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    Rubén Luis García R

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Samuel Lewis Arango

by: Rubén Luis García R

La tarde del día 10 de diciembre de 1975, la televisión y la radio suspendieron su programación regular para dar la noticia. Don Samuel Lewis Arango, el ciudadano probo, el hombre de estatura y moral apegado a la dignidad más auténtica, había muerto. Con él se iba —como había dicho anteriormente uno de sus discípulos, el doctor Eduardo Ritter Aislán— “la más vigilante honradez, enmarcada en la más prístina responsabilidad intelectual”. Aquella tarde hubo un gran dolor en Panamá: un dolor de patria.

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Periodista, escritor y ensayista. Ha sido redactor y editorialista en distintos medios escritos y radiales. Fue secretario general del Consejo General de Estado, secretario general del Tribunal Electoral y magistrado suplente y asesor de la Presidencia. Ha publicado diversos trabajos de historia y ensayo, entre ellos: Cronología de los gobernantes de Panamá, Vivir para quedarse (biografía de Laura de Melo) Don Samuel Lewis Arango —hombre de todas las épocas—, Libertaria (sobre doña Libertaria Sarasqueta de Melo), Historia del Banco del Istmo.
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Samuel Lewis Arango: Hombre de todas las épocas

Aún no había nacido la República. Era el 20 de junio de 1901. En el seno del matrimonio formado por doña Clotilde Arango y don Samuel Lewis García de Paredes, nació el segundo hijo de esa pareja. Entre tanto, su abuelo materno, José Agustín Arango, participaba con amigos y familiares en los planes para lograr la separación política de la República de Colombia, que finalmente se dio el 3 de noviembre de 1903. El país comenzó a cambiar a pasos agigantados. El ambiente tímido y casi simple, por lo sencillo, dio paso a una nación creciente en todos los aspectos, que se fue llenando de trabajadores extranjeros.

Comenzó la construcción de barriadas enteras para alojar a esos inmigrantes; el comercio creció con gran celeridad; el modo —y la moda— de vivir de la gente sencilla se transformaron considerablemente. Ciudad de Panamá, la capital y uno de los puntos terminales del Canal, acusó un gran cambio: la gente que hasta hacía muy poco tiempo actuaba y pensaba en francés y al estilo galo, comenzó a pensar y a actuar al estilo de los estadounidenses, con su llegada para continuar la obra que dejaron inconclusa los franceses: abrir la zanja que uniría a los dos grandes océanos. El niño Samuel Lewis Arango iba creciendo y con él su curiosidad por las cosas nuevas que experimentaba, pues los cambios en la República eran cada día más acelerados.

En su mente de niño se alojaba también la preocupación por lo que pudiera sucederle al entorno familiar de su ciudad y al porvenir del país, porque de pronto intuyó y comprendió que sus juegos de niño ya no serían los de los niños que vendrían detrás de él y no sabía si eso “era bueno o era malo”, según él mismo me confesó pocos meses antes de morir. Cuando se inauguró el Canal, en 1914, Samuel Lewis Arango, con sus escasos trece años, ya era un niño maduro porque había sentido el cambio violento de su país. Terminada la obra, la situación se complicó mucho más porque ahora el socio contratista tenía que diseñar todo el proceso de administración de la vía y, para ello, estableció exageradas regulaciones en la franja de tierra que manejaban los Estados Unidos de América, “como si fueran soberanos” (art.III del tratado Hay-Bunau-Varilla). Esto provocó constantes choques entre el soberano territorial y el inquilino recién llegado.

