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Roberto Durán

by: Guido Bilbao

Roberto Durán 1951 Por Guido Bilbao (Foto portadilla: Lo mejor del boxeo) Roberto Durán nació el 16 de junio de 1951 en El Chorrillo. Las manos de su abuela lo trajeron al mundo. Su madre, Clara Esther Samaniego, no alcanzó a salir hacia el hospital y la partera no llegó a tiempo. Conoció la luz […]

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Es licenciado en periodismo. Trabajó en la Revista Noticias y el diario Crítica de la Argentina, en La Prensa y La Estrella de Panamá y en El País de España. Sus crónicas han sido compiladas en los libros Argentina crónica de Editorial Planeta, Lo mejor del periodismo latinoamericano de la Fundación para el nuevo periodismo Iberoamericano y la antología de crónicas Latinos, publicada en Alemania. Ganó cuatro premios nacionales de periodismo de Panamá y fue finalista del premio de crónicas de la FNPI. Como documentalista fue creador junto a Abner Benaim de la serie El Otro lado que ganó el premio a mejor documental en el New York Televisión Festival. Codirigió El valle de los condenados y Las malas semillas argentinas para la señal internacional de Al Jazeera. Fue facilitador del primer diplomado en periodismo ciudadano para el PNUD.  
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Roberto Durán
1951
Por Guido Bilbao
(Foto portadilla: Lo mejor del boxeo)

Roberto Durán nació el 16 de junio de 1951 en El Chorrillo. Las manos de su abuela lo trajeron al mundo. Su madre, Clara Esther Samaniego, no alcanzó a salir hacia el hospital y la partera no llegó a tiempo. Conoció la luz en la Casa de Piedra, en la avenida A, donde vivía demasiada gente. Era un edificio con cuartos de alquiler que ya fue derribado, pero que en su momento era el orgullo del barrio: el primer edificio de concreto. De allí su nombre. El Chorrillo en la década de los cincuenta era un lugar complejo: sede del cuartel central de la Guardia Nacional, era los extramuros de la ciudad donde muchos de los extrabajadores de la construcción del Canal y sus familias encontraron refugio. De hecho, el padre de Durán era mexicano y trabajaba en la Zona del Canal. Roberto apenas lo conoció: lo abandonó a su suerte poco después del nacimiento. El bebé quedó a cargo de su madre, que no recibía ningún ingreso. Aunque tenía 9 hermanos, solo él llevaba el apellido Durán. Así las cosas, rodeado de pobreza, se vio obligado a salir adelante casi en soledad; buscando la vida en la calle. Fue muy poco a la escuela , trabajó desde pequeño, lustró botas, vendió diarios y aprendió la ley de la calle en una ciudad plagada de soldados estadounidenses, marineros y cabarets. Ayudaba a Manuel Gómez en su taller de reparaciones de muebles. Lavaba platos en los restaurantes a cambio de la comida. Acompañaba a los pescadores al mar.
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Esto cambió cuando conoció al mítico Cándido Natalio Díaz, alias Chaflán, especie de clown urbano que se convirtió en su guía. Andaba con él de aquí para allá todo el día. Asaltaban bares a pura alegría y bailaban o realizaban pequeñas improvisaciones en la avenida Central para ver si al final lograban conseguir una buena propina. Cada día Durán volvía a su casa y compartía las ganancias con su madre. A Chaflán le gustaba correr maratones, nadar en mar abierto, también había sido luchador de catch. No usaba carro ni bus: andaba a pie por todos lados. Sin quererlo, introdujo a Durán en el mundo de los deportes. Fue entonces, siendo un niño, que Durán descubrió el tesoro que escondía en su interior. Había en él algo diferente. Peleaba en la calle, con chicos más grandes, y no perdía nunca; hasta noqueaba. A los 13 años llegó al ya desaparecido gimnasio de El Marañón, que estaba al inicio de la avenida Balboa. Era un galpón inmenso, derruido, con agujeros en el techo y piso de madera presa del comején. Nadie lo sabía entonces, pero de allí saldrían hacia el mundo varios de los campeones que más orgullo han despertado en los panameños. En un país próspero pero desigual, eran muchos los jóvenes que no encontraban su camino en la vida y pasaban sus horas allí, sudando y tirando guantes. Aprendiendo el oficio más duro. Soñando con la gloria. Durán llegó con uno de sus tíos que entrenaba allí. Le gustó el clima. Su familiar le dijo que si entrenaba en serio podría conseguir ropa y guantes como los que llevaba él. El niño se puso serio y empezó. Allí trabajaba Néstor Quiñonez, el popular Plomo Espinosa, que enseguida se dio cuenta de que era un diamante en bruto y se convirtió en su entrenador. Debutó, como todos los niños, en las previas de las peleas. Al final la fanaticada los premiaba tirándoles monedas al ring que los niños juntaban de la lona y se dividían en partes iguales.
