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    Jorge Eduardo Ritter

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Panama Al Brown

by: Jorge Eduardo Ritter

Sus combates se anunciaban con antelación y muchas veces sin especificar el rival: la atracción era Al Brown, incluso en Inglaterra que no reconocía campeones mundiales negros.

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Abogado de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, Colombia. Ha sido profesor universitario, conferencista y columnista de distintos diarios. Fue embajador de Panamá en Colombia y representante permanente ante la Organización de la Naciones Unidas. Ocupó los cargos de ministro de Gobierno y Justicia, y ministro de Relaciones Exteriores. Dirigió la transferencia del Canal a Panamá, fungió como vicepresidente de la Comisión del Canal de Panamá y fue el primer ministro para Asuntos del Canal y presidente de la junta directiva de la Autoridad del Canal de Panamá. Es académico numerario de la Academia Panameña de la Lengua.
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About This Book
Overview

La esclavitud había sido abolida en Estados Unidos apenas 16 años antes de que arribara a la ciudad de Colón un liberto, oriundo de Tennessee, en busca de una oportunidad de iniciar, ya adulto, la nueva vida que su pasado y el color de su piel le negaban en su propio país. Los franceses comenzaban la construcción de un canal a nivel del mar, y los desterrados de la fortuna miraban a Panamá como una tierra de promisión. Muy lejos estaba el recién llegado Horacio Brown de saber que la ilusión francesa terminaría en un colosal desastre financiero, y que de su unión con una colonense, Ester Lashley, nacería quien habría de convertirse, además de una celebridad en Nueva York y París, en el primer latinoamericano en ganar un campeonato mundial de boxeo: Alfonso Teófilo Panama Al Brown.

Colón era en 1881 una ciudad —si así podía llamársele— a la que le sobraba en esperanzas lo que le faltaba en historia. Ni siquiera contaba entonces con un nombre oficial, pues treinta años antes no era más que una isla inhabitada y pantanosa, muy cerca de la costa, conocida como Manzanillo. Cuando la compañía que se preparaba para construir el primer ferrocarril transístmico la escogió como terminal en el Atlántico, los únicos desalojos que tuvo practicar para unirla artificialmente a tierra firme e iniciar los trabajos fueron los mosquitos y las alimañas. Las autoridades colombianas —Panamá no era aún independiente— insistían en denominarla Colón, mientras que los dueños de la concesión del ferrocarril, y por tanto los fundadores de la ciudad, preferían el nombre de Aspinwall, en homenaje a William Henry Aspinwall, uno de los directores de la empresa Pacific Mail que contribuía al financiamiento de la obra.

La habían fundado sin nombre en 1852 y, para quedar bien con Dios y con el diablo, algunos optaron por llamarla Colón-Aspinwall. Los siguientes veinte años le hicieron vivir a Horacio Brown una síntesis de lo que sería la historia de esa isla sin bautizar y la historia de su hijo aún sin nacer: una rueda de la fortuna que depara por igual miserias y esplendores, glorias y tragedias. El anuncio y posterior inicio de la construcción del canal dispararon una bonanza para la zona de tránsito en ambos océanos: el tonelaje de carga pasó de 168 646 toneladas a 365 266 en sólo siete años. En ese mismo periodo el número de pasajeros transportados en el ferrocarril subió de 52 113 en 1881 a una cantidad inimaginable (y casi inmanejable): 1 283 753 en 1888. Llegaron en legiones trabajadores de las Antillas: en un momento su número llegó a equivaler a la mitad de la población total del corredor transístmico. Un incendio destruyó en 1885 buena parte de la ciudad en pleno florecimiento, y cuatro años después, con el colapso financiero de la quimera francesa, el castillo de arena se derrumbó: en 1890 la cifra millonaria del ferrocarril se redujo a apenas 64 652, y la fuerza laboral que en 1888 era en promedio de catorce mil, era apenas de novecientos, dos años más tarde. Para hacer las cosas aún peor, en 1899 estalla la guerra civil de los Mil Días que terminaría por devastar la economía de Colombia, y en especial la del departamento de Panamá.

El puerto de Colón sería tomado por los revolucionarios a finales de 1901, lo cual generaría un desembarco no solicitado de marines norteamericanos. La contienda continuaría hasta diciembre de 1902. En este escenario de guerra fratricida con sus secuelas de destrucción física y desgarramiento moral, nace Alfonso Teófilo Brown el 5 de julio de ese año en la ciudad de Colón, del entonces departamento de Panamá de la República de Colombia. Al año siguiente Panamá se independizaría de Colombia, y una nueva bonanza, otra vez por cuenta del canal, se asomaba a las ciudades terminales de la ruta interoceánica.

Pero no habría de tocarles a todos por igual: Alfonso Teófilo viviría una infancia de privaciones, realizando descalzo los oficios propios de los jóvenes sin preparación, y aguardando como tantos otros, de entonces y de ahora, el momento de poder subirse a un cuadrilátero para procurarse con los puños algún ingreso. Huérfano a los trece años —su padre murió repentinamente en la panadería donde trabajaba luego de haberse ganado la vida vendiendo frutas y verduras— Brown era uno más entre los muchos jóvenes negros que en una sociedad libre de esclavos pero presa del racismo deambulaban sin futuro por Colón, peleando sin reglas en calles y cantinas. Un alma generosa le aconsejó arrimarse al Strand Boxing Club y allí, ahora entre cuerdas y con guantes, continuó su vida de peleador y comenzó su vida de boxeador. Curtido en peleas callejeras y ayudado por un físico fuera de lo común, pronto atrajo la atención de los que buscaban en los puños ajenos una manera de hacer fortuna. Luego de múltiples peleas como aficionado, Kid Teófilo se estrena como profesional, a los veinte años, derrotando por puntos, en seis asaltos a José Moreno. Sería la primera de varias y sucesivas victorias que lo llevarían, en diciembre de 1922 —con sus mismos veinte años pero ahora consciente de que sus puños eran armas eficaces para derribar contrincantes y derrotar a la pobreza— al título de campeón de peso mosca de Panamá. Mal preparado como estaba —la disciplina jamás sería una de sus virtudes— tuvo que boxear los quince asaltos estipulados contra Sailor Patchett.

Nueva York

Pero Kid Teófilo ya miraba más lejos. Ser campeón en Panamá resultaba poca cosa para un boxeador con su destreza, su físico y su pegada. Si a pesar de no haber entrenado había alcanzado tan rápido la pequeña gloria de su patio, también podía, con algo de esfuerzo, escalar a cimas superiores. Y decidió embarcarse, sin recursos y sin pasaporte, para Nueva York, en aquel entonces la meca del boxeo. Firmó un contrato que sabía de antemano que no iba a honrar, como empleado en un carguero que hacía la ruta Perú-Panamá-Nueva York. Debía trabajar durante la travesía limpiando y pelando papas en la cocina del buque, permanecer dos días en Manhattan, trabajar igual durante el regreso, y sólo al desembarcar de vuelta en Colón recibiría el pago acordado de cinco dólares semanales. El buque no había terminado de atracar cuando Alfonso Brown se convirtió en un indocumentado más en Nueva York dispuesto a escalar nuevas cimas en el único mundo que conocía, distinto del de las privaciones: el boxeo.

