• img-book

    Ricardo J. Bermúdez

SKU: 6b992fa35da4 Categoría: Etiquetas: ,

Rodrigo Miró Grimaldo

by: Ricardo J. Bermúdez

Para entender el aporte de Rodrigo Miró Grimaldo hay que contraponer nuestra historia con las concepciones que sobre el Istmo se han formulado de lo que va de ayer a hoy.

Tags: ,
Meet the Author
avatar-author
Nació el 23 de octubre de 1950 en la ciudad de Panamá. Estudió Arquitectura en la Universidad de Panamá y luego obtuvo una maestría en Arquitectura de la Universidad de Pensilvania en 1978. Ha presentado trabajos de análisis en la Conferencia Anual de Ejecutivos de Empresa (CADE), el Instituto Latinoamericano de Estudios Avanzados, el vii Congreso Nacional de Arquitectura, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, y la Universidad de Panamá. Adicionalmente fue miembro del consejo editorial del diario El Universal, y columnista semanal del diario La Prensa (1996-1999) y El Panamá América (2000-2002).
Books of Ricardo J. Bermúdez
About This Book
Overview

Para entender el aporte de Rodrigo Miró Grimaldo hay que contraponer nuestra historia con las concepciones que sobre el Istmo se han formulado de lo que va de ayer a hoy. Para unos el concepto económico —punto de acopio y trasiego de bienes entre los dos mares— moldeó la esencia de nuestra nacionalidad; para otros ha sido la constante interrelación entre el componente rural y urbano lo que ha nutrido la noción que hoy tenemos de nuestro país. Colocar en su justa dimensión lo que realmente sucedió durante estos últimos cinco siglos —y elaborar así una noción estructurada y coherente de nuestra procedencia— fue su gran legado. Panamá empezó a servir como sitio de tránsito del continente once mil años antes de la era cristiana.

Cristóbal Colón, durante su cuarto viaje a América, desembarcó en nuestro suelo en 1502. En 1513 Vasco Núñez de Balboa llegó a orillas de un océano al que llamó Mar del Sur, y fue el primero en cabildear para que España construyese un canal por nuestro suelo. El 15 de agosto de 1519 se fundó la ciudad de Nuestra Señora de la Asunción de Panamá, y de inmediato comenzó una actividad comercial hacia este importante punto de acopio. La mercancía iniciaba travesía por el camino de Cruces hasta llegar a orillas del río Chagres. Luego se despachaba fluvialmente al sector Atlántico y se depositaba en la localidad de Nombre de Dios y, más tarde, Portobelo, para su posterior envío al viejo continente.

Esta actividad mercantil istmeña duró más de dos siglos mezclados, tanto de la bonanza que la actividad generaba, como de los impredecibles ataques piratas a las caravanas y puertos terminales en ambos mares. Esta condición como sitio de tránsito se detiene en 1746 al abandonarse la ruta por Panamá y comenzar el uso del Cabo de Hornos como alternativa más segura para el comercio marítimo. Esto acarrea el cese de las ferias de Portobelo, y, por ende, el impacto negativo dentro de la economía istmeña de entonces. Panamá se independizó de España en 1821, e inmediatamente se convirtió en una provincia más de la República de Colombia, luego renombrada como Nueva Granada a partir de 1832. Más adelante se produjo el descubrimiento de oro en California y, nuevamente, revivió el interés por utilizar el Istmo como sitio de cruce entre los dos mares.

El 1 de diciembre de 1848 se firmó un acuerdo para construir por nuestro territorio el primer ferrocarril transoceánico del mundo. Siete años más tarde, y con un costo estimado de doce mil muertos a su haber, la faena concluyó regulando el cada día más creciente tránsito humano entre las ciudades de Panamá y Colón. Francia, luego de la exitosa construcción del canal de Suez, decidió emprender un proyecto similar en territorio panameño. En 1879 compró los derechos para iniciar la obra a los Estados Unidos de Colombia. Ferdinand de Lesseps, constructor de la obra antes citada y quien fuera designado por el gobierno galo para llevar a cabo la gran tarea por el Istmo, llegó a nuestro país el 30 de diciembre de 1879.

Luego de diez años de trabajo por parte de la Compañía Universal del Canal Interoceánico de Panamá —además de pérdidas monetarias cuantiosas que dejaron en quiebra a ochenta y cinco mil suscriptores de los bonos emitidos, y más de veintidós mil víctimas humanas secuela de la malaria y la fiebre amarilla— se canceló la obra el 4 de febrero de 1889. Es importante recordar, además, que durante el tiempo que Panamá formó parte de Colombia en calidad de departamento, no menos de cincuenta intentos separatistas se dieron en suelo istmeño.

La ausencia de un poderío militar que pudiese frenar los embates de Santa Fe de Bogotá, sumada a los deseos de Estados Unidos por construir un canal interoceánico, dieron pie a una simbiosis muy particular entre ambos pueblos. Fue así como el 3 de noviembre de 1903, y con la presencia de naves de guerra estadounidenses ancladas fuera de la ciudad de Colón, supuestamente para proteger al ferrocarril existente, Panamá se separó de manera definitiva de Colombia. Quince días más tarde —el 18 de noviembre para ser precisos— Philippe Bunau-Varilla, antiguo colaborador de Ferdinand de Lesseps y ahora investido como enviado y ministro plenipotenciario de Panamá ante el gobierno de Washington por la recién integrada Junta Provisional de Gobierno, firmó con el secretario de Estado estadounidense, John Hay, el tratado para la construcción de la vía interoceánica. El 3 de julio de 1912 —en las postrimerías de la gestión gubernamental de Pablo Arosemena de Alba, y un par de meses antes de que asumiera por primera vez la presidencia Belisario Porras Barahona— llegó al mundo en la ciudad de Panamá Rodrigo Miró Grimaldo.

