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Rod Carew

by: Adolfo Ahumada

Rod Carew 1945 El maravilloso orfebre del béisbol Por Adolfo Ahumada (Foto portadilla: Instituto Panameño de Deportes, Pandeportes) La actuación de Rod Carew en los campos de béisbol lo llevó a alcanzar las cimas de la inmortalidad. El 4 de agosto de 1985, Carew llegó a uno de los hitos más importantes de su asombrosa […]

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Fue dirigente estudiantil universitario durante los acontecimientos de enero de 1964. Formó parte del grupo panameño que negoció con los Estados Unidos el tratado Torrijos-Carter de 1977, que eliminó la Zona del Canal y fijó la fecha para que Panamá asumiera la administración del Canal. Ha sido miembro de la Junta Directiva de la Autoridad del Canal de Panamá. Dictó Derecho Constitucional en la Universidad de Panamá, se incorporó al grupo redactor de la Constitución Política de Panamá en 1972, contribuyó con la estructuración del nuevo sistema de representación basada en los corregimientos, presidió el Colegio Nacional de Abogados, fue ministro de Trabajo y también de Gobierno y Justicias, representó a Panamá en múltiples conferencias y organismos internacionales y tiene conferencias y ensayos, algunos de ellos publicados, sobre diversos temas relacionados con la estructura del país, los asuntos constitucionales, las materias del canal de Panamá y las relaciones de Panamá con los Estados Unidos. Fue corredactor de la Ley orgánica del Canal de Panamá. Fue presidente del Club de Español del Instituto Nacional y surtió columnas periodísticas en diarios nacionales. En la universidad, fundó el Frente de Reforma Universitaria y presidió la Unión de Estudiantes Universitarios durante la huelga de 1962 a favor de la reforma de la educación superior.  
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Rod Carew
1945
El maravilloso orfebre del béisbol
Por Adolfo Ahumada
(Foto portadilla: Instituto Panameño de Deportes, Pandeportes)

La actuación de Rod Carew en los campos de béisbol lo llevó a alcanzar las cimas de la inmortalidad. El 4 de agosto de 1985, Carew llegó a uno de los hitos más importantes de su asombrosa carrera: logró la difícil marca de los tres mil incogibles y, de ese modo, entró a la lista de nombres que constituyen símbolos permanentes del béisbol, como Roberto Clemente, Al Kaline, Lou Brock, Richard Paul Wener, Nap Lajoie, Willie Mays, Eddie Collins, Carl Yastrzemski, Stan Musial, Hank Aaron, Pete Rose y Ty Cobb. Todos ellos son representantes del deporte y, al mismo tiempo, hilos conductores de una sociedad que se origina fundamentalmente en el trabajo industrial y que acude a los juegos de béisbol o los sigue con entusiasmo, sobre todo en los Estados Unidos, sede de la organización de las Grandes Ligas. Ya en las postrimerías de su gran carrera de beisbolista, Carew pudo lograr más hits, llegando a acumular la impresionante cifra de tres mil cincuenta y tres. Solo un verdadero virtuoso del béisbol podía tener la inmensa capacidad que tuvo Carew: encabezar a todos los jugadores de la Liga Americana en promedio al bate en siete ocasiones, como lo hizo el panameño en 1969, 1972, 1973 1974, 1975, 1977 y 1978. Únicamente las leyendas del béisbol Ty Cobb, que logró doce títulos, y Honus Wagner, que alcanzó ocho, superan a Carew en estas estadísticas que cubren todas las épocas del béisbol moderno. Esta hazaña, por sí sola, bastaría para que Carew estuviera en el centro del reconocimiento de los países aficionados a este deporte. Obte
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ner un título de bateo es uno de los objetivos más difíciles de cualquier beisbolista, y esta dificultad se agrava si se trata de la máxima categoría. Los lanzadores tiran la bola a mayor velocidad que en otros niveles de la competencia y, generalmente, los mejores bateadores son aquellos que logran colocar la bola de incogible tres de cada diez veces al plato. Es decir, los más destacados son aquellos que fallan siete de diez veces, con lo cual logran un promedio por encima de los trescientos puntos. La operación se realiza mediante la multiplicación de las veces que el jugador va a batear por el número mil y entonces ese resultado se divide entre el número de hits que el