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Poco a poco fue creciendo en el mundo amateur. De sus primeras 16 peleas, ganó 13. Perdió dos veces con el mellizo Jorge Mello Maynard. Solo cuando venció por nocaut al prospecto Buenaventura Riasco comenzó a hablarse del cholito que pegaba como una mula. En esos días conoció a la que sería la mujer de su vida, Felicidad, la Fula. Vivía cerca del barrio y Durán la veía pasar. Siempre le decía algo. La familia de Felicidad no veía con buenos ojos la relación, pero no pudieron hacer nada. Sería un amor que daría siete hijos. Durán se veía en el espejo de Ismael Laguna, el segundo campeón mundial que había tenido Panamá luego de los éxitos del mítico Panama Al Brown. La noche que lo vio ganarle el título a Carlos Ortiz en el estadio Demóstenes Arosemena, en 1965, decidió ser como él. “Mejor que Laguna”, les dijo a sus amigos presentes. Esa noche casi le cuesta la vida. Estaba trepado a una camioneta, afuera del estadio, entre los fanáticos que no podían pagar la entrada y la veían de afuera. Pero hubo un desplome y todos le cayeron encima. Durán se fue magullado, pero convencido de lo que quería lograr. Al poco tiempo se ganó un lugar para representar a Panamá en los Panamericanos de Winnipeg en 1967. Lo que parecía un sueño hecho realidad se convirtió en pesadilla: lo bajaron del avión aduciendo que no tenía la edad suficiente. Detrás se escondía una disputa política en el boxeo amateur. Durán se enojó tanto que decidió colgar los guantes. Volvió a su vida en El Chorrillo. Comenzó a trabajar de pintor. Tenía un encargo en un hotel de la Central cuando Plomo Espinoza llegó jadeando para hablar con él. Plomo le había conseguido una pelea, su debut profesional.
—Cholo, nos pagan el viaje a Colón, el hotel, la comida y a ti te quedarían 25 dólares. —En una noche ganarías lo mismo que durante una semana pintando todo el día. —¿A quién hay que matar? —preguntó riendo.
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Durán ganó por decisión en cuatro asaltos frente al chiricano Carlos Mendoza. La pelea se realizó en las 118 libras, el peso gallo. Era solo el comienzo. En 1968 enfrentó a nueve rivales y ganó todas las peleas por nocaut: seis en el primer asalto y tres en el segundo. No podía decirse que Durán noqueaba: demolía. Por eso el periodista Alfonso Castillo lo bautizó “Mano de Piedra”. La fanaticada panameña se dividía en dos grandes grupos: los que apoyaban a los boxeadores capitalinos y los que apoyaban a los colonenses. Hasta entonces, los dos campeones mundiales panameños —Panama Al Brown e Ismael Laguna— venían de Colón, la Tacita de Oro, la entrada del Canal por el Caribe. Pero los tiempos parecían cambiar: desde la ciudad capital, en el Pacífico, cada vez más aparecían boxeadores con talento. Durán era la gran esperanza blanca. El empresario Carlos Eleta puso sus ojos en él y decidió representarlo. Eleta tenía una televisora, caballos de carrera, había sido campeón de tenis y además era compositor (es el autor del famoso bolero “Historia de un amor”). Conoció a Durán cuando el futuro boxeador tenía diez años. Lo descubrió bajando cocos de una palmera en su casa. “Pero era tan simpático que se quedó comiendo con mi familia”, declaró Eleta. Le compró el contrato de representación al periodista Papi Méndez por 300 dólares. El 16 de mayo de 1970 llegó la primera prueba de fuego. Durán debía enfrentar a Ernesto Ñato Marcel. Era un clásico en todo sentido: Colón versus Panamá, el estilista contra el peleador callejero. Despertaron en la fanaticada un fervor pocas veces visto en una pelea local. Las apuestas clandestinas estaban a la orden del día. Ver boxeo era también apostar. En las casas, en los bares, incluso en primera fila. Fue un duelo a estadio lleno, que se definió en el último round con un nocaut técnico a favor de Durán. Mucho se habló sobre el desenlace. Había sido una batalla muy pareja y el réferi la paró cuando Marcel aún estaba en pie. Durán estaba arriba en las tarjetas. Uno de
