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    María Elena Carles Rosas, Juan Abelardo Carles Rosas,

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Roque Cordero

by: María Elena Carles Rosas, Juan Abelardo Carles Rosas,

Roque Cordero demostró en todo momento un orgullo inquebrantable de ser panameño. A pesar de que la falta de visión de nuestras autoridades y de la sociedad en general, lo obligaron a vivir fuera del terruño gran parte de su vida, jamás consideró renunciar a su ciudadanía. Para todos es conocida su costumbre de firmar siempre sus composiciones como “Roque Cordero, compositor panameño”.

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Inició sus estudios musicales en el Instituto Nacional de Música con la profesora Ana Ruiz de De la Guardia, egresada de la Royal Academy of Music en Londres. Continuó sus estudios en el INAM y en 1980 ocupa el cargo de profesora de piano en dicha institución. A finales de ese año viaja a los Estados Unidos a proseguir estudios en Illinois State University, en Normal, Illinois, obteniendo los títulos de licenciada en Música con especialización en piano en 1984 y maestría en Música con especialización en piano en 1987. En 1995 obtiene su diploma de profesora de Educación Media con especialización en música en la Universidad de Panamá. Ha sido directora académica y profesora de varios centros educativos además de directora titular del Instituto Nacional de Música, presidenta del Comité Organizador del XIII Foro de Compositores del Caribe y del 1er. Encuentro de Musicología del Caribe, miembro de la comisión designada por el INAC para la actualización y modernización de los diseños curriculares de los Planes y Programas de estudio del Técnico Superior y licenciatura en Música, INAC en 1999, jurado de concursos de piano y jurado de concursos de bandas. Desde el año 2009 funge como profesora de la Cátedra de Piano en la Escuela Juvenil de Música del INAC.
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Obtiene la licenciatura en Ciencias de la Comunicación Social en la Universidad Santa María la Antigua, en 1997. Casi desde sus principios como profesional, Carles se desenvolvió en el campo de la producción editorial de productos seriados (revistas), así como en libros en empastado de lujo. Actualmente, pertenece al cuerpo de editores de la revista Panorama de las Américas, de Copa Airlines, produciendo para la revista entrevistas, reportajes y, sobre todo, amenas crónicas de viaje. También es consultor cultural de la Cámara Panameña del Libro.
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Overview

Cuando Roque Jacinto Cordero Quintero abrió sus ojos para percibir por primera vez las luces y los sonidos de este mundo, el 16 de agosto de 1917, nada de lo que le rodeaba parecía sugerir o presagiar el camino que recorrería, y que lo llevaría a ser considerado indiscutiblemente como el compositor más influyente que ha dado Panamá, en el campo de la música clásica erudita.

En su familia no había antepasados reconocidos en el arte musical, tampoco las circunstancias de su época, lugar y medio social se prestaban a los estímulos intelectuales propicios para cultivarlo. Su padre era zapatero y la familia se levantó en un ambiente de sencillez y trabajo duro, en el populoso barrio capitalino de Santa Ana. Como vivían en Santa Ana, su padre lo llevaba cada 3 de noviembre a escuchar las dianas que tocaba la banda del cuerpo de bomberos, y el niño se fue sintiendo atraído por la música desde temprana edad. Más tarde ganaría algo de dinero copiando las partes para los diferentes instrumentos que conformaban la banda de bomberos. Mayormente autodidacta, el joven Roque se pasaba largas horas en la biblioteca leyendo y tratando de aprender por sí mismo a escribir música.

El interés por superarse resultó vital para el futuro del santanero pues el ambiente tampoco ayudaba. Cordero daría sus primeros pasos en una temporada más bien oscura y desoladora: el primer Conservatorio Nacional de Música, fundado por el Gobierno nacional en 1904 y dirigido por Narciso Garay y luego, por su hermana, Nicole, había clausurado sus puertas alrededor de 1918, y el país no volvería a conocer institución semejante hasta 1941, cuando Arnulfo Arias crea el segundo Conservatorio de Música y Declamación. Cordero cursó estudios secundarios en el Colegio de Artes y Oficios Melchor Lasso de la Vega, donde inició su formación musical bajo la tutela del maestro Máximo Herculano Arrates Boza (18591936), clarinetista cubano establecido en Panamá en 1880, quien había sido instructor de instrumentos de viento en madera en 1911, así como miembro fundador de la primera Sociedad Filarmónica de Panamá. Arrates Boza era, además, autor de numerosas danzas de carnaval, entre las cuales sobresale como un clásico nacional Viva la reina roja, mejor conocida como Pescao.

