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    Roberto Iván Cedeño Martínez

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Rubén Blades

by: Roberto Iván Cedeño Martínez

Rubén Blades 1948 El poeta del barrio. Recuentos y relatos Por Roberto Cedeño (Foto portadilla: C. D. V.) Conversación con un amigo: —¿Tú sabes por qué creo en Rubén? Porque entre sus amigos nunca le he conocido ni un solo tramposo. —Así es. Y si por desgracia lo hubiese, entre todos recibiría la más acre […]

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Panameño nacido en marzo de 1943. Egresado de la Universidad de Panamá, ha ejercido 45 años como especialista en Medicina Interna y Enfermedades del Trópico en instituciones hospitalarias de ciudad de Panamá y el interior, y como profesor ad honorem. Músico y compositor; guitarrista y percusionista. Hijo y “forzoso alumno” en vida y arte del insigne Juan Manuel Cedeño, reconoce en sí, también, talento en la pintura. Ha participado en producciones ganadoras de premios Grammy con su entrañable amigo Rubén Blades, así como en la parte organizativa de sus proyectos políticos. Narra sus vidas en común en Blades, La calle del autor (1992).
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Rubén Blades
1948
El poeta del barrio. Recuentos y relatos
Por Roberto Cedeño
(Foto portadilla: C. D. V.)
Conversación con un amigo: —¿Tú sabes por qué creo en Rubén? Porque entre sus amigos nunca le he conocido ni un solo tramposo. —Así es. Y si por desgracia lo hubiese, entre todos recibiría la más acre de las censuras.
Lo divisé un par de decenas de metros frente a la nariz de mi vieja Patrol. Caminaba en dirección noreste por la entrecortada acera de la vía España cubriéndose la testa con una gorra de prominente visera y cargando una bolsa con el colgador terciado sobre la sudorosa espalda. Una de la tarde en nuestra ciudad de Panamá bajo un solazo que no perdona a nadie. Al invitarlo a abordar escucho a dos personas que pasaban junto a él y se voltean para comentar entre sí: “¿Viste?, ¿qué te dije? Que era él… Rubén Blades”. Luego de dirigirles un saludo con esbozo de sonrisa se acomoda en el asiento, le hago la observación de que no estimo adecuado caminar por ahí, solo, y exponerse a una provocación innecesaria en las condiciones actuales, habida cuenta de lo conspicuo de su persona y las características no pocas veces quisquillosas que va adquiriendo la política a medida que se va calentando el venidero torneo electoral. Había recién bajado a solas las escalinatas de la sede de ese partido político que, a pulso, se había ganado, como colectivo formalmente inscrito y luego de que su indiscutible popularidad produjo rasgos inéditos en el proceso y método de adherencia partidista
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sumada a la entusiasta simpatía por el movimiento y que durante aquellos días empujó a la población a salir de sus casas espontáneamente, sin emplear un solo centavo ni una onza de licor, para consignar su apoyo en las listas de inscripción que iban creciendo en número y calidad popular. Rubén mismo compuso las canciones y jingles que los altavoces expandían, en su onda de callejero recorrido, la sonoridad de su discurso: “¡Llegó, llegó!…qué fuerza tiene, / Papa Egoró, ¡el cambio viene!”. Era cierto: teníamos, a menos de doce meses de haber gestado —entre algunos— la propuesta de un movimiento que inicialmente solo aspiraba a perfilarse en el ruedo discursivo con propuestas de legítimo cambio… Pues nos habíamos alzado con nada menos que un flamante y nutrido partido político que ya no solo aspiraba, sino que pretendía acceder al poder del Estado y llevar las riendas en la conducción del país. “Déjenle la política a nosotros los políticos”… se escuchaba en corrillos y cafés, en la radio matutina y perequera; y se leía en los diarios de conocidas y comprometidas “líneas editoriales” con intención de descalificar al joven, e inexperto en política, “maraquero”… que ¡lo que se debe quedar es en sus tarimas cantando salsa!. Sin embargo, era obvio que lo que denotaba aquello entre los viejos y desgastados carcamales era una natural aprensión por la casi sorpresiva emergencia de una clara y nueva intención de voto que surgía de manera clara, amenazadoramente decidida y la cual, en su joven mayoría, apoyaba no tanto la figura de una “tercera fuerza” y su novel liderazgo; más bien, a ojos vista, constituía la casi instintiva química del grueso popular y de capas medias cada vez más cercana a una real alternativa. Era, tal vez, no solo “la alternativa” sino la real y palpable opción fresca y comprometida no más allá que con el “vuelo de pájaro libre” (Nieto, M. O., 1980) de un país que todavía se estremecía con el recuerdo de los muertos y cañonazos que despidieron una época que, dolorosa, hubo de concluir con desgraciadas distorsiones de mando, chantajes, ini
