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    Juan Bosco Bernal

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Ramón H. Jurado

by: Juan Bosco Bernal

Ramón H. Jurado es reconocido como un panameño excepcional por su extraordinario aporte a la historia, al sentido y la esencia de la nación panameña. Personalidad de múltiples dimensiones, en Jurado confluyeron no sólo su acendrado espíritu de escritor, filósofo, periodista, diplomático, pintor y economista, sino su ser político.

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Su vida profesional ha sido dedicada a la educación, donde ha desempeñado varios cargos, entre ellos, maestro rural, supervisor nacional de educación, profesor universitario, director de planificación universitaria, consultor en educación para organismos internacionales, director general de Educación, viceministro y ministro de Educación, vicerrector de la Universidad Especializada de las Américas (UDELAS). También ha sido embajador de Panamá en Brasil. Cuenta con estudios de maestro, licenciatura, posgrados, maestría y doctorado realizados en Panamá, Francia y Estados Unidos. Ha escrito múltiples artículos y libros sobre temas de su especialidad y ha recibido reconocimientos por sus méritos por parte de instituciones de Panamá y Brasil. Actualmente es rector de la UDELAS.
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Ramón H. Jurado: un panameño excepcional

Ramón H. Jurado es reconocido como un panameño excepcional por su extraordinario aporte a la historia, al sentido y la esencia de la nación panameña. Personalidad de múltiples dimensiones, en Jurado confluyeron no sólo su acendrado espíritu de escritor, filósofo, periodista, diplomático, pintor y economista, sino su ser político. Lector voraz, personalidades como Arturo Uslar Pietri, Rómulo Gallegos, Mariano Azuela, José Eustasio Rivera, Jorge Amado y Ciro Alegría, entre otros, fueron referentes importantes en su quehacer creativo.  Sus obras literarias lo proyectan como uno de los mejores escritores de Panamá y, probablemente, el novelista más completo de su generación. Desde San Cristóbal (1943), su primera novela, escrita cuando apenas alcanzaba los dieciocho años, hasta Desertores (1948) y El desván (1953), pasando por un número apreciable de cuentos, columnas y artículos periodísticos, son muestra del genio literario de Jurado, desbordante por su riqueza, variedad y creciente complejidad.    En San Cristóbal, novela con la que obtiene el primer premio del Ministerio de Educación en 1943, con motivo de la celebración de la Semana del Libro, afloran su orientación ruralista y las vivencias de un joven interiorano que expone las injusticias de sistema de explotación laboral que tiene como epicentro un ingenio azucarero. El reconocido educador y abogado penonomeño, Carlos Iván Zúñiga, elogia la obra de Ramón H. Jurado:

 

[…] por su estética naturalista, retratando precisa y constantemente los entornos sociales y naturales en los que sumergía a sus personajes. Un ejemplo vivo es la novela San Cristóbal, en cuyas líneas se alude al incesante y, en ocasiones, jovial pensamiento supersticioso de la campiña panameña. También en ella se retrata una atmósfera lúgubre, en la cual se develan las más atroces injusticias de los patrones extranjeros y ricos para con los campesinos y se insta al lector a transportarse hacia esos parajes mágicos e imponentes de las selvas, contrastando, a veces, con las barbaridades del pueblo, las borracheras de los labriegos y las reyertas entre ellos mismos. (Zúñiga, 2001).

Jurado nació el 29 de mayo de 1922 en Pocrí de Aguadulce, un distrito rural en esa época —donde vivió hasta el inicio de la adolescencia—, que marcaría su vida y su obra. Luis Alberto Sánchez, destacado escritor peruano, reconocía en los años cuarenta que Jurado era el mejor novelista de Panamá y, su obra, de extraordinario contenido social. Eran sus escritos de juventud.

San Cristóbal, en cuya trama se mezclan reminiscencias del “Zogoibi” de Larreta y, persiste, a la vez, un terco tono regional, presenta algo que conviene subrayar: la explotación del peón agrícola en los ingenios panameños; la tragedia de la zafra; la implacable voluntad de ganar que acalla a la misericordia y al deber. Paso por alto la trama sentimental y sexual… Me interesa el cuadro punzante del enganche de peones y la descripción veraz de su trabajo… Sería aconsejable que este aspecto de la tragedia agraria americana se incorporase a nuestras teorías continentales. (Sánchez, 1948).

El ruralismo como corriente literaria que guía la novela San Cristóbal también fue centro de encendidos debates entre intelectuales de la época. Esta práctica literaria apunta a la valoración de lo raizal, el campesinado, la tierra y la dimensión local, como base de la esencia nacional. La posición de Jurado en defensa de esta tendencia la expresa él mismo con firmeza, cuando dice:

Ahora bien; hay quienes niegan el valor estético y la permanencia literaria del ruralismo. Quienes así hablan —vasallos intelectuales de cualquier idea rara— pregonan la universalidad como objetivo de la labor creadora y denuncian la limitación temática del ruralismo. Replicar a esta necesidad es abrir páginas para otro ensayo. Pero sólo apuntaremos dos ideas: el ruralismo es una etapa histórica que tiene y debe ser superada una vez cumplidos sus objetivos. Segundo, la universalidad no se busca, se descubre. El hombre y su suerte en todo tiempo y lugar son elementos universales y sólo a través de nuestro hombre de carne y hueso en su personal geografía podría encontrar la literatura panameña las condiciones de su universalización.

