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    Manuel Orestes Nieto

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Manuel Fernando Zárate – Dora Pérez de Zárate

by: Manuel Orestes Nieto

Los esposos Zárate se preocuparon profundamente por las deformaciones culturales que dejaba la algarabía foránea de la posguerra, la cual intentaba poco a poco vigorizarse en la república. Era la hora, pues, de enlazar la dispersa población con un lenguaje único que integrara el alma nacional de país y forjara un escudo de defensa.

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Panamá, 1951. Licenciado en Filosofía e Historia por la Universidad Santa María la Antigua. Embajador en Cuba y Argentina. Director de la Biblioteca Nacional. Subdirector del Instituto Nacional de Cultura. Director editorial de la Universidad Especializada de las Américas. Premio Nacional de Literatura “Ricardo Miró” de poesía en cinco ocasiones: 1972, 1983, 1996, 2002 y 2012. Entre sus obras se pueden citar Reconstrucción de los Hechos, Panamá en la Memoria de los Mares, El Mar de los Sargazos, Nadie llegará mañana y El deslumbrante mar que nos hizo. Obtuvo el Premio “Casa de las Américas” (1975) con Dar la Cara. Premio Extraordinario de Literatura “Pedro Correa” (2000), a la excelencia literaria. Premio José Lezama Lima de Casa de las Américas (2012) por El cristal entre la luz.
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Overview

Las personalidades que trascienden su tiempo, sobre todo aquellas que se caracterizan por ser esenciales en la forja de una nación, irradian su real dimensión en la sociedad, cuando las podemos evaluar en el andamiaje de la historia. Son como luces eternas cuando valoramos su consistencia ciudadana sobresaliente, sus sensibilidades, afanes, irradiante amor por la casa natal y su desprendida actitud de servicio a su país sin pensar demasiado en trascender; a fin de cuentas, somos esencialmente seres sociales, además de biológicos.

Es estimulante realizar los perfiles biográficos básicos, sin proponer un ensayo exhaustivo sobre los inmensos aportes de una pareja fundida que asumió, como una sola entidad, una fructífera, enaltecedora y notable tarea de búsqueda, investigación y hallazgos en las raíces mismas de nuestra nacionalidad. Esposos con identidades y estaturas individuales, y simultáneamente compañeros, colegas y colaboradores; vivieron juntos, complementarios y animados del mismo empeño de escarbar en la tierra de su patria y en el alma de sus hombres y mujeres, de la historia y las herencias ancestrales, de los tesoros culturales ocultos en montañas, serranías y caseríos, poblados aislados, sabanas y territorios recónditos. Investigadores y curiosos, al fin y al cabo fueron hijos de un país pluriétnico y multicultural, y así fueron a su encuentro.

Ella, Dora Pérez, capitalina, fue hija de María Moreno y José Matilde Pérez, oriundos de Sabanagrande, de la provincia de Los Santos, quienes emigraron a la ciudad de Panamá, donde nació ella el 9 de marzo de 1912, unos ocho años y ocho meses después de la fundación de la república. Él, Manuel Fernando Zárate, hijo de Zoila Zárate y el coronel Rafael Neira, nació en Guararé, el 22 de junio de 1899, en el Panamá bajo la dominación colombiana que durante los cambios de siglo estaría envuelto en el fragor de la devastadora guerra civil, conocida como la guerra de los Mil Días. Entre el siglo decimonónico que terminaba y los primeros pasos y balbuceos de la república, estas dos vidas nacieron como predestinadas a encontrarse para ser vanguardias de pensamiento, reflexión, ordenamiento y estímulo para reconocer nuestro propio ser nacional, o —como se ha afirmado muchas veces sobre ambos— para la construcción de la autoimagen del panameño.

El testimonio gentil de Manuel Zárate Pérez —hijo de Dora Pérez y Manuel Fernando Zárate— es esclarecedor cuando precisa que si se mira hacia atrás en el tiempo la obra de sus “viejos”, se puede no sólo dar fe del ámbito familiar —que se caracterizó por un profundo respeto humano y que fue la cornucopia ética que lo formó como hijo, profesional y ciudadano, con el privilegio de tener unos padres realmente excepcionales—, sino que resulta imposible abstraerse del hecho de que esas vidas unidas discurrieron en la época de una génesis muy especial para el Panamá republicano y su convulsa historia.