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los jueces de ese combate fue el comentarista televisivo Juan Carlos Tapia. El triunfo le abrió las puertas del mundo: Durán viajó a Nueva York para realizar una pelea frente al ascendente Benny Huertas, dentro de la cartilla en la que su ídolo Ismael Laguna defendería su título frente al duro escocés Ken Buchanan. Aunque llegaba invicto con 28 peleas y 24 nocauts, en solo tres años, nadie daba demasiado por el joven panameño. Pero Durán empezaba a ser Durán. Logró un nocaut espectacular en el primer round en un Madison Square Garden que lo aplaudió a rabiar. La leyenda dice que el panameño, luego de la efímera contienda, ni se quiso duchar. Esa noche no todo fue alegría. Buchanan logró arrebatarle la corona a Laguna. Durán, que idolatraba al colonense, de inmediato declaró: “A Laguna lo voy a vengar yo”. Tenía dos sobrenombres: Mano de Piedra en Panamá, y Rocky en los Estados Unidos. Los manejadores de Durán lo llevaban lentamente. Se afanaban en la tarea de construir un campeón robusto. Consiguieron realizar en Panamá la pelea frente al ranqueado japonés Hiroshi Kobayashi buscando alcanzar el reconocimiento de los Organismos Internacionales. Durán no defraudó y ganó en siete rounds; así se convirtió en el número uno del ranking, el retador al título. Luego de cumplir los 21 años llegó la noche de su vida. Debía volver a Nueva York, al Madison Square Garden, pero esta vez para la pelea estelar: su rival sería Ken Buchanan, el mismo que había acabado con la carrera de Laguna luego de ganarle dos veces. Para esa pelea Carlos Eleta decidió contratar a un nuevo entrenador para complementar el trabajo de Plomo. Eligió a Ray Arcel, un viejo lobo del boxeo estadounidense. Arcel había tenido su primer campeón mundial en los años treinta y desde entonces había trabajado con más de veinte monarcas. Primero se hizo cargo de Peppermint Frazer, otro boxeador de la escuadra de Eleta, para la pelea en la que el panameño se coronó
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campeón del mundo frente al argentino Nicolino Locche. Fue en ese viaje cuando vio boxear a Durán en El Marañón. Señaló una sola cosa: “ya sabe todo, no le enseñen nada, déjenlo desarrollar su destreza”. Aceptó entrenar a Durán por una sola razón: la mafia de Estados Unidos, que dominaba el deporte, lo había crucificado porque se negaba a arreglar los combates. Una vez casi lo matan en un callejón. Estuvo más de veinte años alejado de los gimnasios. En la aventura lo acompañó Freddie Brown, célebre por ser el encargado de curar los cortes en el rincón de Rocky Marciano. La primera vez que viajaron a Panamá llevaron con ellos bidones de agua. Habían escuchado sobre los trabajadores que construyeron el Canal a principio de siglo y las enfermedades terribles que se contagiaban. Le temían a la selva. Freddie Brown sería el encargado de llevar adelante la preparación mientras Arcel se sumaría hacia el final para planificar la pelea. Antes de viajar a Nueva York, Durán exigió que su viejo amigo Chaflán lo acompañara. No se olvidaba de su gente. Lo invitó a compartir hotel. Chaflán no salía de su asombro cada vez que ingresaba al comedor, donde podía comer lo que quisiera. Dicen los testigos que no salía de allí. Para completar el apoyo, el gobierno rentó un avión donde viajaron otros boxeadores panameños y hasta un conjunto de música típica. A los 15 segundos de la pelea Durán conectó un golpe a la cabeza que hizo trastabillar al escocés, que recibió la cuenta de protección. Las casi 19 mil personas que colmaron el Madison Square Garden se lanzaron a apoyar al panameño desde la campanada inicial. Su energía desbordante y su juventud contagiaban a todos. Buchanan se puso de pie sin problemas y a partir de ese momento comenzó una feroz cacería que solo culminó en el round 13. El combate crecía en tensión y Mano de Piedra atacó a la zona baja de Buchanan, que se desplomó en los segundos finales del round. Desde la lona, el escocés acusaba un golpe bajo y no parecía dispuesto a ponerse de pie. El juez Johnny LoBianco miró a los dos rincones.
