bibliografilias realizadas en Madrid entre 1960 y 1990”. Madrid: Facultad de Bellas Artes, Universidad Complutense de Madrid.

Bermúdez, Alexander (1998, diciembre). “La genialidad tiene algo de locura”. Tragaluz.

Bermúdez, Ricardo (1963, 26 de mayo). “Dibujos, litografías y grabados”. El Panamá América.

Bueno, María Belén (2006). Madrid: Revista Artigrama, nº. 21.

Camargo, Edilia (1972, 14 de enero). “Julio A. Zachrisson: el grabado lúdico”. La hora.

Castaños Alés, Enrique (2004, 1 de octubre). “Erotismo y surrealismo en Julio Zachrisson”. Málaga: diario Sur.

Domínguez, Daniel (1997, 2 de noviembre). “Un tributo a Julio Zachrisson”. La Prensa.

Entrevistas con Julio Zachrisson.

Franceschi, Víctor M. (1960, 11 de julio). “Julio Zachrisson o el temperamento endemoniado”. La Estrella de Panamá.

Hierro, José (1971). Catálogo de exposición. Editora La Nación.

La Estrella de Panamá (1971, 16 de diciembre). Exposición de Julio A. Zachrisson.

La Prensa (2012, 1 de febrero). “Idas y vueltas de don Julio”.

Laurenza, Roque Javier (1978, 5 de febrero). “Julio Zachrisson, un pintor panameño en su laberinto”. La República.

Museo de Arte Contemporáneo (2004). “Julio Zachrisson y sus raíces panameñas. El grabado en Panamá”.

Murgas, Rubén (1976, 17 de mayo). “Julito también es profeta en Panamá”. Crítica.

Radiografía vital. Catálogo. Allegro Galería, noviembre 2006.

Revista Mosaico (2004, 24 de octubre). “El que no olvida a su patria”.

Ritter, Vilma (1971, 14 de diciembre). “Julio Zachrisson: el hombre y el pintor”. El Panamá América.

Sepúlveda, Mélida (1978, 5 de febrero). “El arte puede plasmar nuestro drama actual”. La República.

Tudelilla, Chus (1996). “Julio Zachrisson. Viaje a la identidad”, Catálogo de la Sala de la Corona de Aragón.

Vargas Santos, Rafael (1978, 21 de febrero). Entrevista a Julio Zachrisson”. Matutino.