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    Edilia Camargo Villarreal

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Roque Javier Laurenza

by: Edilia Camargo Villarreal

El 5 de enero de 1985 muere Roque Javier Laurenza en Madrid. Colgó los guantes este boxeador, poco conocido, porque su pegada nada tuvo que ver con la fuerza bruta de los puños… Pegábale a las palabras, con fuerza, para que al fin se abrieran y dejaran exhalar ese delicado perfume de lirios.

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Doctora en Filosofía por la Universidad de Burdeos (Francia). Docente de Filosofía y Estética en la Universidad de Panamá e invitada por el Departamento de Sociología de la Universidad de Antananarivo (Madagascar). Funcionaria internacional en el Secretariado de Unesco y sus programas de Ciencias Sociales y Filosofía, Cultura y Comunicación, Relaciones Exteriores y Educación. El capitán Cabuya y su hija, Violencia dulce, Estética, Afro-reparaciones: memorias de la esclavitud y justicia reparativa para negros, afrocolombianos y raizales son algunas de sus publicaciones y artículos, conferencias, ensayos, traducciones, compilaciones de textos, obras colectivas, tesis de licenciatura y doctorado. Asociación Internacional de Mujeres Filósofas, escritores negro-africanos; periodistas de Panamá la cuentan entre sus miembros fundadores y activos.
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Roque Javier Laurenza:  El boxeador de la palabra

El hombre

El 3 de diciembre de 1910 nace, en Chitré, Roque Javier Laurenza. Hijo de Giuseppe Laurenza y Emma Bósquez Aispuru, fue el mayor de sus tres hermanos, Rubén, Margarita y Editta. Los Laurenza vivían cerca de Las Bóvedas, frente al antiguo Club Unión. Su padre, de origen italiano, llegó a ser uno de los mejores fotógrafos que, junto a Carlos Endara, constituyó el binomio más destacado que tuvo la fotografía en Panamá a principios del siglo xx. Al cumplir seis años sus padres se separan y sobreviene una época de penuria.

Don Tomás Badiola, vecino de los Laurenza, y padrino de Roque, lo toma bajo su cuidado y encontramos al niño, para esa época, en la hoy conocida plaza de Santa Ana. De vecino del Club Unión y de una tranquila vida intramuros en la ciudad histórica, pasará a ser vecino de El Panazone, en el arrabal de Santa Ana, calco para pobres de las construcciones afrancesadas del viejo casco de la ciudad. A los doce años practica el boxeo, primero como aficionado bajo el nombre de Young Benny Asmid, y luego como Kid Laurenza, decidido pues a abrazar la dura y áspera profesión de los puños. El fantasma del marqués de Queensberry, el escocés que estableció las reglas del boxeo moderno, lo perseguirá a lo largo de toda su vida. Lo hará su álter ego, su amigo, su inspiración, el estratega de su atormentado y creativo camino. Sobre este aspecto de su hombría, nervio vital de todo él y de su obra como escritor, fotógrafo y poeta, Rogelio Sinán coincide con la apreciación de su hijo menor, Pier.

El boxeo es parte de la imagen del dandy, un cierto estilo de vivir, en donde pegar es sinónimo de sorprender, émerveiller, maravillarse, animar un debate, perfumarlo con picardía. El estilo es algo inseparable de la forma de ser… es, pues, creación artística. Sinán no descarta la posibilidad de que la figura de Ramón Arosemena, único boxeador salido de las filas de la oligarquía panameña, haya tenido que ver con esta “entrada”, que no afición, de Laurenza en el mundo del boxeo de estilo y definidor de una búsqueda estética. Justamente lo contrario a “la pegada” oportuna y habilidosa, “para ganar” un combate y por supuesto, la bolsa de plata. Buscaba la plata, nos dirá Pier, pero sólo la necesaria para comprar libros y poder dedicarse a la lectura, la puerta que le abriría paso al mundo de otros combates. Los libros le abrirían a Roque Javier Laurenza otro tinglado increíble.

Los contrincantes no tendrán figura humana, ni pies ni brazos, ni cabeza visibles, puesto que la aparente calma e inocencia de las palabras, ese mundo que se le fue abriendo con toda su fuerza a través de la lectura, lo incitaría a derribarlas una tras otra, no como diría don Juan, mille e tre, todas juntas, sino una tras otra. A husmear sus perfumes, sus esencias, a pulirlas hasta para poder comérselas… Kid Laurenza o el marqués de Queensberry serán para Roque el equivalente del “jorobadito duende” del que nos habla Hannah Arendt para Walter Benjamin, y tal vez la marca que puede dejar un recuerdo infantil; en el caso de Benjamin, es el pedido de oración para un jorobadito (bossu) de una popular canción para niños alemana: Bet fürs bucklicht Männlein mit (Arendt, 1971); para Roque, ese bichito se nos antoja ser el golpe de gracia que le lanza a un jodido o jodedor, según el caso. No puedo leerlo de otra manera, cuando al evocar nuestro primer encuentro —había oído hablar de él, sin haber leído nada suyo—, sabía también que se acababa de jubilar en la Unesco y que entraba yo “al tinglado” en reemplazo suyo, para llenar el cupo vacío que le quedaba a Panamá en su cuota de tres funcionarios en ese organismo. “Doctora —subrayó bien lo del diploma—, mucho gusto. He leído sus escritos”.

