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    Ángel Ricardo Martínez

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Manuel Antonio Noriega

by: Ángel Ricardo Martínez

“La importancia de las personas —escribió Manuel Antonio Noriega en 2012— se las dan las realidades históricas, que no se pueden esconder, incinerar u olvidar”.

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(Panamá, 1984) es periodista y analista internacional. Ha reportado en prensa, radio y televisión para medios panameños y extranjeros desde más de treinta países en cuatro continentes, incluyendo episodios como la primavera árabe, la guerra civil en Libia o la muerte de Hugo Chávez. En 2009 ganó el Premio Nacional de Periodismo de Panamá a la mejor entrevista, y en 2013 publicó De Marruecos a Kenia, una recopilación de crónicas escritas durante sus viajes por nueve países del norte y el este de África.
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Manuel Antonio Noriega: El prisionero de guerra

“La importancia de las personas —escribió Manuel Antonio Noriega en 2012— se las dan las realidades históricas, que no se pueden esconder, incinerar u olvidar”. En su caso, esa realidad es tan simple como poderosa y, sobre todo, única: en 238 años de existencia, sólo en una ocasión los Estados Unidos de América han invadido un Estado soberano para arrestar a su mandatario, llevarlo a tierras norteamericanas, procesarlo y condenarlo por violaciones a la ley estadounidense cometidas en su propio país. Y esa única vez fue en diciembre de 1989 para capturar a Manuel Antonio Noriega, comandante de las Fuerzas de Defensa de Panamá.

Ese simple hecho es la base sobre la que descansa la historia del general. Y aunque aún hoy Noriega atribuya los motivos de su destino a su negativa a seguir las órdenes estadounidenses, y describa su peor error como “haber confiado en los gringos”, nada de eso parece llenar el enorme vacío —de respuestas— que se siente al estudiar su radical transformación. ¿Cómo sucedió que el llamado “hombre fuerte” de Panamá, descrito por el Comando Sur(1) en 1976 como un hombre inteligente, ambicioso, ultranacionalista, leal y respetuoso, poseedor de un “excepcional sentido común”, un “excelente juicio” y un “potencial militar y/o político ilimitado”, terminó condenado en Miami por cargos de narcotráfico, pasando casi veinte años como el único prisionero de guerra en Estados Unidos, otro año preso en Francia y el resto de sus días como el “prisionero alfa” de la cárcel panameña de El Renacer? Al ser el punto más angosto del hemisferio, Panamá había gozado de una importancia estratégica para todas las potencias que lograron dominarla.

1. El Comando Sur, uno de los diez comandos militares de las fuerzas armadas estadounidenses, es responsable de las regiones de Suramérica, Centroamérica y el Caribe. Constituido oficialmente en 1963, estuvo basado en la Zona del Canal hasta 1999, cuando fue transferido a Miami, Florida.

Esa condición —desde la conquista española hasta la construcción del Canal por el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de los Estados Unidos y cientos de miles de trabajadores panameños y extranjeros— tenía dos caras: la buena es que convirtió al istmo en un importante nodo comercial, dándole un relativo dinamismo económico que le impedía —y le impide— hundirse en los abismos de muchos de sus vecinos centroamericanos. La mala, por supuesto, es que en 1903 gran parte de la casta superior panameña había consentido el establecimiento de una franja de territorio estadounidense a cada lado de la vía interoceánica —la llamada Zona del Canal— que partía al país en dos. La combinación de esas dos caras explica el Panamá en el que nació Manuel Antonio Noriega: un Estado sin contigüidad territorial, con una enorme desigualdad socioeconómica —con tintes raciales— y con una fuerza pública cuyo único objetivo era el de salvaguardar el statu quo.

Perteneciente a la clase más humilde de la sociedad, María Félix Moreno Mejía llegó a edad temprana a la ciudad de Panamá, procedente del pueblo darienita de Yaviza, en busca de nuevos horizontes y, para los primeros años de la década de los treinta, trabajaba en una fábrica de ropa en el antiguo Bazar Francés, frente al parque de Santa Ana, en pleno corazón de la capital. Allí conoció a Ricaurte Tomás Noriega, un contador público que trabajaba en la Contraloría General de la República. Ricaurte había estado casado dos veces y tenía cuatro hijos adolescentes, tres de su primer matrimonio y uno del segundo, pero eso no le impidió mantener una relación amorosa con ella. Para mediados de 1933, María Félix estaba encinta.

El domingo de carnaval del año siguiente, mientras asistía a los desfiles en la ciudad, la joven darienita tuvo que ser llevada al hospital Santo Tomás por uno de los hijos de Ricaurte, el joven Tomás Noriega. Allí dio a luz, el 11 de febrero de 1934, a un bebé al que llamaron Manuel Antonio, en honor a un general del árbol genealógico de los Noriega que había combatido en la guerra de los Mil Días (1899-1902). Poco tiempo después, María Félix regresó a su Darién natal para atender a su madre, que estaba sola y gravemente enferma. Narcisa Mejía, la abuela del pequeño Manuel Antonio, murió poco después, y para colmo de males su madre contrajo paludismo. Para evitar un contagio lo puso al cuidado de su gran amiga y comadre Luisa Sánchez, una maestra de primaria que vivía sola. Desde ese momento “Mamá Luisa” sería como una madre para Manuel Antonio Noriega. María Félix Moreno, la mujer que lo trajo al mundo, no logró vencer a la enfermedad. Noriega recuerda de sus días en Darién que era “un niño feliz”. Pero no duró mucho tiempo en la provincia oriental, pues Mamá Luisa fue transferida a la capital. Totalmente entregada a su trabajo, y sin medios para pagar nanas, la maestra Luisa Sánchez se llevaba al bebé, de apenas dos años, a sus salones de clase.

No es de extrañar que a los tres ya hubiera leído su primer libro. La etapa de formación del futuro general se inició en los salones de Mamá Luisa y continuó en la escuela primaria José María Hurtado de Santa Ana. Fue en esos años cuando, con la autorización de su padre Ricaurte —que nunca dejó de enviarle dinero y preocuparse por él—, quedó en custodia de su tía, Regina Moreno. Con ella, su tío José Delgado y sus dos primos, pasó a vivir en un edificio en la avenida 27 Norte del Terraplén, el barrio que era el centro neurálgico de la capital, adonde llegaban los productos del interior y donde, también, se dirimían los dilemas más profundos de la situación política y socioeconómica del país. En esas circunstancias, se entiende que el joven Manuel Antonio contara con una fuerte conciencia política para cuando entró a la secundaria, en el Instituto Nacional.

Una conciencia que en el “Nido de Águilas” no hizo más que acrecentarse: eran años intensos para la sociedad panameña, y en muchas formas se habían echado a andar procesos de cambio en los que él, sin saberlo, sería protagonista. Para eso, sin embargo, faltaban todavía un par de décadas. Por lo pronto, el Manuel Antonio Noriega que en 1952 salió graduado del Instituto Nacional quería ser psiquiatra. Tras fallar en su primer intento de ingresar a la Facultad de Medicina de la Universidad de Panamá, comenzó a tomar cursos de tecnología médica. Pero los años iban pasando, y de alguna manera, el joven se iba enfrentando a la realidad de una vida mediocre en un país en el que las personas de su color de piel y estatus económico tenían muy poco a lo que aspirar. Las cosas cambiarían en 1958. Con 24 años, decidió aplicar para una beca en la Escuela Militar de Chorrillos, en Perú. Para su fortuna, su hermano Luis Carlos —con el que mejor se llevó siempre— había obtenido un cargo en la embajada panameña en Lima, y usó toda su influencia para lograr su ingreso.

Y así fue. Irónicamente, ni la academia de Chorrillos ni su gran tradición militar lograron despertar el espíritu castrense en el joven Manuel Antonio. Los cuatro años que pasó en Perú tuvieron que ver con todo menos con el rango de subteniente con el que regresaría a Panamá, a comienzos de 1962, tras completar la carrera en ingeniería militar. Para Noriega, la Guardia Nacional era “apenas una fuerza policial, para todos los efectos al servicio de la élite económica del país”. No era, en sus palabras, “algo en lo que un joven idealista, o un estudiante buscando salir adelante, podía ver ningún futuro”. Y sin embargo, eso fue exactamente lo que terminó haciendo. Al regresar de Perú, Manuel Antonio consiguió trabajo en un proyecto del Servicio Geodésico Interamericano pero no duraría mucho allí. Durante un viaje a Colón, en los carnavales de 1962, y de manera accidental, conoció al entonces comandante militar de la zona, el mayor Omar Torrijos Herrera. Tras un periodo de tira y afloja —por cuestiones salariales y por la apatía que le causaba la vida castrense al joven ingeniero—, el carisma de Torrijos lograría imponerse. Manuel Antonio Noriega se convirtió en parte de la Guardia Nacional de Panamá el 26 de mayo de 1962. Noriega fue asignado a la provincia de Colón, en lo que sería el inicio de una sólida —e histórica— relación con Torrijos, apenas cinco años mayor que él.

Allí permaneció menos de medio año, principalmente a cargo de las patrullas de la policía de tránsito. En febrero de 1963, Torrijos es nombrado jefe de la Zona Norte, que incluía las provincias de Chiriquí y Bocas del Toro. Como uno de los privilegios de su cargo, el mayor tuvo la oportunidad de escoger a sus colaboradores. Así es que el subteniente Noriega volvió a asumir la responsabilidad del tránsito, en este caso el chiricano. En 1964, conoció en David a una joven y brillante profesora de secundaria, hija de inmigrantes españoles, llamada Felicidad Sieiro. Manuel Antonio y Felicidad se casaron poco después. Su primera hija, Lorena, nació al año siguiente. Para 1965, y tras tres años en la Guardia, Noriega aún no se había ganado su primer ascenso, quizás porque no había encontrado lo que realmente le apasionaba. Todo eso empezaría a cambiar cuando Torrijos decidió enviarlo a una serie de entrenamientos avanzados en la Escuela de las Américas, en la Zona del Canal. A partir de ahí, al subteniente por fin se le alinearon los planetas.

