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    Mayella Lloyd

Roberto Lewis

by: Mayella Lloyd

Lewis deja como legado grandes contribuciones al desarrollo de las artes tanto como gran promotor de las artes plásticas en Panamá, en su rol de artista y educador; y porque fusionó las diferentes corrientes académicas y las tendencias modernas, como el neoimpresionismo.

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Licenciada en periodismo. Su formación académica incluye estudios de periodismo y estrategias de comunicación en el Indian Institute of Mass Communication, en Nueva Delhi, India; en The Golda Meir Mount Carmel International Training Center, en Haifa, Israel; en George Washington University, EE. UU. De igual forma, cursó estudios de idiomas, historia del arte y escritura narrativa en Italia e Inglaterra. Por casi veinte años laboró en medios televisivos, desempeñándose como reportera, presentadora de noticias, y coordinadora del Noticiero Estelar, labor que le mereció varios premios. Actualmente gerencia estrategias de comunicación para instituciones públicas y privadas, organismos internacionales y reconocidas figuras públicas.
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Overview

Padre de la pintura panameña

Conocí al maestro Roberto Lewis a través de su obra, allí como en 1965, cuando Juan Manuel Cedeño en sus clases me hablaba con profunda emoción y comentaba sobre la importancia del buen dibujo, el color, el dominio de la luz, de la sombra, la composición, y la perspectiva en la obra de Lewis. Para mí fue una experiencia y un honor el hecho de que Anton Rajer me permitiera colaborar en la restauración del plafón del Teatro Nacional en 2002. El estar tan cerca de esta magnífica obra del maestro Lewis me permitió disfrutar de esa pincelada segura, de ese dibujo tan proporcionado, de esas veladuras sin ensuciar el color. Sentí que era muy respetuoso de la academia. Él decía: “sin dibujo no hay pintura”, y es una de las cosas que evidencia su obra. En cierta forma, fue como estar silenciosamente en su estudio donde las palabras sobraban.
Amalia Tapia

Corría el año 1874 cuando nació Roberto Gerónimo Lewis, el 30 de septiembre, en la ciudad de Panamá, capital del Estado soberano de Panamá, Estados Unidos de Colombia.

Hijo de don Henrique Lewis Herrera, cuya historia genealógica se remonta a Gales, Gran Bretaña, pasando por Jamaica, Bogotá y luego Panamá, y doña Josefa Catalina García de Paredes, de cuyo matrimonio nacieron Catalina Luisa, Henrique, Samuel, Roberto Gerónimo, María, y Ramona de los Dolores.

Su abuelo, Louis Lewis, llegó a Panamá como cónsul de Inglaterra ante la Gran Colombia, y contrajo matrimonio con Ramona Herrera Pérez Dávila, hermana del general Tomás Herrera.

Para entonces, la idea de un canal interoceánico que había surgido con Carlos V cobró nueva vigencia, en vista del incremento del comercio marítimo internacional y el surgimiento de Estados Unidos de América como potencia mundial, urgidos ahora por el oro californiano.

En Francia se celebra, en 1879, el Congreso de París, en donde se discuten las posibles rutas para construirlo; se determina que será la de Panamá y los franceses, de inmediato, emprenden la tarea que culminará diez años más tarde con un contundente fracaso y un escandaloso fraude.

Es en medio de estos afanes y ebullición política, social y económica, que crece Roberto Lewis.

Un rápido examen de las diversas actividades a lo largo de su vida nos permite contemplar la profunda vocación artística y el afán de superación de Roberto Lewis, manifestados en los sucesivos progresos que jalonan y caracterizan las distintas etapas de su obra. Desde pequeño mostró su inclinación por el arte, que se manifestaba en sus cuadernos en los que dibujaba florecillas, pájaros y figuras caprichosas.

Lewis cursó la formación tradicional en las escuelas religiosas del barrio de San Felipe de la ciudad de Panamá.

