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    José Batista

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Reina Torres de Araúz

by: José Batista

Catedrática universitaria, presidenta de múltiples comités, promotora de reformas constitucionales, directora de museos, escritora y experta en asuntos de Antropología y Etnología son sólo algunos de los títulos que se le pueden atribuir a esta figura pionera de Panamá.

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Nació el 5 de septiembre de 1988 en la ciudad de Panamá. Egresado del Instituto Italiano Enrico Fermi, desde pequeño se hizo evidente su pasión por la literatura, especialmente por la narrativa. Realizó sus estudios de Licenciatura en Periodismo con énfasis en Producción Audiovisual de Medios en la Universidad Latina de Panamá. A los 25 años obtuvo el título de máster en Creación Literaria en el Instituto de Educación Continua (IDEC) de la Universitat Pompeu Fabra en Barcelona, España. Labora independientemente como redactor creativo y en la compañía artística Producciones Talingo como productor y director. Actualmente escribe Melancolía, su primera obra de teatro musical
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Catedrática universitaria, presidenta de múltiples comités, promotora de reformas constitucionales, directora de museos, escritora y experta en asuntos de Antropología y Etnología son sólo algunos de los títulos que se le pueden atribuir a esta figura pionera de Panamá. Ferviente amante de su patria, Reina Cristina Torres de Araúz rompió el molde de lo que era la mujer tradicional panameña y se entregó a fondo en tareas que dejaron huellas en nuestra historia, como su lucha constante por la puesta en valor de nuestro patrimonio histórico y su constante sed de información sobre la ciencia a la que dedicó su vida, convirtiéndose en la mujer panameña mejor informada en el campo de la Antropología. Hija del maestro Bernardo Torres y Carmen Pérez, nace en la ciudad de Panamá el 30 de octubre de 1932.

Desde joven demuestra una ferviente pasión por el aprendizaje, rasgo que se notaría en todo su crecimiento y la llevaría a convertirse en la profesional que fue. En el año que asiste a la Escuela Normal de Santiago, en Veraguas, conoce al general Omar Torrijos, en ese tiempo uno de sus compañeros de colegio. Tras un breve paso por el Liceo de Señoritas recibe su diploma de bachiller en el Instituto Nacional. A los 16 años, con el fin de realizar sus estudios universitarios, parte hacia Buenos Aires, donde escoge la Antropología como carrera. Esos años estuvo rodeada de profesores europeos muy exigentes que habían llegado a Argentina después de la Segunda Guerra Mundial y que contribuyeron enormemente en la formación de su carácter.

Sumado a la educación que el país suramericano le ofrecía, Reina obtuvo sus primeras herramientas para comprender el ambiente intelectual europeo en el que años después se movería. Cinco de los siete años que duraron sus estudios los vive en casa de una familia argentina de apellido Carboni, residentes en el barrio Villa del Parque. En ese hogar, María de Carboni —a quien cariñosamente llamaba su “madre platense”—, junto con su esposo Daniel y su hijo Fausto, le proporcionan un ambiente de cariño y solidaridad que la ayudaron a sobrellevar las exigencias educativas de la Universidad de Buenos Aires. Su formación universitaria se cimenta al igual que su personalidad: aprendió a ser moderada, conservó su honestidad y forjó su esencia luchadora. En 1954 obtiene su primer título en la ciudad platense como profesora de Historia.

El año siguiente presenta su tesis, “Cultura, material y ceremonial del grupo amazónico tukuna”, la cual es calificada con la nota “sobresaliente” y recomendada para su publicación por los catedráticos que la examinan. Con su licenciatura en Antropología general y Etnografía y con un certificado que la acreditaba como técnica de museos, culmina su primer paso por la Universidad de Buenos Aires. Reina regresa de Argentina a los 22 años con un título de una carrera poco conocida en nuestro istmo y el firme propósito de realizar sus estudios de tesis doctoral. En ella crece el interés inmediato de ir al campo y conocer el Darién, en ese momento estimado como la máxima expresión natural de Panamá. Inicia en 1955 la cátedra de Antropología cultural en el Instituto Nacional. Osvaldo Gudiño Aguilar, uno de sus alumnos, narra que su magnetismo personal y juventud destacaban en su paso por el centro educativo: “Su llegada al hogar de los ‘Aguiluchos’, suscitó la natural curiosidad por parte de los estudiantes, quienes no salíamos de nuestro asombro al ver que una dama tan joven ingresaba a la docencia secundaria […].

