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    Nimia María Herrera Guillén

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Octavio Méndez Pereira

by: Nimia María Herrera Guillén

El doctor Octavio Méndez Pereira puede descansar en paz, pues el espíritu de la creación de su obra maestra, la Universidad Nacional, permanece: ha sido un valioso legado para todas las generaciones que han pasado por esta noble institución.

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Catedrática titular de la Universidad de Panamá y directora de Educación Continua de la misma universidad. Candidata a doctorado en Ciencias Sociales y Humanidades (2013), magíster en Didáctica de la lengua y literatura en el nivel superior UP (2011) y en Literatura Hispanoamericana UP (1997), entre otros posgrados. Es autora de varios ensayos, entre ellos, Exprésese mejor en pocas lecciones: Los vicios de dicción (3ª. ed. 2003); La intertextualidad y el providencialismo en la creación de la imagen del istmo de Panamá en la Carta de Jamaica de Cristóbal Colón (1999); La imagen del istmo de Panamá en crónicas del siglo xvi (2006); El cuento contemporáneo panameño (2006).
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Octavio Méndez Pereira: Maestro de juventudes

Méndez Pereira y su proyecto cumbre: La Universidad Nacional

 

Lo he creído siempre con fe inquebrantable que en las naciones débiles y pequeñas como la nuestra, sobre las cuales se ciernen los nubarrones del imperialismo, la cultura general, ciencia e investigación significan, más que ninguna otra, autonomía, personalidad y libertad efectivas. Por eso consideré siempre una obra del más elevado patriotismo la creación y formación de nuestra Universidad… en la universidad no debe haber claustros cerrados, ni divisiones artificiales, ni menosprecio por las actividades prácticas, donde todas las disciplinas naturales, sociales y económicas sean experimentales, incesantemente perfectibles, donde todas las ideas, todos los sistemas y todas las filosofías puedan ser discutidas y sometidas a investigación y examen, donde no se pretenda formar un centro burocrático, fábrica de títulos y vivero de profesionales, tan limitadas como un oficio manual [sino] donde se cultive la facultad constructiva, donde se eduque y se emancipe y se desenvuelvan las energías latentes del carácter, donde se estimule la mente creadora y la acción… (Moreno Davis, 1985, pp. 26-27).

 

Estas palabras fueron bien pensadas y meditadas.

Por fin, un sueño hecho realidad. Habían pasado muchos años antes de verlo cristalizado. Estas fueron algunas reflexiones sobre mi idea de lo que debía ser una universidad y formó parte del discurso de inauguración de la Universidad Nacional que pronuncié el 7 de octubre de 1935.

Fueron años de lucha, el fundar una institución de educación superior que permitiera acceder a un centro de estudios no fue fácil. Hubo voces disidentes del porqué debía invertirse en una obra como esta, pero siempre fui fiel creyente de que solo a través de la educación se puede salir adelante, tal como lo había señalado con antelación: “…al menos esta modesta Universidad Nacional ofrece a todos los panameños igualdad de oportunidad en la cultura superior; suprime de un solo tajo la restricción de esa cultura para el pueblo, considerada hasta aquí como un privilegio de los ricos o de los favorecidos por la suerte”. (Davis, 1985, p. 26)

Esta Institución se logró crear el 7 de octubre de 1935 según Decreto Presidencial no. 29 del 29 de mayo de 1935, bajo la presidencia de Harmodio Arias Madrid, e inició clases el 8 de octubre con una matrícula de 175 estudiantes en las carreras de Educación, Comercio, Ciencias Naturales, Farmacia, Pre Ingeniería y Derecho, en turno nocturno, en uno de los pabellones del Instituto Nacional, donde yo era el rector.

El presidente, para no crear un conflicto, me designó en los dos cargos: rector del Instituto Nacional y rector de la recién creada Universidad Nacional. Durante la administración del presidente Enrique A. Jiménez, el Gobierno compró alrededor de sesenta hectáreas en el barrio El Cangrejo, las cuales se destinaron para la construcción de un campus universitario y la Escuela de Artes y Oficios, “Melchor Lasso De La Vega”.

La primera piedra de la universidad fue colocada el 2 de octubre de 1947, y el 9 de octubre el presidente Enrique A. Jiménez y yo decidimos trasladar el monumento a Miguel de Cervantes Saavedra de la plaza de Cervantes, luego plaza Porras, al nuevo Campus, a un costado de lo que sería el edificio de Biblioteca y Administración. En esa oportunidad pronuncié un discurso, lo recuerdo:

 

