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    Margarita Vásquez Quirós

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María Olimpia de Obaldía

by: Margarita Vásquez Quirós

En 1925, Samuel Lewis García de Paredes prologó la primera obra poética de la panameña María Olimpia Miranda de Obaldía, Orquídeas (1926). Al año siguiente, en 1926, sería fundada la Academia Panameña de la Lengua y Lewis García de Paredes sería su primer director. ¿Quién era esta señora “a la sazón con 31 años” cuya primera publicación fue reconocida por los ingenios del momento? ¿Qué contribución ofrecía a la literatura panameña? Las líneas que siguen intentarán responder estas interrogantes.

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Es egresada de la Universidad de Panamá, en donde, actualmente se desempeña como profesora, directora de la Escuela de Español y vicedecana a.i.  Es miembro de número y directora de la Academia Panameña de la Lengua, miembro correspondiente de la Real Academia Española y miembro correspondiente en el extranjero de la Academia Cubana de la Lengua. Coordina las cátedras Octavio Méndez Pereira y Juan Bosch de la Facultad de Humanidades, y la Enciclopedia Virtual EnCaribe en Panamá. Ha publicado varios libros de historia y crítica literaria y de lectura y composición. Su libro más reciente es el exitoso Diccionario del Español en Panamá (DEPA). Sus artículos han sido incluidos en libros y revistas de América y Europa. Obtuvo el Premio Rodrigo Miró Grimaldo en el año 2001.
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María Olimpia de Obaldía: La alondra chiricana

En su prólogo a Orquídeas, para comenzar, Samuel Lewis situó a la poetisa María Olimpia de Obaldía dentro de un grupo de “apariciones gloriosas” que surgieron a partir del siglo XIX literario en el istmo. Fueron damas panameñas que cultivaron la poesía con dignidad. Entre todas, la primera, Amelia Denis de Icaza, “la alondra del Ancón”, quien, acompañada de los poetas románticos en Panamá,(1) dio a conocer paulatinamente su obra en los periódicos istmeños y guatemaltecos de aquel siglo y principios del siguiente. Fue “un brote de luz”, insiste Lewis, como María B. Funck de Fernández(2), Nicole Garay entre los modernistas, Zoraida Díaz y otras creadoras.(3)

 

  1. José María Alemán (1830-1887), Gil Colunje (1831-1899), Tomás Martín Feuillet (1832-1899), José Dolores Urriola (1834-1883), Amelia Denis de Icaza (1836-1911), Manuel José Pérez (1837-1895), Jerónimo Ossa (1847-1907), Federico Escobar (1861-1912) y Rodolfo Caicedo (1868-1905).
  2. Su poema “La pobre vergonzante” está incluido en Antología panameña. Verso y prosa, publicada en 1926 (Biblioteca de autores nacionales, Panamá: Editorial la Moderna, Quijano y Hernández).
  3. Samuel Lewis menciona también a Angélica de Salvat, Sofía Fábrega de López, Ida Belli, María J. Alvarado y Manuela Sierra.

 

Es bueno notar que el tiempo vital de estas escritoras coincidió en algún momento con el de la chilena Gabriela Mistral y el de la uruguaya Juana de Ibarbourou. Y como Gabriela y Juana, no aprendieron fuera de América las novedades del arte para forjarlas de este lado del Atlántico, sino que, desde acá, si pudiera decirse que en un autoaprendizaje inquietante, ellas les dieron concretos toques auténticos a sus ensambladuras poéticas, incluido el ritmo logrado por una poesía que era declamada,(4) costumbre de la época.

4. Hasta mediados del siglo xx, la declamación formaba parte de la educación artística en Panamá. Se ofrecía en el Conservatorio Nacional de Música y Declamación.

Con ese fin rítmico usaron materiales primarios imborrables que dejó el romanticismo en América, marcadores premodernistas y modernistas, y cuando el tiempo vital les fue benévolo, brotes de una imaginación posmodernista lindante con el vanguardismo. María Olimpia de Obaldía es una de estas primerísimas voces femeninas que, en Panamá, ratifican la presencia de la mujer dentro de la dimensión lírica en el primer cuarto del siglo XX, confirma Samuel Lewis García de Paredes.

Tras el anuncio que significó la publicación de Orquídeas, en 1926, Enrique Ruiz Vernacci prologó Breviario lírico (1929), una selección de poemas de María Olimpia que fuera publicada con motivo de un apoteósico homenaje que se le rindió en el Teatro Nacional en ese año. Tiempo después, en 1948, la misma María Olimpia introdujo su Parnaso infantil (1948), y en 1953, año del cincuentenario, Octavio Méndez Pereira saludó la llegada del libro Visiones eternas (1961), que no se concretó sino en 1961, ya fallecido el maestro.(5)

5. Octavio Méndez Pereira (1887-1954). Educador, historiador, diplomático, novelista y ensayista panameño. Fundador y primer rector de la Universidad de Panamá. Primer director de la Oficina Regional de unesco para el hemisferio, con sede en La Habana, Cuba (www.encaribe.org).