Con Arrates Boza, el joven aspirante musical comenzaría estudios de clarinete, tocándolo en la banda del Cuerpo de Bomberos de Panamá. Cordero se presentaba en distintos pueblos del interior del país, durante las giras que realizaba la banda. Un día, cuando contaba alrededor de quince años, le llevó a su maestro Chichito, como llamaban al profesor Arrates Boza, su primera obra: un tango, aparentemente bien escrito, según su creencia. El maestro Arrates Boza, cuyo mayor énfasis en las clases siempre había sido el solfeo y algo de información sobre los grandes compositores europeos, observó detenidamente el trabajo y le dijo su error fundamental: si usted no sabe leer, no puede escribir. El joven clarinetista tomó muy en serio las palabras de su maestro y se puso a estudiar arduamente. Además del solfeo, profundizó en sus estudios de armonía e instrumentación para bandas, de forma casi autodidacta, y con tal intensidad y disciplina, que solo un año después del fallido tango, en septiembre de 1933, presentó exitosamente su primera danza, Brisas marinas, con la banda del Cuerpo de Bomberos. No debe extrañar que las primeras producciones de Cordero se enmarcaran en el ámbito de la música popular. Los compositores nacionales del momento, como Alberto Galimany, Ricardo Fábrega y Vicente Gómez, por nombrar algunos, a los que Cordero podía considerar como referentes, se concentraban en crear pasillos, marchas, danzas y tangos. De lo que se hacía afuera no se tenía mucha noticia, a menos que se tratara de óperas italianas y zarzuelas españolas que compañías itinerantes ponían sobre tablas en escenarios panameños. En tal sentido, Cordero reseñaría lo siguiente:

En el momento en que empecé a estudiar música en Panamá no podía existir influencia alguna de la música latinoamericana para mí, ya que no se escuchaba la música de ningún autor latinoamericano en Panamá, porque no había ninguna orquesta y no había grabaciones tampoco. Yo había leído sobre las obras de Heitor Villa-Lobos y de Carlos Chávez, pero no había escuchado ninguna. Tenía conocimiento de otros compositores de América Latina pero solo por lectura, ni siquiera por partituras. (Cordero, 2007).

Aun en medio de tan limitado ambiente, bien pronto sintió Cordero la urgencia de trascender lo bucólico de la producción musical panameña del momento, en busca de terreno más elevado. Se interesó entonces por lo que se calificaba en aquel entonces como música “clásica”. En 1934 estrenó Fantasía crepúsculo, ejecutada por la Banda Republicana bajo la batuta de Alberto Galimany. En 1938, con tan solo 21 años, fundó la Orquesta de la Unión Musical, precursora de lo que después sería la Orquesta Sinfónica Nacional. La génesis de dicha orquesta debe buscarse en las celebraciones que tradicionalmente se hacían en Panamá cada 22 de noviembre para honrar a los músicos y a su patrona, Santa Cecilia. A finales de la década de los treinta eran los maestros Pedro Rebolledo y Avelino Muñoz los encargados de organizar, cada año, el concierto y la misa conmemorativos a la fecha. En 1938, el maestro Muñoz le pidió a Herbert de Castro que lo relevara en ambos eventos. De Castro declinó el ofrecimiento, recomendando en su lugar a Cordero.

Destacaría Cordero posteriormente:

Yo hice constar que no dirigiría la misa ni el concierto sin que la Unión Musical me respaldase para mantener la orquesta a través del año. El maestro Muñoz estuvo de acuerdo con eso y de esa forma la orquesta Unión Musical se hizo un organismo permanente. (Cordero, 2007).

Tres años más tarde, el entonces presidente Arnulfo Arias la reorganizó como Orquesta Sinfónica Nacional.

Con Unión Musical, Cordero fue capaz de interpretar por primera vez para audiencias nacionales obras complejas, tales como la Sinfonía inconclusa de Schubert y algunas sinfonías de Beethoven. “Yo solamente las había escuchado en mi mente leyendo las partituras pero no había podido escuchar a una orquesta interpretarlas”. También se interpretaron composiciones de su autoría, como Capricho interiorano (1939), la que, según sus propias declaraciones, no hubiese sido capaz de concluir sin contar con una orquesta que le ayudara a escucharla mientras la creaba. En Capricho interiorano comienza a evidenciarse el interés de Cordero por incorporar elementos vernaculares a su música.