Desde aquí saldremos con valor y denuedo por todos los caminos, a combatir entuertos, agravios e injusticias. Sin odios, pero sin dobleces, sin insultos, pero con firmeza y dignidad; sin vanas ostentaciones superfluas, pero sin admitir los amos de la mediocridad vacía; sin complejos de inferioridad, y seguros de nosotros mismos en nuestra calidad de hombres amantes de la cultura. Con la conciencia clara de que somos un pueblo con personalidad propia, dispuestos a labrar su destino, auncuando en el camino, como el Quijote de la Mancha y su escudero sin par, tengamos que sufrir injusticias de toda naturaleza, desconocimiento de nuestros derechos, caídas y derrotas. Siempre con fe en el proverbio árabe que afirma “los perros ladran, cuando la caravana pasa”. Aquí quedará nuestro Quijote de la Mancha como símbolo sagrado de inspiración constante, no como un discípulo, sino como un maestro, para defender las bases de nuestra soberanía y de nuestra identidad, mirando hacia el canal, desde las puertas de nuestra universidad. (Conte Porras, 2002, p. 29)

 

Luego se llevó a cabo un concurso para el plan maestro del campus. La firma de arquitectos de Ricardo J. Bermúdez, Octavio Méndez Guardia y Guillermo De Roux lo ganó y, en consecuencia, se diseñaron los primeros edificios. Las obras fueron dirigidas por el ingeniero Alberto de Saint Malo, quien era el decano de la Facultad de Ingeniería y Arquitectura.

Las obras comenzaron en enero de 1948, y el 29 de mayo de 1950 comenzaron las clases con los primeros cuatro edificios: Administración y Biblioteca, Humanidades, Ingeniería y Arquitectura y Laboratorio de Ciencias. Con motivo del cincuentenario de la república, inauguré de manera oficial el campus, el 1 de noviembre de 1953, y doné un monumento que constituye el símbolo del estudiante en busca de superación.

Un ciego con las manos en alto en busca de la luz, que bauticé con el nombre “Hacia la luz”, pues quien camina hacia la luz, camina hacia el amor, hacia la esperanza, hacia el bien, hacia la verdad. Con amor y esperanza será fácil en esta nuestra ciudad universitaria nacer cada día, ensanchar el horizonte de nuestras aspiraciones y elevar las mentes por la fe en la cultura. (Saéz, 1966, p. 12) Puse todo mi empeño para que en la Facultad de Derecho se erigiera el primer monumento a Justo Arosemena, panameño sin paralelo, y lo designé como “patrono de la universidad”.

La creación de la Universidad Nacional fue mi obra cumbre, la que más me enorgullecía debido a que sería la universidad del pueblo panameño. Miro en retrospectiva lo que ha sido mi vida y me siento satisfecho, porque —creo— logré mis objetivos.

 

Bio-retrospectiva de Octavio Méndez Pereira

Nací un 30 de agosto 1887, en Aguadulce, un pueblo tranquilo de la provincia de Coclé. Crecí en medio de una familia numerosa y acomodada. Mi padre se llamaba Joaquín Méndez, y mi madre, Micaela Pereira. Fui el segundo de los doce hijos que ellos engendraron.

Mis estudios primarios los realicé en Aguadulce y luego me enviaron a continuar estudios secundarios en la Escuela Normal de Varones, en la capital, regentada por los hermanos cristianos. Me gradué de maestro en 1907 y gané premio por dos composiciones literarias: “La tarde” y “Libertad y licencia”. Creo que esto y el haberme graduado con honores, con un elevado índice académico, me permitió ganarme una beca otorgada por el Gobierno para continuar mis estudios en la Universidad de Chile, donde me distinguí por mi dedicación al estudio y a la vida literaria. Obtuve el título de Profesor de Estado en 1912.

Durante ese lapso también me certifiqué como Contador Comercial, Agrícola y Bancario del Instituto Mercantil de Santiago de Chile; además de estudios de Jurisprudencia y un curso completo de Arte, en la Escuela de Bellas Artes. Mi inquietud por las letras era evidente, y fundé y redacté la revista Andina, y colaboré con prestigiosos periódicos como El Mercurio y Diario Ilustrado. En julio de 1912 representé a Panamá en el tercer Congreso Internacional de Estudiantes Americanos, celebrado en el Perú, y fui nombrado como vicepresidente de esa Asamblea.

En este escenario, presenté los trabajos “La higiene del estudiante” y “Profesor extranjero en América”, los cuales fueron aprobados por el Congreso. De regreso, en 1913, me incorporé como docente en el Instituto Nacional, donde luché por una educación nacional con calidad y equidad.

Años más tarde, 1918, fui su rector. En marzo de 1923, el doctor Belisario Porras me pidió formar parte de su gabinete como Secretario de Instrucción Pública. Acepté, ya que me daría la oportunidad de desarrollar un amplio proyecto educativo; de ahí la expresión “Mi labor en el despacho de Instrucción Pública será de viva acción”. Así fue. Fundé escuelas y bibliotecas, di todo mi apoyo a la Asociación de Maestros de la República, establecí el fondo de recompensa para el maestro, establecí la ley orgánica de educación haciéndola destacar por la amplitud liberal de sus perspectivas. Gracias a esta ley, se decretó el día del Maestro, el día de la Escuela, el día del Libro.