De su obra Desertores, con la cual logra el segundo premio del Concurso Ricardo Miró en 1948, el maestro de la novela vanguardista panameña, Rogelio Sinán, manifiesta:

Reconstrucción novelesca de la Guerra de los Mil Días, con especial atención en la figura de Victoriano Lorenzo, caudillo indígena, y en las incidencias del sitio de Aguadulce. Novela histórica o historia novelada ¿Qué más da? Lo importante es el mito en dimensiones eternas. La talla que agiganta la figura del héroe, y el mágico realismo con que el autor nos brinda un documento profundamente humano, transformado en antorcha de denuncia y protesta. Conducido por la pasión creadora del novelista nos sorprende el oleaje de la denominada Guerra Civil de los Mil Días en la que liberales y godos desangraron la entraña misma del Istmo en un escalofriante duelo de jacobinos. Asistimos a una caleidoscópica visión de peripecias en las que el guerrillero Lorenzo es héroe epónimo y el más genuino signo del cholo en armas. La novela nos hace ver al indio desde su infancia hasta el instante trágico de su fusilamiento. La trama está narrada con brío. Con encendida pasión y sobre todo con gran conocimiento de detalles históricos. Ninguna biografía del guerrillero Victoriano Lorenzo tendrá más colorido ni más sangre en las venas de la que nos ofrece en Desertores Ramón H. Jurado.

En esta novela reconoce y destaca el valor histórico y patriótico del cholo Victoriano, hasta ese momento poco conocido y hasta convertido por algunas leyendas en un ser demoniaco. Con su publicación se logró casi un redescubrimiento para la juventud del personaje central de la novela, que se adhiere a sus hazañas y postulados políticos. Aristides Martínez Ortega expresa el valor didáctico de la obra Desertores en los términos siguientes:

Cuando la novela se convirtió en material obligado de lectura en las escuelas, en virtud de haber sido premiada en el Concurso Ricardo Miró, los estudiantes me entrevistaban por indicación de “Monchi” (seudónimo de Ramón) a quien no le gustaba hablar de sus libros. Les decía yo entonces, que los méritos literarios de la novela pueden ser discutidos. Se pueden tener diferentes apreciaciones sobre la misma, pero en mi opinión el mérito principal que tuvo Desertores fue el de haber rescatado la figura de Victoriano Lorenzo para nuestras juventudes. Hasta ese momento el Cholo era traído y llevado por los liberales en las campañas políticas, para con esa bandera, solicitar el voto del campesino. (Martínez, 1969).

Un fragmento de esa novela épica nos permite asomarnos a los afanes estéticos de su autor:

La madrugada baja con insólita expresión de espanto. Cae lenta. Con calma fría. Miedosa de saludar a los hombres. Parco amanecer del 8 de junio de 1900. El campo está estático, firme, y falsas son la soledad y la quietud. Lejano, corretea por los matorrales un trinar fugitivo. Silencio. Nervios. Presencia de la muerte. A veces es el vuelo de un gavilán hambriento que la vista sigue minuciosamente, ansiosa el alma por distraerse, fugar o no tener conciencia; otras, el movimiento cauteloso de un cuerpo que se arrastra. Y la brisa es húmeda, delgada, hasta inútil. Trae el espanto. El cielo presenta un rostro gris, inmóvil, absorto. Allá, tras un arbusto, hombres tendidos en el suelo, el fusil horizontal al cuerpo, miran fijamente hacia adelante. Sobre las lomas, pelotones rígidos atalayan. Por el llano, kilómetros de hombres, el arma lista, en febril espera. A ratos uno abandona el puesto arrastrándose como un reptil, y nuevamente se tiende, buscando puntos en el horizonte. Cordones azulosos de humo suben y se van brisa abajo. Por el sur se acerca un batallón que se divide, llenando claros en esa barrera de metralla y coraje. Desde la retaguardia avanzó un cuadro de hombres cabalgando hacia el frente. —¿Atacarán hoy? —preguntó Porras, a la cabeza del pelotón. —Ya lo sabes, Belisario; Campo Serrano piensa tomar vino en tu cráneo y en el mío —gritó Carlos A. Mendoza. Uno de los jinetes era Antonio Bernal que, con el ceño adusto, miraba hacia donde las trincheras se dilataban. Porras y Quinzada lo miraban intermitentemente, cazando expresiones en su cara. —¿Será hoy? Por respuesta, el camino se llenaba de cascos de caballos. —¿Capitán Bernal, tiene presentimientos? —Todos los tenemos. —¿Qué haría usted si nos derrotan? —Para esa pregunta todo liberal tiene respuesta… —¿Cuál es la suya? —La misma que usted daría, Dr. Porras. Bernal estaba pálido, los ojos firmes en el horizonte, acariciando con la lengua unos bozos descuidados. Ya estaba próxima la salida del sol cuando se escuchó un cruce de disparos. —¡Empezó la cosa! —gritó Porras y tendieron los caballos al galope hacia la línea de fuego. De pronto estallaron las cornetas. El campo vibraba. ¡Fuego! era la orden de los clarines. Había empezado el combate de la Negra Vieja. Las descargas corrían tendidas por el campo, de uno a otro confín. Era un griterío feroz de hombres, granadas y fusiles. El Estado Mayor se situó sobre una colina desde donde se divisaban los batallones. Era el alto de la Negra Vieja. Allá abajo, lejano, sobre un promontorio boscoso, el Batallón Robles se agazapaba acechante; a la izquierda, ágiles, los Libres de Chiriquí; más lejos, el Canto. Por el horizonte, confuso en la neblina que aún se pegaba a la sabana, avanzaba el enemigo, llenando de mil reflejos la mañanita. Las fuerzas del gobierno se abrieron en dos alas para atacar por el frente. En eso, de allá, del llano mismo, se oyó un griterío infernal. ¡Viva el Colombia! ¡Viva el Ulloa! ¡Viva el Quinto de Cali! Y se vio a los godos lanzarse salvajemente al ataque. La primera en recibir el impacto fue la caballería, que se abalanzó a galope por la sabana. Fue un choque estruendoso. La pólvora enceguecía y cruzaban el campo los corceles desbocados y heridos, relinchando hasta erizar los cabellos. Las fuerzas conservadoras embistieron al Conto. Avanzando con el pecho sobre la tierra, disparaban incesantemente sobre la altura que éste dominaba. En eso la lucha se perdió entre una humareda densa. Se oían gritos, disparos, imprecaciones y lamentos. Más tarde se vio a los regeneradores retirarse en orden. Pero se trataba de una maniobra, pues contra-atacaron ferozmente, forzando al Conto a replegarse, a perder posiciones, mientras que los hombres rodaban pendiente abajo cercados por el fuego graneado. Intentaron una arremetida desesperada, pero resultó inútil. Nuevos cuerpos de infantería apoyaban el ataque enemigo y el Conto tuvo que retirarse. En eso, el Azuero llegó en su auxilio. Se trabó un ataque cuerpo a cuerpo, entre la humareda asfixiante, los gritos desesperados, las maldiciones, los vivas al partido, hasta cuando los atacantes se replegaron en línea de pelea por el llano. Nuevas tropas llegaron al campo de batalla y el fuego se dilató por la línea de combate. Fuego encarnizado de fusilería. De uno a otro confín del llano repiqueteaban los disparos con una estridencia mortal. De pronto se oyó a Quinzada gritar, desasosegado: —¡Son ellos! ¡Son ellos! Un batallón había flanqueado la loma de Santa Cruz e iba a copar al Conto y a los Libres de Chiriquí entre dos fuegos. —¡Maldición, estamos perdidos! —gritó Herrera. En eso, inesperadamente, Bernal tiró bridas y se lanzó, espada en mano hacia la loma que dominaba el Canto y el Azuero. —¡Bravos del Azuero, seguidme! —gritó Bernal. —¡Enemigos a la retaguardia! En medio de tanto desconcierto, los soldados, confundidos y rabiosos, se volvieron fuertes para seguir a Bernal. Resistió la embestida de la infantería y después de un violento combate cuerpo a cuerpo, se dio a una carrera desesperada a campo traviesa. Se levantó sobre la loma la bandera liberal y un cometa llenó de bríos los corazones. Allá, para ametrallar al Robles, un cuerpo del enemigo había alejado de sus líneas una pieza de artillería y la montaba a tiro de fusil de las líneas liberales. Bernal, sobre la loma, comprendiendo el peligro, separó treinta hombres del Azuero y gritó:

—¡Bravos del Azuero, a la carga! (Desertores, fragmento del capítulo xii).

Su especial empeño en las letras lo llevó, un año después, en 1949, a presentar al Concurso Ricardo Miró su novela En la cima mueren los suicidas, que mereció el tercer premio. Por considerar que no había alcanzado toda la profundidad que esperaba debido al poco tiempo que tuvo para terminarla y presentarla al certamen literario, Jurado decidió mantenerla inédita.

La novela El Desván, publicada en 1954, representa un crecimiento en la capacidad creativa y concepción estética de Ramón H. Jurado. Con ella alcanza un lugar prominente en la narrativa panameña y contribuye a su consolidación dentro del amplio contexto de la literatura moderna de América Latina y el mundo. De esta obra se comenta la influencia de Plenilunio (1947) de Rogelio Sinán y del movimiento existencialista de Jean-Paul Sartre. Un especialista en estética como fue Isaías García, se refiere al autor de esta novela en los términos siguientes:

El desván, donde la agudeza psicológica se da la mano con penetrantes abordajes a los más hondos problemas filosóficos. Jurado ha abierto así, para la literatura panameña, regiones inexploradas, terrenos vírgenes que aún la pluma de nuestros escritores no se habían atrevido a hollar. […] La madurez del escritor se hace aquí más patente que en cualquiera otra de sus novelas. (García, 1999).

Por su parte, el ensayista y crítico literario, Renato Ozores, penetra en el contenido de la obra revelando que:

El desván es un relato aterrador y frío, cuya lectura sobrecoge y anonada ante la infinita tragedia del hombre, de Federico Calvo. El drama alucinante que rodea al protagonista con un halo fatal, encuentra cierta semejanza, si bien tan sólo por la pavorosa intensidad, en muy ilustres precedentes, pues ya se sabe que tanto Poe, como Andreiev, y más modernamente Kafka, entro otros muchos, han creado personajes destinados a sufrir intolerables situaciones, aun cuando ninguna, ni el sujeto de la metamorfosis de este último —delirio, sueño absurdo— puede compararse con la espantable realidad de Federico Calvo, que es capaz de contemplar en vida su osamenta y a las ratas devorar su carne inútil e indefensa. (Ozores, 1999).