Pienso que efectivamente lo habría hecho, a lo mejor para impresionarme, precaución que yo no tomé. Y ¡pum! ahí te va el golpe. “Le recomiendo que vuelva usted a la lectura de los clásicos. Quevedo, por ejemplo…” —y más adelante— “no siento nada de la Escuela de Frankfurt”. Adorno, sobre todo, su refugio y consuelo, como veremos luego. No digo que me sacó el aire… Pero definitivamente logró lanzarme esa estocada para sorprenderme o tal vez para entablar un diálogo que no pude seguir. Él estaba en lo cierto. Tengo una cierta animadversionem hacia los clásicos españoles y en particular Quevedo. Su hijo Pier reconoció la escena en el acto: el bar de los delegados permanentes de la Unesco, en el primer piso del edificio del no. 1 rue Bonvin, en el xV, sede de las delegaciones permanentes ante la Unesco. Allí iría todos los días, después de su jubilación, a tomarse un café, charlar con sus amigos y colegas y subir al tinglado, cuando así le diera la gana. La licenciada Ruth Decerega, quien presenció la escena, apenas si sonrió y no quiso entrar. Laurenza tuvo poco contacto con la escuela institucionalizada. Se le recuerda asistiendo a un kindergarten, su único diploma escolar. Las mentes brillantes pueden permitírselo. “Salamanca” se dará por añadidura y no la necesitan. Eso es parte de un estilo. Don Tomás Badiola refiere que lo había matriculado en una escuela ubicada por las calles 13 y 14, pero estaba tan ocupado en sus negocios —Gilda Badiola, su sobrina nieta, subraya este aspecto, pero no recuerda ninguna mención específica al ahijado— que no supo que el niño no asistía. Se enteró mucho después, al mismo tiempo que pudo comprobar que había cambiado el aburrimiento de la escuela por la Biblioteca Nacional, para leer aquellos libros que no podía comprar. A los quince años ya dominaba con facilidad el inglés, lo que también Badiola pudo comprobar.

Entre los años 1925 y 1927, Laurenza se mezcla en una serie de actividades con ánimo jacarandoso. Carlos Enrique Adames dará testimonio de algunos aspectos de este trecho del camino. Escribirá crónicas deportivas que va a firmar con seudónimos. Los compañeros del momento serán Marco A. Gandásegui, Pablo Abad, Guillermo y Camilo Valdés. Tenían acceso al cabaret Metropole sencillamente por ser miembros de la pandilla (hoy los hubieran fichado como delincuentes). Era cajero en el hotel donde funcionaba el dichoso cabaret. El dueño, Charlie Cantor, y su enorme concubina, permitían que los chicos se quedaran en la entrada. Él mismo contará que allí se despertará su curiosidad por lo erótico, sin entrar en más detalles. Podía presenciar los entrenamientos diarios de las bailarinas, que las había de las nacionalidades más exóticas.

El aguijón de la literatura latinoamericana

A partir del año 1926 se puede detectar la presencia de un ambiente intelectual más definido y más al día en el círculo frecuentado por Laurenza. El 30 de octubre de ese año, Rafael Fuentes Jr., secretario de la Legión de México, dicta una charla en el Instituto Nacional sobre “La literatura mexicana de nuestros días”, refiriéndose brevemente a las nuevas promociones de la poesía mexicana. Enrique Ruiz Vernacci, desde la prensa diaria, toca temas más actuales de la literatura y los hechos internacionales. En 1928, el poeta ecuatoriano Jorge Carrera Andrade, dicta una conferencia en el teatro Variedades, y se refiere a la nueva poesía, extrañándose de la ausencia de poetas nuevos en Panamá. En estos momentos, Roque lee con avidez de obsesionado, a Valencia, Lugones, Chocano, Tolstoi, Wilde, Alfonso Reyes, Cocteau, Blaise Cendrars, y hace del paseo de Las Bóvedas, el cuartel general de la singular pandilla. Allí se reunirá con otros jóvenes para llevar serenatas acompañadas de guitarras a las “dulcineas”. “Roque Javier, cuyo brumoso pasado escondía un aprendiz de torero, un fugaz boxeador, no era el que peor cantaba. Sí el más osado y agradable conversador y comenzaba ya su galanteo con las volubles inquilinas del Parnaso” (El Panamá América, 1945). El grupo de amigos que coincidían en las Bóvedas, eran, entre otros, Julio Briceño; Carlos Enrique Adames; Carlos Badiola; Gustavo Adolfo García de Paredes, quien posteriormente se iría a vivir a Lisboa; Juan Marcelino Ñan Villalaz; Camilo Cedeño y Roberto Miró.