En 1888, once años antes del estallido de la guerra de los Mil Días, viaja a Francia para culminar sus estudios secundarios en la Escuela de los Hermanos Cristianos de La Salle en Passy.

Para entonces Francia vivía el esplendor de la Belle Époque, aquel periodo de boato europeo comprendido entre la última década del siglo xix y el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914; ese ínterin estuvo, caracterizado por la magnificencia de lo estético, la pujanza económica y la satisfacción social.

La tendencia general en la gente de esa época era optimista y ambiciosa respecto al porvenir, gracias a las innovaciones tecnológicas que se difundieron masivamente. El positivismo (el defensor de la fe en la ciencia) y el cientificismo (que proclama que la ciencia lo explica todo) hicieron su aparición y empezaron a ganar abiertamente adeptos entre los intelectuales. La Belle Époque se hizo notar, sobre todo en la arquitectura de los bulevares de las capitales europeas, en los cafés y los cabarés, en los talleres y galerías de arte, en las salas de conciertos y en los salones frecuentados por una burguesía y una clase media que sacaba provecho del desarrollo económico.

En aquel período aparecieron las tres corrientes pictóricas que marcarían el siglo XX: el expresionismo, el fauvismo, y el modernismo. Surgieron también, a principios del siglo xx, nuevas corrientes de expresión pictórica, basadas en la ruptura con los cánones y en la admiración hacia la tecnología como el futurismo.

Su experiencia vivida en Francia, enmarcada en el esplendor de la Belle Époque, cautivó para siempre al entonces adolescente Roberto Lewis. Sin embargo, como estaba previsto, una vez culminados sus estudios secundarios, Roberto regresa a Panamá y trabaja durante algunos años en el negocio familiar; pero sin dejar de lado su incipiente afición. Durante esos años pudo apreciar la obra del célebre pintor y retratista Epifanio Garay, padre de Narciso Garay Díaz y Nicole Garay Díaz; y se inicia de manera autodidacta en la pintura, descubriendo, o quizá reafirmando, su verdadera vocación.

La pasión y decisión que le caracterizaban le llevaron a buscar espacios donde satisfacer su inquietud artística. Fue así como en 1897 viaja a Costa Rica, en búsqueda de la guía del maestro español Tomás Povedano de Arcos. Sin embargo, aún la Escuela de Arte no se había fundado. El maestro Povedano trabajaba en proyectos que lo mantenían ocupado, lo que frustró sus aspiraciones en ese momento, pero al mismo tiempo constituyó el paso inicial a lo que sería la experiencia más importante en toda su formación como artista. El destino tenía preparado para el joven Roberto, oportunidades insospechadas.

En 1898, con 24 años de edad, Roberto Lewis decide regresar a Francia. Ese mismo año, el 16 de mayo, es aceptado para copiar/ dibujar en las galerías de L’École des Beaux-Arts de París, según consta en los archivos de la escuela. Los artistas más importantes desde el siglo xVii hasta la mitad del siglo xix fueron alumnos de L’École o Academie.

Ser admitido en la prestigiosa Escuela de Bellas Artes de París, para entonces la más importante del mundo, constituyó un logro sin precedentes para un panameño. Pero también un gran reto.

El riguroso sistema de enseñanza de L’École consistía en cinco años de aprendizaje, pero antes debía realizar estudios previos para aprobar el examen que le permitiera al aspirante ser admitido. El énfasis de los primeros dos o tres años de estudio era el dibujo y cada alumno asistía al taller particular de un maestro, previa aceptación.

Fueron pruebas muy difíciles las que tuvo que superar el joven artista, en las que debió demostrar su destreza y dominio de la técnica artística para ser considerado.

Así, el 25 de mayo de 1898 Roberto Lewis es aceptado en el estudio del renombrado maestro Léon Bonnat.

Bajo la tutela del maestro, los alumnos, además de sus prácticas en los talleres, visitaban los museos, especialmente el del Louvre, para que dibujaran a lápiz o carboncillo las obras maestras en exhibición. La parte menos importante o esencial era la creatividad, pues lo realmente importante era aprender cómo copiar obras de arte, lo contrario a la escuela contemporánea de hoy.