Dejó su equipaje en el buque para evitar sospechas y se fue a buscar un viejo conocido de Colón, William Kid Nordfolk Ward, quien lo puso en contacto de inmediato con Leo P. Flynn, conocido porque coleccionaba contratos de boxeadores. A este negociante que se había metido con éxito en el comercio de las narices apachurradas, lo acompañaba un viejo exboxeador, Dai Dollings, que se encargaba de escoger y entrenar a los pupilos. Brown se puso en sus manos mediante un contrato por cinco años, durante el cual ellos tendrían la exclusividad de su representación y Dollings la responsabilidad de entrenarlo. En Brown vieron a un campeón en potencia, puesto que a su destreza, estilo y pegada se sumaba una configuración física fenomenal: un metro setenta y cinco y apenas cincuenta y dos kilos: un peso gallo del tamaño y con el alcance de boxeadores en categorías muy superiores. Destreza y habilidad natural le sobraban, pero le hacían falta ciertos refinamientos técnicos y un nombre más acorde con el mundo que se le abría. De lo primero se encargó Dollings, de lo segundo Leo Flynn.

Kid Teófilo sonaba muy pueblerino, y una palabra esdrújula resultaba difícil de pronunciar en inglés. Era imperativo un cambio. Así, el Teófilo desapareció, Alfonso se transformó en Al y al nuevo nombre le antepusieron el Panama (otro boxeador panameño de la época, muy poco recordado, había utilizado el nombre de su país antes de su apellido: Panama Joe Gans). Dollings y Flynn se las arreglaron para lanzar a su prospecto al estrellato: lo incluyeron en una cartelera de campeonato mundial en la que, en uno de los combates preliminares, enfrentaría a Johnny Breslin ante veinte mil espectadores. De manera que, sin dinero para comprar una bata, pero dotado del nombre con que la posteridad habría de conocerlo, Panama Al Brown aguardó, en una banca de Central Park, la hora de subirse al ring en la ciudad de Nueva York.

Ya tenía mi maletín y dentro unos zapatos nuevos y un calzón de color violeta con bandas negras. Todavía no tenía albornoz, solo una toalla que me pondría sobre los hombros para subir al ring.(1)

  1. Todas las citas han sido tomadas del libro “Panama” Al Brown, 1902-1951 con autorización de Eduardo Arroyo, su autor.

 

La pelea estaba pactada a cuatro asaltos y con unas curiosas condiciones económicas: si había nocaut el ganador cobraría cuarenta dólares por asalto y el perdedor diez. En caso de empate, la misma bolsa para ambos: cuarenta dólares. Su entrenador le aconsejó que no trabara combate —su contrincante Johnny Breslin era un peleador corpulento tres kilos más pesado— pues al fin y al cabo era un combate de relleno al que pocos le prestaban atención y no debía arriesgarse a que lo noquearan.

Así lo hizo y la pelea quedó empatada, pero al día siguiente sólo le pagaron la mitad de lo acordado. Si Al Brown quería seguir combatiendo en Nueva York, mejor era no discutir: “Por lo tanto cobré veinte dólares y comprendí por primera vez lo que podía ser el representante americano de un boxeador negro: rara vez un hombre honrado y nunca un amigo…”. Flynn, sabedor de que tenía en sus manos un formidable prospecto, le propuso abandonar las peleas preliminares y combatir con boxeadores más experimentados. Era un riesgo: o llegaba rápido al estrellato y a los dólares, o podía, por un mal golpe, terminar una carrera pugilística que apenas comenzaba. Al Brown aceptó y muy pronto le concertaron un nuevo combate.

Tommy Milton, a la sazón aspirante al título mundial, necesitaba una pelea de calentamiento, o más bien un punching bag, un bulto al cual golpear como entrenamiento. Flynn no vaciló y pactó un combate a diez asaltos con el boxeador desconocido que él representaba. A los 29 segundos del primer asalto Milton estaba tendido en la lona, completamente noqueado, y necesitó más de un minuto para ponerse nuevamente en pie. La bolsa acordada para ese desenlace era de cien dólares. Al Brown sólo recibió los mismos veinte del primer combate, como si fuera esa la suma máxima, el salario fijo al cual podía aspirar. Los timos sucesivos no lo desalentaron: sabía que le esquilmaban sus pagos, pero comprendía que en el camino hacia la fama y la gloria había que sortear las piedras de la humillación. En aquellos tiempos las reglas del boxeo eran, por decir lo menos, laxas. Al Brown peleaba hasta tres veces en la misma semana. En una de ellas, que le ganó por puntos a Willie Darcy, se fracturó la mano derecha luego de tumbarlo cinco veces.

Volvió al ring cuatro meses después y durante los siguientes ocho meses les ganó a los trece contrincantes que le pusieron enfrente. A uno de ellos —Frankie Ash—, candidato al título mundial y favorito cinco a uno para ganar el combate, lo dejó tendido por más de media hora, y nunca más pudo pelear. Esta vez le pagaron mil doscientos dólares. Con las primeras bolsas grandes llegaron también las primeras manifestaciones de lo que sería su forma de vivir en los años que seguirían: primero algunos lujos en su indumentaria y luego farras, trasnochadas, licor. Comenzaba a abandonar el mundo de las privaciones para ingresar sin escalas al de las francachelas y el derroche. Peleaba a menudo, derrotaba a su antojo a los rivales que enfrentaba y se daba el lujo de perdonarles el nocaut a sus amigos, y de hasta empatar ex profeso los combates con ellos, sólo para no humillarlos o lastimarlos con sus puños.

Su fama crecía y con ella Al Brown comenzó a construir en su imaginación un mundo de fantasías impensable para cualquier panameño de la época, mucho más para uno de su origen. Y, como sucede con las celebridades, entre mayor era el éxito, más conocidas eran también sus andanzas. Tanto los periódicos como las revistas especializadas comenzaban a preguntarse cómo era posible que un boxeador que no entrenaba en gimnasios sino en bares, mesas de juego y carreras de caballos pudiera fulminar a sus contrincantes con tanta facilidad. Leo Flynn cayó enfermo y Dai Dollings salió precipitadamente de Estados Unidos cuando su hijo murió en Inglaterra. Al Brown terminó entonces en manos de Eddie McMahon, otro comerciante de los puños, quien, junto a un restaurantero francés casi quebrado llamado Villepontoux y otro emprendedor americano que quería impulsar el boxeo en París —Jeff Dickson—, se convenció de que Francia era el mejor escenario para mostrar a un fenómeno del boxeo.

París

Desde luego, el cruce del Atlántico y el cambio de continente no tuvo la virtud de cambiar los hábitos de Al Brown. El diablo que llevaba adentro descendió del barco con nuevos bríos, y no tardó en llevarlo por los mismos derroteros de laxitud y autodestrucción que había recorrido en Nueva York. Él mismo recordaría años después:

Era mi segundo desembarco, pero esta vez tenía un pasaporte y una maleta. En Nueva York pasé mi primera noche en Harlem, en París la pasé en Montmartre. En todos aquellos establecimientos, donde ahora cuento con tantos amigos, iba de sorpresa en sorpresa. En todas partes nos esperaba el mismo recibimiento cordial y sonriente, el mismo champán excelente si no se miraba el precio —pero el dólar valía ya mucho en francos franceses— y en todos los sitios mi gorra de cuadros, mi traje beige claro y mis zapatos de ante causaban sensación. Nos encontramos a las cinco de la mañana en la calle Fontaine sin poder encontrar el hotel.

Dickson llevaba boxeadores estadounidenses como atracción y para satisfacer la curiosidad de la gran afición francesa. En su primera presentación, Al Brown subió al ring con un kimono celeste con dibujos blancos y una gorra de cuadros. Fue recibido por silbidos que muy pronto se transformarían en admiración: noqueó a su rival en el tercer asalto y veinte días después la sala se llenó para verlo noquear al siguiente rival en menos de tres minutos. Triunfos tan rápidos y contundentes hicieron que los rivales se alejaran, por lo que muy pronto tuvo la oportunidad de vérselas con el belga Henri Scillie, campeón de Europa.