Por esta fecha se inicia su amistad con Rodrigo Miró, la cual se acrecentará con los años. Estos jóvenes eran considerados como una especie de “sociedad intelectual”. Carlos Enrique Adames asegura que leían la revista Amauta del Perú, las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, todo lo que podía encontrarse en las librerías Benedetti y Preciado. Entre serenatas, lecturas —algunos aseguran que una que otra composición de canto se atribuye a Roque, “Morena que encanta” o “Curazaleña”—, todo transcurría intramuros en una ciudad que conservaba un cierto aire provinciano que aún se mantiene en el casco antiguo. El teatro Cecilia y Lucho Azcárraga, de quien jamás se separaría Roque, como lo atestigua su hijo Pier, daban la marca a una oligarquía provinciana, condición que perdura a pesar de la trashumancia que se ha venido practicando a lo largo del fondeadero de la costa de la Bahía de Panamá.

Posteriormente se le verá participar en las tertulias de las noches en la plaza Catedral. Uno de los personajes de esa tertulia era un individuo de nombre Luis de Caicedo, conocido bajo el apodo de la Sierpe; hombre solitario y culto que poseía un ingenio muy agudo. Otro era el conocido como el conde Finete, Emiliano García de la Cotera y Spec, que por aquel entonces había hecho un trabajo crítico sobre el panameño, que aparecerá después como personaje en uno de los cuentos de Laurenza, “Muerte y transfiguración de Emiliano García”. Alrededor de Otilia Arosemena de Tejeira se formará “Orientaciones”, otro grupo de tertulianos en el que participará Laurenza junto con Rogelio Sinán, Pablo Garrido, violinista chileno, Eda Nela y Herbert de Castro.

Estamos por los años treinta. Posteriormente se definió otro grupo con una orientación precisa y se le llamó “Los Amigos del Arte”: Baltasar Isaza Calderón, Manuel F. Zárate y mucho después Bonifacio Pereira. En algún momento se darían a conocer fuera de la ciudad de Panamá, en lugares tan apartados como Darién y Portobelo. Sinán incursiona para la misma época en la llamada “poesía vanguardista”, sonetos comenzados con dos tercetos y terminados con dos cuartetos. El “invento” recibe apoyo de revistas ilustres e inolvidables como El Banquete, La Antena, Estudios, Digesto latinoamericano, Frontera y, asimismo de nuestros intelectuales y educadores: Octavio Méndez Pereira, José Dolores Moscote, Enrique Ruiz Vernacci, Demetrio Fábrega, Esther Neira de Calvo, Isabelita Herrera, Otilia Tejeira, Rodrigo Miró, Diógenes De la Rosa y los nuevos poetas panameños: Sinán y Laurenza. (Lotería, 1973).

Para 1932, Roque Laurenza tomará la cabeza del pelotón de élite del movimiento vanguardista en Panamá. A él se referirá el doctor Octavio Méndez Pereira como la persona “más enterada de la literatura de Vanguardia” (Miró, 1984). Y no es casualidad que Laurenza estuviera vinculado al Instituto Nacional, que llenaba en aquel momento el vacío de una institución universitaria. Era y lo fue por mucho tiempo, el centro de mayor jerarquía intelectual del país. Cómo podía no estar Roque Javier Laurenza ligado a los cursos impartidos por figuras de renombre, como Luis Alberto Sánchez, el crítico peruano.

De los poetas de la generación republicana a  “El panameño y la nación”

Dentro del marco de unos sábados literario-musicales que tenían lugar en el Instituto Nacional, con gran respaldo del público y los estudiantes, se decidió llevar a cabo, y como continuación de dichos eventos, presentaciones de intelectuales extranjeros de prestigio, como también intelectuales del país, para que dictaran charlas, además de otras presentaciones de tipo cultural. Así, por invitación del rector Manuel Roy, subirá Roque Javier Laurenza al tinglado del aula máxima del Instituto Nacional el 17 de enero de 1933, con apenas 23 años. Extenso examen crítico de la obra de los poetas del inicio de la república, a la Laurenza. Es decir, ataque inteligente y minucioso, desmitificador y despiadado. Él mismo dirá años después:

De aquella tempestad, de aquel incendio verbal no queda más que la ceniza de un gesto, y las llamas y los gritos irreverentes se han perdido en el aire de los días. Acudiendo a lo último que me queda de vanidad juvenil puedo decir que “los poetas de la generación republicana” no tienen méritos literarios, pero sí políticos e históricos. Señalan la insurgencia, en el campo literario de una generación. (Miró, 1985).

