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    Carlos Alberto Mendoza, Maricarmen Sarsanedas,

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Ramón Maximiliano Valdés

by: Carlos Alberto Mendoza, Maricarmen Sarsanedas,

Ramón Maximiliano Valdés deja una vida inconclusa. Ha evolucionado del conservatismo a un liberalismo de finos quilates. Su estilo es exquisito, sin tinte barroco alguno. Desarrolla una vocación digna de alabar por la investigación histórica y geográfica. Fue un gobernante conciliador que trató de restablecer la armonía entre las distintas facciones del liberalismo. Su calidad humana es cualitativamente superior a la de Porras. Sus palabras sentidas y espontáneas ante la muerte de Carlos A. Mendoza son para siempre, página de honor en la literatura política panameña.

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Es abogado e historiador panameño. Después de la restauración democrática en Panamá ejerció el periodismo, desempeñándose como director del diario El Panamá América, y director editorial de Crítica Libre. Fue el primer presidente de la Autoridad de la Región Interoceánica, que se encargó de la administración de los bienes que fueron revirtiendo a Panamá, de acuerdo con lo pactado en los Tratados Torrijos-Carter. Con posterioridad, y por casi cinco años, desempeñó el cargo de embajador de Panamá ante la República de China, con sede en Taipéi, Taiwán. Como historiador ha publicado libros sobre historia del Istmo, durante los siglos XIX y XX. Su ejercicio profesional como abogado ha girado siempre alrededor del Derecho Laboral.
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Licenciada en Periodismo, con una maestría en Comunicación Corporativa y una especialidad en Docencia Superior. Ha trabajado como corresponsal de las agencias de noticias internacionales Reuter y Notimex; ha sido reportera, presentadora y productora de noticias en Canal 2 y reportera y jefa de redacción del diario El Panamá América. Además, ha producido programas educativos en RPC y Telemetro y en la radio KW Continente. Ha colaborado como redactora y editora en numerosas publicaciones. Fue directora de Información de la Autoridad de la Región Interoceánica durante el proceso de reversión de las bases militares estadounidenses. Es consultora de comunicación y ha dictado cursos sobre manejo de medios y redacción periodística. Actualmente trabaja en la oficina de Comunicación Corporativa de la Autoridad del Canal de Panamá donde es editora de su revista oficial, El Faro.
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Ramón Maximiliano Valdés – Frente a la Historia

 

Ramón Maximiliano Valdés murió joven, y en momento inoportuno. Si vive unos meses más su impronta en la historia panameña hubiera sido mayor, habría debilitado una era de personalismo desbordado y existido la posibilidad de encaminar el país hacia una auténtica institucionalidad. Belisario Porras, el gran beneficiario de su muerte, publicó años después un folleto titulado “Los doctores Mendoza, Valdés y Urriola no fueron envenenados”. Sería imprudente agregar algún comentario. Valdés era un panameño raigal. Le honra quien fuera su padre, Ramón M. Valdés López, político de cierto prestigio y con una reputación fundada de hombre honesto. Al hijo se le mandó a tomar cursos universitarios en la costa colombiana. Su afición por los códigos lo llevó a estudiar derecho. Las recurrentes guerras civiles de Colombia le impidieron culminar sus estudios universitarios. Lo propio pasó, por idénticas razones, a Carlos Antonio Mendoza. La posteridad ha conferido a ambos el doctorado, como a Francisco Filós padre, el más insigne de los procesalistas panameños. Ramón Maximiliano Valdés, desde joven, fue un espíritu de selección. Tenía genuina vocación por la literatura y la música, aventurándose, de vez en cuando, por los campos de la poesía; acaso con parecido éxito a su admirado Rafael Núñez, cuyos grandes logros políticos —como haber sido presidente de la república en cuatro ocasiones— no le libraron de ser olvidado como poeta.