La pelea terminó en empate (años después volverían a enfrentarse en un combate en el que triunfó Scillie gracias a un asalto 13 suplementario —reglas de la época— y un tercer combate terminaría empate: Brown nunca le pudo ganar). Sin embargo, ese esqueleto estirado como un monigote de alambre —así lo definía Jacques Natanson— era ya una celebridad en París. Los personajes de la época —Maurice Chevalier entre ellos— acudían al gimnasio a fotografiarse con él. Y comienza al mismo tiempo el derroche de dinero: con el producto de una bolsa compraba un auto deportivo, que regalaba una vez comprado otro con la bolsa del combate siguiente. Y como el anuncio de su nombre —incluso como árbitro— bastaba para llenar las salas, entró también por el túnel de arreglar peleas: un inescrupuloso empresario, Charles Roquebert, montó una pelea con Eugène Criqui, en la que hubo hasta ensayo previo: se derribaron mutuamente en el tercer asalto, y al final, sin haberse hecho daño alguno, Al Brown ganó por puntos, frente a 20 000 espectadores furiosos que se sintieron estafados.

Al Brown ni siquiera se preocupaba de acordar el peso en el cual combatiría (de hecho casi siempre lo hacía con boxeadores de mayor peso). “Por aquella época sostenía unos combates más serios con el champán Mumm Cordon Rouge, su bebida preferida… Coches, caballos, salas de fiesta… una pandilla de estafadores y ladrones formaban su entorno natural”. Conquistada París, Brown decide volver a Nueva York. Su apoderado estadounidense, Eddie McMahon, no confrontó dificultad alguna para encontrarle rápidamente rivales, o más bien víctimas: a Benny Schwartz lo tumbó seis veces, y apenas tres días después dejó inconsciente a Billy Shaw en el primer asalto. McMahon le vendió la mitad del contrato de Al Brown a otro empresario sin escrúpulos ni consideración: David Lumiansky, que le conseguiría más combates a Brown, sin que le importara el descanso ni las condiciones de su pupilo. Siete años duraría esa relación que resultó en magníficos ingresos para ambos, pero a costa de un deterioro físico infame para Al Brown.

Campeón mundial

El 21 de junio de 1929, Brown ganó por puntos a uno de los grandes boxeadores de la época: Francesco Buonaugurio, Kid Francis. Y aunque Francis no era campeón, ni estaba en juego ningún título, esa noche Al Brown se convirtió en el primer campeón mundial latinoamericano, de una manera insólita para los estándares de hoy pero bastante aceptada en aquel entonces: sin combatir. El Congreso de la International Boxing Union había decidido no conceder más títulos a dedo o por la báscula. Sin embargo, la National Boxing Association, reunida en Toronto, no tuvo en cuenta tal decisión y decidió proclamar a Al Brown como campeón gallo en sustitución de Angelo Geraci, Bushy Graham, quien había declarado que ya no podía hacer el peso. Pero lo que más llama la atención es que ese organismo tenía una fama muy bien ganada de racista, y que sólo tenía en cuenta a boxeadores blancos.

Cuando Dickson se enteró de la decisión, le escribió a Lumians- ky para organizar el regreso de Al Brown a París: el fenómeno taquillero era ahora campeón mundial. La nueva aventura europea resultó un éxito, no sólo en Francia sino en España. Incluso en Francia, en una sala abarrotada, derrotó a un boxeador temido por su instinto asesino, Gustave Tiger Humery, en un tiempo récord para el mundo: 18 segundos con el conteo del árbitro incluido; es decir, a los 8 segundos de combate ya su rival estaba en la lona y no se levantaría. Pero Brown no se sentía a gusto en Francia, por lo que decidió volver a Nueva York. Allí Lumiansky había logrado convencer a la Comisión de Boxeo del Estado de Nueva York de que se le permitiera a Brown combatir por el título mundial, ya que ésta no le reconocía el que ostentaba. Su rival sería un español, que a lo largo de su carrera usaría tres nombres distintos, Gregorio Vidal, Young Martí y Vidal Gregorio.

El título estaba vacante porque el campeón no lograba hacer el peso de la categoría, y la Comisión le dio la bienvenida al combate, segura de que el español ganaría y así no tener que dárselo a un negro. En ese sentido, resultó un error: Brown ganó limpiamente en quince asaltos, con lo cual se convirtió en un campeón reconocido por todos. A pesar de haber peleado quince asaltos, David Lumiansky le contrató tres peleas más en menos de un mes. Por problemas de contratos que no pudo cumplir, la Comisión terminó suspendiendo a Brown y lo obligó a pelear en Copenhague para poder validar su título, lo cual hizo con un triunfo por decisión unánime frente a Knud Larsen. Para el ahora campeón indiscutible, era también hora de volver a Panamá.

A Panamá con la gloria a cuestas

El campeón mundial gallo regresaba a su tierra natal de manera muy distinta de como la había abandonado. En lugar de viajar en una bodega pelando papas, ocupaba una habitación de lujo en el crucero Ulua; si en 1922 había salido cargado de sueños e ilusiones, en 1930 regresaba repleto de fama y fortuna. El 18 de noviembre de 1929 desembarcaba en su natal Colón el primer gran ídolo panameño y el primer campeón mundial latinoamericano de boxeo. Habría de transcurrir casi medio siglo antes de que apareciera una figura que se le comparara en fama y en idolatría popular: Roberto Mano de Piedra Durán, a quien le prodigaron en 1980 un recibimiento multitudinario como el que le dispensaron a Panama Al Brown en Colón primero y en la ciudad de Panamá después. Los periódicos habían anunciado, a manera de cuenta regresiva, los días que faltaban para que arribara a puerto (llegaría con cinco días de retraso). Las novelerías a las que tan dados son los panameños llegaron al paroxismo: vítores, lágrimas, pañuelos, banderas, balcones abarrotados, carteles de bienvenida. Las autoridades locales abordaron el Ulua tan pronto atracó, y de allí en adelante fue un desbordamiento total de patrioterismo, euforia y celebración, de las 20 000 personas que llegaron al puerto y de toda la ciudad que aclamaba a su hijo predilecto. También aparecieron —¿cómo iban a faltar?— las expresiones de elogio en el grado más alto de la cursilería tropical:

¡Hoy vuelves a tu patria cubierto de gloria y de honores! ¡Te saludamos! Has paseado la odisea de tus puños ante las multitudes parisienses… Tu gallarda figura de dios de ébano se ha paseado por los bulevares, y las mujeres de París te han dedicado sus más excitantes guiños y sus miradas más hechiceras. También las rubias del Norte han sonreído a la Maravilla Negra de los Trópicos.

Hasta entonces, Panamá no contaba con un ídolo. La independencia de Colombia había sido incruenta por lo que, a diferencia de otras naciones, también carecía de héroes militares. El primer caudillo político —Belisario Porras— acababa de terminar su tercera presidencia; la huelga inquilinaria de 1925 había sido sofocada por los militares norteamericanos y la guerra de Coto con Costa Rica había concluido con más pena que gloria. Motivos de orgullo escaseaban para los panameños.