Lo panameño y la nación que le da aliento, pasan necesariamente por la lengua que vehicula los pensamientos y sirve de trampolín para la comunicación, y no cualquier de cualquier tipo. El 20 de agosto de 1947, después de uno de los debates de la Conferencia de Río de Janeiro, el doctor Ricardo J. Alfaro, presidente de la delegación panameña al cónclave de ministros de Relaciones Exteriores de la región, le encarga a Roque Laurenza preparar un comunicado de prensa.

Eran cosas que concurrían naturalmente para que yo pusiera un puntillo de orgullo en cumplir con fidelidad y galanura el cometido. Media hora más tarde, presentaba yo dos breves páginas. El Dr. Alfaro comenzó a leerlas en voz alta. A cada párrafo, con una leve señal de cabeza, iba indicando la aprobación del mismo. De pronto, casi al final, interrumpió la lectura; me miró de modo malicioso; buscó despaciosamente una pluma, y al par que modificaba una frase del texto, sonrió con ironía.
—¿Qué, doctor Alfaro? —Un que, precisamente. Era un que mal usado, en giro bárbaro, que manchaba la pureza del texto. La sonrisa de satisfacción que ya comenzaba a dibujare en mis labios murió como flor prematura bajo lluvia de invierno. […] Fue entonces cuando tuve noticias de que él, celoso de la integridad del idioma, preparaba la publicación de un Diccionario crítico de los anglicismos en el español contemporáneo. (La Estrella de Panamá, 1948).

 

No se le escapaba a Roque Laurenza, aquel “hecho radical” de la vida panameña y tal vez el más dramático de nuestra existencia nacional:

Es, sin lugar a dudas, el problemático convivir diario con la nación de mayores recursos materiales que mostraba sus bíceps de gigante en la historia. Nosotros no podemos tomar, frente a ella, una actitud de hostilidad sistemática, hecha de rezongos y ásperos gestos descorteses… y no cabe tal actitud porque tenemos toda una comunidad de intereses y, por paradójico que lo parezca, toda comunidad de intereses es, en el fondo, un conflicto de intereses. Lo tuyo y lo mío, mi parte y la del otro. Sin embargo, es posible mantener el equilibrio de la empresa común cuando existe una proporción armónica de fuerzas. Dicho en otros términos, no es vía la fuerza, bíceps contra bíceps, como lograríamos dicha armonía de fuerzas. De lo que se trata es de englobar dicho terreno común, mediante la fina construcción que muestre un hecho jurídico de igualdad entre naciones. Para ello, necesitamos organizar nuestra vida, dándole un rumbo, fijándole un programa, al par que afinamos nuestras virtudes esenciales, nuestras características, no en sentido mezquino y rudamente folklórico, sino en el amplio y generoso en que se puede ser hombre diferente de otro. Esta difícil peripecia que es la vida de una nación, la existencia histórica, está hecha de ambiciones colectivas, de propósitos, de ideales, en una palabra. La diferencia radical entre la tribu y la nación está en esto, precisamente. La tribu existe, está ahí y nada más, como el crustáceo en la roca, repitiendo el mismo gesto que dispara el instinto o la costumbre. En cambio, la nación se desenvuelve en el tiempo y su acción se proyecta hacia el horizonte.

Y aquí vuelve Laurenza a tocar el tema de aquel 17 de enero de 1933.

Mi queja de 1933 es la misma de hoy. No se me escapa el hecho alentador y saludable que representa el despertar de la juventud panameña a las austeras faenas de la vida civil. Y si fue verdad que muchas veces la brusquedad del ademán juvenil manchó la pureza de las intenciones, también es verdad aquello que decía un elegante de la República romana que la toga pretexta tenía demasiados pliegues y que sólo el repetido uso facilitaba llevarla con desenvoltura y propiedad. Sin embargo, esta actitud presente de la juventud panameña no es suficiente. Las naciones no se hacen con las horas sino con los años, y la racionalidad es fruto que necesita de muchos soles para madurar y ofrecer sus jugos deliciosos. La historia enseña que las colectividades que carecen de una meta prefijada, que son incapaces de forjar su destino, desaparecen como entidades propias, cual breves fenómenos en el acontecer humano, o terminan por ser nebulosos e insignificantes satélites de otras colectividades más fuertes. (ibíd.)