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quidades inenarrables, delaciones, homicidios y finalmente tragedias inolvidables. Y tan sorprendido estaba Blades como quienes le acompañábamos en esa enorme, a la vez que delicada, empresa política, así como de los logros que tan tempranamente se obtenían y el evidente respaldo que surgía, tanto de la espontaneidad y la simpatía por su figura exitosa, como del cálculo y el oportunismo de no pocos que vislumbraban acomodos personalistas dado un posible triunfo de ese partido a vuelta de esquina. ¡Los resultados electorales demostraron que “sí se podía”…! tal como rezaba el popular eslogan que luego otros copiaron en otras circunstancias. No se llegó al poder del Estado, mas se alcanzó (con un discutido tercer lugar) la certeza de que aquel ejercicio político habría de constituir el ejemplo significativo e histórico de una sana convocatoria fundamentada en un recio liderazgo y un ambicioso programa de gobierno con metas que no solo abarcaban la complejidad nacional, sino que profundizaba en sus objetivos sociales y en pos de la verdadera reivindicación y el pleno desarrollo del país en materia de producción, trabajo, educación, cultura y salud, así como un celoso y dedicado cuidado del ambiente y nuestros recursos. Pero aquel sano entusiasmo se acompañó de una peligrosa y casi inadvertida ingenuidad, como si a un hermano mayor le tocase la compañía de una despistada y traviesa hermanita en un día de parque zoológico. El partido de Rubén, sus artistas, soñadores e intelectuales, nunca estuvieron ni siquiera medianamente preparados, ni contaron con suficiente organización, equipo ni recursos, para un evento electoral general. Y todavía menos alertas frente a las proverbiales tracamandacas que se cuecen en las mesas de votación, sus aquelarres y puntuales macalusias de medianoche respecto a la cuenta de votos y confección de actas. La evolución del proceso electoral desde las encuestas a boca de urna hasta las sorprendentes y repentinas inflexiones de las curvas y cifras de las respectivas
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candidaturas ofrecían una clara semiología respecto a la suma de fraudulentas metidas de mano, tanto a nivel local como provincial. Seis legisladores logró obtener el partido Papa Egoró como su “digna” representación de Cámara para un quinquenio administrativo comandado por Ernesto Pérez Balladares y en el que los intereses engulleron la intención. Mucho antes de “al fin y al cabo”, dichos legisladores (tal vez con una sola honrosa excepción) dieron la espalda a los postulados partidistas… y por supuesto a la ensombrecida estampa de un Blades y un Papa Egoró no solo fragmentado en capillitas de pedigüeños y peseteros atentos a favores de legislaturas; también resultó mortalmente atomizado respecto a la verdadera interpretación del esfuerzo y proyección que, a futuro, pudo significar lo importante, lo cardinal: El construir y darle curso a un partido político con sólida estructuración ideológica… y sin tramposos. No obstante su sentir aderezado de evidente desencanto, Rubén le llamó a ese bello ejercicio “la noble locura”. Y cierto, así parecía. Desde las palabras de inicio y la conformación de un sólido y leal equipo con buena sangre y cerebro, hasta el dinámico enjambre de concurrentes y proponentes que reclamaban espacio y tribuna para las más variadas y hasta encendidas proclamas, conceptos y propuestas que se vertían “a la libre” de un partido abierto a todos (fue el primer partido político panameño en igualar la proporción de mujeres en la participación activa y directiva). Al apagar las últimas luces de ese recinto que albergó ideales en medio de cientos de miles de palabras y pilas de papeles impresos, le tocó despedirse de vuelta a su fértil realidad, prolífera producción musical y el atractivo set cinematográfico y sus realizadores, reconociendo luego de un tiempo que la constancia del “hay que ser” debe estar obligatoriamente encadenada al “hay que estar”.
