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    Carlos Alberto Mendoza, Maricarmen Sarsanedas,

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Omar Torrijos

by: Carlos Alberto Mendoza, Maricarmen Sarsanedas,

  Omar Torrijos Herrera: Estadista y mito Instinto, carisma, viveza criolla con sabor a campo; la encarnación de una manera de ser que tenía encanto. Un tipo genuino, sencillo y desconfiado, que siempre dijo lo que pensaba, y que no consideró su jerarquía como fuente de bienes personales. Así era Omar Efraín Torrijos Herrera, “una mezcla […]

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Es abogado e historiador panameño. Después de la restauración democrática en Panamá ejerció el periodismo, desempeñándose como director del diario El Panamá América, y director editorial de Crítica Libre. Fue el primer presidente de la Autoridad de la Región Interoceánica, que se encargó de la administración de los bienes que fueron revirtiendo a Panamá, de acuerdo con lo pactado en los Tratados Torrijos-Carter. Con posterioridad, y por casi cinco años, desempeñó el cargo de embajador de Panamá ante la República de China, con sede en Taipéi, Taiwán. Como historiador ha publicado libros sobre historia del Istmo, durante los siglos XIX y XX. Su ejercicio profesional como abogado ha girado siempre alrededor del Derecho Laboral.
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Licenciada en Periodismo, con una maestría en Comunicación Corporativa y una especialidad en Docencia Superior. Ha trabajado como corresponsal de las agencias de noticias internacionales Reuter y Notimex; ha sido reportera, presentadora y productora de noticias en Canal 2 y reportera y jefa de redacción del diario El Panamá América. Además, ha producido programas educativos en RPC y Telemetro y en la radio KW Continente. Ha colaborado como redactora y editora en numerosas publicaciones. Fue directora de Información de la Autoridad de la Región Interoceánica durante el proceso de reversión de las bases militares estadounidenses. Es consultora de comunicación y ha dictado cursos sobre manejo de medios y redacción periodística. Actualmente trabaja en la oficina de Comunicación Corporativa de la Autoridad del Canal de Panamá donde es editora de su revista oficial, El Faro.
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Omar Torrijos Herrera: Estadista y mito

Instinto, carisma, viveza criolla con sabor a campo; la encarnación de una manera de ser que tenía encanto. Un tipo genuino, sencillo y desconfiado, que siempre dijo lo que pensaba, y que no consideró su jerarquía como fuente de bienes personales. Así era Omar Efraín Torrijos Herrera, “una mezcla de burro y tigre” como alguna vez lo calificó Gabriel García Márquez, al destacar lo que llamó su astucia certera y la terquedad infinita de la mula que lo caracterizaba. Aunque le reconocen sus ejecutorias como gobernante —especialmente en lo concerniente a los tratados del Canal—, para sus adversarios políticos Omar Torrijos fue un dictador, pues accedió al poder mediante un golpe de Estado y mientras lo ejerció las libertades públicas y la actividad político-partidaria fueron limitadas. Torrijos fue la antítesis del estereotipo del líder político panameño; con una imagen y actuar urticante para algunos. Fue leal a su institución militar y a su familia. Nació de un matrimonio de educadores, pero tuvo una educación deficiente: en Panamá recorrió sin mucho éxito varios colegios —el Artes y Oficios, el Instituto Nacional y la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena—y los completó en la Academia Militar de El Salvador. El liderazgo de Torrijos fue la negación de lo que había sido el típico gobernante panameño hasta entonces, aún en el caso de los caudillos panameños más vinculados al pueblo, Belisario Porras y Carlos A. Mendoza, quienes evitaron manifestar demasiado abiertamente sus simpatías por los más necesitados, por los excluidos de las élites gobernantes. En cambio, el instinto de Torrijos lo llevó sin rodeos ni disimulos al pueblo. “El que da cariño, recibe cariño” fue uno de sus dichos más populares que le ganaría la admiración de los pobres, de los obreros, y campesinos, así como la animadversión del poder económico desligado por él del poder político. Torrijos fue producto de un pueblo pobrísimo, de un ambiente decadente, en una época de grandes desigualdades sociales y económicas. Veraguas, la tierra donde nació, estaba atrasada, era predominantemente conservadora, latifundista; una provincia pobre, con el mayor índice de analfabetismo. En el orden político Veraguas era conocida por los llamados “paquetazos de Veraguas”, en alusión a fraudes electorales fraguados en las décadas del treinta y cuarenta del siglo xx. Los padres de Omar, José María Torrijos, un seminarista colombiano oriundo del Valle del Cauca, y Joaquina Herrera, panameña, eran maestros de enseñanza primaria que laboraron en caseríos misérrimos de la provincia. A Omar, el octavo hijo, le tocó conocer de cerca un medio de limitadísimos horizontes culturales, economía primitiva y relaciones sociales arcaicas. Pero como muchas familias del interior, sus padres formaron una numerosa prole con principios elementales de honradez, comportamiento social y respeto por los demás. El propio Torrijos reconoció haber nacido en un escenario de pobreza y limitaciones, pero un hogar respetable, “docente y decente”, como gustaba llamarlo; “una vida bastante salpicada de alegría”, diría años más tarde. Un padre contador de historias y leyendas marcó profundamente su vida. El joven Torrijos aprendió de sus padres a interesarse por el bien común, antes que el propio. Algunas cicatrices quedaron en su cuerpo producto de defensa ejercida en favor de compañeros más débiles. Omar viviría en Veraguas los primeros 17 años de su vida, con la interrupción de un año en el que lo enviaron a la capital a estudiar, primero al Artes y Oficios y luego al Instituto Nacional.