jugador específico haya conectado. Carew obtuvo el título de Novato del Año en 1967 y una década después, cuando su figura ya tenía estatura de héroe del deporte en los Estados Unidos, Puerto Rico, México, Nicaragua, Venezuela, República Dominicana y, desde luego, Panamá, fue designado el Jugador Más Valioso de la Liga Americana, honor que generalmente recae en jugadores que se destacan no solo en el bateo de hits sencillos, sino también en la producción de carreras y de extrabases. Carew pudo obtener esta hazaña por la altísima dimensión de sus marcas en la temporada de 1977, que le ganó todo el respeto y la admiración de su generación. Tiene otros méritos, igualmente fantásticos y casi increíbles en el mundo del béisbol. Es uno de los seis peloteros que ha logrado batear por encima del promedio de 300 puntos en más de quince temporadas, como demostración de consistencia, concentración y profesionalismo. Además, durante toda su presencia en las Grandes Ligas, fue seleccionado para participar en el Juego de las Estrellas —una colorida selección de los mejores de su tiempo— durante dieciocho años. En sus dos primeros turnos al bate en el Juego de las Estrellas conectó dos triples. En adición, es uno de solo tres peloteros pertenecientes al exclusivo club de los tres mil hits, que han podido realizar la hazaña adicional de haber sido novato del año y jugador más valioso. Este mérito se agiganta si se toma en cuenta su
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desempeño con los Mellizos de Minnesota, en el cual fue escogido seis veces como jugador más valioso. Igualmente, cuenta entre sus galardones haberse robado el home en siete ocasiones, empatando el récord de la Liga Nacional, que estaba en las manos de Peter Reiser, y logrando establecer uno nuevo en la Liga Americana. Sin embargo, el desempeño de Rod Carew en la temporada de 1977 sobrepasó todas las expectativas. Desde los primeros turnos, imprimió al bateo un ritmo arrollador. A pesar de que los lanzadores contrarios estaban plenamente advertidos de la eficacia de este bateador natural y consistente, que había demostrado la capacidad de colocar la pelota por distintos ángulos del terreno de juego, Carew resultaba muy difícil de detener. Aun con el reconocimiento de sus extraordinarias facultades por parte de las personas vinculadas al ambiente del béisbol, para quienes las hazañas de Carew resultaban ya un hecho normal de la vida, lo que realizó en 1977 hizo que los ojos se abrieran con desmesura. La temporada empezó en abril y, a pesar de haber transcurrido tres meses del calendario de juegos, Carew había alcanzado un promedio de .411, aunque no terminó con un promedio superior a .400. Quizás los lanzadores que tuvo que enfrentar estaban demasiado atentos y conscientes, pero, al fin y al cabo, Carew llegó a .388, habiendo obtenido el mayor margen de ventaja entre el mejor y el segundo mejor bateador del campeonato que, en este caso, fue Dave Parker, de los Piratas de Pittsburgh, quien logró un promedio de bateo de .338. De la historia de todos los jugadores que han pasado por esa categoría, Carew es el que más cerca ha estado de la marca mágica de los .400. El último que lo había hecho era Ted Williams, de los Medias Rojas de Boston, con .406 de promedio en 1941. Ningún otro beisbolista de las Grandes Ligas ha podido acercarse a Carew. Algunos directores o entrenadores de equipos contrarios a los Mellizos de Minnesota, que estudiaban todos los métodos posibles para poder dominar a Carew a como diera lugar, se rendían de
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modo absoluto. Los Piratas de Pittsburgh llegaron a la conclusión de que no había mecanismo alguno que evitara el excepcional bateo de Carew, así que decidieron darle información sobre el tipo de lanzamiento que venía. En el primer turno, había conectado un doblete. Los Piratas habían intentado de todo: el infield adentro, el infield hacia fuera, cerca de la grama exterior, los jardineros hacia la izquierda, los jardineros hacia la derecha, en fin, toda clase de tácticas beisboleras para defenderse de Carew. Los lanzadores tiraban rectas, curvas, bolas de tenedor, una diversidad de opciones que tuvieran el efecto de controlar a un bateador tan formidable. Nada daba resultados. Entonces