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    Carlos Alberto Mendoza

Manuel Amador Guerrero

by: Carlos Alberto Mendoza

(con la colaboración de Lorena Roquebert V.)

No es fácil escribir sobre Manual Amador Guerrero. Fue figura importante de la antesala del 3 de noviembre. Después, ocupó la Presidencia de la República de 1904 a 1908. Y, sin embargo… su estampa sigue en la penumbra.

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Es abogado e historiador panameño. Después de la restauración democrática en Panamá ejerció el periodismo, desempeñándose como director del diario El Panamá América, y director editorial de Crítica Libre. Fue el primer presidente de la Autoridad de la Región Interoceánica, que se encargó de la administración de los bienes que fueron revirtiendo a Panamá, de acuerdo con lo pactado en los Tratados Torrijos-Carter. Con posterioridad, y por casi cinco años, desempeñó el cargo de embajador de Panamá ante la República de China, con sede en Taipéi, Taiwán. Como historiador ha publicado libros sobre historia del Istmo, durante los siglos XIX y XX. Su ejercicio profesional como abogado ha girado siempre alrededor del Derecho Laboral.
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Overview

Se hacen esfuerzos por resucitar su memoria de tiempo en tiempo, con menguado resultado; la juventud lo mira con indiferencia. La explicación no es complicada. Dentro del conservatismo istmeño, no fue estampa predominante. Había entre sus copartidarios plumas de la jerarquía de Samuel Lewis y Nicolás Victoria; figuras ambiciosas y de alguna garra como Santiago de la Guardia; hombres de negocios con habilidad y tino como Ricardo y Tomás Arias y Manuel Espinosa Batista. Frente a ellos, Amador no descolló marcadamente.

Pero hay un hecho insoslayable, Amador Guerrero desempeñó un papel trascendente en la jornada del 3 de noviembre. A José Agustín Arango, padre de la causa separatista, noble y desinteresado, a quien se conocía como el “maestro Arango”, le correspondía la primera Presidencia de la República. No la aceptó, y allí el origen del cuatrienio Amador.

Fueron siempre estrechos los lazos del Istmo con la costa  atlántica de Colombia. Amador Guerrero nació el 30 de junio de 1833 en Turbaco, departamento de Bolívar. Costeños eran también Eusebio A. Morales, Francisco Filós y José Dolores Moscote, entre otros. Ismael Ortega describe Turbaco como “oscuro e ignorado”. Inevitable que sus primeros estudios los dirigiera su progenitor, José María Amador. En la vieja ciudad de Cartagena ingresó a la universidad a cursar medicina, “o lo que entonces se tenía por tal” en palabras de Eduardo Lemaitre.

Panamá en esos tiempos vegetaba y decaía, pero el descubrimiento de oro en California la hizo resurgir una vez más, justificando la construcción del primer ferrocarril transcontinental. Pensando que en el Istmo tendría mejor futuro, Amador se mudó allí en 1854.

Difícil y costosa resultó la construcción del ferrocarril. Las condiciones climáticas resultaron mortales para trabajadores llegados de todas partes. George McMaster Totten, director de la obra y su primer superintendente, ofreció a Amador, recién graduado, la posición de médico de la compañía, con residencia en la estación de Monkey Hill, lugar malsano donde las enfermedades diezmaban los trabajadores. Según Ismael Ortega, una vez que se terminó la construcción de la vía férrea, Amador se fue a vivir a Colón, donde actuó como administrador de correos de la provincia durante el gobierno de José María Urrutia.

Amador fue conservador toda su vida, intransigente y arraigadamente clerical. Veraguas era entonces casi genéticamente conservadora. No fue sorpresa que Amador estableciera en ese medio su residencia. Se dedicó a la política, el ejercicio de su profesión y los negocios. Junto a su hermano, Juan de Dios, creó un endeble negocio llamado Amador Hermanos, dedicado a la exportación de productos del Istmo al resto de Colombia. Las actividades mercantiles nunca permitieron acumular más que un pequeño patrimonio y, a veces, según cuenta Oscar Terán, “coronarse de deudas”.

En Santiago tuvo una señora de asiento, con quien engendró su hijo primogénito, Manuel Encarnación Amador.

Amador acumuló ciertos éxitos en el ambiente recoleto del conservatismo veragüense. Fue consejero municipal del distrito de Santiago y diputado a la Asamblea Legislativa del estado del Istmo por esa provincia. Aparece como prefecto del departamento de Veraguas. En 1858 y 1859 viajó a Bogotá como miembro de la Cámara de Representantes.

En 1855 una enmienda constitucional en Bogotá creó el Estado de Panamá compuesto por Panamá, Azuero, Chiriquí y Veraguas. El federalismo garantizaba amplia autonomía, que se mantuvo hasta 1886. Es lo cierto, empero, que esa autonomía se vio mediatizada por interferencias de la guardia colombiana que dependía directamente de Bogotá y con frecuencia hacía nugatorias las decisiones de las autoridades panameñas. Además, rencillas no siempre justificadas entre liberales y conservadores e incluso facciones de los dos partidos, mantuvieron al Istmo en inseguridad y alarma.

El 3 de marzo de 1868 falleció de fiebre amarilla en ciudad de Panamá el presidente del Estado Vicente Olarte Galindo según certificaron los facultativos que lo atendieron. Se encargó del Poder Ejecutivo Juan José Díaz en su condición de segundo designado por estar ausente el primero, Manuel Amador Guerrero. Este no quiso asumir el cargo con posterioridad porque aspiraba ocuparlo en propiedad como candidato de los conservadores istmeños.

Mientras tanto, el coronel Juan Nepomuceno Herrera, prefecto de la provincia de Chiriquí, se alzó en armas en David. Hacia allá partieron para someterlo el general Fernando Ponce, comandante del Ejército nacional en Panamá, en compañía de Buenaventura Correoso, Juan Mendoza, Domingo Díaz y José María Bermúdez, quienes consiguieron su rendición incondicional.

Las elecciones para diputados de la asamblea legislativa del Estado dieron resultados favorables al conservatismo y la candidatura de Amador Guerrero. El 5 de julio de 1868 se celebró un cabildo popular en la capital al que asistieron numerosos liberales quienes acordaron remplazar al presidente Díaz por un mandatario provisional, el general Fernando Ponce. En esa junta también fueron escogidos como designados: Buenaventura Correoso, Pablo Arosemena, Mateo Iturralde, Pedro Goytía y Juan Mendoza, en ese orden. El triunfo de Amador se desconoció, ya que los liberales no estaban dispuestos a aceptar un gobernante conservador en el Istmo.