Torrijos fue producto de las escuelas rurales de su tiempo: macilenta planta física, inexistentes bibliotecas, pocos materiales de enseñanza. Se trataba de enseñar a leer, escribir, un módico de apertura de horizontes, matemáticas elementales, y… nada más. La Escuela Normal de Santiago recibe a Torrijos en sus aulas. Sus padres lo visualizaban como un futuro maestro. Grave error sin duda, porque nada en el futuro mostraría actitudes del niño en esa dirección. A los 14 años participaba en mítines políticos del colegio; y de esa época data una carta en contra de los dueños de las azucareras y en defensa de los obreros. Una hermana menor lo sorprendería vociferando a sus compañeros desde lo alto de la estatua a Urracá, en las afueras del colegio. A Torrijos lo salvó una beca para estudiar en la Academia Militar de San Salvador. Siendo alumno de quinto año de la Escuela Normal, se dio cuenta que Santiago no le ofrecía mayores perspectivas y, como tenía inclinación por la carrera militar, concursó y obtuvo beca que lo llevó a ese país centroamericano. Las limitaciones académicas, conceptuales, técnicas y de toda índole de estas instituciones eran muy grandes.

Los ejércitos centroamericanos no podían compararse, desde ningún punto de vista, con las castas militares del sur. A los 22 años al joven Torrijos le dieron el título de segundo teniente y un menguado bachillerato de Ciencias y Letras. Se impone, por ello, la conclusión de que la formación educativa de Omar Torrijos fue, por punta y punta, tercermundista. Su capacidad para valorar a los hombres y descubrir potencialidades en ellos era de orden genético, estaba en su esencia, más que fruto de ninguna formación académica o cultural. Torrijos vuelve a Panamá y se presenta ante su padre con el título recién adquirido. A la pregunta de qué hacer en adelante para ayudar a su gente, él le encarga una misión: deberá construir todas las escuelas posibles en su provincia. Años más tarde, Torrijos sentiría la satisfacción de haber cumplido, no solo en su natal Veraguas sino en todo el país.
Torrijos ingresa a la Policía Nacional en 1952. En ella, la influencia del comandante José Antonio Remón es determinante. La actitud de Remón frente a la candidatura presidencial de Domingo Díaz Arosemena en 1948, es decisiva. En el cuatrienio 1948-1952, luego del fallecimiento del presidente Díaz, Remón se convierte en el factótum de la política y del poder. Primero forzó la renuncia de Daniel Chanis quien, como primer vicepresidente había asumido la jefatura del Estado. Roberto F. Chiari como segundo vicepresidente fue llamado a sucederle. No obstante, la Corte Suprema de Justicia dictaminó que la renuncia de Chanis carecía de validez, por lo que Remón, en una decisión sin precedentes ordenó que los votos emitidos dos años antes se volvieran a contar.

El resultado fue distinto por lo que terminó instalando en la presidencia a Arnulfo Arias, quien había perdido frente a Domingo Díaz. Tiempo después forzaría también la salida de Arias, cuando éste trató de derogar la Constitución de 1946. Torrijos ve y siente, de primera mano, el peso específico que tiene el instituto armado en la vida política panameña. Es testigo del papel que juega la Policía en la lucha por el poder en Panamá, y cómo bajo la comandancia de Remón se erige en el fiel de la balanza de las disputas por alcanzarlo. En el cuatrienio 1948-1952 habían ejercido la presidencia cinco ciudadanos. De allí que varios partidos políticos se coaligaran en la Coalición Patriótica Nacional y postularan al mismo comandante Remón, como para decirle que, si iba a ejercer el poder lo hiciera desde la presidencia y no desde la comandancia. Remón, elegido como presidente, convertiría la Policía en Guardia Nacional en los primeros años de la carrera militar de Torrijos, quien en 1952 se inicia como subteniente, tres años después es ascendido a teniente; en 1956 obtiene el grado de capitán; cuatro años más tarde llega a mayor. En 1966 ya ha alcanzado el rango de teniente coronel y ocupa el puesto de secretario ejecutivo de la comandancia, entonces bajo el liderazgo del general Bolívar Vallarino, por quien Torrijos siempre sintió especial afecto.