Jim Sundberg, el receptor de los Piratas, le dijo a Carew: la instrucción que tengo es informarte previamente el tipo de lanzamiento que te van a tirar. El próximo que viene es una recta. Carew la esperó y, en efecto, fue una recta. El panameño no creía lo que estaba sucediendo. Jamás en el béisbol se había producido semejante suceso, de un bateador, que generalmente trata de adivinar la clase de lanzamiento que se le viene encima, ahora lo sabía sin necesidad de especulación. Carew preguntó ¿qué viene ahora? Y el receptor Sundberg le dijo: otra recta. Así fue y Carew bateó un hit. La conclusión de los Piratas fue: al menos lo limitamos a hit y no a doble o triple. En ese año tan especial que fue 1977, Carew no solo tuvo que esforzarse por continuar manteniendo su encomiable y asombroso nivel deportivo. Panamá y los Estados Unidos finalmente superaron sus históricas diferencias en torno al problema de la administración del Canal, las instalaciones militares estadounidenses y, en general, el sensible y difícil problema de la soberanía de Panamá sobre todo su territorio. A Carew lo asediaron para que emitiera declaraciones sobre el tema, dada su condición de panameño, pero prefirió guardar una actitud sumamente prudente, habida cuenta —tal como él mismo lo explicó en aquellos momentos— que no estaba vinculado a estos asuntos que, de algún modo, involucraban un contenido de política internacional. Es cierto que algunas per
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sonalidades conocidas del mundo de la farándula, como el actor John Wayne, habían expresado criterios a favor de la ratificación de los convenios que habían firmado Jimmy Carter, por los Estados Unidos, y Omar Torrijos por Panamá, pero Carew guardó la misma distancia que había mantenido en el curso de su vida deportiva en relación con problemas que, a su juicio, se alejaban de lo eminentemente beisbolero. A ello contribuyó también, de seguro, su forma de ser más bien poco expresiva, alejada de las luces enceguecedoras de la fama e intensamente concentrado en el deporte. “No soy ni he sido político”, señaló enfáticamente en su autobiografía.
Una vista privilegiada Miles de jugadores realizan un esfuerzo tesonero, tanto en lo físico como en lo mental, en la búsqueda del ideal de triunfar en el béisbol más exigente. Para ellos, se trata en esencia de una actividad profesional de la que dependen el propio jugador y sus familias. Todos aspiran a la celebración de contratos a largo plazo con cifras atractivas que les permitan la planificación de un futuro con holgura. Este anhelo se consolidó y se multiplicó a raíz de la existencia de la institución denominada “agencia libre”, que permitió a los jugadores, dadas ciertas circunstancias, negociar sus condiciones de ejercicio profesional con distintos equipos, sin necesidad de estar atados a uno solo de ellos, el factor de exclusividad que caracterizó al béisbol durante mucho tiempo. No obstante, muchos peloteros no logran este beneficio ni pueden triunfar en las Grandes Ligas. Se quedan estancados en las categorías inferiores, en las que prevalecen distintas condiciones, con salarios sin mayor significación o entran a la categoría superior donde se desempeñan por muy poco tiempo. Lesiones físicas, añoranza por las costumbres de la vida cotidiana en sus países de origen, falta de templanza frente a las rígidas normas de disciplina y, en general, disminución de facultades, constituyen factores que
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dan lugar a la transitoriedad de muchos beisbolistas. Brillan en un momento dado, pero se pueden apagar lenta o abruptamente. La trayectoria de Rod Carew indica que, entre las causas de su éxito, se puede señalar su espectacular habilidad natural. En alguna ocasión se afirmó que Ted Williams, el último jugador que obtuvo promedio de bateo por encima de los cuatrocientos puntos en una temporada, lo cual hizo en 1941, percibió que la línea marcada con cal entre home y primera base no estaba recta, sino que tenía una desviación de un centímetro. Williams hizo el reclamo y, al verificar, los responsables admitieron que Williams tenía la razón y procedieron a realizar las correcciones. Era un hombre poseedor de vista de águila. Se ha sostenido que Carew pertenece