Quise aprovechar temas conocidos como la mejorana, la cual había sido empleada también por el maestro Galimany en su Capricho Típico, el cual también tenía fragmentos de otros bailes nacionales. Tomé entonces la mejorana, después de analizar lo que había escrito el maestro Narciso Garay en su libro Tradiciones y cantares de Panamá. Traté de tomar el tema auténtico y hacer una pequeña obra que dura solo unos cuatro minutos. Y esa fue mi primera obra orquestal.

De hecho, y aunque Cordero había escrito otras obras antes, es Capricho su primera pieza para orquesta, propiamente dicha, aceptada universalmente como la obra inicial de su catálogo.

A principios de la década de los cuarenta, conoció al profesor Myron Schaeffer, que en esos momentos ejercía como catedrático invitado en la recién abierta Universidad de Panamá, aunque Cordero nunca estudió allí. El profesor Schaeffer le ayudó a ganar una beca en 1943, otorgada por el Instituto de Educación Internacional, con sede en Nueva York, que le permitió inscribirse en la Universidad de Minnesota, en Minneapolis, para estudiar educación musical. Ya instalado, a Cordero se le invitó a dirigir la banda musical de dicha universidad en la ejecución de Reina de amor, una marcha carnavalesca de su autoría.

La ejecución fue positivamente acogida por la audiencia, y en particular por John K. Sherman, crítico musical del diario Star-Journal de Minneapolis, quien quiso conocer a Cordero, a quien además le ofreció toda la ayuda que pudiera darle para que continuara sus estudios. El ofrecimiento se cristalizó durante una cena ofrecida por Schaeffer en su casa, en octubre de 1943, a la que Cordero fue invitado, y a la que también asistía Dimitri Mitrópoulos, pianista y compositor de origen griego (posteriormente naturalizado estadounidense), reconocido como uno de los directores de orquesta más prestigiosos del siglo xx, y quien en el momento era director de la Orquesta Sinfónica de Minneapolis.

El panameño había llevado la partitura de su Capricho interiorano, pues la consideraba más apropiada que Reina de amor, para mostrarla al director de orquesta. Luego de leer la partitura del primer (y en ese momento, único) trabajo orquestal de Cordero, el maestro Mitrópoulos elogió la obra, sobre todo el manejo de la orquesta, pero observó que hacía falta mover las voces con más independencia, lo cual indicaba la necesidad de aprender contrapunto. “Para subsanar esa falla, Mitrópoulos me ofreció su ayuda económica para que estudiase esa materia y materias afines, con el compositor vienés Ernst Krenek, quien enseñaba en la Universidad de Hamline, en la vecina ciudad de Saint Paul”, recordaría Cordero en una exposición hecha a estudiantes panameños, tiempo después, en 1995. La aspiración de Cordero era dominar la “técnica de los doce tonos”, base para toda la corriente musical contemporánea denominada como “serialismo”, para aplicarlo a sus composiciones manteniendo su propia identidad. Krenek duda desde el primer momento de las intenciones de Cordero, advirtiéndole que tal técnica estaba más ligada a una percepción estética centroeuropea, específicamente vienesa, muy alejada del sentir de un compositor latinoamericano, pero aun así aceptó enseñarle el método.

La beca que inicialmente había permitido a Cordero viajar a los Estados Unidos tenía una duración de nueve meses. Con la ayuda de Mitrópoulos, el compositor panameño prosiguió sus estudios por cuatro años más. Para esa época Krenek ya tenía la reputación de ser uno de los máximos exponentes del método dodecafónico, creado, entre otros, por el también austriaco Arnold Schönberg, de acuerdo con el cual se componía con doce tonos vinculados únicamente entre sí, en lugar de emplear la relación tonal acostumbrada de un tono dominante, característica del sistema armónico tradicional europeo de composición. Pero sería un error presumir, como han hecho algunos, que Krenek inició a Cordero en la escritura dodecafónica, pues su campo principal de estudios con el maestro vienés fue estrictamente el contrapunto palestriniano, componente principal de la dieta musical prescrita por Mitrópoulos. Además, el compositor panameño ya había conocido la música de Schönberg algunos años antes de su viaje a Estados Unidos (en 1940), gracias a la combinación de mente alerta y buena suerte que parecen haberlo acompañado siempre. Ese año pasó por Panamá un violonchelista alemán que poseía y deseaba vender varias partituras de Schönberg, entre ellas las de Pierrot Lunar y las de Noche transfigurada. Cordero se las compró inmediatamente y quedó atraído por el mensaje emocional y el fervor expresionista de la música de Schönberg más que por el método dodecafónico. Posteriormente, también se reflejaría en su obra la influencia del lirismo de Alban Berg. Como podemos ver, el compositor tenía un mapa bastante claro de a qué aspiraba al arribar a los Estados Unidos.