Eran, pues, los años de un parto complicado para la nación que aspiraba a ser y aún no lo era. Justo en ese lapso de historia se coció la vida intelectual de Dora y Manuel Zárate, como se les conocería con cariño y admiración. Era un momento crucial de la nación: el advenimiento de la república deformada en su cuna el 3 de noviembre de 1903, a causa del protectorado foráneo que se instaló en el centro del país por el Tratado Hay–Bunau-Varilla del 18 de noviembre del mismo año, que segregó parte del territorio y que nunca tuvo cabida en el proceso histórico de la construcción nacional.

Por el contrario, esa aberración fue la continuidad sucesiva del primer colonialismo español y la subordinación desde 1821 a Bogotá, con sus sagas de destrucción del sueño bolivariano, la hemorragia fratricida que le caracterizó y los frustrados intentos de separación del Istmo que preanunciaban la necesidad y los anhelos de la nación por constituirse en un Estado propio y autodeterminado. Fue el tránsito, sobre todo por lo que significó para la fragilidad inicial republicana el ordenamiento político-militar colonial, con un Estado bicéfalo, que se hizo sobre el lastre de la derrota de los liberales revolucionarios y que ya expresaría sus primeros malestares, convulsiones y consecuencias intervencionistas letales, en el primer cuarto del siglo xx.

Durante el asentamiento de la nueva opresión, ahora norteamericana, sobre la nación, transcurrieron los años de la infancia y la juventud de Dora y Manuel Zárate, separados en edades por algo más de una década. Una vez concluida la imponente construcción del canal de Panamá en agosto de 1914, ocupado ese espacio privilegiado por la colonia y segregada la cintura canalera, instalado el sistema de bases militares, estructurado un sistema de discriminación, exclusión y, sin ocultamientos, de desprecio que abrió paso a la subordinación, terminó también aquel imaginario que alguna vez expresara el bardo José María Alemán (1830-1887): “No más miseria y pobreza. / Ni godo ni liberal: / Por montones la riqueza / Recogerá cada cual. / Cuando comience el Canal…”. La ilusión de los miles de abandonados istmeños de salir de las carencias y pasar a un estado inédito y salvador de abundancia, a una instantánea y permanente prosperidad general, al fin del estado de postración por la guerra devastadora, no sólo no se concretó, sino que el país se convirtió en protectorado de hecho; los panameños vivirían en un territorio partido en dos, con muy precarias condiciones de comunicación y una identidad que sufrió el revés de la opacidad por la presencia cultural y militar extranjera: colonizados directos y una independencia trunca.

Sin embargo, esta situación sería, por las contradicciones que la misma historia genera, la incubación paulatina de una maduración fecunda del ya existente sentido de nación, con conciencia creciente y pausada, en relación directa con la opresión de la colonia. Una pléyade de jóvenes de raigambre popular salieron a estudiar a universidades extranjeras, desde el inicio de la república, y más tarde conformaron una capa intelectual que expresó, en sustancia, esa nación que arrancó con el Grito de Independencia de Los Santos (1821), que luego fue de la mano de Justo Arosemena, Buenaventura Correoso, Pedro Prestán y Victoriano Lorenzo, y que se empantanó con la derrota liberal en la guerra de los Mil Días.

El doctor Belisario Porras, líder carismático del liberalismo revolucionario de la época, jefe de la guerra contra el conservadurismo, salió al exilio y alcanzó luego la Presidencia de la República. En sus sucesivos mandatos se fundaron múltiples instituciones nacionales. Tuvo mucho que ver con esta estrategia, toda vez que vivió el entuerto del país intervenido, pero también lo que fue la guerra revolucionaria de los “cholos” por la tierra. Esa visión de Belisario Porras y de otros gobernantes interioranos de convocar a jóvenes de los más diversos estratos sociales para enviarlos a estudiar becados a diversos puntos del extranjero donde se concentraba lo mejor del pensamiento universal, creó la legión de hombres y mujeres destinada a articular las bases de una cultura nacional, debidamente integrada, en el esfuerzo por tejer la identidad necesaria para el sostenimiento de la república.