El Istmo recién había parido unos años antes la versión más refinada del país que pretendíamos ser. La función como sitio de tránsito —particularmente la construcción de un canal interoceánico— estaba en su más efervescente momento. Fueron sus padres el poeta Ricardo Miró Denis e Isabel Grimaldo Jaén. Interesante resulta la anécdota familiar de su hermana Carmen, quien señala que, desde muy temprano, “Rodrigo tuvo inquietudes intelectuales y dedicó unos cinco años de su vida, entre el final de la adolescencia y el comienzo de la juventud, a leer. Se sentaba por horas interminables a leer”. Durante esos años ya se habían producido acontecimientos a nivel mundial de significativo impacto en Panamá —la revolución mexicana, la Primera Guerra Mundial y la revolución socialista en Rusia—, y Belisario Porras había dotado a la república de instituciones esenciales que le dieron forma al Estado nacional y sentaron, además, las bases para la infraestructura material que le sirvieron de soporte entonces. En la misma época un grupo de figuras alentaron el nacimiento de revistas literarias y sociales que influyeron en el pensamiento panameño de la época.

El Heraldo del Istmo (1904-1906, fundada por Guillermo Andreve), Nuevos Ritos (1907-1915, dirigida por el poeta Ricardo Miró), La Revista Nueva (1916-1919, editada por José Dolores Moscote y Octavio Méndez Pereira) y la Revista Cuasimodo (1919-1920, elaborada también por Moscote, y con la colaboración de Julio Barcos y Nemesio Canales). Completó Rodrigo Miró Grimaldo su educación primaria en Panamá. Continuó luego en la Escuela de Artes y Oficios, y terminó un bachillerato en letras en el Instituto Nacional. Después ingresó a la Facultad de Humanidades de la recién fundada Universidad Nacional de Panamá, donde recibió su título de licenciado en Filosofía, Historia y Español. Eran tiempos en los que el país experimentaba transformaciones significativas tanto sociopolíticas como ideológicas. Los aportes previos de Eusebio A. Morales, Guillermo Andreve, Jeptha B. Duncan, José Dolores Moscote, Octavio Méndez Pereira y José Daniel Crespo, además de la presencia en el Istmo de un importante grupo de refugiados políticos latinoamericanos y europeos, despertaron el sentido patriótico y las inquietudes culturales de los panameños.

En la tercera década de la república, y como consecuencia de la evolución de nuestra sociedad, se produjo una ruptura políticoideológica de las capas medias y de amplios sectores populares con el liberalismo tradicional. Esto toma forma con la aparición de Acción Comunal en 1923, el Sindicato General de Trabajadores y la Liga de Inquilinos y Subsistencia en 1924. Esas rápidas y radicales transformaciones de la sociedad entonces no pasaron inadvertidas para Rodrigo Miró. Alrededor de 1930 inició su participación dentro de las corrientes ideológicas de izquierda que encabezaban entonces Cristóbal Segundo, Demetrio Porras, Domingo H. Turner y Diógenes De la Rosa, y tuvo a su cargo la dirección del periódico de corte revolucionario Frontera. En 1933, y nuevamente con Diógenes De la Rosa además de Luis Restrepo y Octavio Hernández, colaboró en la fundación del Partido Obrero Marxista-Leninista.

Luego de estallar la guerra civil hispana en 1936, formó parte del Comité de Defensa de la República Española. Cuando el Frente Patriótico —importante movimiento conformado por jóvenes progresistas, y preocupados por el acontecer político de entonces— celebró el primer aniversario del Congreso Nacional de la Juventud a finales de 1945 en Chitré, se presentó un documento titulado Manifiesto a la Nación sobre el Nuevo Canal Interoceánico. Dicha proclama, elaborada en conjunto con el Partido Agrario Nacional, fue refrendada, entre otras personalidades de dicha agrupación política, por Rodrigo Miró, José N. Lasso de la Vega, Juan A. Bernal y Francisco Calderón. Por sangre, y de manera precoz, le llegó la pasión por la cultura y la literatura. Ricardo Miró Denis y Amelia Denis de Icaza — progenitor y tía abuela respectivamente— son figuras cimeras del parnaso istmeño. Doña Raquel Herrera de Miró fue su esposa por muchos años y docta compañera en las averiguaciones que efectuó Rodrigo Miró Grimaldo sobre la producción artística criolla, además de sus pesquisas para fraguar nuestra conciencia histórica de manera coherente. No es motivo de sorpresa, entonces, que la mayoría de su bibliografía estuviese dedicada a ella de manera especial.

En 1937, con tan solo veinticinco años de edad, presentó una antología sobre ciento tres poemas de Ricardo Miró quien, en enero del mismo año, había sido objeto de un merecido homenaje por parte del Ministerio de Educación. Lo interesante del hecho fue que Rodrigo Miró Grimaldo —al enterarse que solo dos personas participarían del concurso abierto por el Municipio de Panamá para premiar el trabajo que sirviera de prólogo a la compilación que pretendían publicar sobre su padre— decidió incursionar dentro del campo de la investigación literaria.

Tuve el temor de que pudiera declararse desierto, lo que hubiera sido una catástrofe moral para el poeta recién laureado, y pensé en la posibilidad de organizar la información biográfica fundamental, eludiendo complicaciones críticas. Las diligencias realizadas para afrontar con decoro la tarea me convirtieron en la persona mejor informada acerca de nuestras letras —prueba de lo mal que andaban las cosas—, y mi inexperiencia me indujo a utilizar esa información para otros empeños.

Y esos otros propósitos germinaron bien, pues, con esas diligencias y pesquisas, Miró registró que en el conocimiento y cabal comprensión de nuestra historia, además del rescate de los auténticos valores humanos del Istmo durante los siglos pasados, se encontraban los cimientos de nuestra identidad nacional. Desde entonces desarrolló una laboriosa inquietud por definir la historia istmeña, precisamente durante una época en que, según su análisis, las interpretaciones extranjeras se consolidaban en dar importancia solamente a aquellos aspectos que se referían a las posibilidades de la zona de tránsito como esencia misma de nuestro destino universal negando, categóricamente, el aporte rural en la consolidación dentro del tema en referencia.