Por circunstancias explicables, Valdés militó en las filas del conservatismo colombiano. Lo hizo con coherencia y decoro. Héctor Conte Bermúdez y Narciso Garay trastocaron la historia política de Colombia para explicar lo que no necesita. Va la verdad en apretada síntesis. Desde la revolución que en 1860 lleva al poder al gran general Tomás Cipriano de Mosquera, el Partido Liberal se mantiene unido. La división aflora en sus filas cuando se busca al sucesor de Santiago Pérez, avanzada la década del setenta. El radicalismo liberal apoya a Aquileo Parra; liberales en buena parte costeños, se inclinan por el cartagenero Rafael Núñez, entre ellos, Salvador Camacho Roldán, Justo Arosemena, Pablo Arosemena y Ramón M. Valdés López. Núñez pierde la elección. La clerecía y el conservatismo se lanzan a la guerra civil que culmina con la victoria liberal, aupando eso sí la figura de un liberal nuñista, el general Julián Trujillo.  Con el correr del tiempo se hacen ostensibles las contradicciones, los vericuetos de la mente de Rafael Núñez y su poco apego por los principios, su personalismo; sin que sea lícito negar la brillantez de su talento. Los liberales que lo acompañaron en una época, lo abandonan y vuelven a las viejas filas del radicalismo liberal. Así actúan Camacho Roldán, Justo y Pablo Arosemena e incontables otros. Ramón M. Valdés López permanece junto a Núñez y su aliado, el más reaccionario de los políticos conservadores, Miguel Antonio Caro. Miguel Antonio Caro, autor del texto de la Constitución colombo-panameña de 1886, fue el peor enemigo que tuvieron el liberalismo y el Istmo en ese cónclave. Le negó a Panamá la condición de departamento y lo convirtió en territorio sujeto a legislación especial desde Bogotá; esto con la total aprobación de Rafael Núñez, quien odiaba también el Istmo por su irrevocable vocación liberal. Ramón M. Valdés puso en estos años su talento, prosa y entusiasmo al servicio de Núñez y Caro. Fue secretario en Panamá del general Carlos Albán, científico brillante, hombre cruel y extraño, la gran figura del conservatismo en Panamá.

Dijo Ramón M. Valdés de Albán, en diciembre de 1900, lo siguiente: Señor General: la firmeza de vuestro carácter y vuestras capacidades como administrador de la cosa pública en este departamento, y más que todo vuestra gallarda actitud como militar experto y valeroso, al par que patriota y abnegado en esta contienda intestina, mil veces lamentable, que ha dejado en Panamá, como en el resto de la república, una ancha huella de sangre y surcos profundos en donde germina el odio político; todas esas cualidades y mérito vuestros, os han hecho un mandatario respetado entre todos los que amamos la causa de la legitimidad y anhelamos por el inmutable predominio de las cristianas instituciones que nos rigen.

En estas palabras de Valdés queda reflejado su pensamiento conservador y clerical de esos años. Afirma Carlos Antonio Mendoza:

Al verificarse la independencia de Panamá en 1903 y cuando ésta quedó asegurada con el apoyo que le dio a la nueva república el Tratado con los Estados Unidos sobre la excavación del Canal, no obstante que en esos días era frecuente oír hablar de que se habían extinguido los antiguos bandos políticos, lo cierto es que nadie dudó que a la larga imperaría en el gobierno el partido liberal.

Se celebró en el palacio de gobierno una reunión de personas afiliadas a todos los partidos, para acordar una candidatura única para diputados a la convención nacional que se reuniría a principios de 1904. Se acordó que los asistentes liberales pasaran a una de las salas del palacio y los conservadores a otra. Ramón M. Valdés López, padre de Ramón Maximiliano, declaró entonces que él y su hijo se iban al lado de los liberales. Desde ese momento, hasta su muerte, Valdés hijo mantuvo una conducta recomendable, siendo figura prestante del Partido Liberal panameño.

La prosa de Ramón M. Valdés hasta el año tres encaja dentro de dos rubros: los informes administrativos de un funcionario joven, junto con uno que otro discurso laudatorio; y un texto elemental de geografía de Panamá. Ejemplo de lo primero son las líneas que leyó, con discreta elocuencia, en el septuagésimo tercer aniversario de la separación de Panamá de España. La redacción es esmerada, a veces altisonante, muy de la usanza de la época. Caso distinto es la geografía de Panamá, que conoció en vida de Valdés ediciones que van de 1898 a 1914. Su creación merece consideración especial. No hay en él oropeles ni lenguaje rebuscado. Es un texto sencillo, bien logrado, apto para la enseñanza. En él muestra su autor capacidad docente, sobre un tema de escaso interés. Durante la primera presidencia de Tomás Cipriano de Mosquera se contrataron los servicios del general Agustín Codazzi. De allí surgió la llamada “Comisión Corográfica”. Los escritos de Codazzi sobre las provincias panameñas no fueron publicados hasta 2002, bien que sus manuscritos de 1855 fueron utilizados por Felipe Pérez en 1862 en su Geografía Física y Política de los Estados Unidos de Colombia. El mapa general de Codazzi ,que incluye el Istmo lo reprodujeron Manuel Ponce de León y Manuel María Paz en el Atlas de los Estados Unidos de Colombia de 1865. Esta versión es pequeña y deficiente; el mapa original, realmente espléndido, quedó inédito hasta hace poco más de una década. Valdés no tuvo en sus manos los estudios originales de Codazzi, pero es de creer que sí conociera la obra de Felipe Pérez. Un aspecto casi desconocido de las labores de Codazzi en Panamá fue el apoyo dado al conocimiento local y provincial. Por una directiva del presidente Mosquera, todos los gobernadores, alcaldes y demás autoridades estaban en la obligación de suministrar informes detallados sobre sus jurisdicciones. En Chiriquí, José de Obaldía ofreció apoyo en informes y logística. En Santiago de Veraguas, el gobernador, hijo del general Fábrega, le consiguió a Codazzi y ayudantes alojamiento y bestias para penetrar en el interior del país. Nicolás Pereira, desde Yaviza, envió un interesante estudio sobre el Darién para integrarlo en la carta general del país. Mencionamos con algún detalle estos últimos datos para contrastarlos con la falta de voluntad y desgreño que encontró Valdés al tratar de recabar ayuda de sus coterráneos para actualizar su geografía. Vale la pena citar sus palabras:

