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    Juan David Morgan G

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Renato Ozores

by: Juan David Morgan G

Ozores no se limitó a escribir cuentos, novelas y teatro. Su condición de catedrático y su amor por el Derecho Comercial lo llevaron a escribir y publicar, además de sus Apuntes de Derecho Mercantil, otras obras y artículos jurídicos de gran valor.

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Seudónimo: Jorge Thomas, hasta 2005. Panamá, 1942. Abogado con maestría de la Universidad de Yale. Socio fundador de la firma Morgan & Morgan. Presidente del Patronato del Museo del Canal Interoceánico de Panamá y de la Fundación Ciudad del Saber. Miembro de la Academia Panameña de la Lengua. Columnista de varios medios impresos en Panamá. Expositor en múltiples foros históricos, literarios y jurídicos, entre los cuales cabe destacar su discurso en la inauguración del VI Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Panamá. Obra literaria: La rebelión de los poetas y otros cuentos (2001). Novelas: Fugitivos del paisaje (1992); Cicatrices inútiles (1994); Entre el cielo y la tierra, monseñor Jované y su siglo (1996); Con ardientes fulgores de gloria (1999); El caballo de oro (2005); El silencio de Gaudí (2007); El ocaso de los inocentes (2011); Entre el honor y la espada (2013).
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El 29 de septiembre de 1833 murió en España el rey Borbón Fernando VII, sin dejar un heredero varón que lo sucediera, situación que dio lugar a un conflicto entre quienes apoyaban a Isabel ii, hija del monarca fallecido, y los partidarios de Carlos María Isidro de Borbón, hermano de Fernando VII, que alegaba mejor derecho al trono. La controversia giraba en torno a la aplicación del Reglamento de 10 de mayo de 1713, que excluía la sucesión femenina al trono de España mientras no se agotara la descendencia masculina del rey.

Se originó así la primera de tres guerras civiles conocidas en la historia como guerras carlistas. La segunda tendría lugar en 1846, y la tercera, siempre por la sucesión al trono, estallaría en 1872. Esta última llevó al surgimiento de la Primera República española, que estuvo vigente entre febrero de 1873 y diciembre de 1874, cuando el general Martínez-Campos impuso la restauración de la monarquía borbónica. Pero la semilla del republicanismo ya se había prendido en el pueblo español, y, a inicios de 1931, tras un período de incertidumbre política, el rey Alfonso xiii fue derrocado, dando paso a la Segunda República, causa inmediata del conflicto armado entre nacionalistas y republicanos, que se inició en 1936 y concluyó en 1939. Esta guerra civil, una de las más cruentas que recoge la historia, trajo como colofón la dictadura del vencedor, el general Francisco Franco, que durante cuarenta largos años mantuvo conculcada la libertad en España.

La guerra civil y el absolutismo franquista motivaron la emigración de una pléyade de intelectuales españoles, la mayoría de los cuales escogieron la América hispana como su nuevo hogar. Uno de esos intelectuales fue Renato Ozores, asturiano que, por torceduras del destino, arribó a Panamá a finales del mes de abril de 1938. Había nacido Renato Ozores Álvarez-Quiñones en Oviedo, capital de Asturias, el 29 de octubre de 1910, hijo de Eleuterio Ozores y María Álvarez-Quiñones. Su abuelo materno, Francisco Álvarez-Quiñones, poseía importantes latifundios en los alrededores de la capital asturiana. A principios del siglo xx, Eleuterio Ozores, atendiendo el llamado de un pariente, viajó a La Habana a explorar nuevos horizontes. Meses más tarde regresó a Oviedo y, tras mucho rogar, convenció a su esposa de que Cuba era una tierra maravillosa donde se abrían grandes oportunidades de hacer fortuna. Con los fondos que recabó de la venta de sus haberes adquirió un pequeño hotel convenientemente situado en el centro de La Habana. Allí se instalaron Eleuterio y María en busca, como tantos otros emigrantes españoles, de una vida más próspera en América. Un año después nacía Antonio, el primogénito de los Ozores ÁlvarezQuiñones. Corría el año 1909, el negocio de hospedaje no marchaba al ritmo esperado por Eleuterio, y, cuando Antonio enfermó de fiebres tropicales, María decidió volver de inmediato a Oviedo. Sus deseos se verían frustrados por la gravedad del pequeño, que falleció apenas cumplidos los cuatro años.

Al momento de la muerte de su primer hijo, María se encontraba otra vez embarazada y, sin pensarlo dos veces, exigió a su marido regresar a Asturias, donde el clima era más benigno, mucho mejores las condiciones de salubridad y más avanzada la profesión médica. Tan pronto dejó a María instalada en Oviedo, Eleuterio regresó a La Habana, pese al juramento de su esposa de no volver a pisar jamás suelo cubano. Eleuterio tampoco retornaría a Asturias. A los pocos años, convencidos de que su separación era definitiva, los esposos Ozores Álvarez-Quiñones acordaron divorciarse. Una de las inquietudes que, en silencio, acompañaría a Renato a lo largo de su vida fue la de no haber conocido nunca a su progenitor. Cuando de pequeño inquiría por él, su madre respondía, cortante, “está en América, buscando fortuna”. Con el correr de los años dejó de preguntar. Mujer de carácter voluntarioso e independiente, después del parto María rehusó la invitación de sus padres de mudarse a vivir con ellos y se instaló con su hijo recién nacido en un piso ubicado cerca de Plaza Mayor de Oviedo.