Nos emocionaba la forma como daba la clase, caminando de un lado para otro”. Ingresa también a la Universidad de Panamá como catedrática titular de Antropología, donde demuestra su don innato de transmitir a sus pupilos el entusiasmo académico que ella poseía. Sobresale por su dominio de la materia y claridad expositiva que supo imprimir en sus lecciones. En 1957 el Instituto Indigenista Interamericano, con sede en México, le ofrece su primer trabajo profesional como antropóloga. La contratan para que hiciese un estudio sobre la condición de la mujer kuna panameña. Titulado La mujer kuna, distingue en este documento la privilegiada condición de la indígena, dentro de su grupo social, en comparación con el estatus social de las mujeres en otros grupos. Su investigación fue compilada junto con las de otras dos antropólogas en un libro publicado y difundido continentalmente por el Instituto. Éste es considerado su primer aporte al conocimiento científico del panameño y una de las primeras piedras en la construcción de su ensayo sobre los grupos humanos de Panamá.

Un año después publica sus primeros estudios sobre los indios chocoes en el Darién: un ensayo en América Indígena, órgano divulgador del Instituto Indigenista Interamericano; y un análisis sobre su problemática en el XXXIII Congreso Internacional de Americanistas, celebrado en San José, Costa Rica. Con sólo 24 años ésta representó su primera incursión en los foros científicos internacionales. El gobierno de ese entonces reconoce su esfuerzo e investigaciones sobre la identidad nacional panameña y la convierte en la condecorada más joven en recibir la Orden de Vasco Núñez de Balboa, otorgada a nacionales y extranjeros distinguidos en las ciencias, las artes y las letras. A lo largo de su trayectoria también sería recipiente de la orden Manuel José Hurtado por asuntos de educación y la orden Belisario Porras que exalta la labor de ciudadanos panameños. Estados Unidos también reconoce el valor de la antropóloga y es invitada por el Departamento de Estado a visitar por dos meses diferentes universidades, museos e institutos de Antropología de ese país.

En el verano de 1958, Reina Torres y Rita Carrillo, una compañera profesora del Instituto Nacional, se dirigen a las oficinas del Subcomité del Darién, creado tres años atrás por los gobiernos de Estados Unidos, Panamá y Colombia exclusivamente para realizar los trabajos de exploración, diseño y construcción de la carretera Panamericana que atravesaría el Darién. La entidad contaba con mapas, informes etnográficos, películas y fotografías que aportaban los grupos de reconocimiento y que presentaban a turistas y aventureros en busca de atravesar la provincia. El interés de la profesora Torres por presentar esta información a sus estudiantes captó la atención de Amado Araúz, un ecuatoriano autodidacta nacido en 1923 en el pueblo costero de Portovelo que había llegado a Panamá en 1948 en compañía de su familia. Su padre, el ingeniero Teodomiro Araúz, les enseñó a él y sus hermanos Bolívar y Manuel, todos sus conocimientos sobre cartografía y geografía. En 1951 Amado comienza a trabajar con el Servicio Geodésico Interamericano (SGI), ubicado en la Zona del Canal, acopiando datos geodésicos de Panamá con el fin de ubicar las mejores rutas para el posible paso de la carretera Panamericana. Las exploraciones avanzaron de gran forma la cartografía nacional y dieron paso a estudios formales por parte de los países involucrados. Trabajó con el SGI por cinco años en distintas regiones del país, entre ellas las selvas de Bocas del Toro y las de Coclé. Su primer viaje a Darién fue a la Punta de Patiño, sitio donde los norteamericanos habían construido una pista de aterrizaje durante la guerra. Los reconocimientos de zonas como El Real y Yaviza, además de exploraciones diversas y sobrevuelos, le concedieron un entendimiento del territorio darienita que sería invaluable para el resto de su vida.