La juventud de Samuel Lewis Arango no fue un obstáculo para que empezara a estudiar la realidad, a prepararse, a analizar las situaciones y a vigilar de cerca las acciones del gobierno panameño. Sin reprocharle a nadie esa realidad histórica, con el respeto proverbial de su carácter, se atrevía a veces a hacer observaciones a sus mayores y buscaba afanosamente el consejo y las enseñanzas de otros panameños que asistieron al nacimiento de la República, cuyos derechos él intuía que habían sido lesionados. Era ya un adolescente cuando Ernesto Tisdel Lefevre, su tío político, asumió la Presidencia de la República, en su condición de primer designado del doctor Belisario Porras, quien se separaba para lanzarse como candidato a la reelección. En 1920, victorioso, con la arrogancia del soldado triunfador, el general John J. Pershing, comandante general de las fuerzas estadounidenses que combatieron en la Primera Guerra Mundial (que terminó en 1918), visitó nuestro país. Las autoridades de la Zona del Canal, siempre prepotentes y voraces, notificaron al gobierno panameño que ocuparían la isla de Taboga, con el fin de artillarla para la defensa del Canal. Este anuncio soliviantó los ánimos de los panameños, cansados de vejaciones, intervenciones y la permanencia de tropas estadounidenses en su territorio. Con decisión y valentía, nunca antes demostradas por los panameños contra las acciones de las autoridades militares de la Zona del Canal, el pueblo se alzó en protestas y armó una gran manifestación de rechazo al anuncio de la incautación de la bella Isla de las Flores. La multitud solo se calmó cuando el presidente Lefevre prometió formal y decididamente que el Gobierno no cedería ni una pulgada más del suelo de la patria (Conte Porras, 1978, p. 141).

Esos acontecimientos, según propia confesión, llenaron a don Samuel de orgullo nacional y marcaron para siempre su decisión de convertirse en el buen ciudadano que fue y cuyas acciones en defensa de las mejores causas de la patria han quedado estampadas en la historia nacional, para perdurar hasta más allá de su muerte.

Antecedentes histórico-culturales

Al iniciarse el siglo xx, el hombre occidental mostraba un afán de disfrutar de todas las ventajas que ofrecían los adelantos científicos y tecnológicos que había alcanzado la humanidad. Unos consideraban que se había adelantado tanto en la fabricación de las herramientas y en el desarrollo de la tecnología, que era el momento de gozar de tales avances.

Algunos despistados —histérica y eufóricamente conformes— decían, incluso, que ya el hombre no tenía nada más que inventar para gozar del bienestar que le brindaban las cosas materiales. Entonces, un hedonismo colectivo se adueñó del espíritu de los intelectuales y artistas del momento. Se volvió hacia el culto a lo clásico, a la belleza como arte y al goce del arte por el arte mismo. Desde los finales del siglo anterior, Europa vivía el fenómeno y la moda exquisitos de la Belle Époque. Los efectos de ese estilo de vida llegaban a América en los perfumes, los vestidos, la literatura y, sobre todo, en los sonoros y bien cincelados versos modernistas de Rubén Darío, que eran recitados con emoción y con fruición en los elegantes salones santafereños y de otras grandes capitales del continente. La alta burguesía y los nuevos ricos, comerciantes, industriales y capitalistas, se acogieron a la corriente, recién llegada, del novedoso estilo de vida. En Europa, empero, con el avance del siglo xx, avanzaban también las desigualdades sociales y económicas, y la actitud política de la gente experimentó cambios trascendentales. Las huelgas obreras, los mítines políticos y el anarquismo —que crecía de manera incontenible— propiciaron crímenes políticos que incendiaron el suelo europeo con los horrores de la Gran Guerra.

En América permanecían los vestigios de la Belle Époque, ya desterrada de Europa, en los cenáculos y foros intelectuales. Los artistas todavía apelaban al modernismo de Darío, y la ampulosidad de la retórica se imponía en las reuniones sociales y políticas. Mientras en otros países de América (como Argentina, Chile, Perú, Brasil o Venezuela) florecía un estilo distinto, más apegado a las circunstancias reales e históricas de su tierra, en Colombia todavía se recitaban los Nocturnos de Silva y se le rendía culto al preciosismo y a la frondosa belleza de la poesía de Guillermo Valencia. En Santa Fe de Bogotá, la indolencia del estilo de vida finisecular europeo se tomó los grandes salones. En la “Atenas de América” ese gusto por lo clásico era irrefrenable. Existía una gran falta de conciencia con respecto a la realidad, al punto que poetas y literatos incursionaron en las lides políticas y, por su fama y prestigio, tuvieron éxito en sus aventuras; sin embargo, fracasaron como gobernantes precisamente porque estaban muy alejados de la realidad, obnubilados por las gasas y cendales de sus espíritus selectos.