Los asistía Pilar, dama de compañía que permanecería con ella el resto de su vida. Tan pronto Renato comenzó a dar sus primeros pasos, María adquirió la costumbre de ir a pasar largas temporadas en La Pontiga, una de las fincas de su padre, situada a orillas del río Narcea. Al ver lo mucho que se habían encariñado su hija y su nieto con la hacienda, el abuelo Francisco decidió donárselas en vida. Los mejores y más vívidos recuerdos de Renato girarían siempre alrededor del horizonte ilimitado de La Pontiga. Quizás su temprano amor a la libertad surgió de aquellas correrías interminables por llanos y colinas mientras contemplaba el incesante fluir de las aguas de alguno de los arroyuelos que alimentaban al Narcea.

De La Pontiga recordaría también la casona de piedra, con su imponente blasón donde se mezclaban símbolos que su imaginación infantil no alcanzaba a descifrar. Invitados por María, algunos de sus primos y primas visitaban la hacienda, aunque las únicas imágenes que guardaría intactas la memoria de Renato serían las de Teté y Chuli, hijas de la hermana mayor de su madre, quienes, a pesar de ser niñas, estaban siempre dispuestas a acompañarlo en sus andanzas y aventuras. El ingreso de Renato a la escuela trajo consigo un alejamiento de aquella infancia bucólica. Ahora solamente se trasladaban a La Pontiga durante las vacaciones de verano, y, aunque todavía disfrutaba de los campos y del río, otros intereses iban cautivando la atención de Renato.

En una ocasión, recién cumplidos los once años, llevó a confeccionar en la más reconocida imprenta de Oviedo unas tarjetas de agradecimiento que requería su madre. De inmediato quedó fascinado con los linotipos y la extraña maquinaria que servía para grabar sobre el papel aquello que los cajistas armaban con invariable paciencia. Lo intrigaban, más que nada, los señores con visera y delantal, inclinados sobre cajas llenas de letras de plomo colocadas al revés.

Gratamente sorprendido por la curiosidad del niño, uno de los linotipistas, al que llamaban Pepe y parecía ser el jefe, lo tomó de la mano para iniciarlo en los secretos del arte de imprimir. Renato se convirtió así en un asiduo visitante de la imprenta, donde se le permitía desempeñar trabajos menores. Años después, cuando, ya inmigrante en Panamá, le tocó trabajar en un diario, aquellos conocimientos adquiridos en la infancia le ayudarían a ganar el respeto y admiración de los hombres encargados de armar el periódico. El Oviedo de mediados de los años veinte, cuando Renato daba el salto de la infancia a la adolescencia, era una ciudad tranquila de alrededor de 75 000 habitantes. Pero aunque en los buenos barrios los vecinos acudían a misa los domingos y se saludaban por el primer nombre, en la sociedad ovetense se comenzaba a advertir la efervescencia derivada del antagonismo entre los más pudientes y los marginados, representados estos, principalmente, por los mineros de la hulla, que buscaban la reivindicación de sus derechos a través de las organizaciones sindicales y, especialmente, mediante su afiliación al Partido Socialista Obrero Español (PSOE).

La revolución bolchevique había convulsionado Europa y, aunque más lentamente que en otros países, el socialismo iba conquistando conciencias y adherentes en España. En la Universidad de Oviedo, a la que ingresó Renato a estudiar la carrera de Derecho en 1928, el estudiantado, como es usual, se mantenía a la vanguardia de las nuevas inquietudes sociales. Con frecuencia se celebraban mítines en los que se criticaba a la monarquía, se ensalzaban los valores republicanos y se proclamaba la necesidad de conducir al país hacia el socialismo. Aunque no era de los exaltados, Renato solía acudir a aquellas manifestaciones, casi siempre incitado por su íntimo amigo y compañero de estudios, Carlos Brasa, entre los estudiantes de derecho uno de los principales opositores del régimen monárquico que todavía prevalecía en España.

Durante el segundo año de la carrera, Renato fue llamado a prestar servicio militar. Su condición de estudiante universitario le permitió permanecer en Asturias, continuar los estudios a distancia y servir solamente un año en el Ejército, mínimo obligatorio requerido por el estatuto castrense. Al regresar a la universidad, se pudo percatar de que los estudiantes de la facultad de Derecho, muy particularmente su amigo Carlos Brasa, mantenían vínculos estrechos con el PSOE y abogaban abiertamente por la instauración en España de una república socialista. Renato deseaba la abolición de la monarquía y, aunque era miembro de la Federación Universitaria Española (FUE), no comulgaba con algunos de los postulados del socialismo y mucho menos con el comunismo. En abril de 1931, tras incesantes manifestaciones, mítines y huelgas que provocaron un intenso período de inestabilidad política, el rey Alfonso xiii se vio obligado a abdicar dando paso a la Segunda República. Dos años después, Carlos y Renato culminaron sus estudios y, alentados por los nuevos aires de libertad que se respiraban, decidieron abrir juntos un estudio de abogados.

Pero la madre de Renato, en parte preocupada por la situación del país, que después de las elecciones de 1933 había pasado de ser una república izquierdista a ser una de derechas, y en parte deseosa de que su hijo recibiera la mejor educación posible, insistió en que antes de comenzar a ejercer obtuviera el título de doctor en derecho en la Universidad de Madrid. A mediados de 1933 partió Renato rumbo a la capital a especializarse en Derecho Mercantil, materia en la que más se había destacado a lo largo de su carrera. Mientras Renato estudiaba en Madrid, los obreros españoles, alentados por los socialistas, decretaron una huelga general contra el gobierno de derecha de Gil Robles. A través de los diarios, y luego por las cartas de su madre en las que le rogaba permanecer en Madrid, se enteró Renato de que en Asturias la huelga general se había convertido en una verdadera revolución bajo el impulso de la alianza integrada por la Unión General de Trabajadores, la Confederación Nacional del Trabajo y el PSOE.

