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    César Del Vasto

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Pedro Rivera

by: César Del Vasto

La tradición afirma que los buenos escritores en sus respectivos contextos históricos se proyectan como predicadores, monjes misioneros, santos o apóstoles, cuya misión es darle poder al conocimiento revelado, al uso de las palabras, como si fuera un desvelamiento para los pocos entendidos que aspiran a comprender el mundo.

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Licenciado en Historia por la Universidad de Panamá. Ganador de premios en concursos nacionales de poesía, ensayo y monografías. Autor de los siguientes libros: Breve historia del cine panameño (con Edgar Soberón Torchía), Breve historia del movimiento de liberación nacional; Roberto Durán Samaniego, hombre y mito; Diógenes De la Rosa, un hombre de ideas; Historia del Partido del Pueblo. Historia del Partido Comunista de Panamá; Historia de la Fotografía panameña; La televisión panameña; Universidad de Panamá, orígenes y evolución; Rogelio Sinán, e pur si muove. También ha publicado algunos ensayos en Cuba y España. Actualmente colabora con el diario La Estrella de Panamá, y desarrolla algunos proyectos en materia cinematográfica y nuevos estudios de historia panameña, y latinoamericana.  
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Pedro Rivera: La batalla cultural de Marco Pueblo

Crear una nueva cultura no significa solo hacer individualmente descubrimientos “originales”, significa también y especialmente difundir críticamente verdades ya descubiertas, “socializarlas” por así decirlo y por lo tanto hacer que se conviertan en base de acciones vitales, elementos de coordinación y de orden intelectual y moral.

Antonio Gramsci
Cuadernos de la cárcel

Introito

La tradición afirma que los buenos escritores en sus respectivos contextos históricos se proyectan como predicadores, monjes misioneros, santos o apóstoles, cuya misión es darle poder al conocimiento revelado, al uso de las palabras, como si fuera un desvelamiento para los pocos entendidos que aspiran a comprender el mundo. Por ello los escritores en términos generales cumplen funciones docentes-proféticas-ideológicas-militantes. Por un lado están los que se alinean con el establishment, con apego a formatos de moda en términos de entretenimiento y aprendizajes, a los que no les falta talento, estilo personal, originalidad, ingenio, gracia, propuestas estéticas estimulantes o perversas. Y por otro lado están los que se involucran en proyectos de cambios estéticos-sociales, con la pretensión de convertirse, con o sin éxito, en conciencia lúcida de las multitudes y de la historia.

Schopenhauer describe tres categorías de escritores: los que escriben sin pensar, los que piensan para escribir, y los que escriben porque han pensado. En esta última categoría se encuentra Pedro Rivera. Cuando vino a servir a este mundo, en los años cuarenta, la médula de los conflictos era de guerra y posguerra, el enfrentamiento de dos sistemas ideológicos irreconciliables. Y también la cuestión nacional. Es decir: patriotismo y lucha por crear un mercado interno que satisficiera las necesidades locales (superar el “monocultivo” y el carácter exportador colonial de la economía). En ese escenario Panamá tenía en Marco Pueblo (seudónimo del estudiante institutor de las décadas de los cincuenta a los sesenta) un cruzado en el ámbito de la cultura.

Desde los inicios de su carrera intelectual se matriculó con el compromiso social. Le atrae el realismo socialista. Entiende la literatura como reflexión y acción. La cultura desde su punto de vista es un proceso de humanización permanente. Era y es un apasionado militante comprometido con los congéneres de su tiempo. Lo expresa de esta manera:

Como toda generación, la mía fue hija de su tiempo y ocupó el espacio que le asignó la historia. Echamos nuestra suerte con los pobres de esta tierra, con los desheredados de la tierra, con los humildes y nos comprometimos con un porvenir de descolonización y soberanía para nuestra patria, sin presencia militar extranjera en Panamá. Es una voz generacional en el sentido de conjunto de actores cronológicamente definidos, sustentados en experiencias históricas comunes y valores compartidos, imbricada en lo político y cultural. Se obligó a tomar partido, aprehender y valorarla realidad en términos singulares: “Soy un escritor experimental, cada libro tiene vida propia, respondiendo a su tiempo. Mis ejes literarios giran en torno a la solidaridad humana y la patria. Y al amor, que lo encierra todo”.

Entendía que la ética no es una ilusión de los hombres, y que toda empresa dirigida a “cambiar el mundo” no es vana. Que es necesario acentuar las afinidades y superar las diferencias. Y, más aún, que toda muerte o todo sacrificio jamás será inútil.

Panamá 1939

Pedro Rivera nació en la madrugada del 5 de enero de 1939 en el hospital Santo Tomás. Es el cuarto hijo, pero el primero del total de catorce nacidos en Panamá, de un cubano que iba de paso y optó, obligado por las circunstancias, por formar familia con una dama panameña. El poeta lo explica de esta manera en “Necrología paterna”:

Mi padre era un hombre del siglo pasado
común y corriente mirado desde lejos
una especie de Walt Whitman mirado desde lejos
sin barba y sin canto a sí mismo.

Ansiaba caminar muy lejos,
posar su planta en el horizonte
y los peces del viaje
y no pensó quedarse sino seguir
andando/en un siempre sin tregua
y un andar infinito.

Mi madre cortó sus alas de viajar
Con tijeras de alumbramiento feliz
cuando parió y parió
hasta alcanzar la cifra
de once pobladores terrestres.
Más claro imposible.

Pero, ¿qué ocurría en 1939? El mundo vivía los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial. Las naciones industrializadas e imperios económico-militares no se ponían de acuerdo respecto a cómo repartirse espacios territoriales, recursos energéticos de las zonas subdesarrolladas y mercados. Términos como descolonización, democracia, cambios sociales, socialismo, comunismo, marxismo, nacionalismo, internacionalismo, liberación nacional, independencia, soberanía, pactos, tratados y muchos otros estaban de moda. La crisis era sistémica, y la guerra, inevitable.

Como es fácil de suponer, el istmo de Panamá adquirió importancia estratégica. Estados Unidos instalaba bases militares a lo ancho y largo del istmo con la excusa de salvaguardar el Canal de ataques enemigos. Las nuevas instalaciones militares requerían mucha mano de obra especializada y no tan especializada. Emigrantes de toda laya y condición emigraron a Panamá por diversas razones, dos de ellas fundamentales: exilio y dinero. Unos, desterrados de sus países; otros, atraídos por la abundancia de dólares. En abril del mismo año terminó la guerra civil española. Francisco Franco derrotó a los republicanos, asesinó y exilió a miles de ciudadanos españoles. De alguna manera los panameños sacaron ventaja de la tragedia. Una serie de intelectuales españoles y de otros países de Europa se establecieron en Panamá. Se pueden mencionar entre otros a Paulino Diez, Juan María Aguilar, Ginés Sánchez Balibrea, Luis Bustamante, los hermanos Pascual, Enrique Enseñat, Jesús Vásquez Gayoso, Demófilo De Buen, Antonio Moles Caubet, Emilio González López, Renato Ozores Quiñones, Ángel Rubio, Miguel Herrera y Santiago Pi Suñer. La mayoría de ellos, al integrarse al sistema educativo, provocaron una revolución cultural sin precedentes en Panamá.

Edad de la razón

En 1938, el padre de Pedro Rivera llegó a Panamá procedente de Colombia; arrastrado, como muchos otros, por el auge económico que experimentaba la economía panameña gracias a la expansión infraestructural de la colonia estadounidense asentada a lo largo de la llamada Zona del Canal.

Este cubano, popularmente llamado “Cuba”, fundó un hogar con la panameña Lastenia Valdespino Ortega, con quien tuvo nueve de los no menos de catorce vástagos panameños (dejó tres hijos en Cuba y uno en Colombia). Es importante referirse a la relación que tuvo Pedro Rivera con su padre porque, tal vez nadie como él haya influido tanto en su carácter y carrera:

Mi padre sin ser un hombre muy cultivado, era martiano, leía a Martí y en su hablar diario utilizaba léxico martiano. Tenía algunos textos de la edad de oro en la mini biblioteca familiar y yo los leía. En las revistas Bohemia y Carteles siempre salían alusiones a Martí. Mi padre y yo éramos muy unidos. Él influyó mucho en mi formación inicial. Por eso puedo decir que José Martí fue mi primer maestro, antes de ir al colegio aprendí a leerlo en mi casa.