En 1956 inició labores con el Subcomité del Darién, que dependía del Congreso Panamericano de Carreteras, con sede en México. Amado, un explorador nato al estilo antiguo, lideró junto con Bolívar Araúz la expedición Panamá-Turbo, diseñada para que ampliaran aún más su conocimiento de campo ya existente sobre la región; viajaron desde Chepo hasta Colombia en piragua, saliendo al mar sólo en la última fase. La relevante información que obtuvo este grupo de exploradores sería utilizada para decidir la ruta de la carretera Panamericana a través del Tapón del Darién. En espera del siguiente paso en las pesquisas tiene lugar su primer encuentro con Reina Torres. Motivada por todo el material informativo que había podido ojear acerca de las actividades del Subcomité del Darién, solicita a Amado y a su equipo acompañarlos en su siguiente travesía, la cual planeaban dirigir al área del río Bayano, y así emprenden su primera aventura juntos. La profesora Torres demuestra un verdadero interés por el trabajo y acopia valiosa información que utilizaría para obtener su título de doctorado, el último que le faltaba de la Universidad de Buenos Aires. El temor por la posible actitud agresiva de los indígenas no merma su interés por conocerlos, dejando ver su tenacidad.

En varias ocasiones de ese año Amado pudo verla usando su cámara fotográfica, aplicando cuestionarios, realizando mediciones y tomando apuntes en sus libretas de campo. En sus propias palabras: “Pronto me convencí que ante mí estaba una mujer sumamente inteligente, de extraordinaria cultura, con una simpatía que emanaba a raudales de su persona y tocaba muy hondo en quienes la trataban. Era en síntesis una mujer brillante y además bonita”. De ahí siguieron cultivando la amistad y no extraña, entonces, que la pareja contrajera matrimonio el 30 de diciembre de 1959. Recién casados, en febrero de 1960, su luna de miel se convertiría en un evento trascendental para sus vidas: la expedición Trans Darién, en la cual por primera vez en la historia dos vehículos motorizados cruzarían a campo traviesa de Norte a Suramérica. Su meta era entregarle al VIII Congreso Panamericano de Carreteras, obsesionado por la interrupción en la carretera Panamericana, una prueba fehaciente de que el Tapón del Darién podía ser atravesado en un transporte terrestre. Al Jeep Willys del Subcomité del Darién se une un Land Rover que formaba parte de un viaje organizado por ingleses y australianos que contactaron a las autoridades panameñas y a conocedores del Darién como Amado Araúz, quien se convierte en el líder, guía y cartógrafo del grupo.

El equipo sale desde Chepo, en ese entonces el principio del Darién, en tiempos donde no se planteaba la necesidad de la preservación natural. En 67 días son recibidos en Yaviza y luego en El Real, y Reina pasa a ser la primera mujer panameña en llegar por tierra desde la capital. Es mostrada ante los periodistas como ejemplo de que la jungla darienita no era la región malsana que se pensaba, puesto que no sufrió quebranto de salud alguno. Para ella, el entrar en contacto con los grupos humanos del Darién se convirtió en una herramienta imprescindible para su trabajo como antropóloga y etnóloga. Aprovecha para ampliar sus estudios de campo y realizar mediciones antropométricas, material que también recogía para su tesis doctoral sobre la cultura de los chocoes. La travesía, que llegó hasta Bogotá, Colombia, dura cuatro meses y veinte días. Los resultados priorizaron dos rutas: una por Palo de las Letras en el departamento del Chocó y la otra por el Cruce de Espavé. A través de los Congresos Panamericanos de Carretera, escogieron la ruta de Palo de las Letras por razones de costo y comenzaron los contratos de estudio formal para el diseño de la carretera. A pesar de que el interés internacional por “destaponar” el Darién iba más allá de los gobiernos panameño o colombiano del momento, el proyecto fue paralizado indefinidamente cuando las sociedades de conservación ambiental señalaron que en las investigaciones no se informaba del daño que esta construcción causaría a la selva.

La ruta actual de la carretera Panamericana hasta Yaviza coincide con la trazada por estos exploradores. Luego de la expedición Trans Darién, con una docena de libretas llenas de anotaciones, Reina deja el Instituto Nacional y se dedica de lleno a ordenar esta información para su tesis y para su cátedra en la Universidad de Panamá, donde funda en 1961 el Centro de Investigaciones Arqueológicas y la revista Hombre y Cultura, que sostuvo por más de diez años y cuyos trece números dirigió. Al año siguiente es contratada por el Comité Internacional para realizar una investigación antropológica de urgencia sobre los indios teribes de Panamá. A pesar de la opinión de algunos educadores que consideraban una pérdida de tiempo ir a excursiones o inventariar esqueletos, Reina creía que una disciplina como la Antropología no podía ser impartida exclusivamente en el salón de clases: el trabajo de campo era indispensable. Lograba contagiar en sus estudiantes un deseo constante por fortalecer su conocimiento con información y una férrea defensa de nuestras tradiciones. No sorprende entonces que sus mejores aliados en las pesquisas arqueológicas fuesen sus alumnos, muchos de ellos convertidos en especialistas de diversas ramas de las ciencias antropológicas o en las de la conservación y restauración de bienes culturales, mediante becas que Reina gestionó ante organismos internacionales.