Durante más de diez días se habían librado en Oviedo intensos combates que dejaron gravemente destruidos, entre otros, el edificio que albergaba la biblioteca de la Universidad, el teatro Campoamor y la Cámara Santa de la Catedral. Culminados sus estudios de doctorado en Derecho Mercantil, Renato Ozores regresó a Oviedo. Todavía se advertían los efectos de la Revolución de 1934, no solamente por los daños materiales causados en algunos barrios y en el centro de la ciudad sino, sobre todo, por el nuevo estado de rebeldía e intolerancia que predominaba en el ambiente, y por la percepción de que en breve el socialismo se impondría y las clases trabajadoras desplazarían del poder a la oligarquía. Carlos Brasa, además de ser un líder importante de la juventud socialista, ya había abierto su despacho de abogado al que se incorporó Renato de inmediato.

Mientras Carlos se dedicaba a representar a los mineros frente a la justicia y a bregar en favor de sus aliados políticos, Renato procuraba ejercer el Derecho Comercial, cuyos estudios había profundizado en Madrid. En España, la pugna entre nacionalistas-conservadores y republicanos-socialistas se intensificaba por momentos, pasando de las confrontaciones verbales en los foros políticos a la violencia en las calles. En este ambiente cargado de intolerancia se dieron las elecciones generales de febrero de 1936 en las que, por una escasa diferencia, el Frente Popular, que integraba a los movimientos de izquierda, triunfó sobre los partidos de derecha, volviendo la Segunda República a sus orígenes socialistas.

Las confrontaciones violentas se intensificaron y, en una de las tantas asonadas que se dieron en las calles de Oviedo, Carlos Brasa fue muerto a tiros por unos exaltados. Renato decidió incorporarse de lleno a la lucha contra los conservadores a ultranza y aceptó sin vacilar el cargo de fiscal de la república con jurisdicción en Asturias. Su función primordial se centró en la investigación de las numerosas denuncias por actos que iban desde la insurrección contra los poderes legalmente constituidos hasta el asesinato de rivales políticos. Deseoso de cumplir con el amigo caído, inició de inmediato la búsqueda de sus asesinos.

Para consternación de su madre, la práctica del Derecho Comercial había dado paso a una actividad fiscalizadora inflexible al servicio de la república socialista. Los acontecimientos se precipitaban en una España cada día más polarizada, y el 17 de julio de 1936, después de un período de graves perturbaciones del orden público lindantes en la anarquía, el sector más derechista de los jefes militares, encabezados por los generales Mola y Franco, se sublevaron dando inicio a la guerra civil española que se prolongaría por tres años y dejaría cerca de 600 000 muertos a lo largo y ancho de España. En Asturias los enfrentamientos fueron particularmente cruentos. Aunque el comandante militar de Oviedo, coronel Antonio Aranda, también se había alzado en armas contra los poderes legítimamente constituidos, los partidarios de la república, fortalecidos con el apoyo de los mineros y los sindicatos, sitiaron la capital asturiana provocando combates terrestres y aéreos que destruyeron gran parte de la ciudad.

Renato Ozores se vio obligado a trasladar la Fiscalía a Gijón, ciudad donde, tras feroces combates, el alzamiento de los militares conservadores había sido reprimido por las milicias republicanas. En Asturias, Cantabria y parte del País Vasco, que conjuntamente integraban el denominado Frente Norte, las milicias republicanas opusieron una feroz resistencia al avance de las tropas nacionalistas. Aunque no empuñó las armas, a Renato Ozores le resultó imposible desempeñar sus funciones oficiales. Cuando, accidentalmente, resultó envuelto en una escaramuza, una bomba que estalló muy cerca le afectó el nervio auditivo produciéndole una sordera progresiva.

Poco después, cuando los nacionalistas estaban a punto de tomar Gijón, último reducto del Frente Norte republicano, Renato escribió a su madre anunciándole que emigraría a Francia. A principios de octubre, días antes de la caída de Gijón, junto a un grupo de republicanos, abordó una precaria embarcación de pescadores rumbo a Burdeos. En el puerto fluvial francés, los amigos exiliados, urgidos por ganarse la vida, se dispersaron rápidamente. Algunos se dirigieron hacia las áreas agrícolas y otros a París, donde se concentraban la mayoría de los emigrantes republicanos. Renato decidió permanecer en Burdeos, tal vez esperanzado en regresar a Asturias cuando finalmente triunfaran en España la libertad y la democracia.

Para sostenerse se convirtió en agente de su amigo y compañero de exilio, el pintor retratista Francisco Marín, con quien compartía la ganancia por cada retrato vendido. La necesidad de mejorar sus ingresos lo llevó, además, en asocio con un vendedor de frutas, a importar y vender naranjas de Valencia, provincia que permanecía en manos republicanas. Entre retratos y naranjas, logró lo necesario para sobrevivir durante cinco meses. El 11 de marzo de 1938, cuando el Ejército alemán entró en Austria, Renato, que había sido testigo del poderío fascista a raíz del apoyo que Hitler y Mussolini le habían brindado a las huestes sublevadas de los generales Mola y Franco, previó que muy pronto Europa quedaría envuelta en una guerra de proporciones inimaginables.

Había llegado la hora de emigrar más lejos. Pero, ¿hacia dónde dirigirse? En una reunión de amigos exiliados algunos habían sugerido que el mejor destino, y el más distante de una Europa convulsionada, era Argentina, país que había recibido ya a varios miles de españoles y donde los republicanos contaban con conexiones importantes. Acordaron volver a encontrarse dos días después para discutir los pormenores del embarque, reunión a la que uno de los concurrentes se presentó con un ciudadano español que se desempeñaba como cónsul honorario de Panamá en Burdeos.

Enterado de los planes de los contertulios, los instó a emigrar hacia Panamá, país que acogía con beneplácito a los exiliados republicanos, y ofreció expedirles la visa inmediatamente y sin costo alguno. Renato Ozores aceptó la invitación del cónsul y dos semanas más tarde, en el vapor Reina del Pacífico, navegaba rumbo a Panamá. “Me embarqué en tercera porque en el barco no había cuarta”, comentaría años después. Su equipaje consistía de una pequeña caja de libros y un maletín con dos mudas de ropa que desaparecería en el trayecto.