El boxeador, el atleta, vuelva a sacar su casta:

Como el atleta adiestra sus músculos para el trance(1) deportivo, Panamá debe ejercitar los suyos para lanzar su vida nacional hacia un alto propósito Pero los músculos de un organismo histórico están hechos de fibras espirituales. Y cuando se habla de espíritu, el lenguaje cobra importancia extrema. El amoroso cultivo del español es necesidad urgente que no podemos evitar los panameños. El español es el instrumento de nuestra alma, el espejo de nuestra intimidad, el material de que nos servimos para plasmar sueños y esperanzas. Por ello en la tarea de formar una auténtica nación panameña, de inconfundibles perfiles, el idioma es uno de los utensilios más valiosos y decisivos. […] Creo firmemente que una de las grietas por donde se nos escapa, desde hace años, la posibilidad de ser cumplidamente una nación, es la que abre en nuestra habla común el influjo continuo de anglicismos y hasta en las páginas de los más atildados escritores […] No se trata de levantar barreras infranqueables a veces necesarias y oportunas […] Se trata de establecer una aduana rigurosa y prudente que admita los vocablos útiles, como buenos emigrantes que vienen a fecundar la tierra del lenguaje, que niegue la entrada a los perniciosos y otorgue condición español a los convenientes, naturalizándolos (ibíd.).

  1. Subrayo esta palabra, trance, porque la equipara al nivel casi metafísico de “subirse a la muerte, irse con ella”

Vaticinó Laurenza la llegada de un día en que nuestros hombres de letras, incluidos un número plural de periodistas, maestros de escuela y profesores, abandonarían la celosa vigilancia del idioma, permitiendo con ello la subida de una marea de expresiones bárbaras, cubriendo así todo el lenguaje de los panameños, y del español no nos quedará nada o, a lo sumo, alguna ruina melancólica perdida entre la maleza del dialecto del Istmo. Y llegará ese otro día en que algunos periodistas, que hoy galopan violentamente por las páginas de nuestra prensa, recibirán honras debidas a los clásicos. Entonces, en ese futuro sombrío, un literato de Curazao prestará a nuestros escritores los mismos oídos desdeñosos que un retórico purista de la decadencia romana prestaba al híbrido latín de los clérigos. Los poetas, por ejemplo, serán imitadores de la lírica de Trinidad y Barbados: en la Asamblea Nacional, si acaso existe aún, porque una vez aflojados los resortes del espíritu no hay cuerpo social que se sostenga y difícilmente una nación sobrevive a su idioma, los señores diputados, en sus tardes de elocuencia hablarán al modo de Miguelito Valdés o de Duke “chequeando” y “financiando” los “prospectos” del Estado.

El poeta Oda Simple

Parcus deorum cultor… Horacio. Odas i.34

A tu claro caudal vuelven mis aguas después de las tormentas. Sometidas, las olas se apaciguan hasta ser un rumor de caracoles; un rumor de recuerdos musicales, de rostros y palabras, que me llega del fondo de los años en el Morse preciso de las venas. No eres el vino fuerte del orgullo de los viejos blasones que amarillos guardianes funerarios conservan, cuidadosos, entre sedas y sables de museo. Eres lo que me dice la memoria y el ritmo de la sangre: la fraterna presencia del amigo, la sencilla bondad del pan seguro y la virtud elemental del agua. Eres la rumorosa, la constante colmena de las plazas y los terribles odios pasajeros de los ásperos diálogos civiles. Y eres también dolor de litorales, de campos y caminos al destino del mar encadenados, donde la voz del viento se convierte en sonoro silencio de prisiones. Ahora siento los ecos de tu nombre en un libro de cármenes latinos, cantando, repitiendo la verdad que los años olvidaron bajo el polvo de tierras extranjeras. Y otra vez mis lebreles reconocen el rostro de su dueño, los morenos perfiles de sus flancos, el ademán resuelto que domina por la ley del amor irrevocable, y de nuevo sujetos a los perennes númenes nativos, humildemente lamen, para calmar la sed de su destierro, un recuerdo de mieles y tinajas con sabor de tamal y tamarindo. (Otros dirán los himnos consagrados a tus posibles glorias y otros también te ofrecerán guirnaldas de sáficos cantantes y rotundos exámetros soberbios, pero mi voz no tiene tal adorno de ritmos ni se viste de rutilantes vestes ditirámbicas, sino del pobre manto de nostalgias con que vuelve cubierto el hijo pródigo).
Quiero, pues, las más simples y propicias palabras de cristal para brindarte, Patria de sol y palmas coronada, mis sílabas filiales. Una ofrenda de amores mantenidos en el aire más puro de mi vida y que vienen volando por mis sueños con temblor de palomas mensajeras.
(Sur, 1948)

Aires del mundo (1957-1958)