 

Ahora bien, entre los escritos sobre las obras de María Olimpia, destacan los trabajos de Gloria Guardia de Alfaro, quien le dedicó dos sustanciosas comunicaciones: las palabras preliminares de las Obras completas (1976, p. 7) de la señora de Obaldía, para cuya elaboración entrevistó a la poetisa chiricana diariamente durante un mes; y, años después, una parte del proemio del discurso de ingreso de Gloria Guardia a la Academia Panameña de la Lengua (Guardia, 1989), por razón de haberle correspondido el sillón D, antes ocupado por “la alondra chiricana”.

Igualmente, Enrique Ruiz Vernacci, maestro de la crítica, le dedicó varios escritos, entre los cuales es conmovedor el retrato con que inicia el artículo periodístico “La serenidad poética de una mujer” (Ruiz, 1963), y que incluyo para que la imaginemos:

 

Aquella mujer de los ojos obscuros y brillantes, la boca ofreciendo un rictus entre bondadoso e iluminado, deliciosamente sencillo, […] los labios finos, la cabellera negra, peinada hacia atrás, dejando apreciar la frente noble y bombeada, ni alta ni baja, la tez levemente bruna, es nuestra poetisa, es una de las poetisas de América, una de las que representan un apartado singular, un motivo de arte personal y único, incopiable, es María Olimpia de Obaldía. (ibíd).

 

María Olimpia Miranda Rovira de Obaldía nació el 9 de septiembre de 1891 en Dolega, provincia de Chiriquí, distrito cuya población sería en esos años probablemente de 2100 habitantes.(6) María Olimpia (Marita) era la cuarta hija de Manuel del Rosario Miranda y Felipa Rovira, quienes procrearon una familia de seis hijos: cuatro niñas y dos niños. Don Manuel Miranda, el padre, ocupado en la crianza de ganado vacuno y equino, fue uno de aquellos dirigentes naturales por su honradez y dedicación al trabajo, surgidos en las diferentes regiones del departamento colombiano de Panamá.(7) Fue jefe político conservador del pueblo de Dolega, asentado en su lugar de origen en el ángulo superior de la escala social del poblado: la de los letrados.

6. En 1843, según censo realizado por el Gobierno de Colombia, Dolega tenía 1583 habitantes. En 1904, había ascendido a 4259.
7. Hasta 1886, el departamento de Panamá había sido el Estado soberano de Panamá (Estado federal).

No esperemos demasiado del significado de esta palabra: antiguamente, eran los que sabían leer y escribir, y, dicho sea de paso, lo hacían muy bien. Hay que pensar cómo sería la vida entonces, y considerar que así fue en muchas partes de América de acuerdo con el nivel de desarrollo que hubiera alcanzado el transporte y la tecnología en 1900.

La luz eléctrica llegó a Panamá en 1916, de modo que podemos imaginar en la casa Miranda de Dolega el trajín de la colocación y limpieza de las lámparas al atardecer; ¿cómo sería el abastecimiento de agua? y ¿cómo sería la estufa, fogón, horno que usaría la gente letrada del pueblo? ¿Qué decir del trasporte en coches, carruajes o carretas… fuertes machos y caballos?; ¿habría en la casa una máquina Singer de pedal? Solamente hay que darle vuelo a la imaginación. No podían sospechar nuestros abuelos y bisabuelos que poco más de cien años después el ser humano se comunicaría no solamente por el correo o por la telegrafía que usaba el código Morse, sino que Skype pondría frente a nosotros a los más lejanos interlocutores.

María Olimpia pasó sus primeros años en su pueblo, que entonces era una aldea tan pequeña como la de la norteamericana Laura Ingalls(8). Como Laura, María Olimpia fue una niña aventajada y estuvo desde temprano en contacto con las letras: aprendió a leer a los cuatro años en su hogar y llegó a examinar la Biblia de su casa antes de que la guerra de los Mil Días le arrebatara este patrimonio.

8. Nacida en Pepin, Wisconsin en 1867, fue maestra y escritora. En los años de 1930 narró su infancia de pionera (con énfasis en lo sentimental) en el libro Little House in the Prairie , base de la serie televisiva La familia Ingalls (1974). Murió en 1957.

Ha sido dicho de muchas maneras a través del tiempo que los primeros años de aprendizaje y la alimentación del niño son determinantes de su intelectualidad futura. Basta considerarlo para que imaginemos la cuidada e inteligente atención que recibieron aquellos niños Miranda Rovira de parte de sus padres y de su familia extendida, tan naturalmente bien allegada en el Chiriquí de aquellos años de finales y comienzos de los siglos XIX y XX.

No obstante, soplaban aires de un recrudecimiento de la guerra entre los dos bandos políticos tradicionales en Colombia: liberales y conservadores. Así, en 1899 estalló, por Chiriquí, la segunda parte de la guerra de los Mil Días, y don Manuel Miranda fue nombrado capitán del batallón Dolega.

Participó con su cuerpo de batalla en aquella guerra hasta ser derrotado por los liberales pocos meses antes de que fuera firmada la paz en noviembre de 1902. Durante ese periodo la familia permaneció unida bajo el amparo de la madre, pero las tierras que tenían el sello Miranda Rovira fueron ocupadas por los liberales, exterminado el ganado y el grupo familiar tuvo que buscar amparo en David.