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En el de Durán encontró una cara conocida, la del estadounidense Ray Arcel, que tiempo atrás había sido su entrenador. Arcel gritó: “Cuidado con lo que haces. Fue un golpe válido”. En medio de la confusión, Durán alzó los brazos y el juez le reconoció la victoria. En las tarjetas de los jurados y del propio juez, Durán estaba holgadamente adelante. “Este cinturón le pertenece a Panamá. Vengué a Laguna”, exclamó Mano de Piedra, con la voz finita y cara de chiquillo. Esa noche comenzó un reinado de ocho años en los que Durán barrió con todo. Panamá se encontraba embarcada en las negociaciones por la recuperación del canal de Panamá. El gobierno militar notó la simbiosis que había entre Durán y el pueblo panameño. Nadie como él representaba las aspiraciones nacionales. Entendieron el deporte como un vehículo para revalorizar la identidad panameña. El boxeo se convirtió en una cuestión de Estado. Existía un cargo público, el alto comisionado de boxeo, ocupado por un militar, coronel Rubén Darío Paredes, que se encargaba de promover la disciplina. Para evitar complicaciones, los deportistas, antes de las peleas, se entrenaban en los cuarteles. Entre 1968 y 1981 (año en que murió Torrijos) Panamá vio consagrarse a doce campeones mundiales, cuando solo había dos organizaciones regentes. En 1972, a la entrada del aeropuerto de Tocumen, había un inmenso cartel con la foto de varios boxeadores que rezaba: “Panamá, tierra de campeones”. Luego del triunfo ante Buchanan, los apoderados de Durán entendieron que a pesar de su ferocidad, le faltaba experiencia. Todavía era muy desprolijo en sus desplazamientos. Le había ganado al escocés pero también era cierto que había recibido muchos golpes. Decidieron hacerlo crecer de a poco, con peleas sin el título en juego, para no correr riesgos y cuidar el cinturón. No se equivocaban: fue en este proceso donde Durán conoció la derrota, el sabor amargo de la lona. En noviembre de 1972, el puertorriqueño Esteban de Jesús lo derribó en el primer round y le ganó la pelea, pactada a diez asaltos, por decisión.
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Eleta le dio vueltas y vueltas a la revancha con Buchanan, que finalmente nunca se realizó. Y aunque Durán se lo pedía, decidió también eludir a Kid Pambelé, vencedor de Peppermint Frazier con dos nocauts incuestionables. Durán volvió a la victoria en su primera defensa oficial frente al estadounidense Jimmy Robertson. Fue nocaut en cinco vueltas. Robertson perdió dos dientes y debió ser cargado por tres personas para regresar a su vestuario. Luego realizó dos defensas más, hasta que en 1974 llegó el turno de volver a enfrentar al boricua Esteban de Jesús, el único boxeador que lo había vencido. La pelea se realizó en el estadio Nuevo Panamá, que presentó un lleno total. No era una parada simple para el Cholo. Y menos aun cuando en el primer round volvió a pasar lo mismo que en Nueva York. Otro gancho de izquierda a la mandíbula puso al panameño en la lona. Pero esta vez había dos diferencias: la pelea se realizaba en la tierra del campeón y a quince rounds, no a diez como la anterior. Durán se levantó y comenzó un trabajo de demolición que culminó en el round once, con un nocaut contundente. “Antes de la pelea tuve un accidente de tráfico y estaba vuelto leña. Pero así y todo, resolví”, explicó el campeón luego de la pelea. Para nadie era un secreto el espíritu festivo del Cholo. Antes de los combates la gente llegaba al Marañón para verlo saltar la soga, hacer guantes. Durán nunca iba de relajo. Ni en los entrenamientos. Sus sparrings pedían paga doble porque les daba con todo. “Yo sé que tengo un animal adentro mío, que se despierta y siempre quiere más. A veces empiezan las peleas y parece que no está, pero yo sé que está y entonces quizá en el round 8 o el 10 aparece y se termina todo”, llegó a describir Durán sus sensaciones en el ring. Con el tiempo y las victorias, Mano de Piedra se transformó en un héroe popular y arrabalero. Luego de los triunfos se lo podía ver en cada fiesta, en cada feria, en cualquier rincón del país: siem