Subir al tinglado, para coger aire y contemplar el mundo. Alfredo Figueroa Navarro verá en este período una

segunda muestra del periodismo laurenziano […] abarca años de colaboraciones en el tabloide El Día. Firma con el seudónimo de Galaor. Nuevamente, su magisterio se perfila nervioso, socarrón, mundial, diplomático, corrosivo. De las diputaciones a propósito de la nación y sus problemas, de los comentarios a libros y ensayos recientes (Alfaro, Gasteazoro, Tejeira, Ruiz Vernacci, Isaza Calderón), de la descripción detallista del Panamá de los años cincuenta, con sus luces y sombras (Viernes Universitarios, ventas de discos de música clásica, persistencia de la mentalidad carnavalesca, aproximaciones a nuestras ideas artísticas, clasificación del homo panamensis, calas al español ístmico, teoría del bochinche, asedios al animal político autóctono) evoluciona hacia temas universales (muerte de Curzio Malaparte, reportajes en Argelia, poesía china, instituciones italianas, traducciones del portugués y saludos a Luis Alberto Sánchez). Esa columna purificó la enrarecida atmósfera que se respiraba en el Istmo. Como su título indicaba, tuvo por objeto ventilar asuntos de naturaleza ecuménica. Afortunadamente, Laurenza, al retomar sistemáticamente el lápiz, en carácter de colaborador de planta, por 1977, bautizó sus contribuciones con el mismo nombre que distinguiera a sus entregas de los postreros cincuentas. Así, pues, existen dos Aires del Mundo bien distintos. Los del escritor bastante bisoño quien se despide de su país para ocupar el cargo de diarista en el seno de la Unesco y los del maduro caballero jubilado, de 66 años, quien manda sus crónicas al Dominical de La República. Consideramos, honestamente, que la versión más luminosa de su periodismo la ofrece Laurenza de 1977 a 1981 merced a los artículos que pueden localizarse en las páginas de fin de semana del conocido órgano y en otras de El Matutino. Allí, con mayor aplomo y enjundia, con menor economía de líneas y más fotos, proclama sus juicios sobre innúmeras facetas de la cultura planetaria Su testamento intelectivo, destinado a las jóvenes generaciones, yace, sin duda, en esos artículos, lo mejor del género por aquellas calendas.

Esa atalaya desde donde se contempla el mundo

En esos términos se refería Federico Mayor a la Unesco, en una de sus reuniones con el personal en la gran Sala I. Había querido enmarcar su intervención con una frase de Albert Camus: “…habiendo tenido tanto, se atrevieron a tan poco”. Increíble percepción de un DG (Director General) como apreciación de su tropa, perdón, sus especialistas de programa y personal de servicios generales. ¡Duros tiempos! La Unesco de rodillas, plegada a las exigencias impuestas por la administración Reagan y a las férreas condiciones del su General Accounting Office, para regresar a la organización, luego de diez años de boicoteo, es decir, suspensión del pago de sus cuotas y su retiro. Lo secundaron el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y Singapur. Roque Laurenza, el amigo de Carlos Fuentes y para el final de su carrera en la organización en su sede principal del no. 7, Place de Fontenoy, en el VIIéme arrondissement de París, repartiría su tiempo de jubilado, entre Madrid, París y Nueva York, junto a su entrañable amigo el venezolano Nones Sucre, alto funcionario del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, con sede en Nueva York.

El cambio de mando en la Unesco, que le dio paso en la Dirección General a un intelectual “tercermundista”, sucediendo a René Maheu, el filósofo francés, cierra la “edad dorada” unesquiana. Y con ello, la salida de Laurenza, jubilado, justamente en 1976. Sus fotos sobre los sitios del patrimonio histórico, no sólo en América Latina sino en tierra africana, la pirámide de Abu Simbel. Mucho antes de la salida de los americanos se veía venir la crisis que resquebrajaría los cimientos de la Unesco, cambiando radicalmente su estilo y el sentido de su presencia en el mundo, intelectual, primero; poco a poco se le fueron exigiendo competencias “técnicas” o “financieras”, interpretaciones groseras acerca de su mandato y misión. “¡Ajo, mano, eres un Capone!”. El testimonio lo trae Dimas Lidio Pitty (1986), restos de una conversación entre Roque y un taxista de la capital, en esas sus venidas en home leave (vacaciones en el lugar de origen) a las que teníamos derecho los funcionarios y nuestras familias. —¿Cómo un Capone? —Sí, como un Capone. Tas vestío como el carajo. —¿Mal? —No, te digo, muy bien. Como un Al Capone.