La dirigencia de la Guardia Nacional durante este periodo evoluciona de elementos empíricos a personal con entrenamiento académico específico. Torrijos fue de los primeros oficiales de carrera en la estructura castrense panameña, una institución descrita por él como un gran componente humano que tenía jefes ambiciosos y deshonestos cuya premisa filosófica era que mientras más brutos los subalternos, más leales serían. “Y muchas veces tuve que hacer de bruto, sin tener mucha vocación por eso”, confesó en 1977 al periodista colombiano Fernando González Pacheco. Éste, entrevistado poco antes de su muerte dijo de aquella conversación que Torrijos era un tipo cerrado, hermético y que tuvo que darle cuerda hasta que por fin habló. Torrijos observa el creciente influjo de ideas izquierdistas en la juventud panameña, lo que se acentuó con el triunfo de la revolución cubana. La dirección estudiantil de la universidad y los planteles secundarios, que comulgaba con la ideología de Fidel Castro, entra en violentas confrontaciones con la administración de Ernesto de la Guardia Jr., un mandatario progresista. Su administración se ve afectada, además, por la inquina de elementos poderosos de la extrema derecha panameña. Se produce entonces el alzamiento de Cerro Tute, en el distrito de Santa Fe, provincia de Veraguas. Fue el primer movimiento de este tipo en el país, liderado por apenas veinte jóvenes estudiantes armados que se atrincheraron en el cerro con la intención de luchar por la liberación, contra la injerencia estadounidense en el país, y para eliminar lo que calificaban injusticias del gobierno de turno.

Poco duró el levantamiento. Allá fue enviado Torrijos por su comandante, Bolívar Vallarino, para sofocar el movimiento. Él estaba al frente de las tropas especializadas encargadas de controlar protestas sociales. Allí resultó herido en una escaramuza con los rebeldes. Sin embargo, a partir de ese momento surgiría su convicción de que si un día podía encauzar la suerte de las fuerzas policiales, “las matrimoniaría con los mejores intereses de la Patria”; y que, de ser posible, compartiría su trinchera. Es cierto eso sí, que en ese tiempo la Guardia Nacional estuvo al servicio —y actuaba como garante— del statu quo. Torrijos, como parte de la oficialidad de la Guardia Nacional, pero en una posición todavía subalterna, presencia un creciente enfrentamiento de las fuerzas progresistas del país con la Guardia Nacional y del surgimiento de inquietudes entre los actores políticos acerca del papel que ésta representaba como fiel de la balanza. Las elecciones de 1964, a pocos meses de los dramáticos acontecimientos del 9 de enero, enfrentaría a Marco A. Robles al frente de una coalición oficialista, a Arnulfo Arias y a otros candidatos.

La Guardia Nacional en teoría neutral prefería a Robles, e incluso cuando fue proclamado ganador, surgieron, como tantas otras veces en la vida política panameña, señalamientos de fraude. Las elecciones de 1968 y sus antecedentes muestran profundas contradicciones en la administración de Marco A. Robles. Se desintegra la coalición política que lo llevó al poder, y pierde la mayoría en la Asamblea Nacional. La unidad de su Partido Liberal Nacional se resiente también por las ambiciones de distintos aspirantes al poder. Se acusa a Robles de intervención inconstitucional en la vida política; la Asamblea Nacional lo juzga y condena; y encarga de la presidencia al primer vicepresidente Max Delvalle. Jurídicamente Robles ha sido destituido, pero el factor decisivo es, una vez más, la Guardia Nacional, la cual a la sazón contaba apenas con dos oficiales pertenecientes a familias de sociedad: Bolívar Vallarino y Federico Fred Boyd. Mediante recursos de dudosa ortografía se incumple la decisión de la asamblea. Panamá se encuentra en un momento con dos presidentes, el teniente coronel Torrijos es enviado a la asamblea para mantener el orden, pues el comandante de la Guardia Nacional había decidido la contradicción existente entre los recursos judiciales y la decisión de la asamblea: Robles, aunque muy debilitado, permanece en la presidencia. En ese ambiente de zozobra y de escasa institucionalidad, surge dentro del oficialismo la candidatura de David Samudio, quien no cuenta con el respaldo del expresidente liberal Roberto Chiari. En la oposición aparece nuevamente Arnulfo Arias, con respaldo variopinto: sus huestes por un lado, y varios grupos políticos, que jurídicamente conforman partidos políticos con escasa o nula definición ideológica.

A pesar de los atropellos contra la oposición que él encarna, Arias triunfa abrumadoramente. El instituto armado reconoce el triunfo de Arias. Pero dado el papel que habían jugado y seguían jugando los militares, se hacía indispensable un acuerdo entre el candidato triunfador y la Guardia Nacional. Es cierto que a la luz de las condiciones políticas de hoy, un “acuerdo” entre un presidente y la cúpula militar luce extraño, pero así de poderoso era el instituto armado en aquel tiempo. Arias se compromete a respetar el escalafón militar y a los nuevos comandantes —señalados de manera específica y con nombres propios— una vez retirado el comandante Bolívar Vallarino, y se compromete igualmente a respetar los resultados de la elección de diputados. En Panamá, si no siempre se respetaba la voluntad popular en la elección presidencial, en la de los diputados mucho menos. Arias asume la presidencia el 1 de octubre de 1968, y desde ese mismo día viola lo pactado con los militares: desconoce a los diputados electos por la provincia de Panamá, entre los cuales se encontraba Moisés Torrijos, hermano de Omar; deja ver su intención de hacer autónoma la Guardia Presidencial, con lo cual incumple lo acordado respecto a los comandantes y el escalafón militar; y aleja de la Guardia Nacional a sus jefes más destacados, entre ellos a Torrijos, a quien nombra agregado militar en El Salvador.