En nuestro deseo de presentar a nuestra patria un trabajo completo que pueda, con provecho para la juventud, ser aplicado a la enseñanza de la geografía nacional, no hemos ahorrado ningún esfuerzo capaz de procurarnos nuestro objeto. Después de extractar, compilar, escoger y ordenar el gran acervo de datos y noticias que encontramos diseminados en las obras que tratan del istmo de Panamá, desde las de los antiguos cronistas de la conquista española hasta las de los últimos geógrafos y exploradores contemporáneos, acometimos la empresa de corregir y aumentar los materiales así acumulados, ateniéndonos, en parte, a nuestro propio conocimiento del país, en general, y de muchas localidades, en particular, y para lo demás solicitando con encarecimiento y tenacidad la cooperación de coterráneos nuestros, que por diversas razones y circunstancias se hallan en aptitud de suplir en mucho nuestra insuficiencia. Además, cuando proyectamos dar a la estampa la segunda edición del libro, el Gobierno de la República, representado por el señor secretario de Instrucción Pública, defiriendo a nuestras instancias, se dirigió a los gobernadores de provincia y, por órgano de éstos, a los empleados subalternos —alcaldes, inspectores de instrucción pública, maestros de las escuelas— excitándoles a suministrar datos e indicaciones destinados a hacer más exacta y completa la obra, que ya había sido adoptada oficialmente como texto de enseñanza para las escuelas. Otro tanto se hizo cuando se preparaba la tercera edición, en 1908. Nos lisonjeaba la creencia de haber asegurado por todos esos medios combinados el éxito que anhelábamos; pero con franqueza debemos declarar que nuestra esperanza resultó frustrada: la cooperación solicitada nos faltó casi absolutamente la primera vez, y la segunda solo nos aportó unos poquísimos elementos aprovechables. Así esta obra de carácter eminentemente nacional, acometida en beneficio de la patria, quedó abandonada a nuestras propias fuerzas.

Un tema al cual Codazzi dedicó atención fue las fronteras, especialmente con Costa Rica. Los límites propuestos por Codazzi fueron los que prevalecieron, en términos generales, para definir los límites entre ambas naciones. Panamá conservaba íntegras la laguna de Chiriquí y la bahía de Almirante, de valor como puertos naturales. La última edición de la Geografía de Panamá de Valdés llega en 2014 a su centenario. Se la relegó injustamente al olvido por muchas décadas. Es el momento de volver a sus páginas. No tuvo Valdés participación en la jornada del 3 de noviembre. Su nombre aparece vinculado al origen de la República debido a un extenso ensayo titulado “La independencia de Panamá. Sus antecedentes. Sus causas y su justificación”. Fue tal su acogida que se hicieron versiones en inglés y francés. A los liberales, lo que no debe sorprender a nadie, tocó redactar los documentos fundamentales de la nación: a Carlos Mendoza el Acta de Independencia; a Eusebio Morales el manifiesto de la Junta Provisional de Gobierno; y a Valdés, lo que llegó a ser carta de presentación de la nueva república. Este último documento tiene estilo llano, buena estructuración y vocación patriótica. No se puede esperar que Valdés analice el siglo xix panameño con los recursos de la historiografía contemporánea. En su ensayo afloran discretamente ribetes de un nuñismo todavía latente en él. Además, hace un recuento de la administración de Santiago de la Guardia padre, en el que generosamente omite mencionar su traición al liberalismo cuando brindó su apoyo a las fuerzas conservadoras de Julio Arboleda en el departamento del Cauca. Al final, el escrito de Valdés sigue siendo un análisis bien logrado del origen de la República.