Leon Joseph Florentin Bonnat (1833 – 1922). Fuente: www.rehs.com

“La mejor manera de aprender a hacer arte es comenzar con el dibujo; es la base del arte”, decía el maestro Bonnat. Los domingos, Bonnat permitía a sus estudiantes que visitaran su casa y examinaran su exquisita colección de arte privada.

El estudio del maestro Bonnat era uno de los más prestigiosos y activos por más de treinta años. Fue profesor y luego director de L’École des Beaux-Arts, en París, por muchos años. Amigo de Degas, por sus clases pasaron varios cientos estudiantes, entre ellos muchos tan ilustres como Toulouse-Lautrec, Matisse, George Braque, Thomas Eakins y varios más. Roberto Lewis es, aún hoy, el único panameño aceptado para cursar estudios en la Academia Francesa, y uno de los muy contados latinoamericanos.

Después de años de prácticas de dibujo, y tras los exámenes correspondientes, el artista pasaba a otros estudios donde se exponía más a esculturas en yesos y luego modelos en vivo, pero manteniendo como punto central la copia de obras de arte. El artista pasaba más tarde a pintar un esquisse (esquema), que era la primera muestra de inspiración.

Roberto Lewis también fue parte de la segunda generación de artistas en el mundo que aprovecharon las nuevas tecnologías en la fabricación de materiales para el arte. Desde la década de 1830 hasta el final del siglo, en París se fundaron muchas firmas de materiales para artistas, casi todas cerca de L’École des Beaux-Arts. Algunas de las más famosas vendían pinturas en tubo, telas en bastidor, y pinceles preparados, lo cual era en verdad novedoso ya que, hasta ese momento, el artista tenía que hacerlo todo. Para ello solía contar con ayudantes en su estudio encargados de ese trabajo.

La experiencia de Roberto Lewis, tanto en la academia como en el estudio del maestro Bonnat, se veía enriquecida con el entorno que le ofrecía el París de entonces. Motivado por la soltura de espíritu que anhelaba, decidió pasar al estudio y dirección de Albert Dubois-Pillet, quien lo conduce a la bohemia posimpresionismo.

Lewis vivía en un ambiente estimulante y novedoso, rodeado por las manifestaciones artísticas, académicas, y tradicionales y por los últimos y más recientes experimentos en el mundo del arte, en galerías, museos, bibliotecas, librerías, y las famosas exposiciones universales, símbolos de la Belle Époque.

París había sido sede de las Exposiciones Universales de 1855, 1867, 1878 y 1889; esta última registró la creación de su gran monumento, la Torre Eiffel. Tales exhibiciones servían también para resaltar ante un público mundial la fe en la ciencia y la tecnología, exaltando la capacidad del individuo para dominar y vencer los obstáculos que le planteaba la naturaleza. Si bien tales ideas databan de la época de la ilustración, ahora eran difundidas, entendidas, y aceptadas como válidas por grandes masas humanas y no sólo por una élite intelectual.

Sin embargo, ninguna Exposición Universal había alcanzado las proporciones de la exposición de 1900 en París, en la que participaron más de cuarenta países; Roberto Lewis, quien para entonces ya producía retratos de gran calidad, participó con un cuadro que figuró en el pabellón de Nicaragua, siendo este su gran debut, llamando por primera vez la atención de la prensa francesa:

La declaración de independencia de Panamá en 1903 y el inicio de la construcción del Canal de Panamá, hicieron de los primeros años del siglo xx un período de gran prosperidad para la nueva república. Sin embargo, en ese período de grandes emigraciones, cambios políticos y creciente actividad comercial, surgieron sólo contados artistas. En la pintura, la figura señera fue Roberto Lewis (1874-1949), un distinguido panameño educado en Francia. Lewis fue el retratista preferido de la élite social y política de la recién establecida república, y el creador de las pinturas murales en las paredes y plafones de los espléndidos edificios neoclásicos que se construyeron para la nueva nación, tales como el Teatro Nacional y el Palacio Presidencial.
Dra. Mónica Kupfer, Encuentro de Corrientes, 1998.