Los conflictos entre la guardia nacional y las milicias del Estado finalizaron el gobierno de Ponce. Buenaventura Correoso asumió la presidencia y fue ratificado por una asamblea constituyente, hasta septiembre de 1873.

Los conservadores concentrados en la provincia de Chiriquí se alzaron en armas contra Correoso, quien se dirigió por mar al interior a develar la insurrección. Vencedor en la provincia de Los Santos, marchó a Veraguas. A un cuarto de milla de Santiago tuvo lugar el combate de El Hatillo, entre fuerzas liberales de Correoso y conservadoras de José Aristides de Obaldía aliadas con Amador, las cuales sufrieron aplastante derrota. Después del combate, Amador trató sin éxito de fletar un buque que lo condujera a Costa Rica pero cayó en manos de los victoriosos liberales que lo desterraron. Fue a dar a Cartagena, donde vivió en pueblos del departamento de Bolívar por un año.

En 1869 Amador regresó a Panamá a ejercer su profesión. A pesar de diferencias políticas existentes entre ellos, el presidente Correoso lo nombró médico del hospital Santo Tomás. Por el resto de su vida el médico se alejó de las incursiones bélicas.

En los años siguientes Amador siguió sirviendo en el hospital Santo Tomás; y por nombramiento del Ministerio de Guerra en Bogotá, llegó a ser médico de la Guarnición Nacional en Panamá. Discretamente desempeñó cargos públicos como consejero municipal del distrito de Panamá, prefecto de la capital y diputado a la Asamblea Legislativa del Estado soberano.

Años más tarde, el 6 de enero de 1872, contrajo matrimonio con María de la Ossa y tuvieron dos hijos: Raúl, médico como su padre, y Elmira.

Sin haber aprendido del poco éxito de sus negocios veragüenses, se asoció otra vez con su hermano Juan de Dios y se creó Amador Guerrero Hermanos. Los socios terminaron arruinados, y a la muerte de su hermano le tocó enfrentar las consecuencias. Hay que reconocer que Amador celebró acuerdos con los acreedores que le permitieron liquidar para siempre sus actividades mercantiles. Después, más que en la medicina, buscó supervivencia en la política.

En la vida de Amador hasta fin de siglo hay hechos que requieren mención explícita. En 1885 el radicalismo liberal se fue a la guerra contra el presidente Rafael Núñez, radical en otro tiempo y ahora socio político del conservatismo. Esa contienda se perdió a pesar del heroísmo de los conductores liberales. Sobresalió el joven general Ricardo Gaitán Obeso. Núñez lo mandó preso a Panamá y Amador afirmó que su súbito fallecimiento se debió a fiebre amarilla. El doctor Saavedra, médico liberal bogotano radicado en Panamá, contradijo a Amador de la siguiente manera:

Si el general murió de fiebre amarilla ¿por qué tenía negra la piel de la parte posterior al cráneo, o sea del cerebelo? Dicha enfermedad no deja esas huellas en los cadáveres de sus víctimas. Al general Gaitán seguramente lo intoxicaron con digitalina, que propinada en dosis suficiente, produce esas manifestaciones en los cadáveres de las personas atacadas por el mencionado veneno. Pero yo continuaré sosteniendo que el general no murió de muerte natural.

La Academia Colombiana de Historia publicó en 2013 una biografía, escrita por Rodrigo Llano Isaza, titulada Ricardo Gaitán Obeso (1851-1886). Mártir del liberalismo, en la que se afirma explícitamente:

[…] más sospechoso aun fue la forma de su entierro. El Gobierno autorizó el entierro para las 5 p.m. y cuando los liberales del Istmo fueron llegando, se enteraron que el Gobierno, precipitadamente y sin autopsia, lo había hecho enterrar… Sobre el cadáver de Gaitán, sus asesinos temían que el homenaje que los liberales querían rendirle al acompañarlo a su última morada, pudiera producir disturbios o una asonada… pero, es que, además, el crimen acobarda.

Federico Escobar, poeta del arrabal santanero escribió un sentido poema en memoria de Gaitán. José María Vargas Vila, en sus “pinceladas y siluetas políticas”, dijo del general: “Su genio lo hizo grande. Núñez lo hizo inmortal. La patria le había discernido la corona de los héroes; la dictadura le dio la palma de los mártires”.

En conclusión, hay que afirmar que el diagnóstico de Amador sobre la muerte de Gaitán Obeso es cuestionado, y de qué manera, por gran parte de la historiografía colombiana.

Cuando murió Gaitán Obeso en abril de 1886, el general Ramón Santodomingo Vila era presidente del Estado soberano de Panamá. Asumió una postura contradictoria en relación a posibles homenajes de los liberales a su memoria. Estas vacilaciones y un sonado caso contra Star and Herald, le ganaron manifiesta animadversión del presidente Núñez. Renunció Santodomingo y Amador se encargó del puesto por unos días hasta que lo reemplazó en propiedad el general Alejandro Posada.

La victoria nuñista en la guerra de 1885 produjo la muerte de la Constitución de 1863. Núñez nombró un Consejo de Delegatarios encargado de preparar una nueva para el país. En ese ente predominó Miguel Antonio Caro, reaccionario pero brillante. El resultado fue la Constitución de 1886, autoritaria, casi monárquica y clerical. No solamente desapareció el Estado soberano de Panamá, sino que al Istmo se le negó la condición de departamento. Panamá pasó a ser territorio, gobernado mediante legislación especial emitida directamente por Bogotá. No existe constancia de que Amador protestase frente a este inaudito atropello, ni que sintiera incomodidad alguna.

En 1892, el galeno fue a Bogotá en compañía del obispo de la Diócesis, José Alejandro Peralta, Pedro J. Sosa y otros, para apoyar la prórroga de la concesión solicitada por la compañía del canal. Informa Ismael Ortega que a su regreso de esa exitosa gestión, la Panamá Railroad Company lo nombró médico, con residencia en la ciudad de Panamá.