a esta estirpe. De otra manera, no podrían explicarse los resultados que obtuvo, aun frente a lanzadores que convertían la bola de béisbol en una especie de proyectil que, en ciertos casos, alcanzaba una velocidad de cien millas por hora. Para el distinguido jugador panameño, que hizo del bateo un arte en sí mismo, la tarea de conectar imparables o hits empieza desde el momento en que se escoge el bate, dando máxima atención a sus dimensiones. Carew utilizaba un bate de 34 pulgadas de largo y 32 onzas de peso y hacía prácticas interminables para asegurar el proceso de adaptación a un bate que se transformaba en un verdadero instrumento de producción. Carew hacía sus movimientos ajustándolos al curso de la bola que le lanzaban. Si esta se dirigía a la esquina de afuera, Carew bateaba siempre a la izquierda, aunque fildeaba a la derecha; entonces la empujaba hacia el sector de la tercera base y del jardín izquierdo. Si la pelota venía cercana al bateador en la esquina izquierda del plato o home, entonces Carew la bateaba hacia el lado derecho o de la primera base y el jardín derecho. La indiscutible habilidad de Carew quedaba ratificada en el caso de sus enfrentamientos con el lanzador cubano Luis Tiant, de
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los Medias Rojas de Boston. Este gigante del montículo no dejaba que los bateadores vieran la pelota antes de lanzarla. Consciente de que era todo un espectáculo y que el público seguía sus actuaciones con gran interés, Tiant levantaba el pie izquierdo por encima de la cabeza, colocaba la bola junto al cuello como si fuera un acto de prestidigitación dentro del marco de contorsiones indescifrables y lanzaba a gran velocidad, convirtiéndose en el terror de los bateadores. Era muy difícil, casi imposible, prepararse mentalmente para conectar esa pelota que venía a una velocidad demoniaca y cuyo origen Tiant se encargaba de ocultar, como un furioso hechicero del béisbol. Rod Carew, no obstante, fue uno de los pocos que lo pudo descifrar constantemente. El propio Carew explicaba que, en su error, la mayoría de los bateadores lo que veían era la espalda de Tiant y, desde luego, en esa posición de gran desventaja, resultaba un acto impensable poder darle a la pelota algún buen golpe salvador. Carew señalaba que lo que había que mirar era el punto exacto en que la bola se lanzaba y que, tratándose de Tiant, este tenía dos ejes de lanzamiento: por un lado, sobre el hombro y el otro era con el brazo al lado del resto del cuerpo. Cuando estaba en el círculo de espera, Carew veía las contorsiones de Tiant, pero cuando le tocaba su turno, se concentraba en el curso especial de la pelota, una especie de tubo imaginario por donde cruzaba hasta llegar al punto de contacto. Esta concentración, explicó Carew, aumentaba su significación, en tanto que, siendo la velocidad de la bola mayor a noventa millas por hora y visto que la distancia entre el sitito de lanzamiento y el home es de sesenta pies y seis pulgadas, los especialistas calculan que el bateador tiene apenas dos tercios de segundo para hacer contacto poniendo, además, el impulso de todo su cuerpo. Otro de los factores que ayudan a explicar los resultados que Rod Carew puede mostrar a los seguidores del béisbol fue su capacidad de adaptación a los diferentes estilos de lanzar. No fue de los jugadores que mantenían una sola manera de colocarse en el plato para esperar el lanzamiento, sino que tenía varias. En algún
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momento de su carrera tuvo cinco, casi siempre con la mayor parte del cuerpo enfrentando al lanzador. Por ejemplo, cuando Frank Tanana, un gran lanzador izquierdo, enviaba la pelota cerca del cuerpo de Carew, este decidía abrirse más, adelantándose un poco. De esa manera, podía ver mejor los lanzamientos y conectarlos con eficacia. Nolan Ryan, que era derecho, le hacía otro tanto, pero Carew siempre tuvo la capacidad de adaptarse, mediante la modificación de la manera de encarar al lanzador. En el caso de Ryan, Carew, una especie de orfebre meticuloso del béisbol, lo estudiaba de modo especial, dado que se trataba de uno de los mejores lanzadores que ha producido el béisbol en todos los tiempos y que combinaba rectas y curvas a una impresionante velocidad.