Al margen de que eran sus prerrogativas, el presidente crea con esas medidas un ambiente de incertidumbre así como un gran descontento dentro de la Guardia Nacional. La función policial era mal mirada por las élites económicas —ciertamente su membrecía provenía en su mayoría de familias humildes de la ciudad y campo—, pero a la hora que esas élites debían dirimir sus diferencias no vacilaban en recurrir a la Guardia para inclinar a su favor la balanza. Esa circunstancia la agrava la percepción de Arias de que el teniente coronel Omar Torrijos era un hombre ambicioso rodeado de comunistas. La noche del 11 de octubre de 1968 las noticias internacionales dan cuenta de un golpe de Estado. El presidente Arias ha sido derrocado apenas once días después de haber asumido el poder. Se trata de un movimiento liderado por un grupo de oficiales, encabezado por el teniente coronel Omar Torrijos y el mayor Boris Martínez, representantes de una Guardia Nacional atípica, hasta cierto punto un cuerpo antiguerrillero entrenado por Estados Unidos en la Escuela de las Américas. Los militares no deseaban el poder total. Actuaban por instinto de conservación. A Torrijos lo guía, además, el mismo sentimiento de lealtad a la institución que siempre lo distinguiría.

El testimonio del empresario Fernando Eleta sobre las primeras horas de la asonada golpista es prueba de ello. Cuenta Eleta que Torrijos los convocó a él y su hermano, junto a un número plural de ciudadanos para que participaran en la restructuración del gobierno que debía ser presidido por Raúl Arango, entonces vicepresidente de la república pues había sido elegido junto a Arnulfo Arias. Era un intento de cubrir con apariencia constitucional el alzamiento. Por razones no bien aclaradas Arango rechaza esta opción; y la Guardia Nacional asume entonces la plenitud del poder político. Sobre cómo ocurrió, versiones de allegados al movimiento cuentan que ante el fracaso de aquella gestión, Torrijos llamó a la comandancia a un abogado amigo, también hombre de pueblo, Juan Materno Vásquez, y fue éste quien sugirió asumir la plenitud del poder mediante la creación de un gobierno militar provisional. Es así como el golpe se convierte en un movimiento ambiguo. Por un lado, es impopular por derrocar un gobierno populista que contaba con significativo apoyo en el campo y la ciudad; por otro, es antioligárquico y desafiante contra los norteamericanos. Días antes del golpe, en una fiesta de despedida al general Vallarino, altos oficiales del Comando Sur de Estados Unidos habrían manifestado su desacuerdo con la idea de un intento golpista del que ya se hablaba, en represalia por la restructuración de la Guardia que había puesto en marcha el presidente Arias desde el inicio de su administración.

Arias llegó a solicitar la intervención norteamericana para restituirlo al poder; Estados Unidos desoyó su petición pero demoró más de un mes en reconocer el recién instaurado gobierno militar, lo cual hizo oficial a través de nota entregada al entonces canciller. En cambio, tres días después del golpe los partidos que integraron la alianza que había perdido las elecciones y los Partidos Progresista y Laborista, anunciaron su apoyo al movimiento militar, con la esperanza, eso sí, de que se restaurara a la brevedad el gobierno civil y se realizaran nuevas elecciones para restablecer la constitucionalidad. Por primera vez en la historia panameña gobierna una junta militar. A pesar de no formar parte de ella, el poder real rápidamente se concentró en manos de Omar Torrijos y Boris Martínez. El movimiento no tenía coloración ideológica definida, en buena medida porque Torrijos no la tenía; se trataba, fundamentalmente, de defender la estabilidad de la alta oficialidad de la Guardia Nacional. Esta se da cuenta de la oportunidad que se le brinda de cambiar el rumbo del país, y poco a poco la aprovecha. En sus comienzos, el gobierno militar intenta ganarse a las agrupaciones estudiantiles y obreras garantizándoles que no pretende ir contra los intereses del pueblo. Sin embargo, existen grupos de presión que las desbordan como el llamado Frente Cívico, impulsado por quienes apoyaban a Arnulfo Arias, entre ellos el Partido Demócrata Cristiano.

La Guardia Presidencial intenta oponerse pero es rápidamente sofocada. Se mantuvo un foco guerrillero por poco más de seis meses en Chiriquí, donde el arnulfismo tenía viejas raíces. Existieron además otros movimientos subversivos en la frontera con Costa Rica, Coclé y Bayano, pero todos fueron sofocados por el grupo de línea dura encabezado por Martínez, intransigente y autoritario. Torrijos siguió siendo el primero en el mando por su mayor antigüedad pero en la práctica era una estructura bicéfala. Formalmente el gobierno lo dirigía una junta provisional integrada por los coroneles José María Pinilla y Bolívar Urrutia, pero en la práctica eran Torrijos y Martínez los dueños del poder. Finalmente Torrijos, utilizando su larga ejecutoria dentro de la Guardia, sus vínculos en todas partes, y una postura más equilibrada que la de Martínez, se le enfrenta y lo expulsa del país en febrero de 1969. Boris Martínez, Fred Boyd y otros oficiales terminan detenidos y enviados a Miami. Desaparece así la línea dura y Torrijos emerge como el hombre fuerte de Panamá, pero especialmente entre los cinco mil hombres de la Guardia Nacional, a pesar de que algunos de sus miembros aceptan solo a regañadientes su primacía.