Los abusos de los conservadores contra los liberales en toda Colombia, a pesar de que el liberalismo representaba por lo menos la mitad del electorado, se manifestó de diferentes maneras: los periódicos del partido fueron implacablemente perseguidos; no hubo más senadores liberales en Bogotá y solamente un miembro de la Cámara de Representantes. De igual manera se atacó con saña a sus más altos conductores y se exilió a Santiago Pérez quien era un hombre del talento, estatura moral, trayectoria de insigne educador y expresidente de la república. Hasta que en 1899 estalló una guerra civil entre liberales y conservadores que duró tres años, mil días.

En Panamá la contienda tuvo características especiales. Los conservadores de aquí poco fue lo que arriesgaron. Por lo general mostraron alergia por los campos de batalla. Amador prefirió actuar como consejero del gobernador Víctor M. Salazar, quien lo candidateó sin éxito para senador en Bogotá. No obstante, Eduardo Lemaitre dice sobre Amador: “… estaba al tanto de cuanto ocurría no solo en la administración local, sino en el campo de las operaciones militares”. El 20 de julio de 1900 los liberales estuvieron a punto de ocupar ciudad de Panamá. Emiliano Ponce J., distinguido facultativo conservador panameño, le contó al vicepresidente Marroquín lo siguiente: “Amador se hizo pasar el día 21 dentro de un barril de manteca hasta Colón, y de allí se embarcó para Nueva York, mientras el general Albán tuvo que colocar aquí hasta médicos extranjeros, porque nosotros no alcanzábamos a curar a los heridos”.

En contraste, los liberales istmeños durante la guerra participaron activamente en los campos de batalla. La historia recuerda las acciones de Belisario Porras, Carlos A. Mendoza, Eusebio Morales, Domingo Díaz y el gran estratega liberal Benjamín Herrera. Gran parte de lo mejor de la juventud liberal sacrificó su vida en el Puente de Calidonia. Finalmente, la victoria liberal en Panamá fue completa, pero Estados Unidos impidió que las ciudades de Panamá y Colón cayeran en manos de la revolución. El Tratado del Wisconsin de 21 de noviembre de 1902 dio por terminada la contienda.

Los efectos de la guerra en Panamá fueron devastadores: las escuelas dejaron de funcionar por tres años, la ganadería no se recuperó hasta medio siglo después, la economía quedó destruida. Los odios y persecuciones contra los liberarles, denunciados constantemente por Mendoza, continuaron sin tregua hasta entrado el año de 1903.

Mientras tanto, era evidente que solo Estados Unidos podría concluir la obra después del fracaso de la compañía francesa del canal. Sin embargo, la diplomacia colombiana estaba en las manos inexpertas y dubitativas del anciano vicepresidente Marroquín. Este tuvo como negociadores en Estados Unidos a un hombre del talento y visión de Carlos Martínez Silva, y después a José Vicente Concha; pero no confió en ellos ni les envió guías claras y específicas. Vacilaba entre conceptos nebulosos e imprecisos de soberanía y dinero. Finalmente ordenó al secretario de la legación en Washington, Tomás Herrán, que firmara el tratado. Cuando por azar el Tratado Herrán-Hay llegó al senado colombiano, Marroquín no lo defendió.

En Panamá, el Herrán-Hay dividió la opinión pública. Pablo Arosemena, Ricardo Arias, Buenaventura Correoso y Eusebio Morales, entre otros, lo defendieron. Belisario Porras, Carlos Mendoza y otros istmeños, lo adversaron. Mendoza en un artículo titulado “Carta sin sobre”, publicado por el periódico satírico El Duende, afirmaba:

En Panamá, por razones muy sabidas, la opinión no se ha hecho sentir sino de modo muy imperfecto… Las voces que más ruido hacen son las de unos pocos, que, sin apasionadas expresiones, podrían llamarse los negociantes, aquellos que solo ven el lado de los intereses materiales y de los provechos inmediatos… Hasta ahora son ellos casi los únicos que, por conducto de La Estrella, hacen gala de opiniones que, en resumen, van contra la soberanía del país.

Belisario Porras, en un carta publicada por El Porvenir de Cartagena decía: “… no creemos que después de la luminosa propaganda de El Porvenir en defensa de los intereses, de la honra y de la integridad de ella [la patria], se levantará una voz, una sola voz, que pida la aprobación, sin modificaciones del Tratado Herrán-Hay”.

A principios de junio de 1903, el patriarca conservador José Agustín Arango tenía ya sospechas de que el Tratado Herrán-Hay sería rechazado por el senado colombiano, como en efecto ocurrió el 17 de agosto, por lo que decidió no viajar a Bogotá a ocupar su curul. Ya para entonces Arango estaba convencido de que Panamá debía independizarse de Colombia.

Arango se entrevistó con J. R. Beers, capitán del puerto de La Boca y agente de la compañía del ferrocarril de Panamá, a quien le manifestó su propósito de promover la separación del Istmo y celebrar directamente con el Gobierno estadounidense un tratado similar al Herrán-Hay; y que le solicitaba que pulsara en el país del norte el posible apoyo que pudiera esperarse después de proclamada la independencia.

Beers partió a mediados de junio y en Estados Unidos se entrevistó con William Nelson Cromwell, abogado de la compañía canalera francesa, quien acogió la idea con entusiasmo, garantizando que obtendría el apoyo del Gobierno estadounidense para el movimiento separatista.

Durante la estadía de Beers en su país, Arango le confió a Amador Guerrero el secreto de su idea independentista y del plan que ya había comenzado a desarrollar. Amador ingresó a las filas de la conspiración. Al regresar Beers, informó que Cromwell había sugerido que un representante de Arango viajara a los Estados Unidos. Por lo que este nombró a Amador en compañía de Ricardo Arias, quien a última hora no pudo viajar.

Con autorización de Arango y la junta separatista, Amador partió a fines de agosto rumbo a Nueva York. Allí se entrevistó con el abogado Cromwell, con quien acordó que juntos debían viajar a Washington para tratar de entrevistarse con el secretario de Estado, John Hay. Pero cuando a la hora convenida para iniciar el viaje, Amador llegó a buscar a Cromwell en su residencia, este lo dejó plantado. Lo esperó en vano largo tiempo, y considerándose burlado o traicionado, mandó a Panamá un cable con una sola palabra disappointed. Mientras esperaba en Nueva York instrucciones de Panamá, un hecho casual y providencial cambió el rumbo de los acontecimientos.