Para la niña, que estaba a punto de cumplir los once años, ocurrió entonces una tragedia mayor: la madre falleció en 1902, víctima de una epidemia de disentería. Estos hechos le sirvieron a Gloria Guardia de Alfaro para entrever en la obra de María Olimpia la incorporación de su percepción de la naturaleza a un “huérfano universo interior” (Guardia, 1975). También Enrique Ruiz Vernacci (1963) destaca en la poesía de María Olimpia “el valor emocional de lo melancólico”. Es una poesía “impregnada de la melancolía de ser idénticos, de no enfrentarse a lo imprevisto”, expresa Ruiz Vernacci. Coincido con las apreciaciones anteriores, pero igualmente interesantes son las consideraciones de Samuel Lewis (1926, p. 44), quien advierte que “el organismo de María Olimpia de Obaldía es una gran caja de resonancia que amplifica hasta la sublimidad las sensaciones que recibe”.

La pérdida de la madre pudo impregnar de un sentido de ausencia esa particular mirada con la que envuelve el mundo natural que lo rodea, pero a la par, como un designio, le enseñó que ser madre arranca y extirpa las tristezas:

Con los sentidos plenos de belleza
Y con el alma de ternura llena,
Sentime noble y buena
Y arranqué de mi pecho la tristeza
Al contemplar dichosa y conmovida
Que era mi ser un ánfora de vida.(9)

10. Fragmento del poema “Himno a la maternidad”.

Un poco más allá, pienso que una conciencia que nacía desde el pueblo panameño y que en el siglo XX invadió, en general, su perspectiva —la veneración por “la madre”—, fue estimulada, avivada, despertada por la poesía, y se animaron estos sentimientos generalizados. Vamos a pensar en el 8 de diciembre y en las voces de María Olimpia y de quienes la siguieron: sus motivos fueron amplificados en las escuelas, reproducidos por los maestros, y pusieron a la madre en el corazón del pequeño mundo de los primeros setenta años del siglo XX en Panamá.(10)

10. Tal hicieron todos los poetas, también María Olimpia, con la patria.

La poetisa recreó en su poesía fuera y dentro de sí la idea de la maternidad (y de paso, la de ser maestra), e hizo saber esto a los hijos: que son carne de la carne materna. Tuvo ella, poeta al fin, la potencia de incrustar una idea en el alma de quienes la leyeran o escucharan. El Himno a la maternidad, escrito en homenaje a las madres panameñas, es un gran poema, sin que pueda negarse que, de todos modos, hay una contención, una serenidad, algo nostálgico en esa, su manera poética de ser.

Hizo sus estudios iniciales primero en el seno del hogar y después en David, cabecera de la provincia de Chiriquí, acompañada por su hermana Beatriz Miranda, después señora de Cabal, también maestra y escritora. La familia continuó reforzando por otros medios la formación de aquellos niños. Manuel Antonio Palacio, el tío, guio la lectura de los libros que, según la opinión de la época, era necesario que unas jóvenes educadas hubieran leído.(11)

11. Gloria Guardia (1975, p. 11) hace el recuento: “novelas de la Pardo Bazán, José María Pereda, Juan Valera, Benito Pérez Galdós, Vicente Blasco Ibáñez, Ramón María del Valle Inclán, Pío Baroja, Palacio Valdés y Gregorio Martínez Sierra”.

De regreso a Dolega tras la finalización de la guerra de los Mil Días, las niñas ingresaron a la escuela de su pueblo, dirigida entonces por la maestra dolegueña, señorita Leopoldina Field, a quien la poetisa dedicó un soneto que es un homenaje a los maestros:

 

Leopoldina Field
Maestra de la infancia,
ella sentía El cariño de madre verdadera
Por el plantel de niños que lucía
Como jardín de eterna primavera.
Cumpliendo su labor con alegría
Encontraba la vida placentera
Y en el fecundo afán de cada día
Dejó también su juventud entera.
A cada niño lo miró cual suyo:
Era su voz un maternal arrullo
Al comenzar la siembra milagrosa
Que al devenir en sazonados frutos
También de su obra férvidos tributos
Tendría la Patria en la cosecha hermosa.

 

En 1908, María Olimpia y Beatriz fueron matriculadas por su padre en la escuela de David, que dirigía doña Angélica de Salvat, también escritora, egresada de la Escuela Normal de Institutoras, quien izó “el pendón de poetisa garbosa y sentimental”, según recuerda Samuel Lewis (1926, p. 42). Doña Angélica se encargó de la orientación de las lecturas que debían realizar las hermanitas Miranda Rovira en aquellos años.(12)

12. Gloria Guardia ( op. cit .) da la lista de lecturas: “Cervantes, Lope de Vega, Tirso y los modernos de entonces, Bécquer, Darío, Silva, Heredia y Martí”.

 

En esta primera década del siglo XX, el gobierno panameño (uno de esos gobiernos que pusieron los cimientos del país en ciernes) tenía el propósito de identificar en las diversas provincias panameñas a las principales inteligencias juveniles para concederles becas y conducirlos a la ciudad de Panamá, con el fin de que se dedicaran a estudiar en las mejores condiciones.

De visita para supervisar el estado de las instituciones educativas en Chiriquí, Eusebio A. Morales, secretario de Instrucción Pública, quien “vio en la educación el motor del desarrollo, y abogó por su democratización haciéndola accesible a todos los panameños”, impresionado con la excelencia de María Olimpia, le indicó al padre que ella debía aspirar a una de las becas que habían sido señaladas para realizar estudios superiores en la Escuela Normal de Institutoras en Panamá.