Con el nacimiento de Panamá como nueva república, Roberto Lewis es nombrado cónsul general en París, el 19 de diciembre de 1903, dando un giro significativo a su estatus legal y económico.

Y es que, aunque las más antiguas obras monumentales de Roberto Lewis fueron los retratos, hay evidencias de que también se vio precisado a pintar avisos para el comercio y la industria, e hizo caricaturas para los periódicos, con el fin de mitigar sus apremios económicos. Algo muy común en el mundo artístico.

El genio, virtud y disciplina de Lewis le permitieron exponer en el Grand Palais, a la par de Cezánne, Manet, Bonnat, Gaugin, Rodin y Degas, y cosechar grandes éxitos en Francia, donde fue honrado con la Orden de las Palmas Académicas, Palmas de Plata. Su retrato L’Homme qui it, (El hombre que ríe) le abrió las puertas de la fama en un medio tan exigente y refinado como París. En 1905 esta obra ganó segundo premio en la célebre exposición anual del Grand Palais, Le Salon des artistes français.

Desde su designación como cónsul general, hasta 1912, cumplió con sus funciones de artista y diplomático.

El 18 de noviembre de 1905 se le comisionó a Roberto Lewis, que entonces tenía 31 años, la enorme tarea de preparar en menos de dos años la pintura del plafón del Teatro Nacional de Panamá. El nuevo Estado buscaba representaciones visuales de los momentos estelares de su corta existencia.

El tema escogido fue El nacimiento de la República, y la técnica que empleó fue óleo sobre tela utilizando papier marouflé como un gran papel de pared. Esto le permitió permanecer en París mientras realizaba la obra.

El contrato original también incluía la decoración de las paredes del foyer —vestíbulo de la sala de teatro—, además de la confección del telón de boca y el lambrequín, de unos once metros de ancho por once de alto. Eran veintiséis las piezas que debía pintar, todas de grandes dimensiones. Acogió con vehemencia esta labor, cuyo excelente resultado lo convirtió en precursor del Arte en Panamá.

Lewis decidió pintar el mural dividido en piezas gigantescas en forma de pastel. Posiblemente alquiló un estudio grande como bodega, donde pudiera extender las hojas de los lienzos, y trabajar sobre diversos temas, incluyendo sus escalas y diseño total.

En París buscó inspiración en las grandes decoraciones de murales de la ciudad, incluidos el Palacio de la Ópera Garnier, el Louvre, la Casa de Ópera del Palacio de Versalles, Théâtre de la Comédie Française, así como en las veinte casas municipales de los distritos de París (“Mairies de Paris”).

Pero la principal fuente de inspiración fue el ayuntamiento de París (Hôtel de Ville). De hecho el cielo raso central del Hôtel de Ville fue pintado por su antiguo maestro en L’École, monsieur León Bonnat, de quien probablemente buscó asesoría, por tener muchos años de experiencia en encargos artísticos y murales de este tipo. Es probable también que tuviera ayudantes, igual que sus profesores los tuvieron para sacar adelante sus proyectos.

Dada toda esta influencia, no es de sorprender entonces la gran similitud entre las musas parisienses de 1889, y las musas que están en el plafón del Teatro Nacional.

El auge innovador en boga permitió que Roberto Lewis, a pesar de su formación clásica, hiciera uso de las tendencias impresionistas sobre el uso del color y la luz.

Lewis comenzó a pintar ampliando o agrandando en proporción de los dibujos sobre el lienzo mismo, que era de un material de excelente calidad. Lewis cuadraba los dibujos sobre las grandes hojas de lienzo, como se descubriría mucho después, durante un examen que le hicieron al mural. El pintor transfería sus dibujos a escala directamente del papel semitransparente, tomando en consideración las formas curvas y convexas, lo que era técnicamente muy difícil. En algunas áreas del cielo raso aún pueden verse los dibujos originales a lápiz.