“La ignorancia de nuestra propia historia es un modo de resignarnos a vivir sin historia, ya que la historia es, en gran medida, la conciencia que se tiene de ella”. Algunas citas de su primer ensayo “Teoría de la Patria” (Miró, 1947) exteriorizan sus elucubraciones sobre esta importante cuestión, habida cuenta de que Rodrigo Miró se resistía a aceptar la hipótesis según la cual el destino panameño está comprendido solo en la ruta interoceánica. “No niego el fondo de verdad que la observación contiene. Afirmo, sí, que desde un punto de vista objetivo y nacional ese destino está por realizarse”.

Dentro de esta permanente inquietud fue creciendo su afán por esclarecer las bases históricas y culturales de nuestra nacionalidad, particularmente por ser un país donde ambas disciplinas han estado sometidas —aún hoy día— a elucubraciones que han distorsionado las realidades de nuestro andar como pueblo. Por tal motivo, se propuso promover nuestros valores espirituales en los más diversos campos del quehacer humano a fin de evitar los peligros disgregadores que se derivaban de la presencia estadounidense en la República de Panamá:

La búsqueda de nuestras raíces nacionales era un problema fundamental para esta primera generación republicana, pues sus inteligencias más preclaras consideraban tarea prioritaria afianzar la identidad panameña y darle consistencia espiritual a la joven república.

Sin duda alguna fue este el motivo que generó una fructífera e ininterrumpida labor de cincuenta y nueve años a favor del compendio cultural e histórico panameño. En 1939 publicó La educación colonial panameña, y en 1941 su Índice de la poesía panameña contemporánea. Al año siguiente presentó De la vida intelectual en la colonia panameña y Bibliografía poética panameña, en 1945 Hacia una visión panameña de nuestra historia. En 1947 publicó su ensayo Teoría de la patria y en 1953 Cien años de poesía en Panamá. De las 41 obras que componen su bibliografía completa las dos últimas fueron Identificación nacional y Conciencia histórica en 1987, y la reimpresión, en 1995, de Sentido y misión de la historia en Panamá, originalmente presentada en 1969.

En 1949, y gracias a una atinada invitación de Octavio Méndez Pereira para que dictara un curso sobre literatura panameña, Rodrigo Miró inició una carrera docente que duraría hasta 1977 en las aulas de la Universidad de Panamá, entremezclando dicha labor con la investigación profunda que ya había iniciado años antes a fin de estructurar —en tiempo y materia— los aspectos principales donde apoyar el conocimiento pleno sobre la cultura panameña:

Queda pendiente la empresa de recoger y organizar los datos que registran la labor con que cada pueblo, cada provincia, ha contribuido a forjar lo que hoy tenemos, de modo que se prepare el camino para la ordenación e integración final de esos esfuerzos plurales que constituyen la historia humilde, pero real y auténtica, de la nación panameña.

Las realidades y aportes específicos de los diversos grupos étnicos de Panamá nivel nacional los analizó con discernimiento para así llevar a cabo la labor propuesta. Sin embargo, vale la pena destacar —a manera de comentario personal— que el efecto en nuestra cultura de los grupos que originalmente habitaban el Istmo, sus costumbres y su organización social han sido casi nulas comparadas con aquellas producto del mestizaje entre nativos, europeos y africanos. Antes había mencionado —y así lo reafirma Rodrigo Miró en Sentido y misión de la historia en Panamá— que el abandono de nuestra ruta mostró la gran debilidad que existía en el Istmo durante el siglo xViii, particularmente por haber concentrado toda la actividad económica dentro de la zona de tránsito dejando al resto de nuestro territorio afectado tanto por una peligrosa escasez de población como por la ausencia de una economía coherente y basada solo en un agro de subsistencia para los pequeños y dispersos grupos del interior del Istmo. Producto de sus investigaciones, y luego de presentar, el 20 de noviembre de 1986, en la Universidad de Panamá su ensayo Identificación nacional y conciencia histórica, Miró concluye que a los remanentes de los pueblos originarios, además de los núcleos de estirpe europea, se sumó una creciente población negra.

Sin embargo, las adversas realidades de entonces tuvieron su contrapartida beneficiosa dentro de la sociedad panameña, pues el carácter parcial y benigno de la esclavitud imposibilitó el arraigo de sólidas estructuras socioeconómicas —ya fuera de carácter feudal o de sometimiento humano desmesurado—, como en otros sitios de América.

En el orden político general, agrega Rodrigo Miró, las necesidades de una conducta fusionada frente al peligro de las agresiones —situaciones constantes por parte de corsarios y piratas, o los aborígenes centroamericanos— crearon vínculos estrechos entre los diversos grupos humanos que habitaban el Istmo. Esta condición cimentó una gran capacidad de maniobra y una conducta liberal muy diferente a la de otras regiones en el entorno cercano.

Las necesidades del tráfico marítimo y las urgencias de la guerra contra los piratas hicieron de las ciudades puertos de Panamá permanente cónclave de pilotos, cosmógrafos y expertos militares. Todo ello proclama la existencia de un clima intelectual orientado hacia el conocimiento positivo y poco propenso a los escarceos de la Escolástica.

Su análisis lo llevó a la conclusión de que los sectores populares de la colonia fueron parte sustantiva en la conservación de nuestras reservas morales. “Somos un pueblo profundamente mestizo, cristiano y hospitalario, generoso y liberal, cosmopolita hasta el punto de hacer posible la paradoja de que nuestro regionalismo esté en nuestra propensión universalista”. Más adelante la presencia estadounidense volvió a dejar huella en nosotros, pues los intereses de Estados Unidos se mezclaron con las ventajas naturales que el estrecho Istmo ofrecía. Desde entonces algunos componentes de la sociedad urbana han estado claros en el provecho que emana al explotar esta única ubicación mundial, mientras que los estratos rurales siguen al margen de esta condición pues —aún hoy día— no reciben similares beneficios en ausencia de una política balanceada para compensar equitativamente el uso de ellas.