La evolución humana y deportiva que llevó a Rod Carew al reconocimiento internacional de los aficionados al béisbol no estuvo exenta de tropiezos y dificultades. Joven introvertido, con comunicación fluida solo con algunos compañeros consciente o inconscientemente seleccionados —en especial, entre quienes compartían con él habitación hotelera en las giras de los equipos— no siempre fue cabalmente comprendido por los jugadores que llevaban su mismo uniforme. Cuidadoso con sus condiciones para el juego y, además, excepcionalmente responsable con el deporte y consigo mismo, Carew ponía especial cuidado a la hora de enfrentar lesiones de carácter físico. Contrario a lo que hacían otros deportistas de su generación, que jugaban sin queja alguna solo como demostración de que eran duraderos y no se amilanaban ante nada, Carew sabía cuándo tenía que parar, cuándo debía cuidar adecuadamente una lesión y cuándo estaba listo para cumplir las tareas exigidas por el contrato que había firmado. Esta circunstancia dio lugar a que algún compañero insinuara que Carew no tenía una disposición indiscutible de trabajar con ahínco, injustas expresiones que causaban al panameño una sensación de desánimo. En ciertos tramos del inicio de su carrera hasta tomó la decisión de retirarse
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del béisbol, pero, por fortuna, algunos directores o entrenadores como Billy Martin o ciertos compañeros de equipo, como Tony Oliva, lo aconsejaron a tiempo. Así fue como el béisbol conservó a una de sus personalidades más emblemáticas que, a la postre, quedó en el Salón de la Fama, en Cooperstown, Nueva York, que es donde se rinde homenaje permanente a los pocos que han destacado con méritos suficientes como para considerarlos jugadores de excepción.
Un atleta disciplinado Para la trayectoria de Carew, fue muy importante la perseverancia, que acompañó con una sólida entrega a la disciplina deportiva. Esa perseverancia fue quizás la causa principal de que se mantuviera en las lides del béisbol, a pesar de las dificultades raciales que encontró en el camino. Desde niño, Carew había estado muy cerca de los regímenes que promulgaban o toleraban señas visibles de discriminación. Su madre, Olga, siempre cuidadosa del cumplimiento de las reglas y atenta al bienestar y la seguridad de sus hijos, les advertía que no se metieran en problemas y que se alejaran de aquellos sitios en los que los negros no tenían cabida. Así ocurría con la piscina en Gatún, que era sitio de esparcimiento exclusivo para blancos, según las reglas discriminatorias que se aplicaban en la Zona del Canal en la década de los cuarenta y que estaban vigentes en la década de los cincuenta, cuando Carew y parte de su familia se trasladaron a Nueva York. En la fase de profesional también hubo de encontrarse con situaciones semejantes. En la época en que empezó a jugar de tiempo completo, luego de haber sido contratado en juegos semiprofesionales que se organizaban en el Bronx, se suponía que las barreras discriminatorias habían cesado. En abril 15 de 1947, cuando Branch Rickey, el dueño de los Dodgers de Brooklyn, decidió contratar a Jackie Robinson, jugador negro que venía de jugar en Montreal,
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que era el equipo sucursal de los Dodgers, el hecho tuvo tanto impacto que fue celebrado por muchas personas dentro y fuera de los Estados Unidos. Se estimó que había sido superada una época de oprobio caracterizada por el atraso social y que nuevos vientos llegaban al deporte, con un mensaje de paz, de cordialidad y de buenas relaciones en todos los ámbitos de la vida. En efecto, ya había pasado algún tiempo desde que los innovadores que aspiraban a humanizar el béisbol tuvieron que enfrentar a quienes sostenían que “el país no estaba preparado para eso”, como excusa para mantener la discriminación como una conducta admisible y válida hasta la eternidad. En el ambiente de injusticia y sometimiento que caracterizaba la vida deportiva de los Estados Unidos, algunos de los que tenían cierta tímida simpatía por el béisbol integrado y que reconocían las aptitudes y habilidades de los jugadores negros, solo atinaban a exponer argumentos francamente deleznables. El presidente de la Liga Nacional en las décadas de 1940 y 1950, Ford Frick, por ejemplo, se lamentaba de que los negros no jugaran en las Grandes Ligas y lo explicaba así: “Si por lo menos fueran blancos…”. El periódico Sporting News, que se consideraba en ese tiempo como la biblia del béisbol, publicó un artículo que decía: “Sólo los agitadores están a favor de la mezcla de razas”. El sentimiento discriminatorio también era compartido