De este proceso salieron Harmodio Arias, Humberto Ivaldi, Baltasar Isaza Calderón y Octavio Méndez Pereira, entre otros. El año 1925 fue un punto de inflexión importante en el desarrollo histórico republicano, que explica quizás la motivación dominante del momento por definir una personalidad nacional propia.

El conocido Movimiento Inquilinario, visto como rompimiento del orden político-económico del protectorado, con la intervención desde la Zona del Canal, con el saldo de muertos y heridos, fue síntoma claro de este viraje. El arte, siempre inmerso en el corazón de la historia, no sería ajeno a la tendencia que se anunciaba en las calles de Panamá con sangre y heroicidad. Dora y Manuel Zárate vivieron esos días terribles y luminosos a la vez.

El vanguardismo poético de Rogelio Sinán sólo se puede entender en el marco de esta búsqueda de afirmación nacional. Ivaldi y la corriente de pintores figurativos, que cantan a la nación y a la vida del pueblo en su sencillez, también hicieron lo propio en la pintura; en ese camino encontramos igualmente a Manuel Zárate, y con posterioridad a Dora Pérez, quien producía poemas desde su temprana adolescencia, y alcanzó la excelencia con la fuerza de este naciente movimiento y, obviamente, con la formación académica superior que recibió. Si se toma tanto la actividad científica en la rama de la química de Manuel Zárate, como en la rama de folclor —el cual asumía como una ciencia a la vez que como una práctica cultural consuetudinaria de nuestro pueblo—, se podrá ver que la rosa de los vientos marca la misma dirección que enrumba a los demás, sólo que con un elemento adicional, esencial y diferenciador: el ruralismo que llevaba en su alma; un legítimo sombrero campesino que nunca colgó. En el caso de Manuel Fernando Zárate, su destino académico será Francia.

Llegó a realizar estudios en París en un momento de grandes luces, y pasó por las manos de profesores como Marie Curie, Jean B. Perrin y otros eminentes científicos, para trabajar más tarde la bioquímica con Albert Calmette, descubridor del bacilo Calmette-Guerin. Pero Francia también había sido un país de extensa plataforma agraria, con una gran base social productora de origen campesino, que guardaba celosamente sus tradiciones. Y aquí se dio una espe- cie de complicidad entre el panameño y esas vastas campiñas francesas. Paralelamente a sus estudios, al ver la importancia que se le daba al resguardo de los patrones culturales en la nación gala e impactado profundamente por ellos, recorrió todos los instrumentos utilizados en esa estratégica labor: museos, festivales, institutos y publicaciones; todo ello fusionado como un paquete informático que le hacía apreciar, por contraste, más que las extraordinarias existencias de una riqueza sin igual acumulada, los faltantes de su país, que había dejado años atrás, para asaltar el universo de las ciencias.

También las ideas socializantes de la Francia de Jean Jaurès y Paul Langevin se conjugaron en la formación del joven estudiante, quien además se involucró en un intenso intercambio de ideas con grandes amistades latinoamericanas, como Miguel Ángel Asturias y otros que formaron parte de los movimientos latinoamericanos progresistas, como los de la Reforma Universitaria de Córdoba. En ese París lejano lo invadió la idea de combinar su actividad de las ciencias exactas con la de las ciencias humanistas. Ello explica su formación en doble dirección y la disciplina que lo caracterizó toda la vida, mezclada con sus entusiasmos y su perseverancia por adquirir herramientas diversas. Asistió a cursos y seminarios de la Sorbona sobre antropología e historia del arte; incluso tomó los cursos de la Escuela del museo de Louvre. Las fiestas del Vino, en lugares diversos de Francia, a las cuales no faltaba, tuvieron también una gran influencia sobre su formación.

Desde entonces observó, anotó, valoró, escudriñó y aprendió. Si queremos comprender el sentido profundo del Festival de la Mejorana de Guararé y las motivaciones que lo llevaron a fundarlo, tendremos que recurrir a esta experiencia cultural y a las ideas que bulleron en su mente y que trajo desde Francia para su debida aplicación raizal a nuestro país.

