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    Antonio Cortés

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Marcos Gregorio McGrath

by: Antonio Cortés

La presente biografía entrelaza las vicisitudes de un hombre que, a raíz de su proyecto personal de vida y de su experiencia formativa en Norteamérica, Europa y América Latina, se ve impulsado a tomar opciones que involucran la salvaguarda de la dignidad de la persona en todos los ámbitos del quehacer humano.

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Panameño  nacido en 1946. Cuenta con 32 años de experiencia como docente en educación media y universitaria. Miembro de la Academia de Historia Eclesiástica de Panamá, ha participado en coloquios de Historia a nivel internacional en la Universidad de La Habana, en la Universidad de Sao Paulo y en la Universidad de San Carlos (Guatemala). Obtuvo su licenciatura en Filosofía (1970) y en Historia (1971) por la Universidad de San Marcos (Lima, Perú); maestría en Historia de América (1983-1984) por la Universidad de Padua (Italia) y doctorado en Historia de América (1985) por la Universidad Complutense (Madrid). Autor de numerosos artículos y colaborador en obras referentes a la historia de la Iglesia y de la Iglesia de América Latina; y de religiosidad popular y de las relaciones Iglesia-Estado en Colombia.  Dicta Historia de América en la Universidad de Panamá; Historia de Panamá y del Pensamiento Político y Social en la Universidad Católica Santa María la Antigua; Historia de la Iglesia (antigua, medieval y contemporánea) y Filosofía en el Seminario Mayor San José (centro de formación sacerdotal).
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About This Book
Overview

Nos situamos en el devenir de una historia personal con sus raíces familiares sacudidas por la desaparición de un ser querido y al mismo tiempo, la irrupción inesperada en la historia nacional de un pequeño país cuya historia de talla continental y al cual se entregó con todo su ser viviendo su propio calvario, consciente de la necesidad de una concepción común que unificara el proyecto nacional en un contexto que entonces era un hervidero de ideas, perspectivas y luchas. En ese contexto, la gran opción se daba entre una racionalidad concorde con la fe católica, implicada ésta a su vez en un proceso de cambios marcados por el Concilio Vaticano II (1962-1965).

Esta confrontación de ideas tenía lugar entre personas, situaciones y acciones que iban configurando el siglo xx a nivel mundial, regional (latinoamericano) y particular (panameño). La presente biografía hace justicia al sacerdote, al padre, al amigo, al obispo y al misionero que recorrió toda la geografía nacional especialmente identificado con los habitantes de las comunidades campesinas, indígenas y suburbanas, buscando lo mejor para su pueblo, a través de su espíritu forjador del proyecto grande para la Iglesia y la nación panameña, sin obviar a la gran patria latinoamericana.

Una figura universalista

No todas las personalidades que han hecho algo relevante en su vida reciben el beneplácito de la historia. Esto ocurre precisamente con la figura del arzobispo Marcos McGrath, no obstante su proyección intelectual y su quehacer humano, los cuales en no pocas circunstancias marcaron derroteros a distintos niveles. Sobre su persona, a raíz de su muerte en el año 2000, apuntó lo siguiente el padre Alberto Restrepo (2000):

Un gigante de cuerpo y alma, inteligente, contenido, firme, lacónico, tenaz en sus empeños y suave en sus maneras, poseía el poder del Espíritu. Irlandés por línea paterna, francés-costarricense por la materna, panameño de la Zona del Canal por nacimiento, norteamericano y europeo por educación, ciudadano del mundo por la amplitud de su visión y su inmensa capacidad de comprensión y de diálogo, cristiano por su sentido de la sencillez y del amor.

Con esta descripción, el padre Restrepo recoge y sintetiza de manera magistral el perfil humano y creyente del arzobispo McGrath. Este esfuerzo por resaltar en una definición la figura del arzobispo se convierte en tarea difícil de realizar ya que su personalidad engloba y configura toda una época de la Iglesia panameña. Cuando hombres de dimensiones tan colosales y universalizantes como el arzobispo McGrath parten de este mundo, las palabras resultan insuficientes para tratar el significado de su lucha y evaluar el impacto de su compromiso con la sociedad. Por eso, cuanto se diga de él siempre dejará la sensación de que tan solo se abordan algunos de los aspectos más relevantes de su fulgurante personalidad.

Ahora, como biógrafo de esta singular figura del episcopado panameño, debo destacar un atributo fundamental: su actitud permanente de búsqueda de la voluntad divina, tal como ya lo expresara, el joven religioso McGrath en el boletín del noviciado El Aprendiz en 1943: “Hemos echado a andar por el sendero de la voluntad de Dios y sabemos que sólo necesitamos ir adelante hacia la plenitud de nuestra felicidad y el máximo servicio que nuestro amor puede ofrecerle a Él nuestro Creador” (p. 17).

Actores de la historia, muy pocas personas saben cuál será el resultado postrero de sus acciones. Así, las circunstancias históricas de un individuo, en especial las adversas, pueden llegar a constituirse en semillas de acontecimientos futuros. Antes de adentrarme en la biografía de este pastor de nuestra Iglesia panameña, me permito señalar que el reconocimiento, nacional e internacional, al arzobispo McGrath está a la espera; sobre todo el agradecimiento de su propia patria, ya que contribuyó significativamente en la formación cívica de Panamá como pueblo y nación, y esto lo proyectó también al contexto latinoamericano. En su persona confluyeron varias corrientes del siglo xx y en planos extracontinentales, como lo apuntara certeramente el nuncio apostólico José S. Laboa en 1986:

La figura de S.E. Monseñor Marcos Gregorio McGrath, arzobispo de Panamá se destaca con relieve excepcional en el mundo religioso e intelectual contemporáneo, sobre todo en el continente americano. Pensador de altos vuelos […] He podido observar, que cada cosa la prepara, la medita y expresa con amor y respeto a la verdad. (citado en González, M. I., 1987, p. 29).

Estas palabras del Nuncio Laboa nos permiten una mejor aproximación a la personalidad del arzobispo McGrath, quien después de concluido el Concilio Vaticano II (1962-1965), en el cual tuvo una participación decisiva y reconocida, hizo presentes las líneas reno vadoras del Concilio en las iglesias emergentes del tercer mundo, en el continente europeo y en Norteamérica. Ahora bien, si en la historia de la Iglesia de Panamá la figura de McGrath llena toda una época, en el orden sociopolítico tampoco se puede concebir este espacio sin una referencia expresa a la obra de este prócer. Finalmente, su persona está vinculada a los grandes eventos históricos del istmo de Panamá en el periodo 1961-1994.

Entorno familiar y formación académica

Su nombre completo es Marcos Gregorio McGrath Renauld. Nació en Panamá el 10 de febrero de 1924. Fueron sus padres John Thomas McGrath y Louise Valerie Renauld. Sus estudios primarios los efectúo en Panamá y los secundarios los realizó con los Hermanos Cristianos en Long Island, Nueva York. Su carrera universitaria la inició en Santiago de Chile, donde cursó un año de Economía (1939); posteriormente como laico continuó estudios en la Universidad de Notre Dame, en Indiana, Estados Unidos. Sus estudios superiores eclesiásticos los realiza en el Noviciado de la Congregación de Santa Cruz en 1942. Entre 1943 y 1945 estudió Filosofía y Literatura en la Universidad de Notre Dame. La formación teológica la recibió entre 1945 y 1949 en el Holy Cross College, en Washington, D. C. Se ordenó como sacerdote el 11 de junio de 1949 y reanudó sus estudios teológicos para el doctorado en el Instituto Teológico de París (1949-1951) y finalmente en la Universidad de Santo Tomás de Aquino (Angelicum) de Roma (1951-1953).

Advierte él que durante sus estudios doctorales adquirió método y rigor filosófico para adentrarse en la reflexión teológica; en contacto con el pensamiento renovador de teólogos como Congar, De Lubac, Rahner y Guardini, y corrientes filosóficas como el personalismo y el humanismo cristiano que antecedieron al Concilio Vaticano II y que desembocaron en los grandes movimientos litúrgico, bíblico, ecuménico, laical, la Acción Católica, caracterizada por el empleo del famoso método de ver, juzgar y actuar.

Servicios eclesiales

Finiquitados sus estudios en Italia, asumió su ministerio en Chile, donde puso de manifiesto sus grandes dotes de pastor y educador, en un periodo que transcurre entre 1953 y 1961, desempeñando diversos cargos al mismo tiempo: rector del Seminario de Santa Cruz, profesor prefecto de Religión y director de la Acción Católica y de los grupos misioneros del Colegio Secundario San Jorge; director de Obras Sociales San Jorge, grupos de formación y acción social para estudiantes y adultos; profesor de Teología en la Universidad Católica de Chile y decano de dicha facultad. Durante su decanato fue creada la revista Teología y Vida, de carácter trimestral. Como experto en temáticas sobre la centralidad de la persona en la sociedad civil, el Estado y la empresa, la economía moderna y su relación con el bien común, frecuentemente es consultado por la Comisión para América Latina de Obispos de Estados Unidos.