Luego comenzaba su pintura aplicando veladuras delgadas para darles tonalidad a los rasgos y al fondo. A continuación, se concentraba en aspectos como la figura y el agrupamiento de la República, para que llegaran a la perfección.

En otras secciones bosquejaba ligeramente las figuras y proporcionaba sólo una ligera veladura de color, utilizando poca pintura y haciendo que el blanco del lienzo se viera como se aprecia en las figuras de los caballos en comparación al blanco de la figura de la República. Lewis aplicaba la pintura con confianza, demostrando su maestría de la técnica y su destreza.

En Francia, Lewis contrajo matrimonio con Marie Renaud, del cual nacerían tres hijos: Lydie, Clotilde y Mario.

Tal como estaba previsto en el contrato, Lewis concluyó el mural: las 37 piezas fueron enrolladas y embarcadas en un vapor de carga, el Normandie, que arribó a Panamá el 31 de diciembre de 1907.

La nueva y joven república buscaba con urgencia mostrar símbolos que la representaran como una nación moderna e independiente. De allí que la construcción de una edificación —que posteriormente resultaría ser ícono de la arquitectura de la ciudad de Panamá— fuera ordenada mediante la ley 52, del 20 de mayo de 1904, por la Junta Provisional de Gobierno apenas un año después de que Panamá se convirtiera en nación independiente y soberana. El teatro se ubicaría en el terreno que fuera ocupado por el antiguo convento de las Monjas Enclaustradas de la Encarnación, lugar donde se efectuaron representaciones públicas hasta 1862.

Teatro Nacional de Panamá. Fuente: www.teatrodepanama.com

Entre enero y marzo de 1908, con el cuidado y supervisión del artista, los murales fueron instalados en el edificio del Teatro Nacional, primera casa de la cultura en Panamá.

El diseño del edificio fue contratado al arquitecto italiano Gennaro N. Ruggieri, quien se inspiró en famosas salas europeas como el Teatro del Odeón de París, el Gran Teatro de Burdeos, la Scala de Milán, el Teatro de la Ópera de Roma, La Fenice de Venecia, y los nuevos teatros del sur de Italia, como los de Bari, Catania y Palermo.

Esta magnífica edificación se complementaría con la obra de Roberto Lewis que se ubicaría en la cúpula de la sala principal o plafón. El fresco representa, de manera alegórica, la majestad de la patria al lado de Apolo, las musas y otros personajes de la mitología clásica. Como referencia, existen al menos sesenta bosquejos y dibujos originales que permiten comprender el desarrollo de la decoración del plafón, convirtiéndose en el proyecto de mural más grande y ambicioso en la historia de Panamá, y uno de los más ambiciosos de América Latina.

Fue un momento muy emocionante en la vida de Lewis y en la historia del arte:

Si se medita en lo que Lewis ha llevado a feliz término en año y medio, un tan vasto y atrevido plan, hay que convenir en que el esfuerzo ha sido colosal y en que el artista ha debido pasar por instantes de desesperado desfallecimiento, antes de vencer la cumbre con la poderosa carga que se había echado a cuestas.
El gran plafón de nuestro Teatro Nacional es prodigioso. Cierto día, un extranjero cuya opinión en asuntos de arte no puede desatenderse, decía entre un grupo de amigos: “Suponiendo que Roberto Lewis no hubiera sido capaz de terminar felizmente esa obra, la sola concepción de ella es un triunfo del talento del joven artista”, y a fe que tenía razón. Por fortuna, si la creación de Roberto Lewis es grandiosa, la ejecución de ella es admirable, de modo, pues, que su obra es muy grande para que pueda apreciarse en su justo valor entre nosotros.
Ricardo Miró, 31 de marzo de 1908.

Por estas obras, el gobierno de Panamá le pagó a Lewis veinte mil balboas, y tres mil más por el telón de entreactos.