A esta crítica se suma la opinión del reconocido cuentista y ensayista panameño José Moncada Luna, cuando expresa que El desván es:

Monólogo desconcertante y desesperante, cuyo acotamiento sólo puede encontrarse en las páginas dolorosas del Libro de Job. Pero este Federico muriéndose en su estercolero de dolor, no pide, no ruega, no implora, no impreca, como el leproso de Hus. Federico es un Job ateo, que ignora la misericordia de Dios, porque ha visto que los hombres —imágenes de Dios— están como los médicos, siempre ocupados en sus propios asuntos para consolar el dolor del prójimo. Yo nunca había leído un libro donde la impotencia tuviera casi la talla del idealismo.

Los cuentos en su universo

Hijo de Ricardo Miró y de Bertilda Jurado, de quien tomó su apellido, aun cuando el padre no se lo negara, Ramón, tuvo desde su adolescencia una vida intensa en la literatura que alternaba con la militancia política, dos ejes de un movimiento unitario hacia la perfección de la sociedad. Fueron muchos y diversos los temas que abordó en sus trabajos escritos desde su etapa de estudiante de secundaria en el Instituto Nacional, donde se graduó de bachiller en Letras. Escribió y publicó algunos cuentos como “¿Nochebuena?”, bajo el seudónimo de Javier Campesino y que mereció el primer premio Demetrio H. Brid, de La Estrella de Panamá.

Otros cuentos son: El Caso 62, El Hilo de Sangre, Saloma, Si hubiera sío cholo, Salinas, Calidonia 126, Marihuana, Cuerazos, Orgullo de Cholo, Piedra, La Casa en el Cuarto Siete (dedicado a Tristán Solarte), entre muchos otros, que fueron reconocidos en varias antologías nacionales y extranjeras. Igualmente, Ramón H. Jurado publicó ensayos como Rafael Núñez, el Regenerador, Lo social en la novela de Gallegos, Itinerario y rumbo de la novela panameña, este último en el marco de la conmemoración del cincuentenario de la República (1953). Dejó inédito el trabajo Descartes, Dios y la crisis, más dos obras de teatro.

Una porción del Itinerario y rumbo de la novela panameña, permite reconocer la comprensión de Jurado sobre este fenómeno histórico literario del cual fue uno de sus protagonistas principales:

Durante los últimos meses, con razones cuya referencia eludimos por escapar a los propósitos de este ensayo, se viene diseminando solapada, pero insistentemente, la duda sobre si puede o no hablarse de una literatura panameña. Se trata, entonces, de una incertidumbre con mayoría de edad, pues corriendo el año de 1937, Rodrigo Miró se inquietaba por cosa parecida para afirmar un lustro más tarde su confianza en la cuantía y méritos de una literatura nacional. Si bien es cierto que se ha tratado en cierto sentido de un quehacer disparejo, a largos trechos desnaturalizado, sólo el coloniaje intelectual de algunos panameños da vigencia todavía a esas voces locas que niegan la presencia de una sostenida faena literaria entre nosotros. Se ha dicho a ratos, entrando ya en el terreno feraz de las contradicciones, que “somos un país de poetas”. Esto, digámoslo al paso, es una frase tonta sugerida por la ignorancia. Igualmente, se nos ha considerado mostrencos para el ensayo serio y no ha faltado la sentencia ingenua que postula el origen septentrional de la novela y en consecuencia la esterilidad de su cultivo en Panamá. Afirmaciones sin sentido, necias en realidad, propias de toda improvisación aventurera, porque tanto el ensayo en su peculiarísima calificación de género, como la novela en todo el vasto ámbito de sus razones, han tenido desde antaño cultores serios en Panamá. Veamos pues, porque así lo dijimos en el título, qué ha sido y es la novela de la República. Su condición y sus objetivos, los factores obligantes que la configuran y su realidad trascendente. Porque entre nosotros la novela también transita el largo y a veces equívoco camino que le es inevitable en América. Consolidada como género hacia la mitad del pasado siglo, también entre nosotros da frutos por entonces, si bien de una excesiva discreción que es por otra parte la característica predominante de la novela americana. (Rodrigo Miró: “Teoría de la Patria”. Editora Sebastián Amortu e Hijos. Buenos Aires. Pág. 11.). Cierto es que a la fecha se han dado en América obras de indiscutible valor: Amalia (1851); La cabaña del Tío Tom (1851); María (1867), pero no son más. Porque el resto del continente persiste en un novelar constante cuya candidez no supera la de nuestros bisoños novelistas, por otra parte más seguros de sí mismos hacia el último cuarto del siglo. En más de dos centurias de colonia y diez lustros de independencia, América apenas si ofrece una que otra nota emotiva sobre el paisaje; algunos atisbos de picarescas y constantes relatos de viajes, y en uno y otro caso, desde el relato de los cronistas hasta el testimonio de los viajeros, deteniéndonos ante algunas señales del realismo, el pasado novelesco panameño sigue fiel al rumbo general de la problemática americana. Repetimos pues, que aun en la parquedad, Panamá en lo que respecta a un pasado literario colonial y post-colonial, aparece con las profundas limitaciones que son notables en la mayoría de los pueblos americanos. Es indispensable, por lo mismo, proceder ya, en medio siglo de vida republicana independiente, a concretar afirmaciones de esta naturaleza. Porque sabido es que la duda, la interrogación con que iniciamos estas indagaciones, lejos de ser duda metódica, positiva, agónica, denuncia una evidente malevolencia. Mientras el pasado y el presente son argumentos notables en el esfuerzo de otros pueblos por construir a toda fuerza una arquitectura completa de su nacionalidad, esfuerzo heroico porque con frecuencia se ven obligados a arañar despiadadamente una discutible prestancia intelectual y a completar con los elogios lo que la realidad mengua, nosotros, los panameños, por un fenómeno cuya explicación invita a otro ensayo, nos entregamos al afán desventurado no sólo de dudar de los empeños constantes y dolorosos de edificar una nacionalidad sino a la tarea procaz de desfigurar lo propio en homenaje a la proposición extranjera. Este proceso, ya lo hemos dicho, ha sido más notorio en las zonas de las artes y las letras. Intrigante es el caso, porque en lo que concierne a la literatura, es notable el sentimiento de la patria. Veamos por caso cómo este inevitable invitado de la creación artística pide su tributo a la novela. En 1947 —agosto 21— Rodrigo Miró, el criterio más sobrio y autorizado en la investigación crítica de nuestras Letras, decía: “Uno de los hechos más importantes en la historia de las Letras Panameñas lo constituye el creciente desarrollo de la novelística. Nada tenemos hoy, en efecto, literariamente hablando, equiparable a lo realizado en estos últimos años por los cuentistas y noveladores. Y porque empezamos a percibir esa verdad, porque ese aspecto de nuestra producción cuenta ya logros magníficos y se anuncia pleno de perspectivas, conviene investigar sus orígenes, adentrarnos en su problemática”. He aquí, pues, una afirmación que justifica nuestro optimismo. Y antes de proceder al examen de lo que ha sido la Novela en nuestros primeros cincuenta años de vida republicana, repasemos el suelo literario sobre el que se levanta, así que un 3 de noviembre de 1903 la patria suelta amarras y otea rumbos. (Jurado, 1978).