El 24 de abril de 1938, a la edad de veintisiete años, desem- barcó en Colón, puerto y entrada atlántica del canal de Panamá. En el largo trayecto, Renato había conocido a un antiguo funcionario de la cancillería panameña quien se mostró extrañado de que la visa de refugiado político se le hubiera otorgado solamente por un año, siendo lo usual que estas se emitieran por tiempo indefinido.

Para arreglar su situación migratoria le recomendó al abogado panameño José Núñez, que laboraba durante las mañanas como relator de noticias en La Estrella de Panamá, el diario más importante y antiguo del país. Tan pronto desembarcó, se despidió de sus compañeros de travesía y tomó el primer tren que salía hacia la capital. Después de dejar su caja de libros en la consigna de la terminal, Renato salió en busca de las oficinas del periódico. Preguntando a los transeúntes que a esa hora se dirigían a sus trabajos dio por fin con el edificio de dos plantas donde se imprimía La Estrella. Las cinco cuadras recorridas desde la estación lo habían hecho sudar copiosamente dentro de su vestido oscuro de lana virgen, el único que poseía.

En la portería preguntó por el abogado Núñez y lo enviaron al segundo alto, donde se encontraban las oficinas administrativas del diario. Allí le informaron que el abogado no llegaría hasta las diez de la mañana y lo invitaron a esperarlo en una pequeña sala adyacente a los despachos del gerente y del editor. Como aún no eran las nueve, se dispuso a dormitar un poco para aliviar las fatigas del viaje. En eso estaba cuando a través de la puerta entreabierta de la oficina del editor escuchó el teclear de una máquina de escribir.

Intrigado por la rapidez del golpeteo de las teclas, se levantó para averiguar de qué manos provenía aquel prodigio de habilidad mecanográfica. Su sorpresa fue mayúscula cuando se encontró frente a una hermosa muchacha de unos veinte años que casi con furia atacaba el teclado de una estoica y ya avejentada Underwood.

La primera vez que vi a Renato —contaría, años después, Rita Typaldos— él estaba de pie en el vano de la puerta de la oficina del editor de La Estrella, donde yo trabajaba como secretaria. Me observaba con una mezcla de curiosidad y asombro mientras yo transcribía a máquina algunos de los reportajes de la próxima edición. Al principio me hizo gracia aquel individuo, muy colorado, que sudaba copiosamente dentro de un vestido de lana capaz de soportar el más crudo de los inviernos nórdicos. Pero una segunda mirada me permitió percatarme de que se trataba de un hombre realmente atractivo: alto, delgado, de facciones finas y regulares, pero, sobre todo, dueño de una sonrisa pícara que invitaba a conocerlo mejor.

La conversación espontánea que surgió entre el sudoroso emigrante español y la hermosa secretaria de la redacción que, además, era la sobrina del dueño del diario, fue interrumpida por la llegada del abogado Núñez. Renato se despidió no sin antes asegurarle a Rita que volvería a visitarla luego de arreglar sus documentos migratorios, encontrar un lugar donde vivir y adquirir ropa adecuada para el trópico. José Núñez confirmó a Renato que un sencillo trámite ante la embajada de España y las autoridades migratorias panameñas bastaría para obtener una residencia en Panamá, cuyo plazo dependería únicamente de su condición de exiliado. Además, enterado de que acababa de llegar al país y no tenía dónde vivir, le habló de otro exiliado español, un excura jesuita que se encontraba en el país desde hacía pocas semanas, a quien sus antiguos compañeros de orden le permitían pernoctar junto al campanario de la iglesia de San Francisco. “A Juan González de Mendoza —había añadido Núñez— lo están volviendo loco los campanazos pero sus pocos recursos no le permiten costear un cuarto decente.

Tal vez si unen esfuerzos entre ambos puedan alquilar uno. Lo encontrarás en el parque de Santa Ana después de las cinco”. Esa misma tarde el excura y el exfiscal, después de coincidir en su amor incondicional a la república española, acordaron mudarse juntos a un cuarto cercano a la plaza de la Catedral que ya tenía visto González de Mendoza. La mañana del día siguiente Renato se presentó a la sede de la Embajada de España a iniciar los trámites migratorios. Grande fue su asombro al enterarse de que como embajador de la República de España fungía don Jacinto Grau, diplomático y escritor español, autor de varias obras de teatro, una de las cuales, El burlador que no se burla, presentada por su autor en Madrid en 1930, había sido objeto de una crítica favorable por parte de Ozores cuando estudiaba para el doctorado. “Fue la primera y una de las pocas críticas literarias que me publicaron —recordaría Renato— y la casualidad, o, mejor dicho, la buena fortuna, quiso que se tratara nada menos que la de una obra escrita por quien tenía a su cargo la Embajada española en el país al que acababa de llegar”.

El embajador Grau recibió a Renato con los brazos abiertos y no solamente aceleró los trámites para su permanencia en el país sino que enseguida lo empleó en reemplazo de un funcionario que simpatizaba con Franco y su régimen fascista.

O sea pues —recordaba siempre Renato con satisfacción— que al día siguiente de mi llegada a Panamá tenía solucionado mi problema migratorio, encontré trabajo y un lugar donde vivir, pero, sobre todo, había conocido a una hermosa muchacha capaz de hacerme soñar. ¿Cómo no querer enseguida al país que con tan buenos augurios me recibía?