El 1 de octubre de 1908 fue formalmente inaugurado el Teatro Nacional de Panamá, coincidiendo con la toma de posesión de José Domingo de Obaldía, segundo presidente de la República. La inauguración artística, a su turno, ocurrió el 22 de octubre de ese año, con la representación de la ópera Aída, de Giuseppe Verdi.

Roberto Lewis regresó a París y participó como miembro de la segunda generación de artistas en el École Pont-Aven, Bretagne, corriente artística fundada por Paul Gauguin.

En sus misiones diplomáticas le correspondió hacer, en París, el traspaso de los bienes de la Compañía Internacional del Canal Interoceánico al gobierno de los Estados Unidos de América. Su actuación en defensa de los intereses panameños en relación con dicho traspaso es de lo más meritoria:

Él sostenía, con vehemente insistencia, que la compañía francesa debía pagar al fisco panameño, por razón de ese traspaso, los derechos de registro de la escritura notarial de conformidad con las tasas que al efecto establecía la ley de Francia, nación en la cual se firmaba el documento. Locus Regit Actum. Empero, su gesto patriótico se perdió en el vacío porque el gobierno panameño le ordenó perentoriamente por cable que autorizara la escritura sin cobrar los derechos y donde manda capitán… (Garay, 1949).

Roberto Lewis se mantiene al frente de la misión diplomática hasta 1912, cuando regresa a Panamá con su esposa Marie y su hija Lyde.

Al regresar a la patria, se dedicó de lleno al ejercicio de su vocación. Según apunta su dilecto amigo Narciso Garay, no tenía sosiego:

Enseñando aquí, pintando allá, decorando y esculpiendo a diestra y siniestra predicando con el ejemplo y aunando la doctrina a la práctica, su actividad se enderezó en línea recta, sin el más leve desvío, sin la sombra siquiera de una apostasía, hacia la realización de un noble ideal que ocupó los últimos treinta y cinco años de su existencia.

La joven república vive momentos históricos y Roberto Lewis participa activamente en el devenir cultural del país.

En 1913 se funda la Escuela Nacional de Pintura, que dirigirá Lewis, quien luego fungirá como docente. También enseñaría arte en el Instituto Nacional, en la Escuela Normal de Institutoras, en la Escuela de Artes y Oficios y en algunos colegios particulares.

El 11 de marzo de 1914 Roberto Lewis es designado miembro de la junta directiva de la Exposición Nacional de Panamá, junto a Carlos Endara y Narciso Garay. Trabaja arduamente en los preparativos de la muestra que sería inaugurada dos años después. En tanto el Canal Interoceánico es inaugurado el 15 de agosto de 1914.

Años después, en la cúspide de su realización profesional, el matrimonio terminaría en divorcio, y Marie regresaría a Francia con sus dos hijas. Allí nacerá Mario, el último fruto de esa unión.

Años más tarde Roberto Lewis contraería nupcias con Manuela Icaza quien sería su compañera hasta el final de sus días.  De ese matrimonio nacen dos hijos: Gilberto y Zita.

A Lewis se le comisiona para que realice una serie de obras que exaltarían la majestuosidad de algunos edificios públicos. La arquitectura neoclásica introducida por Gennaro Ruggieri, es “la arquitectura oficial” de la época, y se plasma, además del Teatro Nacional, en el Palacio de Gobierno, el Palacio de Justicia, el Cabildo y el Instituto Nacional; y es patrón seguido por otros arquitectos como Leonardo Villanueva Meyer, en el edificio de los Archivos Nacionales y la planta principal del hospital Santo Tomás. El clasicismo de Lewis será, paralelamente, la “pintura oficial” de la época y dará inicio a una expresión singular de la pintura en nuestro medio.

Lewis pintó al óleo varias telas de grandes dimensiones que fueron colocadas a guisa de murales que se conservan en el Salón Amarillo y en el Salón Los Tamarindos del Palacio de las Garzas. El maestro representó en uno de los murales del palacio el descubrimiento del Mar del Sur, el “otro mar”, en el cual enfatizaba la caracterización de Panamá como puente del tráfico comercial del mundo.