Esas lecturas despertaron inquietudes en Pedrito, como le llamaban. Cualquiera que revise sus escritos se dará cuenta de que Martí influye en su visión del mundo y estilo literario, en su pensamiento estético y moral. Tal vez esta relación temprana con el héroe cubano lo llevó a editar un “periódico”, si así se le puede llamar a la hoja de cuaderno escrita con caracteres de imprenta a mano, a lápiz, que pegaba con tachuelas en los murales de la escuela Cirilo J. Martínez de Pedregal, donde cursó los tres últimos años de la primaria, con las pretensiones de informar sobre lo que pasaba en el pueblo. En 1951, a los 13 años, se matriculó en el Instituto Nacional. A los 16 cursó el IV año del bachillerato en Humanidades. Su intención de estudiar ingeniería desapareció al percatarse de que entre él y la matemática había un abismo insalvable. En1955, su vida llegó a un punto de inflexión:

Cuando arribé a la secundaria el primer contacto que tuve con la literatura en plan académico se relaciona con el Siglo de Oro español. En cuarto año se me indujo a leer el Romancero Gitano. También me enseñaron métrica. Me familiaricé con el octosílabo, el eneasílabo, la estructura del soneto, los versos alejandrinos, el hiato y la sinalefa, y de una manera muy natural empecé a escribir y sentir placer al hacerlo. Lo hacía sin ninguna pretensión de convertirme en escritor. Solo para mi disfrute. Recuerdo que la profesora Olga Córdoba de Lozano nos daba largas explicaciones sobre las rimas asonante y consonante. Según lo aprendido escribí un romance (“Romance de los celos”, lo llamé), una mezcla de “La casada infiel” y “Chimbombó”. Se lo entregué a ella por pura coquetería. Lo leyó e insistió en que lo inscribiera en un concurso que por coincidencia organizaba un club de español tutorado por la profesora Esperanza de Álvarez. Obtuve el primer premio.
Acababa de cumplir 16 años. Me llenó de mucho entusiasmo haberles ganado a poetas de los años superiores, en cierta forma ya reconocidos. Entre los libros que me entregaron como premio estaban el Canto General, de Pablo Neruda, y Obras completas de Federico García Lorca A partir de ese momento empecé a ganarme todos los premios del Instituto Nacional, y también los intercolegiales, en diversos géneros. Por esa misma época estaba de moda en el continente (y creo que en el planeta) un tipo de literatura panfletaria, contestataria, más emocional que esteticista, unas veces bien y otras mal escrita. Pablo Neruda es la figura emblemática de esta corriente. En esa etapa de mi vida empezó a fraguarse mi vocación. Descubrí que jamás sería ingeniero, ni matemático, ni nada que se le pareciera. Sería poeta. El entorno conflictivo, político-ideológico permeaba todas las artes durante mi vida universitaria. La retórica positivista, marxista y romántica entremezcladas estaban muy en boga. Los libros nos entusiasmaban tanto como la televisión e internet a los jóvenes de hoy. Ciertamente hacíamos ensalada con la literatura y la política. Lo mismo leíamos a Federico García Lorca que a Carlos Marx. Lo mismo Edmundo de Amicis que César Vallejo, Ciro Alegría, Ernesto Sábato, Curzio Malaparte, Papini, Vargas Vila, Rogelio Sinán, Demetrio Korsi, León Tolstoi, Andrés Eloy Blanco, André Gide, Camus, Kafka, Henry Miller, John Dos Passos, Chejov, Faulkner, Sartre, Lenin, Mao Zedong, Trotski, Henri Lefebvre, Simón Bolívar, Diógenes de la Rosa, Rosa Luxemburgo, Humberto Ricord… en fin, leíamos todo lo que caía en nuestra manos.

Al entrar en la adolescencia Pedro Rivera se aficionó con José María Vargas Vila, escritor colombiano, liberal radical, panfletario, muy popular en su época. Inducido por su padre leyó su libro, cuyo título habla por sí solo: Ante los bárbaros (los Estados Unidos y la guerra) el yanki: he ahí el enemigo. José Antonio Remón Cantera, en 1952, siendo presidente de la república, desmembró la Federación de Estudiantes de Panamá (FEP). Para alcanzar ese objetivo utilizó todos los dispositivos que tenía en su poder: cárcel, exilio, tortura, desprestigio personal, intimidación, paramilitarismo.

Las protestas eran reprimidas a sangre y fuego. Las asociaciones estudiantiles desaparecieron en todos los colegios secundarios de la república. En 1955 la historia se bifurca inesperadamente. El presidente Remón Cantera muere asesinado el 2 de enero, tres días antes de que el joven Pedro Rivera cumpla 16 años. Se cuenta que él, junto a otros compañeros de su edad, encaramado en la muralla del cementerio que da a calle Jerónimo de la Ossa, contempla el entierro del presidente asesinado. Lo que tres años después será la generación del 58, una vez desaparece Remón de la escena, se gesta en esos momentos. En este nuevo escenario los estudiantes panameños retomaron la responsabilidad de restablecer sus espacios políticos. En el Aula Máxima del Instituto Nacional, del 11 al 15 de diciembre, realizaron simultáneamente el V Congreso Ordinario y el II Extraordinario de Organización. En estos eventos participaron, además de los universitarios, delegaciones estudiantiles de colegios oficiales de todo el país.

Cada colegio pasó a organizar su Asociación Federada. La Unión de Estudiantes de Secundaria (UES) y la Unión de Estudiantes Universitarios (UEU) conformaron el Comité Ejecutivo de la Federación de Estudiantes de Panamá (FEP). La directiva de la Asociación Federada del Instituto Nacional (AFIN), al igual que la de los otros centros educativos del nivel secundario, se escogían anualmente. En 1957, se retomó esa tradición. En esta ocasión participaron en las elecciones cuatro grupos. Pedro Rivera, en calidad de militante independiente, se integró a la nómina Acción Revolucionaria Institutora (ARI), liderada por Teodosio Bernal, Carlos González de la Lastra y Leovigildo Gutiérrez. Este grupo ganó las elecciones. Rivera ocupó la Secretaría de Prensa y Propaganda. A los pocos días renunció debido a las discrepancias ideológicas que tenía con el resto de la directiva. Rivera es básicamente un militante de la cultura. Los amigos le aplicaban el barbarismo culturoso. Al igual que buena mayoría de escritores de la época estableció una relación sincrética entre la literatura y la política como herramientas de cambio social. Sus referentes inmediatos fueron Pablo Neruda, César Vallejo y, por supuesto, Vargas Vila. En la entrevista que se le hizo para esta biografía lo expresa de esta manera:

¡Yo soy de los poetas llamados nerudianos! Neruda impuso una manera de escribir, una visión del mundo. Su poesía no solo tenía que ver con la forma sino con el contenido. Era una literatura de compromiso social y estético, útil, vital, ligada a la demanda de felicidad de los seres humanos, a la idea de justicia, libertad, derechos humanos, bienestar e inclusión. La generación literaria que se inicia en el Instituto Nacional viene signada por ese entorno y ese compromiso. Se escribe poesía y se milita, una cosa ligada a la otra. Desde esa perspectiva mi generación fue sectaria, y en consecuencia cometió excesos. El signo de mi generación literaria fue el compromiso con la humanidad. Esa postura estética emerge después de la Segunda Guerra Mundial, de la proclamación del realismo socialista aplicado a las artes y con el ascenso de las dictaduras militares latinoamericanas (Batista en Cuba, Pérez Jiménez en Venezuela, Odría en Perú, Trujillo en República Dominicana) todo aquello entraba dentro de una estrategia de reacomodo de las fuerzas alineadas con el anticomunismo en el hemisferio, apoyadas estrechamente por Estados Unidos de Norteamérica. Las dictaduras militares eran una ‘detente’ contra el avance del movimiento popular y obrero con sus luchas y el surgimiento de los primeros destacamentos guerrilleros en el continente. Inducido por Esther María Osses organicé al grupo literario Gaspar Octavio Hernández, en el Instituto Nacional, a la par de seguir militando en la Asociación Federada del Instituto Nacional. Ella le dio el nombre al grupo, en consideración de que fue un poeta del arrabal, un negro marginal con una clara posición patriótica. Nos hizo sentirlo como si fuera nuestro. Su “Canto a la Bandera” para nosotros era como un himno de combate, un recordatorio de nuestro compromiso con la patria. Imaginaba la bandera panameña convertida en fuego para extinguir a una generación entera, si esta se acobardaba ante el cumplimiento del deber. Aquel sentimiento era muy grande y muy fuerte entre nosotros. Ese sentimiento es el que ella quería que tuviéramos. Nuestro objetivo era sistematizar una actividad cultural dentro de las aulas una vez pasado el “remonato”. Éramos jóvenes inquietos, quienes luego de las primeras lecturas literarias, políticas, y científicas, decidimos escribir… la competencia por la lectura estuvo de moda entre nosotros, intercambiábamos libros… ¿Qué libro leíste esta semana? Era la pregunta de rigor. Integrábamos un grupo de elite que se alejaba intelectualmente del resto de la muchachada.  Siempre hay quienes vinculan la vida a la lectura para que la lectura y la vida tengan sentido. Yo pertenecía a ese pequeño grupo. Por esa razón empecé a escribir desde muy temprano en un tono muy maduro gracias a estas lecturas.

El Grupo Gaspar Octavio Hernández, fundado en el Instituto Nacional el 15 de diciembre de 1957, tutorado por la poeta-profesora de español Esther María Osses, lo integraban los estudiantes Pedro Rivera, Moravia Ochoa López, Migdalia Díaz, Roberto Luzcando, José Young, Enrique Chuez, Carlos Wong Broce, Inesita Rodríguez, Alexis Robles, entre otros. Era una época de gran creatividad. Las ideas se debatían públicamente, en privado y en la clandestinidad. Había libros prohibidos. Intelectuales del continente trasegaban por estas tierras. Estos cultores de la palabra visitaban Panamá con frecuencia y eran atendidos por un selecto grupo de intelectuales panameños. En algunas ocasiones Pedro Rivera, así como otros miembros del grupo, eran invitados a las tertulias que se organizaban cuando un escritor latinoamericano pisaba tierra panameña. Panamá es paso obligado de escritores del Norte y Sur del continente; muchos de ellos, exiliados, van de paso pero dejan su impronta. El grupo, además de preocuparse por su obra personal o colectiva, y por estudiar, organiza recitales, conversatorios y conferencias en mancuerna con grupos similares. La oportunidad de interactuar con poetas como los peruanos Gustavo Valcárcel y Manuel Scorza, o con el chileno Hugo Goldsack, no se desperdiciaba. Leían sus libros. Ampliaban su información bibliográfica. Imitaban sus estilos. Uno de los libros de poemas que más impacta al joven Rivera es Las imprecaciones de Scorza, sobre todo el poema que empieza así:

América, no puedo escribir tu nombre sin morirme. Aunque aprendí de niño, no me salen derechos los renglones. ¡En cada sílaba tropiezo con cadáveres! ¡Detrás de cada letra encuentro un hombre ardiendo, y no puedo cerrar la a porque alguien grita como si se quedara adentro!

Conceptos como libertad, independencia, dictadura, opresión, imperialismo, igualdad, lucha y solidaridad fraguan una estética de intenciones, compromisos y militancias extremas. La palabra ahora es subversiva. El instinto de pertenencia territorial inaugura una lírica épica nada sutil, subversiva y contestataria. A la manera de sus maestros, o bajo la influencia de autores como los señalados, el joven poeta de Panamá aborda la temática latinoamericana sin reticencias:

Voy América Si en verdad era el canto, canto de la tierra, si en verdad eran los ríos, sangre de los días, y era la aurora del maíz sobre tus playas aurora para el mundo ¿por qué, Madre América, tus selvas se poblaron de sombras y gemidos?

Poesía y política van agarraditas de la mano. La idea de la revolución social hamaquea al sistema de desigualdades establecido. Los órganos de seguridad del Estado vigilan de cerca a los artistas. Les temen. La inteligencia popular los aterroriza. Propagan la idea de que los comunistas comen niños o les quitan la patria potestad a los padres. Para ellos tan peligroso es el que escribe un poema como el que arroja una granada. En no pocas ocasiones los poetas van a parar con sus huesos a la cárcel. O mueren. No por otra razón el poeta Changmarín acumuló cuatro años de su vida detrás de las rejas. No son hechos aislados. No obstante, quedan márgenes para maniobras: páginas literarias, libros, espacios académicos, conciertos, recitales poéticos, conferencias, conversatorios. La libertad siempre tiene pretextos para defenderse. Y los encuentra en el arte. Suele ocurrir que en coyunturas de represión la inteligencia convierte las artes en focos de resistencia. Tal vez por esa razón la lírica vanguardista entra en su apogeo por aquellos años. A la promoción que pertenece Pedro Rivera, posvanguardista, se la llama “los nuevos poetas” para diferenciarla de la inmediatamente anterior.

La última gran horneada

La llamada generación del 58 provocó una fractura política. No solo cambió la visión del mundo de involucrados y no involucrados. Panamá ya no sería la misma. El tradicionalismo multipartidista burgués, sin perder sus espacios, dio paso a corrientes ideológicas socialistas, que hasta ese momento se refugiaban en las catacumbas de la sociedad. La fecha creó nuevos paradigmas, cambió los referentes de la identidad nacional. Lo que en el argot militante se conoce como “luchas populares” en vez de ver los objetivos reivindicativos como un fin en sí mismos los veían como un medio. Pedro Rivera comenta al respecto:

Los estudiantes del Instituto Nacional iniciamos una lucha reivindicativa, exigiendo mejoras al sistema, y fuimos reprimidos violentamente. La represión fue brutal. A partir de ese momento nuestro objetivo era hacer la revolución.

También hubo un giro de 180 grados en las artes. Tal vez más en la percepción que en la misma actividad creadora. Ciertamente los miembros de los grupos Demetrio Herrera Sevillano y Piedra y Cielo, si bien heredaban algunos rezagos modernistas, ya escribían bajo los parámetros vanguardistas en boga. Pero de acuerdo con algunos testigos de la época, más que de críticos literarios, el poema que escribió Pedro Rivera en las mismas horas en las que ocurría la masacre, impactó de una manera inusual a la opinión pública. No era para menos. Se distribuyeron 30 000 ejemplares en formato de hoja volante, en papel periódico. En horas de la noche brigadas de estudiantes pegaron estas hojas en las paredes de los almacenes y casas de la avenida Central, Santa Ana, El Marañón, Calidonia, El Chorrillo y San Felipe. Era curioso cómo la gente se detenía a leerlo y copiarlo en sus libretas. Aquí se reproduce tal como se publicara entonces, al amparo del seudónimo Marco Pueblo:

Canto a un día cualquiera, a una mañana inmensa Un día, una mañana, un día puro, un día en que la bala encontró su corazón, su madriguera. Un día en que los niños murieron de metralla y culatas y bombas lacrimógenas, un día que echó raíces en la piedra, un claro día, una mañana. Eran niños populares, hijos hijas de la Patria, la Patria humilde, la misma que los ricos se robaron, la misma que los niños defendieron cuando el hombre olvidó que se era hombre o lagartija o se era nada. La Patria humilde, Patria sin sus hijos. José Manuel Araúz, primera víctima el Artes y Oficios produjo su alegría. Y su corazón fue destrozado por la Guardia… Entonces, yo tenía que decir que la Guardia Era el excremento de la sombra. Tenía que gritarlo en todas direcciones: arriba, abajo con la palabra como si fuese un fusil acongojado cavando sepulturas en la noche.