hasta por jugadores blancos, muchos de los cuales se resistieron furiosamente al intercambio y a la mezcla deportiva con los negros, tanto los procedentes de los propios Estados Unidos como de otros países, sobre todo del área del Caribe. La habilidad de jugadores panameños como Clyde Parris, que defendía la tercera base, y Frank Austin, un paracorto excepcional, era de suficiente nivel como para destacar en las Grandes Ligas, pero la discriminación —muchas veces llamada eufemísticamente “barrera racial”— se los impidió. Cuando las cosas cambiaron y se abrieron opciones para los negros en esa categoría, ya Parris y Austin habían pasado sus mejores años. El fenómeno de la discriminación estaba muy fortalecido, con antecedentes como el de
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Ty Cobb. En 1910, el mejor jugador del béisbol acompañó a su equipo, lo Tigres de Detroit, a una serie de juegos en Cuba. Se sabía la actitud de Cobb de defensa a ultranza del racismo, pero lo contrataron para esa competencia, con un bono de mil dólares. Cuando le presentaron al short stop afroamericano del equipo Almendares, John Henry Lloyd, Cobb no quiso darle la mano. El equipo local ganó varios partidos y Cobb prometió que nunca más jugaría contra los negros. Cumplió su palabra. En aquellos momentos, quizás no extrañara lo que señaló el columnista de deportes Fred Lieb, quien escribió que tanto Cobb como otras estrellas de la época como Rogers Hornsby y Tris Speaker le dijeron que eran miembros del Ku Klux Klan, una organización de abiertos métodos terroristas, que había nacido en los Estados Unidos con posterioridad a la guerra civil y como reacción por la derrota del Sur y la consiguiente eliminación de la esclavitud. Branch Rickey y Leo Durocher, el dueño y director, respectivamente, de los Dodgers de Brooklyn, habían expresado constantemente ciertas simpatías por la incorporación de jugadores negros y latinos al béisbol. Rickey insistía, sin embargo, en el criterio de que el problema había que resolverlo sin mayores conflictos o contradicciones, en una transición tranquila y tratando de no provocar reacciones muy duras por parte de los aficionados blancos o de la estructura orgánica del béisbol en esa época. Entrevistó a diversos jugadores, para tratar de determinar cuál sería su reacción en caso de que fueron objeto de alguna ofensa verbal o escrita. Uno de los primeros entrevistados fue el lanzador cubano Silvio García, a quien Durocher anhelaba contratar. La entrevista ocurrió de este modo: “Si un blanco —preguntó Rickey— te da una bofetada, ¿tú qué haces?”. “Lo mato”, respondió García. No contrataron a García, pero consideraron que Jackie Robinson podía cumplir el cometido, y así fue. El paso dado entre Branch Rickey, Leo Durocher y Jackie Robinson fue el principio del fin de un sistema que, a la larga, tenía que derrumbarse. Sin embargo, las cosas no eran sencillas. Aunque
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el ingreso de Robinson a la plantilla de un equipo de las Grandes Ligas abrió un camino lleno de promesas para la humanización de ese deporte, quedaron algunos resabios de gran impacto negativo. Los jugadores latinos experimentaron la segregación imperante. No había tal igualdad en el ingreso a restaurantes u hoteles. Las mejores instalaciones de este tipo aplicaban reglas de segregación, de modo que no tenían acceso los que no eran percibidos como pertenecientes a la raza blanca. Algunos establecimientos, a pesar del paso de los años, continuaban aferrados a los criterios de la vieja escuela, quizás temerosos de perder la clientela o de disgustar a las propias autoridades locales, casi todas llenas de prejuicios. Aunque Rod Carew nunca jugó béisbol profesional en Panamá, sus raíces deportivas son panameñas. Como muchos niños de la época, al principio de la década de los cincuenta, Carew pasó por la etapa de jugar una especie de béisbol con un palo de escoba como bate y una pelota de jugar tenis. También jugó “carrera”, que consistía en tirar la pelota contra una pared y atraparla cuando esta rebotaba, en un lance individual que a muchos les servía para templar los reflejos para el juego de béisbol propiamente dicho. Carew jugó en Gatún y, sobre todo, en Gamboa, después de que sus padres se mudaron a esa población, situada en la Zona del Canal. Gamboa era una comunidad fundamentalmente negra, segregada de las áreas de pobladores de raza blanca, en seguimiento de la política discriminatoria que se practicaba en todas las áreas y en los sitios de trabajo del canal. Carew destacó por su gran poder al bate. Bateaba la bola mucho más lejos que sus compañeros de equipo y con frecuencia era objeto de impugnaciones porque era más alto que los otros y surgía la duda sobre si, en realidad, tenía doce años de edad, que era el límite para las ligas infantiles. Su mentor en Panamá y quien le estimuló con más insistencia para que continuara jugando béisbol fue su tío Joseph French, que organizaba ligas infantiles en el sector de Gamboa y que servía de instructor en esos torneos. French fue el