El comienzo de clases con Krenek marcó el punto decisivo de su formación como compositor. Con él, la obra de Cordero alcanzó gran madurez intelectual, además de desarrollo técnico. El estudiante panameño era un compositor infatigable. Su Primera sinfonía, terminada en 1945, alcanzó una mención honorífica en el Concurso Musical Reichhold para compositores de toda América. A propósito, y aun con lo difícil que resulta lograr una audición de una partitura contemporánea, esta sinfonía pudo ser ejecutada, bajo la dirección de su propio autor, diez años después de su composición, en 1955, por la Orquesta Sinfónica Nacional de Panamá. Tras alcanzar nuevos estadios intelectuales, Cordero compone su Segunda sinfonía y el Concierto para violín y orquesta, obras ambas que recibieron distinciones internacionales. Mantenía siempre su preocupación principal de buscar un código propio que le permitiera validarse frente al quehacer musical mundial sin perder sus raíces.

 

Uso un lenguaje internacional, pero dentro de todo eso está siempre el sentir de la música panameña ya que seguiré siendo siempre un ciudadano panameño y por eso firmo siempre “compositor panameño”. Y no es sencillamente tratando de llevar la cita folklórica, es decir, es el sentimiento de un hombre que nació en Panamá, que ama Panamá y que trata de expresar su mensaje como panameño a todas las regiones del mundo. (Cordero, 1994, pp. 6-9).

Se trató de un fructífero periodo durante el cual, al tiempo que aprendía la técnica dodecafónica, también componía algunas otras de sus obras más bellas, como Sonatina rítmica para piano, Danza en forma de fuga, para cuarteto de cuerdas, el Concierto en mi menor, para piano y orquesta, y sus Ocho miniaturas para orquesta pequeña. Sin embargo, y según las propias palabras del compositor, fue con la Sonatina para violín y piano, creada en 1946, cuando encontró el acuerdo perfecto entre su identidad como compositor latinoamericano y el manejo de la técnica dodecafónica vienesa. “Como reconocimiento al valor de la obra”, recordaría Cordero años después, “Krenek tocó al piano para su estreno mundial, junto con la violinista Jenny Cullen”. Sonatina para violín y piano se ejecutó por primera vez el 8 de mayo de 1947 en la ciudad de Saint Paul, Minnesota. Para su adiestramiento musical como director de orquesta, Cordero recibió una beca de Serge Koussevitzky, que le permitió estudiar con Stanley Chapple en el Centro Musical de Berkshire, Massachusetts, durante el verano de 1946.

En dicho centro académico, conocido ahora como el Tanglewood Music Center y cuyo prestigio internacional es monumental, Cordero tuvo la oportunidad de interactuar con colegas latinoamericanos de la talla de Alberto Ginastera, Juan Orrego-Salas, Julián Orbón, Héctor Tosar, Antonio Estévez y Oscar Buenaventura. El panameño recordaría luego que muchos de ellos concordaban con la idea inicial de su maestro Krenek, en el sentido de que la técnica dodecafónica no era un lenguaje propicio para un compositor latinoamericano. Aun así, Cordero persistió, demostrando una visión excepcional para la región, y siendo, al final de cuentas, uno de los pocos latinoamericanos dignos de mencionar entre los cultores de este movimiento musical, que ha marcado la pauta en la música erudita de finales del siglo xx. Cordero se graduó de la Universidad de Hamline en 1947, con ponderación Magna Cum Laude. Inmediatamente tras su grado contrajo matrimonio con Elizabeth Lee Johnson, a quien había conocido durante su corta estancia en la Universidad de Minnesota, mientras ella estudiaba la licenciatura en Educación Musical. Elizabeth también había concluido la licenciatura al momento. Posteriormente, una pensión del gobierno panameño posibilitó continuar estos estudios de 1947 a 1949 con Leon Barzin y la Asociación Nacional de Orquestas, en Nueva York. Cuando nació el primer hijo de la pareja, en 1949, lo bautizaron como Dimitri, en honor al director de orquesta cuya generosidad había hecho posible que el compositor culminara sus estudios en Hamline.