Un día, una mañana; muy temprano. Un día entre tantos, pero un día sinceramente sólo, un día en que no sabíamos si llamar a nuestra madre o tirar una pedrada Un día cuando cruzaban rápidos patrullas transportando tenientes con las caras amarillas tenientes sanguinarios que olvidaron a su madre que escupieron a su madre, y mataron a sus hijos… Entonces yo tenía que halarme los cabellos y decir, con esta voz absurda, que el guardia era antes que un perro con pulgas, antes que un sarnoso perro antes que un obediente perro de los oficiales un perro que mordía la clara Patria, sin otra esperanza que ser oscuro perro, pero, antes que todo era, un hombre bueno que creció en el pueblo, y que debajo del rudo “kaki” le crecía su corazón humano Un día, una mañana inmensa, las azules liceístas y los institutores los bravos artesanos y las abejas blancas, los nuevos normalistas. los verdes estudiantes, los genuinos, fueron a reclamar sus corazones, fueron a pedir que se les diera algo, algo de Patria, algo de corazón, con que injuriar el crimen y todo les fue negado a punta de metralla. Entonces, yo tenía que tomar mi corazón y restregárselo a la Guardia y restregárselo en su cara, duramente y decirle que tomara de él, que lo guardara como un recuerdo amargo de un día cualquiera de una mañana inmensa.

Las réplicas a este panfleto rabioso no se hicieron esperar. No menos de una decena de poetas, la mayoría anónimos o utilizando seudónimos, publicaron poemas alusivos a la gesta. A partir de ese poema la poesía social, o más bien política, se potenció, emergió como una necesidad, los poetas se alejaron de los trillados temas del amor, las quejumbres y los paisajes, o los trataron desde perspectivas menos existencialistas, vinculándolos a las luchas sociales. Los periódicos en manos de la oposición recogieron textos relacionados con la gesta y los mártires. El interés por la poesía panfletaria se masificó. El conato insurreccional llegó a su fin el 29 de mayo de 1958. Se suscribió el llamado Pacto de la Colina, compromiso mediante el cual se liberaba a los detenidos y se garantizaba que no habría represalia. En octubre de ese mismo año, los estudiantes se atrincheraron en el Instituto Nacional, ahora sí, apoyados abiertamente por políticos tradicionales que les proporcionaron algunas armas. El objetivo era ahora “tumbar al gobierno”. Fue cuando a Pedro Rivera lo detuvieron la noche en la que se dirigía a la emisora HONZ, Ondas Istmeñas, a leer una proclama que convocaría al “pueblo a la insurrección”. No llegó a su destino. Lo interceptó una patrulla que lo condujo a una celda del Cuartel Central.

Era obvio que no había apoyo popular. Los partidos políticos no cumplieron su promesa de iniciar una guerra de guerrilla urbana o actos de terrorismo. Los insurrectos quedaron aislados y se vieron obligados a rendirse. Al reanudarse las clases, Pedro Rivera fue expulsado del Instituto Nacional después de publicar dos artículos en el periódico La Nación, que rezumaban dolor, amargura y resentimientos contra profesores, a los que consideró poco solidarios e hipercríticos. Debió terminar su bachillerato en el Instituto Istmeño. Rivera no dejó de escribir. Antes de los incidentes tenía un pequeño libro de poesía encarpetado. Lo inscribió en el concurso literario Ricardo Miró y como todas las cosas están unidas por vínculos secretos, obtuvo la primera mención honorífica con Las voces del dolor que trajo el alba. La patria fue el eje los cinco libros galardonados. La nueva poesía iniciaba su reinado. El día de la entrega de premios, en el aula máxima del Instituto Nacional, Rivera no ocupó la silla que le correspondía en la primera fila junto a los otros premiados. Se ubicó al fondo del gran salón, de pie, enfundado en el uniforme del Instituto Nacional, rodeado por sus compañeros del Movimiento 12 de Diciembre. Cuando lo llamaron, avanzó hacia el estrado lentamente. En homenaje a los caídos llevaba una cinta negra en el antebrazo izquierdo. Tomó el diploma que le extendió el ministro de Educación, Carlos Sucre, pero no le estrechó la mano. Dio media vuelta y se retiró en medio de los aplausos.

Somos los que se van

Luego de obtener el título de Bachiller en Humanidades, en marzo de 1959, Pedro Rivera abandona el país. Llega a Buenos Aires, donde hace una escala de tres meses en Rosario antes de encaminarse a Santiago de Chile. Rivera describe este periodo evidentemente de transición y búsqueda:

No pude regresar al Instituto Nacional. Me gradué en el Instituto Istmeño. Mi padre, con el pretexto de mi educación, es lo que pensé después, decidió enviarme a una universidad extranjera, y de esa manera tan pragmática evitar que siguiera involucrándome en los problemas políticos del país. En ese momento soy el hijo de la derrota y parto para Chile. Matriculo Sociología y escribo. Allá, unos meses después recibiré a los sobrevivientes de la experiencia guerrillera de Cerro Tute. En esa incursión guerrillera murió Eduardo Santos Blanco, uno de mis mejores amigos. También se involucraron en esa insurrección otros amigos míos, entre ellos los poetas Polidoro Pinzón y Álvaro Menéndez Franco.

A mediados de febrero de 1960 Pedro Rivera se instaló en Rosario, Argentina. Su objetivo principal era estudiar en Chile (aún no iniciaban las clases en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile). Su breve estadía la aprovechó para estudiar filosofía en la Universidad de Rosario. En esa provincia, además de descubrir a Sábato, publicó su primer poemario: Panamá, incendio de sollozos, una recapitulación de poemas escritos dentro de la tónica panfletaria. La temática tiene que ver con los acontecimientos de mayo de 1958. Sus compañeros de vivienda, Juan Carlos y Humberto Mas, gestionaron el apoyo de José de la Cruz Herrera, cónsul honorario de Panamá, hijo de uno de los biógrafos más importantes de Simón Bolívar, para que financiara la publicación del poemario en una imprentita arrabalera de Rosario. El 1 de mayo de 1959 Pedro Rivera llegó a Santiago. Ingresó primero en Filosofía, luego en Sociología. Fue reclutado por la Juventud Comunista y designado como secretario responsable de la célula de esa organización en la Escuela de Sociología. En Chile, Rivera escribió el poemario Despedida del hombre, con el cual obtuvo en 1960 mención honorífica en el concurso Ricardo Miró. Uno de los poemas de ese libro, “Encuentro con la amada”, fue musicalizado por Luis Franco, e interpretado por Rubén Blades, quien lo incluyó en Tiempos, ganador del Mejor Álbum Pop Latino del Grammy 1999. He aquí un fragmento del poema aludido:

Todo mi amor no cabe en una copa ni dentro de la piel de una pantera no cabe en la montaña del silencio ni en las ventanas de una flor abierta. Todo mi amor no cabe en el espacio ni en todos los pupitres de una escuela; ni en las ubres heridas de la noche ni en el olvido ni en la vida entera. Todo mi amor no cabe en una mano ni cabe en la rendija de una puerta. Si las piedras del mundo se reuniesen le faltarían las piedras a las piedras; si se reunieran todas las palabras para llenar mi casa solariega, amada, faltarían todas las lunas y también las palabras y las letras porque todo el amor que te entregara todo el amor del mundo no lo llena […]

Los dos años en Chile fueron de reflexión, formación, aprendizaje y madurez. Leyó, estudió los clásicos de la literatura, se empapó de las teorías revolucionarias en boga, frecuentaba cines, museos, teatros. Se enamoró. Acudía a mítines políticos. Trató de sacar lo mejor de Chile.

Los pies tocan la tierra

Pedro Rivera retornó a Panamá a principios de 1961 ya que su padre estaba enfermo; él era el hermano mayor de nueve hermanos en edad escolar. No obstante, matriculó Filosofía e Historia en la Universidad de Panamá. Las cosas habían cambiado.