El 8 de octubre de 1961 fue consagrado obispo auxiliar del arzobispo Beckmann, en la Arquidiócesis de Panamá. En 1962 se da inicio al máximo evento de la Iglesia del siglo xx: el Concilio Vaticano II. En la primera sesión conciliar fue nombrado miembro de la Comisión Doctrinal; y en 1963, como miembro de la Comisión para el esquema sobre “La Iglesia en el mundo de hoy” (Gaudium et Spes), y presidió la subcomisión “Los Signos de los Tiempos”, de la misma Comisión. En agosto de 1963 fue nombrado director del Catholic InterAmerican Cooperation Program (Cicop), creado y organizado por la comisión de los Obispos Católicos de los Estados Unidos para América Latina.

Simultáneamente, desde 1963 hasta 1982, se integró al Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam), donde encontró el ambiente propicio para poner en práctica todo su acervo cultural y teológico. En el Vaticano prestó diversos servicios durante 28 años. Después del Concilio participó en los Sínodos de Obispos de 1967 y 1969; en el último fue el relator de una de las tres ponencias, que versó sobre las relaciones de las conferencias episcopales entre sí y con la Sede de Pedro en Roma. En 1970, al constituirse el Consejo del Secretariado Permanente del Sínodo, fue elegido uno de los 15 obispos del mundo en representación de América Latina. Participó en los Sínodos Ordinarios de 1971 (sobre el sacerdocio y la justicia en el mundo), 1974 (sobre la evangelización en el mundo de hoy), 1977 (sobre la vocación de los laicos en la misión de la Iglesia y en el mundo), y en el Sínodo Extraordinario de 1985. Fue miembro también del Consejo Pontificio para los No Creyentes (1966-1969); del Consejo Vaticano de Laicos (1966-1971); del Secretariado para la Unión de los Cristianos (1984-1990) y de la Comisión de Liason para el Diálogo Judeo-Cristiano (1990-1994).

A nivel internacional

  • Imbuido del espíritu conciliar de apertura al diálogo interreligioso podemos destacar su servicio como miembro (uno de los tres católicos) de la dirección de la Conferencia de Religiones Mundiales por la Paz (CWRF por sus siglas en inglés) entre 1972 y 1979. Singular trascendencia revistió el Congreso de Princeton (EE. UU., 1979). Participaron en él más de 350 representantes de las diez religiones principales del mundo contemporáneo, delegados de los cinco continentes, miembros de decenas de naciones, entre ellos dirigentes y pensadores de reconocida jerarquía moral e intelectual. El arzobispo McGrath invitó a participar en este congreso al rabino Heszel Klepfisz, de la Comunidad Judía de Panamá en representación del judaísmo latinoamericano. El rabino fue el cronista de dicho evento. La Declaración de Princeton abordó durante diez días los problemas que estaban en el centro de la atención del mundo: la carrera armamentista, la crisis energética, las corporaciones transnacionales, el analfabetismo, el subdesarrollo, la miseria y la opulencia. “En fin en la Declaración no se ocultó ninguna de las injusticias y angustias humanas instando a los gobiernos y a la ONU a tomar medidas más justas a niveles nacionales e internacionales. Estas tareas constituían un reto para las religiones mundiales, en base a sus propios legados ético-religiosos” (Klepfisz, 1983).
  • Fue moderador eclesiástico del organismo Cooperación Internacional para el Desarrollo Socioeconómico (Cidse) de 1980 a 1982.
  • También formó parte del Diálogo Interamericano, entre 1983 y 1990, por invitación de Sol M. Linowitz, exembajador de Estados Unidos ante la OEA y negociador de los tratados Torrijos-Carter sobre el Canal de Panamá, quien conoció al arzobispo McGrath en la década del setenta por su gran trabajo a favor de la soberanía y panameñización de dicho canal.

Su misión episcopal en Panamá

Su visión pastoral no se circunscribió a la liturgia y a la catequesis. Involucraba a los movimientos laicales desde una perspectiva integral de presencia cristiana en todos los ámbitos de la experiencia humana. Al adentrarse en el complejo y difícil mundo de la comunicación lo hizo con una estrategia consciente de manifestar que él era obispo de todos y para todos. En función de su responsabilidad pastoral manifestó dónde estaba su corazón, cuál era su identidad, su raíz y su pertenencia.

El Concilio Vaticano II y las grandes conferencias del episcopado latinoamericano, en los cuales había participado de manera singular, lo llevaban a integrar la evangelización y la promoción humana, junto con sus profundas convicciones humanísticas, basadas en una sencilla fe evangélica y en su amor a la Iglesia. De allí salía su fuerza para dedicar lo mejor de su vida a la defensa de las causas más nobles. En fin, lo que Monseñor McGrath transmitía a la gente no era simplemente una relación religiosa con lo trascendente sino una experiencia de humanidad, de vida, de confianza en Dios; una fe que se pone de parte del ser humano, particularmente de los que se ven maltratados por la vida. Al respecto, cabe resaltar su pertenencia a la Fraternidad Episcopal (grupo de veinte obispos), constituida en el transcurso de la última sesión del Concilio Vaticano II y refrendada el 21 de noviembre de 1965. Su principal propósito era conformar una comunidad fraternal y de ayuda recíproca, teniendo como norte la espiritualidad de Carlos de Foucauld, centrada en la pobreza evangélica, la Eucaristía y el servicio a todos, particularmente a los pobres, desheredados y a los más indefensos. Sus treinta y tres años de vida episcopal cubren tres periodos: obispo auxiliar, obispo de Veraguas y arzobispo de Panamá.

Obispo auxiliar

Cuando llegó a Panamá como auxiliar del arzobispo Francisco Beckmann, en 1961, la situación de la Arquidiócesis era similar a la de la Iglesia en muchas partes de América Latina en los años preconciliares: Iglesia estructurada jurídicamente con su liturgia en latín; catecismo con poco sentido bíblico-litúrgico; laicos organizados en juntas parroquiales para la promoción de fiestas patronales, básicamente; algunas ramas de la Acción Católica especializada, pero con poca proyección hacia el campo social. La revista Tierra y Dos Mares del 5 de octubre de 1961 publicó la entrevista que se le hizo sobre sus impresiones respecto al Panamá que encontraba a su arribo al suelo patrio. Su respuesta reflejó la premura de hacer conscientes a los católicos panameños acerca de la realidad nueva que se estaba gestando en la Iglesia y en el mundo:

Tengo antes que nada la impresión de cambio. Yo he cambiado, Panamá ha cambiado, las circunstancias de nuestra época, de nuestro mundo latinoamericano han cambiado. …Nuestra responsabilidad es grande. Hemos de despertar a los cristianos a lo que está pasando ante sus ojos. (McGrath, citado en González, M. I., 1994, p. 31).

Los dos años (1961-1963) de auxiliar en la Arquidiócesis, fueron años de aprendizaje, de un renacer y bautismo en nuestra realidad panameña y de la Iglesia inmersa en ella. Su dinamismo hizo posible el surgimiento de los Cursillos de Cristiandad y de Capacitación Social, promovidos por los jesuitas; el Secretariado de Prensa de la Arquidiócesis; las visitas pastorales a parroquias de las provincias de Panamá (este y oeste), Coclé, Herrera y Los Santos; la creación de la Federación de Mujeres Católicas, la construcción de la Casa de Ejercicios Emaús, las conferencias y sesiones de estudio sobre el Concilio Vaticano II.

Obispo en Veraguas

En su segunda fase, ya como primer obispo de la diócesis de Santiago (que cubre la provincia de Veraguas) se integró a su nueva iglesia el 3 de mayo de 1964. Veraguas entonces era tierra de grandes contradicciones: pese a la existencia de una escuela normal, ostentaba el mayor índice de analfabetismo; con una cultura cristiana y católica por excelencia, la misma estaba preñada de supersticiones y poco conocimiento de la fe; región reputada de tener tierras feraces y extensas, con un campesinado divorciado de la tierra, lo cual garantizaba el latifundismo y la consiguiente pobreza y desnutrición del campesinado y de los indígenas. Ante esta realidad, monseñor era consciente de que Veraguas tenía el elemento humano y material para su desarrollo.

Solo faltaba un punto de apoyo para mover a toda la provincia, utilizando los recursos en función del trabajo para beneficio de los pueblos y comunidades que tanto lo necesitaban. Se enfrascó en esta saga reivindicadora enrolando hombres y mujeres como apoyo a esta ingente labor, consciente de una Iglesia llamada a ser signo de comunión y forjadora de comunión humana:

…la misión de la Iglesia no es responsabilidad exclusiva del obispo, sino de él y de toda la comunidad diocesana. La unidad diocesana se fragua sobre todo a través de sentimientos y de acción de todos los sacerdotes con el obispo. Mediante ellos y las Comunidades Religiosas, dicha unidad se comunica a todos los movimientos y actividades de los laicos en sus respectivos medios. (McGrath, citado en González, M. I., 1994).