Estas ferias en Francia eran la fiesta del campesino productor, el nodo donde se encontraba con sus pares e intercambiaba el goce de la cosecha y esperanzas, mediante una franca comunicación horizontal realizada por medio de sus formas culturales tradicionales. No era, al menos en el periodo de sus estudios, la fiesta de ningún político, ni de padrino o gamonal de pueblo alguno, sino su fiesta, un espacio donde volaba libremente su alma con la de sus homólogos agrarios. Del lado de la ciencia química, sus remembranzas de infancia fueron las que lo guiaron. Cuando el gobierno de Panamá le pidió que participara en la tarea de estudiar la vacuna antituberculosa, la asumió con gran entusiasmo porque su tierra natal sufría justamente de esta lacra social de la salud. Sus estudios de posgrado en bioquímica obedecieron en el fondo a su vida del campo, a los problemas que pesaban en su memoria sobre los aspectos de la salud y especialmente de la sanidad en el manejo y conservación de alimentos en un medio rural, distinguido más bien por un alto índice de pobreza.

Ello expresaba ya no sólo al científico sino al ser solidario, el que se decidía a servir y procurar alivio y curas sociales. Como todo soñador intelectual, a su regreso de Europa comenzaron los primeros choques con un Estado mediatizado, dependiente, donde dominaban más los intereses mezquinos de foráneos y gobernantes fallidos, que los de la nación. Fueron los Estados Unidos de América los que hicieron detener el desarrollo de la vacuna antituberculosa, sin dudas porque ellos ya estaban detrás de esta; y años más tarde fueron también las corporaciones extranjeras de energía las que ordenaron suspender las adelantadas investigaciones sobre la “alcoholina” para uso energético, que generaría no sólo empleo en el campo sino un gran ahorro al país.

No obstante, a pesar de estas fuerzas que golpeaban los cimientos de su vocación y formación científica, de estos intereses supranacionales, nunca abandonó la investigación química, que abarcó trabajos sobre la leche, el cemento y otros, trayectoria que lo unió además a algo que siempre lo entusiasmó: la educación. Manuel Zárate comprendió que ese era el terreno estratégico para el desarrollo y la liberación del país e hizo parte desde los primeros momentos de la Universidad de Panamá, como fundador. Su estela como catedrático en la educación superior ha sido reconocida y apreciada a lo largo del tiempo por su alto nivel y su particular modo de aproximarse al estudiante para transmitirle el conocimiento envuelto con una sensibilidad social indudable. Asimismo, resulta muy ilustrativa la síntesis vital de Milciades Pinzón (2008) sobre Manuel Fernando Zárate, relativa a la variada cosecha bibliográfica de Zárate:

 

[…] Encontramos un marcado interés por temas como las coplas, las salomas, las décimas, los tambores, las fiestas de toros, las coloridas y diversas manifestaciones de bailes tradicionales, la huerta campesina, entre muchos otros temas. En este sentido, para sus ojos y sus oídos atentos, tales temas nunca le resultaron extraños porque provenían de una extracción social y de un área geográfica en donde experimentó en carne propia esas expresiones folclóricas. Su mérito radica, no sólo en contribuir al conocimiento del hombre folk del Panamá rural, sino en haber logrado tomar distancia de los hechos folclóricos para analizarlos como lo que realmente eran, al margen de sus propias vivencias como hombre de campo. Es decir, Zárate supo ser fiel a los requerimientos de la metodología y las técnicas de investigación; sin olvidar, por supuesto, su complicidad de clase campesina. El último de los aspectos indicados es vital. Al leer sus escritos es notable en ellos la entrega de un hombre que comprende lo relevante del rescate de unas manifestaciones que él intuye que en el siglo xx serán claramente transformadas. Su prosa no es la de un escritor que plasma fríamente en las páginas el producto de sus pesquisas de investigador acucioso. En la mayoría de los casos le caracteriza una redacción limpia que se impregna de sentimiento; Zárate se mueve por un marcado amor a las cosas del hombre folk. Como profesional verdaderamente culto y liberado, asume su compromiso de ser fiel al aroma de tierra mojada y refrescos tropicales, y lo hace sin olvidar las teorías de los hechos folclóricos; porque hay que decir, igualmente, que sus aportes bibliográficos tienen como soporte un adecuado manejo conceptual, en el marco de teorías que se constituyen en el eje que acompaña sus investigaciones.