Pareciera que Méndez Pereira describe el cuadro de Lewis, en su novela Núñez de Balboa (cuyo título original fue El tesoro del Dabaibe), pues relata:

Cuando el agua había llegado a sus rodillas [a Balboa] se le vio levantar la espada y se le oyó, desafiando el rumor del mar, gritar a voz en cuello mientras agitaba el pendón, que tenía de un lado el escudo de Castilla y de León, y del otro, la imagen de la Virgen y el Niño Jesús.

Es esta, justamente, la descripción de la pintura del Salón Amarillo del palacio presidencial. En la misma se aprecia, además, a dos miembros de su tripulación que prueban el agua en sus manos, para cerciorarse de su salinidad. En la pared oeste de dicho salón pintó en óleo Las Luchas civiles, mientras en el cielo raso pintó, también al óleo, dos alegorías de estilo neoclásico: Nacimiento de la República y Homenaje de los pueblos de la nueva nación.

A Roberto Lewis también le fueron encargados los murales del comedor oficial del palacio presidencial: un amplio espacio sobrio, con paredes y techo de caoba y piso en parqué. En sus paredes plasma escenas de la isla de Taboga, en el Pacífico, incluyendo los legendarios y muy afamados árboles tamarindos que dan origen al nombre del Salón Los Tamarindos. En el mural titulado En la playa La Restinga, el artista pintó a la familia del presidente, Juan Demóstenes Arosemena, quien le encomendó la obra.

Lewis también se reveló como retratista magnífico, en la galería de medallones de los presidentes de la República, del palacio presidencial. Le correspondió desde Manuel Amador Guerrero hasta Daniel Chanis, de 1904 a 1948; también le correspondieron los retratos de los miembros de la junta de Gobierno Provisional, y de los últimos gobernadores del antiguo departamento de Panamá.

Como pintor de retrato, Lewis, que poseía un magistral dominio del dibujo y una paleta de clásica sobriedad, tuvo como modelo a las principales personalidades del país, y sus cuadros son objeto de una estimación tan alta como justa.

Más allá de las obras mencionadas y de las que figuran también en la Asamblea Nacional, en los ministerios de Gobierno, Justicia y de Relaciones Exteriores, como en otros edificios públicos, se consagró además con fervor al paisaje.

Como paisajista, de mérito sobresaliente, sus telas recogieron, sobre todo, múltiples aspectos de las playas de Taboga. El maestro Lewis se concentró en los centenarios árboles de tamarindo de la costa isleña. Fueron veinticinco —de 1921 a 1949— los años por él invertidos en la observación del movimiento o la quietud de los árboles plantados en La Restinga, en los alrededores del hotel Taboga, hoy inexistente.

Roberto Lewis , además de pintor fue escultor. En La Chorrera encontramos el busto del poeta Tomás Martín Feuillet. También son creaciones suyas el gallo de bronce que corona el obelisco en la Plaza de Francia y el retrato en relieve de Ricardo Arango en el Cuartel Central de Bomberos.

Además de crear una obra portentosa en la plástica y la escultura, Roberto Lewis formó, con la generosidad de un verdadero maestro, a una generación de extraordinarios artistas panameños: Juan Manuel Cedeño, Humberto Ivaldi, Isaac Benítez. El artista que había conquistado el reconocimiento en los más exigentes recintos de la cultura, se preocupaba también de los que habrían de sucederle, los que habrían de confirmar que Panamá era tierra abonada para el florecimiento de la pintura. Y ciertamente, sus discípulos no lo defraudaron: los tres brillan hoy con características inconfundibles en el firmamento de la plástica panameña.