Además, doté a las escuelas primarias de libros de textos nítidamente impresos y empastados para casi todas las asignaturas de los diferentes grados, de manera gratuita, a todos los estudiantes. Todo esto para engrandecer y afianzar nuestra nacionalidad. No solo me desempeñé en cargos educativos sino que también fui diplomático: Misión en Chile, 1921; embajador especial a la toma de posesión del general Gerardo Machado en Cuba, 1925; enviado extraordinario y ministro plenipotenciario ante los gobiernos de Inglaterra y Francia, 1926; delegado ante la Liga de las Naciones 1927 y 1930, y delegado a la Conferencia Internacional del Trabajo. Cada vez que viajaba, veía cómo cristalizar mi propósito: la redención por la cultura y la creación de la Universidad Nacional. Mi obra maestra, mi obra cumbre.

Siempre proclamé la exaltación de los valores humanos que constituyen la esencia de todas las civilizaciones y lucha por elevar el rango moral del hombre en sí. Mi arma fue el desarrollo de la cultura, debido a que es una manera de impulsar el progreso, la civilización; además, armoniza la sociedad, elimina las barreras fronterizas y abre horizontes a la fraternidad continental y universal. Mi teoría es que la cultura coadyuva al hombre a superarse. Considero que:

 

La cultura general sería llamada a realizar el milagro de la redención de nuestra nación, porque ella inspira un elemento sobre el cual gravita la responsabilidad directa del futuro, y al cual le tocará constituir la clase dirigente de la sociedad y resolver con clara visión de nuestro pasado y nuestro porvenir. (Real de González, 1960, p. 25)

 

Algunos críticos y estudiosos me han ubicado en la primera generación republicana a la que también pertenecieron hombres ilustres como Ricardo J. Alfaro, Harmodio Arias Madrid, Jeptha B. Duncan y Ricardo Miró, quienes vivimos las agitaciones de la guerra de los Mil Días y alcanzamos la juventud justo con el nacimiento del estado nacional panameño. Un gran estudioso como Rodrigo Miró señaló que fuimos “ciudadanos casi enseguida de un Estado nacido en coyuntura dificilísima por razón de circunstancias contra las cuales nada pudimos, para ellos el fomento de la instrucción popular devino en aspiración irrenunciable, y el afirmarse en lo propio panameño, una necesidad”. (Miró, 1967)

 

Méndez Pereira y las letras

Otra de mis inquietudes eran las letras; pero, claro, con un estilo fluido, ágil, directo. Incursioné no solo en el campo educativo sino en el estudio de la gramática, la crítica literaria y en las crónicas de viajes.

En 1916, cuando cumplí los veintinueve años publiqué la monografía “Historia de la Instrucción Pública en Panamá”, en la cual recopilé información dispersa y con ella formé un cuadro orgánico, evolutivo y comprensible de la educación en nuestro medio.

Años más tarde los adicioné a mis memorias, cuando me desempeñaba como Secretario de Instrucción Pública. Ese mismo año apareció Parnaso panameño, 1916, el cual es un laborioso y patriótico esfuerzo por rescatar de la indiferencia y el olvido un ingente caudal de textos y noticias indispensables para la ulterior estructuración de la historia crítica de nuestra poesía.

Dos años más tarde, 1918, escribí Notas y bocetos, que reúne un conjunto de ensayos. Participé en un concurso sobre la biografía de Justo Arosemena, 1919. Para ello realicé una vasta investigación en los archivos particulares, donde se encontraba inédita gran parte de la obra de este insigne panameño.

Escribí artículos como columnista de La Estrella de Panamá, donde meditaba sobre la necesidad de una cultura superior y algunos de mis discursos universitarios. Además, publiqué un ensayo de interpretación histórica titulado “Panamá, país y nación de tránsito”, donde reflexiono sobre Panamá y su destino de ser país de tránsito. Cuando culminé mi participación en los gabinetes de Belisario Porras y Rodolfo Chiari, viajé a Europa con la representación diplomática de la república ante los gobiernos de Francia y Gran Bretaña.

Viví en París y Londres, y recorrí el continente. Esta experiencia duró un lustro, lo cual enriqueció mi personalidad intelectual. Durante ese lapso, con mayor madurez, escribí Emociones y evocaciones (1927) y Fuerzas de unificación (1929). El primero son notas de un viajero culto y sensible que va acotando sus vivencias por España, Francia, Bélgica, Italia, Inglaterra, Alemania y Austria. El segundo es una colección de reflexiones, hijas de la observación del fenómeno político y cultural durante estos años en Europa.

Regresé a mi terruño a raíz de los sucesos de enero de 1931. Entonces, edité, con mi compañero José Dolores Moscote un periódico de literatura e ideas, La Antena, el cual fue un orgullo de nuestra prensa ideológica. En 1932, luego de dictar un cursillo en la Escuela Normal de Institutoras, escribí el libro de texto Literatura Nueva.