En su nueva diócesis orientó sus mejores esfuerzos por organizar los diversos movimientos de seglares: catequistas para las áreas rurales; Federación de Mujeres Católicas – Capítulo de Veraguas; el Centro de Estudios, Promoción y Asistencia Social (Cepas). Puso en marcha el sistema de la escuela radiofónica para los campesinos, a través de Radio Veraguas con el programa Centro Cultural de Adultos. Con la colaboración y el apoyo de monseñor Alejandro Vásquez Pinto y el laico Osvaldo Rodríguez creó el Centro de Capacitación Rural Juan XXIII, en San Francisco de Veraguas. Impulsó la Cooperativa Juan XXIII que luego extendió sus servicios a toda la provincia. Surgieron las escuelas vocacionales en Santiago, La Mesa, Soná, Las Palmas, Altos de Piedra. Apoyó la labor de los Hermanos Cruzados de San Juan en el Instituto Vocacional de Atalaya. Se empeñó en la construcción de la sede del obispado y sus principales oficinas, que empezó en agosto de 1965.

La tarea evangelizadora se vio enriquecida con nuevos equipos de religiosas para trabajar en las parroquias. Se dieron los pasos para un preseminario, y ante la precariedad del clero, se incorporaron sacerdotes venidos del exterior. Con clara conciencia de la necesidad de repensar nuestro cristianismo en clave de respuesta a las necesidades y a los problemas de nuestro tiempo, insistía en que se conociera la realidad paupérrima del campesinado y de los indígenas de la región. Promueve así un estudio con apoyo decisivo de la Universidad de Harvard, que cristaliza en “El Plan de Veraguas. Guía de Acción para el Desarrollo Económico y Social de la Provincia”, primer estudio regional de esta índole que se hacía en Panamá entonces.

Arzobispo metropolitano

En 1969 fue llamado a ocupar el Arzobispado de Panamá, así comenzó la tercera fase de su misión episcopal. Le correspondió un periodo difícil: por una parte, el 11 de octubre de 1968 había tenido lugar el golpe de la Guardia Nacional, que instauró un régimen de corte militar que duró veintiún años. El segundo momento coyuntural difícil comenzó en la segunda mitad de la década del sesenta y se prolongó hasta la del setenta; estuvo caracterizada por mucha agitación y contestación a nivel mundial e incluso dentro de la Iglesia.

A pesar de ello, la Iglesia arquidiocesana comenzó un periodo de creciente creatividad en el que los laicos adquirieron un protagonismo insospechado. Participaron en la mayor parte de los eventos eclesiales que tuvieron lugar entre las décadas de 1970 y 1990, ora como promotores ora como organizadores. En este mismo periodo se crearon diversos departamentos y oficinas de Pastoral Arquidiocesana, y se realizó la Primera Asamblea Pastoral Arquidiocesana (1974), que abrió prometedores cauces de diálogo intraeclesial a todo nivel (obispos, sacerdotes, religiosos y laicos; comunidades eclesiales, parroquias, movimientos apostólicos y comunidad diocesana). Punto vital para la edificación de una Iglesia autóctona es el contar con su propio clero y ministerios ordenados e instituidos. Por ello el arzobispo dedicó sus mayores desvelos y mejores esfuerzos a esta tarea. Por primera vez en su multisecular historia la Iglesia panameña contaba para 1994 con el mayor número de sacerdotes seculares, gran parte de ellos formados en el Seminario Mayor de San José, reabierto en la Arquidiócesis en marzo de 1970.

El incremento poblacional dio lugar a la creación de más de 60 nuevas parroquias, animadas por sus sacerdotes, diáconos permanentes y religiosas. De igual forma cabe destacar el papel de la mujer en los cambios que se operaron en la Iglesia. Durante su episcopado las mujeres (laicas y religiosas) contribuyen a dar una nueva imagen y vigor a la Iglesia arquidiocesana; desde entonces han tenido un papel activo en las estructuras parroquiales, en los movimientos apostólicos, en las obras asistenciales y de promoción social; ejerciendo distintos ministerios, pero también en la dirección y planificación de la pastoral arquidiocesana.

El arzobispo animaba a las mujeres a descubrir su misión en la Iglesia y en la realidad secular. A raíz de la desaparición del padre Héctor Gallego, acaecida bajo el régimen militar, las congregaciones religiosas (femeninas) se fueron abriendo cada vez más desde 1972 a una nueva presencia evangelizadora en las parroquias pobres de la ciudad y del campo. Esto puso en evidencia, en la Arquidiócesis (y en todo el país) la conciencia de una misión evangelizadora con opción preferencial por los más necesitados; inclusive eran las formadoras y gestoras de nuevas comunidades de fe, en ausencia del sacerdote. En 1973 el arzobispo McGrath solicitó a la Santa Sede permiso para iniciar el Plan de Formación para el Diaconado Permanente; los primeros siete diáconos permanentes ordenados (1977) provenían de la experiencia pastoral de San Miguelito.

Igualmente en las décadas del setenta y el ochenta se dio apoyo decisivo a la promoción de los delegados de la Palabra en áreas rurales del Vicariato de Coclé primero y en el área misionera del Bayano. Al mismo tiempo cobraron fuerza los Congresos Nacionales de Educadores Católicos auspiciados por el Departamento de Educación. Desde 1978 se constituyó el Grupo de El Valle, de carácter interdisciplinario, con reuniones periódicas en las que se analizaba la situación socioeconómica del país. El 1° de mayo de 1985 emitieron el documento Hacia una economía más humana, con prioridad en los más pobres.

En la década del ochenta la Iglesia, en especial la sede metropolitana, fue testigo de la agudización de la crisis generada por la radicalización de la policía militarizada: ambiente de temor ciudadano y de creciente violación de los derechos humanos particularmente a partir de 1985 (caso Spadafora). No obstante, siguió adelante con el calendario anual de proyectos y lineamientos pastorales. Así, la década quedó marcada por los siguientes eventos:

  • En 1982, el arzobispo McGrath presidió la Comisión Nacional para la Familia (Conafa), que promovió un extenso estudio, encuestas y consulta a nivel nacional, que se cristalizaron en un documento de 309 páginas. Una de las recomendaciones fue la necesaria codificación de las leyes existentes sobre la familia, dispersas en los diversos códigos. Ya para 1995 se contaba con un Código de la Familia. El arzobispo involucró en esta tarea al Departamento de Familia y al Movimiento Familiar Cristiano.
  • La configuración orgánica de la Pastoral Juvenil (1984) y la realización del Primer Congreso de la Juventud (1985) precedido de congresillos en cada diócesis del país.
  • La creación del periódico Panorama Católico (febrero de 1985) como quincenario, transformado en semanario en 1987. Durante la crisis política de 1987-1989 fue la voz de la Iglesia en ausencia de una prensa libre, comprometida con la defensa de la libertad, la justicia, la verdad y los derechos humanos.
  • El nombramiento por la Santa Sede en diciembre de 1985 de dos obispos auxiliares (José L. Lacunza y Oscar Brown), que dieron un decisivo y cualificado apoyo al arzobispo McGrath.
  • Primera Asamblea Arquidiocesana de Laicos (1986), con la participación de más de 350 delegados de parroquias y de movimientos apostólicos y espirituales del laicado.
  • La creación de la Comisión Arquidiocesana de Coordinación y Animación Laical (Cadcal), como órgano consultivo y de acción ante los momentos que vivía el país. Los laicos que integraban la Cadcal tuvieron a su cargo la movilización y el entrenamiento de grupos de hombres y mujeres a lo largo del país que asumieron la tarea de fiscalizar y defender la voluntad popular en las elecciones de 1989 mediante el “muestreo electoral”. Esto permitió que al segundo día de las elecciones la Iglesia pudiera comunicar al país con certeza el resultado del torneo electoral que favoreció a los partidos políticos de la alianza civilista; elecciones que fueron anuladas por el poder castrense.
  • El trabajo ingente de Caritas Arquidiocesana, bajo la dirección del sacerdote Laureano Durán. A raíz de la sanción económica de los Estados Unidos y del congelamiento del dinero en los bancos, con su secuela de hambre en muchas áreas periféricas de la ciudad capital y Colón, inclusive lugares vulnerables en las provincias rurales. Caritas concitó y organizó la solidaridad de personas, grupos cívicos y centenar de voluntarios que a través de las parroquias proveyeron seis millones de raciones de comida mediante las “ollas comunales”. Esta acción impactó a nivel nacional e internacional.

La década del noventa, una vez recuperada la democracia, fue testigo de hechos relevantes tales como:

  • La constitución de la Comisión de Reconciliación Nacional, presidida por el Arzobispo, la cual al término de su trabajo, entregó el documento fechado el 13 de agosto de 1990. Su contenido resumía aspectos fundamentales del conflicto de cara a la reconciliación y las recomendaciones en materia política, socioeconómica y de nacionalismosoberanía. Lamentablemente se hizo caso omiso de este documento y del trabajo que representó.
  • La creación de la Comisión Interdiocesana (Panamá-Colón) de Justicia y Paz, julio de 1990.
  • Participación de la Arquidiócesis en la Segunda Asamblea Pastoral Nacional, del 22 al 25 de noviembre de 1990 en Atalaya (Veraguas). En la ponencia inaugural de la misma el Arzobispo ubicó la realidad nacional ante el hecho contundente de la invasión estadounidense y del nuevo gobierno después de dos décadas de dictadura castrense.
  • Creación de la Fundación para la Educación en la Televisión, FeTV Canal 5.
  • En 1992-1993 se incluyeron las 95 parroquias (y cuasiparroquias) de la sede metropolitana dentro del proceso de la Gran Misión Nacional.
  • El arzobispo y sus auxiliares realizaron la Visita Pastoral Canónica a 70 parroquias de mayo a noviembre de 1993, aplicando las modernas normativas para su ejecución, dentro del espíritu del Concilio Vaticano II.
  • La creación de la nueva Diócesis de Penonomé (1993-1994).