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director y entrenador del equipo de Gamboa en la Liga Elga, patrocinada por una empresa de venta de artículos electrodomésticos. Carew jugó en esa liga, que realizó también partidos en el área de Barraza, donde había un estadio que era usado fundamentalmente por la Liga de Béisbol aficionada de Panamá y, durante la época lluviosa, por la denominada Liga de Barraza, que tenía también un excelente nivel técnico. El primer campeonato en el que jugó Carew fue el de la Liga Infantil en la comunidad de Gamboa, situada a orillas del canal de Panamá. En 1957, bateó para un promedio de .667 y a los catorce años jugó en el Paraíso High School Team. De tal manera que Carew, que, dicho sea de paso, hablaba más español que inglés, no solo jugó en los torneos que se desarrollaban en la Zona del Canal, sino que también lo hizo en el área jurisdiccional que estaba bajo el control de la República de Panamá. Cuando Carew viajó a Nueva York a reunirse con su madre —quien había abandonado su trabajo como empleada doméstica en una familia de blancos y se había trasladado a Nueva York, donde trabajaba en una empresa de textiles— ya Rod había recorrido su primera juventud y el béisbol continuó siendo su mayor motivo de disfrute. Es cierto que, en 1961, cuando el jugador se trasladó a vivir a la Gran Manzana, ya el béisbol profesional en Panamá se encontraba en una etapa de dificultades que presagiaban su decadencia. Sin embargo, si Carew jugó béisbol fue porque en su país había condiciones que permitían la práctica de este deporte por los niños, adolescentes y jóvenes. Se había recorrido un largo camino desde los primeros momentos del béisbol panameño. El fútbol no era tan popular como el béisbol. Algunos sacerdotes españoles encargados de colegios de primaria y secundaria habían hecho esfuerzos por consolidar el fútbol entre sus alumnos, pero la gestión no fue suficiente. Igual inclinación tenían los educadores panameños y extranjeros que, en las primeras décadas de la existencia de la república, a principios del siglo xx, tenían mayores simpatías por el fútbol, según se puede recordar porque el campo de juegos del Instituto
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Nacional, colegio de educación secundaria por antonomasia, estaba diseñado para el fútbol y no para el béisbol. La tradición histórica era muy fuerte a favor del béisbol. Según algunos autores, como John Bowman y Joel Zoss, fueron los cubanos, tanto jugadores como promotores, los que ayudaron a expandir el béisbol por la cuenca del Caribe, especialmente en República Dominicana, México, Nicaragua, Panamá, Colombia, Puerto Rico y Venezuela. Sin embargo, el autor panameño Ramón Pérez Medina indica que fueron directamente los estadounidenses los que realizaron esa tarea en Panamá. Pérez Medina señala que son cinco fuentes humanas las que nutrieron el avance del béisbol en Panamá: la clase dirigente panameña, los civiles estadounidenses que trabajaron en la construcción y el mantenimiento del Canal, el personal estadounidense de las bases militares de los Estados Unidos en Panamá, los afrodescendientes que fueron importados para trabajar en el Canal y las capas media y popular de la sociedad panameña. Cada uno de estos sectores tiene huellas indudables en el impulso al béisbol en la república, pero no hay dudas de que el béisbol llegó al país desde los Estados Unidos. En Panamá hubo béisbol antes de la Independencia de Colombia del 3 de noviembre de 1903. El descubrimiento de las minas de oro de California en 1849 impulsó el flujo de la costa este de los Estados Unidos hacia el área de la bahía de San Francisco, y Panamá era una especie de parada obligada. Después del incidente de “la tajada de la sandía” el 15 de abril de 1856, esa presencia se multiplicó, con los frecuentes desembarcos de marinos que trabajaban en los navíos Prescott, Berenice y Pensacola. Casi todos jugaban o eran espectadores en los juegos de béisbol que se organizaban en varias áreas de Panamá y de Colón. La iniciativa francesa, por su parte, para la construcción del canal que uniera el Atlántico y el Pacífico, tenía empleados estadounidenses y, además, subcontrataba empresas estadounidenses para distintas fases de la obra.