Durante mis años de estudio en Chile era vecino de José Toribio Medina, gran investigador, quien me suministró información sobre documentos inéditos para reconstruir la vida de Vasco Núñez de Balboa y de la toma de Panamá por los piratas, nuestro pasado colonial.

De ahí surgió mi Tesoro del Dabaibe, 1934, reeditado después en Argentina y España con el título de Núñez de Balboa. Esta es una novela histórica o biografía novelada del descubridor del océano Pacífico, alto logro de la literatura novelesca, según lo sugiere don Rodrigo Miró. En 1940, vio la luz Tierra Firme, sobre aspectos de la vida colonial. Fui miembro fundador de la Academia Panameña de la Historia y de la Academia Panameña de la Lengua.

Fui distinguido por la Asamblea General del Magisterio en solemne acto como Maestro de Juventudes, 1930, como amigo y protector de estudiantes, profesores y maestros. Además, con el título de Doctor Honoris Causa de la Facultad Nacional de Derecho y Ciencias Políticas de Panamá, y también con numerosas condecoraciones tales como: Oficial de la Legión de Honor de Francia; Gran Cordón del Libertador, Venezuela; Oficial de la Orden del Sol, Perú; Orden de la Cruz Vasco Núñez de Balboa, Panamá; Gran Oficial de la Orden Carlos Manuel de Céspedes, Cuba; Comendador de la Orden de Carlos iii, España; Comendador de la Orden del Águila Azteca, México; Gran Oficial de la Orden de Boyacá, Colombia; Medalla de Mérito, Chile y Venezuela; Medalla de la Solidaridad de Panamá. (Herrera, 1969, pp. 2-3).

Esta ha sido una visión retrospectiva de mi vida, la cual se vio colmada de triunfos y grandes logros. El mayor, como lo he reiterado en diversas ocasiones, fue la creación de la Universidad Nacional, mi obra cumbre. Un año después de haber inaugurado el campus en El Cangrejo, las parcas llegaron el 14 de agosto de 1954, debido a una lesión cardiaca. Me voy con la seguridad de que mi legado será fructífero para las futuras generaciones y sé que muchos insignes pensadores analizarán mi obra.

 

El pensamiento de Octavio Méndez Pereira

La obra y legado de Méndez Pereira han sido analizados y estudiados por insignes pensadores, quienes han escudriñado sus escritos y su vida dedicada al desarrollo de la cultura y la nacionalidad. La doctora Matilde Real de González recoge algunas de estas manifestaciones. Una de ellas es la del doctor Ricardo J. Alfaro, quien sostuvo que:

 

Se rememora asimismo la robustez de su pensamiento, ataviado siempre con las galas del estilo; su devoción a las grandes figuras de la historia, expresada en libros y folletos de aquilatado mérito histórico y literario; su brega constante por todo lo que significa para el hombre libertad, dignidad, derecho, fraternidad y justicia… (Alfaro, 195556, p. 12).

 

La revista Universidad no. 35, que recoge el pensamiento de ilustres panameños sobre Octavio Méndez Pereira, reproduce el texto de la doctora Real de González, “Octavio Méndez Pereira, figura cumbre de la literatura panameña”, 1960. Miguel Mejía Dutary expresó lo siguiente: “Extrajo el doctor Méndez Pereira de la cultura, la sabiduría de la vida que esta encierra, y por eso es el humanista el tipo intelectual que mejor lo define”.

Narciso Garay Preciado acotó: “Méndez Pereira fue un hombre integral: la plenitud de sus concepciones corría pareja solamente con la nobleza de sus propósitos y la elevación de sus miras”. Jorge Illueca señaló: “Cuando la patria vagaba por las calles sin maestro, Méndez Pereira la tomó de la mano y la inició en la búsqueda de su propio futuro”. José Isaac Fábrega escribió: “Méndez Pereira fue en sí mismo, en su conformación mental y en su carácter, en su fecunda actividad polifacética, la completa y simbólica reunión del porvenir, del hoy y del pretérito”.

Diego Domínguez Caballero afirmó: “Hemos de acercarnos vivencialmente al Maestro, ya que su intención solo se nos dará en el comprender; luchar; vivir; angustiarnos, por lo mismo que él vivió, luchó y se angustió, y moralmente en seguir su ejemplo”. Baltasar Isaza Calderón: “Con justicia puede afirmarse que dejas tras tu partida memoria de esas que dignifican y enaltecen la estirpe humana.

El pueblo panameño la guardará con orgullo y hará de ella altar para renovar tu recuerdo y recoger tu enseñanza”. Para Ricardo J. Bermúdez “Méndez Pereira, como adalid de quienes confiamos en la supremacía de los valores del espíritu, supo representarnos con el obstinado rigor que su apostolado exigía”. Gil Blas Tejeira: “Que Dios le dé a Panamá muchos hombres con los temores de Octavio Méndez Pereira, los que inquietan el más esforzado corazón ante el peligro de que caiga el mal sobre lo que es bueno.