Aunque en ese entonces la “conservación de monumentos históricos” no era un tema inquietante, Reina comenzó a germinar la semilla de una lucha que requeriría sus mejores esfuerzos. Se sentía preocupada por el estado de abandono en que se encontraban nuestras edificaciones del periodo colonial, especialmente las localizadas en Panamá Viejo, que servían de hogar a los precaristas. Su pasión por la preservación de nuestro patrimonio se hace notoria a inicios de los sesenta, cuando una compañía estadounidense (o sus contratistas panameños) dinamita el edificio de La Pólvora en Portobelo, Colón, en busca de un mejor alineamiento para una carretera. Su reacción de protesta en contra de la apatía gubernamental por nuestro legado la llevan a presentarse ante Roberto Chiari, presidente de la república, con el fin de exponer sus quejas. Provoca una concienciación del Gobierno de turno, que finaliza con la creación de la Comisión Nacional de Arqueología y Monumentos Históricos (CONAMOH), de la cual es nombrada presidenta.

Junto con el arquitecto Demetrio C. Toral, secretario ad honorem de la comisión, logran, entre otros triunfos, disolver una sociedad de huaqueros que operaba en la Zona del Canal y la protección de áreas históricas, tanto de allanadores urbanos como de propietarios que buscaban rentabilizar sus lotes a través de la construcción de apartamentos. En agosto de 1963 la antropóloga regresa a Buenos Aires, ahora en compañía de su esposo, para completar la defensa oral de su tesis de doctorado, titulada “Estudio etnológico e histórico de la cultura chocó”, y con la cual nuevamente logra la calificación de ”sobresaliente”. Regresa con el título de doctora en Filosofía y Letras con especialización en Antropología y el firme propósito de lanzarse al mundo profesional con una base que le permitiría codearse con expertos en la materia de cualquier país. Reina y Amado viajan por primera vez al viejo mundo en 1964, donde participan en el Congreso Mundial de Antropología en Moscú. Ella presenta una conferencia sobre las culturas panameñas e inscribe una película sobre los indios chocoes filmada por su esposo el año anterior. Durante los dos meses que dura su travesía se dedica a iniciar contactos profesionales y a la visita de museos en ocho capitales diferentes. Sus dominios del inglés y el francés, sus conocimientos de arte y los análisis de estudios especializados de su profesión le permiten sentirse cómoda en sus intervenciones internacionales. Sin dejar a un lado su compromiso con la Universidad de Panamá, Reina crea a su regreso las asignaturas de Prehistoria de Panamá y Etnografía de Panamá.

Por primera vez los estudiantes podrían aprender sobre la realidad étnica panameña desde un punto de vista científico. Además, como presidenta de la CONAMOH impulsa los trabajos de investigación del doctor Alain Ichon, director de la Misión Arqueológica Francesa en Panamá, considerada una de las misiones científicas más importantes que han llegado a nuestro país. El proyecto con mayor resonancia internacional que Reina y Amado llegarían a realizar apareció en 1966. Los Estados Unidos contemplaban la posibilidad de abrir un canal a nivel utilizando explosiones nucleares controladas. El Instituto Conmemorativo Batelle, de Columbia, Ohio, contacta a la pareja para su participación en los estudios de ecología humana de la ruta 17 (Sasardí-Mortí, también conocida como Ruta de San Blas) en Darién, una de las pensadas para la vía de navegación adicional. La contaminación nuclear en la zona podía afectar la cadena alimenticia humana y poner en peligro las vidas de los grupos humanos que habitaban el área. Reina es designada directora de Estudios de Ecología Humana de los informes que realizarían para la Comisión de Energía Atómica de los Estados Unidos, mientras que Amado es contratado como director administrativo.