Ello en alguna forma le costó a Colombia la pérdida del departamento de Panamá, que se separó y formó una república aparte el 3 de noviembre de 1903. El presidente de Colombia era José Manuel Marroquín, escritor y letrado antes que político; más distinguido como fundador de la Academia de la Lengua en su país, que por sus aportes como político. José Agustín Arango, abuelo de Samuel Lewis Arango, era entonces senador de la República de Colombia en representación del departamento de Panamá. Estaba cansado de la poca atención que la capital del Estado ponía en su departamento. Estaba convencido de que los panameños tenían que pensar primero en Panamá, en su propio entorno familiar, como núcleo de una población que vivía en el Istmo, desatendida por el gobierno de Santa Fe. Creía firmemente que, por designios de Dios y de la naturaleza, los panameños podían y debían vivir su propia vida, sin la intervención de la capital, de donde llegaban consignas partidistas que no encajaban en la realidad del futuro promisorio del Istmo.

Los panameños se dieron cuenta de que debían emprender un camino nuevo, distinto, más abierto hacia las posibilidades reales de un futuro propio.

Inicio de actividades ciudadanas

El movimiento separatista, apoyado por los próceres y organizadores principales —casi todos de edad avanzada—, concitó a la juventud del momento, conformada por hombres entusiastas educados en su mayoría en la capital santafereña y madurados en las luchas partidistas de fin de siglo que culminaron en la guerra de los Mil Días, que ensangrentó el suelo ístmico. Promulgada la nueva república, la tarea inmediata era su organización como Estado nacional. Para ello se requería el concurso de todos los panameños, bajo la dirigencia de los próceres y de esa juventud orgullosa de participar en la tarea patria. En la casa paterna, Samuel Lewis Arango veía cómo otros jóvenes amigos de su padre y actores del movimiento separatista se reunían para diseñar cultural y políticamente el camino de avanzada de la nueva república. Allí fue creciendo su educación cívica y su decisión de ser el buen ciudadano que siempre fue. Al terminar sus estudios académicos, Samuel Lewis Arango era ya un funcionario, reclamado por la incipiente república. En 1926 ocupó el Ministerio de Relaciones Exteriores. En ese año se celebraba un aniversario más del Congreso Anfictiónico convocado por el Libertador. El joven funcionario formó parte del equipo oficial encargado de atender a la misión del Perú, enviada al Congreso Bolivariano. Estudioso por ancestro y naturaleza, su paso por ese Ministerio le permitió obtener una visión amplia y clara de la importancia de Panamá en el mundo. Aprendió a apreciar y valorar nuestra posición geográfica, en especial después de que la Primera Guerra Mundial, que había terminado hacía pocos años, transformara el mapa político europeo y alterara, de igual forma, la correlación de las fuerzas políticas y económicas en todo el orbe conocido. Sus relaciones sociales y políticas, así como su seriedad, trabajo y honradez, le permitieron obtener un escaño en la Asamblea Legislativa Nacional, donde tuvo un excelente desempeño. Su gran empatía, su seguridad en sus conocimientos y su gran sentido de coordinación, así como sus aptitudes de conciliador, hicieron del joven diputado un elemento muy especial en el desarrollo del periodo legislativo 1932-1936.

Liderazgo social e intelectual

Todos lo llamaban don Samuel. Incluso personas mayores que él recordaban que, desde muy joven, siempre lo llamaban así. Nadie sabía por qué. Simplemente había en su personalidad un liderazgo que concitaba a todos y que lo distinguía con el respeto de los demás. No obstante, ese liderazgo natural nunca lo empujó hacia la conquista de algún cargo político. Se contentaba con servirse de él para servir a los demás y a su país.
La década de 1940 fue el punto de partida de una amplia y avanzada actividad social para don Samuel. El gerente de la Lotería Nacional de Beneficencia lo escogió como su segundo a bordo, convencido de que su creatividad e intelecto emprendedor le ayudarían a adelantar los programas benéficos de la institución. Su labor allí se prolongó hasta el 13 de abril de 1943, como subgerente, y alrededor de un año más como gerente general. Bajo su dirección, la institución hizo a un lado la lentitud e indolente actitud burocrática proverbiales, para enfrascarse en una serie de programas de beneficencia y de ayuda a los orfanatos, hospicios, hospitales y centros de salud, que se incrementaban a medida que las entradas económicas de la entidad lo permitían. Entre diciembre de 1940 y febrero de 1945 se desempeñó simultáneamente como tesorero de la Cruz Roja Nacional, lo cual le ayudó a multiplicar su gestión social. Enamorado de su ciudad natal y protector de su belleza y atractivos naturales, don Samuel formó parte de la Junta de Ornato y Embellecimiento de la Capital, entre 1942 y 1944.