El escudo de la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena, auténtico vivero de educadores y semillero de luchas sociales, es obra de del maestro Lewis, como también lo es, para honra de él y honra de nuestra moneda, la figura emblemática del reverso de la moneda nacional acuñada en 1931:

Fue un artista demócrata en toda la extensión de la palabra. Uno de sus mayores méritos consistió en considerar al arte como patrimonio de todos, de la gran masa ciudadana, y no un privilegio de círculos selectos o de capillas cerradas, las cuales, por otra parte, jamás desdeñó, sino que supo asignarles en su mente la función que lícitamente les corresponde en la organización social. […] Miembro de una familia que la opinión pública consideraba hasta hace algunos años como refractaria a todo lo que no tuviera el más aristocrático origen, nadie hubo, sin embargo, tan indiferente como Roberto, a los prejuicios sociales, lo cual explica en gran parte la popularidad de la que gozó y profundos afectos que le sobreviven. (Garay, 1949).

Pero precisamente por ser claro y popular en su arte, por no guardar en él secretos para nadie, entregándose a todos sin reserva, también fue blanco de muchas críticas. Sin embargo Roberto Lewis supo defender, hasta el fin, los fueros de la personalidad.

Su último gran mural está en la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena, en Santiago de Veraguas. Cuando el gobierno panameño, en la década treinta del siglo XX, decide fundar una gran escuela que forjara el desarrollo de la región central del Istmo en Santiago de Veraguas, tomó la decisión de que la Normal fuera un palacio de la enseñanza.

Su fundador, el presidente Juan Demóstenes Arosemena, abrió el encuentro de los maestros panameños con el pincel del maestro Lewis, por más de setenta y cinco años. Pintó el aula máxima, recinto central del edificio. Lewis combinó allí el tema universal con la mitología raizal del Istmo. Secuencias de alumnas uniformadas, rostros de jóvenes maestras, dioses como Minerva —la sabiduría— y Apolo  —las artes. En los espacios, la luz de la carreta y de los campesinos. Aparecen también los indios Paris y Noncomala. El mural es una historia universal inconclusa, pero regiamente concebida. El maestro no pudo terminarla. La muerte lo sorprendió el 22 de septiembre de 1949. Roberto Lewis tenía 75 años, y continuaba trabajando. En su estudio restauraba tres obras religiosas y los lienzos inconclusos del aula máxima de la Normal de Santiago. (Enciclopedia de Historia y Cultura del Caribe – EnCaribe).

En la obra de Lewis destacan tres distintos temas: las alegorías, los retratos y los paisajes (en particular, los tamarindos de Taboga). Su obra se caracteriza por el excelente dibujo y una paleta de tonalidades suaves, herencia de su formación en París.

Lewis deja como legado grandes contribuciones al desarrollo de las artes tanto como gran promotor de las artes plásticas en Panamá, en su rol de artista y educador; y porque fusionó las diferentes corrientes académicas y las tendencias modernas, como el neoimpresionismo:

El plafón es una obra no sólo importante para Panamá, sino también para el mundo entero por su perfección, es una excelente muestra de la Belle Époque y un testimonio del talento e ingenio de Roberto Lewis. Él tuvo una gran visión en relación a utilizar el arte para el desarrollo de la nacionalidad panameña. Roberto Lewis es el Miguel Ángel de los panameños.
Anton Rajer.

Referencias bibliográficas

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Garay, Narciso (1949, noviembre). “Elogio de don Roberto Lewis”. Revista Lotería, no. 102.

“Ha muerto Roberto Lewis. Biografía del pintor Roberto Lewis” (1949, septiembre 29). Revista Épocas.

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Kupfer, Mónica (1998). “Encuentro de corrientes: Una aproximación a la pintura panameña del siglo xx”, en Crosscurrents: Contemporary Painting from Panama, 1968-1998, Nueva York: Americas Society Art Gallery.

Méndez Pereira, Octavio (2013). Núñez de Balboa. Edición conmemorativa de la Academia Panameña de la Lengua en el VI CILE.

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Miró, Rodrigo (1974). “Lewis – Amador – Ivaldi”. Palabras al inaugurarse la exposición de la Galería de Arte del Chase Manhattan Bank.

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