Porque esos temores solo anidan en el pecho de los hombres superiores”. Para Eric Ramírez, sobre Méndez Pereira: “La verdad fue siempre su lema, y cuando en medio de las turbulencias que las pasiones levantan no había voz alguna que pusiera paz y sosiego a aquellas, la suya se levantaba admonitiva, serena y digna para señalar errores y poner el dedo en la llaga”. Eduardo Ritter A., manifestó: “En el nombre de Octavio Méndez Pereira luchemos sin desfallecimiento ni trepidaciones por que no mueran los principios que él sostuvo, y por que nuestra Universidad sea siempre una avidez de auroras y un paso seguro hacia la luz.” (citado en Real de González, 1960, pp. 12-13).

Stella Sierra, en el centenario del nacimiento del Maestro de Juventudes, publicó el ensayo “Octavio Méndez Pereira, Maestro del ideal”, donde realiza una semblanza del Maestro. He aquí algunas de sus consideraciones:

 

Sobre la universidad:

La misión que ha de cumplir la universidad, ante el fracaso de la educación en el mundo, no puede ser ya solo la de ofrecer el saber para preparar las profesiones y enseñar a investigar, sino, además y sobre todo, la de enseñar al hombre a encararse a la vida como persona libre de espíritu y de albedrío, sin amos y sin yugos, en un ideal democrático, creador y generoso de integración humana. Con todos los errores, todos los defectos y todas las responsabilidades que pesan sobre la cultura, esta, no obstante, es la que sale al frente de los problemas esenciales del hombre y en ella ponen su fe las generaciones cuando se trata de salvar sus valores fundamentales, cuando hay que luchar por un ideal de justicia o cuando se necesita alzar la voz de rebeldía para la defensa de las raíces y sustancias del porvenir. Sobre la cultura como expresión del espíritu: La finalidad de ganarse la vida en Panamá, sin grandes esfuerzos, por influencia del canal y de dos guerras mundiales, también por nuestra posición geográfica y nuestro carácter de pueblo comerciante, ha hecho, en efecto, surgir en nuestra sociedad un crudo sentido materialista de la vida que funda toda superioridad, toda ambición y todo esfuerzo en ganar dinero y adquirir poder económico. Sin idealidad, sin abnegación, en la frenética carrera por el placer y el goce inmoderado de los sentidos, nuestra sociedad da el ejemplo y la impresión de un vocerío de pregones y buhoneros de adulación servil y de entrega gregarias en cohesión, sin moral y sin destino. Y este materialismo, en que predominan los apetitos y la fiebre de lucro sobre idealidades, ha desatado instintos primitivos en las fuerzas inferiores, está minando todo sentimiento de solidaridad social y amenazando con llevarse en la corriente arrastradora y maleza también a la juventud, única esperanza de salvación de esta catástrofe. La defensa de Panamá (Declaración de Los Santos, 1947): No es cierto como se ha dicho que no se vive de dignidad. Se come y se vive de dignidad, cuando a esta dignidad la acompañan el trabajo y la honradez y la explotación de nuestra riqueza. Si llegan al extremo de abandonar el canal, muy improbable, viviremos dignamente explotando nuestros propios recursos. Faltará así la influencia a veces inmoral del turismo, y dejaremos de tener la espada de Damocles que actualmente nos amenaza constantemente. Viviríamos así para nosotros mismos, pero seríamos un pueblo con patria y con nacionalidad propia, que quién sabe si es lo que necesitamos. (Sierra, 1987, pp. 14-15).

 

Méndez Pereira fue un pensador que se adelantó a su tiempo. Si analizamos estas palabras, recogidas por Stella Sierra, observamos cómo él no se equivocó. En estos momentos vivimos como un país pujante, con sentido mercantilista, debido a nuestra privilegiada posición geográfica. El materialismo es lo que predomina, como también el servilismo mediático de quienes solo piensan en la adulación servil, carente de valores morales.

Él no llegó a verlo, pero el 31 de diciembre de 1999 se cumplió lo que señalaba en la Declaración de Los Santos: somos dueños absolutos del Canal y de la exzona del Canal. Y, sí, ellos abandonaron con lágrimas nuestro territorio y ahora explotamos nuestros recursos y somos un pueblo con patria y con nacionalidad propia. Matilde Real de González, en su enjundioso estudio Octavio Méndez Pereira: Una figura de la literatura panameña, analiza lo fundamental de su pensamiento en sus discursos.

Señala la escritora que el ejemplo europeo y las necesidades perentorias de su patria fueron los factores determinantes de la gestación de su pensamiento. Un fuerte sentimiento americanista genuino y profundo lo pone por encima de su nacionalismo. La clara conciencia de su continuidad literaria se nos muestra particularmente fecunda en su visión histórica de América, y de Panamá en particular.