El más reciente viaje indagatorio acaba de ofrecerlo en la forma de un cuidadoso cuadernillo que recoge sus pesquisas en la Biblioteca Nacional de Colombia. Este opúsculo que él intitula El periodismo de Panamá durante la década 1831-1841. Los amigos del país y el aflorar de la conciencia nacional constituye un plausible esfuerzo encaminado a vivificar acontecimientos sobresalientes de la vida panameña en una época hasta ahora poco conocida. Según Rodrigo Miró “la historia del periodismo de la etapa aquí estudiada es la historia de esa conciencia emergente que conducirá a la creación del Estado del Istmo, nuestra primera experiencia de gobierno propio”. Las publicaciones comprenden periódicos como el Gran Círculo Istmeño, El Constitucional del Istmo, El Istmeño, el Comercio Libre, El Vigía del Istmo, El Paquete, La Mojiganga y Los Amigos del País. De esos órganos de opinión pública, el más significativo fue este último, pues contaba entre sus colabores con personalidades tan relevantes con Tomás Herrera, Mariano Arosemena y José de Obaldía. Desde aquella fecha memorable mucha agua ha corrido debajo de los puentes. La república finalmente cristalizó en la forma de una nación comprometida con uno de los imperios más poderosos, y las ideas que plasmaron aquellos próceres panameños semejaron perderse en la bruma del tiempo. Pero como la historia tiene una curiosa manera de repetir algunos de sus ciclos ejemplares, parecen atendibles en estos días las voces de los antiguos profetas istmeños cuando señalaban, a través de un periodismo sobresaliente, los adecuados rumbos de la patria.

Fue durante uno de esos abriles particularmente calurosos en la década de 1970 cuando participé, por primera vez y solo en calidad de oyente, dentro de aquel hervidero cultural que generaban las tertulias que ahí se daban. De un modesto auto alemán bajó don Rodrigo Miró Grimaldo. Vestido de camisilla blanca, con sus grandes lentes y el cabello gris plata bien peinado regaló, como siempre hacía, un saludo afable antes de integrarse al grupo. Previamente a aquella tarde habían pasado ya personalidades como el arquitecto Félix Candela y el paisajista Roberto Burle Marx, los pintores Isaac Benítez, Guillermo Trujillo, Alfredo Sinclair Ballesteros y Pablo Runyan, el doctor y cuentista Manuel Ferrer Valdés, el diplomático Juan Díaz Lewis y los escritores Miguel Mejía Dutary, Elsie Alvarado de Ricord y Guillermo Sánchez Borbón. También frecuentaron el sitio el profesor Diego Domínguez Caballero, doña Otilia Arosemena de Tejeira, y los licenciados Rodrigo Arosemena y Erasmo de la Guardia, entre muchas otras personalidades interesadas por la cultura en general. Para Rodrigo Miró la mejor forma de poner en orden los componentes históricos y culturales panameños fue sustentar dichas pesquisas en la producción intelectual istmeña.

La carencia de información objetiva a propósito de nosotros mismos me indujo a buscar sustitutos. Y no encontré ninguno mejor que la expresión escrita, en particular la creación literaria. El pasado  —buena parte de él, al menos— debe ser reconstruido y actualizado por obra y gracia de la literatura.

No obstante, y a pesar de estas afirmaciones categóricas respecto a la palabra escrita, Rodrigo Miró Grimaldo no negaba el aporte de otros componentes del arte al forjamiento de la nacionalidad de un pueblo dado. Por esa razón, su trabajo no se encasilla en una sola disciplina. Su obra es heterogénea y dedicada a encontrar las raíces espirituales del ser nacional. “La literatura y las artes son tan necesarias como el agua y el pan”, dijo en una de sus intervenciones públicas, agregando en otra que “toda manifestación artística se nutre de elementos sociales, expresa un contenido social. Enjuiciar críticamente la obra de un artista es, en cierto modo, proceder al enjuiciamiento del medio social dentro del cual le tocó vivir”. Célebres fueron también las tenidas culturales en su residencia de calle Uruguay.

De una muy especial da fe un artículo de Alfonso Rojas Sucre en noviembre de 1950, cuando Miró develó el retrato de su esposa Raquel Herrera, elaborado por el pintor surrealista panameño Pablo Runyan. Lo interesante de esta nota —aparte de la descripción precisa de la obra de marras— es que la misma revela, precisamente, las muy variadas facetas de inquietud didáctica que sostuvo Rodrigo a lo largo de su productiva vida, pues no solo de literatura y pintura se hablaba en ellas, sino también de arquitectura, historia, teatro, música y danza.

Una suerte especial ha señalado al Istmo panameño un destino propio cuya trama no es posible asimilar al desarrollo histórico general de Hispanoamérica… Es que el Panamá colonial, territorio de tránsito y agencia de dominación de la metrópoli, brinda un mezquino ambiente al desarrollo de las bellas artes.

En 1943 Rodrigo Miró Grimaldo fue designado Individuo de Número de la Academia Panameña de la Historia, y en 1950 el Instituto Panamericano de Geografía e Historia lo acogió como miembro. Para entonces ya había publicado diez obras relacionadas con la historia y la vida cultural panameña.

Nuestra separación de Colombia tiene un significado similar al del movimiento que nos desligara de España ochenta años antes. La independencia de 1903 se cumplió a través de un compromiso que coarta demasiado nuestra realidad soberana. Tanto en una como en otra ocasión los intereses mayoritarios del país estuvieron de acuerdo con el sentido del movimiento pero el poder de las fuerzas encargadas de hacerlos valer fue siempre menor que el poder representante de los intereses extraños.