Ello lleva al folclorista Pinzón, finalmente, a señalar de manera rotunda que: “Zárate es el más notable de los folclorólogos del siglo xx en Panamá y a quien podemos considerar como el padre de la folclorología istmeña” (ibíd.). Con una formación académica sólida, se vinculó a los grupos intelectuales que estaban en Panamá y a los jóvenes que regresaban como él; y así formó parte, en la década de 1930, del grupo Crisol, que agrupaba a la intelectualidad progresista y figuras como Rogelio Sinán, Rodrigo Miró y Otilia Arosemena de Tejeira. Allí conoció a la joven poetisa Eda Nela —seudónimo que Dora Pérez escogió para firmar su obra literaria—, con quien habría de unirse en una fecunda cruzada que dio por resultado lo que constituye un patrimonio de la nación del siglo xx.

Luego de un noviazgo de diez años, contrajeron nupcias el 14 de marzo de 1941 en la iglesia de San Francisco, en el casco antiguo de la ciudad de Panamá; día referencial que multiplicaría sus inteligencias excepcionales y complementaría sus almas volcadas a lo profundo de la nacionalidad. Dicho encuentro soldaría una unidad coherente de amor e intelecto. Dos seres multifacéticos que construyeron el camino pionero, sistemático y asombroso, para la comprensión de nuestras raíces folclóricas, tradiciones, mitos, herencias; el patrimonio histórico y cultural —material e inmaterial— del Istmo y su pluralidad étnica, que está contenido en toda la obra común e individual que abarca no sólo una extensa bibliografía, sino también la promoción y proyección cultural de nuestras raíces. De esa jornada quedan, además, instituciones de la cultura vernacular, popular, así como también de carácter nacional, en vida y más allá de sus propias existencias que aún hoy el país atesora.

Por ejemplo, su contribución imprescindible en la fundación y celebración de la Semana del Maíz, del Festival de la Mejorana en Guararé, la Semana Folclórica Manuel F. Zárate, instituida después del fallecimiento de don Manuel en 1968, la Casa Museo Manuel F. Zárate, el Festival Nacional de la Voz y el Canto Manuel F. Zárate, el Concurso de la Décima Escrita Manuel F. Zárate y la Orden Nacional Manuel F. Zárate. Dora Pérez, formada en las ciencias humanísticas, y Manuel Zárate, en las exactas, los dos atraídos a su vez por el espíritu nacional de una cultura raizal, que había que salvar y conservar como fuente inequívoca de nuestra nacionalidad e identidad, emprendieron un destino fructífero que enaltece a Panamá por los hallazgos hechos y el aporte único que entregaron a su patria: el del estudio y la salvaguarda de nuestras tradiciones y costumbres, actividad que combinaron sabiamente con sus profesiones originales. En esta pareja, la poetisa no dejó de influir en el hombre de las ciencias exactas con su capacidad para las letras, enriqueciendo su acervo literario, a la vez que el joven científico no dejó de darle una base lógica de rigurosidad científica a la literata. Por su parte, Dora Pérez, mujer de vastísimo espectro intelectual, se educó en la Escuela Normal de Institutoras, recibió el título de maestra de Enseñanza Primaria en 1930, el de profesora de Español en el Instituto Pedagógico de Panamá en 1937 y la licenciatura en Filosofía y Letras en la Universidad de Panamá, en 1939.

La docencia fue una de sus pasiones, hija de su vocación indudable, e impartió la asignatura de Folclor Nacional en la Universidad de Panamá. Posteriormente dictó las cátedras de Folclor Nacional y Español en la Universidad Católica Santa María la Antigua. Fue, pues, esencialmente educadora y escritora; y en los dos ámbitos logró incorporar el acervo logrado en su investigación folclórica. En el folclor puso siempre de manifiesto una gran capacidad para asimilar los más diversos temas, que llegó a dominar con depurado nivel de conocimiento. Así la vemos tratar con alto juicio temas que van desde el texto poético popular hasta la música, pasando por el vestido y la medicina folclórica. No obstante, hay dos géneros literarios que la caracterizan por encima de los demás: la poesía y el ensayo. Y no se entienda con esto que se demeritan otros géneros, como el teatro o la novela, en los que ganó muy buena crítica, reconocimientos y premios nacionales.