Versos furiosos, 9 de enero

El 1 de enero de 1964, según acuerdo entre Panamá y los Estados Unidos, suscrito en 1963, se izarían las banderas panameñas en algunos sitios públicos de la Zona del Canal. El incumplimiento parcial de los acuerdos, particularmente en los predios del High School de Balboa, ofendió a los estudiantes del Instituto Nacional. La historia es bien conocida. En el enfrentamiento con la policía y las tropas del ejército estadounidense murieron 22 panameños. La noticia estremeció al mundo. Pero lo más importante es que provocó un salto de conciencia en la sociedad panameña. El vacío de liderazgo político lo llenaron las organizaciones estudiantiles universitarias, con la Federación de Estudiantes de Panamá (FEP), la Unión de Estudiantes Universitarios (UEU) y la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) a la cabeza. Lejos de lo que algunos pudieran imaginar, los líderes estudiantiles no azuzaban; al contrario, tomaban medidas para calmar los ánimos de la población. Hubo distintas reuniones relámpago en medio de la refriega. La más importante, sin embargo, se realizó en el pasillo del edificio principal del Instituto Nacional, alrededor de las tres de la madrugada del 10 de enero.

Víctor Ávila, Augusto César Arosemena, Floyd Britton, Eligio Salas y otros, entre ellos Pedro Rivera, llegaron a la conclusión de que se requería una estrategia nacional para orientar al pueblo con el fin de frenar la inmolación. Se creyó que lo más adecuado era encaminar a las muchedumbres en dirección de objetivos mucho más trascendentes en sustitución del heroísmo personal y colectivo. Pero primero se convocó a distintos sectores de la sociedad, de hecho ya involucradas, para analizar la situación y unificar criterios. Al día siguiente, el 10 de enero, un número plural de organizaciones políticas, gremiales, profesionales, cívicas, confesionales se dieron cita en el Paraninfo Universitario: ¡dieciséis horas después de iniciarse la confrontación! Lo demás es historia conocida: al atardecer de ese día una multitudinaria manifestación se dirigió a la presidencia de la república. El presidente Roberto Francisco Chiari recibió a una comisión en su despacho y le notificó la decisión del gobierno de romper relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Víctor Ávila hizo el anuncio a la multitud desde el balcón de la presidencia. El acuerdo al que se llegó contemplaba “no privar de su libertad a ninguna persona que haya participado en los acontecimientos”. Sin embargo, Pedro Rivera fue detenido esa misma noche por órdenes del oficial Boris Martínez. Al otro día, el 11 de enero, por gestiones del recién organizado Comité de Defensa de la Soberanía, presidido por Jorge Illueca, fue liberado.

Consolidar cosas

El 13 de enero de 1966 Esther María Osses, Rogelio Sinán, Carlos Wong Broce, Moravia Ochoa y Pedro Rivera crean e inscriben en el Registro Público la Unión de Escritores de Panamá. Las razones son obvias. La organización por oficio o actividad profesional se aviene a la lógica de los tiempos. Es a través de la agremiación como los escritores, artistas y pensadores articulan su actividad creativa, crean espacios de participación e interacción en el ámbito social que les es propio y promueven la circulación de sus obras. Si esa es la norma en países mejor dotados histórica e institucionalmente, con mucha más razón urge en países con rezago. Pero en el caso de Panamá organizar a los escritores apremia más por razones políticas que por otra cosa. El carácter de las confrontaciones entre los partidos que se disputan el poder (llamados oligárquicos o “con dueño”) no presagia nada bueno. Los ánimos están caldeados. La corrupción y el desenfrenado deterioro éticosocial arrastran a la sociedad a callejones sin salida.

Sin embargo, las iniciativas gremiales de los gestores de la idea se dificultan debido sobre todo al “ideologismo”, es decir, a las divergencias conceptuales, tácticas y estratégicas, entre miembros de la generación de escritores emergentes a la que pertenece el mismo Rivera. A pesar de los resquemores deciden organizarse en la Unión de Escritores de Panamá. Se adhieren 39 escritores. La primera reunión oficial tiene lugar el 13 de enero de 1966. Se destaca la participación, entre otros, de Carlos Francisco Changmarín, Bertalicia Peralta, Tobías Díaz Blaitry, Moravia Ochoa, Ramón Oviero, José Manuel Bayard Lerma. El poeta Rogelio Sinán la preside. El esfuerzo por agremiar a todos los escritores fracasa. Los conflictos ideológicos permean a la organización; incluso un grupo a los que se considera extremistas, “ultrosos” según la jerga de la época, la sabotea abiertamente. Sinán se hastía y simplemente se aparta. La responsabilidad de seguir adelante con la organización queda en manos de Pedo Rivera. El esfuerzo es inútil. Lo que más preocupa a Rivera es lo que podría pasarles a los escritores en caso de que se produjera el golpe de Estado anunciado, y no hubiese en Panamá un mecanismo gremial creado, capaz de salvaguardar la libertad y la vida de los intelectuales y artistas panameños, y que estuviera en capacidad de gestionar la solidaridad internacional en caso de persecución extrema. Rivera advierte inútilmente a los escritores que abordaba: “Cuando los militares dan un golpe de Estado los escritores somos los que pagamos el pato”.

Final de la modorra, despertar fecundo

A diez días de la toma de posesión de la presidencia, en la madrugada del 11 de octubre de 1968, un grupo de oficiales encabezados por el mayor Boris Martínez, sito en Chiriquí, y el teniente coronel Omar Torrijos, en la comandancia del Cuartel Central, llevaron a cabo un golpe de Estado contra el díscolo caudillo populista, Arnulfo Arias Madrid, enemigo jurado de la institución castrense. La represión en contra de los gremios populares y profesionales fue brutal. Los dirigentes que no podían asilarse fueron encarcelados, y ocurrió lo que se preveía y se temía: varios escritores fueron detenidos y enviados al exilio. Rivera tomó cuatro decisiones: abandonar el cubículo adosado a la oficina del negocio donde dormía, mudarse a un apartamento ubicado en calle Uruguay y avenida Balboa; casarse con su novia Aida Libia Moreno, estudiante de medicina… Y escribir. Tenía en la mira el Concurso Literario Ricardo Miró. Pedro Rivera nos habla de su caso en particular.

Nos dice que una de sus hermanas, de mucho carácter, emplazó en términos muy directos al oficial de la Fuerza Aérea Panameña con el que estaba casada, muy cercano y de mucha confianza de la cúpula militar. La amenaza fue simple: “Si meten en la cárcel a mi hermano me divorcio enseguida”. Tal vez la amenaza que hizo la hermana funcionó. O tal vez otros factores incidieron. El padre de Pedro Rivera manejaba un negocio de compra y venta de materiales de construcción, ubicado en Río Abajo. Muchos oficiales de mediano rango en sus patrullajes diarios hacían escala en ese establecimiento y, como era usual por aquellos tiempos, el padre los gratificaba con un “salve” para la merienda. Oficiales de mayor rango gestionaban donaciones de mayor envergadura en ese pequeño negocio con el fin de invertirlas en sus cuarteles. En julio de 1968, cinco meses antes de que se produjera el golpe de Estado, falleció el padre de Pedro Rivera.

El poeta, como es natural, a regañadientes, se vio obligado a mantener el negocio operando. A ese lugar se presentó su cuñado, enviado por Torrijos con la misión de aclararle sus buenas intenciones y de ofrecerle “en prueba de su buena fe” un cargo en el gobierno. “Dice mi coronel que escojas el viceministerio que quieras. Es tuyo”. Según cuenta el poeta, la oferta le sonó como “la bolsa o la vida” o “lo tomas o lo tomas”. No obstante, se las ingenió para escurrir el bulto. Le explicó que no podía aceptar la oferta por cuatro razones. Una, no tenía la preparación necesaria para ser viceministro de nada. Dos, con la reciente muerte del padre heredó las responsabilidades de hijo mayor, condenado a mantener y educar a ocho hermanos menores, hijos de dos madres distintas. Tres, acababa de contraer matrimonio. Cuatro, sus amigos estaban presos o exiliados y no se perdonaría a sí mismo traicionarlos o dar esa impresión. “¿Cómo hacer una cosa como esa?”, agregó en tono de confidencia. Pedro Rivera no fue encarcelado ni se exilió. Sin embargo, sobre él pesaba la prohibición de acercarse a la Universidad de Panamá. Sin comunicárselo oficialmente, se le dio casa por cárcel y sus pasos eran vigilados. Un amigo de infancia, avecindado en una casa frente a su negocio, llamado Luis Ávila, soldado raso de la Guardia Nacional para más señas, era el encargado de vigilarlo. Pero de igual manera el muchacho le advertía cada vez que su foto aparecía en el tablero del “Orden del día”, bajo el letrero: “Se busca”.