Promotor y defensor de la cultura

A la par de cuidar de la salud física de los asociados, también se preocupó profundamente por contribuir al fortalecimiento de la vida espiritual de la comunidad. Por eso fundó la Revista Lotería, la publicación cultural vigente más antigua en la historia de la república. Para entonces ya habían desaparecido, después de una corta existencia, las revistas Heraldo del Istmo, de don Guillermo Andreve, Nuevos Ritos, del poeta Ricardo Miró, y la Biblioteca Selecta, de Rogelio Sinán y Diógenes De la Rosa. La Revista Lotería llegó para quedarse. Ese fue otro de los logros de don Samuel. En 1942, consciente de la necesidad de ofrecer al público común un formato más ágil para atacar y comentar los problemas sociales del país —que comenzaban a agravarse como consecuencia del conflicto bélico mundial—, adquirió junto con Enrique Lefevre y Ernesto de la Guardia, hijo, el semanario Mundo Gráfico, cuya dirección asumió. Sus páginas recogieron los trabajos y las ideas de los mejores intelectuales y periodistas del momento. Durante varios años, ese periódico semanal entró a los hogares panameños con su carga de ideas e inquietudes que sustentaban el quehacer nacional.

El diplomático

Casi al día siguiente de firmado el Tratado Hay–Bunau-Varilla, los panameños comprendieron que su independencia estaba siendo mediatizada por el poder estadounidense. Entonces se inició la lucha y se fue incubando el resentimiento en el ánimo de los nacionales. La primera batalla fue en el campo comercial. Se lograron algunos ajustes, mediante el Convenio Taft, firmado en diciembre de 1904 y vigente durante veinte años. Al acercarse la fecha de finalización del acuerdo, Panamá exigía, con justa razón, nuevas rectificaciones. Se firmó entonces, en 1926, el Tratado Kellogg White-Alfaro Morales, que fue rechazado por la Asamblea Nacional panameña. Mientras en Europa nuevos líderes incubaban la próxima guerra mundial, Estados Unidos comenzaba a prepararse. El país del norte ya se había convertido para Panamá en un inquilino incómodo y rapaz que le estaba sisando derechos y prerrogativas inherentes a su condición de dueño del territorio. La discriminación se hizo más aberrante en la Zona del Canal; los conflictos con los militares dentro del perímetro de la ciudad, en las calles y lugares públicos se volvieron constantes.

La situación era sumamente conflictiva. En 1944, en medio de la Segunda Guerra Mundial, y cuando en Panamá se vivía ese estado de conflictos, don Samuel fue llamado a ocupar la cancillería. La gestión diplomática del nuevo ministro se conformó dentro del marco de la más fina y estricta regla de la diplomacia moderna: presencia, respeto y firmeza. En nuestro caso específico, era necesario dejar en claro que Panamá no era el Canal, sino parte interesada en el mismo y que, por lo mismo, también tenía derechos. La afirmación de nuestra presencia y de nuestros derechos debía hacerse con respeto, pero con la firmeza insoslayable y necesaria.

Muchos fueron los logros y los cambios favorables obtenidos por Panamá durante su gestión ministerial. En febrero de 1945 don Samuel fue requerido por el Gobierno para ocupar el cargo de embajador en Washington. Era seguro que en la Casa Blanca y en el Departamento de Estado sabían de su seriedad y buen sentido en la diplomacia, ya que su aceptación fue casi inmediata. El presidente Franklin D. Roosevelt lo recibía en privado, y en días y horas especiales. Igual sucedía con su esposa, Raquel Galindo de Lewis, quien era recibida por la Primera Dama de Estados Unidos con simpatía y amistad fuera de lo común. Muerto el presidente Roosevelt y terminado el conflicto bélico mundial, don Samuel volvió a la patria. Todavía le quedaba mucho por hacer.