Su pasión por la política y  lucha por la nacionalidad panameña

Las décadas del treinta, cuarenta y cincuenta, en las que se desenvuelve gran parte de la vida ciudadana de Jurado, fueron escenario de múltiples movimientos políticos, económicos y sociales que influyen en su posición como escritor y dirigente. Él mismo lo expresa del modo siguiente:

Hacia mediados del 30 la historia nacional adquiere velocidad sin precedentes. Una constelación de hechos —internos y externos— golpea y estremece toda la superestructura del Estado panameño. En lo internacional, la guerra española, las exigencias del nazifacismo y las purgas de Moscú, hablan claramente de la inminencia de una nueva guerra. En lo interno se ha producido un hecho fundamental que entraña un vuelco absoluto en la concepción de la historia patria. Lo que había sido duda y presentimiento en la novela inmediatamente anterior, se anuncia como un postulado profundo en la administración del Dr. Harmodio Arias y se continúa en la obra administrativa de Juan Demóstenes Arosemena. Por primera vez un mandatario comprende, descubre que el Canal es fuente de conflictos y que no representa solución en sí a la problemática panameña.

En esos mismos años, el movimiento signado por la creación de la Universidad de Panamá (1935), había despertado la conciencia en los estudios superiores de muchos jóvenes panameños y mostraba esfuerzos desde el gobierno de Harmodio Arias Madrid de asegurar la consolidación de la República. Es el período en el que se firma con Estados Unidos el tratado Arias-Roosevelt (1936) que entre sus cláusulas dispone la eliminación de la intervención militar de los Estados Unidos, para garantizar la independencia de Panamá, y la condición de ese gobierno de garante del orden público en las ciudades de Panamá y Colón, así como en sus áreas adyacentes, que tenían vigencia desde el tratado Hay–Bunau-Varilla. Panamá se vio favorecida con la guerra civil española desatada en el 36, con la llegada y contratación como profesores de la recién creada Universidad de Panamá, de un número importante de intelectuales hispanos como Renato Ozores, Demófilo de Buen, Emilio González López, Antonio Moles Laubet, Miguel María Herrera, Juan María Aguilar, Ángel Rubio, entre otros.

Fue igualmente un periodo caracterizado por convulsiones políticas y sociales, que reivindicaban el derecho a las tierras y a las viviendas para los pobres y trabajadores, las condiciones laborales de los obreros, entre ellos de la Chiriquí Land Company, las amenazas y los golpes de Estado y los cuestionamientos a las campañas y elecciones políticas, la ascensión y caída de Arnulfo Arias Madrid y del panameñismo. También la presencia de movimientos políticos de capas medias, intelectuales y trabajadores como Acción Comunal, el Partido Comunista y el Partido Socialista, aportaron marcos doctrinarios y matices estratégicos a las protestas y demandas de la sociedad. De especial relevancia para el panorama nacional fue la participación de Panamá en la Segunda Guerra Mundial como aliada de Estados Unidos, y la firma del convenio sobre arrendamiento de sitios de defensa, los trabajos de construcción del tercer juego de esclusas, los abusos cometidos contra los panameños por parte de las autoridades zoneítas, el inestable clima político, el rechazo al Convenio de Bases Filós-Hines, la influencia del poder de la Policía Nacional durante los gobiernos de Chanis y Chiari durante la posguerra, el juicio político a Arnulfo Arias, el asesinato del presidente Remón Cantera.