En su primer día de trabajo, el embajador Grau informó a Renato sobre la situación de los inmigrantes españoles en Panamá, quienes hacían circular dos revistas: España Leal, publicada por los exiliados republicanos, y Arriba España, de los simpatizantes de Franco y el fascismo. Nadie sabía durante cuánto tiempo se mantendrían las embajadas en manos de los republicanos y, consciente de la precariedad de su cargo, el embajador Grau se preparaba para abandonar la carrera diplomática y dedicarse de lleno a la literatura. A través de su puesto en la embajada, Renato había conocido a un gran número de compatriotas y alguno le había informado que el gobierno panameño estaba contratando profesores para la Escuela Normal de Santiago, recién inaugurada en el interior del país con el fin de preparar maestros de enseñanza primaria, tan necesarios para educar a los futuros ciudadanos del país que hacía apenas treinta y cinco años había logrado su separación definitiva de Colombia.

Sin dudarlo mucho, Renato presentó su hoja de vida al Ministerio de Educación y menos de dos semanas después fue designado profesor de Cívica. Aunque había hecho algunas amistades en la capital del Istmo, la única relación que le costaba abandonar era la que después de frecuentes visitas a La Estrella de Panamá, con la excusa de leer noticias procedentes de España, había establecido con Rita Typaldos, la hermosa e inteligente muchacha de la máquina de escribir. Lo consolaba que ella le había prometido responder las cartas que él le enviara desde su nuevo destino.

Santiago —escribió Renato a su madre—, capital de la Provincia de Veraguas, de donde derivan su título nobiliario los flamantes descendientes de Cristóbal Colón, es un polvoriento villorrio de agricultores y ganaderos enclavado en la mitad del país. El magnífico edificio de la Escuela Normal, donde haré mis primeros pinitos como maestro, desentona con la humildad de las viviendas que lo rodean.

La estadía de Renato en Santiago de Veraguas no se prolongó por mucho tiempo. Pronto se dio cuenta de que enseñar en escuela primaria no satisfacía su nueva vocación de maestro y de que lavida rural no era para él. Además, la comunicación epistolar que mantenía con Rita le hizo pensar que había llegado el momento de abandonar la soltería. En su última carta Rita le indicaba que en la Escuela de Derecho de la Universidad de Panamá hacían falta profesores, y que en La Estrella buscaban redactores de noticias y correctores de prueba, cargos que él podía desempeñar mientras esperaba por su nombramiento. Concluido el período escolar en la Normal de Santiago, Renato empacó sus pertenencias y regresó a la capital.

El doctorado obtenido le permitió colocarse enseguida como profesor asistente en la Escuela de Derecho, y en cuanto recibió los primeros emolumentos propuso matrimonio a Rita. La boda se celebró el 11 de septiembre de 1939. Después de la llegada del primer hijo, el 7 de agosto de 1940, a quien bautizó con el nombre de Carlos en homenaje al amigo caído en Oviedo en defensa de la República, Renato inició los trámites para obtener la nacionalidad panameña. A principios de 1941 logró la designación como profesor titular de la cátedra de Derecho Mercantil, y a mediados de ese mismo año, cuando su amigo José Isaac Fábrega, director y editorialista de La Estrella, se vio obligado a abandonar sus funciones por haber sido designado ministro de Educación, Renato fue nombrado para ocupar el cargo de editorialista del diario.

Así, desde los inicios de su exilio en el país que con tanto cariño lo había acogido, las actividades de Renato Ozores comenzaron a girar en torno a la enseñanza y al periodismo, es decir, al mundo de las palabras. En 1942 recibió, finalmente, con gran alegría, la carta de naturaleza que lo consagraba como panameño por adopción. Poco después de haber arribado a Panamá, apenas Renato supo que este sería el país de su exilio definitivo, había escrito a su madre pidiéndole que se preparara para emigrar una vez que él contara con medios de subsistencia suficientes. Independiente como siempre, María había respondido que no pensaba abandonar Oviedo y que esperaba que el hijo estuviera en posición de venir a visitarla pronto.

Una vez se hubo naturalizado panameño, cuando ya tenía su propia familia y contaba con ingresos seguros, volvió a escribirle insistiendo en que viniera a conocer a su nuera y a su primer nieto y a compartir con ellos el resto de su vida. La invitación, por supuesto, también incluía a Pilar, su dama de compañía. María no tardó en responder que, a pesar de Francisco Franco, en Asturias todavía se vivía bien y que ella esperaba que algún día no muy lejano fuera Renato quien regresara a Oviedo con su mujer y sus hijos. Concluidos los trámites para obtener la nacionalidad panameña, Renato Ozores se consagró de lleno a su labor periodística en La Estrella y a la cátedra de Derecho Mercantil. Eran los tiempos que Méndez Pereira, fundador de la Universidad de Panamá, llamó la época “heroica” universitaria, cuando todavía se daban las clases en pabellones prestados por el Instituto Nacional, había escasez de estudiantes y los pocos que asistían a los cursos carecían de una biblioteca especializada donde encontrar obras de consulta para seguir las lecciones.

Para remediar esta deficiencia, Renato comenzó a escribir un libro de texto de Derecho Mercantil, con énfasis en la legislación panameña, que recogiera lo expuesto por él en sus clases. Nacieron así sus Apuntes de Derecho Mercantil, seis volúmenes de sapiencia jurídica cuya versión final publicaría —mimeografiados— en 1965, que no solamente sirvieron de apoyo a sus alumnos sino que se convirtieron también en un referente indispensable de juristas y jueces del foro. Para entonces, Renato había multiplicado sus funciones en La Estrella, donde además de escribir los editoriales realizaba entrevistas, reportajes y alguna que otra crítica literaria. Su habilidad con la pluma le valió que la Cervecería Nacional, la industria más importante del país, lo contratara para preparar una publicación periódica de sus actividades empresariales y sociales con miras a ganar el aprecio de su clientela. Uniendo las primeras letras de cada una de las marcas de cerveza que producía la empresa, Balboa, Atlas y Milwaukee, se creó la revista BAM, dirigida y escrita casi toda por Ozores, que se mantuvo vigente por varios años. En 1947, impulsado por su amigo Rogelio Sinán y por su innata inclinación hacia las letras, escribió su primer libro de relatos breves, Un pequeño incidente y otros cuentos, que salió publicado en la colección Biblioteca Selecta, cuya misión, según su editor Sinán, consistía precisamente en animar a la gente a escribir.