Méndez Pereira es figura clave en la dirección del pensamiento panameño. Al crecer con la joven república, panameñidad y concepción del istmo son temas fundamentales, que informan en gran parte la estructura histórica de la ideología istmeña. En sus discursos se revela su doctrina, caracterizada en todo momento por la defensa de los fueros del espíritu. Propugnó por un idealismo que pudiera conciliar la concepción científica del mundo y de la vida. Su pluma, valerosa y limpia, estuvo al servicio de las causas más justas de su patria.

No se contentó son escribir novelas, sino que intervino en el campo educativo, cultural, patriótico y político, para enaltecer el pensamiento de los panameños. Sus discursos sintetizan esas cualidades, y por eso han sido objeto de un cuidadoso estudio. Entre los muchos discursos literarios que escribió, tenemos el que pronunció con motivo del centenario de Martí, en el cual resaltan las virtudes de la forma literaria y su línea de pensamiento. Así dice:

 

[…] y aquí está Martí con nosotros, a los cien años de haber nacido. Aquí podrá decirnos de nuevo con esa autoridad del amor que ya se han cansado nuestras frentes de que se tome sobre ellas la medida de los yugos. Aquí su noble frente pensadora podrá concebir de nuevo para confesarlo a todos los hombres de América que la Libertad cuesta muy caro y es necesario, o resignarse a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio. (Real de Gónzález, página web).

 

En la obra titulada Fuerzas de unificación, escrita por Méndez Pereira durante su permanencia en Europa, en 1927, ahonda en lo medular de su pensamiento como escritor, En este libro se afirman las cualidades de estilo que se habían revelado en sus anteriores trabajos. Sintetiza el autor su concepto del hombre europeo como fruto esencial de tres influencias determinantes: lo romano (que contiene elementos normativos del espíritu en lo jurídico y lo militar), lo religioso y lo formal.

Con esta base, adviene el hombre europeo en formación a la influencia de su nuevo factor determinante: el cristianismo, que aporta lo subjetivo en la moral y al mismo tiempo proclama una moral unificada, que exige en el examen de sí mismo el conocimiento de la sutil y fecunda vida interior, y establece la igualdad entre los hombres. Y la influencia griega, por su parte integra la inteligencia europea, la firmeza y la solidez de su saber; la nitidez, la pureza y la distinción de su arte, que disciplina el espíritu para la perfección, que descubre el método de pensar y mantiene la armonía entre el cuerpo y el alma. “Toda tierra que termina romanizada, cristianizada y sometida al influjo del espíritu helénico es absolutamente europea”.

Definido así lo europeo, Méndez proclama su filiación occidental y entra en materia como parte integrante del fenómeno, que estudia con su estilo de siempre: en cortas crónicas, que constituyen un rosario perlado de unidades en cadena, cada una de las cuales encierra un valor propio dentro de la misma temática. Reconoce la existencia de las dos Américas, y sostiene que “el hispanoamericano aporta a la concepción global del americanismo, lo mismo que el americano de origen sajón, una fuerza creadora juvenil con una base fundamental europea y nuevos elementos originales propios de su carácter”.

Pese a reconocer la existencia de las dos Américas en punto a lo ideal y a lo humano, el autor cree en el panamericanismo por dos razones fundamentales: concibe y acepta, dentro de su panamericanismo, la unión hispanoamericana, “ya que tenemos el mismo idioma, el mismo origen y los mismos problemas, no para alzarnos contra los otros pueblos, sino para hacer posible el ideal de la fraternidad humana”.

En su afán globalizante del progreso dentro de la fraternidad humana, Méndez considera la educación generalizada como el arma inicial y más poderosa. Si se da a los problemas económicos, industriales, comerciales, políticos o defensivos un valor preponderante sobre la educación, dice, se está poniendo el caballo frente a la carreta, pues no pueden surgir los hombres capaces de resolver los problemas precedentes si ellos en sí no han sido formados como la obra más importante y primordial.

En su obra Emociones y evocaciones, nos ofrece una serie de crónicas, escritas a lo largo de un viaje por toda Europa, que inicia con su entrada a España. El tema es el viaje, y se apoya en lo que ve y en lo que evoca; no es la crónica estudiada, escrita con toda premeditación y sosiego, sobre notas y datos compilados a lo largo de un viaje interesante. Méndez Pereira también ofreció un homenaje a Sor Juana Inés de la Cruz, en el tercer centenario de su muerte, y escribió:

 

Yo no admiro tanto en Sor Juana su precocidad, su sabiduría o su facilidad de versificación… Yo la admiro sobre todo cuando canta sus penas, sus alegrías y sus ansias de amor. El amor la torturaba de verdad, pero el amor la redimía y el amor la hacía inmortal en las la lengua castellana. (Real de González, 1960, p. 20).