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pre brindando y vacilando con una corte interminable de amigos y fanáticos que comenzaban a celebrar todas sus ocurrencias. Para agigantar el mito nacional, muchas de las peleas se hicieron en Panamá. Por ejemplo, la de Ray Lampkin, en 1975. Para muchos era la pelea más difícil de Durán hasta ese momento: un pleito mandatorio contra el número uno del ranking. El público se volcó en masa al estadio. Enseguida entendieron que sería una noche complicada. El estadounidense mostraba virtuosismo técnico y no se amedrentaba en los cruces. Tenía mayor alcance de brazos y Durán no le encontraba la vuelta al combate. El panameño había ganado sus últimas cuatro peleas en los primeros rounds y no parecía acostumbrado a la distancia. A medida que pasaban los rounds, Lampkin fue creciendo en confianza, incluso iba adelante en las tarjetas, hasta que Durán logró conectarlo en profundidad y el estadounidense cayó. Pero tuvo la mala idea de levantarse… casi le cuesta la vida. Un derechazo terrible lo puso de espaldas en la lona. Al caer, noqueado, de espaldas, su cabeza golpeó contra el tinglado. Estuvo internado una semana antes de volver a su país. Meses después Durán viajó a Managua, donde venció al nicaragüense Pedro Mendoza luego de apenas dos minutos de pelea. Mendoza estaba tirado en el ring cuando subió su novia y comenzó a insultar a Durán. En la confusión, la mujer terminó tendida en la lona. Los medios nicaragüenses denunciaron que Durán le había pegado, cosa que el panameño negó. Así como en 1975 el boxeador del año para la AMB había sido Muhammad Ali, el mismo título le correspondió a Durán en 1976, cuando venció a los pocos rivales de fuste que quedaban en la categoría: le ganó por decisión al temible sudafricano Saoul Mamby, que cargaba el aura maléfica de haber matado a un rival en una pelea. Luego viajó a Estados Unidos para realizar una defensa contra Lou Bizarro. Al llegar al estadio se dieron cuenta de que el ring era mucho más grande que los que se usaban habitualmente. Ni eso ni
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los rápidos movimientos de piernas de Bizarro pudieron evitar un nocaut fulminante. Esteban de Jesús, el único boxeador que lo había vencido, se consagró campeón ligero del Consejo al vencer en Puerto Rico al japonés Ishimatsu Agallas Suzuki, que defendía su título por primera vez. La unificación de los livianos era la pelea que todos esperaban. El tercer enfrentamiento que definiría quién mandaba en la categoría. Los boricuas se negaron a pelear en Panamá y la contienda se organizó en el Caesars Palace de Las Vegas. Durán llegaba con once defensas exitosas consecutivas, diez de ellas ganadas por nocaut. Esta vez no hubo sorpresas. En el round doce un derechazo a la mandíbula derrumbó a De Jesús en el centro del tinglado. Terminó gateando por el ring hasta aferrarse a las cuerdas y ponerse en pie. El juez le dio el pase y Durán se le fue encima con una andanada que lo derribó de nuevo. De Jesús estaba sentado en la lona cuando sus segundos entraron al ring para detener la golpiza. Una vez más, la movilización masiva para recibir al campeón en Tocumen. Fue recibido por integrantes del Club de Leones de Betania, del que era miembro honorario. Luego de cada victoria, Durán no se quedaba en Miami ni en Las Vegas: regresaba a El Chorrillo con los bolsillos llenos de billetes de un dólar para regalar. Cerraba los bares a los que iba y cargaba con la cuenta de todos. Pudiendo no volver, Durán siempre volvía. Días después, el gobierno militar organizó un acto en el gimnasio Nuevo Panamá dónde le entregaron la Orden Amador Guerrero en el grado de Gran Comendador. Y otro homenaje: bautizaron Mano de Piedra a una barriada popular que nacía en las afueras de la ciudad. Sin rivales a la vista en la categoría, decidieron aumentar la apuesta. Como le costaba mucho dar el peso, en 1979 subieron al peso wélter Junior.