Por méritos académicos propios y también porque así era y es todavía —conseguían destacarse los más preparados socialmente para lograrlo—, la aplicada joven Miranda ganó una beca para estudiar en la ciudad de Panamá. Ingresó a la Escuela Normal de Institutoras en la capital, en 1909. En la Normal, tuvo la oportunidad de estar en el foco de la comunidad letrada de la época.

La institución era centro avanzado de desarrollo cultural de las maestras que allí se formaban. El periodo de alejamiento de su casa materna le sirvió para el reconocimiento de la juventud istmeña de la cual formaba parte: en el internado tuvo compañeras de la totalidad de las provincias. En aquellos primeros años del siglo XX el transporte del interior hacia la capital y viceversa era por mar.

Con seguridad, en los barcos tuvo ella contacto con jóvenes estudiantes de todo el país en sus viajes de ida y regreso y seguramente también admiró la belleza del litoral sur panameño y aprendió a nombrar sus sinuosidades. En ese ir y venir, dos años antes de su graduación, María Olimpia tuvo la pavorosa experiencia de ser sobreviviente del naufragio del vapor Taboga, de la compañía de cabotaje de Pinel, hecho ocurrido en la punta Guánico de la provincia de Los Santos, en el que hubo pérdidas de vidas de estudiantes.

Pero, en sentido contrario, fue en un viaje de regreso a Chiriquí cuando conoció al que sería su esposo: José de Obaldía Jované, hijo del presidente de la república fallecido en el cargo en 1910, José Domingo de Obaldía Gallegos. Se unieron los hijos de dos familias conservadoras. María Olimpia terminó la carrera magisterial en 1913 a los veintidós años. Estaban finalizando los trabajos de la construcción del canal de Panamá y estaba a punto de estallar la Primera Guerra Mundial. La nueva maestra fue nombrada de inmediato en su pueblo, a la sombra de su familia. Cuidar el buen nombre de las “señoritas”(13) era una política educativa, era parte del estatus del maestro, cuya honorabilidad se custodiaba con gran esmero.

13. De esta manera eran llamadas las maestras.

Pero a la vez, este, el maestro, tenía que someterse a los vaivenes de la política partidista, y cada fin de año escolar tenía que padecer para alcanzar una vacante. En 1915 María Olimpia fue nombrada inspectora en la Escuela Normal, y en 1916 en Boquete, cuando acababa de ser inaugurado el ferrocarril de Chiriquí, uno de cuyos ramales llegaba al pueblo de las flores. Estando allí, fue solicitada su mano por José Domingo de Obaldía, y contrajeron matrimonio religioso en enero de 1918.

Él fue, según los datos que ofrece Gloria Guardia de Alfaro, el mayor admirador, protector y animador de la creación poética de María Olimpia, y gracias a su dedicación fue publicado el primer libro, Orquídeas, en 1926. Vivieron en la hacienda familiar de Casablanca, ubicada en Gualaca, hacienda a la que la poetisa dedicó un himno en el que se destaca su envidiable situación natural. Junto al río Chiriquí, frente a la meseta de Chorcha, con vista al imponente volcán Barú fundó la pareja su nido de amor, no exento de los vaivenes y dolores de la vida.

Tuvieron siete hijos en un periodo de once años, dos de los cuales, al igual que su esposo, fallecieron antes que ella. Sus hijos fueron Manuel José (fallecido en 1942), Mario J., Manonguita, María Jilma, Marcelo Jaime (fallecido en 1963), Marco Julio y Marcio Javier. Alguien observó que los primeros nombres de sus hijos comenzaban con M, y los segundos nombres con J, en casi todos. Quizás, digo yo, para marcar que eran hijos de María y José.

Vinculada a la sociedad letrada por el alcance de su poesía, y, por qué no, por su posición social, María Olimpia de Obaldía representó las aspiraciones de la sociedad panameña de principios del siglo XX con respecto a la mujer y a la creación poética: era joven, honorable e íntegra maestra, adepta al carácter de esposa advertida, inteligente compañera dedicada al hogar y a los hijos, católica ferviente, admiradora de la naturaleza, solidaria con los desposeídos.

Lo más llamativo, y aunque no lo parezca, amiga del feminismo entendido como respeto y justicia en igualdad de condiciones para las mujeres,(14) opuesta a las guerras, antimilitarista y adepta al indigenismo. También le interesaron las novedades del transporte, como el avión, que aparece inadvertidamente varias veces en sus versos. Todo esto lo refleja su poesía. En noviembre de 1929, año y mes de la gran depresión económica mundial, se le rindió un apoteósico homenaje en ciudad de Panamá. Para esa fecha, tenía dos libros a su haber: Orquídeas (1926) y Breviario lírico (1930), a punto de salir de la imprenta. Ese mismo año publicaba Ricardo Miró su último libro, Caminos silenciosos, y Rogelio Sinán en Roma su poemario Onda, considerado iniciador del vanguardismo en Panamá. También es provechoso recordar que cuatro años después, Roque Javier Laurenza pronunciaría en el Instituto Nacional su discurso titulado “Los poetas de la generación republicana”, que fue, como expresa Alfredo Figueroa Navarro (s.f.), “una lacerante reflexión sobre la panameñidad”.