Aún no lo sabía pero estaba a punto de protagonizar un estratosférico ascenso a la cima de la Guardia, que lo vería llegar a teniente coronel para el inicio de la década siguiente. Quizás fue en esos cursos donde descubrió su verdadera vocación, que se terminó cristalizando cuando fue nombrado oficial de inteligencia a tiempo completo. A eso le siguió, el 13 de julio de 1966, su ascenso a teniente. Mientras el teniente Noriega comenzaba a destacarse como oficial de inteligencia, Torrijos fue reasignado y enviado de vuelta a la ciudad capital. Noriega permaneció en Chiriquí, esta vez al mando del mayor Boris Martínez. Mientras Torrijos se ganaba la enemistad de los arnulfistas (entonces opositores), Noriega continuó recorriendo su camino. Ese mismo año, 1967, volvió a la Escuela de las Américas para tomar tres cursos: inteligencia, contrainteligencia e infantería, terminando en los primeros puestos de su clase. En su reporte, su instructor definió su desempeño como “sobresaliente”. El año de 1968 sería el último que Noriega pasaría en su totalidad en Chiriquí. Ese año, los cambios estructurales que llevaban décadas cocinándose —la militarización y profesionalización de la fuerza pública; y el nacimiento de una burguesía no oligárquica deseosa de reformas políticas y económicas— terminaron explotando.

Fue en octubre cuando Panamá hizo crac. A lomos de una campaña simultáneamente antirreformista y antioligárquica, Arnulfo Arias había vencido en las elecciones de ese año, asumiendo la presidencia el primer día del mes. Ni siquiera había calentado la silla presidencial cuando lanzó un ataque frontal contra la Guardia Nacional: una serie de oficiales de alto rango fueron forzados al retiro y otros serían enviados como adjuntos militares al extranjero, en una especie de exilio diplomático. Esto último era lo que le esperaba al teniente coronel Torrijos —segundo en la línea de sucesión para la jefatura de la Guardia—, que sería enviado a El Salvador. Pero un grupo de oficiales, liderado por el entonces jefe de Noriega, Boris Martínez, decidieron planear un golpe de Estado. La noche del 11 de octubre, mientras Arias se encontraba en el teatro, los militares se tomaron la provincia de Chiriquí y, poco después, extendieron su control hasta la ciudad de Panamá. Tras diez días en el poder, Arnulfo Arias volvía a ser derrocado(2).

2. Arias ya había sido víctima de sendos golpes de Estado, en 1941 y 1951.

Corrió a la Zona del Canal y se fue exiliado a Miami. Curiosamente, los estadounidenses habían apoyado el golpe. “No confiaban en Arnulfo y sabían que los oficiales eran anticomunistas”, recordó Noriega. “El más ‘rojito’ era Torrijos y estaban en contacto permanente con él”. Así las cosas, la Guardia Nacional emergió a partir de ese día como el verdadero poder del país. Tras el triunfo del golpe, la reorganización de la Guardia se encontró con un problema de bicefalia: oficialmente el comandante era Torrijos, pero Martínez, líder del golpe, acaparaba gran parte del poder y el protagonismo. Nada de esto incomodaba a Noriega, que había servido a las órdenes de ambos en David. Además, su trabajo de inteligencia había sido crucial para los golpistas, y sería aún más importante para evitar cualquier tipo de insurgencia arnulfista en Chiriquí. Pero no duró mucho más tiempo allí. El 3 de enero del 1969 fue ascendido a capitán y nombrado jefe del Batallón de Ingeniería, en la ciudad de Panamá. Para entonces, la tensión entre Torrijos y Martínez se había vuelto insostenible.

De hecho, el conflicto se estaba volviendo personal: Martínez, rabiosamente anticomunista, había encarcelado a una gran cantidad de activistas de izquierda entre los que se encontraban algunos familiares de Torrijos. Cuando este ordenó su liberación, Martínez comenzó a planear su golpe junto a otros oficiales; lo que quizá no se esperaban era que Torrijos golpeara primero: el 3 de febrero, y con la ayuda de los tenientes coroneles Amado Sanjur, Ramiro Silvera y Luis Nenzen, Martínez y otros oficiales fueron arrestados y puestos en un avión rumbo a Miami. A finales de septiembre de 1969, a la capital llegaron reportes de que el mercenario uruguayo Walter Sardiña llevaba a cabo una campaña de violencia y terror en tierras chiricanas. Para entonces, el capitán Manuel Antonio Noriega fungía como jefe del cuartel de Tocumen, base de una compañía conocida como los Pumas. A Noriega y sus hombres se les ordenó viajar a Chiriquí para lidiar con la situación. Los Pumas tuvieron éxito, tanto que el 22 de octubre su comandante fue ascendido a mayor.

Al flamante mayor Noriega, además, se le ordenó permanecer en Chiriquí y asumir el mando de la zona, tal como habían hecho Omar Torrijos y Boris Martínez antes que él. La situación en la cima de la Guardia, sin embargo, no se había calmado con el golpe a Martínez. Precisamente los mismos oficiales que habían ayudado a Torrijos en febrero comenzaron a preparar un nuevo golpe. Los apoyaba la inteligencia del Comando Sur, a la que habían logrado convencer del carácter comunista de Torrijos. El 15 de diciembre, mientras Torrijos se encontraba en México —había asistido a la carrera de caballos Clásico del Caribe— los golpistas ejecutaron su operación. Tomaron el control de la ciudad capital por la mañana, y procedieron a comunicar —por teléfono— la nueva situación a los distintos puestos provinciales. Cada jefe de zona, entonces, debía tomar su decisión. Cuando Torrijos, desesperado, logró hablar con Noriega, el mayor fue enfático: “Así tenga que independizar la provincia estaré esperándolo en David. Venga rápido y no llame más, porque aquí ya quemamos nuestras naves a favor del verdadero comandante de la Guardia, que es usted”. A la una de la mañana del 16 de diciembre —y tras una escala en El Salvador—, el general Omar Torrijos aterrizaba en el aeropuerto de David. Mientras Torrijos y Noriega se fundían en un abrazo, los soldados a su alrededor dispararon sus armas al aire al grito de ¡viva el comandante Torrijos! El general, sus acompañantes y gran parte del personal de Noriega en Chiriquí salieron en caravana hacia la capital. Para entonces, los golpistas ya habían sido arrestados.

Fue la caravana más importante de la historia de Panamá. En cada pueblo, Torrijos y su gente eran recibidos por multitudes que los vitoreaban, al tiempo que más y más carros se unían a ellos. La ‘revolución’ torrijista había completado su ‘viaje del héroe’, paso esencial para concretar su consolidación. El 16 de diciembre solidificó la mística del torrijismo en Panamá. Se acababa de inaugurar una nueva era, y de repente todo parecía posible, incluso los dos grandes objetivos del general: “recuperar el Canal y convertir una caricatura de país en una nación”.

Al lado de Torrijos viajaba Manuel Antonio Noriega, que había sido instrumental en su regreso. Su vida, en consecuencia, atravesó un nuevo punto de inflexión. Tras su rol clave en el retorno de Torrijos, Manuel Antonio Noriega había entrado a las grandes ligas de la Guardia Nacional. El 11 de agosto de 1970 obtenía el rango de teniente coronel, y sólo semanas después era nombrado jefe de la inteligencia panameña, o G-2. Así, Noriega completaba un fulgurante ascenso profesional en el que pasó de subteniente —a mediados de 1966— a miembro del Estado mayor en apenas cuatro años. Noriega, el mejor espía del país, fue traído de Chiriquí para convertirse en la única persona responsable de las comunicaciones entre Torrijos y los servicios de inteligencia estadounidenses, desempeñó un papel fundamental. “Como jefe del G-2 —explicó— yo estaba autorizado a mantener contacto a cualquier nivel con los estadounidenses. Durante todo su mandato, Torrijos jamás se reunió con un jefe del Comando Sur”. En diciembre de 1971, las autoridades cubanas capturaban dos barcos mercenarios —el Johnny Express y el Leyla Express— que habían realizado ataques terroristas sobre la costa de la isla.

Ambas naves estaban al servicio de la CIA, llevaban bandera panameña y eran capitaneadas por un americano de origen español llamado José Villa. Pese a que Omar Torrijos y Fidel Castro no habían tenido la oportunidad de conocerse cara a cara, el general panameño reconoció el incidente como una excelente oportunidad para presentarles a los estadounidenses un gesto de buena voluntad de cara a las negociaciones del Canal. Así, Torrijos envió a Rómulo Escobar a La Habana para negociar la liberación de Villa. Tras un mes en tierras cubanas, y la negativa rotunda de Fidel, Escobar Bethancourt regresó a Panamá con las manos vacías. Torrijos volvió a intentarlo, pero a esta vez mandó a su jefe de inteligencia. Tras cuatro días en la isla, Noriega logró convencer al líder cubano y, bajo su custodia, trajo consigo a Panamá al capitán español.

La actuación de Noriega aseguró uno de esos raros momentos en los que todos salen ganando. Torrijos obtuvo su gesto de buena voluntad, y Noriega se presentó ante cubanos y estadounidenses como una persona digna de confianza para tratar el problema más espinoso de sus agendas internacionales: la comunicación mutua. Este rol de intermediario —y no sólo con Cuba— constituyó la piedra angular del valor de Noriega para la CIA, que le volvió a pedir, en varias ocasiones a lo largo de los años, que viajara a Cuba para llevar mensajes o negociar la liberación de prisioneros. “Fidel —escribió Noriega— nunca me dijo que no”, quizás porque, como reconoció el cubano alguna vez, no había nadie mejor informado en toda Latinoamérica que el jefe del G-2 panameño. El 7 de septiembre de 1977, Panamá y Estados Unidos firmaron los tratados Torrijos-Carter, que delineaban el camino hacia una completa devolución del Canal a manos panameñas para el mediodía del 31 de diciembre de 1999.