En esta sucinta presentación de la misión pastoral del arzobispo McGrath, nos resulta imposible pasar por alto su trabajo como Secretario General de la Conferencia Episcopal Panameña (CEP) de 1961 a 1965, y como presidente entre 1970 y 1994. Hay que destacar que durante el período crítico nacional (19871990) la Iglesia de Panamá emitió alrededor de 53 documentos, los cuales por gestión del obispo McGrath fueron publicados por el Servicio Informativo de la Iglesia en América Latina del Consejo Episcopal Latinoamericano (SIAL-Celam) en los boletines 124 y 129 del mismo organismo. En 1994 al cesar en el ejercicio de su ministerio episcopal, el arzobispo era consciente de que quedaba mucho por hacer mirando hacia las nuevas situaciones culturales de un mundo cada vez más globalizado. En la misa de despedida dijo: “La Iglesia tiene que seguir madurando en su doctrina y en su vida espiritual, familiar y comunitaria; con un nuevo impulso evangelizador hacia la sociedad panameña” (McGrath, 1994, legajo # 203).

Su vocación latinoamericana

El arzobispo McGrath se identificó realmente con nuestro continente. El horizonte preocupante de América Latina lo llevó a promover un contacto estrecho entre los diversos episcopados tratando al mismo tiempo de asimilar lo mejor de las iglesias hermanas de Europa y de Norteamérica, para así hacer más “católica” (universal) la Iglesia de nuestro continente. De esta manera, el pensamiento teológico y la praxis pastoral de este obispo panameño fortalecieron la causa de la Patria Grande. Me atrevo a ubicar a McGrath como continuador de las huellas de una tríada de eclesiásticos que actuaron en el Nuevo Continente: de un Fray Antonio de Montesinos (1470-1530) en lo que respecta a su lucha por la dignidad humana; de un José de Anchieta (15341597) por su apoyo por lo telúrico y por su significativa personalidad en la formación cívica de la nación panameña; y con Toribio Alfonso de Mogrovejo (1538-1606) por su empeño pastoral al proponer la renovación a fondo de la Iglesia de este continente, sin escatimar sacrificios en su idea de poner manos a la obra, de una manera prudente y perseverante. El pensamiento del arzobispo McGrath expresado a través de sus homilías y diversos escritos, constituye un fiel ejemplo de pensamiento crítico de la realidad latinoamericana en cuanto que sentía, pensaba e imaginaba trascendentalmente esa realidad que tanto le inquietó.

En este sentido, su discurso crítico tuvo siempre como referente fuerzas políticas determinantes: sectores sociales fuertemente económicos y fuerzas económicas exógenas; de igual forma sectores sociales populares, es decir, aquellos que padecen asimetrías sociales. Comentaba el arzobispo al respecto:

En efecto, algunas políticas económicas que practica el gobierno de los Estados Unidos en el plano internacional, particularmente frente al llamado “tercer mundo”, y con muchos “países amigos” en él, nunca nos dejan de asombrar. Demuestran, no pocas veces, el rostro de aquel capitalismo frío y moralmente irresponsable, supuestamente superado, que contempla tan sólo la ley del más fuerte. (McGrath, citado en González, M. I., 1994, pp. 373-374).

Fue consciente de la urgencia de prestar atención a este escenario tan complejo llamado América Latina, tarea nada fácil, pues consideró que,

La separación sistemática de las “colonias” de las Américas las unas de las otras, y en gran parte el mismo sistema comercial imperante, evidentemente ha marcado y determinado a América Latina hasta el día de hoy, resultando muy difícil por ello todo proceso de integración continental: en lo económico, social y político. (McGrath, 1997, junio, p. 287).

Esta observación no debe entenderse como el resultado de un análisis político, sociológico, ni economicista. Sin pretender un enfoque historicista de América Latina, ella busca determinar algunos puntos básicos que faciliten un mejor discernimiento con respecto al nivel de complejidad de los escenarios latinoamericanos, los cuales intentó integrar eclesiológicamente, desde el Celam. En su vocación latinoamericanista, el arzobispo McGrath tuvo desde sus años universitarios en Notre Dame, Estados Unidos en la década del cuarenta, la influencia de los sacerdotes Louis Putz y William Cunningham. En América Latina fue decisiva la influencia del obispo chileno Manuel Larraín (1900-1966) a quien consideraba su mentor y con quien guardó una gran similitud en esta línea, con una singular preocupación por los pobres, víctimas de las relaciones asimétricas entre regiones subdesarrolladas y desarrolladas. Larraín fue uno de los cofundadores del Celam.

Después de la Primera Asamblea General del Episcopado Latinoamericano (1955), fue nombrado vicepresidente del mismo, y años más tarde su presidente. Desde esta posición convirtió al arzobispo McGrath en uno de sus más íntimos colaboradores. Ambos promovieron un sinnúmero de reuniones y seminarios del episcopado de nuestro continente a raíz del Concilio Vaticano II. Esto nos permite afirmar que el proceso integracionista latinoamericano comienza desde la Iglesia, muchos años antes de que los Estados latinoamericanos lo intentaran, al menos desde la perspectiva económica. En su preocupación por revitalizar la Iglesia latinoamericana fomentando un contacto cada vez más estrecho entre los diversos episcopados, coincidió con el obispo Larraín. Ambas figuras se destacaron por su preocupación de cara a este continente joven y preñado de injusticias. Así, muy tempranamente como sacerdote, McGrath en Chile abogaba desde 1953 por una teología que respondiera a la realidad de nuestros pueblos:

Es nuestra profunda convicción, que la doctrina de la Iglesia, ha de elaborarse en la teología…, no sólo en los grandes centros europeos y norteamericanos, sino en nuestro continente y en nuestro país […] [Las facultades de Teología en Latinoamérica] han de hacerse centros de verdadero pensamiento de la fe en relación a tantos problemas que afectan profundamente a la Iglesia y a la acción pastoral que debe realizar donde se encuentra. Recibir y sólo repetir la teología hecha de textos y revistas europeas sería paralizar el último dínamo de nuestra fe y nos llevaría a medidas pastorales extraviadas o a la mera aplicación de recetas pastorales hechas para otros países y otros pueblos pero a menudo no asimilables ni aplicables en nuestro ambiente. (McGrath, citado en González, M. I., 1994, p. 25).

De esta forma, el arzobispo proponía elaborar una teología consciente del contexto histórico cultural y social latinoamericano. Junto con los obispos Helder Cámara (Brasil) y Manuel Larraín, tuvo una activa participación en el Concilio Vaticano II en la redacción del famoso “Esquema XIII”, que fue la base de la Constitución Pastoral Gaudium et Spes (Sobre la Iglesia y el mundo de hoy). En parte se debe a ellos aquella clarificación tan importante sobre el fin de la Iglesia, que es “de orden religioso”. Pero precisamente “de esta misión religiosa derivan funciones, luces y energías, que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana en general” (Gaudium et Spes). Si bien es cierto que el obispo Manuel Larraín y el cardenal Raúl Silva crearon el Instituto Latinoamericano de Doctrina y Estudios Sociales (Ilades), en Chile, no menos cierto, como señala el Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA), el arzobispo McGrath contribuyó a imprimirle una dinámica tendiente a resaltar los problemas claves por los que atravesaba Latinoamérica en su momento, y sus posibles soluciones.

El Concilio Vaticano II debía ser llevado a la vida de cada nación. Por ello, el obispo Larraín, tuvo la feliz iniciativa, en una de las reuniones ordinarias del Celam, de proponer la realización de una Segunda Asamblea General del Episcopado Latinoamericano, que tuviera por objeto la aplicación del Concilio a nuestro continente. De ahí surgió la temática de la Conferencia de Medellín: “La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio”, siendo monseñor McGrath uno de los tres ponentes en la apertura de la Conferencia de Medellín (1968), durante la cual hizo lúcidos señalamientos en la parte eclesiológica, aspecto que se encontraba esclerotizado en virtud del atraso en que se encontraban algunos obispados latinoamericanos.

Cabe resaltar ese espíritu latinoamericanista del arzobispo McGrath, pues su pensamiento y acción lo llevaron a preocuparse profundamente del tema de la integración y el desarrollo de nuestras naciones. Siempre pensó que la Iglesia no sólo había sido en el pasado la maestra de esa integración, sino que era la única institución que, respetando la idiosincrasia de cada uno de nuestros pueblos, podía ser la gestora de una fraternidad que sobrepasara los nacionalismos estrechos y contribuyera de esa manera a la integración. Con esta línea de pensamiento, secundó la propuesta del obispo Larraín; y con férrea voluntad incitó a otros obispos a apoyar la reunión de Mar de Plata, en 1966, que tuvo como finalidad mancomunar esfuerzos de la Iglesia a favor de la integración y el desarrollo de América Latina. Dicho documento fue entregado el 31 de enero de 1967 al Secretario General de las Naciones Unidas, por parte de la directiva del Celam.