El Instituto requería que las indagaciones fuesen realizadas por panameños que conversaran con los pobladores y vieran sus costumbres. Raúl González, Alejandro Hernández, Francisco Herrera y Aníbal Pastor fueron algunos de los estudiantes universitarios que acompañaron a la pareja en la recolección de información cultural y medidas antropomórficas, que duraron poco más de dos años. A pesar de que los estadounidenses sabían que no era factible abrir un canal nuevo con estos métodos, los datos proporcionados iban a ser un aporte importante en los análisis de energía atómica, por aquel entonces una ciencia nueva. Los estudios, recopilados en los reportes “Estudios de viabilidad de seguridad radiológica y bioambiental del Canal Interoceánico”, “Características demográficas de los grupos humanos que habitan la región este de la República de Panamá” y, finalmente, “Ecología Humana de la Ruta 17 (Sasardi-Morti)” fueron entregados por el equipo al Instituto Conmemorativo Batelle y a la Universidad de Panamá. Confirmaron la imposibilidad de la obra y señalaron la tragedia cultural que representaría la reubicación de los grupos humanos de la zona. Esta intervención de Reina confirma su constante compromiso por mantener la identidad cultural panameña. No solo los estudios de ecología humana y los viajes a Norteamérica ocuparon el tiempo de Reina durante estos años de observaciones: en 1967 es nombrada codirectora del Programa de Investigaciones en Biotipología y Antropología en la Universidad de Panamá y planificadora jefe en la Comisión de Estudios Interdisciplinarios para el Desarrollo de la Nacionalidad, donde laboró junto con el antropólogo Hernán Porras en la Dirección General de Planificación y Administración de la Presidencia.

También organiza el Primer Simposio Nacional de Antropología, Arqueología y Etnohistoria de Panamá y es invitada por el gobierno francés a Europa para visitar museos, institutos de Antropología y sitios arqueológicos. En 1969 el gobierno de Omar Torrijos vincula a Reina dentro de su plan de autenticación nacional y la reclama para que organice el patrimonio histórico. La asigna directora tanto de la Dirección de Patrimonio Histórico del Instituto Nacional de Cultura y Deportes (INCUDE) como del Museo Nacional de Panamá. Pensando en utilizar al máximo los recursos que estos puestos le proveen, se traza como meta rescatar las reliquias y memorias de nuestro país en un programa que cubría desde la cultura precolombina hasta el siglo xx. Sabía que la mejor forma de darle valor a nuestro patrimonio era divulgarlo y presentarlo de una manera científica. A favor de proveer de información valiosa a los funcionarios del Museo Nacional, entre ellos antiguos estudiantes suyos, Reina gestiona becas para estudiar museografía, taxidermia, restauración y otras disciplinas en América y Europa. Junto con este personal capacitado se propone crear museos especializados en todo el istmo. Como servidora pública predomina su integridad y su desempeño. Con muy pocos recursos, logra crear en un periodo de diez años el Museo de Arte Religioso Colonial en la Capilla de Santo Domingo (1974), luego de estimular a la comunidad pariteña para su creación; el Museo de la Nacionalidad en Los Santos (1975); el desaparecido Museo de Historia de Panamá en el Palacio Municipal (1977); el Parque Arqueológico El Caño en Natá, Coclé (1979); el Museo de Ciencias Naturales, antigua sede del Museo Nacional; y El Museo Afroantillano de Panamá (1980), una de las primeras obras en Panamá y en el continente dedicadas a exaltar al grupo humano negro de América.

Considerada una de sus contribuciones más importantes, el Museo del Hombre Panameño era un hito en Panamá, al agrupar bajo un solo techo los trazos de nuestra historia étnica y cultural. Su inauguración en 1976, sin embargo, no estuvo libre de complicaciones. La ubicación original en Calidonia fue motivo de polémica puesto que el edificio escogido para su instalación, una antigua estación del ferrocarril, iba a ser demolido a favor de la construcción de multifamiliares. Tras varias jornadas de negociación finalmente el gobierno aportó ochocientos mil dólares iniciales para rescatar la terminal y transformarla en un centro cultural, inicialmente concebido con espacios destinados para actividades artísticas que nunca llegaron a concretarse. Sus viajes internacionales continúan con visitas a museos y monumentos históricos en México y Alemania. El 23 de abril de 1971 el Instituto Nacional es declarado Monumento Histórico Nacional, mediante las gestiones realizadas por una comisión integrada por Reina, junto con un grupo de profesores y estudiantes. Este año también se desempeña como directora de los cinco números de la Revista Patrimonio Histórico del INCUDE. En 1972 presidió los debates de la Constitución Política como vicepresidenta de la Comisión de Reformas de la Constitución.