En la poesía, bajo el estandarte del vanguardismo —que representa un rompimiento estructural con el clasicismo modernista— la absorbe profundamente, en esa marcha irreversible que abandera con personalidad literaria propia, Rogelio Sinán. Basta con revisar el poemario Parábola y los versos de “Granada” para confirmar la influencia indiscutible de Sinán sobre su poesía. Otro escritor que también ejerció notable influencia en su obra fue León Felipe, gran poeta español exiliado al caer la república española y que se sumó voluntariamente a las tertulias de los jóvenes poetas de la época. Este quehacer poético que arrancó con mucha fuerza, presencia y admiración de sus compañeros de generación y de la comunidad en general; desapareció de repente del público para aparecer en el escenario de la investigadora y ensayista del folclor que conocemos después.

Ya desde 1937 venía trabajando de la mano con su esposo Manuel en la aventura folclórica, con una visión indiscutible de nación integrada, que se afirmó cuando lograron elevar la cultura empírica y anónima popular al nivel del conocimiento científico, e iniciaron esa importante labor de conectividad entre las culturas locales, a escala nacional. Fue un paso decisivo que contribuyó con la nación para irla cuajando y conectando sus ramales y troncos. Eso fue lo que se expresó en la práctica al poner directamente al ente folk del campo en las salas académicas del entonces Instituto Nacional y luego cuando lanzaron la brillante idea de la “Semana del Maíz”, en el escenario de la educación secundaria, que elevó el espíritu por lo nuestro, promovió la comunicación intercultural y fortaleció el orgullo nacional. Esta nueva dimensión de la actividad de los Zárate, que alcanzó su más alto peldaño con la creación del Festival Nacional de la Mejorana en Guararé, no surgió de manera fortuita. Para el segundo lustro de la década de 1940, ya la nación había acumulado el suficiente bagaje de historia profunda para poner su vida en el sendero inequívoco de la edad madura. Es lo que se manifiesta con la Constitución del 1946 y el movimiento nacional que estalló en 1947 contra la presencia de las innumerables bases militares estadounidenses instaladas durante la Segunda Guerra Mundial en el territorio nacional. Los esposos Zárate no sólo formaron parte de ese movimiento, sino que se preocuparon profundamente por las deformaciones culturales que dejaba la algarabía foránea de la posguerra, la cual intentaba poco a poco vigorizarse en la república.

Era la hora, pues, de enlazar la dispersa población con un lenguaje único que integrara el alma nacional de país y forjara un escudo de defensa. Su hijo, Manolo, afirma: “Creo no equivocarme si digo que es esta la obra que más valora nuestro pueblo de todo lo realizado por mis padres, y con justa razón”. Vistos desde este ángulo, la tarea investigativa y su género literario natural de comunicación, el ensayo, se tomaron plenamente la razón, y el sentimiento y se expresó en la pluma convincente y brillante de los esposos. Dos importantes obras ganaron el escenario en la década de 1950: La décima y la copla en Panamá de 1952 y Tambor y socavón, que ganó el Premio Ricardo Miró, en ensayo, en 1962, ambos clásicos de la literatura panameña. Son realmente los primeros hijos de un trabajo investigativo de muchos años, todavía en un nivel descriptivo de sus raíces, pero de clasificación sistematizada que creó una sólida base científica para transitar hacia el análisis y la formulación necesaria, de una teoría sobre las raíces y perspectivas de nuestra cultura.

Esta actividad, dolorosamente, sufrió una gran baja con el fallecimiento de Manuel Fernando Zárate el 29 de octubre de 1968. Sin embargo la trocha quedó abierta; y con muchos discípulos en el pavimento, productos de una escuela que puso el estudio y la investigación folclórica en la mesa académica nacional. También permitió el surgimiento de fenómenos importantes: la décima y la copla vernacular fueron recogidas como forma poética ilustrada por los poetas urbanos.