Pues, bien, amigo mío —pide Roque—, pondere usted el significado de este elogio insólito de mi taxista. Exprima usted sus frases para traerles todo el zumo semiótico de sus sílabas y verá cómo ellas responden a una visión muy panameña del mundo. Se trata, como usted sabe, de alguien que adquirió poder y fortuna mediante el crimen en todo su vasto horror. El caso es que poder y fortuna son los máximos valores del panameño típico. Y, cuando digo típico, abarco a un amplio abanico social que va del plácido príncipe de la cuenta corriente hasta el chofer de taxi y el modesto empleado público. No importa para ellos cuál sea el origen del poder y la fortuna. El dinero está ahí, que todo limpia y santifica. Hay aquí una total de inversión de los valores tradicionales éticos. Ciertos ingenuos amigos míos creen que la corrupción, que el enturbamiento moral de la óptica panameña y de su percepción axiológica es un fenómeno reciente. Pues no. Se trata del lento resultado de la penetración del american way of life. No me refiero a todos los Estados Unidos, pues existen dos Estados Unidos. Uno, que tiene su capital, por ejemplo en las tapaollas giorgianas y otro (que no llega hasta nosotros) cuya ciudad ejemplar está en Cambridge o en Princeton y que sería aceptable.

Y no fue justamente ese otro Estados Unidos, el de Cambridge o Princeton, el que finalmente logró imponerse vía las “reformas” que fueron introducidas en la Unesco. El refinamiento de una intelectualidad con estilo se fue perdiendo poco a poco, para dar paso a ese estilo giorgiano… enfermo de desarraigo y ávido de poder. Una especie de repugnancia a todo lo que no se pliega al dominio del poder y la fortuna. En otras palabras, a una cierta pobreza espiritual e intelectual, metas últimas de todo el agitado recorrido de Roque Javier desde su infancia hasta el momento en que lo conocí, en París, a finales de 1976.

Para la época, la pérdida de su voz, resultado de tratamientos invasivos para detenerle un cáncer de garganta, era ya parte de su nueva vida. Digo “nueva” porque este boxeador de la palabra no dejará de escribir, y menos de hablar. Tendrá ahora que cultivar ciertos gestos ligados a la protección de su traqueotomía para no dejar que la saliva sea detectada por sus interlocutores… Una bufanda bien anudada, comme il faut y con gran estilo y meticulosidad será su compañera inseparable. Lo volví a encontrar a finales de 1983, en Nueva York, como parte de la delegación panameña al 38° Periodo de Sesiones de la Asamblea General de la ONU. Recordaba la fabulosa pérdida de su nutrida colección de ediciones del Siglo de Oro, Lope de Vega, tres Quevedos, un San Juan, un Ercilla glorioso, cuatro SaavedraFajardo, un Gracián, y ya entre menos importantes, en comparación, aunque siempre ilustres, nueve Calderones, un Montaigne, un Voltaire, dos Tasso, etcétera.

Primeras ediciones de otros ingenios, muchos de ellos modernos como Verlaine y Mallarmé, así como también manuscritos y autógrafos, entre los cuales brillaba la nerviosa caligrafía de Byron, una Biblia del siglo xVii y viejas traducciones latinas y griegas.

Adornos de mi humilde casa, manjares de mi espíritu, la presencia amiga de estas reliquias fue, durante años, regalo de mis horas. ¡Cuántas veces, mordida el alma por alguna desventura, resecos los labios por algún trago amargo, fue a curarla y refrescarlos en la pura fuente de sus páginas! Quien ignore este placer no podrá comprender por qué Maquiavelo se aliñaba, en las tardes, durante los días de su exilio de los negocios públicos, y vestía túnica lujosa para leer dignamente sus autores favoritos. Hoy esa colección se encuentra dispersa, lejos de mis manos y mis ojos nostálgicos. Una a una, tuve que ir vendiendo esas piezas de museo para atender las urgencias de una vida áspera e ingrata. Claro está que don Francisco de Quevedo y Villegas, que fue diplomático y supo lo que era la injusticia de la Corte y el ciego capricho de los áulicos, me perdonará desde su cielo literario y comprenderá que un hidalgo letrado puede verse en trance difícil y a merced de la mandilandinga de los palacios. Pero, con todo, el posible perdón del egregio polígrafo es consuelo, sin duda, mas no remedio de mi pena.

Panamá debió conformarse, en aquel momento, con la presidencia de la Asamblea General de la ONU, pues un resbalón diplomático del doctor Jorge Illueca, el candidato seguro para la Secretaría General, obligó a presentar excusas al Reino Unido y a su primera ministra Margaret Thatcher, la Dama de Hierro. Llegó el momento de adoptar una resolución relacionada con el Año Internacional de la Juventud. Roque estaba asignado a la Tercera Comisión en la que la delegación de Rumania, supongo que enterada del golpe que se le estaba preparando a la Unesco, se negaba a insertar en la parte preambular, una referencia específica al Congreso celebrado por la organización, justamente en Rumania. El director de la División de la Juventud de la Unesco, Piero Vagliani, viajó de París, para vigilar la votación de dicha resolución.