De allí que la llegada de Panama Al Brown resultara un acontecimiento con implicaciones mayores que la del simple arribo de un deportista exitoso: llegaba la encarnación del orgullo patrio. Esa noche Colón no durmió: una farra colectiva, con música, bailes y fuegos artificiales durante toda la noche celebraron la llegada del primer campeón mundial latinoamericano. En la mañana siguiente, Brown se desplazaría a la ciudad de Panamá en tren para que los capitalinos también pudieran verlo y con él continuar los festejos. El ferrocarril lo habían construido los norteamericanos en 1850 para los que iban hacia California en busca de oro y para los que regresaban con oro (o con frustraciones) a la costa este. Ahora servía para transportar personal civil y militar del canal de Panamá y las bases militares que lo rodeaban, así como a pasajeros corrientes, habida cuenta de que no existía comunicación vial. En cada una de las estaciones hubo aglomeraciones de gentes deseosas de ver, aunque fuera unos segundos, al más famoso de los panameños.

Al Brown correspondía saludando con las mismas manos que tumbaban rivales y que le habían dado gloria, fama y fortuna. Con la llegada de Al Brown a la ciudad de Panamá la euforia se convirtió en histeria. Nunca hubo antes una multitud parecida a la que lo recibió en la estación del ferrocarril. De allí fue en caravana hacia la Presidencia de la República y a la Alcaldía, donde recibió las llaves de la ciudad. Esa misma noche el alcalde le entregó un cinturón de campeón adquirido mediante suscripción popular que había costado la friolera de dos mil quinientos dólares de la época. Como el país no estaba acostumbrado a lidiar con celebridades, ni los encargados del protocolo sabían cómo más agasajarlo, al campeón mundial se le invistió, cual emperador antiguo o dictador moderno, con la potestad de otorgar indulto incondicional a los privados de libertad.

En efecto, le entregaron una lista de los huéspedes de las cárceles para que les decretara libertad inmediata a cuatro de ellos, sin necesidad de ofrecer razón o justificación alguna y sin considerar la gravedad de los delitos por los cuales se encontraban detenidos. Al Brown escogió a dos mujeres y dos hombres, éstos últimos amigos suyos, a quienes, además de sus libertades, les regaló cincuenta  dólares. Pero como los gozos nunca son completos, los panameños, que ansiaban ver boxear al nuevo campeón mundial, se encontraron con que el inefable Lumiansky no autorizaba ningún combate en Panamá, y más bien urgía a que Brown regresara, pues ya había firmado varias peleas. De nada valieron las peticiones panameñas —incluida la del propio presidente de la República— para que sus compatriotas pudieran verlo, y fueron desechadas todas las iniciativas de los promotores locales para montar un combate de verdad (las meras exhibiciones, desde aquella época, cuentan con muy poco respaldo popular en un país amante y conocedor del boxeo).

De manera que mes y medio después del colosal recibimiento, y pasadas la euforia y la novelería, emprendió el regreso. En enero de 1930 a bordo del buque Esquibo salió para La Habana, donde realizó un combate y de allí viajó a Estados Unidos a continuar una vertiginosa sucesión de combates por varias ciudades: diecinueve peleas (dieciocho triunfos y un empate, y ocho nocauts consecutivos) en poco más de medio año —ocho sólo en el mes de junio— antes de embarcarse nuevamente para Europa.

Entre Europa y Estados Unidos

En París se enfrenta al único boxeador que Al Brown odió toda su vida: Eugene Huat, un francés que solía llamarlo negro asqueroso. Brown ganó los tres combates (cuarenta asaltos en total), pero nunca lo quiso noquear: lo hacía sufrir a diferencia de otros a quienes, para ahorrarles el sufrimiento, los despachaba en los primeros asaltos.

 

[…] por paradójico que pueda parecer, creo que es mejor una decisión rápida que un largo sufrimiento de treinta minutos, que por otra parte se prolonga durante los siguientes días. Pladner [con quien Al Brown peleó en dos ocasiones: una vez lo noqueó en el primer asalto y en otra en el segundo] es una buena persona, y me hubiera hecho sufrir tanto como a él… hacerle sufrir. Con Huat no me sucede lo mismo. Es malintencionado y me llama “negro asqueroso”. Con él me complazco en hacer durar el combate porque al día siguiente, con los golpes que recibe, debe de acordarse del “negro asqueroso”.

Nadie podía discutir su destreza ni su fortaleza: ni siquiera los más racistas —que los había y en abundancia— osaban negarlas. Al Brown se encontraba en la cúspide de su fama. Por lo que día y noche —maldición que acompaña a las celebridades deportivas, y en particular a los boxeadores— le seguían legiones de admiradores (manzanillos, les dicen en Panamá), siempre prestos a aprovecharse del vicio despilfarrador propio de quienes por un giro inesperado del destino alcanzan, de la noche a la mañana, fama y fortuna. Comenzó a derrochar sin medida, dejaba miles de francos en los casinos y derrochó a raudales su dinero en cuadras de caballos que mantenía en Maisons-Laffitte, en las afueras de París. Su ajuar no era menos extravagante: se cambiaba hasta seis veces en el día su ropa que adquiría en Londres, donde se daba el lujo de mandar a planchar sus camisas, sólo porque consideraba que allí lo hacían mejor.

Quizás lo que mejor describe esa vida de lujo y ostentación son sus propias palabras: Para vivir —decía— lo primero que necesito son veinte mil botellas de champán. Lo demás viene después… un día sin champán es un día perdido, no comprendo que se pueda vivir sin beber una botella de champán al día. No todo fueron juergas y disipaciones. Al Brown, como había hecho en Panamá, también se presentaba en funciones benéficas (una de ellas para contribuir a financiar la célebre misión etnográfica y lingüística Dakar-Djibouti).

Sus combates se anunciaban con antelación y muchas veces sin especificar el rival: la atracción era Al Brown, incluso en Inglaterra que no reconocía campeones mundiales negros. Las ciudades lo reclamaban: peleó un lunes en Newcastle, el lunes siguiente en Nottingham, y tres días más tarde de nuevo en París, donde existían más de cien salas donde escenificaban combates boxísticos. Europa era su mundo, pero sus obligaciones profesionales y la avaricia inmisericorde de su apoderado Lumiansky lo obligaron a regresar a América a defender su título y a cumplir con los contratos que firmaban a sus espaldas. En un periodo de dos meses —del 25 de agosto al 27 de octubre de 1931— Al Brown defendió dos veces el título en Montreal y entre los dos combates tuvo tiempo de noquear a otro rival en Mountain Ash, Gales. El rosario de combates continuó en Quebec y Los Ángeles al ritmo endemoniado que le imponía Lumiansky, pero cada vez se le dificultaba más despachar a sus rivales —varios le llegaron al límite— gracias a su aversión a los entrenamientos y a los excesos del alcohol. Por las secuelas implacables del calendario, los boxeadores suelen programar a la baja la frecuencia de sus combates.

Con Al Brown sucedió lo contrario: ya con treinta años a cuestas y quién sabe cuánta champaña consumida, en 1932 peleó veinte veces para lo cual tuvo que cruzar —en barco, valga recordar— tres veces el océano Atlántico. En doce días de junio combatió en tres ciudades distintas y distantes: Liverpool, París y Milán, y en diciembre realizó otras tres en Sheffield, Bruselas y París. Su apoderado firmaba sin cesar combates en París y Pittsburgh, en Cardiff y Toronto, sin consideración alguna por las fuerzas, físicas y mentales, del pupilo, ni por las distancias que debía recorrer. Al Brown se había convertido en una máquina de hacer dinero. Para uno y para el otro. En apariencia, su agilidad y fortaleza no parecían menguar, pero su organismo se deterioraba con mayor rapidez que sus puños.