Sus acuciosas investigaciones continuaron en muy diversos campos, al punto de precisar cuestiones que para otros no hubiesen tenido importancia alguna. Tal es el caso de Wenceslao de la Guardia Fábrega, pintor nacido en Santiago de Veraguas en 1859, y que por razones de índole política tuvo que emigrar con su familia a Costa Rica para establecer una vida itinerante entre Panamá, Bogotá, Madrid, París, Londres y San José. “La nación es más un fenómeno espiritual y moral que político-jurídico”. Igualmente dio a conocer La política del mundo, primera obra de teatro panameña escrita por el coclesano Víctor de la Guardia y Ayala en 1808, estrenada en 1809 en Penonomé. Además, prologó el poema épico Armas Antárticas escrito por el soldado español Juan de Miramontes y Zuázola mientras vivía en Panamá en el siglo xVii, el cual revela el significado político alcanzado por los negros en el Istmo entonces, pues la misma contiene un verso dedicado al cimarrón Bayano. Sobre este trabajo el poeta, diplomático y periodista chitreano Roque Javier Laurenza —en artículo aparecido en el diario La República el 23 de diciembre de 1979— se refiere a la labor de Miró en los siguientes términos:

Rodrigo Miró forma parte del grupo de panameños que podemos seguir el camino de nuestros orígenes a lo largo de las generaciones. Con abuelos citados en las crónicas de Ayacucho, como también en las del Istmo, esta herencia gravita sobre su alma y determina su actividad intelectual y su conducta. Miró sabe que Panamá necesita conocer a cabalidad su pasado para afianzar sus raíces y precisar con nítidas líneas su perfil de entidad nacional. A esta tarea se dedica fervorosamente desde hace por lo menos cuarenta y cinco años. Y es en el campo de la cultura donde su apasionada búsqueda de raíces panameñas encuentra las mejores oportunidades, claro está; porque Miró sabe que la cultura es el medio de fortalecer en sus compatriotas la idea de la nacionalidad, necesaria hoy más que nunca.

Concluye Laurenza el elogio a las pesquisas realizadas con un muy afortunado párrafo: “El hecho es que se puede no compartir su visión de la historia panameña o rechazar sus criterios políticos, pero lo que no se puede evitar es aplaudirlo por su tenaz labor de cazador solitario de imágenes y palabras panameñas”. Sus muchos escritos en revistas y medios locales generaron intercambios epistolares con diversas personalidades del acontecer nacional. Uno de esos casos fue el de María Olimpia de Obaldía —poetisa chiricana nacida en Dolega el 9 de septiembre de 1891, miembro de la Academia Panameña de la Lengua hasta su fallecimiento el 14 de agosto de 1985— quien luego de haber leído un escrito de Rodrigo Miró le envió la siguiente nota el 24 de mayo de 1940:

Estimado señor Miró:
Aunque no le conozco personalmente, su nombre me es doblemente familiar: es Ud. hijo de mi amigo el bardo inimitable y pertenece Ud. a un grupo destacado de la juventud panameña siendo ya promesa de cercanos éxitos. Hace Ud. Honor a su nombre y florecerán en sus jardines las raíces nobles y fuertes de su ascendencia. En mis manos está un ejemplar de Prensa Libre correspondiente al 19 del mes corriente y en él he leído la segunda parte de sus “Apuntes sobre poesía panameña”. Como es natural al tratarse de poesía panameña, encuentro mi nombre cerrando la representación del período moderno y —como en estuche de filigrana— sus frases generosas rodean el concepto que hace Ud. de mi labor poética y obliga mi gratitud para que le envíe estas líneas con mi mejor saludo. Sería tonta hipocresía decir que no me complace el aplauso y cuando este brota de espíritu joven, alerta y cultivado como el suyo, mi satisfacción es cordial. Acierta Ud. al decir de mi poesía que posee “una gran dignidad”: así he deseado siempre que fuera, porque juzgo la dignidad virtud básica en toda actividad humana. Y dice Ud. que en mi “aventura poética reasumo ahora, con más alto sino, mi perdida función magistral”. ¡Cómo me complace este juicio suyo! En realidad ha sido y es mi anhelo seguir aventando semillas de ideales en los surcos juveniles de mi Patria; continuar mi labor docente, ya que no en las aulas, por medio de mi verso, ala mimosa que al acariciar las almas logre dejar en ellas algo más que el soplo del céfiro… Tengo un tomo completo de poesías escolares (Parnaso Infantil) además de Selvática, musgoso ya por no poder salir a la luz pública. (Ud. debe comprender por qué duermen en mis gavetas las pobres cuartillas). No quiero distraer más su precioso tiempo y me despido estrechando su mano cordialmente.
Atta. amiga, María Olimpia de Obaldía

Otra correspondencia interesante es la que le envió Catalino Arrocha Graell —docente, diplomático, político y miembro de las Academias Panameñas de la Historia y de la Lengua— el 28 de enero de 1971, a saber:

Muy estimado Rodrigo:
Tu libro Literatura panameña, cerró, en el año 70, nuestra bibliografía nacional con rotundo éxito. Es este un trabajo erudito, con magnífica documentación bien ordenada; clara y castiza su exposición, de tal manera que aún los menos capacitados en este género de estudios, como yo, podemos no solo comprenderlo y leerlo con interés sino también admirarlo. Representa un continuado y valioso esfuerzo de muchos años en el acopio de sus datos con los cuales tú, con maestría de eminente escritor, has proyectado una visión admirable de la nacionalidad, desde los días heroicos de la Conquista y la Colonia, hasta nuestros días llenos de sugestivas promesas.
Un libro así no solo conlleva honor y merecimientos para su autor sino también para el país, que tanto necesita enriquecer y ennoblecer su cultura como la base más firme de las futuras generaciones. Pero al impulso de la amistad que nos une me he ido metiendo en campo vedado, que debe reservarse para los entendidos que dentro y fuera de la nación lo lean, lo juzguen y lo valoren en sus justas dimensiones de méritos. A mí toca solo felicitarte de corazón y desear que nuevas obras tuyas te dejen cosechar nuevos y mayores merecimientos.
Un abrazo de tu amigo C. Arrocha Graell