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En los livianos nadie dudaba: Durán había sido invencible. La decisión generó algunos interrogantes. Durán respondió bien al cambio. Aunque ahora tenía en el cuadrilátero a rivales más fuertes y peligrosos, tampoco ellos podían soportar esa vocación feroz de buscar el intercambio de golpes en todo momento. Su pegada siguió manteniendo la fiereza de siempre. Ganó las tres peleas que realizó en el nuevo peso, dos de ellas por nocaut. En 1979 decidieron subir un poquito más, a la categoría wélter, donde había peleadores de mayor cartel. Los campeones del momento eran los temibles Pipino Cuevas por la AMB y Sugar Ray Leonard, por el CMB que parecían listos para la unificación. Durán de inmediato venció al temible Carlos Palomino. “Él es muy bueno en el cuerpo a cuerpo y es muy fuerte en su psicología”, declaró Palomino luego de la pelea. “Lo que más me sorprendió fue su velocidad y su habilidad defensiva. Mueve su cabeza todo el tiempo, fintea, es muy difícil de cazar”. Como los manejadores de Leonard y Cuevas no se ponían de acuerdo para la unificación, surgió la figura del Cholo. La negociación no era fácil porque debían entenderse Bob Arum y Don King, enemigos acérrimos. Pero llegaron a un acuerdo. La noticia recorrió el mundo y en Panamá estalló con virulencia, agitando todos los corazones: Durán enfrentaría por el título wélter del CMB a Sugar Ray Leonard. El Golden Boy; la súper estrella estadounidense que había barrido a rusos y cubanos en los Juegos Olímpicos de 1976 para convertirse en héroe nacional y, más tarde, en noviembre de 1979, en un campeón celebrado luego de noquear en el último asalto al genial boricua Wilfredo Benítez. La confrontación tenía muchos ángulos de atracción. Se enfrentaban Leonard, el campeón, contra Durán, el retador número uno. Los promotores, el estadounidense en manos de Bob Arum y el panameño, en las de Don King. Los estilos de pelea, representados en las esquinas: el boxeo moderno de Angelo Dundee, entrenador de Leonard y de Muhammad Alí versus la vieja guardia del
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boxeo clásico, Arcel y Brown. Leonard estaba invicto en 27 peleas y defendía su título por segunda vez. Durán llevaba 71 peleas ganadas, una derrota y 55 nocauts. La velada se anunció para la noche del 20 de junio de 1980 en el estadio Olímpico de Montreal. Durán marchó a prepararse al campo de Grossinger, mítica finca de entrenamiento a 200 kilómetros de Nueva York. Lo único que podía hacer era pensar en la pelea. Sabía que estaba ante el desafío más importante de su vida y se dedicó como nunca. Con Freddie Brown y Plomo a su lado, con el monitoreo de Ray Arcel. Leonard, mientras tanto, interrumpía su preparación para cumplir compromisos publicitarios. Estaba preocupado. Durante la grabación de un comercial de 7 Up se encontró con el periodista de la prestigiosa revista The Ring, Ralph Gordon. Lo bombardeó con preguntas. “—¿Crees que puedo ganarle a Durán? / —¿Soy más rápido que él? ¿En serio pega tan duro como dicen?”. Para los apostadores, en cambio, no había dudas: Leonard era favorito 5 a 1. Incluso en Panamá muchos pensaban que la de Durán era una misión imposible. Salvo él. ‘Gano yo papá, no hay forma que pierda. Leonard es un payaso, ya lo verán, yo soy más hombre que él’, decía con una confianza brutal. Nunca había perdido una pelea con el título mundial en juego. Durán llegó a Montreal antes que Leonard y se ganó la simpatía de todos. Sin embargo, ante su rival, se mostraba más salvaje que nunca. En la sala de prensa, en el pesaje, cuando lo cruzaba cerca del hotel, le decía barbaridades al campeón y a su gente; incluso llegó a coquetear con su mujer Juanita con Leonard al lado. Luego de la primera conferencia de prensa, Ray Arcel felicitó a Durán: “Cuando Leonard se mire al espejo va a dudar. Ya empezaste a ganar”, lo arengó. Leonard parecía intimidado. El día de la pelea el estadio estaba repleto. Había 46 mil espectadores y la contienda se transmitía en vivo para el mundo entero.