El periodista

Su regreso al país coincidió con la acumulación de problemas sociales y económicos, que se tradujo en frecuentes protestas y manifestaciones populares. El andamiaje institucional del Estado se descuidó y se presentaron insubordinaciones políticas e intentos de golpes de Estado, que finalmente hicieron necesaria la convocatoria a una Asamblea Constituyente. Aprobada la nueva carta constitucional, los problemas no cesaron. Además, la juventud de entonces, agrupada en diferentes asociaciones dispersas por el país, no cesaba en sus cuestionamientos y exigencias de solución a los problemas sociales y económicos. Se necesitaba, además de la radio y los diarios nacionales, un medio público más adecuado para el análisis y para canalizar esas inquietudes y, sobre todo, para que se analizaran y planearan las soluciones requeridas. Así surgió la Revista Épocas, que según la promesa del editor “…revivirá nuestro pasado, recordando sitios, figuras y acontecimientos pertenecientes a la historia nacional; se analizarán nuestros problemas del momento, con espíritu abierto y amplio se observará el porvenir de la Patria” (García, 2001).

La revista cumplió a cabalidad su cometido, durante una de las épocas más difíciles de nuestra historia. Además de la Revista Lotería, la Revista Épocas y Mundo Gráfico, don Samuel fundó el diario El País y dirigió y ocupó las páginas de los principales diarios nacionales. Fue un periodista cabal y de tiempo completo. Esa es de sus mayores contribuciones a la salud de Panamá, pues nunca permitió que los diarios que dirigió fueran censurados ni por sus dueños, y padeció con estoicismo persecuciones de gobernantes disconformes con sus opiniones.

Las últimas jornadas cívicas

Defensa de la dignidad patria: Pasadas las elecciones de 1948, luego de la agitada efervescencia electoral, se presentaron en seguidilla varios acontecimientos políticos que mantuvieron al país en zozobra permanente: el ataque de los militares estadounidenses a los civiles panameños y la masacre de los Mártires, en enero de 1964; luego el golpe militar de 1969 y la institucionalización de ese golpe en la jefatura de Gobierno del general Omar Torrijos que, finalmente, logró la firma de nuevos tratados con Estados Unidos que permitieron que Panamá obtuviera su Canal. Última participación oficial: A sus sesenta y ocho años, don Samuel se había retirado de la vida oficial activa, pero seguía vigente en el acontecer cívico y ciudadano del país.

Fundó el suplemento semanario Estampas para seguir vigilante el pasado, el presente y el futuro patrios. Torrijos lo llamó entonces a ocupar una curul en el Tribunal Electoral, para que ayudara en la institucionalización administrativa del Gobierno. Se organizó el distrito especial de San Miguelito y se convocó la primera Asamblea Nacional de Representantes de Corregimiento. Don Samuel siguió aportando trabajo e ideas para bien del país. Durante un viaje de familia a la ciudad de Mérida, en Venezuela, sufrió un percance de salud que lo dejó en silla de ruedas. Sin embargo, don Samuel se amoldó a su nueva vida y siguió produciendo. Publicaba una columna diaria en La Estrella de Panamá, “Retazos históricos”, que después editó en un libro.

Esa fue su última obra. Todas las tardes, sus numerosos amigos íntimos y familiares se reunían a hacer tertulia con él en su casa de Altos del Golf. El Sindicato de Periodistas de Panamá le ofreció un homenaje, que fue el último acto público de su vida. La tarde del día 10 de diciembre de 1975, la televisión y la radio suspendieron su programación regular para dar la noticia. Don Samuel Lewis Arango, el ciudadano probo, el hombre de estatura y moral apegado a la dignidad más auténtica, había muerto. Con él se iba —como había dicho anteriormente uno de sus discípulos, el doctor Eduardo Ritter Aislán— “la más vigilante honradez, enmarcada en la más prístina responsabilidad intelectual”. Aquella tarde hubo un gran dolor en Panamá: un dolor de patria.

Referencias bibliográficas

Artículo III del tratado Hay–Bunau-Varilla entre Estados Unidos y Panamá (Convenio del Canal ístmico firmado el 18 de noviembre de 1918).

Conte Porras, Jorge (1978). Panameños ilustres, Panamá: Litho Impresora.

García, Rubén Luis (2001). Samuel Lewis Arango: hombre de todas las épocas, Panamá: Universal Books.