Philippe Bunau-Varilla, ingeniero francés extraordinariamente ligado al proyecto del canal, llegó a Nueva York el 22 de septiembre y se dirigió al banco Piza, Lindo and Company de Nueva York. Allí, después de saludar a su amigo, Joshua Lindo, le preguntó si era cierto que había rumores de planes separatistas en el Istmo. Lindo lo puso al tanto de lo que trataba de hacer Amador, y sugirió la posibilidad de una entrevista entre ellos.

Se reunieron los dos en el Waldorf Astoria, donde se hospedaba Bunau-Varilla, y Amador le comentó al francés todo lo que había ocurrido en Panamá desde que Arango lo había incluido en su plan revolucionario. Le dio los nombres de los comprometidos, el posible apoyo de la guarnición en Panamá, y la forma como lo había tratado Cromwell. Terminó expresándole que de cara a una proclamación de independencia en el Istmo era indispensable contar con el apoyo del Gobierno de Estados Unidos.

Bunau-Varilla terminó la entrevista pidiéndole a Amador que lo dejara reflexionar un tiempo, que no se fuera de la ciudad y que no hablara con nadie más sobre el asunto. Amador mandó otro cable a Panamá que decía: hopes.

Phillippe Bunau-Varilla.
Fuente: Archivo La Estrella de Panamá

Meditando sobre su conversación con Amador, Bunau-Varilla recordó que el 2 de septiembre él había publicado en Le Matin de París un ensayo exponiendo su teoría de que, con arreglo al tratado celebrado por la República de la Nueva Granada y Estados Unidos el 12 de diciembre de 1846, el Gobierno estadounidense podía construir el Canal de Panamá aun contra la voluntad de Colombia. Estando ahora en Nueva York se entrevistó con el profesor de diplomacia de la Universidad de Columbia, John Bassett Moore, que había llegado a una conclusión idéntica a la de Bunau-Varilla. Cuando el francés sugirió que había llegado el momento de hacer pública esta teoría, Bassett Moore le afirmó que debía mantener este asunto confidencial. El profesor era amigo íntimo del presidente Theodore Roosevelt, lo que llevó a Bunau-Varilla a convencerse de que Roosevelt se inclinaba por la ruta de Panamá.

Antes de entrevistarse nuevamente con Amador, el ingeniero partió para Washington con el propósito de conversar con su amigo Francis Butler Loomis, quien había sido recientemente nombrado subsecretario de Estado. Este, sin demoras, le consiguió una cita con el presidente Roosevelt. Cuando el presidente le preguntó “¿Cuál cree usted que va a ser el resultado de la presente situación?”, el francés respondió: “Una revolución, señor presidente”.

Más tarde, Bunau-Varilla fue a despedirse de su amigo Loomis en su oficina y allí llegó el secretario de Estado John Hay, quien le manifestó desear hablar con él sobre Panamá. Muy pronto lo invitó a visitarlo en su casa. Discutieron allí sobre el rechazo del Tratado Herrán-Hay y el ingeniero volvió a manifestarle a Hay lo que había dicho a Roosevelt, que todo se resolvería por medio de una revolución; insistiéndole en que debía tomar medidas para no ser tomado por sorpresa. Según el francés, Hay le manifestó: “… no nos cogerán desprevenidos. Ya se han dado órdenes a fuerzas navales en el Pacífico para navegar hacia el Istmo” y le añadió que Estados Unidos tendría fuerzas suficientes en la cercanía de Panamá para asegurar la paz en la línea de tránsito, conforme al tratado de 1846, si estallaba una revolución.

Tan pronto abandonó la casa de Hay, Bunau-Varilla regresó a Nueva York y citó a Amador para el día siguiente.

Bunau-Varilla prometió a Amador que cuarenta y ocho horas después de proclamada la independencia, Panamá estaría protegida por fuerzas estadounidenses. Amador y Bunau-Varilla discutieron la fecha del alzamiento. El facultativo opinó que se necesitaría por lo menos quince días a partir de su llegada a Panamá. Bunau-Varilla le replicó que dos días serían suficientes, explicándole que el Gobierno de Colombia estaba reuniendo tropas en Cartagena, y que de un momento a otro podían salir hacia Colón.

Bunau-Varilla le concedió hasta el 3 de noviembre para proclamar la república, declinando responsabilidad si no se hacía así. Amador trató de posponer la fecha hasta el 5, pero el francés no aceptó. Amador finalmente llegó a Colón el 27 de octubre; esa misma noche se reunió con los miembros de la junta revolucionaria y les informó todo lo planeado con Bunau-Varilla.

En Panamá el separatismo se había fortalecido decisivamente con la tardía definición de la dirigencia liberal, fruto de acontecimientos recientes: el asesinato de Victoriano Lorenzo, los atropellos contra la prensa liberal (de forma específica contra El Lápiz, semanario liberal editado por José Sacrovir Mendoza) y la tentativa de golpe de Estado contra el gobernador Facundo Mutis Durán de parte del comandante del Ejército, general José Vásquez Cobo, hermano del ministro de Guerra en Bogotá.

El viaje a Estados Unidos le dio prestigio a Amador ante los miembros de la junta revolucionaria, que aumentó aún más por la comunicación directa entre el galeno y Bunau-Varilla. Los integrantes originales de la junta eran hombres de paz, con poca o ninguna vocación por la violencia y deseosos de contar con la protección de Estados Unidos. El día 29 Bunau-Varilla recibió un cable de Amador que, una vez descifrado, decía: “Este cable es para BunauVarilla. Llegada de fuerzas colombianas Atlántico; cinco días; más de doscientos. Urge Vapor Colón”. Bunau-Varilla interpretó la última línea como la necesidad de un navío de guerra norteamericano en Colón. Lo de los doscientos soldados en ese momento era una invención de Amador.

Bunau-Varilla marchó entonces a Washington. En el Departamento de Estado demostró la necesidad de enviar un buque de guerra al Istmo para evitar las desgracias que pudieran ocurrir al tratar los panameños de impedir el desembarco de tropas colombianas en Colón. Las autoridades estadounidenses mandaron el crucero Nashville desde Kingston rumbo a Colón. Este hecho permitió a Bunau-Varilla mandar otro cable a Amador con la palabra voy, que significaba que nada había ocurrido que necesitara modificar el plan acordado.

La participación decisiva de Amador se da el mismo 3 de noviembre. Originalmente, él había pensado en el día siguiente, siguiendo una recomendación de Tomás Arias que era sensata. Arias sostenía que ese día salía el vapor francés que hacía escala en Barranquilla, y que por ello no tendrían en Colombia noticia inmediata de la independencia, sino muchos días después. Además de que para esa fecha habría buques de guerra estadounidenses anclados en costas istmeñas tanto en el Atlántico como el Pacífico. La llegada inesperada de tropas colombianas a Colón obligó a Amador a anticipar el golpe y a proclamar la república el día 3.