El fructífero primer periodo de estadía de Cordero en Estados Unidos fue coronado con el otorgamiento de una de las codiciadas becas de la Fundación John Simon Guggenheim, que se ofrecen a profesionales de probada y excepcional habilidad en su campo, como estímulo a su creatividad. El compositor honró la distinción componiendo durante el año de duración de la beca (1949-1950) el Quinteto para flauta, clarinete, violín, violoncelo y piano. Además, dio los pasos iniciales en la composición de otras obras primordiales de su catálogo, como dos Oberturas panameñas para orquesta, Sonatina rítmica para piano, Danza en forma de fuga para cuarteto de cuerdas y Dos piezas cortas para violín y piano. De vuelta en Panamá, el joven compositor se incorporó al cuerpo docente del Conservatorio Nacional de Música, bajo la dirección de Alfredo de Saint Malo.

El nuevo académico se destacó entre el profesorado del Conservatorio, además produjo obras para ballet que fueron presentadas en el país con el apoyo de Cecilia Pinel de Remón, entonces primera dama de la república y amante del ballet clásico. Se ha hablado de diferencias entre Cordero y Saint Malo, dos de las mentes más preclaras que ha dado este pequeño país en cuanto al quehacer musical se refiere, que tenían dos visiones muy definidas de cómo debía llevarse la enseñanza de este arte. En 1953, se decretó oficialmente la transformación del Conservatorio Nacional de Música en el Instituto Nacional de Música (INAM), cuya dirección se encargó a Roque Cordero. Saint Malo, cuyo puesto directivo dejó legalmente de existir, aceptó la cátedra de Violín que le ofreció la Universidad de Texas, en Austin, ciudad donde murió en 1984. En su calidad de director del Instituto Nacional de Música, Cordero se interesó por actualizar todos los programas de enseñanza musical.

Comencé con la creación de Cursos de Educación Musical, bajo la dirección de Adriana Mendoza, quien había obtenido un doctorado en la materia en los Estados Unidos; nombré comisiones para revisar todos los programas de enseñanza instrumental, insistiendo en agregar obras del siglo xx al repertorio; establecí cursos teóricos de formas musicales, canon y fuga, instrumentación, composición y dirección de orquesta y coros; eliminé la entrega de diploma por cada materia e insistí en otorgarlos solo por estudios completos, ya fuesen de instrumento, Educación Musical o Composición.

Otro de los grandes aportes de Cordero como director del INAM, no solo para Panamá, sino para Latinoamérica, fue la introducción de su Curso de Solfeo. Considerado como uno de los referentes de la teoría musical a nivel regional, se utiliza actualmente en varios países del hemisferio, siendo el texto oficial de aprendizaje de la disciplina en Puerto Rico, Venezuela y en muchos centros educativos de música en México. En Panamá, sin embargo, se topó con la oposición de gran parte del profesorado, ya que exigía mucho más trabajo y dedicación por su parte. Actualmente, el método se usa poco en este país. Tantas dificultades asociadas a sus deberes como docente y administrativo, naturales en el camino de quienes traen la reforma y la innovación, consumían buena parte del tiempo y las energías de Cordero. Sin embargo, ello no impidió que prosiguiera su prolífica labor creativa como compositor. A principios de 1956 se anunció el importante concurso de composición musical auspiciado por el Instituto José Ángel Lamas de Caracas.

El certamen, abierto a todos los compositores latinoamericanos, demandaba que los participantes enviaran bajo seudónimo una obra inédita extensa para orquesta sinfónica. Las obras serían examinadas por un jurado de eminentes autores latinoamericanos y la ganadora, aparte de reportar un espléndido premio de diez mil dólares para su creador, sería interpretada por la Orquesta Sinfónica de Venezuela en el Segundo Festival Latinoamericano de Música, que se celebraría en Caracas en 1957.

Trabajando hasta avanzadas horas de la noche en su oficina del Instituto Nacional de Música, escribió su Segunda sinfonía en ocho semanas, del 5 de julio al 30 de agosto de 1956. Aunque el premio fue compartido entre cuatro compositores de la región: Blas Galindo, de México; Camargo Guarnieri, del Brasil; Enrique Iturriaga, del Perú, y Roque Cordero, de Panamá, eso no disminuyó la satisfacción del último. Cordero fue invitado a participar en el Festival de Caracas donde, durante tres semanas, compartió con treinta y cinco de sus más eminentes colegas latinoamericanos, europeos y estadounidenses. La jornada alcanzó su epítome la noche del 6 de abril de 1957, cuando Roque Cordero subió a recibir la ovación del público presente en el Anfiteatro José Ángel Lamas, tras concluir la ejecución de su Segunda sinfonía, bajo la dirección de Carlos Chávez. En 1964, Cordero dejó la dirección del INAM para encargarse de otro reto: la dirección de la Orquesta Nacional, reemplazando a Herbert de Castro, quien la había dirigido desde su reorganización, en 1941.