  1. Yolanda Marco en Mujeres que cambiaron nuestra historia, expresa: “Consecuente con su pensar y sentir, María Olimpia siempre estuvo apoyando al movimiento feminista panameño. Desde los tiempos del Grupo Feminista Renovación, en 1922, y en las dos décadas de existencia del Partido Nacional Feminista, la poeta chiricana colaboró y militó en estas organizaciones. Varios de sus poemas fueron publicados en Orientación Feminista: la mejor forma en la que podía colaborar una poeta con la causa de Clara González y sus compañeras”. Su militancia informa Amalia Aguilar Nicolau, la llevó a ser electa como suplente de Esther Neira de Calvo en las elecciones de la Asamblea Constituyente de 1945, por la Liga Patriótica Femenina. (citada por Aguilar, A., 2003).

 

Desde otro punto de vista, téngase presente que en la década de 1920 surgió el movimiento nacionalista de Acción Comunal, que invitaba a hablaren español y contar en balboas; hubo invasiones, movimientos inquilinarios y una revolución de Tule. Eran años críticos, de cambios políticos, económicos y sociales, innovaciones de pensamiento, no solamente en Panamá sino en Estados Unidos y Europa, y, según nuestro asunto, de novedades en la estética de la creación.

 

Homenaje de 1929

A partir de una mirada lejana, y sabiendo que en agosto de 1929 Juana de Ibarbourou había sido declarada en Montevideo “Juana de América”, me da la impresión de que la coronación de la poetisa tenía una finalidad de reafirmación y de elevación de nuestra autoestima nacional americana, en una época que presagiaba, en general, próximas calamidades.

Confirma esta posibilidad la presencia de la poetisa nicaragüense Aura Rostand, propulsora de la unión de las voluntades americanas de México y Centroamérica.(15)

 

  1. Aura Rostand fue el seudónimo de María Selva Escoto, conocida como María de la Selva (León, 1905-México D. F., 1959). Estuvo presente en la coronación de María Olimpia de Panamá en 1929 y declamó en su honor con tal motivo.

Alonso Roy relata que en Panamá la coronación de “María Olimpia de Panamá” en el mes de noviembre en el Teatro Nacional fue un homenaje extraordinario, que quedó en la memoria de esta sociedad.

María Olimpia lo aceptó como resultado de “un destello del patriotismo que arde vigoroso en el corazón de mis conciudadanos, quienes […] han querido hacer de mí un símbolo que sirva de estímulo a las mujeres panameñas del presente y del futuro” (Roy, s.f.). Ella captó claramente la intención. Tenía los pies sobre la tierra. Era una mujer segura de sí misma y firme.

Por aquellos años, un grupo compacto de panameños acreditados se preocupaban por dejar muestras de que la sociedad panameña prestigiaba el campo de las letras hispánicas. En 1916 se habían llevado a cabo con gran pompa los Juegos Florales con motivo de la celebración de los 300 años del Quijote; y en 1926 había sido fundada la Academia Panameña de la Lengua. En 1929 encontramos nuevamente ocupados en los homenajes a José Dolores Moscote, a Octavio Méndez Pereira, a Guillermo Andreve y a Enrique Ruiz Vernacci.

Tal vez, como he supuesto, y repito, desde este particular punto de vista aquella apoteósica coronación de la poetisa fue otro acto de reafirmación criolla que se repetía en Panamá. Encabezaron el Instituto Nacional, la Escuela Normal, la Estrella de Panamá, el presidente y los ministros de Estado. Tres días antes, en la tarde del 25 de noviembre de 1929, como parte de los actos organizados por el Instituto para honrar a “la alondra chiricana”, Ruiz Vernacci dictó una conferencia sobre la poesía de María Olimpia, que serviría de base al prefacio del libro Breviario lírico. Uno de los subtemas trataba sobre la poesía femenina: íntima, individualista, secreta, en la que según consideraba, cae la poesía de María Olimpia.

Poesía femenina
En soledad
Cuando tiendo mi mano a las estrellas
Y recojo el vacío;
Cuando busco en las flores hechiceras
Perfume y rocío
Y me hieren espinas alevosas,
Mi lámpara de rosa
Destrozar yo quisiera
E indiferente ser a mi destino
Cual piedra del camino…

 

Obsérvese: el “yo” es árbitro de la emoción personal y lo femenino queda manifestado en un fuerte reparo que se revela como la posibilidad no materializada de responder con ímpetu, con un arranque, con un arrebato. Dice: quisiera “destrozar mi lámpara de rosa”. El tono es diferente en el poema que sigue:

Retorno doliente
Como puente de luz sobre el espacio
Extendí mi recuerdo
Y sigilosa lo cruzó mi alma
Con sandalias de ensueño.
Llegó a tu lado y te encontró dormido:
Tus labios sonreían y murmuraron
Un nombre, ¡y no era el mío…!
Tristemente tornó sobre sus pasos
Envuelta en su congoja…
Rompió el puente de luz y buscó asilo
En su yermo interior, callada y sola
Como si fuera un caracol herido…

                                                               1931

En este poema lo femenino, agraviado, ya consumó su desquite sin violencias: “tristemente /rompió el puente de luz…/”. En la muestra hay una femineidad resistente, firme, nunca sumisa, que reflexiona.(16)

  1. Baltasar Isaza Calderón, profesor universitario y director de la Academia Panameña de la Lengua expresa lo siguiente: “María Olimpia es una mujer sobre manera sensible, pero sin ímpetus de rebeldía. No le gusta el estrépito ni tampoco el desplante. Su inspiración es fuente que le produce goces inefables transportados al verso, mas sin la violencia del arrebato o el frenesí de la pasión” (Isaza, 1982).