Otro gran aporte de Reina Torres a Panamá fue lograr una serie de reformas a la Carta, entre ellas que se contemplara el patrimonio cultural en los capítulos referentes a Hacienda Pública y Cultura; que se velara por la protección del medio ambiente y el deber de la nación de proteger la institución de la familia, a la mujer y a los niños. La inclusión de estos conceptos innovadores la convirtieron en el momento en una de las constituciones más modernas del mundo. Sobresale su colaboración en la sustanciación del proyecto de ley que dictaminaba las medidas sobre custodia, conservación y administración del patrimonio histórico de la nación. Su empeño se vio truncado por la congelación de la ley por más de diez años.

Logra un nuevo hito en su vida profesional ese mismo año cuando es invitada a reuniones internacionales en su condición de experta en temas de protección al patrimonio histórico y bienes culturales como las diversas contribuciones de los inmigrantes a América Latina y el Caribe. También publica sus libros Arte precolombino de Panamá, donde toca temas como las técnicas metalúrgicas de los aborígenes panameños; y Natá Prehispánico, una monografía en la que hace un estudio minucioso sobre la arqueología, etnohistoria y otros aspectos de la cultura de la provincia de Coclé. Al año siguiente auspicia el primer Congreso Internacional de Folklore en Guararé, una de varias conferencias que realizaría sobre cultura popular tanto a nivel nacional como internacional, como el primer Congreso Nacional de Antropología y el primer Seminario de Diseño de Cerámica. En este último les brinda las herramientas necesarias a los artífices ceramistas para que sus trabajos obtengan un mayor grado de excelencia técnica y sentido nacional. Su empeño por la promoción tanto de encuentros científicos como festivales folclóricos ilustran su marcado impulse multidisciplinario.

En 1975 es elegida individua de número de la Academia Panameña de la Historia por su trayectoria como docente y su trabajo en etnohistoria kuna, convirtiéndose en la primera mujer panameña en ocupar este lugar. También lanza su obra Darién: Etnoecología de una región histórica, luego de todas sus experiencias en ese territorio de nuestro país. Funge como directora del Centro de Restauración Interamericano de Bienes Inmuebles de la OEA y el INAC (1975), presidenta del Comité Nacional del International Council of Museums (1976), presidenta del Seminario Interamericano sobre Conservación y Restauración del Patrimonio Cultural, miembro de la delegación panameña al 33° periodo de sesiones de las Naciones Unidas (1978) y subdirectora del Instituto Nacional de Cultura (1979). Otro evento donde su ferviente lucha por nuestras piezas históricas se hizo evidente se dio a cabo dos años después de la firma de los tratados Torrijos-Carter, en 1979. Harold Parfitt, en aquel entonces gobernador de la Zona del Canal de Panamá, decide remover la locomotora 299, parte del Ferrocarril de Panamá, para enviarla a un museo industrial en los Estados Unidos, cuando ya había sido incluida dentro del patrimonio histórico nacional. Su donación al museo estadounidense se había negociado cuando los tratados ya estaban en vigencia.

Reina, quien había mostrado interés por mantener la locomotora en suelo panameño, define las acciones del gobernador como “una flagrante violación a todos los instrumentos internacionales sobre el patrimonio histórico de la humanidad, y constituye dolorosamente […] una negación efectiva a las declaraciones conjuntas de ratificación de la total soberanía panameña”. Su designación como vicepresidenta del Comité de Patrimonio Mundial de la UNESCO, cargo que ocupó hasta su muerte, la convierte en la segunda a escala mundial para escribir parámetros, tomar decisiones y presentar sitios de carácter histórico de cualquier parte del mundo para que fuesen elevados a Sitios del Patrimonio Mundial de esta organización. Balanceaba sus múltiples labores con la redacción de su siguiente libro, Panamá Indígena cuando, en 1980, su hijo mayor cae gravemente enfermo por un cáncer avanzado y es hospitalizado en Houston, Texas. Desde ese momento se turna los cuidados con Amado hasta que, en la última fase, Reina es diagnosticada con un cáncer de mama y se le prohíben las visitas. La muerte de Oscar y su propia indisposición la afectaron profundamente pero no impedirían que se lanzara a una vida de arduo trabajo. Prueba de su temple es que prefería resistir el dolor físico a ingerir medicinas que de alguna forma pudiesen afectar su instrumento esencial: su lucidez mental.