Los nuevos tratados fueron ratificados en Panamá el 23 de octubre, pero su validación en Washington demoraría más. Ante esto, Torrijos decidió elaborar un segundo plan de sabotaje —esta vez completamente a espaldas de la CIA— para bloquear temporalmente el tráfico por el Canal en caso de que hubiera sorpresas en el Senado. Tras la ratificación de los tratados, la relación entre panameños y estadounidenses atravesó quizás sus mejores momentos. El área que manejaba el teniente coronel Noriega no era ninguna excepción. Pero no duraría mucho: el 31 de julio de 1981, el general Torrijos moría en un accidente aéreo en las montañas de Coclé. Comenzaba así el camino a la gloria —merecida o no— en la que aún se le tiene en el imaginario panameño y latinoamericano, una posición reforzada por las revelaciones estadounidenses —en 1973 y 1975— de planes para asesinarlo. Y aunque, como apuntó Noriega en sus memorias, “no se encontró evidencias de sabotaje”, lo cierto es que la mayoría de los panameños creen que al general lo mató la CIA.

Panamá, por su parte, despertó de su sueño y comenzó un lento descenso al infierno que culminó con el baño de sangre más terrible de nuestra historia. Una orgía de violencia y autodestrucción que, en un acto de vergüenza eterna, algunos panameños celebraron como algo justo y necesario. Para finales de 1989, nuestra sociedad ya era un monstruo irreconocible, un pueblo dividido, incapaz de reinventarse, atacado desde todos los frentes, en el que ya no se distinguían las mentiras de las verdades. Pero esa desfiguración, podría decirse, comenzó tan pronto como el general Torrijos estampó su firma en los tratados del Canal. Conquistada la meta, nuestro país comenzó a experimentar el vacío que yace detrás de todo éxito; y en él se encontró frente a frente con sus peores demonios. Tras la muerte del general, escribió Noriega, “era como si el propio Torrijos aún estuviera guiando el sistema”. La sucesión en la cima de la Guardia Nacional se llevó a cabo sin problemas: el coronel Florencio Flores asumió el mando, como primero en una línea sucesoria que incluía a los coroneles Rubén Darío Paredes,  Armando Contreras y al teniente coronel Manuel Noriega. Flores, sin embargo, pertenecía a esa extraña estirpe de hombres que suponen que pueden liderar sin mandar.

El hombre no quiso elevar su rango al de general e incluso se negó a instalarse en la oficina vacía de Torrijos. Para él, Omar había sido “el último general de Panamá y nadie podía reemplazarlo”. Por respeto a su memoria, llegó a decir, “no puedo ascenderme a mí mismo”. La permanencia del coronel Flores al frente de la Guardia se hacía cada vez más insostenible. Hasta que se acabó. El 3 de marzo de 1982, Rubén Darío Paredes fue ascendido a general y asumió el puesto de comandante de Guardia Nacional. El flamante comandante, sin embargo, tenía los ojos puestos en otro objetivo. Conocía la promesa de democratización de Torrijos y deducía que el verdadero premio, de ahí en adelante, sería la Presidencia de la República. Paredes, además, había hecho dos suposiciones, una correcta y una errada. La primera, por supuesto, era que el apoyo de la Guardia garantizaría la presidencia. Y la segunda, la errada, que ese apoyo sería para él. Poco más de un mes después de tomar el control, el 19 de abril, el general Paredes ascendió a Noriega a coronel, y unos meses después organizó una reunión en la que le comunicó a sus sucesores —Armando Contreras, Noriega y Roberto Díaz Herrera— sus planes.

Paredes se retiraría a principios del año siguiente para organizar su campaña pero había algo más: Contreras no sería su reemplazo. El próximo comandante de la Guardia, dijo, “será Noriega”. El 12 de agosto de 1983, Manuel Antonio Noriega alcanzaba el rango de general y el título de comandante en jefe de la Guardia Nacional de Panamá. Y como confesaría luego, ese sería “el día más orgulloso” de su vida. La llegada de Noriega al mando de la fuerza pública panameña trajo consigo la catarsis de un ciclo que se había iniciado casi cuatro décadas antes. En su libro The Panama Canal: The Crisis in Historical Perspective, el historiador estadounidense Walter LaFeber lo describe así: Comenzando con una fuerza policial a principios de los años cuarenta, panameños y estadounidenses fueron construyendo, aparte, una fuerza militar profesional en los años cincuenta y sesenta, y ahora esa criatura terminó tragándose a la policía”. El resultado fue bautizado Fuerzas de Defensa de Panamá y era, según varios análisis militares estadounidenses, “la organización militar necesaria para proteger el Canal”, como estaba estipulado en los tratados TorrijosCarter. Y Noriega, opinó un oficial norteamericano, fue el hombre que “llevó las Fuerzas de Defensa al siglo XX”.

A pesar de su nuevo rol, Noriega —y no su jefe del G-2— seguía siendo el hombre de contacto de la CIA en Panamá. Y Panamá comenzaba a prepararse para las primeras elecciones desde el inicio de la dictadura militar. En reuniones militares, las Fuerzas de Defensa habían decidido que era “una buena idea” que los civiles fueran tomando las riendas del país, especialmente en el sector económico. El mal estado de la economía panameña, y la consiguiente ansiedad de bancos y organismos internacionales, propiciaron la candidatura —al frente de una coalición de cinco partidos— de Nicolás Ardito Barletta, un doctor en economía y exvicepresidente del Banco Mundial. De cara a los cruciales comicios, Barletta contaba con algo mucho más poderoso que el beneplácito de los militares panameños. Los estadounidenses temían que el candidato opositor, Arnulfo Arias, impusiera “una clase de política indeseable y ultranacionalista” en el país. Y como graduado de la Universidad de Chicago, el candidato del PRD había sido estudiante de George Shultz, el secretario de Estado norteamericano, que lo tomó como protegido. Las elecciones de 1984 serían la primera —y compleja— colisión entre los distintos agentes de la situación política panameña.

A pesar de que el general, tres décadas después, afirma que fueron “elecciones limpias”, la versión más aceptada dice que el triunfo de Barletta —por 1 713 votos— fue un fraude que evitó una victoria de Arnulfo Arias por entre treinta mil y cincuenta mil votos. Sea como fuere, a pesar de supuestos reportes detallando el fraude los estadounidenses fueron los primeros en reconocer y felicitar al candidato ganador. En octubre, Washington envió una nutrida delegación que incluía al secretario de Estado George Shultz y al expresidente Jimmy Carter, a la toma de posesión de Barletta. En la ceremonia, Noriega aseguró que de ahí en adelante el país “comería democracia para desayuno, almuerzo y cena”, a lo que Shultz respondió agradeciéndole al general por dar “una nueva oportunidad de progreso y desarrollo nacional a todos los panameños”. Los ingredientes para el desastre seguían en el mismo lugar pero el momento era engañoso. El 14 de septiembre de 1985, fue hallado el cadáver decapitado de Hugo Spadafora. La noticia sacudió un país que ya estaba a punto de entrar en ebullición.

Spadafora, que había sido viceministro de salud durante la era Torrijos, había formado parte de las tropas panameñas que apoyaron a la revolución sandinista. Particularmente, había luchado junto a Edén Pastora y, por ende, apoyó su ruptura con el resto de los sandinistas, pasando a formar parte de esa tercera columna que no era ni una cosa ni la otra o, quizá, las dos a la vez. Spadafora, que se había convertido en uno de los mayores críticos de Noriega, se encontraba en Costa Rica durante esos días, había decidido retornar repentinamente a Panamá luego de recibir una llamada pidiendo su regreso, ya que “cosas muy importantes estaban a punto de ocurrir”. Spadafora se puso en marcha, pero decidió volver por tierra. Poco después, fue detenido por dos policías, Francisco Eliécer González y Julio César Miranda, que lo torturaron, asesinaron y decapitaron. Años después un tribunal los condenaría a ellos y a Noriega, absolviendo a todos los oficiales que hubieran podido servir de eslabones entre el comandante del ejército y unos simples policías.

Mientras Panamá hervía, Noriega se encontraba de gira por Europa. Allí se enteró de que Barletta, ya metido en problemas con el liderazgo del PRD por sus decisiones económicas, se había involucrado en una disputa sobre si tenía o no la autoridad de nombrar una comisión que investigase el crimen de Spadafora. Noriega regresó a Panamá el 25 de septiembre. A su llegada, relató, “me encontré con un grupo de legisladores esperándome, pidiéndome la cabeza de Barletta”. Gran parte de esa animosidad contra el presidente, dijo, “había sido instigada por el coronel Díaz Herrera”. El 26 de septiembre, Nicolás Ardito Barletta volvió de Nueva York e inmediatamente fue trasladado en helicóptero al cuartel central. Esperándole estaban el canciller Jorge Abadía, Rómulo Escobar y el coronel Marcos Justine. Noriega también estaba presente pero, según él mismo, “en calidad de mediador”. Ardito Barletta sabía para qué estaba allí, pero decidió pelear por su futuro.