En medio de las convulsiones políticas que a lo largo de los años cuarenta vivió el país, nacieron los tres primeros vástagos de Renato y Rita. Aparte de Carlos, el primogénito y único varón, vinieron al mundo Rita Irene, en 1942, y María Cristina, en 1947. Diez años después, en 1958, sorpresivamente, llegó María de los Ángeles, quedando así completada la primera generación de la familia Ozores Typaldos. Pero en el cuadro familiar faltaba la madre ausente y Renato siguió insistiéndole que viniera a conocer a sus únicos nietos hasta que, finalmente, después de muchos ruegos y razones, María accedió a hacer el viaje. En compañía de Pilar llegó a Panamá a principios de 1949, pero, lamentablemente, sufría ya de graves quebrantos de salud que en menos de un año ocasionaron su muerte. Pilar permanecería con la familia Ozores por muchísimos años más. Renato, dedicado por entero a la cátedra y al periodismo, no había tomado en serio su vocación literaria hasta que en 1951, mientras disfrutaba de unas vacaciones veraniegas en el interior del país, escuchó a unos amigos hablar del concurso literario Ricardo Miró.

Animado por ellos, escribió su primera novela, Playa Honda, la envió al concurso y ganó el segundo premio. Entusiasmado, al año siguiente escribió otra novela, Puente del mundo, que tenía como tema las familias que llegaron a Panamá durante la fiebre del oro de California y la envió al concurso, y obtuvo el tercer premio. Un poco decepcionado, volvió a los cuentos y logró que le publicaran la colección que tituló El dedo ajeno. Cinco años después, aprovechando la experiencia de su relación con algunos amigos poetas y escritores que habitaban en el muy pobre y populoso barrio de El Chorrillo, escribió La calle oscura, una novela social que también obtuvo el tercer premio en el Miró. Fue la última que escribiría. “Las novelas son mucho trabajo”, declaró años más tarde en una entrevista periodística. “Uno mete una hojita en blanco en la máquina de escribir y hay que escribir trescientas de esas, todas inventadas.” (Domínguez, 1993).

Renato escribía, según declaró en esa misma entrevista, para “deshacerme de los personajes que había inventado porque mientras no se llevan al papel y expulsan, por decirlo así, molestan mucho ya que se piensa en ellos a cada rato, moviéndose y haciendo cosas. Después se olvidan hasta que, de pronto, brotan otros en la imaginación”. Estos fantasmas lo obligaron a seguir escribiendo, sobre todo para el teatro, género que lo había atraído desde sus tiempos de estudiante en Madrid, cuando acudía con frecuencia a la representación de los grandes dramaturgos españoles y enviaba sus críticas a los diarios.

La siguiente vez que concursó mandó dos obras escritas en máquinas de tipo diferente. El ángel, comedia que ganó el primer premio, y Una mujer desconocida, que ganó el tercero. En 1957 participó nuevamente en el concurso con la comedia dramática en tres actos, La fuga, que también ganó el primer premio. Dos años más tarde compitió con una obra dramática, El cholo, en torno a Victoriano Lorenzo, controversial guerrillero liberal de origen humilde, fusilado meses antes de la separación definitiva de Panamá de Colombia. Le fue otorgado el segundo premio, pero cuando uno de los miembros del jurado le confesó que la obra, que él consideraba su mejor pieza teatral, había merecido el primero y que no se le había concedido por motivos políticos, Renato decidió no participar más en el Miró. De aquella época le quedó como un recuerdo imborrable el haber visto sus dos obras ganadoras, El ángel y La fuga, representadas en el teatro por Anita Villalaz, la más talentosa de las actrices panameñas. Veinte años después, ya sin ánimo de concursar, volvió a los relatos breves.

En 1985 publicó Diez cuentos; en 1991 El otro final; en 1992, El último árbol, y en 1993 La vacuna.

Renato Ozores fue elegido miembro numerario de la Academia Panameña de la Lengua en 1958, pero hizo su ingreso formal algunos años después. Treinta y seis para ser exacto. Su discurso, a más de un despliegue de erudición, constituye una muestra de un rasgo distintivo de su personalidad: un agudo y exquisito sentido del humor.

[…] los estatutos que aquí rigen fijan a los académicos electos un plazo de seis meses para que cumplan la ineludible obligación de escribir el discurso de ingreso que, además, debe ser leído por el recipiendario en una sesión pública organizada al efecto. Es lo que estoy haciendo ahora con innegable falta de puntualidad, una pesada carga de remordimientos y actitud de penitente arrepentido. No puedo presentar argumento alguno válido para que se me absuelva de culpa por el retraso de treinta y seis años con que llego a esta tribuna y, por lo tanto, no pretendo tal cosa. Sin embargo, creo que puedo y hasta debo, como una obligada deferencia a la Academia, invocar algunas circunstancias atenuantes que considero muy calificadas para, si no justificar, al menos explicar un comportamiento que me ha mantenido largo tiempo en una situación irregular, precaria, al no poder ostentar la medalla simbólica que voy a recibir como una especie de bautizo laico que eliminará mi condición de académico catecúmeno. El efecto inhibitorio y hasta paralizante que me impedía cumplir un deber elemental obedeció a distintas causas de las que excluyo la desidia, porque nunca incurrí en el pecado mortal de la pereza. Tal vez la más perceptible para mí, entre otras, era la certeza de que mis conocimientos de cuanto concierne a las complejidades del idioma siempre han sido y siguen siendo bastante deficientes, encontrando muchas áreas que me parecen enigmáticas. Nunca llegué a saber lo que es o era el pluscuamperfecto del subjuntivo; cómo usar debidamente un epifonema, ni cómo utilizar el ablativo absoluto, valga esto como muestra de mis tribulaciones, que llegaron a agravarse, aumentando mi perplejidad, con la aparición de la nueva Gramática oficial.