Surgimiento del líder nacional

En diciembre de 1969 Torrijos viajó a México para asistir al Clásico Internacional del Caribe, una carrera en la cual corrían los caballos panameños Quimera y Melódico. Un grupo de oficiales descontentos, encabezado por los coroneles Amado Sanjur y Ramiro Silvera aprovecha la ausencia para destituirlo. A Torrijos lo llama a México el propio presidente Pinilla para notificarle que no puede regresar al país y que su familia sería enviada a México. Esa misma noche Torrijos emprende un regreso audaz, casi novelesco, plagado de peligros: entre los panameños que lo acompañaban reúnen dinero para alquilar una avioneta y como no era suficiente, la cónsul gira un cheque sin fondos para completarlo. Antes, Torrijos había llamado a una serie de oficiales que sabía le iban a ser leales y preparó la vuelta. Luego de un sinnúmero de peripecias —engaño al piloto sobre la identidad de los pasajeros y el propósito de la descabellada aventura, parada obligada en San Salvador, dudas del piloto sobre la viabilidad de continuar el viaje de noche— la avioneta con Torrijos abordo aterrizó en el aeropuerto de David, a unos 50 kilómetros de la frontera con Costa Rica, alumbrado solo con los faroles de los carros que el jefe de la zona militar, Manuel Antonio Noriega, había logrado reclutar.

Torrijos inicia marcha por tierra hacia la capital; suma la lealtad de los cuarteles en su camino; las gentes salen a aclamarlo; y la tentativa en su contra se esfuma como por encanto. Él es ahora el líder máximo del proceso revolucionario. Visto con cierta perspectiva, no es sorprendente lo que ocurrió en un periodo limitado de tiempo. Movimientos de esta naturaleza son inestables en sus comienzos, y poco a poco se va definiendo quiénes los dirigirán en el futuro, y cuál será su razón de ser. A partir de la tentativa de golpe en su contra en 1969 es cuando Torrijos empieza a dar forma y contenido a su liderazgo, y definir parámetros ideológicos para su gobierno. Torrijos no es hombre de letras, sus conocimientos académicos son escasos, no domina una retórica subyugante, pero empieza a ganarse la tolerancia primero, el respaldo masivo después, de las mayorías nacionales. Es un gobernante cercano a la gente, especialmente humilde. Los pobres de la ciudad y el campo sienten que los entiende, y que no cree en las diferencias sociales. Torrijos no gusta de participar en el mundo de la alta sociedad, en cambio goza la compañía, amistad, y cariño de gentes humildes. Sus mensajes son sencillos, fáciles de entender, habla como el pueblo.

Antes, Torrijos había sido un jefe de zona que tuvo que lidiar con numerosas huelgas y protestas populares, lo que contribuyó a hacerlo más accesible a los trabajadores organizados. Su especialidad fueron las bananeras. Llegó a sumergirse tanto en el movimiento y a relacionarse con sus líderes que fueron éstos la primera fuerza organizada que le apoyó en sus gestiones políticas. A Torrijos le fue fácil hablar con los indígenas y entenderlos pues también vivió sus luchas, desde los movimientos de protesta en Tolé y San Lorenzo, donde fue enviado a sofocar a un grupo desarmado al que escuchó y convenció de negociar. Torrijos respetó y distinguió a los caciques kunas, chocoes, teribes y guaymíes a los que en ocasiones invitó a que lo acompañaran en sus viajes al extranjero.

A decir de sus enemigos y también de varios amigos, el gobierno de Torrijos toma una marcada tendencia hacia la izquierda. Mulatos, mestizos, sobre todo gente humilde empiezan a ocupar puestos de relieve en su gobierno. Entre los primeros está el líder sindical Julio Bermúdez a quien saca de la cárcel donde se encontraba detenido por defender el movimiento campesino. Torrijos se da cuenta que necesita el apoyo de la juventud izquierdista de ese momento; la cultiva con esmero, pero no se deja manejar por ella. Estos jóvenes, especialmente sus líderes son instrumentos valiosos de sus reformas sociales. Salen en buena parte del viejo Partido del Pueblo (comunista), pero Torrijos no se convierte en seguidor de rigideces sectarias. Producto de esta relación se crea la Confederación Nacional de Asentamientos Campesinos en 1970.

Lo que antes era una relación de perseguidores y perseguidos se convierte en apoyo a los campesinos como política de estado. La protección a ultranza por parte de las fuerzas del orden del latifundismo y la consiguiente negación de la propiedad de la tierra a los que ancestralmente la habían vivido y trabajado, a cargo de las fuerzas de orden público, se transforma cuando el gobierno revolucionario legaliza la tenencia de la tierra y otorga títulos de propiedad a aquellos que la hacen producir. Y producto también de vínculo especial con la clase trabajadora fue la aprobación del Código de Trabajo que enrareció sus relaciones con el capital, pero lo fortaleció con los sectores menos favorecidos. Hay en el entorno de Torrijos intelectuales de derecha, a quienes respeta, pero no se deja dominar por ellos. No les arrebata el poder económico a las élites, pero tampoco comparte con ellas el poder político. Y por otra parte incorpora a jóvenes intelectuales en posiciones claves del gobierno para aprovechar su talento. Desea ver surgir a gente de méritos injustamente relegados por prejuicios de raza o posición social. Alguna vez diría que la única aristocracia en la que creía era la aristocracia del talento. Implementa y desarrolla un programa de becas para profesionalizar a jóvenes que tenían capacidad pero no oportunidad de estudiar.