En la propia Dora Pérez, el hecho folclórico incursionó en su actividad literaria, por ejemplo en el género de teatro adulto e infantil; y el acordeón, la mejorana, la pollera, la cumbia, el tambor y la artesanía campesina se apoderaron de las grandes salas de todos los estratos sociales del país. Puede decirse con propiedad que el talento y la entrega de ambos visibilizaron, por fin, la cultura popular campesina y que las manifestaciones folclóricas lograron una nueva cima de afirmación nacional, donde dejaron de ser expresiones de “manitos”, de “patirrajaos” o de campesinos analfabetos habitantes del “monte”. Así, con justicia se puede afirmar que un ángulo decisivo del legado trascendental de los esposos Zárate radica en anteponer a un transitismo asfixiante, la cultura del hombre del campo; tanto más importante si ello lo logra sin alentar regionalismo y promover falsas dicotomías culturales.

El nuevo reto en este marco ya no fue, en adelante, el de hacer valorar lo nuestro, sino cuidar ese patrimonio asimilado, de las deformaciones producto de hegemonías institucionalizadas, que imponen pautas ordenadas por intereses ajenos al haber y saber popular. Le correspondió esta dura tarea, como una misión inspirada, acompañada aún de su esposo ausente, amigo y colega, a la escritora Eda Nela. Fue una etapa creativa asombrosamente fértil; hasta el final de la década de 1950 publicó, en este campo de la actividad y como autora única, una de sus obras cumbres: Nanas, rimas y juegos infantiles que se practican en Panamá, también ganadora del Premio Ricardo Miró. Julio Arosemena, discípulo de los esposos Zárate, encuentra en una rápida revisión que hace de la bibliografía dejada después de su muerte, más de sesenta obras escritas.

Ello es una evidencia de que Eda Nela heredó un vasto material y no escatimó esfuerzos para organizarlo; asumió todos los retos que se le pusieron en frente: incursionó en la música, en el texto literario (por ejemplo con estudios sobre la saga y el cuento), en la medicina tradicional, la vestimenta, la artesanía y la vivienda rural. Además, retomó el género poético que había abandonado a finales de la década de 1940, ahora con un color depurado, lleno de ricos matices, como puede apreciarse en sus obras: Añojal y Del tamborito una flor, esta última, sin duda alguna, una magnífica muestra de su sentir patriótico una vez recobrada la soberanía y liquidada la colonia canalera. Eda Nela —Dora Pérez de Zárate— llegó a su plena madurez y tocó la médula de su universo folclórico, logrando una síntesis que no puede ser más que aire puro de nación.

Desdichadamente, el 29 de marzo del 2001 su vida se apagó, cuando alumbraron las luces del singular abrazo entre lo erudito y lo vernacular en sus páginas poéticas, o lo mismo, entre el pincel adulto y la frescura infantil que lleva su novela Lolita Montero. El destino diáfano de este giro quedó plasmado para la posteridad en sus últimos versos dedicados a los bisnietos y aún inéditos, en los que tal síntesis alcanza la edad prístina con el recobro de la ingenuidad de su niñez en la palabra madura. Durante una parte esencial del siglo xx, Manuel Fernando Zárate y Dora Pérez realizaron una formidable contribución, fundamental para el rescate de las raíces más entrañables de nuestro ser, que se proyecta al siglo xxi, por la creatividad que les distinguió, la notable rigurosidad de sus trabajos en la multiplicidad de campos que incursionaron y por el trazo poético, sensible y amoroso con el que sus corazones se volcaron en la búsqueda y el encuentro del país profundo y altivo que es Panamá.

Biobibliografía y distinciones

Dora Pérez —cuyo seudónimo era Eda Nela—: De su variada obra publicada destacan Alrededor del folklore nacional (1946); La décima y la copla en Panamá (coautora, premio Ricardo Miró, 1952); Nanas, rimas y juegos infantiles que se practican en Panamá (tercer premio del concurso Ricardo Miró, 1956); Algunas manifestaciones artísticas de folklore panameño (1958); Monografía de la pollera panameña (1966); Texto literarios del tamborito panameño (1971); Apuntes de folklore (1975); La saga panameña, un tema inquietante (1987); Cuentos folklóricos panameños (1993); Medicina folklórica panameña (1996); Sobre nuestra música típica (1996).