La reunión, que duró unas catorce horas, no solamente mantenía en vilo a Panamá. Durante el día Noriega recibió llamadas de Néstor Sánchez, miembro del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, y del embajador estadounidense Everett Briggs. Ambos enviaron el mismo mensaje. “Si lo sacas, vas a causar muchos temblores aquí”, dijo Sánchez. “No lo hagas, no lo hagas”, se limitó a decir Briggs. Pero el destino estaba sellado, y tras concluir la reunión el presidente Barletta anunció su renuncia. El general Noriega, aún hoy, no tiene reparos en admitir que tanto Sánchez como Briggs como el propio Barletta tenían razón. En ese momento, recordó, “sin duda pude haber usado mi influencia para mantenerlo, pero todos estaban contra él. El costo político habría sido muy grande”. En retrospectiva, es evidente que el “costo político” que ocupaba la mente de Noriega era ínfimo al lado del verdadero precio que tuvo que pagar por la destitución de Barletta. Si bien los primeros meses de Delvalle, que tomó posesión el 28 de septiembre, pasaron sin sobresaltos, cancelando las medidas de austeridad y demás, ese error de juicio fue el inicio de un camino que, al menos para él y las Fuerzas de Defensa, no tendría retorno. Sin embargo, fue de alguna manera el asunto Irán-Contra lo que selló el destino del general. Tras el terremoto en Washington, Noriega perdió a su mayor aliado en Estados Unidos, William Casey, quien moriría medio año después, en plena investigación, y además se ganó sin saberlo a uno de sus más poderosos enemigos.

Luego de su debacle profesional, Elliott Abrams, el menos damnificado de los involucrados, logró conservar su puesto pero sabía que su futuro lucía gris. Con el aliento de las investigaciones en la nuca, y el peso del desprestigio en el espíritu, decidió encontrar una causa, un objetivo, con el que volver a ser protagonista en Washington. Y ese objetivo terminaría siendo la caída del general Noriega. Abrams demoraría aún varios meses en montar su cacería contra el general pero éste tampoco parecía leer las señales que le llegaban desde Washington.

La primera mitad de 1987 transcurrió con una tranquilidad sorprendente. Pero las cosas cambiarían en los primeros días del mes de junio. En una serie de revelaciones que sacudieron al país, el coronel Roberto Díaz Herrera acusó a Noriega de narcotráfico, del fraude del 84, del asesinato de Spadafora e incluso de ser responsable de la muerte de su primo, el general Torrijos. El ímpetu de Díaz Herrera fue disminuyendo a medida que éste hablaba y hablaba. Para empezar, no pasó mucho tiempo hasta que se hizo vox populi que había renunciado a las Fuerzas de Defensa no por principios morales o por el horror que le producían los supuestos crímenes del general, sino porque éste y otros oficiales, quizá conscientes de sus intenciones golpistas en 1985, habían decidido ignorar un pacto por el cual él debía asumir el liderazgo del ejército ese año. Tras las declaraciones de Díaz Herrera, el 9 de junio, 37 grupos cívicos liderados por la Cámara Panameña de Comercio comenzaron una campaña en contra del general. Había nacido la Cruzada Civilista y muchos de sus líderes se fueron al exilio. Uno de esos líderes fue Gabriel Lewis Galindo, que abandonó el país luego de que unidades de los Dóberman atacaran su Banco del Istmo y, tras una reunión con emisarios de Noriega, recibiera una llamada en la que su interlocutor lo declaraba “enemigo público número uno”. Lewis partió el 13 de junio para Washington, y su llegada a la capital estadounidense fue tan importante para el destino de Noriega —y de Panamá— que merece ser considerada como un factor aparte. Para muchos, el peor error de Manuel Antonio Noriega fue ganarse la enemistad de Gabriel Lewis.

El hombre era, sin lugar a dudas, el panameño más y mejor conectado en Washington. Apenas llegó a la capital estadounidense se mudó a una casa llena de teléfonos y faxes y comenzó a trabajar. Poco después, Capitol Hill, sede del Congreso estadounidense, hervía con rumores sobre Panamá. Todos coincidían en el contenido: Noriega se tenía que ir, y todos provenían del mismo lugar.

Lewis no demoró en presentar resultados. En julio, el Senado resolvió que Noriega debía renunciar, a lo que la OEA respondió resolviendo que no aceptaría interferencias extranjeras en los asuntos panameños. Para la segunda mitad de 1987, a Manuel Antonio Noriega se le estaba formando una tormenta perfecta… en Estados Unidos. El 4 de agosto, Los Angeles Times reportó por primera vez sobre los indicios de que en Miami se estaba preparando un caso de narcotráfico contra el general. Dos grand juries en Miami expidieron acusaciones formales de narcotráfico contra el general. El fiscal Leon Kellner acusó a Noriega de haber recibido más de 4,6 millones de dólares por lavar dinero de los carteles y proporcionar pistas aéreas y refugio a narcotraficantes. También se le acusó de ayudar a introducir un millón de libras de marihuana en Estados Unidos. Noriega consideraba que los indictments eran parte de la estrategia estadounidense para desprestigiarlo, y no se los tomó demasiado en serio. Sin embargo tomó dos decisiones importantes. La primera fue lanzar su propia investigación en Panamá. Las diligencias de la Procuraduría General de la Nación —en manos de Carlos Augusto Villalaz— comenzaron el 5 de febrero. El 8 de marzo comenzaron las declaraciones indagatorias y seis meses más tarde, el 20 de septiembre, el propio Noriega rindió declaración, respondiendo en catorce páginas a igual número de preguntas.

Al concluir su investigación, el procurador Villalaz remitió al pleno de la Corte Suprema de Justicia su vista fiscal y pidió “el cierre definitivo de la presente sumaria”. En su fallo, la Corte declaró que “no se encontraron elementos de prueba, ni siquiera de graves indicios” que condujeran a determinar la “veracidad de los actos que se dicen cometidos”. La segunda decisión del general fue más crítica, y demostró que nunca entendió a cabalidad el enorme potencial de daño que esos indictments poseían. A través de contactos de sus subordinados en la Zona del Canal, Noriega se hizo con un grupo de abogados —Raymond Takiff, Frank Rubino, Neal Sonnett y Jack Fernández— que dieron a entender, en palabras de Richard D. Gregorie —el fiscal que redactó el indictment contra Noriega— “todo lo que necesitábamos saber sobre él”. Al contratar a Takiff, escribe David Harris en Shooting the Moon, “Gregorie dedujo que o Noriega no sabía lo que hacía o era incluso más repulsivo de lo que él pensaba.

O ambas”. En todo caso, los abogados comenzaron a darse cuenta en breve de que, para el general, el indictment no era algo importante. Viajaron a Panamá en la segunda semana de febrero y tuvieron que esperar dos días para conocerlo, algo que no cambiaría. “Nunca era una prioridad para él. Usualmente debíamos esperar dos o tres días para conseguir una reunión de una o dos horas”, recordó Rubino. Mientras el general —y Panamá— se acomodaban a la nueva situación, en Estados Unidos seguían las conspiraciones. Para Elliott Abrams había llegado el momento de la acción. Tras el escándalo Irán-Contra, sabía que no volvería a servir en el Gobierno al término de la administración. Y como era año de elecciones, dedujo que sólo le quedaban unos seis meses para redimir su reputación antes que la campaña se lo tragara todo. Junto a Gabriel Lewis, Abrams había diseñado un plan que involucraba al presidente panameño Eric Arturo Delvalle.

El 25 de febrero, Delvalle grabó un anuncio televisivo —que fue transmitido a las cuatro de la tarde— en el que despedía a Noriega y nombraba como sucesor al coronel Marcos Justine. Apenas terminó de grabarlo desapareció. Las Fuerzas de Defensa, cuenta el general, decidieron no hacer nada “a pesar de que habíamos monitoreado sus preparaciones e incluso sabíamos dónde grabó el anuncio”. Esa misma noche, la Asamblea Nacional destituyó a Delvalle y nombró al ministro de Educación, Manuel Solís Palma, como ministro encargado de la presidencia (no habiendo sido elegido vicepresidente, no podía nombrársele presidente). En Washington se tomó la decisión de reconocer a Delvalle como el presidente legítimo de Panamá. Se formó un gobierno en el exilio: el 2 de marzo se congelaron todos los fondos panameños en bancos estadounidenses. Los bancos panameños cerraron al día siguiente, y por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos reconoció a un gobierno en exilio sin territorio. Y qué gobierno. Según reportes del Comando Sur, Delvalle —que permanecía escondido— pasaba hasta doce horas seguidas en un cuarto, viendo westerns de Hollywood. Cada cierto tiempo se trasladaba a Estados Unidos en aviones militares, pero nunca por más tiempo del que le permitía la Constitución. La situación era ridícula, y descrita por el general Frederick Woerner, jefe del Comando Sur, como sigue:

¿Reconocemos a un presidente cuando lo destituyen, luego de negarnos a reconocerlo por estar involucrado en la destitución ilegal del presidente anterior, que fue a su vez elegido ilegalmente pero reconocido de todas formas? ¿Esta es nuestra política? ¡Se necesita una enciclopedia para entenderla!

Fred Woerner tenía las ideas muy claras. Y para esos días empezó a verse involucrado en un debate entre agencias sobre la política a seguir con respecto al general. En una de esas reuniones, dijo

[Creo] que a Panamá y a Estados Unidos les convendría la salida de Noriega. Pero estoy en desacuerdo con las técnicas y estrategias del Departamento de Estado. […] Esto es un problema de Panamá, y Panamá debe resolverlo. […] Estamos reforzando nuestros propios estereotipos y la herencia de intervencionismo cuando deberíamos aprovechar las oportunidades para nuevos acercamientos en el hemisferio.

Woerner no estaba solo. Frank Carlucci, secretario de Defensa, y William J. Crowe, presidente del Estado Mayor Conjunto, apoyaban su posición. Pero era una batalla que iban a perder ante Elliott Abrams y el Departamento de Estado. Poco después se le ordenó a Woerner suspender todos los contactos con Noriega. En Estados Unidos, Abrams y Lewis seguían a toda velocidad, haciendo circular acusaciones de riquezas escondidas y, sobre todo, corrupción. “La corrupción se convirtió en el constante tamborileo de los estadounidenses”. Irónicamente, la U.S. Government Accountability Office (GAO)(3) estadounidense se quejó ese mismo año de que les era imposible auditar los millones de dólares que controlaban Delvalle y compañía como presupuesto de su gobierno en exilio. Para marzo, Abrams estaba listo para seguir con la segunda parte de su plan.