 

Continuas infiltraciones, calmantes, opio y alcohol apenas lograban paliar la destrucción sistemática de sus fuerzas: los vicios, las enfermedades —sífilis y artritis— y la esclavitud a la que estaba sometido hicieron más mella en su organismo que los golpes de sus rivales. El combate con un púgil a quien Al Brown siempre quiso y admiró, Emile Milou Pladner, es lo que mejor ilustra su tragedia silenciosa de aquellos años. A Pladner sólo lo noquearon dos veces en los 126 combates que realizó y las dos veces fueron por cuenta de Al Brown. Pues bien, la segunda vez que combatieron (pelea anunciada como de blanco vs negro) Al Brown estaba literalmente incapacitado para combatir. Su médico personal le prohibió pelear y dejó constancia escrita de que eximía su responsabilidad en caso de que fuera ignorada, como en efecto ocurrió. El médico oficial de la velada —con el visto bueno de Lumiansky, sobra decir— lo inyectó cinco minutos antes de subir al ring (al menos tuvo la honradez de decirle que los efectos de la droga iban a durar muy poco, cinco minutos si acaso).

Al Brown no necesitaría más: en el segundo asalto le destrozó la mandíbula a su rival, a quien tuvo que ayudar a levantarse (y le diagnosticarían ceguera de un ojo poco tiempo después). Luego de saludar al público (y recibir su abucheo), Al Brown cayó desmayado, y se despertó en el hospital donde permaneció cinco días. El combate se había realizado el 14 de noviembre en Canadá, y allí mismo en el hospital recibió un telegrama de Lumiansky que decía: Cuando salgas del hospital ven a Sheffield —al otro lado del Atlántico— combate 1 diciembre, Bruselas 3 diciembre, París 8 diciembre. Al final de ese año, agotado por el trajinar inhumano que le imponía el festín alegre de las contrataciones de Lumiansky, decidió regresar a Panamá. Pero cuando se disponía a hacerlo, recibió la noticia del fallecimiento de su madre, el vínculo más fuerte —acaso el único— que lo ataba a su natal Colón. No se embarcó de vuelta a su país —lo haría siete años más tarde— y sí lo hizo más bien en un viaje sin retorno al mundo de las drogas, los excesos y los hospitales.

París era en aquella época una atracción para afro descendientes, y especialmente para boxeadores. Pero sería una equivocación considerar a Al Brown como una expresión de aquella ola migratoria. Era lo contrario: mientras la mayoría peleaba para subsistir, el panameño lo hacía para satisfacer sus vicios (y para cumplir los contratos que sus manejadores le imponían); mientras la mayoría deambulaba por los barrios marginales, Al Brown se codeaba con las élites económicas que siempre han gustado de acoger en su seno a las celebridades del momento (aunque frecuentaba con asiduidad a sus amigos menos afortunados). En esta nueva etapa de su carrera, a Brown le tocó pelear, con su título en juego, contra un excampeón mundial de peso mosca  —Víctor Young Pérez— a ratos consentido de la prensa francesa pues cuando ganaba lo elogiaba como a un compatriota y cuando perdía lo tachaban de tunecino. Minutos antes del combate, el estado de la mano derecha del campeón indicaba que no resistiría el enfrentamiento prolongado que la excelente preparación del retador hacía presagiar. Con un Palacio de los Deportes abarrotado y un campeón lleno de deudas, a sus preparadores no se les ocurrió nada mejor que administrarle no una sino dos inyecciones de novocaína.

Brown ganó el combate pero casi pierde la mano. Horas después de la sobredosis la mano seguía anestesiada pero los rayos ultravioletas que ordenaron los médicos le produjeron quemaduras de tercer grado por lo que tuvieron que operarlo. Cinco semanas después, con la mano aún sin curar, ya estaba de vuelta a los cuadriláteros. Nueve días antes de defender su título en París contra Kid Francis sostuvo una pelea en Suiza, que sólo duró dos asaltos pues el propio Brown le pidió al árbitro que detuviera el combate para no masacrar a su rival:

Se puede considerar este periodo como una de las épocas más esplendorosas de la vida de Panama [Al Brown]. Pasaba semanas enteras sin acostarse a una hora conveniente. Salía todos los días de picos pardos [de parranda] a las salas de fiesta, donde permanecía hasta la hora del cierre y luego, sin deshacer la cama, hacía la invariable visita a Maisons-Laffitte para acariciar a los caballos o montarlos, a menudo borracho. Era público y notorio que Alfonso sólo iba al gimnasio a interpretar una comedia ante los periodistas la víspera de los combates.

La defensa del título la realizó con la mano derecha inutilizada, a pesar de lo cual le ganó por decisión a Kid Francis. Ese combate dejaría nuevas huellas en la ya deteriorada salud de Al Brown. A partir de allí comienza una decadencia imparable que terminaría un año después con la pérdida de su título en Valencia, España.

Hay que reconocer también que la costosa vida parisiense se había vengado de Alfonso y su salud. El boxeador trasegaba litros y litros de champán y jugaba al bacará todos los días cuando se marchaba del hipódromo.

Encima, como ocurre con los boxeadores de fama —de entonces, de ahora y de siempre— vivía rodeado de sablistas y gorrones que recibían de él incontables sumas de dinero. Para procurarse recursos para alimentarlos a ellos y satisfacer sus propios vicios, Al Brown sólo conocía un método: boxear. Aunque su salud no se lo permitiera, tenía que pelear. Desde luego, entre mejor y más conocido fuera el contrincante, mayor era la bolsa. De allí que le concertaran uno de los combates más desiguales de la historia, vista la diferencia de pesos. Gustave Tiger Humery era uno de los boxeadores franceses más populares de su época, y la prensa y los aficionados deseaban un enfrentamiento entre él y Al Brown. Pese a que Humery pesaba siete kilos más que el panameño —en esos pesos una ventaja gigantesca— lograron concertar la pelea, sin el título en juego. En los primeros asaltos Al Brown se dio cuenta de que, pese a que se decía que su rival tenía una mandíbula de cristal, no iba a poder noquearlo y que no podría sobreponerse a la enorme diferencia de peso (oficialmente de sólo cinco kilos). Entonces comenzó a amarrar a Humery, a no dejarlo pelear.

El árbitro le llamó la atención dos veces y a la tercera decretó el triunfo del francés por descalificación del panameño. El público, que quería verlo noqueado, se sintió burlado; silbó, insultó y literalmente trató de linchar a Brown, quien logró sobrevivir la furia de los aficionados, pese a los bastonazos en la cabeza, las patadas y la clavícula dislocada. Al día siguiente la Federación de Boxeo de Francia decide suspenderlo y multarlo con cinco mil francos. Seis semanas más tarde, sin haber entrenado y en estado de champañización aguda volvería a perder, esta vez por puntos, contra un boxeador desconocido que acababa de regresar del servicio militar. Más que de un preparador, que poco o ningún oficio tenía con un pupilo que no entrenaba, Al Brown dependía de la botella de champaña que se despachaba en los descansos entre asaltos. Brown se marchó a la Costa Azul española pues no tendría que combatir hasta cuatro meses más tarde en Túnez, otra vez contra Víctor Young Pérez. A pesar de que tuvo que realizar sesiones de sudoración para hacer el peso, Brown no tuvo dificultad en vencerlo de nuevo y por nocaut, pues en realidad lo que más falta le hacía era más descanso entre peleas.