Ocupa los puestos de presidenta de la Comisión Coordinadora de Educación, presidenta del Consejo de Conjuntos Monumentales Históricos y coordinadora de la Comisión Técnica Multinacional de Cultura de la CEC. Además, es nombrada por la UNESCO comisario general para la aplicación de la convención para la protección de bienes culturales en casos de conflictos bélicos. Aún enferma asistió a reuniones internacionales en Egipto, Sicilia, Ecuador e Israel. La publicación de Panamá Indígena, su más extensa y comprensiva obra que contiene la historia de la etnografía panameña, se convirtió en una fuente de consulta indispensable sobre nuestras culturas indígenas más importantes por la información que aporta sobre vida social, instituciones, medios de subsistencia, agricultura, actividades pesqueras y de cacería, constitución de familia, medicina, ritos indígenas relacionados con la pubertad, enfermedades, curación, costumbres, organización política, religión, mitos y tradiciones. En 1981 da un discurso a los jóvenes del Instituto Nacional sobre el privilegio de ser institutor y su compromiso con la patria, en la conmemoración de los diez años de haberse declarado a esta institución un Monumento Histórico Nacional. Como educadora confiaba en la labor de su alma mater en la formación de estudiantes con un profundo sentir nacionalista, como evidencia este fragmento de su mensaje a los asistentes al acto:

El Instituto Nacional no prepara fundamentalmente bachilleres sino que prepara fundamentalmente panameños, por eso es un privilegio ser institutor. Los aguiluchos lo somos para toda la vida y quienes han sido institutores han tenido una vivencia que jamás termina […] Cada generación de ustedes no es más que la Patria renovada.
A pesar de que el degaste físico y emocional de su enfermedad se hacía evidente, logra impulsar la aprobación de la Ley 14 del 5 de mayo de 1982 que protege el patrimonio histórico de nuestra nación e ilegaliza el flujo de material precolombino hacia el extranjero, uno de sus logros más importantes y que esperó por más de diez años para ver realizado. Con El nuevo Edimburgo del Darién, su última obra, en fase de elaboración, la antropóloga Reina Torres de Araúz fallece a los 49 años, en la mañana del 26 de febrero de 1982.

La pronta desaparición de una mujer con un amor incondicional por su patria y agresiva en la realización de sus planes dejó vislumbrados una serie de proyectos que no llegaron a concretarse, entre ellos el Museo de la Liberación. En palabras del periodista Ricardo Lince, a quien le esbozó su idea en una oportunidad que fueron compañeros de viaje:

En ese museo de la nacionalidad se expondrían en secuencia histórica las más destacadas jornadas de la lucha generacional por el rescate de nuestra soberanía. Su proyecto se constituiría en una exposición documental completada con las más modernas técnicas audio-visuales para darle virtualidad docente al espectáculo de una nación luchando por la consolidación de su destino.

También cabe mencionar su lucha por la creación de un Instituto Nacional Indigenista en suelo panameño, que aún en nuestros días no es una realidad. La energía de Reina y sus varias ocupaciones de puestos públicos le otorgaron un matiz de notoriedad a sus múltiples éxitos. En su vida familiar, encontraba en el genio apacible de su esposo un complemento ideal. Amado Araúz, uno de los primeros panameños en cruzar la región del Darién a pie, en piragua y en vehículo a motor, fue el eje, asesor en los estudios de campo y documentador visual de la antropóloga, legando al mundo fotografías y videos que son un tesoro de etnología panameña.