La juventud panameña asume, en este período un papel importante en el debate de las ideas y problemas nacionales, así como en la movilización ciudadana. En su calidad de estudiante de Filosofía e Historia en la Universidad de Panamá, en 1944, Ramón H. Jurado participó en el Primer Congreso Nacional de Estudiantes del cual surge el Frente Patriótico de la Juventud, que posteriormente se constituye en partido político, al que perteneció como miembro del Directorio Nacional y en 1951 fue su secretario general. Esta organización se sustentó en principios institucionales y políticos progresistas. Planteaba la necesidad de realizar cambios importantes para el saneamiento económico, político y social de la Nación y demandaba la transferencia, al pueblo panameño, del canal de Panamá, que se encontraba en manos del gobierno norteamericano.

Ramón H. Jurado es parte de una etapa histórica de reivindicaciones y sueños, un movimiento coetáneo bien definido, que actúa en diversos órdenes de la vida nacional, denominado la Generación del 44, en la que se destacaron muchos jóvenes profesionales e idealistas en el campo de la investigación histórica y socioeconómica, en la poesía, en la novela y el cuento, pintores, en el plano político, arquitectura… En la opinión del propio Jurado esta Generación del 44 es todo un movimiento, zurcido en el subsuelo social por grandes y profundos acontecimientos, pero que recoge tendencias hasta disímiles. Sus contribuciones son múltiples en diferentes aspectos nacionales, pero también se observó debilidades, las más agudas, en el sector educativo, ante la imposibilidad de montar un sólido movimiento educativo para ofrecerle al país un proyecto que atendiera las urgencias y demandas nacionales del momento, visto que se perdió esta oportunidad en experimentos y tanteos sin fortuna que llevaron a la crisis docente nacional. Igual sucedió en el campo político donde no pudo alcanzar la ambición suprema de gobernar el país, por las contradicciones propias de su origen ante la falta de una base ideológica clara y el desempeño del Frente Patriótico, su principal plataforma para obtener este objetivo. Desde su participación activa en los movimientos estudiantiles, logró la fundación y organización de la Unión de Estudiantes Universitarios, que llegó a presidir durante 1945 y 1946. Esta organización fue filial de la de la Federación de Estudiantes de Panamá, que también fue creada en el marco del Primer Congreso Nacional de Estudiantes.

La participación de los estudiantes se hizo relevante en el afianzamiento de los derechos a la educación, así como el respeto a la soberanía nacional. Otros hechos que caracterizaron ese momento histórico fueron la operación soberanía y la siembra de banderas en la Zona del Canal, el levantamiento del cerro Tute y la invasión de mercenarios cubanos en 1959. Los años 60 son testigos de la gesta patriótica del 9 de enero de 1964, el juicio al presidente Marcos Robles, las convulsionadas elecciones del 68 y la irrupción de los militares en el poder.

El periodismo como tarea docente esencial

Tempranamente Monchi Jurado se inició en el periodismo escrito y radial, función a la que dedicó creatividad y afanes incansables. Fue creador y su primer director del periódico universitario Voz Universitaria, director del suplemento dominical de El Panamá América (1945-1949) y entre 1950-1952, con otros colaboradores fue columnista de Camino Abierto, bajo el seudónimo de Juan Cristóbal. Publicó también, en 1950, junto a Carlos Calzadilla, en Crítica, un semanario de oposición. Su labor periodística suma trabajos importantes en la columna De Sol a Sol, del periódico La Prensa Libre, también dentro de un enfoque oposicionista (1952-1954). Igualmente escribió para la revista Siete, Estampas del panameño y Siete Días en Panamá. Sirvió como director y jefe de redacción del diario El Día y su columna Puntos Cardinales en ese diario, empieza a escribirla en 1954. En el diario La Hora fue editorialista (1948-1949; 1953-1955), desde 1948 fue colaborador junto a otros escritores, de la columna Caligari del diario, fundador y redactor de la columna Camino Abierto y fundador de la columna Agora y de la columna Buzón de Fausto. Asimismo, junto a Carlos Iván Zúñiga impulsó en 1952 en la Red Panamericana, el radioperiódico Libertad y un año después, la Revista Radiofónica, acompañado por Rogelio Anguizola, que se difundía a través de Radio Mundo.

Su pensamiento económico y humanístico

En el campo de la economía realizó un magnífico aporte con libro El Lucro (1970), producto de sus reflexiones laborales y de su disciplina de autodidacta que asumió desde su niñez. Se trata de un texto de economía novelada publicado con el apoyo de Giovanni Carlucci, con quien mantenía una amistad entrañable. A esta obra le siguió El Lucro, la escasez y la violencia (1972). Desde el campo del periodismo Jurado logra realizar aportes significativos al mundo de las ideas políticas, literarias y sociales y económicas del país. Sin embargo, muchas de sus opiniones eran contestatarias a los gobernantes de turno, situación que le generó en diversas ocasiones amenazas o suspensión de sus espacios.

También fue acusado de irrespeto al presidente de la república y encarcelado durante 15 días inconmutables, por haber pedido al jefe del Ejecutivo, que expusiera las razones que tuvo para anular el contrato de la Fábrica Nacional de Cigarrillos, que él mismo había firmado indicando que lo consideraba de grandes beneficios para la economía nacional. Al término de ese periodo La Prensa Libre y La Hora (28 de marzo de 1952) informaron sobre la posible puesta en libertad del periodista, después de haber padecido dolorosas experiencias en el malsano ambiente de la cárcel del Cuartel Central de la Policía. Como tributo al servicio en las columnas y diarios descritos, los aportes de Jurado en el periodismo fueron reconocidos con el Premio Nacional de la Crónica del Año en 1959 y en 1960, otorgado por el Sindicato de Periodistas de Panamá.