Así serán los frutos que recogerás.
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Cine, teatro para un artista
Las luces del set se van encendiendo en un recodo interior de una de las amplias galeras de los estudios del área norte de Hollywood. Entre cables, reflectores y filtros se desplaza un activo grupo de técnicos, apuntadores y sus inseparables listados… check, check y cameraman con sensores ópticos atentos a los ángulos de incidencia lumínica, matices y reflejos. Se rueda parte de la cinta en que Blades representa a un pintoresco, suspicaz y husmeador policía de la policía de Los Ángeles. Ya sea con el atuendo de un policía neoyorquino, machacando spanglish al estilo del Bronx, o con guantes de boxeo como en The Last Fight, o con el de un emperifollado novio y mecenas de una estelar cantante de los años treinta en Josephine Baker, Rubén Blades ejerce en la actuación otra de las tentadoras seducciones del arte, esta vez frente a las cámaras. Su círculo artístico se amplía con la participación en el celuloide. También crecen las mutuas simpatías que se profesa con estrellas en actuación y dirección como Robert Redford, León Ichaso, Mel Gibson, Anthony Hopkins, Denzel Washington, la voluptuosa Sonia Braga, o la bella pícara Salma Hayek y una pléyade de valores; sobre todo los que representan el sector de cinematografía independiente y que sorprenden en el séptimo arte con producciones logradas con bajos presupuestos pero refrendados con altísimo talento e ingenio. Me decía que, en realidad, la única aristocracia en la que él cree es en la del talento. Y claro, conocedor en carne y experiencia propia de la validez de este aserto, sin embargo el cine no logra por sí solo deslumbrar a un Blades que renuncia a la interpretación de varias ofertas que implican la encarnación de los personajes estereotipados antivalores. Así respondió a una pregunta relacionada con el tema, en una entrevista de televisión en 1986:
…desafortunadamente el cine norteamericano aún maneja la imagen estereotipada de Carmen Miranda con el mazo de frutas en la cabe
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za; del tipo latin lover con patillas hasta el mentón… o del dictador de lentes oscuros, del narcotraficante de éxito… ¡y yo he dicho no!… no hago esos papeles.
Pero el hecho notorio de su participación en el celuloide, se podría decir, fue en la más “importante” de las cintas logradas hasta esas fechas, en el papel de “Rudy Veloz” en Crossover Dreams. Esta película fue realizada totalmente por latinoamericanos en los Estados Unidos. Por primera vez, tanto guion como cámara, actuación y dirección fueron totalmente “latinas”… “¡Ah! Y la plata salió de nuestros bolsillos”, comentaba orgulloso, añadiendo que “aunque, de repente… ¡pum! se acababa la plata y por un tiempo to’el mundo se iba pa’la casa”. La película fue un éxito, con numerosos comentarios favorables en prestigiosos programas de la televisión estadounidense, que además de representar una “pica en Flandes” para el séptimo arte, contó con el conmovedor dramatismo de nuestro Rubén. Tan memorable como la trágica intensidad de “Dead man out” (1989), cinta que revela la sed de libertad de un recluso condenado a muerte. Su actividad cinematográfica ha estado marcada por la cuidadosa selección de las ofertas que le hacen y logra eventualmente programar en medio de la intensidad que implican la tarima en conciertos de agitadas muchedumbres y las agotadoras giras que emprende. Ha participado en producciones como Spoken Word (2010), Safe House (2012) y For Greater Glory (2012).