El árbitro le contó los diez segundos estando Young de pie pero con la mano sobre el hígado tratando de reponerse de un gancho devastador que le había propinado Brown. Luego de decretado el nocaut, Young alegó un golpe bajo y se abalanzó sobre Brown para continuar la pelea pero sin reglas, acción por la cual el campeón, que siempre lo quiso, nunca le guardó rencor. Esa noche Túnez estuvo de fiesta —allí también el panameño era un ídolo— y brincando de bar en bar, cantando, bailando y tocando batería lo sorprendieron los rayos solares del nuevo día. Para 1934, Panama Al Brown había perdido el ánimo de pelear, el fuego, las ganas que necesita todo deportista. Boxeaba porque era la única manera que conocía de ganar dinero. Pero cada vez se le dificultaba más: a un cuerpo maltratado por los golpes rivales, por el alcohol y las drogas, se sumaba el paso implacable del calendario.

Quedó a cuenta con pago con su manejador, y se puso en manos de otros —Robert Bobby Diamond— no menos avaros y despiadados que no demoraron en concertarle combates desventajosos para el pupilo pero taquilleros y por lo tanto ventajosos para ellos. La noche de Navidad le concertaron en París —apenas a semanas de haber derrotado por cuarta vez a Francois Machtens en Lille— un combate contra el campeón mundial de una categoría superior. Panama Al Brown, campeón mundial de peso gallo (54 kg) vs Freddie Miller, campeón mundial de peso pluma (57 kg), nueve años menor que su rival. Al Brown, enfermo, se gastó el lujo de pesarse vestido de pies a cabeza como un caballero inglés, sólo para ser derrotado por puntos horas más tarde. Lo que hicieron sus nuevos manejadores merece un puesto en la antología de la infamia, a la cual Al Brown añadió una buena dosis de autodestrucción. Le pactaron la defensa del título en Valencia, contra el peleador local Baltasar Sangchili Belenguer y unas cuantas peleas previas, incluida una con el propio retador sin que estuviera en juego el título. Por una de ellas Brown cobró una bolsa de cincuenta mil pesetas que perdió íntegramente apostando en pelota vasca.

Pérdida del título

En la mañana de la defensa del título, Brown pesó setecientos gramos más del peso reglamentario, por lo que tuvo que sudar el exceso en menos de cuatro horas. Por fortuna para él, ese día, en la misma plaza de toros donde se escenificaría el combate, Manuel Azaña había pronunciado un discurso ante veinticinco mil personas después de lo cual cayó un aguacero descomunal. Como el público era el mismo, y el único vestido dominguero de la clase obrera no había alcanzado a secar, a la hora del combate no eran más de quinientos los asistentes, lo cual obligó a los promotores a aplazar una semana el combate. Período en el cual Al Brown, en vez de aprovecharlo para recuperar fuerzas se esmeró todo el licor que sus manejadores le proporcionaron hasta minutos antes de subir al cuadrilátero. Al gimnasio nada más iba a que lo fotografiaran y no pasó una sola noche en su habitación. Una semana después volvió a pesar setecientos gramos de más que, sudando, tuvo que perder en pocas horas. Sólo después se supo que en las dos ocasiones Al Brown había salido del hotel convencido de que se encontraba dentro de los límites del peso reglamentario porque sus manejadores habían alterado la báscula de su habitación.

No contentos con haberle jugado semejante ardid, le dieron, además de licor, un narcótico antes de subir al ring. Brown, sudoroso y mareado, sobrevivió los quince asaltos. Cuando el árbitro levantó la mano del español, Brown sufrió un síncope que no le permitió darse cuenta de cómo lo llevaron al hotel. Al día siguiente no encontró a sus apoderados: estaban ya en el equipo del nuevo campeón mundial, como estaba acordado desde que pactaron un combate maliciosamente dirigido a despojar del título a Brown. Derrotado, sin apoderado, sin contratos —sin título mundial era un negro más— recorría sin rumbo las calles de París. El único contrato que obtuvo fue para pelear en Oslo donde fue derrotado de forma aplastante en diez asaltos. Decidió colgar los guantes, y agrega su biógrafo Eduardo Arroyo (1988): “de ahí en adelante sólo tres lugares se abrirían para él, dispuestos a recibirlo: el hospital, la cárcel y el cementerio”. Para sobrevivir firmó un contrato de seis meses, no para boxear sino para bailar y cantar. El acto para una revista de variedades de la Scala de Copenhague consistía en cantar vestido de frac, acompañándose del piano, y luego, como una patética reminiscencia de sus esplendores pasados, saltaba soga y hacía boxeo de sombra, combatiendo contra un fantasma y contra su propia vergüenza.

 

Cuando terminó el contrato, regresó al único lugar por el que se sentía atraído: París, y específicamente a Montmartre. A sus propias palabras no puede añadírsele mayor dramatismo:

Para ganarme la vida, me veo obligado a bailar “claqué” todas las noches en una sala de fiesta. Mi rapidez y mis reflejos están intactos y siento que en lo más profundo de mis músculos duerme aún el fulminante resorte que ha derribado a mis pies a tantos hombres.
Han conseguido que me asqueara el boxeo, que definitivamente me repugnara el boxeo. Lo que ningún adversario pudo obtener, la sórdida pandilla que tiene entre sus manos los destinos del boxeo, los apoderados con dos caras que viven de la carne misma de sus pupilos, incrustados en su piel como las garrapatas en los perros, siempre dispuestos a entenderse con el enemigo si su codicia saca provecho de ello, los promotores con sus chanchullos, los preparadores desleales, todos ellos lo han conseguido.
Basta con que piense en toda esa escoria para sentir náuseas. Me han destrozado, han roto toda mi fuerza, no física sino moral. Cada vez que recuerdo todas las maquinaciones de las que he sido víctima, me pongo enfermo de pena.
Todas las noches bailo “claqué” en el Caprice Viennois de la calle Pigalle. Divierto a esos juerguistas que en otro tiempo me consideraban uno de ellos, solicitaban mi compañía, mendigaban una muestra de interés. No siento vergüenza ni pena. Soy un hombre roto.

Jean Cocteau

Sus palabras evidenciaban desencanto si se mira el fondo, y también cierto refinamiento —inusual en un boxeador sin escuela— producto de haberse codeado con lo más granado de la sociedad parisina y de su relación sentimental con el poeta, ensayista y dramaturgo francés Jean Cocteau, a la sazón uno de los intelectuales más importantes de su país y personaje asiduo de la farándula y de los vicios. Marcel Khill, el compañero sentimental de Cocteau y quien lo acompañó en la vuelta al mundo en 80 días, los presentó y desde el primer momento el escritor —protagonista ya de escándalos por sus preferencias sexuales en una sociedad y época machistas— incorporó al boxeador a su círculo íntimo. Lo cual le permitió a Al Brown cambiar una vez más de vida.

Cocteau lo iba a ver actuar en el Caprice Viennois. Él mismo relata: Al seguía siendo un fenómeno, un bailarín de segunda categoría y su destino era el boxeo… Necesité mucho tiempo y una astucia increíble para llevarle a aceptar su regreso al medio deportivo, que detestaba, temía y despreciaba. Esa admiración por el boxeador/bailarín derivó en una relación íntima.