3. Con funciones semejantes a la Contraloría General de la República en Panamá.

Pero el día 16 de ese mes, el jefe de la policía panameña, coronel Leonidas Macías, intentó sin éxito darle un golpe al general. “Queríamos retirarlo”, recordó Milton Castillo, uno de los oficiales involucrados. “Lo que buscaba la intentona era regresar a los caminos de Torrijos, pero todo se ahogó porque algunos —a última hora— cambiaron de posición”. Tras el intento de golpe, Noriega se reunió con su Estado mayor. Los golpistas habían sido encarcelados y los oficiales decidieron que el próximo que intentara algo similar lo pagaría con la muerte. A Elliot Abrams, sin embargo, todo esto le daba igual. No había tenido nada que ver con el golpe de Macías y sus planes iban por otro lado. La estrategia de Abrams consistía en establecer a Delvalle y su gobierno en una de las áreas de uso compartido en la Zona del Canal. Dentro de ese gobierno habría un comandante alterno de las Fuerzas de Defensa que convencería a sus colegas de abandonar al general.

El plan, sin embargo, jamás se materializó. El 31 de marzo, al Departamento de Estado se le negó el permiso de tener un gobierno en exilio en la Zona del Canal y de todo lo demás. Incluso se le prohibió instalar una emisora de radio en la Zona del Canal para el gobierno de Delvalle.

 

Panamá se sumergía en lo más profundo de su crisis económica. Para mediados de año, economistas locales estimaban que la economía funcionaba al 40% de su capacidad. El 25% de la fuerza laboral se enfrentaba a la posibilidad de desempleo semipermanente. Y en una carta publicada en 1988, especialistas panameños predecían que al país le tomaría al menos dos años recuperarse de las sanciones estadounidenses. Noriega, a su vez, decidió contraatacar. Cuando los estadounidenses establecieron medidas mediante una orden presidencial para que Panamá no recibiera pagos de la Zona del Canal, el general dejó claro que si Washington ignoraba los tratados, Panamá haría lo mismo. Para finales de abril la orden de Reagan había sido revocada. Cuando el plan de Abrams ya colapsaba, el destino le presentó una oportunidad paralela. Aunque hay disputas en cuanto a quien tomó la iniciativa —el general asegura que lo llamaron mientras que en Washington se asegura lo contrario—, el caso es que se dio inicio a un proceso de negociaciones que pudo haber cambiado la historia.

La delegación estadounidense que viajó a Panamá para esas primeras reuniones estuvo compuesta por dos oficiales del departamento de Estado, Michael G. Kozak y William Walker, y un tercer hombre, un psiquiatra llamado Steve Pieczenik. A mitad de camino, el avión en el que viajaban hizo escala en Miami para recoger a los abogados del general. Las primeras reuniones, celebradas en Fort Clayton, fueron infructuosas. Los estadounidenses no estaban dispuestos a anular el indictment, y sus condiciones —renuncia de Noriega y asilo en un tercer país con todos los familiares y amigos que quisiera e incluso varios millones de dólares— fueron presentadas sin margen de negociación, lo cual fue rechazado por Noriega. Ese esfuerzo no era el único. Para esos momentos, un veterano político latinoamericano, intentaba liderar un esfuerzo diplomático para la salida de Noriega: Carlos Andrés Pérez, expresidente venezolano y candidato presidencial, voló a Río Hato el 7 de marzo, en compañía del expresidente colombiano Alfonso López Michelsen y un amigo de los dos y de Noriega: el colombiano Carlos Pérez Norzagaray.

El venezolano tampoco tuvo suerte a pesar de que les había prometido a los estadounidenses que “se encargaría” de Noriega. Su propuesta —renuncia de Noriega y convocatoria de elecciones con el obispo McGrath como garante de la transición— era inaceptable para el general y, además, reflejaba su ignorancia de la situación. Durante la última reunión, el 29 de marzo, un frustrado Pérez dijo a los panameños que, si no cedían, él tendría que “decirle a los gringos” que invadieran. Pero “los gringos” aún creían en la diplomacia. Durante el mes de abril, ambos bandos comenzaron a hacer concesiones importantes. Noriega estaba dispuesto a abandonar las Fuerzas de Defensa en agosto, en el quinto aniversario de su ascenso a general. Los estadounidenses, por su parte, habían terminado prometiendo la retirada del indictment. Todas estas cosas permanecieron en secreto hasta el 11 de mayo, cuando la Casa Blanca dejó caer que el presidente Reagan estaba preparado para eliminar el caso contra Noriega. Reagan y su equipo, naturalmente, comenzaron a ser bombardeados desde todas las direcciones. La oposición panameña chirriaba y, antes del final de esa semana, el Senado pasó una resolución en contra de la retirada del indictment como parte de un futuro acuerdo. El ser o no ser del indictment contra el general afectaba, más que a nadie, al hombre que se disponía a ser el candidato republicano para las elecciones de noviembre. Y ese hombre era el vicepresidente George H. W. Bush.

El candidato, que ya había tenido que luchar durante toda la campaña contra las revelaciones de sus dos reuniones —en 1976 y 1983— con Noriega, fue cediendo ante la presión y, poco a poco, empezó a endurecer su posición: si él ganaba la presidencia, el indictment no iría a ninguna parte. “Los narcotraficantes son terroristas domésticos, matando niños y policías, y deben ser tratados como tal”, dijo en un acto de campaña en la Academia de Policía de Los Ángeles el 19 de mayo. “Yo no negociaré con narcotraficantes… sea en territorio estadounidense o afuera”. Tan solo un par de días después, presidente y vicepresidente se enfrentarían por el tema Noriega en una serie de reuniones el fin de semana del 21 y 22 de mayo. Apenas a una semana de la histórica cumbre de Moscú entre Reagan y el líder de la URSS, Mijail Gorbachov, no había nada que quisieran más el presidente y su Departamento de Estado que resolver la crisis panameña. Reagan fue tajante. Llegar a un acuerdo con Noriega era la única solución sensata. Y sin la capacidad de arrestar al general, el indictment era apenas un pedazo de papel inservible. Su único valor, razonó, era el de moneda de cambio para las negociaciones.

Ese mismo día, el presidente le ordenó a Kozak volver a Panamá y sellar el acuerdo. Antes de que Kozak partiera, el secretario de Estado George Shultz añadió una última instrucción: tenía hasta el día 25. Ese día él y Reagan viajaban a Rusia. Si para entonces no había acuerdo, apaga y vámonos. Durante un par de días fue posible soñar con un final feliz. El núcleo del acuerdo ya estaba, y se fueron limando todas las asperezas posibles. Pero el general, con el tema legal resuelto, tenía dudas políticas. Se había reunido en calle 50 con el Estado Mayor para considerar propuesta de Kozak. Según Noriega, sus oficiales le dijeron que:

habría inestabilidad si se iba; y la percepción de que, una vez más, Panamá capitulaba ante el imperialismo norteamericano. Esto traería problemas políticos y económicos y, al final, los estadounidenses impondrían un nuevo gobierno conformado por miembros de la oligarquía.

 

El día 25, mientras Kozak esperaba la firma, Ray Takiff recibió una llamada del general. Al llegar a la comandancia, Noriega le dijo “no puedo hacerlo. Mis oficiales me matarían. Y no lo digo en sentido figurado. No puedo hacerlo. Voy a tener que aguantar”. Luego de comunicárselo a Takiff, el general llamó directamente a Kozak, lo que provocó tres horas más de esfuerzos diplomáticos. Noriega pedía más tiempo para convencer a sus oficiales. Kozak le creyó y llamó a Shultz, quien había retrasado su viaje a Moscú a la espera de noticias, para explicarle la situación. Pero a Shultz no le hizo ninguna gracia. Al escuchar que no había acuerdo en Panamá, ordenó a Kozak regresar a Washington y se fue para Rusia. Quizá no lo sabía en ese momento, pero el general acababa de perder su gran oportunidad. Su razonamiento fue curioso: Panamá ya estaba sufriendo de inestabilidad política y económica y, como él mismo confesó, “el resultado fue el mismo: los estadounidenses impusieron un gobierno y desmantelaron las fuerzas armadas”. Visto en retrospectiva, los argumentos suenan más bien como un intento desesperado de sus oficiales de sacrificarlo a él para salvarse ellos. Y él les hizo caso. El fracaso de las negociaciones fue una bomba en Washington. Y los buitres no demoraron en saltar sobre el cadáver. La prensa estadounidense lo trató como una humillación para Reagan y una victoria para Noriega. La mesa estaba puesta para la caída del general, y lo único que lo separaba de su final era el proceso de cambio de guardia en el liderazgo estadounidense. A principios de junio, Fred Woerner recibió órdenes de olvidarse de la crisis en Panamá hasta que pasaran las elecciones. La leve mejora en Washington, sin embargo, no se correspondía con el empeoramiento de la situación en Panamá. Según una encuesta realizada por una firma italiana en diciembre de 1988, el 71% de los votantes panameños dijeron “no gustar” de Noriega, el 5% dijo apoyarlo y el 81% creía que debía renunciar y desaparecer del panorama gubernamental.