Un político y servidor público  íntegro y competente

Desde su militancia política llegó a ser candidato a diputado en la provincia de Panamá, en las elecciones de 1948 por el Frente Patriótico en la papeleta de Unión Popular. Sus consignas se dirigieron a la defensa de los intereses del pueblo y de la patria, la implantación del servicio civil, el respeto a la Constitución y a las instituciones democráticas, la liberación económica de la mujer panameña y al libre desarrollo de las libertades públicas. También asumió la candidatura a diputado por ese mismo partido cuatro años después. Llegó a ser fundador del movimiento llamado la Tercera Posición que promulgó en 1956 la abstención electoral y fue miembro del movimiento de Liberación Nacional. Su vida literaria y política la alternó con el cumplimiento del servicio público en los diversos cargos que ocupó en los diferentes gobiernos de la época. Sirvió como cajero en el Departamento de Contabilidad del Banco Nacional (1942-1946), siendo este su primer empleo.

Dirigió la Imprenta Moderna (1946-1947), organizó y dirigió el Departamento de Créditos Hipotecarios de la Caja del Seguro Social (1947-1950), director del Departamento de Cultura y Bibliotecas del Ministerio de Educación (1951). Presentó su renuncia a este cargo en el momento en que fue postulado a la Presidencia de la República el coronel José A. Remón Cantera. Igualmente fue gerente general del Banco de Crédito Popular. En 1960 laboró como subdirector del Instituto de Vivienda y Urbanismo, cuando se construyen barrios populares como San Miguelito, Villa Cáceres, La Locería y otros. En 1965 ocupó la presidencia del Consejo Nacional de Economía. El talento artístico también lució en sus momentos Monchi Jurado. Pasaba de la composición musical a la pictórica dependiendo de sus estados de ánimo. A este talento también se refiere Carlos Iván Zúñiga, cuando reconoce que:

Ramón H. Jurado fue un artista. También fue un melancólico y por tanto un romántico, características muy disimuladas por su estampa siempre alegre y cordial. En sus buenos momentos soltaba la pluma y tomaba la espátula. Era un magnífico retratista y tenía la cabeza de Churchill como muy digna de su pincel. En otros momentos tomaba la lira y cantaba sus boleros y él los presentaba como de letra y música de Ramón H. Jurado. En su hermano René Miró encontró la raíz sanguínea de los grandes afectos. Fue su mejor amigo. No pulsó el arpa divina de la poesía como su padre Ricardo Miró, pero los arpegios espirituales de los cantos de su madre Bertilda siempre reinaron en su alma.

Algunos de sus boleros fueron interpretados por Neville Chang y la orquesta del músico y director panameño Armando Arturo Boza Cogley. Igual que a la pintura, no llegó a dedicarle intensidad y espacio a estas artes, pues su pasión fundamental estaba en la literatura y su existencia vital en la política como medio de expresar el amor por su país. Ramón H. Jurado compartía su vida con Jilma Noriega de Jurado, su esposa, quien le acompañó en muchas de sus tareas políticas, literarias e intelectuales. Ella se caracterizó por ser defensora de los derechos panameños en la antigua Zona del Canal, una luchadora incansable por la soberanía nacional y la libre determinación de los pueblos. Al igual que Ramón, fue miembro fundador de la gloriosa Federación de Estudiantes de Panamá y el Frente Patriótico de la Juventud, organizaciones que impulsaron jornadas históricas por la reivindicación de la soberanía nacional, los derechos humanos y la integridad de la sociedad.

La diplomacia también fue parte de la vida de Monchi Jurado. En 1974 fue nombrado como embajador de Panamá en Venezuela, por el gobierno de Omar Torrijos. Desde allí su voz se hizo sentir en la defensa de las negociaciones de un nuevo tratado del Canal de Panamá. Partidario como era de que la historia había marcado de manera irrevocable, el final del colonialismo donde fuera que subsista y cualquiera su forma en que pretenda sobrevivir. Así, la suerte última de los intereses norteamericanos en el canal de Panamá, será decidida única y exclusivamente por el pueblo panameño.

Una partida deplorada

El 3 de noviembre de 1978, cuando viajaba a Caracas para notificar el término de su misión diplomática en Venezuela, murió de manera repentina. Son múltiples los testimonios que condensan sentimientos de reconocimiento y admiración por la notable trayectoria de Ramón H. Jurado. Carlos Iván Zúñiga Guardia, gran amigo suyo, hace mención a las causas de su muerte en los términos siguientes:

En la víspera de su muerte tuve un almuerzo con Ramón H. Jurado que se prolongó durante toda la tarde. Me habló de sus proyectos y de su interés de viajar a Estados Unidos para hacerse un examen general. Al igual que a tu hermano Delio, me dijo, me está molestando la hernia hiatal, que me produce frecuentes dolores en el pecho. Durante el almuerzo recordó a muchísimos amigos, hizo un repaso de la historia del Frente Patriótico y de todas las luchas comunes. Fue un extraño diálogo, como si se estuviera despidiendo de la tierra. En estos días leí que José Saramago recordaba que cuando su abuelo presintió su muerte dio un abrazo llorando a todos los árboles de su huerto. Yo pienso que aquella tarde Ramón H. Jurado, con tantos recuerdos, dio un abrazo a todos sus amigos. Al día siguiente mientras volaba a Caracas su corazón dejó de latir. Años después del mismo mal se fue mi hermano Delio.