 

 

Ozores no se limitó a escribir cuentos, novelas y teatro. Su condición de catedrático y su amor por el Derecho Comercial lo llevaron a escribir y publicar, además de sus Apuntes de Derecho Mercantil, otras obras y artículos jurídicos entre los cuales debemos citar Antecedentes del Código de Comercio de Panamá, en 1945; La empresa individual de responsabilidad limitada, en 1963; La legislación cambiaria en Panamá, en 1964; El cheque centroamericano, en 1966, y Problemas que suscita la Ley de Sociedades Anónimas, en 1967. Sobre esta última afirmaba que se trataba de la ley “más importante que se ha promulgado en nuestro país, porque al amparo de sus normas se crearon miles y miles de corporaciones que han permitido el desarrollo del centro bancario, de la Zona Libre, de la marina mercante y, en general, de nuestra economía de servicios.

Por eso es absolutamente necesario que las normas de esa ley sean esmeradamente interpretadas y aplicadas por nuestros tribunales de justicia a fin de mantener sin menoscabo alguno la confianza que deben inspirar dentro y fuera del país. De otro modo el daño puede ser devastador e irremediable”. (La Estrella de Panamá, 2001). Aparte del Derecho Mercantil, Renato también se interesó mucho en el estudio del Derecho Internacional, inclinación que lo llevó a asesorar y representar a Panamá en innumerables conferencias internacionales a lo largo de tres décadas diferentes. En 1947 actuó como asesor jurídico de la delegación panameña en la Conferencia de Río de Janeiro sobre la Paz y la Seguridad Continental; en 1958 y en 1960 representó a Panamá en Ginebra como delegado a la Conferencia sobre el Derecho del Mar, y en 1967 asistió como asesor de nuestro presidente a la reunión de los Jefes de Estado americanos realizada en Punta del Este.

El aspecto que más lo atraía del Derecho Internacional, sin duda por haber sido él mismo un exiliado, era el relacionado con el asilo político y, así, en 1959, publicó su opúsculo La extradición en el Derecho Interamericano. La contribución de Renato Ozores al derecho panameño y al derecho internacional no se limitaría a las publicaciones antes mencionadas.

Durante sus años como catedrático, y a petición de varios abogados del foro, se dedicó también a la consultoría en temas de Derecho Mercantil. Sus dictámenes jurídicos, utilizados dentro de los procesos judiciales para respaldar alegatos, aparecen citados en varias sentencias emitidas por los tribunales de justicia. Las numerosas actividades desplegadas por Renato Ozores dentro y fuera del país le valieron múltiples condecoraciones y honores, entre otros la Orden al Mérito, otorgada por Ecuador en 1950; la Orden del Águila Azteca, por México, en 1954; la Orden de Vasco Núñez de Balboa, por Panamá, en 1960; el nombramiento de Oficial de la Legión de Honor, por Francia, ese mismo año, y la Orden de Isabel la Católica, por España, en 1969.

Con el advenimiento de la dictadura militar, como ocurrió con tantos otros educadores, Renato se vio obligado a abandonar, después de treinta años de docencia ininterrumpida, su cátedra de Derecho Mercantil por la única y absurda razón de haber cumplido sesenta años. Algunos años más tarde, por motivos de salud y en busca de una vejez apacible, después de treinta y siete años se retiró también de las labores periodísticas. Renato Ozores se había prometido no regresar a España mientras Francisco Franco estuviera vivo.

El tiempo pasaba y con los años iba en aumento su añoranza por Asturias y, sobre todo, por Oviedo, su ciudad natal. Rita y sus hijos trataban en vano de convencerlo de hacer el viaje, pero él se resistía. “Parece que Franco es inmortal”, ironizaba. A mediados de los años sesenta llegó a Panamá como embajador de España Emilio Pan de Soraluce y Olmos, quien desde su arribo al país se propuso trabajar en pro de la reconciliación entre los inmigrantes españoles que apoyaban a Franco y aquellos que adversaban la dictadura. Entre estos, uno de los más reconocidos era Renato Ozores. Enterado Pan de Soraluce de que se trataba de un distinguido jurista, lo invitó a la embajada donde le propuso asesorar al Banco Exterior de España, que deseaba explorar la posibilidad de establecerse en Panamá.

Ozores estuvo dispuesto a aceptar hasta que se enteró de que debería viajar a Madrid para reunirse con los directivos del banco. Con absoluta franqueza expuso al embajador su decisión de no volver a España mientras Franco siguiera gobernando, entre otras razones por temor a que lo apresaran. El embajador le aseguró que esos tiempos habían pasado y le prometió que, si tanto le preocupa su seguridad, él estaría esperándolo en el aeropuerto de Barajas. Y así fue. En su primer viaje a España, después de treinta años de exilio, Renato estuvo en Madrid apenas el tiempo necesario para reunirse con los directivos del banco.