Sin embargo, aunque fecunda, la labor de Cordero al frente de la agrupación no duraría mucho. En agosto de 1965, el compositor apostó alto al publicar una carta abierta en periódicos del país, dirigida al entonces presidente de la república, Marco Robles, y a su ministro de Educación, Rigoberto Paredes. En ella hacía constar que había logrado llevar a la orquesta al nivel más alto al que podía, en medio de las circunstancias del momento, y que para llevarla más arriba y convertirla en una orquesta de nivel mundial, necesitaba importar músicos que no solo ayudaran a complementar sus cuadros instrumentales, sino que también se dedicaran a la enseñanza. Cordero anunció en dicha nota pública que, si para enero de 1966, no se le ofrecía la ayuda económica necesaria para lograr los objetivos que se había propuesto, “buscaría tierras más cultas en las cuales celebrar el Bicentenario del nacimiento de Beethoven”. La respuesta fue poca y tardía:

El Señor Presidente solo pudo ofrecerme el 10 % de lo que yo necesitaba. En los primeros meses de 1966, la Universidad de Indiana me ofreció la Subdirección del Centro Latinoamericano de Música, y la posición de profesor de Composición. El puesto era por tres años, por lo que pedí una licencia para poder regresar a Panamá luego de cumplirse ese periodo. Me la negaron.

A pesar de ello, Cordero aceptó el cargo. El 1 de julio de ese año salió Cordero del país:

[…] con el dolor que me causaba el dejar abandonados a los muchos alumnos que tenían fe en mis enseñanzas. Tengo una carta del ministro de Educación de la época, en la que me decía que, si no regresaba, quedaba despedido. Comprenderá que ni siquiera me tomé la cortesía de responderle. (Cordero, 1982).

Años después, y con la certeza de que no volvería a vivir en Panamá, Cordero comenzó a componer su cuarta sinfonía, la Panameña, de una belleza particular, en la que la profunda nostalgia por el terruño tradujo nuestras danzas más tradicionales a un lenguaje más global. Como bien lo explica Octavio Arosemena en su valoración sobre el compositor:

[…] incapaz de olvidar sus raíces, [Cordero] no renuncia a la herencia del folclore patrio, sin que esto signifique el uso literal de citas melódicas, armónicas o rítmicas. Muy por el contrario, la producción del maestro Cordero es uno de los mejores ejemplos de la aplicación de elementos vernaculares a un lenguaje propio del siglo xx, abstrayendo la esencia del sentir panameño mediante ciertas pautas rítmicas o armónicas que evocan sutilmente algunos de nuestros géneros musicales más tradicionales.

Empezó así la siguiente etapa de su carrera, 42 años de su vida, durante la cual se destacó como pedagogo, compositor e impulsor de la nueva generación de músicos. Al terminar su contrato con la Universidad de Indiana, en 1969, se trasladó a Nueva York, donde comenzó su labor como consultor musical de la Southern Music Publishing Company. Luego, en septiembre de 1972, tomó la cátedra de Composición en la Universidad Estatal de Illinois, en Normal, fue además director de la Orquesta del Valle de Illinois. Ese mismo año, la Peer International Corporation, una de las editoras musicales más reconocidas, y aún vigente, lo contrató para asesorar sus producciones musicales. No es injusto reiterar que el reconocimiento de la nación panameña para con su compositor musical más prolífico fue tardío, pobre y poco provechoso para el país. Panamá se privó por más de cuarenta años del aporte que hubiese podido dar Cordero al progreso de la música en particular, y de las artes en general, error en el que, por el contrario, no incurrieron otros vecinos de la región.

En 1966, poco después de su partida, estrenó en Hamline, Indiana, sus Dos pequeñas piezas corales; en 1968, la Universidad de Alabama acogió el estreno de su Cuarteto de cuerdas no. 2. Mientras, al sur del continente, Cordero entregó su Concertino para viola y orquesta de cuerdas (1968) en la Universidad Católica de Chile; además, en el 11º. Festival de Guanabara, Brasil, ofreció, en 1970, Música veinte para voces y orquesta de cámara. Otros países en los que el compositor y teórico musical panameño cosechó triunfos durante su exilio fueron Puerto Rico, la República Federal de Alemania, Francia, España, Guatemala y Argentina, entre otros varios escenarios en los que participó, además de director ejecutante, en conferencias, congresos y asambleas asociadas al quehacer musical mundial, y en los que siempre se le reconoció como una voz autorizada.