Según comenzaba 1989, podría decirse que el general Noriega había perdido al menos un poco de su contacto con la realidad. La verdad es que no le faltaban motivos para el optimismo: había sobrevivido un durísimo año lleno de traiciones y ataques, tanto a nivel nacional como internacional. Los estadounidenses estaban ocupados con su cambio de gobierno y hasta el indictment parecía haber desaparecido. Y además, se había convencido de que aquellos que el 20 de enero, mientras Bush era juramentado gritaban en las calles “Reagan se va, Noriega se queda” eran mayoría en el país. Para el periodista estadounidense David Harris, Manuel Antonio Noriega había cometido tres errores de juicio a comienzos de año. En primer lugar, había subestimado el daño que le habían hecho los intentos fallidos estadounidenses de cara a la opinión norteamericana. El general podía haber ganado, pero su mera existencia como comandante ya representaba un bochorno para el todopoderoso Washington. En segunda instancia, Noriega no alcanzaba a comprender la imagen casi demoníaca que había adquirido en Estados Unidos. Una imagen, es verdad, alimentada por sus contraataques y actitudes desafiantes y que lo convertía en el blanco perfecto para cualquiera con algo que demostrar. Lo que nos lleva al tercer error de juicio: para Harris, nadie necesitaba probar su dureza durante 1989 más que el propio presidente Bush.

Desde su primer día en la Casa Blanca, su administración estuvo rodeada de un halo de debilidad e incompetencia, un fenómeno que fue conocido como the wimp factor. Noriega, cree el periodista, subestimó el enorme rol jugado por la supuesta debilidad de Bush de cara a las decisiones que se tomarían a finales de año. La idea de una operación militar para sacar a Noriega era cada vez menos descabellada. Por eso, Woerner y su segundo al mando, el general Marc Cisneros, habían comenzado a elaborar una estrategia militar que, junto con una serie de medidas graduales de presión sobre el general panameño, verían aumentos de tropas en el Comando Sur hasta llegar a las veinte mil unidades. Si, llegado a este punto, Noriega seguía enquistado en el poder, las tropas atacarían a las Fuerzas de Defensa y ocuparían Panamá. El plan fue bautizado como Blue Spoon (cuchara azul). Además de Blue Spoon, Woerner también diseñó una serie de tácticas de guerra psicológica para darle a Noriega un poco de su propia medicina. En sus planes —llamados Fisuras 1 y Fisuras 2—, detallaba hasta 32 acciones que se deberían tomar en conjunto para llevar a las Fuerzas de Defensa al borde de su paciencia. Washington, sin embargo, sólo aprobó la número 7, que involucraba cortar el suministro eléctrico a una casa de oficiales panameños en la Zona del Canal.

Woerner protestó pero acató las órdenes. Poco después de cortar la luz, los panameños le quitaron el suministro eléctrico a gran parte del Comando Sur. Washington le ordenó a Woerner restablecer la electricidad y poco después los panameños hicieron lo mismo. El último año de la década vería, además, un nuevo proceso electoral. Y aunque en Washington aún estaban en el limbo en cuanto a la estrategia para lidiar con Noriega, sí tenían claro —como pasó en 1984— quién debía ser el ganador de los comicios. A finales de febrero, unos diez millones de dólares fueron asignados por el Departamento de Estado para apoyar a los candidatos de oposición panameños. Y el 10 de abril, tres estadounidenses fueron arrestados mientras intentaban llevar a cabo emisiones clandestinas de radio para trastocar las elecciones. Uno de ellos, llamado Kurt Muse, confesó que su objetivo era meter programación de radio y video, durante y después de la jornada electoral, que mostrara que la oposición iba ganando.

La idea era provocar una reacción rápida a favor de la oposición y reportar su victoria antes de los resultados finales. Significativamente, Noriega volvió a cometer un error de cálculo con Muse y su grupo, uno que hoy admite abiertamente: “debimos haber […] pospuesto las elecciones en ese momento. […] Me equivoqué al no denunciar a los Estados Unidos con más fuerza”. El error del general se debía, principalmente, a su creciente desconexión con la opinión pública. “Pensé que el pueblo panameño entendería esta interferencia flagrante en nuestras vidas y votaría en contra de los candidatos apoyados por Washington”, recordó. De igual manera, algunas fuentes aseguran que, en los meses previos a los comicios, el general recibió varias propuestas —incluso de la oposición— para posponer las elecciones, mantener al presidente Solís Palma un poco más y negociar una salida “panameña”. El general, según dicen, las descartó todas, convencido del triunfo del PRD. Las elecciones del 7 de mayo 1989 fueron un desastre democrático en toda regla. Sin ningún tipo de confianza mutua, los delitos electorales abundaron en ambos bandos, y con ellos, las protestas y el caos. Las elecciones fueron canceladas, pero hoy se considera un hecho que la candidatura opositora —con Guillermo Endara, Ricardo Arias Calderón y Guillermo Ford como presidente y vicepresidentes, respectivamente— habría ganado ampliamente la contienda. Según el sociólogo Marco Gandásegui “está claro que el gobierno perdió.

Si no, no hubiera anulado las elecciones”. En todo caso, recordó, “la gente no estaba votando a favor de un lado u otro sino en contra. Los que votaron por la oposición lo hacían contra el malestar económico en que había caído el país; y los que votaron por el gobierno lo hacían en contra de hombres que percibían como demasiado cercanos a Estados Unidos”. Sea como fuere, lo cierto es que el triunfo opositor nunca fue oficial. Los motivos de la cancelación, naturalmente, varían. Para los opositores, el régimen canceló el conteo cuando vio que el margen era tan amplio que no era posible superarlo, ni siquiera con un fraude. Para Noriega, los comicios se cancelaron “ante la imposibilidad de realizar el conteo y enfrentados por las crecientes protestas de ambos lados”. En todo caso, asegura, “hicimos lo que debíamos haber hecho meses atrás”. El general, probablemente, tenía razón, pero los momentos importan. Noam Chomsky escribió,

Las elecciones habían sido realizadas en condiciones causadas por la ilegal guerra económica estadounidense, que estaba destruyendo la economía. Estados Unidos, en consecuencia, sostenía un látigo sobre el electorado. Solo por eso, las elecciones estaban lejos de ser libres bajo ningún estándar sensible.

Los argumentos expuestos por Chomsky habían sido reconocidos hasta por la oposición. Pero Noriega había decidido seguir adelante y le había explotado todo en la cara. Ahora, reconoció, “había sido forzado a un callejón sin salida”. La mesa estaba puesta para que el país tocara fondo. Era el momento de la Cruzada Civilista, y de John Maisto. Entre el 7 y el 10 de mayo hubo protestas diarias. En la última, los enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas del orden público fueron sangrientos. Los candidatos presidenciales fueron golpeados, y la suerte quiso que esos golpes adquirieran un tinte dramático, casi apocalíptico, al pasar por el filtro de las cámaras. En la represión de la marcha, Alexis Guerra —un guardaespaldas— fue asesinado, y su sangre empapó la guayabera de Guillermo Ford. La foto era perfecta: un candidato a vicepresidente siendo golpeado en las calles de una república bananera con su camisa completamente ensangrentada. La imagen fue portada en publicaciones del mundo entero. Y así, “Billy” Ford se transformó, en palabras del general, “en un mártir con la sangre de otro”.

Tras la sucesión de marchas, la Cruzada Civilista intentó organizar sin mucho éxito una huelga general. Durante las semanas poselecciones, al presidente Bush se le presentó la primera propuesta seria para simplemente invadir y arrestar a Noriega. La frustración estadounidense para con Panamá era tan grande que el presidente del estado mayor conjunto, almirante William Crowe, sólo pudo lograr su descarte advirtiendo de los soldados estadounidenses que morirían en la operación. Woerner, al final, llevaría las de perder. Pero antes, el general vio cómo Washington aprobaba la llamada operación Sand Flea (pulga de arena). Cisneros la había diseñado para “sacar a Noriega de sus casillas”, y consistía en realizar operaciones y maniobras al límite de la letra de los tratados del Canal. Para Cisneros:

era provocación. Queríamos irritarlos y hacerlos reaccionar para poder juzgar sus planes de reacción y […] mostrarles que estábamos dispuestos a dar la cara. […] También nos dio una manera de practicar nuestros planes de contingencia. Empezamos a mejorar nuestra preparación y redujimos nuestros tiempos de respuesta para una movilización general de ocho horas a dos. Era un entrenamiento, pero la idea era confrontarlo [a Noriega] tarde o temprano y que pareciera culpa suya.

Además de engrasar la maquinaria militar del Comando Sur, la operación Sand Flea tuvo una consecuencia significativa: Cisneros, sin duda ayudado por la campaña negativa iniciada por Noriega en su contra, se convirtió en una celebridad entre la oposición panameña. Y con la tensión entre ambos ejércitos subiendo día a día, en Washington se tomó la decisión de despedir a Woerner. Corría el mes de julio, y William Crowe no pudo hacer nada al respecto. Noriega, por su parte, demostró que no estaba en su mejor momento. De haberlo estado, habría reconocido que el despido del mayor enemigo de una intervención militar estadounidense en Panamá era la punta de un tenebroso iceberg. El reemplazo de Woerner sería el general Maxwell Mad Max Thurman, que inmediatamente inició un proceso de instrucción para asumir el mando el 30 de septiembre.

Gran parte del proceso lo dedicó a revisar la operación Blue Spoon. Thurman, consciente del propósito para el que lo habían nombrado, modificó el plan: no habría más presión para que Noriega renunciara. Y los refuerzos, que en el plan de Woerner eran graduales, ahora llegarían todos a la vez y sin avisar. Antes de partir, Crowe —que estaba a punto de ser reemplazado por el general Colin Powell en la presidencia del Estado Mayor Conjunto— le dio a Thurman las últimas instrucciones: “vas para allá a pelear una guerra. No sé cuándo ni cómo, pero va a pasar, quizá inmediatamente. Tu principal responsabilidad es preparar todo para atacar a Noriega”. El Panamá con el que Thurman se encontró era un lugar sin norte ni sur. Un mes antes de su llegada, el Gobierno había nombrado un presidente provisional, Francisco Rodríguez. Noriega no encontraba sosiego ni siquiera entre su gente. La desconfianza entre las fuerzas era tal que los rangos desaparecieron para dar paso a un simple sistema: allegado al general o no. Según un miembro del Estado Mayor, había “mucha confusión entre las tropas”.