El golpe cercenó de raíz todas les estructuras organizativas estudiantiles. Muchos de mis compañeros van a dar a la cárcel o buscan asilo. Yo quedo aislado, se me veda acceso a la Universidad, no culmino mi carrera, voy del trabajo a la casa y de la casa al trabajo. Sé que soy vigilado y también sé que no puedo caer preso. Mi padre ha muerto y soy cabeza de familia. En ese periodo me obligo a escribir Peccata Minuta y Los Pájaros regresan de la niebla, que resultan ganadores en las secciones de cuento y poesía, respectivamente, en 1969. El nombre del poemario es irónico, lo uso como riposta a las corrientes esteticistas emergentes, defendidas por los poetas más jóvenes, atraídos más por la poesía mexicana (evasiva) que por la sureña y centroamericana (compro metida), como era en el caso de mi generación. Los pájaros (nombre genérico dado a cualquier ave en Panamá) refieren al ‘cisne’ vanguardista, esteticista, refractario a lo social en literatura, cuyo “sacerdotiso” es el mexicano Octavio Paz.
Cuando gano el Miró, en poesía y cuento simultáneamente, Torrijos me envía mensajes con viejos compañeros ya incorporados a lo que empieza a denominarse “proceso revolucionario”, pero los evito. Torrijos es un hombre muy informado y sabe que estoy al frente del negocio de madera que fuera de mi padre, quien había fallecido unos meses antes del golpe de Estado.

En octubre de 1970, Pedro Rivera y Omar Torrijos se vieron por primera vez cara a cara en una fiesta organizada por una periodista. Se la tenía por “progresista” porque se relacionaba con políticos, pintores y “culturosos” de toda condición y laya. En dicha reunión, el general le ofreció al poeta participar en un proyecto para promover la creación de 10 000 medianas empresas en capacidad de reclutar a 30 trabajadores cada una, y en consecuencia acabar con el desempleo en Panamá. El Estado estaba en condiciones de financiar el proyecto. La única manera que encontró el poeta para negarse a la invitación fue que no tenía intenciones de convertirse en hombre de negocios, y no se veía sumando y restando dinero por el resto de su vida.

Fundación de un instrumento liberador

En 1972, una vez estabilizada en el poder la tendencia político-militar encabezada por el general Torrijos, después de remover a las facciones más anticomunistas de la Guardia Nacional, a la vista del programa social progresista y del rencauzamiento de las negociaciones para la firma de un nuevo tratado con los Estados Unidos, era muy difícil dejar de involucrarse con el “gobierno revolucionario”.

Compañeros históricos de la generación del 58 y 64, se habían incorporado al “proceso”. Algunos eran ministros, otros tenían bajo su responsabilidad programas y proyectos de profundo alcance social. La programación de estrategias de desarrollo, vinculadas a conceptos como “soberanía”, “liberación nacional” y “libre determinación de los pueblos” le resultaban familiares y atractivas. La convocatoria de una Asamblea Nacional de Representantes de Corregimientos y el esfuerzo por organizar asentamientos campesinos, así como el interés de crear polos de desarrollo en áreas secularmente condenadas al hambre, mellaron su conciencia. ¿Acaso no eran o son esas las motivaciones existenciales de los revolucionarios? Pedro Rivera vivía en Panamá, estaban sucediendo cosas, se respiraba un aire de revolución. ¿Se sumaba o no? La transición ocurrió de esta manera:

En mis horas libres, siempre cerca de la Universidad, empecé a compartir experiencias con mis compañeros de generación vinculados al “proceso”. En algunas de esas ocasiones los acompañé a entrevistas de trabajo directamente con Torrijos. Hablo de Adolfo Ahumada, Eligio Salas, Ascanio Villalaz, Renato Pereira. No pude evitar que mi punto de vista con lo que ocurría en el país respecto a él, a Torrijos, se modificara de a poco. Observé su estilo de trabajo. Siempre estaba a la espera de que sus colaboradores le expusieran ideas nuevas o le presentaran proyectos por muy absurdos que parecieran. A menudo se entusiasmaba. Cuando daba su aquiescencia, chocaba las manos y decía: “de acuerdo, cambio y fuera”.

El gobierno de Panamá, en 1972, no tenía relaciones con el gobierno de Cuba. No las tenía desde 1961. Se había sumado a la estrategia de aislamiento y embargo instrumentada por los Estados Unidos con el fin de someter al gobierno de Fidel Castro. Ni los asesores de Omar Torrijos, ni él mismo, ocultaban el interés que tenían de acercarse a Cuba, independientemente de las razones sentimentales o ideológicas, por intereses estratégicos. Cuba era uno de los pilares del poderoso bloque de los “Países no Alineados”. La solidaridad de más de 50 países no era nada despreciable. En 1972 Pedro Rivera fue invitado a integrar el jurado de Casa de las Américas de Cuba. No era una representación oficial, avalada por el gobierno de Panamá, pero sí tolerada. La costumbre por aquellos días era encarcelar o intimidar a quienes viajaran a Cuba. Pero la tendencia a tolerar este intercambio cultural, además del deportivo, indica el interés no manifiesto de distensión entre ambos países.

Era un movimiento difícil debido a la presión que ejercían los Estados Unidos para evitar que los estados de América Latina reanudaran relaciones diplomáticas con el gobierno de la isla caribeña. Meses después, el renombrado pianista internacional, Jaime Ingram, creador y director del recién creado Instituto Nacional de Cultura (INAC), trató de “reclutarlo”. Siguiendo instrucciones directas del general Omar Torrijos, le ofreció la Dirección de Letras. Una vez más, Rivera rechazó una oferta directa del general Omar Torrijos. Unos meses más tarde volvió a ocurrir. Pedro Rivera estaba en su oficina; el teléfono sonó y al levantar el auricular reconoció la voz de Omar Torrijos. En el ya conocido estilo castrense lo apremia para que se presente al aeropuerto de Tocumen. Allí lo espera un avión monoplaza que lo trasladará a su casa de Farallón.

Alguno de sus amigos lo había alertado sobre lo que se le ofrecería. Pero no estaba seguro. Agitado y desconcertado recoge lo usual para participar en una jornada de trabajo de las que ha oído hablar: una muda de ropa, cepillo y pasta de dientes. Rivera describe la jornada:

Esa primera noche fue de tragos. “Mañana haremos un patrullaje doméstico”, me dijo. Al día siguiente lo acompañé en el helicóptero que nos dejó en un sitio selvático. Nos acompañaban Rory González y algunos militares de su escolta. Atravesamos matorrales. De uno de ellos arrancó el fruto de un arbusto silvestre, lo abrió, probó las semillas y dijo “aquí el cacao se da muy bien. Podríamos cultivarlo para la exportación”. Caminamos un buen rato. Atravesamos varios ríos sin quitarnos la ropa. Mis zapatos brasileños quedaron como guacho. Llegamos a un pueblo rehundido. Los poblanos lo esperaban para discutir asuntos relacionados con la construcción de la escuela y un puente que uniera dos comunidades avecinadas. La cuestión era, uno, de qué lado del río se construiría la escuela; dos, de qué materiales sería construida. La querían de bloques. El general los oyó un buen rato. Después les explicó que el lugar era muy remoto e inaccesible por tierra para trasladar sacos de cemento, bloque y zinc. A ese lugar sólo se podía llegar en helicóptero. Les recomendó que utilizaran la madera que era abundante en la región. Prometió enviarles motosierras y técnicos que les apoyaran. Y maestros. Recuerdo que les dijo. “La escuela es el maestro. Puede enseñar a sus alumnos hasta debajo de la sombra de un palo de mango”.