Principio: génesis y semblanzas Rubén Blades Bellido de Luna es en sí mismo un singular producto de la historia contemporánea. Extraordinario. La década de los cuarenta se escribe en líneas impresas con letras mayúsculas. Las concernientes a la primera mitad, con el prevaleciente rojo de la guerra. Fue durante esos primeros años en
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los que una bella y talentosa cubanita llamada Anoland reúne sus bártulos y dejando a su pequeño Luis al cuidado de su madre, la gallega Carmen Caramés, con sus esperanzas y modesta maletica abandona decidida los predios pintorescos de Regla y Casablanca, al cruce de la bahía y puerto de La Habana. Pianista de exquisita voz, no le fue para nada difícil insertarse, con éxito, en el activo mundo nocturno de la época y los clubes atestados con la próspera clientela, para quienes la devastadora guerra allende nuestras costas, significó su principal comercio. Conoció allí a Rubén Blades Bósquez, versátil bongocero de piel morena y fuego verde en unos ojos de singular mixtura genética; ágil bajo el aro del baloncesto, además de aprendiz de jockey y con un olfato natural para pesquisar delincuentes. El flechazo no se hizo esperar. El 16 de julio de 1948, en el hospital Santo Tomás, nació Rubencito Blades. En el breve espacio de una habitación de la pensión Panamericana entre San Felipe y Santa Ana se escucharon sus primeros pregones y le cambiaron sus primeros pañales. Acompañado de su hermanito Luis, a quien su madre se encargó de traer a Panamá luego de un lustro y ambos al cuidado familiar, discurrieron esos primeros años de su infancia como uno más de los traviesos fiñes del vecindario llevado de la mano a la escuelita. No cabe duda, ni en lo anecdótico ni en lo estructural, de que su abuela paterna, Emma, constituyó fuente, tronco y asidero en la formación integral de este prolífero personaje. La tierna y a la vez recia abuela aprendió a ser lo que se tenía que ser a brazo templado con la familia, estricta en el trabajo e inclaudicable en su mente, alerta y con una natural disposición de lo bueno, apoyada por un infalible instinto. Aprendió de los rosacruces y templarios su filosofía, y, quizás fue una de las primeras y precoces feministas de la localidad respecto a la época. Pedagoga de formación, no obstante ejercía labores en los archivos generales y registros del país. Con ella, Rubencito comenzó a leer y escribir desde los cuatro o cinco
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años, así como a observar los hechos, gentes y figuras de la cotidianidad con un enfoque agudo continuo y didáctico. Madre, padre y abuela aplaudieron con ineluctable satisfacción sus pueriles recitaciones escolares y le atisbaron, tantas veces, haciendo de actor en sus muecas y poses frente al espejo al emular los personajes de películas, episodios y cómicas que absorto veía en los teatros Variedades, Cecilia o El Dorado. Y verlo con sus aceitunados ojitos escuchando muy atento, en las noches de regocijo familiar, los relatos de abuela Emma, la pasada incandescencia de su amor en los escarlatas atardeceres del Caribe y los cantos de mamá Anoland a capella (pues no tenían piano en casa) o, tal vez en una que otra ocasión, acompañada con el golpe afinado del bongó paterno. Todo ello selló la pueril conciencia de artista que con temprana claridad se manifestó al empezar a cantar a dúo con su madre en fiestas de cumpleaños y amistades, ante miradas de asombro y pequeñas envidias infantiles; más aún al emprender sin remilgos aquellas gratas tonadas en inglés con perfecta pronunciación. El Blades que conocemos, que creció y ha hecho crecer la música, la lírica y el arte en sus más variadas expresiones, es el resultado inequívoco de un agraciado instante de la naturaleza en su certera conjunción de elementos genéticos y favorables entornos. Claro está, como complemento de esencia, en él fulgura la chispa íntima e irrepetible de su singularidad. De lo único. Desde su infancia, la seguridad que fue sembrando dicha herencia, el cálido amor familiar y entorno artístico favorable, fue haciendo en él conciencia de un natural liderazgo que le acompañó en sus años de adolescencia y juventud. Aunque varios inquisidores maestros y preceptores trataban de “atajar a este inquieto muchacho” que hacía bromas con muecas mejores que las del cine y burlas cantadas en versos con perfecta métrica, no podían ocultar su asombro y rendían su circunspección con carcajadas ante sus ocurrencias. Durante aquellos años cursaba secundaria en el Instituto Justo Arosemena, colegio privado que la familia hacía algún esfuerzo por