Cuando por prescripciones médicas no se le permitió regresar a su vida de explorador, Amado Araúz se jubiló, se dedicó a trabajar en la ciudad para una empresa privada y a escribir para medios como las revistas Lotería, Hombre y Cultura, Talingo, Mosaico y Épocas. Su extensa bibliografía testimonia su pasión por la investigación de casos y la riqueza de conocimientos adquiridos en sus viajes por las selvas de nuestro país. Desde “Los indios temerosos del Darién” (1958) en el Panamá América, el cartógrafo publicó más de trescientos artículos, siendo el último un año antes de su muerte, titulado “Yo te pone cabeza en palo” (2009). Otra importante contribución histórica que nos deja el cartógrafo es un estudio muy detallado sobre las minas del Espíritu Santo en Cana, en el corazón del Darién. Amado recopiló toda la historia de la exploración con fotos de la expedición que realizó a este lugar en 1962. Parte de esta selección se encuentra en una serie de artículos sobre la cronología de Cana que logró compilar antes de fallecer, el 21 de septiembre de 2010. Como padres ejemplares, a pesar del tiempo que pasaron fuera, siempre buscaron guardar el mejor equilibrio entre la vida hogareña y la profesional. Sus hijos Óscar, Hernán y Carmela participaron de sus viajes, exploraciones selváticas y excavaciones arqueológicas. Crecieron en los depósitos de los museos, rodeados de piezas históricas, y relacionándose con científicos, antropólogos, caciques y otras personalidades que frecuentaban a la familia Araúz Torres.

El legado de la doctora Reina Torres de Araúz incluye el Museo de Herrera, cuyas piezas ella misma escogió y que un patronato se encargó de terminar; el Museo de Penonomé; el Museo de Arte Religioso Colonial “José de Obaldía” en David, Chiriquí; el Museo de Historia en la Capilla de San Juan de Dios en Natá; el Parque Histórico El Pausílipo en Las Tablas y la firma de un convenio de asistencia científica con el Banco Nacional de Panamá para la fundación de un museo de filatelia y numismática. Le debemos la restauración de obras como la Catedral de Panamá, la iglesia de San Francisco de Veraguas, iglesia de Santo Domingo en Parita, iglesia de Santa Librada en Las Tablas, la iglesia de San Francisco de la Montaña, el fuerte de San Lorenzo El Real, la basílica de Natá y parte importante del Casco Viejo: la plaza de la Catedral, la iglesia de San Francisco, el arco de Santo Domingo y el convento de Santo Domingo). La lucha en pro de la preservación del patrimonio histórico la continuaría el arquitecto Demetrio Toral. A nivel académico, contribuyó a la redacción de los primeros planes de estudio de la Escuela de Antropología de la Facultad de Filosofía, Letras y Educación de la Universidad de Panamá.

Nos deja más de setenta artículos especializados en Antropología, Historia y Ecología, sin duda nutridos por la oportunidad de enriquecer sus indagaciones con bibliografía existente en países como Francia, Estados Unidos, Colombia y España, sin restar importancia a fuentes menos literarias pero igualmente cargadas de contenido, como informes de viajeros, misioneros y funcionarios. Fue creadora de los simposios nacionales de Antropología, Arqueología y Etnohistoria de Panamá, que organizaron la Dirección Nacional de Patrimonio Histórico del INAC y el Centro de Investigaciones Antropológicas de la Universidad de Panamá, y que se convirtieron posteriormente en congresos nacionales. El Subcentro de Restauración de Cerámica Precolombina y Colonial, qué brindó por años adiestramiento internacional en arqueología, folclore y etnografía; y el Taller para la Restauración Artística, instalado en Panamá con el apoyo de la UNESCO, muestran su fuerte vocación por el folclore nacional y su preocupación por mantener preservados objetos de carácter histórico y artístico. Aparte de sus contribuciones a la protección de la identidad cultural, el lado humanista de Reina la llevó a velar por el bienestar de las diferentes comunidades indígenas con las que se relacionó a lo largo de su vida. El Museo del Hombre Panameño, pieza clave de nuestro “ser panameño”, fue reubicado a los Llanos de Curundú y nombrado Museo Antropológico Reina Torres de Araúz en su honor.

La Comisión Nacional de la Caja de Ahorros la incluye en el suplemento “Los Forjadores de Nuestra Nación” como uno de los quince panameños más prominentes de la historia, al nivel de Belisario Porras, Omar Torrijos, Rogelio Sinán y otros. No es para menos, considerando que, entre tantos logros, nos legó un inventario cultural de nuestros aborígenes y revolucionó los conceptos sobre el patrimonio en Panamá. Su obra, tanto física como intelectual, es imprescindible al evaluar el desarrollo histórico y cultural del Panamá moderno.