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Desde Panamá llegaron dos aviones con personalidades y todos los campeones del mundo del patio. Muchos de sus amigos viajaron para alentarlo. Las indicaciones de Ray Arcel a Durán fueron básicas. “Persíguelo y persíguelo. No te podrá aguantar”. Todos pensaban que Leonard saldría a jugar con Durán, a poner en práctica la vieja táctica de Alí, esa de volar como una mariposa y picar como una avispa. Pero no. El campeón decidió intercambiar golpes, medirse en rudeza. Estaba harto que lo llamaran “el campeón publicitario”. Quería demostrarle a Durán y al mundo que no le temía a nada. No fue una buena idea. En el tercer round, Durán conectó un derechazo al rostro del campeón que trastabilló tres pasos y se refugió en las cuerdas. “De ese golpe recién me recuperé en el séptimo round”, llegó a reconocer con el tiempo Leonard, confirmando el apodo: “Es verdad, Durán tiene la mano de piedra. Cada uno de sus golpes es un ladrillazo”. La pelea fue inolvidable. Una guerra sin cuartel durante quince rounds en los que Durán buscó el triunfo con temeridad. En el ringside, Juanita, la esposa de Leonard, parecía histérica y asustada ante el desarrollo del combate. Nunca había visto a su marido en esas circunstancias. Los jueces le dieron la pelea por unanimidad al panameño en una decisión cerrada: 145- 144, 147-146 y 146-144. Durán estaba en su mejor forma física, en la cúspide de su potencial y, sin embargo, tuvo que emplearse a fondo para lograr una pequeña luz de ventaja. Cuando le dieron el triunfo levantó los brazos y le hizo señas a Leonard, como diciéndole, “Te lo dije, soy mejor que tú”. Había conquistado el mundo. El Gobierno envió un avión a Canadá para traer a casa al campeón. Hasta Don King viajó al Caribe. Cuando se abrieron las puertas de la aeronave, Durán saludó y dijo: “Esto que tengo guindado aquí abajo es para ustedes”. El recibimiento en el aeropuerto fue masivo —antes del entierro de Torrijos, antes del regreso del exilio de Arnulfo Arias Madrid—,
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una de las mayores concentraciones populares en la historia del Istmo. Una caravana espontánea, larguísima, acompañó al campeón hasta su barrio, El Chorrillo y de allí, hacia la Casa de Gobierno, donde lo recibió Aristides Royo. En el Palacio de las Garzas, a orillas del Pacífico, Royo y Durán saludaron al pueblo bajo el vuelo rasante de los pelícanos. Uno, discípulo del general Torrijos, había sido negociador de los tratados que le devolvían a Panamá la soberanía sobre el Canal y las bases militares. El otro había conseguido el título. La felicidad parecía total. A la sombra del éxito se escondía también otro país que lloraba las desapariciones, los familiares presos o en el exilio. En medio de los festejos, Durán fue invitado a viajar a Cuba. Fidel Castro lo quería conocer. Por primera vez, al subir al avión, Durán tuvo miedo. Él mismo narra la anécdota en “Los puños de una Nación”, documental de Pituka Heilbron. “No me gustaba volar con Torrijos… ¿y si los gringos le tiraban un bombazo?”, se preguntaba, sin medir el caudal profético de sus palabras. La historia terminó dándole la razón y Torrijos moriría en un accidente aéreo meses después. Una vez en el avión, para tranquilizarse, el campeón comenzó a tomar whisky. Cuando llegó a La Habana estaba bastante alegre. Se sentó lo más lejos que pudo de los líderes, en la otra punta de la mesa, siempre preso del mismo temor. Hasta que Fidel lo mandó a llamar. Se abrazaron. Mano de Piedra también era un héroe latinoamericano. Un mes después de la pelea, Durán seguía festejando el triunfo. Dos meses después, todavía. El flamante campeón estaba desatado. No faltó a ninguna de las decenas de fiestas que se organizaron en su honor. Engordaba con alegría. Se había pasado la vida como ascendiendo una cuesta, golpe a golpe, buscando siempre más, la gloria absoluta. Y lo consiguió. Ahora que había conquistado la cima, todos los deseos debían cristalizarse. Hay veces que los sueños, cuando suceden, también lastiman. La sensación incierta de no tener más donde subir.