En la corta vida de Valdés ningún documento muestra tan claramente su condición de estadista como la “Memoria del Secretario de Gobierno y Justicia para la Asamblea Nacional”, del año 1910, que cubre las presidencias de José Domingo de Obaldía y Carlos A. Mendoza. Prosa y contenido son comparables a la “Memoria de Instrucción Pública” de Eusebio Morales de ese año. El informe de Valdés, con toda su documentación, tiene más de quinientas páginas impresas. En torno al régimen político municipal, las observaciones de Valdés son puntuales y devastadoras. David, Penonomé, Santiago y Aguadulce no tienen “[…] las fuentes rentísticas que son menester para atender las necesidades materiales de esas secciones, ni para remunerar apropiadamente a los empleados del municipio; no se cuenta en ellos con un personal dispuesto a sobrellevar con diligencia y celo las molestias y responsabilidades que pesan sobre los administradores públicos”. Valdés cita a continuación el caso del distrito de Olá, en la provincia de Coclé que “[…] no tiene más de treinta casas que propiamente puedan ser llamadas chozas; que su población no llega a 200 habitantes; que sus rentas anuales, como lo atestigua el gobernador de Coclé en su informe, no pasan de 123 balboas; que el juez municipal tiene asignado allí un sueldo de cincuenta centavos por mes; que de los moradores, sencillos campesinos excesivamente pobres, que viven de trabajos agrícolas en pequeña escala solo una mínima parte sabe leer y escribir malamente y entre éstos no hay quienes tengan ni medianas aptitudes para desempeñar conscientemente las funciones de ediles, de alcalde, de juez y personero municipal”. En idéntica situación se encontraban los distritos de Arraiján, Chepigana y Chimán, en la provincia de Panamá; Donoso, Chagres y Santa Isabel, en la de Colón, y muchos otros casos en las otras provincias. Visto tan desconsolador estado, Valdés propone refundir varios distritos en una sola entidad municipal. En 1910 se celebraron, en las postrimerías de la administración presidencial de Carlos A. Mendoza, las primeras elecciones libres y sin intervención norteamericana, para la escogencia de diputados. Sobre ellas expresa Valdés lo siguiente:

Es de pública notoriedad que las elecciones del presente año, para concejeros municipales y diputados a la Asamblea Nacional, se verificaron en las fechas que la ley señala, sin el menor trastorno del orden público. La intervención del Poder Ejecutivo en este debate electoral se ha circunscrito a la esfera que le corresponde según la ley, procurando por cuantos medios han estado a su alcance, garantizar a todos los ciudadanos, sin distinción de colores o denominaciones políticas, el libre ejercicio del derecho de sufragio, y tratando de que se impongan las penas legales a los responsables de cualesquiera omisiones, fraudes o violencia que contra ese derecho pudieron haberse cometido.

Valdés en su Memoria dice lo siguiente de la Corte Suprema de Justicia:

Constituyen actualmente el personal de la Corte Suprema de Justicia los magistrados que fueron nombrados para el período en curso. No ha tenido que conocer este despacho de ninguna queja por querellas de asuntos que interesen a las partes, encomendados a los aludidos funcionarios, y es la oportunidad de declarar que esta alta corporación corresponde satisfactoriamente a la misión de que está encargada, y deja demostrado en los asuntos civiles y criminales el propósito de inspirar sus fallos en la imparcialidad, la honradez y la justicia.

Sin embargo, las relaciones del Ejecutivo con una Corte Suprema nombrada en su totalidad por el presidente Amador no fueron buenas, tal como aparecen descritas de forma explícita, con exactitud y veracidad, por el presidente Mendoza en su mensaje a la Asamblea de 1 de septiembre de 1910, con las siguientes palabras:

Aunque los poderes públicos han funcionado con regularidad y manteniéndose ordinariamente dentro de sus respectivas atribuciones, no han faltado casos de desacuerdo con el Poder Judicial, provocados por éste, y en los cuales el Ejecutivo, ciñéndose estrictamente al cumplimiento de ineludibles deberes internacionales, unas veces, y obrando, otras, dentro de facultades emanadas de leyes expresas de orden interno, mantuvo sus decisiones y las hizo ejecutar. Los casos de desavenencias a que me refiero tienen por causa probable el hecho de haberse constituido el Poder Judicial en virtud de nombramientos que emanaron de la administración terminada el 30 de septiembre de 1908 y que recayeron exclusivamente en personas que tomaron parte principal en la ardiente lucha electoral de entonces. Introducida así la pasión política en el organismo de esa parte del gobierno —que precisamente debería obrar en una atmósfera imperturbable, para distribuir la justicia sin que la empañe la más pequeña sombra de parcialidad— no es de sorprender la actitud de declarada oposición de caracterizados miembros del Poder Judicial y del Ministerio Público para entorpecer la realización de disposiciones del Ejecutivo, para valerse de la autoridad de que están investidos y causar molestias a los agentes de éste, y para enfrentársele en la prensa partidista.