A principios de la década de los ochenta, el Estado panameño intentó revertir la indiferencia con la que se había tratado a Cordero. En 1982 se le condecoró con la orden Vasco Núñez de Balboa en el grado de Gran Cruz. Por otro lado, Diógenes Cedeño Cenci, Director del Instituto Nacional de Cultura (INAC) durante la época, lo invitó a que ayudara a reorganizar la Orquesta Sinfónica Nacional.

Tuvimos una charla de dos horas en la que le expuse mis ideas. Yo preparé un plan para reorganizarla; se lo envié a solicitud suya. Pedí una sabática para permanecer en Panamá por nueve meses y llevar a cabo esta labor, pero nunca obtuve respuesta […].

Así lo recordaría el maestro durante la entrevista ofrecida a Margot López, en Talingo, suplemento cultural de La Prensa. Su nombre y hechos han sido incluidos en importantes antologías biográficas de músicos, como la Rieman’s Musik Lexicon (1972), Vinton’s Dictionary of Contemporary Music (1974); The New Grove Dictionary of Music and Musicians (1980), Panameños ilustres (1988), y Contemporary Composers (St. James Press, 1993). Fue editor musical de la impresora Peer International Corporation, desde finales de la década del sesenta, así como miembro del Comité Nacional por la Diversidad Cultural en las Artes Escénicas del Kennedy Center. En 1972 fue invitado para asumir la cátedra de Composición en la Universidad Estatal de Illinois, en la ciudad de Normal, posición que retuvo hasta su retiro de rigor, en 1987. La universidad le ofreció la posición de profesor distinguido emérito tras su retiro, la cual ejerció hasta 1999.

Escribió obras por encargo de importantes fundaciones e instituciones, como la Fundación Koussevistzky, la Fundación Coolidge, el Festival de Música Latinoamericana, de Caracas, y el Festival de Río de Janeiro, la Fundación Nacional de las Artes y el Centro Kennedy (en Washington, D. C.), la Universidad de Alabama, la Sinfónica de Venezuela, la Sinfónica de Cincinnati, la Sinfonietta de Chicago, entre otras entidades y agrupaciones. Su prolífica labor creativa se tradujo en más de sesenta composiciones musicales, incluyendo cuatro sinfonías, además de obras para orquesta, ensambles, solistas y coro. Muchos críticos coinciden en señalar su Concierto para violín como su obra más consistente y de mayor proyección. Un compendio de su obra debe incluir, para orquesta, las siguientes composiciones:

Capricho interiorano (1939), Ocho miniaturas (1944, revisadas en 1948), Sinfonía no. 1 (1945), Movimiento sinfónico para orquesta de cuerdas (1946), Obertura panameña no. 2 (1944), Introducción y allegro burlesco (1950), Rapsodia campesina (1953), Adagio trágico para orquesta de cuerdas (1955), Sinfonía no. 2 (1956), Cinco mensajes breves (1959), Sinfonía con un tema y cinco variaciones no. 3 (1965), Elegía para orquesta de cuerdas (1973), Momentum júbilo (1973), Seis móviles (1975), Sinfonía no. 4 “Panameña” (1986), Fanfarria jubilosa (1994), y Tributo sinfónico a un centenario (1997), entre otras. Una antología de su repertorio de obras para solista y orquesta debe incluir las siguientes piezas: Mensaje fúnebre para clarinete solo y orquesta de cuerdas (1961), Concierto para violín (1962) y Concierto no. 2 para piano y orquesta (2001). Para piano pueden destacarse los siguientes trabajos: Preludio para la cuna vacía (1943), Nostalgia (1943), Sonatina rítmica (1943), Nueve preludios (1947), Sonata breve (1966), Cinco nuevos preludios (1983), Sonata (1985) y Tres meditaciones poéticas (1985). Para dos pianos deben mencionarse Rapsodia (1945) y Dúo (1954). Para piano y violín están: Dos piezas cortas (1945) y Sonatina para violín y piano (1946), entre otras. Cordero también fue muy prolífico generando piezas para orquestas de cámara, tales como sus dos Cuartetos de cuerdas (1960 y 1968), Danza en forma de fuga para cuarteto de cuerdas (1943), Quinteto para piano, violín, violonchelo, flauta y clarinete (1949), Mensaje breve para flauta, oboe, clarinete y fagot (1957), Mensaje breve para clarinete y fagot (1958), Tres mensajes breves para viola y piano (1966), Circunvoluciones y móviles para 57 instrumentistas (1967), Permutaciones 7, para clarinete, trompeta, timbales, violín, viola, contrabajo y piano (1967), Paz, paix, peace, para cuatro tríos y arpa (1969), Soliloquios no. 1 para flauta sola (1975), Variaciones y tema para cinco (1975), Soliloquios no. 2 para saxofón solo (1976), Soliloquios no. 3 para clarinete solo (1976), Dúo para oboe y fagot (1996), y Tres veces 13, para arpa (1997). El abultado repertorio no puede cerrarse sin mencionar otras obras como Música veinte, Tres permutaciones para violín, violonchelo y contrabajo, Nocturno poético del río Ming (para flautas, clarinete bajo, marimba y percusión, de 1981), Soliloquios no. 4 (para percusión) y 5 (para contrabajo solo), ambos de 1981; el Soliloquio no. 6 para violonchelo solo (1992), Sonata para violonchelo (1963), Música para cinco metales (1980), Tres miniaturas para flauta y clarinete (1985), Dodecaconcerto (1990), Cuatro mensajes para flautas y piano (1991), Salmo 113 para coro a capella (1944), Patria (1944), Sensemayá, para coro mixto y tambor (1950), Canon no. 1 para coro a capella (1961), Dos pequeñas piezas corales (1966) y finalmente, la banda sonora de la película panameña An mar Tule (1971).