¿Cuál es el otro elemento comparativo de una “lámpara de rosa” y de un “puente de luz”? ¿El lenguaje poético? Si vamos un poquito más allá en el acercamiento a estos poemas, complacen las imágenes novedosas, como aquella de calzar al alma con sandalias, aunque fueran de ensueño. María Olimpia sabía dejar una marca aquí, otra por allá, con estilo renovado. Si bien ella niega que su inspiración responda a corrientes literarias(17) y aunque uno de sus poemarios se titule Visiones eternas, la lectura de su obra evidencia que en las artes no hay ni hojas ni ramas perennes, pero que el amor, ya sea de la pareja o el de los hijos puede capturarse con sutiles fórmulas.

 

17. “María Olimpia de Obaldía declaró que sus poesías son manifestaciones puras de su espíritu, expresadas con toda naturalidad y sin ceñirse a ninguna escuela” dice María Ruth Sánchez de Obaldía (2000).

Samuel Lewis las percibe en el poema “Eros”:

 

De mi vida el hondo cauce seco estaba:
No pasaba
Ni una gota tembladora de agua pura;
Tú llegaste, y cantarina
Una fuente cristalina
Saltó alegre por la cuenca seca y dura.

 

O en este otro titulado “Desaliento”:

 

Si el polen fecundo
El viento esparció,
La corola mustia
¿Para qué, señor?

 

Ruiz Vernacci topa con estos otros versos en que la poeta exhorta al destino —preocupación humana— para que devele el enigma y diga cuáles son las posibilidades del futuro de los hijos:

¡Oh Destino, Destino! Ábreme el cofre
Donde el futuro de mis hijos guardas.
¡Deja que mi alma atisbe los caminos
Que han de cruzar sus adoradas plantas!

 

Isaza Calderón (1963) destaca la “ternura infinita” de los siguientes versos:

 

Ya no tengo qué darte, amado mío:
Encina fui para brindarte sombra;
Para ofrecerte cantos, una alondra;
Para calmar tu sed me hice rocío
Y verde grama para hacerte alfombra.
Mas el rudo huracán rompió la encina
Y el trémulo rocío se evaporó,
La fresca grama se llenó de espinas
Y la alondra sus cantos acalló.
Ya no tengo qué darte, amado mío;
No me queda ya nada que ofrendar.
Mas déjame a tu lado, tengo frío,
Y entre tus brazos quiero descansar.

 

Resonancias del mundo

María Olimpia conoce el ejercicio poético (el de los clásicos y el de los modernistas) y, por lo mismo, en el acento universal y en su tono elegante hay que rastrear las resonancias que dejaba en su memoria el eco del momento vivido personal y socialmente: aunque de lejos, estuvo morando en la Segunda Guerra Mundial y los ecos guerreros siniestros resonaron en la poesía que asimilaba el romanticismo clásico de Gustavo Adolfo Bécquer y sus golondrinas:

 

Alas sobre Europa
¡Europa está en llamas…!
¡Europa está envuelta
En sangre y en lágrimas…!
Ya no baja la tierna cigüeña
Con fardos benditos;
Solo vuelan las aves que riegan
La hiel de la angustia

Y atruenan con furia el espacio…

Ya no llega la azul golondrina
Buscando el alero de viejos amigos,
Ni tampoco la grácil paloma
Llevando en sus plumas billetes de amores…

 

En 1942, la vida personal de la joven familia sufre una pérdida irreparable: el primer hijo. En un homenaje al “Nocturno III” de José Asunción Silva escribe su “Nocturno doliente”:

Esta noche toda llena de fragancias y susurros
Como aquella inolvidable de lejano mes de julio
En la estancia estamos solos,
Mas la cuna ya no es blanca, ya no es suave, ya no es nido.

 

En la política nacional

María Olimpia entró dos años después a la contienda política en uno de los grupos liderados por Esther Neira de Calvo para revalidar lo dispuesto en la Constitución de 1941 con respecto al voto de la mujer. Esta Constitución confirió el derecho al sufragio a las mujeres panameñas mayores de 21 años.

La Ley 98 del 5 de julio de 1941 concedió este derecho solamente para que las mujeres con diploma universitario, vocacional, normal o de segunda enseñanza participaran en las elecciones de ayuntamientos provinciales. Se ejerció el voto femenino por primera vez en las elecciones de diputados para la segunda Asamblea Constituyente el 6 de mayo de 1945, en las que María Olimpia participó como suplente de Esther Neira de Calvo.

La Constitución de 1946 igualó las condiciones de las mujeres incluyendo el ejercicio de los derechos políticos. En efecto, el 30 de diciembre de 1944 el presidente Ricardo Adolfo de la Guardia convocó a una Asamblea Constituyente. Se requería realizar un llamado a elecciones de los diputados que enfrentarían la laboriosa tarea de aprobar una nueva Constitución.