Hay en la Memoria de Valdés, finalmente, consideraciones de valía bajo el rubro de civilización de indígenas. Piénsese que éste es tema delicado por muchos conceptos y que terminó en una insurrección durante la administración Chiari. Valdés, en 1910, ha superado resabios conservadores de tiempos del general Albán. Su postura es ponderada y liberal. Acepta la influencia moral de los misioneros católicos “[…] con tal que no se emplee si no la de sacerdotes virtuosos, inteligentes, exentos de codicia y que se distingan por su índole apacible y afectuosa […]”. Agregando a continuación:

Hay prevención en algunos de esos pueblos contra los sacerdotes y no se allanan a admitirlos en su seno, pero estoy casi cierto de que en varios de esos lugares sí aceptarían desde ahora maestros de escuela laicos enviados por el Gobierno. Soy de parecer que debe aprovecharse esa favorable disposición y que previo acuerdo con los respectivos caciques se funden en esos caseríos escuelas de primeras letras, servidas por ciudadanos de costumbres sobrias y circunspectas, con el encargo especial de extinguir los prejuicios que la tradición hizo nacer en los indios contra los demás hombres y de hacerles amar las ventajas de la civilización. Muy importante sería para esos fines que se diese preferencia en el servicio de las escuelas a los hombres de edad madura, cuya acción sería más eficaz si fuesen casados y llevasen allí su mujer a secundar su tarea.

La Memoria de Valdés lo muestra como un estadista en sazón, listo para ocupar en futuro la Primera Magistratura de la República. Al producirse el movimiento del 3 de noviembre el liberalismo panameño tenía ya un liderazgo probado y de alcurnia. Descollaban Pablo Arosemena, Belisario Porras, Carlos A. Mendoza y Eusebio Morales. Sobrada inteligencia tenían todos ellos, pero ninguno escribió a espacio sobre las ideas fundamentales del liberalismo. Correspondió esa misión a un dirigente nuevo, Ramón Maximiliano Valdés. Sus ideas, bien hilvanadas por cierto, quedaron plasmadas en Partidos políticos en Panamá, del 7 de mayo de 1911. Precisa aclarar lo acontecido al Partido Liberal desde el año tres. Desde por lo menos la segunda mitad del siglo xix, los liberales habían defendido una estructura federal de gobierno. Llega la Constituyente de 1904 y los liberales aprueban un sistema centralista, explicable en parte por la menguada extensión del territorio istmeño. El liberalismo, además, había defendido con tesón una postura arisca frente a la Iglesia. En el año cuatro, para obtener la aprobación de los constituyentes conservadores, suaviza posiciones de antaño. A estas novedades, grandes por cierto, se enfrenta Valdés en 1911. Su ensayo, por alguna razón, evita referencia alguna al centralismo. Pero con prosa fina y clara, arremete contra principios medulares del viejo clericalismo. “En esta materia”, dice, “somos defensores de la libertad absoluta de creencias religiosas, de las escuelas neutras y de los cementerios laicos; queremos la separación completa de la Iglesia del Estado; la Iglesia libre en el Estado libre”. Valdés es, ahora, lúcido defensor de las doctrinas esenciales del credo liberal. Como complemento necesario del pensamiento de Valdés, debido a conflictos que se suscitaron durante las administraciones de De Obaldía y Mendoza, conviene citar palabras de este último en su mensaje a la Asamblea Nacional del 1 de septiembre de 1910:

Ha sido objeto de censuras el decreto orgánico de la enseñanza primaria, dictado por el presidente señor De Obaldía y que es sólo un desarrollo de disposiciones legales preexistentes. Las pasiones sectarias han pretendido que el decreto en referencia tiende a combatir doctrinas religiosas. En las escuelas y en los colegios de la república se enseña la religión católica. Son por lo regular sacerdotes los que tienen a su cargo el desempeño de la respectiva asignatura y no son pocos los directores de escuela y los profesores que están revestidos de carácter sacerdotal por la Iglesia católica. Estimo que los fines de la enseñanza pública no son sectarios y no deben convertirse las escuelas en sucursales de los seminarios conciliares; sino que esos fines deben dirigirse a cultivar las inteligencias, haciendo apta a la juventud, moral y físicamente, para las luchas y trabajos de la vida moderna; tendencias que son muy diferentes de las de la educación de los jóvenes que se dedican al estado eclesiástico.