Dada la importancia de esta jornada conviene seguir, casi paso a paso, el accionar de Amador.

Alrededor de las 6:00 a.m. Herbert Prescott, segundo en jerarquía en el Ferrocarril de Panamá, recibió noticia de la llegada de tropas colombianas a Colón. Prescott informó a Amador, quien prontamente se dirigió a casa de Tomás Arias, quien solo murmuró: “entonces todo está perdido”.

Amador, después de informar a los principales involucrados, se dirigió al cuartel de Chiriquí, sede del general Huertas, y obtuvo del militar una respuesta enérgica de apoyar el movimiento. Sin embargo, el galeno regresó desanimado a su casa a meditar en una hamaca. Es su esposa quien lo convence de levantarse y actuar. Amador se comunica con el superintendente general de la Panama Railroad Company, con sede en Colón, coronel James Shaler, y le suplica que por ningún motivo permita que las tropas que habían llegado sean trasladadas a la ciudad de Panamá. La señora Amador visita al mismo tiempo a los señores Arango y Espinosa, y los convence de que ya es tarde para dar un paso atrás.

A las 8:00 a.m. el coronel Shaler informó al general Juan B. Tovar, comandante de la nave colombiana Cartagena, que había llegado a Colón con cinco generales y el batallón Tiradores, conformado por unos quinientos hombres, que no dispone de trenes para transportar sus tropas a la ciudad de Panamá. A las 9:30 a.m., se embarcan solamente los generales Tovar y Amaya y dos ayudantes en su lujoso vagón personal, garantizándoles que en tren especial mandará a las tropas después del mediodía.

Aproximadamente a las 9:00 a.m. en Panamá, Amador se reúne con algunos de los conjurados y los asistentes debaten la situación. No se encontraban entre ellos José Agustín Arango, Ricardo y Tomás Arias y Manuel Espinosa Batista, porque habían entendido que se había abandonado el movimiento. El más joven de los reunidos, Carlos Constantino Arosemena, inyecta oportuno estímulo afirmando: “Si teniendo como tenemos al batallón Colombia [de Huertas] al que seguirá todo el pueblo panameño, tenemos temor, no merecemos ser libres, sino que nos cuelguen”.

A las 9:35 a.m. se le informó a Prescott que los generales colombianos venían solos. Amador y Nicanor de Obarrio se enteraron así de esta buena nueva. Amador se dirigió a casa del general Domingo Díaz a informarle de los últimos acontecimientos y la decisión de proclamar la independencia en la tarde del 3. El anciano general le prometió ponerse al frente del pueblo panameño.

A las 10:10 a.m. Amador mandó un comisionado a las residencias de Carlos A. Mendoza y Eusebio A. Morales a indagar sobre la marcha de la tarea que les había encomendado José Agustín Arango: al primero, la redacción del acta de independencia, y al segundo, el manifiesto que lanzaría a la nación la junta de gobierno provisional.

A las 11 a.m. llegaron los oficiales colombianos a la estación del ferrocarril de la capital, donde fueron recibidos por las más altas autoridades civiles, y el general Huertas al frente de su batallón.

A las 11:30 a.m. y después a la 1:00 p.m., el general Tovar visitó el cuartel de Chiriquí, sede del batallón Colombia, mientras Amador se reunía en la residencia de Pedro Antonio Díaz, hermano del general Domingo Díaz, con las personas que tenían la misión de congregar al pueblo en la plaza de Santa Ana, llevarlo al cuartel de Chiriquí y allí recibir del general Huertas las armas necesarias para defender la plaza y mantener el orden en la ciudad.

A las 3:00 p.m. circularon rumores de que esa misma tarde se verificaría una reunión política de carácter revolucionario. Los generales colombianos, preocupados,  rogaron al gobernador de Obaldía que ordenara el despacho inmediato de un tren que trasladara al batallón Tiradores de Colón a Panamá.

A las 4:00 p.m. Amador visitó el cuartel de Chiriquí para animar a Huertas. Una hora más tarde corrieron noticias de que algo grave estaba por ocurrir en la ciudad. El general Tovar y miembros de su comitiva se sentaron en las bancas ubicadas fuera del cuartel en compañía del general Huertas. Llegaron entonces el general Ramón G. Amaya y dos sobrinos de Tovar que eran generales también, quienes les informaron que el pueblo panameño estaba en movimiento en la plaza de Santa Ana. En ese momento el general Huertas pidió permiso para ir a armar algunas piezas de artillería. Estando dentro del cuartel, Huertas le ordenó al capitán Marco A. Salazar “vaya y ármese”. Cuando regresó, Huertas lo recibió con ocho soldados armados con rifles y bayonetas y le dijo: “es para que ponga preso a todos los que están en las bancas”. Salazar salió del cuartel con sus hombres, se colocó frente a los generales y les dijo: “caballeros están ustedes presos”. Finalmente el general Amaya dijo a Tovar: “General, estamos presos. No hay remedio”.

A las 7:30 p.m. el gobernador José Domingo de Obaldía fue arrestado cuando se dirigía en coche abierto al cuartel de Chiriquí. José Agustín Arango ordenó que el gobernador fuera conducido a casa de Amador, donde quedó custodiado por un hijo del maestro Arango y el coronel Antonio Alberto Valdés.

A las 9:00 p.m. la junta revolucionaria se reunió en el Hotel Central, donde se presentó la bandera panameña diseñada por Manuel E. Amador y confeccionada por María de la Ossa de Amador. Tres cuartos de hora después se reunió el Concejo que aprobó la independencia.

Es de notar que el esquema elaborado desde Estados Unidos por Bunau-Varilla se cumplió, pero en forma distinta. El ingeniero francés tenía un único interés, y en esto fue muy claro, en la zona de tránsito destinada al canal, a la que apellidaba “República del Istmo”. Era para este espacio de tierra, de limitadas proporciones, que él buscaba la protección de Estados Unidos. Es decir, BunauVarilla no compartía la existencia de una nación panameña o tenía intención de liberar el resto de la provincia. En este punto fundamental, los panameños optaron por una alternativa diferente, que consistía en una sola república desde Costa Rica hasta Colombia.