Las mujeres panameñas participaron en la contienda. Por Unión de Mujeres fue  postulada Clara González de Behringer y por Liga Patriótica Femenina, Esther Neira de Calvo (cuyos suplentes fueron Carlos L. López y María Olimpia de Obaldía) y Gumersinda Páez. Fueron elegidas Esther Neira de Calvo y Gumersinda Páez. A estas damas les correspondió firmar la Constitución de 1946.

En 1948, María Olimpia publicó el Parnaso infantil, con poesía para la niñez. Es un precioso aporte para la formación artística y humana de la niñez panameña. En 1951, se convirtió en la primera mujer elegida como miembro de número de la Academia Panameña de la Lengua. A partir de esa fecha cumplió con celo su labor académica. Representó a Panamá en los congresos de academias de México en 1951 y de Bogotá en 1960. La Academia Panameña recogió la opinión de sus colegas sobre la poesía de María Olimpia en el Boletín n.º 2 de 1982.

En 1948 escribió “Con cayado de luna”, en un discreto homenaje a Ricardo Miró:

 

Para buscar sus huellas la noche me ha prestado
Su cayado de luna y un lucero por faro.

 

El cofre del buhonero

En 1961, finalmente llegó Visiones eternas. Me detengo en un título: “El cofre del buhonero”. Este nombre despierta una actitud de expectación en el lector actual de la obra de María Olimpia, sabiendo del pregón de El buhonero de Pedrito Altamiranda.(18)

  1. Pedro Altamiranda (1935, Panamá) es cantautor, filólogo y publicista. Famoso por sus canciones, en las que divierte al público con un uso muy particular del lenguaje de la calle en Panamá.

En esta conocida canción, Altamiranda emplea un vocabulario de uso popular y exalta lo trillado y ordinario, comúnmente reconocido por el público, para producir un efecto humorístico o irónico. María Olimpia no llega a tanto, sino que en “El cofre del buhonero” suyo personifica un día de júbilo. Este “día” pregona los elementos temporales queofrece: la aurora, las horas matinales del verano ardoroso, el medio día, la hora de la siesta voluptuosa, la media tarde, el crepúsculo y finalmente: es la noche que llega a incinerarnos / el cofre del buhonero. Desde el punto de vista estético, expone una constelación de metáforas a partir del mismo título:

 

¡Aquí te traigo, amor, para tu fiesta,
Un cofre de buhonero, deslumbrador y raro:
Un día de júbilo…!

 

La aurora es un collar de perlas que cintilan, las horas matutinas son un racimo de naranjas, el medio día es una copa de vino, la hora de la siesta es un inmenso abanico —cola de pavo real—, la media tarde es un espejo que refleja colinas, el crepúsculo es un fresco ramillete de violetas y musgos, la noche es un cirio plateado y misterioso:

 

Mas la charla del mar y las palmeras
Y el secretear del bosque milenario
Quedará en nuestras almas susurrando
La canción del recuerdo.

 

Escogí este poema para mostrar su manejo de la forma literaria y de la lengua. Aunque su cosmovisión, como expresa Guardia de Alfaro, es posible que nazca de la relación de la pareja y se extienda al hogar, a los problemas humanos, a la naturaleza, a la patria, a la muerte, María Olimpia le da un espacio al juego con lo imprevisible y con lo refinado y frívolo para combinarlo, contradictoriamente, con la imagen de un buhonero.

Lo mejor es esto: que ancla el juego de esta imagen viva, bella, llena de brillo, en un trabajador tan común como un buhonero, que por lo conocido y repetido en la vida de la ciudad, puede parecer un componente antipoético. No obstante, ella lo transforma en sustancia poética. Por esto antes señalaba en su poesía un autoaprendizaje(19) que la ubica desde muy temprano en los primeros puestos del reconocimiento académico y público.

 

  1. De ningún modo es desconocimiento, y, mucho menos, que sus “rimas no se ciñan a reglas”. En Obras completas de doña María Olimpia de Obaldía , Enrique Ruiz Vernacci (p. 146) aclara con respecto a la versificación: “Estos cánones de belleza los ofrece la métrica, y dentro de la métrica, el ritmo. ¿Qué es verso en último análisis? Ritmo. Y ritmo no es otra cosa que combinación de intervalos y acentos. Ya llegamos donde pretendíamos llegar: ya llegamos a la técnica de la poesía” (es decir, a las reglas vigentes entonces).

 

Mártir de enero

Tras el golpe militar del 11 de octubre de 1968, María Olimpia escribió un poema titulado “Mártir de enero”, que para sorpresa nuestra, muestra una sospecha, un triste presentimiento (común a los novelistas panameños de la segunda mitad del siglo XX) según ocurrían los sucesos mencionados.

Revela una tesitura diferente a la de los poemas dedicados a los mártires en la fecha de 1964:

 

¡Estoy pensando en ti, mártir de enero!
Me viene tu recuerdo en estos días
De pruebas y angustias
Porque escucho rumores de cadenas
Y oigo voces que traen extraño acento
Ordenando seguir otro camino,
Un camino que tú no presentiste
Donde se impone el derecho de la fuerza
Para romper cimientos,
Las bases que en un tiempo sostuvieron
La bandera gloriosa que tú amaste,
En cuyo honor, altivo, deshojaste
Tu juventud, ¡divino sacrificio!
Tu sueño,
Tu ideal
Yacen contigo
Y la Patria solloza
Al pie de la bandera.