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pagar. Natural objetivo de sus padres sería el de lograr, además de una buena educación, mejores oportunidades y contactos sociales en el ascendente mundo y arribista sociedad en donde empresa, banco y comercio eran —ayer como hoy— metas que representaban seguridad y garantía económica para el sector que las perseguía. Pero el cantante sentía una preferida y gran atracción por el Instituto Nacional, plantel que representó desde inicios de siglo la más alta cifra en beligerancia estudiantil panameña; allí donde concurrían sus carnales y donde bullía la actividad en pensamiento, deporte y más valiosas actitudes. Ya conocía de niño lo que había sido la muchachada del Instituto frente al gobierno de Ernesto de la Guardia Jr. en el 58, lo que encendió la muerte del joven estudiante Araúz y aquellas fotos de los más valientes dándoles palazos con astas de bandera a los policías que custodiaban la calle presidencial antes de la sucesiva refriega a tiros de grueso calibre y la caza de francotiradores en las azoteas. Durante aquellos aciagos pero gloriosos días de enero de 1964 experimentó la contradicción en carne propia… para él y sus hermanos, a quienes llevaban obligatoriamente a ver —el 4 de julio— desfiles y fuegos artificiales en la Zona, casi como conminados a saludar con solemnidad las efemérides del gran país vecino y que “nos defendía, cobijaba y nos hacía prósperos”; que hasta en el cine y sus westerns le tocó gritar de emoción tantas veces cuando el hombre blanco o los Azules, al llamado del cornetín, abatían diez indios pieles rojas de una sola ráfaga en las llanuras sioux o riscos apaches por conquistar, ¡lo máximo! ¡Los yankees eran lo máximo! ¿Qué era Hiroshima? ¿Dónde quedaba el paralelo 38? ¿Cómo se decía, Vietmin o Vietnam? ¿Por qué habían aplaudido antes a los barbudos de Sierra Maestra y ahora los odiaban? Durante esa mañana del 10 de enero del 64, en que recrudeció el tiroteo y se sumaban a la de Ascanio cada vez más muertes y heridos de gravedad, no lo dejaban salir de casa ante el inminente peligro de una bala perdida; trató en vano de escabullirse a ver lo
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que realmente estaba pasando en la línea divisoria con la Zona canalera y militarizada del otro lado de la “4 e’ julio”. Hipercinético y angustiado preguntaba a vecinos y amigos para dónde iban, y de reojo observaba la remota posibilidad y condiciones de burlar la vigilancia materna para colarse por la puerta y acompañarles. Ascanio Arosemena, estudiante de la secundaria Isabel Herrera Obaldía o Escuela Profesional, también fue un espigado y criollo adolescente que cantaba rock, conoció a Chubby Checker y bailaba twist. La foto de su cadáver con una impresionante perforación en el tórax, los ojos entreabiertos traduciendo heroica serenidad y en paz con la patria, inolvidable. Y qué decir de Rosa Elena Landecho, niña que fue precisamente aquello: una rosa en capullo que en su ternura y curioso asomo a un balcón de los caserones contiguos a donde se libraba la desigual refriega recibió un proyectil de M1 que le voló la mitad del rostro… esas noticias y fotos que acompañaron la denuncia a nivel internacional y una digna ruptura de relaciones entre los dos países fueron determinantes en la indignada conciencia de la mayoría de los patriotas; y la foto de ese muchacho que inmortalizó el patriótico levantamiento escalando la ignominiosa cerca con la enseña tricolor en su brazo digno, en alto desafiando la lluvia de plomo, fueron más que suficientes para el confrontado flujo cerebral del entonces en ciernes “poeta del barrio”. Y no hay que decir más. Rubén Blades logró que lo matriculasen en el Instituto Nacional. Sin dudas de que allí estaría más a tono con su nueva, deseada y real pertenencia. Más cerca de los mangos maduros tras la cerca de ciclón de la quinta frontera de vergüenza, que se empeñaron en erigir los johnnies y que siguió aprisionando nuestro Ancón en la acera del frente de la otrora avenida 4 e’ julio (actual avenida de los Mártires). Y, por supuesto: ¡no más rock n’ roll!… ni aplaudir en el cine las intervenciones a indios ni a nadie. ¡Ah!, y escuchar con más atención a gente como Silvia de Grasse cantando Panamá Soberana de nuestra Gladys de La Lastra… o a Ismael Rivera allá, en la incandescencia del Caribe.