 

En 1952, al cumplirse los 150 años del natalicio de Víctor Hugo, autor de Los miserables, el rector Méndez Pereira organizó un acto en homenaje al ilustre romántico por quien se sentía atraído por su genio creador. El maestro también fue un gran admirador de Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, y escribió un discurso titulado “En las bodas de plata de Doña Bárbara en la literatura”, en donde expresaba “como el gran Sarmiento para la Argentina de la Pampa, Rómulo Gallegos plantea para la Venezuela el llano, la lucha entre la civilización y la barbarie que ha sido y continúa siendo el drama de nuestra patria”.

 

Octavio Méndez Pereira: Por qué soy liberal

“Por qué soy liberal” es una carta-respuesta a “un amigo que me la hizo”, en la que afirma:

Sin llegar al estatismo absoluto que destruye la libertad en la concepción totalitaria, sea ella comunismo, nazismo o fascismo, la doctrina liberal, ya lejos de la evolución de los tiempos del laissez faire manchesteriano, puede valerse de la intervención del Estado para defender el individualismo contra los excesos del individualismo, y evitar las injusticias y desequilibrios del libre juego de las actividades privadas, económicas, políticas y sociales […] Se equivocan los que vean una contradicción entre la libertad del individuo y la intervención socialista del Estado para asegurarle un mínimum económico vital. Este último constituye en el fondo la base y la clave de aquella libertad. (Moreno Davis, 1985, p. 6).

 

Para Moreno Davis, la posición político-ideológica del doctor Méndez Pereira encaja adecuadamente en los postulados del Estado neoliberal…[y] si en el plano político el doctor José Dolores Moscote, el doctor Eusebio A. Morales y Guillermo Andreve propiciaron este reformismo liberal, en el pedagógico los doctores Jeptha B. Duncan, José Daniel Crespo y Octavio Méndez Pereira hicieron lo propio promoviendo la “democratización de las escuelas, la socialización dirigida de la personalidad, reivindicación del trabajo manual, proyección de la escuela en la comunidad, estímulos a un prudente feminismo, oposición al academicismo, coeducación y antiintelectualismo pragmático”. (ibíd., p. 7).

 

Octavio Méndez Pereira y la Universidad Nacional

La Universidad de Panamá está vinculada de manera íntima con el doctor Octavio Méndez Pereira. Fue su sublime obsesión. Le dio tanto la estructura como la forma. En dos ocasiones se separó de ella para que continuara fortaleciéndose, y cuando regresaba, se incorporaba con más ímpetu. Para Diego Domínguez Caballero:

 

[…] nunca las universidades han tenido una responsabilidad tan grande como en la época presente en la cual la civilización occidental ha sufrido y sigue sufriendo una de las pruebas más duras de toda su historia. Y quizás pocas universidades tienen en la tierra una misión tan delicada que cumplir como la nuestra. Debemos darnos cuenta de nuestra posición de pueblo débil, casi indefenso, con peligro de ver desaparecer a cada momento nuestra personalidad y de ser agobiados por los complejos más desesperantes”. (Domínguez, 1955-56, pp. 29-30).

 

De esto era consciente el maestro Octavio Méndez Pereira. Por tal motivo, luchó para que la creación de la Universidad Nacional fuera una realidad, y algunos estudiosos señalan el periodo comprendido entre 1913 y 1935 como el lapso que le sirvió para asentar las bases teóricas y prácticas para alcanzar su objetivo.

La idea de un proyecto de universidad no es algo que surgió a la ligera, de forma casual, sino un acto meditado, madurado a través de los años como Secretario de Instrucción, y su experiencia como rector del Instituto Nacional sirvió de base para la concepción de lo que debía ser la Universidad Nacional. En el Modelo Educativo de la Universidad de Panamá, que aparece en su página web, se recoge cómo surgió esta, de la cual se encuentra a continuación una síntesis.

La Universidad Nacional sería una de las universidades estatales más jóvenes de la América Latina. El primer intento de una universidad en Panamá fue la de los padres jesuitas, en 1749, cuando fundaron la Real y Pontificia Universidad de San Javier, a cargo del religioso panameño Francisco Javier de Luna Victoria y Castro.

Esta funcionó hasta el 1767, cuando, por orden del rey Carlos ii, fueron expulsados los jesuitas de América. Luego de lograda la independencia de España y durante el lapso en que Panamá se unió voluntariamente a Colombia se realizaron algunos intentos de establecer un centro de estudios superiores, pero todos fueron efímeros.

Surgieron así, la Universidad del Istmo, en 1842, en el marco del movimiento independentista que llevó a Tomás Herrera a crear el Estado Libre del Istmo. Con el retorno de Panamá al seno de la Nueva Granada, se desvanecieron los esfuerzos por crear la universidad. Lograda la separación de Panamá de Colombia en 1903, el nuevo gobierno se propuso elevar el nivel educativo y cultural del país, razón por la cual se creó el Colegio Universitario de Panamá, en 1904.

En 1912, el rector del Instituto Nacional propuso la creación de la Universidad Panamericana, pero el proyecto no cristalizó. El desarrollo del Estado panameño demandaba la capacitación de profesionales, que se harían cargo de afrontar las diversas y complejas tareas del país. Para ello se fueron creando cursos y escuelas de formación profesional, que constituyen los antecedentes inmediatos de la Universidad de Panamá.