Aprovechó diferentes foros internacionales para hablar sobre Latinoamérica como una realidad compleja, que remite al carácter de la inserción de las economías y sociedades del subcontinente en el mercado mundial, a los desplazamientos y reconfiguraciones sociales que las nuevas formas de inserción en el mercado mundial determinan para estas sociedades; a las respuestas específicas, por países y regiones, de las estructuras y actores sociales internos, a las demandas y presiones del mercado mundial, tomando en cuenta un proceso histórico-social complejo de interacciones: industriales, tecnológicas, geopolíticas, espirituales y culturales; que condenan a nuestros pueblos a la pobreza, dado el aislamiento entre sí, mientras compiten por sostener nexos bilaterales con los países ricos, de los que esperan obtener ventajas específicas. Un riesgo se corre en esta dirección, advierte el arzobispo McGrath, al señalar que:

Mucho se ha escrito sobre el impacto de la civilización técnica en la cultura de los pueblos latinoamericanos. Se ha dicho con razón que este impacto es tanto más fuerte y a veces peligroso cuanto esta cultura es menos fuerte, menos consciente de sí misma, menos capaz de discernir y de absorber lo que le es ajeno. (McGrath, 1968).

El arzobispo quiso también abrir la Iglesia panameña a esta conciencia latinoamericana. En junio de 1976 se celebró en nuestro país el Sesquicentenario del Congreso Anfictiónico, convocado en Panamá por Simón Bolívar. El Gobierno nacional había solicitado a la Iglesia la realización del Te Deum en la Catedral Metropolitana. Pero la Iglesia no se limitó a esto. A nivel eclesial se realizaron tres eventos relevantes. El primero, el simposio “La Iglesia en el desarrollo e integración de América Latina” en el que participaron con sendas ponencias, obispos, invitados de los países bolivarianos, además del cardenal Raúl Silva (Chile); el obispo Román Arrieta (Costa Rica) y el obispo Ernest Unterkoefler (EE. UU.). Destacadas fueron las intervenciones del cardenal chileno, “Humanismo cristiano e Iglesia iberoamericana: legado y desafío”; y del obispo norteño, “Los Estados Unidos y la integración latinoamericana: el caso del Canal de Panamá”. El segundo evento fue el diálogo pastoral “La Iglesia del porvenir en América Latina”, con ponencias de los obispos visitantes, las cuales se recopilaron en el libro La Iglesia en el Sesquicentenario.

Finalmente, el 6 de junio se concluyó con la Cita Eucarística, en el gimnasio entonces llamado Nuevo Panamá, con la participación de los obispos visitantes y del pleno de la Conferencia Episcopal Panameña. En un momento cargado de simbolismo, para reafirmar la unidad espiritual de los pueblos de nuestro continente, el arzobispo de Panamá entregó al cardenal Juan Landázuri (Perú) su báculo pastoral para que presidiera la Eucaristía y pronunciara la homilía. El arzobispo McGrath en función de sus grandes preocupaciones por este sufrido continente latinoamericano, participó en diversos foros en los Estados Unidos y en Europa, donde planteó la problemática social y económica de América Latina, urgiendo a una mayor sensibilidad social en las relaciones Norte-Sur, y con respeto a las regiones subdesarrolladas en esta línea. Sus planteamientos están consignados en los siguientes documentos:

• Relaciones Interamericanas, Panama Canal Review, Vol. 13, no. 9, 5 de abril de 1963. • La Iglesia y la Revolución Social en América Latina, Cicop, enero de 1965. • El papel de la Iglesia dentro de la situación política cambiante de América Latina, Universidad de Harvard, diciembre, 1965. • Los fundamentos teológicos de la Iglesia en el desarrollo socioeconómico, Mar del Plata, Argentina, octubre, 1966. • Reflexiones teológicas sobre las relaciones interamericanas, Cicop, St. Louis, Mo., Estados Unidos, enero, 1968. • La creciente brecha para el entendimiento interamericano. St. Joseph’s College, Filadelfia. Pa., Estados Unidos, 1968. • Detrás de la cortina del mito logrando la unidad de las Américas. St. Joseph’s College, enero 1968. • La tarea de la Iglesia desde la doctrina social católica en el desarrollo de América Latina. Alemania, Katholikentag, 1970. • Estados Unidos y América Latina: ¿amigos o enemigos? Foreign Affairs, Washington, D.C., Estados Unidos diciembre, 1973. • Los imperativos teológicos para la acción concertada sobre la justicia internacional. Aspen, Colorado, Estados Unidos, 1975. • Orden económico internacional: Iglesia consciente, Norte y Sur. Convocatoria para la celebración del Bicentenario de la Independencia de Estados Unidos Conferencia Nacional de los Obispos Católicos, 15 de julio, 1976. • Tercer Mundo, justicia y sistema global. Organizaciones Canadienses Católicas para el Desarrollo y la Paz, 1978. • Tercer Mundo y justicia global, Global Education Associates. Estados Unidos, 1978. • La situación socioeconómica de América Latina: Una visión de la Iglesia”. Suiza, septiembre, 1982. • La carta episcopal de los obispos de Estados Unidos sobre economía y pobreza desde la perspectiva de América Latina. Miami, marzo, 1985. • Las corporaciones multinacionales y el Tercer Mundo: implicaciones desde la doctrina social de la Iglesia. Indiana, Estados Unidos, 1985. • La Iglesia de América Latina ante la realidad regional, Universidad de Trabajadores de América Latina, Caracas, 29 de enero, 1985. • Cien años de doctrina social de la Iglesia en el hemisferio occidental. Universidad de Notre Dame, Indiana, Estados Unidos, 17 de abril, 1991. • Cristianismo y Democracia en América Latina. Universidad de Emory, Atlanta, Estados Unidos, 1991.

A raíz de la ponencia presentada en Suiza, surgió en Panamá en 1984 la Fundación para el Desarrollo Económico-Social (Fundes), propulsada por el empresario suizo protestante Stephan Schmidheiny, (con el apoyo de un banco panameño), con la finalidad de favorecer la creación de las pequeñas y medianas empresas en el país. Ya para el año 2000 esta experiencia se había proyectado hacia otras partes del continente, particularmente en Centroamérica (Costa Rica, El Salvador, Nicaragua, Guatemala, e incluso México) y en Suramérica (Colombia, Argentina, Chile y Venezuela). El espíritu latinoamericanista del arzobispo McGrath se asentó siempre sobre la Palabra de Dios y la reflexión teológica de la misma, contextualizadas en el acontecer humano de nuestros pueblos; imbuido a la par del humanismo integral cristiano de la doctrina social de la Iglesia y del Concilio Vaticano II, particularmente en su dimensión renovada de la Iglesia como Comunión.

Notable aporte en esta línea fueron su conferencia “La comunión de la Iglesia al servicio de la comunión de nuestros pueblos” (1980) dirigida a los obispos de América Central; y “La comunión de la Iglesia desde la perspectiva de América Latina” (1997) como aporte al Sínodo de los obispos de las Américas a realizarse ese mismo año. En este último escrito, señalaba los obstáculos y esperanzas para la comunión en la sociedad latinoamericana. Para monseñor McGrath la Iglesia de América Latina había sido fuertemente impactada por eventos eclesiales del siglo xx: el Concilio Vaticano II (1962-1965) y las Conferencias Generales del Episcopado de este continente: Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992), la última en que participó. Para él, la Iglesia latinoamericana se miraba a sí misma como totalización histórica en un proceso latinoamericano, al que comprendía como tal dentro del dinamismo comunional (McGrath, 1997). Considerando que la justicia es parte constitutiva de la fe cristiana, en 1986 en el Congreso Teológico Internacional realizado en Chimbote (Perú) en su conferencia intitulada “Hambre de Dios y Hambre de Pan en la Nueva Evangelización”, recalcaba:

Sentimos trabajar en el alma de América Latina esta sed de justicia que es promesa del Reino. Creemos, como nos enseña el Concilio, que la construcción del Reino de Dios no es ajena a la construcción de este mundo. Sabemos, con todo, que el pecado constantemente lo frustra en los individuos y en las comunidades. Y nos preguntamos hasta qué punto el fermento del Evangelio podrá levantar la masa de este continente. La respuesta depende del Señor y de su Espíritu activo en nosotros y depende de nosotros si no nos contentamos con llamarnos siempre mayoría establecida de católicos; y si nos comprometemos a un nuevo impulso evangelizador ante las nuevas necesidades. En fin, sí sabemos evangelizar en forma integral; evangelización que no trastoca el hambre de Dios por el hambre de pan, ni las separa, sino que las sabe unir en el Banquete del Señor. (McGrath, 1987).

En cuanto a la comunión de nuestros pueblos urgía a nuestras Iglesias:

En la lógica de la comunión, la Iglesia de América Latina debe esforzarse en lograr una noción y praxis común en la “opción por los pobres”; opción que sea evangélica y una a todos los miembros de la Iglesia en este servicio de amor y justicia. La comunión no puede soslayar la situación de los pobres y la verdad de los fenómenos sociales, debe enfrentar las profundas diferencias sociales y políticas para buscar la justicia. (McGrath, 1997).