En el campo de la literatura sus libros publicados son: Parábola (1946); Añojal (1979); Del tamborito, una flor (1996); La fuga de Blanca Nieves (teatro infantil, 1948); Niebla al amanecer (teatro, ganadora del concurso Ricardo Miró, 1954); Lolita Montero (novela infantil, 1980). Miembro de la Academia de la Historia de Panamá. En 1956 recibe la Orden Vasco Núñez de Balboa en el Grado de Comendador. En 1977 recibe la Orden Manuel José Hurtado. El 22 de octubre de 2000, en el marco del Día de la Raza y Día Nacional del Folclore, el Instituto Nacional de Cultura le rindió homenaje por sus grandes méritos.

Manuel Fernando Zárate: En 1952 compone varias obras, entre ellas La décima y la copla en Panamá, y obtiene el primer premio en la sección Ensayo del Concurso Ricardo Miró. En 1957 escribe Breviario de folclore, un estudio que intenta aproximarse a los conceptos científicos de la ciencia del folclor, cuyo objetivo era dar una base de elementos folclóricos en Panamá. En 1962 escribe Tambor y socavón en colaboración de su esposa, Dora Pérez de Zárate, obra en la cual se presenta un estudio de las diferentes formas de los instrumentos tambor y socavón, sus bailes, cantos y música.

Egresado del Instituto Nacional en Panamá, con el título de maestro de Enseñanza Primaria, estudia química en la Universidad de París y sigue cursos de Literatura en La Sorbona y de Historia y Crítica en la Escuela de Louvre. En Panamá dirige el Laboratorio del hospital Santo Tomás y es superintendente del mismo hospital, así como catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad de Panamá. En 1949 participa en el esfuerzo fundador del primer Festival de la Mejorana. Desde 1972 se realiza el concurso de la Décima Escrita Manuel F. Zárate, y desde1980 el Festival Nacional de la Voz y el Canto Manuel F. Zárate. En 2009 se presenta ante la Asamblea Nacional el proyecto de ley 454 para la creación de la condecoración Orden Manuel F. Zárate, y el 30 de junio del mismo año se promulga la ley 40, que crea esta condecoración. El artículo primero dice:

Se crea la condecoración Orden Manuel F. Zárate como un reconocimiento para las personas que se destaquen en la búsqueda, el rescate, el conocimiento y la conservación del folclor panameño, tomando en consideración a quienes valoran, comparten y respetan las variadas expresiones de conducta, hábitos, bailes, danzas, obras y cantos populares.

Para perpetuar su memoria por haber llevado un profundo estudio del folclor panameño para su proyección nacional e internacional, se fundó en la ciudad natal de don Manuel, Guararé, la Casa Museo Manuel F. Zárate. Mediante Decreto de Gabinete no. 292 del 4 de septiembre de 1969 se declara monumento nacional la Casa Museo Manuel F. Zárate en Guararé, provincia de Los Santos.

Referencias bibliográficas

Arjona, Esther (2003, 20 de julio). “Manuel Zárate, motor de nuestros estudios folklóricos”, La Prensa, Mosaico.

Conte Porras, Jorge (1999, 17 de junio). “Manuel F. Zárate, en el centenario de su natalicio”, El Universal.

Franco, José (1996, 20 de septiembre). “Recuerdo del amigo Manuel F. Zárate”, Crítica Libre.

Isaza Calderón, Baltasar (1968, 1 de noviembre). “Ante la tumba de Manuel F. Zárate”.

Jiménez, Karla (1999, 22 de junio). “Manuel F. Zárate, legado de cultura y ciencia”, La Prensa.

La Estrella de Panamá (1979, 18 de septiembre). “Manuel Zárate, gran folklorista y químico”.

Pinzón Milciades (1999, 8 de junio). “Manuel F. Zárate, un panameño valioso”, El Panamá América.

Pinzón Rodríguez, Milciades (2008, 27 de agosto). “Manuel Fernando de las Mercedes Zárate”, en el blog Sociología de Azuero, recuperado de: http://www.sociologiadeazuero.net/2008/08/ manuel-fernando-de-las-mercedes-zrate.html