Los acontecimientos se dieron con tanta rapidez que el 5 de noviembre en horas de la noche, el barco a vapor Orinoco zarpó del muelle de Colón, protegido ahora por navíos de guerra e infantes de marina de Estados Unidos, llevando a bordo al coronel Eliseo Torres y al batallón Tiradores, que nunca llegó a ciudad de Panamá. Esta fue la última expresión de dominación colombiana en el Istmo.

Ya el día anterior el Concejo Municipal de Panamá resolvió encomendar la administración, gestión y dirección nacional a una junta provisional de gobierno, integrada por José Agustín Arango, Federico Boyd y Tomás Arias. Esta junta escogió a Manuel Amador Guerrero, Federico Boyd y Pablo Arosemena para que viajaran a Estados Unidos a asesorar a quien había sido escogido como representante diplomático de Panamá en Washington, Philippe Bunau-Varilla, en la negociación de un tratado entre Panamá y Estados Unidos. Resultó, sin embargo, que al llegar los panameños, ya Bunau-Varilla había firmado el tratado con el secretario de Estado John Hay. La versión final fue elaborada, casi en su totalidad, por Bunau-Varilla. Él usó deliberadamente de borrador el Tratado Herrán-Hay, y en algunos aspectos era más favorable a Estados Unidos, con el propósito de facilitar la ratificación del documento por el Senado de ese país. El ingeniero galo iba tras los votos de la oposición a Roosevelt de parte de los senadores demócratas, y lo consiguió como se demostró durante los debates de ratificación senatorial del Hay–Bunau-Varilla.

En Panamá ocurrieron en ese entonces tres hechos trascendentes: la elección de miembros de la Asamblea Constituyente, organizada por el ministro de Gobierno, Eusebio A. Morales; la estructuración del órgano judicial, obra de Carlos A. Mendoza; y la elección de Manuel Amador Guerrero como primer presidente de la república.

Es evidente que la presidencia correspondía, por derecho propio, a José Agustín Arango. Así lo vieron claramente los liberales, encabezados por Mendoza. Arango rehusó considerar siquiera su candidatura, y recomendó la postulación de Amador. Los constituyentes votaron unánimemente por el galeno.

La Constituyente de 1904 quedó integrada por conservadores y liberales por igual. El representante diplomático de Estados Unidos, William Buchanan, participó activamente en su redacción, con el beneplácito de un número plural de constituyentes. El estatuto finalmente aprobado fue centralista, moderado y democrático.

Fue parte de esa Constitución el nefasto artículo 136, fruto de los deseos y esfuerzos de Tomás Arias y Amador. Buchanan describió a Tomás Arias como “de sentimientos abiertamente pronorteamericanos y en favor de la intervención de Estados Unidos como cura segura de los males que pueden venirle al Gobierno”. En cuanto a Amador, expresó que Estados Unidos podía tratarlo con “completa franqueza y absoluta confianza”, porque era “pronorteamericano sin límites y sería un anexionista si esa cuestión surgiera alguna vez seriamente”. Se ha afirmado que el artículo 136 fue impuesto a Panamá por Estados Unidos, lo que no es cierto. La potencia del norte estaba satisfecha con las facultades de intervención que le concedía el Hay–Bunau-Varilla en el área canalera. Los redactores del artículo en cuestión querían hacer extensiva esta intervención a todo el territorio de la república. Antes de su aprobación fue adversado públicamente por Buenaventura Correoso y dentro de la Asamblea por Carlos A. Mendoza. El conservatismo panameño era consciente de su condición minoritaria en Panamá y quiso contar con la protección norteamericana para mantener la supremacía que obtendría con la elección de un copartidario a la presidencia.

La condición abrumadoramente mayoritaria del liberalismo quedó demostrada en las primeras elecciones celebradas en la nueva república en diciembre de 1904, para elegir consejos municipales. Participaron candidatos conservadores y liberales en todo el país. Los liberales ganaron treinta y un puestos, incluyendo el Concejo de la capital, y los conservadores dieciocho. La paz y tranquilidad que prevalecieron en esta elección llevó a algunos observadores a especular que la corrupción de los procesos electorales anteriores era cosa del pasado, pero se equivocaron. Amador fue conservador toda su vida y fiel a las arbitrariedades electorales de la hegemonía conservadora de Núñez y Caro.

Esto se comprobó en las siguientes elecciones municipales y legislativas de junio y julio de 1906. Es imposible detallar todas las irregularidades en las que incurrió Amador. Los liberales, por ejemplo, presentaron tres mil nombres para ser incluidos en las listas de votantes y solo aparecieron mil ochocientos. Los presidentes de la juntas de votación eran todos conservadores pro gubernamentales, árbitros únicos en casos de disputas. Se permitió a los partidarios del Gobierno votar usando cualquier nombre, así fuera el de un prominente liberal. El primer designado a la presidencia, Pablo Arosemena, no pudo votar porque ya alguien lo había hecho en su nombre. Los conservadores votaron en las primeras horas de la mañana y de nuevo en la tarde. En estas elecciones, al cerrarse las urnas a las 4:00 p.m., era obvio que los conservadores habían obtenido una victoria decisiva; a pesar de su condición mayoritaria, los liberales solo obtuvieron tres puestos en la Asamblea. En el domingo sangriento del 24 de julio, la oposición liberal sufrió muertos y numerosos heridos. Después de estos acontecimientos, no se puede afirmar que el presidente tuviera genuina vocación democrática.

Amador no dio a los liberales ninguna participación en su gobierno que guardara relación con su fuerza electoral. A pesar de que el general Huertas nunca había sido liberal, empezó a ser presionado por estos, especialmente Porras, para que el presidente aceptara separar de su gabinete a Tomás Arias y Nicolás Victoria, los conservadores de más relieve en su gobierno.

La agitación aumentó visiblemente al acercarse el primer aniversario de independencia.

El 29 de octubre, Huertas mandó a Amador una carta de estilo y contenido extraordinarios, donde se hacía evidente su odio hacia Tomás Arias y Nicolás Victoria. Específicamente le encarecía y solicitaba la remoción de estos dos ministros, “quienes con sus procederes están afectando los intereses patrios, merman tanto su autoridad [la de Amador] como la mía y acumulan la odiosidad del pueblo contra nosotros, con grave detrimento para nuestra nacionalidad y para nuestra dignidad personales”.