El 2 de junio de 1955 Rodrigo Miró Grimaldo presentó en la sesión de la Academia Panameña de la Historia su ensayo “Fundamento y legitimidad del 3 de noviembre”, pieza exquisita y concisa sobre la tortuosa relación con Colombia luego de nuestra independencia de España en 1821. Comienza dicho escrito con la siguiente cita: “Con acento humorístico aunque seria intención se ha dicho más de una vez que el conocimiento del pasado es saber inútil y la Historia como ciencia mero espejismo”. En la parte medular de ese mismo primer párrafo plantea la intención del trabajo, y agrega: “Por otra parte, la conciencia del ayer es, en individuos y pueblos, ingrediente moral de probada virtud determinante”, y concluye este introito aseverando que la ignorancia de las nuevas generaciones sobre nuestro pasado es porque están “corroídas por dudas que entibian su entusiasmo y malogran muchos empeños posibles perturbando el desarrollo armónico del ser nacional”.

Básicamente el propósito de aquella loable disertación no fue otro que ilustrar tanto la muy accidentada relación que hubo entre Panamá y Colombia de 1821 a 1903 como referir —con meridiana precisión— los muchos momentos en los cuales nuestro país intentó terminar esa anexión fraguada en propósitos muy ajenos al genuino interés del Istmo y sus moradores de entonces. “La Historia Patria no puede fundamentarse ni en la ignorancia ni el resentimiento. Debe ser historia y no racionalización”. Por ello Miró afirma —categóricamente— que Manuel Amador Guerrero, José Agustín Arango, Ricardo Arias, Carlos Constantino Arosemena, Federico Boyd, Manuel Espinosa Batista y Nicanor A. de Obarrio “no actuaron a simple capricho ni maquinaciones de trastienda”, sino que lo sucedido el 3 de noviembre “fue una acción voluntaria, un acto de libre disposición no impuesto por extrañas presiones. Los pueblos son libres para disponer destinos, y en 1903 los panameños decidimos lo que juzgamos conveniente”. Existe una simbiosis entre la política de un país y la cultura del mismo.

La primera, en teoría, es la ciencia o arte de gobernar un Estado y procurar de esa forma el mejor bienestar para sus asociados. La otra, por su parte, es el conjunto de creencias, comportamientos, lenguajes y todo aquello que encierra el complejo modo de vida de un grupo de personas enmarcadas dentro de un período de tiempo en particular, su precisa ubicación geográfica, o en una combinación de ambas condiciones. Rodrigo Miró incursionó también en el ámbito gubernamental, no solo como viceministro de Relaciones Exteriores (1959-1960), sino como consejero de las embajadas de Panamá en España, Venezuela y Colombia. Precisamente, y durante su permanencia en este último país, su brillante escrito “Lo que Panamá desea de los Estados Unidos por razón del Canal” fue leído en Bogotá el 3 de mayo de 1964, luego de los tristes sucesos acaecidos en nuestro país en enero de dicho año. Desde el primer párrafo plantea tanto la génesis del problema como los anhelos de los panameños para resolverla: “La causa última de la crítica situación que ahora vivimos está en la Convención del Canal Ístmico firmada el 18 de noviembre de 1903 por Philippe Bunau-Varilla y John Hay”. Acto seguido esboza la contestación breve: “¿Qué es lo que desea Panamá? La respuesta cabe en una sola palabra: justicia”.

En el cuerpo medio de la disertación que nos ocupa esboza el caminar diplomático de nuestro país para alcanzar dicha meta: “La historia de nuestra política exterior ha sido, en su mayor parte, la historia de un sostenido y arduo esfuerzo por aliviarnos de la pesada carga asumida en noviembre de 1903 y por afrontar razonablemente los múltiples y complejos problemas derivados de la construcción, operación y defensa de la vía interoceánica”. El corolario del escrito vaticinó, con atinada precisión, todo el proceso que culminó al mediodía del 31 de diciembre de 1999: “Si me es permitido manifestarlo, opino que un acuerdo justo no solo parece posible sino inevitable. En verdad, no atino a imaginar otra salida. Las dificultades y fricciones sobrevenidas ayer son el alto precio que experiencias nuevas entre pueblos y hombres a veces exigen y que no hay por qué volver a pagar”. A pesar de que su pronóstico se cumplió con la firma de los tratados Torrijos-Carter en 1977, y que desde el último día de 1999 somos amos y señores de nuestro destino y todo el suelo que ocupamos, sigue prevaleciendo en nuestro medio el erróneo concepto de que la cultura —mal apoyada por la práctica de una política mediocre— es la emanación de un minúsculo y privilegiado grupo que la sustenta, en vez de ser una expresión desprendida de toda la sociedad en general.

La Patria no es la opinión de un grupo sino el interés de todos, y la construyen con su barro más puro los hombres que, como [Justo] Arosemena, hacen de la verdad un culto y de la honestidad personal un oficio de todos los días. (Miró, 1947).

Abrámosles espacio a algunas reflexiones sobre lo que ocurrió en nuestras tierras durante el siglo xix. Según Miró, las luchas por la independencia de Hispanoamérica fomentaron la propagación del romanticismo político y social, y los triunfos logrados promovieron la difusión del liberalismo.

La escena está dispuesta para la aparición de hombres con temperamento reflexivo y tendencia a sistematizar. En el Istmo es el momento de Justo Arosemena, nuestra primera inteligencia sistemática, y un pensador original a más de lúcido teórico de la nacionalidad. (Soler, 1971).

A pesar de la profundidad esencial que encierra esta reflexión —argumento compartido con otros panameños que de igual forma se han expresado a lo largo de nuestra historia— y del gran arrojo y convicción de que hizo gala Justo Arosemena hasta lograr incluso el establecimiento del Estado Federal de Panamá en 1855 y presidirlo, pareciera que aún seguimos inmersos dentro de un temor adolescente nacido ante la posibilidad de llegar a ser mejores por voluntad propia. Infortunadamente, muchos de nuestros valores prevalecientes tienen su origen en una personería internacional inmensamente más fuerte e influyente que la nuestra, a la vez que poco asimilada por la mayoría de la población que desconoce la verdadera esencia que la misma representa.