La sorpresa e indignación de Doudou Diène, director de la Oficina de Enlace con las Misiones y Departamentos Permanentes de las Naciones Unidas, no se hizo esperar. La barrera férrea opuesta por los rumanos para evitar que se mencionaran los trabajos de la organización en dicha resolución, que contaba con el aval del Movimiento de los Países No Alineados, resultaba humillante para todos nosotros, incluyendo a Roque, ya jubilado. No hubo nada que hacer. Vagliani tenía que regresar a París. Le confié a Doudou Diène, que conocía a un miembro de la delegación de Panamá, copatrocinadora del documento. Se me autorizó a continuar la negociación, en ausencia del director de la división, siendo “personal de enlace para las Ciencias Sociales”, el tema de la juventud, parte del programa de dicho sector. Le comuniqué a Roque la dificultad. Me escuchó atentamente y me dijo: “No te preocupes.

Les diremos a los rumanos que si no aparece la mención del trabajo de la Unesco en la resolución, Panamá y el Movimiento de los No Alineados, le retiran el apoyo”. Lo vi moverse luego de puesto en puesto, secreteando al oído de las delegaciones firmantes. Doudou Diène, exasperado ante la negativa de los rumanos, me prohibió seguir negociando. “Edilia, la Unesco no negocia con bandidos”. No podía echarme para atrás… y desobedecí. El incesante cabildeo de Roque muy pronto dio sus frutos, pues cuál no sería mi sorpresa, al momento de votar la resolución, cuando el delegado rumano toma la palabra para apoyar una enmienda propuesta por el gobierno de Panamá, a nombre de los Países No Alineados, para incluir en la parte preambular lo que antes había objetado. Fue la última vez que lo vi. Más tarde le hablé por teléfono a Madrid, en donde según entiendo se retiró, para solicitarle me ayudara a recuperar a mi padre, varado en Barajas por una confusión de pasaportes.

El panameño que cultivó un increíble sentido del humor, no dándole ninguna tregua al relajo, para labrarse un marco perfecto de un ideal de vida fuera de lo que es el panameño típico y en abierta oposición, y diría yo, hasta repugnancia de lo que eso es. El arte de pasar la bola, un breve ensayo publicado en El Diario de Panamá, da testimonio de esto. Se lamenta de la ausencia de un humanismo que es absolutamente necesario para darle un fondo de seriedad al panameño. En verdad, cabe preguntarse si, de haberse mantenido durante los últimos años el relajo liberal de los partidos clásicos, hubiese sido posible llevar a buen éxito la seria empresa de la recuperación de nuestros derechos nacionales. El éxito de la operación estuvo  —está— en que aparecieron unos hombres que, de pronto, dejando a un lado la típica falta de seriedad, decidieron tomar las cosas en serio, fijarse objetivos concretos y disparar la voluntad hacia ellos.

Así, pues, el humorismo no cumple ni puede cumplir su misión en Panamá […] Corregir mediante la risa las costumbres, no tiene sentido en nuestro país por las paradójicas razones apuntadas… el reino del relajo puro… (relajar, ablandar, aflojar, hacer menos severa una cosa o menos rigurosa una regla jurídica o un estatuto…). ¿Sonrisas donde sólo se oyen carcajadas? ¿Burlas donde todo es burla de la vida, de la condición de la persona, del tremendo drama que es la existencia del hombre? ¡Inútil! Sería en verdad, como querer combatir a un hipopótamo esgrimiendo contra su furia un absurdo y perfumado ramo de lirios. (La República, 1979).

 

El 5 de enero de 1985 muere Roque Javier Laurenza en Madrid. Colgó los guantes este boxeador, poco conocido, porque su pegada nada tuvo que ver con la fuerza bruta de los puños… Pegábale a las palabras, con fuerza, para que al fin se abrieran y dejaran exhalar ese delicado perfume de lirios.

 

 

Referencias bibliográficas

Arendt, Hannah (1971). Vies Politiques.

El Panamá América (1945, 21 de julio). Sección Artes y Letras.

Figueroa Navarro, Alfredo. Introducción a Roque Javier Laurenza (1910-1984). Un tema de Sociología de la Literatura. Recuperado de tragaluzpanama.com/07/opirese/critica%20y%20ensayo-04.html

La Estrella de Panamá (1948, domingo 10 de octubre).

La República (22 de julio de 1979).

Miró, Rodrigo (1984, 15 de agosto). “Roque Laurenza”, La Prensa, p. 31A.

___________ (1985, diciembre). “Acerca de los poetas de la generación republicana”, Revista Nacional de Cultura S/N. Panamá: Segunda Época, Revista Lotería, no. 212.

Pitty, Dimas Lidio (1986). Letra Viva. Panamá: Ediciones Formato Dieciseis.

Sur (1948, febrero). Buenos Aires, no. 160.