También se dio entonces la popularización de la Universidad de Panamá que se abrió a amplios sectores de la sociedad. El torrijismo es pluriclasista pero con acentuada vocación de reforma social. Reforma que comienza en la Guardia Nacional que sueña preparar y formar para que esté al servicio de la gente y no de las cúpulas del poder económico. El testimonio de un destacado miembro de su gobierno, Adolfo Ahumada da cuenta de que Torrijos incorpora a su gobierno apellidos de gente proveniente de Santa Ana, El Chorrillo, Río Abajo y Curundú, que nunca antes habían soñado estar en la cima del poder. Torrijos ejerce el liderazgo de un hijo de pueblo; lo más genuinamente pueblo y eso se refleja en sus actuaciones. No se considera intelectual, ni estadista, ni superdotado; se calificaba a sí mismo como idéntico al 99% de las gentes, lo que le permite sentir y entender sus problemas y conducirlos. Para sus allegados es hombre muy humano, con extraordinaria sagacidad y gran conciencia social. No es extraño que convirtiera un pequeño caserío de las montañas coclesanas —Coclesito— en su lugar favorito en el mundo.

Allí se retiraba a descansar y meditar. A conversar con los campesinos y compartir con ellos su visión de las cosas. En su permanente recorrido por el país, Torrijos percibe que cada comunidad tiene líderes naturales que conocen y son capaces de transmitir los problemas de sus comunidades. Comienza a darle vueltas a un sistema fundamentado no en provincias ni distritos, sino en el núcleo básico de la estructura administrativa del país, el corregimiento, donde el dirigente está muy cerca de la población. Crea un sistema de representantes, que en ese momento eran 505 en total y que habría de convertirse en la principal manifestación del poder popular. Simultáneamente, revolucionó instituciones estatales y creó nuevas. El transporte público, que estaba en manos de unas cuantas familias, fue transformado mediante cooperativas.

Finalmente, Torrijos llegó al convencimiento de que se hacía necesaria una reforma constitucional drástica que efectivamente se logró a través de una Asamblea Constituyente en 1972, integrada por los 505 representantes de corregimientos. Torrijos legitima el poder que hasta entonces ejercía de hecho, y se convierte en jefe de Gobierno, con amplísimas facultades.

Las negociaciones con Estados Unidos

Las relaciones de Panamá y Estados Unidos sufrieron transformación significativa después de los sucesos del 9 de enero de 1964, en los que más de veinte panameños murieron y cientos más resultaron heridos. El 10 de enero Panamá rompió relaciones diplomáticas con Estados Unidos, hasta la fecha el único país de América Latina, antes o después, en hacerlo. El detonante fue la negativa de las autoridades de la Zona del Canal de izar la bandera de Panamá en los términos acordados por ambos gobiernos. Panamá denunció a Estados Unidos como agresor ante la OEA y la ONU. Lo ocurrido llevó a considerar seriamente, por primera vez, la posibilidad de remplazar la totalidad del tratado Hay–Bunau-Varilla; incluso así lo acordaron las dos partes en el momento de restablecer las relaciones diplomáticas. A raíz de esos sucesos, se iniciaron negociaciones que concluyeron en 1967 con los tratados Robles-Johnson, mejor conocidos como “Tres en uno”, que entrañaban avances significativos, pero que desde el punto de vista panameño no satisfacían plenamente, entre otras razones porque la terminación de la presencia militar de Estados Unidos en el Istmo no tenía fecha cierta. Lo acordado resulta impopular, es duramente combatido y causa protestas callejeras. El presidente Robles, que nunca hizo mucho por defenderlo, retira el proyecto de la Asamblea y ni siquiera plantea su ratificación. Una vez consolidado Torrijos en el poder, decide negociar nuevamente con Estados Unidos, pero rechazando de plano los proyectos de tratados de 1967. Pero abordaría las negociaciones de una manera muy distinta a la utilizada hasta entonces por los diferentes gobiernos que, a lo largo del siglo xx, se habían planteado la necesidad de negociar con Estados Unidos.

Ya no se trataba de mejores condiciones económicas, ni de revisiones parciales del tratado de 1903: Torrijos se propone que se trata de un problema de dignidad, que la soberanía no tiene precio. Para ello, por un lado endurece el discurso interno, bien resumido en frases cortas e impactantes que calan profundamente en la población, con lo cual el tema del Canal deja de ser de intelectuales, movimientos estudiantiles y voces aisladas para convertirse en una gran cruzada nacional: el Canal es la religión que une a los panameños, repetiría una y otra vez. Y por el otro, saca las negociaciones del ámbito binacional donde siempre estuvieron y las lleva a organismos y movimientos internacionales y ante los principales líderes políticos o religiosos, ante artistas de renombre —como John Wayne, quien se convertiría en un gran vocero de los acuerdos especialmente ante los sectores más conservadores de los Estados Unidos— e intelectuales, ante los medios de comunicación del mundo entero. Lo ayudan sus amigos los presidentes de Colombia, Venezuela, Costa Rica, México y el Primer Ministro de Jamaica. Acude a las Naciones Unidas y al Movimiento de Países no Alineados.