En el conservatismo panameño había quienes defendían, con sofismas, limitaciones al derecho del sufragio. Valdés expone la doctrina liberal con claridad: “Los que profesamos ideas liberales abogamos con convicción por el principio del sufragio libre para todos los ciudadanos, porque lo juzgamos el más adecuado para este país, pequeño en extensión territorial y de población escasa, en el cual se siente dondequiera la necesidad del contacto con la autoridad y el individuo, y porque es el más justo, desde luego que todos los ciudadanos participan en las cargas públicas”. Valdés señala, además, que la autoridad ejecutiva no debe confundir su poder con el del Estado: mientras que en el conservatismo existe vocación por el gobierno fuerte y que el ciudadano deba acoplarse a los deseos de la autoridad. Desde los comienzos de la República fue lugar común afirmar que las fronteras entre los partidos habían desaparecido. Valdés lo niega rotundamente. Es cierto que se dieron entendimientos entre quienes profesaban distintas creencias políticas. El gobierno de Amador fue conservador a ultranza, aunque con la colaboración de algunos liberales. El movimiento constitucionalista que giró alrededor de Ricardo Arias Feraud, estuvo compuesto en gran mayoría por conservadores y unos cuantos liberales. La coalición republicana que llevó al poder a De Obaldía en 1908 era abrumadoramente liberal, con el apoyo de sectores minoritarios del conservatismo. Valdés está en lo correcto al considerar todos estos acuerdos temporales, y caracterizados siempre por el predominio de uno de los dos partidos tradicionales sobre el otro. El conservatismo panameño fue siempre consciente de su condición minoritaria. Hubo quienes en la capital de Colombia opinaban que el Istmo era irrevocablemente liberal. Por ello lo detestaban Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro. Ya en 1912 era evidente que ningún conservador podía ser elegido presidente de la república. Pablo Arosemena, anciano venerable, aspira a reelegirse. Se separa del poder seis meses antes de la elección para ser candidato. Se encarga de la presidencia Rodolfo Chiari quien simpatiza con la candidatura de Porras; visto lo cual don Pablo regresa a la presidencia y, con amigos, candidatiza a Pedro A. Díaz. La gran mayoría del Partido Liberal apoya a Porras. Mendoza asume la dirección de la campaña, con la asistencia de Morales, Filós, Urriola, Valdés, Quintero, Mata, Pinel, Sosa, Andreve y Ayala como secretario. Estados Unidos, con base en la enmienda Platt panameña [artículo 136 de la Constitución] interviene en las elecciones, teóricamente para garantizar su pureza. El triunfo de Porras es rotundo. Dos años después se produce la gran división del Partido Liberal, en víspera de las elecciones para diputados. La dirección liberal, encabezada por Mendoza, confecciona, previa consulta provincial y distrital, listas de candidatos que presenta al presidente Porras para observaciones. Éste pretende cambiar radicalmente las listas. En ese momento se rompe la unidad del partido. La mayoría del directorio respalda a Mendoza; la minoría a Porras, con el apoyo de Valdés. Porras organiza la candidatura presidencial de Valdés. Mendoza la de Rodolfo Chiari. La agitación política es inmensa. En mitad de la campaña Mendoza fallece de forma repentina, el 13 de febrero de 1916. Valdés, en gesto que le honra, manifiesta emotiva y públicamente su pesar por la muerte de Mendoza:

La muerte de Carlos A. Mendoza es motivo de honda aflicción como una pérdida de inmensas proporciones para el Partido Liberal. Sus múltiples dotes, su fecunda y brillante inteligencia, son luminares que acaban de extinguirse perpetuamente tras el horizonte de la Patria. La República, que tan eficazmente él contribuyó a formar, está de duelo. La hora es solemne y deben enmudecer los sentimientos mezquinos y las pasiones exacerbadas por la contienda electoral. Para honrar a sus caudillos que sucumben, el Partido Liberal solo tiene un corazón para sentir y una sola voz para clamar su amargura.

Mientras tanto, Porras guarda silencio. La oposición mendocista ahora encabezada por Chiari, pide la intervención de los Estados Unidos. Porras la niega a pesar del antecedente sentado por la intervención norteamericana del año 12, que le benefició. Aquí y allá se producen serios disturbios; la oposición decreta la abstención. Sobre las posibilidades electorales de Valdés existen diferentes opiniones. Diógenes De la Rosa dice:

Los Estados Unidos desoyen las denuncias de fraudes y coacción de los chiaristas y se abstienen de intervenir. Triunfa el doctor Valdés. Difícil sería calificar el resultado. El prestigio popular del doctor Porras, mermado sin duda por su ruptura con Mendoza, no había desaparecido. Además, el fallecimiento de éste el 13 de febrero de 1916, en los instantes decisivos de la campaña electoral, fue una pérdida de la que el chiarismo no podía sobreponerse. Posiblemente, si la elección hubiese ocurrido en forma distinta, Valdés habría triunfado limpiamente por ceñida mayoría.