 

Ñatore May

Coincido con Elsie Alvarado de Ricord en que de toda la poesía de María Olimpia, la más apreciada por los panameños ha sido “Ñatore May”. Elsie Alvarado, académica, poetisa y chiricana también, expresó:

Con “Ñatore May” fue la primera poetisa que delató la explotación del indio en nuestro medio y doblemente en el caso de la india, sometida además por su condición de mujer. Este solo poema (adelantado en cuanto a concesiones si se recuerda lo que se escribía entonces en nuestro país), bastaría por sí solo para asegurar a María Olimpia un lugar en nuestra historia literaria; y quizá así es de hecho en el sentimiento del público mayoritario, ya que en certámenes, veladas, así como en las aulas de clases figura en lugar de preferencia entre los consagrados. Y es que no obstante el gran aliento que tiene otro de sus poemas, como “Visiones eternas” o la ternura íntima de sus poemas maternales, en “Ñatore May” el sentido de humildad con que ella se identifica con la mujer india se expresa con una sencillez accesible a todos y con una pureza emocional que conmueve. (Alvarado, 1982, p. 7).

 

Octavio Méndez Pereira había expresado en 1953:

Si es cierto, como lo creía Martí, que la poesía es un pedazo de nuestras entrañas, María Olimpia de Obaldía podría llegar a ser, en efecto, la poetisa de una raza, de su raza de doraces, si se dedicara con más ahínco a rastrear la expresión de lo perdurable que hay en esta, para meterla en poemas de lirismo raigal. Ya lo ha hecho en uno de sus cantos, “Ñatore May”, dolido desde lo hondo de las angustias ancestrales y vibrante de coraje reivindicador que reclama el indio sojuzgado. (Méndez, 1953).

 

He buscado sin éxito el año en que María Olimpia escribió “Ñatore May”, porque vale la pena saber en qué momento, como Sor Juana Inés de la Cruz, se inspiró en la “otra” palabra, la incomprendida, la que ha sido apartada y despreciada, la de los más humildes, en este caso, la palabra guaimí doblada en su poesía por chiricanas: la mujer indígena y la poeta. El contraste de las formas lingüísticas, de la oralidad musical, logró destapar en el poema mediante una expresividad nueva, la incongruencia de nuestra relación entre panameños. El poema saca a la luz y las eleva al singular espacio de la poesía, las palabras de una lengua nuestra que ha sido despreciada (como ha sido, en general, con nuestras lenguas nativas) que, según lo que hoy observamos, nos hemos propuesto hundir en el olvido.

 

Visiones eternas

En 1982, Eduardo Ritter Aislán(20) escribió lo siguiente sobre Visiones eternas:

¡Cuántas veces, tratando de mitigar la sed obsesa de regresar al cálido regazo de mi patria y embriagarme con el esplendor soberbio de sus cielos y sus mares, le he leído (a María Olimpia) su Visiones eternas:

“De cara a los cielos;
De cara a los cielos radiantes del Trópico
Está Panamá, la sirena
Que baila cantando al son de dos mares.
De cara a los cielos,
Sangrando su entraña fecunda,
Está Panamá, la sirena Que canta y aguarda.
¿Qué aguarda?
Que se haga justicia a su lema
¡Y brote en su herida profunda
El agua lustral de los pueblos!”

Y es que María Olimpia de Obaldía es voz de patria esperanzada, afirmación augusta de panameñidad inacabable […] y libertad de alas para llegar a alturas de ilimitada redención. (Ritter, 1982).

  1. Eduardo Ritter Aislán (1916-2006): poeta panameño, periodista, filósofo, diplomático y académico de la lengua.

 

La alondra volvió al lugar de donde vino para ser sepultada en Dolega, Chiriquí, tras su fallecimiento en ciudad de Panamá el 14 de agosto de 1985. Entonces, ¿quién fue María Olimpia de Obaldía? Al darles la palabra a ella y a quienes han escrito sobre su poesía, hemos forjado una idea cercana a esta insigne panameña.

La contribución de María Olimpia a la literatura del país es toda su obra, formalmente digna, múltiple y crecedora como el buen arroz. Su sentido y su significado nos compenetran con las emociones positivas intensas que en nuestra cultura han formalizado un modo particular de ser, de sentir y de expresarnos, que su poesía ayudará a mantener.

Así lo entendieron sus coetáneos, quienes la premiaron con múltiples reconocimientos: María Olimpia de Panamá, medalla de oro del Club Kiwanis, Orden Vasco Nuñez de Balboa en grado de Comendador, Orden Belisario Porras en grado de Gran Oficial, Augusta Cruz Insigne Pro Ecclesia et Pontifice otorgada por S.S. Juan Pablo II, Fundación Internacional Eloy Alfaro, Club de Leones, Partido Liberal de Panamá, Orden Rubén Darío en el grado de Comendador concedida por el gobierno de Nicaragua y la Rana de Oro de la Asociación de Estudiantes de la Universidad Santa María la Antigua, último homenaje recibido en vida.

 

Referencias bibliográficas

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