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Nueve de enero Yo nunca olvido a un pueblo entero Que con valor se enfrentó A la metralla del buen vecino Que, en un momento, sus promesas olvidó. Orgulloso bajo el plomo voy flameando mi bandera De blanco, azul y con rojo, ¡Rojo de Ascanio Arosemena! No te puedo olvidar, yo no te puedo olvidar Por eso elevo mi canto, en homenaje sincero A los bravos que cayeron ¡A los mártires de enero!
Andanzas y obra Desde Sam Bowery hasta las Esquinas (son iguales en todos lao’s)
Desde el Cazanguero hasta Medoro Madera Desde Panamá a Nueva York hasta Plaza Herrera Desde Juan González hasta Cipriano Armenteros Desde Ojos hasta María Lionza Desde Ligia Elena hasta Pedro Navaja Desde Juan Pachanga hasta Siembra Desde Pablo Pueblo hasta Adán García Desde Manuela hasta Juana Mayo Desde Camaleón hasta Mamita, yo creo en ti Desde El último árbol del Brasil hasta Amor y control Desde Desaparecidos hasta Sicarios Desde Aquí en el “Sub D” hasta Cantares del subdesarrollo Desde Maestra vida hasta Día a día Desde 9 de enero hasta Patria…
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Bello e imponente periodo juvenil de explosiones creativas, ese de la primera juventud, cargada de figuras que van dando forma a la imaginación, inventando personajes, como hipotéticos actores que viven —de verdad— en sus canciones de entonces así como en los pasajes más coloridos y dramáticos interpretados y conducidos a obligatorio protagonismo. Supo, uno de aquellos días, que se encontraba en la ciudad de Panamá nada menos que Piero, sensible cantautor de Argentina y del mundo. Rubencito, armado de una guitarra prestada y un par de papeles de reciente escritura abordó al famoso sureño en el restaurante del hotel Continental y luego de un afectuoso y atrevido saludo introductorio de bisoño muchacho le cantó allí mismo y sin más, Pablo Pueblo, a ver qué le parecía. Aunque ya había compuesto (con rudimentos de guitarra, papel y acompañado de uno de sus amigos de inspiración) en otras tardes de compartidas sensibilidades, diversos “números con posibilidad” como lo fue el inmortal Juan González… cuando recién habían dado caza al Che de América en el altiplano de Bolivia. O el temible pero emblemático villano Cipriano Armenteros que hacía callar hasta los gallos a su amenazante paso por los pueblos. Todas aquellas piezas de su creación juvenil fueron celosamente depositadas en la memoria y los cuadernillos que aún luego de décadas conserva y que resultaron, a la postre, el gran tesoro de su acaudalada inversión creativa. Desde aquel julio de 1973, en que le tocó volar a Nueva York e ir acercándose a la realidad de lograr una producción que realmente calificara en el ambiente explosivo y candente de la “salsa” de esa década, no hubo quiebres ni mucho menos fracturas en la constante línea de ascenso y determinación del artista. Ya con título de abogado en ciernes y su tesis lograda con una práctica inmersa y de real contacto (para el efecto pasó una temporada en el penal isleño) con el drama de los reclusos de Coiba —ya que hizo su trabajo apuntando a la posibilidad de establecer reformas en el obsoleto Código Penal de la República—, ello coincidió con la oportunidad de grabar
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una primera prueba con Pete Rodríguez y su banda de muchachos del Spanish Harlem, conformada por Rodríguez y Tony Pabón, un par de hermanos de Pete y otros talentosos amigos. La producción llamada De Panamá a Nueva York no tuvo éxito discográfico, no obstante representó la entrada de Rubén en la gran manzana. Luego de aquella grabación auspiciada por Pancho Cristal y su pronto retorno al país, al igual que pasada la perturbadora prueba de separación familiar (sus padres y hermanos viajaron casi que de manera apremiante a Miami ante acusaciones del régimen de entonces en las que se identificaba a su papá como informante de la ciA o partícipe de un complot para asesinar al general Omar Torrijos) pasaron meses de volantinas dispersas, de soledad y de parranda. También tuvo que aprovechar algunos breves momentos de lucidez para componer temas que fue conservando celosamente y para enrolarse en el Banco Nacional como ayudante en su departamento legal, puesto que obtuvo por amistad familiar y recomendación de Ricardo