En contraste, el encargado de negocios de Francia afirmó que “el fraude electoral sobrepasó en cinismo todos los precedentes conocidos…” Valdés llega a la presidencia en circunstancias difíciles. Su elección, como candidato oficialista, había dejado serias dudas sobre el proceder de Porras. El nuevo mandatario recibió un país acosado por problemas económicos. Eusebio Morales, al darle posesión del cargo, le advirtió que: “En cuanto a vuestras labores inmediatas, señor Presidente, ninguna es más grave ni de mayor importancia que la reorganización de las finanzas nacionales”. Morales no entró en detalles acerca del desorden fiscal de la administración Porras. A Valdés le tocó el final de la construcción del Canal. Gran número de trabajadores no regresaron a sus países de origen, quedando a la deriva en las ciudades terminales. Panamá no se vio afectada por los combates de la Primera Guerra Mundial, pero sus consecuencias incidieron desfavorablemente en la economía y el fisco. Estados Unidos estaba descontento con la forma como Panamá administraba su economía, y empezó a presionar a Valdés para que nombrase un asesor fiscal norteamericano que debería:

  1. Ayudar a los funcionarios gubernamentales para determinar la deuda pendiente;
  2. poner en práctica un sistema adecuado de contabilidad pública; 3. investigar métodos apropiados para aumentar los ingresos estatales y ajustar el gasto público; y 4. colaborar en la elaboración del presupuesto anual.

Por intermedio de Aurelio Guardia, secretario de Hacienda y Tesoro, el presidente Valdés presentó a la Asamblea un proyecto de ley que autorizaba la contratación de un asesor financiero de Estados Unidos. Muchos diputados expresaron disgusto con expresiones apocalípticas como “estamos al borde del abismo”, mientras otros atribuían la mala situación a la administración Porras. Panamá necesitaba desesperadamente un préstamo por modesta suma, pero el ministro norteamericano se opuso para presionar. A pesar de que la Asamblea aprobó el nombramiento del asesor por dos años, Estados Unidos exigió que fuera sin límite de tiempo. Santiago de la Guardia, prominente hombre público, opinó que aceptar el control fiscal era admitir la muerte de la República y la más absoluta dictadura. Don Santiago hasta cierto punto tenía razón, no obstante su postura indigna frente a Estados Unidos durante la administración Amador y sus gestiones humillantes ante el Departamento de Estado durante la administración Mendoza. El tema del asesor fue resuelto finalmente después de la muerte de Valdés, mediante la ley 30 firmada por su sucesor, Ciro Urriola. La Primera Guerra Mundial llevó a Valdés a solicitar la aprobación de dos leyes: la 46 de 1917 y la 61 del mismo año. La República puso a disposición del gobierno norteamericano sus medios de comunicación terrestres, acuáticos y aéreos; permitió la censura del correo; y consintió el cruce de tropas estadounidenses por su territorio. A solicitud del gobernador de la Zona del Canal, se arrestó a treinta ciudadanos alemanes residentes en Panamá y Colón y a tripulantes de barcos de esa nacionalidad surtos en Cristóbal. Recluidos en un hotel de Taboga, fueron después enviados a Estados Unidos hasta después del final de la guerra. Hay razones para pensar que Estados Unidos consideraba todo esto como obligación del Istmo, que no ameritaba agradecimiento alguno de su parte. Mediante la ley 17 de 1916, Valdés enfrentó el espinoso tema de los accidentes de trabajo. En treinta y cuatro artículos se reglamentó la materia en forma razonable para su momento. Durante su presidencia Valdés dedicó atención y tiempo a la enseñanza de la medicina y la creación de un sistema de Cruz Roja. Con ambos fines hizo aprobar leyes. La facultad de Medicina debió esperar varias décadas; no así la Cruz Roja, que inició labores con seriedad desde el principio. Hay otros temas que ameritan análisis sobre la administración Valdés: la compactación liberal, y la reforma constitucional. El estado del liberalismo en 1916 es crítico. Desde dos años antes el partido se ha dividido en dos fracciones casi iguales. Han roto irrevocablemente sus dos únicos caudillos, Belisario Porras y Carlos A. Mendoza. Aún con el respaldo total de Porras, la candidatura de Valdés enfrenta dificultades. De ello es consciente Valdés. Con sensatez quiere unificar el liberalismo al llegar al poder. Surge la compactación liberal con participación por partes iguales, del valdesismo y del chiarismo. La estructura va del distrito y la provincia a lo nacional. Se planea incluso una Junta Nacional de Compactación Liberal, por supuesto paritaria. Al llamado de Valdés corresponde el chiarismo. Hay razón para mirar con alguna confianza el futuro, porque en los cuadros directivos se da eventualmente participación a la membresía. Valdés, como parte de su esquema de reestructuración nacional propone una reforma constitucional bien estructurada, precisa y destinada a señalar rumbos a la república. El año dieciséis Eusebio Morales es ya, sin duda, la “conciencia crítica” de la nación. Después de Porras y Mendoza, la sucesión corresponde de manera natural a él. Valdés sabe lo que debe políticamente a Porras, pero en un acto de verdadero estadista pone por encima los intereses del país. Presenta la reforma que hace posible la candidatura de Morales a la Presidencia de la República: a pesar de su origen colombiano, podrá ser candidato por haber tomado parte del movimiento separatista y del Gobierno Provisional de la República. Se desata la oposición cerrada y a ultranza del porrismo, que visualiza la presidencia de Valdés como antesala del retorno de Porras al poder. Guillermo Andreve, secretario de Instrucción Pública y seguidor incondicional de Porras en ese momento, que ha compartido tareas con Morales en el gabinete de Valdés, se expresa ahora en forma insólita y desobligante de Morales; teme el ocaso del porrismo. Andreve no es el único. El 24 de octubre de 1916, la Asamblea escoge los miembros del Consejo Electoral para el período 1916-1918. Sus miembros principales son Eusebio A. Morales, Antonio Anguizola, Manuel Quintero Villarreal, Ramón F. Acevedo y Pedro López, favorables a la reforma constitucional, y ajenos a la vocación reeleccionista de Belisario Porras. El porrismo inicia una campaña violenta contra Valdés y su gobierno, dirigida tras bastidores por el propio Porras: ataques y ensayos encendidos en la prensa escrita y demostraciones públicas. La presión obliga a Valdés a cambiar el esquema que deseaba consolidar en las elecciones para diputados del 7 de julio de 1918. Esto provoca la renuncia de la totalidad de los miembros principales del Consejo Electoral, encabezados por Eusebio Morales. El presidente Valdés propone ahora, recordando la Constituyente de 1904, una Asamblea pactada previamente por las fuerzas políticas, en la que estarían representados valdesismo, chiarismo, porrismo y un pequeño grupo conservador. Valdés intenta justificar este cambio como un mecanismo apto para que las distintas tendencias escojan a sus mejores hombres. Un porrista raigal, Juan B. Sosa, confirma la aceptación del porrismo “[…] como un medio, aunque dudoso, de conseguir en la Asamblea un número de puestos suficientes a fin de contrariar el propósito de la Reforma que requería para su adopción definitiva las dos terceras partes de la Corporación”. Desaparece la posibilidad de la candidatura de Morales frente a Porras para el año 1920. De la penumbra emerge la posible candidatura presidencial del amigo íntimo de Valdés, Antonio Anguizola, conocido ganadero de la provincia chiricana y hombre de negocios muy hábil. Valdés muere súbitamente el 3 de junio de 1918. A pesar de sus desafortunadas actuaciones de última hora, la resolución de duelo más sentida la emite un Directorio Liberal en el que están representados sus amigos cercanos y la plana mayor del chiarismo. La redacción y la primera firma son de Morales. Porras está en Panamá, pero guarda silencio. Ramón Maximiliano Valdés deja una vida inconclusa. Ha evolucionado del conservatismo a un liberalismo de finos quilates. Su estilo es exquisito, sin tinte barroco alguno. Desarrolla una vocación digna de alabar por la investigación histórica y geográfica. Fue un gobernante conciliador que trató de restablecer la armonía entre las distintas facciones del liberalismo. Su calidad humana es cualitativamente superior a la de Porras. Sus palabras sentidas y espontáneas ante la muerte de Carlos A. Mendoza son para siempre, página de honor en la literatura política panameña.