Refiriéndose al Vaticano II y a la Conferencia de Medellín, agrega:

Desde aquel primer impulso que tuvo su arranque en Roma [con el Vaticano II], y luego en el Cerro de Medellín, esta corriente [la opción preferencial por los pobres] ha crecido, se ha distribuido en cientos de miles de riachuelos y acequias que van provocando y alimentando la vida personal y comunitaria de nuestro continente latinoamericano. Ciertamente, gracias al Concilio América Latina, su Iglesia se está despertando. La situación social del continente es, si es posible, más desesperada ahora que cuando se clausuró el Concilio: en términos humanos y económicos, por las perspectivas poco alentadoras de mejoras materiales y sociales en la mayoría de nuestras naciones. (McGrath, 1995, p. 406).

Sin perder la esperanza hacia un desarrollo justo y equitativo, humano integral, él se preguntaba y nos pregunta también, hoy, a nosotros:

¿Podrá América Latina católica, con los hermanos cristianos y tantos hombres de buena voluntad, ser nuevamente en ese próximo futuro, testigo y agente de una opción radical y efectiva, por los pobres del continente, como fruto de la evangelización inculturada a la que nos ha llamado la Conferencia General de Santo Domingo? ¿Podrá esta opción preferencial por los pobres, dentro del proceso de integración y globalización al que se ven urgidos nuestros pueblos, hacerse elemento básico de la unión cultural y del sistema social de nuestras naciones, como aporte decisivo al progreso y equilibrio social en el mundo?” (McGrath, 1997, junio).

Con estos sentidos interrogantes termina enseñándonos que una fe que no humaniza, que no produce frutos de justicia, de cercanía al pobre (y a las nuevas pobrezas que flagelan el mundo posmoderno del siglo xxi), difícilmente puede tipificarse como evangélica.

McGrath, promotor de recuperar el “pasado ausente”

Transcurridos los años en que lo recomendable era propiciar el olvido, irrumpe la memoria como exigencia y como derecho en el pensamiento actual, alterando el panorama de la historia. En este poderoso afán retrospectivo, en este esfuerzo de mirar hacia atrás el arzobispo afirmaba:

“Conocemos y cultivamos poco la historia de nuestra Iglesia. Es una pena. Por lo mismo carecemos de sentido histórico no sólo en cuanto a las lecciones del pasado sino también en cuanto al significado de lo mucho que nos ocurre en el presente y de las proyecciones de la Iglesia hacia el futuro. De ahí, que muchas veces, damos la impresión de estar “comenzando de cero” sin una conciencia adecuada de dónde venimos y del momento histórico en que nos encontramos”. (González, 2004, p. 171).

Resulta interesante el llamado de atención del arzobispo McGrath sobre la carencia de “sentido histórico”, tanto a nivel eclesial como de cara al país. Así en 1990 en la Catedral Metropolitana, al inaugurar la última sesión de la IV Asamblea Pastoral Arquidiocesana decía a su Iglesia:

Es bueno que dentro de estas paredes centenarias hagamos memoria de las raíces de nuestra Fe. Es conveniente que tomemos conciencia de dónde venimos y hacia dónde vamos, ya que la Fe Cristiana Católica es a su vez una de las raíces de nuestra nacionalidad. Pensar en ello nos ayuda a replantearnos también el futuro del país y el aporte que como creyentes debemos dar para que en la historia de nuestro pueblo se vaya realizando el plan de Dios. (McGrath, 1990, citado en González, M. I., 1994, p. 135).

Como presidente de la Comisión de Empalme que dio forma final al documento conclusivo de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla (México 1979), insistía en la necesidad de la memoria histórica, recalcando una normativa consignada en dicho documento:

La Iglesia debería ser la escuela donde se eduquen hombres capaces de hacer historia para impulsar eficazmente con Cristo la historia de nuestros pueblos hacia el Reino. Para que América Latina sea capaz de convertir sus dolores en crecimiento hacia una sociedad verdaderamente participativa y fraternal necesita educar hombres capaces de forjar la historia según la praxis de Jesús. (Documento de Puebla).

El arzobispo McGrath, la crisis de 1964 y la cuestión canalera

En 1964 ya se empezaba a presentar una coyuntura, en la que se comenzaban a conjugar dos tipos de crisis: la del sistema institucional y la del sistema de vida; que coexistían con la de la exclusión, de las relaciones humanas, la de las relaciones entre Estados “enemigos o amigos”. A raíz de la muerte del arzobispo Beckmann el 30 de octubre de 1963, el obispo McGrath quedó encargado de la Arquidiócesis como vicario capitular, condición en la que fue testigo de los acontecimientos de enero de 1964. Como teólogo, advertía que la Iglesia es una realidad dinámica que se encarna en el devenir histórico de un pueblo concreto, con su propia historia, pero no ajena a la historia de ese pueblo. Impactado por tales eventos señaló entonces:

Fue un singular momento. Me tocó vivir a fondo el 9 de enero de 1964. Sentí nacer una nueva conciencia de nación panameña, que quizá la mayoría de los panameños no esperaban y que por mucho tiempo no iban a comprender. (McGrath, citado en González, M. I., 1994, p. 31).

En medio de la confusión, la sangre y el luto, la voz del vicario capitular se hizo escuchar en el territorio nacional y allende nuestras fronteras, sirviendo como instancia de diálogo, llamando a la cordura para detener el espiral de la violencia y apoyando los justos reclamos de la nación panameña frente a los Estados Unidos. Su carta al expresidente Truman, fechada el 10 de enero de 1964, constituye una joya de gran valor histórico en esta lucha por la soberanía nacional. En ella afirmaba:

Sería beneficioso para toda colaboración amistosa entre Estados Unidos y América Latina en el futuro […] que la prensa norteamericana y las figuras prestantes y representativas de los Estados Unidos percibieran más claramente los ideales de los pueblos latinoamericanos… (p. 142).

Esta aprensión del obispo McGrath gravita sobre las sensitivas relaciones entre los Estados Unidos y América Latina, en virtud del desconocimiento por parte de aquel de la realidad de sus vecinos del Sur; en donde la lucha del pueblo panameño le es inmanente al espíritu nacionalista latinoamericano, que tomó singular significancia en nuestro pueblo panameño. Con relación a ese despertar de nuestro nacionalismo, expresó:

Es durante esta última generación, con énfasis en 1964, que el nacionalismo de antes de 1941 se ha convertido en un sentimiento nacionalista más compartido por todo panameño. La lucha por un nuevo tratado sobre el Canal ha sido el crisol en que el pueblo y la nación han ido formándose. (pp. 94-95).

En la referida carta al expresidente Truman señalaba algo muy importante, que se encuentra en íntima relación con los sucesos del 9 de enero de 1964. Al tenor cito:

En el caso presente, a pesar de todas las opiniones en contra, hace dos años el (demócrata) Presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, celebró un acuerdo formal con el Presidente de Panamá, Roberto F. Chiari, en el sentido de que en cualquier lugar donde la bandera de los Estados Unidos flameara en frente de un edificio público en la Zona del Canal, la bandera panameña debe flamear a su lado. Esto tiende claramente a reconocer un cierto grado de jurisdicción conjunta, sea cual fuere la explicación dada sobre el asunto. (p. 141).

En aquella ocasión fungía como gobernador de la Zona del Canal el general Robert Fleming, quien era responsable de cumplir el “acuerdo” pero que lo incumplió, en lo pertinente a las escuelas. Este fue el detonante de los hechos ocurridos el 9 de enero del año 1964, que costó sangre y luto al pueblo panameño. Recordamos la alocución del obispo McGrath sobre esos sucesos de enero enviada a todos los párrocos y rectores de Iglesias, dos días después, cuyo contenido parcial reza de la siguiente manera:

Un grupo de personas inconscientes de la Zona del Canal, atropellando claros derechos panameños y violando las órdenes de sus propios gobernantes, han desatado un cataclismo de violencia, muertes y de heridos, enlutando a muchos hogares de la República. La Iglesia, como Madre que es, llora los sufrimientos de sus hijos y se adhiere al luto nacional… (p. 142).

Además como vicario capitular, el obispo McGrath en su comunicado episcopal sobre los sucesos del 9 de enero agrega:

Reconocemos las justas aspiraciones del Gobierno y del pueblo panameño a favor de un mejor trato para la República que corresponde a su dignidad de pueblo libre y soberano. Queremos recordar a este propósito las terminantes palabras de S.S. Juan XXIII: “Las mutuas relaciones entre los pueblos deben ajustarse a la norma de la libertad; norma que excluye el que alguna de las naciones tengan derecho a interferir indebidamente en intereses de otra”. (p. 144).

En la década de 1960, a raíz de la gesta del 9 de enero de 1964, y en la década de 1970, pronuncia discursos en los Estados Unidos; escribe numerosos artículos, concede entrevistas a cadenas de televisión estadounidenses, abogando siempre por los valores éticos involucrados en la cuestión canalera, subrayando la justicia que asiste al pueblo panameño en sus reclamos frente a los Estados Unidos: comprometiendo a la Iglesia Católica de ese país y a diversas confesiones cristianas y creyentes judíos en el “Caso Panamá” como representativo de la exigencia de un nuevo orden en las relaciones internacionales, todo desde la perspectiva latinoamericana.