El presidente Ramón M. Valdés, en 1918, dicta el Decreto no. 7 del 25 de enero, por el cual se instituyó la Facultad Nacional de Derecho y la Escuela de Derecho y Ciencias Políticas, que ocuparían los edificios del colegio de educación media, el Instituto Nacional. Dos años después, se crea la Escuela de Farmacia y Agrimensura, y los cursos libres superiores de Matemáticas, Castellano y otros.

El secretario de Instrucción Pública, doctor Octavio Méndez Pereira, asiste como presidente de la delegación de Panamá al tercer Congreso Científico Parlamentario, celebrado en Lima (1924), en el seno del cual propone la creación de la Universidad Interamericana o Bolivariana de Panamá, que funcionaría con los auspicios de los gobiernos americanos, en honor a Bolívar y en conmemoración del primer centenario del Congreso Anfictiónico de 1826.

Esta proposición fue acogida, y el citado Congreso emitió sendas resoluciones para que esta fuese una realidad. Las gestiones continuaron con la celebración del Congreso Bolivariano, celebrado en Panamá en 1926, cuando el doctor Octavio Méndez Pereira, en calidad de secretario de Instrucción Pública y el presidente Rodolfo Chiari, firmaron el Decreto 50 del 22 de junio de 1926, que creó la Universidad Bolivariana.

Sin embargo, la falta de interés de los gobiernos americanos en patrocinar la universidad, hicieron que este empeño se postergara. Solamente quedaba de este proyecto el edificio que ocupa el Laboratorio Gorgas, construido como parte de la Escuela de Medicina de la Universidad Bolivariana que no llegó a funcionar.

En 1933 se produjo un hecho muy significativo en el campo de la educación superior: por iniciativa de la sociedad denominada Acción Comunal, se fundó la Universidad Popular, con el propósito de que el pueblo panameño tuviera acceso a la educación superior. La Universidad Popular de Acción Comunal funcionaba durante las noches en el local de la vieja Escuela de Artes y Oficios. Los cursos fueron clasificados en tres grupos principales: Derecho, Estudios Sociales y Cursos de Extensión Artística y Pedagógica.

Posteriormente, en 1933 se estableció el Instituto Pedagógico con el propósito de formar el personal docente de los planteles del país. La idea de una universidad estatal finalmente cristalizó y bajo el gobierno del doctor Harmodio Arias Madrid, los panameños vieron convertidos en realidad sus esfuerzos, y, bajo el Decreto no. 29 del 29 de mayo de 1935, se inaugura, el 7 de octubre de ese año, la Universidad Nacional de Panamá, y se designó como primer rector al doctor Octavio Méndez Pereira. Su sueño se ha visto cristalizado ya que la Universidad de Panamá ha jugado un rol importante en el desarrollo de la cultura y la lucha por la defensa del territorio nacional y por nuestra soberanía. Para el doctor Porfirio Sánchez Fuentes, en el artículo “Octavio Méndez Pereira y su momento histórico”, señala que:

 

[…] Esta generación de hombres nos han legado mucho y su misión no ha concluido, pues están sus discípulos y todos los panameños patriotas que encaminan sus pasos a la fuente de inspiración de sus palabras sin posturas patrioteras. Sus valores académicos, culturales y morales deben darse a beber a las juventudes como modelo digno de imitar […] La situación en su momento presentaba algunos rasgos comunes a la actual, pero cada etapa con sus particularidades históricas. Fueron grandes y enormes los objetivos que debió emprender la generación de Octavio Méndez Pereira […] El rescate de los valores culturales se concibe como actividad trascendental […] (Sánchez, 1988, pp. 12-13).

 

Consideraciones finales

Recopilar y sintetizar la biografía de un personaje como el doctor Octavio Méndez Pereira no es una labor fácil, debido a lo multifacético de su personalidad. Hombre culto, quien se adelantó a la época en la cual le tocó vivir, poseía una facilidad para desenvolverse en diferentes escenarios: educador, diplomático, político, pensador, orador y —en cada uno de ellos— se destacó por su intachable y ejemplar conducta ética y moral.

Su obra cumbre fue la creación de la Universidad Nacional en 1935, un centro de estudios que permitiera una educación de calidad. Hoy, en pleno siglo XXi, el pensamiento de Méndez Pereira continúa latente y han sido muchos quienes han incursionado en su obra, la han analizado y la han estudiado. Todos coinciden en la pertinencia del pensamiento y legado del Maestro de Juventudes: una universidad donde todos pueden obtener las competencias necesarias para desempeñarse como profesionales probos.

El doctor Octavio Méndez Pereira puede descansar en paz, pues el espíritu de la creación de su obra maestra, la Universidad Nacional, permanece: ha sido un valioso legado para todas las generaciones que han pasado por esta noble institución.

 

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