Referencias bibliográficas

Adjes, C. P. (1952, junio). “El Dr. Ramón Maximiliano Valdés”. Lotería. Doctor Ramón Maximiliano Valdés Arce (1953, 3 de junio). La Estrella de Panamá. “El centenario del nacimiento del Dr. Ramón M. Valdés” (1967, 13 de octubre). El Panamá América. “El centenario del natalicio de Ramón Maximiliano Valdés” (1967, 13 de octubre). El Mundo. Marino, José (1960, 4 de julio). “Ramón Maximiliano Valdés”. El Día. Mendoza, Carlos Alberto (2013). Ramón Maximiliano Valdés: su legado. Tribunal electoral Peña, Concha (1953, junio). “Ramón Maximiliano Valdés, el estadista”. Revista Cruz Roja. “Ramón M. Valdés, un presidente polifacético” (2003). Suplemento Gobernantes de Panamá. El Panamá América. Ramón Maximiliano Valdés: galería de patriota (1979, 20 de octubre). Editorial Crítica. Solís, Julio A. (1959, 28 de julio). Biografía de Ramón Maximiliano Valdés. El Día. Susto Lara, Juan Antonio (1967, 13 de octubre). “En el centenario del nacimiento de Ramón Maximiliano Valdés”. La Estrella de Panamá.

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