de la Espriella. El tocar y cantar con las orquestas de Bush y sus Magníficos o Los Salvajes del Ritmo no representaba seguridad ni “chavos” suficientes en el bolsillo. Aunque las bandas se peleaban por su talento, una semana de “mute” o “guisos” de contrato eventual para cantar en fiestas y clubes capitalinos como el Windsor o El Bohío Agewood con sus “descargas” dominicales, no ofrecían futuro ni estabilidad; mucho menos escenario de amplitud para desarrollar lo que ya demostraba su obvia estirpe en nuestro medio. “¿Qué cosas estimulan a la poesía? Ella representa el más alto nivel de la expresión del arte. A la poesía tú no la escoges… es ella quien lo hace contigo”. Nos decía el poeta y cantor del barrio que cuando compuso Decisiones, esas pintorescas líneas que entreveían disyuntivas que iban de lo dramático a lo picaresco, para él encerraban aquella constante e íntima percepción de las angustias que claman por una solución; un alivio balsámico a la agitación que depara el escoger entre una y otra o varias cosas. Discutía que, una cosa es enfrentar opciones, las que pueden ser varias. Otras cosas son las de
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decidirse por solo la alternativa, que es única, y tener claridad para distinguir unas y otras. Que la escogida sea la “correcta”, aunque no precisamente la que más nos gusta… siempre quedan dudas, y no habrá vuelta atrás. Dedicó la canción a sus amigos y sus dudas acerca de tomar una u otra carrera universitaria; a las largas horas de vigilia que disponen tales insomnios y que desembocan en una resaca emocional con ojos inflamados y rostros ajados, a la aplastante determinación de decidir o no delatar una acción criminal perpetrada por un conocido; entre decidirse por una bien remunerada labor bastante lejos de donde actualmente se vive, o… la exigua paga, pero ganada en el lugar y círculo familiar habitual, cómodo y conocido de mis entornos. Y las decisiones en torno al amor y los variables rostros de los tórridos romances de la juventud. ¿Me quiere?, ¿la quiero?, ¿se lo digo?, ¿me voy? Pero más que a otros se la dedicó a sí mismo. Se la inspiraron aquellos momentos de angustia, no sugeridos por, sino contundentes y demoledores en el poeta. Ante los estragos del amor sentido, vivido, recibido y otorgado en lo más estremecedor, en la punta del vórtice pasional de sus andanzas, de sus esperas, encuentros y citas furtivas. Al terminar su relación con Lauri Vergara, romance que se extendió por el tiempo suficiente de los amantes jóvenes para conocerse, ¿meses, años? nadie lo puede fijar ciertamente, se cercioró en anatomía y alma de que enamorar es cosa seria y ”jodida”. Que las decisiones en el amor que un tiempo después tuvo con Estela Zubieta, quien fue tal vez el último de los estremecimientos pasionales del poeta antes de partir, le dejaron achicharrada la fibra que conecta al amor con el cerebro y los latidos cardiacos a punto de fibrilar. Unida a la depauperación de la soledad y la nostalgia estuvo la decisión de irse. De “tomar camino”. Aquellos días en que fue despidiendo a sus amigos entre larguísimas horas de jam-sessions, parrandas y amanecidas, sus decisiones de camastro a solas en el cuartito de la vía Argentina pasaron
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muchas veces por el apretado tamiz; la disyuntiva sin opciones: ¿me quedo aquí en mi Panamá de mis barrios y mi gente?, ¿me decido por casarme? …ya con mi título de abogado… ¿permanezco a hacer familia, hijos a la escuelita… tardes y noches de cerveza, chanzas y bromas?… ¿guitarra y canciones de fin de semana con sancocho y básquet en T. V.?… ¿o? Al tomar aquel avión de Pan American aquel sombrío mediodía de julio de 1974, recién cumplidos sus 24 años y día en que ni él recuerda quién lo llevó al aeropuerto, (probablemente Nuno Guardia, entrañable, confidente y cómplice de sus avatares) le volvió a fustigar una vez más en la conciencia el ingrato y —ya a esas horas irrevocable— efecto emocional que produjo esa decisión, quizás la correcta, pero no la más agradable y feliz. Irremediablemente se dio el estremecimiento, tal como producto de esa suma algebraica en la que ganaron los guarismos que signaban su destino, que halaban la brújula imantada hacia el Norte y el éxito, como evidentemente lo fue.