Jean Marais: Alfonso era amigo de Jean porque éste se bañaba sin vaciar el agua de la bañera donde él se había bañado antes. Cocteau consiguió que Coco Chanel le financiara a Al Brown los gastos de entrenamiento y desintoxicación. Ése a su vez le contó a Dickson sus planes: ahora solo faltaba concertar un combate. Lo cual se materializó en un programa boxístico en París el 9 de septiembre de 1937: Al Brown de 35 años mintió sobre su edad —se quitó seis años, y después se quitaría otro más— volvía a boxear luego de haber rebajado varios kilos que la inactividad le había regalado. Al Brown estaba de vuelta para los aficionados al boxeo, pero también se convirtió en motivo de cotilleos y malquerencias por su relación con Jean Cocteau. Como era costumbre entonces —todavía no ha dejado de serlo— la vida privada de las celebridades pasan por el escrutinio no solicitado de la opinión pública:

Se le insultaba llamándole “poeta” y esa palabra tenía una segunda intención. La relación entre los dos hombres hería la sensibilidad del público. Realmente, ¿hay derecho a ser campeón del mundo a los treinta y cinco años, estar champañizado, tener indicios de sífilis, ser opiómano, jugador, músico, homosexual, y encima negro?

 

El camino a la reconquista del título no fue fácil: en una de las peleas se fracturó la mano, y no obstante logró finalizar el combate y apuntarse una victoria por puntos. Una vez soldada la mano, se le pactó una pelea con el excampeón mosca Víctor Young Pérez, a la cual se presentó con una ligera gripe y en compañía de Jean Cocteau. Nocaut en el quinto asalto: el camino para una nueva oportunidad de una revancha con Sangchili y de reconquistar el título quedaba despejado. En el boxeo hay rivalidades y enfrentamientos que generan expectativas, pasiones, opiniones encontradas, análisis eruditos, pronósticos diversos y —desde luego— dinero en abundancia (en tiempos modernos, rivalidades como las de Muhammad Ali-Joe Frazier, o Roberto Mano de Piedra Durán-Sugar Ray Leonard califican para esa categoría).

De manera que se pactó que la segunda versión Brown-Sangchili se realizara no en Valencia sino en París, y fuera también a quince asaltos. Pero ningún periodista tuvo la bondad de explicarle al público que ya Sangchili no era campeón mundial pues había perdido el título en Nueva York casi en idénticas circunstancias en las que él se lo había arrebatado a Al Brown: sus manejadores lo drogaron, y pese a haber dominado la pelea por catorce asaltos, en el último cayó fulminado. Los pronósticos estaban divididos: Al Brown por nocaut o Sangchili por puntos. Ninguno de los dos: Brown ganó por puntos y por escaso margen, en una pelea sangrienta en la que fue castigado con crueldad. Jean Cocteau escribiría, en lo que sólo puede interpretarse como una expresión de afecto y admiración por Al Brown:

El combate ha sido terrible. Quince asaltos salvajes entre un hombre que se excitaba caóticamente y un hombre que odiaba con calma… No olvidaré jamás la mirada que Al me lanzó en el duodécimo asalto, ni su adiós entre los brazos de sus acólitos, como la de un niño que se manda a la cama.

 

Y cierra con una muestra de cómo su pasión lo indujo a hipérboles, cursilerías y palabras laudatorias impropias de su jerarquía literaria: “El triunfo de Brown nos consuela un poco del luto tan mal llevado en Francia por Gabriele d’Annunzio”. Si Cocteau había sido el motor y la inspiración para que Al Brown volviera al ring, ahora se convertía en la presión, en público y en privado para que abandonara para siempre el boxeo:

Tienes que dejar el boxeo, créeme. El ambiente deportivo te dirá que continúes y que sigas ganando. Se equivoca. Ni tu edad ni tu forma de vivir te lo permiten. Tú me habías prometido reconquistar el título, y yo a ti ayudarte hasta el final en esa asombrosa empresa. Ya está hecho… Abandona el boxeo. Lo odias…

(Para Cocteau reconquistar el título era derrotar a Sangchili, cosa que ocurrió aunque el título no estaba en juego. El artículo en forma de carta, bastante extenso, fue publicado en el periódico Paris-Soir). Como era de suponer, la petición pública de Cocteau causó conmoción: no había un boxeador más taquillero y las bolsas eran demasiado cuantiosas como para permitir que Brown se retirara así no más. Dickson ya tenía en proyecto dos combates más: contra Valentín Tintín Angelmann el 13 de abril y contra Peter Kane el 13 de mayo. Y le rogó por escrito que por lo menos combatiera con Angelmann a quince asaltos y no a diez como estaba pactado, y le trataba de endulzar el oído para una pelea con Kane en la cual podía haber una recaudación hasta de un millón de francos. Pero Al Brown ya estaba decidido a retirarse del boxeo. Y le respondió por los periódicos a Jean Cocteau, en una prosa que no muchos boxeadores manejan:

Mi querido Jean:
Disputaré mi último combate contra Angelmann el 13 de abril…Ya he reflexionado. Recordé los 231 combates y los 23 campeonatos del mundo que figuran en mi historial de boxeador. Durante quince años combatí en todos los rings del mundo. En 1923 conquisté mi primer título de campeón aficionado, en Panamá; en 1938 he reconquistado el título que me habían quitado en Valencia. Durante estos quince años he tenido que llevar una vida que no era adecuada para mi temperamento ni para mis gustos. Mi querido Jean Cocteau, eres un verdadero amigo.
Tienes razón, tengo que abandonar el ring. No quiero seguir el ejemplo de los viejos campeones que se aferran a su título… Le he dado todo al boxeo y el boxeo me lo ha dado todo. Estamos en paz. Ahora soy un viejo boxeador, pero soy un hombre joven. Quiero que me recuerden como a un campeón del mundo que supo escoger él mismo el momento de su retirada, que supo marcharse dejando al deporte un nombre intacto… La noche del 13 de abril abandonaré el ring, saludaré a la multitud, saltaré las cuerdas por última vez. Empezaré así mi segunda vida.

Al Brown se presentó a ese último combate en un estado físico deplorable: con artritis, con un hígado que asimilaba mal el champán, con unos pulmones afectados por la tuberculosis, con una sífilis mal curada, con una mano derecha en malas condiciones que podía volver a romperse en cualquier momento, y entregado por entero al opio y al alcohol (la víspera se le había visto borracho). Entre asaltos le daban, como era ya costumbre, champán. Al comenzar el octavo asalto le dijo a uno de sus esquinas: “no te preocupes, el combate ha terminado”. Y con un recto de derecha mandó a Angelmann a la lona. Se levantó groggy y el árbitro detuvo el siguiente golpe que lanzó Brown, no obstante lo cual su contrincante volvió a caer sin que lo tocaran. La toalla que tiraron desde la esquina de Angelmann puso fin al combate.

En efecto, inició una nueva vida, pero una que ya conocía: la de un artista de circo simulando entrenamientos de boxeo, dirigiendo músicos, bailando claqué y cantando. La relación con Cocteau se había enfriado (en realidad el poeta había entablado una relación intensa con Jean Marais) y sólo se vieron en una ocasión en la que el circo pasaba por Douai. Mientras Cocteau ascendía al Olimpo de la gloria literaria, la Academia Francesa, Brown descendía al abismo de las frustraciones, las enfermedades y los descalabros. Cuando terminó el contrato del circo, y luego de un paso por la clínica para reponerse de una intoxicación del aparato digestivo, se asoció en Toulouse para abrir un cabaré donde vigilaba a las alternadoras y él mismo hacía un baile a la medianoche. La aventura duró poco, no sólo por los pocos dotes de administrador de Al Brown, sino porque los vientos de la guerra soplaban ya con mucha fuerza en Europa.