Entre 1976 y 1979 multiplicó conversaciones y contactos con senadores, congresistas y personalidades norteamericanas, y con varias universidades católicas que se hicieron voceras de la causa panameña. En el comunicado que emitió con ocasión de la reunión del Consejo de Seguridad de la ONU en Panamá (1973), en el marco de salvaguardar la paz y el entendimiento, subrayó que la existencia de la Zona del Canal privaba a Panamá de acceso a las tierras contiguas para efectos de su desarrollo; y de igual forma resultaba un impedimento para su plena integración física, social, cultural, económica y política (McGrath, 1977).

En 1975, el episcopado de los Estados Unidos emitió una declaración que fue decisiva ante la opinión pública del país norteño a favor de la gestión de un nuevo tratado canalero con Panamá. Amplia difusión recibió este documento en los medios escritos y televisivos nacionales. Así, se expresaba el periodista Mario Augusto Rodríguez en aquel entonces: A mi parecer evidentemente este pronunciamiento es fundamentalmente producto de la gestión personal de Monseñor Marcos G. McGrath, Arzobispo de Panamá. Basta recordar las numerosas conferencias y ensayos pronunciados en aquel país en el curso de los últimos años por el dirigente católico panameño. En lo sustancial, la Resolución aludida recoge las ideas y conceptos, los datos y los argumentos expuestos tantas veces por el Arzobispo McGrath, con proyecciones a los altos dirigentes políticos de la nación y también hacia los dirigentes de las otras organizaciones religiosas que existen en los Estados Unidos… Esta Resolución es uno de los más sólidos documentos que hayan sido publicados en los Estados Unidos en defensa de los derechos panameños sobre el Canal interoceánico. A mi entender, ni siquiera los servicios exteriores oficiales panameños han expuesto nunca, dentro de los Estados Unidos, un análisis tan completo y tan vigorosamente documentado a tan alto nivel de influencia. (1975).

El 9 de enero de 1990, 26 años después de la gesta de 1964, Panamá se ve abocada a una trágica situación histórica: país invadido por los Estados Unidos. McGrath era consciente de que ante la coyuntura del momento, el 9 de enero con su carga histórica no podía pasar desapercibido en la memoria colectiva. En ese mismo momento tuvo el coraje de convocar a la feligresía católica a una misa campal en la plaza del Centro Comercial El Dorado, donde pronunció una homilía de hondo sentido cristiano, humano e histórico. Decía entonces:

Nos reúne también una fecha que marcó un hito en la historia nuestra como pueblo y nación: la conmemoración de la gesta del 9 de enero de 1964, que muchos de los presentes vivimos tan profundamente. Ella reviste una importancia capital en la configuración de nuestra nacionalidad, y siempre deberá estar presente en la memoria, en el alma de todos los panameños. Celebramos esta fecha en momentos de enorme impacto en este mismo pueblo, en esta misma nación. (1990).

A propósito de las circunstancias por la invasión norteamericana agregó:

Nadie duda de la trascendencia de la hora que vivimos. Es una encrucijada en la historia de Panamá, encrucijada en que se encuentra todo nuestro continente latinoamericano. (McGrath, 1964).

El 18 de noviembre de 1999 la Asamblea Legislativa le rindió un homenaje de gratitud al arzobispo McGrath mediante la Resolución No. 44, en la cual reconocía “el papel que supo cumplir desde el momento en que se encargó de la Arquidiócesis de Panamá en los aciagos días del mes de enero de 1964 hasta culminar el proceso de negociación y firma de los Tratados Torrijos-Carter de 1977”. El periodista Indalecio Rodríguez, director del diario El Universal en su columna editorial del 18 de diciembre de 1999 afirmaba:

El reconocimiento que se hace al Arzobispo Emérito de Panamá, Monseñor Marcos Gregorio McGrath, constituye un acto de justicia y de gratitud hacia una persona que desde su alta esfera trabajó incansablemente por la causa de Panamá en la lucha por la derogación del Tratado de 1903 […] Sin que él reclamara nada, permaneciendo en silenciosa satisfacción durante más de 23 años, este reconocimiento viene a llenar un vacío de una Patria agradecida.

Al recibir la resolución emitida por la Asamblea Legislativa, había preparado el arzobispo McGrath unas palabras, que fueron leídas por el padre Fernando Guardia Jaén, fiel colaborador suyo durante casi dos décadas. Decía así Monseñor:

Alcanzada nuestra madurez como nación, ¿Estamos preparados? ¿Tenemos la voluntad para asumirla? ¿Tenemos las estructuras socio-económicas, educativas, culturales y políticas para vivirla? […] Soberanía en este sentido significa responsabilidad del gobierno a cada nivel con cada uno y para todos los ciudadanos, ya que cada uno de ellos es también un centro de soberanía: soberano en sus derechos personales a la vida. Responsabilidad de cada institución de orden público y privado hacia toda la sociedad panameña… Responsabilidad de cada persona para con todos sus otros hermanos, ciudadanos, dueños igualmente de sus propios derechos. (McGrath, citado en González, M. I., 1994, p. 212).

De esta forma insistía el arzobispo en que la soberanía es un proceso doble: la que mira allende las fronteras contemplando en plano de igualdad a la mancomunidad de Estados-naciones; y la que atañe a la soberanía internacional donde todo ciudadano es centro y sujeto de soberanía. El viernes 31 de diciembre de 1999, Panamá dio nuevos pasos en su intento por lograr el perfeccionamiento de su soberanía sobre todo su territorio, al entrar en la antigua Zona del Canal. El arzobispo McGrath, que ya se encontraba en la última fase de su enfermedad, siguió atentamente y en silencio el evento retransmitido por canales de televisión nacionales y extranjeros. En el momento en que el pueblo irrumpió en el área acordonada sembrando de numerosas y pequeñas banderas del emblema nacional el cerro sobre el cual se yergue el otrora “Panama Canal Administration Building”, emocionado empezó a aplaudir y lágrimas afloraron a sus ojos. Él mismo quiso rendir también homenaje a la Patria con motivo de esta efeméride. El domingo 2 de enero de 2000, a petición suya, su sobrina Kathy McGrath lo llevó al escenario de este trascendental evento histórico, y allí se le tomó una fotografía, sentado en su silla de ruedas y con su bandera en la mano. (González, 2012. Entrevista personal).

Lo antiguo y lo nuevo en su quehacer pastoral

La vida y la actividad pastoral del obispo McGrath constituyen un buen ejemplo de la necesaria síntesis entre lo nuevo y lo viejo. Un referente válido para todos. No podemos soslayar esta perspectiva, la cual apunta a un serio ejercicio de discernimiento entre lo que debe permanecer y aquello que debe ser superado con apremio y coraje para responder así con fidelidad y una gran dosis de responsabilidad a nuestra vocación más original como creyentes y como comunidad eclesial. El obispo panameño supo cotejar y confrontar lo que era accidental y esencial, lo perdurable y lo efímero determinado por el tiempo y las circunstancias, y particularmente por la cultura. Esto se hizo tangible desde su ministerio sacerdotal en Chile, empeñado en formar a las nuevas generaciones frente a las situaciones contrastantes de pobreza y opulencia en el país sureño, sin apartarse de la doctrina y del servicio a la Iglesia. Supo poner la reflexión teológica al servicio de la grandeza y dignidad humana, de la conciencia moral, de la misericordia evangélica. Como decano de la Facultad de Teología, en el país chileno creó espacios para reflexionar desde la fe y la teología los problemas candentes de la cultura, de la política, de la sociología, de la economía y los temas pastorales que interesaban a la Iglesia chilena, destacando la importancia de la formación teológica no solo para el sacerdote sino también para la vida intelectual y pastoral de los laicos católicos, dentro y fuera de la universidad, es decir en el mundo secular.

Entre las décadas del sesenta y el noventa esto mismo se evidenció durante su ministerio episcopal en Veraguas y en la Arquidiócesis de Panamá. Veraguas fue para él “su noviciado” (su formación) episcopal en contacto diario con la pobreza, con los más débiles, indígenas y campesinos. Su actuar en la Iglesia arquidiocesana fue el tiempo de su maduración como pastor y teólogo del Concilio Vaticano II, insistiendo siempre a toda la comunidad arquidiocesana respecto a la lectura atenta y crítica de los “signos de los tiempos”.

Soñar nuestro futuro como país y como Iglesia

Permítanme una mirada retrospectiva hacia la década del setenta. El 23 de agosto de 1972, en el Templo Votivo Don Bosco de la ciudad capital, el arzobispo McGrath celebró una misa a la que asistieron cerca de mil personas (católicos de la Arquidiócesis y delegaciones parroquiales del interior del país desde Darién a Chiriquí). Contexto histórico: las tensas relaciones entre Iglesia y Estado por la desaparición del padre Héctor Gallego, tragedia ocurrida en Santa Fe de Veraguas durante el régimen policial militarizado.