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Entregado a la fiesta continua, dejó de ser un joven obediente. Eleta y su equipo no sabían cómo contenerlo. Siempre subía de peso después de sus peleas, pero lo que estaba pasando era demasiado. Durán se negaba a volver al gimnasio y decía que si lo molestaban los iba a despedir a todos. Para esos días, Leonard ya estaba superando la depresión de la derrota para volver a los entrenamientos. Viajó a Hawái con su esposa, pensó en el retiro pero se convenció de que debía volver a intentarlo. Había demostrado que podía fajarse con el más malo de todos. Había equivocado la estrategia, pero había peleado bien. Consciente de la situación de Leonard, su esquina había llegado a una conclusión rotunda: para recuperar el título, debían subir al panameño al ring cuanto antes. Decidieron presionar con dinero. Le ofrecieron a Eleta una bolsa de ocho millones de dólares, de las más altas jamás negociadas hasta ese momento. En la primera pelea, Durán había ganado un millón. Ponían una sola condición: la pelea tenía que realizarse cuanto antes, decían, para que no decayera el interés del público. Eleta se dijo que a ese dinero no se le podía decir que no. Sintió además que era la oportunidad, no solo de ganar una fortuna, sino de disciplinar a Durán. Motivarlo para que volviera a entrenar. Son muchos los que acusan al empresario de haber entregado a Durán en su momento más vulnerable: la pelea se pactó para el 25 de noviembre de ese mismo año, en Nueva Orleans, cinco meses después del primer encuentro. Cuando el Cholo empezó a entrenarse, en los primeros días de octubre, tenía 25 libras de sobrepeso. Leonard le llevaba dos meses de ventaja en el gimnasio. Esta vez no hubo manera de aislar a Durán del mundo. “Nunca vi un grupo de idiotas tan grande. Tienen convencido al campeón de que él no es nada sin ellos. Ya no sabemos qué hacer”, dijo Freddie Brown, semanas antes de la pelea, denunciando que Durán se entrenaba pero no adelgazaba porque los amigos le daban comida a escondidas.
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Protagonistas del siglo xx panameño
A quince días del combate se dudaba de que Durán pudiese dar el peso. Eleta quiso retrasar la pelea. Don King le dijo que era imposible. Pensó en decir que había una lesión en la espalda, algo difícil de comprobar, pero no lo hizo. Aceptó seguir adelante solo si le depositaban la bolsa de la pelea en un banco panameño varios días antes del pesaje. A setenta y dos horas de la pelea, Durán estaba ocho libras arriba del peso. Para cumplir con la balanza se vio obligado a pasar los dos días anteriores al combate sin probar bocado ni agua, hasta dicen que tomó diuréticos. Cuando enfrentó la báscula, dio el peso con lo justo. Los manzanillos, presentes, lo celebraron como un triunfo. A pesar de todo, se refugiaban en la confianza que da la costumbre. Habían visto ganar a Durán en sus últimas 41 peleas. El día de la contienda, muerto de hambre, se comió dos filetes con papas fritas y jugo de frutas. Aunque era el campeón, las apuestas lo volvían a dar perdedor. La pelea fue un fiasco. Leonard cambió completamente su estrategia con relación a Montreal y salió a bailotear. Conectaba algunos jabs, pero le huía al intercambio de golpes. Durán estaba demasiado lento, jadeaba en la persecución y fallaba con torpeza. En las primeras vueltas la pelea fue pareja. Con el correr de los rounds, el retador fue entrando en confianza y las fuerzas del panameño se vinieron a pique. Leonard le decía cosas, lo provocaba, le tocaba la cara y después lo eludía con facilidad. Se burlaba con el bolo punch, el famoso remolino como distracción para golpear con la otra mano. Aunque no estaba lejos en las tarjetas y en ningún momento pasó problemas, Durán sabía que no podía hacer nada para cambiar el rumbo de la noche. Su animal interior lo había abandonado. Hasta que en el octavo asalto sucedió lo impensado. El macho latino, el pegador de la mano de piedra se dio vuelta y le dio la espalda al combate. “Nunca dijo ‘no más, no más’, como publicaron los diarios gringos. Roberto se dio vuelta y gritó ‘con este payaso no peleo más’. Se le cruzaron los cables, fue una bravuconada”, desmintió el mito Carlos Eleta, que estaba en su rincón.
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Roberto Durán
Cuando Durán notó que el juez detení