De regreso en Panamá, confesó a su esposa lo mucho que lo había impresionado la belleza y desarrollo de la capital de España y la pujanza que se percibía en las nuevas generaciones. “¿Cuándo nos vamos a Asturias?”, preguntó ella, enseguida. “Todavía no estoy curado del todo”, respondió él. Como resultado de esa primera visita, Renato no solamente actuó como asesor jurídico del Banco Exterior de España en Panamá sino que además ocupó también el cargo de presidente de su junta directiva. Antes de terminar su misión como embajador, Pan de Soraluce le impuso la ya mencionada condecoración de la Orden de Isabel la Católica por su decidido y continuo apoyo a la comunidad española en Panamá. Para que la aceptara, fue preciso convencerlo de que quien lo condecoraba no era el general Francisco Franco sino la nación española. La oportunidad de regresar a Asturias se le presentó a Renato cuando recibió una invitación de los estudiantes de la universidad portuguesa de Coímbra para dictar una conferencia sobre Derecho Mercantil comparado. “Nos vamos a Portugal y de ahí pasaremos directamente a Oviedo”, le anunció a Rita, quien cuenta con nostalgia aquella experiencia que la ayudó a calibrar la profundidad de los sentimientos de su esposo hacia su tierra natal. “Entramos a España en autobús a través de la frontera con Portugal y de allí nos fuimos directamente a Oviedo.

Nunca olvidaré la transfiguración que observé en el rostro de mi esposo cuando volvió a ver su ciudad natal, ya convertida en una urbe importante. Me recordó la expresión de inocencia de aquel día providencial cuando nos conocimos en La Estrella, recién llegó a Panamá. En Oviedo nos hospedamos en el hotel Principado, ubicado justamente frente a la universidad, primer lugar que visitamos. Luego fuimos a la Catedral y allí Renato, que no era un hombre religioso, apoyó el rostro contra el muro y rompió a llorar, como el niño que después de tantos años volvía a ser. Como si el cielo también llorara, un orvallo lento y suave humedecía las calles de la ciudad. De allí nos dirigimos a la ermita de la Virgen de Covadonga, única figura religiosa que veneraba Renato”. En ese primer viaje visitaron también La Pontiga, donde, algo ruinosa, todavía se levantaba la casa familiar con su gran blasón de extraños símbolos. “Todo se ha empequeñecido, la finca, la casa, todo”, comentó Renato.

Antes de partir —sigue contando Rita—, localizamos a la Teté y la Chuli, las primas con las que él había compartido su infancia en los interminables llanos de La Pontiga, encuentro en el que también hubo llanto y alegría. Al emprender el regreso a Panamá comprendí que, aunque Renato amaba profundamente al país que con tanto cariño lo había acogido, su corazón seguía latiendo en Asturias.

Luego de aquel primer viaje, los esposos Ozores continuaron visitando España periódicamente, muchas veces invitados por el Banco Exterior, cuyos representantes los colmaban de atenciones. Renato solamente dejó de temer por su seguridad personal después de que Franco falleció. La vejez de Renato Ozores transcurrió sin sobresaltos en compañía de Rita, con quien completó sesenta y tres años de matrimonio, y de su familia, que ahora contaba siete nietos y once biznietos. La sordera, que había progresado al punto de casi no oír, le servía en ocasiones para aislarse de cualquier conversación que no fuera de su agrado y quedarse a solas con sus pensamientos. “Me apago”, anunciaba, mientras daba vueltas a la ruedita del adminículo que llevaba en la cintura.

Excelente conversador, Renato trasladaba sin mayor esfuerzo su chispa literaria al trato con sus amigos. Tan pronto se estableció en Panamá una filial del Pen Club se inscribió en ella y asistió puntualmente a cada una de las reuniones, siempre tratando de contribuir a que el panameño se cultivara. Una de las razones que lo hacían mirar con nostalgia hacia su España natal era lo mucho que se leía allá y lo poco que se leía en Panamá. “La actividad de quien escribe en este Istmo —solía decir— es casi una actividad clandestina. Es como si uno viviera en las catacumbas. Tú escribes y escribes y nunca la gente se entera”.

Y agregaba: “Aquí la gente no lee, no le interesa. Uno le manda libros y ni siquiera te dan las gracias. En este país han ocurrido tumultos, motines, saqueos y nunca han asaltado una librería. Usted puede guardar una fortuna en una librería y nadie se la va a robar” (Domínguez, 1993). Sin embargo, para deshacerse de los personajes que lo perturbaban, Renato siguió escribiendo cuentos. Su último libro lo publicó cuando contaba más de ochenta años. Renato Ozores Álvarez-Quiñones murió plácidamente, rodeado de su familia, el 2 de abril de 2001.

 

Referencias bibliográficas

Boletín Academia Panameña de la Lengua (1999). Discurso de recepción de don Renato Ozores. Discurso de bienvenida a don Renato Ozores, por Tobías Díaz Blaitry, sexta época, no. 2.

_______________ (1994). Mesa redonda sobre “El otro final de Renato Ozores”, celebrada el 22 de agosto de 1991 con la participación de Alondra Badano, Carlos García de Paredes y Franz García de Paredes, sexta época, no. 1.

Díaz López, Laurentino (1998). Españoles en Panamá, su aporte cultural, Panamá: Ediciones La Antigua, p. 105.

Domínguez, Daniel (1993, 27 de septiembre). “Los Miró de Renato visto por Ozores”, La Prensa.

Illueca, Jorge (2001, 16 de abril). “Renato Ozores, humanista panameño”, El Panamá América.

Jaramillo Levi, Enrique (1999). Ser escritor en Panamá. Entrevista a 29 escritores panameños al finalizar el siglo xx, Fundación Cultural Signos y Fundación Biblioteca Nacional, p. 235.

El Panamá América (2001, 4 de abril). “Muere Renato Ozores”.

La Estrella de Panamá (2001, 8 de abril). “Renato Ozores, jurista, profesor, periodista y escritor”.

Ozores, Renato (1985). Diez cuentos, prólogo de Ismael García, Panamá: Edic. Star & Herald Co.

Ozores, Rita de (2002, 15 de mayo). “Mi homenaje a Renato”, Panamá: La Prensa.