Esa noche Torrijos arrellanado en su hamaca le solicitó a Pedro Rivera que se encargara de la Embajada de Panamá en Colombia. Urgía fortalecer los lazos de amistad con intelectuales de los países fronterizos. Le explicó que la imagen de gobierno dictatorial que se tenía en el exterior debía disiparse con el fin de recabar simpatías y apoyo internacional a la gestión negociadora de nuevos tratados con los Estados Unidos referentes al Canal. El poeta adujo con sinceridad que no tenía la vocación ni el perfil requeridos para ocupar cargos diplomáticos. “Si no aceptas me obligarás a escoger a un nombre de derecha”, le dijo. Al otro día sin ningún cruce de palabras viajaron de regreso a Panamá con algunas paradas en el camino. Una de ellas para socorrer a una señora que viajaba en una ambulancia por los lados de Arraiján.

Era la cuarta vez que Pedro Rivera rechazaba una oferta del general Torrijos. En 1972 era un hecho: Omar Torrijos aceleró las negociaciones con los Estados Unidos para desmantelar la Zona del Canal. Ese mismo año el Cine Club Universitario, al que pertenecía Rivera, organizó del 28 de agosto al 3 de septiembre la Primera Semana de Cine Cubano en la Universidad de Panamá. El impacto que provocan las películas fue significativo por razones políticas y artísticas. El acercamiento con Cuba se avizoraba. Se sabe que los países distanciados por razones políticas generalmente reinician los contactos diplomáticos a través de la actividad deportiva y cultural. La muestra fue un éxito. El cine cubano introdujo una visión estética inédita en Panamá. Los cinéfilos del patio fueron los más sorprendidos. La propuesta dramatúrgica nada tenía que ver con los modelos hollywoodenses, o con las tendencias tradicionales (llamadas “charradas” y “chanchadas”) del cine latinoamericano hasta ahora conocido en Panamá. Era una propuesta cinematográfica de reflexión: contestataria, política, ideológica, militante, a la que se conocía como Nuevo Cine Latinoamericano. El pequeño documental de Santiago Álvarez, de 5 minutos de duración, Now!, sacó de quicio a la concurrencia. La muestra estaba en su apogeo cuando ocurre algo curioso. El director de cine cubano Pastor Vega, uno de los cineastas que acompañaba la muestra, abordó a Pedro Rivera para informarle que había gestionado permiso para hacer un documental sobre el proceso revolucionario panameño. Agregó que para obtener la autorización final debía acompañarlos un homólogo panameño. —Ese panameño eres tú —le espetó. —Coño —le respondió Rivera—. No tengo la más puta idea de cómo se hace una película. Vega agregó con mucha tranquilidad: —No es necesario, di sí a todo lo que te pregunte, nosotros nos encargamos del resto. —Soy escritor, no cineasta —replicó el poeta. La respuesta de Vega lo puso a pensar durante algunos años: —La literatura es la prehistoria del cine. Era un sofisma, por supuesto. En efecto, al otro día el grupo de cineastas cubanos y Pedro Rivera se entrevistaron con el ministro de Relaciones Exteriores de Panamá, Juan Antonio Tack.

El permiso para filmar en Panamá se otorgó sin objeciones porque un “cineasta” panameño los acompañaría durante el rodaje con el fin de que “la realidad de Panamá no sea distorsionada por extranjeros”. Rivera entró en pánico. Independientemente de lo que dijeran los cineastas cubanos, eso de “nosotros nos encargamos”, volvió el asunto en serio. Sentía que debía cuidarse las espaldas. Por una u otra razón el gobierno de Panamá podría obligarlo a rendir cuentas. Eso lo llevó a familiarizarse con las técnicas y la dramaturgia del cine revisando cursos y leyendo guiones. Unas semanas después de entrar en contacto con los cubanos, Pedro Rivera y otros intelectuales panameños examinaron la opción de crear un equipo de producción cinematográfico. Con el apoyo de la Dirección de Asuntos Estudiantiles de la Universidad de Panamá, Pedro Rivera y Enoch Castillero convocaron el 6 de septiembre de 1972 a una reunión de creadores de las diversas artes para discutir el itinerario a seguir. Asistieron cerca de treinta interesados. Los resultados no fueron los esperados y no hubo acuerdos. No obstante, la reunión sirvió para crear la primera célula del proyecto. Pedro Rivera y Enoch Castillero compartieron la dirección.

Solo el segundo conocía los gajes del oficio: producía, iluminaba, filmaba, grababa y editaba. Rivera asumió lo concerniente a la dramaturgia. Manuel Zárate hijo, Carlos Wong y Modesto Tuñón también integraron ese primer equipo. Al plantearle la idea al general Torrijos, este la acogió en forma inmediata. Aunque sea difícil de creer, antes de la despedida esa misma mañana entregó los primeros fondos para iniciar las operaciones: diez mil dólares. Con esa pírrica y risible suma compraron una cámara cinematográfica marca Bolex, una grabadora Nagra y un micrófono direccional en Audio Foto. ¿Qué hacer? ¿Por dónde empezar? El grupo decidió utilizar el poema Canto a la patria que ahora nace, de Pedro Rivera, como banda sonora de una selección de imágenes del 9 de enero de 1964, sustraídas de los anaqueles de los canales de televisión de la época unos días antes de que fueran incineradas. El cortometraje se editó precariamente en el estudio de Castillero apegados al formato-modelo de Now! del cubano Santiago Álvarez. Canto a la patria que ahora nace, primer filme del Grupo Experimental de Cine Universitario, es un corto de no más de cinco minutos, lleno de defectos e incongruencias, editado al ojo, sin moviola, tan panfletario como el poema que le sirve de soporte, distribuido nacional e internacionalmente con notable éxito, no por sus bondades técnicas y estéticas sino porque recoge momentos dramáticos del enfrentamiento de los panameños con las fuerzas del ejército de los Estados Unidos acantonadas en la Zona del Canal.

Cabe anotar que la mayoría de las imágenes de archivo sobre el tema 9 de enero utilizadas por los noticieros o filmes posteriores, hasta el día de hoy, incluyendo filmes extranjeros, son entresacadas de dicho cortometraje. El día que se dirigían a las oficinas de Torrijos para la primera presentación de sondeo, Pedro Rivera dijo confidencialmente a sus compañeros, palabras más, palabras menos: “si el general objeta el filme abandono esta aventura”. Sería la quinta vez que el poeta hubiese rehuido involucrarse en el “proceso”. Rivera tenía muy claro el propósito de esta “aventura”. Su incursión en la actividad cinematográfica en realidad nada tenía que ver con el cine, entendido como arte de entretenimiento o “fábrica de sueños”. Era una decisión política con fines políticos para hacer cine político. ¿Por qué? Porque por aquellos días se tenía la impresión de que un buen porcentaje de la población no apoyaría los tratados si estuviese de por medio la desaparición del enclave colonial. La dependencia económica, cultural y sentimental —además del miedo al qué pasará después— podía influenciar negativamente los resultados del referendo programado para definir si los panameños aceptarían o no los tratados negociados por el gobierno de Panamá con el de los Estados Unidos.

El cine, desde la perspectiva del Grupo Experimental de Cine Universitario (GECU) era una “herramienta de liberación nacional”. Así, como suena, con ese fin específico se creó. Su pretensión era contribuir en los esfuerzos para cambiar la conciencia de los sectores atrapados en la frase “si se van los gringos nos moriremos de hambre”. Esta frase no tenía nada de metafórico, estaba enraizada en las muchedumbres, tenía carácter axiomático, se la creía a pie juntillas. Suplantar esa codificación atávica por la consigna “yanqui go home” no era tan fácil como pueden suponer las generaciones actuales. Pero también incorporaba por aquellos días otro propósito, con apego a la estrategia del “gobierno revolucionario”: concienciar la “patria internacional”, o sea, la solidaridad de los pueblos del mundo. El programa de descolonización y perfeccionamiento del Estado nacional diseñado por Torrijos y sus colaboradores, algunos de ellos involucrados en las gestas del 12 de diciembre de 1947, de mayo de 1958 y de enero de 1964, no tendría éxito si no se convertía en causa internacional.