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Generalmente, los juegos se celebraban en dos sititos: en la plaza Chiriquí —hoy, plaza de Francia— y en la plaza del Triunfo, hoy plaza de Herrera, todos bajo el patrocinio del Consulado de los Estados Unidos. Jugaban tanto estadounidenses como panameños que habían estudiado en los Estados Unidos. Llama la atención el aporte de Pérez Medina, quien explica que “el 17 de septiembre de 1887 el periódico Star & Herald informó que “el béisbol ha estado obstruido por peculiares dificultades, siendo quizás la más grande de todas la disposición intolerante de la gente que es tocada aunque sea levemente por la pelota, instantáneamente la cogen y sin hesitación, la lanzan al mar”. Más tarde, el 13 de septiembre de 1906, el Star & Herald indica que “es necesario cubrir con una malla el frente de la tribuna principal. El público, sobre todo las damas, merecen esta protección por los diez centavos que pagan para ver el juego”. Otro de los problemas que confrontaba la práctica del béisbol en esos tiempos consistía en que los presos que estaban recluidos en las celdas de la plaza Chiriquí (Las Bóvedas) esperaban pacientemente a que alguna pelota —posiblemente la única en el juego— cayera casualmente en una de las celdas y entonces el juego se detenía porque los presos exigían el pago de un dólar para devolverla y permitir que el juego continuara. El dólar era entregado y el juego seguía. A principios del siglo xx, la actividad se movió hacia el oeste —El Chorrillo— y hacia el norte, en Calidonia y El Marañón. El primer estadio de proporciones reglamentarias fue el campo de juegos Cocoa Grove, que se abrió en 1904, entre avenida A y calle 21 Oeste. Había un árbol de mango, que era el que señalaba el jonrón. Se destacaba un joven jugador del equipo Panama Athletic Club, Francisco Arias Paredes, que era respaldado por un grupo de jóvenes beisbolistas entre los cuales se encontraban Ernesto de la Guardia y Domingo Díaz Arosemena. El mayor jonronero, sin embargo, era el bateador Alberto Alemán. El Panama Athletic Club rivalizaba con los equipos Pacífico, Siglo xx, 1903 y Cólera. Juga
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ban en Cocoa Grove y, luego también lo hacían en Savahnna, cuyo nombre fue posteriormente españolizado a Las Sabanas. En Colón, desde 1892 jugaba el ABC (Aspinwall Baseball Club) que atravesaba el istmo en el ferrocarril para jugar frente a los equipos de la ciudad de Panamá. Desde luego, con la gran presencia de afrodescendientes reclutados por los Estados Unidos, el béisbol tomó gran impulso, y se consolidó como deporte dominante en el país y como una actividad masiva que, desde aquellos momentos de la construcción del Canal, formó parte de las expresiones de la cultura social en Panamá. Sin la contribución decisiva de los afrodescendientes, el béisbol no habría podido alcanzar la gran importancia que tuvo en el país ni habe