Viaja a todas partes dando a conocer las aspiraciones panameñas. Con la idea de poner de presente el nombre de Panamá, el jefe de Gobierno promueve y ofrece la participación de Panamá en las Fuerzas de Paz de Naciones Unidas en Oriente Medio. Como jefe de Gobierno, Torrijos se libera de las rigideces del protocolo internacional. Su incansable tenacidad dio como resultado el convertir el Canal en problema de todos. Convenció a gobiernos y grupos de derecha, izquierda y centro, incluso al papa. Era tanto el nombre de Panamá en la esfera mundial y tan vigente el problema del Canal en la agenda internacional que en abril de 1973 se logró —por segunda y última vez en la historia— que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sesionara en la ciudad de Panamá para tratar el problema. Como no se pudo llegar a un consenso, el proyecto de Resolución hubo que votar: 13 naciones votaron a favor, el Reino Unido de Gran Bretaña se abstuvo y Estados Unidos ejerció, por tercera vez en su historia el derecho de veto que le concede ser miembro permanente del Consejo de Seguridad. Ese veto se convirtió en una resonante victoria diplomática para Panamá, después de la cual Estados Unidos comenzó a negociar más en serio. Al año siguiente el secretario de Estado Henry Kissinger y el ministro de Relaciones Exteriores de Panamá Juan Antonio Tack firmarían un documento de ocho puntos sobre los cuales versarían las conversaciones en el futuro.

Torrijos decide establecer relaciones diplomáticas con Cuba y recibe de Estados Unidos advertencia severa. Kissinger le pide a Tack que informe a Torrijos que Panamá no debe romper el bloqueo a Cuba, que tal conducta traerá a Panamá consecuencias imprevisibles y severas. Fiel a su manera de ser, Torrijos ignora la advertencia. Pero no establece relaciones diplomáticas con la Unión Soviética ni la República Popular China. De esta manera, Torrijos libera la política exterior panameña de la tutela secular de Washington. Las negociaciones no fueron fáciles, varias veces se estancan. Torrijos utiliza sus vínculos internacionales para seguir adelante. La llegada a la presidencia de Jimmy Carter facilitó el proceso y ocho meses después se logra concretar el cierre de las negociaciones. En el presidente Jimmy Carter, Torrijos encuentra un estadista con genuinas convicciones de justicia, preocupado por crear relaciones con América Latina distintas, mutuamente provechosas, y libres de cualquier resabio colonial. También acepta que el Canal ha perdido mucha de su importancia para Estados Unidos. El considera a Torrijos, hombre de visión, coraje, íntegro, capaz de superar toda adversidad para alcanzar sus objetivos. Torrijos, por su parte, convence a los norteamericanos que la seguridad del Canal depende del cariño y apego que por él sientan los panameños.

Torrijos escoge un equipo negociador insólito en cuanto a integrantes. Desaparecen figuras consagradas de muchas décadas. Un mulato, Rómulo Escobar Bethancourt, dirige las negociaciones. La representación panameña está en manos, en términos generales, de gente joven, de diversas tendencias ideológicas. Sus vínculos son casi inexistentes con el patriciado tradicional. Se trata, en algunos casos, de miembros del gobierno que no abandonan sus cargos mientras transcurre la negociación. Se conserva escasa documentación del proceso. Por decisión de Torrijos solo se confeccionaron actas en la última fase de las negociaciones. La decisión fue acertada pues permitió a los integrantes de ambos equipos expresarse con mucha libertad, y dar sus opiniones para llegar a un acuerdo, no para registrar sus frases en los libros de historia. Para llegar a buen término hubo que superar un escollo importante, el hecho de que el Pentágono se oponía al tratado si antes no se determinaba el reglamento que se aplicaría a sus tropas en la Zona del Canal. Cuando Torrijos decide negociar con el Pentágono abre la puerta, finalmente, al nuevo tratado, aunque se trataba apenas de un acuerdo para la ejecución del artículo IV del mismo. Esto explica por qué Torrijos dijera en el acto de firma de los tratados que los acuerdos colocaban a Panamá bajo el paraguas del Pentágono. Los gobiernos de Panamá y Estados Unidos decidieron que la firma se llevaría a cabo en la sede de la OEA en Washington con la asistencia de los jefes de Estado de los países del hemisferio.

Torrijos, consciente de que la Constitución exigía que cualquier acuerdo con Estados Unidos relativo al Canal debía llevarse a plebiscito, se hizo acompañar, además de su equipo negociador y miembros del gobierno, de representantes de todas las fuerzas sociales del país y de dos escritores amigos de él —Gabriel García Márquez y Graham Greene— ninguno de los cuales tenía visa de entrada a Estados Unidos y a quienes, por esa vez y por tratarse de una delegación diplomática se les permitió el ingreso.