Teóricamente el “Canal es la religión que une a todos los panameños”. Era un eslogan reiterado una y otra vez con el fin de incidir en la psique colectiva. Pero la idea de Torrijos era convertir la causa de Panamá en causa de América, y del mundo si era posible. Por su lado, en concomitancia con esa estrategia, el GECU, con la modestia del caso por supuesto, llevó las imágenes de Panamá al resto del mundo. Los festivales de cine eran vitrinas propicias para dar a conocer entre las elites intelectuales del mundo entero la lucha de un pequeño país caribeño, ubicado en Centroamérica, por recuperar, además de su integridad territorial y moral, su recurso económico más importante. Los cortos y mediometrajes se proyectaron en España, Portugal, Unión Soviética, China, Francia, Alemania, Checoeslovaquia y otros países de Europa, en la mayoría de los países de América Latina no gobernados por dictadores, y por supuesto en los Estados Unidos.

En 1977 a Pedro Rivera lo escogieron para integrar el Ejecutivo del Comité de Cineastas de América Latina. Se unió a Miguel Littín de Chile, Manuel Pérez Paredes de Cuba, Walter Achugar de Uruguay, Jorge Sánchez de México y Edmundo Aray de Venezuela. Reemplazó nominalmente a Raymundo Gleyzer, asesinado por la dictadura argentina. Se trató de un movimiento que devolvió al cine su condición de arte y compromiso social revolucionario. Pedro Rivera se posesionó del espacio y responsabilidad adquiridos. Su actividad se desplegó hacia el interior y exterior del país. A la producción de documentales agregó la creación de redes de cineclubes en las instituciones del Estado en las que exhibía, además de los propios, cine de América Latina del exilio, dado que muchos países de la región estaban gobernados por dictaduras sanguinarias. El público, gracias a esta iniciativa, tuvo oportunidad de ver cine de Europa, Asia y África, amén de los países socialistas. Rivera creó y dirigió la revista Formato 16, especializada en cine y medios de comunicación, en la que publicaban sus trabajos cineastas de América y Europa. Con ese mismo nombre crea una editorial que publicó más de 30 libros de autores panameños.

Publicó un plegable de circulación gratuita (Temas de nuestra América) con un tiraje mensual de 5000 ejemplares. Se calcula que en 32 años (hasta abril de 2014) han circulado más de un millón quinientas mil copias. Pedro Rivera sostiene que la producción cinematográfica, en los términos que exigen los procesos de liberación y fortalecimiento de la identidad nacional, no sería sustentable en entornos pocos cultivados y sensibilizados, adversos por principio a las corrientes ideológicas protocoloniales. Esa es la razón por la cual incita y apoya a los jóvenes artistas de diversas disciplinas a organizarse. Unos meses antes de morir, el general Torrijos le aconsejó a Rivera desvincularse de la Universidad con el fin de crear una empresa cinematográfica, de buen talante, semiprivada, menos contestataria, en condiciones de ajustarse a los formatos sociopolíticos que estaban de vuelta.

El cine, como otras expresiones de la cultura, sería tratado como mercancía. El Estado protagónico, de ribetes keynesianos, se replegaría. “Eso de quedarse en la Universidad es cosa de chiquillos”, le dijo. Rivera le respondió que prefería no dar ese paso; simplemente: “Prefiero seguir en la Universidad de Panamá”. Pero más tarde comentó con el resto del grupo que el retorno a la democracia tradicional tarde o temprano desmantelaría al GECU como propuesta cultural. Y mucho peor sería si se acogía la sugerencia del general porque se convertiría irremediablemente en una publicitaria más. Era la quinta vez que el poeta rechazaba una propuesta del general Omar Torrijos. El 31 de julio de 1981 moría Torrijos. La estrategia del llamado “repliegue de los militares a sus cuarteles” fracasó. Los poderes políticos se realinearon. La democracia tradicional burguesa, de tipo oligárquico satelital de las corporaciones internacionales, rápidamente recobró espacios perdidos. Los militares, evidentemente anacrónicos, optaron por no dejar el poder. Y obviamente cayeron. La invasión de los Estados Unidos a Panamá fue una estocada final innecesaria. Todo volvió a la normalidad de los sepulcros.

El neoliberalismo evolucionó en el mundo como un poder avasallador. El cine panameño, tal como se lo diseñara en la coyuntura “liberacionista”, se invisibiliza. En el escenario geopolítico emergente, el GECU evolucionó el colmo de la utopía. Hollywood regresó por sus fueros. Es más, nunca se ha ido. El GECU se afianzó al útero materno, buscó refugio en la Universidad, el dinosaurio que pretendía ser, se alagartijó. Las nuevas generaciones de cineastas, como diría Gabriel García Márquez, todavía esperan “una segunda oportunidad sobre la tierra”. Tal vez sean mejores. Mucho mejores. Pero no serán las mismas. Rivera, como cineasta documentalista dejó para la posteridad los filmes Canto a la patria que ahora nace, Ahora ya no estamos solos, 505, Un año después, Viva Chile mierda, Soberanía, Ligar el alfabeto a la tierra, ¿Qué está haciendo el lobo?, Bayano: la quema, Bayano: prioridad uno, Bayano ruge, Como si a Maceo Lorenzo diera un apretón de manos, ¡Aquí hay coraje! Lo inevitable, inevitable es. Rivera regresó al principio. Aquel joven viejo que vendía materiales de construcción, luego cineasta improvisado, se negaba a ser el viejo joven manipulador de cheques detrás de un escritorio. Regresó a la literatura. Regresó a “la prehistoria del cine”.

Entre 1990 y 1991 escribió para El Día de México. Suscribió las columnas “Sobre esta piedra” en El Universal de Panamá y “Palabradepiedra” en el periódico Universidad. Formó parte del colectivo editor de la revista Opinión Pública de 1969 a 1990. Es autor de más de veinte libros. Poemarios: Las voces del dolor que trajo el alba (1958); Panamá, incendio de sollozos (1959); Mayo en el tiempo (1959); Despedida del hombre (1961); Los pájaros regresan de la niebla (1969); Libro de parabolas (1983); Para hacer el amor con la ventana abierta (1989), La mirada de Ícaro (2001). Cuentos: Peccata minuta (1969); Recuentos [con Dimas Lidio Pitty (1988)]; Las huellas de mis pasos (1993); Crónicas apócrifas de Castilla de Oro (1993). Textos de percepción y crítica social: Todo sucedió mañana (1993). Autor, conjuntamente con Fernando Martínez, de El libro de la invasión, testimonios publicado por Fondo de Cultura Económica. Crónicas periodísticas: El martillo contra la nuez, Grijalbo de Colombia; El largo día después de la invasión; Arar en el mar; Ensayos: Panamá en América, ensayo de economía poética; Panamá, cuatro países, cuatro identidades; Condición humana y guerra infinita; Códigos de la caverna y Son politikón (2005); Cine, ¿cine? ¡cine! La memoria vencida (2009); Asuntos del ámbito humano (2010). Ha sido jurado del Concurso Ricardo Miró en cinco ocasiones. Dos veces jurado de cine en el Festival de Cine de Mérida, Venezuela; y cuatro veces jurado en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. En 1994 fue jurado del Concurso Nacional de Novela de Colombia. Tres veces del Concurso Nacional de Prensa. Jurado del Concurso de Ensayo sobre Cine Latinoamericano organizado por la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, 2007.

Recibió la mención honorífica del Concurso Ricardo Miró en 1958 y 1961. Premio Ricardo Miró de Poesía en 1969 y 2000. Premio Ricardo Miró de Cuento en 1969 y 1993. Premio Ricardo Miró de Ensayo en 2004. Premio de la “Liga de amistad con los pueblos”, Leipzig, 1975, por su filme Soberanía. Premio Copa Azul por la Unión de Periodistas de la Unión Soviética en 1976 por Ahora ya no estamos solos y otros filmes en el Festival de Tashkent, 1976. Premio Caimán Barbudo por la revista del mismo nombre, por el filme ¡Aquí hay coraje!, en el Festival de La Habana, 1979. Recibió las llaves de la ciudad de Panamá en abril de 2005, la Condecoración Rogelio Sinán en 2008 y el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Panamá en 2012. En el año 2013 fue escogido como académico numerario de la Academia Panameña de la Lengua.