… Decisiones… cada día Nadie sabe lo que cuestan, ¡Ave María!…
Había ¡eso sí! obtenido a solas su autenticado título de licenciado en Derecho, que le sirvió tanto como para percatarse de que el ejercicio de la abogacía sería, más que para cualquier otra cosa, para defenderse jurídicamente de futuras triquiñuelas en el mundo del emprendimiento y los riesgos del mercado artístico o disquero. Él estaba ya más que firme en la inquebrantable decisión de ser el mejor en los escenarios de Nueva York, y del mundo de la composición lírica latinoamericana. Una vez que retornó a Estados Unidos, un par de años luego de la aventura de De Panamá a Nueva York y su Pancho Cristal Productions, y después de una breve y azarosa estancia con su familia en Florida, hizo su reentrada con paso firme a Manhattan.
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Los mejores relatos de aquellos primeros andares y andanzas neoyorquinas los cuenta él. Las tantas entrevistas y ruedas de prensa usualmente dedicadas a estos temas con las celebridades están saturadas de anécdotas e inolvidables pasajes del cantautor en la “babel de hierro”. El primer desayuno que le pagaron Tito Puente y Charlie Palmieri; el cuartucho en el middle east side con colchón en el suelo, ¡pero con teléfono!; los democráticos (y al alcance del incierto bolsillo) frankfurters con sausage y pretzels de invierno en ventiscas de esquinas todos los días… y un recorrido agitado por pisos y corrillos en el edificio donde opera Fania Records. Allí, empujando carritos de mensajería o pegando etiquetas en los acetatos con las carátulas de los admirados Eddie Palmieri, Ray Barreto, Héctor Lavoe, Willie Colón y tantas otras estrellas, muchas atentas a la promoción, la venta y algunas otras figuras camino al éxito esperado con ansiedad. Clubes nocturnos y salas de los más variados motivos, luces, decoraciones, ubicaciones y concurrencias, atestadas de bailadores o medio vacías calificaban de forma implacable a las bandas, orquestas y cantantes de moda o decadentes… “no está ya en nada ese pana”, se decía, como sentencia inapelable y oscura. El Tropicoro (del boxeador Carlos Ortíz), El Caborrojeño (donde brilló tantas veces Tito Puente), Palladium, Ipanema, Village Gate, Zebra, Hunt Point, Red Gatter, Upper Bronx, La Cuevita de Joey Pastrana —ya lejos, en las inmediaciones de Yonkers— y tantos otros clubes y otras tantas decenas de orquestas, charangas y todo tipo y sonido de pequeñas bandas y sextetos todos insomnes con tez verdosas y amanecidas pero siempre dispuestos a ensayos de madrugada, grabaciones, coros, pregones, afinación de vientos, cuerdas, cueros, bongó y timbal; toda imaginable, febril actividad. Y un joven Blades, como un haz de voltios en esa electricidad de todas horas, siempre presente con su camisa floreada, como recién llegado de un país tropical, agudo observador de hechos y gentes, de actitudes, gustos y miradas, de boricuas patilludos o do
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Rubén Blades
minicanos hablantines de su política quisqueyana, y de las curvilíneas muchachonas de naricitas respingadas y pieles trigueñas, o de cubanazas muslonas y recién llegadas al exilio de rumba y tormentas pasionales… y Rubén Blades cuidándose y atento a la cercanía de vicios “mayores” en una época de hippismo