Y para el general Paredes, “la descomposición llegó a tal punto que los miembros del Estado Mayor se convirtieron en subalternos de sus subalternos. Allí se perdió la jerarquía institucional. […] Un mayor paraba a un coronel en seco y nadie sabía quién tenía el mando”. En esas circunstancias llegó el segundo y último intento de golpe que sufriría el general. En la mañana del 3 de octubre de 1989, el mayor Moisés Giroldi y otros tomaron el control de la Comandancia. Sus objetivos eran sencillos: querían forzar el retiro del general Noriega y otros miembros del estado mayor que habían sobrepasado con creces sus años de servicio. Giroldi y sus seguidores, además, habían alertado a los estadounidenses de sus intenciones y habían pedido una serie de apoyos logísticos. Pero una combinación de falta de comunicación, errores de juicio — Thurman y Powell acababan de asumir sus puestos— y desacuerdo en cuanto a qué hacer con Noriega —a pesar de las intenciones de los estadounidenses Giroldi no quería ni entregarlo ni matarlo— terminaron por echar todo al traste. Sobre el mediodía, la compañía Machos de Monte aterrizó desde Río Hato y, tras un breve tiroteo, logró recuperar el control de la comandancia.

Giroldi, derrumbado psicológicamente por el general, y otros golpistas fueron arrestados, mientras que el capitán Javier Licona permaneció en la base de Clayton, donde había ido a negociar con Cisneros, y salió al exilio en Estados Unidos. Independientemente de lo que pasara en Washington, el golpe de Giroldi representa, quizá, el punto más bajo al que llegó a caer el Panamá del general Noriega. La promesa del estado mayor tras el golpe de 1988 fue cumplida, y las represalias empezaron con el asesinato del teniente Deoclides Julio en plena Comandancia. Mientras Noriega se relajaba en la barbería, once golpistas fueron arrestados. Y mientras el general se paseaba por Panamá, alardeando una nueva victoria y arengando a sus seguidores, su ejército cometía los peores crímenes de la historia del país. Las primeras ejecuciones militares desde Victoriano Lorenzo. El mayor Giroldi murió tiroteado por la espalda, en la base de Tinajitas. Nueve oficiales más, los capitanes León Cocoliso Tejada, Juan Arza, Edgardo Sandoval y Eric Murillo, el teniente Jorge Bonilla, los subtenientes Ismael Ortega y Francisco Concepción, y el sargento Feliciano Muñoz, murieron fusilados en los hangares de Albrook. Y el capitán Nicasio Lorenzo se ahorcó en la cárcel Modelo, víctima de las presiones psicológicas a las que se vio sometido por el jefe del penal, el mayor Jorge Chino Correa.

El fallido golpe fue recibido en Estados Unidos como una nueva humillación para la administración. Y si bien Reagan no había tenido por qué preocuparse de la “humillación” de mayo de 1988, Bush sí. Sea cual fuere su rol en el golpe, los Estados Unidos no podían permitirse la imagen de bufones internacionales, y muchísimo menos en su patio trasero. Thurman y Cisneros fueron convocados y enviados a Panamá con instrucciones de poner la operación Blue Spoon en marcha y esperar la orden final. Y el indictment, el famoso indictment, protagonizó una asombrosa resurrección. Ken Kennedy, el agente de la DEA que había comenzado todo, recibió una llamada del fiscal del distrito sur de la Florida. El departamento de Justicia quería revivir el caso contra Noriega. Según Ray Takiff, tras el fallido golpe Noriega intentó revivir las negociaciones del año anterior. Tras contactar a Kozak, éste ofreció términos parecidos a los anteriores pero con una condición: el indictment no era negociable. Noriega, entonces, vio cómo sus abogados le aconsejaban cosas distintas. Takiff creía que el trato era inaceptable. Rubino, sin embargo, creía que era su última oportunidad, y le aconsejó tomarlo.

Luego de escucharlo, el general les dijo: “voy a pensarlo”, y no volvió a mencionar el tema. Noriega había decidido huir hacia adelante. El 15 de diciembre, la Asamblea panameña lo declaró jefe de Gobierno. Ese día, aseguran sus enemigos, Noriega “le declaró la guerra a Estados Unidos”. La realidad, sin embargo, es muy distinta. “La Asamblea declaró un estado de emergencia por la duración de la agresión del gobierno estadounidense”, explicó Alfred Rubin, profesor de derecho internacional de la Universidad de Tufts (Estados Unidos). Durante esos días, el nombre del juego era Sand Flea. Los nervios estaban de punta, y tras una serie de incidentes en los que murió un soldado estadounidense, y otro fue arrestado y supuestamente golpeado al frente de su esposa, las excusas no eran suficientes. La decisión de invadir Panamá fue tomada el 17 de diciembre. Durante las reuniones se repasaron todos los detalles de Blue Spoon: unos 26 000 efectivos, asaltos aéreos, operaciones especiales a cargo de Rangers, Seals y Delta Forces, e incluso un bombardeo a cargo del flamante e invisible avión “Stealth”, y sólo una objeción: el nombre de la operación. Así, la invasión de Panamá pasó a llamarse “Operación Causa Justa”.

Ya no había vuelta atrás. Cuatro años y medio de dimes y diretes se resolverían a punta de bombas. Mientras el ejército se preparaba para invadir, un mensajero de la CIA entregó 45 volúmenes de documentos internos sobre el general Noriega a la oficina del Fiscal General de los Estados Unidos. El 19 de diciembre de 1989, Manuel Antonio Noriega se encontraba en la ciudad de Colón. Había llegado el día anterior para mediar en una disputa de trabajadores portuarios. Durante el día estuvo recibiendo reportes de actividad estadounidense, pero era imposible descifrar lo que estaba pasando. Para empezar, era la época del Sand Flea, y las provocaciones estadounidenses estaban a la vuelta de la esquina.

Además, podían estar preparándose para intervenir en Cuba o incluso para alguna operación antidrogas en Colombia. Además, durante esos precisos días el diplomático estadounidense Vernon Walters se encontraba negociando por él en Washington. De cualquier manera todo se reducía a un simple argumento: hablar de invasión era harto complicado en Panamá, donde los estadounidenses tenían bases, territorio, armamento y miles de tropas. En cierto sentido —y especialmente en el sentido militar—, llevábamos invadidos desde 1903. Noriega regresó a la ciudad, y estando en el cuartel de calle 50 se enteró de que estaban saliendo aviones de Fort Bragg. Cerca de la medianoche decidió irse a Tocumen, en un convoy de tres vehículos, por si acaso. A su llegada, paró brevemente en el Centro de Recreación Militar de las Fuerzas de Defensa (Ceremi) para llamar a su contacto en la embajada estadounidense. Su contacto no pudo ser más claro: “evasión y escape. Autorizado para matar a MAN”. Su plan principal de contingencia era partir hacia Chiriquí, “donde estaba toda la retaguardia al mando de Luis del Cid”. Veinte años después, el general confiaba en tener su propio día de la lealtad. Los planes chiricanos de Noriega se fueron al traste en cuestión de minutos.

Para ese momento, la primera parte de la invasión —la liberación de Kurt Muse de la cárcel Modelo por los Delta Force— se había llevado a cabo. Significativamente, Mike Harari había sido sacado del país. Los candidatos opositores Endara, Arias y Ford habían sido llevados a una base estadounidense para ser juramentados como los nuevos gobernantes del país. Con todas las piezas en su lugar, comenzó el que quizá sea el caso de uso de fuerza letal más desproporcionado de la historia militar. Estados Unidos había decidido soltar toda su furia sobre el istmo. Los cielos de Panamá se llenaron de paracaidistas, en lo que fue la mayor operación de este tipo desde la Segunda Guerra Mundial. Había comenzado la invasión. Repentinamente, había tiroteos por todos lados. El convoy de Noriega —un Hyundai, una Land Cruiser y un Mercedes sedán— se dio a la fuga, abriéndose paso a balazo limpio. Noriega y sus hombres manejaban por la ciudad sin un plan determinado. La gigantesca escala militar de la invasión dejaba muy poco margen de maniobra. Intentó reunirse con los miembros de su estado mayor, pero no todos pudieron llegar. Los Batallones de la Dignidad habían formado barricadas por la ciudad.

Panamá era tierra de nadie, una zona de guerra. En cuestión de horas, los 27 objetivos militares estadounidenses habían sido “anulados”. La Comandancia había sido destruida, y junto a ella el barrio del Chorrillo casi al completo. El Cuartel de Tinajitas, y todos los demás, corrieron la misma suerte. En Río Hato, incluso, el “Stealth” dejó caer una bomba de dos mil libras. En ese momento, Noriega entendió que la Operación Causa Justa iba mucho más allá de él: las Fuerzas de Defensa, el ejército que Remón creó, Torrijos entronizó y él perfeccionó, iban a ser eliminadas por completo. La primera noche Noriega la pasó en la casa de Balbina Herrera, que se encontraba de viaje oficial en Ecuador. Cerca del amanecer del 20 de diciembre, vio cómo tres helicópteros Blackhawk aterrizaban cerca. Era hora de moverse. En particular, el general estaba en búsqueda del capitán Eliécer Gaitán, su hombre de mayor confianza, con quien había planeado irse a un búnker en Chepo, y de ahí al Darién. El general pasó los cuatro días siguientes huyendo. Usó varias casas e incluso se refugió en el cementerio de Río Abajo. A duras penas se mantuvo en contacto con sus aliados e incluso llegó a grabar un mensaje que fue transmitido en Radio Libertad.