El padre Fernando Guardia Jaén, afirmó en 1980 en su ensayo Las Relaciones entre la Iglesia y el Estado panameño que: “posiblemente el enfrentamiento entre el Gobierno Panameño y la Iglesia producido por el caso Gallego ha sido el peor en su historia”. (Guardia, 1980). También verificó este benemérito eclesiástico panameño que el acontecimiento Gallego y la carta pastoral del arzobispo publicada en agosto de 1971 marcaron un periodo nuevo de la Iglesia en Panamá, de posiciones nuevas más conforme con los lineamientos del Concilio Vaticano II y con la Conferencia de América Latina en Medellín. No obstante las duras situaciones vividas en ese entonces, McGrath, después de describir en su homilía “La situación de la Iglesia en la hora actual”, presentaba el desafío de atrevernos a soñar en el futuro de la Iglesia y del país:

Hemos de ser soñadores; debemos soñar con lo que queremos para el futuro. Debemos soñar en lo que puede y debe ser nuestra nación que tiene tantas posibilidades de desarrollo para todos sus ciudadanos, si logramos actuar más y más como hermanos. Y tenemos el deber de soñar en nuestra Iglesia. La Iglesia que queremos ser, que esperamos vivir […] Reconocemos nuestras enormes deficiencias […] Pero podemos soñar, y cuando nosotros unimos el sueño a la realidad, empezamos a motivar nuestra acción. Nuestro sueño es grande porque es el sueño de Dios. Es la promesa divina sobre nosotros, promesa de un cielo nuevo y de una nueva tierra que se cumplirá plenamente al final de los tiempos, pero que vamos realizando en cada momento. (McGrath, citado en González, M. I., 1994, p. 106).

A continuación, pasaba a diseñar la Iglesia que queríamos ser: Iglesia comunitaria y misionera llevando el Evangelio a cada rincón de la geografía panameña; Iglesia con un clero y ministros laicos nativos, Iglesia que vive el sentido de justicia y de solidaridad dentro de sí misma y hacia la sociedad con singular preocupación por los hombres empobrecidos con fuerte conocimiento y convicción de la doctrina social de la Iglesia.

Esta fue una idea constante en su magisterio pastoral. En 1985 en un Te Deum por las fiestas patrias concitaba:

Para el creyente en Dios el mirar hacia la patria eterna y definitiva no lo hace insensible a la patria terrena en la cual peregrinamos; pues todos nuestros esfuerzos por una sociedad más participativa, justa, solidaria y fraterna es el material con que vamos preparando el Reino de Dios. (McGrath, 1985).

Catorce años después de la histórica homilía de 1972, el arzobispo seguía soñando con nuevos caminos para dinamizar más a la Iglesia arquidiocesana:

Nuestra tarea de evangelización apenas empieza. Aprendamos a pensar nuestras parroquias y movimientos no como lugares de reposo sino como puestos de formación y realización para salir a convocar a los demás. Cada parroquia, cada movimiento, un puesto misionero […] Todos conscientes y ansiosos por aquellas áreas nuevas y necesitadas en Samaria, corazón de San Miguelito, en Mañanitas y en la nueva frontera del área del Bayano tan extenso y hambriento de Dios; y en las montañas de Capira y La Pintada, en cada rincón de la Arquidiócesis y de todo Panamá. (McGrath, citado en González, M. I., 1994, p. 106).

Reconociendo la carencia de compromiso social de los católicos en esta memorable homilía, subrayaba:

Mientras cada quien mire por lo suyo no damos el testimonio de una sociedad que necesita una revolución en la verdad, en la justicia, en la caridad. Soñamos que la Iglesia sea alma de la sociedad: vivificadora de un país de desarrollo integral con justicia social. Este sentido haría que nadie pudiera dormir tranquilo en un cuarto especialmente con aire acondicionado si no se preocupa por los cinco, seis o siete miles que viven en el fango de Curundú o por los miles que viven en las montañas de Chiriquí o Veraguas. (p. 179).

Esto continúa siendo válido hoy, cuando se registran tan escandalosas asimetrías sociales en nuestro propio país, a pesar de su crecimiento económico. En 1990 el arzobispo llamó a revestirnos de esperanza: “Hay que reconstruir juntos la Patria. Tenemos la oportunidad de un comienzo nuevo. Para ello, nos hemos de reconciliar, pues la tarea es de todos y requiere el concurso de todos”; profundizando en lo que implicaba esta reconciliación desde la fe, ofreciendo en forma de decálogo las líneas sobre lo que debíamos empeñarnos como pueblo y nación. Finalmente presentó una síntesis del discurso programático de mayo de 1990, en que abordó las opciones pastorales para el quinquenio 1990-1995:

a. La tarea primaria de la reevangelización de la sociedad panameña, partiendo del fortalecimiento del núcleo familiar y con una decidida opción por los pobres; lo cual implica para la Iglesia crecer en el sentido comunitario, la vivencia y proyección de la Fe en diálogo con la cultura. Y esto desde un estilo sobrio, sencillo y de la solidaridad afectiva y efectiva.

b. Énfasis en el papel de los laicos en la Iglesia y en la sociedad, reforzando sobre todo, su vocación propiamente secular, desde una fe asumida en el mundo y comprometida con él.

c. La utilización de los medios de comunicación social y de las nuevas tecnologías de una “cultura inacabada” aludiendo así al futuro que implicaban estas para un mundo que ya se perfilaba en una dimensión global.

Respecto al último acápite advertía a la comunidad arquidiocesana que las tecnologías modernas no nos pueden hacer perder de vista que la fe es y será siempre la respuesta personal al mensaje, que a su vez ha de ser trasmitido por evangelizadores coherentes, creyentes que sean discípulos y testigos:

La cultura mediática aún inacabada, puede ser instrumento eficaz en la tarea evangelizadora. Por otra parte hemos de llevar al campo (comunicacional) los valores evangélicos de modo tal que contribuyan a la dignidad de la persona humana y a su vocación trascedente. (McGrath, 1996).

A manera de Colofón

Fe – Vida – Historia. Fe que se hace vida en la existencia personal, comunitaria, colectiva de un pueblo o nación, superando el divorcio entre fe-vida y cultura, fe y compromiso social. Con fuerte conciencia histórica, la cual —siempre insistió en ello— es forjadora de identidades. Esta trilogía estuvo presente en el penúltimo escrito extenso del pastor y teólogo McGrath, donde subrayaba la urgencia de elaborar desde el pensamiento cristiano una filosofía (teología) de la historia.

El 4 de agosto de 2000 falleció en la ciudad capital, a los setenta y seis años de edad, después de seis años de penosa enfermedad y de treinta y tres años de ministerio pastoral en la Iglesia que peregrina en Panamá. Después de su episcopado como obispo auxiliar de la Arquidiócesis, primer obispo de la sede veragüense y los últimos veinticinco años arzobispo en la sede metropolitana, “la sociedad y la Iglesia panameñas fueron distintas: mucho mejores y muchísimo más ellas mismas”. (Restrepo, 2000). Un luchador indómito, como un árbol solitario en el horizonte de la vida panameña; en el que los años del ejercicio de su liderazgo reafirmaron su dimensión paradigmática. No calló ni se amilanó ante las circunstancias políticas más difíciles que vivió el país; fue la voz de los silenciados, la esperanza en medio del vía crucis.

Pero lo importante es la coherencia, la lucidez y la integridad con que defendió su vivencia y su compromiso cristiano en una sociedad que no tenía nada de coherente, y menos de íntegra. Recuperar el mensaje cristiano de monseñor McGrath nos permitirá a los panameños aligerarnos de cargas históricas que hemos ido acumulando a lo largo del tiempo para retornar a la esencialidad del Evangelio y de nuestra memoria histórica, tal como queda consignado en las primeras noticias de los diarios locales, “Murió un gigante de la fe”, “Falleció líder carismático de la Iglesia Católica”, “McGrath, padre de los sacerdotes panameños”, “McGrath, el demócrata” y “McGrath el gran pastor”. Si hubiera escrito su propio epitafio, de seguro monseñor McGrath habría consignado un texto muy querido por él del Evangelio lucano: “…Cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer” (Lc. 17, 10).

Nota final

Lo expuesto en estas páginas es apenas una mirada retrospectiva de la labor de un insigne hijo de la Iglesia y notable ciudadano panameño, en la que pongo de relieve sólo algunos rasgos de su personalidad. Más aún, frente a quienes consideran que el cristianismo es ya algo del pasado, nuestro arzobispo, con su sencillo estilo evangélico, nos deja constancia de las posibilidades inmensas que tiene la fe cuando se encarna en la vida y en la cultura del pueblo. En su último mensaje pascual a la Iglesia arquidiocesana y al pueblo católico de Panamá, fechado el 3 de abril de 1994, nos dice:

Este es el camino iluminado por la Fe y discernido en la Oración, animado por la Esperanza y premiado con el Amor. Nos llena de ideales y valores que queremos encarnar en nuestras vidas y en todo momento y lugar: sea en nuestro empeño por la justicia y el amor para con nuestros hermanos, sobre todo los pobres; sea al trazar un futuro político para la comunidad humana, que es la nación y el pueblo de Panamá, del que todos somos responsables […] En la porción del escenario mundial que es Panamá, este es nuestro teatro y nosotros somos los actores, que tenemos cada uno, nuestras entradas y nuestras salidas. Los actores de corta vista no ven más allá de los bordes del escenario. Así también el hombre o la mujer que limitan sus aspiraciones y esperanzas a los frágiles premios y metas de esta vida. En cambio a los convencidos por la Fe en la resurrección de Cristo, al salirnos de este escenario transitorio, se nos ilumina el sendero, corto o largo, de nuestras vidas… (McGrath, 1994).

Referencias bibliográficas

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