El presidente destituyó a Tomás Arias y nombró en su reemplazo a Santiago de la Guardia, quien vivía en Costa Rica desde hacía treinta y cinco años. Nicolás Victoria permaneció en su cargo.

William McCain describió a Amador como “un anciano temeroso de sus tropas y no trataba con el obstinado general de una manera enérgica”. La situación entre Amador y Huertas no se resolvía sino más bien se agravaba y el presidente solicitaba insistentemente el apoyo de Estados Unidos. Finalmente, los estadounidenses le informaron que todas las fuerzas de ese país se utilizarían para mantener el orden en Panamá, y que un navío de guerra permanecería en aguas panameñas todo el tiempo que fuera necesario. Bajo presión de Estados Unidos, Huertas renunció. Después de días de temor y ansiedad, se logró remunerar el Ejército y disolverlo. Sus armas y municiones fueron almacenadas en la Zona del Canal.

La existencia del Tratado Hay–Bunau-Varilla impuso a Amador una serie de situaciones desfavorables para el país y para él.

En junio de 1904 se puso en vigencia una orden ejecutiva del secretario de guerra de Estados Unidos, William H. Taft, que declaró la Zona del Canal abierta al comercio mundial, haciendo aplicable el arancel proteccionista denominado tarifa Dingley a las importaciones. Peor aún, se declaraban también puertos del canal: Ancón en el Pacífico y Cristóbal en el Atlántico. Panamá protestó mediante una nota del secretario de Relaciones Exteriores al gobernador de la Zona, de 9 de junio. Amador mismo acusó a Estados Unidos de violar el espíritu y letra del Hay–Bunau-Varilla. El 11 de agosto el ministro de Panamá en Washington, José Domingo de Obaldía, entregó a John Hay un extenso memorial bien elaborado, redactado por Eusebio A. Morales.

La respuesta de Estados Unidos a las quejas panameñas fue ambigua. John Hay las rechazó de plano, pero el presidente Roosevelt ordenó al secretario Taft que se trasladara al Istmo y terminara la controversia, expresando que: “Nosotros no tenemos la menor intención de establecer una colonia independiente en el centro del Estado de Panamá”.

Las negociaciones culminaron con lo que se denominó el Convenio Taft del 6 de diciembre de 1904, que protegía en parte los inte- reses de los comerciantes locales pero que plasmó la aceptación pana- meña a la pérdida de sus puertos en el Atlántico y Pacífico, y la creación de un sistema de correos estadounidense en la Zona del Canal.

En materia monetaria, la administración Amador, por propia iniciativa, entregó a Estados Unidos la facultad de emitir moneda. Así quedó establecido en el convenio monetario de 1904, entre Ricardo Arias y Eusebio A. Morales (por Panamá), y William H. Taft (por Estados Unidos). Allí se estipuló que el balboa oro tendría igual valor al dólar norteamericano oro. Adicionalmente, Panamá se comprometió a hacer un depósito en dólares en un banco estadounidense del quince por ciento del monto de la moneda de plata panameña.

El 10 de mayo de 1904 Panamá entregó simbólicamente la Zona del Canal al gobernador de dicho territorio, George W. Davis. Quedaba pendiente todavía la determinación de sus límites. Sobre el tema, el secretario de Gobierno y Relaciones Exteriores, Tomás Arias, mandó nota al gobernador Davis. Arias le informaba que “el Gobierno de la República de Panamá considera que una vez canjeadas las ratificaciones del tratado sobre apertura de un canal interoceánico a través del istmo de Panamá, cesó su jurisdicción sobre la Zona y demás tierras necesarias para la obra”.

El secretario de Instrucción Pública y Justicia, Nicolás Victoria, escribió a Tomás Arias el 26 de junio señalándole que, en su opinión, Panamá conservaba soberanía en la Zona del Canal. La respuesta de Arias no pudo ser más desafortunada, insistiendo en que “el derecho positivo panameño permitía la enajenación de la soberanía y que las constituciones de otros muchos países lo permiten también”.

Los límites definitivos no se establecieron hasta que se firmó una convención al respecto el 2 de septiembre de 1914.

Durante el gobierno Amador se firmó un convenio de extradición general, de 25 de mayo de 1904. Con fundamento en este convenio, Amador promulgó el 19 de septiembre de 1906 un decreto de extradición de personas acusadas de delito y sobre procedimiento para la extradición de fugitivos de la justicia de la Zona del Canal. Convenio y decreto reconocieron que la Zona del Canal era un territorio con sus propias leyes, distintas de las de Panamá y acatadas por nuestras autoridades.

Panamá heredó de Colombia un conflicto de límites con Costa Rica, que a Estados Unidos interesaba porque envolvía intereses en controversia entre dos compañías bananeras norteamericanas: la American Banana Company en Costa Rica y la United Fruit Company en Panamá. Ambas tenían intereses en la zona fronteriza de los dos países.

A principios de 1904, Costa Rica nombró a Leonidas Pacheco ministro en misión especial en relación con el conflicto de límites. Un año después, se firmaron tres convenciones conocidas como tratado de límites Guardia-Pacheco. Este instrumento fracasó debido a gestiones de un representante de la American Banana Company ante diputados panameños, y a que la administración Amador no pudo controlar a sus propios legisladores.

El artículo séptimo del tratado Hay–Bunau-Varilla hizo obligatorio en las ciudades de Panamá y Colón el cumplimiento de los reglamentos de carácter preventivo y curativo dictados por Estados Unidos. En 1904, la Comisión del Canal Ístmico nombró un comité de sanidad para estas áreas. Los ingenieros estadounidenses dotaron de agua potable a Panamá. Utilizaron una vieja represa francesa en la cabecera del río Grande. Para el 4 de julio de 1905 corrió agua por las cañerías de la capital. Los estadounidenses se encargaron del sistema de acueducto y alcantarillado y la pavimentación de las calles de Panamá. En Colón los trabajos fueron más lentos por la naturaleza del terreno. No obstante, para fines de 1906 había estanque, cañerías de agua y alcantarillado para Colón y Cristóbal. La pavimentación de calles se encontraba muy adelantada. Al año siguiente, Panamá firmó un contrato con Estados Unidos para la instalación de acueductos y pavimentación de calles en las ciudades terminales.