Pero cuando intentó arreglar una transmisión en vivo, escuchó cómo la emisora era bombardeada por los estadounidenses. Poco a poco, Manuel Antonio Noriega se fue dando cuenta de que sus opciones se evaporaban rápidamente. Sus esperanzas de llegar a Chiriquí se desvanecieron por completo cuando se enteró, el 24 por la mañana, que su guardaespaldas Luis del Cid se había rendido. Ese día su vida cambiaría aunque las versiones de cómo pasó difieren. En sus memorias, el general cuenta que, cuando se disponía a abandonar el apartamento en Campo Lindbergh donde se había refugiado, recibió el mensaje de que el nuncio apostólico, monseñor José Sebastián Laboa, quería hablar con él. El nuncio podía recogerlo en secreto y meterlo en la nunciatura, y allí discutir la situación. Él accedió pero planeaba otra cosa. “Mi plan era usar el carro para salir del área y no ir a la embajada. Tenía también otros planes, pero ninguno pasaba por ir a la nunciatura”, recordó. Por otro lado, existen versiones que contradicen los recuerdos del general y que demuestran que la batalla por la historia panameña sigue librándose en la actualidad. Una de ellas, contada por el periodista y abogado Fernando Berguido en su libro Una Vida Póstuma, dice que el 24 de diciembre Laboa había convocado a todos los embajadores en Panamá para forzar una reunión con el nuevo canciller panameño, Julio Linares.

El motivo de la reunión era que muchos países se rehusaban a reconocer al nuevo gobierno implantado por los estadounidenses. Mientras eso ocurría, César Tribaldos, uno de los dirigentes de la Cruzada Civilista y quien, junto a Berguido, se encontraba en la nunciatura organizando la reunión, recibió una llamada telefónica. Al otro lado estaba Mario Rognoni, periodista allegado a Noriega. Rognoni pidió hablar con monseñor Laboa, y le transmitió la petición del general de solicitar refugio en la embajada. A esta versión, el mismo Tribaldos añadió que, tras colgar, Laboa se dirigió a él y le dijo: “César, vístete con una sotana que tienes que ir a buscar a Noriega”. Sea cual fuere el caso, Noriega y Laboa arreglaron una reunión a las dos de la tarde. Tras un breve atraso, el general abrió la puerta del automóvil de la nunciatura y se encontró con que dentro, vestido de nuncio, estaba el padre Javier Villanueva, allegado a monseñor McGrath y uno de sus principales enemigos en la Iglesia católica. Lo acompañaba el secretario de Laboa, el padre José Spiteri.

Noriega se montó en el carro con una pistola, unas granadas y un fusil AK-47 y, poco después, soldados estadounidenses entraron al apartamento donde se había refugiado. Si los planes de Noriega consistían en exigir que lo condujeran a otro sitio en el automóvil de la nunciatura, lo cierto es que no los llevó a cabo. Cuando llegó a la embajada, relata, se encontró por primera vez con Gaitán. Allí estaban, también, una serie de personas, entre ellas unos cuatro miembros de la organización terrorista española ETA con sus mujeres, pero, curiosamente, el general no recuerda la presencia de embajadores o diplomáticos, quienes, según Berguido, estaban presentes a su llegada. “El único que había estado allí era monseñor McGrath, quien salió poco antes de mi llegada. […] Quien vistió de sotana no fue Tribaldos sino un teniente, Luis Donadío, que se encontraba en la nunciatura”. En cuestión de minutos, la nunciatura quedó completamente rodeada por las tropas estadounidenses. “Lo que había visto como una puerta abierta era, en realidad, una trampa bien diseñada”, recordó. “No habría negociaciones ni reuniones, y evidentemente no habría escape. Estaba rodeado, gracias a los traidores que trabajaban para los estadounidenses”. Noriega, a pesar de entender lo inevitable de su destino, comprendió que, al menos, saldría vivo de este trance. En retrospectiva, confesó: “estoy convencido que Laboa me salvó la vida al sabotear mis planes”. Con Noriega localizado, la tensión comenzó a bajar. Eso no significaba, sin embargo, que todo estuviera resuelto. La presencia del general en territorio vaticano presentaba un nudo gordiano de contradicciones legales y diplomáticas. La decisión, entonces, fue la de intentar forzar su salida. En un principio, las tropas invasoras rodearon el edificio con enormes bocinas que escupían música rock a todo volumen. Tras las quejas de Laboa, las bocinas fueron retiradas. Las cosas fueron cambiando con el pasar de los días y a medida que la calma iba regresando al país, el único motivo de tensión restante era la presencia de Noriega en la nunciatura.

Como el asunto pintaba para largo, el Vaticano dispuso el viaje de un experto desde Roma y ordenó a Laboa no hacer nada hasta que el emisario arribase al istmo. Pero la presión de McGrath y Cisneros sobre el nuncio para que entregase al general era tremenda y rindió sus frutos. En una inquietante reunión efectuada el 2 de enero de 1990, les hizo saber a Noriega, Gaitán y el coronel Nivaldo Madriñán, que había saltado la cerca de la nunciatura en busca de refugio, que los estadounidenses estaban dispuestos a dejar entrar a la muchedumbre que se agolpaba casi a diario en las puertas de la nunciatura a protestar contra el ya exjefe de Estado. Sus argumentos no tuvieron efecto sobre los militares, pero Noriega comprendió que Laboa se había derrumbado psicológicamente; era difícil de reconocer al hombre que, a su llegada, le había leído una carta del doctor Juan Materno Vásquez felicitando al Vaticano y explicando el marco legal de los prisioneros de guerra. Sus opciones se desvanecían: el Gobierno de Panamá no estaba dispuesto a recibirlo y, con Laboa cediendo ante la presión, era muy factible que los estadounidenses dejaran entrar a sus enemigos a la nunciatura.

El general Noriega abandonó la embajada vaticana el 3 de enero. Un día antes, el nuevo Consejo de Gabinete emitió un decreto en el que lo degradó y destituyó de la fuerza pública panameña. El Gabinete también declaró la “separación definitiva” de 39 oficiales de las Fuerzas de Defensa y pasó a jubilación a 42 más. Todo quedaba finiquitado. Sólo le restaba enfundarse, por última vez, su uniforme de general. El tema del uniforme fue un desafío. Según Guillermo Endara:

Laboa me llamó y me dijo: “¿Y cómo hago yo para conseguir un uniforme?”. La casualidad es que yo en los últimos días de diciembre había ido a ver al general Cisneros para hablar de diversos asuntos. Y, cuando terminamos, el gringo se metió en el baño y sacó un uniforme de gala de Noriega, con sus estrellas y sus vainas. Lo extendió ante mí y me dijo: “se lo voy a mandar de regalo al presidente Bush”. Así que me acordé de aquello y le dije a Laboa: “apúrese y llame a Cisneros, que tal vez no se lo haya mandado a Bush”.

Laboa pudo conseguir el uniforme y se lo entregó a Noriega. Luego de hablar con su esposa y sus hijas, y de escribir una carta de agradecimiento al papa Juan Pablo II —a quien había conocido en su visita a Panamá en 1983—, bajó, vestido de general, a eso de las 8:50 de la noche. Al salir de la nunciatura se despidió de todos. Laboa le dijo que “nuestra única seguridad y lealtad es que Dios jamás nos abandonará”, le dio una Biblia y le colocó un rosario al cuello(4). Nada más poner un pie fuera de la nunciatura, el general fue esposado y llevado al antiguo Colegio San Agustín, al otro lado de la calle, donde Cisneros había establecido su centro de comando. En la cancha de fútbol del colegio esperaba un helicóptero para trasladarlo a Miami, en donde se convirtió en el Field Division Arrest #56727.(5) Manuel Antonio Noriega Moreno, el otrora comandante de las Fuerzas de Defensa, no pierde las esperanzas.

4. Tras su estancia en Panamá, Laboa fue enviado como nuncio apostólico a Paraguay. Desde allí, le envió un mensaje a Noriega, un tiempo después, a través de una amiga en común: “dígale al general que tiene mi admiración. Los gringos me engañaron a mí también. Mándele mi aprecio, y dígale que lo siento mucho”.
5 Allí terminó la vida pública del general Manuel Antonio Noriega y, por lo tanto, su gravitación en la vida política panameña. Una serie de procesos judiciales de Estados Unidos, Francia y Panamá le aguardaba. En Estados Unidos sería condenado a pena de 40 años que fue reducida primero a 30 años y luego a 20. El 9 de septiembre de 2007 luego de las reducciones correspondientes terminó su condena en Estados Unidos. Sin embargo, siguió detenido allí hasta que se resolviera si iba a Francia o a Panamá. El 27 de abril del año 2010 llegó a Francia donde se le hizo un nuevo juicio y fue condenado el 7 de julio a 7 años de prisión. Finalmente, Francia accedió a las solicitudes de extradición que había hecho Panamá por los seis procesos en los cuales había sido condenado. Manuel Antonio Noriega llegó a Panamá el 11 de diciembre de 2011 para cumplir las penas impuestas (Nota del editor).

 

 

Como siempre, hará las cosas a su manera, para bien o para mal. “Es importante no sólo salir de la cárcel —le dijo a Peter Eisner— sino salir en mis propios términos”. Y cuando decida que es el momento correcto, hablará. Mientras tanto, escribió,

Espero aquí, con la fe de que la justicia se sobrepondrá a la política y de que la gente entenderá la colosal injusticia de lo que me ha sucedido. Y aquí estoy, un viajero recorriendo un largo camino, seguro de que el último capítulo de la historia de Noriega está aún por escribirse.

 

Nota bibliográfica

Para esta biografía el autor además de consultar una extensa bibliografía que incluye documentales, libros, diarios y revistas, y entrevistas personales, tuvo la oportunidad de conversar largamente con Manuel Antonio Noriega.