Mario Augusto Rodríguez, reconocido intelectual, periodista y ensayista panameño, a raíz de la muerte de Jurado expresó:

Intelectual, periodista, escritor, economista y diplomático dicen entre otras cosas, las notas necrológicas, que tratan de expresar la emocionada reacción de dolor que en sus numerosos amigos produjo la repentina desaparición de Ramón H. Jurado. Sin duda, fue todo eso y tal vez mucho más. Porque la dimensión de Monchi Jurado no puede medirse solo y únicamente en función del ejercicio intelectual que lo llevó a cultivar varios géneros literarios –de niño hizo versos. Sería imposible definirlo sin relacionar todas esas manifestaciones de su inteligencia, con la savia inconsútil de su estructura humana, con su condición de hombre, de ser vivo y palpitante en medio de la marejada de la existencia… resultaba imposible desprender la potencialidad creadora de su intelecto, de la emoción y el sentimiento, de la función vital de ser como elemento humano.

De Ernesto Cardenal, renombrado escritor, religioso y promotor cultural de Nicaragua, la esposa, Jilma Noriega de Jurado, recibió una corta misiva en los términos siguientes:

Después de una gira de dos meses por muchos países, acabo de regresar, y al pasar por Panamá me enteré en el aeropuerto de la infortunada noticia: la lamentable muerte de su marido. Lo he sentido profundamente pues había simpatizado mucho con él, y me había dado cuenta de su extraordinario valor, tanto en el aspecto humano como en el político. Lo lamento muchísimo, por usted y su hijo Ramón y toda la familia, y también por Panamá que ha sufrido una gran pérdida.

El prestigioso periodista y comentarista de radio y televisión, Mario Velásquez, anotó en un breve artículo que:

[…] desde que supe que Ramón H. Jurado había muerto, sentí la urgencia de decir algo muy breve sobre este amigo sobre el que no solo me unió la amistad extendida al ámbito familiar, sino la comunión de ideales comunes en los afanes públicos en los últimos treinta años. De Monchi Jurado se ha dicho y se seguirá diciendo por mucho tiempo que fue un intelectual de mérito, periodista, ensayista y para mi gusto personal, la primer figura de la novela panameña. […] Monchi Jurado formó parte de ese reducido y escaso grupo de personas que viven con plena autenticidad: Monchi vivió como el quiso; a veces impronosticable, inconstante, alegre, vivencial y romántico, pero siempre con radiante exposición de su talento de su inteligencia y su don de gentes. En un mundo en el que se disimulan y presumen falsas virtudes y huecos talentos; donde la petulancia y la osadía de muchos los llevan a pensar que con dinero, rango social y efímero poder se pueden adquirir los atributos superiores de la cultura y de la inteligencia, Monchi Jurado reunió generosamente esos atributos y los llevó como un gran señor, como parte integrante y natural de su personalidad.

Probablemente una de las piezas de mayor relevancia que condensa la vida y obra de Ramón H. Jurado, fue la que escribió y pronunció Jorge Illueca Sibauste, en representación del gobierno nacional, ante la tumba de este gran panameño. Un extracto de ese discurso dice que:

Muerto como un cóndor, herido en el corazón cuando volaba en alas de sus ideales sobre el cielo cristalino de la patria, Ramón H. Jurado deja una estela de simbolismos creados por la pasión nacionalista que fue la tónica de su fecunda existencia. Muere ayer 3 de noviembre, fecha nacional; día en que, según él mismo decía: “la patria suelta amarras y otea rumbos”, reafirmando en esta expresión muy suya, su obsesión constante por la nacionalidad… Ramón H. Jurado seguirá viviendo espiritualmente… Hombres de su talla, forjadores de ideas, no mueren; mantienen su vigencia como espejo de la Patria en su corazón y en la mente de sus connacionales. La novela de su vida no tiene epílogo. Como decía él en su última línea de San Cristóbal, irá en la noche por las rutas trazadas por sus obras y su filosofía “caminando hacia los brazos abiertos de la aurora”.

Esta trayectoria extraordinaria de este gran panameño ha merecido apenas algunos reconocimientos al darle su nombre al edificio PH Cinemas Plaza de Aguadulce, como Centro Cultural Ramón H. Jurado, el premio Asociación de Escritores de Panamá ADEP de novela corta y a una avenida en el barrio de Paitilla de la ciudad de Panamá. La gigantesca tarea cultural y política de Ramón H. Jurado, es difícil compendiarla en estas breves líneas y menos borrarla del firmamento de la patria. Esa patria a la que tanto aportó para su mejor comprensión en sus más diversos, ricos y complejos atributos, por la que luchó con las garras de su inteligencia, para que se reivindicara su honor, integridad y soberanía plena. Como panameños tenemos una deuda de honor con Monchi Jurado, a quien el destino le tiene reservado un lugar especial en la historia nacional y un valor capital en las mentes y corazones de todo su pueblo.

 

 

Referencias bibliográficas

 

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