Quizás sea por eso que Rodrigo Miró compartió criterios con José Vasconcelos —abogado, político, y escritor mexicano—, pues ambos coincidieron en que la divulgación literaria, y el estímulo a la creación literaria, plantean cuestiones propias de la atención del Estado. “Y el Estado —las autoridades de Educación— tienen también el compromiso de intervenir. La salud moral del hombre panameño es tan digna de cuidado como su salud física”. (Miró, 1969) Sin embargo, Miró fue un poco más preciso pues subrayó que “toda política de cultura ha de ser en esencia liberal”.

“Porque hace la grandeza de una literatura lo que expresa y denuncia de la nación que la produce. La literatura, como toda manifestación de arte, es expresión de la vida social. Es, pues, consecuencia y no causa”. En su filosofía como educador, Vasconcelos propuso sentir la cultura mestiza como base del concepto de mexicanidad. Muy similar opinión tenía Miró cuando aseveró que “determinar la cuantía y significación del aporte negro y mulato en el proceso formativo de la nacionalidad es tarea urgente que pide la inteligencia capaz de realizarla”. En esta misma línea, un capítulo de Teoría de la Patria se lo consagra a Gaspar Octavio Hernández, quien según Miró, “pertenece a esa doliente hermandad de vidas tristes, la de su condición —real o potencial— de suicidas, la de ser hombres conscientes y deliberadamente enfrentados a un ambiente hostil y desatento por completo ajeno a la desesperada lucha ideal que consumió sus vidas”. Hijo de muy humilde familia y criado en el arrabal, Hernández asistió solo tres años a la escuela, y, a pesar de morir con tan solo veinticinco años de edad hizo política, trabajó en periódicos y tuvo una producción literaria breve, pero de hermosura particular, además de ensayos donde se presenta como persona interesada en la obra de otros y nuestra tradición cultural. De su propia mano nace esta lírica descripción de sus orígenes:

Con piel tostada de atezado moro; con ojos negros de fatal negrura, del Ancón a la falda verde oscura nací frente al Pacífico sonoro.

Al igual que otros dos notorios investigadores de nuestra raíces folclóricas —Manuel Fernando Zárate y Gonzalo Brenes Candanedo, tenaces rastreadores del aporte musical y su papel dentro de la estructuración de nuestra nacionalidad—, Miró también encontró contribuciones literarias edificantes en el interior del país. En otro capítulo del ensayo antes mencionado destaca la contribución de Ignacio de J. Valdés, hombre de letras nacido en Santiago de Veraguas en 1902, quien temprano plasma en sus cuentos y ensayos el dilema por el desprendimiento de la vida campesina atraída a la capital frente al auge económico que volvía a tomar en virtud del Canal.

Dentro de su vasta obra periodística y literaria siempre está presente su preocupación por lo panameño y el afecto a nuestras cosas y a nuestras gentes: “La literatura de un pueblo, lo mismo que todas sus otras expresiones culturales, se nos presenta como resultado o fase de un proceso, y manifestándose ella misma como proceso también”. La Academia Panameña de la Lengua lo distingue como miembro de Número el 25 de octubre de 1978. El académico don Miguel Mejía Dutary pronunció el discurso de contestación al trabajo introductorio del nuevo miembro, asunto que se centró en el poema “Patria” y su contexto histórico. No solo este prestigioso instituto acogió por derecho propio a Rodrigo Miró Grimaldo, sino que el destino le deparó un honor adicional: ocupar la silla que había dejado vacante al morir el educador y jurista José Dolores Moscote: “Creo que en el caso de pueblos acerca de los cuales no sobran las referencias —así ocurre con Panamá— la literatura opera a modo de elemento compensador, en cuanto explica y facilita el entendimiento de muchas cosas”. Desde mucho antes de esta merecida distinción, ya otro académico —Baltasar Isaza Calderón, en el introito de su ensayo “Rodrigo Miró y nuestra historia literaria”, de 1948— pondera sus virtudes al decir que “no es caso frecuente, en la vida espiritual de un pueblo joven, encontrar una tan firme y decidida consagración como esta que Rodrigo Miró, para honra suya y satisfacción de sus compatriotas, demuestra hacia las letras de su tierra, a pesar de la escasa estima con que, en un medio como el nuestro, tan apegado a los afanes de aprovechamiento material, se miran tales esfuerzos de patriótico desinterés”.

Sus trabajos, tanto de investigación histórica y cultural como de producción bibliográfica, no menguaron, pues durante los siguientes dieciocho años publicó once nuevos títulos sobre diversos temas ligados al país y su gente. Esa tesonera labor generó que lo distinguiesen con once condecoraciones, ocho en Panamá y las otras en España, República Árabe Unida y Perú. Rodrigo Miró Grimaldo falleció el 26 de enero de 1996. Días antes —20 de enero para ser preciso, y desde el lecho donde lo tenía postrado su larga dolencia— dictó su último artículo del diario La Prensa, asunto que alternaba con su amigo Ricardo J. Bermúdez Alemán y que publicaban semanalmente en la columna “La pluma invitada”. Mario Lewis Morgan —editor del suplemento Épocas, pariente político y estrecho colaborador de este gran maestro— tuvo el noble oficio de transcribir los escritos que Rodrigo Miró le dictaba durante la etapa terminal de su penosa enfermedad. Del último de ellos —inédito e inconcluso, y titulado “Nuevo Bella Vista en los días del Cincuentenario”— me permito reproducir la parte medular por reflejar ese temperamento consecuente con la vida plena de que hizo gala siempre quien hoy nos honramos en honrar:

Una tarde en que coincidieron en casa Pablo Runyan, Herbert de Castro y Guillermo de Roux, mientras Pablo pintaba un enorme retrato de Ruth Padilla de Vallarino y Herbert y Guillermo estudiaban posibilidades musicales para un ballet que preparaba Gladys Pontón, ocurrió algo inesperado: encontrándose la puerta de entrada abierta, sentimos la presencia de un extraño y efectivamente allí estaba un señor de aspecto europeo quien pidió excusas por su atrevimiento y explicó que era austríaco, que en Viena solía pasear en los anocheceres y empezaba hacer lo mismo aquí y que esa tarde, para su sorpresa, una música familiar le hizo mirar hacia el lugar de su procedencia, donde, nueva sorpresa, un señor pintaba un retrato. Era Pablo Runyan haciendo el de la señora Vallarino. Pablo acababa de pintar dos retratos de Raque. El austríaco expresó que la experiencia había sido tan extraordinaria como si en una de esas caminatas en Viena le hubiera asaltado un tigre.

Y en efecto lo fue, pues el ambiente formativo nuestro —aún hoy día— dista mucho de parecerse a los que se dan en los grandes centros culturales del mundo. Es ahí donde estos pequeños oasis pedagógicos, y que germinaban donde él y sus amigos se reunían para hablar sobre mil y un temas ligados al quehacer humano, han hecho gran falta desde su irreparable ausencia. Partió nuestro aparejador de historia y cultura a menos de tres años que se diera aquel momento trascendental en nuestra consolidación nacional que representó lo ocurrido al mediodía del 31 de diciembre de 1999. Habría sido gratificante caminar junto a él y escuchar sus atinados comentarios cuando se realizaban los actos entonces. Me atrevo a imaginar que algunos de sus escritos magistrales —particularmente los presentados ante la Academia de la Historia de Panamá en 1955 y en Santa Fe de Bogotá luego de los aciagos sucesos de 1964— revolotearían dentro de su mente atando cabos y cuajando sueños, como también supongo que sus posiciones sobre el papel desempeñado por el Istmo como sitio de tránsito históricamente habrían sido revaluadas en su justa dimensión.

Los beneficios existen y se expresan en hechos que sería tonto desconocer. Pero no es menos cierto que por razón de nuestra debilidad como nación faltaron siempre los medios para ordenar esa actividad, para condicionarla de manera que se vinculara en forma orgánica al resto del país, contribuyendo real y sistemáticamente a su desenvolvimiento gradual.

De hecho, la integración definitiva de todas esas áreas que revirtieron junto al Canal fue un momento crucial en nuestra historia pues, de manera inmediata, se abrió la magnífica oportunidad de consolidarnos a todo lo largo y ancho de nuestro territorio como país maduro y con ilusiones a futuro. “La historia nunca concluye… es revisión integral de ese pasado, reexamen que no cesa”. Adicionalmente, y jugando un poco más con mi imaginación, seguro estoy de que su proceder como hombre preocupado por la esencia de nuestro país habría sido motivo suficiente para expresar su deseo de que la política y la cultura estuvieran siempre entrelazadas, moral y éticamente, y así fortalecer de manera permanente todos elementos gestores de la nación panameña.

Dicen que no hay hombres indispensables. Conozco una excepción de esta regla: Rodrigo Miró. Nadie —Dios quiera me equivoque— retomará su tarea en el sitio donde él la dejó; nadie continuará hurgando laboriosamente en archivos y bibliotecas hasta dar con el dato que falta o descubrir el documento que zanje, de una vez por todas, la discusión sobre la fecha exacta de nacimiento de uno de los moradores de nuestro árbol genealógico. Ni proseguirá la tarea de seguirles la pista a los poetas y cuentistas nuevos de valía, a fin de incorporarlos a las futuras ediciones de sus antologías.

Así se expresó Guillermo Sánchez Borbón sobre la dolorosa partida de Rodrigo Miró Grimaldo en La Prensa el 4 de febrero de 1996, comenzando las hermosas líneas arriba expuestas con una cita del escritor estadounidense William Saroyan(1): “Sabía que todos los hombres son mortales, pero creí que en mi caso Dios haría una excepción. Nada le habría costado”. Coincido plenamente, y agrego otra acotación del mismo autor que reza: “Demanda mucho ensayo para un hombre llegar a ser él mismo”. Sin duda alguna las dos reflexiones se aplican a Rodrigo Miró Grimaldo con claridad meridiana pues la perpetuidad le llegó, no por deambular a diario entre nosotros con aquella sonrisa afable, sus gafas grandes y el cabello gris plateado, sino porque su tesón por definir quiénes somos a través de la historia y la cultura lo convirtieron —a fuerza de su trabajo constante— en un genuino inmortal de la nación panameña.

  1. Cinco días antes de morir, William Saroyan concedió a Associated Press su frase póstuma: “Everybody has got to die, but I have always believed an exception would be made in my case. Now what?”. (Nota del editor).

 

 

Referencias bibliográficas

Épocas (2012, julio). Edición conmemorativa del centenario de Rodrigo Miró Grimaldo no. 7, año 27.

Miró, R. (1996, octubre). “Fundamento y legitimidad del 3 de noviembre”, Revista Universidad, no. 55-56.

______________ (1990, 21 de abril). “Hacia una visión panameña de nuestra historia”, La Prensa.

______________ (1986). Para dar las gracias. Discursos de agradecimiento del autor, Panamá: Litho Editorial Chen.

______________ (1979, 16 de septiembre). “Un libro que fue creciendo”, La República.

______________ (1969). Sentido y misión de la Historia en Panamá, Panamá: Imprenta Nacional.

______________ (1947). Teoría de la Patria, Buenos Aires: Talleres gráficos de Amorrortu e hijos.

Soler, Ricaurte (1971). Pensamiento Panameño y concepción de la nacionalidad durante el siglo xix, Panamá: Librería Cultural Panameña, S.A. (prólogo de Rodrigo Miró, p. XVIII).