En Panamá existe oposición a los proyectos de tratados de parte de quienes consideran que son otra versión de los “Tres en uno”; legalizan la presencia de Estados Unidos en Panamá; y establecen un plazo superior a los 20 años para la entrega del Canal. Se abre un debate sobre los tratados y su contenido es ampliamente difundido. Seis semanas después de firmados, son sometidos a votación popular, con resultado inesperado para el gobierno: un tercio de los panameños vota en contra. En Estados Unidos no es diferente la situación. La oposición tiene doble vertiente: se afirma que los tratados han sido negociados con un dictador; y que implican cesiones infundadas y peligrosas a Panamá. Carter se engarza en una batalla larga y a la larga dañina para sus intereses y para los senadores que lo apoyaron. Finalmente los tratados son aprobados por el senado en Washington por una exigua mayoría: se requerían 67 votos y obtuvo 68.

Ese día, en una declaración sorpresiva e insólita Torrijos confiesa que, si no se hubieran aprobado los tratados, los panameños estaban en capacidad de destruirlo. Durante el proceso de ratificación de los tratados se mencionó con frecuencia la necesidad de un movimiento democratizador en Panamá. Carter nunca lo exigió como contrapartida de la firma, pero presidentes amigos —Carlos Andrés Pérez de Venezuela y Alfonso López Michelsen de Colombia— le habían insistido a Torrijos que, una vez resuelto el problema del Canal, era conveniente un retorno a la democracia. La apertura que se dio entonces incluyó la legalización de partidos políticos, libertad relativa de los medios de comunicación, y retorno al país de exiliados.

El repliegue

Meses después Torrijos anuncia también que cuando concluyera el sexenio durante el cual ejerció el cargo de jefe de Gobierno —el 11 de octubre de ese año de 1978— no aspirará a la Presidencia de la República y que la Guardia Nacional se retirará a los cuarteles. Es el repliegue militar que llevaría a la presidencia a un civil, Aristides Royo. Torrijos permanece como comandante del instituto armado para garantizar que el repliegue sea efectivo, pues tenía la convicción de que su decisión no era compartida por parte de la alta oficialidad. El 1 de octubre de 1979 entraron en vigencia los tratados Torrijos-Carter, y el pueblo panameño por primera vez asistió masivamente a la Zona del Canal. Como señal de que el repliegue era en serio, Torrijos decidió no asistir a las ceremonias ni a las celebraciones, y se retiró a Coclesito. El 31 de julio de 1982, Torrijos murió en un accidente de aviación en las montañas de Coclé, accidente nunca aclarado. Irónicamente había declarado que tenía mucha confianza en los aviones. Él cubrió más de tres mil horas de vuelo.

“Si hubiera tenido que viajar esas horas por tierra seguro que me habría accidentado”, decía él mismo. Antes que él, otros líderes latinoamericanos tuvieron muertes similares: en junio de1980 el avión en el que viajaba el presidente electo de Bolivia, Jaime Paz Zamora, cayó envuelto en llamas; tragedia similar acabó con la vida del presidente ecuatoriano, Jaime Roldós, y luego con la del comandante en jefe del Ejército del Perú, general Rafael Hoyos Rubio. Marcos Gregorio McGrath, arzobispo de Panamá se refirió a Torrijos en la homilía de su sepelio como un “hombre compasivo […] Creía en la dignidad de los más humildes y sencillos[…], y que realizó una larga carrera en poco tiempo […] para que el mundo entero se diera cuenta de Panamá; y para que nosotros, los panameños, sintiéramos más a fondo nuestra nacionalidad, nuestra unidad…”. Han pasado más de tres décadas desde la muerte de Torrijos. Ya es posible analizarlo con cierta objetividad. No hay una sola figura de la vida republicana panameña cuyo accionar haya tenido consecuencias más decisivas para el país. Su imagen internacional sigue siendo enorme y sin paralelo. Es el único gobernante istmeño conocido mundialmente.

Omar Torrijos materializó el sueño de soberanía de varias generaciones de panameños, impulsó justicia social, economía, salud y educación. Abrió puertas a mucha gente marginada por raza y posición social. Cambió la clase dirigente panameña. Su imagen siempre cercana, caló muy hondo. Por todo ello y mucho más no es de extrañar que Torrijos siga ocupando lugar especial en el corazón de los más de los panameños.

Referencias bibliográficas

Araúz, Celestino Andrés y Pizzurno, Patricia (2003). Un siglo de relaciones entre Panamá y los Estados Unidos (1903-2003), t. 3, Panamá: Editorial Libertad Ciudadana.

Buscando al general. Documental sobre la vida del general Omar Torrijos Herrera en conmemoración a los 30 años de su desaparición física (2011, 31 de julio). Carlos Aguilar y Juan Carlos Navarro (prods.). Viceversa Productions.

González Pacheco, Fernando (1977, julio). Entrevista a Omar Torrijos. Documental Omar, visto por sí mismo, Panamá. Premio Simón Bolívar, Concurso Nacional de Prensa de Colombia, Bogotá (1978).

Ideario: Omar Torrijos (2006). Selección y prólogo de José de Jesús Martínez, Panamá: Editorial Mariano Arosemena – Fundación Omar Torrijos.

Revista Lotería (1981, noviembre). Torrijos, figura-tiempo-faena. vols. I y II, Panamá: Impresora Panamá.