Estados Unidos se encargó también de las campañas para controlar los mosquitos transmisores de la fiebre amarilla y la malaria en la Zona del Canal y las ciudades terminales. En dos años la fiebre amarilla fue vencida, eliminándose lugares donde hubiera agua estancada. Además, se logró menguar la incidencia de malaria. Las campañas de fumigación, casa por casa, motivaron protestas de vecinos que no entendían lo que se trataba de hacer, y no querían presencia de extraños en sus hogares.

Los años de la administración Amador estuvieron llenos de sorpresas y contradicciones. Analizados los hechos con la objetividad que da el correr del tiempo, hay que reconocer y atribuirle ciertos méritos. Amador promovió el cultivo de las bellas artes, por las que sentía discreta vocación. Quiso que Panamá tuviera un Teatro Nacional digno. Ordenó su construcción, y tuvo la satisfacción de verlo terminado durante su presidencia. Pensó que la república necesitaba un edificio de envergadura para la Presidencia y las oficinas fundamentales del Estado. Esta idea se concretó en el Palacio Nacional.

Más trascendente que estas mejoras materiales fue la preocupación de Amador por la educación. Durante su gobierno se dictó una ley orgánica del ramo, notoria por varios conceptos, aunque inspirada, y no podía ser de otra manera, por la ideología conservadora y clerical del primer mandatario. En efecto, Amador, entregó la totalidad de la educación pública panameña a la Iglesia católica, por el conducto de la Congregación de Hermanos de las Escuelas Cristianas, quienes acababan de ser expulsados de Francia por las políticas secularizadoras implantadas allí. Al presidente debemos, también, la edificación de un pabellón destinado a la enseñanza de artes y oficios: carpintería, fontanería, electricidad, mano de obra, etc., destinado a alumnos de escasos recursos. Este fue el origen de la Escuela de Artes y Oficios.

Pasaron días, meses, años y la salud de Amador, nunca muy vibrante, se degeneraba visiblemente. Solicitó licencia de su cargo por seis meses, que le fue concedida mediante la ley de 1907. Se le asignó, además, una generosa suma para gastos. En Nueva York se determinó que Amador sufría de sarcoma, enfermedad incurable. Se le recetó un calmante; y se le informó en privado que no viviría más de dos años.

El presidente viajó a Francia y visitó al presidente Clément Armand Fallières. De París, Amador pasó a Ginebra, recibiendo en esa ciudad invitación del rey de Italia para visitarlo, que declinó debido a su enfermedad. Esta decisión le impidió también ver al papa en Roma. El 3 de noviembre del año 1907 lo celebró en París, ofreciendo una recepción. A su regreso a Nueva York fue visitado por el presidente Theodore Roosevelt. Amador debió extender su estadía en esa ciudad debido a su mal estado de salud.

Durante la ausencia de Amador, en Panamá estuvo encargado de la presidencia el designado José Domingo de Obaldía.

A su regreso a Panamá, algunos amigos solicitaron a Amador que considerara su reelección. En una carta a la que pretendió darle contenido de alta política, y consciente de su pésimo estado de salud, rehusó considerar toda posibilidad de reelección.

Frente a las elecciones presidenciales de 1908 surgieron las candidaturas de Ricardo Arias Feraud y José Domingo de Obaldía. Arias contaba con el respaldo de un partido autodenominado Constitucional, compuesto en su mayoría por conservadores y una pequeña minoría liberal. Era visto como el candidato de la administración Amador.

En oposición surgió el nombre de José Domingo de Obaldía, un conservador moderado. Carlos A. Mendoza regresó a la capital de Bocas del Toro, donde vivía ejerciendo su profesión de abogado desde el comienzo de la administración Amador. Dos días después convocó el directorio nacional del liberalismo y consiguió la adopción de la candidatura de Obaldía. Afirma Ismael Ortega que Mendoza, “trasladado a esta capital, definitivamente, en donde estableció su cuartel general, organizó sus amigos, y adictos… a la candidatura de don José Domingo de Obaldía, con la denominación de Coalición Republicana… abriendo campaña enseguida, y rompiendo hostilidades contra el Gobierno…”.

El Gobierno de Estados Unidos veía con creciente preocupación la situación política en el Istmo. El 12 de mayo de 1908 William Taft mandó una larga carta al presidente Amador en la que le recordaba lo ocurrido durante las elecciones de 1906 y le expresaba que Estados Unidos deseaba que esto no se volviera a repetir. Taft le decía a Amador que el presidente Roosevelt le había indicado lo siguiente: “Usted está autorizado para comunicar al presidente Amador que el Gobierno de Estados Unidos considera cualquier intento de utilización en las elecciones para presidente, de métodos fraudulentos o métodos que nieguen a una parte del pueblo la oportunidad del voto, como disturbios al orden público” y agregaba que, de acuerdo con el artículo 136 de la Constitución panameña, Estados Unidos se vería obligado a intervenir pues no estaba dispuesto a que la presidencia panameña fuese ocupada por quien no había sido legítimamente electo. La posición estadounidense no podía ser más clara.

Durante tres días Amador consideró oponerse a Estados Unidos. Pero el 15 de mayo el candidato Ricardo Arias, actuando ahora como ministro de Relaciones Exteriores, se dirigió a los representantes de Estados Unidos en Panamá para informarles que Amador había creado una comisión de investigación electoral y que invitaba al Gobierno estadounidense a formar parte de ella. Ellos aceptaron de inmediato y nombraron delegados. Además, según el cónsul francés, 1 300 infantes de marina estaban listos para ser enviados a los centros de votación para evitar fraudes.

El Partido Constitucional sufrió una aplastante derrota en las elecciones para concejales. Inmediatamente después Ricardo Arias, José Domingo de Obaldía, Carlos A. Mendoza y Manuel Espinosa B. se reunieron, en casa de este último, y acordaron que Arias retiraría su candidatura presidencial. El 2 de julio, sin oposición, se eligió presidente de la república a José Domingo de Obaldía. Eusebio Morales dejó explícita constancia de que la intervención de Mendoza en esta elección fue “el factor decisivo de la campaña política que llevó a la Presidencia al señor José Domingo de Obaldía”.

Amador quedó profundamente disgustado con la victoria de Obaldía, y se negó a asistir a la toma de posesión que tuvo lugar en el Teatro Nacional. El 2 de mayo de 1909, a los 75 años de edad, falleció Manuel Amador Guerrero. Se cerraba así la existencia de quien contribuyó en forma prominente a la creación de la república. Su nombre merece el respeto de los panameños. A pesar de sus fallas, él dedicó lo mejor de su vida al servicio del país.

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