No todas las obras citadas aquí figuran en el repertorio autorizado por el compositor, pero deben tenerse en cuenta para entender su evolución estética. Muchas de estas composiciones fueron premiadas e interpretadas por orquestas de primer orden de Europa y las Américas. En todos lados, menos en Panamá. Tras cuarenta y nueve años de mutismo, la música de Roque Cordero al fin volvió a ser ejecutada en suelo panameño, el 30 de septiembre de 2004. La ejecución la hizo la Orquesta Sinfónica Nacional de Panamá, bajo la dirección de Jorge Ledezma Bradley. El concierto, preparado para mostrar el medio siglo de evolución que había pasado desde que el compositor abandonara suelo patrio hasta la fecha, abarcó piezas como Capricho interiorano (1939), Tributo sinfónico a un centenario (1997), además de la Danza en forma de fuga (1958) y su Cuarta Sinfonía, “Panameña” (1986). Posteriormente, en 2007, durante el Sexto Encuentro Internacional de Guitarra, dedicado a los noventa años de vida del músico se efectuó el Primer Concurso Centroamericano de Composición para Guitarra Roque Cordero. El compositor tuvo la dicha de atender estos homenajes, que prometían enmendar el desconocimiento en el que su extraordinaria obra había caído en Panamá, por lo menos fuera de los círculos musicales.

A los 91 años, gozaba de buena salud y fortaleza, y seguía atendiendo sus actividades cotidianas, componiendo e intercambiando correspondencia con diversos amigos y colegas alrededor del mundo. Una complicación médica, tras una intervención quirúrgica de rutina, acabó con su vida, el 27 de diciembre de 2008, en Dayton, Ohio, donde había fijado definitivamente residencia. Al momento de su deceso, Cordero se preparaba para la interpretación de su Concierto para violín y orquesta, por la Orquesta Filarmónica de Dayton, con la participación de la violinista Rachel Barton Pine como invitada, que se celebraría a mediados de febrero siguiente. Cuatro años después, y por voluntad del mismo Cordero, sus restos fueron trasladados a Panamá. Su regreso definitivo al terruño fue marcado por una misa de entierro abierta al público, celebrada en la capilla del Jardín de Paz, el 16 de agosto (su fecha de cumpleaños) de 2012, y por un concierto gratuito, celebrado en el Teatro Nacional, al día siguiente, también conducido por Ledezma Bradley. Roque Cordero demostró en todo momento un orgullo inquebrantable de ser panameño. A pesar de que la falta de visión de nuestras autoridades y de la sociedad en general, lo obligaron a vivir fuera del terruño gran parte de su vida, jamás consideró renunciar a su ciudadanía.

Para todos es conocida su costumbre de firmar siempre sus composiciones como “Roque Cordero, compositor panameño”. Le sobreviven su esposa, Elizabeth Lee, colega música y fiel colaboradora en sus afanes y desvelos, así como dos de sus tres hijos y varios nietos.

 

Referencias bibliográficas

Arosemena, O. (1994, 10 de abril). Talingo, p. 7.

Cordero, R. J. (1994, 10 de abril). “Roque Cordero, un panameño universal”. Talingo, pp. 6-9. Entrevista realizada por Margot López.

Cordero, R. J. (2007, 25 de noviembre). “Tuve que irme con mi música a otra parte”. Día D., p. 5. Entrevista realizada por el doctor Emiliano Pardo-Tristán.