De manera que en abril de 1939 Al Brown, luego de mil batallas, estaba de vuelta en Nueva York, donde había comenzado su ascenso al pináculo del boxeo. Se instaló en Manhattan en un ambiente intermedio entre el glamour de París y el Harlem de sus primeros años. Y sin futuro alguno como bailarín no tuvo más remedio que volver al ring, para pelear por bicocas, por subsistencia. El guerrero que un año antes había rechazado una pelea millonaria era ahora la sombra de un boxeador que peleaba para apenas subsistir. Como ni siquiera esos contratos abundan, comienza también una vida de cambalaches y venta de drogas que conducen a su detención y a declararse culpable. Su entrenamiento (y también su subsistencia) consistía en recibir un dólar por asalto contra boxeadores en ascenso que luego se preciaban de haber golpeado al gran campeón Al Brown.

De vuelta a Panamá

Al Brown llegó a Colón a bordo de El Imperial en junio de 1941. La multitud que años antes lo había recibido con alborozo y entusiasmo no estaba allí. Apenas una nota en la página deportiva registra la llegada de quien fuera el primer gran ídolo panameño. Viajó a la ciudad de Panamá en el mismo tren de los norteamericanos, sólo que ahora no había nadie en las estaciones esperando para ovacionarlo. En Panamá se presentó ante la comisión de boxeo para obtener una licencia de púgil profesional. Fuera ya de los grandes escenarios de Europa y de Nueva York, y con 39 años a cuestas, se aprestaba a reiniciar, o más bien terminar para siempre, su vida de boxeador. Y consiguió pelear nuevamente: noqueó a un novato de veinte años, pero ya no era una promesa en ascenso sino un excampeón venido a menos, y con una vida licenciosa que la población no terminaba de aceptar.

Aunque el seco había tomado el lugar del champaña, sus preferencias sexuales y los vicios eran los mismos, sólo que se cuidaba más y entrenaba, como para administrar los últimos rescoldos de energía. Peleó contra Kid Fortune, a quien sólo tuvo que empujar en el segundo asalto porque en realidad estaba noqueado desde el primero, le disputó en quince asaltos el título nacional pluma a Leocadio Torres y se propuso conquistar también el título ligero, pero el campeón se negó siempre a combatir con él. Al Brown, el ídolo de hacía diez años era cada día más un paria en su propia tierra: el público ya no lo admiraba, quería verlo derrotado. El primer gran ídolo panameño era ahora malquerido por su propio pueblo. Incluso, cuando el mediocre Eduardo Carrasco lo venció por puntos, el público lejos de solidarizarse con el ídolo derrotado sacó en hombros a su verdugo. Brown, que había tumbado dos veces a Carrasco, terminó casi noqueado agarrado de Carrasco y otra vez con la mano derecha fracturada, que tardaría dos meses en sanar.

Ese mismo año volvieron a pelear con idéntico resultado, pero como eran buenos amigos, Carrasco no quiso castigar en exceso a Brown, lo cual suscitó comentarios de que la pelea había sido amañada. A la decadencia física se sumaron penurias ajenas al ring: Cecil Grant, un boxeador en retiro detenido por venta de cocaína señaló a Brown como el proveedor de droga que le habían encontrado, pero el cargo de tráfico y consumo de drogas fue desestimado por el juez, lo cual le permitió disputar, dos días después de la sentencia, el título de campeón pluma de Panamá con Leocadio Torres, peleando con una sola mano, pues la derecha ya no le serviría nunca más. El 4 de diciembre de 1942, a la edad de 40 años, Panama Al Brown, el primer campeón mundial latinoamericano, subió oficialmente por última vez a un entarimado, en la ciudad donde todo había comenzado, su natal Colón, contra Kid Fortune. Ironía de la vida: Brown derrotó a Fortune, cuando hacía mucho la fortuna lo había derrotado a él.

A lo largo de su dilatada carrera como boxeador profesional, realizó 162 combates, de los cuales ganó 129 (59 de ellos por nocaut), perdió 19 y empató 14. Reinó como campeón mundial por casi seis años y, lo más admirable, jamás fue noqueado. Retirado del boxeo y sin recursos, Al Brown emprendió nuevas actividades para subsistir: obtuvo un empleo, en el que duró muy poco, en el bar Happy Land. (Un periodista, Max Salabarría, que lo conoció por aquella época en Colón me contó que Brown solía sumarse a las tertulias de intelectuales, que se expresaba con propiedad y hablaba con conocimientos de la literatura de la época). Se sentía incómodo en su ciudad natal, rechazado por sus paisanos y decidió instalarse en la capital. Allí encontró la amistad y la comprensión de un barbero, Guillermo Genio Escobar, que no sólo no le reprochaba su homosexualidad y sus vicios, sino que se convirtió en el amigo con quien conversar y compartir sus recuerdos y nostalgias. Y encima le procuró un trabajo como entrenador de un boxeador que iba a combatir en La Habana, Cuba, con un 10 % de la bolsa como pago. A Brown le venía bien pues en Panamá no tenía raíces y en La Habana se encontraba su amigo Eligio Kid Chocolate Sardiñas, víctima como él de explotación y vejámenes. Lo que Brown ignoraba era que también Sardiñas había corrido con iguales infortunios y estaba asimismo arruinado. De manera que terminaron los dos compartiendo habitación en una pensión miserable en las afueras de La Habana.

Tampoco allí demoró mucho. Su meta era, como al comienzo de su carrera boxística, Nueva York, y en circunstancias parecidas a su primer viaje emprendió el retorno, sólo que esta vez no iba empleado para pelar papas sino como estibador en un carguero. No encontraría más que privaciones, interrogatorios por sus antecedentes con las drogas, hambre, y un permanente deambular sin rumbo. El escaso dinero que ganaba lo gastaba en apuestas. Se le encontraba en los bares, atacado por la tos. Sus últimos años fueron una permanente peregrinación entre hospitales y hospicios: sólo pesaba cuarenta kilos. Hay registro de que un día de noviembre de 1950 lo encontraron tirado en la calle y en coma.

El 11 de abril de 1951 en el hospital de Staten Island, Al Brown murió de tuberculosis en último grado. Su médico Irving Klein declaró: Murió sin un amigo ni pariente conocido y, si nadie reclama su cuerpo, será enterrado como se entierra a los indigentes. Al conocerse la noticia, tres conocidos de él se presentaron al hospital a reclamar el cadáver. Lo llevaron durante dos días de bar en bar pidiendo dinero para el entierro, que en realidad se gastaban bebiendo en el siguiente bar. Cuando finalmente dejaron el cadáver en la puerta del hospital, personajes vinculados al mundo del boxeo y el Sport Alliance Club —otrora beneficiaria de la generosidad de Al Brown en los tiempos de bonanza—, sufragaron los gastos del funeral en una Iglesia católica y su entierro en el cementerio de Long Island. Su lápida sólo decía Panama Al Brown 1902-1951. Al año siguiente, una comisión en Panamá reunió el dinero suficiente para repatriar los restos del ídolo, que finalmente llegaron a Cristóbal: el mismo puerto desde donde, tres décadas antes, había partido a conquistar la gloria.

 

Referencias bibliográficas

La información relativa a la vida del personaje y todas las citas han sido tomadas, con autorización del autor, del libro “Panama” Al Brown, 1902-1951 de Eduardo Arroyo, prólogo de Luis Nucera, traducción de María Concepción García-Lomas. Alianza Editorial, 1988, 251 págs. (Edición en francés: J.C. Lattès, 1982).

Algunas de las fechas y resultados de las peleas fueron obtenidos de BoxRec (Boxing Records Archive), considerada ampliamente como la mejor referencia en materia de información boxística.